“A Juan Pernalete le dispararon de frente”

Represion_26A_LaPatilla-14 (1)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

-Yo siempre estoy ‘cagao’ cuando salgo a marchar,

le comenta un estudiante de la UCAB a otro.

-Yo no. Yo entro en conciencia tarde, cuando ya está armado el peo y no me queda sino aguantar,

le responde su interlocutor.

La conversación tiene lugar en la calle Élice de Chacao, pasadas las 10 de la mañana del miércoles 26 de abril. Los estudiantes se concentran allí esperando instrucciones sobre la ruta a tomar para ir a la Defensoría del Pueblo. Es el sexto intento que hace la oposición de dirigirse al órgano de cuyo pronunciamiento depende que los magistrados del TSJ que disolvieron el parlamento puedan ser removidos y juzgados.

Para variar, la gente llega mucho después de la hora convocada. En ese momento hay apenas un pequeño grupo de universitarios, que difícilmente pasa de los 500. Se les identifica, principalmente, por los colores de sus franelas: rojo (UCAB), amarillo (USB), anaranjado (UNIMET), verde (UMA). Se les diferencia, porque están dispuestos a mostrar, sin mucha fanfarronería, sus temores. Es el caso de esos dos ucabistas. Uno de ellos estuvo a punto de no ir: su novia, cuenta, le alteró los nervios con mil advertencias apocalípticas antes de salir de su casa; al otro, fue su madre quien trató de detenerlo, pero, lo ya explicado: él entra en conciencia tarde.

Lo que ninguno podía prever es que todos esos  temores y aprehensiones se verían confirmados 5 horas después cuando alguien como ellos, estudiante universitario como ellos, probablemente allí concentrado como ellos, muriera por el impacto de una lacrimógena en el pecho, a cuatro cuadras de allí.

II

Fue tras un cónclave realizado en público y a pleno sol de mediodía, en el que participaron Freddy Guevara, Rafaela Requesens (UCV), Santiago Acosta (UCAB), el ex alcalde de Chacao Emilio Graterón y otras dos personas más, que se decidió que las concentraciones de Chacao y Altamira se unirían en Bello Campo y bajarían por el Distribuidor hasta la autopista Francisco Fajardo. Cosa impensable hace apenas unos meses, ya la principal arteria vial de Caracas (al menos un tramo de ella) es territorio opositor.

“¡Y ya llegó / y ya está aquí / el movimiento estudiantil”. “¡Maduro, Maduro / ése es el detalle / ¡hay que echarle bolas / pa’sacarnos de la calle!”. “Viva la u / viva la u / viva la u-ni-ver-si-dad”. “Muera la bo / muera la bo / muera la bota militar”. “No soy Capriles / no soy Maduro / soy estudiante / que lucha por su futuro”. Con esas y otras consignas marcharon los estudiantes, que para esta concentración no sólo estuvieron más animados y haciendo más bulla, sino también más organizados: se agrupaban tras pancartas y banderas, por universidad, y trataban de estar siempre juntos.

III

La represión esta vez se adelantó unos cuantos metros y no esperó a El Recreo, sino que comenzó a la altura de El Rosal. Rápidamente, el horizonte comenzó a ser surcado por parábolas y trazos de humo blanco que iban en todos los sentidos y a todas las direcciones. De haber tenido color, hubieran recordado, por su descontrol y abundancia, a la guerra de hadas de la Bella Durmiente. O quizás, para dejarlo en blanco, a una fuente mal calibrada cuyos chorros van a cualquier lugar. Adelante se estaba librando una dura batalla, sobre un asfalto cuyo calor permeaba las suelas de los zapatos. La Guardia disparaba y el primer frente recogía y lanzaba las bombas fuera de la autopista. Ésa era la dinámica, interrumpida a veces por el chorro de la ballena.

El sonido de las hélices del helicóptero de la Guardia, heraldo siempre de malas venturas, avisó pasada la una que en cuestión de minutos todo empeoraría. Ya en moto había pasado una mujer mayor con el rostro ensangrentado, producto del impacto de una bomba, y la escena de parrilleros heridos comenzaba a hacerse común. Entonces, comenzaron las bombas a caer más lejos (es decir: entre la gente) y fue menester retroceder. Había que hacerlo de espalda y aguzando todos los sentidos porque varias de las bombas eran de esas que salen con efecto y se mueven en varias direcciones. El desalojo de la autopista fue uno de los más rápidos (y violentos) de marcha alguna.

IV

Tras salir de la autopista, la protesta continuó en Altamira. De la Francisco de Miranda para abajo, estudiantes, jóvenes y encapuchados se batían contra la Guardia Nacional. De la Francisco de Miranda para arriba, el resto de los manifestantes, sin máscaras y con años encima, permanecía protestando.

Nilsa Peña (70) era una de ellas. Vive en el barrio La Morán, al oeste de Caracas. Al preguntarle por qué protesta recuerda inmediatamente a su esposo. “Era jubilado de la Policía Metropolitana, y cuando se enfermó no pude encontrar las medicinas. Caminé varias veces de Catia hasta Petare buscando sus medicamentos, no los conseguí y se murió”. Otra que recuerda a sus familiares, es una vendedora de ponqués, que a esa hora (y en todas las marchas) está allí con su hija. Es su modo de protestar y ayudarse. Se quedó sin empleo porque la empresa donde trabajaba quebró; y sin nietos, porque se fueron del país. “A mi hija mayor y a su esposo los secuestraron hace un año. Fue horrible. Después de eso se fueron con mis tres nietos. Por ellos también estoy aquí. Para que un día puedan volver”.

Mientras tanto, tres niños se bañan en interiores en la fuente de Plaza Altamira. Son hermanos, viven en La Vega, y están allí sin sus padres. Dicen que no le tienen miedo a la Guardia, porque no se meten con ellos. De su improvisada piscina (es decir: la fuente de agua de la Plaza) uno de ellos saca un cartucho e lacrimógena. Lo revisan, lo examinan, preguntan. La Guardia no se mete con ellos pero de los efectos de su represión difícilmente pueden escapar. Eso lo comprobó en carne viva Antonia Cifuentes (62), una vendedora de chucherías, que no por andar con su bandeja de golosinas encima se salvó de la PNB hace unas cuantas marchas. “Yo les dije: ‘yo vendo chucherías, yo vendo chucherías’. E igual siguieron disparando”. Es de Ecuador, pero vive en Antímano. En una buena marcha puede llegar a hacer hasta 100.000 bolívares, calcula. Y pudieran ser más si vendiera las chucherías viejas que le dejan prácticamente regalada. “No, pero imagínese. Nada más de pensar que alguno de los muchachos se coma unos tostoncitos viejos, y le duela la barriga y no pueda correr, eso me haría sentir muy culpable”.

Terminando la entrevista, una llamada informa que metros más abajo, Juan Pernalete, estudiante de la UNIMET, había muerto por el impacto de una lacrimógena en el pecho. La información llega casi en paralelo con el comentario de un joven que tras subir, quitarse máscara, guantes e implementos, exclama que ya es demasiado, y que hoy la Guardia ha venido con todo.

V

Son cinco los encapuchados que a las 5 de la tarde prenden un caucho en la Francisco de Miranda y trancan la vía. Son cinco, pero sólo dos acceden a hablar. Lo hacen con recelo, sin dar ningún tipo de información que permita identificarlos y sin que medie la grabadora, al lado de una soporífera llama que van alimentando poco a poco con gasolina. Dicen que hacen lo que hacen porque están hartos de la situación y no aguantan más. No tienen un discurso elaborado sobre la disolución de la AN o las sentencias del TSJ. Lo de ellos es la situación de la calle, lo difícil de la vida, lo mal que se ha puesto todo. No estudian, sino que trabajan. Ambos tienen 24 años. No son de la zona, sino de sectores populares en los que, juran, el gobierno ha perdido ya todo el apoyo que tenía. No manifiestan allí porque la amenaza de las balas todavía intimida. En Altamira se sienten seguros y prometen defenderla hasta el final.

Del asesinato de Juan Pablo Pernalete no estaban enterados. Cuando les informo, comienzan a hacer memoria. “Un chamo grande, moreno”, recuerda uno de ellos. Ninguno vio el momento del impacto, pero sí cuando se lo llevaban. “La Guardia nos está disparando las lacrimógenas de frente”, denuncian. “O entre las piernas”. Y comienzan a enumerar casos de piernas quemadas, rótulas sacadas y tobillos esguinzados de conocidos a los que una bomba les ha llegado directo. La práctica, denuncian, no fue de hoy nada más, sino que tiene tiempo. “Al principio no era así. Pero ahora lo están haciendo de esa manera”.

Cuando les pregunto si no les da miedo manifestar, uno de ellos me hace una confesión: “Hermano, hoy mi mujer me dijo que está preñada. ¿Y sabes qué me da miedo? Que mi chamo vaya a nacer en un país así. Eso sí me da miedo. Por eso sigo aquí”.

VI

A Juan Manuel (nombre ficticio) llego por la gran lesión que tiene en el brazo, y es en principio sobre ella que lo entrevisto. Tiene 23 años, y esto es, nuevamente, lo único que accede a revelar, para no comprometerse.

-¿Qué fue lo que te pasó en el brazo?

-Eso fue en la marcha del 19 de abril. Ese día la gente entró en pánico porque los Guardias vinieron pa’lante a reprimirla y ellos no podían echar para atrás. Nosotros estábamos adelante defendiendo la marcha y nos empezaron a disparar directamente las lacrimógenas. Lo hacían para lastimar y no para dispersar. Y me dispararon al brazo. Si me hubieran dado en la cabeza, me hubieran matado: tengo el brazo fracturado en 5 partes, y además me agarró una vena. No me desangré de milagro.

-¿Te dispararon qué?

-Una lacrimógena. Fue mandada directamente, a quemarropa prácticamente.

-¿En la autopista Francisco Fajardo?

-Sí. En la Fajardo en la marcha del 19 de abril.

-¿Estabas en el nivel de arriba o en el nivel de abajo?

-Me dispararon de arriba. Yo estaba en el nivel de abajo, y de arriba me dispararon. Y quien mandó a que me dispararan fue el General de ellos, uno que siempre anda con una capucha, un sweater negro y unos lentes de sol.

-¿De la PNB o de la Guardia Nacional?

-De la Guardia Nacional.

-¿Y no te da miedo seguir protestando después de eso?

-No. Si hay que morir nosotros estamos aquí para meter el pecho.

-¿Qué dice tu familia?

-Mi familia está fuera del país y no me puede decir nada. Yo soy el único que está aquí.

-¿Y pudiéndote ir no te has ido?

-Yo no me voy a ir hasta que este peo no acabe. Si este peo acaba, yo me voy. Y me voy tranquilo. Pero hasta que este peo no acabe yo no me voy a ningún lado. Voy a luchar hasta que me maten.

-¿Sabes que acaba de morir un estudiante de la UNIMET de un impacto de lacrimógena?

-A él lo mataron ahorita, porque le dispararon de frente. Yo estaba allí. Y fue de frente que le dispararon. Fue un crimen de lesa humanidad, porque ellos no pueden disparar las bombas lacrimógenas de frente, y lo están haciendo.

-¿A qué hora fue eso?

-A las 2:30.

-¿Dónde?

-Aquí mismito. En la parte de abajo de la plaza.

Las detonaciones, provenientes de allí precisamente, le ponen fin a la entrevista. Ya no suenan tan inofensivas. Una de ella acabó con la vida de Juan. La gente corre hacia nosotros, y a nosotros nos toca correr. Hoy todos, como el muchacho de la UCAB, entramos en conciencia tarde: la muerte está a la vuelta de la esquina, o al impacto de una bomba.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTAS

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

-#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

-#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

-#19A: Un ataque criminal

-#20A: Historia de una post-marcha.

-#22A: La conquista del oeste

-#24A: Plantón a la violencia

Comentarios

comentarios

You May Also Like