La conquista del oeste

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

La escena duró, a lo sumo, dos minutos, y había tan poca gente que nadie reparó en ella: a eso de las 9:00 de la mañana del sábado, en el mostrador de una quincalla ubicada en esa zona confusa que separa Sabana Grande de Chacaito (y que podría ser parte de ambas o de ninguna) una mujer con gorra tricolor y un oficial de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) compraban una botella de agua. Destinos diametralmente opuestos, pero necesidad semejante por saciar. Ella la compraba porque iba a marchar, y él porque iba a impedir que ella lo hiciera (al menos por el Boulevard). Sin embargo, eso sería pasadas las diez: antes, podían compartir el mostrador y surtirse de la misma fuente.

Solo la discusión de dos mototaxistas de la redoma de Chacaito fue tan interesante como esa escena. Ambos debatían encarnizadamente sobre las protestas. Mejor dicho, sobre los destrozos que dejaban las protestas, que sigue siendo un punto álgido. “Mi hermano, yo estoy en contra de este régimen, porque no sirve pa’un carajo, pero no puedo estar de acuerdo con que vuelvan mierda las calles”, decía el que llevaba la voz cantante. “¿Quién sale jodido cuando dañan los metrobuses y las casetas del metro? El que no tiene plata para pagar un taxi. Así de sencillo”. Todo había comenzado al otro interlocutor decir que para la protesta todo valía. “Por eso es que no los dejan entrar a Libertador. Una vez fueron y rompieron el edificio de la Fiscalía. Acuérdate”, seguía. “No los dejan entrar porque ese alcalde se agarró pa’él el municipio”.

De resto, Chacaito seguía siendo Chacaito: botellas de alcohol barato en el suelo, borrachos dormidos en los bancos, trabajadores arreglándose los uniformes, vendedores de café y cigarros, predicadores que entretienen pero convierten. La única diferencia es que no había metro y un pequeño grupo de manifestantes se reunía cerca de la estatua del almirante Brion. Eran ya las diez de la mañana y la convocatoria, pautada para esa hora, se reducía a apenas unas cien personas. Nada de qué preocuparse: la impuntualidad ha sido, hasta ahora, la constante de todas las movilizaciones opositoras, que nunca comienzan a la hora.

II

Pasadas las once de la mañana, la mujer que compró el agua se encontraba sentada en el asfalto caliente de la Avenida Principal de Bello Monte, mientras el oficial de la PNB con el que compartió mostrador puede que estuviera, tal vez, viendo su teléfono recostado de una pared. Ella tomaría el agua para hidratarse y reponerse del calor que salía del suelo, y él, si acaso, para refrescarse. Ella comenzaría a estar cansada, y él más descansado no podría encontrarse: la marcha opositora no había ido a Sabana Grande ni tampoco a la autopista (puntos, todos, en los que había presencia de la PNB y de la GNB) sino que había bajado por Las Mercedes hasta Bello Monte, en cuya Avenida Principal había sido detenida por un piquete de la PNB.

Mientras una cuadra más adelante algunos líderes intentaban mediar con los oficiales de la PNB, atrás los manifestantes comenzaban a elaborar rutas de escape para cuando viniera la represión. Sin embargo, no recibieron lacrimógenas, sino una contraorden: que se levantaran, dieran media vuelta y siguieran una gran cruz de madera vestida con una bandera tricolor que les guiaría por la nueva ruta que, contra todo pronóstico, terminaría por llevarlos hasta la sede de la Conferencia Episcopal en Montalban. El ‘In hoc signo vinces’ con el que Constantino ganó la batalla del Puente Milvio se repetiría diecisiete siglos después en Caracas, pero con otra fórmula: ‘post hoc signo deambulat’.

III

Tan empinada como debió ser la del monte Calvario es la colina sobre la que está la Morgue, por la que los manifestantes debieron subir en su nuevo trayecto. Ya en ella, que forma parte de los llamados caminos verdes, comenzaron muchos dejar de saber dónde estaban. “¿Y esto va para dónde?”, preguntaba una joven, que de tan diversas respuestas (Santa Mónica, Las Mercedes, Los Chaguaramos) terminó más confundida que al principio. Fue la residente de uno de los edificios, que había bajado con una jarra de agua potable para hidratar a los marchistas, quien la sacó de dudas: “para Los Chaguaramos, detrás de la [Universidad] Bolivariana”, explicó, “pero mosca, porque allí debe estar la PNB”.

Ése fantasma, el de la emboscada, caminaría junto con los manifestantes durante toda la marcha. “Aquí sí estamos bien jodidos: barranco para un lado y montaña para el otro”, decía un precavido sesentón, que no veía cómo salir de allí. Cuando la mujer que iba de parrillera en una moto avisó que colina abajo se encontraba la PNB trancando, a varios les cambió el semblante. “Subir esta montaña corriendo con bombas no va a estar nada fácil”, decía resignada una mujer que comenzaba a empapar su pañuelo en bicarbonato. “Ya están los bichos esos abajo esperándonos”, le aclaraba una hija a su madre, que no había alcanzado a escuchar la advertencia. “¿Y si nos devolvemos?”, le preguntaba. “¿Pa’donde, mija? Si seguro ya deben venir por detrás. Sigamos y que sea lo que Dios quiera”.

Y lo que Dios quiso, al parecer, fue que el piquete que estaba abajo se abriera. Si a la palabra estupor hubiera que ponérsele rostro, ese sería el de los manifestantes que veían cómo la PNB los dejaba pasar; más aún: cómo ellos pasaban al lado de los oficiales sin que sucediera nada malo. “Mosca, causa, mosca”, le advertía un encapuchado a otro, que rápidamente se quitaba la franela que le cubría el rostro al pasar por el piquete abierto que estaba junto al McDonalds. Nadie entendía nada.

IV

Transitar la antigua Avenida Presidente Medina fue para los manifestantes como el nuevo nombre de ésta: una victoria. Al pisarla, la aprehensión cedió por unos minutos a la celebración: “¡Estamos en Libertador!”, era la felicitación que se daban. Estaban pisando el municipio que tenían prohibido, estaban llegando a un territorio que les había sido arrebatado, y lo celebraban con vítores y aplausos. No se lo podían creer.

Al final del trayecto, sin embargo, nuevamente la aprehensión volvió. De un súper bloque de Misión Vivienda comenzaron a lanzar cohetones, que algunos confundieron con bombas y otros, más fatalistas, con tiros. “Si no nos joden estos nos van a joder esos”, decía un hombre señalando con la boca el alto cerro en el que terminaba la avenida. ¿Cuál era? Como en la colina de Bello Monte, tampoco hubo consenso: Los Rosales, Roca Tarpeya, El Helicoide, El Cementerio, la Cota 905. Todos daban un nombre, cada uno más peligroso (y temible) que el otro. Y directamente hacia él, apurados por las detonaciones de Misión Vivienda, caminaban.

V

“Leopoldo, púdrete” era uno de los varios graffitis anti-oposición que había en el muro de contención sobre el que está ese que según el letrero de la estación de metro-cable se llama barrio Roca Tarpeya. Bordearlo a él y cruzar posteriormente Puente Hierro fueron los trayectos más tensos del ya largo recorrido. Si nuevamente fuera menester ponerles una palabra a los rostros (o viceversa), la de esa parte sería tensión. O quizás miedo.

Por más parte baja que fuera y por más en masa que se estuviera, la realidad del barrio sigue siendo la misma: es allí donde el hampa que a punta de asesinatos convirtió a Caracas en la ciudad más peligrosa de América y la segunda o tercera del mundo se asienta; es allí donde están de rehenes decenas o quizás centenas de secuestrados; es allí donde algunos de los criminales más peligrosos del continente viven; y es allí donde las balas son la banda sonora del día a día. Que algún malandro se arrebatara, sacara una pistola y disparara desde arriba era algo que cabía fácilmente dentro de las posibilidades. Y en eso todos estaban claros. Caminaron (rápido) jugándose el tiro y la vida. Lo hicieron y no pasó nada.

¿Fue eso (que no hubiera incidente alguno) más sorprendente que los aplausos, banderas y muestras de apoyo que muchos habitantes del cerro les dieron a los manifestantes desde las ventanas de sus ranchos? Quién sabe. Las expresiones de respaldo del barrio, esperadas por nadie y celebradas por todos, generaron la sensación de “ahora sí es verdad”. Sólo un grupo de franelas rojas, que no llegaba a 20 personas, y estaban agrupados en la planta baja de una Misión Vivienda con banderas del PSUV, manifestaron abierto rechazo. “¡No volverán!”, gritaban. “No han dado cuenta de que ya estamos volviendo”, comentaba un hombre.

VI

El Paraíso nunca le hizo tanto honor a su nombre como cuando la marcha salió del barrio y entró en la urbanización. El alivio al verse entre edificios y avenidas nuevamente fue notorio y vino inmediatamente seguido por el gozo de seguir caminando Municipio Libertador adentro. Sería, sin embargo, en Montalban donde se desataría el júbilo. Como auténticos héroes que hubieran librado una batalla crucial, vencido y traído el ansiado botín, así  fueron recibidos los manifestantes. Las calles de la urbanización eran un pasillo humano en el que se les felicitaba, aplaudía, aupaba, mimaba, animaba y consentía. “Bienvenidos al oeste”, “¡sí se pudo!”, “¡esta también es su zona!”, “¡somos la misma gente!”, fueron algunas de las consignas con las que se derribaba la división artificial impuesta durante casi dos décadas de revolución. “¿De dónde vienen?”, preguntaba la gente, y mientras más lejana la zona (Chacaito, Altamira, Los Ruices) más fuerte los aplauso. “¿Tienen sed?”, inquirían otros vecinos, que habían bajado dos botellones de agua para darles a los manifestantes. La escena se repetiría durante lo que quedaba de trayecto. Los ladrillos divisionistas de ese muro ideológico iban cayendo uno a uno.

VII

21.443 pasos fueron los que registró el reloj-contador del diputado Miguel Pizarro cuando éste lo detuvo frente a la sede del episcopado venezolano. Orgulloso, compartió la información con todos los que tenía alrededor. Estaba montado en los cauchos de una camioneta blanca, que funcionaba en ese momento de improvisada tarima, desde la cual, y con apenas un megáfono que no alcanzaba a reproducir su voz, hablaron (intentaron hacerlo), Capriles, Guevara y Tintori. Alrededor de ella la gente descansaba. El agotamiento era el factor común: habían recorrido, nuevamente bajo el sol del mediodía abrileño, casi 14 kilómetros, en la que seguramente fue la marcha más larga de la historia de Caracas. El aire de gesta cívica, de logro ciudadano, de hazaña civil, lo copaba todo. Satisfacción y orgullo rondaban el ambiente. No había habido incidentes ni disturbios, tampoco destrozos. Habían atravesado y conquistado el oeste. Derribado uno de los últimos muros que quedaba.

De regreso, en el metro de La Yaguara, que estaba abierto y libre, un manifestante arropado con la bandera y un operador de uniforme rojo se dieron la mano. “Hermano, somos la misma gente”, dijo el marchante. “Así es”, respondió el trabajador.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTAS

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

-#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

-#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

-#19A: Un ataque criminal

-#20A: Historia de una post-marcha.

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