Historia de una post-marcha

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

La incandescente parábola de una molotov ardiente que surca el aire, el sonido frágil del cristal que estalla, la etérea gran llama que por el suelo se propaga, ello fue lo que llevó a la Policía Nacional Bolivariana a la acción. Eran aproximadamente las 3 de la tarde del jueves 20 de abril, y durante más de una hora la PNB había estado conteniendo, en la Avenida Tamanaco de El Rosal, a uno de los varios grupos en los que se dividió la marcha opositora de ese día, luego de que fuera reprimida en su enésimo intento de ingresar al Municipio Libertador para dirigirse a la Defensoría del Pueblo.

No era un grupo muy nutrido el que se encontraba allí enfrentando (fronteando lo llaman ellos) a los PNB, compuesto casi en su totalidad por jóvenes con el rostro oculto con franelas, y piedras en las manos. No era, tampoco, un grupo de grandeligas de brazo portentoso y alcance formidable: las piedras, en su mayoría, terminaban a mitad de camino, a una distancia considerable de los efectivos. “Demasiado elevado el lanzamiento”, habría sentenciado cualquier narrador de pelota sobre la ejecución de estos jardineros de técnica mejorable. Pero la verdad es que la distancia era grande y el otro equipo jugaba con ventaja: más que las escopetas, tenían una tanqueta (rinoceronte la llaman) capaz de sacar las bombas del parque (entiéndase: arrojarlas a dos y tres cuadras de distancia). Y además de a cinco. De allí que el enfrentamiento, rutinario por demás (bombas cada 15 minutos o cuando la piedra de algún temerario que se acercaba lo suficiente les llegaba cerca), se prolongó tanto.

Con la molotov, sin embargo, fue diferente. Apenas caer la primera, volar la segunda y encender la tercera, la PNB salió de su modorra, y lo hizo con todo. Mientras la ballena apagaba el fuego con un chorro tremendo de agua blanca, del rinoceronte salía un trueno digno de la explosión de una cocina de gas acompañado de una lluvia de bombas, y las motos (luces amarillas que iban creciendo en la cortina de humo blanca) avanzaban. Hubo, entonces, que correr.

II

No fue la entrada abrupta de una parte del grupo de manifestantes por la puerta del sur, sino la aparición imprevista de una lacrimógena por la puerta este, lo que causó conmoción en el Lido. Inmediatamente, los pasillos y áreas comunes del centro comercial se inundaron del abrasivo gas, mientras, confusos, aturdidos y ahogados, empleados, clientes y manifestantes corrían a cualquier parte y en cualquier dirección. Los que huían de la bomba se chocaban con los que, sin saberlo, corrían hacia ella; los que del piso que está a nivel de la Francisco de Miranda (donde PNB y otro grupo de manifestantes se enfrentaban también) bajaban apurados se tenían que devolver a mitad de la escalera mecánica y subirla a contra vía porque allí estaba peor. Las santamarías de las tiendas (bajadas nomás llegar los manifestantes) volvían a subirse porque el gas las había inundado y los empleados tenían que salir de ellas. Al hacerlo, les pegaba un gas más fuerte, ante el que la mayoría no tenía protección. Unos se lanzaban al suelo (sin saber que era peor) y otros caminaban a tientas a los baños y ascensores.

Fueron las escaleras de emergencia y los sótanos (donde diligentemente los vigilantes fueron llevando a todos) el resguardo de la gente. El olor del gas llegaba ligero y no producía sino apenas un leve ardor, pero el sonido de las detonaciones se escuchaba clarito, y ese sí producía una ansiedad tremenda. Pasaba que por los cuatro costados del centro comercial, que ocupa toda una manzana, había enfrentamientos en ese momento y todos se encontraban en su punto más álgido. Tan desesperante como escuchar por radio un juego importante con un narrador malo era estar allí entre detonaciones y gritos sin poder ver nada. Solo especular.

Aunado a lo que pasaba afuera (o gracias a), cada quien tenía sus propias preocupaciones. Los manifestantes (tensos, muy tensos), por un lado, expresaban su temor de que la PNB entrara en cualquier momento y se los llevara detenidos (“así pasó en el CCCT”, relataba alguien), y guardando gorras, volteando franelas, sacando sweateres, sacudiendo bolsos, alosando ropas, pasándose peines y cepillos, maquillándose y retocándose, buscaban lograr el ‘extreme make over’ que los hiciera pasar de rudos manifestantes a simples transeúntes; los empleados de las tiendas y del centro comercial, en su mayoría habitantes de zonas populares, por otro lado, especulaban sobre las horas que les tomaría llegar a sus casas, si es que encontraban cómo. Una cosa compartían ambos grupos: el agua con bicarbonato, última panacea de todas las bombas, que un rescatista de la UCV allí atrapado echaba con un rociador.

III

A las 5 de la tarde, ya la Francisco de Miranda no tenía policías ni guardias, pero le seguía sobrando gente. Otra marcha, esta no política, la atravesaba: la de los trabajadores que sin metro, sin dinero para pagar un mototaxi (cuyas tarifas casi se duplicaron esa tarde), y sin la posibilidad tampoco de poder tomar alguna de las pocas y desbalanceadas camionetas que pasaban repletas e inclinadas, violando toda ley de seguridad y desafiando la de gravedad (“¡ay, ay, ay, se va a voltear!”, exclamaba nerviosa una mujer cuando una tomaba una curva), se veían obligados a caminar.

El camino, que para algunos se prometía más largo que para otros (“Sí. Me voy a ir hasta Petare a pie. No. No hay metro. Sí. Tranquilo. Estoy con una compañera. Vamos a ir hablando”, se le oía a una catira artificial que gritaba por celular), se hacía sobre una avenida destruida: piedras y cascos de bombas, vidrios, restos de improvisadas barricadas (algunas de las cuales todavía ardían), escombros, ramas, parte de las defensas metálicas de la avenida, basura abierta, y más piedras y cascos de bombas cubrían todo el suelo. Ello, los destrozos en la vía pública, era lo que más rechazo causaba entre la gente que caminaba. “¿Rompen todo y para qué? Nos quedamos sin paradas, sin aceras, sin nada”, era la queja de una señora. “No podemos dañar lo nuestro propio”, decía tautológica.

Su queja no era la única. “En Semana Santa porque era Semana Santa, y ahora por las marchas, esa es la excusa que están dando de por qué no han vuelto a llevar nada a los supermercados”, le comentaba una cuarentona a su compañera de trabajo. “Ni pasta, ni arroz, ni harina. No ha llegado nada de comida desde hace dos semanas”, seguía. Había terminado la protesta, pero no el descontento. Lo aplastante de la realidad (o lo terco de los hechos, que dirían los mayores) se vino encima de todos en la calle La Joya de Chacao: cuatro muchachos protagonizaban una brutal golpiza. A mano limpia y sin armas, se daban con todo. Los ‘dale’, ‘¡ay!’, ‘métele’, ‘le dio sabroso’ y demás interjecciones semi-festivas se acabaron al descubrir el motivo: lo hacían por una de las pocas bolsas de basura que habían quedado intactas en la protesta. “Pueden acabar con todas las marchas, pero no con el hambre”, comentó un hombre de bigote cano. “Es arrecho”, fue la respuesta que le dio la mujer que lo acompañaba.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTAS

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

-#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

-#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

-#19A: Un ataque criminal

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