PRADAWEB

RESEÑA: La vida invisible – Juan Manuel de Prada

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

‘La vida invisible’, de Juan Manuel de Prada, es un libro magnífico que puede (y debe) ser leído tanto por los que gustan de las buenas historias como por quien quiera darse un baño de buena prosa. Se trata de una novelaza (así, con superlativo peruano) que vale tanto por el fondo como por la forma, por lo que cuenta y por como lo cuenta, y que lo deja a uno con la misma sensación que se tiene al salir de cualquier catedral europea: la de que se estuvo, independientemente del estilo y de los gustos, ante algo grande.

La historia es la de un escritor, Alejandro Lozada, que en vísperas de su boda y apenas días después del 11-S viaja a Chicago a dictar una conferencia literaria. En el viaje conoce a dos personajes que terminarán por cambiarle completamente la vida: Elena, una joven con la que tiene una especie de affair no consumado y termina obsesionándose con él; y Chambers, un veterano de guerra que le proporciona las grabaciones de sus conversaciones con Fanny Riffel, una antigua estrella de revistas eróticas (pin-up-model) a la que un día encontró recluida en un ancianato, y cuya historia quiere que escriba. De regreso a Madrid, Lozada, que pretende que todo lo que pasó en Chicago quede sepultado, comienza a reconstruir y escribir la sórdida historia de Fanny Rimmel, a la par que empieza a sufrir los embates del acoso de Elena, lo que terminará, a él, que quería que todo quedara sepultado, obligándolo a dar un giro radical en su vida.

Es un resumen muy escueto para un libro muy grande en el que pasa mucho, muchísimo más. Y aunque aquí pudiera parecer que se trata de una novela policial o de misterio, hay que aclarar que ‘La vida invisible’ no tiene absolutamente nada de eso. Lo que De Prada hace a partir de esa historia es construir una novela que es atravesada transversalmente y en todas sus páginas por grandes temas como la expiación y la culpa, los secretos, y la locura. Es tremenda la aproximación que hace De Prada a ese mundo, el de la vida invisible.

Ahora bien, la forma del libro. En estructura es bastante simple: no hay narraciones simultáneas ni paralelas, tampoco saltos bruscos en el tiempo, o cambios intempestivos de narrador. Los narradores, además, están bastante bien definidos: en primera persona cuando él narra, en tercera cuando le pasa el testigo al otro. Pero la prosa de De Prada. Eso sí es otro tema. Eso sí es otra cosa. Es un libro con un lenguaje rico, suculento, culto. La cantidad de palabras y sobre todo de adjetivos es extraordinaria. Para ir anotando y aprendiendo. Es fantástico como para todo De Prada tiene una imagen, y buena, además, que es lo que más sorprende. Eso es digno de admirar, aplaudir y celebrar,  aunque puede suceder que haya partes en las que tanto adorno retórico se vuelva cansón. He allí su único defecto: que como las catedrales barrocas llega a abrumar y uno necesita respirar; aunque, como hemos aprendido tras ya tantos años de escasez, es mejor que sobre a que falte. Y a esta muy recomendable novela le sobra genio y prosa.

La vida invisible

Autor: Juan Manuel de Prada

Año: 2003

Páginas: 636

Calificación: 9/10

 

DANGONDWEB

Ya no me duele más – Silvestre Dangond

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Más que una canción, este es un grito de liberación. Un himno de triunfo que sólo pueden entonar aquellos que han logrado sobrevivir a un despecho y que ya se encuentran fuera del influjo de aquel sufrimiento. Es el aleluya de los que lo consiguieron, y, por tanto, un tema alegre, feliz, jubiloso y exultante. Lo canta Vicente Dangond, quien suena muy (demasiado) parecido a Carlos Vives y quien, al igual que su paisano, ha logrado convertir al malquerido y a veces execrado vallenato en una cosa urbana que se deja colar, querer y hasta oír.

Ay dile que ya sanó mi corazón
Que no me duele más su amor
Que ya no lloro más por ella

Ve y dile
Que yo aprendí bien la lección
Que no me entrego a otra ilusión
Si es pa’ sufrir de esta manera

El tema arranca enviando un recado a través de un tercero (o tercera, no está claro) a esa mujer que lo dejó. El núcleo del mensaje es que él se encuentra bien (“ya sanó mi corazón”), y las pruebas son que ya no siente (“no me duele más su amor) ni padece (“ya no lloro más por ella”), de lo que se desprende que para él la ruptura fue dolorosa. La segunda parte del mensaje va por el mismo derrotero: aprendió de su error y no volverá a cometerlo. ¿Cuál fue ese error? “Entregarse a [una] ilusión”. De lo que se podría concluir que aquí fue él quien lo dio todo (se entregó) por algo que no era verdadero (una ilusión), y por ello salió perjudicado (sufrió tremendamente).

Que ya no piense en regresar
Aunque no le guardo rencor
Que ya pasó todo el dolor, oh, oh

Que solo el tiempo le dirá
Si alguien la quiso más que yo
Que me hizo fuerte con su adiós
Y hoy le deseo lo mejor

En la primera línea le cierra la puerta a la posibilidad de volver a estar juntos. No queda claro si esto surge como respuesta a una propuesta que llevaba el/la mensajero/a, o si es algo que él, por voluntad propia, se adelanta a dejar claro antes de que pueda plantearse. En todo caso, esa puerta está cerrada con llave, y no porque él la odie o tenga algo contra ella (“no le guardo rencor / ya pasó todo el dolor”) no está movido por ningún sentimiento innoble (“hoy le deseo lo mejor”) y por eso, incluso, es capaz de encontrarle el aspecto positivo (“me hizo fuerte con su adiós”) a ese mal trago. Hay una madurez sentimental en esta estrofa, un crecer y sacar lo mejor de la mala experiencia, cuidándose, eso sí, de no repetirla. Sin embargo, también mete ahí su aguijón: “sólo el tiempo le dirá / si alguien la quiso más que yo”. No está mal la frase: mira el cariño que perdiste y a ver si vuelves a encontrar quien te lo de.

Ay, ya no me duele más
Ya te logré olvidar
Y aunque te quise tanto tu recuerdo me hace mal

Ya no me duele más
Ya te logré olvidar
¿Pa’ qué morir de pena si la vida sigue igual?

Ese “¡ay!” es muy pequeño para la fuerza que tiene al ser interpretado. Tendría que ir en mayúscula, con varios signos de exclamación, y todavía se quedaría corto. Aquí el arreglo del tema es fantástico para lograr que verdaderamente se sienta como un grito de liberación, de desahogo. Al escucharlo uno siente que en ese “ya no me duele más / ya te logré olvidar” salen exorcizados todos los demonios de despecho que lo atormentaban, que se libera de una opresión, de un peso y de un sufrimiento tremendos. Y ojo a la siguiente línea (“aunque te quise tanto tu recuerdo me hace mal”), que es triste y lúcida. Triste porque no hay en esta tierra forma que un “querer tanto” conjugado en pretérito perfecto simple (ese tiempo absoluto de acciones terminadas) no lo sea, ya que nos indica que ese sentimiento, esa cosa bonita, está en el pasado y en el pasado quedó: no se repetirá; y lúcida porque se reconoce frágil e inmune al poder del recuerdo (“me hace mal”).

Todo lo que sigue a partir de aquí, que no es mucho tampoco, carece prácticamente de valor. Coquetea con otra mujer (“párame bolas mi vida / ‘tay bonita, ‘tay soltera”), la deja libre (“sigue tu camino sin mi amor”) y promete cambio (“todo cambiará a partir de hoy”). Son líneas prescindibles, que no por ello demeritan las anteriores, y a pesar de las cuáles sigue siendo un tremendo tema que ojalá muchos (si no todos) los despechados puedan cantar a todo pulmón en algún momento de su vida, para proclamarle al mundo que a ellos tampoco les duele más y que lograron olvidar.

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El Centro Comercial que fue y ya no es

Por: Ezequiel Abdala – @eaa17

Los sábados eternos quedaron atrás. Aquellas largas colas para entrar al estacionamiento y las interminables vueltas para pescar alguno de sus 508 puestos; ese imán que tenía para los caraqueños y aquel encanto que tanto seducía a los jóvenes; la elegancia de sus tiendas de marca y la exclusividad de sus locales nocturnos; los ríos de gente en sus pasillos y la vida que allí se sentía; todo forma parte de un pasado que hoy suena a mito.

El primer gran centro comercial de Caracas, el Chacaito, envejeció mal y pronto, como las vedettes que en aquellos irrepetibles setenta alcanzaron la fama en su teatro de obras ligeras; como las hombreras y las ropas coloridas que tanto se exhibieron en sus cotizadas vidrieras; como la Caracas posible, pudiente y de referencia.   Read More…

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RESEÑA: La conjura contra América – Phillip Roth

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

¿Qué habría pasado en los Estados Unidos si por allá en 1940 Franklin Delano Roosevelt hubiera sido derrotado por un candidato republicano, aislacionista, antisemita y amigo de Hitler? Esa es la pregunta que en casi 400 páginas responde el brillante escritor norteamericano Phillip Roth en las páginas de ‘La conjura contra américa’, una fantástica ucronía (novela histórica alternativa) magníficamente escrita, en la que se nos narra la alarmante transformación de América tras la victoria de semejante espécimen.

 “El temor gobierna estas memorias, un temor perpetuo. Por supuesto, no hay infancia sin terrores, pero me pregunto si no habría sido yo un niño menos asustado de no haber tenido a Lindbergh por presidente o de no haber sido vástagos judíos”

Con estas líneas arranca la novela, escrita en primera persona y a modo de memoria. Su protagonista es un niño que vive en un vecindario judío en Newark (New Jersey), junto con su padre, su madre, su hermano mayor y un primo. Son una familia de clase media, que comparte el piso de abajo con unos inquilinos, y que viene de reponerse del crack bursátil de 1929 y de la llamada “Gran Depresión”. Todos profesan por Roosevelt una admiración que llega casi a la devoción y ven con malos (pésimos) ojos que Lindbergh (ese aviador que un día fue motivo de orgullo para la nación al llegar a París en vuelo directo desde Nueva York y ahora es amigo de Hittler y contrario a que EE.UU. participe en la II Guerra Mundial) gane la presidencia. Pero lo hace, y con él en la Casa Blanca comienzan una serie de cambios que parecen sutiles para todos menos para esta familia judía (a la que tachan de paranoica), que finalmente terminará por tener razón cuando todo desemboque en un tremendo caos.

Si ya el tema de la novela es interesante, lo es mucho más la manera en la que está desarrollada. Página a página, Roth va logrando que cada pieza encaje y todo vaya pareciendo perfectamente verosímil; más que eso: real. Para quien no tenga ni remota idea de la historia (cualquier niño de Liceo Bolivariano, por ejemplo) esta novela podría pasar perfectamente como el relato de un hecho real; e incluso, quien tenga la historia estudiada no dejará de ser visitado una que otra vez por la duda y la pregunta de si esto fue o no así. En ese sentido el libro logra con creces el cometido de novelar (construir) la historia a partir de la modificación de un suceso determinado; de especular con sentido, para que nos entendamos. Resulta indispensable para ello el tremendo conocimiento que tiene Roth de lo que podríamos llamar el alma norteamericana: tanto la sociológica como la política. Sabe cómo piensa, cómo actúa y cómo reacciona el americano promedio; y  sabe también cómo es y funciona el sistema: los partidos políticos, los medios de comunicación, los poderes y las instituciones.

Y sabe también otra cosa que en esta novela resulta fundamental: pensar y escribir como un niño. Ese derrotero por el que tan buenas plumas se han desbarrancado, Roth lo pasa con hidalguía. No cae en el estereotipo de la ingenuidad forzada (esos niños extremadamente cándidos y bobos) ni tampoco pierde el hilo (no le crece el niño en las páginas, sino que siempre se mantiene en la edad). Que sea narrado por un niño, además, da lugar a que el libro tenga un tinte costumbrista y descanse toda la tensión política (que es mucha) en esos ojos inocentes que suelen ver e interpretar lo que pasa afuera por la mediación de terceros (sus padres, sus amigos) y centrarse en detalles y anécdotas que unos ojos muy mayores pasarían por alto. Todo ello escrito, además, con una prosa sobria, discreta y correcta (no hay frases grandilocuentes ni muy hermosas, pero tampoco hacen falta) que se deja leer fácilmente.

Se trata, pues, de una novela magnífica: interesante, entretenida y bien escrita.

La conjura contra américa

Autor: Phillip Roth

Año: 2003

Páginas: 428

Calificación: 09/10

VOZ VEIS

Jamás se dice adiós – Voz Veis

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Un reencuentro con el primer amor es la historia que canta –y cuenta– este tema de Voz Veis, perteneciente a su sexto disco, ‘¿Qué me has hecho tú?’. Un reencuentro entre dos que se quisieron mucho y tenían años sin verse, y que, cuando lo hacen, descubren que el único ha sido físico, porque el cariño que se tenían se mantiene inmutable. Y entonces, surge la sugerente idea que le da título al tema: hay gente que por más tiempo que pasen sin verse, por más cosas que los separen en la vida, nunca se despiden, jamás se dicen adiós.

¿Qué tal? ¿Cómo estás?
Hoy te encuentro más bella de lo normal
A pesar, que han pasado tantos años sin hablar
la verdad tienes la misma manera de mirar
que aún no puedo olvidar

Esta primera estrofa nos pone en la escena de un encuentro inesperado. Todo está cantado en primera persona, pero dirigido siempre a otra. No es exactamente un monólogo, sino más bien un diálogo del que solo tenemos las líneas de una sola de las partes. Arranca con un saludo casual (“¿Qué tal? ¿Cómo estás?”) tras el cual viene un piropo (“hoy te encuentro más bella de lo normal”). Hasta el momento no sabemos qué tipo de relación había entre ambos, pero sí que tenían mucho tiempo sin contacto (“han pasado tantos años sin hablar”). También, que al reencontrarse él la halla preciosa y que no ha podido olvidarla. Esa última línea (“que aún no puedo olvidar”) es la clave de la estrofa: porque ha pasado de todo y esa mirada suya ha permanecido en el recuerdo.

Yo sigo acá:
me reviento en cada gira y al llegar, descansar;
siempre encuentro alguna amiga a quien llamar.
No está mal,
¿pero a quien engaño si en mi alma estas
dura de sacar?

Seguimos con la misma estructura del diálogo mutilado; es decir, teniendo sólo su perspectiva. Ese arranque (“yo sigo acá”) sugiere que es la respuesta a una pregunta. “Me reviento en cada gira y al llegar, descansar…”: la pone al día de su vida y de su  rutina, que es, ya se ve, la de un cantante. Interesante esto, ya que le da un toque de realismo a la historia. Luego, entra al plano de lo sentimental: “siempre encuentro alguna amiga a quien llamar”. Tiene una vida, casi, de playboy, no le faltan las mujeres, pero inmediatamente agrega un “no está mal”; es decir, que algo no está bien, lo que se confirma inmediatamente con una confesión en forma de pregunta retórica tras la cual queda poco por decir: “¿a quién engaño si en mi alma estás dura de sacar?”. Ya no es sólo que la ve bonita, o que no ha olvidado su mirada; es que la tiene en el alma (en lo más profundo) y “dura de sacar”: sigue allí a pesar del tiempo, de las amigas que llama cuando llega de gira, de todo.

Fuimos tan perfectos debutando en el amor
Fuimos como el viento entregado al cielo
Fui un velero navegándote amor
y tú la playa anclada al corazón
Fuimos más que un cuento que se acabó
hay gente que jamás se dice adiós

Este es el coro de la canción, que arranca con una línea que bien paga todo el tema: “Fuimos tan perfectos debutando en el amor”. Es una frase nostálgica, que remite a un recuerdo feliz, a una añoranza maravillosa: el debut en el amor…sea lo que esto pueda ser. Llámese noviazgo o primera vez o ambas juntas, eso da igual. Lo importante es que en esas lides fueron “perfectos”. Y en ese momento, teniéndola en frente, viéndola, lo que le sale es eso: “¡Fuimos tan perfectos debutando en el amor!”. Es sencillamente precioso, incluso conmovedor. Aunque también doloroso: el fuimos (pretérito perfecto) se remite a algo que sucedió en el pasado y concluyó. Y con ello, ya tenemos el cuadro completo de la historia: dos primeros novios que se rencuentran tras mucho tiempo.

Le siguen dos líneas que no le hacen justicia a la anterior: “fuimos como el viento entregado al cielo” (¿?), “fui un velero navegándote amor y tú la playa anclada al corazón” (¿?); son dos imágenes que tienen poco o ningún sentido, y de las que es muy poco lo que se puede sacar. Pero tras ellas viene un cierre de altura: “Fuimos más que un cuento que se acabó. Hay gente que jamás se dice adiós”. Comencemos por lo primero: “más que un cuento que se acabó”; aquí está diciendo que lo de ellos no fue una historia del montón, con principio, desarrollo y fin, sino algo más, muchísimo más, que ni siquiera se puede medir con los estándares o parámetros típicos; no fue algo que pasó y en el pasado quedó. “Hay gente que jamás se dice adiós”: es una afirmación tan categórica (“jamás”) como esperanzadora, que sugiere una eternidad, al menos terrena: mientras estemos en este mundo jamás podremos decirnos adiós.

Puede pasar que ya tengas compañía
¿Y qué más da?
Si al final, lo que importa en esta vida es recordar,
es guardar eso que fotografía el corazón
que solo es de los dos

Esta estrofa arranca admitiendo la posibilidad de que en la vida de ella pueda haber otro en ese momento, cosa que despacha muy ligeramente con un “¿qué más da?” porque tiene confianza en algo inamovible: los recuerdos. Él es parte de su historia, de algo que nadie va a poder arrancar. “Al final, lo que importa en esta vida es recordar”. La sentencia hace volver a Sábato (“vivir consiste en crear recuerdos futuros”) y no deja de tener una cierta e interesante sabiduría existencial; inmediatamente le sigue otra frase mejor: “[lo que importa en esta vida] es guardar eso que fotografía el corazón, que solo es de los dos”. La imagen es tan gráfica como preciosa y se entiende perfectamente: se refiere a esos recuerdos que quedan grabados inmarcesiblemente en ese espacio inabarcable e inaccesible del corazón, los instantes que éste decide congelar para siempre, que son tan ingobernables como imborrables, y que, como bien agrega la canción “sólo [son] de los dos”, no pertenecen a más nadie.

Inmediatamente entra de nuevo el coro, que aquí cobra la plenitud de su sentido. “Fuimos tan perfectos debutando en el amor”; y como lo fueron, hay (tienen) un álbum entero de recuerdos, de fotografías del corazón; y como lo fueron, porque lo fueron, hay (y ellos son) gente que jamás se dice adiós.

ARJONAWEB

Historia de taxi – Ricardo Arjona

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Hay (o hubo) un Ricardo Arjona que antes de hundirse en ese mar de frases y metáforas pretenciosas y rebuscadas, cantaba (y contaba) historias de calidad. Un magnífico narrador (trovador si quieren) de historias verdaderamente buenas, como la de este tema casi perfecto que es una de sus cimas más altas. “Historia de un taxi” es su título, y fue el cuarto single de su quinto álbum, Historias (1994), que se encuentra lleno, precisamente, de eso: de (buenas) historias.

Esta que nos atañe la protagoniza un taxista casado que una noche tiene un ‘affair’ con una pasajera despechada que viene de descubrir la infidelidad de su marido y busca pagarle con la misma moneda. Hasta allí es una buena historia, que es narrada en primera por el taxista (quien canta la canción). Sin embargo, ya casi llegando al final, Arjona le da un giro inesperado y cortazariano que hace que la historia cierre circularmente, tal y como el argentino decía que debía ser un buen cuento: la mujer con la que el esposo de la pasajera le era infiel…es la del taxista.

Ya allí, ya sólo por eso, por la historia y la estructura, el tema vale la pena. Pero hay mucho más y es que Arjona escoge muy bien aquí las palabras y las metáforas.

Eran las diez de la noche
Piloteaba mi nave
Era mi taxi un wolkswagen
Del año 68

Era un día de esos malos donde no hubo pasaje
Las lentejuelas de un traje
Me hicieron la parada
Era una rubia preciosa llevaba minifalda
El escote en su espalda
Llegaba justo a la gloria

Una lágrima negra rodaba en su mejilla.
mientras que el retrovisor decía “¡ve que pantorillas!”
yo vi un poco más.

El propio taxista nos cuenta en primera persona su historia: es de noche, ha sido una jornada mala, y se le monta una pasajera bastante atractiva. Por el carro (“un wolkswagen del año 68”) y el habla (“piloteaba mi nave”) se saca que es un hombre de clase popular. Es una primera parte muy descriptiva  (rubia preciosa, de minifalda, escotada en la espalda, de buenas pantorrillas) en la que destacan dos humanizaciones (“las lentejuelas de un traje me hicieron la parada”, “el retrovisor decía”) y un detallazo (el de la lágrima negra) muy de Yordano, que nos permiten hacernos una idea completa de la situación: la mujer, vestida de fiesta, está triste. Llora. Algo no le ha salido bien.

Eran las diez con cuarenta zigzagueaba en Reforma.
me dijo “me llamo Norma”
mientras cruzaba la pierna.
Sacó un cigarro algo extraño de esos que te dan risa.
le ofrecí fuego deprisa
y me temblaba la mano
Le pregunté “¿por quién llora?
y me dijo “por un tipo, que se cree que por rico
puede venir a engañarme.”
“no caiga usted por amores, debe de levantarse” le dije
“cuente con un servidor si lo que quiere es vengarse”.
y me sonrió.

En esta segunda parte ambos siguen en el taxi. Han pasado 40 minutos, y aunque Ciudad de México es enorme, ya parece ser demasiado tiempo para una carrera nocturna. Ese “zigzagueaba en Reforma” parece sugerir que están haciendo tiempo. Lo claro y seguro es que llevan rato hablando. Ella se presentó, él le preguntó por el llanto, ella le contó, él la aconsejó, luego se le ofreció (“cuente con un servidor si lo que quiere es vengarse”) y ella le sonrió. Todo contado con apenas lo mínimo, con lo justo y necesario para hacernos la película completa. Y ojo a un detalle revelador: el temblor en la mano, que se sucede en la escena, por demás muy clásica, del encendido del cigarro (“de esos que te dan risa”) y que denota ese nivel de nervio que precede un acto malo.

¿Qué es lo que hace un taxista seduciendo a la vida? 
¿Qué es lo que hace un taxista construyendo una herida?
¿Qué es lo que hace un taxista en frente de una dama?
¿Qué es lo que hace un taxista con sus sueños de cama?
Me pregunté…

Este es el coro de la canción, que nos mete en otro plano de narración: el de la conciencia del taxista. Aquí ya no son los hechos ni las conversaciones lo que nos cuenta, sino las preguntas que en ese momento de se hace, una especie de ‘¿qué estás haciendo?’. Angelito bueno y diablo malo, en ellas sabe que lo que hace no está bien (“construyendo una herida”), pero a su vez se compadece de sí para justificarse (¿qué hago con mis sueños de cama?) y así va. Preguntándose.

“Lo vi abrazando y besando a una humilde muchacha.
es de clase muy sencilla,
lo sé por su facha”.
Me sonreía en el espejo y se sentaba de lado.
yo estaba idiotizado,
con el espejo empañado.
Me dijo “dobla en la esquina, iremos hasta mi casa.
después de un par de tequilas, veremos qué es lo que pasa.”
¿Para que describir lo que hicimos en la alfombra?,
Si basta con resumir que le besé hasta la sombra,
y un poco más…

‘Consumatum est’: todo ha sucedido. Esta parte del relato arranca con ella contando por fin lo que había pasado: descubrió a su hombre siéndole infiel. Hay un dejo de clasismo en su expresión para referirse a la otra (“es de clase muy sencilla, lo sé por su facha”). Y nuevamente un detalle fantástico que lo dice todo: el retrovisor empañado; con ello se ahorra Arjona contarnos lo caliente que estaban mientras conversaban. Hasta que finalmente todo desemboca en el apartamento de ella. Es graciosa la engañada proposición lava-conciencia: unos tequilas y vemos; y si pasa, culpa de ellos. “¿Para qué describir lo que hicimos en la alfombra?”, se pregunta Arjona, que evidentemente no conocía el reggaetón ni podía predecir lo que venía, “Si basta con resumir que le besé hasta la sombra…y un poco más”. Nuevamente hay un uso económico de las palabras: dice lo necesario para que uno se imagine el todo.

“No se sienta usted tan sola, sufro aunque no es lo mismo:
Mi mujer y mi horario, han abierto un abismo.
¡Cómo se sufre a ambos lados de las clases sociales!
Usted sufre en su mansión,
yo sufro en los arrabales”.
Me dijo “vente conmigo, que sepa no estoy sola.”
se hizo en el pelo una cola,
fuimos al bar donde estaban.

Aquí tenemos el monólogo post-coito del taxista, en el que cuenta y comparte su desdicha, que también la tiene: entre él y su mujer media un abismo. “¡Cómo se sufre a ambos lados de las clases sociales!”, dice el taxista, que es un hombre basto y ya aquí comienza a decir tonterías. Quizás para que no siguiera hablando tonterías, ella lo corta: “Vente conmigo, que sepa no estoy sola”. Es una especie de respuesta a esa primera línea compasiva (“no se sienta usted tan sola”). ¿Adónde van? Al bar donde su esposo está. La venganza no va a ser ni íntima ni privada: el ojo por ojo será público. Que él se entere también. Y vienen, pues, las dos líneas fantásticas en las que Arjona le da el giro cortazariano a la canción:

Entramos precisamente él abrazaba a una chica.
mira si es grande el destino y esta ciudad es chica.
¡era mi mujer!

Sin comentario. Grandísimo modo de darle vuelta a la historia y de interpretarlo. Inmediatamente después del descubrimiento entra otro coro, otra cavilación del taxista, otro asalto de la conciencia:

¿Qué es lo que hace un taxista seduciendo a la vida?
¿Qué es lo que hace un taxista construyendo una herida?
¿Qué es lo que hace un taxista cuando un caballero
coincide con su mujer en horario y esmero?
Me pregunté…

Aquí cambia la tercera pregunta, que se adapta a la situación: ¿Qué es lo que hace un taxista cuando un caballero coincide con su mujer en horario y esmero? Lo de esmero es francamente inentendible (¿cómo se coincide en esmero?), pero es interesante y queda muy bien que el coro cambie de acuerdo con la situación. Ahora bien, la respuesta a la pregunta viene en la siguiente estrofa, que es el epílogo del tema:

Desde aquella noche ellos juegan a engañarnos.
se ven en el mismo bar…
Y la rubia para el taxi siempre a las diez (je)
en el mismo lugar.

No hubo, pues, escándalo en el “bar donde estaban”. Lo que hicieron fue vengarse. Se siguieron viendo. “La rubia para el taxi siempre a las diez en el mismo lugar”. Es una escena casi cinematográfica. Un cierre perfecto. ¿Y quién engaña a quién? Todos a todos.

ORIANA

RESEÑA: Carta a un niño que nunca nació – Oriana Fallaci

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A uno le dicen Oriana Fallaci y lo primero que piensa es en la aguerrida periodista de preguntas largas y entrevistados imposibles. Sin embargo, la mítica periodista italiana también fue aut19ora de otros libros que nada tenían que ver con el periodismo, como es el caso de Carta a un niño que no llegó a nacer, que más que un título lo que tiene es un titular en el que en pocas palabras ya queda todo resumido: una carta escrita por ella para un bebé que no nació. Fin del misterio.

Como suele suceder con las cartas, ésta también es dura, durísima, como un puño en el estómago. Nace de cuando a Fallacci, atea, feminista, mujer moderna e independiente, soltera, en el top de su carrera, le informan que se encuentra embarazada y ella comienza a escribirle a ese hipotético hijo:

“Anoche supe que existías: una gota de vida que se escapó de la nada. Yo estaba con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad y, de pronto, en esa oscuridad se encendió un relámpago de certeza: sí, ahí estabas. Existías. Fue como sentir en el pecho un disparo de fusil. Se me detuvo el corazón (…) Ahora me hallo aquí, encerrada bajo llave en un miedo que me empapa el rostro, los cabellos y los pensamientos. Y en este miedo me pierdo. Trata de comprender: no es miedo a los demás, que no me preocupan. No es miedo a Dios, en quien no creo, ni al dolor, que no temo. Es miedo a ti”.

Como se lee, más que pluma, lo que Falacci usa es un bisturí, de modo que el libro termina siendo una autopsia, una disección cruda y visceral. Es un libro más sentimental que racional, cosa que no deja de sorprender en una mujer a la que uno tiene por dura. Aquí, sin embargo, se nos muestra frágil y dubitativa, sobrepasada por un hecho, la maternidad, sobre el que ella tiene poco control, y que por el contrario la controla a ella, cosa que la mata. La vemos pasar de la alegría a la tristeza, de querer tenerlo a no, de tener la certeza de que toma la decisión correcta, a dudar de si estará bien o mal, de hacer una cosa y luego la contraria. Vemos a un ser humano en una genuina experiencia humana, contradiciéndose y pasando por los más variopintos sentimientos, que van desde la ternura hasta la impiedad, de la rabia al odio.

Los monólogos de Fallaci son sencillamente desgarradores. Están escritos con sangre. Independientemente de que uno esté o no de acuerdo con lo que ella dice, no puede dejar de celebrar la sinceridad que hay en ellos. Allí le escribe a su hijo sobre la vida, el amor, la libertad, el dolor. Le cuenta fábulas de su infancia. Trata de prevenirlo sobre cómo es el mundo al que viene. Da su visión del mismo. Se descubre. Y todo con una pluma tan afilada como una daga, que se clava en las vísceras del lector. Sí, eso es este libro: una puñalada.

FICHA

Título: Carta a un niño que nunca nació

Autor: Oriana Fallaci

Año: 1975

Páginas: 100

Calificación: 8 / 10

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Lanzarse al agua en cambote

Por Ezequiel Abdala  | @eaa17

En un país donde los blackberrys son parte de la canasta básica, y en el que se arma un dramón con episodios de depresión colectiva ante la falsa ida de Zara, que a 24 parejas les dé por casarse en el Sambil un 14 de febrero es algo que no extraña pero que hay que ver.

Así que en una tarde-noche tan linda como esa estaba yo en la terraza de la feria, convertida por obra y gracia de la decoración en recinto nupcial con telas colgantes y, claro, alfombra roja, que eso no puede faltar nunca. Alrededor de ella, en sillas doradas y vinotinto, estaban los emocionados familiares, que con sus trajes largos, faldas, chaquetas, corbatas, alisados, peinados de peluquería y una que otra joya, le conferían a ese espacio rutinariamente informal un insospechado carácter solemne.

A eso de las 7:00 p.m. el fondo de violines fue cortado por una Daniela Kosán que de tan acostumbrada a las audiencias virtuales de la TV cuando se vio con casi 200 personas en frente se volvió una mata de nervios y no supo qué hacer. Adoptó los modos de la televisión —mirada fija en un punto abstracto del horizonte, tono impersonal y frío, dicción neutra— mientras el público, un tanto desconcertado, no entendía si la cosa era o no con ellos. Apoyada en unas fichas, explicó que todo tenía validez legal y les dio la bienvenida a los novios.

Con la marcha nupcial de Wagner y el público de pie, fueron entrando las parejas. Como en botica, hubo de todo. Desde cónyuges a los que más que el Código Civil lo que les aplicaba era la LOPNA, hasta unos a los que el Código Penal ya les otorgaba el beneficio de casa por cárcel. Vestidas de blanco ‘pureza’ —salvo una que fue de morado y otra de amarillo— iban las damas, mientras los caballeros alternaron entre el terno y el smoking, con algún destello folklórico en versión liqui-liqui.

El discurso de bienvenida lo dio el Alcalde de Chacao, Emilio Graterón, quien desde su soltería, no sé si cotizada, les reveló a los novios “el secreto” del matrimonio: “Que cada día en la mañanita se levanten pensando qué harán para hacer feliz al otro (…) que nunca se acuesten bravos”. Y para evitar que algún impertinente le preguntara dónde estaba la esposa que validara la eficacia del método, remató la intervención con su average de familia felices: “He casado a más de 3000 parejas y hasta ahora ninguna se ha divorciado”.

Terminado el discurso, la registradora leyó los sempiternos derechos y deberes, y comenzó la boda. La logística ordenaba que el Alcalde llamara a las parejas, Daniela Kosán les leyera la fórmula de imposición de los anillos para que la repitieran, el Alcalde hiciera la pregunta de rigor —¿Aceptas a…?—  y los declarara, formalmente, en matrimonio. Y así fue en la práctica, pero con algunas diferencias.

Quizás porque tenía al lado a una Miss o porque había dos reflectores y una cámara, Graterón se mimetizó también en animador de TV. En un tono altísimo y apresurado, que iba a medio camino entre Winston Vallenilla y Daniel Sarcos, fue como llamó a las parejas. Sin embargo, la onomástica vernácula, extravagante y esperpéntica, le fue arruinando el momento: a Doralis le dijo Dorelis; a Marleti, Merelbi; a Quereigua, Querigua; a Yulide, Yulidiet; a Edwar, Ender; a Irima, Irma. Y entre error y corrección, se escuchaba una risita nerviosa de la Kosán, que del susto preguntaba dos y tres veces cómo era en realidad el nombre para cuando le tocara decirlo.

Y no es que ella la tuviera fácil, ya que le tocó lidiar con ese otro toro bravo que es la desbordante efusividad y espontaneidad del venezolano, responsable de que todos los cónyuges le cambiaran la fórmula que ella, paciente, neutra y asépticamente, se encargaba de repetir. Así, en lugar del nombre de la novia se escucharon: ‘muñeca’, ‘chiquita’, ‘mi amor bello’, entre otros. El anillo, para algunos, no fue símbolo de “amor y fidelidad”, sino de “mi amor y mi gratitud” o “de todas las cosas que hemos pasado”. Pero, para terror de muchos y suspicacia de todos, lo más profanado de la fórmula fue fidelidad. Hubo desde el que simplemente se la saltó, hasta el que la confundió con “felicidad”, pasando por el que tartamudeó —”fi..fidelidad”—, el que no pudo —”filedi, filedidad”—, el que la cambió —”fideleidad”— y el que, acaso traicionado por el subconsciente, se rió —”de mi jajaja fidelidad jajajaja”—.

Como lo que errando empieza errando termina, el remate de la faena tampoco le salió bien a Graterón, que por andar pendiente de engolarse y adornarse le preguntó a José si tomaba como esposo a Vilmari, a Kermilis si tomaba como esposa a Jorge Luís, y a Marleti —que se casaba con Tomás— si aceptaba a Richard. Y allí, en las respuestas, otro desborde de espontaneidad: “Sí. La tomo, la recibo, todo”, “Claro, por supuesto, yo acepto” y el infaltable lagrimeo, que, contrario a lo esperado, salió de los ojos de un caballero.

Finalizado el acto vino el brindis. Ríos caudalosos de dorada y burbujeante champaña fueron repartidos generosamente entre todos los invitados, al punto de que no fueron pocos los que repitieron. Lo mismo pasó con los tequeños, el roast beef, las empanaditas y los pastelitos, agarrados hasta de a cinco por los presentes, pero cuya abundancia le hizo honor, y de qué forma, al lugar común sobre la suntuosidad de las bodas organizadas por judíos. Eso por no hablar de la mesa de quesos, también bien abastecida, pero saqueada con una fiereza que ya conmovería a Atila.

Luego de hacerse esperar unos cuantos minutos, apareció en tarima la sorpresa de la noche: Oscarcito, quien, vestido con chaqueta de pana y pajarita, era casi el arquetipo del duende irlandés. Como toda estrella, salió al escenario con lentes de sol, pero más pudo la oscuridad del sitio —martirio de todos los fotógrafos— que su vanidad, así que, rápidamente, se tuvo que deshacer de ellos. De lo que nunca se deshizo fue de la pista sobre la cual cantaba, cuya voz remasterizada lo dejó más de una vez en evidencia, ya que ésta iba por un lado y él por otro. Sin embargo, eso no fue obstáculo para que recibiera unos cuantos aplausos adolescentes por sus tres canciones.

Con él se terminó de ir lo interesante de la noche. Después siguió una orquesta con los típicos temas de boda. Algunos bailaron un rato, otros se quedaron sentados tratando de disimular las protuberancias que originaban las bolas de queso en los bolsillos y otros compartieron con sus familias. Todos, eso sí, legal y bien casados, en una ceremonia que, aunque atípica, terminó siendo entrañable y venezolanamente tópica.

DJWEB

Torkins Delgado: “Ser DJ es como si te pagaran por divertirte”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 6 de la tarde de un jueves de noviembre, el movimiento en Suka Bar es poco. Con luz, sin música y sin gente, el ahora llamado Templo no pasa de ser una gran impostura. Hay un aire mundano, de realidad, que no le cuadra a un sitio cuya razón de ser es que la gente se olvide de ella. Palabras como pagos, proveedores, facturas, cheques y retraso se dejan colar en boca de los pocos empleados que están allí. Una lámpara rota, su astronómico precio, lo imposible que será traer una nueva del extranjero, lo difícil que resultará arreglarla, copan toda la conversación. De ella se pasa a la pesquisa de unos cables extraviados la noche anterior, que nadie jura haber visto. De una improbable puerta que al parecer llevar a una más improbable oficina de administración con su escritorio y su luz blanca, sale una mujer. Es del tipo de personas que uno jamás esperaría ver allí, con su aire de madre que pronto será abuela. Afable y sonriente, va dando consejos, recordándoles cosas a los empleados y compartiendo una bolsa de platanitos con quienquiera que le pase en frente. Será todavía cuestión de horas para que la noche, el alcohol, la electrónica y los cientos de caraqueños que todavía le llevan algo ganado a la crisis y tienen los arrestos suficientes para desafiar a Caracas un jueves por la noche hagan que la magia vuelva y la fiesta se prenda.

Mientras ello ocurre, Torkins Delgado deja todo preparado en la consola. Para quienes vayan a Suka esa noche y lo vean, no será otra cosa sino el DJ, el tipo que pone la música. Quizás alguno repare en su imagen punk y en la cierta elegancia clásica de su porte. “Otro DJ excéntrico”, pensarán; y, como siempre ocurre con las primeras impresiones, se equivocarán. Porque aunque Torkins Delgado, sí, es un DJ, es también más que eso. Su partida de nacimiento dirá que nació en La Pastora (Caracas) en 1969 ;en  su cédula de identidad, que está casado (“mi esposa es una gótica loca de bola”); su currículum vitae nos hablará de un Artista Plástico de la Cristóbal Rojas, con estudios de Antropología en Sao Paulo y de Producción en la Universidad Livre de Música; su blog nos mostrará a un hombre que escribe versos; y él se definirá, sobre todo, como un artista. Se trata, pues, uno de los personajes más peculiares que hay actualmente en la noche caraqueña.

Cuando nos sentamos afuera para la entrevista, Torkins le pide a la mesonera ron de su botella. Lo toma seco; es decir, puro, sin hielo y en un vaso corto. Bebe sorbos pequeños, pero no arruga la cara ni hace ningún gesto que denote incomodidad. El trago, parece, ya no lo regaña. Le pasa suave. Habla despacio y se interrumpe frecuentemente (“ese es el problema de no dormir bien”, dirá en chiste), pero suelta lo que piensa sin reparo ni censura alguna. Tiene las muletillas típicas del caraqueño de los 80’s (pues, pana, o sea, brother, de pinga) y eso que hoy en día se llamaría un leve mandibuleo. Al mencionar aquella década se le alegra el rostro. “De verdad éramos felices y no lo sabíamos. Es eso exactamente. Recuerdo el Ateneo: eso era una fiesta cualquier fin de semana. Había 30 o 40 chamos que estudiaban cine sentados  en la escalera de la Cinemateca esperando para entrar a la función de la tarde y salían saturados de alegría a hablar en el Café del Ateneo sobre las cuatro películas que habían visto ese día. Eran unos carajos cultos: chamos de 17 y 18 años, arrecha y vitalmente cultos”, suspira.

Él fue uno de esos; y por ello sería una inquietud artística e intelectual (antes que la eterna crisis que hemos sido) la que lo llevaría a irse del país en 1994, siendo ya un hombre conocido. “Estaba embotado, quería estudiar filosofía,  quería meterme en el teatro brasilero, que es un tipo de teatro muy particular, estudiar lo qué estaba pasando allá”. Y se marchó. No estudió filosofía sino antropología, pero sí entró en el teatro del gigante del sur: “Me dirigió Celso Correa, el director más importante de América Latina. Trabajé con Caetano Veloso, interpreté a San Caetano Veloso, cené con Milton Nascimento…”, es parte de su inventario paulista.

No menos afortunado es el repaso que hace de su trayectoria venezolana. “Siempre he trabajado en los locales en los que quiero trabajar –dice volviendo al presente–, los que yo considero los mejores de la ciudad y en los que yo sería un cliente feliz.  Todo los bares donde trabajo hoy en día (Casa 22, Suka, Vintage Stereo, Lola) son lugares donde yo podría ser cliente. Jamás me vas a ver en un bar donde no tenga nexo o feeling”, apostilla viendo a Suka de frente.

¿De verdad nunca has trabajado en un sitio donde no estuvieras conforme?

–Nunca.

¿Y se lo atribuyes a qué?

–A la leche.

(Es una de sus típicas y sinceras salidas de tono, que se repetirán, espontáneas, a lo largo de la conversación).

Si de fortuna se trata, nada como la definición de su oficio actual: “Es la venganza de los que no tuvimos la disciplina para ser músicos sobre los que sí lo son: ganamos dinero a costa de ellos. Ser DJ es como si te pagaran por divertirte. ¿Qué haces? –se pregunta para inmediatamente responderse en franco soliloquio– Escuchar música. ¿De qué vives? De poner la música que oyes”. Y entonces viene la salida de tono: “Yo lo veo como cuando haces una arepa y se la das a alguien que tú quieres. Es una donación, es una cosa amorosa. Cuando eres DJ, haces hallazgos extraordinarios, hermosos, cosas que te cambian la vida, y le dices a la gente: ‘brother escucha esta vaina qué de pinga’”. Pausa reflexiva. “A mí me gusta tanto la buena música que obligo a la gente a escuchar buena música, y eso me hace sentir no una íntima sino una externa, brutal y epidérmica satisfacción. Cuando consigo algo verdaderamente bueno y lo pongo a sonar pueden verme sonriendo de alegría”. ¿Pero qué pasa cuando, como en la canción de Don Omar, la Julieta, sus amigas y todo el mundo pide reggaetón?

–Mira –dice poniéndose serio–, en Venezuela hay 30 millones de seres humanos y hay 3 millones de DJ’s, porque si algo sobra aquí son DJ’s y poetas, y los hay para eso: yo no soy para eso.

–¿Tienes algo en contra del reggeton?

–No. Yo no estoy peleando contra el reggaetón. Yo no estoy en contra de nada. Yo lo que no estoy es a favor, que es diferente. Y no lo voy a colocar. Te repito: no soy para eso, yo tengo mi nicho.

–¿Tener un nicho distinto al de esos DJ’s que ponen reggaetón te hace sentir superior?

–Sería superior si me diera más dinero del que les da a ellos. Pero no: ellos ganan más que yo, tocan más que yo, y en sitios donde pagan el doble que en los míos.

–¿Eso no es frustrante?

–No. Porque yo soy artista: hago teatro, escribo poesía, pinto cuadros…

–¿Y eso qué tiene que ver?

–Que yo entiendo el arte como un fracaso. Es más, no es que yo lo entiendo, es que el arte es un fracaso. Picasso es un puto fracaso, todos sus cuadros son la expresión de su fracaso: no pintó lo que quiso pintar y se vendió arrechamente.

Después de esa (otra) salida de tono, se pone a reflexionar sobre la diferencia entre lo popular y lo masivo. Para Torkins, la música, en su sentir, tiene la obligación de ser popular, “pero que unos productores de una radio o de unos sellos disqueros decidan masificar a unos carajos y vendértelos; ponértelos en el desayuno, en el almuerzo y en la cena; eso no es popular: eso es masivo, es producto de masa, marketing, lo que sea”. Pero se puede ser masivo y popular, que nadie se engañe: “Los Beatles fueron populares y de masa. Hicieron música que no fue sólo –y hace énfasis en el adverbio– para vender. Agarraron el alma de un momento histórico y la estrujaron. Había una poesía y una sonoridad que estaba en comunión con su generación y las generaciones, que cualquier persona en cualquier época lo iba a entender”.

Haber mencionado a los grandes, da pie para hablar un poco de su Olimpo personal venezolano. Incompleto, de pasada y pidiendo perdón de antemano por todas las omisiones, saltan los nombre de Aquiles Báez (“uno de los carajos más arrechos del planeta. Lo tiras en Japón y hace arrecho a Japón”), Gualberto Ibarreto (“es el más pop de los venezolanos, está en nuestro ADN”), Yordano (“es un genio: si tú quieres un carajo que haya entendido la sonoridad de una ciudad: Yordano con Caracas”), Colina (“es la voz de Caracas”), María Rivas (“es la reina”), Nené Quintero (“un Dios de la música. El Saturno del Olimpo”), Simón Díaz (“el hombre que amalgamó el sentir popular”), Hugo Blanco (“un tipo que hizo de todo, incluyendo el primer ská en español: ‘Buena suerte’”), Soledad Bravo (“lo mejor de este país”), Aldemaro Romero (“un puto genio, uno de los genios del planeta, y egoísta como todo genio”), la Movida Acústica Urbana, MAU (“dentro de unos años se van a escribir libros de ella”).

–¿Qué es la música para ti?

La respiración de Dios.

–¿Te ha salvado la música de algo?

Siempre. De morir de aburrimiento, de sufrimiento. La música salva, sana y cura. Salva de todo. Está hecha para sanar. Enfermedades del alma y físicas.

–¿Un artista para sanar?

Elvis. El mayor artista de mi vida.

–¿Una canción que te ponga feliz?

Great balls of fire, de Jerry Lee Lewis.

–¿Una para cuando estás triste?

Autum leaves, en cualquier versión.

–¿Una para el despecho?

Es que me gustan varias. El despecho es de pinga, hasta cuando no estás despechado. Algo de Nina Simone.

–¿Para enamorar?

A mí me gusta mucho un tema que mi esposa y yo escuchamos siempre que es In your room. Es sexi y ruda para enamorar.

-¿Una canción para despedirse?

Se acabó, con La Lupe

-¿Una que te haga llorar?

-Hay varias. Autun level, de nuevo. No hay manera de que no me joda. Hay una que me conmueve muchísimo, no sé por qué: My favorites things, de John Coltrane.

-¿Alguna que te recuerde a Venezuela?

–Simón Díaz. Es una vaina arrechísima: estás fuera del país y escuchas dos notas que lo identifiquen, y te vuelve mierda la vida, comienzas a necesitar comerte una arepa, ver el Ávila.

El Ávila, ese cerro que nos señala el norte, es uno de los grandes amores de Torkins: “Verlo te cura cualquier cosa”, jura él, que se define como “un puto caraqueño entregado”. ¿Por qué? “Por El Ávila; por cierta brisita que viene del norte que cuando estás muy jodido te pega en la frente y mejora todo; y porque tiene gente muy de pinga”. Llegados a este punto, y contra todo pronóstico, Torkins se quiebra: “Cuando salgo del trabajo veo mareas de gente yendo a trabajar, ¡a las 5 de la mañana! Esa vaina es conmovedora: es una ciudad que trabaja, en la que hay burda de gente echándole bolas, buscando el pan, ganarse la vida, intentando que sus hijos tengan mejor educación”, dice sinceramente conmovido y a punto de ceder a las lágrimas.

-¿Qué sientes por Caracas?

-Es como cuando tienes esa jeva, esa pana que la está cagando y te da arrechera, porque sabes que tiene potencial para otra vaina. Mucha impotencia.

-¿Y por la noche caraqueña?

-La respeto: hay mucho demonio por allí. Yo trabajo en la muy buena noche caraqueña, no trabajo en locales peligrosos. Y me cuido burda: cuando salgo del bar tengo en frente un taxi que me deja en la puerta de mi casa, y si no lo tengo no salgo. Soy de la resistencia, de los que no vamos a darle la ciudad a los malandros.

Esa última frase viene en consonancia con uno de los varios versos publicados en su blog:

“Estaré aquí esperando el fin de tus manías
Me encontrarás cuando bajen los ánimos
Hallarás mi cuerpo recostado de tus noches”

Eso le promete a Caracas (“mi ciudad de los techos rotos”), en un poema (“Hey vieja”). Porque Torkins, sí, escribe poemas y los publica en su blog. Y lo hace sin encontrar contradicción alguna en ello y su oficio de DJ: “Yo soy un artista más allá de DJ. Soy un artista que se divierte siendo DJ, si quieres. Y siempre  escribo: es un ejercicio de mi vida”.

-¿Qué escribes?

-Todo el tiempo escribo versos. Tengo un coñazo. Y también poemas.

-¿Cuál es la diferencia?

-Que el poema es una elaboración: necesita una estructura, una manera, una forma. El poema es un trabajo a largo plazo, un trabajo curtido.

-¿Qué es para ti la poesía?

-Es una forma de vida; de ver, de caminar, leer y escribir el mundo.

Es precisamente uno de los poemas publicado en su blog, en el que menciona a varios autores, el que da pie para comenzar a preguntarle por ellos:

-¿Qué es Kafka para ti?

-Un patólogo. El hombre que agarró el cadáver y lo diseccionó. Eso hizo él: agarró la sociedad tal y como estaba estructurada y la diseccionó.

-¿Y Lorca?

-La modernidad en pleno. Es como Simón Díaz: agarra el alma de la cultura más autóctona y se la lleva y muestra al mundo con un lenguaje más depurado.

¿Julio Cortázar?

-Jazz, sencillamente.

-¿Fernando Pessoa?

-Un Shakespeare portugués.

-¿James Joyce?

-Ahí sí está difícil, porque yo soy joyciano. Cada vez que leo ‘Ulises’ cambia mi vida porque es arrechísimo: a un hombre común  de repente lo conviertes en el tipo más de pinga del planeta; a un carajo con todos los peos del mundo, lo convierte en todos los hombres y hace una épica de un güevon, de un borracho irlandés cualquiera; y allí, al leerlo, te das cuenta entonces de que tu vida es igual, es exactamente igual: son pequeñas épicas, vainas llenas de logros y fracasos y desencuentros.

-¿Lezama Lima?

-Un Joyce latinoamericano. Lezama es universal, ni siquiera latinoamericano. ‘Paradiso’ es un libro al que hay que echarle bola. Lo amo.

-¿Walt Whitman?

-Es el hombre que es todos los hombres. Él es todos los hombres.

Y así, hablando de escritores y literatura con el DJ de Suka, termina este improbable encuentro. Han pasado casi dos horas y cuatro rondas de ron, la noche ha caído sobre Caracas, los primeros feligreses de la electrónica ya están en Suka, que comienza a parecerse, ahora sí, al local que conocemos, ese que guarda la memoria. Me despido con Torkins ya instalado en su consola. Desde ella, ejecutará su secreta venganza sobre los músicos disciplinados; desde ella prodigará a los asistentes esa noche el regalo de sus últimos descubrimientos; desde ella le hará justicia a los genios que no pudieron surfear la ola de lo masivo y naufragaron en el mar del anonimato; desde ella hará su ejercicio numantino de resistencia contra la tiniebla que nos cubre; y, quien quita, quizás pergeñará algún verso.

4FWEB

ESPECIAL: 4F, cuando la TV cambió la historia

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

En un mismo día (4 de febrero de 1992) y por un mismo medio (la televisión) se definió el destino de tres hombres, de tres presidentes: CAP, Chávez y Caldera. Aquel martes de hace hoy 25 años, el verdadero poder no lo tuvieron las armas o las instituciones, sino la pantalla: en ella Carlos Andrés Pérez salvó su gobierno del golpe; Caldera, cadáver político, resurgió de las cenizas; y el mito de Hugo Chávez comenzó a construirse. Tres momentos transmitidos en vivo y directo que a la postre se mostraron como definitivos para la historia del país.

1:30 AM

-Acuérdese de Rómulo, acuérdese de que usted tiene que salir por televisión para que lo vean, para que sepan que está vivo, que está firme hablándole al país.

cap

En el fondo suenan disparos. Es la banda sonora de la escena. De un lado del teléfono, en La Casona, Blanca de Pérez, la primera dama. Del otro lado del teléfono, escapando de Miraflores, Carlos Andrés Pérez, el presidente. Y alrededor de ellos, tanquetas y militares disparando. Es la madrugada del 4 de Febrero y la Fuerza Armada se ha sublevado contra el gobierno. Hay un Golpe de Estado en pleno desarrollo.

Apenas unas horas antes, el presidente había aterrizado en el país luego de estar en una cumbre en Davos. El viaje lo deja agotado y no más llegar a La Casona se pone el pijama y duerme. Una llamada del Ministro de Defensa interrumpe la paz del hogar. La atiende Carolina, su hija, a quien le informan que hay un alzamiento en Maracaibo. Inmediatamente le avisa al padre, que rápidamente se viste y en el único carro disponible al momento –no espera la caravana presidencial, que no estaba lista–, acompañado sólo con un chofer y un escolta, sale rumbo a Miraflores. Cinco minutos después llegan los golpistas y atacan con saña la residencia presidencial. Lo que viene son cinco horas de fuego cerrado en las que la familia presidencial sobrevive únicamente porque los morteros que lanzaron los golpistas estaban vencidos y no estallaron.

A Miraflores llega rápido. Las calles están solas y el trayecto lo hace tranquilo y sin sobresalto. Buen augurio que se desvanece cuando llama a su hija y ella le da cuenta de la batalla campal que tiene lugar en La Casona. Promete que mandará un batallón, pero al instante se entera de que no es posible porque el golpe ha comenzado a tomar forma. El aeropuerto de La Carlota está tomado, lo mismo el Ministerio de la Defensa y unos minutos después el propio palacio de Miraflores, adonde llegan dos tanquetas. Comienza entonces otra batalla campal y desigual: solo 16 escoltas civiles y 8 militares son los que hay para defender al presidente de un batallón de militares. El despacho es atacado por una de las tanquetas –lo salvan los vidrios blindados–, y lo suben a la suite vieja. Allí un disparo destroza la ventana –“me descubrieron, pero fallaron el tiro”–. Gritos, tiros y detonaciones van y vienen. Son minutos de confusión y mucha angustia. Lo llama de Colombia el presidente Gaviria a preguntarle por lo que está sucediendo. Se limita a poner el auricular en alto para que escuche los tiros. “Creo que sobran las explicaciones. No sé qué va a pasar”, le dice.

Y lo que pasa es que después de casi una hora hay un alto al fuego. “Aquí acaba de cesar el tiroteo y voy a salir”, le dice al Ministro de Defensa, quien le advierte lo peligroso de la movida. Él no se conmueve. Le ordena al Jefe de Casa Militar que le busque una salida. “Usted no puede salir”, le responde. “Le estoy dando una orden, no una consulta”. Y la suerte le sonríe: Chávez, quien comandaba la operación, no se había hecho con un plano completo del Palacio y dejó una puerta sin cubrir. Es la que da al Liceo Fermín Toro. El presidente se monta en un Conquistador gris blindado. “No más abrirse la puerta, salga a toda máquina sin mirar a los lados”, instruye al chofer. Pero, clásico, la llave de la puerta no aparece, nadie sabe dónde está. Cuando la fuerzan, comienza a sonar una alarma. “Apenas se abra lo suficiente, arranque y tome la Avenida Fuerzas Armadas”, ordena el presidente. Y así hace. Los golpistas son sorprendidos, y aunque disparan al ver el carro, el presidente se les escapa.

Ya fuera de palacio, llama a La Casona para saber cómo va todo allá. Es allí cuando la primera dama le da la idea de salir en TV. “Yo me acordaba de que cuando hubo el atentado contra Rómulo Betancourt, en donde se le quemaron las manos, él lo primero que hizo fue salir en televisión y decir: ‘miren como estoy, miren lo que me hicieron, pero estoy vivo y hay que luchar contra esto’. Y se lo recuerdo a Carlos Andrés”. Él, que había sido su Ministro del Interior, toma el consejo. Llama a Carmelo Lauría y le pide que le ubique una televisora que no esté tomada. Éste habla con Marcel Granier y el directivo le dice que en el canal 2 hay tropas. Llama entonces a Ricardo Cisneros, y él le asegura que el canal 4 está libre. Toman la Cota Mil y se dirigen a Venevisión. En el canal ya hay un estudio preparado. A la 1:30 AM comienza a sonar la famosa fanfarria del canal de la colina, que no parará durante toda la transmisión. Con una bandera al lado, el presidente le habla breve y firmemente al país:

“Un grupo de militares traidores a la democracia, liderando un movimiento antipatriota, pretendieron tomar por sorpresa al gobierno. Me dirijo a todos los venezolanos para repudiar este acto. En Venezuela el pueblo es quien manda. Su presidente cuenta con el respaldo de las Fuerzas Armadas y de todos los venezolanos. Esperemos a que en las próximas horas quede controlado este movimiento. Cuando sea necesario volveré a hablar”

Es la sentencia de muerte del golpe, y la salvación del gobierno. “En Fuerte Tiuna colocaron los televisores a todo volumen y en dirección a las tropas que cercaban el edificio, que al oír mis palabras se rindieron”.

11:00 AM

-Yo ni siquiera me di cuenta de cuando dije ‘por ahora’

Teniente Coronel Hugo Chávez Frías, en la intentona golpista del 4 de Febrero de 1992

“No se le puede dar la posibilidad de hablar por televisión; quién sabe lo que va a decir, qué proclamas dirigirá a las Fuerzas Armadas. Llévelo preso al Ministerio, métalo en una habitación, pónganle una cámara de televisión, graben y luego editan”. Esa, cuenta CAP en sus memorias, fue la instrucción que le dio a su Ministro de la Defensa, Fernando Ochoa Antich, cuando éste le propuso que dejara hablar a Chávez por televisión para que pidiera la rendición de los golpistas que tenían todavía tomado el cuartel Libertador de Maracaibo, en el que había gran cantidad de explosivos y por ende no podía ser bombardeado ni atacado sin correr el riesgo de volar media capital zuliana. ¿Cómo es que aquella orden, tajante y precisa, terminó por desembocar en una alocución en vivo del Teniente Coronel que comandó el golpe? “Una mini conspiración” es la respuesta que da Ochoa Antich en sus memorias. Una mini conspiración en la que el Alto Mando Militar lo apura a él cuando les informa que el presidente dice que sí, que hable, pero que el mensaje sea grabado: “Ochoa, no hay tiempo. Si no lo hacemos de inmediato, comenzarán los combates”, es la respuesta del almirante Elías Daniels, Inspector General de las Fuerzas Armadas. Entonces Ochoa cede, y a las 11 de la mañana, desde la sala protocolar del Ministerio de la Defensa, rodeado de algunos hombres, perfectamente uniformado y rasurado –luego se descubrirá que en la Proveeduría de las Fuerzas Armadas se le había permitido bañarse, afeitarse y cambiarse de uniforme–, con apenas los ojos rojos como única muestra visible de cansancio, aparece delante de los micrófonos y cámaras de las cuatro televisoras nacionales –RCTV, Venevisión, VTV y Televen–, Hugo Chávez Frías.

“Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital. Es decir, nosotros acá en Caracas no logramos controlar el poder. Ustedes lo hicieron muy bien por allá, pero ya es tiempo de evitar más derramamiento de sangre. Ya es tiempo de reflexionar y vendrán nuevas situaciones, y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor. Así que oigan mi palabra. Oigan al Comandante Chávez,  quien les lanza este mensaje para que, por favor, reflexionen y depongan las armas porque ya, en verdad, los objetivos que nos hemos trazado a nivel nacional es imposible que los logremos. Compañeros, oigan este mensaje solidario. Les agradezco su lealtad, les agradezco su valentía, su desprendimiento, y yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano. Muchas gracias”

“Yo nunca he sido el que de manera fría o calculada elaboro un discurso, y aquel día tampoco. Era una voz interior (…) Hubo expresiones que yo no había pensado. Ese ‘por ahora’ yo ni siquiera me di cuenta de cuando lo dije: salió del subconsciente”, reveló Chávez años después en un documental. Sin embargo, el discurso, a pesar de esas salidas espontáneas, tuvo su ensayo. Fernán Altuve, pieza de los golpistas infiltrada en las FF.AA., demoró por horas el traslado de Chávez de La Planicie al Ministerio de la Defensa con el fin de darle tiempo para que pensara lo que diría: “El general Ochoa Antich llamó y me dijo: ‘Fernán: tráete a Chávez con Santeliz para acá a Miraflores’. Yo le respondí que estábamos inventariando el armamento y los cartuchos disparados, con lo que ganamos unas horas durante las cuales se ensayó el ‘por ahora’”.

La alocución es el verdadero golpe: uno de opinión. Capta la atención de todo el país, y en el imaginario colectivo ese Chávez de uniforme, que asume responsabilidades y deja abierta la esperanza a una victoria futura, queda grabado. Son las melosas palabras de un documental propagandístico, pero no están exentas de verdad: “Quien no lo haya visto ese día, se perdió el instante de apertura de un nuevo ciclo que cambiaría todo para siempre”.

6:00 PM

-Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y la democracia cuando no son capaces de darle de comer

Caldera

No era más que un anciano ex-presidente de la República, que precisamente por eso, por ex presidente, tenía la dignidad de Senador Vitalicio y ocupaba un escaño en el Congreso. Eso es todo lo que Rafael Caldera, a sus 72 años, pintaba en febrero de 1992. Sí, dirigente histórico de uno de los dos grandes partidos del país. Sí, articulista de prensa. Sí, entrevistado frecuente en la tele. Sí, hombre escuchado en los sectores políticos. Pero nada más. Relevancia y peso, ningunos. Hasta esa tarde en que encorbatado y engominado subió a la tribuna de oradores, rodeado de un enjambre de cámaras y micrófonos, para dar un discurso histórico. Un discurso que no le correspondía –había pedido la palabra terminada ya la sesión del día-, pero que tenía bien planeado, y por ello quería que fuera televisado –“Caldera había llamado al Ministro de Información y le había dicho que iba a hablar, pero quería que le pasaran el discurso en cadena. Como era una sesión de apoyo, Andrés Eloy cayó en la celada”, recordaría CAP–. Es la pieza oratoria de un zorro viejo y hábil, de un hombre con experiencia, que sabe lo que dice y más que ello lo que quiere conseguir.

“He pedido la palabra no con el objeto de referirme al decreto de suspensión de garantías” fueron las palabras con la que arrancó, empezando la lidia de frente, a porta gayola, para que nadie se sorprendiera luego. Comenzó criticando el decreto por la forma –“encuentro un defecto de redacción”– y terminó afincándose en el fondo: “Yo no estoy convencido de que el golpe felizmente frustrado haya tenido como propósito asesinar al Presidente de la República”. ¿Por qué? “Nadie, por más protegido que esté, puede salvarse de un asesinato cuando se cuentan con los medios y la decisión de perpetrarlo”; es decir: que el que CAP estuviera vivo demostraba que no habían querido matarlo. Un argumento muy endeble, pero que le permitía salirse del carril y romper la unanimidad que había al respecto. “Me siento obligado en conciencia a expresar mi duda acerca de ésta afirmación, y considero grave que el Ejecutivo y el Congreso la hayan hecho”, decía ofendido.

Pero no era de eso de lo que él quería hablar. Su tema era otro. Y ya clavada una banderilla sobre el decreto y habiéndolo puesto en duda, entró a lo suyo: convocar sus colegas “a una profunda reflexión y una inmediata y urgente rectificación”. ¿Por qué? Porque él, padre de la democracia, se daba cuenta, clarividente como nadie, de que a diferencia de otros golpes –en los sesenta se sucedieron uno tras otro–, esta vez el país no reaccionaba enérgicamente para defender la democracia como entonces. “Es lo que más me preocupa y me duele: no encuentro en el sentimiento popular la misma reacción entusiasta y decidida, el mismo fervor por la defensa de las instituciones que caracterizó la conducta del pueblo en todos los dolorosos incidentes que hubo que atravesar después del 23 de enero de 1958”. Y entonces comenzó a repartir responsabilidades.

Los primeros en recibir la estocada fueron sus colegas. “El país está esperando otro mensaje”, les espetó en directo. “No es la repetición de los mismos discursos que hace 30 años se pronunciaban cada vez que ocurría algún levantamiento, y que vemos desfilar por las cámaras de la televisión lo que responde a la inquietud, al sentimiento, a la preocupación popular”. Y con esa frase, en diez segundos, se puso él en otro plano distinto al de todos los políticos y se erigió, además, como el traductor del sentimiento popular.  Luego, le hizo su lidia a Carlos Andrés: “Quiero decirle desde esta tribuna al Señor Presidente de la Republica, que de él depende la responsabilidad de afrontar de inmediato las rectificaciones profundas que el país está reclamando”. Y finalmente, volvió a su rol de encarnación, de altavoz del pueblo: “Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y la democracia cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer; de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; de ponerle un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad venezolana. Esta situación no se puede ocultar”, bramó con tono indignado. Y ya a esas alturas todo estaba consumado.

Lo que vino después fue más de lo mismo. Caldera desde su Olimpo, todo un Zeus tronante, lanzando rayos a diestra y siniestra contra la dirigencia política –“por eso he pedido la palabra: para transmitirles desde aquí al Señor Presidente y a los dirigentes de la vida pública nacional mi reclamo”–. Caldera denunciando indignado la situación del país –“no podemos afirmar en conciencia que la corrupción se ha detenido: íntimamente tenemos el sentir de que se está extendiendo progresivamente; el costo de la vida se hace cada vez más difícil de atender para grandes sectores de nuestra población; los servicios públicos no funcionan; el orden público y la seguridad personal tampoco encuentran un remedio efectivo”–. Caldera encarnando al pueblo –“en nombre del pueblo venezolano, [ruego] que se enfrente de inmediato el proceso de rectificaciones que todos los días se está reclamando y que está tomando carne todos los días en el corazón y sentimiento del pueblo”. Caldera resurgiendo de sus cenizas y dando el primer y fundamental paso para alcanzar, un año después, la Presidencia de la República.

Fuentes:

-Ramón Hernández, Roberto Giusti. (2006). Carlos Andrés Pérez: Memorias Proscritas. Caracas: El Nacional

-Mirtha Rivero. (2009). La rebelión de los náufragos. Caracas: Alfa.

-Fernando Ochoa Antich. (2007). Así se rindió Chávez: la otra historia del 4 de febrero. Caracas: El Nacional.

-Juan Carlos Figueroa. (2007). Las cinco horas cruciales del 4 de febrero. El Tiempo.

-José Sant Roz. (2011). Estremecedoras revelaciones jamás narradas sobre el 4-F. 4 / 02 / 2016, de Aporrea Sitio web: http://www.aporrea.org/tiburon/a117017.html

-Fragmento de una vida: Testimonio de Hugo Chávez sobre el 4F (https://www.youtube.com/watch?v=rVGAwaW-2Z8)