DIAWEB (1)

El día de la frustración

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Una diputada que llora desesperada porque no sabe qué más hacer. Un hombre que cuenta que en su último cumpleaños sentó a sus hijos y les pidió entre lágrimas un solo regalo: que se fueran ya de Venezuela porque no le ve solución a la crisis. Un vigilante que sostiene en alto la tuerca que le dispararon yendo al trabajo y enseña una quemada por bomba lacrimógena en el brazo. Un anciano con la cara llena de Maalox que se pregunta cuándo en la vida él iba a pensar que a sus setenta y tantos le iba a tocar vivir algo así. Miles de manifestantes que otra vez no pudieron pasar de Chacaito y tuvieron que tragar litros de gas tóxico. Una fotoperiodista que es herida por una lacrimógena disparada a discreción. Dos muchachas bonitas que en la Plaza Altamira lamentan en voz alta que teniendo Venezuela tantos años les tocara ser jóvenes precisamente en estos. Una señora que lleva más de ochenta días sin trabajar, entregada a la lucha, y ahora se pregunta si hizo lo correcto o no. Un encapuchado que no entiende por qué si fueron los ‘pures’ los que trajeron esta desgracia al país, no están por lo menos acompañándolos a bajar al Distribuidor. Un niño de diez o menos años que jugaba a ser un héroe encapuchado y ahora llora porque cree que en un descuido le tomaron una foto donde se le vio la cara. Un diputado que en la mañana una bomba le quema el antebrazo y le fractura un dedo, y en la tarde solo recibe reproches. Unos encapuchados que no bajan a ‘guerrear’ porque son las 4 de la tarde y ni siquiera han desayunado. El Vicepresidente de un poder público, que se ha jugado la vida marchando y ahora recibe insultos. Una vida de 22 años que es cegada a mansalva. Esas son algunas de las estampas que dejó el día 83 de protesta, día de la frustración.

Como el San Antonio de Flaubert, los manifestantes están viviendo de una única certeza asediada por mil dudas. Que no se puede dejar la calle. Que si se enfría perderemos todo. Que esto es ahora o nunca. Eso lo dicen y repiten todos. Es el dogma, el artículo de fe invariable en todas las versiones del credo opositor. Pero inmediatamente, tras proclamarlo, comienzan las dudas. Con el paso de los días son menos las personas y más los muertos, menor la duración de las protestas y mayor la represión, más pequeño el entusiasmo y más grande el miedo; y aparece, entonces, lo de ayer: la frustración, que es prima cercana de otra palabra maldita llamada ‘desesperanza’, que desde los primeros siglos ya era tenida por pecado mortal y execrable.

Y el problema de la frustración es que lleva a un voluntarismo estéril. A falta de gente (de una cantidad importante, se entiende) la mañana en Altamira fue un desfile sin sentido de camiones secuestrados, que eran parados por ratos en las calles adyacentes de la Plaza Francia. Algo que en otro contexto podría tener su utilidad, pero como previa a una marcha no constituía sino un ejercicio inútil de fuerza, tal como lo fue la bajada a La Carlota. La represión de la movilización en Chacaito fue inmediata e inclemente: poner un pie en la plaza Brion y que aparecieran tres tanquetas, una ballena, decenas de motorizados y un centenar de bombas fue lo mismo. La PNB reprimió hasta Chacao y de allí se devolvió. La gente siguió entonces hasta Altamira y luego de un montón de debates y de lamentos decidió ir a La Carlota. ¿Por qué? Porque somos pocos, estamos bravos, nos reprimieron brutalmente, no vino casi gente, ya se fue la mitad, y tenemos que hacer algo. Es decir, porque sí.

Bajar a La Carlota habiendo con suerte quinientas personas fue una catarsis suicida. Una manera de drenar la frustración demostrando fuerza pero exponiéndose demasiado. Un hacerse matar. Con los chamos no había prácticamente nadie. La vista que se tenía de la Avenida Sur Altamira era la de una calle desierta, en la que apenas ondeaba alguna bandera de paramédicos, pero por la que no caminaba nadie. La vista que se tenía del Distribuidor era la de un montoncito de gente que desde arriba asistía al espectáculo triste de unos niños valientes que hacían piruetas para sortear las municiones que unos militares, protegidos por una reja, disparaban desde adentro. Reto, desafío, acción valiente, heroica, tenaz. Póngansele esos y otros adjetivos, y claro que lo merecerán. Pero no se le quite nunca el de insensatez, que es lo que más duele en la muerte de David: la sensación de que se pudo evitar.

¿Cómo?

Entendiendo que el arte de la guerra está en saber escoger bien qué batallas librar. Y la de ayer en La Carlota, con poca gente y sin ningún objetivo, fue absolutamente innecesaria.

¿Para qué te expusiste, niño valiente, si de arriba no había quien te acompañara? ¿Por qué les ofrendaste tan fácil ese corazón noble y generoso a unos asesinos despreciables y viles?

PROFETASWEB

Profetas en su tierra

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Informativamente hablando (o escribiendo, ya que somos revista) la gran noticia del acto de recibimiento de la Vinotinto en el Olímpico fue la revelación, dicha en un tono más o menos casual en medio de una sarta de agradecimientos, de que en Venezuela hay un hombre que se lleva el pan a la boca ejerciendo el peculiar oficio de ocuparse del equipaje de los jugadores de la Sub-20. El nombre, tanto del hombre como del cargo, se le ha escapado (omisión imperdonable) a este redactor, pero no así el hecho de su existencia y de su labor: esperar que lleguen las maletas y encargarse de su traslado, cosa que no por lógica (puestos a pensar bien todo, tiene sentido que haya alguien que se haga cargo de ello) deja de ser menos sorprendente.

Lo cierto es que ayer lo recordaron en la ronda de agradecimientos y le reconocieron su trabajo, ese que, paradójicamente, pasadas las cinco de la tarde, lo mantenía todavía alejado del Estadio, por lo que no sería descabellado pensar que las maletas o llegaron con retraso o llegaron incompletas o sencillamente no llegaron, versiones éstas que se tendrán que quedar en tales porque hasta el momento de publicarse esta nota la única certeza que se tenía era la de que el encargado de velar por ellas no pudo estar en el Olímpico a la hora del homenaje.

Se pudo confirmar, sí, que la Sub 20 tiene una nutricionista y un chef (¿en qué cocina y con qué ingredientes preparará los alimentos?, ¿le prestarán la de los hoteles donde se alojan?, ¿cuál será su mejor plato?), así como un motivador y, ojo al dato, un hombre que se encarga de ver y de analizar los vídeos de los rivales. Todos ellos son parte de ese equipo de cargos improbables y extraños (pero útiles y diríase imprescindibles) que se agrupan bajo el nombre de ‘Cuerpo técnico’, a los que ayer Dudamel elogió hasta el cansancio en un acto previsible pero no por ello menos feliz.

La Caracas futbolera (acompañada de la farandulera y de la política) se volcó a su estadio para recibir como auténticas estrellas (las reseñas más épicas hablaran de héroes, pero el recibimiento, bien visto, fue de estrellas) a esos chamos que les brindaron por unos días los alegres despertares de la victoria deportiva, y que pasadas las 5 de la tarde hicieron entrada a un Olímpico que los arropó en aplausos para inmediatamente verlos desaparecer debajo de la tarima que estaba en el centro del campo. Proyección de videos emotivos (es decir, de goles y jugadas) después, fueron apareciendo, en perfecto orden numérico. Cuales strippers que salen de tortas (perdón por el lugar común) eran subidos a la tarima entre dos columnas de humo blanco por una plataforma elevadora que funcionó a su vez como prueba de equilibrio y de personalidad. Los hubo muy seguros, pero también tambaleantes. Algunos demostraron padecer de vértigo y otros ni de cosquillas. Los más espontáneos salieron con brazos abiertos, en pose triunfadora y apuntando al cielo, pero también estuvieron los que lo hicieron con las manos juntas y adelante. Fue un festival de posturas y de gestos, como manda la civilización del espectáculo.

Una de las ovaciones más grandes la recibió el técnico, Rafael Dudamel. Aunque se tambaleó un poco, salió levantando los brazos, saludando a la gente y golpeándose el pecho, mientras todos coreaban su nombre. Para ser el culpable de la derrota (tal como sugirió PDVSA) la gente pareció quererlo demasiado. “Así los quería ver: juntos y Vinotinto”, fueron sus primeras palabras. Y aunque era imposible que lo viera, la frase parecía cumplirse con rigor en una de las puertas laterales: María Corina Machado, con la camisa verde fosforescente de la selección y su sempiterna cola, estaba apenas a una persona de por medio de un par de oficiales de la PNB. Y tan tranquilos todos.

Cuando Dudamel pidió un aplauso para los padres de los jugadores, el estadio respondió con creces; pero cuando apostilló “y otro para las madres que los parieron” (oh, eterno matriarcado), ahí el Olímpico sí se vino abajo e inmediatamente (oh, Madre Patria) comenzó a sonar el “¡Y va a caer!”. Marcaba el reloj de La Previsora las 6:09 de la tarde y el estadio era un clamor contra el gobierno, incluida la barra del Caracas FC, encabezada ayer por una gran pancarta que decía: ‘23 de Enero Ccs’. “¡Qué nada nos robe este momento!” pidió entonces el técnico (mandamás absoluto) y la gente paró.

Siempre ayudado por las que presumiblemente serían las notas que tenía escritas en su teléfono celular, Dudamel, comedido y correcto, soltó algunas frases de cuidado: “Aquí cabemos todos”, “estos chamos nos han vuelto a hacer sentir orgullosos de ser venezolanos”, “este es el momento para que de la mano de nuestros chamos demos el salto para alcanzar todo que como país necesitamos”, que a buen entendedor bastarán con suficiencia.

Finalizado el discurso explotaron los papelillos y cohetones. Arrancó entonces la vuelta Olímpica. ‘We are the Champions’ sonó de fondo mientras los jugadores corrían (más bien trotaban) y se dejaban querer, aclamar y mimar por unas gradas borrachas de orgullo y euforia. Todos (jugadores y espectadores) se gozaron el momento, que fue previsiblemente bello. Lo imprevisible fue otra cosa: que después del clásico de Queen, luego de que de las cornetas saliera el festejo en canto por lo campeones que somos (así hayamos quedado de segundos), viniera el lamento de Reinaldo Armas (“caramba, ñero, se oscurecieron mis días / alzó vuelo mi alegría cuando menos lo esperaba”) por la muerte del querubín de sus anhelos, su caballo Rucio Moro.

Quizás no se dieron cuenta, pero en ese momento, más que nunca, fueron profetas en su tierra.

NEOMARWEB

Un titán que muere

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El heraldo que anuncia la muerte bien podría ser la desesperación que había en los ojos desencajados de esa mujer que aproximadamente a las 4:08 PM pedía con todas sus fuerzas un médico para Neomar Lander en la Francisco de Miranda. Podría ser ese conducir zigzagueante y rápido, vacilante y veloz, esa premura de siglos que llevaba el motorizado que lo trasladaba. O podría ser, tal vez, esa violenta mutación, de bravío encapuchado a niño que llora desconsolado, que en cuestión de segundos experimentó aquel amigo suyo que iba acompañándolo en otra moto. Antes de ver ese cráter feroz que horadaba su cuerpo y por el que se le escapó la vida, antes de que los que allí estábamos nos topáramos de frente con esa opacidad mortecina que ya había adquirido su piel, antes de que nuestros ojos se encontraran con un cadáver destrozado que sencillamente no respondía al infatigable ejercicio resucitador de los paramédicos, ya la muerte, terrible, tremenda y atroz, se nos había revelado.

No la queríamos ver. No la queríamos creer. No la queríamos aceptar. Pero allí estaba: implacable, definitiva, absoluta. Allí estaba, ensañada sobre un cuerpo, más bien cuerpecito, de torso descubierto, pecho despedazado y brazos quemados. Allí estaba sobre Neomar, ese muchacho de brackets, que vestía, infeliz ironía, un short militar con el detalle pavo (y a la vez tan contraproducente para una manifestación, tan desfavorable para guerrear, tan poco recomendable para lo que él hacía, y tan de los diecisiete años que él tenía) de un ruedo veraniego. Allí ella, la muerte, dueña de él, a quien los paramédicos, luchando por arrebatárselo, peleando por devolvérnoslo, le levantaban unas piernas que ya no corrían, le colocaban oxígeno en unos pulmones que ya no respiraban, le amarraban en un brazo inerte un guante de látex para buscarle una vena que no aparecería, y le hacían RCP a un corazón que no latía.

El aire de voces secretas del que escribió Lorca cuando le mataron a Ignacio estuvo allí. Eran plegarias –“¡Sagrado Corazón, cúbrelo!”–, imprecaciones –“¡Ojalá se mueran todos!”–, maldiciones –“¡Maldito gobierno!”– y condenas –“¡Van a pagar!”–; eran ayes que salían de las entrañas, quejidos que brotaban de lo hondo, lamentos provenientes del alma; era la impotencia por una vida que sin ningún sentido se estaba yendo (o ya se había ido, aunque no quisiéramos enterarnos) ante nuestros ojos; dolor tremendo por un muchachito flaco de diecisiete años, brackets y short militar arremangado que debía estar haciendo cualquier cosa menos morirse a nuestros pies con el pecho abierto. Pero lo hacía. Y no había manera de pararlo. No había como detenerlo. No teníamos como evitarlo.

Sólo el autoengaño podía hacer menos fuerte el dolor. Y para engañarse algunos hicieron una cadeneta alrededor suyo para que le entrara aire (como si lo suyo fuera asfixia). Para seguirse engañando, otros agredieron a varios fotógrafos y les exigieron que no tomaran fotos (como si el disparo de la cámara matara). Y para terminar de mentirse, lo montaron en una pick-up y lo mandaron a una clínica (como si viviera).

Sobre ese mismo asfalto que horas antes había recibido miles de pisadas firmes que marchaban por un país mejor; sobre ese asfalto en el que una monja se había parado con una botella de agua bendita a asperger a marchistas y a bendecir con cruces en la frente a quienes se lo pedían; sobre ese asfalto en el que la mujer de un kiosco había salido a darles consejos sobre logística y seguridad a los encapuchados; sobre ese asfalto en el que se escuchaban cantos, consignas y discursos optimistas; sobre ese asfalto lo que quedaba era la sangre derramada de Neomar.

No se disolvieron los siglos en cenizas, como en el viejo ‘Dies Irae’ latino, pero sí se desató la rabia. Cuando se llevaron a Neomar, a lo que fue Neomar, a lo que quedó de Neomar, los que allí estaban estallaron en un relámpago de ira. Piedras y molotov se estrellaron contra el MINFRA, cauchos se encendieron, defensas fueron desprendidas y barricadas se levantaron. Detonaciones secas se comenzaron a escuchar entonces. El rumor de francotiradores que defendían a plomo la sede del edificio oficial se comenzó a esparcir con profusión. Y por un momento pareció que la guerra, la tan vaticinada guerra, ahora sí estaba llegando. Y dio miedo. Fueron minutos grises, largos y confusos, que así como llegaron se fueron, pero dejaron en los huesos el escalofrío de un mal presagio.

Entonces, Miguel Pizarro, que había estado todo el tiempo allí y recibido a Neomar en la avenida, lloró. Tenía tiempo quebrantado, la cara roja y los ojos chinos, pero en ese momento se quebró. El mismo hombre que horas atrás había hablado del país que seríamos, que decía que ya no habría familias separadas, que no creyéramos que iba a ser imposible, lloraba a Neomar al lado de un encapuchado que fumaba compulsivamente e intentaba, las manos temblorosas, hacer una llamada. El recio Miguel Pizarro, el que se le planta sin chaleco ni casco a la GNB y aguanta bombas tapándose la nariz apenas con el brazo, estaba sentado en una isla gimiendo. “Nada más triste que un titán que llora” escribió Rubén Darío. Y no le faltó razón. Lo que le faltó fue ver morir a sus pies, con apenas 17 años y un cráter en el pecho, a un titán que luchaba contra una dictadura.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

TERRORISTAWEB (1)

El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El terrorista, el muchacho y el rescatista se sientan en el mismo banco de la plaza Altamira donde el periodista está descansando. El muchacho es amigo del terrorista y el terrorista es amigo del rescatista. La amistad entre el muchacho y el terrorista es de reciente data y se fraguó en la calle, ‘guerreando’, como ellos dicen. La amistad entre el terrorista y el rescatista es de vieja de data: se conocen de antes y han jugado (y llorado) juntos. Comparten código postal y un mismo dolor llamado Carlos Moreno (17), la víctima 06 de las protestas, asesinado el pasado 19 de abril en San Bernardino.

Si están juntos en ese momento es porque abajo, en Altamira Sur, no hay todavía nada. La marcha estudiantil hacia VTV se ha desenvuelto (y devuelto) en paz. Es, según sus organizadores, el segundo evento de calle que se desarrolla sin una sola lacrimógena de por medio en los 63 días de protesta. Ha costado la mediación del alcalde Ocariz, muy activo dialogando con la PNB y la GNB, y, sobre todo, el esfuerzo tremendo de los diputados, quienes terminada la manifestación se tuvieron que quedar arreando gente, desmontando barricadas y recibiendo insultos por parte de un pequeño grupo que quería incendiar VTV porque ‘¿quién dijo que uno viene para entregar cartas?’.

Sin embargo, lo lograron –‘¿lograron qué? ¡No lograron nada!’, decía alterada una muchacha, a la que Pizarro luego acusó de infiltrada del SEBIN– y es por ello que todos están allí: el periodista no tiene suceso alguno que cubrir; el terrorista y el muchacho nadie contra quien guerrear; y el rescatista  a quien atender. “¿Qué dice la prensa?”, le pregunta el rescatista al periodista y así lo incluye en la conversación, que durante los próximos minutos girará sobre los tópicos habituales de toda protesta.

“¿Alguien me regala una llamada?”, pide el terrorista e inmediatamente el rescatista lo auxilia. “Se me olvidó avisarle a mi mamá que todavía no voy a llegar. Ella piensa que estoy en el liceo”, explica. Es después de esa llamada cuando se descubre: “A mí me tienen fichado por terrorismo”, suelta como si tal cosa. “¿Te metieron en la lista?”, pregunta el muchacho. “Sí, mano”. El periodista se emociona: un terrorista es un lomito informativo. Arranca entonces con sus preguntas impertinentes para encontrarse con que lo más peligroso que el terrorista ha hecho en su vida es lanzar bombas molotov, porque ni siquiera un cohetón ha prendido (“no, hermano, eso se lo dejo a los gochos, que son locos y arriesgados, porque esa vaina es peligrosa”). “¿Y entonces por qué estás en esa lista?”, pregunta, viendo diluirse su exclusiva. “No sé, mano. Pero igual tengo que estar con cuidado porque nos están cazando”, responde, y comienza a relatar historias de conocidos a quienes sin mucho ruido ni alharaca han ido apresando sigilosamente tras un proceso minucioso de seguimiento. “A un pana, saliendo de su casa un día normal, lo montaron en una camioneta y se lo llevaron. Está en El Helicoide. A otro lo atraparon porque al que le guardaba los escudos lo apresaron, le quitaron el teléfono y de allí sacaron los contactos de varios”.

Cuando avisan que en Altamira Sur hay enfrentamientos esporádicos entre los manifestantes y algunos GNB, que cada tanto tiempo pasan en moto lanzando bombas, el terrorista le dice al muchacho para bajar. “Es que ya estoy cambiado”, rechaza la invitación este último. “Yo sí voy a ir a un rato”, dice el terrorista. “Además, mañana hay Champions y no creo que venga”, agrega. Hijo de su tiempo futbolístico (creció en la mejor época del Barca) es antimadridista y le ligará a la Juve. “¿Quieres el casco?”, le pregunta el muchacho. “No, mano. Recuerda que estoy en el liceo. Yo no puedo llegar con esa vaina pa’la casa”. El rescatista se le une por si hay alguien a quien atender. “Procura que no te maten”, es la despedida que le dan al terrorista. “¿Tas loco, mano? Si estoy luchando para poder tener un país y disfrutar de él, no voy a dejar que me maten antes”.

El periodista, que carga un chaleco antibalas pesadísimo que lo hace vivir cansado todo el tiempo, decide esperar a que la situación sea verdaderamente apremiante para bajar. Ya tiene algún tipo de experiencia como para discriminar lo que puede ser importante y lo que no. El muchacho se queda con él. Parece de 13 pero tiene 15. Está en IV año de bachillerato y todavía no sabe qué quiere estudiar. De hecho, estudiar, lo que se dice estudiar, es algo que no está haciendo con regularidad: se jubila de clases para ir a las protestas. “En este país no hay futuro. Prefiero estar aquí guerreando que estudiando en el liceo”. El periodista le dice que estudiar es importante. “Yo no siento que estudiar en este momento pueda servir para algo”. “En este momento no, pero luego…”, promete el periodista, aunque él, profesional con título y trabajo, que está más cerca de los treinta que de los veinte, vive todavía en la casa paterna, no ha podido siquiera comprar un carro y se alegra cuando puede acompañar el almuerzo con un Té Lipton, sabe perfectamente que está vendiendo humo.

De humo habla el muchacho. “Yo soy asmático, y las veces que me he ahogado con las bombas me pregunto siempre por qué estoy aquí”, le cuenta al periodista, que inmediatamente le pide que responda la pregunta. “Yo lo hago porque el año pasado me robaron tres celulares. Eso en parte. Y porque aquí, como te digo, no hay futuro para nadie”. Siguen hablando de cualquier cosa, hasta que caen en el tema de la represión. “¿Lesa humanidad es que se llama eso, no?”, le pregunta el muchacho para luego subirse el pantalón y mostrarle una herida que ya cicatriza. “En el momento yo pensaba que era un bombazo. Pero cuando me lo revisaron tenía un hueco. Yo estaba cagao, porque era un hueco como de dos centímetros, y yo creí entonces que era un balazo. Pero fue una metra”. El periodista, que se acuerda de su amigo escritor, no puede dejar de pensar que a los 15 la imagen que él tenía de las metras era la de un juguete y no la de un arma. La herida del muchacho tiene casi un mes y recién es que comienza a cerrar. “Yo de ocioso me metía el dedo gordo y me entraba. Ya no me duele ni nada. Pero le falta todavía, porque perdí mucha piel”.

Inmediatamente, el muchacho se señala la ceja. “¿Y eso?”, pregunta el periodista al verle otra herida. “Un perdigón, o bueno, no sé, algo. Los paramédicos que me atendieron me dijeron que podía haber sido un tuercazo, porque la herida estaba llena de aceite”. El periodista alucina. “Yo estaba al lado de un escudero en la autopista. Y en una de esas que me moví escuché algo que sonó zzzzz y me pegó entre el lente y el casco. Escuché el sonido y todo. Ahí mismo comencé a botar sangre. Mucha sangre. ‘Estoy herido, estoy herido’, grité. Y me llevaron en una moto. Quedé tan loco en el momento, que no me di cuenta de que habían sido unos panas los que me rescataron”. Al periodista le inquieta saber si después de tanto no tiene miedo, que es un tema que lo obsesiona. “No. O sea. Ahora estoy guerreando atrás de los escuderos, antes era al lado, pero ya no”. Entonces, le pregunta por su familia y cuán enterados están. “A mí mamá ahora le tengo que inventar una labia para venir para acá. Las primeras veces se lo contaba todo. Hablábamos como si fuéramos amigos. Pero por culpa de esto [se señala la pierna] ya no. Ese no lo pude ocultar. El de la cabeza sí. Me puse un gorro y no se veía. Y cuando ya estaba más desinflamado, dije que fue jugando futbol”.

El rescatista pasa y los encuentra sentados hablando. El muchacho pregunta por el terrorista. El rescatista dice que no sabe nada, pero que debe estar abajo guerreando. El muchacho entonces dice que él mejor va a ir marcando la milla antes de que se haga de noche. El periodista, que no suele ser simpático ni afectuoso, se despide con un abrazo. “Cuídate mucho, chamo”, le dice, y lo hace con genuina preocupación. El muchacho, con su cara de niño perdido y su uniforme de liceísta, promete hacerlo, sonríe y se va. El periodista lo ve alejarse y se acuerda de Hemingway en ‘¿Por quién doblan las campanas?’. No tiene la cita exacta pero sabe por dónde va: el lujo que era, en la guerra, volver a ver a alguien de quien se había despedido. Y aunque sabe que no es la guerra, comienza a dudar de si algún día podrá volver a ver a los tres juntos de nuevo.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

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#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

FOTO: Reuters

Son esbirros

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Desesperación es una palabra que se escribe, lee y pronuncia muy fácil, para lo duro que es vivirla. Y ayer en la autopista les tocó a miles. La marcha que pretendía llegar a la Cancillería bajó por la Francisco Fajardo y comandada por varios de los diputados jóvenes (Olivares, Pizarro, Mejía) se detuvo bastante antes de donde se encontraba en piquete de la Guardia Nacional Bolivariana. Tan antes que éste ni siquiera se veía y su presencia allí era solo una presunción que tenían algunos. Durante casi veinte minutos se mantuvo en hipótesis, hasta que la montaña fue a Mahoma y las tanquetas, ballenas y pelotones comenzaron a avanzar, ellas solitas, hacia la marcha. Paciente y diligentemente, a voz en cuello, los diputados lograron sentar en el hirviente asfalto a los manifestantes y les ordenaron levantar las manos. “Qué se vea quiénes son los violentos”, dijeron. Y cuando la tanqueta, a metros ya de pisar a algunos, escupió su primera bomba sobre un montón de gente sentada con las manos en alto, e inmediatamente la ballena los barrió, quedó más que claro.

No es que tras sesenta días de protesta y por lo menos treinta de ellos con una represión cada vez más salvaje alguien pudiera espera algo distinto, pero de todos modos no deja de ser tremenda la imagen de unos tanques de guerra arremetiendo contra un montón de gente sentada con las manos arriba. Que a ellos no les importe, que se hayan asumido ya como esbirros de una dictadura y en consecuencia actúen, eso es otra cosa. Pero la imagen queda y es brutal.

Lo que vino después no fue tampoco mucho mejor. Tras acaso diez minutos de enfrentamiento, tuvo lugar una emboscada feroz. La gente que retrocedía se encontró de repente con una pared de humo blanco en el Distribuidor Ciempiés y se fue corriendo a la salida de Las Mercedes, que en un instante se cubrió también de humo blanco. Entonces se tuvieron que devolver, con las tanquetas disparando bombas a apenas unos metros. Ya no era miedo, sino pánico. Las personas se atropellaban, gritaban, empujaban, tosían y lloraban. Corrieron como pudieron (entre el ahogo, la asfixia y la poca visión) hacia la única vía de escape que les dejaron disponible (y si la dejaron fue porque no era exactamente una vía de escape): una pared de altura considerable que daba a El Rosal.

“¡Es un precipicio, es un precipicio!”, gritaba desesperado un hombre que intentaba devolverse mientras la multitud de gente se lanzaba hacia él. Aturdida, una muchacha de gorra tricolor y pañuelito en la nariz, salía espantada del grupo luego de ver la altura del muro y corría, perdiendo fuerza en cada paso, autopista arriba, directamente adonde estaban otros Guardias. La gente le gritaba, pero ella solo atinaba a dar tumbos sin entender nada. Precipicio abajo, iban cayendo escudos, bolsos, cascos y personas. Era una pared de acaso dos metros, pero era lo que había. Ejecutando bien el salto, , agarrándose del borde, intentado deslizarse por la pared y doblando las rodillas al caer, puede que no resultara peligroso. Pero no había tiempo para eso. Las tanquetas avanzaban, las bombas caían en el borde y una turbamulta de gente empujaba por salvarse. Y salvarse era lanzarse a ese vacío o ser empujados hacia él, como les sucedió a varios que una vez en el borde, viendo la altura, asustándose de ella y queriendo devolverse tuvieron igual que caer porque la multitud de atrás estaba todavía más asustada por ver a los Guardias cerca.

Abajo, cada quien aterrizaba como podía: unos de pie, otros de rabo, algunos de mano e incluso unos sobre otros. La mayoría terminaba cojeando y no faltaron los que una vez caídos ya no pudieron caminar y tuvieron que ser llevados a hombros por los demás. Por algunos minutos, esa pared dio la imagen de ser una cascada, hecha no de tiempo y agua, como el río de Borges, sino de gente que caía, caía y caía. Abajo quedaban muchas de sus pertenecías, sobre las que aterrizaba entonces más gente, a veces triturándolas y dejándolas inservibles. Daba igual, eran pocos los que después de la caída se devolvían a buscar algo: lo suyo era caer y correr calle arriba, lejos de las bombas, de las detonaciones, de los Guardias. Maltrechos, lesionados, con raspones, rasguños y roturas, pero lejos de los Guardias, que cuando desde la base aérea La Carlota dispararan metras y tuercas de frente, y robaran a un fotógrafo, se terminarían de confirmar como los esbirros que son.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

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#24A: Plantón a la violencia

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#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

FOTO: El Pitazo

La tragedia de Altamira

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Tras casi sesenta días de protesta y no pocos de ellos en la autopista se han ido creando leyes no escritas que se encuentran compiladas en un librito tan inexistente y a la vez fundamental como el del béisbol. Y dice el librito de las protestas que nunca, pero nunca (lo resalta en rojo, como las rúbricas del misal romano), se debe ir a Las Mercedes. ¿Por qué? No lo especifica. Pero una nota al margen indica que ha sido allí donde han asesinado a dos de los manifestantes caídos en Caracas y donde siempre hay una buena cuota de heridos de gravedad. Tanto así que si la leyenda de Sleepy Hollow hubiera que ambientarla en Caracas, no podría haber otro puente sino ése, el de Las Mercedes, para marcar la frontera a partir de la cual aparece el hombre sin cabeza: cualquiera de los que hemos vivido este tiempo de horror daría por verdadero sin poner mucho ‘pero’ cualquier historia que contara que allí hace de las suyas el espanto de algún caído de guerra.

Fue por eso que cuando ayer (#29M) una nube de humo cubría la autopista a la altura del CCCT y otra hacía lo propio a la altura del hotel Aladdin, y la gente, desesperada y emboscada, saltaba las defensas y corría hacia Las Mercedes, este cronista optó hacer caso del librito (de modo parcial, ya que éste ordena salir siempre por Altamira, pero eso era en su edición pre-emboscadas, que fue una de las primeras) e irse a contravía de la masa y salir por una reja que da a una calle de El Rosal. He allí el motivo por el cual ésta de hoy no será exactamente una crónica de guerra (ayer, que se sepa –y no todo se sabe siempre– hubo casi 250 heridos, 76 por perdigones y 65 por metras) aunque tampoco le faltará su toque de barbarie, que fue, de alguna manera, lo que se vivió en Altamira (donde desembocó la parte que salió por El Rosal y otras zonas) y no precisamente (o no solamente) por parte de los cuerpos de seguridad.

Durante más de una hora, Altamira había sido una zona plácida. Mientras de Las Mercedes llegaban reportes preocupantes, en la plaza corría una brisa fresca, la gente hablaba sentada en los bancos y los encapuchados descansaban. Un grupito pequeño había intentado quemar algo y montar una barricada cerca de la Torre Británica, pero eran apenas unos pocos y al rato, por falta de estímulo y de gente, desistieron y dejaron Altamira Sur tranquila. Pero a un cuarto para las cinco tanta paz se rompió: alguien corrió, a ese alguien le siguió otro, al que se le unieron algunos, que luego se convirtieron en varios y terminaron siendo casi todos: una multitud que huía plaza arriba. En dirección contraria corrieron los encapuchados, que con los lentes a medio poner y las capuchas a medio amarrar, se dirigían raudos a ver qué sucedía en Altamira Sur, mientras un enjambre de motorizados llegaba a la Francisco de Miranda. El pitido de las cornetas se unía con el sonido metálico de las rejas y postes, que eran golpeados insistente y cadenciosamente con piedras, en esa especie de campanada moderna con la que se alertan en la plaza.

Dos minutos después, sin embargo, nadie podía explicar lo que había pasado. “Es que uno está de a toque”, era la respuesta de una mujer que se ponía la mano en el pecho y se reía aliviada. Ese sentimiento le duraría poco: al rato las luces amarillas de las motos de la GNB comenzarían a brillar en Altamira Sur para demostrar que cuando en Altamira los postes suenan…peligro viene. Y cuando minutos después las motos subieran hasta la Francisco de Miranda, causando ahora sí una auténtica estampida en una sola dirección, y agredieran a un manifestante adulto, que no corrió y recibió en la Francisco de Miranda, desarmado e indefenso, varios golpes por parte de algunos Guardias, que se despidieron disparando algunas lacrimógenas, todo se comprobaría.

“Yo en ese momento estaba orando”, contaba después una mujer acaso sesentona y seguramente evangélica, “¡Llévate, Señor, a esos demonios! No permitas que le hagan mal a ese hombre. Y un muchacho me llamó, yo fui hacia donde él, y a lo que me moví cayó la bomba donde estaba parada. ¡Imagínese! Me hubiera podido matar. Eso fue un ángel”, proseguía. Su testimonio tenía lugar en medio de una discusión entre señoras sobre la cantidad de “muchachitos” que había en la plaza. “Mis dos hijos están en el liceo y les tengo prohibido que vengan para acá. Ellos están en la casa y yo les he dicho: si van a matar a alguien que me maten a mí”, explicaba mamá gallina. Su interlocutora le replicaba que sí, que eso estaba bien, pero que había muchos que no tenían padres y qué se hacía. “No. Pero es que hay demasiado liceísta. Eso no puede ser”. A la discusión se unía otra mujer que agregaba que también había mucho malviviente. “Esta plaza en 2015 la limpiaron. Y ahora ha vuelto a estar repleta de niños de la calle, de malandritos y de indigentes”

Todo ello tenía lugar en la esquina del hotel Four Seasons, donde un grupo de encapuchados acababa de detener una camionetica, bajar a los pasajeros (“eso les pasa por no protestar”) y llevarla para Altamira Sur, acaso para trancar e impedir (o al menos dificultar) la subida de las motos. Eso, que en Román paladino se llama secuestro, se repitió unas tres o cuatro veces más: a otra camionetica le bajaron los pasajeros pero la dejaron girar en ‘U’ por la Francisco de Miranda en dirección este; a un camión del aseo se lo llevaron a Altamira Sur, a otro lo retuvieron largo rato en esa esquina y tras una larga negociación (“yo soy de aquí, yo no conozco esto”, alegaba el conductor) lo dejaron ir, y a otro que decidió no obedecer y huir a toda velocidad lo persiguió cuadras arriba una verdadera tropa de motorizados con encapuchados de parrilleros.

El clímax de lo reprobable llegaría a eso de las 6 de la tarde, en forma de cajas anaranjadas fosforescentes con zapatos RS21 nuevecitos, provenientes de un camión saqueado abajo.

“Toma, mami, ve a ver si te quedan”, le dijo un parrillero encapuchado a una muchacha tras lanzarle una caja. Ella, tímida, la abrió y se encontró con unos tennis morados de fábrica. “Ay, yo no sé si eso estará bien o no”, se preguntaba. Una indigente, digna de Víctor Hugo, le resolvería el problema moral a punta de pragmatismo: “Agárralo. Eso es un regalo. No tiene nada de malo”, mientras corría rauda para Altamira Sur con la esperanza de encontrar unos para ella. Allá abajo se congregaban infinidad de motorizados (casi tantos como cuando apareció la Guardia) que luego subían con cajas (e incluso cajones) de zapatos. Sin embargo, los grados de civilidad aumentaban con la subida: eso que abajo era una fiesta, arriba lo condenaban.

“Eres un maldito ladrón”, le gritó, indignado y sentido, un moreno grandote a un pálido adolescente que iba con varias cajas de zapatos. De un manotazo, el moreno las mandó todas para el suelo, mientras el muchacho, que parecía a punto de llorar, sólo atinaba a balbucear unas palabras antes de echar a correr con apenas una de las casi cinco cajas que llevaba. Escenas similares se repitieron en Altamira Sur entre quienes justificaban el saqueo y los que lo reprobaban. En la plaza, sin embargo, el repudio era unánime. Un hombre, acaso líder de Altamira, se subió a la fuente del obelisco, congregó alrededor de él a varios de los muchachos y entre gritos, groserías e insultos les juró que ni un vaso de agua les iba a dar de nuevo donde se volviera a repetir algo así. Lo mismo una mujer, más indignada todavía, que se puso memoriosa y les recordó que era ya el tercer camión saqueado, y que con ello lo que hacían era desvirtuar totalmente lo que era la protesta. “Ustedes lograron ganarse más respeto que la MUD. Se hicieron un nombre, la gente los aplaudió, los quiso, los apoyó, y ahora están mandando todo a la mierda”, les gritó casi a punto de llorar. “Se están convirtiendo en colectivos del este”. A lo que ellos replicaron que no, que ya va, que tampoco así, que ellos no están armados y que seguro eran infiltrados los que hicieron eso. “¿Y si son infiltrados por qué no los paran? ¿Por qué no los detienen? ¿Por qué se les suman? ¡No, pana, qué arrechera!”.

Abajo, en la esquina de la plaza, un moto taxista, con esa sabiduría que da la calle (o la salsa, o las dos), resumía admirablemente la que empieza a ser la tragedia de Altamira: “Se están convirtiendo en lo que criticaron”. Probablemente no habría leído a Nietzche pero iba en su misma línea. “Quien con monstruos luche, cuide de convertirse a su vez en monstruo”, advirtió el alemán en mil ochocientos, y casi dos siglos después sus palabras siguen vigentes. “Quien con monstruos luche” es un héroe, y en Altamira los ha habido valientes hasta arriesgar la vida por la causa de la libertad; pero tras dos meses, el envilecimiento, que también juega, los está convirtiendo en monstruos bolivarianos, con algunos de sus patrones delicuenciales. Y en esa dualidad se están moviendo.

En la plaza están pasando cosas, algunas de ellas graves, y alguien (no la dictadura ni tampoco los que les aplauden y justifican cada acción a los muchachos, sino quien de verdad los quiera) tiene que hacer algo, so pena de que ésta termine siendo esa clásica tragedia latinoamericana de jóvenes cuya sed de justicia se terminó saciando con la sangre de los ajusticiamientos que luego ellos cometieron; de románticos universitarios que terminaron convertidos en crueles guerrilleros; de buenas y nobles intenciones que trastabillaron en el camino y terminaron empedrando la vía que conduce al infierno donde arden los héroes que se mimetizaron en su némesis.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

Lido

El heroísmo y el interés

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Ayer (#30M), la nobleza y la miseria se encontraron en un mismo piso del Centro Lido, refugio de cientos de manifestantes que huían de la PNB cuando ésta pasaba con sus motos a disolver la pequeña marcha estudiantil que pretendía llegar al Ministerio del Interior y terminó, como siempre, varada en Chacaito.

Desde una de las barandas del centro comercial, un grupo de manifestantes pudo ver cómo unos PNB pretendían llevarse detenido, al otro lado de la Francisco de Miranda, a un compañero. Y a pesar de que minutos antes comentaban que ni que pasara lo que pasara saldrían de allí para caer presos (“mira la cantidad de motos que hay, mano”) al ver a uno de los suyos necesitado, más pudo el sentimiento de solidaridad y compañerismo. Los que estaban abajo salieron a la avenida y los de arriba lanzaron piedras. La reacción sorprendió a la PNB y los descolocó. El muchacho quedó libre y fue rodeado por los fotógrafos, mientras los policías, entonces, arremetían contra el centro comercial  y disparaban bombas y perdigones hacia él.

Mientras eso sucedía, una mujer clamaba histérica contra los manifestantes. “Dejen de lanzar piedras a la policía, quítense de allí. No están dejando trabajar a las muchachas. Y yo tengo que comprar mi pasaje”. Las muchachas eran las empleadas de una agencia de viajes que se encuentra cerca de uno de los balcones del Centro Comercial, y el pasaje un boleto aéreo con destino internacional.

Un extraterrestre hubiera dudado, seguramente, de si aquellos muchachos valerosos que salieron a rescatar a su compañero y la mujer cuya única preocupación era que no lo hicieran para poder comprar su pasaje, pertenecían a la misma raza. Y habría entonces que explicarle que sí, que eso es parte de la condición humana, que somos capaces de lo mejor pero también de lo peor, y demás cosas. Para que no se quedara con tan mala imagen y viera que no todos los que viajan son de esa ralea, habría que haberle presentado a ese otro muchacho que estaba en el Lido y está a cuatro días (tres al publicarse esta crónica) de irse del país, y quema sus últimas horas protestando (“y exponiéndose”, en palabras de su nerviosa madre, que lo acompañaba ayer y juraba que pasara lo que pasara no iba a dejar que a su hijo lo agarrara la PNB).

Pero en Venezuela no todos pueden comprar un pasaje e irse. Algunos (la mayoría) por falta de recursos y otros porque lo tienen prohibido. Como uno de los encapuchados que estaba en la baranda, detenido (y torturado) en 2014 y desde entonces con país por cárcel. “Así claro que es fácil. Compra pasaje, se va y listo. Pero yo no me puedo ir. Este país es lo único que tengo”.

Un país que a esa hora de la tarde, en el día sesenta de protesta, no lucía tan esperanzador como en otras ocasiones: la marcha había sido más bien pequeña y la habían disuelto bastante rápido. Apenas cayó la primera lacrimógena, a las 2:30 de la tarde, el grueso de ella retrocedió en desbandadas, dejando apenas a unos pocos muchachos adelante, a quienes en menos de una hora ya la PNB había corrido del lugar. De aquellas jornadas épicas y duraderas de tres y hasta cuatro horas de resistencia parece haber cada vez menos: la represión es cada día mayor y la gente (y más entre semana) sale menos. Pero todavía sale. Y eso no deja de asombrar. El ejercicio de resistencia (si bien corto, si bien menos heroico, si bien disminuido) no ha cesado. Y en el día sesenta (¡60!) eso fue palpable, a pesar de que la lucha no sea ya sólo contra los cuerpos de seguridad, sino también contra la indiferencia y el egoísmo de algunos.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

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#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

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#01M: El derrumbe de dos mitos

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#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

-#29M: La tragedia de Altamira.

50DIASWEB

50 días después

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

50 días después, la oposición tiene por fin un sistema de audio decente. Para ser oligárquica, elitista, millonaria, acaudalada y opulenta, y para y estar financiada por el gran capital internacional, como siempre denuncia el gobierno, se había mostrado, durante estos casi dos meses de protesta, bastante modesta, cuando no pobre. Bastaba solo ver las tarimas que usaba (apenas plataformas elevadas en el mejor de los casos, cuando no techos de camionetas en el más común de ellos), las cornetas que tenía (pocas y con un sonido peor que el de cualquier parlante de colegio) y la cara alelada de los manifestantes que apenas a dos cuadras de distancia ya no escuchaban nada de lo que decían sus dirigentes, para darse cuenta de que algo no cuadraba en la suntuosa versión oficial.

Para el día 50 de protestas, fecha redonda, la tarima no es impresionante pero al menos es digna de ese nombre. El audio sí es más elogiable y se extiende en por lo menos cuatro camionetas a lo largo de la autopista Francisco Fajardo, lo que al menos garantiza que una mayor parte de la gente entenderá y escuchará lo que les digan sus líderes pasada la 1 de la tarde (casi tres horas después de la convocatoria), ya que la demora entre la hora pautada y el inicio de los eventos es algo que se ha acentuado con los días y ya todos aceptan y toman como normal.

La escena que más se repite durante el recorrido es la de manifestantes dándoles provisiones a los encapuchados. Tras 50 días de protesta, por más que Reverol y compañía se empeñen en llamarles terroristas, ellos no causan ni miedo ni repudio en la gente, sino todo lo contrario: por donde pasan son aplaudidos, mimados y proveídos. En medio de la autopista, un hombre y su esposa les dan cuatro lentes de natación a unos de ellos. Y antes de que el ministro levante la ceja y vea allí la existencia de una red clandestina de provisión de municiones, la mujer da la explicación: “Esos los encontramos en un closet. De cuando mis hijos hacían natación”. No son los únicos: más adelantes otros manifestantes les dan comida, agua e incluso cascos. Lo que necesiten.

“Si ellos son terroristas, ¿qué éramos entonces nosotros?”, se pregunta con ironía un hombre entrado en años. Lo dice con conocimiento de causa: participó en la guerrilla de los sesenta. “Si quieren hablar de guerra que hablen. Pero esto no es una guerra, en todo caso es una guerra asimétrica: ellos están desarmados, los otros no”. ¿Y las piedras, las molotov, los cohetones, las bombas de pintura, qué son? El hombre se ríe. La pregunta le hace gracia. “Con una tanqueta en frente eso no es nada. Es que mira. Armas tuvimos nosotros, que nos las mandaban de Cuba y de la Unión Soviética. A nosotros sí nos armaron. Y teníamos montadas redes en los barrios, con los malandros. Guillermo García Ponce fue el que ideó todo eso. A mí no me van a venir con cuentos. Estos muchachos lo que están es dejando la vida”.

II

María Corina Machado comienza a hablar a las 2:04 PM. La han precedido una serie de oradores más bien discretos: el grueso de los dirigentes se encuentra en otros estados. Va vestida como siempre: suéter blanco manga larga y el cabello recogido con una cola. Habla, también, como siempre: con fuerza y convicción. Firmeza será invariablemente una buena para describirla. Grita y se le hinchan las venas del cuello. “En estos cincuenta días hemos derrotado a la dictadura”, arranca, y la gente se emociona. ¿Ve María Corina cosas que otros no? La interrogante es inevitable al ver la seguridad con la que habla y lo rotundo de lo que afirma: “Estamos en vísperas del fin de la dictadura. Se acerca la hora definitiva”. En el discurso asoma una propuesta nueva: la firma de un gran acuerdo político, un pacto republicano de todos los sectores, que traerá prosperidad al país. Usa imágenes esperanzadoras: campos produciendo, supermercados repletos de comidas y aeropuertos llenos de exiliados que vuelven. La gente cae rendida. “Dios los bendiga, ha llegado la hora de la libertad”. Amén, le responden.

A ella le sigue, para cerrar el acto, Henrique Capriles. Cuando se asoma a la tarima, lo recibe una multitud de aplausos. Pero Lilian se le pone al lado y la atención de la gente se divide. Unos gritan el nombre de ella y otros el de él. Hábilmente, Henrique le levanta la mano a Lilian. La imagen dura segundos. Inmediatamente, ella le agarra la mano al que tiene al lado, sin importar quién es, y se la sube. Al rato, ya no es Capriles levantándole la mano a Lilian sino todos levantándose las manos unos a otros. Entonces Henrique, que tras cincuenta días de protesta no se ve precisamente fuerte ni saludable, comienza a hablar con una voz que es cada vez más ronca y débil. Pero el hombre deja la vida en la alocución. Agarra el micrófono con la izquierda y la derecha la mueve como un látigo cuando quiere hacer énfasis. A veces, se sacude todo él.

Aunque sigue estructurando sus discursos de la misma manera lógica y coherente de las entrevistas (el esqueleto de la alocución son los 5 puntos que pide la oposición), en esta oportunidad Capriles está en otra frecuencia, y ello será notable cuando empiece a adjetivar e insultar a Maduro. “El más grande coño’e madre está en Miraflores”, dice, y la gente lo celebra a rabiar. A partir de allí comienza con una andanada de expresiones fuertes: bandido, vagabundo, vas pa’fuera, incluida la ya dicha mentada de madre, que repetirá varias veces más y que la gente coreará al son que él, bajando el micrófono y levantando repetidamente la derecha, cual cura pidiendo que canten en misa, les indique.

Cuando el discurso se le alarga y la gente le pide marcha, él los complace. “Claro que vamos a marchar. Y el primero que va a hacerlo soy yo. Allá adelante. De primero. Peso 70 kilos pero le echo bolas”. La gente no para de celebrarlo. La versión brava de Henrique gusta. Tiene palabras para Leopoldo (líder fundamental, lo llama) y para los muchachos de la resistencia. “Les dije que era cuestión de tiempo para que nos encontráramos. Y aquí estamos. En la calle”. Entonces se acuerda del Revocatorio y allí sí levanta el dedo y dice, en ese examen de conciencia público que ya suele ser común en él, que nada de esto hubiera pasado si se hubiera permitido esa salida que él propuso. Pero ni modo, se la quitaron y a la calle van.

El acto lo cierra el ya conocido violinista de las marchas, con la interpretación del himno. Si de adjetivar se trata, habrá que decir que sublime. En medio de la multitud, el himno suena inmenso. Una indigente, mujer madura de cabellos amarillos que viste unos pocos andrajos rotos y sucios que dejan sus hombros descubiertos, se detiene al escuchar las notas del violín y se pone la mano derecha en el pecho. Reminiscencia quizás de la niñez y de su educación, canta el himno con fuerza. Cuando viene la parte de aquel pobre en su choza que libertad pidió, ella alza el puño. Tal vez se siente identificada. En “Gritemos con brío: ¡muera la opresión!”, que es el clímax del canto, lo que todos entonan con fuerza, ella se emociona, vuelve a levantar el puño y lo sacude. La interpretación acaba sin la última estrofa, pero ella, mano en el pecho, la sigue cantando sola. Se sabe el himno completo. Al terminarlo, alza las dos manos y como si lanzara estrellas desde ellas, las abre y cierra, para seguir su camino errante.

III

Alcanzar a Miguel Pizarro, Rafael Guzmán y a José Manuel Olivares, que caminan juntos e intentan llegar a la cabecera de la marcha, es una tarea que requiere condiciones de maratonista. Los tres diputados van a paso rápido y no se detienen. Stalin González, que en algún momento iba con ellos, se queda atrás. Por más que el jefe de la fracción parlamentaria de la oposición intenta alcanzar a sus compañeros, se le hace imposible. Stalin trota, acelera el paso, suda a mares y al rato desiste. Mientras tanto, Pizarro, Guzmán y Olivares son saludados, elogiados y aclamados por donde quiera que pasan, casi igual que los encapuchados.

Cuando la salida de Chacao está próxima, los tres diputados se montan en las defensas de la autopista y comienzan a indicarle a la gente la ruta a tomar: calle Galarraga, avenida Francisco de Miranda, Chacaito y avenida Libertador. Es una ruta teórica, que en la práctica llega hasta Chacaito, como en efecto sucede. Una vez allí, y sin que medie palabra alguna, la PNB comienza a disparar bombas lacrimógenas. 50 días después, ya no hay espacio para el disimulo. El ataque es inclemente: las bombas comienzan a llover del cielo en todos los sentidos y direcciones, cayendo en cualquier parte. Inmediatamente, Chacaito se cubre de ese humo blanco, químico y picante. Los jóvenes retroceden entonces y comienzan a hacer uso de la que es su nueva arma: los cohetones. En algún momento, hacen estallar lo que parecería una munición digna de Madeira un 31 de diciembre. El estruendo es estremecedor y todo Chacaito se remece. Tras 50 días de protesta, esa es la única novedad. De resto, y por las próximas dos horas, todo seguirá la dinámica natural y violenta del enfrentamiento clásico.

IV

Cerca de las 5:20 PM, un montón de manifestantes pasa corriendo gritando ‘moto’. Es la palabra maldita, la que asusta a todos. Significa que ya la PNB (o la GNB, según sea el caso) se ha hartado de enfrentamiento y va a pasar barriendo lo que queda. Suele suceder siempre al final de la tarde. Si causa tanto miedo, es porque allí es cuando se llevan detenidas a las personas. Por eso corren tanto los que pasan a mi lado. En apenas cuestión de segundos veo a dos muchachos cayéndose, siendo pisados y haciendo caer a otros, un teléfono amarillo salta de algún bolsillo y también es pisoteado, los escudos van cayendo (siendo arrojados más bien) y hasta un zapato queda suelto. Yo camino lo más rápido que puedo hacia un edificio con la reja abierta. Con chaleco, máscara y casco correr no es opción. No debería haber tampoco necesidad de ello siendo prensa, pero tras 50 días de protesta ya se sabe que los cuerpos de seguridad no respetan.

En la entrada del edificio hay un embudo de gente. La reja y el pasillo son estrechos y no pocos quieren guarecerse allí. En medio del apretujamiento para entrar, siento que alguien está agarrando mi teléfono. El primer pensamiento, como lo llevo en la mano, es que se trata de alguien que por error, producto de la situación, se agarró de mí. Pero la presión sigue y es cada vez más fuerte. Ya no me cabe duda de que hay alguien queriendo quitarme el teléfono de la mano. Tengo gente a los lados, adelante y atrás. Todos empujan. Sigo agarrando duro el teléfono y me lo siguen jalando. Cuando volteo veo que es el brazo uniformado de un oficial de la PNB. Hay un montón de ellos en la puerta del edificio, detrás de nosotros. A mí me tratan de quitar el teléfono, pero a los otros muchachos los quieren sacar del edificio. Cada quien está librando su batalla. Mi primera reacción es de asombro. Lo había visto en los videos, lo había leído en reportajes, pero está pasando: un oficial de la PNB me está intentando robar el teléfono. “¿Estás loco, pana? ¿No ves que soy prensa?”, le grito. (“¿Estás loco? ¿No ves que eres policía?”, debió ser en realidad la frase). Pero él sigue jalándolo. Yo lo tengo mejor agarrado que él. Y no hay caso. Entre empujón y jalones me lo logro quedar. La pantalla está astillada, pero lo tengo. Inmediatamente responde con dos golpes en la cara. Es la represalia por no dejarme robar. Tengo máscara, casco y los golpes vienen de atrás. Imposible saber si fueron con los pies, con los puños o con qué. El primero le vuela los filtros a la máscara y la mueve, el segundo me da en la cara. Todo sucede demasiado rápido como para procesarlo. Hay detonaciones, hay gritos, sigue habiendo empujones, desesperación. Yo continúo repitiendo que soy prensa, por si acaso. Estoy ya en el borde de la reja y logro entrar al edificio. El pasillo es angosto y oscuro, y sigo de largo. Al voltear, veo que alguien está intentando cerrar la reja. No sé si lo logra. Yo voy escaleras arriba.

Al subir por los pisos, sólo se escucha una cosa: las puertas de los apartamentos cerrándose. Los vecinos están aterrados y no quieren dejar a nadie entrar. En el último piso, donde la escalera ya no da para más, se agrupa todo el mundo. La imagen de la endeble y vieja reja negra está en la mente de todos. Es la única protección que hay a esa hora y de dos patadas se abre. Las escaleras son oscuras y no tienen luz de ningún tipo, apenas unos agujeros que dan a la calle de atrás y por los que se cuelan sonidos de detonaciones, gritos, llantos, cacerolas. Por cada uno de ellos envejecemos un año todos. No es lo mismo escucharlos estando en la calle y sabiendo lo que pasa, que escucharlos allí sin tener idea de qué pueden ser. La incertidumbre y la desinformación elevan el miedo a la enésima potencia.

“Pilas que la PNB está parada en la puerta”, advierte un encapuchado que viene subiendo: es un muchacho flaco que logró, metiéndoseles entre las piernas, escapárseles a los policías y entrar en el edificio. “Si no, me hubieran llevado”. Que nadie se asome, que todos hablemos bajito, que hagamos el menor ruido posible. Son precauciones que parecen inútiles tomando en cuenta que nos vieron entrar y saben que estamos allí. El silencio hace que el ruido de la calle suene más dramático aún. Comienzan a gestarse planes de contingencia en caso de que suba la PNB: llamar al ascensor, meterse dentro de él y marcar el ‘stop’ en un entrepiso; subir a la azotea; buscar los maleteros; abrazarse a la baranda de la reja y dar patadas hasta más no poder. Cada uno se revela más improbable que el otro: el ascensor está dañado, nadie sabe por dónde se sube a la azotea, el edificio no tiene ni sótanos ni maleteros, y con lanzar una lacrimógena en el pasillo ya nos asfixiarían a todos y no podríamos agarrarnos de reja ninguna. La realidad es una: estamos a merced de lo que los funcionarios que están abajo quieran hacer.

El grupo de los que estamos en el edificio es variopinto, y está compuesto, en su mayoría, por encapuchados y manifestantes adultos. Hay otro periodista, que perdió el reloj (o se lo robaron) en el forcejeo, y dos funcionarios de Protección Civil. Son ellos los que atienden a un herido que tienen arriba con un perdigonazo disparado a quemarropa: la herida, un agujero prominente en el omoplato, no sangra y está cubierta de negro. “Hay que eliminar todo ese tejido contaminado por la pólvora”, explica el paramédico, “y eso no podemos hacerlo aquí”. Hay que sacarlo. El muchacho entra en pánico. Prefiere morirse allí antes que salir a la calle y que la PNB se lo lleve. La situación no es tan apremiante tampoco. Pero los paramédicos no dan garantía de nada: al salir, con o sin heridos, puede pasar cualquier cosa. Tendrán que pasar varios minutos, largos y tensos, hasta que todo afuera se quede en silencio, un vecino baje a inspeccionar la zona y nos de la luz verde para sacar al herido e irnos nosotros. 50 días después, todavía seguimos en dictadura.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio” 

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

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Relato de una agresión

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

‘#20M – 5:20 PM: Oficiales de la PNB, en moto, dispersan a manifestantes de la Francisco de Miranda’. Ese era el twitt que debía aparecer en el timeline de @RevistaOjo a esa hora. Nunca salió porque entre la redacción y la publicación, un oficial de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) forcejeó conmigo para robarme el teléfono y al no conseguir quitármelo me golpeó dos veces en la cara, dañando así la máscara anti-gas que llevaba puesta y dejándome para el recuerdo un muy garciamarquiano ojo morado y un celular con la pantalla destrozada. Todo ello, a pesar de (o quizás gracias a) que iba debidamente identificado como periodista: tanto en el carnet, como en el casco, como en el chaleco antibalas, en letras notablemente grandes y con mayúscula sostenida, estaba, inconfundible, la palabra PRENSA. Nada de ello bastó. Tampoco, que a viva voz le gritara varias veces que era periodista. No hubo caso.

Era el día número 50 de protesta, contado a partir del momento en el que el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) disolvió a la Asamblea Nacional (AN). Desde ese 30 de marzo, mi vida, como la de tantos otros venezolanos, cambió. La decisión en ‘Revista OJO’ fue comprometernos (más): parar el contenido cultural y comenzar a contar lo que pasaba en la calle; narrar, en la medida de nuestras posibilidades, la protesta. Fue así como me tocó dejar de lado los análisis de canciones, las reseñas literarias y las entrevistas a artistas, para pasar a la crónica de protesta. La vida plácida de periodista cultural que semanalmente leía una novela, hacía entrevistas en cafés y asistía a inauguraciones, lanzamientos y ensayos, quedó en el pasado. Fue sustituida por la del reportero cuya única certeza es la hora en la que sale a la calle, no recuerda ya lo que es almorzar comida casera, se alimenta de todo lo que un kiosco puede proveer, conoce todos los sitios en los que hay baño público, vive en una insolación constante, y nunca sabe cuándo termina su jornada.

Las primeras protestas las cubrí apenas con la credencial de prensa, un paño con bicarbonato, el teléfono y una libreta. Para hacer crónica no hacía falta más. La represión, que ya la había, era lenta y moderada. Tenía sus propios códigos, se manejaba a su ritmo, y siempre existía un lugar donde estar seguro. Esa frontera, que separaba la seguridad del riesgo, estaba delimitada. Sin embargo, en algún momento se perdió y no ha vuelto a aparecer. ¿Cuándo? Es difícil precisar la fecha, pero no el instante: al comenzar las emboscadas. A partir de allí se acabaron las garantías e ir a una protesta significó estar expuesto, se estuviese donde se estuviese, a que en el momento y en el lugar menos esperado comenzaran a caer bombas, disparar perdigones y aparecer motorizados. Hasta ese momento funcionó el bicarbonato.

El dichoso pañito fue sustituido por un chaleco antibalas, una máscara anti-gas y un casco, cada uno más pesado e incómodo que el otro. Vestir el nuevo uniforme de trabajo se convirtió en un proceso por pasos y salir con él de la casa una odisea. He tenido que aprender a administrar y a usar cada uno de los bolsillos que tengo, a vivir con un casco colgando al lado, a moverme con un abultado bolso en la espalda, a chequear que siempre esté cerrado, a pararme, sentarme, cruzar las defensas de la autopista y montarme en cuanto muro haya con todo ese peso encima, a ponerme la máscara, la gorra y el casco en menos de un minuto, a entrevistar y hacerme entender con la máscara puesta, a pensar preguntas con sentido mientras veo para el cielo que no vaya a caer una bomba cerca, a tomar fotos con una mano, a twittear en segundos, y a caminar de espaldas y viendo al frente. Habilidades que da la calle.

En ella, durante la represión, he oído el zumbido violento de las bombas muy cerca, las he visto cruzar a escasos centímetros de mi persona, me han caído en los pies repetidas veces (una de ellas ya me rompió una máscara) y he sido testigo de cómo han herido a más de uno. Ya conozco sus nombres, presentaciones (monofásica, bifásica, trifásica) y efectos, conozco hasta la nausea su olor y las he visto incluso rojas. He estado en situaciones apremiantes, en las que bombas, perdigones, piedras y chorros de agua se juntan en el mismo momento. Son las implicaciones lógicas de un trabajo que exige estar presente en el lugar de los hechos. Gajes del oficio, que llaman. Sin embargo, las agresiones directas y premeditadas por parte de funcionarios no lo son.

Una bomba en el aire no reconoce credencial, una piedra y un perdigón puede que tampoco, pero un funcionario que dispara de frente sí. Y uno que roba y golpea también. Durante estos casi dos meses de protesta han sido varios los casos de periodistas agredidos aposta cubriendo manifestaciones. Uno de los más evidentes (desgraciadamente no el único) fue el de Reinaldo Riobueno, fotógrafo de Unión Radio, quien escuchó claramente cómo desde la tanqueta el jefe de la Guardia Nacional giró la instrucción de que le dispararan (“…al de suéter blanco”) directamente la bomba que apenas segundos después le fracturó tibia y peroné el pasado 03 de mayo. O también, el caso que motiva estas líneas.

Sucedió el pasado 20 de mayo, en el momento final de la represión, ése en el que la Policía Nacional (o la Guardia, según el caso), luego de infinidad de bombas disparadas, sale con las motos a barrer lo que queda. Después de un durísimo enfrentamiento de aproximadamente dos horas en la Avenida Francisco de Miranda, con algunas escaramuzas en El Rosal, la PNB había retrocedido hasta Chacaito, donde se encaraba con algunos manifestantes. Entonces, a eso de las 5:20 PM, decidieron aplicar la operación arrase. Mientras redactaba el twitt en el que informaba de ella, me dirigía a un edificio que tenía la reja abierta y en el que varios manifestantes se estaban refugiando. Lo estrecho de la reja hizo que se formara un embudo para entrar. Es en medio de ese apretujamiento que alguien me empieza a tratar de quitar el teléfono de la mano. Quien lo hace jala con fuerza. Me lo quiere robar. Al voltear, me encuentro con que es un oficial de la PNB. La primera impresión es tremenda. “¿Estás loco, pana? ¿No ves que soy prensa?”, le digo, por si no había visto las letras en el casco y en el chaleco. Pero el oficial sigue intentanto quitarme el teléfono. Es alucinante. El hombre persiste. Con fuerza. Sin empacho. Los otros PNB intentan sacar a los manifestantes del edificio para llevárselos presos. Hay detonaciones y gritos. Es una confusión enorme. Yo no suelto el teléfono y de un jalón logro quedármelo. Dos golpes en la cabeza son su respuesta. El primero parte los filtros de la máscara y la mueve, el otro llega al ojo. En ese momento logro entrar al edificio y sigo de largo escaleras arriba. En el último piso, saco el teléfono: pantalla destrozada y twitt sin publicar. La cobertura había terminado…pero sólo de momento.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio” 

#19M: Agua, perdigones y miedo.

AGUAWEB

Agua, perdigones y miedo

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

“Causa, a esa ballena la afinaron hoy”, le dice un encapuchado a otro pasadas las 3 de la tarde en una acera de Altamira Sur. Uno está sentado y el otro acostado, y como es normal tras una jornada de protesta, comparten sus historias (más bien tragedias) de represión. “Yo pensé que me le iba a poder enfrentar. Y nojoda. Me llevó. Parecía una barajita”, continúa. “Sí, vale. Esa bicha estaba disparando duro. Primera vez que nos la lanzan tan de frente”, le responde. Un tercero se acerca. “Papi, ¿estás bien?”, le pregunta al que está acostado. (‘Papi’ es el nuevo vocativo masculino caraqueño). “Sí. Pero sendo perdigonazo me metieron en la pierna”, le explica y le señala el lugar del impacto. “Sí, papi. Yo vi cuando te estaban sacando en la moto. Luego de eso guerreé preocupado. ¿Seguro que estás bien?”. “Tranquilo, no fue nada”, le responde. Pero cuando trata de sentarse y cierra los ojos, muestra los dientes y se queja, queda claro que en realidad cuando dijo ‘no’ era ‘sí’, y cuando dijo ‘nada’ era ‘bastante’. “Mosca, pues, papi. Eso no me gusta. ¿Te funcionó la máscara?”. “Calidad”, le responde. “Pendiente con eso, pues”. Le da la mano y se va.

La conversación, en principio una de tantas, tiene dos de los elementos claves que explican cómo la Guardia Nacional rompió este jueves el récord de desalojo de autopista. Son registros oficiales de la libreta de este cronista que a las 2:08 PM fue disparada la primera bomba en la Francisco Fajardo, y que a las 3:15 PM ésta ya se encontraba prácticamente sola. Es decir, que lo hizo, segundos más, segundos menos, en una hora siete minutos.

¿Cómo?

Con agua y perdigones.

A diferencia de otras oportunidades, esta vez hubo más ballenas (9) que tanquetas (5). Y a diferencia, también, de otras oportunidades, la ballena no perdió mucho tiempo levantando en el cielo esa fotogénica columna de agua blanca que con un criterio más estético que funcional solía alzar en el horizonte para deleite de fotógrafos y lejanos espectadores. En esta ocasión fue de lleno y de frente contra los manifestantes (y los periodistas), que efectivamente, con o sin escudo, se desplazaban como barajitas.

Esta vez, también, la PNB echó una ‘ayudaíta’ desde el elevado de Las Mercedes, donde disparó perdigones. Allí puede que se haya decidido la suerte de la manifestación: si ya la primera línea de protesta, en la que se pelea de frente, es un maremágnum en el que van volando bombas a gran velocidad y en cualquier dirección, en el que hay que caminar hacia atrás, sin dar la espalda nunca, viendo siempre de frente y con el oído aguzado para detectar el sonido de esa otra bomba que viene de lado y no se ve, cuando a eso se le suma un segundo frente lateral desde el que disparan perdigones, entonces se pasa del riesgo de ser herido a la certeza de serlo en breve de continuar allí y no queda otra sino retroceder.

En ese tramo el retroceso fue rápido. Luego retomó su ritmo natural en los puentes del CCCT para volver a agarrar velocidad en La Carlota, desde donde dispararon gas y perdigones nuevamente. Ya para ese momento, era mucha la gente que había salido por Chacao (en donde los emboscarían, porque ayer la GNB estuvo en todas partes) y el resto de los manifestantes terminó de subir a las 3:15 por Altamira, donde sin saberlo, dos víctimas de los hechos, en una conversación casual, darían con la clave de lo sucedido.

Sin embargo, tanto en la vida, como en la salsa, la clave, aun siendo lo principal, no lo es todo: necesita de otros instrumentos. Y este texto quedaría incompleto si se limitara sólo a contar el #18M como el día en el que una estrategia de represión más violenta logró desalojar en tiempo récord la autopista (que sí y principalmente) y dejara por fuera el hecho significativo de que la separación entre primer y segundo frente (los encapuchados y el resto de la marcha) fue mucho más grande que en otras oportunidades. Metros de asfalto vacío cuya medida exacta era precisamente la del miedo.

Ello fue manifiesto al llegar a la autopista: muchísima gente se quedó a la altura del Distribuidor Ciempiés y no pasó de allí. No se veía ni siquiera el piquete de la GNB, pero la gente no caminaba. La confusión hizo pensar a los que llegaban tarde que se debía a que unas motos apostadas adelante eran de los colectivos (ese temor eterno) y por eso la gente no seguía. En realidad, eran las que auxilian a los heridos. Habría que caminar un trecho largo para encontrarse con la primera línea y el piquete, que en ese momento comenzaban a hacer contacto visual.

Aquel “cuando volteamos y vemos a toda esa gente allí aguantando, eso nos da fuerza” del que suelen hablar los encapuchados, ayer se hizo difícil para los de vista corta: la gente, tras casi 50 muertos y 17 mil heridos, estaba muy atrás. Prudente, juiciosa, cauta y ponderadamente atrás.

II

Piedras, vidrios, excremento, cilindros de metal plateado, otros de plástico rojo, cartuchos de bombas, hojas y ramas, manchas de pintura, asfalto estallado, restos de pólvora. Eso es parte de lo que queda en el suelo cuando se retira un piquete de la Guardia Nacional. Ayer, en Altamira Sur, sucedió tras una hora del clásico enfrentamiento vespertino post-marcha que suele tener lugar en la zona, que estuvo marcado por una pregunta: “¿Dónde están los escuderos?”. Como letanía, la interrogante se repitió constantemente. Empezó como llamado (“¡Escuderos, escuderos!”), mutó a petición (“¡Por favor, los escuderos que bajen!”) y terminó en reproche (“Si no van a bajar denle los escudos y las máscaras a otros”). La respuesta, por más que sonaron los postes y se gritó en el megáfono, fue lenta y hasta se diría que discreta; sin embargo, resultó suficiente para hacer retroceder al piquete (que había sido reforzado por una tanqueta) a las 5 de la tarde.

Atravesando ese montón de acaba-suelas, un grupo (re)tomó el Distribuidor Altamira. Esta vez no en metros sino en minutos, largos y lentos, se pudo medir el miedo: la gente, por más llamados, se tomó su tiempo para bajar de la plaza. Sólo pisó la autopista un grupo de, como mucho, 50 encapuchados, quienes, escudos, piedras y bombas molotov en mano, se enfrentaron largo rato a los Guardias en La Carlota. Desde arriba, los manifestantes los veían, apoyaban, celebraban. Entre un grupo de mototaxista, todo pasaba por el matiz del béisbol. “Ese tiene mejor brazo que el Guti”, exclamaba uno cuando veía lo lejos que llegaba una piedra uno de los encapuchados. “¿Viste esa atrapada? ¿La viste compa?”, se emocionaba otro cuando un muchacho atajaba en el aire una lacrimógena y la devolvía de una. “Ese debería ser el center field de Leones”, sentenciaba el de más allá. Por más estético y lúdico, no dejaba de ser trágico: el talento venezolano en lugar de jugar partidos de exhibición contra otro oponente, se juega la vida en una autopista luchando contra una dictadura.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”