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Volvió la resistencia

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Primero cae una lluvia de piedras y luego empieza una ráfaga de detonaciones. Los militares avanzan, apuntan y disparan de frente. Los encapuchados se encojen detrás de los escudos. Los perdigones pegan en la madera, la laceran y rebotan. Cuando son metras o rolineras, el ruido es más seco y el impacto mayor. Termina la ráfaga y por el aire vuelta una molotov. Se estrella contra el suelo y deja una línea de fuego. La tanqueta dispara un par de bombas. Salen duro y de frente, y caen detrás de los escuderos. Inmediatamente son devueltas. Un tubo verde se asoma desde un escudo. Detonación y humo: una rolinera pegada a un fosforito sale disparada. “El te-cho se va a caerrr. Porrr favor bajarrr del te-cho”, dice una voz italiana que sale de un parlante. El techo de la cauchera Goodyear tiembla. Hay varios encapuchados encima de él. Unas motos de la GNB suben de la autopista, pasan y disparan. Los encapuchados corren. Una barricada de alambres púas les impide el paso a las motos, que se devuelven. Los manifestantes regresan. Algunos se saltan la barricada, corren, cogen impulso y sueltan piedras. Son pocas las que llegan hasta donde está la Guardia. Un uniformado agarra una que le cae cerca y la devuelve. Nuevamente se escuchan detonaciones. Perdigones y metras cruzan a toda velocidad el aire. Alguien se queja. Le dieron a una periodista. En ese momento prensa está de lado y a la altura de la Guardia. No en la línea de tiro. El disparo ha sido intencional. Indigna pero no sorprende: minutos atrás, en la Autopista Francisco Fajardo, varios periodistas fueron heridos aposta, y cada tanto tiempo la GNB nos arroja (con la mano, por lo menos) algunas bombas a los pies. Es sábado 22 de julio y tras más de dos semanas sin hacerlo, Caracas ha vuelto a marchar y vive una improbable jornada larga de resistencia en el inicio de la Libertador en Bello Campo.

¿Por qué extraño mecanismo la que parecía que iba a ser otra marcha corta y breve, de dispersión rápida y poco alcance, ha terminado convertida en esa improbable, dura y larga jornada de resistencia? Imposible saberlo.

Cuando tras más de una hora la GNB se prepara para la arremetida final, manda a mover de sitio a la prensa. No la quiere atrás suyo, sino entre los manifestantes y ellos. “Váyanse para adelante, que ustedes son  también resistencia y no les van a hacer nada”, ordena un uniformado. “Vas a pasarla bien cuando te caiga una molotov”, le advierte socarronamente un guardia a un periodista (y en efecto pasaría horas después con un fotógrafo al que una molotov le prendió en llamas el zapato y parte del pantalón). La prensa se mueve en bloque y queda en la línea de fuego. Aunque parada de lado y nunca en el medio, las lacrimógenas, las piedras y las molotov a veces caen cerca, y los perdigones, metras y rolineras pasan rozando e hiriendo.

El momento en el que la GNB lanza su operación arrase y pasa con las motos disparando es siempre confuso y peligroso. Esta vez lo hace tras quitar las barricadas. Los manifestantes corren dejando la vida en la carrera mientras una legión de motos los persigue. A la prensa le pasan por el lado y muchas veces con la escopeta de frente, en posición horizontal. Y a veces la disparan. En la esquina del Burger King de Bello Campo una fotógrafa grita fuerte. La recogen entre un montón de sangre. Los paramédicos se la llevan hasta el Burger King y la atienden. “Esto te va a doler, pero es necesario”, advierte el que la trata. Le aprieta duro la piel del brazo y de la herida sale disparada una bola negra. Es un perdigón. “Tienes otros más adentro, pero esos deben sacártelos en una clínica para no hacerte daño”, informa, mientras ella sigue sangrando. Se la llevan a una clínica.

Inmediatamente se forma un alboroto. De una construcción sale un rescatista gritando que lo acaban de robar. Había entrado allí para auxiliar a un manifestante que se había caído del techo. Al verlo solo, los Guardias lo agredieron. “Tres funcionarios empezaron a lanzarme golpes y despojarme de lo que tenía. Me rompieron el chaleco y la muslera. Me insultaban de ‘mamaguevo’ para arriba. Me daban cascazos por la cabeza y la espalda, hasta que llegó un Teniente y vio lo que estaban haciendo y les ordenó que pararan. Entonces recuperar mis cosas”, relató al OJO. El incidente caldea los ánimos y varios rescatistas se le alzan a la GNB y terminan amenazando con quitarse todos el uniforme y pelearse en la calle.

Ya para ese momento la principal de Bello Campo está prácticamente despejada. Un grupo de la GNB emboscó por arriba y corrió a los manifestantes, que en su mayoría se encuentran escondidos en las transversales. “¡Vean cómo destruyen la ciudad!”, grita un guardia mientras recoge las barricadas y destrozos que hay en la calle. “¡Eso es lo único que hacen, destruir la ciudad!”. El mensaje no parece ir dirigido a nadie en específico, o puede que fuera a todos en general. La mayoría de sus compañeros se encuentran en lo mismo. Otros pasan por cuanta rendija, esquina o escondite haya, en procura de algún manifestante escondido.

Transcurridos veinte minutos, la GNB abandona la escena y poco a poco comienzan a abrirse las rejas de los edificios y a salir manifestantes. También de las transversales y paralelas. La construcción de ‘El Recreo–La Castellana’ se convierte en objetivo: logran abrir la puerta y entonces un grupo importante de encapuchados entra. Los encargados bajan corriendo por las escaleras, pero es tarde. Ya están sacando todo los escombros. “Esto es para hacer barricadas”, explican los encapuchados. De la sacada de escombros se pasa rápiamente al saqueo de lo que haya: se pierde un radio, sacan varios cables, entre otras cosas que no sirven para barricadas. La línea entre resistencia y hampa es estrecha. Los obreros dicen que si no aparece el radio los van a botar de la construcción. Algunos de los líderes de los encapuchados se paran en la puerta y dan un discurso sobre la incoherencia de querer cambiar al país saqueando. Entonces comienzan a organizarse para impedir que sigan llevándose cosas que no sean escombros. “Aquí nadie saquea nada”, dice un hombre de unos sesenta años y golpea el suelo con una vara. A un muchacho que llevaba escondidos unos cables en el short lo detienen y lo obligan a devolverse. No todos están de acuerdo. “Esto es la guerra y se vale saquear lo que sea”, grita indignada una muchacha con la cara cubierta con un pañuelo morado. Le caen encima varios y ella no se deja: los que piden que no se saquee son todos unos cobardes que no hacen nada por el país, en la guerra estamos y en la guerra se saquea, el que no quiera enterarse que hay guerra que se vaya a comer sus flores en otro lado donde no estorbe. El intercambio de palabras crece. La muchacha tiembla de la rabia, está fuera de sí. Se abraza a una prima y empieza a llorar. Se le acerca una mujer que le hace cruces en la cabeza y ora sobre ella, cual si de un exorcismo se tratara. Es una escena surrealista. Más cuando pasado un rato y sentada en un escalón, la muchacha se enmienda la plana: no, no está bien saquear, dice.

Mientras arriba rescatistas y motorizados discuten con los que quiere poner una guaya de metal en la Francisco de Miranda, abajo, en la Libertador, comienza nuevamente otro enfrentamiento, tan violento como el primero, mucho más breve que éste, más largo que cualquiera de los que haya habido en las últimas dos semanas y definitivo ya: tras ese, todos los manifestantes se replegarían y guardarían por la jornada. De camino a Altamira, tras el cómputo de la cantidad de colegas heridos en la cobertura, lo que saldría a relucir en la conversación de los periodistas era la de días que hacía que una pauta de calle no duraba tanto, desde la mañana hasta la puesta del sol. Y es que al parecer, volvió la resistencia.

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Así nació el gobierno paralelo

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cuando se escriba la historia, los libros habrán de contar que la génesis de ese gobierno que ejerció funciones en paralelo con el de la dictadura tuvo lugar no en el Hemiciclo de Sesiones de la Asamblea Nacional, sino en una plaza pública (la Alfredo Sadel) en la que con andamios, mucha tela negra, sillas de salón de fiesta, mesas revestidas, cornetas colgantes y unas tarimas improvisadas, se llevó a cabo el acto de designación y juramentación de los nuevos magistrados del Tribunal Supremo de Justicia.

No lo dirán los libros, pero el presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, encabezó la sesión vestido con una chaqueta crema de cuadros que parecía sacada de una película de los años sesenta y lo hacía lucir, con sus lentes de pasta, como el arquetipo del padre de ese tipo de films. Tampoco lo dirán los libros, pero tenía corbata vinotinto, y eso era lo único en lo que coincidía con Freddy Guevara, que para la ocasión optó por un traje negro. Sobre el podio de presidencia (en realidad una mesa con una tela azul encima) lo que había esta vez era agua (atrás parecen haber quedado los tiempos en los que Borges podía tomar Coca-Cola) y un par de micrófonos.

Reflejando lo que está en las actas, los libros dirán que se llevaron a cabo dos sesiones distintas, aunque para los que desde afuera las acompañaron (la plaza estaba llena de gente) en realidad lo que hubo no fue más que un solo acto con un intermedio. El sentido común no conoce de burocracia, ya se sabe; y a los actos administrativos del poder esta le sobra, también se sabe.

En la primera sesión hablaron los dos Freddy: Superano (que no dijo nada reseñable) y Guevara (“¿Dónde está el pueblo de Caracas?”, su saludo de animador de feria), quien pidió un minuto no de silencio sino de aplausos para los muertos y anunció que algún día la AN hará una ley para que no despidan a nadie por pensar distinto. Le siguió Carlos Berrizbeitia, presidente del Comité de Postulaciones, que de traje negro y cabello engominado leyó un discurso en el que expuso la cantidad de irregularidades que hubo en la designación hecha por la AN anterior de los magistrados (ex – magistrados ya, según Borges): el que presidía el Comité de Postulaciones renunció para postularse él; fueron designadas varias personas que no llenaban los requisitos; hubo un diputado que votó por él mismo para magistrado. “Estamos haciendo historia: hoy arrancamos un camino en la reinstitucionalización del país”, dijo, para luego comenzar a nombrar uno por uno y con los dos nombres y los dos apellidos a los nuevos 33 magistrados (13 principales y 20 suplentes).

“Aprobado por unanimidad”, dijo Borges sobre el orden del día, y el recinto se vino abajo en aplausos. “¡Sí se pudo!” comenzaron a gritar los diputados y la gente. “Aprobado por unanimidad”, volvió a insistir el presidente de la Asamblea, que reiteró (muy a su estilo de cubrirse las espaldas siempre) que todo era apegado y conforme a la Constitución y se hacía con 2/3 de los diputados. Entonces, se cerró la sesión y una comisión integrada por los diputados Edgar Zambrano, Ismael García y Sonia Medina fue a buscar a los hombres y mujeres sobre cuyos hombros caería la responsabilidad de comenzar a reinstitucionalizar a Venezuela, quienes se encontraban en el edificio del Consejo Municipal (“El cumplir con las formalidades asegura que todo se ajusta a derecho”, apostilló Borges).

No lo contarán tampoco los libros, pero en el intermedio entre una sesión y otra un grupo de trabajadores de protocolo comenzó a colocar sillas en una especie de tarima lateral, en la que se ubicaron tres filas de sillas revestidas con telas blancas (arrugadas y manchadas) y cinta azul, y cuatro sillas con tela azul y cinta blanca. Mientras los de protocolo hacían su trabajo, dos de los hijos del presidente de la Asamblea Nacional subían al palco a hablar con su papá, que estaba pletórico. Luego, cuando Borges se paró a hablar con alguien, se quedaron con Freddy Guevara, que se dedicó, pedagogo hasta en los gestos, a explicarles por un buen rato sabría Dios qué con un folleto blanco.

Cuando los magistrados llegaron lo hicieron con la bandera por delante, entre aplausos, vítores y aclamaciones. Todos iban elegantes (hombres de traje, y mujeres de taller) y arreglados (peinados de peluquería incluso), y fueron ubicados por el personal de protocolo en su palco lateral. La diputada Sonia Medina tuvo una breve y nada destacable intervención, y fue la encargada de irlos llamando para la juramentación. Burocracia de burocracias, al final el palco que con tanto esmero habían armado (y cuidado) los de protocolo volvió a quedar vació ya que el acto de juramento tuvo lugar entre los diputados, de cara al presidente de la Asamblea.

Cuando los tuvo en frente, Borges aprovechó para hacer una “breve reflexión” en la que cual padre fundador y con tono grandilocuente pretendió hacer una apología a la justicia y a la actuación de la Asamblea (todo lo que pasa en Venezuela es porque la ley no impera ni gobierna, no hay justicia, y ahora nosotros estamos dando un paso para que la haya) y dejó en evidencia sus fallas como orador (“Podríamos hablar horas hablando”, “Venezuela será conocido”, “gracias diputados y diputados”). Entonces, derecha levantada todos, Borges les tomó el juramento. Y quizás tampoco lo cuenten los libros, pero el sí juro (que en realidad fue un “sí juramos”) hubo de ser dicho dos veces, a petición del presidente de la AN (“más fuerte, por favor”), que de tan contento se comió ese siempre entrañable (y amenazador) “si no, que os lo demanden” que viene después de la recompensa que Dios, la patria y el pueblo pueden dar si hacen bien su trabajo. En su lugar, Borges los felicitó (“admiramos su valentía, su compromiso y su entrega con Venezuela”) y se cubrió las espaldas (otra vez): “Quedan juramentados como magistrados y magistradas en nombre de la representación popular ejercida por el pueblo venezolano en diciembre de 2015”. Y allí estallaron los aplausos y vivas, Ismael subió la bandera, y mientras se saludaban, abrazaban, apretaban, felicitaban e incluso animaban entre ellos, comenzó a sonar el himno, que emocionadísimos entonaron magistrados, diputados y asistentes (pueblo, si nos ponemos muy retóricos, como seguramente se pondrán los libros), testigos todos del singular y trascendental hecho del nacimiento de un gobierno paralelo del que puede que algún día hablen los historiadores.

CIUDADESWEB

Historia de dos ciudades

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 11:26 (hora del reloj del metro) llega el tren al andén de Miranda, y a las 11:45 (hora de mi reloj, porque el de la estación estaba apagado) los pasajeros pisamos el de Capitolio. Son diecinueve minutos que para justificar lo radicalmente opuestas de ambas realidades debieron durar por lo menos las diecinueve horas de un vuelo Nueva Jersey – Singapur. Y es que mientras Los Palos Grandes era desde las seis de la mañana silencio, soledad, vacío y barricadas, el centro de Caracas, sencillamente, era el centro de Caracas: con su decadencia y suciedad perennes, sus “se compra oro, oro, oro, se compra, se compra, se compra oro” acosando a cuanto viandante pasaba, sus vendedores de hierbas milagrosas, objetos raros y revistas viejas, sus tiendas abiertas, y todo el folklorismo chavista en su máxima expresión.

“No se equivoquen: territorio socialista” advertía un cartel, ubicado en la entrada de un mini-centro comercial (ahora llamado comunal, claro está) que se encuentra en frente de la Asamblea Nacional (de mayoría opositora) y al lado de un Wendy’s (de propiedad imperialista), y en el que en varios rincones y locales se ejerce la siempre progre y humanista actividad de compra-venta de metales preciosos y moneda extranjera (“euro, dólares, se compran euros y dólares, euros y dólares”) al precio justo del mercado negro (Dólar Today). A una cuadra, en la Plaza Bolívar, una mujer deja la garganta en una consigna que evidencia no sólo capacidad crítica sino también conciencia y sobre buen criterio: “Uh ah / Maduro no se va / ahí lo puso Chávez / y allí se quedará”. Luego de eso, presenta a un candidato a la Constituyente, que decide que en vez de lanzar un discurso (¿pa’qué?) él lo que va es a cantar música llanera. Y allí se lanza el hombre. Invita a votar el 30 (“llueva, truene o relampaguee”) y arranca con su corrío, que es en verdad (a todos nos quedó claro) lo que le gusta.

Mientras tanto, en la catedral (que en Europa no pasaría de capilla) termina la misa. Los obispos tienen convocada una jornada de ayuno y oración para el viernes en la mañana (“[hay una] clase de demonios sólo sale con ayuno y oración”, dice San Mateo en su Evangelio), y las viejitas (¿quiénes, sino viejitas, pueden darse el lujo de ir a misa entre semana a las 11 de la mañana?) están prestas y dispuestas al combate espiritual. Afuera, el frente de mujeres anti-imperialistas (no pasan de 50), alborotadas con Trump, prometen dar también su combate con las armas que sean necesarias en defensa de la patria.

Y no en defensa de la patria sino de la plaza están varios milicianos, que uniforme colgando y sombrerito de campaña encima, cuidan sus accesos, aunque bien les vendría hacerlo también con sus pisadas: de tan frágiles que se les ve (ni las viejitas de la misa, pues) una caída podría ser grave. Como grave es que en menos de una cuadra haya otro acto: frente al edificio de la Alcaldía de Libertador también se reúne un grupo de camisas rojas a sabrá Dios qué, porque su audio (bajito) es opacado por el de las mujeres antiimperialistas.

Por la avenida Urdaneta, en la esquina del BCV, se encuentra también otra tarima, montada bajo el amparo de un Chávez inflable. El que tiene la palabra no habla en ese momento de política, sino de dinero: explica cómo van a pagar sabrá él qué bono. Más que un mitin, parece una reunión sindical: todos son compañeros de trabajo de un MINPOPO-algo (la miopía y el no querer ver fijamente a nadie para no lucir muy sospechoso atentaron contra el rigor periodístico, lo siento) bordado en la chaqueta. Y más adelante, a una cuadra de Miraflores, por el Fermin Toro, otra tarima, de todas la más nutrida y con transmisión (según reflejaba el televisor de la pollera de la esquina), en cadena nacional.

¿Y el paro? Aparte del de los empleados públicos (ellos los primeros en no trabajar), hablar de paro ayer en el centro era muy discutible. Salvo el que hicieron los trabajadores de La casa de los espaguetis (abierta, pero con un letrero que advertía que “por falta de personal no estaremos trabajando”) y algunos comercios y tiendas (entre el 30% y 40% de los que se encontraban allí), de resto, la vida en el centro siguió como si tal, con transporte público incluido (con más demora y en menor cantidad pero lo había), aunque, eso sí, con menos gente y tránsito: la Baralt, la Urdaneta, la Universidad y las Fuerzas Armadas, avenidas complicadísimas de cruzar donde las haya, se podían atravesar fácilmente sin esperar semáforo ni rallado (misión suicida en una jornada normal). No faltaban tampoco las colas (los bancos estuvieron abarrotados por pensionistas, así como aquellos minimercados donde había productos regulados) y sí las trancas: entre El Silencio y Bellas Artes no había una calle cerrada (ni siquiera en La Candelaria, tan conflictiva de noche). Sobraban los efectivos policiales: en donde más y en donde menos había siempre un grupo de PNB con su uniforme nuevo, revisando teléfonos y dándose lepes. Donde curiosamente no estaban era en la sede de la Urdaneta de la Fiscalía. No es que hicieran falta tampoco: la reja estaba cerrada casi completamente y un vigilante de corbata y traje negro revisaba todas las credenciales de quienes pretendían entrar, no fuera cosa que se apareciera Harrington.

Para encontrar la primera barricada, había que caminar hasta Chacaito, cruzando un boulevard de Sabana Grande que parecía tener, incluso, más comercios abiertos que el mismo centro. Entonces, allí sí, empezando la Francisco de Miranda, una tremenda cinta amarilla que la cruzaba a todo lo ancho y decía peligro marcaba claramente la frontera en la que (del Guaire para arriba) comenzaba la otra ciudad: la que estaba en paro, con las santamarías abajo y las calles cerradas. Es la Caracas que protesta contra la dictadura, la que lleva 111 días en franca rebelión y en la que encontrar algo abierto era prácticamente imposible. En la Francisco de Miranda el ambiente nunca fue cómodo y siempre estuvo tenso: la posibilidad de la llegada de la GNB o de la PNB para que hicieran destrozos estuvo siempre latente al caminar por ella. No así en las calles paralelas de Chacao, Altamira y Los Palos Grandes: una verbena no hubiera sido más fraterna. En cada calle trancada había vecinos compartiendo y conviviendo, como nunca se hace en Caracas.

La Plaza Altamira, otrora el punto en el que desembocaba (y pasaba) todo, daba miedo de lo sola que estaba. Apenas tres almas transitaban por ella en la tarde. A lo lejos algunas bolsas de basura trancaban las avenidas adyacentes. Pero no había ni rastro de la gloria, los llenazos, y la épica que se vivía hace apenas algunas semanas. Dudaría cualquiera que alguna vez ese fue el epicentro político de Caracas, el sitio imprescindible en toda pauta periodística. La acción (la poca que ha habido desde la liberación de Leopoldo) se ha mudado dos cuadras al oeste: a Bello Campo. Abajo, en la avenida Libertador, hubo dos batallas campales entre GNB y manifestantes, dignas de lo que eran los enfrentamientos hace aproximadamente un mes: bombas, tanqueta y perdigones, eso que la resistencia pasó casi setenta días combatiendo, y a lo que le tiene bien agarrada la medida. Tanto, que los hicieron retroceder: a punta de Molotov les quemaron la tanqueta a los guardias, y no hubo nada que hacer: las barricadas gigantes impidieron el paso de las motos y no les quedó sino retirarse.

Cayó entonces la noche, y colorín, colorado, sola, vacía, apagada y postrada ante el hampa, las dos Caracas se han igualado y esta historia terminado.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

#19J: Deshonra en Altamira.

#22J: El día de la frustración.

#24J: “¡Los queremos vivos!”

#29J: La cámara revolucionaria

-#02Jul: El niño y el periodista

-#09Jul: 100 días y mil preguntas

-#16Jul: Entre tiros y alegrías

FOTO: Rafael Briceño

Cristian Hernández: “El miedo ayuda a hacer buenas fotos”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cristian Hernández no tiene cara para su edad. Tampoco para el oficio que ejerce. Vestido con una camisa beige, como estaba ese día, bien podría pasar todavía por bachiller. De parasistemas si quieren, pero bachiller. Y resulta que no. Resulta que ese muchacho flaco y despeinado con el que hablo entre bulla, cerveza y lonjas de cerdo en los populares chinos de Los Palos Grandes, es en realidad un tarajallo de 27 años, con título de Comunicador Social de la UCV, un montón de medios en su CV (‘El Tiempo’, ‘Tal Cual’, ‘2001’, ‘Últimas Noticias’) y parte del ‘staff’ profesional nada menos que de la madrileña agencia EFE.

Y quién lo diría. Porque en principio Cristian lo que quería era hacer radio; y de hecho fue ello lo que lo motivó a estudiar Comunicación Social en la Central. Sin embargo, en su camino se cruzaron la fotografía y Héctor Castillo (fotoperiodista de ÚN y profesor de la UCV) y lo demás fue una historia que él resumirá magníficamente con un “mis fotos eran mejores que las de todos mis amigos…y bueno”. Y bueno que entonces se dio cuenta de que servía para eso, se compró una Nikon D40X, hizo algún taller, salió a la calle, conoció a otros fotoperiodistas, aprendió de ellos, comenzó a experimentar, trabajó en un montón de medios, llegó a EFE y cuando ya estaba considerando irse de Venezuela, estallaron las protestas y, contrario a lo que haría el resto del mundo, se quedó demasiado.

Ya el día de la entrevista tenía el cuerpo lleno de cicatrices, producto de la cantidad de bombas, piedras y perdigones que ha recibido, y también de alguna caida explicable y memorable. Hoy, día de la publicación, no tiene teléfono: se lo robaron los colectivos, junto con una de sus cámaras, el 05 de julio en la AN. Ese día lo tiraron al suelo y lo patearon. Pero no lo sacaron de la calle.  Cristian no se arredra ni se asusta, sigue. ¿Qué se le va a hacer?: le gusta estar en la candela, que es, de hecho, la forma que tiene para describir su oficio. Aquí la conversación con un pirómano de las fotos:

Cristian, un fotoperiodista es alguien que…

-…aunque sabe que es peligroso, igual se mete en la candela.

-¿Qué se necesita para ello?

-Básico: tragarse el ego. Saber que tienes demasiado que aprender y que todo lo que sabes puede estar mal. A ti te podrán gustar mucho tus fotos y de repente puede que no sirvan para eso.

-En el fotoperiodismo, a la hora de realizar una foto, ¿qué debe primar? ¿la calidad estética de la imagen o la información que contiene?

-Para mí esto es una pirámide y la base es informativa. Todo lo demás es lujo. Hay fotos movidas y desenfocadas que sirven. Ahora, si la foto es bonita, mejor. Y si es redondita, perfecto.

-¿Qué es una buena foto para ti?

Una que cumpla la función de informar y de contar una historia. En segundo plano queda si es bonita o no. Repito: la base de la pirámide es que la foto informe y cuente lo que tiene que contar.

-¿Qué opinas de la manipulación digital de las imágenes? ¿Eso tiene cabida en el fotoperiodismo?

Siempre y cuando no estés manipulando la imagen para que sea otra cosa distinta a la que tomaste, sí. Puedes cambiar las luces, cropear, pero quitar algo, no: porque tú estás comprometido con la verdad.

-¿Existe el fotoperiodismo ciudadano, Cristian?

-La cosa es que hay una demanda altísima de información y nosotros no podemos estar en todos lados. El fotoperiodismo ciudadano está bien, pero habría que ver qué quiere comunicar el ciudadano y qué herramientas tiene.

-Te lo pongo más fácil, ¿una persona con una cámara es un fotoperiodista?

-Podemos hacer una prueba: dile a esa persona que vaya a una marcha chavista. ¿Va a sacar buenas fotos o va a sacar fotos de las vainas feas que él ve? ¿Es capaz de tomar fotos de una vaina chavista e informarte correctamente? Yo creo que la prueba de fuego sería enviarlo a cubrir algo que lo incomode. Porque lo importante es que tienes que ser profesional donde estés, en la situación que estés, sea peligrosa o no, aburrida o divertida. Esto no es solo tomar la foto, sino saber lo que necesitas: puedes tomar una foto arrechísima o bella y que no informe, y te la desechan porque no sirve.

-¿Con qué equipo trabajas ahorita?

Con una Canon 5D de gama alta. Pero eso no importa mucho: lo usas porque son las herramientas que te dan.

-¿No importa, dices?

Yo creo que la flecha no hace al indio, pero a mejor flecha mejor indio. Es una relación 50/50. Puedes tener la mejor cámara y no saberla usar, o tener una mala y tomar una buena foto.

-¿Hay algún lente que te guste en particular?

-Lo que me gusta más son las cámaras full frame y los lentes L. Esas cámaras son rápidas y responden muy bien. La calidad es otro nivel.

-¿Quiénes son tus referentes?

-Depende. Tengo pintores, artistas, otros fotógrafos.

-De pintores…

-Rembrandt

-¿Por qué?

-La luz. La luz de Rembrandt es muy buena. Y también Goya me gusta.

-¿Cómo describirías estos días de cobertura?

-Ha sido más violenta. A nivel político creo que la situación está bastante delicada y hay que respetarla y hay que tener la cabeza bastante fría.

-¿Qué ha sido lo más difícil de esta cobertura?

-En La Urbina nos echaron tiros. Eso fue difícil. Me ha tocado correr, colectivos me han tratado de quitar la cámara, me han golpeado; en 2014 me rompieron el casco con un tubo. Hay varios momentos peligrosos y probablemente no sean los últimos.

-¿Has llegado a sentir que tu vida está en peligro?

Cuando nos han echado tiros y vamos pa’lante, con cuidado. En esos momentos.

 -¿Y una foto vale la vida?

-No. Nunca. Ninguna foto vale la vida.

¿Ni siquiera una buena foto?

-No, no.

-Cuando estás en mitad del enfrentamiento, con riesgo para ti, ¿todavía tienes cabeza para pensar en si una foto es buena o mala?

– Sí, claro. Tenemos la capacidad de conseguir una buena foto en cualquier lugar.

-¿Y no sientes miedo?

-Siempre. Pero creo que el miedo ayuda a sacar buenas fotos.

-¿Tras más de setenta días de protesta es posible hacer una foto original?

-Yo siempre trato de hacer una foto distinta. Pero igual uno nunca sabe qué puede pasar. Siempre va a haber algo distinto y el reto es tratar de conseguirlo. La cosa es estar preparado y tener la capacidad de hacerlo.

-¿Cuál es tu mejor foto?

-La que voy a tomar mañana.

-jajajaja. Bueno. De las que ya tomaste, ¿cuál te gusta más?

-Siempre pasa que lo que le gusta a la gente es lo que no te gusta a ti. Por eso yo trato de no inflarme mucho el ego. Pero de las que más me han gustado. Ehhhh. Ya va. Una bandera de 7 estrellas. Esa me la publicaron en TIME. Pero es que no sé. Todas son distintas, todas son mis hijas, no puedo escoger.

-Hubo una foto tuya, muy famosa: la de la PNB en la autopista y la gente escondida tras la defensa. ¿Qué puedes decir de ella?

-En verdad, a mí en el momento me pareció una foto nula, y de repente cuando llegué a la casa me di cuenta del fenómeno que fue. Pero a  mí me pareció normal.

-¿Cuál es la foto que te hubiera gustado hacer?

De algún sitio en el que no he estado. Pero no se puede controlar todo. Quisiera estar en todos lados pero no es posible.

-¿Y te ha pasado que has estado y se te ha escapado la foto?

-Todo el tiempo.

-¿Y qué sientes?

-Que la cagué. Es una frustración arrecha. He estado en eso mil veces. Por ejemplo, cuando la señora de la tanqueta: no hice esa foto porque estaba atrás haciendo heridos. Pero eso no significa que hiciera un mal trabajo. La foto puede pasar frente tuyo y puedes no verla.

TYAWEB

Entre tiros y alegría

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 5:45 de la mañana todavía no había salido el sol en Caracas, pero sí los miembros de uno de los Puntos Soberanos de El Hatillo, que enjundiosos y con fundamento estaban ya a esa hora cargando sillas, armando mesas, poniendo toldos y preparando todo para recibir a aquellos que quisieran dejar de manifiesto, papeleta mediante, su rechazo a la Constituyente de la dictadura. Es el llamado ‘día D’, vendido como el que marcará un antes y un después en la historia política de la nación, y ellos quieren que en su centro todo salga bien. Por ello, hora y quince antes, ya están allí. No son los únicos: en un incipiente recorrido mañanero la escena se repite en por lo menos tres centros más. Es mucha convicción lo que se necesita para madrugar un domingo, y también para permanecer en cola, bajo el sol inclemente de las 12 del mediodía. Es ese el que achicharra a las cientos de personas que a esa hora copan la Plaza Los Palos Grandes. Allí, desde la mañana, la afluencia ha sido masiva, y no sorprende: ubicada en una de las urbanizaciones más opositoras de la ciudad, es uno de los puntos neurálgicos, dotado hasta con rescatistas.

A falta de buen sueldo, prensa tiene privilegios como el de saltarse la cola. Basta mostrar la credencial y una urgencia apremiante por contar cosas para que inmediatamente lo pasen a uno. El proceso es sencillo: entregar la cédula, responder con un bolígrafo las tres preguntas de la papeleta (a la vista de todos, eso sí), doblarla, depositarla en la caja, firmar el cuaderno y estampar la huella. Hecho incluso con calma, no dura ni siquiera un minuto. De souvenir se recibe un papel con un texto que está a medio camino entre el juramento y la proclama, y tiene una línea en blanco para llenar con nombre propio. En el escrito, yo-elector “me comprometo solemnemente a participar en la tarea libertadora”, rechazo la Constituyente, ratifico que la AN renueve los poderes y apoyo la realización de elecciones libres.

Siendo hora de almuerzo, los miembros de mesa comen en turnos. Allí los alimentan con arroz con pollo. No es comprado en un restaurant, sino casero. Lo llevan en un envase de plástico grandísimo, que parece más bien un cajón de oficina, y lo van sirviendo en platos de cartón. En un descuido, un indigente se roba un pote de jugo de naranja. Cuando alguien se da cuenta, ya el hombre está a casi dos cuadras.

A muchas más cuadras está la plaza Brion, el segundo punto más grande de la ciudad, con 50 mesas desplegadas en dos filas a lo largo de ella. A las 2 de la tarde, los voluntarios todavía tienen energía suficiente para preguntarle a la gente que camina por Chacaito (es increíble la cantidad de gente que camina un domingo por allí) si ya votaron o no. Están los que dicen que sí y los que sencillamente se hacen los locos y siguen. Hasta la una de la tarde, hora del último corte, habían votado en ese punto 11.018 personas. Ya no están todas las mesas llenas en paralelo, pero el flujo de gente sigue siendo continuo.

Agrupados arriba, los trabajadores de los medios esperan con paciencia a Lilian Tintori, quien ha elegido ese lugar, en el que en 2014 se entregara su esposo, para votar. Llega en una caravana de cuatro grandes camionetas (tres negras y una blanca) y camina escoltada por la mamá de Leopoldo, varios militantes de Voluntad Popular y la animadora Norelis Rodríguez. Frente a una de las mesas, fotógrafos, periodistas y curiosos hacen un pasillo, que Lilian atraviesa para votar. Dos señoras tratan de fotografiarla, pero resulta imposible: hay demasiada gente. Sólo los fans de Norelis consiguen la ansiada gráfica: ida Lilian (y con ella los fotógrafos), Rodríguez queda sola y allí aprovechan.

Un rebullicio semejante se formó en Colinas de Bello Monte un par de horas antes con la llegada de Henrique Capriles. El líder opositor avanzó entre aplausos, vítores y apretujamiento. “Un fotógrafo me puso el pie encima para poder hacerle las fotos”, recuerda una voluntaria sobre el episodio que alteró la dinámica de verbena de pueblo que se vive en la urbanización: a las 3 de la tarde hay una redoma tomada por varios jóvenes que rapean en medio de la calle y con la música a todo volumen. En una escalera, jurando que no los ve nadie, cuatro de ellos fuman marihuana. En la calle que lleva al Punto Soberano, los vecinos, sillas afuera, conversan plácidamente, como si de orientales se tratara. Comparten refrescos y comida, mientras los niños pasean en bicicleta y juegan en la calle. Es un ambiente distinto y ameno. El Punto Soberano todavía tiene cola. Hasta las dos de la tarde habían participado 5.228 personas.

Ambiente radicalmente opuesto el de Catia, que a las 4 de la tarde es puro nervio y tensión. Una moto sin placa se atraviesa en medio de la calle y detiene el tráfico de los que intentamos ingresar a la Avenida Sucre. No media explicación alguna, sólo el revólver que el motorizado lleva en la cintura a la vista de todos. A medida que pasan los minutos comienzan a llegar más: todos en motos sin placa y con armas a la vista. Son los temidos paramilitares chavistas, que eufemísticamente se agrupan bajo el nombre de colectivos. Puede que alguno de ellos, quién sabe, sea el que casi dos horas antes asesinó allí mismo a una mujer e hirió a varias personas cuando abrieron fuego contra el Punto Soberano que se encontraba frente a la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, que tenemos a la derecha. Es la fiesta patronal del templo, y a esa hora está asediado. Afuera están la PNB (que no hace nada), el DGCIM (que tampoco hace nada), los paramilitares (que hacen todo) y un grupo de personas vestidas de rojo hablando (insultado) con un parlante. Adentro, secuestradas, hay casi 500 personas, que al momento de producirse el tiroteo buscaron refugio allí y ahora no pueden salir. Entre ellos está el Cardenal de Caracas, que a las 3 de la tarde iba a celebrar la misa mayor y terminó también atrapado. Las oraciones no son exactamente de acción de gracias, sino de petición de protección.

Una jaula de la PNB se detiene frente a la puerta oeste del templo, de la que comienzan a salir los primeros secuestrados directo al vehículo. Cuando se llena, la jaula sale del templo escoltada por una buena cantidad de efectivos policiales, ante la mirada siempre desafiante de los motorizados sin placa y con armas. Es realmente alucinante: en lugar de dispersar a los paramilitares, la PNB, siempre proclive a echar bombas lacrimógenas, lo que hace es desalojar a los ciudadanos de sus espacios. El DGCIM sólo observa. Y los paramilitares a sus anchas. A todos (que hace rato escondimos ya los carnets y equipos de prensa) nos queda claro quién manda en la zona y lo imperioso que es para nosotros salir cuánto antes (es decir: cuando al motorizado que tiene trancada la calle le dé la gana de abrirla) de allí. Y eso hacemos cuando al rato, con el revolver siempre a la vista y la seguridad que proporciona saberse impune, por fin lo hace. Catia, desgraciadamente, es un lamento de gente buena secuestrada por matones.

La UCV, por el contrario, es una fiesta. Tiene cornetas a full volumen, desde las cuales suenan Fonseca, Chino y Nacho, y Guaco. Es el punto más grande de toda Caracas (52 mesas) y a las cinco de la tarde (una después de la hora oficial de cierre) aún continúa atendiendo gente, que no ha dejado de llegar. El ambiente es festivo y optimista, y se presta incluso para los chistes: “Ahorita viene un político alto y fuerte” anuncian desde un micrófono cuando llega Freddy Guevara, siempre con su franela obamita de Leopoldo y su metro cincuenta de altura. “Ya superamos la cifra de las primarias de la oposición”, informa, y aunque son pocos los que saben el número real que ello significa, todos celebran contentos.

La autopista lleva toda la tarde libre y por ella circulan pocos carros. En las avenidas del este hay caravanas de motorizados con banderas y pitos, que cornetean constantemente. Caracas se ve apacible y posible, puede que incluso adorable, indudablemente vivible. Es un espejismo, claro. Un paréntesis cívico de un domingo de plebiscito, que se vuelve a romper en Altamira, cuando un comando del SEBIN tranca por minutos la avenida Juan Pablo Pernalete. Son dos camionetas sin placa alrededor de las cuales hay por lo menos 20 motorizados. En la parte sur de la Plaza Francia hay solo niños de la calle y vendedoras de Kino, que ven extrañados a los agentes sin saber qué hacer. Luego de unos minutos arrancan sin hacer(les) nada. Pasean por Los Palos Grandes y luego se van para Chacao.

El espejismo vuelve en Parque Miranda, donde la fiesta es más bulliciosa que en la UCV. No hay música, pero afuera la gente canta consignas, suena pitos y ondea banderas. También detienen a los carros y motos que pasan por la Rómulo Gallegos, y al que diga que no ha votado, lo mandan para adentro. Son casi las 6 de la tarde, y de las 30 mesas que había en ese centro, quedan un par abiertas para los rezagados. La mesa 10 no es una de ellas: a las 5:28 PM, dice el acta, cerró. A esa hora, sus miembros van contando una a una las papeletas. De las 252, sólo una persona no votó con el triple SI, sino NO, SI, NO. Las 251 restantes son iguales. Terminada la cuenta, uno de los miembros llena el acta, y todos los demás la firman. Estampada las rúbricas, comienzan a recoger todo. Aunque consta en el documento que la mesa abrió a las 7:36 AM, la jornada de todos ellos comenzó también antes, cuando tuvieron que abrir el centro. Llegadas las casi 12 horas, todos se van contentos y con la satisfacción del deber cumplido.

FOTO: Francisco Touceiro

Rayner Peña, el Benjamín de las fotos

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Quien entrara a la panadería y lo viera allí sentado, no sospecharía ni remotamente que detrás de ese muchacho flaco, de chemisse azul y túneles se esconde el que ya varios de sus colegas califican como una promesa del fotoperiodismo criollo. Pensaría, seguramente, en un estudiante universitario, pero difícilmente en un fotógrafo que tiene cien días metido en la candela, documentando desde el primer frente las protestas en Venezuela. Sería muy difícil barruntar que esos ojos un tanto esquivos están entrenados para ver y capturar (cámara mediante) lo que casi nadie; que esa humanidad endeble se para entre Guardias y manifestantes, y soporta perdigones, bombas y metras. Tendría la persona que sentarse con él y escucharle contar el sinfín de peligrosas anécdotas que guarda (es también un auténtico storyteller que suele responder preguntas con cuentos), o ver en su perfil de Instagram alguna de las magníficas fotos que ha tomado, para dase cuenta que no es exageración, colegueo o mucho cariño, sino que efectivamente Rayner Peña, ese muchachito de 21 años, es, con ganado derecho, el Benjamín de esa familia de talentosísimos fotógrafos que están cubriendo las protestas.

Su historia arranca con una Fujifilm SH25 (“semi-profesional”, en sus palabras) y un afán estético y detectivesco (“me gustaba encontrar cosas bonitas y ocultas”) que parecía llevarlo por los derroteros de la fotografía de estudio. Pero la calle tenía otro plan para él. El 13 de febrero de 2014, veinticuatro horas después de uno de los varios ‘días D’ que ha tenido Venezuela, decide salir: “Vi las noticias y dije: ‘¿Qué tal si voy y hago fotos?’”. Y eso hizo: no tenía credencial (tiempo después un medio digital lo dotaría de una) ni experiencia (“no sabía ni siquiera cómo moverme”), pero le sobraban redaños: “Me puse a ver cómo trabajaban los demás, me empecé a montar en muros y rejas, y seguí”. Entonces, lo entendió todo: “A mí no se me terminaba de dar la fotografía de estudio, ni la comercial, sobre todo por un tema de las luces y la escena; y me gustó la calle porque allí no había nada preparado: solo tenía que buscar con el ojo la forma de que la foto quedara”.

Y en la calle sigue tres años después, fiel a su búsqueda. Ya la credencial no es de un medio desconocido, sino de El Pitazo, de cuyo ‘staff’ forma parte. Ya no mira de lejos a esos fotógrafos que antes admiraba, sino que se les para al lado y los trata de tú: “En 2014 los veía haciendo fotos y yo decía: ‘quisiera estar allí’. Ahora me estoy codeando con ellos. Me ha pasado incluso que me han felicitado por algunas fotos y eso me satisface bastante”.

He aquí, pues, el diálogo con un muchacho realizado.

-Un fotoperiodista es alguien que…

-…busca la foto para informar, sin que sea necesario que deba llevar un texto.

-¿Qué se requiere para ser uno?

-Tener nociones básicas de las leyes de la fotografía, respetar a las personas que se están fotografiando, saber cuidarse y moverse en la calle, y tener el ojo bastante pulido sobre los temas noticiosos.

-En el fotoperiodismo, a la hora de realizar una foto, ¿qué debe primar? ¿la calidad estética de la imagen o la información que contiene?

-La información. Los fotoperiodistas buscamos fotos que tengan noticia, el contexto, lo que pasó. Es diferente, por ejemplo, el fotógrafo que hace sociales y luego va a hacer fotoperiodismo: porque puede hacer una foto bonita de los manifestantes sin contenido noticioso.

-Si pudiéramos ponerlo en porcentaje…

-La información es 90% y la estética es 10%.

-¿Qué es una buena foto para ti?

-Una que tenga una buena composición y que tenga el mensaje bien claro. Hay veces que a mí me gusta que la foto rompa las leyes de la fotografía, de los tercios, de la mirada. Eso me parece interesa. Además que es repetitivo que siempre sea la foto del chamo en un punto de atención siguiendo la ley de la mirada, siempre en un mismo punto. Terminas entonces haciendo la misma foto. Si rompes las leyes vas a tener algo variado y la foto igual va a ser buena.

-¿Qué opinas de la manipulación digital de las imágenes? ¿Eso tiene cabida en el fotoperiodismo?

-Yo opino que no. El fotoperiodismo trata de mostrar cosas de la realidad. Una verdad, algo que pasó, un suceso, algo que no se puede ni se debe manipular. La mayoría usa programas para mover luces, mudar fotos para que se vean mejor, pero no alterar la foto. Es que ya, si hay algo atravesado que distrae la atención, un brazo por ejemplo, ya eso deja de ser una buena foto.

-¿Existe el fotoperiodismo ciudadano?

-Hay personas que hacen fotos sin saber de fotografía e informan. Ahora, no sé si es fotoperiodismo. He visto a gente haciendo fotos al lado de nosotros para ganar seguidores o cosas así, y no informan con las fotos. Yo creo que para que una persona sea considerada fotoperiodista debe tener básicamente preparación, saber qué es el periodismo, los mensajes, los contextos.

-¿Con qué equipo trabajas ahorita?

-Ahorita trabajo con una Canon T5i. Antes tenía una  Canon XSI de 10 MP, pero se me cayó par de veces,  se le dañó el lente y le costaba disparar. La están reparando ahorita.

-¿Hay un lente que te guste en particular?

-Lamentablemente no he tenido la oportunidad de trabajar con equipos tan buenos para poder opinar de lentes. De hecho, la cámara que tenía ahorita tenía una velocidad de ráfaga muy lenta: disparaba 10 fotos en ráfaga y luego tenía que esperar 5 segundos. Y me perdí una cantidad de fotos increíbles por eso.

-¿La cámara hace al fotógrafo?

-Este tema de que cámara no hace fotógrafo no lo comparto del todo. No es lo mismo salir a la calle con una cámara compacta que con una más profesional. Con otra puedes hacer fotos a las 7 de la noche y te van a quedar muy bonitas.

¿Cuánto es el fotógrafo y cuánto cámara?

-50/50.

-¿Cuál ha sido el momento más difícil de esta cobertura?

-Cuando pisaron al chamo en Altamira. Ese día, yo hablaba con colegas y desde temprano sentíamos una cosa rara. En la autopista fue súper fuerte. Nos pegaban piedras y cosa. En Altamira estábamos tomando agua y sentíamos una vibra rara. Y cuando empieza la represión otra vez en Altamira, nos hacen retroceder. La GN nos dice: ‘No bajen ni suban. Se quedan allí’. Y nosotros sin poder movernos. Todos los trabajadores de prensa nos quedamos allí, y subieron las tanquetas. Empieza el enfrentamiento fuerte, la tanqueta choca en ese momento, los chamos se le van encima, le quitan una de las puertas a la tanqueta. Cuando le quitaron la puerta, el chofer se molestó demasiado y comenzó a moverla como si fuera un carrito chocón. En ese momento, un manifestante le da una patada a un guardia, lo tira al piso, el que queda en la moto dispara la bomba que tenía y se queda sin nada, sale corriendo. Los manifestantes se van encima de la moto y viene la tanqueta con todo. Yo estaba en la acera, me acerco, hay un coñazo de GNB, regreso y es cuando la tanqueta arranca y pisa al chamo. Tenía un angular y estaba muy lejos. En ese momento recuerdo que me puse loquísimo. Cuando la tanqueta le pasa por encima, ella avanza y todo el mundo quedó como: CDLM. Yo corrí, intenté hacerle la foto al chamo. Tengo la foto de cuando lo montaron en la moto. Pasan dos minutos, lo montan en la moto y veo a un manifestante corriendo con la escopeta en la mano. Le tomo la foto y me pongo en el piso a pensar en todo lo que había visto. Alguien pasa corriendo y es el chamo quemado. El chamo tenía todo quemado. Lo sientan en el piso y cuando reacciona pega un grito de dolor increíble. Increíble ese grito. Ese ha sido el día más rudo.

-¿No te da miedo, Rayner?

-Sí. Sí.

-¿Y cómo es que el miedo no te ha llevado a renunciar?

-No sé. Yo comparto con un amigo que el miedo es el límite que tenemos nosotros. Cuando sentimos miedo no corremos pero tratamos de estar lo más cubierto posibles, tratar de hacer la foto con el mayor cuidado posible. A veces nos tenemos que arriesgar para hacer una foto y hay compañeros que lo han pagado.

-¿Cuánto es lo más que has arriesgado tú por una foto?

-No sé. He estado casi al lado de los manifestantes en la autopista: allí hay bombas, piedras, perdigones. La otra vez un muchacho prendió un cohetón y tenía una botella con gasolina y no se dio cuenta de que la mecha se estaba consumiendo. Le tomé una foto y salí corriendo. Vino un chamo, le dio un empujón, se le cayó y pufff, explotó.

-¿Y una foto vale la vida?

-No. Y siempre nos lo repetimos. En la casa, entre colegas, siempre. Una foto no vale una vida. Un detalle de un día de cobertura no vale una vida.

-¿Tras tantos días de protesta es posible hacer una foto original?

-Sí. De hecho creo que vivimos pensando qué podemos publicar ahora. Qué buscamos, cuáles detalles. En estos días había un chamo con un casco de la Guardia devolviendo bombas con un palo de golf. Hemos visto niños. Eso lo he hablado con algunos compañeros: puede ser la misma foto del guardia disparando, pero quizás el guardia tiene algo diferente. Puede ser repetitiva, pero no podemos quedarnos en no hacerla por eso, porque puede pasar lo de Neomar: que nadie tiene la foto. Todos pensamos lo mismo: ‘Este chamo va a lanzar algo’, nadie tomó la foto y le pasó algo al chamo.

-¿Has llorado?

-Ese día en Altamira de la tanqueta, que me recosté de las piernas a pensar 10 segundos, boté dos lágrimas y seguí.

-¿Hay alguna foto que te haya afectado especialmente?

-La del chamo quemado gritando de dolor me afecta bastante. La de la tanqueta: tengo mucha incomodidad con esa foto. En las que hay llanto. Esas cosas pegan bastante: la expresión de dolor de la persona herida.

-¿Se te ha escapado alguna foto?

-Mira, el día que mataron a Neomar estuve a punto de tomarle una foto. Él siempre llevaba la misma vestimenta. Recuerdo un día en Altamira Sur que la Guardia estaba bastante agresiva. Desde el parlante de la tanqueta les gritaban a los chamos que eran unas mariquitas, que se acercaran, que les iban a partir las patas. Les gritaban eso, y recuerdo que Neomar bajaba y les gritaba cosas en contra. Y el Guardia decía: ‘Vamos por el carajito de los pantalocitos para enseñarlo a ser hombre y que se ponga los pantalones bien puestos’. El día que lo mataron, temprano, yo lo vi, e iba a levantar la cámara para hacerle una foto: estaba lanzando una molotov y él iba, flaquito, caminando solo, sesenta metros más adelante que el resto de los manifestantes, y  me quedé viéndolo con su chalequito. Y no sé por qué no le hice la foto. Hay veces que me pasa eso: se me va la foto.

-¿Cuál es tu mejor foto?

-Todavía no le he hecho. Eso nos pasa. Y por eso andamos con la insistencia de vamos a ir y seguir. Hay fotos buenas. No sé. Tengo que buscarla. Lo que pasa es que cuando salgo hago entre 800 y 1200.

-¿Cuál es la foto que te hubiera gustado hacer?

-Hay una de Miguel Gutiérrez en la que se ve la tanqueta, los Guardias detrás y de fondo los manifestantes detrás. Esa foto es muy buena y engloba mucho lo que está pasando.

FOTO: @enphoque

Leo Álvarez: “El silencio no es opción”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Como si el título pudiera borrarse, lo aprendido olvidarse y los años de ejercicio desaparecer, Leo Álvarez arranca la entrevista (y así lo registra la grabadora) con una frase de antología: “Fui abogado. Y asqueado y convencido de que uno no puede caminar en un palo de agua sin mojarse, renuncié al derecho”. Con esa abjuración pública, con ese abandono en pretérito, este hombre libre (libérrimo, más bien), informal, buena nota y de espíritu joven como una melodía de Aditus, comienza a explicar cómo y por qué está ahorita en el primer frente de las manifestaciones documentando las protestas. Sin embargo, su historia con la fotografía empieza mucho (muchísimo) más atrás: “Siempre hice fotos. Desde chamo me gustaba el cuento de la imagen. Pero nunca pensé que fuera a ser fotógrafo. Mi mamá me lo decía. Y yo que no. Y en algún momento en 1999 acompañé a mi ex esposa a hacer un curso con Roberto Mata y ahí me quedé pegado. Realmente pegado”. Y lo que lo atrapó, en principio, fue el documentalismo: a él, que le fascinaba recorrer Venezuela, que no podía ver un pueblo o un caserío porque ya se metía de cabeza allí, la fotografía le dio lo que tanto buscaba: “Fue la excusa para profundizar en esa historia y el complemento ideal de lo que era mi pasión. Me hizo reencontrarme con mi país”.

Un país que también vivía tiempos revolucionarios y convulsos, a los que Leo no fue ajeno. Con orgullo cuenta que desde la primera de las manifestaciones (“Con mis hijos no te metas”, año 2001) estuvo en la calle documentando la protesta cámara en mano. Sin credencial, chaleco ni máscara, pero sí con una línea estética clara: la violencia sugerida; una que no se ve pero que sí se siente en las fotos, que son en blanco y negro, y con borde. Es un trabajo personal, que va construyendo manifestación a manifestación, y gracias al cual no sólo llega a exponer hasta en Francia, sino que consigue un puesto con la agencia AP (“yo lo hacía por arte, y me ofrecieron hacerlo por dinero y me pareció una buena opción”). Pasan los años, y el conflicto sigue y escala hasta este 2017, cuando regresando de una manifestación (“la primera gran marcha de abril”) Leo cae en cuenta de una cosa: ya no hay, no quedan, medios que transmitan lo que pasa. En su cabeza una idea: luchar contra ello. Entonces, decide aprovechar el potencial de las redes y usar las suyas (una cuenta de IG y otra de twitter) como una ventana para mostrar lo que él recoge en las calles: “No se trata de buscar seguidores, o que digan qué buen fotógrafo eres, sino de mostrar lo que los medios tradicionales deberían mostrar y no han mostrado”, explica. Y es que aunque haya dejado el derecho y reniegue de él, Leo Alvarez, en el fondo, no ha perdido las ganas de hacer justicia.

Aquí nuestra conversación

Leo, un fotoperiodista es alguien que… persigue la imagen de la noticia.

-En el fotoperiodismo, a la hora de realizar una foto, ¿qué debe primar? ¿la calidad estética de la imagen o la información que contiene?

-El fotoperiodismo para mí es la información netamente. Ahí está el caso de la imagen del ruso con la pistola: es una imagen impactante, digna de un premio periodístico, pero no fotográfico. Vale oro y contiene una información valiosísima, pero eso no hace que sea una foto buena como tal. Barthes decía que la fotografía tenía que tener por lo menos uno de cuatro elementos, y uno era la proeza: algo que por el hecho que está representando amerite ser retratado, lo que no hace que sea una gran imagen. Ahora, si la información la puedes mezclar con estética, mejor. En mi caso, yo no puedo desligar la estética del ojo. A mí muchas veces la belleza de un momento, su sensación, el ‘comeflorismo’ y el arte me atrapan, y entonces me pierdo de unas imágenes que están contando algo. Allí pienso más como fotógrafo. Si pensara más como periodista, ya no me importaría la estética sino la noticia.  A veces uno funciona de una manera o de otra.

-¿Qué opinas de la manipulación digital de las imágenes? ¿Eso tiene cabida en el fotoperiodismo?

-En la fotografía documental no tiene cabida. Ahora, en el fotoperiodismo trabajas con una máscara anti gas, en unas condiciones en las que ya no sabes cuál es el cuadro y toca luego reencuadrar. Reencuaderne en prensa es legal. Si hay que resaltar algo, vale. Ahora, agregar o quitar cosas, eso no es ético.

-¿Debe un fotógrafo herir la sensibilidad del espectador para que tome conciencia de la gravedad de una situación o hay otras maneras de hacerlo?

-Hay dos tendencias. Ahí está Sebastián Salgado, que levantó una gran polémica en el libro de Susan Sontag. Decían que Salgado se ocupaba del aspecto estético de sus imágenes y que la estetización de la tragedia solo podía resultar en la pasividad de quien lo mira, porque terminamos volviendo héroes a estas personas que están sufriendo conflictos horribles y no estás haciendo nada para cambiarlo. Él dice que lo que quiere es denunciar y que la gente vea cosas de las que no se enteraría. La otra tendencia es el amarillismo, ¿cuando ves la sangre, eso hace que cambies? Ver mucha violencia te desensibiliza también. ¿Debo herir? Depende del discurso de cada uno. En fotografía funciona la honestidad. Yo me voy más por el cuento de la metáfora.

-¿Existe el fotoperiodismo ciudadano, Leo?

-Sí. Y esto te lo dice un profesor de fotografía [desde 2003 Leo da clases en Roberto Mata]: a diferencia de la música, que necesita un oído, o de la pintura, que necesita trazo, la fotografía se aprende y lo único que se necesita es tener honestidad, ganas de trabajar, y caminar en una dirección: crear un cuerpo de trabajo consistente temáticamente. Se aprende. No necesitas estudiar fotografía para ser fotógrafo. A nosotros en la escuela diariamente nos sorprenden fotos de chamos que tú las ves y dices: ‘¿De dónde salió esto?’. La educación visual es natural desde los 60’s para acá: estás bombardeado por imágenes, sabes con qué comulgas y con qué no. Y con honestidad y un ojo educado, si te pones a trabajar, llegas. En Venezuela hay una cultura visual de un nivel tan amplio y gente aficionada a la imagen de un nivel tan alto, que yo no diferencio entre un fotógrafo profesional y uno que no. Conozco a muchos que se consideran amateur y tienen una calidad mayor. Al final, la diferencia entre un profesional y un amateur es que ser profesional significa: me prostituyo, cobro por hacer incluso lo que no me gusta. Estoy dispuesto a hacer lo que no me gusta si me pagan. El amateur no.

-A ver, esto es un titular fantástico: ‘ser profesional significa que me prostituyo…’

-Jajajaja. No. No. No. Ahora sí es verdad que me van a odiar todos. Evidentemente no es literal. Lo que quiero decir es que en Venezuela hay una cultura visual de un nivel tan amplio, y gente aficionada a la imagen de un nivel tan alto, que yo no diferencio entre un profesional y uno que no. Conozco muchísimos que se consideran amateurs y tienen una calidad mayor que la de los que nos consideramos profesionales. Al final, el término profesional significa: yo cobro. El amateur no.

-Pero puedes cobrar y hacer lo que te gusta…

-Sí. Claro. Pero el porcentaje es bajo. Tienes hijos que atender, tienes que llevar comida a la casa, pagar el colegio, el deporte, las vacaciones. Resulta que terminas haciendo cosas que no son las que más te gustan, pero que igual son bonitas. Ahora, hay gente que hace cosas que odian. Yo puedo hacer sociales y me divierto. pero conozco algunos que dicen que eso es un asco. ‘Vete a trabajar de abogado para que veas lo que es un asco’, les digo.

-Aprovechando que eres profesor, ¿cuánto es la cámara y cuánto el fotógrafo, Leo?

-Mira, puedes tener una cámara arrechísima y hacer una mierda de foto. El fotógrafo de verdad hace fotos buenas con celulares o con cámaras. Hay gente que con teléfonos hace fotos fantásticas. Lo que vas a tener es que adaptarte a lo que tienes. Si tienes una cámara que no tiene télex no puedes hacer imágenes de futbol. Igual en las protestas. Cubre lo que tienes que cubrir de acuerdo con lo que tu equipo te permita.

-¿Con qué equipo trabajas ahorita?

-Yo trabajo con Canon. Eso es básicamente lo mío.  Mi equipo de película es una cámara 1 N usada que compré en USA.

-¿Has perdido algún equipo?

-La ballena me ha dañado ya dos cuerpos; y un perdigón, un lente. No conozco a un fotógrafo que no haya perdido una cámara o algo así. Menos mal que en mi caso uno era un equipo bastante viejo. Ahora estoy llevando es un solo cuerpo: si me asaltan, se llevarán un cuerpo y no dos.

-Tomando en cuenta que llevas más de diez años cubriendo manifestaciones, ¿en qué se diferencian estas de otras?

-Sin querer hacer diferenciaciones elitescas, hasta 2014 eran marchas del este. Entre abril y junio ha habido una gran evolución. Yo diría que ocurrió en mayo. En abril, al frente, había puros estudiantes caraqueños: ahora hay gente del barrio, del interior, gente humilde que está peleando en primera fila y en mayor proporción que los estudiantes en 2007 o en 2014. Ahora no hay miedo. Antes la dinámica consistía en participar y escuchar a los políticos. Caía una lacrimógena y se acababa. Ahora no. Ahora caen las bombas y es cuando comienza el guaguancó. Es decir: aquí nos quedamos resteado. Ese nivel de ‘resteo’ tiene que ver con una cosa que antes no existía: la convicción. Una convicción inquebrantable. Esa pregunta me hace pensar que antes era manifestar un descontento, pero ahora es intentar lograr un cambio y jugárselo todo. Y ves a los chamos heridos por perdigones y se los llevan atrás y dos minutos después vuelven adelante. Esto es más cercano a un 27 de febrero que a un 2003-2004. Yo te diría que lo que uno ve hoy por hoy solo lo vi el 11 de abril. Esto es otra cosa.

-¿Y en cuanto a la cobertura?

-A nivel de cobertura antiguamente había un cierto respeto por las formas del fotoperiodismo que ya se perdió. Aquí estás a tu riesgo, sabiendo a lo que te estás exponiendo, sabiendo que probablemente no vaya a haber respeto. Todos tenemos heridas de perdigones, bombazos, rotos en la piel. Parece que el mensaje es: ‘no tomes fotos de lo que no debas’.

-¿Cuál ha sido el momento más difícil?

-Te diría, y va a sonar cliché, la muerte de Neomar. Un chamo que yo retraté en la autopista con una flor. Me pareció un carajito lindo espiritualmente. Haberme enterado de que era ese chamo el que mataron, eso me quebró. Y todavía me afecta. Todavía no te sé decir por qué: si es porque veo a mis hijos en él o qué.

-¿Has tenido miedo?

-Fíjate: yo siento mucho más miedo de noche parado en un semáforo, o caminando, que cuando estoy cubriendo una marcha. En esa situación, las posibilidades de que te pase algo, así estés cubriendo el frente, son una millonésima parte inferior. Yo ando con casco y un chaleco antibalas. ¿Da miedo que te fracturen un brazo? Sí. Pero eso no es miedo. Temor al dolor, en todo caso. Miedo me da cuando estoy sin el chaleco antibalas.

-¿Y una foto vale la vida?

-“Ninguna foto vale la vida”. Ese es el slogan que usamos en la escuela. Yo le meto siempre una coletilla: “pero el silencio visual tampoco es una opción”. Yo creo que ahí, entre una y otra, encuentras la respuesta de hasta dónde arriesgas. ¿Hay que asumir un riesgo? Sí. Por supuesto. Pero dentro de la mayor seguridad que el medio te permita.

-¿Y cómo haces para minimizar el riesgo?

-Uno está como entrenado para hacer estas cosas. Tú estás viendo una cantidad de códigos y sabes dónde estás parado. Oyes los tiros y vas hacia los tiros. Estás entrenado al revés de la gente. Corres en contra de donde la gente va. Pero no corres desnudo, con las manos arriba y exponiéndote. Vas corriendo con un sentido de protección, de acuerdo adonde el oído escucha que viene el disparo, si tienes identificado de donde sale el peligro. No es tampoco una cosa tan loca. Sabes cuándo tienes que irte, en qué momento te mueves y cuándo no.

-¿Tras tantos días de protesta es posible hacer una foto original?

-Se puede, sí, pero cada vez menos. Para mi trabajo personal voy pescando. Pero no puedo dejar de hacer la foto de una protesta, porque la protesta ocurrió. ¿Es una foto parecida? Sí. ¿Es novedosa? No. Pero lleva la leyenda de lo que ocurre, la honestidad de tu nombre. Esto está ocurriendo en Caracas hoy, en este momento. Si logras tener una foto hermosísima, bien. Yo tengo algunas porque siento que me gustan como fotos, pero no guardan relación con lo que intento que se vea en la ventana. Estoy volcado a que se vea lo que siento que es importante que se vea.

-¿Cuáles fotos tuyas seleccionarías?

-Son muchas. Una que me gusta mucho es la de la señora en la tanqueta con los brazos abiertos. Es hecha con un télex, fotográficamente probablemente no tenga un valor más allá de la metáfora que implica una señora mayor desarmada impidiendo que una tanqueta reprima a la gente. Me gusta mucho porque es una metáfora que representa Venezuela: un país sin armas que está dispuesto a oponerse de frente a un régimen que está armado y que tiene unas intenciones completamente distintas a las del resto del país y lo ves resumido en esa imagen. Es una imagen que probablemente no me guste como foto pero como mensaje me parece la más bonita.

-¿Y cuál es tu mejor foto?

-Es que con esto pasa como con los hijos: no hay uno que te guste más que otro. Hoy, que Neomar se murió ayer, te digo que la de él. No me lo puedo sacar de la cabeza. Me cuesta porque veo a mis hijos en él y es muy arrecho. Me dices la semana pasada y probablemente te digo otra. Hay una que me encanta, de un chamo en Altamira que va como flotando llevando una bomba, y él está como volando, como en un mundo, guao. Ese tipo de cosas me gusta: cuando siento que son unos guerreros que están luchando. Fotográficamente, en frio, te tendría que decir que cuando salen los dos bandos, son fotos que tienen un gran valor: la fuerza de represión por un lado y los manifestantes por otro, con una bandera que identifica que eso está pasando en el país, eso tiene valor. Igual me conmueve más la de María José frente a la tanqueta.

-¿Cuál es la foto que te hubiera gustado hacer?

-Quizás por ser documentalista, yo no veo la fotografía como algo aislado. No hay una foto suelta que yo pueda ubicar. Hay trabajos. Yo me quito el sombrero ante el trabajo de Federico Parra. Juan Barreto. Carlos Becerra. Marco Bello. Entre muchos otros.

FOTO: Federico Parra

Rafael Hernández, la vida por una foto

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

No es necesario llegar a la hora de conversación para darse cuenta de que Rafael Hernández (@sincepto) es un tipo que está hecho de otra madera. Y no porque sea desprendido y generoso, de sangre liviana y trato fácil, o porque suelte titulares prácticamente en cada respuesta. No. O no principalmente. Es que además goza de la rareza de una vocación llevada al límite. “A mí me dicen: ‘tu mejor foto por tu vida’; y yo digo: ‘dale, hago mi mejor foto’” soltará en alguna parte de la entrevista, que luego, ante el asombro y la fascinación del entrevistador, matizará (“no es la foto per se, sino estar en la calle, documentar y visibilizar lo que le está pasando a mí país”) pero no desmentirá. Y no lo hará porque la idea es absolutamente coherente con una frase de ese escritor y poeta maldito llamado Charles Bukowsky, que a Hernández le gusta citar: “Find what you love and let it kill you” (encuentra lo que amas y deja que te mate). “Y yo lo encontré”, apostillará, triunfador él.

Y sí, ciertamente lo encontró, pero ni tan fácil ni tan rápido. Ateniéndonos a su relato, la suya es la historia de un llamado claro que llegó con interferencia. “Todos corrían para huir y yo para acercarme”, recordará de sus primeros años. Pero no será hasta que sus padres, en algún momento que a falta de precisión hay que ubicar entre 2004 y 2006, le regalen una cámara (“una Sony de principiante”), que a él le caiga la locha. “Fui a una marcha al CNE con mi cámara, y allí me di cuenta de que el aporte más importante que podía realizar era documentar”. Y aun así, todavía se hará de oídos sordos otro rato: tras graduarse de Comunicador Social en la USM, trabajará algunos años como publicista. Tendrá que morirse Chávez y el país remecerse para que se dé cuenta (¡por fin!) “de que lo que quería era estar recogiendo y no viendo las noticias” y tome la decisión kamikaze de abandonar ese mundo de sloganes y reuniones para empezar de cero en la calle.

Y aunque escriba (que sí lo hace, y muchas veces con polémica incluida) y en algún momento haga la finta de decir que no puede vivir tampoco sin el texto (“siento que falta algo si está la una y no la otra”), sólo hay que oírlo hablar de la fotografía, escucharlo describir de memoria las mejores que ha tomado (“en mi vida sólo he hecho tres fotos buenas”) o que en el aire involuntariamente haga el gesto de disparar la cámara, para saber que Rafael Hernández es, básicamente, un fotógrafo de raza. He aquí el diálogo con él:

-Completa la frase: Un fotoperiodista es alguien que…

-…está en el momento correcto.

-¿Y cómo se hace para estarlo?

-Depende de la suerte, del instinto y del olfato. Muchas veces depende netamente es de la suerte y allí lo que tú aportas es lo bien preparado que estés para aprovechar ese momento: porque tienes un criterio, una idea de lo que se puede hacer, sabes operar tu equipo, tienes talento, y logras aprovechar el momento. Otras veces depende del olfato: a veces un gusanito te dice ‘métete por allí’,  sigues ese instinto y resulta que por ahí sucede algo.

-¿Con qué cámara trabajas?

-Canon 7D. Es una cámara profesional de gama media pero es súper cómoda. Yo siento que en fotoperiodismo la cámara no te hace. Yo sé que suena a cliché, pero los cliché son cliché porque son verdad. En el presente no tengo una cámara propia porque me han dañado dos en lo que va de protesta, pero con el celular he hecho fotos que yo siento que quiero mostrar, aunque con mi cámara hubiesen quedado más arrechas. Tú ves chamos con cámara amateurs, que no valen nada, y hacen trabajos impecables y tienen una búsqueda inquietante y curiosa. Creo que una de las cualidades es ser muy curioso y no conformarse con lo que se ve, sino ir más allá para encontrar el detalle o ese punto que no está a simple viste: tienes una escena, busca la manera de verla de una forma más creativa.

-¿Hay algún lente que te guste especialmente?

-Para mí sería el 35 mm o el 2.0. Creo que se acerca mucho a lo que el ojo humano ve, y tiene esa versatilidad de poder destacar bien los elementos y te permite agarrar un poco más la escena.

-¿Cómo es una buena foto para ti?

-Una buena foto debe hablar por sí misma. Nunca puedes prescindir de la fotoleyenda, pero la foto debe ser lo suficientemente poderosa como para trascender en el tiempo, y para eso tiene que estar bien compuesta, en el lugar correcto, y tener una carga de información importante y relevante. No puede ser una foto que no hable de nada, sino que los elementos se conjuguen para crear una historia. Una foto que no me cuente una historia no es una foto que valga la pena ver.

-¿Cómo es la relación entre calidad estética e información en el fotoperiodismo?

-Yo creo que debe haber un balance importante. Hay fotógrafos que hacen fotos preciosas, que son artísticamente muy bellas, pero la carga informativa y la historia pierden predominancia dentro de esa foto y esa foto se debilita en el tiempo. Puede ser un boom en el momento porque es muy bonita pero realmente más adelante se vuelve del montón. En cambio, cuando tiene esa carga de información, cuando sabe contar esa historia, esa foto siempre va a vivir.

-¿Puedes ponerlo en porcentaje?

-50/50.

-¿Tiene cabida el photoshop en el fotoperiodismo?

-No tiene cabida. A la imagen le puedes calibrar ciertos valores para destacar. Pero eso tiene que ser muy sutil, muy bien pensado. Hay medios que tienen a grandes fotógrafos y usan el foto montaje: eso me parece una falta de respeto con el espectador, con el fotógrafo y con el medio. Nada de photoshop.

-¿Existe el fotoperiodismo ciudadano?

-Yo creo que no existe. Para ser fotoperiodista tienes que tener cierta preparación, cierto talento y cierta responsabilidad. Existe el info-ciudadano que registra momentos importantes, los documenta, los difunde y tiene una importancia gigantesca, ya que sin ellos estaríamos más débiles de lo que estamos. Pero yo no los meto en el fotoperiodismo. Hay aspectos que no se cuidan allí: hay un aspecto editorial y uno estético que son importantes.

-¿Cómo ha sido la cobertura de estas protestas?

-Han sido días más violentos. En 2014 perdí una cámara y ya. Ahora he perdido dos. Y los daños físicos han sido mayores: ahora van contra ti, te disparan; llegas a tu casa, te quitas los pantalones y te encuentras con cinco morados de bombas que te han pegado y que por el calor del momento ni te enteras. Es mucho más salvaje. Las fuerzas de seguridad se declaran como tus enemigos. Y los manifestantes están más aguerridos y paranoicos a la hora de un infiltrado.

-¿El momento más difícil de esta cobertura?

-Fue en El Paraíso, uno de los primeros días. Llegaron los colectivos y los tuvimos muy cerca, armados hasta los dientes, con las armas afueras, pendientes de quebrarse a alguien. Mi asistente y yo logramos alejarnos un poco y vimos cómo a un fotoperiodista extranjero lo agarraron y le cayeron a golpes. Lo socorrimos después. Pero ese momento fue muy cagante. Tenerlos cerca, arrechos y con las armas afuera.

-¿Has llegado a sentir que tu vida ha estado en peligro?

-Tooodos los días. Pero se te olvida cuando se te dispara la adrenalina

-Y sin embargo sigues…

-Claro.

-¿Por qué?

-A mí me gusta citar una frase de Bukowsky: ‘Find what you love and let it kill you’. Y yo lo encontré. A mí me da mucho miedo, sé que mi vida, mis equipos y mi integridad están en peligro. Pero si estás cumpliendo el propósito de tu vida no puedes dejar de hacerlo.

-¿Una buena foto vale una vida?

-Sin dudarlo. Ni lo pienso. Claro. A mí me dicen: ‘tu mejor foto por tu vida’. Y yo digo: ‘dale, hago mi mejor foto’. Todos los días lo pienso: ‘hoy me puede costar la vida pero ojalá haga la mejor foto’.

-Pero ya va, tienes 32 años, ¿de verdad no te importaría morir por una foto?

-No me hubiese importado morir a los 20 por una foto. Porque tú encuentras tu propósito en la vida y sabes que lo vas a cumplir hasta cierto punto, de ahí pa’lante es un regalo. Capaz ya lo cumplí. No sé. No lo creo. Pero capaz me toca hacer una foto relevante en el tiempo, inmortal, y bueno, ya, no importa: si vale mi vida yo la pago. Es lo de Bukowsky. Es una realidad. Cuando consigues el propósito te puedes morir en el proceso, y bueno, qué cagada morirte, pero nada: cumpliste tu propósito.

-¿Y no hay otro propósito mayor que una foto?

-Es que no es la foto per se. Es estar en la calle, documentar y visibilizar lo que le está pasando a mí país para que tenga la oportunidad de cambiar. Yo poder aportar, poner mi granito de arena. El mecanismo de ese propósito en este momento es la foto. Pero mañana puede ser una crónica o un twitt o cualquier cosa, pero ojalá sea la foto porque creo que es lo que más hago y lo que más me gusta.

-Ok. Pero a ver: la tomas, te matan y ni siquiera la viste publicada…¿entonces?

-¡Pero el primero que la vi fui yo! La vi aquí [se señala los ojos]. Y eso te queda. Mira: yo he hecho 3 fotos buenas en mi vida y me acuerdo del momento en el que las hice y las puedo recrear con los ojos cerrados elemento por elemento, sombra por sombra, rayito de luz por rayito de luz.

-Entonces, dale, a ver…

-La primera: en la Avenida Fuerzas Armadas. Estaban robando al equipo de prensa de Vivo Play. Los colectivos los tenían amenazados contra el suelo y la policía les pasó por al lado. Tuve la suerte de ser el único fotoperiodista que estaba allí. Había otros, pero esa escena sólo la vi yo y la retraté. En esa foto está el gesto de pánico de la reportera, la cara del camarógrafo sin entender lo que pasaba, el odio en la cara de los colectivos, la indiferencia en la pose de la policía. Todo, absolutamente todo. No tenía el lente que tenía que tener en ese momento, pero la foto me hace sentir muy orgulloso, y nos ganamos el Premio Nacional de Periodismo de Colombia.

La segunda: En el 2014, una foto en la que se ve a la policía y a la resistencia enfrentándose en la UCV. Es una foto con una estética arrechísima, en la que se plasma ese contraste de una manera que yo nunca había logrado. Cada expresión en el rostro te cuenta una historia de la persona que está allí. Todos los elementos están pintados.

La tercera: Un amor platónico que bailaba tango. Le hice un retrato que yo siento que exuda tango. Es una foto súper misteriosa, súper tango. Ella es hermosa y se ve hermosa.

-Tras tantos días de protesta, ¿cómo hacer una foto original?

-Ese es el gran reto que nos tiene a todos muy preocupados. Buscar la originalidad, el elemento diferenciador mucho más que antes. Hay que tener los ojos muy abiertos y respirar profundo.

-¿Cuál es tu mejor foto de esta cobertura?

-No la he hecho todavía. No he hecho una foto de la que me sienta orgulloso en estos días. Estoy esperando que se me presente. La estoy buscando todos los días. Estoy preparado cuando me llegue. Pero no me ha llegado.

-¿Vas a saber cuándo te llegue?

-Sí. Es una cuestión del momento. Esto era lo que esperaba. Y clap. La lanzas. Pero tienes que estar preparado, moverte, correr, respirar profundo, estar con los ojos abiertos y tener la cámara lista.

-¿Y después de esa foto qué?

-Después de eso mis compañeros me van a recordar que soy una mierda. Entonces ellos van a hacer una mejor que me mueva a mí a querer superarme.

-¿La foto que te hubiera gustado hacer?

-La foto más arrecha es la que se ve la GNB, los escudos y atrás el gentío. Esa era la foto: la resistencia protegiendo a una Venezuela que está siendo oprimida por la Guardia. Esa es una foto perfecta. Yo hubiese dado la vida por ella. Allí está el criterio periodístico al 100%. Miguel Gutiérrez hizo la foto que para mí define estos días, y es una foto limpia, sin mayor ingenio y es la más arrecha. Esa es la foto que van a ver mis hijos en los libros de historia. De eso estoy seguro.

100WEB

100 días y mil preguntas

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Tarima nuevamente y la gente otra vez con un pie adelante de los políticos en la iniciativa callejera. En ello los días 50 y 100 de protesta se parecieron bastante. Si en aquel sábado de la media centena la gente pidió “¡marcha!” a voz en cuello (impensable ahorita con las emboscadas), en el domingo de la centena entera la gente clamó, con manos alzadas y abiertas, por un trancazo de diez horas. En esa oportunidad, aquel Capriles mentador de madres supo capitalizar la petición de protesta, dio un paso al frente -“Claro que vamos a marchar. Y el primero que va a hacerlo soy yo. Peso 70 kilos pero le echo bolas”- y terminado el discurso se fue con la gente a Chacaito; en ésta, una Delsa Solórzano que era puro carácter se puso brava y dijo nones. Y tan bien que iba la pobre. Collarín y rosario tricolor en cuello, perfectamente maquillada, con rímel incluido, se había subido a la tarima después de un discreto William Dávila de camisa arremangada y cara siempre seria, cuya frase más notable fue una cita de Alberto Carnevali (“fe y disciplina”). Tenía todo para lucirse, Delsa, y lo estaba haciendo: recordó que el inicio de la protesta había sido por un golpe de estado del TSJ, que los presos políticos no eran cuatrocientos ni seiscientos sino mil, y comenzó a nombrar a los más notables, morochos Sánchez incluidos. Entonces, en el que debía ser el momento cumbre, ese que llevara a la gente al éxtasis, todo se vino abajo. Trancazo de dos horas  para el lunes anunció cuando comenzó a desgranar la agenda de calle, y la gente gritó que no. Pretendió ignorarlos y seguir dando la programación de las actividades, informó de un gran acto de masas para el jueves, pero nada. Trató de explicar que el plebiscito era incluso vinculante, y no hubo manera: la gente, manos abiertas cual si hicieran estrellas en el cielo, pedía era un trancón de diez (“¡diez!, ¡diez!, ¡diez!”) horas. El estruendo, al menos en la tarima, era ensordecedor. Pero a Delsa ni un músculo le temblaba. Sólo el labio superior le sudó. De resto, se mantuvo impecable. Impecable e implacable: trancazo de dos horas y sanseacabó, porque lo importante es el plebiscito.

Entonces, llegó el turno de Freddy Guevara, el que para sorpresa de todos (porque todos esperaban que fuera Lilian) estaba encargado de cerrar el acto. O de continuar la lidia. Una masa descontenta es un miura difícil, y la que copaba la Francisco de Miranda lo estaba y mucho. Desde la tarima se escuchaban todavía sus ‘no’ y sus ‘diez’, y se veían perfectamente sus gestos a lo Emparan y a lo Fey. Freddy dejó en claro que lo importante eran otras cosas (como por ejemplo que el plebiscito del 16 era el acto de desobediencia civil más grande de la historia), pero que si la gente quería que se hablara de la duración del trancazo (y en efecto eso querían), él lo haría. Y dio la explicación del porqué del cambio (esa primera convocatoria no era oficial sino una propuesta que ante la complejidad de lo que implica organizar el plebiscito fue preferible modificar). Pero ni que explicara lo que explicara: la gente insistía en sus diez horas. Por eso, haciendo gala de un olfato –y de un carácter– un poco más fino que el de Delsa, prometió que dadas la circunstancias (entiéndase: el nivel de gente manifiestamente descontenta) podrían reestructurar la agenda. Quizás no se dio cuenta, pero en ese momento recibió de Solórzano, toda una generala con cara de circunstancia parada firme al lado de él, una de esas miradas que aniquilan y desintegran, mientras Miguel Pizarro, pura risa y simpatía, desde el alivio que le daba no tener vela en ese entierro, veía todo encaramado en una corneta. Luego de ello, entonces Freddy pudo, sí, explayarse en lo que quería, en lo verdaderamente importante, y explicar (es el gran pedagogo de la oposición, a nadie le quepa duda), el sentido del plebiscito, el porqué de las tres preguntas, lo que vendrá después de ellas. Lo hizo dedito levantado y deteniéndose en los términos y artículos, pero sin fastidiar ni aburrir.

Solo una persona fue más aclamada que Freddy al final de su discurso, y esa fue María Corina Machado, que había hablado dos oradores antes. Si Guevara es un pedagogo, María Corina es toda una traductora que rápida y fácilmente pasa todo del lenguaje ordinario al épico y hace sentir a la gente parte y protagonista de algo grande. He allí la clave de su éxito en tarima. Si hubiera nacido griega y hace unos cuantos siglos, bien se hubiera podido dar la mano con Homero. Venida al mundo en la post-modernidad y en esta Venezuela, micrófono en mano narra una epopeya que no por repetida es menos grande que la de Ulises: la de un pueblo que lucha por su libertad. En su lenguaje, no hay cien días de protesta sino una “rebelión cívica”; no son estos unos días complicados sino “los días finales de la dictadura”; el 16 de julio no habrá una consulta sino un “veredicto”; no será un plebiscito sino “el ejercicio de mayor rebeldía ciudadana de la historia”; no marcará un punto de inflexión sino  que será “el detonante”; no dará inicio una nueva etapa de lucha sino a “la hora cero”, que no será esa cosa misteriosa de la que los otros políticos hablan sin dar detalle, sino “calle sin descanso hasta la salida de Maduro”. Y claro, la gente se emociona. Más cuando lo dice sonriendo, firme, segura y convencida. Con su sempiterna blusa manga larga blanca y su cabello recogido en una cola rosada. “Hoy quiero darles la seguridad de que nada nos sacará de la calle (…) nada nos detendrá hasta sacar a la dictadura del poder. Estamos a días de esto”, dijo. Y los aplausos y los gritos de “¡valiente!” se hicieron sentir.

Eso mismo (¡valiente!) también le gritaron repetidamente a Lilian Tintori, cuya aparición en tarima, a medio acto, provocó un estallido de euforia. La expectativa sobre lo que diría era tremenda y todo hacía suponer que sería ella quien pondría el punto y final. Y en efecto lo hizo, pero sólo ante la prensa. Tras las últimas palabras de Freddy Guevara, apareció Wuilly Arteaga, el violinista, e interpretó el himno. Entonces, cuando ya fue evidente que Lilian no iba a hablar sino sólo a saludar y a lanzar besos, los periodistas la rodearon. Al principio pareció reacia, pero luego se soltó. A su manera. No es y nunca será buena oradora ni entrevistada. Tampoco tendría por qué serlo: ella es, sencillamente, la esposa de un preso político que de pronto se convirtió en figura. Apartando el sinfín de lugares comunes y asociaciones predecibles, así como la catajarra de ideas inconexas e incompletas, lo importante que dijo sobre Leopoldo fue que sigue firme y no va a abandonar la lucha. La escena de su llegada a la casa la narró como una ocurrida a las 3 de la mañana, en una caravana de carros en la que estaban presentes Delcy y Jorge Rodríguez (“les di las gracias y les dije que no puede existir más tortura en Venezuela, que no deben existir presos políticos, y que si tenemos que trabajar en conjunto para lograr entendernos, lograr concordia y una solución inmediata a la crisis que vive Venezuela, cuentan conmigo”), quienes (nos enteramos ahora) se habían reunido varias veces con Leopoldo en Ramo Verde (“fueron reuniones en las que se habló del país, de buscar encuentro y solución”), presencia de Zapatero mediante (“[fue él quien] después de tantos meses logró empujar esta medida”). Durante toda la declaración, uno de sus guardaespaldas estuvo siempre intentando abrirse paso entre los periodistas y jalándola para bajarla de la tarima. Cuando por fin lo consiguió, tuvo después más trabajo: abajo, la gente se había quedado esperándola y se abalanzó sobre ella. Todo eran besos, abrazos, alegrías y “¡Leopoldo presidente!”. Nada que ver con las dudas y el desconcierto que había dejado arriba.

Y es que entre sus declaraciones, la notoria ausencia de Capriles, el sí pero no con el diálogo (“nosotros debemos dejar de satanizar la conversa política: la transición es conversando”, se le escuchó a Olivares para luego decir que “ahorita no hay ningún tipo de conversaciones”), la reducción (y posterior aumento) de horas del trancazo (una protesta que había ido siendo más bien progresiva en la cantidad de tiempo), el constante llamado a una hora cero que solo María Corina explicó a su manera pero nadie terminó de aterrizar en lo concreto; entre todo eso, la jornada del domingo nueve de julio fue de cien de protestas y mil preguntas sin respuesta.

SEACABOWEB

¿Se acabaron las multitudes?

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Despavorido. Ese es el mejor adjetivo para describir cómo corre ese grupo de estudiantes de la UCAB por la autopista Francisco Fajardo. Lo curioso es que nadie los persigue. Lo verdaderamente revelador es que nadie los persigue. Lo único importante es que nadie los persigue. Y sin embargo corren hacia la salida de Las Mercedes dejando la vida en la carrera. ¿Por qué? Porque tras bajar con mucho ímpetu por Chacao hasta la Francisco Fajardo, de repente se han encontrado solos. La GNB, disparando desde el distribuidor Cienpiés, levantó una pared de humo blanco en el acceso a la autopista, que logró dividir la marcha. En la Fajardo solo quedamos la prensa y ellos. Arriba, el resto de la gente. Por eso, cuando voltean y se ven íngrimos allí, entre asfalto y sol, pegan la carrera de su vida. O mejor dicho: por su vida. Es el día 97 de protesta y muchas cosas han cambiado.

Esa carrera que los estudiantes corren con pavor, no ya ante un perseguidor real sino simplemente ante la posibilidad de su aparición, ilustra muy bien la fase en la que se encuentra la calle, que se puede resumir en las cinco letras que conforman la palabra miedo o, según el grado de cada quien, en las seis de la palabra terror. No es (o no pareciera ser) la indiferencia, la tan indignadamente voceada indiferencia, la que ha vaciado (enfriado, dicen algunos) progresivamente las avenidas, sino el miedo, ese que tenían esos jóvenes (quizás el penúltimo reducto de la resistencia callejera) que corrían por salir pronto de la autopista antes de que pudiera llegar algún cuerpo policial que los detuviera en masa y metiera, por ejemplo, en la cava de un camión, como ya pasó la semana pasada con sus compañeros de la USB.

No se vale tildarlos de cobardes o miedosos: son los mismos que mes y medio atrás todavía se batían en jornadas de hasta tres y cuatro horas de resistencia en la autopista. Pero los tiempos (y los métodos represivos) han cambiado. Ahora hay pocos rinocerontes y ballenas, y muchas motos. Ante la lentitud y el peso de los blindados, los cuerpos de seguridad optan por la velocidad y la ligereza del vehículo de dos ruedas, que les permite aparecer rápidamente y en multitud casi en cualquier lugar, sobre todo para emboscar, su actividad favorita de hace unos días para acá. Llegan siempre haciendo estruendo y disparando: lacrimógenas, perdigones o lo que tengan, imposible saberlo nunca con certeza. Se escucha primero la detonación y luego el ruido del impacto. Gustan hacerlo de sorpresa, y al que agarran mal parado no lo perdonan.

Así pasaron el jueves por Chacao, luego de dividir la marcha. “Si nos reprimen, trancamos”, era la pauta de la oposición. Y aunque intentaron hacerlo (amagaron al menos) la operación barrida de los ejércitos motorizados pudo más. Fue cosa de veinte minutos para que luego de la fugaz no-toma de la autopista, las calles del municipio estuvieran libres de nuevo. La PNB apareció por la Francisco de Miranda y luego se metió por todas las calles paralelas y adyacentes. Ya aquello de correr de una avenida a una calle menor para refugiarse ha dejado de existir: se meten en ellas también. Lo mismo en los Centros Comerciales, que eran oasis en medio de los desiertos de represión: al Sambil le arrojaron bombas igual que al CCCT.

Apenas y las de Altamira fueron las únicas que siguieron cerradas, pero por un reducido grupo de jóvenes, prácticamente la última fortaleza de coraje: no llegaban a 30 pero trancaron por casi cuatro horas la ahora llamada Av. Juan Pablo Pernalete. Tuvieron un conato de enfrentamiento con la GNB, que a media tarde hizo acto de presencia y se llevó detenidos a algunos; y luego, ya casi llegando la noche, un enfrentamiento (éste sí) con ribetes de épica: cuando tras unas horas de indiferencia, los uniformados por fin decidieron destrancar del Distribuidor (al parecer no siempre les apetece que esté libre como las avenidas) disparando bombas y metras de plomo, el grupito de jóvenes, a punta de molotov y morteros, los hizo retroceder. Victoria celebrada pero efímera: a los minutos, y por detrás, bajando de Altamira norte, apareció otro ejército de motorizados que barrió con todo y todos: entiéndase, los (pocos) manifestantes que quedaban y los (muchos) transeúntes que caminaban.

De subida y revisando las fotos, surgió entre los fotógrafos la pregunta: ¿aquellos días de actos multitudinarios se acabaron para siempre?

Ninguno tuvo respuesta.