Son esbirros

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Desesperación es una palabra que se escribe, lee y pronuncia muy fácil, para lo duro que es vivirla. Y ayer en la autopista les tocó a miles. La marcha que pretendía llegar a la Cancillería bajó por la Francisco Fajardo y comandada por varios de los diputados jóvenes (Olivares, Pizarro, Mejía) se detuvo bastante antes de donde se encontraba en piquete de la Guardia Nacional Bolivariana. Tan antes que éste ni siquiera se veía y su presencia allí era solo una presunción que tenían algunos. Durante casi veinte minutos se mantuvo en hipótesis, hasta que la montaña fue a Mahoma y las tanquetas, ballenas y pelotones comenzaron a avanzar, ellas solitas, hacia la marcha. Paciente y diligentemente, a voz en cuello, los diputados lograron sentar en el hirviente asfalto a los manifestantes y les ordenaron levantar las manos. “Qué se vea quiénes son los violentos”, dijeron. Y cuando la tanqueta, a metros ya de pisar a algunos, escupió su primera bomba sobre un montón de gente sentada con las manos en alto, e inmediatamente la ballena los barrió, quedó más que claro.

No es que tras sesenta días de protesta y por lo menos treinta de ellos con una represión cada vez más salvaje alguien pudiera espera algo distinto, pero de todos modos no deja de ser tremenda la imagen de unos tanques de guerra arremetiendo contra un montón de gente sentada con las manos arriba. Que a ellos no les importe, que se hayan asumido ya como esbirros de una dictadura y en consecuencia actúen, eso es otra cosa. Pero la imagen queda y es brutal.

Lo que vino después no fue tampoco mucho mejor. Tras acaso diez minutos de enfrentamiento, tuvo lugar una emboscada feroz. La gente que retrocedía se encontró de repente con una pared de humo blanco en el Distribuidor Ciempiés y se fue corriendo a la salida de Las Mercedes, que en un instante se cubrió también de humo blanco. Entonces se tuvieron que devolver, con las tanquetas disparando bombas a apenas unos metros. Ya no era miedo, sino pánico. Las personas se atropellaban, gritaban, empujaban, tosían y lloraban. Corrieron como pudieron (entre el ahogo, la asfixia y la poca visión) hacia la única vía de escape que les dejaron disponible (y si la dejaron fue porque no era exactamente una vía de escape): una pared de altura considerable que daba a El Rosal.

“¡Es un precipicio, es un precipicio!”, gritaba desesperado un hombre que intentaba devolverse mientras la multitud de gente se lanzaba hacia él. Aturdida, una muchacha de gorra tricolor y pañuelito en la nariz, salía espantada del grupo luego de ver la altura del muro y corría, perdiendo fuerza en cada paso, autopista arriba, directamente adonde estaban otros Guardias. La gente le gritaba, pero ella solo atinaba a dar tumbos sin entender nada. Precipicio abajo, iban cayendo escudos, bolsos, cascos y personas. Era una pared de acaso dos metros, pero era lo que había. Ejecutando bien el salto, , agarrándose del borde, intentado deslizarse por la pared y doblando las rodillas al caer, puede que no resultara peligroso. Pero no había tiempo para eso. Las tanquetas avanzaban, las bombas caían en el borde y una turbamulta de gente empujaba por salvarse. Y salvarse era lanzarse a ese vacío o ser empujados hacia él, como les sucedió a varios que una vez en el borde, viendo la altura, asustándose de ella y queriendo devolverse tuvieron igual que caer porque la multitud de atrás estaba todavía más asustada por ver a los Guardias cerca.

Abajo, cada quien aterrizaba como podía: unos de pie, otros de rabo, algunos de mano e incluso unos sobre otros. La mayoría terminaba cojeando y no faltaron los que una vez caídos ya no pudieron caminar y tuvieron que ser llevados a hombros por los demás. Por algunos minutos, esa pared dio la imagen de ser una cascada, hecha no de tiempo y agua, como el río de Borges, sino de gente que caía, caía y caía. Abajo quedaban muchas de sus pertenecías, sobre las que aterrizaba entonces más gente, a veces triturándolas y dejándolas inservibles. Daba igual, eran pocos los que después de la caída se devolvían a buscar algo: lo suyo era caer y correr calle arriba, lejos de las bombas, de las detonaciones, de los Guardias. Maltrechos, lesionados, con raspones, rasguños y roturas, pero lejos de los Guardias, que cuando desde la base aérea La Carlota dispararan metras y tuercas de frente, y robaran a un fotógrafo, se terminarían de confirmar como los esbirros que son.

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#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

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#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

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#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

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#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

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