Plantón a la violencia

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

Las últimos restos de dos porros de marihuana eran compartidos y consumidos con avidez por siete encapuchados (cinco varones y dos hembras) que agrupados en círculo escuchaban el tercer sermón de la jornada. Se los daba un hombre de esos a los que el marketing calificaría de adulto contemporáneo, quien les decía que él encantado, mucho más que cualquiera de ellos, estaría lanzando piedras como tantas veces lo hizo en la universidad, pero que ya el brazo no le llegaba y, aunque fuera el caso, no era de ninguna manera el momento, porque en esa actividad que se estaba llevando a cabo en la autopista Francisco Fajardo desde hacía cuatro horas no tenían lugar las capuchas, las piedras, las molotov y las barricadas, ya que se trataba de algo pacífico.

Sería acaso el efecto relajante del THC, que ya estaban hartos de escuchar lo mismo o que simplemente no le estaban prestando atención, que ninguno gastó saliva en responderle. No tendría tampoco mucho tiempo el buen hombre para sentirse lacerado por la indiferencia, ya que uno o dos minutos después harían aparición, en el distribuidor Ciempiés de la autopista, varias bombas lacrimógenas disparadas por un contingente de la PNB, con la consiguiente estampida de personas hacia el distribuidor Altamira. Eran casi las 3 de la tarde y todo parecía indicar que la tranquilidad con la que se había llevado a cabo desde las 10 de la mañana el Plantón de la autopista iba a llegar a su fin.

II

Para entender cómo y por qué sucedió todo, habría primero que ubicarse unas horas antes en esa línea fronteriza marcada por el puente del CCCT. De allí al distribuidor Altamira, la autopista estaba llena de manifestantes que habían acatado el llamado de la oposición a plantarse durante seis horas en la principal arteria vial de Caracas. Jugaban cartas y dominó, conversaban, leían libros, respondían crucigramas y se dedicaban a cualquier actividad que les permitiera matar todo ese tiempo en el que debían estar trancando la zona. Del puente del CCCT para adelante, un grupo de jóvenes encapuchados (enfranelados, más bien) vaciaba un barril lleno de aceite en la autopista, armaba una barricada con la reja que arrancaron de la sede de la Policía de Tránsito de Chacao, y comenzaba a preparar bombas molotov.

Formas radicalmente opuestas de protestar, no tardarían en enfrentarse. ¿Quién le reprochó a quién primero? es algo que quedará para la especulación. Pero pasada la 1 de la tarde, el enfrentamiento (verbal) entre unos y otros era tan caliente como el asfalto de la autopista. Escaramuzas es la mejor palabra para describir lo que había en esa zona fronteriza: pequeños focos de discusión entre manifestantes de un mismo bando. Los unos les preguntaban a los otros si jugando dominó en la autopista iban a tumbar a la dictadura; y los otros les respondían inquiriendo si era acaso destruyendo la sede de una policía (además opositora) que ellos iban a lograrlo. De “colaboracionistas” e “infiltrados” se trataban (al menos al principio, porque luego los insultos fueron a mayores). Todos se veían con sospecha. Todos se acusaban de ayudar a perpetuar al gobierno: unos por acción (“es su violencia la que les da la coartada”) y otros por omisión (“es su pacifismo el que los ha sostenido tantos años”).

“Hoy no es el día, mini-pops”, gritaba una mujer que iba recorriendo la parte final de la autopista con un megáfono. “Hoy no es el día de enfrentarse a la Guardia. Esta es una actividad pacífica. Les repito: pa-cí-fi-ca”, seguía. “No provoquen un ataque de la Guardia. Allá adelante hay familias, hay niños y hay personas mayores. Tenemos que ser conscientes”, bramaba. “No provoquemos una tragedia, mini-pops. Allá eso está lleno de ancianos”, insistía. “¿Y pa’que vienen, entonces?”, le preguntaba uno de los encapuchados que la habían comenzado a rodear. “Porque esto de hoy es una actividad pa-cí-fi-ca”, respondía ella. “Pacífico aquí no hay nada. Aquí los cobardes y los que no están dispuestos a frentear con la Guardia no tienen nada que hacer. Para eso quédense en sus casas”, le respondía.

“¿Pero usted al final está en contra de quién?”, le preguntaba una mujer mayor que había dejado de entender nada de lo que pasaba a otro encapuchado. “Yo estoy en contra de los tarifados que están negociando…”, comenzaba a decirle. “No, no. Respóndame  ¿usted está en contra mía?”. “No. En contra de usted no, sino de los tarifados que…”. “Entonces no me grite ni me insulte”, cerraba. “Otra vieja pendeja que cree que rezando vamos a salir de esto”, decía el encapuchando retirándose.

No había punto de encuentro.

III

“Yo soy de la resistencia de Altamira 2014”, gritaba una muchacha, en el centro de un círculo de encapuchados, casi una hora después. Luego de cantar teatralmente el himno, parados todos en una montañita, donde les tomaron fotos, habían subido a la entrada de Chacao de la autopista a quemar cauchos. “Yo estuve en la lista negra de Rodríguez Torres, y estoy ahora en la de Reverol”, continuaba su exposición de méritos callejeros. “Varios de ustedes tienen que haberme visto por allá y saben que estoy resteada”, les indicaba. “Por eso les digo: la están cagando feo. La actividad de hoy no es para hacer esto. Lo de hoy es otro beta”. La escuchaban atentos y en silencio. “Quítense las capuchas, dejen las piedras y las bombas y vénganse conmigo a la autopista”, les pedía. Pero ahí los perdía. Sólo unos pocos la seguían. Frustrada, y tras una andanada de insultos, cerraba deseándoles que por imbéciles los agarraran y los metieran en La Tumba (la célebre cárcel política de la dictadura) a ver si así aprendían.

¿Qué es lo que pasa con ellos?, alcancé a preguntarle cuando seretiraa.

Que son todos unos carajitos de 15 y 16 años, que no le paran bola a nada.

¿Los conoces?

No. No sé. Son todos nuevos. Y no le quieren hacer caso a nadie.

Mientras ella se iba, otros ya habían logrado prender algunos cauchos en la autopista, cuya hoguera alimentaban con varios conos anaranjados sacados de la sede de tránsito, de la que también se llevaron algunos paquetes de alimentos. Paralelamente, intentaban ingresar a una construcción cercana.

IV

Cuando apareció la PNB a dispersar con bombas al grupo de encapuchados, todo hacía prever que el Plantón terminaría convertido en un enfrentamiento. Al escuchar las primeras detonaciones, la gente que estaba en el medio (y que no se había enterado de nada) pensó que la policía habían ido a disolver la actividad y comenzó a prepararse con lo de siempre: agua con bicarbonato y pañuelos. Los más jóvenes sacaban las franelas, máscaras y cascos, y comenzaban a avanzar en grupo hacia adelante. “Párense allí y no vayan para allá. Son los carajitos esos, que prendieron un peo allí. Ya todos les dijimos que dejaran de hacer eso y siguieron. Esa no es nuestra guerra. Quedémonos aquí”, ordenaba la muchacha de todas las listas (ahora sí con poder de persuación), mientras varios de los diputados y dirigentes jóvenes se dirigían hacia adelante a intentar hablar con ellos, megáfono en mano.

Las de Caín, las de Abel y tamién las de su hermano Set fueron las que pasaron, entre otros, los diputados Juan Andrés Mejía y Stalin González, el ex presidente de la FCU Hasler Iglesia y varios de los actuales dirigentes universitarios para tratar de contener al grupo de encapuchados, que no oía (ni entendía) consejos ni razones distintas a las suyas. Fue casi media hora de un intensísimo ajetreo, más bien batalla, que en algunos casos estuvo a punto de llegar a los golpes y casi siempre se encontró salpicada de insultos y descalificaciones. Una cadeneta humana de estudiantes fue el recurso del que echaron mano para hacerlos retroceder, ya prácticamente a la fuerza, y con la PNB a punto de venirse encima definitivamente. Lo lograron ‘in extremis’.

V

De los varios anuncios que se hicieron cuando el llamado Plantón iba a llegar a su fin, solo hubo uno que logró causar tanta emoción entre los presentes como la continuación de la agenda de calle: el de que había sido detenido un roba-teléfonos con todos los celulares que había hurtado durante la jornada. “Es la Venezuela que queremos. Una Venezuela en paz, sin violencia y sin delincuencia”, dijo el orador que hablaba en momento. A esa hora podían ya felicitarse: la habían conseguido. A la violencia y a la delincuencia les dieron un plantón.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTAS

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

-#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

-#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

-#19A: Un ataque criminal

-#20A: Historia de una post-marcha.

-#22A: La conquista del oeste

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