La tragedia de Altamira

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Tras casi sesenta días de protesta y no pocos de ellos en la autopista se han ido creando leyes no escritas que se encuentran compiladas en un librito tan inexistente y a la vez fundamental como el del béisbol. Y dice el librito de las protestas que nunca, pero nunca (lo resalta en rojo, como las rúbricas del misal romano), se debe ir a Las Mercedes. ¿Por qué? No lo especifica. Pero una nota al margen indica que ha sido allí donde han asesinado a dos de los manifestantes caídos en Caracas y donde siempre hay una buena cuota de heridos de gravedad. Tanto así que si la leyenda de Sleepy Hollow hubiera que ambientarla en Caracas, no podría haber otro puente sino ése, el de Las Mercedes, para marcar la frontera a partir de la cual aparece el hombre sin cabeza: cualquiera de los que hemos vivido este tiempo de horror daría por verdadero sin poner mucho ‘pero’ cualquier historia que contara que allí hace de las suyas el espanto de algún caído de guerra.

Fue por eso que cuando ayer (#29M) una nube de humo cubría la autopista a la altura del CCCT y otra hacía lo propio a la altura del hotel Aladdin, y la gente, desesperada y emboscada, saltaba las defensas y corría hacia Las Mercedes, este cronista optó hacer caso del librito (de modo parcial, ya que éste ordena salir siempre por Altamira, pero eso era en su edición pre-emboscadas, que fue una de las primeras) e irse a contravía de la masa y salir por una reja que da a una calle de El Rosal. He allí el motivo por el cual ésta de hoy no será exactamente una crónica de guerra (ayer, que se sepa –y no todo se sabe siempre– hubo casi 250 heridos, 76 por perdigones y 65 por metras) aunque tampoco le faltará su toque de barbarie, que fue, de alguna manera, lo que se vivió en Altamira (donde desembocó la parte que salió por El Rosal y otras zonas) y no precisamente (o no solamente) por parte de los cuerpos de seguridad.

Durante más de una hora, Altamira había sido una zona plácida. Mientras de Las Mercedes llegaban reportes preocupantes, en la plaza corría una brisa fresca, la gente hablaba sentada en los bancos y los encapuchados descansaban. Un grupito pequeño había intentado quemar algo y montar una barricada cerca de la Torre Británica, pero eran apenas unos pocos y al rato, por falta de estímulo y de gente, desistieron y dejaron Altamira Sur tranquila. Pero a un cuarto para las cinco tanta paz se rompió: alguien corrió, a ese alguien le siguió otro, al que se le unieron algunos, que luego se convirtieron en varios y terminaron siendo casi todos: una multitud que huía plaza arriba. En dirección contraria corrieron los encapuchados, que con los lentes a medio poner y las capuchas a medio amarrar, se dirigían raudos a ver qué sucedía en Altamira Sur, mientras un enjambre de motorizados llegaba a la Francisco de Miranda. El pitido de las cornetas se unía con el sonido metálico de las rejas y postes, que eran golpeados insistente y cadenciosamente con piedras, en esa especie de campanada moderna con la que se alertan en la plaza.

Dos minutos después, sin embargo, nadie podía explicar lo que había pasado. “Es que uno está de a toque”, era la respuesta de una mujer que se ponía la mano en el pecho y se reía aliviada. Ese sentimiento le duraría poco: al rato las luces amarillas de las motos de la GNB comenzarían a brillar en Altamira Sur para demostrar que cuando en Altamira los postes suenan…peligro viene. Y cuando minutos después las motos subieran hasta la Francisco de Miranda, causando ahora sí una auténtica estampida en una sola dirección, y agredieran a un manifestante adulto, que no corrió y recibió en la Francisco de Miranda, desarmado e indefenso, varios golpes por parte de algunos Guardias, que se despidieron disparando algunas lacrimógenas, todo se comprobaría.

“Yo en ese momento estaba orando”, contaba después una mujer acaso sesentona y seguramente evangélica, “¡Llévate, Señor, a esos demonios! No permitas que le hagan mal a ese hombre. Y un muchacho me llamó, yo fui hacia donde él, y a lo que me moví cayó la bomba donde estaba parada. ¡Imagínese! Me hubiera podido matar. Eso fue un ángel”, proseguía. Su testimonio tenía lugar en medio de una discusión entre señoras sobre la cantidad de “muchachitos” que había en la plaza. “Mis dos hijos están en el liceo y les tengo prohibido que vengan para acá. Ellos están en la casa y yo les he dicho: si van a matar a alguien que me maten a mí”, explicaba mamá gallina. Su interlocutora le replicaba que sí, que eso estaba bien, pero que había muchos que no tenían padres y qué se hacía. “No. Pero es que hay demasiado liceísta. Eso no puede ser”. A la discusión se unía otra mujer que agregaba que también había mucho malviviente. “Esta plaza en 2015 la limpiaron. Y ahora ha vuelto a estar repleta de niños de la calle, de malandritos y de indigentes”

Todo ello tenía lugar en la esquina del hotel Four Seasons, donde un grupo de encapuchados acababa de detener una camionetica, bajar a los pasajeros (“eso les pasa por no protestar”) y llevarla para Altamira Sur, acaso para trancar e impedir (o al menos dificultar) la subida de las motos. Eso, que en Román paladino se llama secuestro, se repitió unas tres o cuatro veces más: a otra camionetica le bajaron los pasajeros pero la dejaron girar en ‘U’ por la Francisco de Miranda en dirección este; a un camión del aseo se lo llevaron a Altamira Sur, a otro lo retuvieron largo rato en esa esquina y tras una larga negociación (“yo soy de aquí, yo no conozco esto”, alegaba el conductor) lo dejaron ir, y a otro que decidió no obedecer y huir a toda velocidad lo persiguió cuadras arriba una verdadera tropa de motorizados con encapuchados de parrilleros.

El clímax de lo reprobable llegaría a eso de las 6 de la tarde, en forma de cajas anaranjadas fosforescentes con zapatos RS21 nuevecitos, provenientes de un camión saqueado abajo.

“Toma, mami, ve a ver si te quedan”, le dijo un parrillero encapuchado a una muchacha tras lanzarle una caja. Ella, tímida, la abrió y se encontró con unos tennis morados de fábrica. “Ay, yo no sé si eso estará bien o no”, se preguntaba. Una indigente, digna de Víctor Hugo, le resolvería el problema moral a punta de pragmatismo: “Agárralo. Eso es un regalo. No tiene nada de malo”, mientras corría rauda para Altamira Sur con la esperanza de encontrar unos para ella. Allá abajo se congregaban infinidad de motorizados (casi tantos como cuando apareció la Guardia) que luego subían con cajas (e incluso cajones) de zapatos. Sin embargo, los grados de civilidad aumentaban con la subida: eso que abajo era una fiesta, arriba lo condenaban.

“Eres un maldito ladrón”, le gritó, indignado y sentido, un moreno grandote a un pálido adolescente que iba con varias cajas de zapatos. De un manotazo, el moreno las mandó todas para el suelo, mientras el muchacho, que parecía a punto de llorar, sólo atinaba a balbucear unas palabras antes de echar a correr con apenas una de las casi cinco cajas que llevaba. Escenas similares se repitieron en Altamira Sur entre quienes justificaban el saqueo y los que lo reprobaban. En la plaza, sin embargo, el repudio era unánime. Un hombre, acaso líder de Altamira, se subió a la fuente del obelisco, congregó alrededor de él a varios de los muchachos y entre gritos, groserías e insultos les juró que ni un vaso de agua les iba a dar de nuevo donde se volviera a repetir algo así. Lo mismo una mujer, más indignada todavía, que se puso memoriosa y les recordó que era ya el tercer camión saqueado, y que con ello lo que hacían era desvirtuar totalmente lo que era la protesta. “Ustedes lograron ganarse más respeto que la MUD. Se hicieron un nombre, la gente los aplaudió, los quiso, los apoyó, y ahora están mandando todo a la mierda”, les gritó casi a punto de llorar. “Se están convirtiendo en colectivos del este”. A lo que ellos replicaron que no, que ya va, que tampoco así, que ellos no están armados y que seguro eran infiltrados los que hicieron eso. “¿Y si son infiltrados por qué no los paran? ¿Por qué no los detienen? ¿Por qué se les suman? ¡No, pana, qué arrechera!”.

Abajo, en la esquina de la plaza, un moto taxista, con esa sabiduría que da la calle (o la salsa, o las dos), resumía admirablemente la que empieza a ser la tragedia de Altamira: “Se están convirtiendo en lo que criticaron”. Probablemente no habría leído a Nietzche pero iba en su misma línea. “Quien con monstruos luche, cuide de convertirse a su vez en monstruo”, advirtió el alemán en mil ochocientos, y casi dos siglos después sus palabras siguen vigentes. “Quien con monstruos luche” es un héroe, y en Altamira los ha habido valientes hasta arriesgar la vida por la causa de la libertad; pero tras dos meses, el envilecimiento, que también juega, los está convirtiendo en monstruos bolivarianos, con algunos de sus patrones delicuenciales. Y en esa dualidad se están moviendo.

En la plaza están pasando cosas, algunas de ellas graves, y alguien (no la dictadura ni tampoco los que les aplauden y justifican cada acción a los muchachos, sino quien de verdad los quiera) tiene que hacer algo, so pena de que ésta termine siendo esa clásica tragedia latinoamericana de jóvenes cuya sed de justicia se terminó saciando con la sangre de los ajusticiamientos que luego ellos cometieron; de románticos universitarios que terminaron convertidos en crueles guerrilleros; de buenas y nobles intenciones que trastabillaron en el camino y terminaron empedrando la vía que conduce al infierno donde arden los héroes que se mimetizaron en su némesis.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

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