El derrumbe de dos mitos

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

De los muy malos augurios que puede haber en una marcha, el de la tarima es uno de los peores. Egos desatados, discursos llenos de lugares comunes, nulidades que deambulan con aires de estrella y seguridades que se sienten poderosos como Alejandro Magno pensando en las 50 ciudades que fundó con su nombre, son algunas de las cosas que se ven. Para este 01 de mayo, la oposición montó una en la Francisco de Miranda a la altura de Altamira. Pequeña y modesta, no por ello fue menos problemática que otras más grandes, aunque paradójicamente tuvo algo extraño: políticos que no querían hablar y que se pasaban el testigo para improvisar los discursos que la demora de un grupo de Primero Justicia les obligaba a pronunciar mientras llegaban.

Fue en esa espera, ya bien pasado el mediodía (la convocatoria había sido a las diez, la gente llegó a las once y el primero en hablar fue Ismael García a un cuarto para las doce), cuando los dirigentes afinaban los detalles sobre quién y cómo haría el anuncio de la ruta a tomar para ir al TSJ. Mientras tanto, Gaby Arellano hablaba. “Quisiéramos tener un sonido como el de Maduro en la Bolívar”, decía, tras percatarse de que una cuadra más allá de la tarima ya lo que decía no llegaba. “Pero tenemos toda la gente que Maduro no tiene en la Bolívar”. Aplausos a granel. Tantos como los que ganó Juan Requesens (el ceño fruncido siempre) cuando, subiéndole la temperatura a la calle y ostentando de campechanía (“ustedes saben que yo tengo una manera poco delicada de decir las cosas”), anunció que “el día que nos dé la gana convocamos a Miraflores”. Más aplausos todavía, mientras tras bastidores comenzaba a circular la noticia de que José Manuel Olivares había sido herido con una bomba en la cabeza en El Paraíso, y que la herida era de consideración.

Cuando pusieron a hablar a la presidenta de Un Nuevo Tiempo, ilustre desconocida a la que nadie le puso atención, el “¡Queremos marchar!” se hizo consigna y comenzó a ser coreado con fuerza. Lo que Arellano y Requesens habían encendido a punta de discurso había sido sofocado por un par de soporíferos dirigentes gremiales y sindicales y ahora era apagado por ella. Entonces, a la una en punto de la tarde, Delsa Solórzano (aclamada y admirada a partes iguales) tomó el micrófono y anunció que la marcha tenía ruta y esa era para el “norte”, que todos tomaran la avenida en la que estaba la tarima y en la Cota Mil nos vemos.

II

La idea de marchar por la Cota Mil había calado en el imaginario del opositor medio como la panacea a todos los obstáculos del gobierno. Hasta ayer, siempre que se comentaba lo imposible que era entrar a Libertador, no faltaba quien señalara que toda esa dificultad venía por una cosa y esa era que todo el tiempo tomaban las mismas rutas y nunca apelaban a la Cota Mil, especie de camino providente por el que se llegaría sin obstáculo alguno a la Roma del centro. La realidad (y eso lo sabían todos) es que si no se tomaba era porque sencillamente se trataba de una de las peores rutas posibles: a mil metros de altura y sin ninguna vía de escape (montaña para un lado y precipicio para el otro), resultaba fácil de cerrar y más fácil aún de emboscar. Por ello cuando ya el sábado era decisión tomada (aunque no revelada), quienes lo informaban sotto voce lo hacían sin entusiasmo alguno y pronosticando que pasaría lo que en efecto pasó: que ni siquiera se podría entrar.

El segundo de los grandes mitos logísticos acendrados en el imaginario de la masa opositora que se derrumbó ese día fue el de la ruta no anunciada. Nuevamente, la causa de todos los fracasos por entrar a Libertador estaba en que la oposición informaba la ruta con anterioridad. El factor sorpresa, decían los estrategas de marcha, es la clave; si no se anuncia la ruta, entonces no podrán saber para donde vamos, ergo, llegaremos. Así se hizo, y la realidad de un helicóptero que sobrevuela las manifestaciones y desde arriba informa todo, derrumbó nuevamente el plan magnífico. También la realidad misma de la masa, a la que dirigir en vivo y sin medios -económicos y de comunicación- es demasiado difícil: media hora después quedaba gente en la Francisco de Miranda que no había escuchado ni entendido adónde (y por dónde) era que había que ir. Y cuando las primeras bombas dispersaron la marcha y los dirigentes intentaron guiarla –megáfono en mano– por otra ruta, terminó siendo esa, la marcha dirigida, la que tuvo menos gente, porque cada quien se fue por su lado, la mayoría para Altamira.

III

Los que siguieron por la ruta del megáfono, se vieron inmersos en el más opulento de los laberintos: el Caracas Country Club, conformado por un sinfín de calles y callejuelas en la que los amos del valle tienen asentadas sus mansiones. Como tras casi dos décadas de revolución los actuales amos son rojos, eran varios de sus apellidos los que se escuchaban cuando algún informado pasaba frente a una de sus propiedades. “Allí vive Gorrín, el nuevo dueño de Globovisión”, “Esa es la casa de Tibisay Lucena, por allí no podemos pasar”, se llegó a escuchar. Fue en Chapellín, un barrio pobre que limita con el Country (Caracas, ciudad de contrastes) donde la GNB se plantó para impedir el paso de los manifestantes, a los que devolvió a punta de bombas. Lo estrecho de las callejuelas y la cantidad de gente generó el consabido atasco con el subsecuente pánico.

De vuelta por el Country para ir a Chacaito, una mujer hablaba por teléfono con una amiga. “No. Ni se te ocurra separarse de esos señores. Sí, quédate con ellos. Tranquila, yo voy a seguir llamando a ver si alguien lo agarró y contesta”. Luego, compartía su historia con todos: en medio de la confusión de las bombas, ella y su amiga se separaron, a la amiga le cayó una lacrimógena cerca, se asfixió, se desmayó, perdió cartera, celular, todo, y fue auxiliada por un grupo de personas que le prestaron su teléfono para que pudiera llamar a alguien conocido. Suena anecdótico, parece baladí, no entra en las estadísticas, pero es parte de las pequeñas pérdidas a las que se exponen quienes van a cada manifestación.

IV

En Chacaito ya la dispersión de la marcha había sido total. Sorprendidos se encontraron David Smolansky y Maria Corina Machado, cada quien con un grupo de personas, que convergieron al final de la Francisco de Miranda. Hablando bajito Smolansky y tapándose la boca con el brazo Maria Corina, cual reunión pitcher – cátcher, intentaban ponerse de acuerdo sobre la decisión a tomar: si seguir a Altamira o intentar trancar la autopista en Las Mercedes. Calculando cuanta gente tenía cada uno y viendo qué podían hacer con ella, se fueron por la segunda. Se les había adelantado un grupo, que ya se encontraba abajo, enfrentándose a la Guardia, que tenía allí su rinoceronte. Casi media hora duró la confrontación, en la que lacrimógenas y molotov iban y venían, hasta que la GNB dijo ‘hasta aquí’ y eso fue una andanada de bombas, la una cayendo más lejos que la otra y llegando casi de la autopista a Chacaito.

No estuvo tan dominante en Altamira, donde el grueso de la manifestación, la no-dirigida, tumbó nuevamente las rejas del aeropuerto militar La Carlota e hizo retroceder a una tanqueta. La respuesta fue plomo disparado al aire, y metras, bombas y perdigones de frente a los manifestantes. Y así terminó el día en que dos mitos se cayeron.

OTROS TEXTOS SOBRE LAS PROTESTAS

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

-#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

-#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

-#19A: Un ataque criminal

-#20A: Historia de una post-marcha.

-#22A: La conquista del oeste

-#24A: Plantón a la violencia

-#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

-27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

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