Agua, perdigones y miedo

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

“Causa, a esa ballena la afinaron hoy”, le dice un encapuchado a otro pasadas las 3 de la tarde en una acera de Altamira Sur. Uno está sentado y el otro acostado, y como es normal tras una jornada de protesta, comparten sus historias (más bien tragedias) de represión. “Yo pensé que me le iba a poder enfrentar. Y nojoda. Me llevó. Parecía una barajita”, continúa. “Sí, vale. Esa bicha estaba disparando duro. Primera vez que nos la lanzan tan de frente”, le responde. Un tercero se acerca. “Papi, ¿estás bien?”, le pregunta al que está acostado. (‘Papi’ es el nuevo vocativo masculino caraqueño). “Sí. Pero sendo perdigonazo me metieron en la pierna”, le explica y le señala el lugar del impacto. “Sí, papi. Yo vi cuando te estaban sacando en la moto. Luego de eso guerreé preocupado. ¿Seguro que estás bien?”. “Tranquilo, no fue nada”, le responde. Pero cuando trata de sentarse y cierra los ojos, muestra los dientes y se queja, queda claro que en realidad cuando dijo ‘no’ era ‘sí’, y cuando dijo ‘nada’ era ‘bastante’. “Mosca, pues, papi. Eso no me gusta. ¿Te funcionó la máscara?”. “Calidad”, le responde. “Pendiente con eso, pues”. Le da la mano y se va.

La conversación, en principio una de tantas, tiene dos de los elementos claves que explican cómo la Guardia Nacional rompió este jueves el récord de desalojo de autopista. Son registros oficiales de la libreta de este cronista que a las 2:08 PM fue disparada la primera bomba en la Francisco Fajardo, y que a las 3:15 PM ésta ya se encontraba prácticamente sola. Es decir, que lo hizo, segundos más, segundos menos, en una hora siete minutos.

¿Cómo?

Con agua y perdigones.

A diferencia de otras oportunidades, esta vez hubo más ballenas (9) que tanquetas (5). Y a diferencia, también, de otras oportunidades, la ballena no perdió mucho tiempo levantando en el cielo esa fotogénica columna de agua blanca que con un criterio más estético que funcional solía alzar en el horizonte para deleite de fotógrafos y lejanos espectadores. En esta ocasión fue de lleno y de frente contra los manifestantes (y los periodistas), que efectivamente, con o sin escudo, se desplazaban como barajitas.

Esta vez, también, la PNB echó una ‘ayudaíta’ desde el elevado de Las Mercedes, donde disparó perdigones. Allí puede que se haya decidido la suerte de la manifestación: si ya la primera línea de protesta, en la que se pelea de frente, es un maremágnum en el que van volando bombas a gran velocidad y en cualquier dirección, en el que hay que caminar hacia atrás, sin dar la espalda nunca, viendo siempre de frente y con el oído aguzado para detectar el sonido de esa otra bomba que viene de lado y no se ve, cuando a eso se le suma un segundo frente lateral desde el que disparan perdigones, entonces se pasa del riesgo de ser herido a la certeza de serlo en breve de continuar allí y no queda otra sino retroceder.

En ese tramo el retroceso fue rápido. Luego retomó su ritmo natural en los puentes del CCCT para volver a agarrar velocidad en La Carlota, desde donde dispararon gas y perdigones nuevamente. Ya para ese momento, era mucha la gente que había salido por Chacao (en donde los emboscarían, porque ayer la GNB estuvo en todas partes) y el resto de los manifestantes terminó de subir a las 3:15 por Altamira, donde sin saberlo, dos víctimas de los hechos, en una conversación casual, darían con la clave de lo sucedido.

Sin embargo, tanto en la vida, como en la salsa, la clave, aun siendo lo principal, no lo es todo: necesita de otros instrumentos. Y este texto quedaría incompleto si se limitara sólo a contar el #18M como el día en el que una estrategia de represión más violenta logró desalojar en tiempo récord la autopista (que sí y principalmente) y dejara por fuera el hecho significativo de que la separación entre primer y segundo frente (los encapuchados y el resto de la marcha) fue mucho más grande que en otras oportunidades. Metros de asfalto vacío cuya medida exacta era precisamente la del miedo.

Ello fue manifiesto al llegar a la autopista: muchísima gente se quedó a la altura del Distribuidor Ciempiés y no pasó de allí. No se veía ni siquiera el piquete de la GNB, pero la gente no caminaba. La confusión hizo pensar a los que llegaban tarde que se debía a que unas motos apostadas adelante eran de los colectivos (ese temor eterno) y por eso la gente no seguía. En realidad, eran las que auxilian a los heridos. Habría que caminar un trecho largo para encontrarse con la primera línea y el piquete, que en ese momento comenzaban a hacer contacto visual.

Aquel “cuando volteamos y vemos a toda esa gente allí aguantando, eso nos da fuerza” del que suelen hablar los encapuchados, ayer se hizo difícil para los de vista corta: la gente, tras casi 50 muertos y 17 mil heridos, estaba muy atrás. Prudente, juiciosa, cauta y ponderadamente atrás.

II

Piedras, vidrios, excremento, cilindros de metal plateado, otros de plástico rojo, cartuchos de bombas, hojas y ramas, manchas de pintura, asfalto estallado, restos de pólvora. Eso es parte de lo que queda en el suelo cuando se retira un piquete de la Guardia Nacional. Ayer, en Altamira Sur, sucedió tras una hora del clásico enfrentamiento vespertino post-marcha que suele tener lugar en la zona, que estuvo marcado por una pregunta: “¿Dónde están los escuderos?”. Como letanía, la interrogante se repitió constantemente. Empezó como llamado (“¡Escuderos, escuderos!”), mutó a petición (“¡Por favor, los escuderos que bajen!”) y terminó en reproche (“Si no van a bajar denle los escudos y las máscaras a otros”). La respuesta, por más que sonaron los postes y se gritó en el megáfono, fue lenta y hasta se diría que discreta; sin embargo, resultó suficiente para hacer retroceder al piquete (que había sido reforzado por una tanqueta) a las 5 de la tarde.

Atravesando ese montón de acaba-suelas, un grupo (re)tomó el Distribuidor Altamira. Esta vez no en metros sino en minutos, largos y lentos, se pudo medir el miedo: la gente, por más llamados, se tomó su tiempo para bajar de la plaza. Sólo pisó la autopista un grupo de, como mucho, 50 encapuchados, quienes, escudos, piedras y bombas molotov en mano, se enfrentaron largo rato a los Guardias en La Carlota. Desde arriba, los manifestantes los veían, apoyaban, celebraban. Entre un grupo de mototaxista, todo pasaba por el matiz del béisbol. “Ese tiene mejor brazo que el Guti”, exclamaba uno cuando veía lo lejos que llegaba una piedra uno de los encapuchados. “¿Viste esa atrapada? ¿La viste compa?”, se emocionaba otro cuando un muchacho atajaba en el aire una lacrimógena y la devolvía de una. “Ese debería ser el center field de Leones”, sentenciaba el de más allá. Por más estético y lúdico, no dejaba de ser trágico: el talento venezolano en lugar de jugar partidos de exhibición contra otro oponente, se juega la vida en una autopista luchando contra una dictadura.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio” 

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