¡Gracias, chamos!

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Dicen que al segundo lugar nadie lo recuerda y, visto lo visto, a los venezolanos no nos quedará de otra que rebatir la aseveración hasta el cansancio, porque lo hecho por la Vinotinto Sub-20 en Corea del Sur no tiene otro adjetivo: ha sido un torneo inolvidable. Venezuela consiguió eso de lo que pocos equipos presumen: que hasta el perro vea sus partidos. Como la flor de loto que brota en medio del pantano, la selección nacional ha colmado los medios tradicionales y las redes sociales de goles soñados y narraciones estremecedoras – “¡Venezuela está en la final de la Copa del Mundo, carajo!”–, en un país ávido de buenas noticias entre tanta muerte, gas y perdigón. La Vinotinto hizo que, durante tres semanas, madrugonazos disparatados tuviesen sentido, que levantarse temprano fuese placentero y que la alegría se escurriese entre el llanto y la depresión. Dudamel, que tras la derrota empezó a responder una pregunta con la palabra tristeza –estaban a 90 minutos de ser campeones–, desembocó inevitablemente en ‘felicidad’ y ‘orgullo’ al describir lo que sentía por sus muchachos. Sentimiento que fue compartido por el resto de los venezolanos que habían puesto la alarma a las seis de la mañana de un domingo para ver un partido de fútbol sub-20 por televisión. Se había perdido una final, pero no había espacio para la amargura. La gesta de los Faríñez, Ferraresi, Soteldo y Peñaranda sólo podía ser aplaudida de pie. Venezuela entera fue Yangel Herrera: tenía el pecho inflado y estaba convencida de que su fútbol, por fin, era de talla mundial. Quedará ahora en manos de los directivos hacer de la hazaña una rutina y darle al talento las herramientas necesarias para triunfar. Por muy que flinchy que sean, van a necesitar que los de arriba empiecen a tomar decisiones coherentes si quieren que la generación cante el himno en el Mundial de mayores.
 

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