FOTO: El Pitazo

Plantón a la violencia

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

Las últimos restos de dos porros de marihuana eran compartidos y consumidos con avidez por siete encapuchados (cinco varones y dos hembras) que agrupados en círculo escuchaban el tercer sermón de la jornada. Se los daba un hombre de esos a los que el marketing calificaría de adulto contemporáneo, quien les decía que él encantado, mucho más que cualquiera de ellos, estaría lanzando piedras como tantas veces lo hizo en la universidad, pero que ya el brazo no le llegaba y, aunque fuera el caso, no era de ninguna manera el momento, porque en esa actividad que se estaba llevando a cabo en la autopista Francisco Fajardo desde hacía cuatro horas no tenían lugar las capuchas, las piedras, las molotov y las barricadas, ya que se trataba de algo pacífico.

Sería acaso el efecto relajante del THC, que ya estaban hartos de escuchar lo mismo o que simplemente no le estaban prestando atención, que ninguno gastó saliva en responderle. No tendría tampoco mucho tiempo el buen hombre para sentirse lacerado por la indiferencia, ya que uno o dos minutos después harían aparición, en el distribuidor Ciempiés de la autopista, varias bombas lacrimógenas disparadas por un contingente de la PNB, con la consiguiente estampida de personas hacia el distribuidor Altamira. Eran casi las 3 de la tarde y todo parecía indicar que la tranquilidad con la que se había llevado a cabo desde las 10 de la mañana el Plantón de la autopista iba a llegar a su fin.

II

Para entender cómo y por qué sucedió todo, habría primero que ubicarse unas horas antes en esa línea fronteriza marcada por el puente del CCCT. De allí al distribuidor Altamira, la autopista estaba llena de manifestantes que habían acatado el llamado de la oposición a plantarse durante seis horas en la principal arteria vial de Caracas. Jugaban cartas y dominó, conversaban, leían libros, respondían crucigramas y se dedicaban a cualquier actividad que les permitiera matar todo ese tiempo en el que debían estar trancando la zona. Del puente del CCCT para adelante, un grupo de jóvenes encapuchados (enfranelados, más bien) vaciaba un barril lleno de aceite en la autopista, armaba una barricada con la reja que arrancaron de la sede de la Policía de Tránsito de Chacao, y comenzaba a preparar bombas molotov.

Formas radicalmente opuestas de protestar, no tardarían en enfrentarse. ¿Quién le reprochó a quién primero? es algo que quedará para la especulación. Pero pasada la 1 de la tarde, el enfrentamiento (verbal) entre unos y otros era tan caliente como el asfalto de la autopista. Escaramuzas es la mejor palabra para describir lo que había en esa zona fronteriza: pequeños focos de discusión entre manifestantes de un mismo bando. Los unos les preguntaban a los otros si jugando dominó en la autopista iban a tumbar a la dictadura; y los otros les respondían inquiriendo si era acaso destruyendo la sede de una policía (además opositora) que ellos iban a lograrlo. De “colaboracionistas” e “infiltrados” se trataban (al menos al principio, porque luego los insultos fueron a mayores). Todos se veían con sospecha. Todos se acusaban de ayudar a perpetuar al gobierno: unos por acción (“es su violencia la que les da la coartada”) y otros por omisión (“es su pacifismo el que los ha sostenido tantos años”).

“Hoy no es el día, mini-pops”, gritaba una mujer que iba recorriendo la parte final de la autopista con un megáfono. “Hoy no es el día de enfrentarse a la Guardia. Esta es una actividad pacífica. Les repito: pa-cí-fi-ca”, seguía. “No provoquen un ataque de la Guardia. Allá adelante hay familias, hay niños y hay personas mayores. Tenemos que ser conscientes”, bramaba. “No provoquemos una tragedia, mini-pops. Allá eso está lleno de ancianos”, insistía. “¿Y pa’que vienen, entonces?”, le preguntaba uno de los encapuchados que la habían comenzado a rodear. “Porque esto de hoy es una actividad pa-cí-fi-ca”, respondía ella. “Pacífico aquí no hay nada. Aquí los cobardes y los que no están dispuestos a frentear con la Guardia no tienen nada que hacer. Para eso quédense en sus casas”, le respondía.

“¿Pero usted al final está en contra de quién?”, le preguntaba una mujer mayor que había dejado de entender nada de lo que pasaba a otro encapuchado. “Yo estoy en contra de los tarifados que están negociando…”, comenzaba a decirle. “No, no. Respóndame  ¿usted está en contra mía?”. “No. En contra de usted no, sino de los tarifados que…”. “Entonces no me grite ni me insulte”, cerraba. “Otra vieja pendeja que cree que rezando vamos a salir de esto”, decía el encapuchando retirándose.

No había punto de encuentro.

III

“Yo soy de la resistencia de Altamira 2014”, gritaba una muchacha, en el centro de un círculo de encapuchados, casi una hora después. Luego de cantar teatralmente el himno, parados todos en una montañita, donde les tomaron fotos, habían subido a la entrada de Chacao de la autopista a quemar cauchos. “Yo estuve en la lista negra de Rodríguez Torres, y estoy ahora en la de Reverol”, continuaba su exposición de méritos callejeros. “Varios de ustedes tienen que haberme visto por allá y saben que estoy resteada”, les indicaba. “Por eso les digo: la están cagando feo. La actividad de hoy no es para hacer esto. Lo de hoy es otro beta”. La escuchaban atentos y en silencio. “Quítense las capuchas, dejen las piedras y las bombas y vénganse conmigo a la autopista”, les pedía. Pero ahí los perdía. Sólo unos pocos la seguían. Frustrada, y tras una andanada de insultos, cerraba deseándoles que por imbéciles los agarraran y los metieran en La Tumba (la célebre cárcel política de la dictadura) a ver si así aprendían.

¿Qué es lo que pasa con ellos?, alcancé a preguntarle cuando seretiraa.

Que son todos unos carajitos de 15 y 16 años, que no le paran bola a nada.

¿Los conoces?

No. No sé. Son todos nuevos. Y no le quieren hacer caso a nadie.

Mientras ella se iba, otros ya habían logrado prender algunos cauchos en la autopista, cuya hoguera alimentaban con varios conos anaranjados sacados de la sede de tránsito, de la que también se llevaron algunos paquetes de alimentos. Paralelamente, intentaban ingresar a una construcción cercana.

IV

Cuando apareció la PNB a dispersar con bombas al grupo de encapuchados, todo hacía prever que el Plantón terminaría convertido en un enfrentamiento. Al escuchar las primeras detonaciones, la gente que estaba en el medio (y que no se había enterado de nada) pensó que la policía habían ido a disolver la actividad y comenzó a prepararse con lo de siempre: agua con bicarbonato y pañuelos. Los más jóvenes sacaban las franelas, máscaras y cascos, y comenzaban a avanzar en grupo hacia adelante. “Párense allí y no vayan para allá. Son los carajitos esos, que prendieron un peo allí. Ya todos les dijimos que dejaran de hacer eso y siguieron. Esa no es nuestra guerra. Quedémonos aquí”, ordenaba la muchacha de todas las listas (ahora sí con poder de persuación), mientras varios de los diputados y dirigentes jóvenes se dirigían hacia adelante a intentar hablar con ellos, megáfono en mano.

Las de Caín, las de Abel y tamién las de su hermano Set fueron las que pasaron, entre otros, los diputados Juan Andrés Mejía y Stalin González, el ex presidente de la FCU Hasler Iglesia y varios de los actuales dirigentes universitarios para tratar de contener al grupo de encapuchados, que no oía (ni entendía) consejos ni razones distintas a las suyas. Fue casi media hora de un intensísimo ajetreo, más bien batalla, que en algunos casos estuvo a punto de llegar a los golpes y casi siempre se encontró salpicada de insultos y descalificaciones. Una cadeneta humana de estudiantes fue el recurso del que echaron mano para hacerlos retroceder, ya prácticamente a la fuerza, y con la PNB a punto de venirse encima definitivamente. Lo lograron ‘in extremis’.

V

De los varios anuncios que se hicieron cuando el llamado Plantón iba a llegar a su fin, solo hubo uno que logró causar tanta emoción entre los presentes como la continuación de la agenda de calle: el de que había sido detenido un roba-teléfonos con todos los celulares que había hurtado durante la jornada. “Es la Venezuela que queremos. Una Venezuela en paz, sin violencia y sin delincuencia”, dijo el orador que hablaba en momento. A esa hora podían ya felicitarse: la habían conseguido. A la violencia y a la delincuencia les dieron un plantón.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTAS

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

-#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

-#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

-#19A: Un ataque criminal

-#20A: Historia de una post-marcha.

-#22A: La conquista del oeste

FOTO: Reuters

La conquista del oeste

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

La escena duró, a lo sumo, dos minutos, y había tan poca gente que nadie reparó en ella: a eso de las 9:00 de la mañana del sábado, en el mostrador de una quincalla ubicada en esa zona confusa que separa Sabana Grande de Chacaito (y que podría ser parte de ambas o de ninguna) una mujer con gorra tricolor y un oficial de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) compraban una botella de agua. Destinos diametralmente opuestos, pero necesidad semejante por saciar. Ella la compraba porque iba a marchar, y él porque iba a impedir que ella lo hiciera (al menos por el Boulevard). Sin embargo, eso sería pasadas las diez: antes, podían compartir el mostrador y surtirse de la misma fuente.

Solo la discusión de dos mototaxistas de la redoma de Chacaito fue tan interesante como esa escena. Ambos debatían encarnizadamente sobre las protestas. Mejor dicho, sobre los destrozos que dejaban las protestas, que sigue siendo un punto álgido. “Mi hermano, yo estoy en contra de este régimen, porque no sirve pa’un carajo, pero no puedo estar de acuerdo con que vuelvan mierda las calles”, decía el que llevaba la voz cantante. “¿Quién sale jodido cuando dañan los metrobuses y las casetas del metro? El que no tiene plata para pagar un taxi. Así de sencillo”. Todo había comenzado al otro interlocutor decir que para la protesta todo valía. “Por eso es que no los dejan entrar a Libertador. Una vez fueron y rompieron el edificio de la Fiscalía. Acuérdate”, seguía. “No los dejan entrar porque ese alcalde se agarró pa’él el municipio”.

De resto, Chacaito seguía siendo Chacaito: botellas de alcohol barato en el suelo, borrachos dormidos en los bancos, trabajadores arreglándose los uniformes, vendedores de café y cigarros, predicadores que entretienen pero convierten. La única diferencia es que no había metro y un pequeño grupo de manifestantes se reunía cerca de la estatua del almirante Brion. Eran ya las diez de la mañana y la convocatoria, pautada para esa hora, se reducía a apenas unas cien personas. Nada de qué preocuparse: la impuntualidad ha sido, hasta ahora, la constante de todas las movilizaciones opositoras, que nunca comienzan a la hora.

II

Pasadas las once de la mañana, la mujer que compró el agua se encontraba sentada en el asfalto caliente de la Avenida Principal de Bello Monte, mientras el oficial de la PNB con el que compartió mostrador puede que estuviera, tal vez, viendo su teléfono recostado de una pared. Ella tomaría el agua para hidratarse y reponerse del calor que salía del suelo, y él, si acaso, para refrescarse. Ella comenzaría a estar cansada, y él más descansado no podría encontrarse: la marcha opositora no había ido a Sabana Grande ni tampoco a la autopista (puntos, todos, en los que había presencia de la PNB y de la GNB) sino que había bajado por Las Mercedes hasta Bello Monte, en cuya Avenida Principal había sido detenida por un piquete de la PNB.

Mientras una cuadra más adelante algunos líderes intentaban mediar con los oficiales de la PNB, atrás los manifestantes comenzaban a elaborar rutas de escape para cuando viniera la represión. Sin embargo, no recibieron lacrimógenas, sino una contraorden: que se levantaran, dieran media vuelta y siguieran una gran cruz de madera vestida con una bandera tricolor que les guiaría por la nueva ruta que, contra todo pronóstico, terminaría por llevarlos hasta la sede de la Conferencia Episcopal en Montalban. El ‘In hoc signo vinces’ con el que Constantino ganó la batalla del Puente Milvio se repetiría diecisiete siglos después en Caracas, pero con otra fórmula: ‘post hoc signo deambulat’.

III

Tan empinada como debió ser la del monte Calvario es la colina sobre la que está la Morgue, por la que los manifestantes debieron subir en su nuevo trayecto. Ya en ella, que forma parte de los llamados caminos verdes, comenzaron muchos dejar de saber dónde estaban. “¿Y esto va para dónde?”, preguntaba una joven, que de tan diversas respuestas (Santa Mónica, Las Mercedes, Los Chaguaramos) terminó más confundida que al principio. Fue la residente de uno de los edificios, que había bajado con una jarra de agua potable para hidratar a los marchistas, quien la sacó de dudas: “para Los Chaguaramos, detrás de la [Universidad] Bolivariana”, explicó, “pero mosca, porque allí debe estar la PNB”.

Ése fantasma, el de la emboscada, caminaría junto con los manifestantes durante toda la marcha. “Aquí sí estamos bien jodidos: barranco para un lado y montaña para el otro”, decía un precavido sesentón, que no veía cómo salir de allí. Cuando la mujer que iba de parrillera en una moto avisó que colina abajo se encontraba la PNB trancando, a varios les cambió el semblante. “Subir esta montaña corriendo con bombas no va a estar nada fácil”, decía resignada una mujer que comenzaba a empapar su pañuelo en bicarbonato. “Ya están los bichos esos abajo esperándonos”, le aclaraba una hija a su madre, que no había alcanzado a escuchar la advertencia. “¿Y si nos devolvemos?”, le preguntaba. “¿Pa’donde, mija? Si seguro ya deben venir por detrás. Sigamos y que sea lo que Dios quiera”.

Y lo que Dios quiso, al parecer, fue que el piquete que estaba abajo se abriera. Si a la palabra estupor hubiera que ponérsele rostro, ese sería el de los manifestantes que veían cómo la PNB los dejaba pasar; más aún: cómo ellos pasaban al lado de los oficiales sin que sucediera nada malo. “Mosca, causa, mosca”, le advertía un encapuchado a otro, que rápidamente se quitaba la franela que le cubría el rostro al pasar por el piquete abierto que estaba junto al McDonalds. Nadie entendía nada.

IV

Transitar la antigua Avenida Presidente Medina fue para los manifestantes como el nuevo nombre de ésta: una victoria. Al pisarla, la aprehensión cedió por unos minutos a la celebración: “¡Estamos en Libertador!”, era la felicitación que se daban. Estaban pisando el municipio que tenían prohibido, estaban llegando a un territorio que les había sido arrebatado, y lo celebraban con vítores y aplausos. No se lo podían creer.

Al final del trayecto, sin embargo, nuevamente la aprehensión volvió. De un súper bloque de Misión Vivienda comenzaron a lanzar cohetones, que algunos confundieron con bombas y otros, más fatalistas, con tiros. “Si no nos joden estos nos van a joder esos”, decía un hombre señalando con la boca el alto cerro en el que terminaba la avenida. ¿Cuál era? Como en la colina de Bello Monte, tampoco hubo consenso: Los Rosales, Roca Tarpeya, El Helicoide, El Cementerio, la Cota 905. Todos daban un nombre, cada uno más peligroso (y temible) que el otro. Y directamente hacia él, apurados por las detonaciones de Misión Vivienda, caminaban.

V

“Leopoldo, púdrete” era uno de los varios graffitis anti-oposición que había en el muro de contención sobre el que está ese que según el letrero de la estación de metro-cable se llama barrio Roca Tarpeya. Bordearlo a él y cruzar posteriormente Puente Hierro fueron los trayectos más tensos del ya largo recorrido. Si nuevamente fuera menester ponerles una palabra a los rostros (o viceversa), la de esa parte sería tensión. O quizás miedo.

Por más parte baja que fuera y por más en masa que se estuviera, la realidad del barrio sigue siendo la misma: es allí donde el hampa que a punta de asesinatos convirtió a Caracas en la ciudad más peligrosa de América y la segunda o tercera del mundo se asienta; es allí donde están de rehenes decenas o quizás centenas de secuestrados; es allí donde algunos de los criminales más peligrosos del continente viven; y es allí donde las balas son la banda sonora del día a día. Que algún malandro se arrebatara, sacara una pistola y disparara desde arriba era algo que cabía fácilmente dentro de las posibilidades. Y en eso todos estaban claros. Caminaron (rápido) jugándose el tiro y la vida. Lo hicieron y no pasó nada.

¿Fue eso (que no hubiera incidente alguno) más sorprendente que los aplausos, banderas y muestras de apoyo que muchos habitantes del cerro les dieron a los manifestantes desde las ventanas de sus ranchos? Quién sabe. Las expresiones de respaldo del barrio, esperadas por nadie y celebradas por todos, generaron la sensación de “ahora sí es verdad”. Sólo un grupo de franelas rojas, que no llegaba a 20 personas, y estaban agrupados en la planta baja de una Misión Vivienda con banderas del PSUV, manifestaron abierto rechazo. “¡No volverán!”, gritaban. “No han dado cuenta de que ya estamos volviendo”, comentaba un hombre.

VI

El Paraíso nunca le hizo tanto honor a su nombre como cuando la marcha salió del barrio y entró en la urbanización. El alivio al verse entre edificios y avenidas nuevamente fue notorio y vino inmediatamente seguido por el gozo de seguir caminando Municipio Libertador adentro. Sería, sin embargo, en Montalban donde se desataría el júbilo. Como auténticos héroes que hubieran librado una batalla crucial, vencido y traído el ansiado botín, así  fueron recibidos los manifestantes. Las calles de la urbanización eran un pasillo humano en el que se les felicitaba, aplaudía, aupaba, mimaba, animaba y consentía. “Bienvenidos al oeste”, “¡sí se pudo!”, “¡esta también es su zona!”, “¡somos la misma gente!”, fueron algunas de las consignas con las que se derribaba la división artificial impuesta durante casi dos décadas de revolución. “¿De dónde vienen?”, preguntaba la gente, y mientras más lejana la zona (Chacaito, Altamira, Los Ruices) más fuerte los aplauso. “¿Tienen sed?”, inquirían otros vecinos, que habían bajado dos botellones de agua para darles a los manifestantes. La escena se repetiría durante lo que quedaba de trayecto. Los ladrillos divisionistas de ese muro ideológico iban cayendo uno a uno.

VII

21.443 pasos fueron los que registró el reloj-contador del diputado Miguel Pizarro cuando éste lo detuvo frente a la sede del episcopado venezolano. Orgulloso, compartió la información con todos los que tenía alrededor. Estaba montado en los cauchos de una camioneta blanca, que funcionaba en ese momento de improvisada tarima, desde la cual, y con apenas un megáfono que no alcanzaba a reproducir su voz, hablaron (intentaron hacerlo), Capriles, Guevara y Tintori. Alrededor de ella la gente descansaba. El agotamiento era el factor común: habían recorrido, nuevamente bajo el sol del mediodía abrileño, casi 14 kilómetros, en la que seguramente fue la marcha más larga de la historia de Caracas. El aire de gesta cívica, de logro ciudadano, de hazaña civil, lo copaba todo. Satisfacción y orgullo rondaban el ambiente. No había habido incidentes ni disturbios, tampoco destrozos. Habían atravesado y conquistado el oeste. Derribado uno de los últimos muros que quedaba.

De regreso, en el metro de La Yaguara, que estaba abierto y libre, un manifestante arropado con la bandera y un operador de uniforme rojo se dieron la mano. “Hermano, somos la misma gente”, dijo el marchante. “Así es”, respondió el trabajador.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTAS

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

-#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

-#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

-#19A: Un ataque criminal

-#20A: Historia de una post-marcha.

POSTMWEB

Historia de una post-marcha

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

La incandescente parábola de una molotov ardiente que surca el aire, el sonido frágil del cristal que estalla, la etérea gran llama que por el suelo se propaga, ello fue lo que llevó a la Policía Nacional Bolivariana a la acción. Eran aproximadamente las 3 de la tarde del jueves 20 de abril, y durante más de una hora la PNB había estado conteniendo, en la Avenida Tamanaco de El Rosal, a uno de los varios grupos en los que se dividió la marcha opositora de ese día, luego de que fuera reprimida en su enésimo intento de ingresar al Municipio Libertador para dirigirse a la Defensoría del Pueblo.

No era un grupo muy nutrido el que se encontraba allí enfrentando (fronteando lo llaman ellos) a los PNB, compuesto casi en su totalidad por jóvenes con el rostro oculto con franelas, y piedras en las manos. No era, tampoco, un grupo de grandeligas de brazo portentoso y alcance formidable: las piedras, en su mayoría, terminaban a mitad de camino, a una distancia considerable de los efectivos. “Demasiado elevado el lanzamiento”, habría sentenciado cualquier narrador de pelota sobre la ejecución de estos jardineros de técnica mejorable. Pero la verdad es que la distancia era grande y el otro equipo jugaba con ventaja: más que las escopetas, tenían una tanqueta (rinoceronte la llaman) capaz de sacar las bombas del parque (entiéndase: arrojarlas a dos y tres cuadras de distancia). Y además de a cinco. De allí que el enfrentamiento, rutinario por demás (bombas cada 15 minutos o cuando la piedra de algún temerario que se acercaba lo suficiente les llegaba cerca), se prolongó tanto.

Con la molotov, sin embargo, fue diferente. Apenas caer la primera, volar la segunda y encender la tercera, la PNB salió de su modorra, y lo hizo con todo. Mientras la ballena apagaba el fuego con un chorro tremendo de agua blanca, del rinoceronte salía un trueno digno de la explosión de una cocina de gas acompañado de una lluvia de bombas, y las motos (luces amarillas que iban creciendo en la cortina de humo blanca) avanzaban. Hubo, entonces, que correr.

II

No fue la entrada abrupta de una parte del grupo de manifestantes por la puerta del sur, sino la aparición imprevista de una lacrimógena por la puerta este, lo que causó conmoción en el Lido. Inmediatamente, los pasillos y áreas comunes del centro comercial se inundaron del abrasivo gas, mientras, confusos, aturdidos y ahogados, empleados, clientes y manifestantes corrían a cualquier parte y en cualquier dirección. Los que huían de la bomba se chocaban con los que, sin saberlo, corrían hacia ella; los que del piso que está a nivel de la Francisco de Miranda (donde PNB y otro grupo de manifestantes se enfrentaban también) bajaban apurados se tenían que devolver a mitad de la escalera mecánica y subirla a contra vía porque allí estaba peor. Las santamarías de las tiendas (bajadas nomás llegar los manifestantes) volvían a subirse porque el gas las había inundado y los empleados tenían que salir de ellas. Al hacerlo, les pegaba un gas más fuerte, ante el que la mayoría no tenía protección. Unos se lanzaban al suelo (sin saber que era peor) y otros caminaban a tientas a los baños y ascensores.

Fueron las escaleras de emergencia y los sótanos (donde diligentemente los vigilantes fueron llevando a todos) el resguardo de la gente. El olor del gas llegaba ligero y no producía sino apenas un leve ardor, pero el sonido de las detonaciones se escuchaba clarito, y ese sí producía una ansiedad tremenda. Pasaba que por los cuatro costados del centro comercial, que ocupa toda una manzana, había enfrentamientos en ese momento y todos se encontraban en su punto más álgido. Tan desesperante como escuchar por radio un juego importante con un narrador malo era estar allí entre detonaciones y gritos sin poder ver nada. Solo especular.

Aunado a lo que pasaba afuera (o gracias a), cada quien tenía sus propias preocupaciones. Los manifestantes (tensos, muy tensos), por un lado, expresaban su temor de que la PNB entrara en cualquier momento y se los llevara detenidos (“así pasó en el CCCT”, relataba alguien), y guardando gorras, volteando franelas, sacando sweateres, sacudiendo bolsos, alosando ropas, pasándose peines y cepillos, maquillándose y retocándose, buscaban lograr el ‘extreme make over’ que los hiciera pasar de rudos manifestantes a simples transeúntes; los empleados de las tiendas y del centro comercial, en su mayoría habitantes de zonas populares, por otro lado, especulaban sobre las horas que les tomaría llegar a sus casas, si es que encontraban cómo. Una cosa compartían ambos grupos: el agua con bicarbonato, última panacea de todas las bombas, que un rescatista de la UCV allí atrapado echaba con un rociador.

III

A las 5 de la tarde, ya la Francisco de Miranda no tenía policías ni guardias, pero le seguía sobrando gente. Otra marcha, esta no política, la atravesaba: la de los trabajadores que sin metro, sin dinero para pagar un mototaxi (cuyas tarifas casi se duplicaron esa tarde), y sin la posibilidad tampoco de poder tomar alguna de las pocas y desbalanceadas camionetas que pasaban repletas e inclinadas, violando toda ley de seguridad y desafiando la de gravedad (“¡ay, ay, ay, se va a voltear!”, exclamaba nerviosa una mujer cuando una tomaba una curva), se veían obligados a caminar.

El camino, que para algunos se prometía más largo que para otros (“Sí. Me voy a ir hasta Petare a pie. No. No hay metro. Sí. Tranquilo. Estoy con una compañera. Vamos a ir hablando”, se le oía a una catira artificial que gritaba por celular), se hacía sobre una avenida destruida: piedras y cascos de bombas, vidrios, restos de improvisadas barricadas (algunas de las cuales todavía ardían), escombros, ramas, parte de las defensas metálicas de la avenida, basura abierta, y más piedras y cascos de bombas cubrían todo el suelo. Ello, los destrozos en la vía pública, era lo que más rechazo causaba entre la gente que caminaba. “¿Rompen todo y para qué? Nos quedamos sin paradas, sin aceras, sin nada”, era la queja de una señora. “No podemos dañar lo nuestro propio”, decía tautológica.

Su queja no era la única. “En Semana Santa porque era Semana Santa, y ahora por las marchas, esa es la excusa que están dando de por qué no han vuelto a llevar nada a los supermercados”, le comentaba una cuarentona a su compañera de trabajo. “Ni pasta, ni arroz, ni harina. No ha llegado nada de comida desde hace dos semanas”, seguía. Había terminado la protesta, pero no el descontento. Lo aplastante de la realidad (o lo terco de los hechos, que dirían los mayores) se vino encima de todos en la calle La Joya de Chacao: cuatro muchachos protagonizaban una brutal golpiza. A mano limpia y sin armas, se daban con todo. Los ‘dale’, ‘¡ay!’, ‘métele’, ‘le dio sabroso’ y demás interjecciones semi-festivas se acabaron al descubrir el motivo: lo hacían por una de las pocas bolsas de basura que habían quedado intactas en la protesta. “Pueden acabar con todas las marchas, pero no con el hambre”, comentó un hombre de bigote cano. “Es arrecho”, fue la respuesta que le dio la mujer que lo acompañaba.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTAS

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

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#10A: La resistencia continúa

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ATAQUEWEB

Un ataque criminal

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

Mal citando a Lineker, desde ayer podría empezarse a decir que el de la protesta en dictadura es un ejercicio en el que a veces participan decenas y otras veces participan millones, y siempre gana la Guardia. A los relatos que arden en el imaginario colectivo sobre la multitud aplastante a cuyo paso todo se aparta, todo se abre y todo cede, bien podría ponérsele el epílogo de Segismundo: “sueños [democráticos] son”. O pesadillas [dictatoriales], si de voltear el asunto se trata. Porque no otra cosa se vivió en la atestada Francisco Fajardo pasada la una de la tarde del #19A, cuando la Guardia Nacional arremetió sin clemencia contra la manifestación que la desbordaba: una espantosa e imprevisible pesadilla.

Dos horas antes, a eso de las 11, ya la actividad era un evidente éxito en Altamira. Éxito de convocatoria, pero no de logística: un río de gente bajaba a la autopista, mientras desde una pequeña tarima los organizadores (de Primero Justicia, en ese punto) dejaban la garganta pidiendo que no lo hicieran. “Tenemos todo cronometrado”, explicaban, “y todavía no es nuestra hora. Todavía no nos corresponde ir a la autopista”. Daba igual: la gente lo seguía haciendo. Puede que el problema fuese que había demasiado sol y poca sombra, o que la mini tarima cada vez generaba menos interés. Mientras el alcalde Ramón Muchacho y la diputada Delsa Solórzano estuvieron hablando, las personas se mantuvieron atentas. Aunque (todo hay que decirlo) más a la apariencia de ambos que a sus discurso: del primero (ex–enfant terrible de la política caraqueña) por su avejentamiento; y de la segunda (femme fatale de la Asamblea) por lo divina (y es un término conservador para lo escuchado) que está. Luego de ellos, lo que vino fue relleno (concejales del interior, diputados suplentes), y la gente, claro, se cansó y, guardando bien sus celulares (“atentos que hay una banda que está robando teléfonos aquí”, advirtieron en tarima), bajó.

El camino a la autopista estuvo lleno de vendedores informales (que con buena parte de las panaderías y kioscos cerrados por el feriado tuvieron un buen día) y de conversaciones triviales. Esta vez, la polémica victoria del Real Madrid (cuya camisa blanca fue usada por muchos de atuendo de protesta) fue uno de los temas más escuchados (y discutidos). En pleno distribuidor, punto favorito de las televisoras, varias personas les pedían a los empleados de Globovisión que transmitieran lo que pasaba, a lo que ellos sonreían entre resignados e impotentes. “¡No vayan a dejar que nos maten!”, era la exigencia de una mujer a los PoliChacao que custodiaban la zona, mientras el rumor de que cantidades ingentes de manifestantes se aproximaban de los distintos puntos se hacía ‘vox populi’ entre los presentes.

“Guardia / hermano / por ti también luchamos”, fue el canto con el que un grupo de estudiantes saludó a otro de Guardias Nacionales que se encontraban en el aeropuerto de La Carlota, y que causó un enconado debate sin casi punto de encuentro entre quienes lo oyeron. Junto con “¡No hay azúcar /no hay harina / en Miraflores lo que hay  es cocaína”, es lo único nuevo que se ha podido escuchar en el repertorio marchístico opositor, lleno de consignas tan viejas como los puestos de buhoneros que aún hoy en la mañana vendían franelas de “Capriles Presidente” y “La paz es el revocatorio”.

A las 12:20 del mediodía, todo era optimismo en la Francisco Fajardo a la altura de El Rosal: la autopista estaba a reventar y cada llamada recibida y compartida era más positiva (“todavía hay gente que no ha podido bajar de Altamira”), que la otra (“los de Santa Fe no se han incorporado”). Metros más adelante, además, se veía cómo era apenas en ese momento que comenzaba a bajar la multitud que llenaba la Plaza Brion de Chacaito. Por ello, el ambiente era tan festivo: el Alma Llanera y Mi Venezuela (“llevo tu luz y tu aroma en mi piel”) eran entonadas por un grupo y coreadas por una multitud.

Quizás fue por eso, por tanta alegría, que, cuando la marcha (que había ido andando sin parar) se detuvo frente al hotel Aladdin (12:30) la primera especulación de la masa fue que seguramente se debía a que se estaba incorporando gente en un punto delantero. Tendría que pasar un motorizado con el padre José Palmar desmayado para comprender que adelante había empezado el enfrentamiento. A partir de allí, avanzar se hizo trabajoso pero no difícil: había mucha gente (ojos llorosos, piel blanca de Maalox y nariz roja) devolviéndose. Pero las bombas ni se escuchaban, ni se sentían, ni se olían. Y por eso, nadie estaba seguro de qué era lo que en realidad pasaba, salvo que había una multitud en la autopista.

De vez en cuando, esa multitud se abría para darles paso a los jóvenes encapuchados,  quienes pasaban en grupos de a diez, corriendo y terminando de arreglarse las capuchas. De vez en cuando, lo hacía para darles paso a las motos que los traían de vuelta heridos (en su mayoría desmayados). Y de vez en cuando, también, les abría paso a algunos diputados y dirigentes que con paso firme, y entre vítores y aplausos (nunca, probablemente, habían sido tan unánimemente queridos), se iban a la primera línea.

II

Fue una detonación fortísima, que sonó como debería sonar un trueno en el apocalipsis, la que anunció que se venía la catástrofe. De repente, y a muy pocos metros, estaban unas bombas lacrimógenas rociando su gas químico. Era poco más de la 1:30 pm. La situación, que empezó siendo confusa porque no se sabía de dónde venían, se volvió apremiante cuando la aglomeración de gente impidió que se pudiera no ya correr sino siquiera avanzar, y terminó siendo aterradora al ver que en el piso de arriba de la autopista, a muy pocos metros y andando, estaba el rinoceronte disparando bombas que caían abajo.

Nunca tuvo tanta razón Sartre como en ese momento: el infierno eran los otros. La autopista era una gigantesca aglomeración de gente, que no permitía salir de allí. Y las bombas iban cayendo entre ella, en medio de ella. Y cuando caían, no había para donde correr, no había para donde escapar, no había como respirar. Sólo empujar hacia adelante y gritar. En medio del sofoco, el gas se concentraba y las personas caían asfixiadas. Voltear estaba prohibido: lo que se veía era el desespero en los rostros de los últimos, al rinoceronte acercarse arriba y las bombas caer más cerca. Sólo quedaba empujar, empujar y empujar. Abrirse paso. A como diera lugar. Con todas las fuerzas. Con gritos y detonaciones en la espalda, que cada vez se escuchaban más cerca. Con la angustia de tener personas mayores al lado. Con la preocupación de las madres que intentaban proteger como podían a sus hijos. Con la zozobra del grupo que en un descuido había perdido a uno de sus integrantes y gritaban su nombre a todo pulmón sin obtener respuesta ni poder hacer nada. Con el vapor caliente que subía del asfalto y se unía al sudor de lo que estaban allí. Con el tufillo picante a lacrimógena que de repente traía el aire. Con la tentación suicida de lanzarse al Guaire. Empujar, empujar y empujar. Sin ver para atrás. Pero sabiendo que el rinoceronte se acercaba. Escuchando la detonación cada vez más cerca. Empujar, empujar y empujar, esperando en cualquier momento la caída de la lacrimógena. Rezando para que no fuera en la cabeza. Sabiendo que no se podía salir. Resignándose a que no había nada que hacer. Empujar, empujar y empujar. Mientras los de adelante, que no estaban al tanto de nada, seguían sin moverse. Mientras algunos, que no veían (o no entendían) la gravedad de lo que pasaba, se paraban de frente, las manos en alto, a gritar “No se vayan”. Mientras otros, en modo piloto automático, bramaban “¡No corran!” (el único que lo hacía era el rinoceronte de arriba, abajo apenas y caminar podíamos). Mientras los que ya tenían la bomba en la espalda cedían al desespero y se lanzaban al río en el que convergen todos los desechos de Caracas..

Fue, hasta ahora, el más criminal de los ataques, porque se produjo en medio de una multitud que no tenía cómo salir, y las bombas caían no en la última línea de personas sino en medio de las personas. No donde estaban los jóvenes con capuchas, máscaras, guantes y Maalox, sino donde familias y gente de todas las edades estaba concentrada. Sólo ello puede explicar por qué fue tan grande el número de personas que terminaron en El Guaire: porque en medio de aquel infierno caliente y asfixiante, el río, por más inmundo y sucio, era agua, y el agua, vida.

III

Casi a las 2:30 de la tarde un grupo de jóvenes logró derribar una de las rejas del Aeropuerto La Carlota. Eran parte del último remanente que había quedado en la autopista. Luego del ataque, la marcha se fue desangrando poco a poco en cada salida habilitada (entiéndase: sin lacrimógenas), a pesar de los (vanos) intentos de algunos manifestantes que, molestos (“por eso este país está como está”), llamaban a la gente a quedarse. Ninguno de ellos había estado en la emboscada inicial, ni tenían remota idea de lo que se había vivido kilómetros más adelante. Así de grande había sido la concentración.

Debajo del puente del CCCT, el diputado Miguel Pizarro, en solitario, intentaba hacer entrar en razón a las personas. “Esta es una lucha larga”, advertía. “Lo que ellos quieren con cosas como estas es desmoralizarnos. Y no podemos caer en ese juego”, explicaba. “Ahora, lo que necesitamos es que todos ustedes estén bien, no se estén exponiendo, sigan para adelante”, pedía. A cosa de medio kilómetro estaba el rinoceronte, ahora más sosegado, pero siempre lanzando bombas.

Fue una mezcla de rabia, impotencia y frustración, esa que se percibía entre los últimos caminantes, la que llevó a un grupo de muchachos a montarse en las rejas de La Carlota y comenzar a bambolearlas. Eran los mismos que minutos antes  (con una candidez que rayaba en la ternura, y una ignorancia de la física más básica que daba mucho qué pensar) se habían propuesto, a punta de pura voluntad y empujón, despegar una de las pesadísimas defensas de concreto de la autopista, cosa que evidentemente no lograron. Con la reja fue distinto: se encaramaron en ella, comenzaron a mecerse, y ella con ellos. Como premio, recibieron unas lacrimógenas. Entonces se fueron a otra reja, y cuando ésta comenzó a ceder una especie de euforia suicida se apoderó de parte de la gente, que con la GN aproximándose y un rinoceronte empezando a transitar por La Carlota, corrió en desbandada a mecerse en ella hasta tumbarla completamente. Lo celebraron como el Mundial. Tres o cuatro entraron al aeropuerto (zona militar), lo pisaron y salieron tras una descarga tremenda de gas, que terminó de sacar a todo el mundo de la autopista.

Así, de pequeñas victorias etéreas, es que se está construyendo el relato épico de la resistencia callejera a la dictadura. Uno en el que todavía, la masa, gran la multitud, no ha podido ser protagonista, y en el que hasta ahora, siempre, gana la Guardia.

OTRAS CRÓNICAS

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

-#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

-#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

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La resistencia continúa

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Las bombas no nos matan, solo nos dispersan”, advertía Freddy Guevara, megáfono en mano, a la salida del puente que va de Chacaito a Las Mercedes pasadas las 11 de la mañana del lunes. El Vicepresidente de la disuelta Asamblea Nacional predicaba con el ejemplo y hablaba (gritaba) debajo de una lluvia de bombas lacrimógenas, que eran arrojadas por la Guardia Nacional desde arriba en la autopista. Señalando la ruta que debía seguir la gente, el diputado opositor intentaba evitar que la multitud que recién acababa de salir de la Plaza Brion (no tendría fuera de ella ni diez minutos) terminara dividida, como en efecto sucedió. Ya en ese momento, un grupo de gente quedó en Chacaito, otro en El Rosal, otro en Las Mercedes y otro en la autopista. Sería ello (la división en pequeños grupos) lo que caracterizaría la jornada de protesta del día.

Los que le hicieron caso al diputado, terminaron trancando la Francisco Fajardo, ya por cuarta vez en lo que va de semana, desde que el pasado martes Henrique Capriles y un grupo de estudiantes lo hicieran. Una vez en ella, como ya es costumbre, comenzaron a aparecer las capuchas y a desaparecer los rostros. Rocas, ladrillos, planchas de zinc, basura, escombros, todo cuanto se hallara al alcance era recolectado para armar una gran barricada, que tuvo su punto más célebre cuando la negra columna de humo de un caucho ardiente oteó el horizonte caraqueño. Al poco rato se le unió la de humo blanco de las lacrimógenas, varias disparadas de frente y al ras del suelo (una de ellas le fracturó la pierna al videográfo Ramón Camacho, de Prodavinci). Entre avance y retroceso, entre devolver bombas y correr, los manifestantes entonaban un lema (más bien grito de guerra) que suele insuflarlos de ánimo: “¡Somos más!”.

Cuando uno de los llamados rinocerontes comenzó su descarga múltiple de bombas que no dibujan parábolas blancas sino que van girando en el aire con eso que en el fútbol llaman efecto y se usa para describir los movimientos improbables del balón (algunas, de tan improbables, terminaron en edificios residenciales), la retirada se hizo obligatoria. Un muro no tan alto (hasta que se salta), que da a un parque en El Rosal, fue la vía de escape más cercana para salir de la siempre fácil de emboscar autopista caraqueña. Desde allí se pudo ver, al principio, el avance de las tropas (legiones de motos y por lo menos cinco rinocerontes), y también su retroceso y ataque a Las Mercedes: al otro lado del Guaire una nube blanca estuvo cubriendo por casi media hora el Farmatodo de la Río de Janeiro y sus inmediaciones; era otro foco de disturbios.

Las redes sociales, mientras tanto, reportaban conflicto en Chacao y Chacaito, y el helicóptero, ese heraldo de ataques, pasaba sobrevolando la zona. Minutos después y cuadras más arriba, las detonaciones de lacrimógenas se escuchaban clarito: en la calle de la Bolsa de Valores de Caracas también Guardias y manifestantes se batían, calle abajo, en encarnizada pelea. Subiendo por el edificio sede de la Alcaldía de Chacao, una turba de gente corriendo hizo que fuera imperativo buscar un refugio seguro, y a la mano lo que estaba era el Lido. En el nivel Mezzanina del centro comercial caraqueño se unieron dos tipos de refugiados: los que subían huyendo del ataque del Rosal y lo que bajaban huyendo del ataque de la Francisco de Miranda: arriba la Policía Nacional Bolivariana estaba dispersando a otro grupo de personas. El olor a lacrimógena invadió todo el centro comercial.

Los platos de comida llenos o a medio consumir servidos en mesas vacías eran la imagen que mejor describía lo imprevisto que había sido el ataque en la parte norte del centro comercial. Los cristales rotos de la baranda dejaban constancia de su ferocidad. “Fueron los PNB. Yo los vi. Agarraron varias piedras y las lanzaron para acá”, relataba uno de los vigilantes. El agujero en el techo del restaurant, los ojos llorosos y narices rojas de los mesoneros y de la encargada, eran el testimonio del paso de una lacrimógena. “Aquí terminan jodidos los que marchan y los que no. Por eso hay que salir ya de esta dictadura”, bramaba a todo volumen una mujer de gorra tricolor. Durante casi media hora, todas las salidas del centro comercial se mantuvieron cerradas, mientras por las redes sociales continuaba el caudal de información apocalíptica. Por stories y por grupos de whatsaap se sabía que Las Mercedes y Bello Monte eran a esa hora las zonas neurálgicas.

Sin rastro de policías o Guardias y con la Francisco de Miranda llena de trabajadores, salir del Lido fue opción casi una hora después. Una gran hoguera ardía en Chacaito, mientras de las torres de oficina circundantes volaban papeles, periódicos y cajas de cartón, lanzados por los trabajadores en apoyo a la protesta. Una cuadra más abajo, hacia Las Mercedes, donde había comenzado todo, la sempiterna nube de gas blanco se hacía presente.

El trayecto de Chacaito a Altamira por la Francisco de Miranda parecía el de una marcha proletaria: cientos de empleados, corbata y lonchera en mano, caminaban a sus destinos porque no había metro. Las bolsas de basura abiertas, regadas y quemadas eran la prueba del paso de la protesta. “Ahora todo sabe a lacrimógena”, se quejaba un indigente que buscaba con qué alimentarse entre los desperdicios.

La Plaza Altamira estaba tomada por un número importante de manifestantes, que al igual que en Chacaito habían encendido una gran hoguera de la que salía una columna de humo negro. Caracas era ayer una ciudad que se debatía entre dos humos: el negro de la protesta y el blanco de la represión. También estaba el gris azulado de los cigarrillos, consumidos en cantidades serbias por los manifestantes. Será la ansiedad, serán los nervios, será que quita el hambre o serán las promociones que hacen los vendedores (“el cigarro pa’las bombas” ¿?), quienes están haciendo su agosto (y su septiembre, y su octubre y su noviembre y su diciembre) a punta de cigarros detallados.

Los que no lo están haciendo son los rateros, para quienes robar en marchas, antes trabajo lucrativo, se ha vuelto riesgoso: en la tarde de ayer, en Altamira, un hombre de unos cuarenta años fue atrapado in fraganti cuando le quitaba el teléfono a una manifestante, y fue linchado por una turba que tras darle una cantidad inenarrable de golpes y patadas estuvo a punto de prenderlo en fuego. Ya le habían arrojado gasolina cuando la sensatez de unos cuantos logró parar la hoguera humana que la masa pedía.

Después de eso, Altamira sur abajo, continuó el enfrentamiento entre manifestantes y Guardias, que se prolongó hasta la noche. Al igual que sucedía en 2014 (y distinto a lo que había sucedido en Caracas durante el día), era un enfrentamiento con dinámica propia, en el que los cuerpos de seguridad no parecían tener la intención de sofocar la protesta, sino simplemente de evitar que llegara a la autopista. Cada cierto tiempo, disparaban lacrimógenas y avanzaban unos metros apenas. Luego, todo volvía a una tensa calma.

En la parte norte de la plaza se tejían mil teorías y se evaluaban todas las rutas posibles para la emboscada que, algunos barruntaban, vendría próximamente y que nunca llegó. Hay que estar allí, en una protesta venezolana, para entender lo que se juega la gente: a merced siempre de la llegada de pistoleros motorizados que pueden llegar en cualquier momento, y de Guardias y Policías que disparan las bombas vencidas de frente y ahora las arrojan del aire, que cuando quieren emboscan, detienen, golpean y hasta roban; sin Estado de Derecho alguno, con un Ministro que los tilda de “anticristo” y otros funcionarios que los llaman “terroristas”. Con todo ello en contra (y eso es lo que a estas alturas sorprende) todavía salen a la calle. Miedo hay y miedo tienen, pero se sobreponen. Toman sus medidas, empapan sus pañuelos en vinagre, comparten sus remedios caseros (vinagre, bicarbonato, vick vaporub) y salen a la calle.

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Empanadas de pabellón para la guerra

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Come caraota, que ya viene la guerra”. Así persuadía a los clientes el empleado de una venta de empanadas en Chacao para que pidieran la de pabellón, toda vez que las muy solicitadas de cazón y pollo se habían acabado y no saldrían más. En principio aquella era sólo la frase efectiva de un empleado simpático, ante la que los hambrientos compradores, que la recibían con gracia, se rendían. Sin embargo, al final de la tarde del sábado, cuando en las calles adyacentes al negocio hubiera jóvenes huyendo de militares que disparaban bombas de gas, la sentencia perdería su carácter de slogan ingenioso y pasaría a convertirse en oráculo.

Para ello tendrían todavía que transcurrir unas cuantas horas y correr mucho gas lacrimógeno en las calles. En el momento cuando el empleado hacía apetecibles las empanadas de pabellón, todavía las campanas de la iglesia de Chacao, cuyo tañer se escucha en buena parte del casco del municipio, no daban el repique de las 10 de la mañana. En la Francisco de Miranda, dos cuadras más abajo, se reunía la oposición. Bajando hacia la avenida por la calle del San Ignacio, costaba no tener la sensación de ‘deja vu’, de cosa ya vivida: a todo volumen sonaba Franco de Vita con “Al norte del sur” y en las aceras los buhoneros vendían gorras de RCTV y Globovisión, como en un 2007 cualquiera.

El sonido de la canción provenía de dos torres que escoltaban una tarima alrededor de la cual se congregaban tanto los manifestantes de la oposición como la vanidad de los políticos, seres frágiles que parecen ser arrastrados trágica e irremediablemente por ese pecado capital. Contar minuciosamente todo lo que se vio y escuchó en la escalera de acceso, en la que los encargados de protocolo (craso error) tenían esperando a la prensa, hubiera servido para rescribir ‘La feria de las vanidades’ con sus casi mil páginas. Baste decir, a efectos de este texto, que por allí desfilaron rostros que tenían no años sino décadas desaparecidos del espectro político, que se batían (y rebatían) para subir arguyendo mil méritos y cargos pretéritos; que la cantidad de concejales era descomunal; que la de gente sin cargo era mayor; que muchos iban acompañados de auténticos séquitos; y que una de las quejas más repetidas por los de seguridad era que arriba había más equipos de prensa personales (fotógrafos, communitys managers, etc) que periodistas y diputados.

“Te batiste duro el otro día”, saludó alguien arriba a Freddy Guevara cuando llegó. Él y los demás diputados jóvenes (Requesens, Guaidó, Mejía, Pizarro) viven horas altas en popularidad. El episodio en el que el Vicepresidente de la Asamblea libera a un ciudadano de las garras de la Guardia Nacional, hiperviralizado y aplaudido en las redes, fue usado por él en su discurso para explicar lo que deben hacer sus seguidores si ven que se llevan a alguien. Si se enteran, explicó, de que están buscando a una persona que vive cerca de usted, salga con sus vecinos y resguárdelo. “Si estamos juntos, a nadie se lo llevan”, puntualizó, y con ello dejó en claro que el escenario que maneja contempla detenciones y represión. Fue Freddy el encargado de anunciar la lista de oradores, en la que el más aplaudido fue de lejos Henrique Capriles, quien también está viviendo horas altas tras la inhabilitación.

Su llegada causó un auténtico estruendo, y un enjambre de periodistas lo arropó. Mientras Capriles declaraba a la prensa, en tarima comenzaban a sucederse los oradores, el uno más anónimo que el otro, y la gente se desesperaba. “¡Queremos marchar! ¡Queremos marchar!”, comenzó a bramar la multitud mientras Negar Granados (¿?), el desconocido presidente de AD, hablaba. Ello obligó a acelerar todo y a montar a Capriles inmediatamente. Pero Capriles no quería ser quien diera el anuncio. “¡Un diputado!”, pidió, y quien apareció allí fue Tomás Guanipa. Con él confirmó la ruta (“¿es a la Defensoría, no?”), pero no logró hacerlo subir. “¡Queremos marchar!”, seguía pidiendo la gente, y entonces Capriles subió y pronunció uno de los discursos más breves de su vida: en menos de un minuto anunció que se marcharía a la Defensoría por la Libertador.

Si la prensa no bajó con él, fue porque Ramos Allup, que no había hablado en tarima, decidió soltar un lomito. Como quien no quiere la cosa, habló primero con 3 o 4 periodistas y cuando éstos, viendo la gravedad de lo que decía, le pidieron que declarara, él, encantado, aceptó. Entonces, mientras abajo todos corrían a la Defensoría, el líder de AD, con todas las cámaras centradas en él, anunciaba que tenía información de que venían juicios militares sumarios contra varios dirigentes de la oposición; que no actuarían sobre los diputados, porque la inmunidad lo hacía todo más engorroso y complicado, pero que alcaldes, gobernadores y demás dirigentes estaban en una lista negra bastante peligrosa.

Y peligrosa estaba la Libertador apenas quince minutos después, toda ella cubierta de gas blanco. La marcha había sido recibida a bombazo limpio (o sucio, según se vea) desde que pisó la avenida. La confirmación de que había habido un cambio en la estrategia represiva de la PNB era lo rápido que ésta avanzaba. Acostumbrados al enfrentamiento estancado y prolongado, los manifestantes, extrañados, veían cómo tenían que ir echando y echando para atrás constantemente; y que ya no existía ese punto fijo, esa zona segura en la que podían estar tranquilos un buen rato. No hizo falta mucho tiempo para darse cuenta que la situación se había puesto imposible.

De entre la multitud,  María Corina Machado aparecía de vuelta, con la cara blanca de Maalox y los ojos rojos de gas, denunciando la ferocidad del ataque y yéndose a trancar la autopista. Con ella se fue un buen grupo. Otro se quedó y otro fue desviado, en la plaza Brion de Chacaito, por una muchacha con megáfono que invitaba a la gente a seguir por el boulevard de Sabana Grande y doblar por el Banco de Venezuela a la derecha. Esa, decía, era la ruta a seguir; y como a una muchacha bonita que habla con determinación por un megáfono no se le puede decir que no, esa fue la ruta que parte de la gente siguió.

¿Llegó alguien a ver la sucursal del Banco de Venezuela por la que había que subir a la derecha? La pregunta quedará sin respuesta: no habían pasado 5 minutos cuando a la altura de El Recreo una multitud se devolvía en estampida por el boulevard. Los comercios bajaban las santamarías e incluso aquellos sensatos de sangre fría que se paran de frente con las manos levantadas a decir ‘¡no corran!’ tenían que hacerlo: el patrón de la Libertador (una cantidad descomunal de bombas y una policía que avanzaba, avanzaba y avanzaba) se repetía.

Entonces, sólo quedó la autopista. Había en ella una cantidad considerable de gente, que, con obstinación y bajo el sol inclemente de otro mediodía abrileño, se unía para desenterrar cuanta piedra, peñón o roca hubiera por allí, armar barricadas, y quemar cauchos y árboles. Nada que no hubiera sido visto antes. Sin embargo, esta vez había algo diferente: se podía percibir entre los manifestantes un nivel de rabia y de hartazgo, de ira y de furia, de estar dispuestos a lo que fuera y apelar a cualquier cosa, que asustaba. La gente estaba enardecida y la guerra no parecía tan lejana. Un tremendo cilindro de concreto era empujado entre vítores y aplausos. Como en una procesión pagana, el cilindro despertaba a su paso auténticas reacciones de euforia: el que más y el que menos se unía a empujarlo o por lo menos tocarlo. Detrás de él estaba avanzando mucha gente, cuando vino otra emboscada. Del cielo comenzaron a llover bombas. Quienes corrían huyendo de las que lanzaban adelante en Bello Monte se encontraban atrás con una pared de humo blanco que venía de la entrada de Chacaito. Estaban (estábamos) atrapados.

Sentirse acorralado es, probablemente, una de las sensaciones más desesperantes que hay. Y ante ella, se toman acciones desesperadas. Con bombas a un lado y otro, y la salida más próxima de la autopista bloqueada, resguardarse en la orilla del Guaire no parecía tan mala opción. Y mucha gente optó por ella, esperando que el gas pasara. No sabrían que lo que haría sería aumentar y ello los obligaría, prácticamente, a lanzarse al río. Había otra opción, más arriesgada, que era atravesar el telón de humo blanco. Detrás de él se veía alejarse a una multitud de gente. Y en casos así,  la multitud es la salvación. En ella, con ella y entre ella los riesgos disminuyen.

Fue cosa de un segundo. Una decisión que se toma al instante y que no tiene vuelta atrás. La teoría dice que entre lacrimógenas no se debe correr, porque se traga más humo; la práctica, por su parte, que cuando siguen cayendo bombas del cielo y se debe atravesar una nube de humo, caminar es casi suicida.

Solo el infierno, en los relatos medievales, puede comparársele a esto: los ojos se nublan y pican, la piel del rostro arde, la garganta se seca, respirar quema y el corazón late fuertemente. Se sale aturdido, con poca fuerza, sin poder ver casi, con una sed tremenda y respirando con mucha dificultad y dolor. Tos y arcadas se mezclan, y cada rayo de sol, de ese sol inclemente de abril, fríe la piel. Es una sensación abrasiva, de estarse cociendo por dentro y por fuera. Y el agua, en el momento, no es opción: debe pasar un tiempo, so pena de no incinerarse uno del todo.

Será por ello, quizás, que en esta oportunidad, cuando de tramo en tramo alguien pedía a la gente que se detuviera y se quedara en la autopista, la respuesta de la gran y ahogada mayoría era seguir. Esta vez no había lugar para la épica de los otros días. El relato heroico de la resistencia legendaria había sido ahogado en litros de gas tóxico. Salir de la autopista se volvió imperativo, antes de que viniera la otra emboscada, anunciada por las hélices del helicóptero que ya sobrevolaba por allí. Era la de Chacao la salida más cercana. Una vez fuera de la autopista, cada quien agarró por su lado. Quienes fueron al Sambil, pudieron ver desde la terraza de la feria de comida cómo eran atacados los que se encontraban en el CCCT. El hecho produjo reacciones de repudio. En la autopista, frente al centro comercial, se paró un grupo de Guardias Nacionales. La gente los comenzó a insultar. Ellos les respondieron con señas obscenas. Inmediatamente, la seguridad del mall caraqueño, cerró la terraza de la feria. Una hora después, tendría que hacer lo propio con las puertas de acceso: un grupo de motorizados de la PNB pasó por ellas dejando como regalo un par de lacrimógenas, que causaron pánico entre los que estaban allí.

A la salida, a eso de las 5 de la tarde, caminar de Chacao a Altamira implicaba atravesar barricadas, hogueras, defensas y barreras. Una de las sedes del TSJ había ardido. El panorama era desolador. Como lo predijo el vendedor de empanadas, era la guerra. Pero no todos habían comido caraotas para poder enfrentarse a ella.

ResistenciaAutopista

Resistencia (e impotencia) en la autopista

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cuando la reportera de Vivo Play TV le preguntó a Freddy Guevara si la concentración de Altamira se iba a dirigir hacia la Defensoría del Pueblo, él sencillamente fingió demencia. Cuando ella misma le dijo que ya Capriles lo había anunciado, Freddy sonrió ligeramente y le contestó exactamente lo mismo que dos minutos antes le había dicho: que las próximas acciones serían anunciadas cuando todos los líderes estuvieran allí reunidos. Ello sucedía pasadas las once de la mañana, cerca de las dos camionetas con cornetas que se encontraban debajo del distribuidor Altamira. A esa hora, todavía no estaba claro que se trataría de una manifestación de considerable magnitud, y el Vicepresidente de la Asamblea Nacional, lentes de carey y franela obamita de Leopoldo, era prácticamente la única atracción (y distracción) que tenían los reporteros. Dio por lo menos tres entrevistas, en las que habló de la estrategia a seguir (“todas tienen que partir de que estamos en dictadura”), del poder de la calle (“sólo con una gran presión podremos lograr algo”) e incluso de sus miedos (“miedo me da tener que vivir así para toda la vida”).

Las primeras palabras que salieron de las cornetas fueron para dejar en claro que la dinámica iba a ser diferente. “Hoy no va a haber música”, anunciaba el exaltado animador, “sino la garganta anónima del pueblo”. Lo primero fue verdad y lo segundo demagogia: lo que hubo fue la garganta reconocida de los representantes del pueblo, los diputados, que hablaron desde el techo de la camioneta. Abajo, mientras sus colegas peroraban, el diputado Juan Andrés Mejía iba informando a los demás políticos que la concentración se convertiría en marcha y que iría hasta la Defensoría, pero, añadía, “ya Capriles se adelantó”. Fue Mejía quien le indicó al animador que podía comenzar la intriga. “En 15 minutos”, anunció éste, “les diremos adónde va este río de gente”. El anuncio fue un revulsivo ante el discurso soporífero de un diputado más bien anónimo que se encontraba hablando en ese momento y al que nadie le prestaba atención. “Aquí está llegando Henry Ramos Allup”, informó el animador pero el diputado adeco no subió, pese a la respuesta entusiasta de la gente. Fue quizás por ello que pusieron a hablar a Mitzi Capriles de Ledezma, que fue la primera sorprendida (ojos abiertos como dos platos) al escuchar su nombre. Resultó casi una proeza subirla al techo de la camioneta (“primero sentada y después parada”, indicaba) y otra mayor escucharla, ya que en ese momento el otro Capriles, Henrique, se aproximaba entre vítores. Llegó saludando, viendo para todos lados, sonriendo, confirmando cosas a distancia con el pulgar levantado, y delegando: no pronunció palabra alguna y dejó sobre los hombros de Freddy el anuncio de la ruta.

Quizás porque no le entendió bien, Guevara , tras volver a pedir perdón por los errores del pasado y prometer que esta vez todo sería diferente y no habría diálogo que enfriara la calle, indicó que la concentración sería marcha y que entonces (volteando adonde Capriles) ahorita (alargando la palabra) vamos a escuchar a (viendo fijamente a Capriles) alguien que les va a decir (Capriles haciendo señas de no con las manos e indicándole que lo dijera él) que (tomando aire para el grito) ¡la marcha va a la Defensoría del Pueblo!  

La información fue recibida con algarabía. Pasados 5 minutos no quedaba rastro alguno ni del sonido ni de los dirigentes, que en moto o trotando habían tomado la delantera de la manifestación. Seguirles la pista fue misión imposible, y lo fue porque había más gente de la que se podía esperar un jueves laborable en la mañana para una convocatoria hecha por una oposición que vivía horas bajas y hasta el martes no lograba congregar un número importante de gente en la calle. Pero algo parece tener el Distribuidor Altamira que logra siempre resucitarla y multiplicarle la gente.

Cuando el cartel verde evidenció que era dirección Centro la que todos tomaban, las conversaciones, hasta entonces más bien triviales, comenzaron a mudar. “¿Y es que vamos para el centro?”, le preguntaba ya nerviosa una mujer a su esposo. “A la Plaza Morelos”, le explicaba él. “¿Y eso queda dónde?”, inquiría. “Por Bellas Artes”, le contestaba otra. Las vías alternas en caso de que hubiera disturbios allá, la cantidad de efectivo con la que cada quien contaba y la efectividad del agua, el vinagre, la pasta de dientes y el Maalox para combatir las bombas lacrimógenas se convirtieron en los tópicos a medida que se avanzaba.  “Qué bolas. Mira a esa gente. Se van todos”, señalaba una manifestante a quienes salían en dirección Chacao. “¡No se vayan! ¡Tenemos que estar unidos!”, los increpaba. “Vamos a tomar unas fotos”, se justificaban. No exactamente miedo, pero sí una cierta aprehensión se comenzaba a sentir con el transcurrir del trayecto. Pero había, también, una esperanza: la cantidad de gente, que parecía haber superado las expectativas de todos, y se resumía en una consigna: “¡Somos más!”.

El primer anuncio de que había problemas más adelante, vino de una mujer que hablaba por teléfono. “¡En Sabana Grande ya están lanzando bombas!”, informaba, heraldo espontáneo, a la multitud. La tensión aumentó inmediatamente después, cuando un remolino de gente se agrupó cerca del Guaire. “Parece que atraparon a un infiltrado”, decía alguien, y los gritos de “¡péguenle!” y “denle duro!” parecían confirmar la especie. Sin embargo, fue una mujer de orejas y manos sangrantes, que salía del círculo, quien explicó todo. “¡Una mujer me trató de robar! ¡Me trató de arrancar los zarcillos!”, decía entre sollozos mientras el esposo le pedía calma y la blusa blanca se le llenaba de sangre: una ladrona había sido atrapada in fraganti y recibía un castigo ejemplar. Lanzarla al río era lo que muchos pedían, pero la sensatez privó: la liberaron, nariz sangrante, en el borde de la autopista. Iba de jean y franela blanca, como una manifestante cualquiera. Se fue insultando a todos, sin voltear y sin los zarcillos.

Metros más adelante, una gran nube blanca cubría el horizonte y se confundía con el también blanco cielo. Lo rutinario de las detonaciones dejaba entrever que se trataba ya de un enfrentamiento que tenía su tiempo y su dinámica propia. Los manifestantes se habían organizado: adelante, en la primera línea, diputados, dirigentes y jóvenes; atrás, el resto. La frontera entre lo seguro y lo inseguro se encontraba entre la cauchera Goodyear e Italbraga. Allí, los que querían estar cerca pero no tenían con qué protegerse podían cumplir su deseo. Era a ese punto adonde iban a parar los heridos del primer frente. Asfixiados, golpeados y con la cabeza abierta, llegaban cargados por los demás manifestantes y eran recibidos con vítores y aplausos, como verdaderos héroes. Lo Bomberos Universitarios y algún médico que allí estaba se encargaban de auxiliarlos. Entretanto, la gente los rodeaba, opinaba y discutía. A un “¡échenle agua!”, le seguía un “¡no, eso es peor!”, al que le continuaba un “¡yo tengo vinagre!”, replicado por un “mejor pasta de diente”, rebatido por un “¡no, que eso quema!”, sucedido de un “busquemos Maalox”, interrumpido constantemente por continuos “¡apártense, que tiene que respirar!”.

Los estertores de Henrique Capriles, roncos y profundos, fueron en algún momento el centro de atención. El Gobernador de Miranda llegó prácticamente desmayado entre gritos de “¡valiente, valiente!”. Con la cabeza apoyada en la defensa que bordea el Guaire, lo único que se veía era su cabello húmedo, su franela empapada y el brusco movimiento de su torso al respirar. “¡Está convulsionando!”, gritaba angustiada una mujer, pero no convulsionaba, sino que vomitaba. Le dieron agua, le echaron aire, hicieron un círculo alrededor y ni aun así lograron restituirlo del todo. Finalmente, transcurridos más de diez minutos y sin mejora alguna, su equipo optó por llevárselo en una moto. Eran cerca de las 3 de la tarde y la batalla no había terminado.

Tendría que pasar todavía más tiempo para que los cuerpos de seguridad pudieran por fin empezar a hacer retroceder a los presentes. Había sido una batalla larga y desigual, librada precisamente en las horas del mediodía abrileño de Caracas, bajo un cielo sin nubes y en una autopista sin sombra, en la que había corrido demasiado gas. El avance de los cuerpos de seguridad, sin embargo, fue lento, casi espasmódico. No lograron hacer correr de una a los manifestantes, sólo retroceder lentamente. A cada carrera, la gente se detenía, se volteaba y se plantaba. A medida que se retrocedía, una nueva barricada (de piedras, de árboles, de ramas, de escombros) cortaba el paso en la autopista. A medida que se retrocedía, había menos gente. Y entonces, vino la emboscada.

Fue a la altura de El Rosal. Unas motos que se habían adelantado, regresaban a toda prisa alertando que de frente venía la Guardia Nacional. “¡Devuélvanse, devuélvanse!”, gritaba con gesto desesperado una mujer que iba de parrillera. Pero no había para donde. Atrás estaba todo el contingente anti motín, a un lado el río Guaire y al otro El Rosal. Y a medio kilómetro, la montaña que subía al puente del CCCT. Era una opción suicida, con más riesgo que probabilidad de éxito, pero era la única opción. La carrera fue monumental, a toda prisa y sin ver a los lados. Las motos venían de frente y disparando lacrimógenas, y quien se parara perdía. Subir la empinada pendiente respirando gas hizo todo más difícil. Al llegar arriba, el espectáculo era desolador: abajo, emboscados y gaseados, corrían, se caían, se levantaban y volvían a correr los que no tuvieron chance de subir. En ese momento, la palabra impotencia adquirió en la vida de todos un nuevo significado que dificilmente podrá perder.

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Tiros, gases y coraje en la autopista

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Haber visto ayer a Henrique Capriles liderar la toma y tranca de la Francisco Fajardo fue, sencillamente, algo surrealista. Sin embargo, para ese improbable momento en el que casi al mediodía el dirigente de Primero Justicia saltó con un (des)nutrido grupo de personas a la autopista, primero habrían de suceder otras cosas. Porque este relato comienza un par de horas antes en la Avenida Libertador, con la oposición concentrada en apoyo a sus diputados y pidiendo la destitución y enjuiciamiento de los magistrados golpistas que disolvieron la Asamblea Nacional.

A las 10:30 de la mañana no era ni exitosa ni masiva la convocatoria. “Es que no dijeron hora”, le mentía piadosamente una cincuentona arrecostada en una baranda de la Libertador al hombre que la acompañaba, cuya volteada de ojos reflejaba lo poco convincente del argumento. Si tan solo le hubiera mencionado que el metro se encontraba prácticamente cerrado, las camioneticas estaban colapsadas, las calles eran un estacionamiento y llegar hasta allá toda una proeza, puede que lo hubiera persuadido. “Fíjate cómo viene gente poquito a poco”, insistía ella. Y aunque en efecto cada tanto tiempo se incorporaba por las calles adyacentes uno que otro grupo, habría tenido que pasar una semana entera para que, con la frecuencia y el número con que llegaban, se pudiera llenar la eróticamente célebre avenida.

De todo ello tenían vista privilegiada los habitantes de los bloques de Misión Vivienda, la mayoría de los cuales estaban asomados (y sentados) en las rejas de sus ventanas. Con afiches de Maduro y camisas rojas hacían saber a los manifestantes que se encontraban en territorio enemigo. También con agua, piedras y otros objetos que arrojaban desde las ventanas y las azoteas. Aguzando la mirada, Henry Ramos Allup trataba de enfocar a un hombre escondido en lo que probablemente son las escaleras de los edificios, desde donde lanzaba cosas. El diputado adeco, que lucía un bigote de pasta de diente, parecía ser el único que tenía la esperanza de llegar a la AN: iba enfundado (nunca mejor usada la palabra) en un grueso traje gris, con camisa azul y corbata. Marchaba escoltado por su fiel escudero, Edgar Zambrano, y un grupo pequeño de camisas blancas. Por eso, los manifestantes la tuvieron fácil para detenerlo y explicarle por qué ese era un mal punto para estar concentrados.

Minutos después, cuando del cielo (o de una azotea) cayó una bomba lacrimógena, la advertencia se vio confirmada. Poco tiempo había transcurrido desde que el rumor de la ruptura, metros más adelante, del primer piquete de la PNB hiciera festejar a los manifestantes. Pero poco duró la celebración en la cola de la concentración. La bomba (potente) sorprendió a todos y asfixió a muchos. Nadie la esperaba, porque cerca no había miembro de cuerpo de seguridad alguno. Ni siquiera describió la clásica parábola blanca que sirve de advertencia. Sencillamente cayó, diríase verticalmente, en medio de un grupo de gente reunida, y los dispersó.

Cuadras más atrás, ojos rojos y llorosos veían cómo una ballena irrumpía rápidamente en la Libertador. Más veloz que diestro, el conductor retrocedía y adelantaba repetidamente para cuadrarse y comenzar a echar agua. La gente corría, las motos pasaban, y un par de lóbulos sangraban: en medio de la confusión y en fracción de segundos un motorizado le arrancó los zarcillos a una mujer. “No eran de oro”, se consolaba ella, mientras un hombre explicaba que en ese momento a él le intentaron arrebatar el celular. El hecho caldeó los ánimos, y las imprecaciones por la desgracia de vivir en un país se delincuentes se volvieron consignas.

Y entonces, pasó Capriles. Iba acompañado de José Guerra y rodeado por un pequeño grupo de gente, al que se iban incorporando cada vez más personas. Bajó por la calle de atrás de la iglesia de El Recreo, estrecha y pintoresca, y se perdió Sabana Grande abajo. Al llegar al boulevard no había rastro de él y la vida seguía como si tal. Pero es que allí no era la protesta, sino dos cuadras más abajo: en la autopista Francisco Fajardo.

No serían al principio ni cien las personas que la trancaron, en su mayoría estudiantes universitarios de la UCAB y de la UNIMET, que, sentados en el hirviente asfalto del mediodía, no dejaban pasar ni un carro. Y con ellos, Henrique Capriles.

Esa sola imagen, la del primer líder de la oposición lanzándose con un puñado de estudiantes a cerrar una autopista, bastaba para comprender la gravedad de las horas. Más aún si ese líder era precisamente el hombre precavido, mesurado, moderado y partidario de la protesta sensata y organizada que siempre ha sido Henrique. Nada más había que verlo allí para entender que algo (y muy grave) había sucedido en el país; que las reglas del juego ya eran otras; y que la situación apremiaba.

Largos y muy tensos fueron esos primeros minutos de cierre. Había determinación, pero faltaban personas. Los estudiantes le proponían a Capriles mil y un cosas, y su respuesta invariable era: “sí, pero cuando tengamos más gente aquí”. Estaba también con ellos José Guerra, que no le quitaba los ojos al teléfono. En el nivel superior de la autopista se asomaban varios cascos: de la GN, de Tránsito Terrestre y anónimos. A su vez, varias personas se incorporaban a la tranca. Los de arriba eran vistos con preocupación y los de abajo recibidos con alivio. Pocos aplausos tan sentidos como los que sonaban cuando se veía llegar un grupo grande (entendiendo por grande de más de 20 personas), que ayudara a hacer bulto.

Y bulto había cuando llegaron los paramilitares (colectivos). Ya para ese momento Lilian y María Corina (cordialísimas con Capriles) tenían rato, lo mismo Miguel Pizarro, Juan Guaidó, Carlos Paparoni, José Manuel Olivares, Gaby Arellano y Hasler Iglesias. La tensión de los solitarios primeros minutos había pasado, no así el calor: un camión de agua, cual oasis en el desierto, era la fuente en la que todos se refrescaban y servían cuando alguien dio el alerta: “¡Mierda, los colectivos!”. Al grito le siguieron cuatro imágenes: la de un enjambre de motos con algunos caras tapadas que se aproxima a toda marcha; la de un montón de gente desesperada que se lanza de la autopista entre gritos y ronroneos de motos; la de un motorizado de camisa roja, visto de reojo, que con la derecha sostiene el volante y con la izquierda saca el arma; la de varias detonaciones secas que se escuchan atrás mientras los que no habían saltado lo hacen olímpicamente.

El tiroteo produjo ataques de pánico y de histeria a partes iguales. Hubo gente que corrió (y que puede que todavía siga corriendo) y otros que un minuto después (caras rojísimas, venas del cuello y de la frente hinchadas) se subían nuevamente a la autopista gritando que ya estaba bueno de ser dominados por el miedo, y llamando a los demás a incorporarse inmediatamente. Si los carros no aprovecharon para seguir, es porque pacientemente los estudiantes habían hecho una tremenda e infranqueable barricada de piedras. La calma y el coraje de los menos propensos a la histeria se tomó su tiempo en regresar, pero lo hizo. A Capriles, que desde abajo daba declaraciones a una televisora internacional, la gente le gritaba que lo hiciera inmediatamente. Se lo pensó un momento, respiró y subió. Lo recibieron con aplausos. María Corina, también hizo lo propio. Y poco a poco se incorporaron los demás diputados y políticos. Si alguien quiere entender lo que es jugársela, si alguien quiere conocer el significado de las palabras valor y arrojo, confórmese con saber que quienes volvían a subir a la autopista lo hacían rodeados: adelante, a unos doscientos metros, desafiante y viendo de frente, seguía un grupo de paramilitares; inmediatamente atrás, atrapadas en la tranca, había dos gandolas cargadas de combustible. Un tiro que se escapara, apenas eso, hubiera significado el fin de todo y todos.

En esa tensión transcurrió una hora entera. Los paramilitares se retiraron y un grupo avanzó por la autopista hasta Plaza Venezuela. Otro grupo se quedó cuidando la barricada. La bifurcación los hizo débiles: los que se fueron no pudieron llegar a su destino, y los que se quedaron no pudieron aguantar la arremetida de la PNB, que con bombas y gas pimienta los dispersó. En un apartamento de Bello Monte, resguardados de la arremetida, y luego de ser auxiliados con vinagre y obsequiados con refresco por la dueña de la casa, cinco desconocidos hablaban de lo que habían vivido. Afuera había gritos, detonaciones y cacerolas a partes iguales. Adentro, un comentario unánime: el elogio a los políticos que (¡por fin!) se restearon en la autopista.

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RESEÑA: La vida invisible – Juan Manuel de Prada

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

‘La vida invisible’, de Juan Manuel de Prada, es un libro magnífico que puede (y debe) ser leído tanto por los que gustan de las buenas historias como por quien quiera darse un baño de buena prosa. Se trata de una novelaza (así, con superlativo peruano) que vale tanto por el fondo como por la forma, por lo que cuenta y por como lo cuenta, y que lo deja a uno con la misma sensación que se tiene al salir de cualquier catedral europea: la de que se estuvo, independientemente del estilo y de los gustos, ante algo grande.

La historia es la de un escritor, Alejandro Lozada, que en vísperas de su boda y apenas días después del 11-S viaja a Chicago a dictar una conferencia literaria. En el viaje conoce a dos personajes que terminarán por cambiarle completamente la vida: Elena, una joven con la que tiene una especie de affair no consumado y termina obsesionándose con él; y Chambers, un veterano de guerra que le proporciona las grabaciones de sus conversaciones con Fanny Riffel, una antigua estrella de revistas eróticas (pin-up-model) a la que un día encontró recluida en un ancianato, y cuya historia quiere que escriba. De regreso a Madrid, Lozada, que pretende que todo lo que pasó en Chicago quede sepultado, comienza a reconstruir y escribir la sórdida historia de Fanny Rimmel, a la par que empieza a sufrir los embates del acoso de Elena, lo que terminará, a él, que quería que todo quedara sepultado, obligándolo a dar un giro radical en su vida.

Es un resumen muy escueto para un libro muy grande en el que pasa mucho, muchísimo más. Y aunque aquí pudiera parecer que se trata de una novela policial o de misterio, hay que aclarar que ‘La vida invisible’ no tiene absolutamente nada de eso. Lo que De Prada hace a partir de esa historia es construir una novela que es atravesada transversalmente y en todas sus páginas por grandes temas como la expiación y la culpa, los secretos, y la locura. Es tremenda la aproximación que hace De Prada a ese mundo, el de la vida invisible.

Ahora bien, la forma del libro. En estructura es bastante simple: no hay narraciones simultáneas ni paralelas, tampoco saltos bruscos en el tiempo, o cambios intempestivos de narrador. Los narradores, además, están bastante bien definidos: en primera persona cuando él narra, en tercera cuando le pasa el testigo al otro. Pero la prosa de De Prada. Eso sí es otro tema. Eso sí es otra cosa. Es un libro con un lenguaje rico, suculento, culto. La cantidad de palabras y sobre todo de adjetivos es extraordinaria. Para ir anotando y aprendiendo. Es fantástico como para todo De Prada tiene una imagen, y buena, además, que es lo que más sorprende. Eso es digno de admirar, aplaudir y celebrar,  aunque puede suceder que haya partes en las que tanto adorno retórico se vuelva cansón. He allí su único defecto: que como las catedrales barrocas llega a abrumar y uno necesita respirar; aunque, como hemos aprendido tras ya tantos años de escasez, es mejor que sobre a que falte. Y a esta muy recomendable novela le sobra genio y prosa.

La vida invisible

Autor: Juan Manuel de Prada

Año: 2003

Páginas: 636

Calificación: 9/10

 

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Ya no me duele más – Silvestre Dangond

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Más que una canción, este es un grito de liberación. Un himno de triunfo que sólo pueden entonar aquellos que han logrado sobrevivir a un despecho y que ya se encuentran fuera del influjo de aquel sufrimiento. Es el aleluya de los que lo consiguieron, y, por tanto, un tema alegre, feliz, jubiloso y exultante. Lo canta Vicente Dangond, quien suena muy (demasiado) parecido a Carlos Vives y quien, al igual que su paisano, ha logrado convertir al malquerido y a veces execrado vallenato en una cosa urbana que se deja colar, querer y hasta oír.

Ay dile que ya sanó mi corazón
Que no me duele más su amor
Que ya no lloro más por ella

Ve y dile
Que yo aprendí bien la lección
Que no me entrego a otra ilusión
Si es pa’ sufrir de esta manera

El tema arranca enviando un recado a través de un tercero (o tercera, no está claro) a esa mujer que lo dejó. El núcleo del mensaje es que él se encuentra bien (“ya sanó mi corazón”), y las pruebas son que ya no siente (“no me duele más su amor) ni padece (“ya no lloro más por ella”), de lo que se desprende que para él la ruptura fue dolorosa. La segunda parte del mensaje va por el mismo derrotero: aprendió de su error y no volverá a cometerlo. ¿Cuál fue ese error? “Entregarse a [una] ilusión”. De lo que se podría concluir que aquí fue él quien lo dio todo (se entregó) por algo que no era verdadero (una ilusión), y por ello salió perjudicado (sufrió tremendamente).

Que ya no piense en regresar
Aunque no le guardo rencor
Que ya pasó todo el dolor, oh, oh

Que solo el tiempo le dirá
Si alguien la quiso más que yo
Que me hizo fuerte con su adiós
Y hoy le deseo lo mejor

En la primera línea le cierra la puerta a la posibilidad de volver a estar juntos. No queda claro si esto surge como respuesta a una propuesta que llevaba el/la mensajero/a, o si es algo que él, por voluntad propia, se adelanta a dejar claro antes de que pueda plantearse. En todo caso, esa puerta está cerrada con llave, y no porque él la odie o tenga algo contra ella (“no le guardo rencor / ya pasó todo el dolor”) no está movido por ningún sentimiento innoble (“hoy le deseo lo mejor”) y por eso, incluso, es capaz de encontrarle el aspecto positivo (“me hizo fuerte con su adiós”) a ese mal trago. Hay una madurez sentimental en esta estrofa, un crecer y sacar lo mejor de la mala experiencia, cuidándose, eso sí, de no repetirla. Sin embargo, también mete ahí su aguijón: “sólo el tiempo le dirá / si alguien la quiso más que yo”. No está mal la frase: mira el cariño que perdiste y a ver si vuelves a encontrar quien te lo de.

Ay, ya no me duele más
Ya te logré olvidar
Y aunque te quise tanto tu recuerdo me hace mal

Ya no me duele más
Ya te logré olvidar
¿Pa’ qué morir de pena si la vida sigue igual?

Ese “¡ay!” es muy pequeño para la fuerza que tiene al ser interpretado. Tendría que ir en mayúscula, con varios signos de exclamación, y todavía se quedaría corto. Aquí el arreglo del tema es fantástico para lograr que verdaderamente se sienta como un grito de liberación, de desahogo. Al escucharlo uno siente que en ese “ya no me duele más / ya te logré olvidar” salen exorcizados todos los demonios de despecho que lo atormentaban, que se libera de una opresión, de un peso y de un sufrimiento tremendos. Y ojo a la siguiente línea (“aunque te quise tanto tu recuerdo me hace mal”), que es triste y lúcida. Triste porque no hay en esta tierra forma que un “querer tanto” conjugado en pretérito perfecto simple (ese tiempo absoluto de acciones terminadas) no lo sea, ya que nos indica que ese sentimiento, esa cosa bonita, está en el pasado y en el pasado quedó: no se repetirá; y lúcida porque se reconoce frágil e inmune al poder del recuerdo (“me hace mal”).

Todo lo que sigue a partir de aquí, que no es mucho tampoco, carece prácticamente de valor. Coquetea con otra mujer (“párame bolas mi vida / ‘tay bonita, ‘tay soltera”), la deja libre (“sigue tu camino sin mi amor”) y promete cambio (“todo cambiará a partir de hoy”). Son líneas prescindibles, que no por ello demeritan las anteriores, y a pesar de las cuáles sigue siendo un tremendo tema que ojalá muchos (si no todos) los despechados puedan cantar a todo pulmón en algún momento de su vida, para proclamarle al mundo que a ellos tampoco les duele más y que lograron olvidar.