100 días y mil preguntas

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Tarima nuevamente y la gente otra vez con un pie adelante de los políticos en la iniciativa callejera. En ello los días 50 y 100 de protesta se parecieron bastante. Si en aquel sábado de la media centena la gente pidió “¡marcha!” a voz en cuello (impensable ahorita con las emboscadas), en el domingo de la centena entera la gente clamó, con manos alzadas y abiertas, por un trancazo de diez horas. En esa oportunidad, aquel Capriles mentador de madres supo capitalizar la petición de protesta, dio un paso al frente -“Claro que vamos a marchar. Y el primero que va a hacerlo soy yo. Peso 70 kilos pero le echo bolas”- y terminado el discurso se fue con la gente a Chacaito; en ésta, una Delsa Solórzano que era puro carácter se puso brava y dijo nones. Y tan bien que iba la pobre. Collarín y rosario tricolor en cuello, perfectamente maquillada, con rímel incluido, se había subido a la tarima después de un discreto William Dávila de camisa arremangada y cara siempre seria, cuya frase más notable fue una cita de Alberto Carnevali (“fe y disciplina”). Tenía todo para lucirse, Delsa, y lo estaba haciendo: recordó que el inicio de la protesta había sido por un golpe de estado del TSJ, que los presos políticos no eran cuatrocientos ni seiscientos sino mil, y comenzó a nombrar a los más notables, morochos Sánchez incluidos. Entonces, en el que debía ser el momento cumbre, ese que llevara a la gente al éxtasis, todo se vino abajo. Trancazo de dos horas  para el lunes anunció cuando comenzó a desgranar la agenda de calle, y la gente gritó que no. Pretendió ignorarlos y seguir dando la programación de las actividades, informó de un gran acto de masas para el jueves, pero nada. Trató de explicar que el plebiscito era incluso vinculante, y no hubo manera: la gente, manos abiertas cual si hicieran estrellas en el cielo, pedía era un trancón de diez (“¡diez!, ¡diez!, ¡diez!”) horas. El estruendo, al menos en la tarima, era ensordecedor. Pero a Delsa ni un músculo le temblaba. Sólo el labio superior le sudó. De resto, se mantuvo impecable. Impecable e implacable: trancazo de dos horas y sanseacabó, porque lo importante es el plebiscito.

Entonces, llegó el turno de Freddy Guevara, el que para sorpresa de todos (porque todos esperaban que fuera Lilian) estaba encargado de cerrar el acto. O de continuar la lidia. Una masa descontenta es un miura difícil, y la que copaba la Francisco de Miranda lo estaba y mucho. Desde la tarima se escuchaban todavía sus ‘no’ y sus ‘diez’, y se veían perfectamente sus gestos a lo Emparan y a lo Fey. Freddy dejó en claro que lo importante eran otras cosas (como por ejemplo que el plebiscito del 16 era el acto de desobediencia civil más grande de la historia), pero que si la gente quería que se hablara de la duración del trancazo (y en efecto eso querían), él lo haría. Y dio la explicación del porqué del cambio (esa primera convocatoria no era oficial sino una propuesta que ante la complejidad de lo que implica organizar el plebiscito fue preferible modificar). Pero ni que explicara lo que explicara: la gente insistía en sus diez horas. Por eso, haciendo gala de un olfato –y de un carácter– un poco más fino que el de Delsa, prometió que dadas la circunstancias (entiéndase: el nivel de gente manifiestamente descontenta) podrían reestructurar la agenda. Quizás no se dio cuenta, pero en ese momento recibió de Solórzano, toda una generala con cara de circunstancia parada firme al lado de él, una de esas miradas que aniquilan y desintegran, mientras Miguel Pizarro, pura risa y simpatía, desde el alivio que le daba no tener vela en ese entierro, veía todo encaramado en una corneta. Luego de ello, entonces Freddy pudo, sí, explayarse en lo que quería, en lo verdaderamente importante, y explicar (es el gran pedagogo de la oposición, a nadie le quepa duda), el sentido del plebiscito, el porqué de las tres preguntas, lo que vendrá después de ellas. Lo hizo dedito levantado y deteniéndose en los términos y artículos, pero sin fastidiar ni aburrir.

Solo una persona fue más aclamada que Freddy al final de su discurso, y esa fue María Corina Machado, que había hablado dos oradores antes. Si Guevara es un pedagogo, María Corina es toda una traductora que rápida y fácilmente pasa todo del lenguaje ordinario al épico y hace sentir a la gente parte y protagonista de algo grande. He allí la clave de su éxito en tarima. Si hubiera nacido griega y hace unos cuantos siglos, bien se hubiera podido dar la mano con Homero. Venida al mundo en la post-modernidad y en esta Venezuela, micrófono en mano narra una epopeya que no por repetida es menos grande que la de Ulises: la de un pueblo que lucha por su libertad. En su lenguaje, no hay cien días de protesta sino una “rebelión cívica”; no son estos unos días complicados sino “los días finales de la dictadura”; el 16 de julio no habrá una consulta sino un “veredicto”; no será un plebiscito sino “el ejercicio de mayor rebeldía ciudadana de la historia”; no marcará un punto de inflexión sino  que será “el detonante”; no dará inicio una nueva etapa de lucha sino a “la hora cero”, que no será esa cosa misteriosa de la que los otros políticos hablan sin dar detalle, sino “calle sin descanso hasta la salida de Maduro”. Y claro, la gente se emociona. Más cuando lo dice sonriendo, firme, segura y convencida. Con su sempiterna blusa manga larga blanca y su cabello recogido en una cola rosada. “Hoy quiero darles la seguridad de que nada nos sacará de la calle (…) nada nos detendrá hasta sacar a la dictadura del poder. Estamos a días de esto”, dijo. Y los aplausos y los gritos de “¡valiente!” se hicieron sentir.

Eso mismo (¡valiente!) también le gritaron repetidamente a Lilian Tintori, cuya aparición en tarima, a medio acto, provocó un estallido de euforia. La expectativa sobre lo que diría era tremenda y todo hacía suponer que sería ella quien pondría el punto y final. Y en efecto lo hizo, pero sólo ante la prensa. Tras las últimas palabras de Freddy Guevara, apareció Wuilly Arteaga, el violinista, e interpretó el himno. Entonces, cuando ya fue evidente que Lilian no iba a hablar sino sólo a saludar y a lanzar besos, los periodistas la rodearon. Al principio pareció reacia, pero luego se soltó. A su manera. No es y nunca será buena oradora ni entrevistada. Tampoco tendría por qué serlo: ella es, sencillamente, la esposa de un preso político que de pronto se convirtió en figura. Apartando el sinfín de lugares comunes y asociaciones predecibles, así como la catajarra de ideas inconexas e incompletas, lo importante que dijo sobre Leopoldo fue que sigue firme y no va a abandonar la lucha. La escena de su llegada a la casa la narró como una ocurrida a las 3 de la mañana, en una caravana de carros en la que estaban presentes Delcy y Jorge Rodríguez (“les di las gracias y les dije que no puede existir más tortura en Venezuela, que no deben existir presos políticos, y que si tenemos que trabajar en conjunto para lograr entendernos, lograr concordia y una solución inmediata a la crisis que vive Venezuela, cuentan conmigo”), quienes (nos enteramos ahora) se habían reunido varias veces con Leopoldo en Ramo Verde (“fueron reuniones en las que se habló del país, de buscar encuentro y solución”), presencia de Zapatero mediante (“[fue él quien] después de tantos meses logró empujar esta medida”). Durante toda la declaración, uno de sus guardaespaldas estuvo siempre intentando abrirse paso entre los periodistas y jalándola para bajarla de la tarima. Cuando por fin lo consiguió, tuvo después más trabajo: abajo, la gente se había quedado esperándola y se abalanzó sobre ella. Todo eran besos, abrazos, alegrías y “¡Leopoldo presidente!”. Nada que ver con las dudas y el desconcierto que había dejado arriba.

Y es que entre sus declaraciones, la notoria ausencia de Capriles, el sí pero no con el diálogo (“nosotros debemos dejar de satanizar la conversa política: la transición es conversando”, se le escuchó a Olivares para luego decir que “ahorita no hay ningún tipo de conversaciones”), la reducción (y posterior aumento) de horas del trancazo (una protesta que había ido siendo más bien progresiva en la cantidad de tiempo), el constante llamado a una hora cero que solo María Corina explicó a su manera pero nadie terminó de aterrizar en lo concreto; entre todo eso, la jornada del domingo nueve de julio fue de cien de protestas y mil preguntas sin respuesta.

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