12 horas con la esperanza de Venezuela

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

7:00 PM

La Plaza Bolívar de Chacao está a reventar. La ha llenado una multitud que porta velas en las manos y proviene de su plaza hermana, la Francia de Altamira, atendiendo una convocatoria hecha por el Movimiento Estudiantil, sobre cuyos hombros la oposición ha dejado la planificación, convocatoria y ejecución de las actividades de protesta de ese fin de semana. Ha sido así, porque el miércoles 26 de abril la Guardia Nacional asesinó en Altamira Sur a uno de los suyos: Juan Pablo Pernalete (20), estudiante de Administración de la UNIMET. Aunque es ya la víctima 28 de las protestas, su muerte ha tenido más repercusión que las anteriores y ha puesto en primer plano a uno de los actores que hasta el momento se había mantenido, si bien participando, haciéndolo de un modo discreto: los estudiantes universitarios.

Les habían sugerido una marcha, pero ellos se decidieron por otra cosa. De la chistera se sacaron una actividad que hizo levantar las cejas a tirios y a troyanos: una vigilia nocturna de 12 horas, a cielo abierto, en una de las ciudades más peligrosas del continente. Una manera de retar a la sangrienta noche caraqueña, al hampa que tiene secuestrado el espacio público, a los métodos convencionales de protesta y a ellos mismos, que tuvieron poco más de 24 horas para organizarla. Esta es, de hecho, prácticamente la segunda vigilia de los líderes universitarios: la noche anterior se les fue en reuniones, llamadas, permisos y propuestas.

Durante esa primera hora, pueden respirar tranquilos: tienen la plaza a reventar. La luz amarilla de los cirios, que arden en honor de Juan Pablo Pernalete y de los demás caídos, se cuela por todas partes. Donde más y donde menos hay una vela encendida. Una luz que comienza a brillar en medio de la oscuridad.

8:00 PM

Henrique Capriles llega por la esquina sur oeste. Viene, como casi todos los políticos, del entierro de Juan Pablo. Viste una camisa manga corta negra y lleva puesta una gorra de la Virgen del Valle, negra también. “¡Bravo, flaco!”, “¡Dios me lo bendiga!”, “¡Valiente!” y “¡Futuro presidente!” son algunas de las cosas que le gritan. Se acerca a un grupo de la UNIMET, que en ese momento está afinando los detalles de la operación ‘Adopta un libro’, que inundará de ellos la plaza esa noche. “El Zulia, la independencia se avecina” es el título que extrañamente el azar tiene reservado para que él dedique. Aunque intenta hablar y bromear con los estudiantes (“¿Uds son de la Metro?”), pasar como uno más (“Yo soy de la UCAB”), se vuelve imposible. Un enjambre de gente lo rodea y en segundos los flashes de las cámaras lo descubren.

Cuando declara, Capriles lo hace la mayoría del tiempo con las manos juntas, cual benedictino cantando el ‘Magnificat’. Las cámaras no lo captan, pero mientras el Gobernador de Miranda habla, se la pasa frotando el pulgar izquierdo contra la palma de la mano derecha. Es un gesto constante, que lo acompaña durante la casi media hora en la que se despacha a gusto ante las cámaras de televisión, en su mayoría de canales internacionales y de internet. Lo mejor de su larguísima declaración se la saca un espontáneo. “Pero bueno, Capriles, ¿estamos o no en dictadura?”, pregunta el hombre. “Es dictadura”, afirma, y luego hace una confesión: “Ustedes y nosotros estamos aprendiendo: nunca habíamos lidiado con algo así”, y todo queda bien entendido.

Terminada oficialmente la declaración a la prensa (es decir: idas las cámaras y apagadas las grabadoras), Capriles responde todavía las preguntas de algunos de los que lo rodean. “No deje que se le vaya”, le ordena un hombre a su mujer. Son cincuentones y andinos. Ella se abraza a Capriles y cuando él termina lo que está diciendo lo jala. El esposo le toma la foto y le pregunta si se acuerda de ellos (“de los Andes”) y de los perros que le dieron. “Todavía los tengo”, les informa. “¡Todavía los tiene!”, repite ella emocionada viendo al esposo. “Un mucuchies y un san Bernardo. Progreso y Esperanza se llaman”, les cuenta y sigue. “Póngase ahora con ese”, le ordena el esposo a su mujer señalando a Tomás Guanipa, que estuvo un rato detrás de Capriles pero se quedó sin declarar. “¿Y ése quién es?”, le pregunta ella. “No sé. Pero vaya y tómese la foto con él”, cierra.

9:00 PM

Diez años después, David Smolansky es Alcalde de El Hatillo, Freddy Guevara Vicepresidente de la Asamblea Nacional y Juan Guaidó diputado principal. Diez años antes, los tres estudiaban en UCAB (Comunicación Social los dos primeros, Ingeniería Industrial el otro). A esa hora, como quien se encuentra con el yo que alguna vez fue, les hablan a los actuales ucabistas. La charla desemboca en un ejercicio de nostalgia. Memorias del pasado rockero de Guevara o de la astronómica cifra de votos (4 mil de 5 mil posibles) que convirtió a Smolansky en el Consejero Universitario más votado de la historia de la UCAB, se juntan con unos versos del Kippling más paternalista (“Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti (…) Si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso, y tratar a esos dos impostores de la misma manera. (…) Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud. O caminar junto a reyes, sin menospreciar por ello a la gente común (…) ¡serás un Hombre, hijo mío!”), que les recita otro ex alumno.

David Smolansky es el más papá de todos. “Manténganse cohesionados, despréndanse de cualquier ego protagónico”, les aconseja, para luego llamarlos a la esperanza. Que no se sientan mal ni se lamenten, les dice, por haber tenido que vivir esta coyuntura de jóvenes. Todo lo contrario, que lo agradezcan: “lograremos el cambio en los mejores años de nuestra vida, cuando Dios nos da salud, y tenemos fuerza para luchar y reconstruir este país”. Es un mensaje  optimista, que viene seguido por un pase de testigo: “Hace diez años, por esta fecha, nosotros nos estábamos conociendo y debatiendo. Ese año surgió el Movimiento Estudiantil de las manos blancas y le propinamos a Chávez la única derrota de su historia. Diez años después, con ustedes, saldremos de Maduro”. Aplausos estridentes.

“¿Quiénes se saben el himno de la UCAB?”, pregunta Guevara y las caras los delatan a todos. “Nosotros éramos tan gallos que nos lo sabíamos completo”, confiesa, y acto seguido, pecho afuera y mano en él, los tres lo entonan. “Marchando a tu destino impávida / como incontenible alud…”, se les escucha cantar a esos que exactamente una década atrás comenzaron a escribir una de las páginas más interesantes de la historia política reciente, ante unos que, esa noche, podrían estar (marchando a su destino, impávidos) escribiendo las primeras y mejores páginas de la suya.

10:00 PM

Si Smolansky es un papá, Miguel Pizarro es el hermano mayor pana que se hace amigo de tus amigos. Está en el centro de un círculo, rodeado de estudiantes que lo escuchan muertos de risa: no solo tiene historias, sino mucha gracia para contarlas. Quien no lo conociera y lo viera allí con los tatuajes en los brazos, las pulseras en las muñecas, la barba desprolija, el cabello despeinado, los zapatos de goma, la franela prestada (“es de Olivares”), pensaría, sencillamente, que se trata de un universitario más, ‘primus inter pares’. Y no es así: Pizarro, de 28 años, va ya por su segundo período legislativo (entró a la Asamblea Nacional con 21 años). El cargo no le ha hecho perder un ápice de esa simpatía innata (cosa de personalidad y no de manual) que le dio la Providencia, sino que más bien le ha permitido desplegarla: saluda a todo el que se le acerca (“¿qué más, compa?”, “¿qué hay, viejo?”), y a los que conoce no sólo les da la mano, sino que los abraza, les toca la cabeza o les da palmadas en la barriga, y los despide con apodos (“vaya, bebé salsero”).

Con esos estudiantes de la UNIMET está como entre conocidos de toda la vida. Se pasa la hora echando cuentos. Habla de los amigos que se le fueron, de sus años en la UCV, de las bombas que ha tragado, de los allanamientos que vivió de pequeño, de toda la calle que ha pateado. Y entre cuento y cuento, un chiste, una anécdota graciosa, un comentario inesperado.  No se le escucha hablar mal de ningún otro político y dice que todos son útiles. Confiesa que está en las antípodas de ideológicas de María Corina Machado pero que una mujer como ella es necesaria. De Borges, el presidente de su partido, dice con gracia que es lo más parecido a un maniquí: “Julio siempre está ‘plain’: uno no sabe cuándo está contento o cuando está bravo. Siempre igual. Nunca se emociona. Pero es el hombre que piensa en frío, el que sabe mantener la calma y llamarnos a ella cuando nos exaltamos”. Sin empacho se confirma de izquierda “hasta donde se puede ser en este mundo civilizado”. Recuerda que su padre era comunista y que siempre estuvo en contacto con esa corriente, que prácticamente creció en ella. Más aún: revela que de pequeño lo mandaron a Cuba una temporada con los pioneritos y que nunca olvidará que el último día el facilitador le pidió si le podía dejar su cepillo y crema de dientes. Ello le bastó para curarse de comunismo.

Casi llegadas las once pide permiso. “El coach de tercera me está haciendo señas”, se excusa. El coach de tercera es la muchacha que lo acompaña. Ya para ese momento, el círculo de gente había crecido y estaba compuesto no solo por estudiantes, sino también por adultos. Todos, atraídos por el raro espectáculo de un diputado que habla con la gente, no rehúye pregunta alguna e incluso se atreve a defender posturas para ese momento impopulares (participar en la regionales, de darse el caso). “Hace falta gente así, que le hable y le explique las cosas a uno”, dice una señora. Y vaya si tiene razón.

11:00 PM

¿Qué lleva a un joven a estudiar derecho en un país sin estado de derecho? La duda me surge cuando escucho hablar a Rafaella Maiure (21) y a Edward Rangel (20), futuros abogados de la república, quienes desde la UCV y la UNIMET, respectivamente, trabajan como voluntarios en Defensa UCV y Apoyo UNIMET, dos grupos que prestan asesoría legal gratuita a los familiares de los manifestantes que son detenidos protestando contra la dictadura. Rafaella, que empezó a estudiar derecho en 2013, lo explica con una imagen bastante clara: “Cuando en un país hay una pandemia, necesita médicos; y cuando no hay estado de Derecho, necesitamos a personas preparadas en el ámbito para poder recuperarlo”. Edward, que arrancó en 2014, apela al futuro: “Después de que caiga esto –y va a caer– tiene que haber alguien que restaurare el Estado de Derecho, que le ponga ganas al país, que institucionalice todas aquellas instancias del Estado y del gobierno que se partidizaron, y justamente le toca a esta generación”. Recuperación y restauración: son profesionales del futuro.

¿Qué los llevó a ser parte de esos grupos que asesoran a los familiares, los acompañan, les hacen seguimiento a los casos, los denuncian y resuelven? En el caso de Rafaella, una experiencia familiar: a un primo suyo lo detuvieron protestando. “Cuando vi a mi familia tan angustiada, cuando no sabían a qué abogados llamar, cuando no sabían cómo proceder, entendí que tenía que ayudar. Es algo que me mueve, porque siento la necesidad, ante esta situación crítica, de poder aportar en algo concreto que vaya más allá de las manifestaciones”. Para Edward, fueron precisamente las manifestaciones, el no poder acudir a ellas, lo que lo llevó a comprometerse: “En 2014, cuando asesinan a Bassil y a Robert, a mis padres les comenzó a dar miedo que yo saliera a manifestar, y mi idea en ese momento fue: si no puedo salir, entonces tengo que hacer algo diferente, ayudar desde algún punto. Fue allí que conocí Apoyo UNIMET  y he estado apoyando desde entonces”.

Su labor los ha puesto en contacto con la injusticia: saben de los Morochos Sánchez, presos en Tocorón; de un ucevista que lleva un mes en el SEBIN sin poder hablar con sus familiares; del terror que viven aquellos que tras ser detenidos son incomunicados y ruleteados por horas. Saben a lo que se exponen. Y su familia, claro, se angustia. “Mi papá a veces quiere ponerme límites: cuando voy al Palacio de Justicia, a él le gustaría que no fuera para no exponerme. Pero ellos entienden que es parte de mi vocación de participar y ayudar, y que no pueden limitarme, más bien me apoyan”, dice Rafaella. No muy distinto es el caso de Edward: “Mi familia se preocupa por todo el tema de si me podrían llegar a buscar, si algún día aparece el SEBIN en mi casa, pero entienden que ante esta situación histórica es necesario hacer algo, ser parte del movimiento, ser parte del cambio, y es por eso que a pesar del miedo y de la frustración, me alientan”.

¿Y a ellos no les da miedo? “Efectivamente existe miedo, y siempre hay un momento de quiebre en el que te preguntas por qué estás realizando esto, por qué estás en esta lucha. Pero es que si no, luego no vas a poder decir que hiciste algo por cambiar a Venezuela”. ¿Y qué es Venezuela, Edward? “Venezuela es mucho más que ese grupo que está en el poder. Es la patria, es el lugar donde tienes tus amigos, tu familia, tu futuro. Venezuela es la casa donde vivimos, el país donde nacimos y donde queremos morir”.

12:00

La última campanada que salió de la torre de la iglesia de San José se escuchó a las 6:30 de la tarde; el templo está cerrado desde las siete; y su párroco, a juzgar por las luces apagadas de su casa, lleva rato durmiendo. Pero en la plaza Bolívar todavía hay monjas. Los hábitos y tocas blancas que se han dejado ver desde el inicio de la vigilia resaltan ahora, pasada la medianoche, tanto como un anuncio de neón.

¿Qué hace una monja de madrugada en una plaza pública? “Acompañar a los jóvenes, rezar por los caídos y luchar por Venezuela”. Así lo sintetiza la Hermana Rosalía, una religiosa morena, de 68 años, que pertenece a la congregación de las hijas de Padre Machado. Es de las monjas que marcha –“Yo puedo estar en la casa haciendo una cosa, me entero de que hay una marcha, y digo: yo me voy a estar aunque sea una hora allí”– y que lo hace sin acto de contrición ni golpe de pecho de por medio –“Nosotras también somos pueblo, ciudadanas y venezolanas”– y con la conciencia tranquila de no estar mezclando al César con Dios –“Es que esto no es política. Nosotras no estamos haciendo esto por partidos, porque no somos de ninguno: nuestro partido es Venezuela”–.

Su plural no es mayestático: en él mete a sus hermanas de comunidad, pero también a los ancianos y que cuida. Cuando sale a protestar, lo hace por ellos y en nombre de ellos. “Nosotras nos hemos visto muy afectadas por la crisis. El dinero es poco y no alcanza para nada: cualquier cosa son cinco mil bolívares. En nuestros asilos  a veces no tenemos con qué darles de comer a los ancianos, que están pasando los últimos años de su vida y muchos no tienen familia que los ayude. Por ellos estamos luchando”.

De cara al futuro, sin embargo, no es lo material lo que más le preocupa –“Eso se resolverá: Venezuela sigue siendo un país con muchos recursos”–, sino lo humano: “Lo más difícil va a ser volver a unir a las personas que ahora se odian, volver a ser la patria unida que éramos antes, eso va a ser lo más duro”.

A la revolución la juzga con el Evangelio –“por sus frutos los conoceréis”– y por ello no duda en ubicarla en el lado del mal: “Es imposible que sea cosa de Dios, porque Él no quiere la violencia, ni el odio, ni la división, ni la corrupción, ni la mentira, ni nada de eso”. De la realidad del país tiene también una visión sobrenatural: “Es una batalla espiritual. Estamos luchando contras las fuerzas del mal”. ¿Y en ese campo como pelea la hermana? “Con oración. Todos los días la misa la ofrecemos por Venezuela. En todas nuestras peticiones está siempre Venezuela. Tenemos días fijos y momentos de oración fuerte para rezar por Venezuela, incluso nos levantamos a la medianoche a orar por la patria”.

Después de todo, puede que no sea tan extraño ver despierta a una monja a la medianoche.

1:00 AM

Es abogado, tiene 28 años y una maestría en España. Dejó a un lado un empleo bien remunerado en el extranjero para volver a Venezuela y hacerse cargo de la Escuela de Derecho de la Monteávila. La remuneración, como la de cualquier profesor universitario, es mala. Y en su caso, todavía peor: tiene un cargo administrativo que la absorbe a tiempo completo y le impide dedicarse a otras cosas. A la una de la madrugada está en la plaza Bolívar dando una clase a cielo abierto sobre el amor a la patria y sus bases filosóficas. A esa hora, consigue lo que muchos profesores no logran a las diez de la mañana en un salón sin ventanas: atención. Todavía más: emociona y conmueve a su audiencia. Será acaso el tema, será tal vez la convicción con la que lo explica, o será lo que dice. Lo cierto es que María Verónica Torres da una de las mejores clases de la noche. Y no precisamente por falta de competencia: durante toda la madrugada, una alineación de cuartobates de las aulas estuvo enseñando a cielo abierto. Pero la suya fue –literal y figuradamente– una lección magistral.

Terminada la clase –y las muchas felicitaciones que vinieron después de ella– la abordo. Quiero conocer su historia, saber qué la mueve, por qué esta allí. “Vocación” es su respuesta. ¿Y eso qué es? “Un regalo, algo que se te dio, y ella lo puede más a uno que cualquier otra cosa. La mía es la de estar acá enseñando. Yo no me veo feliz haciendo ninguna otra cosa. Es más: yo no me sentiría satisfecha haciéndolo en otro país sabiendo que en el mío se necesita que enseñen. Para mí, de verdad, no hay mayor alegría que estar aquí retribuyéndole al país todo lo que me dio; y además enseñándoles a los chamos, creando libertad interior en ellos, que es lo que los regímenes totalitarios atacan”.

Sí, todo ello suena muy. ¿Pero se traduce en hechos concretos? ¿Hay algo específico, tangible, palpable que demuestre que no es arar en el desierto, que de verdad vale la pena? “Claro que sí. El sacrificio que estamos haciendo no es vano. Estos muchachos del Movimiento Estudiantil salen por la reserva moral de sus padres y de sus profesores. Nosotros hemos creado en ellos el espíritu y la libertad interior suficiente para que entiendan que no se merecen vivir así, y les hemos dado herramientas para la lucha. Pero es que además, aunque no fuera un movimiento, con que uno solo fuera capaz de descubrir su dignidad, esa que el gobierno les ha querido quitar, ya para mí hubiera valido la pena todo el sacrifico personal que he hecho”.

Sobre los jóvenes del Movimiento Estudiantil tiene una idea curiosa: estos de ahora son más maduros, dice, porque han sufrido más. “Son unos muchachos que han sabido sortear muchas fatalidades, y han sabido hacerlo porque son inteligentes y tienen voluntad de echar para adelante este país”. Para ella, no hay mejor prueba que lo que está sucediendo allí esa noche: “Este es un acto de resistencia precioso: una vigilia es una forma excelsa de manifestar y tiene un contenido moral que otro tipo de actos no tiene, porque requiere una cantidad de horas pasivas y cohesión social. Pasar esta noche escuchando clases significa que los chamos entendieron cuál es el sentido de la lucha y entendieron que aprendiendo son más capaces de ganar la democracia”.

2:00 AM

Esta es la hora muerta. En la que todo se junta. Incomodidad es la palabra que la describe. Por el sitio, por la hora, por el cansancio, por la falta de agua corriente, de un lavamanos, de un espejo, de una cama, de una almohada, de algo. Ya en la plaza no hay multitud. Se la puede cruzar de un extremo a otro sin problema, sin tener que pedir permiso. En el centro hay pequeños grupos de universitarios. Varios se amontonan sobre colchonetas y duermen. Hay algunos que están jugando cartas (la baraja española y el ‘Uno’ mandan), mientras otros le meten al dominó, que se cotiza en alza, e incluso al ajedrez. Hay unos que simplemente hablan. Y no falta el que lea. En los bancos y escalones que la bordean hay adultos; padres y vecinos que permanecen allí acompañando y dando apoyo: reparten café, arepas, tortas, agua.

En su mayoría, todos están en ese momento más dormidos que despiertos. Pero plantados, a cielo abierto, en una plaza, de madrugada, en la capital más peligrosa del continente.

3:00 AM

A las tres de la mañana ya no quedan monjas, sino apenas algunas madres. Son ellas las que se van al centro cuando se hace la invitación para rezar un rosario. No están solas. Junto con ellas va un grupo de estudiantes mayor del que uno pensaría. La oración es ofrecida por los caídos, por sus familiares, por la pronta liberación de los presos políticos, por los enfermos, por Venezuela, por su libertad, por su paz y por su futuro.

Tras los cinco padrenuestros, las cincuenta avemarías y los cinco glorias, María Auxiliadora Ramírez, la mujer que dirigió el rosario, explica que éste no estaba programado, sino que fue una iniciativa de ella que los organizadores apoyaron. “Recordé que las 3 de la mañana es la hora del demonio, ya que es la opuesta a las 3 de la tarde, en la que murió Cristo, y que en ella se hace siempre brujería; entonces me pareció una buena manera de proteger este acto, porque además el régimen siempre actúa de madrugada”, explica. “Hace tres años, aquí, en un mes de mayo también, vinieron y se llevaron el campamento de los estudiantes de madrugada”, recuerda.

Para despertarse y mantener el ánimo, varios estudiantes se abrazan a cantar. Versionan a Chino y Nacho y luego se pasan al ‘Alma Llanera’. Es, sin embargo, ‘Venezuela’, esa de “llevo tu luz y tu aroma en mi piel”, la que se más se canta.

4:00 AM

Santiago Acosta, el Consejero Universitario de la UCAB, no ha parado de cruzar la plaza durante toda la vigilia. De allá para acá, de acá para allá, todo el tiempo ha estado haciendo algo. Desde encabezar algunos actos hasta repartir agua o reunirse con los otros líderes con quienes comparte la responsabilidad de sacar adelante el acto. Es a las 4 de la mañana, cuando por fin tiene un respirito, que logramos hablar en las escalinatas de la plaza. Al lado, un grupo de mujeres, quizás para ganarle al sueño, se han reunido a cantar canciones de misa. No es exactamente un coro angelical, pero tampoco desentona con el entrevistado: toda su educación ha ido de la mano de los jesuitas, tanto en el San Ignacio de Loyola como en la UCAB, donde estudia actualmente derecho.

De ojos azules y voz ronca, Santiago es el único miembro de su núcleo familiar que queda en Venezuela. Desde hace años, sus padres y sus hermanos están fuera del país. Él, sin embargo, sigue. ¿Por qué? “Porque creo que no voy a encontrar mi felicidad en otro sitio que no sea Venezuela. Creo que puede haber un país distinto, y que cuando esto cambie será un país lleno de oportunidades. Además, actualmente hay demasiadas personas sufriendo, y hay que luchar por ellas”.

En su discurso hay una palabra clave: reconciliación. Santiago está convencido de que el cambio de Venezuela pasa por allí y que su rol, como estudiante, es colaborar en esa empresa: “Nuestra misión es reconciliar. Volver a unir lo que dividieron. Y esa va a ser la tarea más difícil: perdonar. Parte de nuestro rol histórico no pasa solo por cambiar un presidente, sino por transformar el corazón de cada uno de los venezolanos, ya que hasta que no haya un cambio moral en cada uno, hasta que no entendamos que estamos aquí para construir, servir, hacer cosas positivas y bien hechas, hasta que eso no pase será imposible reconstruir el país”.

La otra palabra que repite con frecuencia es servicio. Le viene de San Ignacio (“En todo amar y servir” fue su lema) pero también del ejemplo que ha recibido de la generación de 2007: “Esta generación ha aprendido que la política no se trata de imponer cosas o de ser reconocido, sino de servicio. Los jóvenes que vienen del Movimiento Estudiantil como David, Freddy, Juan Andrés, Pizarro, Stalin, cada uno entiende que está ahí para servir, y vemos como están todos los días en la calle acompañándonos. Es algo genuino, que nos sale a los dirigentes de hoy, que entendimos que estamos hechos para dar mucho, que lo más bonito está en dar a los demás y entregarse plenamente a ayudar y a servir”.

La pregunta por el miedo es inevitable. “Claro que lo siento. No hay nada más natural. Pero tengo más miedo de un país sin medicina por más años, de un país sin comida, de un país donde no podamos ser los jóvenes quienes nos casemos y podamos comprar un apartamento”. ¿Estamos cerca del fin de la dictadura? “Yo creo que puede ser el amanecer para Venezuela. Es ya mucha gente la que está en contra. Ya no se trata de un grupo contra otro, sino que existe un rechazo enorme contra Nicolás Maduro. Y somos muchos los que queremos cambio”.

5:00 AM

De las muchísimas cosas de las que esos ojos sin pupilas del Bolívar de metal que custodia la plaza han sido testigos, difícilmente habrá una tan conmovedora como la reunión de los estudiantes de la UNIMET que tiene lugar a sus pies. Ocurre bajo un cielo que ya dejó de ser negro pero todavía no es azul, sino que porta una especie de morado que se aclara aceleradamente. A los unimetanos los convoca esa tristeza común llamada Juan Pablo Pernalete. Se agrupan, ya al final de la vigilia, para drenar eso que desde el miércoles los está matando, verbalizar su dolor, compartirlo. La dinámica consiste en pararse en el centro y decir algo. A los cinco minutos, ya todos han llorado. Los que fueron sus amigos lo recuerdan, los que no lo conocieron se lamentan, y todos reflexionan  en voz alta sobre la vida, lo rápido que se va y lo importante que es aprovechar el tiempo. Les ha tocado crecer de una. Entonces, de pasada, un muchacho gordito y de lentes lo dice:

“Busquemos que este dolor no se convierta en odio”

Es una frase que debería detener el tiempo, cortar la atmósfera, remover los cimientos de la tierra, poner el mundo de cabeza y hace al sol refulgir con intensidad. Como no tienen tal poder las palabras, la frase vuela con el viento. Ya en ese momento está siendo desplazada por otra. Pero el muchacho la dijo. De él nació. De él salió. Y los otros lo escucharon. Y asintieron. No pusieron reparos. Dijeron que sí.

Cincuenta años atrás, a los que en ese entonces eran muchachos como ellos les tocó también enterrar compañeros asesinados prematuramente. “Camarada, tu muerte será vengada”, fue la promesa. La venganza llegó, se hizo revolución y acabó con un país. En las cenizas de lo que quedó, está surgiendo una generación que pasa por lo mismo pero no jura venganza. “Que este dolor no se convierta en odio”. Comienza a ser visible el amanecer en la plaza. Y en Venezuela.

6:00 AM

El rector de la UCAB, José Virtuoso, y el capellán de la Monteávila, Javier Rodríguez, son dos de los cuatro sacerdotes que presiden el acto litúrgico que tiene lugar al despuntar el alba. Compañía de Jesús y Opus Dei, lo más liberal y lo más conservador de la iglesia, están unidos por obra y gracia de los estudiantes. No es que sean enemigos (la iglesia al final siempre es una), pero se trata de dos realidades (y sensibilidades) eclesiales muy lejanas. El jesuita predica el cristianismo como revolución y cambio; el del Opus habla de la necesidad de estar cerca de Dios para poder tener fuerzas y lograr el cambio. Al final, la palabra se repite en ambos.

7:00 AM

A las 7 de la mañana se celebra en el templo parroquial de Chacao una misa por el eterno descanso de Juan Pablo Pernalete. Los líderes universitarios no participan en ella: están en la plaza limpiando. No sólo es que recogen en bolsas negras todos los desperdicios que tras 12 horas se han acumulado; es que incluso se arrodillan en el suelo a despegar la cera de los cirios. “Vamos dejarla mejor de cómo la recibimos”, se propusieron. No pasan ya de 10, pero ahí están: dejándola mejor de cómo la recibieron. Exactamente lo que les tocará hacer con Venezuela.

A juzgar por cómo quedó la plaza, hay motivos para tener esperanza.

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