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Contracorriente: El caso de Batman v Superman

De haber sido perfecto, la imagen controladora del film habría sido esa en la que Superman vuela a salvar a Lois mientras cae desde la azotea de uno de los edificios de Metropolis. Después de un malévolo monólogo, Lex Luthor empuja a la periodista del Daily Planet, para así llamar la atención del hombre de acero. Acto seguido, el hombre de la capa roja la toma en sus brazos.

El resto del film de Zack Snyder no se compara con estos preciados segundos. Son minutos sinceros, con una especie de cámara suelta en el trípode, un grano fino que inspira un 16mm, en donde las luces de la calle inundan el encuadre mientras los dos descienden. La música de estos segundos no es música. Es el viento chocando contra un micrófono, que, junto con la cámara, operan bajo la premisa formal de que estamos viendo un documental.

Hablaba de un minuto. Y son, después de volver a ver el extracto, apenas segundos en los que todo esto sucede.

¿Por qué insistir en la descripción y repaso de esto que no representa ni un 1% del film? Porque es lo más hermoso y diferente que tiene la película, es el punto de inflexión de la franquicia de DC. Es lo que la pone en un renglón aparte. Si bien es cierto, el film no está bien. Tiene las pretensiones de. Su dramón de pareja, Holly Hunter y toda la trama política que enreda un poco el devenir del film, los flashbacks o sueños de Bruce Wayne, son algunos de los elementos que hacen de la película una especie de experimento.

Así como se abrazan a ciertas novedades, también se abrazan a los lamentables clichés de este tipo de películas. Los chistes gratuitos, los villanos apocalípticos, la acción que fatiga. El director no es santo, claro estamos.

En un humilde intento por concebir la introducción perfecta del mundo cinematográfico, las decisiones que más trasgreden contra la naturalidad de un film de este tipo son las que, curiosamente, entierran al film en el ojo del espectador. Que salvan, de una u otra forma, el enfrentamiento, tan efímero como fue, entre Batman y Superman, o el duelo, como anticipación de lo que se viene, contra Doomsday.

Batman v Superman’ no es nada parecida a otros crossovers, como señala Anthony Lane en una pieza publicada en The New Yorker. No esperemos un desastre como ‘ Alien vs Depredador’. Y a la vez, esperemos todo lo que pudo estar mal con aquel film. Que se reta a sí mismo a ser diferente, a ir contra una corriente que no está en lo absoluto a favor de su propuesta, a ser un punto de inflexión dentro de un género que ya empieza a tonarse repetitivo.

Por supuesto, no lo logra.

Pero volvemos, una vez más, a esos segundos. A esos instantes en los que el film se convierte en documental, en los que lo florido y pirotécnico de los movimientos de cámara, aunque sea por un segundo, se ven disminuidos, y en los que la música de Zimmer y Holkenborg, tan magnífica como es, no compite con lo estruendoso que ya el film por sí solo es. No hay golpes, no hay gritos, no hay disparos ni explosiones.

Es la noche, y las luces que alumbran la carretera, envolviendo en una sola imagen que panea hacia abajo para seguir a la pareja que hacen Lois y Clark. Es un encanto, es un golpe al rostro. ¿Qué es esto? Es un fan, un espectador más. Es Zack Snyder haciendo de Jimmy Olsen.

¿Qué viene? El no hacerse rogar por puntos medios. La idea de una película de superhéroes que sea diferente debe, por lo menos, perseguir eso. ‘Batman v Superman’ lo ha hecho. Eso sí, no más Doomsday, ni “Marthas”, ni presentación de miembros de la Liga de la Justicia sin demasiado peso en el film que se visiona.

Pero roguemos por más segundos con ese fino grano, sin música. O donde la política no solo se huele en el fondo, sino que toma un plano fundamental dentro del relato.

Es, sin titubear, ponerse de acuerdo. Entre el film que merecemos y el film que queremos.

‘James White’: El viaje del héroe

Josh Mond viene de esa escuela de realizadores estadounidenses en la que se incluyen Antonio Campos, Sean Durkin o Nicolas Pesce, que se caracteriza por contar historias que en la superficie se sienten simples y terrenales, pero a la hora del análisis, no lo son tanto. Su ópera prima es protagonizada por Christopher Abbott –“Charlie” para quienes vieron las dos primeras temporadas de ‘Girls’–, quien se mete en la piel de James White, un aspirante a escritor que busca la manera de luchar contra sus demonios internos.

De primera mano se nos presenta a James en una larga secuencia en una discoteca, en donde las luces de neón, la ensordecedora música y los primeros planos desvelan la intención del director. Mond no tarda muchos minutos para poner en perspectiva el conflicto que atormenta a James: su vida. Fácil y sencillamente. Es algo tan general como específico, pues no sólo es la muerte de su padre lo primero que conocemos sobre el protagonista, sino que su madre, interpretada por una muy correcta Cynthia Nixon, sufre de un cáncer en etapa cuatro. Además de la certeza de que la muerte de ella llegará pronto, aún sufriendo la muerte de un padre ausente, James lucha consigo mismo. Con la posibilidad de conseguir un trabajo, con su aparente alcoholismo, drogadicción y adicción a las fiestas, James emprende un viaje de héroe en el que se apoya firmemente en personajes secundarios como su viejo amigo Nick (Scott Mescudi) y su pareja Jayne (Mackenzie Leigh).

El ojo de Mond es específico, con una sola orden: mira quién es James White, lo que hace, lo que quiere, lo que sufre. Muy pocas veces salimos de las composiciones que evidencian su trasnochado rostro, su barba de tres días y su andar por las calles. Christopher Abbott se pone sus mejores botas, y brilla a lo largo de la película, no solo mostrando el lado más sombrío del personaje. Cada uno de sus beats son tan creíbles como naturales, y esta es una de las mejores sensaciones que deja el film. A pesar de un muy buen estudio de personajes, el guión no presenta ideas demasiado nuevas o perspectivas transgresoras, sino que opta por adjuntarse a ese grupo de directores ya mencionados para contar un muy buen relato con personajes potentes. A pesar de desalentador, hasta el punto de acercarse al más grotesco espíritu de Michael Haneke, el relato concluye de forma tan esperanzadora como inconclusa. Detalle que junto a la propuesta estética, siempre desde la perspectiva y consciencia de James, reflejan la idea que mueve el film.

Lo que verdaderamente ha logrado Mond es poner a Christopher Abbott en la mira. Su magnífica interpretación es, de lejos, lo mejor de un film que plantea muchísimo, pero resuelve poco, cuestión entendible bajo la premisa perceptible del guión. Lo que sí es una certeza es que tanto Mond como Abbott demuestran que, bajo el mando del film en los dos costados de la producción, tienen el carácter y potencial más que necesario para continuar proponiendo interesantes historias.

‘El Club’: La calma no llega

El cine social y sobre todo el latinoamericano dieron un salto imponente en el año 2015. Una apuesta recurrente fue abordar una realidad que no debería continuar siendo un tabú: el abuso de menores por sacerdotes de la Iglesia Católica.

‘Líbranos del mal’ fue un magnífico documental del 2006 dirigido por Amy J. Berg, cuyo documento se basa en seguir la vida Oliver O’Grady, un sacerdote que admitió haber violado a una veintena de niños en California. El film tuvo una magnífica recepción, creando y abriendo una conversación polémica  sobre la Iglesia Católica. Este año ‘Spotlight’, de Tom McCarthy, se ha ganado una unanimidad crítica sin discusión: el film retrata de forma casi documental el trabajo que el diario The Boston Globe realizó para revelar con detalle los nombres de más de 80 curas que habían abusado de niños en parroquias y comunidades de Boston. El film cuenta con todos los requisitos: actuaciones importantes, un guion detallado y muy bien construido que revela con pericia cada uno de los acontecimientos importantes por los cuales pasó la investigación, y una dirección que puede dejar a la gran mayoría indiferente, por la ausencia de una fotografía virtuosa o de actuaciones escandalosas.

Sin embargo, quien pone en cuestionamiento y en verdadero apuro a la Iglesia es el último film de Pablo Larraín. ‘El Club’ es una magnífica proeza audiovisual que debe ser tomada en cuenta como uno de los filmes más oscuros y transgresores sobre las atrocidades cometidas por el ser humano.

A la orilla del mar, en una bonita casita en un pueblo de Chile, cuatro sacerdotes y una mujer viven en total reclusión, en búsqueda y autocontemplación. Al menos, eso es lo que la Hermana Mónica insiste en hacernos saber. Cada uno de los padres ha sido enviado hacia donde termina la tierra firme debido a sus sombríos pasados. Con la llegada del Padre Lazcano (José Soza) al “club”, como por pura casualidad, un hombre que se hace llamar Sandokan (Roberto Farías) encuentra la aislada casita a la orilla del mar, y recita con exclusivo detalle desde la ventana, cual si se tratara de una obra teatral, la historia de cómo el recién llegado abusó de él cuando era niño. El acontecimiento se roba la paz de la casa, y a raíz de un catastrófico evento, otro sacerdote, el Padre García (Marcelo Alonso), es arrastrado por la marea hasta el club de la casita amarilla. El nuevo “curita” pone en cuestionamiento a cada uno de los padres, indignado por su aparente tranquilidad ante las crueldades que han cometido.

El reparto, que cuenta con un irreconocible Alfredo Castro en la piel del Padre Vidal, quien es habitual en la filmografía del chileno, es inmenso.  Larraín se rodea de grandes actores, como Antonia Zegers (la madre de sus hijos), quien interpreta a la Hermana Mónica de una forma tan calmada que despierta cierta impaciencia y temor, al igual que el ya nombrado Alfredo Castro o el propio Roberto Farías, que a diferencia de esa tensa calma que emanan los integrantes de la casa, es el representante del alboroto y la intranquilidad, tanto por la desgracia de su pasado como por las injusticias a las cuales debe enfrentarse en el film. En entrevistas, Larraín ha dejado saber que cada día de rodaje comenzaba con la entrega de las escenas que se rodarían, ejercicio que, indudablemente, dio como resultado magníficas interpretaciones con una naturalidad perturbadora.

Nuevamente, Larraín se apoya en el ojo de Sergio Armstrong, quien provee la forma perfecta que el relato tanto merece. La paleta de colores, fría y desaturada, junto al flou artístico que genera cierta esencia de desenfoque, hacen que el film cobre una vida diferente y una energía constrictora. Larraín se consagra particularmente como maestro en esta película, y en ocasiones (muchísimas) recuerda al Paul Thomas Anderson de filmes como ‘The Master’, ‘There Will Be Blood’, o de una escena clásica de su filmografía como la de William H. Macy en ‘Boogie Nights’. Hasta la música de Carlos Cabezas se hace pasar en algunos compases por las piezas musicales que Jonny Greenwood realizó para Anderson.

Así como el film impacienta, también lo hace el hecho de que haya sido terriblemente ignorado por una rancia Academia que este año ha estado más desacertada de lo debido, cuestión que poco compete a este texto. ‘El Club’ es, con toda la certeza que merece, el mejor film de Pablo Larraín y una de las mejores películas latinoamericanas del año pasado.

‘Tisure’: No hay pico en la montaña

El ejercicio cinematográfico puede tomar formas y estilos poco usuales. Impacienta ver esto en el cine venezolano, sobre todo en nuevos realizadores. Adrian Geyer se compromete a ello como principio fundamental para su cortometraje ‘Tisure’, que inspira tintes a lo Bilge Ceylan en ocasiones.

Acá, Geyer y solo Geyer puede entender realmente lo que sucede en el relato, y el espectador es bienvenido a indagar, a llenar los espacios de incertidumbre con ideas y especulaciones, más que otra cosa. ‘Tisure’ le ofrece al espectador una entrada hacia un mundo. Eso sí, una entrada sólo hasta allí, bajo el marco de la puerta, pues miraremos a los personajes con una distancia considerable.

En las montañas de un hermoso lugar viven un hombre y una mujer, quienes se bañan en el río, pasean a caballo, cortan leña y caminan. Sin diálogos a los que prestar atención, hay que tomar en cuenta lo que vemos y escuchamos.

Hay, de entrada, una tragedia que nubla el porvenir de estos personajes. Una cruz siendo clavada en la tierra húmeda es augurio de un mal fresco que ahora empieza a corroer, mientras sus raíces crecen con fuerza en los protagonistas. Esto crea una lejanía entre los dos personajes, abordado de una forma meramente visual con el uso de inmensos planos generales. Geyer lleva al espectador a imaginar que la separación es lo que verdaderamente puede hacer volver a funcionarles, pues en una de las primeras escenas se muestra al hombre y a la mujer a metros de distancia, en un entorno que sólo refleja plena libertad, con el cielo inmenso a su alrededor, a diferencia del resto de escenas en las que los dos personajes comparten una relación más íntima en su interactuar, como cuando están en el río. Acá es entonces el entorno quien actúa como conflicto, pues la ubicación de los dos personajes dentro de la composición hace que se vean aplastados por su entorno. Esta propuesta deja entrever el grave problema que existe entre los personajes mucho más visible en el relato: no existe escapatoria, ni resolución o reconciliación ante lo sucedido.

Más importante que el efecto de la fotografía es sin duda la utilización del sonido como elemento dialogador. Las risas, el siseo y el silencio  son suficientes para mostrarnos el devenir de los personajes.

El film es la no superación de tragedias, concebida desde la separación geográfica de los protagonistas en una lejana montaña, entre el espacio de los personajes y entre la imposibilidad de sentirse atrapados en la intimidad. ‘Tisure’ es una interesantísima propuesta que debe convertirse en documento de estudio y consideración de todo aspirante a cineasta o cualquier otro realizador.

‘By The Sea’: El arte de fallar

El campo de las posibilidades, o cómo Angelina Jolie casi logró un gran cometido.

A diferencia de sus primeros dos filmes, ‘In The Land of Blood and Honey’ y ‘Unbroken’, Angelina Jolie, en su puesto de directora, se compromete a contar una historia mucho más compleja desde un punto de vista narrativo. No por lo que el relato quiere contar, sino por cómo tiene que contarse.

‘By The Sea’ nos lleva de paseo a una pequeña costa francesa en donde una pareja de casados, Vanessa y Roland, intenta sobrevivir a un catastrófico matrimonio y a un trauma del pasado del cual el espectador no conoce demasiado. Son estos los conflictos que básicamente Jolie encara para contar su relato. Conflictos plenamente velados, que poco a poco empiezan a tomar por el cuello la poca tranquilidad con la cual sus personajes llegan al hotel. Roland, interpretado por Brad Pitt, es un escritor que se encuentra en una sequía creativa que le impide continuar con su nuevo libro.

La idea de contar una historia poco clara, con acciones y sensaciones, es presentada al principio del film. Jolie, quien poco a poco ha ido manifestando avances en su arte, esta vez se muestra precisa en cómo quiere manejar al espectador, con una propuesta que requiere de un corte finísimo de la trama. Y se nota su precisión, al menos en acto y medio del relato. Los diálogos, por otra parte, demuestran carencias que para una historia de este tipo resultan ser catastróficas, pues dejan en evidencia la poca fineza de la realizadora al traer a flote una y otra vez el subtexto de una u otra forma cuando sus personajes hablan.

Esto es lo que arruina el último acto del film, que tira por un barranco lo que previamente se había construido con una delicadeza, si bien imperfecta, correcta. Y esto es en definitiva lo que tumba a la obra. ¿Infortunio por malas decisiones o por momento incorrecto? Las dos, quizás. Primero al hacerlo, claro está; y segundo, al querer contar una historia de este tipo y menospreciar la capacidad de quien ve el film de poder interpretar lo que Jolie expresa.

Con lo que sí cuenta ‘By The Sea’ es con una dirección clara y específica sobre lo que quiere lograr. Angelina Jolie logra sacar buenas y naturales actuaciones de todo su reparto, desde un Brad Pitt siempre correcto, hasta el dueño del bar y la pareja de recién casados que se hospeda al lado de la habitación de Vanessa y Roland, interpretados por Mélanie Laurent y Melvin Poupad.

Angelina Jolie se apoya en Christian Berger, quien logra un espléndido uso de luz natural para lograr bonitas imágenes, que, junto con la envidiable locación, resultan en una magnífica pintura. Berger logra traer parte de esa intranquilidad desconocida pero latente que siempre ha logrado a lo largo de su carrera, sobre todo trabajando junto a Michael Haneke, lo que definitivamente es necesario para establecer un tono específico visual que el film tanto requiere. Junto al diseño de producción de Jon Hutman, ‘By The Sea’ pasa con gran nota en la propuesta visual.

A pesar de sus claros fallos de guion, Angelina Jolie demuestra que, con recorrido y tiempo, puede lograr contar buenas historias con gran carácter autoral. Pero, eso sí, con muchísimo recorrido y muchísimo más tiempo.

Conteo: Las mejores películas de 2015

El trabajo de curaduría siempre es complicado, y con un año que en nada se parece a las quejas de, como menos, la mitad de la crítica internacional; escoger los mejores filmes del año se complica aún más. Desde películas del 2014 con estreno en 2015, grandes producciones de Hollywood hasta pequeñas joyas independientes salidas de las jornadas festivaleras anuales. Hablaremos de lo mejor entre lo visionado:

15) ‘The Force Awakens’ de J.J Abrams

Es el film más esperado del 2015, y sin tanto rodeo, la mejor experiencia cinematográfica del año. J.J Abrams realizó una película que golpea en la nostalgia a muchos viejos fans, que atrapa a muchísimos nuevos seguidores para continuar con el legado de la saga más importante de la historia del cine. ‘The Force Awakens’ visita muchos lugares comunes, si, pero como dice Han Solo: es bueno estar en casa.

14) ‘It Follows’ de David Robert Mitchell

Uno de los films que reseñamos durante el año, y una de las mejores experiencias del género, sin duda alguna. Su fotografía, su música y su dirección contradicen a la perfección la premisa del horror.

13) ‘Sicario’ de Denis Villeneuve

En Ojo escribimos sobre el film, y no queda mucho por decir de él excepto que es una lástima que su combustible no haya dado para tanto, pues es uno de los mejores trabajos cinematográficos del realizador canadiense. Queda todavía por saber si Roger Deakins pudiera hacerse con una nominación a Mejor Fotografía, pero su belleza, pase esto  o no, es indudable.

12) ‘Ex Machina’ de Alex Garland

El debut en la dirección de Alex Garland vino con una enorme carga autoral, elemento que indudablemente le concedió su éxito. En Ojo reseñamos el film, una de las mejores cintas de ciencia ficción de los últimos años.

11) ‘A Pigeon Sat on a Branch Reflecting on Existence’ de Roy Andersson

Último film en la trilogía sobre la vida, Roy Andersson explora, a través de varios momentos en la historia, al ser humano y su naturaleza. Un film que funciona como cuadros de museo, desde lo gracioso y mundano hasta lo grotesco y morboso.

10) ‘The End of the Tour’ de James Ponsoldt

Basado en el libro de David Lipsky, el film nos cuenta una semana y media de tour con David Foster Wallace, aquel gran escritor Americano. El film es un libro abierto para quienes no conocieron a la mente detrás de “La Broma Infinita”.

9) ‘Youth’ de Paolo Sorrentino

Es el segundo film en inglés del realizador italiano, una genialidad de principio a fin sobre la mente y la vida. Con un reparto envidiable, y un libreto sencillo y certero, Sorrentino podría regresar al Teatro Dolby este 2016.

8) ‘Güeros’ de Alonso Ruizpalacios

Es la opera prima del mexicano, un hermoso retrato de la sociedad mexicana, ambientado en las protestas de la UNAM en 1999. Uno de los mejores filmes latinoamericanos de este año, por su sencillez y sinceridad.

7) ‘The Martian’ de Ridley Scott

Lo mejor de Scott en 15 años. ‘The Martian’ combina la ciencia con el humor sin despeinarse, gracias al estupendo libreto de Drew Goddard.

6) ‘The Look of Silence’ de Joshua Oppenheimer

Segunda parte sobre la masacre en Indonesia en los años 60. Contrario a ‘The Act of Killing’, este lado de la misma historia es un poco más intimista, pero igual de brutal y siniestra.

5) ‘Inside Out’ de Pete Docter y Ronnie del Carmen

Uno de los más originales filmes de Pixar. La película tiene casi asegurado su triunfo en la próxima ceremonia de los Oscar, solo intimidado por ‘Anomalisa’ de Charlie Kauffman y Duke Johnson.

4) ‘Spotlight’ de Tom McCarthy

Inspirado en el trabajo de investigación del Boston Globe sobre el caso de la denuncia a la iglesia católica por abuso sexual, ‘Spotlight’ es uno de los filmes con mejor carrera de cara a los próximos premios. Su magnífico trabajo de guión y las actuaciones estelares de Michael Keaton y Mark Ruffalo la convierten en una obra con gran poder.

3) ‘Carol’ de Todd Haynes

Regreso de Haynes después de un receso de 4 años. ‘Carol’ es una hermosa historia de amor, con unas descomunales Rooney Mara y Cate Blanchett en los papeles protagónicos, con una banda sonora exquisita y una dirección de fotografía sin precedente.

2) ‘Mustang’ de Deniz Gamze Ergüven

Es la opera prima de Gamze Ergüven, realizadora nacida en Francia y criada en Turquía, quien nos cuenta la hermosa historia de 5 hermanas huérfanas que viven en un pueblito de Turquía. El film se encuentra en la lista de preseleccionadas para la ceremonia de los Oscar 2016.

1) ‘Mad Max: Fury Road’ de George Miller

Una de las mejores películas de acción de la historia del cine, técnicamente perfecta y con un guión original digno de una saga legendaria.

‘Youth’: La memoria incomprendida

A paso rápido, y no a gritos y saltos como aquel otro italiano, Paolo Sorrentino subía las escaleras del Dolby Theater para retirar la estatuilla que se le otorgaba por esa majestuosa obra que se llama ‘La Grande Bellezza’. Ese año fue El Año para Sorrentino, que recibía alabanzas en forma de críticas de todo el mundo, y es que su film, en el que Toni Servillo se ponía las gafas de Jep Gambardella, es una de las películas más fascinantes de los últimos años.

El turno este año fue el de su segundo film en habla inglesa. En ‘This Must Be the Place’, Sorrentino se aferraba de la capacidad de Sean Penn, quien tuvo una interpretación buena, aunque así no fuera la suerte del film, que no terminó de cuajar del todo. ‘Youth’, el segundo intento, es otra cosa.

Sorrentino se reúne esta vez con un reparto mucho más que envidiable, no solo por nombre, sino por el nivel que demuestran. Michael Caine, Harvey Keitel, Rachel Weisz, Paul Dano y Jane Fonda. Nuevamente, el realizador italiano se apoya en el ojo exquisito de su director de fotografía habitual, Luca Bigazzi, quien no demuestra menos de lo que ya nos ha acostumbrado.

El guión, escrito por el mismo Sorrentino, nos cuenta la historia de dos artistas de avanzada edad que se hospedan en un lujoso hotel. En primera instancia, conocemos a Fred Ballinger (Michael Caine), un retirado compositor y director de música clásica, a quien lo encontramos conversando con un emisario de la Reina Isabel II que le pide por orden de la reina asistir a un evento especial e interpretar una de sus composiciones más famosas, “Simple Songs”, a lo que Fred tajantemente se niega. Por su parte, Mick Boyle es un famoso director de cine que busca realizar su última película, su “testamento” cinematográfico, y que con ayuda de un grupo de jóvenes escritores intenta terminar el guión del film. Fred y Mick son los protagonistas del relato, quienes conversan sobre la vida, más que otra cosa. Y es que es esa la premisa que Sorrentino nos motiva a conocer mediante cada una de las situaciones que presenta, desde el punto de vista de sus protagonistas, sí, pero también desde el punto de vista de otros personajes que no son tan importantes para el relato, como el de ese personaje que es claramente inspirado en Maradona, o el de una joven masajista que disfruta bailar, entre otros. Sorrentino no escatima con ello, y la temática, siempre tangible fotograma a fotograma. A Fred y Mick se le unen otros personajes secundarios, como la hija de Fred (Rachel Weisz), una mujer que ahora sufre el abandono de su esposo por otra mujer, y debe lidiar con ello de la forma más pasiva posible mientras intenta mediar los pensamientos reprimidos de odio y resentimiento hacia su padre. A ellos se les une Jimmy Tree (Paul Dano), un joven actor que se encuentra en el hotel preparando un papel nuevo para una película.

El tiempo contra la vida es el verdadero sentimiento que Sorrentino intenta descifrar con ‘Youth’, visitándolo desde la incapacidad humana de olvidar momentos, o la fragilidad de la misma mente de perderse en la negrura interna. Bigazzi convierte cada uno de los planos en una pintura, desde perfectos encuadres, perfectas líneas armoniosas, hasta su estilo fotográfico barroco y fellinesco, acudiendo al principio de una narrativa acumulativa propuesta con hermosas escenas detallistas que varían en una misma temática para mostrar la principal premisa del film.

“Todo luce tan cerca, ese es el futuro. Ahora todo luce lejos, ese es el pasado”. Las escenas temáticas de Sorrentino son apabullantes, lo cual es insignia en la prosa visual del italiano. Y esto resulta en una grandísima fortaleza que en ‘La Grande Bellezza’ impactó. La mente, como máquina del tiempo, como lente invertido.

Definitivamente ‘Youth’, a pesar de su tibia recepción en Cannes, ha tenido un pasaje decente en el resto de los festivales que se ha presentado, y se configura como uno de los mejores filmes del año que, bien promocionado, podría optar por algunos de los mayores premios de la temporada que ya comienza. Si bien no es esa obra intelectual como fue ‘La Grande Bellezza’, la última película de Paolo Sorrentino es un film merecedor de ser visto una y otra vez, por su belleza, su exquisitez visual, su bien elaborado guión y sus complejos personajes.

‘Sicario’: Mejor malo conocido…

Denis Villeneuve ha visitado los grandes estudios, los pequeños proyectos independientes. Ha visitado las historias complejas y las que simplemente van sobre un único elemento. Estudios de personajes como ‘Enemy’ se traducen en pequeñas historias con complejos personajes, como también es el caso de ‘Maelstrom’, otro de sus filmes. El caso contrario en cuanto a escenarios es el de ‘Incendies’, que si bien se incluye en la categoría de historias con contextos mucho más complejos, nunca se deja de lado la proeza direccional de Villeneuve de construir personajes profundos en situaciones interesantes. Si existe una constante en su filmografía, es la extrema, estresante y retorcida cuesta arriba de la vida de sus protagonistas. El director quebequés no escatima en ponerlos en la peor situación posible, ya sea mental o físicamente. Y si debemos dar una característica que resalte en su cine, esta sería la primera en aparecer en la lista. ‘Sicario’, su última película, es todo esto y más.

Protagonizada por Emily Blunt, Josh Brolin y Benicio del Toro, y presentada en Cannes, donde compitió en la sección oficial, ‘Sicario’ es una montaña rusa en la que la tensión y la oscuridad son las dueñas de nuestros nervios, y en la que el borde de los asientos pasa a ser nuestro lugar favorito.

Nuestra protagonista es Kate (Emily Blunt), una agente del FBI a quien vemos por primera vez en una operación en una casa que pertenece a un cartel mexicano en Arizona. Allí Kate descubre algo peor que droga y traficantes. Los cadáveres de más de 50 personas descansan como maniquíes, escondidos dentro de las paredes de la casa. El tono policíaco que en un principio percibimos cambia drásticamente hacia una atmósfera mucho más tenebrosa. Kate, quien es el único personaje que transita por un camino moralista, es reclutada por un agente de la CIA. Matt (Josh Brolin), adhiere a Kate a su equipo en una operación que al principio ni a ella ni a nosotros los expectores nos queda claro de qué va del todo. Aparte de saber que Matt es un agente de la CIA, y que la misión que desempeña tiene que ver con la guerra contra el cartel mexicano, desde el principio se nos deja en la oscuridad junto a Kate, quien poco a poco empieza a encender la vela de lo que en realidad está sucediendo. Junto a Matt está Alejandro (Benicio del Toro), conocedor de los carteles y a quien desde el principio se le presenta como el principal asesor del equipo. Poco a poco Kate va descubriendo el verdadero propósito de la misión, y, sobre todo, su tarea dentro de ella. Que aunque no termina siendo un miembro invaluable, es una herramienta indispensable para el desarrollo.

Villeneuve nos trata tal como a Kate, dejándonos en el medio de la situación, un poco perplejos ante todo y sin una dirección definida hacia dónde ir. Es increíble ver cómo Blunt caracteriza a Kate, una figura femenina que inspira seguridad y temple, y que poco a poco va despojándose de toda confianza hacia convertirse en una mujer asustada, sin justicia ni moral como norte. Entre la exuberante confianza de Matt, quien se excede en su falta de moral y ética, y las dosis extra gigantes de intimidación de Alejandro, Kate poco a poco se convierte en un pequeñísimo trazo en un gigantesco lienzo de tonos oscuros que van mucho más allá de su entendimiento. Benicio del Toro es rey, con un papel amenazador, siempre en guardia. Es el personaje que más tensión causa al ver, de quien se desconoce absolutamente todo hasta el clímax. Un espejo hacia la majestuosidad direccional del realizador canadiense.

Denis Villeneuve vuelve a apoyarse en la experiencia y sabiduría de Roger Deakins, quien realiza un trabajo completamente diferente a ‘Prisoners’ en cuanto al uso de la iluminación y la paleta de colores. Si en aquel thriller veíamos negros, verdes y azules, con una iluminación clásica del género, entre sombras fuertes y siluetas, acá nos ofrece una exquisita mirada a planicies desérticas, entre claros beige y pálidos azules. La dupla insiste en hacernos entender la inmensidad del desierto, en donde todos y cada uno son mínimos, y en donde eres presa de muchos.

Villeneuve no disminuye sus característica prosa visual, poniendo en juego sus utensilios favoritos a la hora de crear tensión penetrante, entre planos detalles de pequeñas acciones, y de primeros planos de expresiones faciales seguidos de brutal acción sangrienta. El director qubequés es un prodigio en cuanto a ritmo argumental, haciendo con el espectador lo que le venga en gana, lo que es básicamente uno de los grandes rasgos de su cine.

El film nos deja pidiendo algo más a gritos, y esto gracias a un discreto guión bajo la firma de Taylor Sheridan, que nunca termina de alcanzar a las inmensas expectativas de la historia en sí. Cuestión que al ver el film, puede entenderse, pero que bajo otra mano realizadora, nunca hubiera tenido el peso que con Villeneuve ha podido alcanzar. La construcción de los personajes es lo más exquisito de la escritura, pero carece de extremos a los cuales aferrarse en el argumento.

No obstante, la premisa y el subtexto de ‘Sicario’ son elemento suficiente para ir al cine y experimentarla. Bajo la condición de imposibles ganadores y de finales agrios a más no poder, somos uno solo con nuestros protagonistas, obligados a permanecer en la sombra, a la expectativa, reservándonos nuestro derecho a refutar. ‘Sicario’ nos hace testigos de un espeluznante viaje a través de la moral y la justicia.

La mejor película de terror del 2015 que probablemente aún no has visto (y deberías ver)

Esta fecha es de viejos y nuevos clásicos. A pesar de que el género de terror no es el plato de todo el mundo, es exactamente lo mismo que un plato de vegetales cuando teníamos 3 años. No sabemos por qué debemos comerlo, pero lo comemos. Y si no lo queremos, nos obligan. Y a veces nosotros nos obligamos. Así pasa con las películas de terror. Y hacerlo requiere cierto nivel de masoquismo.

Esa perversión necesaria a la hora de ver cine de terror es la causante y principal evocadora de distintas sensaciones. Y todo depende del tipo de película que se esté viendo. Ya de los clásicos se ha hablado muchísimo. ‘The Exorcist’ (1973) del gran William Friedkin es la cúspide referencial, y de ahí se desprenden una enormidad de películas, que van desde ‘Halloween’ (1978) de John Carpenter, hasta ‘Mulholland Drive’ (2001) del retirado David Lynch. Los últimos años también han traído nuevos clásicos, como la sueca ‘Let the Right One In’ (2010), de la cual se hizo un remake pocos años después, o la obra maestra de Jonathan Glazer, que lleva por nombre ‘Under the Skin’ (2014), con una excepcional Scarlett Johansson a quien cuesta quitarle el ojo de encima, no solo por cómo es (que ya sabemos cómo es), sino por lo que hace frente a una cámara sin siquiera decir una palabra. De ese año 2014 también llegó ‘The Babadook’, un film con una propuesta clásica y sencilla, pero cuya forma es exquisita. La última de esta grandísima lista que, por razones más obvias que otras, no daremos en su totalidad, se encuentra ‘It Follows’, dirigida y escrita por David Robert Mitchell y a la cual le dedicamos un espacio hace unos meses.

Pero para ese día especial de disfraces, calabazas, fiestas y películas de terror, nuestra recomendación es otra película. Ni siquiera es una película de ficción, aunque para apoyar su naturaleza documental propone una ficcionalización de eventos claves para el desarrollo de la historia. ‘The Jinx: The Live and Deaths of Robert Durst’ es para nosotros el mejor film de terror del año 2015. Este documental es dirigido por Andrew Jarecki, quien ya había incurrido en el mundo del true crime en formato documental con ‘Capturing the Friedmans’, que ganó una enormidad de premios en el año 2003, entre ellos el Gran Premio del Jurado en el Sundance Film Festival, y que también le propició una nominación a los Oscar.

Como lo hiciese con ‘Capturing the Friedmans’, Jarecki vuelve a trabajar con HBO para esta miniserie documental basada en la figura de Robert Durst, miembro de la familia Durst, dueña de una de las compañías de bienes raíces más grandes de la ciudad de Nueva York.

‘The Jinx’ está dividido en seis partes de 40 minutos, sin embargo, lo que invertimos de nuestro tiempo en visionarlo, lo vemos retribuido en una cantidad obscena de situaciones extrañas y horripilantes. Acá no tendremos ni jumpscares, ni fantasmas, ni monstruos o zombies. Jarecki nos llevará por cada una de las instancias que hicieron de Robert Durst una de las figuras más inquietantes al ojo público. Gracias a ‘All Good Things’, film de ficción que también se basó en la vida de Durst, Jarecki llamó la atención de éste, quien se ofreció a participar en una extensa entrevista con el director para dejar en claro cada uno de los rumores y acusaciones que se hacían en su contra.

Todo comienza en el año 1982 con la desaparición de su esposa Kathleen Durst. A raíz de ello, Robert comenzó a ser protagonista de otros desafortunados eventos a lo largo de los años, como los asesinatos de Susan Berman, una de sus mejores amigas, y Morris Black, su vecino cuando Durst se mudó a Galveston, Texas.

Gracias a la entrevista a “Bobby”, llamado así por sus allegados, poco a poco Jarecki es capaz de darnos un detalle más espeluznante que el anterior, a través de incongruencias entre las declaraciones de Durst y lo que dicen algunos de los testigos y los hechos. Cada capítulo te obliga a arrimarte al borde del asiento, al acecho de nuevas sorpresas.

‘The Jinx’ es indudablemente un caso aparte en el género del true crime, con uno de los finales más impactantes que he podido presenciar en televisión. Seguramente esta particular recomendación estará bajo la lupa de a todo el que le gusta echarse en la cama a ver un buen maratón de películas de terror y gritos entre un festival de jumpscares que te deja no solo trastornado por una o dos horas, sino por toda la madrugada cuando llega el momento de dormir. A mi también me gusta eso.

Y probablemente eso es lo que vayan a hacer durante estos días en los que celebramos una de las fechas más encantadoras que no nos pertenece del todo. Y eso nos da igual. Y así debería continuar. Pero al hacerlo, ‘The Jinx’ debe ser una tarea y una obligación dentro del menú que estén preparándose.

‘Beasts of No Nation’: sin brújula ni inocencia

Hace solo 6 años que Cary Joji Fukunaga puso su nombre en las listas de directores más prometedores a futuro. A pesar de que en el año 2005 se hizo con el premio de mejor director en el Sundance Film Festival por ‘Victoria Para Chino’, Fukunaga apenas debutó en el 2009 con su largometraje ‘Sin Nombre’, que también le propició premios por doquier. De allí dio el salto el siguiente año con ‘Jane Eyre’, y posteriormente a la pequeña gran televisión, dirigiendo por completo la primera y ya icono legendario de la tercera Época de Oro como fue ‘True Detective’.

Este año fue el turno de ‘Beasts of No Nation’. Fukunaga ahora lo intenta no solo como director, tarea que con el tiempo ha traducido en un estilo colmado por una sensibilidad artística impecable, sino también como guionista y director de fotografía, todo ello bajo la difícil propuesta que era rodar en tierras tan lejanas como las de Ghana, con la mayoría de las escenas filmadas en exteriores, con un grupo de actores nóveles a excepción de Idris Elba y, como lazo del paquete, distribuida por Netflix.

‘Beasts of No Nation’ está basada en el libro homónimo del autor nigeriano Uzodinma Iweala. Nuestra historia es narrada y protagonizada por Agu (Abraham Attah), un niño que vive en una zona de refugiados en África (nunca sabemos en qué lugar estamos) junto con su familia. La vida de Agu parece ser tranquila y llena de inocencia. Con su familia y algunos de sus amigos, Agu es feliz. Pero el contexto del lugar es totalmente lo contrario. A pesar de que en los primeros minutos del film no se nos cuenta, la zona está rodeada por militares del gobierno. El país entero está inmerso en una guerra entre ejércitos rebeldes, el gobierno y otras facciones cuyos ideales y razones nunca son explicadas de por sí. Sin darnos tiempo de pestañear, los rebeldes se aproximan al pueblo con promesa de más guerra y horror. La madre y los hermanos menores de Agu salen del lugar hacia el centro de la ciudad, dejando atrás a Agu con su padre, su hermano y su abuelo, y en cuestión de uno o dos minutos, Agu queda solo. Huyendo hacia lo profundo de la selva, el niño se encuentra con el ejército de los rebeldes, liderado por El Comandante (Idris Elba), quien acoge al niño para entrenarlo y ponerlo bajo sus órdenes y las del ejército.

‘Beasts of No Nation’ es una historia sobre esto. Sobre la corrupción mental, la pérdida de la niñez. El tormento de Agu no nos llega ni al principio ni a mitad del film. De ser un niño común y corriente, la tragedia que es su entorno poco a poco empieza a demandar cada vez más un poco de su inocencia. Es devastador observar cómo Agu debe dejar atrás su hogar, olvidarse de cómo asesinaron a su padre y a su hermano, olvidarse de su madre y de sus pequeños hermanos. Y todo esto de la noche a la mañana. A Fukunaga no le basta con hacernos experimentar el horror de la vida de Agu y cómo debe lidiar con la pérdida de lo que una vez fue su joven vida, sino que nos hace experimentar el proceso por el que pasa, para luego convertirse en un asesino. Así como muchos otros.

Esa es la principal premisa del film, que invita a ser testigos de lo que sucede en algunos estados fallidos, convertidos en máquinas expendedoras de asesinos y jefes militares corruptos, algunos de ellos convertidos en figuras paternas, como es el caso del Comandante. Idris Elba nos ofrece uno de los mejores papeles de su carrera. Si bien nuestro protagonista es Agu, la historia fácilmente podría ser contada desde cualquier otro de los niños que está en el ejército, y es que la mayoría de ellos tiene los mismos orígenes, y los que no, aún siguen siendo niños, condenados a la pesadilla de sostener un rifle en sus manos. Todo esto es obra del Comandante, quien pone su poder completo bajo los débiles hombros de estos niños, ahora con un futuro sombrío.

El film es esa premisa, con la brújula moral descompuesta guindada en el cuello.

Cary Joji Fukunaga no se interesa por nuestra sensibilidad. No se interesa por la brutalidad de las acciones o la visceralidad de las imágenes. Y no debería hacerlo. Más bien, se encarga de dar una lección magistral de realismo. Una lección que nos sobresalta, después de tanto tiempo de poca o nada atención hacia lo que pasa en el mundo. Su dirección es cruda y consistente a lo largo del film. Pero es Fukunaga, y por supuesto, su carta de presentación no es un documento hiperrealista. Como muy pocos, Fukunaga es un poeta visual. Gracias a su doble rol como director-fotografía, logra explayarse plenamente en su estilo, una prosa visual que contrasta la pavura con lo sutil, inocente y bello. Y son esos planos referenciales y pequeños detalles que matizan al film, y que son necesarios para el ritmo frenético y sangriento.

La mano de Fukunaga se nota con gran impacto en la edición del material. Más aún, en esas disolvencias entre elementos y texturas, entre planos abiertos y cerrados. Es la firma del realizador, como lo pudimos ver una y otra vez en el horror sureño de ‘True Detective’. El uso del zoom completa su caja de herramientas, que, cuando lo amerita, lo utiliza como método más filosófico que técnico, cuando Agu se encuentra solo en la inmensidad de la jungla.

‘Beasts of No Nation’ llega en un momento en el cual nadie la esperaba. Como un recordatorio de las atrocidades que se viven en lugares que pasan por nuestra cabeza muchísimo menos de lo que deberían. Y como recordatorio de que el cine tiene la posibilidad, entre la inmensidad de directores carentes de estilo y sensibilidad, de sobrevivir gracias a cineastas soberbios como lo es Cary Joji Fukunaga. Con su estreno en Telluride, Venecia y Toronto, ‘Beasts’ es capaz de ofrecer muchísimo de cara a la temporada de premios. Y aunque así no sea, será capaz de ser recordada en años por venir como un film sincero y frontal, sin pretensiones de ser otra cosa que la historia de un niño que, además, es la historia de muchos niños.