Perfil de un tirano revolucionario

NICOWEB

Por: Emmanuel Rincón | @emmarincon

Pocos sabrán que en su pasado, el actual mandatario venezolano fungió como guardaespaldas de José Vicente Rangel durante la campaña presidencial del año 83; es decir, que su cuerpo alargado servía como muro de contención y barrera contra cualquier intento de agresión hacia el entonces candidato y sus brazos se empleaban para abrirle paso a José Vicente cuando se decidía a caminar en medio de una multitud; no en vano, su metro noventa le facultaba para ser un perfecto receptor de balas, golpes, y hasta huevos, como bien supo demostrar durante su paseo militar por la apacible San Félix.

Pero antes de eso hay una historia, una no muy interesante, pero la hay: desde un nacimiento en no se sabe dónde (que hoy día sigue siendo un misterio, puesto que ni sus propios allegados logran ponerse de acuerdo) a las andanzas de un niño, y luego adolescente, que fracasó en todo lo que intentó hacer.

Hace un par de días, Nicolás apareció tocando el piano dándonos muestras de por qué abandonó los instrumentos para usar su cuerpo como muro de contención. No sabemos si intentaba darnos un mensaje de amor a la música luego de que sus esbirros asesinaran a Armando Cañizales, o rompieran el violín de Willy Arteaga, pero lo cierto es que cada vez que aparece para darnos muestras de sus “destrezas” únicamente fracasa; está claro que en lo único que ha triunfado es en consagrarse como represor y asesino de ciudadanos, pero vamos poco a poco.

Esta triste historia comenzó en Caracas, donde un Nicolás Maduro adolescente desistió de sus estudios de bachillerato para dedicarse a tocar el bajo en una banda de rock, tal como asegura la versión oficial. Lo cierto es que durante décadas, al hoy presidente de la nación no se le conocieron logros, mucho menos esfuerzos o habilidades. El mensaje de Hugo Chávez al designarlo como sucesor fue claro: a Presidente de la República puede llegar cualquiera, no se necesitan pergaminos, títulos o destrezas.

En los años 80’s, con la mayoría de edad cumplida, Nicolás Maduro vivía de las arcas de su padre, no se había preocupado por educarse, mucho menos por trabajar, y sí por gritar consignas de izquierda y afirmar que el mundo era un lugar injusto, ya que mientras otros paseaban en autos del año, a él le tocaba resignarse con el Fairlane anticuado de su papá. De esa forma, su corazón empezó a ir ahorrando… resentimiento, pues claro está que dinero no podía acumular vagueando por las calles de manera indefinida. Fue entonces cuando se acercó a los grupos de izquierda y el de José Vicente Rangel le dio la oportunidad de ganarse el pan: ‘tú lo único que tienes que hacer es poner el cuerpo y aguantar coñazos’, le dirían. Maduro aceptó, puesto que no tenía otros talentos, tampoco ambiciones, solo sabía que quería “igualdad”, que quería tener en su cuenta bancaria la misma cantidad de dinero que el abogado de enfrente, que el médico de la clínica por la que pasaba cada mañana, o que el ingeniero que había construido los puentes y elevados por los que se trasladaba día tras día.

Luego de que la propuesta de José Vicente Rangel fuera claramente rechazada por el pueblo, su salario sufrió el mismo destino. Ya no tenía a quien servirle de guardaespaldas, así que tuvo que buscar otro empleo, ¿y qué otra cosa sabía hacer Nicolás Maduro?: manejar un carro. Así fue como se convirtió en chófer de Metrobús. Detrás del volante tampoco resultó ser muy exitoso: en muy poco tiempo se hizo con el record de más unidades chocadas en la historia de la empresa, y también supo apuntar su nombre en lo más alto, en la lista de ausencias “justificadas”, siempre relacionadas con cuadros de asma o fiebres.

Sus contactos con grupos izquierdistas, y su deplorable actuación detrás del volante, lo llevaron a probar nuevos destinos, y fue así como terminó en Cuba realizado cursos de adoctrinamiento de cuadros políticos de izquierda en la escuela Ñico López; allí permaneció durante casi dos años, fomentando su odio hacia la derecha, aprendiendo a implantar un modelo político tan “eficiente” como el cubano, en lo que a él respecta, de igualdad y felicidad: es más fácil construir miseria para todos que propiciar las bases de la riqueza.

De vuelta a Caracas, su tiempo se dividió en fomentar la pereza, la apatía, y la inconformidad; su condición le parecía deplorable, pero no hacía nada en lo absoluto para cambiarla, únicamente contribuía quejándose e intentando sumarse a grupos de izquierda que compartieran su odio por la gente que ha logrado acumular riquezas. Pasados un par de años, decidió volver a ponerse detrás del volante, logró aliarse con los miembros del sindicato del sistema de transporte, y así reingresó a la nómina de conductores, a pesar de su récord poco confiable. Allí, gracias a las enseñanzas aprendidas en Cuba, consiguió posicionarse como uno de los jefes en el sindicato, y esto lo facultó para ausentarse del trabajo las veces que quisiera, negociar con los representantes de las empresas para las cuales laboraba, y exigir cada vez mayores beneficios a cambio de menos trabajo. Estos azares de la vida lo llevaron a conocer a Cilia Flores, estudiante de derecho que se tildaba a sí misma de “revolucionaria e izquierdista”, con básicamente los mismos propósitos que el chófer de autobús.

En el año 1992, un 4 de febrero, luego de abandonar su oficina de trabajo, se enteró por los medios de comunicación de que un grupo de militares estaba llevando a cabo un golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez. La noticia estremeció a Nicolás, y a la mañana siguiente, cuando vio a Hugo Chávez por los medios de comunicación declarando que “por ahora” los objetivos planteados no habían sido logrados, sintió un flechazo en el corazón. Fue amor a primera vista: ese hombre que se había robado la atención de todo un país se convirtió desde ese momento en su líder.

Fue por ello que un par de meses después, Cilia Flores, ya abogada de la República, hizo un acercamiento con Hugo Chávez en la cárcel de Yare, y a su vez le introdujo a Nicolás Maduro, quien desde el principio reconoció al Comandante como un Dios en la tierra, y aseguró que lo seguiría por cielos e infiernos.

Durante la campaña electoral de Chávez, puso al servicio sus mejores talentos: usando su cuerpo como muro de contención y manejando los vehículos en los que se transportaba el candidato presidencial. Fue así como logró hacerse con la confianza del mesías de Sabaneta, quien lo incluyó en las listas de su partido para acceder a un escaño en la Asamblea Nacional. De ese modo, un hombre que en el pasado no había podido lidiar siquiera con las materias del bachillerato se transformó en diputado.

El resto de la historia ya todos la conocen: envestido como diputado, el comandante Hugo Chávez lo propuso como Presidente del Parlamento, y sus partidarios lo votaron para hacerse con la silla más importante del Poder Legislativo; así, el cúmulo de aptitudes y logros de Nicolás Maduro (primaria básica, bajista mediocre, guardaespaldas, conductor de autobús con el mayor número de accidentes de tránsito) lo llevaron a ser la persona encargada de legislar en el país, y de aprobar los presupuestos de un de las naciones más ricas del planeta tierra.

En el año 2006 fue designado ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela. Aquello lo congració con Chávez aún más, promoviendo y apoyando las relaciones bilaterales del gobierno venezolano: desde Saddam Hussein, a Muamar el Gadafi, Mahmud Ahmadineyad y, por supuesto, Fidel Castro. El fiel cumplimiento de sus funciones, sin ningún tipo de excusas u objeciones, convirtió a Nicolás Maduro en uno de los favoritos, no solo de Hugo Chávez, sino también de Fidel. En el año 2009, el entonces canciller voló a Damasco y luego a Teherán para estrechar vínculos con la organización terrorista “Hezbolá” –todo esto según las investigaciones del periodista Emili J Blasco publicadas en su libro Búmeran Chávez–, información que años después sería refrendada por el departamento de Estado de los Estados Unidos de América, y transmitida por la señal de CNN, al confirmarse la vinculación de Tareck El Aissami con dicho grupo terrorista.

En aquel entonces, Nicolás Maduro sostuvo reuniones con Hasán Nasralá, jefe de la agrupación terrorista Hezbolá, y uno de los hombres más buscados por el servicio secreto de los Estados Unidos, a quien habría accedido gracias a la intermediación del entonces Ministro de Interior y Justicia, Tareck El Aissami, de ascendencia sirio-libanesa y muy allegado a los grupos de poder árabes existentes en Venezuela. Luego de ello, el canciller voló a Teherán, donde se reunió con el presidente Hugo Chávez, quien sostenía juntas con Mahmud Ahmadineyad. Allí planificaron la implantación de las células terroristas en territorio venezolano, y la dotación de pasaportes a sus integrantes, bajo el resguardo y control de Tareck El Aissami. Es desde ese entonces cuando el dueto Maduro – El Aissami comienza a afianzarse, y es de allí de donde sale la futura designación del segundo como Vicepresidente de la República (2017).

Ante el cáncer de Hugo Chávez y su probable defunción, comenzaron a evaluarse las propuestas a sucederle en Miraflores. Entre los candidatos estaban Elías Jaua, Diosdado Cabello, e inclusive su hermano Adán Chávez; no obstante, quien terminó haciéndose con tal designación fue Nicolás Maduro: primero, por la obediencia y lealtad mostrada; y segundo, por su acercamiento con Cuba: es la voz de Fidel la que inclina la balanza a su favor, al saber que con Diosdado tendría más difícil su injerencia sobre territorio venezolano.

Su andar presidencial comenzó con un fraude tras otro: primero, haciendo de presidente interino tras la falta de juramentación de Hugo Chávez; y luego, en unas elecciones que las propias investigaciones anteriormente mencionadas han demostrado que fueron manipuladas y fraudulentas. Desde allí comenzó a reprimir ciudadanos venezolanos, a propiciar saqueos, a destruir la economía, y a construir la “igualdad” que tanto soñó en su adolescencia. Luego de propiciar el Dakazo y fomentar el aumento de la escasez y de la inflación, se topó con un cúmulo de protestas en el 2014 que lo llevaron a encarcelar a Leopoldo López, y a ordenar una represión que dejó 43 asesinados en un par de meses, lo que lo forzó a convocar a diálogos que facilitaran una “pacificación” de la sociedad. Desde entonces, su gobierno ha estado en punto de mira de todos los organismos internacionales. Un tiempo después a sus sobrinos los detuvieron en Puerto Príncipe con 800 kilogramos de cocaína, y a su Vicepresidente, Tareck El Aissami, lo acusaron formalmente de poseer nexos terroristas y de otorgarles pasaportes venezolanos a ciudadanos sirios (aquello que se venía cocinando desde el año 2009).

2017 ha resultado ser el año más caótico de todos, cosa nada desdeñable: cada 365 días los venezolanos se sorprenden al percatarse que, de hecho, su país si puede hundirse cada vez más, sin importar que desde el 2012 aquello ya pareciera una misión imposible. Con el pueblo en contra, a Nicolás, el del bajo; a Nicolás, el de la camionetica, no le ha quedado de otra que aumentar la represión, salir a la caza de ciudadanos, promover una Constituyente sin pies ni cabeza, ordenar el asesinato de más de 60 venezolanos opositores hasta lo que va de fecha (29 de mayo del 2017), y esperar que el espíritu del Comandante venga en su rescate.

Pero poco y nada puede achacársele de toda esta crisis: es difícil exigirle a un sujeto que jamás aspiró a nada, y que lo único que cultivó en sus primeras décadas de vida fue resentimiento, que sepa administrar riquezas e impartir justicia. En el vocablo del Presidente de la República aquello no existe, jamás lo conoció, ni tampoco se preocupó nunca de hacerlo: él es, sencillamente, un individuo de corta racionalización dispuesto a defender a capa y espada la herencia intergaláctica recibida, la herencia que nunca, jamás, soñó o imaginó tener. El culpable de toda esta situación ya ha fallecido, aunque su historia también es otra que vale le pena analizar, porque a esas culpas también les hallaremos otras; como la del señor que decidió sacarlo de la cárcel, como la de los dueños de grandes medios de comunicación que decidieron encumbrar su carrera política, o como la de los millones de venezolanos que decidieron darle poder infinito a un Teniente Coronel.

Comentarios

comentarios

You May Also Like