FIDELWEB (1)

RESEÑA: Persona non grata – Jorge Edwards

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

‘Persona non grata’, de Jorge Edwards, es un libro que pasará a la historia por el enorme valor testimonial que tiene, y ya. En lo literario tiene poco, pero lo que cuenta no tiene desperdicio: los meses en los que Edwards estuvo en La Habana enviado por el gobierno de Salvador Allende como el primer Encargado de Negocios chileno (y uno de los primeros diplomáticos latinoamericanos) tras la ruptura de relaciones que vino con la revolución y la posterior expulsión de Cuba de la OEA.

Se trata principios de los años setenta, en los que ya la revolución ha cumplido su primera década y todavía mantiene el favor de buena parte de la opinión pública y de la intelectualidad extranjera, sobre todo la latinoamericana y especialmente la literaria. Ha habido fusilamientos, ha habido censura, ha habido grandes fracasos económicos, pero la revolución sigue siendo mimada. En Chile, Salvador Allende se hace con la presidencia del país, encabeza un gobierno en el que convergen todas las fuerzas de la izquierda y decide no sólo reestablecer las relaciones diplomáticas con Cuba, sino enviar allá como representante a Jorge Edwars, incipiente escritor y diplomático que cumplía funciones en Lima.

Edwards, perteneciente a una familia de larguísima tradición conservadora en Chile (uno de sus parientes fue el último embajador chileno en Cuba antes de la revolución) y amigo de escritores cubanos que ya en ese momento estaban empezando a tener serias diferencias con el régimen de Castro, es recibido en La Habana con una frialdad e indiferencia calculadas: no lo buscan en el aeropuerto, por despacho le dan solo una habitación casi en ruinas, y no atienden prácticamente ninguna de sus peticiones. Él al principio no lo entiende y ve con asombro que eso suceda, siendo él el primer diplomático chileno en muchos años y un símbolo que más bien la revolución debería festejar. Pero luego entenderá, y muy bien.

Su misión culmina tres meses después, cuando es declarado “persona non grata”. En este ínterin, Edwards pasará por una serie de experiencias, casi todas desagradables, y vivirá en carne propia lo que es estar en una dictadura comunista y cómo ella juega con la gente a su libre arbitrio. Son tres meses de infierno, de atmósfera enrarecida y tensa, de paranoia, de permanente estado de sospecha, de desconfianza perenne, de agobio y de desencanto. De hecho, este libro es también, en parte, la historia de un desencanto: el de Edwards con la revolución, tras experimentar su miseria y su autoritarismo en carne viva, y, sobre todo, tras convencerse de su inviabilidad.

Esos tres meses son narrados por Edwards de una manera, eso sí, bastante mejorable. El libro, por algún motivo, se hace bastante pesado. La prosa es correcta y ya. Pero le falta algo que emocione, que enganche, que cautive. Da la impresión de ser una gran historia contada de un modo bastante gris. Aunque esto último es ya bastante subjetivo. En todo caso, vale –y mucho– por lo que cuenta, por cómo desnuda a la dictadura, por cómo deja en evidencia sus métodos de control y de psico terror. Este libro tuvo el mérito de ser prohibido tanto en Cuba como en Chile, de ganarle a Edwards la enemistad de alguna parte de la intelectualidad progre, pero también de abrirles los ojos a mucha gente. Fue una de las primeras obras críticas de peso contra la revolución castrista. Y ya sólo por eso merece ser leído.

Persona non grata

Autor: Jorge Edwards

Fecha: 1973

Páginas 478

Calificación: 6/10

Foto: Pablo Canelones

“Los venezolanos no vamos a estar separados siempre”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Rodolfo Díaz (Caracas, 1990) es un tipo simpático y de conversación fácil. Fundador, letrista y vocalista de Estereograma, banda de rock venezolana que está surfeando las olas de la crisis y lanza en este 2017 su primer CD con un single que le canta a la esperanza del reencuentro en medio de la tragedia de las separaciones actuales, conversó con OJO recientemente. Honesto hasta la inconveniencia, no tiene problema en admitir que dentro de Abreboca hay temas que le gustan más que “En cuántas lunas” (el single promocional) o que Asier Cazalis escribe mejor de lo que canta. Admirador irredento del Serrat compositor, es capaz de reconocer sin empacho que se sabe completo el álbum Millennium de The Backstreet Boys, quienes son, junto con Arjona (con algunas cosas de Arjona, no todas), uno de sus varios placeres culposos musicales. No entiende, sin embargo, el éxito de Romeo Santos, al que considera sobrevalorado, como a Kudai y a algunos rockeros mexicanos. Según cuenta, una versión de “Imagine” de Lennon le sacudió la existencia y desde entonces eso es lo que busca: componer temas que puedan llegarles a las personas.  Jura que sacrificaría en el altar de su fama los aplausos y autógrafos (esa banalidad) por lograr con una canción suya cambiar y mejorar la vida de alguien. A fin de cuentas, dice, para eso está el arte: para sacudir y despertar; y la música, en su concepto, es uno de los más puros. Como se puede apreciar, Rodolfo Díaz es un tipo que tiene mucho que decir. Largo y tendido hablamos con él en una franca y entretenida entrevista que puedes leer completa a continuación:

-Estereograma se fundó en 2011. ¿Cómo nació?

-Un pana, el guitarrista, era sobrino del bajista del Caramelos, y siempre quiso tener una banda; de hecho tuvo una que se separó, y entonces él comenzó este proyecto conmigo. Yo me la pasaba cantando en todos lados, llegaba a todos lados y me ponía a cantar. Y un día él me dice: ‘tienes una voz interesante, vamos a hacer un grupo’. Y yo pienso: ‘este chamo está loco’. Pero nos fuimos reuniendo varias veces, un día montamos una canción seria (“Mujer de papel”), y de ahí empezamos a hacer todo ese proceso.

¿Dentro del panorama musical venezolano actual qué tienen ustedes que otros no tengan?

-Creo que tenemos una frescura muy interesante y una mezcla entre la voz y el género. Mi voz no es tan rockera pero la música sí, y creo que esa dualidad es muy sabrosa, creo que se ha perdido un poco, creo que se ha buscado mucho ir a lo indie, y se ha olvidado un poco lo que era esa mezcla tan sabrosa que daban el pop, el rock y la electrónica bien hecha.

Ahora, ¿por qué se han demorado tanto tiempo en sacar el disco? ¡Son seis años!

-Sí, fíjate. El tiempo fue: primero, imagen de banda, que unificarla fue algo que nos costó mucho; después, composición de los temas; luego, producción, que no la hicimos con un productor, no todos los temas, en algunos metimos la mano nosotros, los repensamos y mejoramos; y por último el dinero. El tema del dinero fue complicado, porque grabar cuesta plata, mezclar cuesta plata, masterizar cuesta plata.

-¿Todo el dinero sale de ustedes?

-Sí. Nosotros no tenemos patrocinantes. Casi todo viene de mi bolsillo, en realidad.

-Después de tanto tiempo, ¿qué expectativas tienen?

-Básicamente: ver qué opina el público sobre la banda, su música y su propuesta. “En cuántas lunas” es el primer single, detrás del cual vienen una serie de temas que a nosotros nos parecen más interesantes. Y siempre es sabroso ver lo que la gente opina de eso.

-Si hay otros más interesantes, ¿por qué salen con este?

-Porque tiene todos los matices de Estereograma: bastante pop, rock, unos efectos del folk bien interesantes con unas guitarras octavadas, tiene algo de grunge, y tiene además repetitividad, que es algo que debe tener un single para que la gente le preste atención. En fin, tiene todo lo que necesita para ser el primer tema.

-¿Es el mejor tema?

-Yo no te debería responder esto. Pero, a ver: este no fue de los últimos temas, que son siempre los más interesantes. El mejor de disco se llama el “Olvido”, y probablemente no sea un single por una cuestión de marketing.

-¿Y eso no  te frustra? Que el mejor tema no llegue a ser single

-No. Porque creo que la música tiene una carga subjetiva muy alta: el hecho de que sea la que más me gusta a mí no quiere decir que sea la que más le guste al público. Eso pasa muchísimo.

-Pero insisto, ¿no es frustrante?

-Es que, ojo. Eso no siempre es así. Depende es de la receptividad. Una vez que el disco llega a la calle la elección de los singles depende del gusto de la gente. Nosotros elegimos el primero y el segundo, pero ya el tercero lo definirá el nivel de tráfico, descarga y consumo, y puede ser perfectamente la que me guste a mí. Si es así, ¡increíble!

-¿Y si no?

-Si no, también me gustan las otras. No es que no me gusten, sino que es el tema que me gusta más.

-Vale. Leo en la nota de prensa que ustedes “quieren hablarle a la sociedad”, ¿qué tienen que decirle?

-Básicamente lo que le tenemos que decir a la gente es que nosotros también estamos viviendo esta realidad, que no somos ajenos ni queremos parecerlo. Hay bandas que quieren fingir demencia: somos artistas y vivimos en otro mundo; ¡eso es mentira! Con “En cuántas lunas” queremos comunicar y decir: sí, vivimos esto, la misma realidad de todos y que es innegable.

-En ese texto hablan también de esperanza. Pero eso es muy genérico, ¿esperanza de qué?

-De que los venezolanos no vamos a tener que estar separados siempre.

-¿Y tú crees que eso va a pasar pronto?

-No lo sé. La canción nunca define cuánto tiempo debería pasar para volverse a encontrar. No sé en cuántas lunas, dice, pero ciertamente nos volveremos a encontrar. Y eso va muy de la mano con lo que dice Laureano [Márquez] en el video: nadie quiere irse de su país; lo puedes hacer, sí, pero que quieras hacerlo es otra cosa; y que nunca quieras volver es todavía otra cosa totalmente diferente. Y es allí donde queremos atacar: que la gente no piense ‘perdí a mi hermano, a mi hijo, a mi amigo, de por vida y nunca lo voy a volver a ver’, sino que en algún momento, allá o acá, existirá algún tipo de reencuentro.

-Acabas de mencionar a Laureano. En el intro del video él dice que esta generación es la que conducirá la Venezuela que ha de venir. ¿Tú te sientes llamados a esto?

-Sí, totalmente. Yo siento que todos los venezolanos, una vez que nuestro país agarre otro rumbo, tenemos una obligación, como ciudadanos, de reconstruirlo. De corregir el rumbo. ¿Y quiénes lo harán? Los que tengan fuerza de trabajo y capacidad intelectual. Siento que como artistas tenemos la obligación de hacerlo.

-¿Y es una obligación del artista? Ustedes se han comprometido, pero hay muchos, y me acabas de hablar de ellos, que miran para otro lado…

-Es que el hecho de que tú cantes algo que no tiene que ver, no quiere decir que no estés ayudando. El hecho de que haya personas haciendo algo de calidad y que dé un mensaje de pura alegría también sirve: en la sociedad hace falta eso, no todo puede ser económico o político, tiene que haber distracción, ocio. Y allí entran las artes. Y creo que el artista, aunque no lleve un mensaje claro o directo, tiene la obligación de crear cultura y hacer felices a las personas por medio del arte.

-¿Tiene la música algún poder para transformar la realidad?

-Claro que sí. La música es el lenguaje del alma. Es una expresión muy pura, muy humana. Tiene la capacidad de cambiar todo, de cambiar el ánimo. Es como la literatura: te puede llevar a vivir una situación fantástica que te desenfoque o inspire.

-Hablas de música y de literatura, a Dylan le acaban de dar el Nobel…

-Ajá, ¿viste? No estamos tan locos.

-¿Qué opinión te merece ello?

-Siento que hay muchas otras personas que podían tener más mérito que él, pero lo que pasa con él es que lleva muchos años haciéndolo y no se da cuenta. Creo que es un buen ejemplo de que el músico busca, desde su rama del arte, llevar un mensaje fuerte que incluso puede llegar ser considerado como merecedor del Nobel.

-Ahora, tú también escribes canciones, ¿qué te lleva a escribir? ¿Necesidad de expresión, desahogo, qué?

-A mí me gusta mucho interpretar la realidad. Plasmar en papel las cosas que me van pasando. Me parece muy interesante, una catarsis muy chévere. Hay veces en las que escribo cosas que no sirven para nada y otras en las que siento que hay mensajes que deben ser transmitidos. Muchas veces hablo con la gente y siento que están en modo automático: trabajar-comer-salir-dormir-trabajar, y cuando te sientas, hablas y les preguntas: ‘¿qué te gusta a ti?, ¿cuáles son tus sueños?, ¿qué te hace feliz?’, la gente no sabe qué responder. Siento que ahí tengo la posibilidad de ayudar, hablar, llevar un mensaje que a algunos les gustará y a otros no. Pero si a alguien le llega y dice: ‘oye, yo escucho en estas canciones una inspiración para irme de mi trabajo porque lo odio’, si eso pasa, ya me doy por satisfecho.

Entiendo entonces que no escribes para ti sino para los otros…

Sí. Yo no escribo para guardármelo. Me parece que los mensajes tienen el fin de ser compartidos. Luego, la respuesta será otra cosa.

-¿Cómo es el proceso entre que algo te sucede y termina convertido en canción?

-Normalmente hacemos la música completa y luego yo empiezo a escuchar, a escuchar, a escuchar, a ver a qué me suena, a qué me recuerda, a qué pasaje de mi vida me lleva, qué me imagino, qué situación puede hacer link con esto, y es allí cuando empiezo a escribir. Busco en mi memoria, en mi fantasía, en mi imaginación, cosas con las cuales construir una historia con una línea narrativa relativamente coherente o a veces no tan coherente (eso también es apropósito) pero que haga un mix con lo que me transmite la música para que la letra vaya por un mismo lado…

…¿entonces comienza siendo primero música y después letra?

-No siempre. Pero sí. Hay también otras que hemos escrito, yo canto una melodía completa y se van reestructurando los acordes que van con la voz.

-¿Cuánto tiempo puede llevar este proceso?

-Entre una o dos semanas para comenzar una estructura completa, y después empezar a producirla.

-En los tres temas que escuché hay mucho de ruptura y de fracaso de la relación. ¿Debo entender que es algo que ha repetido mucho en tu vida entonces?

-Jajaja. Creo que puede ser algo de cada quien. Yo personalmente, en las relaciones, siempre he estado enfocado en otras cosas y nunca se han desarrollado de la manera más idónea, y por allí me voy. Hay otras personas, los baladistas, por ejemplo, que se van más al amor y a la conquista, a esa fase de la relación. Bueno, bien, pero yo estoy en las otras y por eso escribo de ellas. De todos modos, creo que es más fácil escribir de despecho. Suenas menos cursi. Por lo menos para el rock.

-Sin embargo, el disco no es de rock puro, sino que hay mezclas, ¿por qué?

-La música es un ejemplo de quien eres. En ella se refleja mucho de lo que eres, de la sociedad en la que vives, y nosotros tenemos un mestizaje muy fuerte y por eso hay muchos géneros que se han hecho parte de la sociedad. Nosotros no tocamos ningún género venezolano como tal, pero mezclamos con otros como balada, pop, electrónica, mucho de los ochenta, porque era lo que nos gustaba cuando éramos chamos, las primeras bandas que escuchábamos. Y no fue a propósito, sino que fue surgiendo.

Ahora que hablas de los 80’s. Leía yo hace poco el prólogo que Asier escribió para ‘Crónicas del rock’, y allí él decía que aunque los 80’s fueron unos años horribles, pero que para el rock “no hay mejor caldo de cultivo que la inmundicia”. De algún modo reivindicaba la utilidad de esos tiempos malos. Ahora estamos en unos tiempos peores, ¿son buenos para hacer música?

-Económicamente es muy difícil porque todo se ha vuelto muy caro. La música siempre fue cara, pero ahora lo es más. Adquirir instrumentos de calidad, pagar una hora de estudio, de ensayo, de mezcla, todo eso es muy costoso. Pero ahora tienes una herramienta de difusión que no tenías en los 80’s: el internet. No tenemos disqueras pero puedes hacerlo casi todo solo. Hay un tema de autogestión muy importante que es el que te va a garantizar llegar a una disquera, porque nadie te va a firmar de cero. Ellos parten de una premisa: si tú lograste llegarle a la masa solo, con nosotros la vas a romper.

-¿Y se puede vivir ahorita de la música?

No. Al comienzo no. Es una inversión muy continua y constante, de mucho esfuerzo. Si vas desde el principio pensando que ese va a ser tu único ingreso y que te vas a auto sustentar, entonces estás mal. Todos nosotros tenemos una vida alterna de producción económica, que va direccionada a establecer a la banda como tal.

-¿Y si pudieras vivir de la música dejarías toda esa vida, digamos, profesional? Te lo pregunto porque quiero saber si esto tuyo con la música es verdaderamente una vocación marcada o sólo un hobby

-Para mí el tema es más artístico que musical. Me gustan mucho las artes audiovisuales, tengo una casa productora de comerciales, me gusta el cine, por eso apoyo la propuesta de Estereograma. Esas son las dos únicas cosas que tengo y ambas están ligadas por el tema del arte. Si pudiera salirme de algo, no me saldría de la parte audiovisual tampoco: porque yo no estoy en una oficina donde me vuelven loco; soy mi propio jefe, hago lo que me gusta y practico cosas que me llenan, por eso no lo abandonaría.

-Ok, pero supongamos que ustedes la rompen, este disco es un éxito, la gente hace cola para verlos, los firma una disquera, ¿qué harías?

-Congelo todo. Sin duda.

-¿Y sentirías que te falta algo?

-Es que creo que aún si vives una vida 100% de músico, siempre va a haber un huequito en el que no hagas nada para dedicárselo a algo que te gusta: en este caso se lo dedicaría a la producción audiovisual.

¿Te gustaría ser famoso y tener vida de rockstar?

-Mira, a mí lo que más me da satisfacción es que alguien me diga: ‘esta canción me gusta mucho, cambió mi vida’. A mí eso me gusta, creo que es lo más importante y es lo que yo busco, más allá de que me reconozcan o me pidan autógrafos. Eso me parece banal. A lo mejor al principio puede ser sabroso, uno se siente importante y tal, pero a mí ahorita no me parece significativo. Prefiero que alguien venga y me diga: ‘mira, quiero agradecerte porque esta canción cambió mi vida’. Berro, eso sería increíble.

-¿Y una canción puede cambiar la vida de alguien?

Claro. Por supuesto. Las canciones pueden marcarte, pueden ayudarte y desenfocarte de las cosas negativas. A mí me pasó. “Imagine”, de John Lennon, versionada por A perfect circle, es una canción que a mí me llenó mucho  y no hay forma de que la escuche sin sentir una fuerza interna de energía. Es lo que el arte hace a veces: darte una cachetada y decirte ‘¡despierta!’

-¿Cuáles son tus referencias musicales?

-Cuando hablamos de escritura, mi máxima referencia es Serrat. Mi profesora de canto dice que mi vibrato es serratoso, que no tiene nada que ver con el rock. Pero para yo escribir, las referencias son Serrat, Cerati, Rubén Blades, Brandon Boyd, de Incubus, que escribe unas cosas muy locas pero otras muy profundas y buenas, Juan Luis Guerra, que es un merenguero-bachatero pero también escribe unas cosas muy buenas.

-Y ya no de escritura, sino de música en general, ¿quiénes son tus referentes?

-Ahora, hablando de música, Incubus, A perfect circle, Sonata ártica, Los Mesoneros, lo que era Sentimiento Muerto, Caramelos, a pesar de que los critican tanto, Vinilo Versus; Metallica y Nirvana, que son bandas que están tácitas. Esas más o menos son todas las referencias.

-Al momento de hablar de los compositores no me nombraste a ningún venezolano. ¿Es que no hay ninguno?

-Asier. Él escribe es increíble. Creo que lo que mejor hace es escribir.

-¿Escribe mejor que canta?

Yo no puedo decir esas cosas jajaja. Pero ciertamente escribe muchísimo mejor de lo que canta. Escribe tan bien que no le hace falta cantar. Además que el rock no amerita tener la mejor voz, pero sí un mensaje interesante: y eso él lo tiene. La Vida Boheme para mí escribe mejor de lo que hace música: las letras son increíbles, la forma de interpretar la realidad y plasmarla en canciones me parece absurdamente genial. Los Mesoneros también me parecen increíbles, tienen una canción que se llama “Un segundo”, que es una crónica de los últimos días del colegio y es  interesantísima. Allí tú dices: son unos chamos tan jóvenes y escriben eso, ya tienen esa capacidad de interpretar la realidad. Me parece increíble. Simón Díaz está en los tácitos.

-¿Qué placeres culpables musicales tienes? ¿Algo que nadie esperara de ti?

-Creo que Backstreet Boys jajaja. Es inevitable. Millennium me lo sé de principio a fin. Hace unos meses podía decir que Justin Bieber, pero actualmente no porque Diplo ya lo rankeó bien. Chino y Nacho podría ser, pero es que son tan buenos y famosos que si los odias estás mal, aunque seas rockero. Arjona también podría ser: tiene muchas cosas malas pero también tiene cosas buenas.

-¿Cuáles son las cosas buenas de Arjona?

-Que algunas veces menciona a Serrat en sus canciones y lo menciona como ídolo. Entones está claro, por lo menos.

-¿Te gustaría componer como Arjona?

-No. Me gustaría componer como Serrat, cosa que veo complicada.

-¿Por qué?

Porque siento que hay un bagaje cultural, social e ideológico tan profundo en cada una de sus letras, que no me siento todavía en capacidad de llegarle. Bien es verdad que uno va evolucionando y puede que en algún momento llegue.

-¿Cuál es la mejor canción de Serrat?

-Es que tiene demasiadas buenas. “Utopía” es una cosa absurda. Hay otra en la cual me inspiré para “Blanca locura”, “Elegía”: una canción que le escribe a un amigo que se le murió. Increíble como transmite con palabras los sentimientos tan duros que estaba sintiendo por la persona que se fue. “Princesa”, que habla de una persona que se supera a fuerza de la mamá. Son muchas.

-Ahora te volteo la pregunta: dime algo que a todos les guste y que tú consideras que está sobrevalorado.

-El reggaetón. Todo el reggaetón está  súper sobrevalorado. Yo de verdad tampoco entiendo el amor a este chamo, a Romeo Santos, de Aventura. No lo entiendo. Casi toda la música que tiene que ver con rock mexicano me parece sobrevalorada: Reik es terrible; Kudai, ¡Dios mío! Ellos están sobrevalorados. Hay también algunos rockeros mexicanos que se salvan: Molotov, Café Tacuba por ejemplo.

-Para ir terminando, ¿después de Abreboca, qué?

-Hay que ver que pasa.

-¿Y si no  pasa nada, si no tiene éxito, si descubres que no es tu camino…?

-No vale, ¡qué pavoso! A ver. Eso siempre puede pasar, pero lo más importante es haberlo plasmado, haberlo difundido; y si al final no gusta, eso es respetable y no podemos hacer nada en contra de la subjetividad de las personas. Podemos seguir haciendo música. Ahí veríamos si mantenemos la misma línea de propuesta, o evolucionamos o no.

-¿Estarías preparado para el fracaso?

-Sí. Vuelvo y repito: el objetivo es saber qué piensa la gente. Pero que no se quede engavetado, no se quede en pensar ‘qué hubiera pasado si…’.

-Para cerrar, ¿qué es la música para ti?

-Es una herramienta de expresión increíblemente pura, increíblemente humana y con una fuerza tremenda para transmitir.

-¿Podrías concebir la vida sin música?

No. Yo no puedo. De 24 horas yo canto 13 horas diarias.

-Para Borges el paraíso era una biblioteca, ¿para ti…?

-Un cuarto con bastante eco, donde puedas cantar y se escuche durísimo todo.

-Gracias, Rodolfo.

-A ti.

VON

REVIEW: Lieder – Von Konow

Por: Humberto González

Desde “Cosmic”, en Lieder, es imposible no remitirse a las referencias musicales de Von Konow: Depeche Mode, Pet Shop Boys y hasta David Bowie. “Cosmic” es un temazo que abre el álbum de forma magistral, y que retiene en sí una inmensa originalidad musical. En “Horses Run With Me” la característica voz de Marko von Komow se adueña de nuestros oidos, y los sintetizadores y las melodías que emanan de ellos son el complemento perfecto del viaje.

“Winter” es quizás la más diferente de las canciones que presenta Komow en Lieder, en la que la guitarra acústica y eléctrica llevan las riendas de la música. Las campanas conforman una nostalgia hermosa. “Hello” es la perfecta transición musical de lo explosivo del inicio del disco hacia un descanso necesario. Una balada sensible y lenta sobre el tiempo, con Komow en su esplendor vocal.

“Want” regresa, quizás, a la propuesta inicial de Lieder. Un tema vivaz y upbeat, con guitarras rítmicas y melodiosas y una esencia de vibraciones positivas. Todos los coros de las canciones, incluida “Want”, suenan a nuevos clásicos. Himnos en la música.

Lieder concluye con “Like a Breath”. Quizás el tema más nostálgico y melancólico de todos. Una oda al sentimentalismo visto desde diferentes contextos y perspectivas. Sin duda alguna, Lieder es un hermoso disco, con un Von Konow en estado de gracia.

CHARCOWEB

Un charco de sangre llamado revolución

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

La noche cuando mataron a Arnaldo Albornoz, yo también estaba en la calle. Venía, como él, de celebrar la vida: no en un cumpleaños, sino en una boda. El día anterior, viernes, estuve en un cumple que empezó a las 7 de la noche y terminó a las 9:30, cuando intempestivamente hubo que picar la torta porque ya había que irse. La escena fue semejante a la vivida en mi casa el lunes pasado, cuando mi madre interrumpió todo para cantarle el ‘Ay, qué noche tan preciosa’ a mi padre antes de que se hiciera más tarde. No eran todavía ni las 7. Esa noche, volviendo de llevar a mi abuela, ella comentaba sorprendida que sin ser todavía las 8 veía la calle como cuando eran las 11: vacía y oscura. Da igual: con gente y luz, a las 9 de la mañana del jueves, le metieron un tiro a un hombre en la panadería de mi casa para robarle el carro. Esa noche, en la cena, mientras yo les contaba a mis padres esto, ellos narraban cómo en el metro habían visto a un hombre armado. Al día siguiente, la conversación de la cena nos pillaría con semblante adusto: en la tarde se habían metido (segunda vez en dos meses) en el edificio donde vive mi abuela. Y todo ello sucedió apenas la semana pasada.

Si me voy un poco para atrás, para diciembre, podría contar cómo en la casa no hubo (salvo 24 y 31) ninguna cena. Que fue, sí, un montón de gente durante esos días: pero todos a almorzar y tempranito. Que las misas de navidad y de año nuevo las celebramos en la parroquia a las 8 de la noche y no a las 12 (como manda la liturgia) o a las 10 (como era tradición). Parroquia en la que, dicho sea, ahora todo son rejas y candados porque se han robado cuánta batería han encontrado, un carro un domingo, y, peor aún, asaltaron colectivamente a casi treinta personas de un grupo de oración. Si de días festivos se trata, el 31 en la mañana un motorizado robó a la hermana y a la madre de un amigo a unas tres cuadras de mi casa; y en la noche, mis tíos preguntaron sin podían quedarse, así fuera en un sofá, hasta que saliera el sol para no tener que agarrar para su casa de madrugada. Uno de los cuentos más populares de la velada fue el del amanecer de golpe de mi padre, quien ese día despertó con la mano adolorida tras haberle dado un puño al copete de la cama: estaba soñando que un ladrón los perseguía con un puñal a él y a mi madre, y él se le enfrentaba.

Estos son apenas unos retazos, unas breves pinceladas escritas al vuelo y probablemente incompletas, de lo que es vivir en una de las ciudades más peligrosas del mundo. Decir que vivo aterrorizado sería una exageración impropia. Aún no llego a ese nivel. Pero sí estoy cada vez más preocupado. Por mí y los míos. Por lo que pueda ser de nosotros. Ya no por las colas, por la crisis, por la incomodidad de no tener agua o no poder comer lo que a uno le gusta. No por nada de eso, sino sencillamente por la posibilidad de tener que despedirme adelantada e intempestivamente de alguno de ellos. O de no poder siquiera despedirme. De vivir la desgracia de ver asesinado a un ser querido.

“Entonces vete”, me dirá algún educado. En otra circunstancia, discutiría. A día de hoy sólo pediría una cosa: que me ayude a llevarme a todos mis familiares y amigos. Me los llevo a toditos y les dejo aquí su país chévere. Ése que está poblado por una raza cruel y monstruosa que dice en las encuestas que es feliz, felicísima, muy pero que muy feliz, más que nadie en el mundo, chapoteando, junto con su presidente salsero, en medio de este charco de sangre que es la revolución.

SANGREWEB

Sangre en la panadería

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Estoy terminando de comer en la sala cuando una detonación interrumpe el desayuno. Le presto poca atención y sigo en lo mío. Pero por poco tiempo. El rumor de un alboroto comienza a invadirlo todo. Viene de la calle. Son gritos, son voces, son exclamaciones, es un barullo. Me asomo a la ventana pero no tengo los lentes y no veo nada claro. Mientras los busco comienzo a distinguir, de ese alboroto que ya se ha apropiado de la avenida y del  apartamento, un “¡auxilio!”, luego un “¡le dispararon, le dispararon!” y finalmente un “¡agárrenlos!”. Al asomarme, veo a dos hombres que caminan rápido y volteando. Los persigue un coro de maldiciones, imprecaciones y gritos. También un grupito de gente. Una vecina grita en el pasillo del piso que fue en la panadería. Cuando abro la puerta ya ella ha bajado. En veinte segundos me visto y en treinta estoy abajo. En la puerta, el vigilante y dos vecinos lo ven todo. Les pregunto qué pasó y dicen que no saben, que parece que algo sucedió en la panadería. “Le dispararon al portugués, a Álvaro”, dice alguien que baja corriendo. Después de tantos años viviendo allá, al dueño lo conocemos por su nombre. Si le dieron o no, o dónde le dispararon, es un misterio. “Hay sangre, allá arriba”, nos dice la conserje, que viene de allí, confirmando así que el disparo dio en alguien. Ella no sabe si fue o no en el dueño, lo que sabe es que se iban a robar la camioneta de un diplomático.

“Los atraparon a los dos. Allá abajo los tienen”, dice el indigente de nuestra cuadra, que viene subiendo. Bajo hasta la esquina, donde una multitud tiene sometidos los delincuentes. Están los empleados del supermercado, de la panadería, los bachaqueros, los malvivientes del metro y los transeúntes. A los criminales los tienen rodeados en el suelo. Los insultan y les pegan. Les dan patadas. Ellos están en posición fetal, cubriéndose la cabeza. Sorpresivamente, no son muchachitos. Más bien cincuentones de cara común. Clemencia, piden. “¿Acaso la tuviste tú cuando le metiste el tiro al señor de la panadería, mamagüevo?”, responde un hombre antes de descargarle un puntapié. “¿Piensas tú en eso cuando matas gente, asesino?”, le dice otro como prólogo de un golpe. Pena capital piden casi todos. Pero Polisucre agua la fiesta. Dos agentes llegan, se abren espacio, desarman a los delincuentes y los esposan. Los que están alrededor aprovechan para darles los últimos golpes. No se quieren parar y los agentes los cargan. En la patrulla los montan, más bien echan, como sacos de basura. “No los vayan a soltar”, les advierten a los policías. “Acaban de dispararle a un hombre allá arriba”, les informan. Ellos cierran las puertas y se los llevan. La gente lo lamenta. “Los van a soltar ahorita”, dicen todos. Alguien, presumiblemente abogado, comienza a explicar todo el proceso: que denuncia, que cargos, que testigos, que expediente, que Ministerio Público, que fiscales, que tal y que cual. “Por eso había que matarlos, porque van a salir libres ahorita”, escucho de alguien.

Subo a la panadería entre un grupo de empleados, obreros y de gente. Cada quien tiene su historia y algo de lo que enorgullecerse. Uno cuenta cómo le agarró la franela. Otro, cómo le metió el pie. El de más allá se enorgullece de las patadas que les metió con sus botas de trabajo. El de más acá saca un destornillador, dice ‘miren lo que yo tenía’, y se lamenta (y con él los otros) de haber llegado tarde. El que tenía un alicate lo muestra en público y dice que él sí pudo pegarles con eso. Entre todos hay un cierto grado de satisfacción: porque, hazañas más, hazañas menos, realidad más, realidad menos, fue la gente la que impidió que se escaparan, la que a pesar de que estaban armados corrió detrás de ellos, los detuvo, sometió y casi envió al otro mundo antes de que el dedo etéreo de la justicia los librara.

Arriba, en la panadería, que estaba cerrada por remodelación, todo se aclara: no, no era el dueño, sino un amigo suyo, “un flaquito que viene todos los días”. Sí, la camioneta tenía placa diplomática, porque él trabaja para la Embajada de Francia. Llegaron en una moto y lo sometieron. El problema es que la camioneta no prendía. No les prendía. Por más que lo intentaron. Entonces, en una de esas, lo lanzaron de ella y le dispararon. El tiro fue a quemarropa y en un costado. Por eso, dicen, no se escuchó tan duro. Los delincuentes se guardaron la pistola y empezaron a bajar por la avenida caminando. Queriendo parecer gente común. Pero los habían visto. Alguien gritó, y después de ese alguien todos. El herido se paró porque no se había dado cuenta de que lo estaba. La sangre que chorreaba fue lo que lo confirmó. Se lo llevaron en su camioneta a una clínica. En el estacionamiento de la panadería quedó un charco de ella. Esa panadería por la que paso todos los días. Panadería que cuando ganó Chávez y empezó la revolución abría hasta las 11 de la noche. Panadería que cuando el líder murió cerraba ya a las 9 PM. Que en diciembre, tiempos de Maduro, comenzó a cerrar a las 8:30. Y en la que ahora le disparan a quemarropa a la gente a las 9 de la mañana. Para quien tenga dudas, esa es la historia de la revolución.

caracasweb

RESEÑA: Ciertas maneras de no hacer nada – Tomás Eloy Martínez

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Ciertas maneras de no hacer nada”, la recopilación de textos venezolanos de Tomás Eloy Martínez publicada el año pasado por La Hoja del Norte, es un libro que todo periodista venezolano debería tener en su biblioteca y que debería ser de lectura obligatoria en las escuelas de Comunicación Social. Aunque el título, fantástico por demás, no sugiera nada o pueda sugerir algo que no es, se trata de una antología de textos escritos por ese magnífico periodista que fue Tomás Eloy Martínez durante sus años de exilio en Venezuela. Textos a los que si de clasificar se trata se podrían meter en los sacos de la crónica, el reportaje, la entrevista y el perfil, aunque en su mayoría suelen ser híbridos: el genio y la prosa de Tomás Eloy no se dejaba limitar por el corsé de los géneros.

El libro se encuentra dividido en dos grandes tópicos: Lugares y Personas. El primero de ellos arranca con un larguísimo trabajo titulado ‘Los de afuera’, publicado en ‘El Nacional’ en los setenta, y que muy probablemente sea el menos logrado de todo el libro: se trata de un extenso reportaje de 59 páginas cuya intención (demasiado ambiciosa, probablemente) era pintar un fresco de la juventud venezolana del interior y su relación con el país, por medio de 13 historias de vida de jóvenes de provincia; los textos, sin embargo, son más bien irregulares y no terminan de engranar. No pasa así con las otras piezas que forman parte de ‘Lugares’, todos auténticas joyas, entre las que destacan ‘Viaje de muerte a La Rubiera’, un estremecedor relato de una masacre de indígenas ocurrida en la frontera; ‘Si La Pastora cae’, una nostálgica, costumbrista y bella semblanza de la emblemática urbanización caraqueña; y ‘Caracas’, una fantástica y muy literaria semblanza de nuestra capital.

Joyas también, y esos sí puede que sean todos, son los textos que componen la sección ‘Personas’: una recopilación de entrevistas y perfiles a hombres de la cultura. Las entrevistas son, sencillamente, de cátedra, dignas de ser usadas como ejemplo en cualquier clase de periodismo: el Tomás Eloy entrevistador es, casi, un torturador medieval: un hombre que no sólo hace buenas preguntas, sino que además confronta, repregunta, debate, rebate, discrepa y argumenta; que escucha al entrevistado (no parece ser aquellos que disparan desde un cuestionario elaborado con anticipación) y con base en eso sigue el diálogo, y que precisamente por eso es capaz de obtener verdaderos lomitos. Juan Liscano, Jesús Sanoja Hernández, Adriano González León y Salvador Garmendia son las víctimas de esta sección; en la que además hay un relato de una infructuosa entrevista con Guillermo Meneses (que luego de una hemiplejia tenía apenas momentos de lucidez) verdaderamente extraordinario.

Con respecto a los perfiles, puede que cualquier elogio se quede corto: Tomás Eloy no solo rescata del olvido sino que hace de Vicente Gerbasi, Jacinto Fombona Pachano y José Antonio Ramos Sucre personajes actuales e interesantes. En el caso de Ramos Sucre hay dos textos en los que relata, recrea y nos mete en la atormentada mente de ese poeta que no podía dormir y termino matándose, que son realmente estremecedores. También se encuentra un largo perfil, éste más prosaico que poético, de Ángel Cervini, escrito a petición de su familia, que le valió a Tomás Eloy en pago un carro, pero que bien le habría podido valer un apartamento, por la calidad con que lo escribió.

La belleza de la prosa de Tomás Eloy queda expuesta en todo su fulgor en el libro; una prosa muy literaria, cargada de imágenes preciosas y conmovedoras. Llama bastante la atención, entre otras cosas, el repetido uso que hace de la segunda persona, licencia que se permite Tomás Eloy en varios textos, y que le dan a estos una apariencia más literaria que periodística. De hecho, si hay un libro que achica la distancia entre periodismo y literatura es éste, ya que tenemos a un narrador con prosa literaria contando historias de la vida real. Prosa que se impone, incluso, por encima de los errores (algunos garrafales) con los que vino esta primera edición, que de agotar los 3.000 ejemplares que la integran (ojalá y así sea) debería pasar por las manos de algún riguroso corrector.

Para el cierre, de la reseña y del libro, un broche de oro: ‘Despedida’, un texto no venezolano, escrito por Tomás Eloy en el año 2000 con el corazón y las vísceras en la mano, para decirle adiós a quien fuera en vida su mujer, Susana Rotker, quien muere atropellada cuando cruzaba una calle junto a él. Descorazonador, sencillamente, y de lectura tan obligatoria como esta joya de libro.

Ciertas manera de no hacer nada

Autor: Tomás Eloy Martínez.

Año: 2015

Páginas: 262

Calificación: 9/10

ricardoweb

Mi nostalgia – Ricardo Cepeda

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Dentro de un género alegre y festivo como la gaita, este es un tema que resalta por el contenido más bien triste de su letra. Una canción de destierro, tan bonita como dura, que le canta a esa tierra que se deja y con la que se sueña con volver. Aunque la historia habla de un zuliano que añora su Maracaibo natal, en esta época de diáspora y exilios bien podría ser entonada por cualquier venezolano con solo cambiarle Maracaibo por Venezuela, ya que el sentimiento, el dolor, es el mismo.

Maracaibo tierra amada
Desde que de ti salí
A cada instante te añoro
Me paso el tiempo
pensando en ti

Y en mi vibra la esperanza
Que a ti voy a regresar
Y es por eso que me paso
Cantando siempre para olvidar

Con esa genuina declaración de amor (“tierra amada”) arranca el tema. Y no solo de amor, sino de fidelidad (“a cada instante te añoro”). La eterna ilusión de todo el que se va, el reencuentro, surge inmediatamente después en la evocación: “y en mi vibra la esperanza / que a ti voy a regresar”; y luego, el efecto catalizador de la música: “es por eso que me paso / cantando siempre para olvidar”. Así que tenemos a un exiliado que recuerda a su tierra, a la que espera volver, pero mientras se le pasa el tiempo afuera canta para consolarse.

Volvió diciembre

luces parranderos

Y el viento juega

cantando gaitas

 

Y esta nostalgia

que mi alma mata

Colma mis ansias de regresar

 

Voy al encuentro

de un bardo gaitero

Que ayer llegó de mi viejo lar

 

(Háblame de Maracaibo) (bis)

 

Canta una gaita gaitero

Canta que quiero,

querido amigo.

Cantar contigo por no  llorar

Todas esas estrofas componen el largo coro, y son las que explican el motivo de tanta nostalgia: la llegada de diciembre, ese mes de “luces, parrandeo” en el que “el viento juega cantado gaitas”. En el Zulia, ya se sabe, la navidad es otra cosa, y él, que la vivió, la recuerda y añora. Y por eso sufre: “esta nostalgia que a mi alma matá”, se muere de la tristeza. Entonces aparece en medio de su exilio un personaje: “un bardo [no un barco] gaitero que ayer llegó de mi viejo lar”. ¿Y qué es un “bardo” (esos gaiteros tenían léxico)? Un personaje medieval que al estilo de los trovadores iba contando y cantando las historias de distintas parte. “Háblame de Maracaibo”, le dice al bardo, y en esa súplica se le va la vida. Se lo vuelve a pedir. “Háblame de Maracaibo”. No estamos en los tiempos de internet y todo a un click, sino, como mucho, en aquellos de carta y teléfono. Y la llegada de alguien que viene del terruño supone la posibilidad más fidedigna de acercarse a él y recordarlo. “Cantá una gaita, gaitero”. Nuevamente la música como factor de recuerdo, de unión con la tierra. La música con esa magia. “Querido amigo, canta conmigo por no llorar”. Nada más que decir.

Muere otro año y yo distante

De mi vieja y de mi hogar

Qué dolor tan desgarrante

Me roe el alma sin descansar

 

Y unas ansias delirantes

De verte ciudad natal

Me acosan a cada instante

Y como un niño rompo a llorar

 

Esta es la estrofa más triste de la canción, en la que se describe lo que es, lo que se siente, estar lejos. Como en casi todas las gaitas, la figura de la madre está presente. Estar lejos de la vieja y del hogar otro año más es un “dolor desgarrante” (o desgarrador) que “roe el alma sin descansar”; es decir: algo constante, que está siempre presente y se siente en lo más hondo del ser. “Y unas ansias delirantes / de verte ciudad natal”, expresa el gaitero sentir. Ansias que lo persiguen, lo cercan, lo acosan y ante las que la respuesta, la única, es el llanto. Es la expresión de un hombre roto por la nostalgia de la madre, el hogar y la ciudad natal.

Maracaibo si es que acaso

No puedo a ti regresar

Tu imagen en mi regazo

Quedará eterno mi viejo lar

 

Y en el umbral de mi ocaso

Cansado ya de vagar

Convierto en alas mis brazos

Y hasta tu suelo yo iré a parar

En esta tercera parte quien canta contempla la posibilidad terrible de no volver, caso en el que, jura, no olvidará a su tierra. “Tu imagen en mi regazo quedará eterno, mi viejo lar”. El regazo indica cercanía, intimidad. Que conserve allí la imagen de su ciudad sugiere que se la quiere llevar consigo (“quedará eterno”), como el crucifijo en el ataúd. “Y en el umbral de mi ocaso / cansado ya de vagar”: una forma poética, rebuscada pero bonita, de hablar de los últimos minutos de la vida, y cuando esté en ellos, jura que si está afuera de Maracaibo, “[convertiré] en alas mis brazos y hasta tu suelo yo iré a parar”. Es una idea si se quiere infantil, inocente, pero bonita: al final, si en esta tierra, sujeto a las leyes de lo terreno, carnal y corporal, no nos pudimos ver, entonces cuando ya sea otra cosa, etérea, libre, cuando ya sea todo posible, volaré hasta ti para verte otra vez. Volver como el cielo, como el paraíso.

sofaweb

…y Maduro vendió el sofá

Por Ezequiel Abdala | @eaa17

Que los mafiosos colombianos son bastante raros fue algo que uno aprendió desde los inmemoriales tiempos en que Pablo Escobar llenó Antioquia de hipopótamos; pero que su excentricidad podía llegar a niveles surrealistas que rozaran el fetichismo fue lo que nos descubrió ayer el presidente Maduro. Porque ahora resulta que al parecer hay un grupo de mafiosos a los que les dio por coleccionar esa baratija sin valor (ni monetario ni estético) que es nuestro billete de cien, y que esa es la razón por la que estamos como estamos: porque la atracción por el billetico del Bolívar y los cardenalitos fue tan grande que los llevó a acaparar cantidades descomunales de éstos (3 mil millones de billetes, el 49,08% de ellos) y eso disparó el dólar y acabó con la economía. Son los riesgos de tener al lado a Colombia, ya se sabe: sus mafiosos excéntricos y caprichosos, que lo mismo se antojan de hipopótamos africanos o de billetes venezolanos feos y de poco valor ($0,025). Lo peor, sin embargo, fue la reacción del presidente, quien, siempre valiente, nomás descubrir la existencia de esta mafia, en lugar de combatirla, de buscar pulverizarla (con lo que le gusta esa palabra) y acabar con ella, lo que decidió fue acabar con el billete.  Vender el sofá, como en el chistecito aquel. Y ahora, en la primera quincena de diciembre, nos da 72 horas a todos los ciudadanos, como si los culpables fuéramos nosotros, para correr y deshacernos de los marrones. ¿Y los mafiosos? Intactos en su estructura, y ya prestos y dispuestos a comenzar su siguiente colección con alguna de las nuevas piezas (habrá que ver cuál los enloquece ahora) del cono monetario. Felices de la vida con ese buen aliado (diríase connacional) que tienen sentado en Miraflores, que cuando los descubre no los combate sino que pone a pasar trabajo al pueblo

mujerweb

RESEÑA: Esplendor de Portugal – António Lobo Antunes

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

De ‘Esplendor de Portugal’, la 13va novela de António Lobo Antunes, se puede decir lo mismo que de la mayoría de sus libros: que se trata, sencillamente, de una obra de arte. Lo que este escritor portugués (inexplicablemente todavía sin un Nobel en su vitrina) ha venido haciendo con la literatura (o de la literatura) es algo digno de ubicarlo en el mismo nivel de los grandes autores universales, y que, no hace falta una bola de cristal para ello, muy seguramente lo pondrá, pasados los años, en la categoría de los clásicos; porque eso, clásicos, es lo que Lobo Antunes escribe: libros inmunes a la corrupción del tiempo y de la muerte, inmortales.

Hablar de historia o trama en sus novelas es siempre un ejercicio complicado, ya que en su estilo (ese dejar fluir la conciencia de sus personajes, sus recuerdos, sus memorias y sus obsesiones) hay más de introspección que de acción. Sin embargo, en este caso bien se podría resumir todo diciendo que el libro va de la decadencia de una familia de colonos portugueses en Angola; una familia que en los mejores tiempos, en aquel esplendor de Portugal (de allí el título), fue a vivir para allá pero que luego, dos generaciones después, con la pérdida de la colonia, pierde también todos sus privilegios.

La estructura del libro hace recordar un poco a la de ‘Mientras Agonizo’, de Faulkner, con sus varios narradores: Isilda, la madre, y sus tres hijos: Carlos, Ruy y Clarisse. De los monólogos de cada uno de ellos está construida la novela, que se encuentra dividida en tres partes, una por cada hijo, quienes alternan sus monólogos con el de su madre. El libro arranca la noche del 24 de diciembre de 1995. Ya para ese entonces los tres hermanos tienen años en una Lisboa a la que no pertenecen, mientras su madre continúa aún en una Angola que ya no reconoce, asediada por la guerra civil. Carlos desde su apartamento, Clarisse desde el suyo, Ruy desde el sanatorio de enfermos mentales en el que se encuentra recluido e Isilda desde la vieja casa donde vivieron, comienzan a recordar, a dejar fluir todo lo que tienen en su mente.

Como todos los libros de Lobo, este tampoco es fácil. Requiere paciencia para poder superar el estupor inicial que produce ese no entender nada de las primeras páginas, y luego bastante atención para no perderse ni salirse de la historia: fragmentada, repleta de saltos en el tiempo y de voces, muchas voces, que a veces entran, salen y se alternan de modo intempestivo. Sin embargo, por recompensa se tiene una historia magnífica, la posibilidad de entrar a la mente, al universo más íntimo de esos personajes, conocerlos a un nivel, con una profundidad, de la que solo la buena literatura permite. Es sencillamente mágico (perdón por la categoría esotérica) lo que sucede en el momento en el que uno logra acceder a la historia y permanecer en ella. Una verdadera experiencia que es capaz de remover los sentidos y tocar la fibra más íntima del lector.

Con respecto a la escritura, bien se puede decir que es poesía en prosa. Son preciosas las imágenes que va creando Lobo con una prodigalidad admirable. El libro está lleno, repleto, de ellas. Y son ellas, precisamente, las que de algún modo ayudan a equilibrar ese pesimismo, esa melancolía y ese desencanto que hay en los personajes, la gran tragedia que es esta historia del esplendor (perdido) de Portugal.

Esplendor de Portugal

Autor: António Lobo Antunes

Fecha: 1997

Páginas: 391

Calificación: 10/10

neguitoweb

Sin rencor – Neguito Borjas

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Sin rencor” no es sólo un clásico de la gaita zuliana, sino también una de las canciones sobre la cual se tejen más  leyendas. Dicen que la escribió Neguito Borjas para despedir a un amor infiel; que por tratarse de un tema romántico y no de protesta ningún grupo la quiso tocar al principio; que luego de lanzada, por allá a finales de los setenta, tuvo que pasar un año completo para que tuviera éxito; que éste se debió a un locutor marabino que tras descubrirla  fue quien comenzó a rotarla; que de él se contagiaron todas las emisoras; que tal y que cual. Lo cierto es que treinta años después de grabado es un tema que puede pelearle en popularidad al Himno y al Alma Llanera, y que prácticamente cualquier venezolano, zuliano o no, puede tararear y cantar fácilmente.

A pesar de que se le tiene por tema amoroso, lo cierto es que le canta a una ruptura. Y aunque el título y las estrofas están impregnados de un sentimiento noble y bueno, en el coro lo que hay es una especie de sortilegio o conjuro vengativo (por no decir maldición) sobre la persona a la que se le dedica el tema, a la que se le condena a llorar eternamente cada vez que escuche una gaita.

“Le doy gracias al Señor
por haberte conocido
Pues los años que vivimos
fueron de dicha y amor”

Así arranca esta gaita. Es un comienzo noble, bonito, en el que quien canta da gracias a Dios por permitirles conocerse y por los años, por el tiempo, que pasaron juntos. Un tiempo que transcurrió entre dos cosas buenas: dicha y amor. Que diga “haberte conocido” y no “haberla conocido” pareciera sugerir que no se trata de una evocación, de un soliloquio o de un cantar en voz alta, sino que lo hace, canta, en presencia de esa persona.

“pero una sombra cubrió
nuestro amor y en un momento
ese bello sentimiento
además de sufrimientos desilusión me dejo”

“Una sombra cubrió”: así  se explica el fin y la ruptura de esos años de dicha y amor. Es una imagen bastante gráfica pero poco explicativa: una sombra pueden ser demasiadas cosas. Adelante se habla de sufrimiento y desilusión. ¿Confirma ello la leyenda popular de la infidelidad de ella? Cabe la posibilidad, sí. Pero la letra ni lo confirma ni lo desmiente. Sigue siendo, en todo caso, una posibilidad extra-canción. Hasta aquí lo que se tiene es un amor que en determinado momento se oscurece y lo deja a él sufriendo y desilusionado.

En este momento entra el coro, pero dado que las otras estrofas hilan con esta primera, lo dejaremos para el final.

“¿Recuerdas aquellos días
que te adoré con locura?
Fuiste esperanza, hermosura,
mi pasión y mi alegría
Eras la luz que alumbrabas
en mi alma y mi entendimiento
por eso no me arrepiento
de adorarte hasta el tormento
de perderme en tu mirada”

Esta segunda estrofa es probablemente la más bonita del tema y puede que una de las mejores de toda la gaita en general. Si esta canción tuviera que justificarse por un solo motivo, sería por esta estrofa. “¿Recuerdas aquellos días que te adoré con locura?”. Es una pregunta retórica que evoca unos días felices, de entrega irracional (“te adoré con locura”). “Fuiste esperanza, hermosura, mi pasión y mi alegría”. Un inventario sentimental de la mayor factura en el que destacan dos palabras: esperanza y mi alegría. Las otras (hermosura y pasión) lo pueden ser cualquiera, no es tan difícil de conseguir. Pero esperanza, eso no lo es todo el mundo. Y “mi alegría” (ojo al posesivo, que le da un matiz importante; no la alegría de un momento, no una alegría más, “mi” alegría). Es interesante también el comienzo de esa enumeración (fuiste), ya que al hacerlo con un pretérito perfecto simple (ese tiempo absoluto en el que lo concluido, concluido está) genera desazón: todo eso lo fuiste, nada de eso eres ya. “Eras la luz que alumbraba en mi alma y mi entendimiento”: otra imagen interesante; alma y entendimiento, sentimiento y razón, la totalidad del ser. “La luz que alumbraba”: la luz no solo guía sino que dispersa la tiniebla, saca a relucir lo mejor. “Por eso no me arrepiento de adorarte hasta el tormento de perderme en tu mirada”. En otras palabras: valió la pena; lo hice y lo volvería a hacer.

“Sin rencor ahora te digo
que lo nuestro ha terminado
Este bello amor sagrado
para mí no tendrá olvido
Y eso donde solamente
tú y yo somos los testigos
Cuando tu cuerpo y el mío
en sutil, tierno amorío
se unieron ardientemente”

La estrofa arranca con la declaración de la ruptura. Ojo que es él quien rompe con ella (“ahora te digo que lo nuestro ha terminado”). Y si es él quién rompe es porque ella quien hizo algo. ¿Qué? No se sabe. Pero lo hace “sin rencor”: ¿quiere decir, acaso, que lo que ella hizo era digno de rencor y por eso la necesidad de dejar de manifiesto que a pesar de, no se lo guarda? Pareciera. “Este bello amor sagrado para mí no tendrá olvido”. De aquí lo interesante es eso de “bello amor sagrado”: lo sigue elevando, poniéndolo por los cielos. Se acaba, pero él se lleva el mejor de los recuerdos. Sea lo que sea que haya pasado, eso no ha afectado la valoración que él hace de ese proceso que vivió con ella. Lo siguiente no merece mayor comentario: una evocación de su intimidad: sutil, tierna y ardiente.

Y ahora, el coro, que es lo que le da el giro inesperado a esta canción:

“Y así siempre ha de pasar
Que cada vez que escuchéis
Una gaita llorareis
Porque en mi cara pensar
Con bellas prosas que a ti te harán recordar
Todas esas lindas cosas
que no pudimos lograr”

Sin rencor y sin nada, pero con esta condena: que nunca va a poder escuchar una gaita sin llorar. “Y así siempre ha de pasar”: in sacecula, saeculorum. Es curioso el uso del futuro del subjuntivo (escuchéis, lloraréis), una maracuchada sin duda, pero no deja de ser una de las pocas canciones en la que este tiempo en desuso está presente. ¿Y por qué llorará ella cada vez que escuche gaita? “Porque en mi cara pensar”: es un error gramatical (infinitivo por imperativo) pero igual se entiende, ella pensará en él cada vez que escuche la gaita. ¿Porque él es un gaitero y la canción tiene ribetes autobiográficos? Todo pareciera sugerir que sí. Pero no es sólo que la gaita lo remitirá a él, a su cara, sino que además la letra de la gaita (“con bellas prosas”, dice en lugar de versos, que sería lo correcto aunque sin duda no rimaría) le hará recordar “todas esas lindas cosas que no pudimos lograr”. Atención a esto último, es un sufrimiento producto de la frustración. No es que ella sufrirá porque lo verá a él feliz con otra o algo así, sino por lo que por su culpa no pudieron alcanzar y lograr juntos.

Un tema, en fin, que parece romántico y noble pero bien escuchado termina siendo lo contrario.