Aumenta la resistencia

FOTO: Will Jiménez - La Patilla FOTO: Will Jiménez - La Patilla

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

La piedra se estrella contra el escudo de la GNB y el plástico se estalla: pasa de transparente a blanco. Un funcionario la agarra y la devuelve. La escena se repite por lo menos quince veces y en paralelo: una lluvia de piedras surca el cielo y rompe el suelo de la principal de Bello Campo. La GNB parece haberse quedado sin municiones y aplica la del Talión: piedra por piedra. El problema es cuando llegan las molotov. Fuego volando por el aire, como el que habrán visto los que padecieron la séptima plaga en Egipto. Sonido de cristal roto y una llama que se extiende en el piso y a veces en el uniforme de algún funcionario. Los guardias se culpan y pelean entre ellos. Hay gritos, insultos y discrepancia. Un superior trata de poner orden, mientras otro nos desaloja: “Vaya prensa para adelante, a ver si van a seguir lanzando candela con ustedes allí”. Parece buscar un respiro que no llega. “¡Quítate, prensa. Quítate, prensa!” es la única deferencia de los manifestantes, que sólo advierten pero no dejan de lanzar cosas. Caminamos pegados a una pared, agachados y tratando de esquivar todo lo que viene. Un mortero nos estalla cerca. Retumbe, chisporroteo y calor. Todos ilesos. Entonces, llega la arremetida. En grupos de a cinco, los Guardias traspasan la barrera de sus escudos disparando en horizontal. Perdigones, metras y tuercas cruzan a gran velocidad el aire. Los manifestantes se esconden en las calles adyacentes. La Guardia avanza. Son las 5 de la tarde del miércoles 26 de julio, estamos a cuatro días de la Constituyente, y en Bello Campo se vive una batalla campal desde las 2.

Como en todo conflicto, hay siempre algunas treguas, que así como vienen se van. Y es lo que pasa casi a las 6 de la tarde. Tras unos minutos de calma, de repente unas detonaciones, de repente manifestantes que huyen y de repente manifestantes que se regresan. La Guardia, que parecía haber vuelto a tomar el control de la situación, lo pierde en un instante. Una nube de humo blanco es lo que hay donde están los funcionarios. Y no es de lacrimógenas precisamente, que cada vez usan menos. Es de algún mortero que estalló donde era. Al blanco se le suma el anaranjado de las molotov. Una pared de dos pisos de escudos es lo que se asoma cuando el humo se va. Los guardias están atrincherados tras ella. Atrincherados y nada más. Su única acción es retroceder. Y por cada metro que lo hacen, los manifestantes celebran. “¿Quiénes somos? ¡Venezuela! ¿Qué queremos? Libertad!”. La consigna se escucha tremenda en ese momento. Borracho de júbilo, un encapuchado se adelanta solo. Se le para a metros a los Guardias, los reta (“a ver si me puedes dar, gafo”), los insulta (“cubanos mamagüevos”) y les baila. Un par de detonaciones es lo que recibe por respuesta. Cae al suelo agarrándose la oreja, se levanta y corre asustado.

Entonces viene otra arremetida, esta sí feroz: las detonaciones se suceden a granel y por todas partes. Y no es tanto donde suenan como donde pegan. El árbol que en ese momento nos cubre a por lo menos ocho periodistas parece que se encoje. Algo pega en él y vuelan astillas. Cuales tortugas, todos tratamos de meter la cabeza en los hombros. Nos pegamos lo más que podemos. Intentamos encogernos con el árbol. En los zapatos, en las piernas y en los brazos constantemente sentimos el roce violento de cosas. El problema es no saber de qué. El alivio es no tener ardor ni dolor. Lo preocupante es la falta de control. Cuando ya la Guardia está a nuestra altura, tenemos que volver a subir. Corriendo y pegados a la pared, como siempre. Los manifestantes están casi todos en la calle que da al Barrio Santa Cruz y en la Francisco de Miranda. La GNB apunta y dispara hacia allá. Pero de repente, así como cambia el viento, lo hace también la situación: del cielo cae candela y nuevamente en magnitudes bíblicas. Los Guardias solo atienen a replegarse detrás de los escudos. Vuelven a montar una pared de dos pisos de plástico. Pero hay fuego como para una hoguera medieval. De los techos más insospechados comienzan a aparecer encapuchados arrojando molotov. En su mayoría caen delante de los escudos, pero algunas lo hacen detrás. Una quema la tanqueta, que se ha mostrado tan pesada como inútil. Y otra quema a un guardia, que se mueve en todas las direcciones para apagar el fuego que lo abrasa. Un muchacho enciende un triki-traki y lo deja en el suelo en dirección a la Guardia. El pirotécnico avanza veloz, se mete entre los escudos y en segundos los verdes saltan para apagarlo. El fuego no cesa y ante nuestros ojos se sucede el improbable espectáculo de una GNB absolutamente sobrepasada. El aprieto por el que están pasando los funcionarios es claro y los manifestantes lo notan. Comienzan a llamarse unos a otros y cada vez van apareciendo más.

Tal vez efecto óptico producido por lo estrecho de la calle, pero en el barrio Santa Cruz parece haber un verdadero ejército de manifestantes. Y están comenzando a salir. Si cruzan la calle y bajan, a los Guardias les va a tocar correr. No parece que les pueda quedar de otra. Son puro humo en ese momento. Las bombas no han cesado de caer ni los morteros de explotar. Y los del Santa Cruz están avanzando. Pero de repente un ronroneo. Al principio un rumor lejano, luego un sonido inequívoco y unas luces amarillas que lo confirman: son las motos. Las temidas motos. Es escucharlas y echar todos los manifestantes a correr. En segundos, la legión de la PNB está allí con su uniforme nuevo en versión negra. Pasan haciendo ruido, disparando y llevándose todo por el medio. Operación arrase, que llaman. Al rato no queda prácticamente nada. La GNB respira: cinco minutos más y no la contaban. Es miércoles 26 de julio, estamos a cuatro días de la Constituyente, y la resistencia parece haber subido de nivel.

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