“Los venezolanos no somos este odio”

TANQUETAWEB

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

De acuerdo con la grabadora son las 12:55 del mediodía del 03 de mayo cuando Miguel Pizarro habla en la autopista con la prensa. Es una declaración atropellada y difícil, que se obtiene en medio de una dura arremetida de la Guardia Nacional. El diputado, sin máscara anti gas, casco ni chaleco antibalas, habla viendo las tanquetas de frente para esquivar cualquier bomba. Hace minutos, una acaba de aterrizarle en los pies. Tiene los ojos y la nariz rojos. Está empapado de sudor. Pero aguanta. El registro magnetofónico da cuenta de lo difícil del momento: Pizarro hace pausas para respirar, Pizarro arranca con un tono alto y rápidamente lo baja, Pizarro al final jadea. En los 45 segundos de grabación hay 4 detonaciones y un sinfín de gritos: ése es el fondo con el que se confunde su voz. En los últimos segundos, se escucha claramente la advertencia que hace una mujer desde un megáfono: “Cuidado con la cabeza, muchachos. No se descuiden”.

Protegerse la cabeza y caminar hacia atrás, sin darles jamás la espalda a los Guardias, son las únicas cosas que se pueden hacer en ese momento. Sin embargo, ello no garantiza nada. Ya las bombas no describen esa parábola de humo blanco que las hacía reconocibles. Ahora son un zumbido metálico que cruza a toda velocidad y en cualquier dirección el aire, golpea y luego explota echando gas. Pasan tan rápido y por cualquier parte, que resulta prácticamente imposible anticiparse a ellas.

De lo que Pizarro atina a decir entre detonaciones y zumbidos hay una frase fundamental: “Los venezolanos somos mucho más que esto. Los venezolanos no somos este odio. Los venezolanos no somos esto que estamos viendo”. Y lo que estamos viendo es el inicio de la que al final de la jornada será la arremetida más brutal de la Guardia Nacional Bolivariana contra manifestación alguna, que dejará un saldo de más de 300 heridos y un muerto.

II

Todo comenzó en la Plaza Francia de Altamira. Eran las 11 de la mañana (una hora después de la convocatoria) y la plaza estaba repleta de manifestantes. Tres grupos distintos rezaban el rosario en voz alta, mientras el resto de la gente conversaba y hacía tiempo. En los alrededores, sin embargo, la vida transcurría como si tal: comercios abiertos, transporte público operando y transeúntes caminando.

Cerca de la parada de los metro-buses, Stalin González conversaba informalmente con la prensa. “¡Vamos a marchar!”, comenzaron a gritar algunas personas, y el diputado entonces mandó a Cartaya (un viejito medio bravo que se encarga de la logística) a que buscara a Julio Borges. “En 5 minutos te lo traigo”, le prometió Cartaya, pero no pudo cumplir. En 5 minutos lo que había era más gente presionando –“¡Vamos para abajo!”, era el nuevo grito– y por una esquina Freddy Guevara. Entonces Stalin, que no es precisamente un orador entusiasta, tuvo que anunciar (siempre sin entusiasmo) que la marcha iría hacia la Asamblea Nacional. “Estoy orgulloso de ti. Hablaste muy bien”, fue la curiosa felicitación que le susurró Freddy al terminar el anuncio.

¿De dónde aparecieron los demás diputados? Ese es un misterio que sólo los equipos de logística pueden aclarar. Pero ya en Altamira Sur la cadeneta de parlamentarios contaba con una buena representación de ellos. Sin embargo, frente al liceo Gustavo Herrera la marcha fue detenida. Pidieron un megáfono y megáfono no había. Así que Ismael García se paró en una defensa a pedirle tiempo a la gente para que terminaran de llegar los parlamentarios que faltaban. Un manifestante muy puntual, que a las diez estaba como un clavel en la autopista (eran ya las 11:55 AM), consideró una falta de respeto la petición de García y se lo hizo saber. Él se salió de sus casillas. “Entonces échale bolas y vete a marchar tú solo”, le respondió el diputado aragüeño. Fue Rosaura Sanz (a la que inexplicablemente todavía llaman Rosalba) quien con más tacto, simpatía, unos cuantos ‘mi amor’ y mucho diente logró aplacar los ánimos. “Ahorita hay un cuarto de la gente que esperamos. No podemos arrancar todavía”, le explicaba. “Los venezolanos somos así: nos convocan a las 10 y llegamos a las 12”, proseguía. “Además, faltan 5 diputados”. Para el hombre, que seguía bravo, pero no con ella, era por ello, por la impuntualidad, que Maduro estaba de presidente y el país así.

Ordenar a los legisladores no fue tarea fácil (no tanto por ellos como por los no-legisladores que se sentían tales y querían ir al frente). Tampoco lo fue que los jóvenes encapuchados entendieran que esta vez no iban a ir ellos de primeros. Fue Freddy Guevara, que se tuvo que salir de la cadeneta, quien logró contenerlos a un lado de la autopista. La idea era clara: no darle excusa a la Guardia para reprimir. Sin embargo, tampoco la necesitaba: apenas aparecieron los diputados, los recibieron con bombas. Nada hubo: ni parodia de diálogo, ni advertencia de por aquí no pasen, ni disimulo. Nada. Por no haber, ni siquiera hubo una provocación, no ya una piedra, al menos un grito, un insulto, algo, que les permitiera excusarse y decir ‘ellos empezaron’. Nada de eso: fue ver a los diputados acercarse y comenzar a atacarlos.

III

El embate lo aguantan los diputados a punta de coraje y más nada. Sin protección de ningún tipo, apenas con un trapo empapado en bicarbonato algunos, se plantan en la autopista. Con la inmunidad parlamentaria no viene ningún súper poder: lloran, tosen, se doblan, escupen. Delante de ellos están los jóvenes encapuchados combatiendo contra la Guardia. Detrás de ellos, el resto de los manifestantes.

El enfrentamiento es tanqueta, ballena, rifle, lacrimógena y perdigones versus piedras y bombas molotov. El ejército de los jóvenes es bastante rústico: la mayoría se cubre el rostro con franelas que empapan de bicarbonato y los ojos con lentes de natación o de jardinería; no todos tienen máscaras anti gas y las que tienen suelen ser de las más baratas, que no cubren los ojos. Algunos se protegen con los escudos de madera que esa mañana alguien les donó, otros con gabinetes de puertas y hay incluso quien usa láminas de zinc. Los guantes, con los que agarran las bombas, no son tampoco de la mejor factua. “Apenas nos duran un día”, se quejará alguno horas después. Ellos aguantan largo rato, el suficiente a veces para que los que están más atrás tengan tiempo de salir, pero al final siempre se ven sobrepasados por la GNB y la PNB.

IV

“¡Médico, médico!”, piden varias personas que se van abriendo paso entre la gente y llevan a un muchacho herido. No debe pasar de los 20 años. Tiene las manos ensangrentadas y con ellas se tapa el ojo derecho. No ha transcurrido siquiera media hora desde que empezó la represión, y ya se hace imposible computar si este joven es el décimo, el trigésimo o el diecisieteavo herido de lo que va de jornada. La única certeza que se tiene es que desgraciadamente no será el último.

Al verlo, una mujer comienza a llorar. Y no es para menos. En ese momento, debajo del puente del CCCT, la escena es propia de una guerra: se escuchan detonaciones y gritos, en el suelo hay una barricada hecha con cualquier cantidad de escombros y basura, por doquier pasan jóvenes con el rostro cubierto, que al rato son devueltos heridos. “Si usted se pone nerviosa no debe estar aquí”, le dice la acompañante a la mujer, que todavía llora. Pero cómo no hacerlo, parece decir ella con su expresión, si a sus pies tiene a un joven al que unos médicos de pulso a prueba de todo le están vendando el rostro apresuradamente antes de que llegue la Guardia, que no va a tener compasión; cómo no conmoverse ante el infortunio de un muchacho, como mucho veinteañero, que podría perder para siempre un ojo; cómo no ponerse nerviosa si las detonaciones cada vez se escuchan más fuertes; cómo no angustiarse cuando ya ese humo químico y abrasivo comienza a sentirse nuevamente; cómo no preocuparse si allí, a metros, ya está la silueta blanca del rinoceronte que escupe bombas sin importarle ojos, juventudes, anhelos o sueños.

V

El miedo bien puede ser eso que había en el grito de una niña (“¡no, papá, allí no!”) que le indicaba a su padre que se dirigían directamente adonde habían comenzado a echar lacrimógenas. La desesperación puede ser lo que el rostro de ese hombre refleja al saberse emboscado por la GNB, que echa bombas adelante y atrás de él. Y la paternidad puede ser eso que lo mueve a cargar a su hija (de unos siete u ocho años) mandarla a cerrar los ojos y correr con ella encima hasta Altamira.

Esa emboscada de la Guardia Nacional, innecesaria y sin sentido, fue la prueba palpable de que lo que buscaban no era sólo desalojar la autopista sino hacerles el mayor daño posible a los manifestantes. Ocurrió pasada la 1:30 PM, cuando ya los rinocerontes y la ballena que venían de la Francisco Fajardo estaban a punto de cruzar el puente del CCCT, y del aeropuerto La Carlota empezaron a lanzar bombas  también. Un grupo importante, que se dirigía al distribuidor Altamira (única salida que quedaba) se halló emboscado y sin ninguna vía de escape, y echó mano de lo que había: una reja negra a la que le faltaba un barrote y daba al Sambil, una montaña que daba a una calle de Chacao o la carrera hasta Altamira.

Las imágenes de señoras y adultos agarrándose con las dos manos de la grama, de la tierra, de las matas o de lo que fuera para intentar subir la montaña mientras sus pies resbalaban varias veces con la tierra; el desespero de los que se quedaban atorados entre los barrotes de la reja negra y terminaban golpeados y pisados al intentar cruzarla; el funambulismo improvisado de aquellos que se subieron a la colina del Gustavo Herrera y aferrados a la reja intentaban cruzar Altamira lo más lejos posible de las bombas que les disparaban de La Carlota, son las estampas de parte de ese horror que se vivió (y no se vio) en la autopista contra el grueso de los manifestantes.

VI

Faltando diez minutos para las 4 de la tarde, toda Altamira se convirtió en un clamor. La plaza y sus dos avenidas eran un solo grito: “¡Sí se puede!”. Cual si llevaran el Santo Grial entre sus manos, hubieran sacado la espada de la piedra o tuvieran una reliquia milagrosa, un grupo de muchachos corría exhibiendo un rifle, tres escudos y la puerta que le quitaron a una tanqueta de la Guardia Nacional. Salvo que alguno tenga brazo de grandeliga y en un séptimo juego de Serie Mundial logre robarle un jonrón en la baja del noveno al equipo contrario, difícilmente ninguno volverá a vivir una aclamación de ese tipo. El momento, que culminó en el obelisco de la plaza, donde fue depositada y exhibida tan grande ofrenda, tuvo mucho de épica callejera y de fiesta popular. La gente los arropó, los aclamó, los celebró, aupó y fotografió.

Por un rato, la emoción de ese triunfo pareció hacer olvidar lo que había costado: un montón de heridos. El flujo de muchachos que tenían que ser sacados no ya por paramédicos o por los motorizados que habitualmente les colaboran, sino por prensa o cualquiera que se encontrara allí, había sido constante durante toda la tarde. Las caras de jóvenes inconscientes, pálidos, blancos, desmayados, con los ojos cerrados, las piernas abiertas, los hombros caídos, los brazos colgando y la cabeza moviéndose al vaivén de las motos, se habían estado repitiendo con frecuencia de galería. La arremetida de la Guardia había sido brutal.

Terminado el agasajo popular, digerida una breve comida que les brindaron y recuperadas todas las fuerzas, volvieron a bajar entre aclamaciones. Son jóvenes, se recuperan pronto, aman el peligro y se sienten inmortales. Pelean rústicamente contra militares que tienen orden de dispararles de frente o a las piernas, y son capaces, incluso, de pasarles por encima una tanqueta, como en efecto hicieron esa tarde. La dictadura agranda su mito llamándolos terroristas, pero uno de ellos se prende en candela al intentar incendiar una moto por no tener idea ni de cómo se hace. Son jóvenes, sencillamente, y se emocionan cuando logran arrancarle la puerta a una tanqueta. Ceden a los aplausos, se estremecen ante los vítores y ahí vuelven, al sur de la plaza, a enfrentarse a los militares. Para leyenda de la foto, una paráfrasis latina: ‘Ave, pequeños héroes, los vivos los despiden’. Al terminar el día habría uno de ellos muerto y más de 300 heridos.

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