Entre tiros y alegría

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 5:45 de la mañana todavía no había salido el sol en Caracas, pero sí los miembros de uno de los Puntos Soberanos de El Hatillo, que enjundiosos y con fundamento estaban ya a esa hora cargando sillas, armando mesas, poniendo toldos y preparando todo para recibir a aquellos que quisieran dejar de manifiesto, papeleta mediante, su rechazo a la Constituyente de la dictadura. Es el llamado ‘día D’, vendido como el que marcará un antes y un después en la historia política de la nación, y ellos quieren que en su centro todo salga bien. Por ello, hora y quince antes, ya están allí. No son los únicos: en un incipiente recorrido mañanero la escena se repite en por lo menos tres centros más. Es mucha convicción lo que se necesita para madrugar un domingo, y también para permanecer en cola, bajo el sol inclemente de las 12 del mediodía. Es ese el que achicharra a las cientos de personas que a esa hora copan la Plaza Los Palos Grandes. Allí, desde la mañana, la afluencia ha sido masiva, y no sorprende: ubicada en una de las urbanizaciones más opositoras de la ciudad, es uno de los puntos neurálgicos, dotado hasta con rescatistas.

A falta de buen sueldo, prensa tiene privilegios como el de saltarse la cola. Basta mostrar la credencial y una urgencia apremiante por contar cosas para que inmediatamente lo pasen a uno. El proceso es sencillo: entregar la cédula, responder con un bolígrafo las tres preguntas de la papeleta (a la vista de todos, eso sí), doblarla, depositarla en la caja, firmar el cuaderno y estampar la huella. Hecho incluso con calma, no dura ni siquiera un minuto. De souvenir se recibe un papel con un texto que está a medio camino entre el juramento y la proclama, y tiene una línea en blanco para llenar con nombre propio. En el escrito, yo-elector “me comprometo solemnemente a participar en la tarea libertadora”, rechazo la Constituyente, ratifico que la AN renueve los poderes y apoyo la realización de elecciones libres.

Siendo hora de almuerzo, los miembros de mesa comen en turnos. Allí los alimentan con arroz con pollo. No es comprado en un restaurant, sino casero. Lo llevan en un envase de plástico grandísimo, que parece más bien un cajón de oficina, y lo van sirviendo en platos de cartón. En un descuido, un indigente se roba un pote de jugo de naranja. Cuando alguien se da cuenta, ya el hombre está a casi dos cuadras.

A muchas más cuadras está la plaza Brion, el segundo punto más grande de la ciudad, con 50 mesas desplegadas en dos filas a lo largo de ella. A las 2 de la tarde, los voluntarios todavía tienen energía suficiente para preguntarle a la gente que camina por Chacaito (es increíble la cantidad de gente que camina un domingo por allí) si ya votaron o no. Están los que dicen que sí y los que sencillamente se hacen los locos y siguen. Hasta la una de la tarde, hora del último corte, habían votado en ese punto 11.018 personas. Ya no están todas las mesas llenas en paralelo, pero el flujo de gente sigue siendo continuo.

Agrupados arriba, los trabajadores de los medios esperan con paciencia a Lilian Tintori, quien ha elegido ese lugar, en el que en 2014 se entregara su esposo, para votar. Llega en una caravana de cuatro grandes camionetas (tres negras y una blanca) y camina escoltada por la mamá de Leopoldo, varios militantes de Voluntad Popular y la animadora Norelis Rodríguez. Frente a una de las mesas, fotógrafos, periodistas y curiosos hacen un pasillo, que Lilian atraviesa para votar. Dos señoras tratan de fotografiarla, pero resulta imposible: hay demasiada gente. Sólo los fans de Norelis consiguen la ansiada gráfica: ida Lilian (y con ella los fotógrafos), Rodríguez queda sola y allí aprovechan.

Un rebullicio semejante se formó en Colinas de Bello Monte un par de horas antes con la llegada de Henrique Capriles. El líder opositor avanzó entre aplausos, vítores y apretujamiento. “Un fotógrafo me puso el pie encima para poder hacerle las fotos”, recuerda una voluntaria sobre el episodio que alteró la dinámica de verbena de pueblo que se vive en la urbanización: a las 3 de la tarde hay una redoma tomada por varios jóvenes que rapean en medio de la calle y con la música a todo volumen. En una escalera, jurando que no los ve nadie, cuatro de ellos fuman marihuana. En la calle que lleva al Punto Soberano, los vecinos, sillas afuera, conversan plácidamente, como si de orientales se tratara. Comparten refrescos y comida, mientras los niños pasean en bicicleta y juegan en la calle. Es un ambiente distinto y ameno. El Punto Soberano todavía tiene cola. Hasta las dos de la tarde habían participado 5.228 personas.

Ambiente radicalmente opuesto el de Catia, que a las 4 de la tarde es puro nervio y tensión. Una moto sin placa se atraviesa en medio de la calle y detiene el tráfico de los que intentamos ingresar a la Avenida Sucre. No media explicación alguna, sólo el revólver que el motorizado lleva en la cintura a la vista de todos. A medida que pasan los minutos comienzan a llegar más: todos en motos sin placa y con armas a la vista. Son los temidos paramilitares chavistas, que eufemísticamente se agrupan bajo el nombre de colectivos. Puede que alguno de ellos, quién sabe, sea el que casi dos horas antes asesinó allí mismo a una mujer e hirió a varias personas cuando abrieron fuego contra el Punto Soberano que se encontraba frente a la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, que tenemos a la derecha. Es la fiesta patronal del templo, y a esa hora está asediado. Afuera están la PNB (que no hace nada), el DGCIM (que tampoco hace nada), los paramilitares (que hacen todo) y un grupo de personas vestidas de rojo hablando (insultado) con un parlante. Adentro, secuestradas, hay casi 500 personas, que al momento de producirse el tiroteo buscaron refugio allí y ahora no pueden salir. Entre ellos está el Cardenal de Caracas, que a las 3 de la tarde iba a celebrar la misa mayor y terminó también atrapado. Las oraciones no son exactamente de acción de gracias, sino de petición de protección.

Una jaula de la PNB se detiene frente a la puerta oeste del templo, de la que comienzan a salir los primeros secuestrados directo al vehículo. Cuando se llena, la jaula sale del templo escoltada por una buena cantidad de efectivos policiales, ante la mirada siempre desafiante de los motorizados sin placa y con armas. Es realmente alucinante: en lugar de dispersar a los paramilitares, la PNB, siempre proclive a echar bombas lacrimógenas, lo que hace es desalojar a los ciudadanos de sus espacios. El DGCIM sólo observa. Y los paramilitares a sus anchas. A todos (que hace rato escondimos ya los carnets y equipos de prensa) nos queda claro quién manda en la zona y lo imperioso que es para nosotros salir cuánto antes (es decir: cuando al motorizado que tiene trancada la calle le dé la gana de abrirla) de allí. Y eso hacemos cuando al rato, con el revolver siempre a la vista y la seguridad que proporciona saberse impune, por fin lo hace. Catia, desgraciadamente, es un lamento de gente buena secuestrada por matones.

La UCV, por el contrario, es una fiesta. Tiene cornetas a full volumen, desde las cuales suenan Fonseca, Chino y Nacho, y Guaco. Es el punto más grande de toda Caracas (52 mesas) y a las cinco de la tarde (una después de la hora oficial de cierre) aún continúa atendiendo gente, que no ha dejado de llegar. El ambiente es festivo y optimista, y se presta incluso para los chistes: “Ahorita viene un político alto y fuerte” anuncian desde un micrófono cuando llega Freddy Guevara, siempre con su franela obamita de Leopoldo y su metro cincuenta de altura. “Ya superamos la cifra de las primarias de la oposición”, informa, y aunque son pocos los que saben el número real que ello significa, todos celebran contentos.

La autopista lleva toda la tarde libre y por ella circulan pocos carros. En las avenidas del este hay caravanas de motorizados con banderas y pitos, que cornetean constantemente. Caracas se ve apacible y posible, puede que incluso adorable, indudablemente vivible. Es un espejismo, claro. Un paréntesis cívico de un domingo de plebiscito, que se vuelve a romper en Altamira, cuando un comando del SEBIN tranca por minutos la avenida Juan Pablo Pernalete. Son dos camionetas sin placa alrededor de las cuales hay por lo menos 20 motorizados. En la parte sur de la Plaza Francia hay solo niños de la calle y vendedoras de Kino, que ven extrañados a los agentes sin saber qué hacer. Luego de unos minutos arrancan sin hacer(les) nada. Pasean por Los Palos Grandes y luego se van para Chacao.

El espejismo vuelve en Parque Miranda, donde la fiesta es más bulliciosa que en la UCV. No hay música, pero afuera la gente canta consignas, suena pitos y ondea banderas. También detienen a los carros y motos que pasan por la Rómulo Gallegos, y al que diga que no ha votado, lo mandan para adentro. Son casi las 6 de la tarde, y de las 30 mesas que había en ese centro, quedan un par abiertas para los rezagados. La mesa 10 no es una de ellas: a las 5:28 PM, dice el acta, cerró. A esa hora, sus miembros van contando una a una las papeletas. De las 252, sólo una persona no votó con el triple SI, sino NO, SI, NO. Las 251 restantes son iguales. Terminada la cuenta, uno de los miembros llena el acta, y todos los demás la firman. Estampada las rúbricas, comienzan a recoger todo. Aunque consta en el documento que la mesa abrió a las 7:36 AM, la jornada de todos ellos comenzó también antes, cuando tuvieron que abrir el centro. Llegadas las casi 12 horas, todos se van contentos y con la satisfacción del deber cumplido.

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