El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

TERRORISTAWEB (1)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El terrorista, el muchacho y el rescatista se sientan en el mismo banco de la plaza Altamira donde el periodista está descansando. El muchacho es amigo del terrorista y el terrorista es amigo del rescatista. La amistad entre el muchacho y el terrorista es de reciente data y se fraguó en la calle, ‘guerreando’, como ellos dicen. La amistad entre el terrorista y el rescatista es de vieja de data: se conocen de antes y han jugado (y llorado) juntos. Comparten código postal y un mismo dolor llamado Carlos Moreno (17), la víctima 06 de las protestas, asesinado el pasado 19 de abril en San Bernardino.

Si están juntos en ese momento es porque abajo, en Altamira Sur, no hay todavía nada. La marcha estudiantil hacia VTV se ha desenvuelto (y devuelto) en paz. Es, según sus organizadores, el segundo evento de calle que se desarrolla sin una sola lacrimógena de por medio en los 63 días de protesta. Ha costado la mediación del alcalde Ocariz, muy activo dialogando con la PNB y la GNB, y, sobre todo, el esfuerzo tremendo de los diputados, quienes terminada la manifestación se tuvieron que quedar arreando gente, desmontando barricadas y recibiendo insultos por parte de un pequeño grupo que quería incendiar VTV porque ‘¿quién dijo que uno viene para entregar cartas?’.

Sin embargo, lo lograron –‘¿lograron qué? ¡No lograron nada!’, decía alterada una muchacha, a la que Pizarro luego acusó de infiltrada del SEBIN– y es por ello que todos están allí: el periodista no tiene suceso alguno que cubrir; el terrorista y el muchacho nadie contra quien guerrear; y el rescatista  a quien atender. “¿Qué dice la prensa?”, le pregunta el rescatista al periodista y así lo incluye en la conversación, que durante los próximos minutos girará sobre los tópicos habituales de toda protesta.

“¿Alguien me regala una llamada?”, pide el terrorista e inmediatamente el rescatista lo auxilia. “Se me olvidó avisarle a mi mamá que todavía no voy a llegar. Ella piensa que estoy en el liceo”, explica. Es después de esa llamada cuando se descubre: “A mí me tienen fichado por terrorismo”, suelta como si tal cosa. “¿Te metieron en la lista?”, pregunta el muchacho. “Sí, mano”. El periodista se emociona: un terrorista es un lomito informativo. Arranca entonces con sus preguntas impertinentes para encontrarse con que lo más peligroso que el terrorista ha hecho en su vida es lanzar bombas molotov, porque ni siquiera un cohetón ha prendido (“no, hermano, eso se lo dejo a los gochos, que son locos y arriesgados, porque esa vaina es peligrosa”). “¿Y entonces por qué estás en esa lista?”, pregunta, viendo diluirse su exclusiva. “No sé, mano. Pero igual tengo que estar con cuidado porque nos están cazando”, responde, y comienza a relatar historias de conocidos a quienes sin mucho ruido ni alharaca han ido apresando sigilosamente tras un proceso minucioso de seguimiento. “A un pana, saliendo de su casa un día normal, lo montaron en una camioneta y se lo llevaron. Está en El Helicoide. A otro lo atraparon porque al que le guardaba los escudos lo apresaron, le quitaron el teléfono y de allí sacaron los contactos de varios”.

Cuando avisan que en Altamira Sur hay enfrentamientos esporádicos entre los manifestantes y algunos GNB, que cada tanto tiempo pasan en moto lanzando bombas, el terrorista le dice al muchacho para bajar. “Es que ya estoy cambiado”, rechaza la invitación este último. “Yo sí voy a ir a un rato”, dice el terrorista. “Además, mañana hay Champions y no creo que venga”, agrega. Hijo de su tiempo futbolístico (creció en la mejor época del Barca) es antimadridista y le ligará a la Juve. “¿Quieres el casco?”, le pregunta el muchacho. “No, mano. Recuerda que estoy en el liceo. Yo no puedo llegar con esa vaina pa’la casa”. El rescatista se le une por si hay alguien a quien atender. “Procura que no te maten”, es la despedida que le dan al terrorista. “¿Tas loco, mano? Si estoy luchando para poder tener un país y disfrutar de él, no voy a dejar que me maten antes”.

El periodista, que carga un chaleco antibalas pesadísimo que lo hace vivir cansado todo el tiempo, decide esperar a que la situación sea verdaderamente apremiante para bajar. Ya tiene algún tipo de experiencia como para discriminar lo que puede ser importante y lo que no. El muchacho se queda con él. Parece de 13 pero tiene 15. Está en IV año de bachillerato y todavía no sabe qué quiere estudiar. De hecho, estudiar, lo que se dice estudiar, es algo que no está haciendo con regularidad: se jubila de clases para ir a las protestas. “En este país no hay futuro. Prefiero estar aquí guerreando que estudiando en el liceo”. El periodista le dice que estudiar es importante. “Yo no siento que estudiar en este momento pueda servir para algo”. “En este momento no, pero luego…”, promete el periodista, aunque él, profesional con título y trabajo, que está más cerca de los treinta que de los veinte, vive todavía en la casa paterna, no ha podido siquiera comprar un carro y se alegra cuando puede acompañar el almuerzo con un Té Lipton, sabe perfectamente que está vendiendo humo.

De humo habla el muchacho. “Yo soy asmático, y las veces que me he ahogado con las bombas me pregunto siempre por qué estoy aquí”, le cuenta al periodista, que inmediatamente le pide que responda la pregunta. “Yo lo hago porque el año pasado me robaron tres celulares. Eso en parte. Y porque aquí, como te digo, no hay futuro para nadie”. Siguen hablando de cualquier cosa, hasta que caen en el tema de la represión. “¿Lesa humanidad es que se llama eso, no?”, le pregunta el muchacho para luego subirse el pantalón y mostrarle una herida que ya cicatriza. “En el momento yo pensaba que era un bombazo. Pero cuando me lo revisaron tenía un hueco. Yo estaba cagao, porque era un hueco como de dos centímetros, y yo creí entonces que era un balazo. Pero fue una metra”. El periodista, que se acuerda de su amigo escritor, no puede dejar de pensar que a los 15 la imagen que él tenía de las metras era la de un juguete y no la de un arma. La herida del muchacho tiene casi un mes y recién es que comienza a cerrar. “Yo de ocioso me metía el dedo gordo y me entraba. Ya no me duele ni nada. Pero le falta todavía, porque perdí mucha piel”.

Inmediatamente, el muchacho se señala la ceja. “¿Y eso?”, pregunta el periodista al verle otra herida. “Un perdigón, o bueno, no sé, algo. Los paramédicos que me atendieron me dijeron que podía haber sido un tuercazo, porque la herida estaba llena de aceite”. El periodista alucina. “Yo estaba al lado de un escudero en la autopista. Y en una de esas que me moví escuché algo que sonó zzzzz y me pegó entre el lente y el casco. Escuché el sonido y todo. Ahí mismo comencé a botar sangre. Mucha sangre. ‘Estoy herido, estoy herido’, grité. Y me llevaron en una moto. Quedé tan loco en el momento, que no me di cuenta de que habían sido unos panas los que me rescataron”. Al periodista le inquieta saber si después de tanto no tiene miedo, que es un tema que lo obsesiona. “No. O sea. Ahora estoy guerreando atrás de los escuderos, antes era al lado, pero ya no”. Entonces, le pregunta por su familia y cuán enterados están. “A mí mamá ahora le tengo que inventar una labia para venir para acá. Las primeras veces se lo contaba todo. Hablábamos como si fuéramos amigos. Pero por culpa de esto [se señala la pierna] ya no. Ese no lo pude ocultar. El de la cabeza sí. Me puse un gorro y no se veía. Y cuando ya estaba más desinflamado, dije que fue jugando futbol”.

El rescatista pasa y los encuentra sentados hablando. El muchacho pregunta por el terrorista. El rescatista dice que no sabe nada, pero que debe estar abajo guerreando. El muchacho entonces dice que él mejor va a ir marcando la milla antes de que se haga de noche. El periodista, que no suele ser simpático ni afectuoso, se despide con un abrazo. “Cuídate mucho, chamo”, le dice, y lo hace con genuina preocupación. El muchacho, con su cara de niño perdido y su uniforme de liceísta, promete hacerlo, sonríe y se va. El periodista lo ve alejarse y se acuerda de Hemingway en ‘¿Por quién doblan las campanas?’. No tiene la cita exacta pero sabe por dónde va: el lujo que era, en la guerra, volver a ver a alguien de quien se había despedido. Y aunque sabe que no es la guerra, comienza a dudar de si algún día podrá volver a ver a los tres juntos de nuevo.

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