NINOWEB

El niño y el periodista

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A fuerza de cubrir protestas que comienzan y terminan en Altamira y suelen suceder siempre en hora de almuerzo, el periodista se ha vuelto un cliente fijo del Carmelo Pizza de la plaza. Siempre que va pide lo mismo: dos ‘slices’ con un refresco. Pero la tarde del jueves, a falta de ‘slices’, tiene que cambiar la orden y pedir una pizza pequeña, lo que lo obliga a comer dentro del local. Cuando se sienta en la única mesa que está disponible, el niño se le acerca a pedirle un ‘triangulito’. Apenas se lo da, llegan otros dos niños con hambre. El periodista ve resignado cómo su pizza disminuye notablemente sin haber probado todavía el primer bocado.

Aunque los otros dos se van con su porción de pizza en la mano, el niño se queda de pie junto a la mesa. Se excusa diciendo que quiere secarse. Viene de la marcha y está empapado. Dice que tiene 12 años, pero bien podrían ser 8. Es pequeño y delgado, viste jean y franela, y lleva un bolso de PDVSA. En un momento se lo pone adelante, lo abre, y guarda en él un pedazo de la pizza. “Es la reserva”, le explica al periodista, que termina invitándolo a sentarse.

El niño tiene nombre de profeta bíblico y vive con su mamá y su hermana en Petare. Tenía un hermano, pero se lo mataron con apenas 15 años. La hermana está embarazada ahorita. “Vas a ser tío”, le dice el periodista, y al niño le cambia la cara. Se emociona, saca pecho, asiente y sonríe. Todavía está mudando de dientes. No va al colegio, pero sabe leer. Clarito descifra que en el chaleco del periodista dice prensa. “A mí no me gusta la prensa, porque nos toman fotos y se las pasan a Maduro para que nos lleven presos”, dice. El periodista le explica que eso no es así y que en todo caso no se preocupe porque él no toma fotos. “¿Tú trabajas para Televen o para Venevisión?”, pregunta entonces. El periodista le explica que él lo que hace es escribir. “¿Y quién lee lo que escribes?”. “Esa es la pregunta que yo me hago todos los días”.

El niño no entiende el chiste. Tampoco le importa mucho. Él lo que quiere ser de grande es pelotero. Dice que pitcha, y juega primera base y right field, pero la posición que más le gusta es la de inicialista. Al preguntarle por su jugador favorito, responde con un predecible Miguel Cabrera. Al consultarle si es caraquista o magallanero titubea unos segundos y suelta que de los Leones. El periodista tiene la impresión, por lo atento que lo ve el niño, de que solo espera notar el más mínimo gesto de desagrado para cambiar radicalmente la respuesta; por eso se le queda viendo fijo y en silencio. Tras un rato de sufrimiento, no aguanta la risa y le dice que muy bien, que siga por la senda caraquista y que mucho cuidado con llegar a cambiarse de equipo.

Llegados a ese momento, la pizzería está llena de encapuchados. La lluvia ha hecho que todos busquen refugio dentro. Hay más de ellos parados, que clientes en las mesas. Es una escena surrealista: señoras, señoritos y señores, todos de buena presencia, entre encapuchados descalzos y con recipientes con gasolina en las manos. Pasando por las mesas, sobre una patineta y con una pintura en espray en la mano, se pasea ‘Guarimbín’ un niño que según el día que se le pregunte dice que tiene 12 o 10 años pero aparenta como mucho 6. Amenazar a la gente con echarle pintura encima es su diversión, criticada por sus potenciales víctimas y celebrada por sus compañeros de rostro oculto.

Una pizza grande sale del horno de Carmelo y es puesta sobre una mesa. Es una contribución, un regalo que da alguien para los encapuchados. En menos de un minuto, de la pizza no queda nada. La escena es de todo menos elegante: diez o doce de ellos le caen encima, se pelean los trozos, la cortan como pueden, la aprietan en la mano. El queso y la salsa se escurren por doquier y el niño se lamenta por no haber llegado a tiempo. “¿Para guardarlo en un envase y no comértelo?”, le pregunta el periodista. “Es que yo no sé si vaya a haber comida en mi casa”, le explica el niño. En ese momento, un muchacho, al que le habían regalado una sopa, pasa exhibiendo un hueso de pollo cual si fuera un trofeo. El periodista piensa primero que se trata de una cosa supersticiosa, pero cuando el niño, todavía más triste que con la pizza, le cuenta que extraña el sabor del pollo, el cual tiene meses sin probar, lo entiende todo. “¿Y tú qué comes normalmente?”, inquiere el periodista. “Yuca, y a veces arroz”, responde el niño.

Cuando le pregunta por qué está allí en Altamira, el niño le cuenta que donde él vive hay muchos malandros y siempre que había una marcha llegaban cargados de cosas (“celulares, relojes, carteras y dinero”). “¿O sea que viniste fue a robar?”, lo interrumpe el periodista. El niño le dice que no, que él no roba, que eso son los malandros y él no es uno de ellos. Que lo que pasó fue que a él le pasaron el dato de que en Altamira regalaban cosas y por eso fue para allá. “¿Y a ti qué te han regalado?”. “Solo comida y estos zapatos”. Son marrones y nuevos. “Están mejores que los míos”, le dice el periodista. El niño se contenta, vuelve a inflar el pecho y a sonreir.

Una niña de ojos negros y cabello oscuro se acerca a pedir pizza, pero no queda nada. “Entonces dame refresco”. El periodista cede. La niña agarra el vaso con las dos manos y bebe fondo blanco. Se llama Anahí y tiene 10 años. “Nombre de cantante”, intenta elogiarla el periodista. “No. De princesa”, replica la niña. Es de los Valles del Tuy (“siempre vengo en ferro”) y tampoco estudia. Está allí con su hermano, un muchachito flaco y alto, que no pasa de los 12 años y es cero conversador. “¿Tú no sabes dónde regalan aquí la ropa?”, pregunta la niña. El periodista le dice que no tiene idea. “Bueno”, dice la niña y se va con el hermano silente.

Habiendo ya escampado, el periodista se levanta y se despide del niño. “No, espérame, yo me voy contigo”, le pide éste. “¿Adónde?”, pregunta el periodista. “Al metro, pues”, dice abriendo grande los ojos. El periodista no recuerda haberle dicho que iba al metro, pero igual lo espera. Andado un trecho, el niño devela sus motivos: “Es que si me quedaba solo, los grandes me iban a quitar toda la comida que tenía en el bolso. Si no vas al metro no importa”. Pero el periodista sí va al metro, así que caminan juntos.

A esa hora, la plaza Altamira está desolada. “Es que hoy reparten la caja, y hay muchos allá esperando”, explica el niño. “¿Qué caja?”, pregunta el periodista. “La del CLAP”. Al niño tampoco le importa mucho, porque a su casa no llega. “Aquí hay ‘ricachones’ que viven en apartamentos. Pero no todos son buenos: algunos no nos dan nada cuando les pedimos”, dice el niño cuando caminan por Los Palos Grandes. El periodista le explica que no todos los que viven por allí son ‘ricachones’ y no todos tienen dinero. “Pero tienen tarjetas”, le replica el niño. Entonces el periodista le explica que tener tarjeta no significa que haya dinero y que hay tarjetas que no  pasan, cosa que al niño le suena como un mito.

Cuando llegan al metro, el niño le pregunta al periodista si en su casa no tendrá alguna gorra. El periodista le dice que sí. “¿De esas que son pavas y grandes por adelante?”, pregunta el niño. “No. De las normales”, le replica el periodista. “Bueno, no importa. Igual la quiero”, dice el niño. “¿Y cómo hago para dártela?”, pregunta el periodista. “Yo me la paso por Altamira. Llévamela mañana”, indica el niño. “Pero mañana no hay nada”, le dice el periodista. “Bueno, cuando haya algo”. El periodista le promete que así lo hará y se despide. Desde ese día lleva siempre en su bolso una gorra por si lo vuelve a ver.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

#19J: Deshonra en Altamira.

#22J: El día de la frustración.

#24J: “¡Los queremos vivos!”

#29J: La cámara revolucionaria

CAMARA

La cámara revolucionaria

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“¡Prensa, prensa!”, grita una mujer en la Francisco de Miranda. Son aproximadamente las dos de la tarde y la avenida capitalina, aunque sin tránsito, se encuentra completamente cerrada. Es el día 90 de protesta y la marcha de la oposición ya ha sido reprimida en El Rosal por la PNB. Fue una actividad menor, que salió tres horas después de lo pautado y caminó bajo un torrencial aguacero durante buena parte del tiempo. A Chacaito llegaron los más determinados, pero cuando intentaron cruzar el puente hacia Las Mercedes, un ejército de motos apareció lanzando bombas y los dispersó a todos. Todo fue tan rápido que de regreso la conversación de los periodistas versaba en torno al poco (poquísimo) material obtenido en el día. Es en medio de ella cuando nos interrumpen los gritos de la mujer.

“¡Prensa, vayan rápido: abajo tienen atrapados a unos estudiantes!”, nos indica la mujer. De inmediato, bajamos corriendo de la Francisco de Miranda a la Venezuela por la calle Mohedano para encontrarnos abajo con una legión de la PNB. Al llegar a la esquina, todos automáticamente detenemos el paso. Ese primer careo con la PNB suele ser tenso y siempre hay que llegar con cautela. Son además demasiados policías. Uno de los oficiales nos recibe disparando una bomba vacía al aire, que se estrella con las ramas de un árbol. Avanzamos lentamente entre ellos, para encontrarnos entonces con que a las puertas del BOD del edificio Centuria hay un grupo de estudiantes arrodillados y con las manos atrás. Visten la camisa amarilla de la USB y parte de sus pertenencias han sido vaciadas en el suelo. Detrás de ellos, dentro de la torre, hay cientos de espectadores silentes.

Mientras más nos acercamos, más hostiles se ponen los policías. No responden ninguna pregunta y detonan lacrimógenas a nuestros pies. Lo hacen, en principio, para nublar la visión de los fotógrafos. Los periodistas tenemos máscaras y no nos afecta tanto, pero los muchachos están arrodillados en el suelo y sin protección alguna, respirando todo ese gas. No son esposas de metal, sino de cuerda las que les atan las manos. De dos en dos los levantan del suelo y se los llevan a un camión que está estacionado frente a Juan Sebastian Bar. Una jaula es lo primero que pensamos. Pero luego, cuando alguno cruza la calle, se da cuenta de que es un camión 350: los detienen en una cava sin ventilación ni luz alguna.

Las bombas siguen detonando a nuestros pies y cuando algún fotógrafo se acerca a tomarle una foto a los últimos que se llevan, un PNB lo alza y arroja al suelo. Antes de cerrar las puertas de la cava, una bomba, otra más, detona muy cerca de ella. El humo lógicamente se mete entra en ella. Pero no importa. Igual la cierran y adentro dejan, como animales, sin luz y con gas, a los detenidos a los que se llevan sin rumbo conocido, dentro de lo que ya podría bautizarse como la cámara revolucionaria.

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#24J: “¡Los queremos vivos!”

FOTO: Régulo Gómez

“¡Los queremos vivos!”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Aunque hubo militares retirados paseando sus uniformes y diciendo que muy pronto (“esta misma semana”) los cuarteles se van a declarar en rebeldía y van a forzar la destitución de Maduro; aunque las hijas de Lila y José Luis se presentaron con ‘jeanes’ apretados; aunque un diácono sin dientes le echó agua bendita a cuanto manifestante se le atravesó; aunque hubo cosas realmente pintorescas, lo verdaderamente importante de la manifestación del sábado fue el grito salido de las entrañas de miles de manifestantes (sobre todo madres) hacia los jóvenes encapuchados que constantemente se metían en La Carlota: “¡Los queremos vivos!”.
.
Y es que al dinero, a la fama, a las drogas y a la ausencia de padres, hay que poner también, en la lista negra de cosas que deberían ser incompatibles con tener diecisiete años, el sentirse llamado a una misión heroica en la vida. A falta de prosperidad económica para vicios, es por ese derrotero por donde se está yendo parte de una generación de adolescentes que en este momento tienen la percepción de que sobre sus hombros (y sólo sobre ellos) está la misión de liberar a Venezuela nada menos que de una narco-dictadura militar. Y en esa especie de delirio sobre el Ávila (ya el Chimborazo queda culturalmente muy lejos), ellos, que son sabios e inmortales, como lo somos todos a los dicesiete, repetidamente se han metido, desoyendo consejos de todo el mundo, en la Base Aérea La Carlota para desafiar, pecho descubierto y si acaso con cohetones, a militares que tienen allí desde helicópteros hasta tanquetas y ningún remordimiento para disparar balas.

El sábado fue una constante verlos montarse en las rejas (en lo que queda de ellas) y lanzar cohetones hacia La Carlota, hasta que al final de la tarde comenzaron a entrar. Cuando la situación parecía desbordarse, Delsa Solórzano, un huracán de carácter, se bajó de la tarima y con un ejército de madres se fue a sacarlos de la base militar. “¡Los queremos vivos!”, rugió entonces la multitud. Fue un grito, una súplica, diríase un llamado desesperado, que recorrió la garganta de casi todos los asistentes, mientras en la reja, madres y abuelas hacían un esfuerzo tremendo por dialogar con ellos.

-A mí me dueles tú y me duelen todos –le decía una mujer a un encapuchado–. Estoy en la calle por ustedes. Y hay que pensar con la cabeza: una cosa es resistir y otra cosa es entregarse y que los fusilen como fusilaron a ese niño. Nosotros no queremos eso.

-Ustedes no saben lo que es querer estudiar y no poder –le respondía éste–. Yo hace 4 años tenía carro y moto. Ahora no tengo nada. Dejé los estudios por eso.

-Hijo, enfócate: lo que yo no quiero es que tú actúes desde la adrenalina. Nosotros no queremos que se entreguen como carne de cañón a nadie.

-No es como carne de cañón. Es para obtener la libertad. Nosotros queremos la libertad.

-¿De qué te sirve una libertad muerto? ¿De qué te sirve? Por favor. Que tu mamá no merece sufrir la pérdida de un hijo. Hay muchas maneras de obtener la libertad sin regalar la vida.

-Nosotros queremos nuestro futuro.

-¡Y nosotros queremos el de ustedes!

-Nosotros lo que queremos es que nos apoyen. Nosotros estamos aquí por ustedes y por nosotros. Por nuestro futuro.

-Y lo vamos a obtener, pero luchando en conjunto y pensando con la cabeza y no con las vísceras. Todos estamos luchando por ustedes. Yo creo en un país de jóvenes. Y por eso los queremos vivos: porque ustedes son los primeros que merecen ver el cambio en Venezuela. Ustedes son importantes. Habla con tus hermanos. Con todos esos muchachos tan valientes.

Y el muchacho habló. Y por un momento pareció que sí, que sus hermanos le iban a hacer caso. Pero al que a los diecisiete tiene una urgencia mesiánica, ni que le lloren las madres. Todo pasó de repente y se esparció como el gas lacrimógeno. En un instante la rabia (“con concentraciones no se logra nada”), el voluntarismo (“somos más que suficientes”), la antipolítica (“ya los dirigentes están pirando”), la descalificación (“son todos unos malditos ‘cagaos’”), el complejo (“es mentira: no le importamos a nadie, ahora se van todos y nos quedamos solos aquí”) y, nuevamente, la urgencia mesiánica (“si no los sacamos nosotros no los va a sacar nadie”) se mezclaron y volvieron a llevar a un grupo importante de muchachos para dentro de La Carlota mientras la gente comenzaba a subir. Al rato, entonces, la PNB y la GNB reprimieron a todos desde la autopista hasta Altamira.

II

El muchacho viste un sweater azul. Está a una cuadra de distancia del resto de los manifestantes. Se quedó rezagado sabrá Dios por qué motivo, y corre con todas sus fuerzas para alcanzar al grupo. Pero no hay nada que hacer: si subir la Sur Altamira entre gases es ya difícil, ganarle la subida a un escuadrón motorizado de PNB resulta imposible. En segundos las motos le llegan. Entonces, un agente pone el arma en horizontal. Es una escopeta o quizás un rifle. Del cañón sale una lengua de fuego, breve como un relámpago. En seguida (o puede que en paralelo) se escucha la detonación. El disparo es a quemarropa. El muchacho se retuerce contra la pared. Mientras las demás motos continúan subiendo, tres o cuatro (imposible precisarlo en ese momento) se detienen alrededor de él. Los policías se bajan, lo rodean y lo golpean. La escena es de una brutalidad inusitada. Aprovechan que no hay testigos (eso creen ellos) para desatar toda su irracionalidad. Después de golpearlo, lo jalan violentamente por el sweater. El muchacho parece un muñeco de goma. Lo montan en una moto y se lo llevan.

El grupo de paramédicos decide entonces detenerse y agacharse. La agresión ha sucedido a escasos veinte metros de ellos y están lógicamente aterrados. “¡Manos arriba, manos arriba!”, grita el cabecilla. No hay prácticamente mano alguna que no tiemble. Y se entiende. Son una isla en medio de un mar de policías motorizados. Están rodeados y a merced de ellos. En teoría, no les deberían hacer nada, pero en la práctica, si quisieran, podrían hacerlo perfectamente. Algunos, de hecho, pasan deteniéndose, escrutándolos con la mirada y apuntando con el arma. La palabra tensión no basta para describir lo que se siente. Luego siguen. Para ese momento, las detonaciones no han cesado. Pero ocurren dos cuadras más arriba, en la Francisco de Miranda, donde terminan de dispersar a los manifestantes.

Cuando finaliza el desfile de motos, los paramédicos se paran y comienzan a hacer su requisa: cuántos están y si se encuentran todos bien. Hay una herida de perdigón y otra asfixiada por bomba. Están empezando a curarlas cuando el ronroneo lejano de otras motos se escucha. Ahora son oficiales de la GNB. Nuevamente al piso y con las manos arriba. Otra vez el temblor en algunas. Las motos son recibidas con toda clase de maldiciones e insultos por parte de los vecinos. De las ventanas salen gritos, imprecaciones, y también objetos. Podría ser un florero, un plato o un vaso lo que arrojan de una de ellas. En todo caso es de vidrio y se quiebra en el suelo. Inmediatamente hay disparos contra el edificio y una nube de gas blanco lo cubre todo. Pasan otros minutos, largos, larguísimos, cuando se pueden volver a bajar las manos.

“Hay algunas conductas que no me gustaron”, dice el líder y comienza a enumerar, muy serio, cosas que no se deben hacer. “Están subiendo a pie”, lo interrumpen. Y la tensión vuelve a sentirse. A lejos se ve un grupo de gente caminando, que no terminan siendo policías sino periodistas y fotógrafos. Suspiros de alivio. Cuando está toda junta, la prensa es una fuerza poderosa. El último reducto de civilidad. Ante ella en bloque, GNB y PNB intentan guardar las formas, comportarse. No tanto por respeto (cuando agarran a uno o dos solos y mal parados no los perdonan) como por cálculo: treinta cámaras congelando e inmortalizando una agresión nunca será un buen plan. Por ello, al verlos pasar, los paramédicos se tranquilizan y avanzan.

De la nada, un manifestante corre hacia los periodistas y se mete entre ellos. A él no le disparan a quemarropa, sino que lo persiguen. El muchacho es hábil. Hace fintas, amaga, corre en una dirección y en un segundo se frena y se devuelve para la contraria. Solo le falta la bicicleta para ser Cristiano en el área chica. Se les escabulle a dos motos y se mete por Bello Campo. Allí sí disparan. Molestos y humillados, regresan con otro muchacho, víctima de esa mala fortuna de estar en el lugar incorrecto en el momento menos indicado. Y, quien sabe, si de tener diecisiete años y sentirse llamado a hacer él solo lo que debería una sociedad entera.

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#19J: Deshonra en Altamira.

#22J: El día de la frustración.

DIAWEB (1)

El día de la frustración

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Una diputada que llora desesperada porque no sabe qué más hacer. Un hombre que cuenta que en su último cumpleaños sentó a sus hijos y les pidió entre lágrimas un solo regalo: que se fueran ya de Venezuela porque no le ve solución a la crisis. Un vigilante que sostiene en alto la tuerca que le dispararon yendo al trabajo y enseña una quemada por bomba lacrimógena en el brazo. Un anciano con la cara llena de Maalox que se pregunta cuándo en la vida él iba a pensar que a sus setenta y tantos le iba a tocar vivir algo así. Miles de manifestantes que otra vez no pudieron pasar de Chacaito y tuvieron que tragar litros de gas tóxico. Una fotoperiodista que es herida por una lacrimógena disparada a discreción. Dos muchachas bonitas que en la Plaza Altamira lamentan en voz alta que teniendo Venezuela tantos años les tocara ser jóvenes precisamente en estos. Una señora que lleva más de ochenta días sin trabajar, entregada a la lucha, y ahora se pregunta si hizo lo correcto o no. Un encapuchado que no entiende por qué si fueron los ‘pures’ los que trajeron esta desgracia al país, no están por lo menos acompañándolos a bajar al Distribuidor. Un niño de diez o menos años que jugaba a ser un héroe encapuchado y ahora llora porque cree que en un descuido le tomaron una foto donde se le vio la cara. Un diputado que en la mañana una bomba le quema el antebrazo y le fractura un dedo, y en la tarde solo recibe reproches. Unos encapuchados que no bajan a ‘guerrear’ porque son las 4 de la tarde y ni siquiera han desayunado. El Vicepresidente de un poder público, que se ha jugado la vida marchando y ahora recibe insultos. Una vida de 22 años que es cegada a mansalva. Esas son algunas de las estampas que dejó el día 83 de protesta, día de la frustración.

Como el San Antonio de Flaubert, los manifestantes están viviendo de una única certeza asediada por mil dudas. Que no se puede dejar la calle. Que si se enfría perderemos todo. Que esto es ahora o nunca. Eso lo dicen y repiten todos. Es el dogma, el artículo de fe invariable en todas las versiones del credo opositor. Pero inmediatamente, tras proclamarlo, comienzan las dudas. Con el paso de los días son menos las personas y más los muertos, menor la duración de las protestas y mayor la represión, más pequeño el entusiasmo y más grande el miedo; y aparece, entonces, lo de ayer: la frustración, que es prima cercana de otra palabra maldita llamada ‘desesperanza’, que desde los primeros siglos ya era tenida por pecado mortal y execrable.

Y el problema de la frustración es que lleva a un voluntarismo estéril. A falta de gente (de una cantidad importante, se entiende) la mañana en Altamira fue un desfile sin sentido de camiones secuestrados, que eran parados por ratos en las calles adyacentes de la Plaza Francia. Algo que en otro contexto podría tener su utilidad, pero como previa a una marcha no constituía sino un ejercicio inútil de fuerza, tal como lo fue la bajada a La Carlota. La represión de la movilización en Chacaito fue inmediata e inclemente: poner un pie en la plaza Brion y que aparecieran tres tanquetas, una ballena, decenas de motorizados y un centenar de bombas fue lo mismo. La PNB reprimió hasta Chacao y de allí se devolvió. La gente siguió entonces hasta Altamira y luego de un montón de debates y de lamentos decidió ir a La Carlota. ¿Por qué? Porque somos pocos, estamos bravos, nos reprimieron brutalmente, no vino casi gente, ya se fue la mitad, y tenemos que hacer algo. Es decir, porque sí.

Bajar a La Carlota habiendo con suerte quinientas personas fue una catarsis suicida. Una manera de drenar la frustración demostrando fuerza pero exponiéndose demasiado. Un hacerse matar. Con los chamos no había prácticamente nadie. La vista que se tenía de la Avenida Sur Altamira era la de una calle desierta, en la que apenas ondeaba alguna bandera de paramédicos, pero por la que no caminaba nadie. La vista que se tenía del Distribuidor era la de un montoncito de gente que desde arriba asistía al espectáculo triste de unos niños valientes que hacían piruetas para sortear las municiones que unos militares, protegidos por una reja, disparaban desde adentro. Reto, desafío, acción valiente, heroica, tenaz. Póngansele esos y otros adjetivos, y claro que lo merecerán. Pero no se le quite nunca el de insensatez, que es lo que más duele en la muerte de David: la sensación de que se pudo evitar.

¿Cómo?

Entendiendo que el arte de la guerra está en saber escoger bien qué batallas librar. Y la de ayer en La Carlota, con poca gente y sin ningún objetivo, fue absolutamente innecesaria.

¿Para qué te expusiste, niño valiente, si de arriba no había quien te acompañara? ¿Por qué les ofrendaste tan fácil ese corazón noble y generoso a unos asesinos despreciables y viles?

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-#19J: Deshonra en Altamira

DeshonraAltamira

Deshonra en Altamira

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Los manifestantes lo interpretaron (y celebraron) como un buen presagio. Era una ventisca brava que soplaba en dirección a la Guardia Nacional y les devolvía todo el gas. Sin embargo, visto lo que vino después, es imposible no preguntarse si ese inusual y borrascoso viento que a las 3 de la tarde remecía los árboles y hacía volar en remolinos las hojas, no era más bien una advertencia, una especie de augurio sobre la desgracia que estaba a minutos de sucederse. Tras el ventarrón vino la lluvia, rápida y fuerte. Lo suficiente como para inundar Altamira Sur y hacer retroceder a la Guardia Nacional distribuidor abajo. Al escampar, entonces, llegaría la tragedia: acorralados por un grupo de manifestantes, efectivos de la Guardia Nacional abrirían fuego contra ellos, herirían a siete y asesinarían a Fabián Urbina.

El rumor de las balas se propagó pronto en Altamira Sur, donde los heridos fueron subidos en una camioneta. De momento, salvo el boca a boca, no había nada que nos confirmara a los que allí nos encontrábamos que efectivamente ello había sucedido. Sería una mano sucia, de la que pendía un rosario, la que nos mostraría seis casquillos de bala, dorados y letales, que entonces confirmarían que efectivamente había ocurrido lo peor.

No hubo mucho tiempo para meditarlo. Casi de inmediato comenzarían a subir, despavoridos, los manifestantes que se encontraban en el Distribuidor; para encontrarse con otros, también despavoridos, que bajaban de la Plaza Francia, cubierta por una nube de gas blanco: los habían emboscados. Por un momento, la Avenida Sur Altamira (San Juan Bosco, de la Francisco de Miranda para arriba) estuvo cerrada por dos paredes de humo blanco, y dentro de ella, atrapados, cientos, quizás miles, de manifestantes aterrados a niveles que ni Hitchcock hubiera conseguido en su mejor época.

Es una cosa fea el pánico. Y más el de los inocentes. En la avenida había madres, padres y abuelos, gente que podía correr y que no, de todas las edades, que de repente se encontró acorralada y sin escape. Sólo quedó Bello Campo para salir de allí. Los que pudieron, escaparon correteados por unas motos que aparecieron de la Torre Británica, disparando bombas por supuesto. Pero no todos llegaron. Dos señoras, paralizadas de miedo, sencillamente se abrazaron a llorar mientras la PNB pasaba. A llorar y a temblar. Unos muchachos intentaron buscar refugio en un restaurant y allí los rodearon. Se salvaron por la presencia de la prensa, ante la que los Guardias se contuvieron, no sin antes “pedirnos” (a gritos y con armas) que nos fuéramos.

Pero hubo cuatro que no corrieron con tal suerte: estaban sentados en un banco de la plaza Altamira, ya en ese momento tomada por un ejército mixto de GNB y PNB. Su delito aparentemente era tener escudos y unos bolsos con guantes y máscaras. Imposible saberlo. La PNB no dijo nada. Ellos apenas sus nombres y cédulas, con esa voz lacónica de los que lo han perdido todo. Los cuatro tenían la mirada fija en calle, esa que ya les era ajena, y lo hacían con una tristeza resignada que conmovía. Pero no había nada que hacer: al rato los montaron en las motos y se los llevaron.

Durante casi una hora, el antiguo bastión de la oposición fue un estacionamiento de motos de cuerpos policiales que de vez en cuando arremetían contra la gente que allí pasaba. A un grupo de trabajadores que cruzaba por Altamira Sur le dispararon una lacrimógena, que de rebote golpeó a una señora; y a un mototaxista se lo llevaron detenido por insultarlos. Su salida de la plaza, casi una hora después, fue un mal chiste: dos oficiales se cayeron de una moto y en respuesta dispararon lacrimógenas por doquier. Aquello pareció el culmen de la deshonra: es que no habíamos visto la foto en la que uno de ellos asesinaba a mansalva y de frente a un adolescente de 17 años.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

PROFETASWEB

Profetas en su tierra

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Informativamente hablando (o escribiendo, ya que somos revista) la gran noticia del acto de recibimiento de la Vinotinto en el Olímpico fue la revelación, dicha en un tono más o menos casual en medio de una sarta de agradecimientos, de que en Venezuela hay un hombre que se lleva el pan a la boca ejerciendo el peculiar oficio de ocuparse del equipaje de los jugadores de la Sub-20. El nombre, tanto del hombre como del cargo, se le ha escapado (omisión imperdonable) a este redactor, pero no así el hecho de su existencia y de su labor: esperar que lleguen las maletas y encargarse de su traslado, cosa que no por lógica (puestos a pensar bien todo, tiene sentido que haya alguien que se haga cargo de ello) deja de ser menos sorprendente.

Lo cierto es que ayer lo recordaron en la ronda de agradecimientos y le reconocieron su trabajo, ese que, paradójicamente, pasadas las cinco de la tarde, lo mantenía todavía alejado del Estadio, por lo que no sería descabellado pensar que las maletas o llegaron con retraso o llegaron incompletas o sencillamente no llegaron, versiones éstas que se tendrán que quedar en tales porque hasta el momento de publicarse esta nota la única certeza que se tenía era la de que el encargado de velar por ellas no pudo estar en el Olímpico a la hora del homenaje.

Se pudo confirmar, sí, que la Sub 20 tiene una nutricionista y un chef (¿en qué cocina y con qué ingredientes preparará los alimentos?, ¿le prestarán la de los hoteles donde se alojan?, ¿cuál será su mejor plato?), así como un motivador y, ojo al dato, un hombre que se encarga de ver y de analizar los vídeos de los rivales. Todos ellos son parte de ese equipo de cargos improbables y extraños (pero útiles y diríase imprescindibles) que se agrupan bajo el nombre de ‘Cuerpo técnico’, a los que ayer Dudamel elogió hasta el cansancio en un acto previsible pero no por ello menos feliz.

La Caracas futbolera (acompañada de la farandulera y de la política) se volcó a su estadio para recibir como auténticas estrellas (las reseñas más épicas hablaran de héroes, pero el recibimiento, bien visto, fue de estrellas) a esos chamos que les brindaron por unos días los alegres despertares de la victoria deportiva, y que pasadas las 5 de la tarde hicieron entrada a un Olímpico que los arropó en aplausos para inmediatamente verlos desaparecer debajo de la tarima que estaba en el centro del campo. Proyección de videos emotivos (es decir, de goles y jugadas) después, fueron apareciendo, en perfecto orden numérico. Cuales strippers que salen de tortas (perdón por el lugar común) eran subidos a la tarima entre dos columnas de humo blanco por una plataforma elevadora que funcionó a su vez como prueba de equilibrio y de personalidad. Los hubo muy seguros, pero también tambaleantes. Algunos demostraron padecer de vértigo y otros ni de cosquillas. Los más espontáneos salieron con brazos abiertos, en pose triunfadora y apuntando al cielo, pero también estuvieron los que lo hicieron con las manos juntas y adelante. Fue un festival de posturas y de gestos, como manda la civilización del espectáculo.

Una de las ovaciones más grandes la recibió el técnico, Rafael Dudamel. Aunque se tambaleó un poco, salió levantando los brazos, saludando a la gente y golpeándose el pecho, mientras todos coreaban su nombre. Para ser el culpable de la derrota (tal como sugirió PDVSA) la gente pareció quererlo demasiado. “Así los quería ver: juntos y Vinotinto”, fueron sus primeras palabras. Y aunque era imposible que lo viera, la frase parecía cumplirse con rigor en una de las puertas laterales: María Corina Machado, con la camisa verde fosforescente de la selección y su sempiterna cola, estaba apenas a una persona de por medio de un par de oficiales de la PNB. Y tan tranquilos todos.

Cuando Dudamel pidió un aplauso para los padres de los jugadores, el estadio respondió con creces; pero cuando apostilló “y otro para las madres que los parieron” (oh, eterno matriarcado), ahí el Olímpico sí se vino abajo e inmediatamente (oh, Madre Patria) comenzó a sonar el “¡Y va a caer!”. Marcaba el reloj de La Previsora las 6:09 de la tarde y el estadio era un clamor contra el gobierno, incluida la barra del Caracas FC, encabezada ayer por una gran pancarta que decía: ‘23 de Enero Ccs’. “¡Qué nada nos robe este momento!” pidió entonces el técnico (mandamás absoluto) y la gente paró.

Siempre ayudado por las que presumiblemente serían las notas que tenía escritas en su teléfono celular, Dudamel, comedido y correcto, soltó algunas frases de cuidado: “Aquí cabemos todos”, “estos chamos nos han vuelto a hacer sentir orgullosos de ser venezolanos”, “este es el momento para que de la mano de nuestros chamos demos el salto para alcanzar todo que como país necesitamos”, que a buen entendedor bastarán con suficiencia.

Finalizado el discurso explotaron los papelillos y cohetones. Arrancó entonces la vuelta Olímpica. ‘We are the Champions’ sonó de fondo mientras los jugadores corrían (más bien trotaban) y se dejaban querer, aclamar y mimar por unas gradas borrachas de orgullo y euforia. Todos (jugadores y espectadores) se gozaron el momento, que fue previsiblemente bello. Lo imprevisible fue otra cosa: que después del clásico de Queen, luego de que de las cornetas saliera el festejo en canto por lo campeones que somos (así hayamos quedado de segundos), viniera el lamento de Reinaldo Armas (“caramba, ñero, se oscurecieron mis días / alzó vuelo mi alegría cuando menos lo esperaba”) por la muerte del querubín de sus anhelos, su caballo Rucio Moro.

Quizás no se dieron cuenta, pero en ese momento, más que nunca, fueron profetas en su tierra.

NEOMARWEB

Un titán que muere

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El heraldo que anuncia la muerte bien podría ser la desesperación que había en los ojos desencajados de esa mujer que aproximadamente a las 4:08 PM pedía con todas sus fuerzas un médico para Neomar Lander en la Francisco de Miranda. Podría ser ese conducir zigzagueante y rápido, vacilante y veloz, esa premura de siglos que llevaba el motorizado que lo trasladaba. O podría ser, tal vez, esa violenta mutación, de bravío encapuchado a niño que llora desconsolado, que en cuestión de segundos experimentó aquel amigo suyo que iba acompañándolo en otra moto. Antes de ver ese cráter feroz que horadaba su cuerpo y por el que se le escapó la vida, antes de que los que allí estábamos nos topáramos de frente con esa opacidad mortecina que ya había adquirido su piel, antes de que nuestros ojos se encontraran con un cadáver destrozado que sencillamente no respondía al infatigable ejercicio resucitador de los paramédicos, ya la muerte, terrible, tremenda y atroz, se nos había revelado.

No la queríamos ver. No la queríamos creer. No la queríamos aceptar. Pero allí estaba: implacable, definitiva, absoluta. Allí estaba, ensañada sobre un cuerpo, más bien cuerpecito, de torso descubierto, pecho despedazado y brazos quemados. Allí estaba sobre Neomar, ese muchacho de brackets, que vestía, infeliz ironía, un short militar con el detalle pavo (y a la vez tan contraproducente para una manifestación, tan desfavorable para guerrear, tan poco recomendable para lo que él hacía, y tan de los diecisiete años que él tenía) de un ruedo veraniego. Allí ella, la muerte, dueña de él, a quien los paramédicos, luchando por arrebatárselo, peleando por devolvérnoslo, le levantaban unas piernas que ya no corrían, le colocaban oxígeno en unos pulmones que ya no respiraban, le amarraban en un brazo inerte un guante de látex para buscarle una vena que no aparecería, y le hacían RCP a un corazón que no latía.

El aire de voces secretas del que escribió Lorca cuando le mataron a Ignacio estuvo allí. Eran plegarias –“¡Sagrado Corazón, cúbrelo!”–, imprecaciones –“¡Ojalá se mueran todos!”–, maldiciones –“¡Maldito gobierno!”– y condenas –“¡Van a pagar!”–; eran ayes que salían de las entrañas, quejidos que brotaban de lo hondo, lamentos provenientes del alma; era la impotencia por una vida que sin ningún sentido se estaba yendo (o ya se había ido, aunque no quisiéramos enterarnos) ante nuestros ojos; dolor tremendo por un muchachito flaco de diecisiete años, brackets y short militar arremangado que debía estar haciendo cualquier cosa menos morirse a nuestros pies con el pecho abierto. Pero lo hacía. Y no había manera de pararlo. No había como detenerlo. No teníamos como evitarlo.

Sólo el autoengaño podía hacer menos fuerte el dolor. Y para engañarse algunos hicieron una cadeneta alrededor suyo para que le entrara aire (como si lo suyo fuera asfixia). Para seguirse engañando, otros agredieron a varios fotógrafos y les exigieron que no tomaran fotos (como si el disparo de la cámara matara). Y para terminar de mentirse, lo montaron en una pick-up y lo mandaron a una clínica (como si viviera).

Sobre ese mismo asfalto que horas antes había recibido miles de pisadas firmes que marchaban por un país mejor; sobre ese asfalto en el que una monja se había parado con una botella de agua bendita a asperger a marchistas y a bendecir con cruces en la frente a quienes se lo pedían; sobre ese asfalto en el que la mujer de un kiosco había salido a darles consejos sobre logística y seguridad a los encapuchados; sobre ese asfalto en el que se escuchaban cantos, consignas y discursos optimistas; sobre ese asfalto lo que quedaba era la sangre derramada de Neomar.

No se disolvieron los siglos en cenizas, como en el viejo ‘Dies Irae’ latino, pero sí se desató la rabia. Cuando se llevaron a Neomar, a lo que fue Neomar, a lo que quedó de Neomar, los que allí estaban estallaron en un relámpago de ira. Piedras y molotov se estrellaron contra el MINFRA, cauchos se encendieron, defensas fueron desprendidas y barricadas se levantaron. Detonaciones secas se comenzaron a escuchar entonces. El rumor de francotiradores que defendían a plomo la sede del edificio oficial se comenzó a esparcir con profusión. Y por un momento pareció que la guerra, la tan vaticinada guerra, ahora sí estaba llegando. Y dio miedo. Fueron minutos grises, largos y confusos, que así como llegaron se fueron, pero dejaron en los huesos el escalofrío de un mal presagio.

Entonces, Miguel Pizarro, que había estado todo el tiempo allí y recibido a Neomar en la avenida, lloró. Tenía tiempo quebrantado, la cara roja y los ojos chinos, pero en ese momento se quebró. El mismo hombre que horas atrás había hablado del país que seríamos, que decía que ya no habría familias separadas, que no creyéramos que iba a ser imposible, lloraba a Neomar al lado de un encapuchado que fumaba compulsivamente e intentaba, las manos temblorosas, hacer una llamada. El recio Miguel Pizarro, el que se le planta sin chaleco ni casco a la GNB y aguanta bombas tapándose la nariz apenas con el brazo, estaba sentado en una isla gimiendo. “Nada más triste que un titán que llora” escribió Rubén Darío. Y no le faltó razón. Lo que le faltó fue ver morir a sus pies, con apenas 17 años y un cráter en el pecho, a un titán que luchaba contra una dictadura.

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#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

TERRORISTAWEB (1)

El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El terrorista, el muchacho y el rescatista se sientan en el mismo banco de la plaza Altamira donde el periodista está descansando. El muchacho es amigo del terrorista y el terrorista es amigo del rescatista. La amistad entre el muchacho y el terrorista es de reciente data y se fraguó en la calle, ‘guerreando’, como ellos dicen. La amistad entre el terrorista y el rescatista es de vieja de data: se conocen de antes y han jugado (y llorado) juntos. Comparten código postal y un mismo dolor llamado Carlos Moreno (17), la víctima 06 de las protestas, asesinado el pasado 19 de abril en San Bernardino.

Si están juntos en ese momento es porque abajo, en Altamira Sur, no hay todavía nada. La marcha estudiantil hacia VTV se ha desenvuelto (y devuelto) en paz. Es, según sus organizadores, el segundo evento de calle que se desarrolla sin una sola lacrimógena de por medio en los 63 días de protesta. Ha costado la mediación del alcalde Ocariz, muy activo dialogando con la PNB y la GNB, y, sobre todo, el esfuerzo tremendo de los diputados, quienes terminada la manifestación se tuvieron que quedar arreando gente, desmontando barricadas y recibiendo insultos por parte de un pequeño grupo que quería incendiar VTV porque ‘¿quién dijo que uno viene para entregar cartas?’.

Sin embargo, lo lograron –‘¿lograron qué? ¡No lograron nada!’, decía alterada una muchacha, a la que Pizarro luego acusó de infiltrada del SEBIN– y es por ello que todos están allí: el periodista no tiene suceso alguno que cubrir; el terrorista y el muchacho nadie contra quien guerrear; y el rescatista  a quien atender. “¿Qué dice la prensa?”, le pregunta el rescatista al periodista y así lo incluye en la conversación, que durante los próximos minutos girará sobre los tópicos habituales de toda protesta.

“¿Alguien me regala una llamada?”, pide el terrorista e inmediatamente el rescatista lo auxilia. “Se me olvidó avisarle a mi mamá que todavía no voy a llegar. Ella piensa que estoy en el liceo”, explica. Es después de esa llamada cuando se descubre: “A mí me tienen fichado por terrorismo”, suelta como si tal cosa. “¿Te metieron en la lista?”, pregunta el muchacho. “Sí, mano”. El periodista se emociona: un terrorista es un lomito informativo. Arranca entonces con sus preguntas impertinentes para encontrarse con que lo más peligroso que el terrorista ha hecho en su vida es lanzar bombas molotov, porque ni siquiera un cohetón ha prendido (“no, hermano, eso se lo dejo a los gochos, que son locos y arriesgados, porque esa vaina es peligrosa”). “¿Y entonces por qué estás en esa lista?”, pregunta, viendo diluirse su exclusiva. “No sé, mano. Pero igual tengo que estar con cuidado porque nos están cazando”, responde, y comienza a relatar historias de conocidos a quienes sin mucho ruido ni alharaca han ido apresando sigilosamente tras un proceso minucioso de seguimiento. “A un pana, saliendo de su casa un día normal, lo montaron en una camioneta y se lo llevaron. Está en El Helicoide. A otro lo atraparon porque al que le guardaba los escudos lo apresaron, le quitaron el teléfono y de allí sacaron los contactos de varios”.

Cuando avisan que en Altamira Sur hay enfrentamientos esporádicos entre los manifestantes y algunos GNB, que cada tanto tiempo pasan en moto lanzando bombas, el terrorista le dice al muchacho para bajar. “Es que ya estoy cambiado”, rechaza la invitación este último. “Yo sí voy a ir a un rato”, dice el terrorista. “Además, mañana hay Champions y no creo que venga”, agrega. Hijo de su tiempo futbolístico (creció en la mejor época del Barca) es antimadridista y le ligará a la Juve. “¿Quieres el casco?”, le pregunta el muchacho. “No, mano. Recuerda que estoy en el liceo. Yo no puedo llegar con esa vaina pa’la casa”. El rescatista se le une por si hay alguien a quien atender. “Procura que no te maten”, es la despedida que le dan al terrorista. “¿Tas loco, mano? Si estoy luchando para poder tener un país y disfrutar de él, no voy a dejar que me maten antes”.

El periodista, que carga un chaleco antibalas pesadísimo que lo hace vivir cansado todo el tiempo, decide esperar a que la situación sea verdaderamente apremiante para bajar. Ya tiene algún tipo de experiencia como para discriminar lo que puede ser importante y lo que no. El muchacho se queda con él. Parece de 13 pero tiene 15. Está en IV año de bachillerato y todavía no sabe qué quiere estudiar. De hecho, estudiar, lo que se dice estudiar, es algo que no está haciendo con regularidad: se jubila de clases para ir a las protestas. “En este país no hay futuro. Prefiero estar aquí guerreando que estudiando en el liceo”. El periodista le dice que estudiar es importante. “Yo no siento que estudiar en este momento pueda servir para algo”. “En este momento no, pero luego…”, promete el periodista, aunque él, profesional con título y trabajo, que está más cerca de los treinta que de los veinte, vive todavía en la casa paterna, no ha podido siquiera comprar un carro y se alegra cuando puede acompañar el almuerzo con un Té Lipton, sabe perfectamente que está vendiendo humo.

De humo habla el muchacho. “Yo soy asmático, y las veces que me he ahogado con las bombas me pregunto siempre por qué estoy aquí”, le cuenta al periodista, que inmediatamente le pide que responda la pregunta. “Yo lo hago porque el año pasado me robaron tres celulares. Eso en parte. Y porque aquí, como te digo, no hay futuro para nadie”. Siguen hablando de cualquier cosa, hasta que caen en el tema de la represión. “¿Lesa humanidad es que se llama eso, no?”, le pregunta el muchacho para luego subirse el pantalón y mostrarle una herida que ya cicatriza. “En el momento yo pensaba que era un bombazo. Pero cuando me lo revisaron tenía un hueco. Yo estaba cagao, porque era un hueco como de dos centímetros, y yo creí entonces que era un balazo. Pero fue una metra”. El periodista, que se acuerda de su amigo escritor, no puede dejar de pensar que a los 15 la imagen que él tenía de las metras era la de un juguete y no la de un arma. La herida del muchacho tiene casi un mes y recién es que comienza a cerrar. “Yo de ocioso me metía el dedo gordo y me entraba. Ya no me duele ni nada. Pero le falta todavía, porque perdí mucha piel”.

Inmediatamente, el muchacho se señala la ceja. “¿Y eso?”, pregunta el periodista al verle otra herida. “Un perdigón, o bueno, no sé, algo. Los paramédicos que me atendieron me dijeron que podía haber sido un tuercazo, porque la herida estaba llena de aceite”. El periodista alucina. “Yo estaba al lado de un escudero en la autopista. Y en una de esas que me moví escuché algo que sonó zzzzz y me pegó entre el lente y el casco. Escuché el sonido y todo. Ahí mismo comencé a botar sangre. Mucha sangre. ‘Estoy herido, estoy herido’, grité. Y me llevaron en una moto. Quedé tan loco en el momento, que no me di cuenta de que habían sido unos panas los que me rescataron”. Al periodista le inquieta saber si después de tanto no tiene miedo, que es un tema que lo obsesiona. “No. O sea. Ahora estoy guerreando atrás de los escuderos, antes era al lado, pero ya no”. Entonces, le pregunta por su familia y cuán enterados están. “A mí mamá ahora le tengo que inventar una labia para venir para acá. Las primeras veces se lo contaba todo. Hablábamos como si fuéramos amigos. Pero por culpa de esto [se señala la pierna] ya no. Ese no lo pude ocultar. El de la cabeza sí. Me puse un gorro y no se veía. Y cuando ya estaba más desinflamado, dije que fue jugando futbol”.

El rescatista pasa y los encuentra sentados hablando. El muchacho pregunta por el terrorista. El rescatista dice que no sabe nada, pero que debe estar abajo guerreando. El muchacho entonces dice que él mejor va a ir marcando la milla antes de que se haga de noche. El periodista, que no suele ser simpático ni afectuoso, se despide con un abrazo. “Cuídate mucho, chamo”, le dice, y lo hace con genuina preocupación. El muchacho, con su cara de niño perdido y su uniforme de liceísta, promete hacerlo, sonríe y se va. El periodista lo ve alejarse y se acuerda de Hemingway en ‘¿Por quién doblan las campanas?’. No tiene la cita exacta pero sabe por dónde va: el lujo que era, en la guerra, volver a ver a alguien de quien se había despedido. Y aunque sabe que no es la guerra, comienza a dudar de si algún día podrá volver a ver a los tres juntos de nuevo.

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#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

FOTO: Reuters

Son esbirros

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Desesperación es una palabra que se escribe, lee y pronuncia muy fácil, para lo duro que es vivirla. Y ayer en la autopista les tocó a miles. La marcha que pretendía llegar a la Cancillería bajó por la Francisco Fajardo y comandada por varios de los diputados jóvenes (Olivares, Pizarro, Mejía) se detuvo bastante antes de donde se encontraba en piquete de la Guardia Nacional Bolivariana. Tan antes que éste ni siquiera se veía y su presencia allí era solo una presunción que tenían algunos. Durante casi veinte minutos se mantuvo en hipótesis, hasta que la montaña fue a Mahoma y las tanquetas, ballenas y pelotones comenzaron a avanzar, ellas solitas, hacia la marcha. Paciente y diligentemente, a voz en cuello, los diputados lograron sentar en el hirviente asfalto a los manifestantes y les ordenaron levantar las manos. “Qué se vea quiénes son los violentos”, dijeron. Y cuando la tanqueta, a metros ya de pisar a algunos, escupió su primera bomba sobre un montón de gente sentada con las manos en alto, e inmediatamente la ballena los barrió, quedó más que claro.

No es que tras sesenta días de protesta y por lo menos treinta de ellos con una represión cada vez más salvaje alguien pudiera espera algo distinto, pero de todos modos no deja de ser tremenda la imagen de unos tanques de guerra arremetiendo contra un montón de gente sentada con las manos arriba. Que a ellos no les importe, que se hayan asumido ya como esbirros de una dictadura y en consecuencia actúen, eso es otra cosa. Pero la imagen queda y es brutal.

Lo que vino después no fue tampoco mucho mejor. Tras acaso diez minutos de enfrentamiento, tuvo lugar una emboscada feroz. La gente que retrocedía se encontró de repente con una pared de humo blanco en el Distribuidor Ciempiés y se fue corriendo a la salida de Las Mercedes, que en un instante se cubrió también de humo blanco. Entonces se tuvieron que devolver, con las tanquetas disparando bombas a apenas unos metros. Ya no era miedo, sino pánico. Las personas se atropellaban, gritaban, empujaban, tosían y lloraban. Corrieron como pudieron (entre el ahogo, la asfixia y la poca visión) hacia la única vía de escape que les dejaron disponible (y si la dejaron fue porque no era exactamente una vía de escape): una pared de altura considerable que daba a El Rosal.

“¡Es un precipicio, es un precipicio!”, gritaba desesperado un hombre que intentaba devolverse mientras la multitud de gente se lanzaba hacia él. Aturdida, una muchacha de gorra tricolor y pañuelito en la nariz, salía espantada del grupo luego de ver la altura del muro y corría, perdiendo fuerza en cada paso, autopista arriba, directamente adonde estaban otros Guardias. La gente le gritaba, pero ella solo atinaba a dar tumbos sin entender nada. Precipicio abajo, iban cayendo escudos, bolsos, cascos y personas. Era una pared de acaso dos metros, pero era lo que había. Ejecutando bien el salto, , agarrándose del borde, intentado deslizarse por la pared y doblando las rodillas al caer, puede que no resultara peligroso. Pero no había tiempo para eso. Las tanquetas avanzaban, las bombas caían en el borde y una turbamulta de gente empujaba por salvarse. Y salvarse era lanzarse a ese vacío o ser empujados hacia él, como les sucedió a varios que una vez en el borde, viendo la altura, asustándose de ella y queriendo devolverse tuvieron igual que caer porque la multitud de atrás estaba todavía más asustada por ver a los Guardias cerca.

Abajo, cada quien aterrizaba como podía: unos de pie, otros de rabo, algunos de mano e incluso unos sobre otros. La mayoría terminaba cojeando y no faltaron los que una vez caídos ya no pudieron caminar y tuvieron que ser llevados a hombros por los demás. Por algunos minutos, esa pared dio la imagen de ser una cascada, hecha no de tiempo y agua, como el río de Borges, sino de gente que caía, caía y caía. Abajo quedaban muchas de sus pertenecías, sobre las que aterrizaba entonces más gente, a veces triturándolas y dejándolas inservibles. Daba igual, eran pocos los que después de la caída se devolvían a buscar algo: lo suyo era caer y correr calle arriba, lejos de las bombas, de las detonaciones, de los Guardias. Maltrechos, lesionados, con raspones, rasguños y roturas, pero lejos de los Guardias, que cuando desde la base aérea La Carlota dispararan metras y tuercas de frente, y robaran a un fotógrafo, se terminarían de confirmar como los esbirros que son.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

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#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

FOTO: El Pitazo

La tragedia de Altamira

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Tras casi sesenta días de protesta y no pocos de ellos en la autopista se han ido creando leyes no escritas que se encuentran compiladas en un librito tan inexistente y a la vez fundamental como el del béisbol. Y dice el librito de las protestas que nunca, pero nunca (lo resalta en rojo, como las rúbricas del misal romano), se debe ir a Las Mercedes. ¿Por qué? No lo especifica. Pero una nota al margen indica que ha sido allí donde han asesinado a dos de los manifestantes caídos en Caracas y donde siempre hay una buena cuota de heridos de gravedad. Tanto así que si la leyenda de Sleepy Hollow hubiera que ambientarla en Caracas, no podría haber otro puente sino ése, el de Las Mercedes, para marcar la frontera a partir de la cual aparece el hombre sin cabeza: cualquiera de los que hemos vivido este tiempo de horror daría por verdadero sin poner mucho ‘pero’ cualquier historia que contara que allí hace de las suyas el espanto de algún caído de guerra.

Fue por eso que cuando ayer (#29M) una nube de humo cubría la autopista a la altura del CCCT y otra hacía lo propio a la altura del hotel Aladdin, y la gente, desesperada y emboscada, saltaba las defensas y corría hacia Las Mercedes, este cronista optó hacer caso del librito (de modo parcial, ya que éste ordena salir siempre por Altamira, pero eso era en su edición pre-emboscadas, que fue una de las primeras) e irse a contravía de la masa y salir por una reja que da a una calle de El Rosal. He allí el motivo por el cual ésta de hoy no será exactamente una crónica de guerra (ayer, que se sepa –y no todo se sabe siempre– hubo casi 250 heridos, 76 por perdigones y 65 por metras) aunque tampoco le faltará su toque de barbarie, que fue, de alguna manera, lo que se vivió en Altamira (donde desembocó la parte que salió por El Rosal y otras zonas) y no precisamente (o no solamente) por parte de los cuerpos de seguridad.

Durante más de una hora, Altamira había sido una zona plácida. Mientras de Las Mercedes llegaban reportes preocupantes, en la plaza corría una brisa fresca, la gente hablaba sentada en los bancos y los encapuchados descansaban. Un grupito pequeño había intentado quemar algo y montar una barricada cerca de la Torre Británica, pero eran apenas unos pocos y al rato, por falta de estímulo y de gente, desistieron y dejaron Altamira Sur tranquila. Pero a un cuarto para las cinco tanta paz se rompió: alguien corrió, a ese alguien le siguió otro, al que se le unieron algunos, que luego se convirtieron en varios y terminaron siendo casi todos: una multitud que huía plaza arriba. En dirección contraria corrieron los encapuchados, que con los lentes a medio poner y las capuchas a medio amarrar, se dirigían raudos a ver qué sucedía en Altamira Sur, mientras un enjambre de motorizados llegaba a la Francisco de Miranda. El pitido de las cornetas se unía con el sonido metálico de las rejas y postes, que eran golpeados insistente y cadenciosamente con piedras, en esa especie de campanada moderna con la que se alertan en la plaza.

Dos minutos después, sin embargo, nadie podía explicar lo que había pasado. “Es que uno está de a toque”, era la respuesta de una mujer que se ponía la mano en el pecho y se reía aliviada. Ese sentimiento le duraría poco: al rato las luces amarillas de las motos de la GNB comenzarían a brillar en Altamira Sur para demostrar que cuando en Altamira los postes suenan…peligro viene. Y cuando minutos después las motos subieran hasta la Francisco de Miranda, causando ahora sí una auténtica estampida en una sola dirección, y agredieran a un manifestante adulto, que no corrió y recibió en la Francisco de Miranda, desarmado e indefenso, varios golpes por parte de algunos Guardias, que se despidieron disparando algunas lacrimógenas, todo se comprobaría.

“Yo en ese momento estaba orando”, contaba después una mujer acaso sesentona y seguramente evangélica, “¡Llévate, Señor, a esos demonios! No permitas que le hagan mal a ese hombre. Y un muchacho me llamó, yo fui hacia donde él, y a lo que me moví cayó la bomba donde estaba parada. ¡Imagínese! Me hubiera podido matar. Eso fue un ángel”, proseguía. Su testimonio tenía lugar en medio de una discusión entre señoras sobre la cantidad de “muchachitos” que había en la plaza. “Mis dos hijos están en el liceo y les tengo prohibido que vengan para acá. Ellos están en la casa y yo les he dicho: si van a matar a alguien que me maten a mí”, explicaba mamá gallina. Su interlocutora le replicaba que sí, que eso estaba bien, pero que había muchos que no tenían padres y qué se hacía. “No. Pero es que hay demasiado liceísta. Eso no puede ser”. A la discusión se unía otra mujer que agregaba que también había mucho malviviente. “Esta plaza en 2015 la limpiaron. Y ahora ha vuelto a estar repleta de niños de la calle, de malandritos y de indigentes”

Todo ello tenía lugar en la esquina del hotel Four Seasons, donde un grupo de encapuchados acababa de detener una camionetica, bajar a los pasajeros (“eso les pasa por no protestar”) y llevarla para Altamira Sur, acaso para trancar e impedir (o al menos dificultar) la subida de las motos. Eso, que en Román paladino se llama secuestro, se repitió unas tres o cuatro veces más: a otra camionetica le bajaron los pasajeros pero la dejaron girar en ‘U’ por la Francisco de Miranda en dirección este; a un camión del aseo se lo llevaron a Altamira Sur, a otro lo retuvieron largo rato en esa esquina y tras una larga negociación (“yo soy de aquí, yo no conozco esto”, alegaba el conductor) lo dejaron ir, y a otro que decidió no obedecer y huir a toda velocidad lo persiguió cuadras arriba una verdadera tropa de motorizados con encapuchados de parrilleros.

El clímax de lo reprobable llegaría a eso de las 6 de la tarde, en forma de cajas anaranjadas fosforescentes con zapatos RS21 nuevecitos, provenientes de un camión saqueado abajo.

“Toma, mami, ve a ver si te quedan”, le dijo un parrillero encapuchado a una muchacha tras lanzarle una caja. Ella, tímida, la abrió y se encontró con unos tennis morados de fábrica. “Ay, yo no sé si eso estará bien o no”, se preguntaba. Una indigente, digna de Víctor Hugo, le resolvería el problema moral a punta de pragmatismo: “Agárralo. Eso es un regalo. No tiene nada de malo”, mientras corría rauda para Altamira Sur con la esperanza de encontrar unos para ella. Allá abajo se congregaban infinidad de motorizados (casi tantos como cuando apareció la Guardia) que luego subían con cajas (e incluso cajones) de zapatos. Sin embargo, los grados de civilidad aumentaban con la subida: eso que abajo era una fiesta, arriba lo condenaban.

“Eres un maldito ladrón”, le gritó, indignado y sentido, un moreno grandote a un pálido adolescente que iba con varias cajas de zapatos. De un manotazo, el moreno las mandó todas para el suelo, mientras el muchacho, que parecía a punto de llorar, sólo atinaba a balbucear unas palabras antes de echar a correr con apenas una de las casi cinco cajas que llevaba. Escenas similares se repitieron en Altamira Sur entre quienes justificaban el saqueo y los que lo reprobaban. En la plaza, sin embargo, el repudio era unánime. Un hombre, acaso líder de Altamira, se subió a la fuente del obelisco, congregó alrededor de él a varios de los muchachos y entre gritos, groserías e insultos les juró que ni un vaso de agua les iba a dar de nuevo donde se volviera a repetir algo así. Lo mismo una mujer, más indignada todavía, que se puso memoriosa y les recordó que era ya el tercer camión saqueado, y que con ello lo que hacían era desvirtuar totalmente lo que era la protesta. “Ustedes lograron ganarse más respeto que la MUD. Se hicieron un nombre, la gente los aplaudió, los quiso, los apoyó, y ahora están mandando todo a la mierda”, les gritó casi a punto de llorar. “Se están convirtiendo en colectivos del este”. A lo que ellos replicaron que no, que ya va, que tampoco así, que ellos no están armados y que seguro eran infiltrados los que hicieron eso. “¿Y si son infiltrados por qué no los paran? ¿Por qué no los detienen? ¿Por qué se les suman? ¡No, pana, qué arrechera!”.

Abajo, en la esquina de la plaza, un moto taxista, con esa sabiduría que da la calle (o la salsa, o las dos), resumía admirablemente la que empieza a ser la tragedia de Altamira: “Se están convirtiendo en lo que criticaron”. Probablemente no habría leído a Nietzche pero iba en su misma línea. “Quien con monstruos luche, cuide de convertirse a su vez en monstruo”, advirtió el alemán en mil ochocientos, y casi dos siglos después sus palabras siguen vigentes. “Quien con monstruos luche” es un héroe, y en Altamira los ha habido valientes hasta arriesgar la vida por la causa de la libertad; pero tras dos meses, el envilecimiento, que también juega, los está convirtiendo en monstruos bolivarianos, con algunos de sus patrones delicuenciales. Y en esa dualidad se están moviendo.

En la plaza están pasando cosas, algunas de ellas graves, y alguien (no la dictadura ni tampoco los que les aplauden y justifican cada acción a los muchachos, sino quien de verdad los quiera) tiene que hacer algo, so pena de que ésta termine siendo esa clásica tragedia latinoamericana de jóvenes cuya sed de justicia se terminó saciando con la sangre de los ajusticiamientos que luego ellos cometieron; de románticos universitarios que terminaron convertidos en crueles guerrilleros; de buenas y nobles intenciones que trastabillaron en el camino y terminaron empedrando la vía que conduce al infierno donde arden los héroes que se mimetizaron en su némesis.

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