Caracas pre-apocalipsis

APOCALIPSISWEB

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Si yo fuera un mesías habría sacado ya a Maduro y aparecido la comida”: En Sabana Grande camina una cantidad considerable de gente a las 4:30 de la tarde del 29 de julio. No exactamente una multitud, y mucho menos de lo que es usual un sábado, pero hay gente. Un hombre disfrazado de Spiderman se trepa en un árbol mientras un vendedor de globos pasa tentando niños y arruinando padres. Hay buhoneros vendiendo conservas de coco y mangos verdes, que ya no se inmutan cuando un escuadrón de la PNB (uniforme negro y escopetas en ristre) pasa por una de las calles. Hace rato que la policía renunció a ser guardiana del espacio público para dedicarse netamente a reprimir, y los buhoneros lo saben.

En el boulevard hay una cola gigante, que lo atraviesa de norte a sur: la de la heladería Poma. Puede que haya más de cien personas esperando por un helado. ¿Por qué? “Porque son económicos y buenos”, explica uno de los últimos de la cola: 8 mil bolívares cuesta la barquilla gigante de dos sabores. De repente, Sabana Grande es una cuadra de gente comiendo dos bolas de helado.

Todos los bares del Callejón de la Puñalada se encuentran cerrados (¿milagro de la ley seca?). Allí sólo están los artesanos. Una cuadra más adelante, cerca del metro, dos mujeres sostienen una pancarta con letras tricolores: son evangélicas, y, salvo el oficialista, ese es el único proselitismo que se permite en el boulevard.

“A los 7 años me descubrieron el secreto de la gallina negra no montada”, explica un hombre, que se jacta de saber, además, para que sirve un cordón umbilical, una placenta, qué tipo de brujería se puede hacer con un espermatozoide de hombre o con un mechón de cabello. “¿Qué es la erisipela?”, pregunta, y sólo un señor responde. “¿Sabe usted como se cura?”, lo interpela. “Mire, maestro: ni los médicos lo saben. La erisipela se cura con un sapo cruzado 7 veces con un cuchillo y sal”. La gente alucina. El hombre hace un círculo de agua y pide que se pongan alrededor de él. Promete que va a hacer un amuleto de prosperidad. Les pide un billete a cada uno de los que estan allí y les explica que por los billetes les están metiendo brujería. Que si la plata se les va es porque de seguro alguien les montó un trabajo en un billete. Todos asienten. Pero no se preocupen, dice, yo estoy aquí para desmontar esos trabajos. Ya van a ver. Pero cuidado. No soy un mesías. Si lo fuera, ya habría sacado a Maduro y aparecido la comida, suelta antes de iniciar su ritual.

“Vine a comprar esto antes de que se acabe el mundo”: En el Centro Comercial Chacaito lo que hay son empleados haciendo tiempo. En la mesa de una pizzería están sentados todos los mesoneros hablando: no hay ni un cliente. Tampoco en una panadería improbablemente lujosa y con aires europeos. Y ni siquiera en la Parada Inteligente. Sólo la venta de cinnamon rolls tiene gente. De resto, el CCC es un desierto. Y desérticos (pero de productos) están también algunos pasillos del Central Madeirense de allí. Emblemático por ser el supermercado cuyo saqueo registraron en directo las cámaras de TV durante El Caracazo, previo al apocalipsis lo único que sobra allí es carne, alcohol (que no se puede vender, lo aclara un cartel), detergentes y chucherías. De lentejas quedan cinco paquetes, de arroz puede que diez, y de pasta ninguno. Las verduras, hortalizas, legumbres y frutas brillan también por su ausencia: apenas unos plátanos verdes y alguna otra cosa. La nevera de bebidas tiene apenas tres jugos y de resto es blanca. En la caja, dos conocidos se saludan. “¿Qué haces aquí?”, pregunta uno. “Vine a comprar esto antes de que se acabe el mundo”, suelta el otro con ironía. La cajera se ríe. Probablemente no es la primera vez que lo escucha.

“Hoy estamos aquí: mañana no sabemos”: Cualquier día y a cualquier hora, el Sambil es una peregrinación constante y continua de personas. Sin embargo, a las 6 de la tarde la cantidad de gente es mínima. Tanto, que el centro comercial luce apacible y visitable. Ello, si no fuera por el considerable número de tiendas cerradas. En la caja de una de ellas, un empleado aprovecha el internet para ver una película en YouTube: lleva por lo menos (el video lo delata) 40 minutos en eso. En Wendys hay apenas una mesa ocupada, en Arturo’s dos. Conseguir puesto en la feria de comida (una proeza cualquier día) parece algo de trámite: sobran para escoger. Ni Cinex ni Cines Unido tienen cola, y eso ya podría decirlo todo. Pero la verdadera prueba de fuego de la soledad del Sambil la da el despiste de un colega, que deja su teléfono en la terraza y se da cuenta cinco minutos después: al volver, el teléfono seguía donde lo dejó. Evidentemente, nadie había pasado. Es precisamente allí, en la terraza, donde escuchamos las maromas publicitarias del empleado de DiverXity, que tiene apenas ocupados tres puestos de la montaña rusa y dos del tornado: “Aprovechen, aprovechen: hoy estamos aquí, mañana no sabemos”. Y aunque quizás fuera sin intención, todos piensan que sí, que con la Constituyente mañana no sabemos.

“Si vienen los gringos nos van a dar machete”: El anochecer en la Francisco de Miranda da miedo. Sobre todo entre Chacao y Altamira. La avenida está trancada, sucia y destrozada. En cada esquina hay basura y escombros. En algunas, aceite. Prácticamente nadie camina por las calles y la sensación es de tierra arrasada, de devastación total. Apenas una panadería y un puesto de perros calientes prestan servicio. Son los únicos. Pero para quien quisiera grabar una película de miedo, la gran avenida caraqueña se prestaría.

En el tramo entre Altamira y Los Palos Grandes la situación mejora un poco: transitan algunos carros y hay gente caminando. En el único kiosco abierto hay una cola de casi 5 personas, y esa, dada la soledad de las cuadras anteriores, parece una multitud. Los agrupa la nicotina. Del kiosco sólo salen cajas de cigarros. Las compras de a tres y de a cuatro. ¿Es que viene el fin del mundo? Un indigente en silla de ruedas y con un sombrero mugriento dice que no. “Van a terminar viniendo son los gringos, y esos sí nos van a dar machete”.

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