Leo Álvarez: “El silencio no es opción”

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Como si el título pudiera borrarse, lo aprendido olvidarse y los años de ejercicio desaparecer, Leo Álvarez arranca la entrevista (y así lo registra la grabadora) con una frase de antología: “Fui abogado. Y asqueado y convencido de que uno no puede caminar en un palo de agua sin mojarse, renuncié al derecho”. Con esa abjuración pública, con ese abandono en pretérito, este hombre libre (libérrimo, más bien), informal, buena nota y de espíritu joven como una melodía de Aditus, comienza a explicar cómo y por qué está ahorita en el primer frente de las manifestaciones documentando las protestas. Sin embargo, su historia con la fotografía empieza mucho (muchísimo) más atrás: “Siempre hice fotos. Desde chamo me gustaba el cuento de la imagen. Pero nunca pensé que fuera a ser fotógrafo. Mi mamá me lo decía. Y yo que no. Y en algún momento en 1999 acompañé a mi ex esposa a hacer un curso con Roberto Mata y ahí me quedé pegado. Realmente pegado”. Y lo que lo atrapó, en principio, fue el documentalismo: a él, que le fascinaba recorrer Venezuela, que no podía ver un pueblo o un caserío porque ya se metía de cabeza allí, la fotografía le dio lo que tanto buscaba: “Fue la excusa para profundizar en esa historia y el complemento ideal de lo que era mi pasión. Me hizo reencontrarme con mi país”.

Un país que también vivía tiempos revolucionarios y convulsos, a los que Leo no fue ajeno. Con orgullo cuenta que desde la primera de las manifestaciones (“Con mis hijos no te metas”, año 2001) estuvo en la calle documentando la protesta cámara en mano. Sin credencial, chaleco ni máscara, pero sí con una línea estética clara: la violencia sugerida; una que no se ve pero que sí se siente en las fotos, que son en blanco y negro, y con borde. Es un trabajo personal, que va construyendo manifestación a manifestación, y gracias al cual no sólo llega a exponer hasta en Francia, sino que consigue un puesto con la agencia AP (“yo lo hacía por arte, y me ofrecieron hacerlo por dinero y me pareció una buena opción”). Pasan los años, y el conflicto sigue y escala hasta este 2017, cuando regresando de una manifestación (“la primera gran marcha de abril”) Leo cae en cuenta de una cosa: ya no hay, no quedan, medios que transmitan lo que pasa. En su cabeza una idea: luchar contra ello. Entonces, decide aprovechar el potencial de las redes y usar las suyas (una cuenta de IG y otra de twitter) como una ventana para mostrar lo que él recoge en las calles: “No se trata de buscar seguidores, o que digan qué buen fotógrafo eres, sino de mostrar lo que los medios tradicionales deberían mostrar y no han mostrado”, explica. Y es que aunque haya dejado el derecho y reniegue de él, Leo Alvarez, en el fondo, no ha perdido las ganas de hacer justicia.

Aquí nuestra conversación

Leo, un fotoperiodista es alguien que… persigue la imagen de la noticia.

-En el fotoperiodismo, a la hora de realizar una foto, ¿qué debe primar? ¿la calidad estética de la imagen o la información que contiene?

-El fotoperiodismo para mí es la información netamente. Ahí está el caso de la imagen del ruso con la pistola: es una imagen impactante, digna de un premio periodístico, pero no fotográfico. Vale oro y contiene una información valiosísima, pero eso no hace que sea una foto buena como tal. Barthes decía que la fotografía tenía que tener por lo menos uno de cuatro elementos, y uno era la proeza: algo que por el hecho que está representando amerite ser retratado, lo que no hace que sea una gran imagen. Ahora, si la información la puedes mezclar con estética, mejor. En mi caso, yo no puedo desligar la estética del ojo. A mí muchas veces la belleza de un momento, su sensación, el ‘comeflorismo’ y el arte me atrapan, y entonces me pierdo de unas imágenes que están contando algo. Allí pienso más como fotógrafo. Si pensara más como periodista, ya no me importaría la estética sino la noticia.  A veces uno funciona de una manera o de otra.

-¿Qué opinas de la manipulación digital de las imágenes? ¿Eso tiene cabida en el fotoperiodismo?

-En la fotografía documental no tiene cabida. Ahora, en el fotoperiodismo trabajas con una máscara anti gas, en unas condiciones en las que ya no sabes cuál es el cuadro y toca luego reencuadrar. Reencuaderne en prensa es legal. Si hay que resaltar algo, vale. Ahora, agregar o quitar cosas, eso no es ético.

-¿Debe un fotógrafo herir la sensibilidad del espectador para que tome conciencia de la gravedad de una situación o hay otras maneras de hacerlo?

-Hay dos tendencias. Ahí está Sebastián Salgado, que levantó una gran polémica en el libro de Susan Sontag. Decían que Salgado se ocupaba del aspecto estético de sus imágenes y que la estetización de la tragedia solo podía resultar en la pasividad de quien lo mira, porque terminamos volviendo héroes a estas personas que están sufriendo conflictos horribles y no estás haciendo nada para cambiarlo. Él dice que lo que quiere es denunciar y que la gente vea cosas de las que no se enteraría. La otra tendencia es el amarillismo, ¿cuando ves la sangre, eso hace que cambies? Ver mucha violencia te desensibiliza también. ¿Debo herir? Depende del discurso de cada uno. En fotografía funciona la honestidad. Yo me voy más por el cuento de la metáfora.

-¿Existe el fotoperiodismo ciudadano, Leo?

-Sí. Y esto te lo dice un profesor de fotografía [desde 2003 Leo da clases en Roberto Mata]: a diferencia de la música, que necesita un oído, o de la pintura, que necesita trazo, la fotografía se aprende y lo único que se necesita es tener honestidad, ganas de trabajar, y caminar en una dirección: crear un cuerpo de trabajo consistente temáticamente. Se aprende. No necesitas estudiar fotografía para ser fotógrafo. A nosotros en la escuela diariamente nos sorprenden fotos de chamos que tú las ves y dices: ‘¿De dónde salió esto?’. La educación visual es natural desde los 60’s para acá: estás bombardeado por imágenes, sabes con qué comulgas y con qué no. Y con honestidad y un ojo educado, si te pones a trabajar, llegas. En Venezuela hay una cultura visual de un nivel tan amplio y gente aficionada a la imagen de un nivel tan alto, que yo no diferencio entre un fotógrafo profesional y uno que no. Conozco a muchos que se consideran amateur y tienen una calidad mayor. Al final, la diferencia entre un profesional y un amateur es que ser profesional significa: me prostituyo, cobro por hacer incluso lo que no me gusta. Estoy dispuesto a hacer lo que no me gusta si me pagan. El amateur no.

-A ver, esto es un titular fantástico: ‘ser profesional significa que me prostituyo…’

-Jajajaja. No. No. No. Ahora sí es verdad que me van a odiar todos. Evidentemente no es literal. Lo que quiero decir es que en Venezuela hay una cultura visual de un nivel tan amplio, y gente aficionada a la imagen de un nivel tan alto, que yo no diferencio entre un profesional y uno que no. Conozco muchísimos que se consideran amateurs y tienen una calidad mayor que la de los que nos consideramos profesionales. Al final, el término profesional significa: yo cobro. El amateur no.

-Pero puedes cobrar y hacer lo que te gusta…

-Sí. Claro. Pero el porcentaje es bajo. Tienes hijos que atender, tienes que llevar comida a la casa, pagar el colegio, el deporte, las vacaciones. Resulta que terminas haciendo cosas que no son las que más te gustan, pero que igual son bonitas. Ahora, hay gente que hace cosas que odian. Yo puedo hacer sociales y me divierto. pero conozco algunos que dicen que eso es un asco. ‘Vete a trabajar de abogado para que veas lo que es un asco’, les digo.

-Aprovechando que eres profesor, ¿cuánto es la cámara y cuánto el fotógrafo, Leo?

-Mira, puedes tener una cámara arrechísima y hacer una mierda de foto. El fotógrafo de verdad hace fotos buenas con celulares o con cámaras. Hay gente que con teléfonos hace fotos fantásticas. Lo que vas a tener es que adaptarte a lo que tienes. Si tienes una cámara que no tiene télex no puedes hacer imágenes de futbol. Igual en las protestas. Cubre lo que tienes que cubrir de acuerdo con lo que tu equipo te permita.

-¿Con qué equipo trabajas ahorita?

-Yo trabajo con Canon. Eso es básicamente lo mío.  Mi equipo de película es una cámara 1 N usada que compré en USA.

-¿Has perdido algún equipo?

-La ballena me ha dañado ya dos cuerpos; y un perdigón, un lente. No conozco a un fotógrafo que no haya perdido una cámara o algo así. Menos mal que en mi caso uno era un equipo bastante viejo. Ahora estoy llevando es un solo cuerpo: si me asaltan, se llevarán un cuerpo y no dos.

-Tomando en cuenta que llevas más de diez años cubriendo manifestaciones, ¿en qué se diferencian estas de otras?

-Sin querer hacer diferenciaciones elitescas, hasta 2014 eran marchas del este. Entre abril y junio ha habido una gran evolución. Yo diría que ocurrió en mayo. En abril, al frente, había puros estudiantes caraqueños: ahora hay gente del barrio, del interior, gente humilde que está peleando en primera fila y en mayor proporción que los estudiantes en 2007 o en 2014. Ahora no hay miedo. Antes la dinámica consistía en participar y escuchar a los políticos. Caía una lacrimógena y se acababa. Ahora no. Ahora caen las bombas y es cuando comienza el guaguancó. Es decir: aquí nos quedamos resteado. Ese nivel de ‘resteo’ tiene que ver con una cosa que antes no existía: la convicción. Una convicción inquebrantable. Esa pregunta me hace pensar que antes era manifestar un descontento, pero ahora es intentar lograr un cambio y jugárselo todo. Y ves a los chamos heridos por perdigones y se los llevan atrás y dos minutos después vuelven adelante. Esto es más cercano a un 27 de febrero que a un 2003-2004. Yo te diría que lo que uno ve hoy por hoy solo lo vi el 11 de abril. Esto es otra cosa.

-¿Y en cuanto a la cobertura?

-A nivel de cobertura antiguamente había un cierto respeto por las formas del fotoperiodismo que ya se perdió. Aquí estás a tu riesgo, sabiendo a lo que te estás exponiendo, sabiendo que probablemente no vaya a haber respeto. Todos tenemos heridas de perdigones, bombazos, rotos en la piel. Parece que el mensaje es: ‘no tomes fotos de lo que no debas’.

-¿Cuál ha sido el momento más difícil?

-Te diría, y va a sonar cliché, la muerte de Neomar. Un chamo que yo retraté en la autopista con una flor. Me pareció un carajito lindo espiritualmente. Haberme enterado de que era ese chamo el que mataron, eso me quebró. Y todavía me afecta. Todavía no te sé decir por qué: si es porque veo a mis hijos en él o qué.

-¿Has tenido miedo?

-Fíjate: yo siento mucho más miedo de noche parado en un semáforo, o caminando, que cuando estoy cubriendo una marcha. En esa situación, las posibilidades de que te pase algo, así estés cubriendo el frente, son una millonésima parte inferior. Yo ando con casco y un chaleco antibalas. ¿Da miedo que te fracturen un brazo? Sí. Pero eso no es miedo. Temor al dolor, en todo caso. Miedo me da cuando estoy sin el chaleco antibalas.

-¿Y una foto vale la vida?

-“Ninguna foto vale la vida”. Ese es el slogan que usamos en la escuela. Yo le meto siempre una coletilla: “pero el silencio visual tampoco es una opción”. Yo creo que ahí, entre una y otra, encuentras la respuesta de hasta dónde arriesgas. ¿Hay que asumir un riesgo? Sí. Por supuesto. Pero dentro de la mayor seguridad que el medio te permita.

-¿Y cómo haces para minimizar el riesgo?

-Uno está como entrenado para hacer estas cosas. Tú estás viendo una cantidad de códigos y sabes dónde estás parado. Oyes los tiros y vas hacia los tiros. Estás entrenado al revés de la gente. Corres en contra de donde la gente va. Pero no corres desnudo, con las manos arriba y exponiéndote. Vas corriendo con un sentido de protección, de acuerdo adonde el oído escucha que viene el disparo, si tienes identificado de donde sale el peligro. No es tampoco una cosa tan loca. Sabes cuándo tienes que irte, en qué momento te mueves y cuándo no.

-¿Tras tantos días de protesta es posible hacer una foto original?

-Se puede, sí, pero cada vez menos. Para mi trabajo personal voy pescando. Pero no puedo dejar de hacer la foto de una protesta, porque la protesta ocurrió. ¿Es una foto parecida? Sí. ¿Es novedosa? No. Pero lleva la leyenda de lo que ocurre, la honestidad de tu nombre. Esto está ocurriendo en Caracas hoy, en este momento. Si logras tener una foto hermosísima, bien. Yo tengo algunas porque siento que me gustan como fotos, pero no guardan relación con lo que intento que se vea en la ventana. Estoy volcado a que se vea lo que siento que es importante que se vea.

-¿Cuáles fotos tuyas seleccionarías?

-Son muchas. Una que me gusta mucho es la de la señora en la tanqueta con los brazos abiertos. Es hecha con un télex, fotográficamente probablemente no tenga un valor más allá de la metáfora que implica una señora mayor desarmada impidiendo que una tanqueta reprima a la gente. Me gusta mucho porque es una metáfora que representa Venezuela: un país sin armas que está dispuesto a oponerse de frente a un régimen que está armado y que tiene unas intenciones completamente distintas a las del resto del país y lo ves resumido en esa imagen. Es una imagen que probablemente no me guste como foto pero como mensaje me parece la más bonita.

-¿Y cuál es tu mejor foto?

-Es que con esto pasa como con los hijos: no hay uno que te guste más que otro. Hoy, que Neomar se murió ayer, te digo que la de él. No me lo puedo sacar de la cabeza. Me cuesta porque veo a mis hijos en él y es muy arrecho. Me dices la semana pasada y probablemente te digo otra. Hay una que me encanta, de un chamo en Altamira que va como flotando llevando una bomba, y él está como volando, como en un mundo, guao. Ese tipo de cosas me gusta: cuando siento que son unos guerreros que están luchando. Fotográficamente, en frio, te tendría que decir que cuando salen los dos bandos, son fotos que tienen un gran valor: la fuerza de represión por un lado y los manifestantes por otro, con una bandera que identifica que eso está pasando en el país, eso tiene valor. Igual me conmueve más la de María José frente a la tanqueta.

-¿Cuál es la foto que te hubiera gustado hacer?

-Quizás por ser documentalista, yo no veo la fotografía como algo aislado. No hay una foto suelta que yo pueda ubicar. Hay trabajos. Yo me quito el sombrero ante el trabajo de Federico Parra. Juan Barreto. Carlos Becerra. Marco Bello. Entre muchos otros.

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