50 días después

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

50 días después, la oposición tiene por fin un sistema de audio decente. Para ser oligárquica, elitista, millonaria, acaudalada y opulenta, y para y estar financiada por el gran capital internacional, como siempre denuncia el gobierno, se había mostrado, durante estos casi dos meses de protesta, bastante modesta, cuando no pobre. Bastaba solo ver las tarimas que usaba (apenas plataformas elevadas en el mejor de los casos, cuando no techos de camionetas en el más común de ellos), las cornetas que tenía (pocas y con un sonido peor que el de cualquier parlante de colegio) y la cara alelada de los manifestantes que apenas a dos cuadras de distancia ya no escuchaban nada de lo que decían sus dirigentes, para darse cuenta de que algo no cuadraba en la suntuosa versión oficial.

Para el día 50 de protestas, fecha redonda, la tarima no es impresionante pero al menos es digna de ese nombre. El audio sí es más elogiable y se extiende en por lo menos cuatro camionetas a lo largo de la autopista Francisco Fajardo, lo que al menos garantiza que una mayor parte de la gente entenderá y escuchará lo que les digan sus líderes pasada la 1 de la tarde (casi tres horas después de la convocatoria), ya que la demora entre la hora pautada y el inicio de los eventos es algo que se ha acentuado con los días y ya todos aceptan y toman como normal.

La escena que más se repite durante el recorrido es la de manifestantes dándoles provisiones a los encapuchados. Tras 50 días de protesta, por más que Reverol y compañía se empeñen en llamarles terroristas, ellos no causan ni miedo ni repudio en la gente, sino todo lo contrario: por donde pasan son aplaudidos, mimados y proveídos. En medio de la autopista, un hombre y su esposa les dan cuatro lentes de natación a unos de ellos. Y antes de que el ministro levante la ceja y vea allí la existencia de una red clandestina de provisión de municiones, la mujer da la explicación: “Esos los encontramos en un closet. De cuando mis hijos hacían natación”. No son los únicos: más adelantes otros manifestantes les dan comida, agua e incluso cascos. Lo que necesiten.

“Si ellos son terroristas, ¿qué éramos entonces nosotros?”, se pregunta con ironía un hombre entrado en años. Lo dice con conocimiento de causa: participó en la guerrilla de los sesenta. “Si quieren hablar de guerra que hablen. Pero esto no es una guerra, en todo caso es una guerra asimétrica: ellos están desarmados, los otros no”. ¿Y las piedras, las molotov, los cohetones, las bombas de pintura, qué son? El hombre se ríe. La pregunta le hace gracia. “Con una tanqueta en frente eso no es nada. Es que mira. Armas tuvimos nosotros, que nos las mandaban de Cuba y de la Unión Soviética. A nosotros sí nos armaron. Y teníamos montadas redes en los barrios, con los malandros. Guillermo García Ponce fue el que ideó todo eso. A mí no me van a venir con cuentos. Estos muchachos lo que están es dejando la vida”.

II

María Corina Machado comienza a hablar a las 2:04 PM. La han precedido una serie de oradores más bien discretos: el grueso de los dirigentes se encuentra en otros estados. Va vestida como siempre: suéter blanco manga larga y el cabello recogido con una cola. Habla, también, como siempre: con fuerza y convicción. Firmeza será invariablemente una buena para describirla. Grita y se le hinchan las venas del cuello. “En estos cincuenta días hemos derrotado a la dictadura”, arranca, y la gente se emociona. ¿Ve María Corina cosas que otros no? La interrogante es inevitable al ver la seguridad con la que habla y lo rotundo de lo que afirma: “Estamos en vísperas del fin de la dictadura. Se acerca la hora definitiva”. En el discurso asoma una propuesta nueva: la firma de un gran acuerdo político, un pacto republicano de todos los sectores, que traerá prosperidad al país. Usa imágenes esperanzadoras: campos produciendo, supermercados repletos de comidas y aeropuertos llenos de exiliados que vuelven. La gente cae rendida. “Dios los bendiga, ha llegado la hora de la libertad”. Amén, le responden.

A ella le sigue, para cerrar el acto, Henrique Capriles. Cuando se asoma a la tarima, lo recibe una multitud de aplausos. Pero Lilian se le pone al lado y la atención de la gente se divide. Unos gritan el nombre de ella y otros el de él. Hábilmente, Henrique le levanta la mano a Lilian. La imagen dura segundos. Inmediatamente, ella le agarra la mano al que tiene al lado, sin importar quién es, y se la sube. Al rato, ya no es Capriles levantándole la mano a Lilian sino todos levantándose las manos unos a otros. Entonces Henrique, que tras cincuenta días de protesta no se ve precisamente fuerte ni saludable, comienza a hablar con una voz que es cada vez más ronca y débil. Pero el hombre deja la vida en la alocución. Agarra el micrófono con la izquierda y la derecha la mueve como un látigo cuando quiere hacer énfasis. A veces, se sacude todo él.

Aunque sigue estructurando sus discursos de la misma manera lógica y coherente de las entrevistas (el esqueleto de la alocución son los 5 puntos que pide la oposición), en esta oportunidad Capriles está en otra frecuencia, y ello será notable cuando empiece a adjetivar e insultar a Maduro. “El más grande coño’e madre está en Miraflores”, dice, y la gente lo celebra a rabiar. A partir de allí comienza con una andanada de expresiones fuertes: bandido, vagabundo, vas pa’fuera, incluida la ya dicha mentada de madre, que repetirá varias veces más y que la gente coreará al son que él, bajando el micrófono y levantando repetidamente la derecha, cual cura pidiendo que canten en misa, les indique.

Cuando el discurso se le alarga y la gente le pide marcha, él los complace. “Claro que vamos a marchar. Y el primero que va a hacerlo soy yo. Allá adelante. De primero. Peso 70 kilos pero le echo bolas”. La gente no para de celebrarlo. La versión brava de Henrique gusta. Tiene palabras para Leopoldo (líder fundamental, lo llama) y para los muchachos de la resistencia. “Les dije que era cuestión de tiempo para que nos encontráramos. Y aquí estamos. En la calle”. Entonces se acuerda del Revocatorio y allí sí levanta el dedo y dice, en ese examen de conciencia público que ya suele ser común en él, que nada de esto hubiera pasado si se hubiera permitido esa salida que él propuso. Pero ni modo, se la quitaron y a la calle van.

El acto lo cierra el ya conocido violinista de las marchas, con la interpretación del himno. Si de adjetivar se trata, habrá que decir que sublime. En medio de la multitud, el himno suena inmenso. Una indigente, mujer madura de cabellos amarillos que viste unos pocos andrajos rotos y sucios que dejan sus hombros descubiertos, se detiene al escuchar las notas del violín y se pone la mano derecha en el pecho. Reminiscencia quizás de la niñez y de su educación, canta el himno con fuerza. Cuando viene la parte de aquel pobre en su choza que libertad pidió, ella alza el puño. Tal vez se siente identificada. En “Gritemos con brío: ¡muera la opresión!”, que es el clímax del canto, lo que todos entonan con fuerza, ella se emociona, vuelve a levantar el puño y lo sacude. La interpretación acaba sin la última estrofa, pero ella, mano en el pecho, la sigue cantando sola. Se sabe el himno completo. Al terminarlo, alza las dos manos y como si lanzara estrellas desde ellas, las abre y cierra, para seguir su camino errante.

III

Alcanzar a Miguel Pizarro, Rafael Guzmán y a José Manuel Olivares, que caminan juntos e intentan llegar a la cabecera de la marcha, es una tarea que requiere condiciones de maratonista. Los tres diputados van a paso rápido y no se detienen. Stalin González, que en algún momento iba con ellos, se queda atrás. Por más que el jefe de la fracción parlamentaria de la oposición intenta alcanzar a sus compañeros, se le hace imposible. Stalin trota, acelera el paso, suda a mares y al rato desiste. Mientras tanto, Pizarro, Guzmán y Olivares son saludados, elogiados y aclamados por donde quiera que pasan, casi igual que los encapuchados.

Cuando la salida de Chacao está próxima, los tres diputados se montan en las defensas de la autopista y comienzan a indicarle a la gente la ruta a tomar: calle Galarraga, avenida Francisco de Miranda, Chacaito y avenida Libertador. Es una ruta teórica, que en la práctica llega hasta Chacaito, como en efecto sucede. Una vez allí, y sin que medie palabra alguna, la PNB comienza a disparar bombas lacrimógenas. 50 días después, ya no hay espacio para el disimulo. El ataque es inclemente: las bombas comienzan a llover del cielo en todos los sentidos y direcciones, cayendo en cualquier parte. Inmediatamente, Chacaito se cubre de ese humo blanco, químico y picante. Los jóvenes retroceden entonces y comienzan a hacer uso de la que es su nueva arma: los cohetones. En algún momento, hacen estallar lo que parecería una munición digna de Madeira un 31 de diciembre. El estruendo es estremecedor y todo Chacaito se remece. Tras 50 días de protesta, esa es la única novedad. De resto, y por las próximas dos horas, todo seguirá la dinámica natural y violenta del enfrentamiento clásico.

IV

Cerca de las 5:20 PM, un montón de manifestantes pasa corriendo gritando ‘moto’. Es la palabra maldita, la que asusta a todos. Significa que ya la PNB (o la GNB, según sea el caso) se ha hartado de enfrentamiento y va a pasar barriendo lo que queda. Suele suceder siempre al final de la tarde. Si causa tanto miedo, es porque allí es cuando se llevan detenidas a las personas. Por eso corren tanto los que pasan a mi lado. En apenas cuestión de segundos veo a dos muchachos cayéndose, siendo pisados y haciendo caer a otros, un teléfono amarillo salta de algún bolsillo y también es pisoteado, los escudos van cayendo (siendo arrojados más bien) y hasta un zapato queda suelto. Yo camino lo más rápido que puedo hacia un edificio con la reja abierta. Con chaleco, máscara y casco correr no es opción. No debería haber tampoco necesidad de ello siendo prensa, pero tras 50 días de protesta ya se sabe que los cuerpos de seguridad no respetan.

En la entrada del edificio hay un embudo de gente. La reja y el pasillo son estrechos y no pocos quieren guarecerse allí. En medio del apretujamiento para entrar, siento que alguien está agarrando mi teléfono. El primer pensamiento, como lo llevo en la mano, es que se trata de alguien que por error, producto de la situación, se agarró de mí. Pero la presión sigue y es cada vez más fuerte. Ya no me cabe duda de que hay alguien queriendo quitarme el teléfono de la mano. Tengo gente a los lados, adelante y atrás. Todos empujan. Sigo agarrando duro el teléfono y me lo siguen jalando. Cuando volteo veo que es el brazo uniformado de un oficial de la PNB. Hay un montón de ellos en la puerta del edificio, detrás de nosotros. A mí me tratan de quitar el teléfono, pero a los otros muchachos los quieren sacar del edificio. Cada quien está librando su batalla. Mi primera reacción es de asombro. Lo había visto en los videos, lo había leído en reportajes, pero está pasando: un oficial de la PNB me está intentando robar el teléfono. “¿Estás loco, pana? ¿No ves que soy prensa?”, le grito. (“¿Estás loco? ¿No ves que eres policía?”, debió ser en realidad la frase). Pero él sigue jalándolo. Yo lo tengo mejor agarrado que él. Y no hay caso. Entre empujón y jalones me lo logro quedar. La pantalla está astillada, pero lo tengo. Inmediatamente responde con dos golpes en la cara. Es la represalia por no dejarme robar. Tengo máscara, casco y los golpes vienen de atrás. Imposible saber si fueron con los pies, con los puños o con qué. El primero le vuela los filtros a la máscara y la mueve, el segundo me da en la cara. Todo sucede demasiado rápido como para procesarlo. Hay detonaciones, hay gritos, sigue habiendo empujones, desesperación. Yo continúo repitiendo que soy prensa, por si acaso. Estoy ya en el borde de la reja y logro entrar al edificio. El pasillo es angosto y oscuro, y sigo de largo. Al voltear, veo que alguien está intentando cerrar la reja. No sé si lo logra. Yo voy escaleras arriba.

Al subir por los pisos, sólo se escucha una cosa: las puertas de los apartamentos cerrándose. Los vecinos están aterrados y no quieren dejar a nadie entrar. En el último piso, donde la escalera ya no da para más, se agrupa todo el mundo. La imagen de la endeble y vieja reja negra está en la mente de todos. Es la única protección que hay a esa hora y de dos patadas se abre. Las escaleras son oscuras y no tienen luz de ningún tipo, apenas unos agujeros que dan a la calle de atrás y por los que se cuelan sonidos de detonaciones, gritos, llantos, cacerolas. Por cada uno de ellos envejecemos un año todos. No es lo mismo escucharlos estando en la calle y sabiendo lo que pasa, que escucharlos allí sin tener idea de qué pueden ser. La incertidumbre y la desinformación elevan el miedo a la enésima potencia.

“Pilas que la PNB está parada en la puerta”, advierte un encapuchado que viene subiendo: es un muchacho flaco que logró, metiéndoseles entre las piernas, escapárseles a los policías y entrar en el edificio. “Si no, me hubieran llevado”. Que nadie se asome, que todos hablemos bajito, que hagamos el menor ruido posible. Son precauciones que parecen inútiles tomando en cuenta que nos vieron entrar y saben que estamos allí. El silencio hace que el ruido de la calle suene más dramático aún. Comienzan a gestarse planes de contingencia en caso de que suba la PNB: llamar al ascensor, meterse dentro de él y marcar el ‘stop’ en un entrepiso; subir a la azotea; buscar los maleteros; abrazarse a la baranda de la reja y dar patadas hasta más no poder. Cada uno se revela más improbable que el otro: el ascensor está dañado, nadie sabe por dónde se sube a la azotea, el edificio no tiene ni sótanos ni maleteros, y con lanzar una lacrimógena en el pasillo ya nos asfixiarían a todos y no podríamos agarrarnos de reja ninguna. La realidad es una: estamos a merced de lo que los funcionarios que están abajo quieran hacer.

El grupo de los que estamos en el edificio es variopinto, y está compuesto, en su mayoría, por encapuchados y manifestantes adultos. Hay otro periodista, que perdió el reloj (o se lo robaron) en el forcejeo, y dos funcionarios de Protección Civil. Son ellos los que atienden a un herido que tienen arriba con un perdigonazo disparado a quemarropa: la herida, un agujero prominente en el omoplato, no sangra y está cubierta de negro. “Hay que eliminar todo ese tejido contaminado por la pólvora”, explica el paramédico, “y eso no podemos hacerlo aquí”. Hay que sacarlo. El muchacho entra en pánico. Prefiere morirse allí antes que salir a la calle y que la PNB se lo lleve. La situación no es tan apremiante tampoco. Pero los paramédicos no dan garantía de nada: al salir, con o sin heridos, puede pasar cualquier cosa. Tendrán que pasar varios minutos, largos y tensos, hasta que todo afuera se quede en silencio, un vecino baje a inspeccionar la zona y nos de la luz verde para sacar al herido e irnos nosotros. 50 días después, todavía seguimos en dictadura.

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#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

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#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

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