¿Qué piensa un Guardia Nacional?

GUARDIAWEB

Por: Emmanuel Rincón | @emmarincon

Llevo semanas tratando de descifrar este misterio, ¿qué piensa un Guardia Nacional?, ¿cuáles razones lo empujan a amedrentar a sus iguales,  golpear salvajemente a jóvenes, y asesinar sin contemplación al hijo de una madre que bien podría ser la suya? Luego de observar las aberrantes imágenes donde una treintena de guardias patea, arrastra, tortura y sacude en el piso a un manifestante indefenso en el Estado Anzoátegui, aquella pregunta interna se hizo más fuerte: ¿qué pasa por la cabeza de un sujeto que ve a un ciudadano débil y desprotegido siendo atacado por compañeros suyos armados, con cascos, rodilleras y petos, para en vez de auxiliarle, ir a amedrentarle más? Desde el punto de vista psicoanalítico no bastaría un solo artículo, habría que dedicarle libros enteros para poder hacer introspección en los móviles de cada uno de ellos; pero, fuera de los móviles particulares, hay uno que les corroe el alma a todos, y es el odio, pues no puede haber otra razón para tamaña crueldad si no es la del odio por el odio.

La semana pasada me encontraba en uno de los puntos de tranca a la altura baja de la avenida Carabobo en San Cristóbal, cuando un grupo de Guardias Nacionales Bolivarianos (aproximadamente 100 motos) llegaron a dispersar a los manifestantes. Las señoras mayores intentaron negociar con ellos haciéndoles ofrecimientos de café y merienda, pero fueron corridas ante las amenazas de soltar gases lacrimógenos; la voz de mando en el pelotón ordenó entonces que no quería ver manifestantes en cinco minutos o comenzarían a sonar las armas. Un joven encapuchado se acercó y le dijo:

  • Pana, nuestra batalla no es contra ustedes, es contra el gobierno, ¿qué no ve que sufrimos los mismos padecimientos? Estamos aquí por sus hijos también, por la comida de sus hijos, por la educación de sus hijos, por la medicina de sus hijos.
  • Mis hijos no se meten en esta mierda, y arranque antes de que le encienda el culo a pata —le respondió el capitán apuntándole el escopetín a la cara.

El manifestante se dio media vuelta y rápidamente soltó a correr, mientras uno de los que secundaba al capitán disparó una lacrimógena que le rozó la espalda. No hubo forma de negociar. Los intentos de dialogar fueron infructíferos y en cuestión de minutos los gases y los perdigones habían inundado la zona. Se supo lo que pensaba el capitán, quien presumía en su muñeca izquierda de un reloj que a leguas se veía costoso, pero no así el resto de la tripulación.

Algo similar sucedió en la marcha realizada hacia el Cuartel Bolívar de San Cristóbal el pasado 24 de junio. Yo llevaba mi cámara y tomaba fotografías, mientras algunos voceros de la sociedad civil intentaban dialogar con los guardias para que pararan la represión. Uno se me acercó y me gritó:

  • ¡Guarda esa mierda antes de que te la rompa a plomo!

Allí no hubo oportunidad de dialogo. Al verlo supe que aquel sujeto no escucharía ningún argumento: su rostro estaba plagado de violencia e ignorancia, su mirada se veía pérdida, lejana y vacía, como si en el cuerpo solo quedara un espectro del alma que antes habitó. Las probabilidades de que mi cámara acabara estropeada en el suelo y yo con un perdigón en el cuerpo eran mucho mayores a las de hacer entrar en razón al gorila: esos sujetos están acostumbrados a la orden por medio de gritos, a la obediencia sin juicios, llevan años sumergidos en cuarteles y operativos en los que sus mentes se han acostumbrado a que un componente establezca un objetivo y todos los demás escuchen y cumplan sin importar las circunstancias. Son seres humanos que han perdido la capacidad de análisis y de deliberación, pues las decisiones ya han sido tomadas por otros, y ellos solo asienten. Sus patrones de conducta están condicionados por el odio y la manipulación ideológica: las Fuerzas Armadas están tan desligadas de la sociedad civil, que en sus cuarteles se ha implantado la idea de que esta es una lucha de militares contra civiles, y al verse en minoría naturalmente la fuerza y la aberración es lo único que les queda. Luchan por sobrevivir, creyendo perdido cualquier otro destino.

Han pasado 18 años desde que el Teniente Coronel del Ejército, Hugo Chávez Frías, asumiera la presidencia de la República. Han sido 18 años en los que el discurso de odio se ha repetido día tras día por medio de los voceros del gobierno, instaurando una lucha de clases en Venezuela. Son más de seis mil amaneceres repitiendo una y otra vez lo mismo: destruir a los apátridas, a los antirrevolucionarios, a los burgueses, imperialistas, basuras, traidores; los militares no están exentos de esta lucha, la mayoría de ellos, los que aún no gozan de promociones, viven bajo condiciones paupérrimas, alejados de sus familias, sin dinero ni alimentos, trasnochados, con una armadura encima, viendo a los transeúntes pasearse con sus vehículos y esposas; a esa mayoría la única esperanza que les queda es la de esperar a que pasen los años y tomar el puesto de su superior inmediato, a ver si así pueden comprarse los relojes que ellos tienen, los autos que ellos tienen, y manejar los negocios que ellos manejan. La obediencia y la crueldad no forman parte de un guion, sino de un resentimiento, de un abuso de poder que ha condicionado la mentalidad del grupo de uniformados, y que los ha llevado a pensar que disparándole un plomazo al rostro de un estudiante veinteañero están defendiendo a la patria.

No se crean, detrás de toda esta guerra sin cuartel los intereses económicos también priman: suficiente se ha hablado de las “detenciones cobradas en dólares” por miembros de los cuerpos de seguridad. El odio no es de gratis, son dosis que van bien recompensadas. Naturalmente todas estas eventualidades carecen de justificativos, cualquier hombre bien equilibrado sabría que golpear a un tercero no es la solución a los problemas; otro que ha atravesado campos más difíciles, y con mayor honorabilidad, jamás avalaría que treinta individuos con armaduras golpeen a uno que anda sin ellas. Aquello es sinónimo de una cobardía encubierta y lo cierto es que por estos momentos el odio no dejará de existir, el resentimiento no dejará de existir, la lucha de clases y condiciones sociales no dejará de existir, y las protestas y los intentos por restaurar la República tampoco, ¿entonces qué queda?, ¿cómo se va a resolver este conflicto? La respuesta es incierta. Lo que sí parece estar claro es que los militares no colgarán sus fusiles ni los entregaran al bando contrario: ya hay mucha sangre en sus botas y mucho odio en sus corazones; solo queda seguir bregando, seguir luchando para encontrar un cambio que no propiciarán los uniformados, sino la sociedad civil venezolana, que es la única capaz de recuperar la República que yace perdida desde hace un par de décadas.

Comentarios

comentarios

You May Also Like