129 años sin Víctor Hugo

Por: Ezequiel Abdala – @eaa17

“Amar es actuar”. Esas fueron las últimas palabras escritas en vida por Víctor Hugo, quien hoy cumple, exactamente, 129 años de muerto. En 1885, en su lecho de enfermo, y a petición de una íntima amiga de la familia, el prolífico autor tomó una pequeña hoja de papel y allí plasmó, de su puño y letra, las tres palabras finales de una vida que estuvo compuesta por millones de ellas.

Eso, escribir ideas sueltas en trozos de papel, era una de las tantas manías del popular escritor, quien dejo tras de sí una obra inmensa, total y completa, que lo convirtió en uno de los autores más importantes de la historia de las letras y referencia obligada aún en nuestros días.

“Lo bello siempre es grande” fue una de sus frases celebres y seguramente una de sus máximas de trabajo, de allí que toda su obra compilada –novelas, poemas, dramas teatrales y crónicas de viajes- supere los ciento cuarenta millones de caracteres y quepa en 53 volúmenes.

Esa frase, quizás, también explica por qué admiró tanto la inmensa catedral de Notre Dame, a la que le dedicó una novela –Nuestra señora de París– y a la que describió como “una vasta sinfonía hecha con piedra, invención humana fecunda y poderosa como la creación divina, a la cual parece haber hurtado el doble carácter de su variedad y eternidad”.

Sin embargo, su gran amor fue París, ciudad en la que paseaba, extasiado, casi a diario, y que nunca dejó de admirar. Allí vivió gran parte de su vida, primero en el hotel de Rohan Guéménée, donde durante 16 años tuvo alquilado un apartamento de 280 metros cuadrados; y finalmente en una mansión colonial en Hauteville House, en donde vivió por 15 años al regresar del exilio.

Tan arraigado estuvo a la ciudad de la luz, que fue homenajeado con uno de los funerales más grandes de la historia de París, comparable solo con el de Napoleón. Dos millones de personas se lanzaron a la calle a despedirlo, y por primera vez en la aristocrática Francia un hombre llano era enterrado con honores de noble en el Panteón, adonde llegó, procedente del Arco de Triunfo, luego de siete largas horas de trayecto, seguramente sonriendo, porque, recordaría él, “lo bello siempre es grande”. Y sus funerales lo fueron.

Frustración, valor y miedo. Tres estampas del 8M

Hoy se cumple una semana del 8 de mayo, cuando fueron desmantelados, en la madrugada, los tres campamentos de estudiantes que había en Caracas. Aquí, tres estampas de ese día.

Por: Ezequiel Abdala – @eaa17

FRUSTRACIÓN

La estampa viva de la frustración la vi en la avenida Andrés Bello de Los Palos Grandes el 8 de mayo. La mañana era gris, el suelo estaba mojado y por las calles corría un viento frío. En el suelo se encontraban, revueltos, los restos de lo que durante meses había sido un nutrido campamento repleto de carpas y jóvenes, y que de repente, en una noche, quedó reducido a escombros. Cristales, basura, manchas, ropa arrugada y rasgada, un zapato roto, restos de comida, desorden y un gran vacío. Eso era lo que quedaba.

En las escaleras de la Torre HP dos mujeres se abrazaban a llorar; al lado de ellas, otra, con los ojos vidriosos y la nariz roja, veía desconsolada el desértico horizonte; y más abajo, en la calle, un par de voluntarios trataba de salvar lo poco que quedaba.

Entonces apareció él. Era un muchacho delgado, menudo, de no más de 20 años, con una camiseta blanca. Llamó la atención de todos cuando salió corriendo tras una moto que intentaba subir por la avenida Andrés Bello para impedirle el paso. No lo logró. Entonces, él solo, comenzó a arreglar los restos de la barricada que durante meses había trancando el principio de la avenida.

No necesitó ayuda para levantar una poceta de cerámica y estrellarla contra el suelo. Tampoco para desenredar una pesada alambrada y ponerla a lo largo de la avenida. Ni mucho menos para mover al centro sacos de escombros. En ese momento era un torbellino, una fuerza de la naturaleza, no había forma de pararlo. Se movía con torpeza y brusquedad, no pensaba lo que hacía, ignoraba a la gente que le hablaba, estaba solo, ahogándose en un mar de rabia.

Al terminar la barricada, se acercó a la esquina, jadeando, y se detuvo a ver lo que quedó del campamento. Lo que fue y que de repente ya no era. Como esperando que alguien le dijera que era un mal sueño, una pesadilla, que pronto despertaría y allí estarían sus compañeros. Y entonces, simplemente, se sentó en la acera, cruzó las manos sobre las piernas, como en posición de descanso, y allí, frustrado, se hundió.

VALOR

Una matrona italiana, gorda, fuerte, de cabello corto, claro, brazos gruesos y acento marcado es la estampa viva del valor. Estaba en la Plaza Bolívar de Chacao, donde había sido desmantelado el otro campamento, del que a eso de las 10 de la mañana quedaba, apenas, una solitaria carpa mojada.

Un pequeño, pequeñísimo grupo de vecinos se encontraba reunido en la esquina inferior de la plaza. Casi todos señoras y señores de la tercera edad, que contaban, impotentes, la crónica sin épica de esa madrugada acontecida en la que en sus narices desaparecieron los campistas rebeldes.

Ella, que bien se podría llamar Ada, Bianca o Doménica, saltó al centro cuando una moto con un parrillero estaba a punto de subir por esa calle, la de la iglesia, que ellos estaban trancando. Y se le paró en frente a la moto. Y el motorizado la retó. Y comenzó entonces una guerra fría, táctica, en la que ella se atravesaba adondequiera que la moto intentaba girar. Y el motorizado hacía como que aceleraba, y ella no se movía. Hacía sonar la moto, acelerando y pisando el freno, y ella no se movía. Por milímetros la atropellaba, y ella no se movía. Le pegaba la rueda al cuerpo, y ella no se movía. La gente alrededor se apartaba, y ella no se movía.

Finalmente, tras minutos de tensión, el motorizado cedió. Entendió que en frente tenía algo con lo que no iba a poder, y cruzó por la derecha. Entonces ella, sudada, caminó tambaleándose y se sentó en un banco de la plaza. “Yo estoy aquí desde las 4 de la mañana, y creías, desgraciado, que ibas a pasar”, gritó.

MIEDO

Un muchacho que encabeza una estampida humana que huye de la PNB por la segunda transversal de Los Palos Grandes es la estampa viva del miedo. Lo vi correr de frente, en un momento confuso de la tarde, en el que la PNB en pleno se lanzaba a la caza de los manifestantes. Corría con la vida yéndosele en la carrera. Las facciones, estiradas por el aire, deformadas por la prisa, eran una mueca, una máscara de terror. Y la velocidad que llevaba, los pasos largos que daba, la aceleración casi inhumana, la forma irracional de correr, todo, hacía pensar en alguien que huía de la muerte.

Como banda sonora, acompañaba a la estampida un fondo de detonaciones secas, entre las cuales, camuflados, se colearon  varios disparos de arma de fuego, mortal uno de ellos, que acabó con la vida de un PNB y dejó a otros dos heridos. Por lo confuso y rápido del momento, era imposible saber si aquel aterrorizado corredor había visto sangre, si sabía lo que pasaba, si tenía noción de que esa muerte de la que huía no era la lenta y tortuosa que le esperaría si caía detenido y un juez lo mandaba a alguna cárcel venezolana por protestar, sino la instantánea de los disparos. En todo caso corría y corría, desbocado, enloquecido, encabritado, y su cara, ese rictus de terror, lo decía todo.

¿Quién es el enemigo del pueblo?

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Los que luchan por la verdad tienen que aprender a estar solos”. Con esa lapidaria frase termina Enemigo del Pueblo, obra original de Henry Ibsen que en una adaptación de los años noventa de Ugo Ulive se estuvo presentando en Caracas, con inusitado éxito, durante cuatro temporadas. Tanto así, que el año pasado llegó incluso a haber dos versiones, montadas por dos compañías distintas, simultáneamente en cartelera.

En sus palabras de despedida de temporada en el Centro Cultural Chacao, Jorge Palacios, uno de los protagonistas, reflexionó sobre el poder de los clásicos, y cómo una pieza escrita hace más de un siglo y adaptada hace más de dos décadas puede mantener tal vigencia que parece basada en hechos actuales, al punto de que en varias ocasiones el público gritó los nombres de políticos e instituciones actuales que asociaban a los personajes.

En la obra, enmarcada dentro del género del drama, se cuenta la historia de un médico, el doctor Tomás Stockman, que descubre que las aguas del balneario del pueblo están contaminadas. Balneario del que depende la economía de la zona y que es promovido como la gran atracción turística de la región por su hermano, el gobernador Pedro Stockman.

A partir de estos hechos, se muestran los problemas a los que se ve sometido el doctor, cuando ante la disyuntiva de callar o contar lo que sabe, decide, contra viento y marea, denunciar la verdad. Y su gran aturdimiento y decepción cuando se da cuenta de que el pueblo al que está protegiendo de quedar envenenado lo rechaza vehementemente, lo trata de loco y lo apedrea.

“¡Qué sucia es la mente de los políticos, que confunden la verdad con la locura!” exclama, desesperado, al ver cómo el gobierno en pleno se lanza en su contra con la complicidad de unos medios de comunicación autocensurados  y el apoyo de un pueblo manipulado, que prefiere taparse los oídos y atacar sin clemencia al denunciante, antes que afrontar una verdad incómoda.

La verdad, en el fondo, es la gran protagonista de la obra. ¿Vale la pena luchar por ella? ¿Cuánto se puede arriesgar? ¿Siempre terminan bien los que pelean por ella? ¿Es propiedad de la mayoría? ¿Puede ir todo un pueblo en contra de ella? ¿Es menos verdad si todos la rechazan? ¿Puede el poder cambiarla?

“Enemigo del pueblo” es el título oficial que finalmente le dan los habitantes al doctor Stockman, y que invita a preguntarse, y de ahí, quizás, su éxito en Venezuela, sobre si una masa alienada y manipulada por el poder, que rechaza la verdad y se regodea en la mentira, no es, al final, el mayor, peor y único enemigo del pueblo.

Jacinto Convit pasó el testigo

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Hubo un hecho en la vida de Jacinto Convit (1913-2014) que marcó y cambió su vida, y que siempre recordaba en todas las entrevistas. Fue su primera visita a la leprosería de Cabo Blanco, en Maiquetía, cuando era apenas un estudiante de medicina. Lo que vio allí –“un lugar espantoso, donde predominaba la miseria y el dolor”, según recordara- lo impresionó: más de mil hombres enfermos, sin tratamiento alguno, apartados de la sociedad y confinados a vivir y morir sin ninguna esperanza.

Desde ese día, el joven Convit se consagró a buscar la forma de acabar con las leproserías. Y pasaron varios y largos años hasta que lo logró. Años en los que se graduó, se metió de cabeza en Cabo Blanco –vivió una década entera como un leproso más- y conformó un equipo de trabajo con ocho médicos veinteañeros, una farmacéutica y un laboratorista, cuyas investigaciones fueron fundamentales en el desarrollo de la Poliquimioterapia de la lepra, que aún hoy se usa para combatir este mal, y que hicieron de Venezuela el primer país en el mundo en cerrar las leproserías.

De hecho, más que la vacuna, su mayor satisfacción fue esa: que las dos leproserías de Venezuela, la de Cabo Blanco y la de Providencia, en Zulia, fueran cerradas; que los pacientes de esta enfermedad dejaran de ser parias execrados y recuperaran toda su dignidad. Eso sobre todo, la dignidad de los enfermos, fue el norte de su vida.

Debido a ello, quizás, todos los que lo conocieron destacan, más allá de sus méritos científicos –que fueron muchos y muy importantes, y que lo llevaron a ganar el Príncipe de Asturias de Investigación Científica en 1987 y a estar nominado al Nobel de Medicina en 1988-, su trato cálido, paciente y respetuoso con cada uno de los enfermos que estuvieron a su cargo en la medicina pública, ya que por convicción y vocación nunca ejerció la privada.

“Luchar por la felicidad de los demás, sirve para la evolución de uno como persona. Dedicarse con ahínco a tratar de mejorar la situación del prójimo es fundamental en la vida”, escribió en una carta pública cuando cumplió 99 años. “Yo creo que los sentimientos de amor hacia el ser humano estimulan la vocación de servicio, que no es otra cosa que pura y simplemente un profundo amor a la vida.”

Amor a la vida que tuvo hasta el final, y que le permitió sobreponerse, incluso, a un golpe tan fuerte como la muerte de Oscar, uno de sus cuatro hijos, fallecido en un accidente de tránsito a finales de la década de los setenta; y a la muerte de su esposa Rafaela, compañera de toda la vida, quien partió en 2011, justo un mes después de que Convit fuera sometido a una cirugía de estómago.

Fue a partir de allí cuando, con 99 años, dejó de ir al Instituto de Biomedicina, fundado y dirigido por él desde 1984, pero no de trabajar. En su apartamento montó su cuartel de operaciones, y continuó estudiando, reuniéndose con científicos, enterándose de los nuevos avances. “Cuando tengo un ratico libre, me gusta soñar en las otras cosas que quisiera hacer por esos otros pacientes cuyas enfermedades aún siguen sin respuesta alguna”, había confesado en su carta.

Y fue buscando darles una respuesta a los pacientes de cáncer, soñando con encontrar su cura, que se fueron sus últimos días. Aunque exprimió la vida, no le alcanzaron los años para lograrlo. Quizás no le tocaba. Lo que sí tuvo claro es que la tarea no terminaba con él. “Nosotros haremos, con el tiempo que nos queda, todo lo que podamos, pero ellos, los jóvenes, tienen que hacer esa carrera de relevo”. Hoy, oficialmente, acaba de pasar el testigo.

Altamira: la plaza de las sirenas

Por Ezequiel Abdala- @eaa17

En la política venezolana, Altamira es la sirena más encantadora y bella, y por eso, la más peligrosa de todas. Hechiza a los políticos que se acercan a ella, y los pierde irremediablemente.

Tengo grabada en la mente la imagen de una Plaza Francia a reventar, un mediodía caraqueño, sería a finales de 2002. En medio de ella pasaba Carlos Ortega y la plaza rugía con furia. “¡Paro, paro, paro!”, se escuchaba. Era un clamor unánime, contundente, que no daba pie a otra cosa, del que Ortega hizo caso y por el que hoy se encuentra bebiendo solo el cáliz de un exilio anónimo.

Fue la misma plaza que encantó a un grupo de militares y les hizo delirar sobre un Chimborazo de concreto para librar una batalla admirable entre fuentes, pitos y banderas, que terminó en el heroísmo sin gloria del olvido.

Es la plaza del artículo 350, la que convirtió a periodistas en auténticas estrellas, que celebró efusivamente la abstención de 2005, que consagró al Comando Nacional de la Resistencia y por la que pasaban todos los planes de desobediencia civil de Hermann Escarrá cuando quería derrocar el gobierno que ahora defiende. Y ha sido, por ende, la plaza de las grandes frustraciones, de las lágrimas amargas y de los sueños libertarios amanecidos en pesadilla roja.

En estos días me he acercado a ella, ya curado y vacunado de sus encantos -a punta de tantas decepciones, dicho sea-, para comprobar con espanto cuán poderoso es el influjo que aún posee. Su última víctima es un grupo de estudiantes que desde el miércoles se congrega tarde a tarde en ella para luego bajar, trancar la autopista y batirse contra la Guardia Nacional. De tan rutinario lo han convertido, casi, en un deporte de alto –altísimo- riesgo, no exento de peligros con una GN que al amparo de la impunidad no teme reprimir con saña.

Aquello no pasa de ser un disturbio local, una cosa grave pero focalizada. Sin embargo, para ellos se trata de una gesta épica, de la cita ineludible con la historia, del llamado impostergable de la patria que les pide libertad. Así de rimbombantes son también sus propuestas –paros indefinidos, trancazos en cada esquina, plantones de tres meses en la autopista-, todas en esa zona y ‘hasta que caiga’.

Y no los culpo, eso y así es Altamira. La plaza de las epopeyas de dos cuadras, los aplausos fáciles, las consignas cortoplacistas y los vítores radicales. La que te ilusiona haciéndote pensar que el país empieza y termina en sus alrededores, que te aísla y te confunde.

Así, confundidos, los he visto. Tanto, que insultan y sacan a gritos a los presidentes de los Centros de Estudiantes –sus líderes naturales- cuando les dicen que no bajen a la autopista. Tal es la confusión, que lo único que han logrado es ahogar en gases a los vecinos –sus aliados naturales- y dejar Chacao como un solar, mientras juran que se la comen.

En 2007, cuando fuimos los mejores y ganamos la reforma, recuerdo haber pisado muy poco Altamira, y sí mucho Caricuao y otras partes. Recorríamos el metro con pancartas, predicábamos en las camioneticas de las rutas del centro y cuando cerrábamos la autopista –allá bien al oeste- lo hacíamos para repartir volantes y hablar con las personas.

Calle hubo, y mucha, pero bien organizada y con estrategia. Fueron más los insultos y maltratos de la gente que los aplausos y vivas. Eso seguro. Pero nos metimos en su territorio y logramos el cometido. Se necesitaba valentía –que a ellos, es evidente, les sobra- pero también organización e ideas –que, también es evidente, les falta-. Y, sobre todo, abrirse a la otra realidad, saltar de la pecera al océano, y alejarse, en lo posible, de esa plaza, la más bonita, la que mejor engaña, la plaza de las sirenas.

Sufrir el beisbol en compañía

Por Ezequiel Abdala – @eaa17

Viéndolo en retrospectiva, todo fue culpa de la tele. Mejor dicho: de algún empleado mal pagado, que precisamente por eso, por mal pagado, no puso empeño en subsanar con prontitud la falla que aquella noche de fines de diciembre nos dejó a todos en la cuadra sin señal de televisión y por ende sin el partido en el que el Caracas se jugaba la vida.

Y entonces apareció ella, la radio. Papá, magallanero irredento pero padre al fin, fue quien me la presentó: “Pon 1090 pa’ que oigas tu jueguito” —con énfasis en el “ito”, ese que siempre usa para referirse a todo lo relativo a “los Leoncitos”, “tu equipito”—. Yo simplemente obedecí, no sin dificultad, ya que en ese triángulo de las Bermudas que es mi casa las ondas hertzianas de la AM se escabullen de los receptores como el papel toilette de los anaqueles. Pero entre subir y bajar el radio, cambiarlo de sitio, moverle la antena, girar milimétricamente la ruedita con que se sintoniza y cruzar los dedos logré por fin el cometido… y ahí empezó la magia.

Poco a poco se fue creando una atmósfera especial, cálida, envolvente, en la que esa voz que salía del transistor se convirtió en mis ojos. A través de ella veía el juego. Establecí con ella un pacto de caballeros en el que yo me comprometía a creerle todo lo que me dijera, y ella a contarme todo lo que pasara. El beisbol, que de por sí es un drama, paso a tragedia, en el mejor sentido de la palabra.

Una inyección de intensidad y de complicidad. Eso fue la radio en aquel momento. Porque esa voz que salía del transistor padecía conmigo. Sufría conmigo. Vivía el juego conmigo, de mi lado. Si la jugada favorecía a los Leones, el tono subía y había alegría. Si la jugada era mala, se narraba con parquedad. De vez en cuando, entraba la voz del comentarista, y nos insuflaba ánimo. Nos decía que no todo estaba perdido. Que ahí venía el cuarto bate, que el pitcher ya pasaba de los 100 lanzamientos, que se le veía cansado, que cuando se enfrentaron por última vez este bateador se la había botado. Y entonces nos volvía el alma al cuerpo.

Sí, “nos”. Lo escribo con intención —y no por afición al plural mayestático—, ya que si bien escuchaba el juego solo —soy el único caraquista de mi casa—, estar en sintonía con el circuito era como entrar en comunión con otra legión de almas caraquistas. Era saberse y sentirse acompañado. Era entender a mi abuela cuando decía que ella ponía la radio en las mañanas para no sentirse sola. Era comprender, después de tantos años, por qué papá veía el juego con audífonos. Era descubrir la radio.

II

Cuenta la leyenda —y la cuenta Javier González, historiador deportivo— que la primera transmisión de beisbol que se hizo en Venezuela fue vía telefónica. Corría el año 1907, y en El Paraíso se enfrentaban San Bernardino vs. Vargas. Abajo, en el Litoral, un grupo de fanáticos se congregaba en una barbería a la que por teléfono llegaban las incidencias del juego, que eran anotadas en una gran pizarra. El nombre de aquella persona, si se quiere el primer narrador de beisbol venezolano, quedó para siempre en el anonimato.

III

En los años treinta llegó la radio y con ella los narradores de ficción. Hombres de imaginación portentosa y gran talento histriónico, que desde la frialdad de un estudio eran capaces, solo con el box-score, de narrar el juego de pelota jugada a jugada, como si estuvieran en el estadio.

Luego, cuando la tecnología lo permitió, los juegos se comenzaron a transmitir en vivo desde los estadios. Ahí apareció, inmensa, la figura de Pancho Pepe Cróquer, a quien todavía se le tiene como el narrador por excelencia. ¿La razón? “Él vivía intensamente el juego. Los silencios, las pausas, creaba drama. Sabía como hacerlo”.

IV

El 15 de noviembre de 1953 debutó al aire Radio Caracas Televisión y lo primero que se vio por su pantalla fue un juego de beisbol. Así se inauguró el canal en las ondas hertzianas, con un Venezuela-Cuba que se jugaba en el Estadio San Agustín. Así llegó el beisbol a la tele.

Entre el beisbol y televisión hubo amor a primera vista. “Por las características del juego —explica Humberto Acosta, periodista deportivo—, que es lento, y en el que la acción defensiva la lleva a cabo aquel que tiene la pelota, la transmisión se hace mucho más fácil que en el fútbol o en el basket, por ejemplo, que son un constante ir y venir”.

Los aficionados estuvieron encantados. Luego de años ejercitando la imaginación para recrear jugadas y figurarse peloteros, luego de años en los que la ida al estadio era la única manera de ver el juego, pudieron, desde la comodidad de sus hogares, observarlo en todos sus detalles, posibilidad de repetición incluida. La radio, parecía sentenciada.

V

Casi seis décadas han pasado desde ese entonces. La televisión y el beisbol han vivido un matrimonio idílico, diríase perfecto. Sólo una vez se pelearon, y fue cuando en Radio Caracas Televisión, engolosinados por el altísimo rating de Por Estas Calles, diferían o cortaban los juegos de beisbol para pasar la novela, cosa que se resolvió dándole los derechos a Venevisión, que en la temporada 93-94 le hizo ojitos a la LVBP y juró mimar y respetar el juego.

Actualmente, el beisbol es parte importante de Venevisión. “Es el gran evento deportivo anual del canal. El más importante”, afirma Héctor Cordido, Gerente de Deportes del cuatro. Rentable es, dice: “Cautiva a clientes que de otra forma difícilmente llegarían. Es un bastión importante de anunciantes”.

Los números no mienten: casi 6 puntos de rating y 70% del share promedió Venevisión en la final pasada. Si de anunciantes se trata, 120 marcas pautaron en la temporada y entre los distintos canales se repartieron, en la 2012-2013, aproximadamente 600 millones de bolívares en publicidad, de acuerdo la revista Producto.

VI

Casi seis décadas han pasado, sí, el beisbol es un negocio redondo para la televisión, pero la radio ni muere ni desaparece. Todavía cautiva y atrapa. Y lo hace porque puede ofrecer aquello que la tele, muy medio masivo, mucha pantalla y mucha cosa, no puede: compañía sincera.

Porque la tele en deportes tiene que ser objetiva. Y eso se traduce en que los narradores se emocionan pero no mucho, ya que deben estar, a su vez, con el pitcher y con el bateador. El jonrón lo cantan, pero no muy alto. El dobleplay bien ejecutado lo narran con admiración, pero poca. Y un ponche al toletero del equipo, con la del empate en tercera, en el 9no inning, lo festejan, pero levemente.

En la radio todo es distinto. Los narradores se muestran tal cual son. Y esa genuinidad se siente y vale. Porque el beisbol, como lo definiera alguien, son seis minutos de acción y dos horas de drama. Y para el drama, no hay como la compañía sincera de otro que lo sufre contigo, como el narrador de tu circuito de radio.

Ojo Marketing Viral

Texto por  Ezequiel Abdala Foto por Ed Vill

Las universidades se vistieron de retro en diciembre. Algunos famosos –y no tanto- reciben de repente tequeños con una carta personalizada. Estudiantes universitarios son sorprendidos con obsequios que los hacen sonreír. Hay gente que va por las calles sacando su lado más ácido. Y los rockeros se unen en una liga para llevar su música a diversas partes. Eventos atípicos estos, detrás de los cuales, sin embargo, hay un fino hilo conductor que los une: el concepto de mercadeo viral y la mano ejecutora de la agencia Ojo Marketing Vira

El mercadeo o marketing viral es un concepto que surgió en el mundo de la publicidad a finales de la década de los noventa. Se trata de un tipo de mercadeo que recibe el calificativo de viral ya que se propaga en las redes sociales –o al menos eso busca- de la misma manera que un virus infecta a otros organismos. Horacio Marchand, importante experto en marketing de origen mexicano, lo define de la siguiente manera: “Es una táctica/estrategia de marketing que consiste en incentivar, de alguna forma, a la gente a que hable y difunda un producto/empresa/idea de manera espontanea y adquiera en automático la validez y credibilidad que los foros publicitarios tradicionales no gozan”.

En Venezuela, hasta no hace mucho, el mercadeo viral no pasaba de ser mera teoría. Un concepto que aparecía en los libros de publicidad venidos de afuera y allí se quedaba. Sin embargo, con el surgimiento de Ojo Marketing Viral ha dado el salto a la práctica. De muy reciente data –fue fundada en octubre del año pasado-, esta agencia ha sido pionera en aplicar el mercadeo viral en el país. Su nacimiento, cuenta Verónica Ruíz del Viso, directora de la agencia, está estrechamente ligado a la revista OJO, ya que al ver cómo la mercadeaban, algunos anunciantes de la misma se pusieron en contacto con ellos y les pidieron que les organizaran eventos de ese tipo para sus marcas. En OJO aceptaron el reto y hete aquí que terminaron hasta con una agencia de publicidad.

Y no solo con una agencia de publicidad, sino con una exitosa. Prueba de ello es que en menos de un año pueden exhibir en su catálogo de clientes a unas cuantas marcas de peso que ya hubiesen querido algunas otras agencias en sus inicios: Pepsi, Tequechongos y Ruffles. “Las expectativas se han superado” es lo que dice Ruíz del Viso cuando se le consulta al respecto. Pero más allá de los nombres de los clientes, ¿cómo ha sido la respuesta de la gente? Su directora la condensa en un solo adjetivo: sorprendente. Y luego prosigue a explicar que si bien no han sido multitudes bíblicas las que han participado en sus iniciativas, sí han sido lo suficientemente grandes como para romper con todos los cálculos hechos previamente.

Presentado así, podría parecer que ha sido la sonrisa de la diosa Fortuna la que ha puesto a la agencia en el privilegiado lugar en el que se encuentra. No obstante, aquí hay más ciencia que suerte y más lógica que casualidad. Las claves del inusitado éxito podrían estar, precisamente, en los que son los pilares sobre los que se sustenta el mercadeo viral: uso de las redes sociales –tan en boga en estos últimos años-, bajo presupuesto –atractivo para cualquier cliente-, humanización de la marca –deseable para cualquier usuario- y un elevado nivel de auto replicación del mensaje -entiéndase: transmisión boca a boca-, con los que todos terminan ganando.

Que lo diga Oscar Felibert, Coordinador de Marca de Pepsi, quien ya lleva dos campañas con OMV. Al ser consultado acerca de lo que ha sido trabajar con la agencia, no hace sino verter elogios, tanto para ella –“Ojo es ya un referente”- como para el marketing viral –“es una manera contundente de interactuar y conectar de forma auténtica con la gente”-.

La relación entre ambos comenzó con el Día Retro. Patrocinada por Pepsi, esta campaña tenía el objetivo de vestir de antaño a las universidades caraqueñas. En el mes de noviembre se inició la convocatoria y durante ese tiempo se fueron realizando mini-actividades como marchas hippies, conciertos y pegas de afiches, con el fin de preparar a la gente para el gran día: 2 de diciembre. A medida que se acercaba, crecían la expectativa y la incertidumbre entre los organizadores. ¿Funcionaría? era la pregunta que rondaba la mente de todos. Hasta que llegó y con él se despejaron todas las dudas: el estudiantado respondió a la propuesta. “Espectacular, el feedback de la gente fue enorme y superó todas las expectativas”, rememora Felibert.

Allí se selló la alianza. Por eso no era de extrañar que unos seis meses después Pepsi y Ojo Marketing Viral se unieran en una nueva campaña: 100 Sonrisas, cuyo objetivo es hacer sonreír a un centenar de universitarios mediante la entrega de “sorpresas” solicitadas mediante un cómplice. Una manera creativa y diferente de conectar la marca con el target. El trabajo de Ojo Marketing Viral en estado puro, mercadeo viral en su más elemental esencia.