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REVIEW: In the blink of an eye

Por: Humberto González

“In The Blink of an Eye” da comienzo con la canción que da nombre al mismo álbum. La percusión latina, el punteo de la guitarra y el sonido del contrabajo da la sensación de que April Martin busca un sonido diferente y apropiado para la premisa de su último álbum. In The Blink of an Eye es un lindo disco sobre la vida y la familia.

Ya para “Heart Break Doesn’t Come”, la propuesta musical cambia quizás un tanto, pasando a un sonido más rock clásico y más sobrio. Sin embargo, Martin regresa a ese sonido más específico y diferente en “While I’m Waiting”. En este tema empezamos a experimentar las variaciones en la voz de la cantante neoyorquina. Las imperfecciones en su afinación, cuya voz va y viene delicadamente, complementan la sutileza musical.

“Looking Back” se asemeja a esta delicadeza, y es quizás el tema más introspectivo, no solo por su contenido, sino por la música que acompaña a las letras de April Martin, en búsqueda de una resolución hacia el pasado sin resolver. No es sino hasta “Sara’s Lullaby” en donde April Martin regresa al sonido más latino, con el regreso de una percusión rica en ritmos e instrumentos.

“Praise the Morning” es un tema lleno de colores, con el cual concluye In The Blink of an Eye. El tema es lo más indie del disco, por lo cual brilla de forma única. El último álbum de April Martin se mueve en 3 distintos frentes, desde la música más folk y melancólica, lo movido y sonoro con el acompañar de la percusión latina y el pop rock como elemento esencial para hacer funcionar la propuesta. Un bonito disco, con hermosos temas acompañados de la voz dulce de Martin.

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REVIEW: Talia

Por: Humberto González

El mundo del rock y el punk se ha visto sacudido por bandas a lo largo de la historia. TALIA, quizás, no será un gigante en la historia de la música, pero con “Thugs they look like angels” remite al más antiguo Foo Fighters de todos, con una rasposa voz de Nicolás Costa que recuerda mucho a la de Dave Grohl. Esto puede intepretarse como algo muy bueno…o muy, muy malo.

Pero hay algo de interesante y novedoso en “Thugs they look like angels”, sobre todo en la crudeza del sonido, que no se escucha demasiado producido. El último disco de TALIA comienza con “American Bride”, un tema que reúne todos los elementos de un buen tema de punk-rock y lo lleva a una normalidad que es clásico.

Sobre todas las cosas, lo más interesante de este LP es la crudeza con la cual se postprodujo el disco, pues no es usual escuchar un disco tan sucio y con tantas imperfecciones en la música actual. Quizás es más un elmento usual en la música independiente, como es este el caso. E incluso así, es curioso.

“Dog Blood”, penúltimo tema, es quizás el más divertido de todos, no por sus letras, sino por la melodía de la guitarra y el cómo remite al punk de fiestas y ollas. El disco cierra con “Bounty Killers”, un tema complejo pero discreto en su musicalidad, sobre todo en los contratiempos atractivos de la batería.

Discreto sería el adjetivo que describiría a “Thugs they look like angels”. Discreto, pero un disco que puede llevar a cualquier lado del espectro de gusto.

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REVIEW – “She”, de Charity Ekeke

Por: Humberto González

Once temas conforman la última realización musical de la nigeriana Charity Ekeke, un compedio que integra generos del pop y la balada con tintes tropicales y de la música de la oriunda de Nigeria. Más que suficiente para entender el contexto en el que la artista realiza “She”, título que lleva el álbum, en donde el feminismo y la figura de la mujer toman la batuta como principal temática.

Sin embargo, es en lo musical en donde brilla esta producción, quizás porque el contenido de las letras de cada uno de los temas remite a lugares demasiado comunes en la discusión por la igualdad de género o por derechos de la mujer, y que en más de una pieza, no existe una sola promesa de desentrañar estos derechos que tanto exige la autora.

Ekeke emana potencia y es directa, sobre todo en temas en donde la vulnerabilidad es más tangible como en Bloodline. Este, sin dudas, es uno de los temas del álbum. Es en este tipo de temas, junto a You Belong y If The Roles Were Reversed, que Ekeke logra concretar una especie de lucidez conceptual y claridad temática. No obstante, el resto del álbum es un devenir demasiado conocido y que poco busca nuevas ideas.

She, el último álbum de Charity Ekeke, es un magnífico esfuerzo musical que con el tiempo podrá revalorizarse, pero que por ahora, es simplemente una buena forma de musicalizar las ideas de una mujer que lucha por reunir las energías del género. Por ahora, She no contempla ninguna señal de aproximación diferente sobre la temática.

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REVEW: He Is Me – Let It Drip

“Let it drip” es el nuevo single de He is Me, dúo que incorpora la brillante genialidad creativa de Steve Moore, hombre estrella de Post Death Soundtrack, y a Casey Braunger, otro conocido por los amantes de la música electrónica y experimental.

El tema es una ebullición de referencias musicales, tanto en la voz como en la agresividad de cada uno de sus beats y lo inestable de su melodía. De primera mano, viene a la cabeza Nine Inch Nails como primera referencia, como suele suceder con los proyectos de Moore. Acá afloran las ideas industriales. La voz de Moore es imprescindible para hacer volar el tema.

“Let it drip” es sin dudas un tema que deja en evidencia lo notablemente creativo de Steven Moore y las capacidades creativas de Braunger. Un dúo que promete mucho.

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REVEW: Simon Benegas – The Age of Simple

Simon Benegas no alardea de grandilocuencias musicales. Sus dos EP’s configuran un cuerpo de trabajo con un intimismo y austeridad armoniosa. La sencilles de su música despierta una tranquilidad que pocas veces llega a experimentarse en artistas emergentes. Es una condición que revela mucho sobre quién es el músico Argentino.

Con dos EP’s ya rodando, la música de Simón Benegas es una respuesta a sus impulsos internos. No hay pasividad, pero si una dulzura contemplativa, que por encima de todo, remueve y cosquillea.

Feel It Grow representa una parte más llamativa del argentino, cuya música puede apreciarse mucho menos dramática, e incluso, más pop, con temas como Shine, cuyo ritmo en la guitarra no percibe variación alguna, y poco a poco, junto a la voz de Benegas, los instrumentos empiezan a involucrarse, entrando en una transición lenta y sutil, casi indistinguible.

La guitarra acústica será siempre la respuesta en Feel It Grow, con una unanimidad incombatible. También es así en The Age of Simple, EP de cuatro temas que comienza con Remember, una oda lenta y melodiosa que pone en perspectiva un romanticismo que Benegas no logra eludir.

Es acá en donde se involucra una sensación de dislocación. Un beat electrónico que rompe con la armonía acústica, una desacoplo para nada disonante.Pues al contrario, la facilidad de Benegas en incluir este tipo de recursos refleja mucho sus habilidades como músico, interpretando una necesidad dentro de su evolución artística.

Inmediatamente recibimos My a los oidos, cuyo inicio recuerda a esa guitarra que comienza The Moon Song, de la preciada Her. La voz nos engaña, de buena manera, y descubrimos que los ritmos y las reinterpretaciones musicales son lo que hacen la música. La voz destella, los coros acompañan y la sencillez vuelve a acoplarse, junto a la pandereta, de esa sensibilidad intimista.

The Age of Simple concluye con el tema que da nombre al EP. Si bien Benegas suele repetirse a sí mismo, esto no exige queja alguna. Por el contrario, es bienvenida su visión sobre su propia música, su fidelidad hacia lo que es su arte.

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REVIEW: Faces – Winter Calling

Por: Humberto González

El nuevo álbum de Winter Calling abre con un genial “Disorder”, tema melódico, progresivo y poético que, sin haber escuchado al menos 1 minuto de la canción, funciona como un abreboca excepcional a lo que representa Faces, su último esfuerzo musical. Este LP, conformado por 9 tracks, comienza con el ya mencionado “Disorder”, sin embargo, la genialidad florece en “Not Like You”, en el que los solos de guitarra, los compases de la batería y la magnífica melodía del piano combinan con la voz melodiosa de Chris Hodges para dar pie a un tema agresivo, de riffs complejos y percusiones tremendas.

El tema se disuelve, y la guitarra funciona como epílogo para dar pie a uno de los más oscuros del álbum. “The Tower” es una montaña de sorpresas, no solo por la inusual afinación de las cuerdas, sino por el tono terrorífico.

“Follow me down” desciende. Es un bajón necesario y esperado. Que si bien maneja el mismo tono de los temas anteriores, es mucho más lento y contemplativo.  “Truth from a lie” vuelve al núcleo esencial de la banda y el disco. El rock progresivo, melodioso y solemne. Y, de nuevo, un bajón, con “Still Hold On”, que vuelve a traer una balada en la que la composición musical, a pesar de elaborada, se torna repetitiva.

El punto de quiebre dentro de “Faces” lo trae a la mesa “A new me a few me”. Hodges elije susurrar la letra de la canción en una gran parte de esta. Y grita el resto de ella en lo que queda. Los riffs gruesos y trancados marcan el ritmo que con la lenta batería conjura un enorme tema.

“A different tune” comienza como un pasaje cinematográfico. El sonido de un sintetizador y las cuerdas de una guitarra acústica en delay, el piano y la voz de Hodges dan a su último LP un cierre brillante.

“My Own Way”, de nuevo, nos lleva al principio. Como una elipsis en el tiempo y un retorno al inicio del álbum. Solos de guitarra, batería rápida y técnica, piano sensible y la voz de Hodges. Así concluye “Faces”, un buen álbum para la banda oriunda de Sarasota. Un álbum que vale la pena escucharse con calma.

Puedes escuchar Faces, de Winter Calling, aquí:

Reseña: “Blank Canvas” de Chamaleon Technology

Lo último de Chamaleon Technology comienza como un trueno. Así es quizás de resumible el álbum de la banda californiana, que presenta su EP Blank Canvas, una mezcla de rock, punk y pasajes bien metaleros que inspiran una necesidad de desorden y diversión.

El trabajo de Max Histrionic, multiinstrumentalista y compositor responsable del proyecto, es de genios. Él mismo quien se encarga de las guitarras, el bajo y las baterías. Su voz, siempre complementada con coros limpios y notas altas en el fondo, se atreven a jugar con elementos característicos del punk, que más allá de recordar a un clásico  esquema del género, parece mucho más una propuesta fresca, muy sonora y llamativa. La conjugación entre todos los elementos da pie a 5 temazos.

No Safe Word es el comienzo de Blank Canvas, que comienza con un rápido bajo que se une con la voz gruñida y la batería con el compás clásico del género punketo. Las letras, como gritadas, rápidas y salvajes, demuestran la gran capacidad de Histrionic.

El ritmo no baja su intensidad, y aunque mucho más melodiosa en sus guitarras y voces, Serin’s Vending es otro tema que implica empujones, gritos y headbanging.

Ya para la mitad del disco, “Lifestyle Science es un respiro, quizás no de tranquilidad, pero al menos Histrionic baja los decibeles, y su voz es ahora más melodiosa, dedicada a cantar en un tono sin gritos y gruñidos. Self Repair es el tema que sin duda causa un vuelco en el tono del álbum, con pasajes de jazz en la batería y contrapunteos de guitarra mucho más inspirados en un estilo de música pop o rock. Los riff de guitarra en el coro son melodiosos y limpios, y se deshacen de la distorsión inherente de los temas anteriores.

El último es el tema que da título al EP, en donde vuelve a retomar los mismos caminos recorridos, con una batería acompañada de un bajo rápido. Histrionic vuelve a abogar por voces gritadas, por fraseos de guitarras muteadas con una distorsión agresiva.

Blank Canvas son un poco más de 10 minutos de punk, de extroversión musical, de sensaciones vibrantes en la sangre. El video promocional, dirigido por Exit House Films, es un thriller que a veces se torna cómico, con Histrionic siendo él mismo en todos los instrumentos, un detalle que saca al espectador de la seriedad del tema, que aparte de su letra, no está concebido para percibirse tan seriamente.

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Contracorriente: El caso de Batman v Superman

De haber sido perfecto, la imagen controladora del film habría sido esa en la que Superman vuela a salvar a Lois mientras cae desde la azotea de uno de los edificios de Metropolis. Después de un malévolo monólogo, Lex Luthor empuja a la periodista del Daily Planet, para así llamar la atención del hombre de acero. Acto seguido, el hombre de la capa roja la toma en sus brazos.

El resto del film de Zack Snyder no se compara con estos preciados segundos. Son minutos sinceros, con una especie de cámara suelta en el trípode, un grano fino que inspira un 16mm, en donde las luces de la calle inundan el encuadre mientras los dos descienden. La música de estos segundos no es música. Es el viento chocando contra un micrófono, que, junto con la cámara, operan bajo la premisa formal de que estamos viendo un documental.

Hablaba de un minuto. Y son, después de volver a ver el extracto, apenas segundos en los que todo esto sucede.

¿Por qué insistir en la descripción y repaso de esto que no representa ni un 1% del film? Porque es lo más hermoso y diferente que tiene la película, es el punto de inflexión de la franquicia de DC. Es lo que la pone en un renglón aparte. Si bien es cierto, el film no está bien. Tiene las pretensiones de. Su dramón de pareja, Holly Hunter y toda la trama política que enreda un poco el devenir del film, los flashbacks o sueños de Bruce Wayne, son algunos de los elementos que hacen de la película una especie de experimento.

Así como se abrazan a ciertas novedades, también se abrazan a los lamentables clichés de este tipo de películas. Los chistes gratuitos, los villanos apocalípticos, la acción que fatiga. El director no es santo, claro estamos.

En un humilde intento por concebir la introducción perfecta del mundo cinematográfico, las decisiones que más trasgreden contra la naturalidad de un film de este tipo son las que, curiosamente, entierran al film en el ojo del espectador. Que salvan, de una u otra forma, el enfrentamiento, tan efímero como fue, entre Batman y Superman, o el duelo, como anticipación de lo que se viene, contra Doomsday.

Batman v Superman’ no es nada parecida a otros crossovers, como señala Anthony Lane en una pieza publicada en The New Yorker. No esperemos un desastre como ‘ Alien vs Depredador’. Y a la vez, esperemos todo lo que pudo estar mal con aquel film. Que se reta a sí mismo a ser diferente, a ir contra una corriente que no está en lo absoluto a favor de su propuesta, a ser un punto de inflexión dentro de un género que ya empieza a tonarse repetitivo.

Por supuesto, no lo logra.

Pero volvemos, una vez más, a esos segundos. A esos instantes en los que el film se convierte en documental, en los que lo florido y pirotécnico de los movimientos de cámara, aunque sea por un segundo, se ven disminuidos, y en los que la música de Zimmer y Holkenborg, tan magnífica como es, no compite con lo estruendoso que ya el film por sí solo es. No hay golpes, no hay gritos, no hay disparos ni explosiones.

Es la noche, y las luces que alumbran la carretera, envolviendo en una sola imagen que panea hacia abajo para seguir a la pareja que hacen Lois y Clark. Es un encanto, es un golpe al rostro. ¿Qué es esto? Es un fan, un espectador más. Es Zack Snyder haciendo de Jimmy Olsen.

¿Qué viene? El no hacerse rogar por puntos medios. La idea de una película de superhéroes que sea diferente debe, por lo menos, perseguir eso. ‘Batman v Superman’ lo ha hecho. Eso sí, no más Doomsday, ni “Marthas”, ni presentación de miembros de la Liga de la Justicia sin demasiado peso en el film que se visiona.

Pero roguemos por más segundos con ese fino grano, sin música. O donde la política no solo se huele en el fondo, sino que toma un plano fundamental dentro del relato.

Es, sin titubear, ponerse de acuerdo. Entre el film que merecemos y el film que queremos.

‘James White’: El viaje del héroe

Josh Mond viene de esa escuela de realizadores estadounidenses en la que se incluyen Antonio Campos, Sean Durkin o Nicolas Pesce, que se caracteriza por contar historias que en la superficie se sienten simples y terrenales, pero a la hora del análisis, no lo son tanto. Su ópera prima es protagonizada por Christopher Abbott –“Charlie” para quienes vieron las dos primeras temporadas de ‘Girls’–, quien se mete en la piel de James White, un aspirante a escritor que busca la manera de luchar contra sus demonios internos.

De primera mano se nos presenta a James en una larga secuencia en una discoteca, en donde las luces de neón, la ensordecedora música y los primeros planos desvelan la intención del director. Mond no tarda muchos minutos para poner en perspectiva el conflicto que atormenta a James: su vida. Fácil y sencillamente. Es algo tan general como específico, pues no sólo es la muerte de su padre lo primero que conocemos sobre el protagonista, sino que su madre, interpretada por una muy correcta Cynthia Nixon, sufre de un cáncer en etapa cuatro. Además de la certeza de que la muerte de ella llegará pronto, aún sufriendo la muerte de un padre ausente, James lucha consigo mismo. Con la posibilidad de conseguir un trabajo, con su aparente alcoholismo, drogadicción y adicción a las fiestas, James emprende un viaje de héroe en el que se apoya firmemente en personajes secundarios como su viejo amigo Nick (Scott Mescudi) y su pareja Jayne (Mackenzie Leigh).

El ojo de Mond es específico, con una sola orden: mira quién es James White, lo que hace, lo que quiere, lo que sufre. Muy pocas veces salimos de las composiciones que evidencian su trasnochado rostro, su barba de tres días y su andar por las calles. Christopher Abbott se pone sus mejores botas, y brilla a lo largo de la película, no solo mostrando el lado más sombrío del personaje. Cada uno de sus beats son tan creíbles como naturales, y esta es una de las mejores sensaciones que deja el film. A pesar de un muy buen estudio de personajes, el guión no presenta ideas demasiado nuevas o perspectivas transgresoras, sino que opta por adjuntarse a ese grupo de directores ya mencionados para contar un muy buen relato con personajes potentes. A pesar de desalentador, hasta el punto de acercarse al más grotesco espíritu de Michael Haneke, el relato concluye de forma tan esperanzadora como inconclusa. Detalle que junto a la propuesta estética, siempre desde la perspectiva y consciencia de James, reflejan la idea que mueve el film.

Lo que verdaderamente ha logrado Mond es poner a Christopher Abbott en la mira. Su magnífica interpretación es, de lejos, lo mejor de un film que plantea muchísimo, pero resuelve poco, cuestión entendible bajo la premisa perceptible del guión. Lo que sí es una certeza es que tanto Mond como Abbott demuestran que, bajo el mando del film en los dos costados de la producción, tienen el carácter y potencial más que necesario para continuar proponiendo interesantes historias.

‘El Club’: La calma no llega

El cine social y sobre todo el latinoamericano dieron un salto imponente en el año 2015. Una apuesta recurrente fue abordar una realidad que no debería continuar siendo un tabú: el abuso de menores por sacerdotes de la Iglesia Católica.

‘Líbranos del mal’ fue un magnífico documental del 2006 dirigido por Amy J. Berg, cuyo documento se basa en seguir la vida Oliver O’Grady, un sacerdote que admitió haber violado a una veintena de niños en California. El film tuvo una magnífica recepción, creando y abriendo una conversación polémica  sobre la Iglesia Católica. Este año ‘Spotlight’, de Tom McCarthy, se ha ganado una unanimidad crítica sin discusión: el film retrata de forma casi documental el trabajo que el diario The Boston Globe realizó para revelar con detalle los nombres de más de 80 curas que habían abusado de niños en parroquias y comunidades de Boston. El film cuenta con todos los requisitos: actuaciones importantes, un guion detallado y muy bien construido que revela con pericia cada uno de los acontecimientos importantes por los cuales pasó la investigación, y una dirección que puede dejar a la gran mayoría indiferente, por la ausencia de una fotografía virtuosa o de actuaciones escandalosas.

Sin embargo, quien pone en cuestionamiento y en verdadero apuro a la Iglesia es el último film de Pablo Larraín. ‘El Club’ es una magnífica proeza audiovisual que debe ser tomada en cuenta como uno de los filmes más oscuros y transgresores sobre las atrocidades cometidas por el ser humano.

A la orilla del mar, en una bonita casita en un pueblo de Chile, cuatro sacerdotes y una mujer viven en total reclusión, en búsqueda y autocontemplación. Al menos, eso es lo que la Hermana Mónica insiste en hacernos saber. Cada uno de los padres ha sido enviado hacia donde termina la tierra firme debido a sus sombríos pasados. Con la llegada del Padre Lazcano (José Soza) al “club”, como por pura casualidad, un hombre que se hace llamar Sandokan (Roberto Farías) encuentra la aislada casita a la orilla del mar, y recita con exclusivo detalle desde la ventana, cual si se tratara de una obra teatral, la historia de cómo el recién llegado abusó de él cuando era niño. El acontecimiento se roba la paz de la casa, y a raíz de un catastrófico evento, otro sacerdote, el Padre García (Marcelo Alonso), es arrastrado por la marea hasta el club de la casita amarilla. El nuevo “curita” pone en cuestionamiento a cada uno de los padres, indignado por su aparente tranquilidad ante las crueldades que han cometido.

El reparto, que cuenta con un irreconocible Alfredo Castro en la piel del Padre Vidal, quien es habitual en la filmografía del chileno, es inmenso.  Larraín se rodea de grandes actores, como Antonia Zegers (la madre de sus hijos), quien interpreta a la Hermana Mónica de una forma tan calmada que despierta cierta impaciencia y temor, al igual que el ya nombrado Alfredo Castro o el propio Roberto Farías, que a diferencia de esa tensa calma que emanan los integrantes de la casa, es el representante del alboroto y la intranquilidad, tanto por la desgracia de su pasado como por las injusticias a las cuales debe enfrentarse en el film. En entrevistas, Larraín ha dejado saber que cada día de rodaje comenzaba con la entrega de las escenas que se rodarían, ejercicio que, indudablemente, dio como resultado magníficas interpretaciones con una naturalidad perturbadora.

Nuevamente, Larraín se apoya en el ojo de Sergio Armstrong, quien provee la forma perfecta que el relato tanto merece. La paleta de colores, fría y desaturada, junto al flou artístico que genera cierta esencia de desenfoque, hacen que el film cobre una vida diferente y una energía constrictora. Larraín se consagra particularmente como maestro en esta película, y en ocasiones (muchísimas) recuerda al Paul Thomas Anderson de filmes como ‘The Master’, ‘There Will Be Blood’, o de una escena clásica de su filmografía como la de William H. Macy en ‘Boogie Nights’. Hasta la música de Carlos Cabezas se hace pasar en algunos compases por las piezas musicales que Jonny Greenwood realizó para Anderson.

Así como el film impacienta, también lo hace el hecho de que haya sido terriblemente ignorado por una rancia Academia que este año ha estado más desacertada de lo debido, cuestión que poco compete a este texto. ‘El Club’ es, con toda la certeza que merece, el mejor film de Pablo Larraín y una de las mejores películas latinoamericanas del año pasado.