‘Love & Mercy’: música y desdicha

Por: Humberto González – @hypediario

Bill Pohlad es reconocido por una gran cantidad de importantes filmes de los últimos años. Su crédito como productor puede leerse en películas como ‘12 Years a Slave’ de Steve McQueen y ‘The Tree of Life’ de Terrence Malick. Sin embargo, su rol de director es casi nuevo para él, siendo ‘Love & Mercy’ su cúspide bajo ese papel.

Otro es el caso de Oren Moverman, quien ya conoce lo que es realizar un biopic  (o una especie de ello) de una figura de la música. Pasó con ‘I’m Not There’, filme en el que vemos a seis actores diferentes interpretar las distintas facetas de la vida de Bob Dylan. La película fue dirigida por Todd Haynes, quien co-escribió el guion junto a Moverman, y que rompió con los convencionalismos en la escritura del libreto, diseccionando la narrativa en distintas líneas temporales. Por esa originalidad y esa chispa de guión llevada a la pantalla por Haynes, la película recibió premios y nominaciones en casi todos los premios importantes.

Moverman hala de las mismas cuerdas con ‘Love & Mercy’, que nos cuenta la historia de Brian Wilson, figura importantísima de The Beach Boys y una de las mentes maestras más legendarias de la historia de la música. Wilson es llevado a la pantalla por dos actores. Paul Dano le da vida a la época más creativa de Brian Wilson, quien había decidido quedarse en casa para escribir las nuevas canciones de lo que sería el próximo disco de la banda y su disco más importante, y, entretanto, uno de los mejores álbumes de todos los tiempos. ‘Pet Sounds’, además de ser su obra maestra, es el contexto del Brian Wilson de Paul Dano, ya que es esta la época que sirve como preaviso a lo que veremos en la otra parte de la historia. John Cusack se hace cargo del Brian Wilson de dos décadas después. Un hombre atormentado por su pasado, por las “voces en su cabeza” que él mismo empieza a describir y a experimentar en las sesiones de composición del ‘Pet Sounds’, y por la muerte de su hermano Dennis Wilson, de quien el Wilson de Cusack habla la primera vez que conoce a Melinda Ledbetter, interpretada por una excepcional Elizabeth Banks. Melinda es una ex modelo que ahora trabaja en un concesionario de Cadillac, y su relación con Wilson comienza a pocos minutos de que comience la película, cuando Wilson mayor entra a la tienda donde ella trabaja para comprar un nuevo auto. Acá conocemos a la otra figura importante del filme, el Dr. Eugene Landy, a quien Paul Giamatti le aporta su gigantesca dosis de intimidación. Si el antagonista del Brian Wilson de Dano era el comienzo de su enfermedad mental y las “voces en su cabeza”, el antagonista del Brian Wilson de John Cusack es Landy, quien lleva años aprovechándose de la situación de Wilson para manejar por completo su vida, desde lo que come y lo que hace, hasta a quien conoce.

Moverman se aseguró de poder contar estas dos partes de la vida de Brian Wilson al decidir fragmentar el guión en pedazos importantes de estas dos caras de una misma moneda. Dos caras muy parecidas, sin embargo. La narrativa del guión es lo que hace que la película sea algo más que un convencional biopic, y sus saltos temporales a lo largo de la historia permiten a Bill Pohlad representar en un cien por cien el conflicto de Brian Wilson, las secuelas de su enfermedad y el renacer del legendario músico.

Afirmaba Paul McCartney que “God Only Knows” es su canción favorita de todos los tiempos, y Bill Pohlad se aprovecha de la grandeza de esta pieza y de la capacidad actoral de Paul Dano para mostrarnos una secuencia llena de sentimentalismo y nostalgia. Una de las mejores del film, no solo porque vemos a Wilson en su cúspide creativa. Además, por el inherente conflicto entre el joven músico y su manipulador padre.

El filme se aprovecha de las capacidades creativas de Robert Yeoman, director de fotografía imprescindible en la filmografía de Wes Anderson, para adornar la escenografía que es Los Ángeles con su característico uso del color y sus planos estáticos y sutiles, que a veces apoya con lentos paneos que contrastan la hermosa sensibilidad artística de Brian Wilson con su inestabilidad mental, la cual poco a poco empieza a corroerlo.

‘Love & Mercy’ es una película autobiográfica, si. Pero logra despegarse de la clásica forma de narración para entregar historias puntuales dentro del libro que es Brian Wilson. Capítulos esenciales para entender un poco más al genio detrás de frases como “I Wanna Cry” al final de “You Still Believe in Me”.

‘Southpaw’: ¿y si me golpeas?

Por: Humberto González – @hypediario

El deporte en el cine. Y más que el deporte, el boxeo. Que hemos visto bastantes películas en donde éste se amolda como el principal hecho catalizador de acciones dentro de una historia: ‘Rocky’, ‘Raging Bull’, ‘Million Dollar Baby’, ‘Cinderella Man’. ¿Qué es lo que tiene este deporte para funcionar tan bien en papel y luego en cámara? Pues una historia es una pelea de boxeo, sin más.

Siempre hay una sensación de saber lo que va a pasar cuando vemos un film de boxeo. Al protagonista le pegan primero, y le pegan duro. A raíz de esto, se sumerge en una aventura de cambios, para luego ser él quien pega mejor y más fuerte. Y al final, salir victorioso. Esa victoria no siempre es dulce.

La cita es entre Antoine Fuqua, director de ‘Training Day’, y Jake Gyllenhaal, el conocido por todos y querido por muchos más. Y los dos, aunque unos dirían que Fuqua no tanto, en un estado de forma envidiable, profesionalmente. ‘Southpaw’, su nuevo film, ha levantado suficiente buzz (típico cuando vives con Harvey Weinstein) como para que se tuvieran en cuenta a sus dos principales figuras para la temporada de premios. Con un primer tráiler que desvelaba la mayor parte de la trama, ‘Southpaw’ sonaba más que apetecible. Y a pesar de poder apreciar destellos (y relámpagos) de genialidad por parte de Gyllenhaal, o algunos planos un tanto memorables, no hay un uppercut cinematográfico que noquee al espectador. Es más una danza clásica que se pasea por senderos ya conocidos del género.

Acá nos encontraremos con Billy Hope (Jake Gyllenhaal), un boxeador que vive en la ciudad de Nueva York junto con su esposa, Maureen (Rachel McAdams), y su hija Leila (Oona Laurence). Durante la rueda de prensa de una de las peleas de Hope, el boxeador Magic Escobar (Miguel Gómez) lo reta a él, actual campeón mundial, como su próximo contrincante. Hope decide no involucrarse en las provocaciones de Escobar y termina la rueda de prensa. Posterior a esto, Maureen lo urge a retirarse momentáneamente del mundo del boxeo para curarse de la última pelea, específicamente de un golpe que sufrió en uno de sus ojos. La familia de Hope decide asistir a un evento de beneficencia, en donde Hope es nuevamente retado por Escobar, y en una trifulca entre ellos y los guardaespaldas de ambos peleadores, Maureen es herida de bala, y muere minutos después en los brazos de su esposo. Acá se desencadena un lío de situaciones desfavorables para Hope, desde su excesivo consumo de alcohol, sus problemas económicos, la pérdida de su mánager y, más importante para el desarrollo de la historia, la pérdida de su hija ante los servicios infantiles.

Es acá, entonces, en donde el film parece tomar una especie de cohesión, al menos entre las escenas derivativas de la autodestrucción de Hope, y de su vida fuera del ring. Entre las visitas a su hija y su búsqueda de redención, Fuqua logra que su relato se cuente, siempre, gracias a la capacidad interpretativa de Gyllenhaal.

Los puntos altos suceden fuera del ring, y con más frecuencia entre las pequeñas escenas de Hope junto a su hija, tratando de traer un poco de paz y unión entre las únicas dos figuras que quedan de su familia. O entre Hope y Tick, el dueño del gimnasio donde ahora el ex boxeador entrena, interpretado por un Forest Whitaker tan bueno como siempre.

Antoine Fuqua no pretende, lo cual es bueno, hacerse eco de magníficas secuencias de pelea y acción. Al menos, nunca lo deja ver de esa forma. Más bien, se empeña en construir efectivamente la historia del renacer de Billy Hope fuera de sus guantes. La música del fallecido y legendario James Horner adorna las decisiones fotográficas de Fuqua, que utiliza una paleta descolorida para exteriorizar con naturaleza la tragedia por la que pasan los personajes.

Y a pesar de transitar por el clímax que es la victoria de Billy, evidente desde el principio, da la sensación de que Fuqua entró, se sentó en su silla y salió del rodaje sin detonar una potencial bomba que pudiera haber dado el sentimiento necesario para catapultar el film a otra cosa más que eso, un film de boxeo en donde el protagonista pierde, pero gana.

Quien gana y vuelve a ganar a lo largo de 120 minutos es Jake Gyllenhaal, que no se cansa de acumular proyectos en donde él mismo es la joya, y en otras ocasiones como en ‘Southpaw’, la única joya. Su carrera, que ha ido transitando desde proyectos de todo tipo, es más que envidiable para cualquier actor.

A pesar de lo poco que llegue a mostrar, ‘Southpaw’ es un entretenido film de boxeo que merece la pena verse.

‘Eden’: el arte de crecer y crear

Por: Humberto González ⎜@hypediario

Existen dos perspectivas importantes sobre lo que significa hacer arte. Una de ellas es que te reconozcan por lo que haces, y la otra es que te reconozcan a ti, el autor, pero no sepan qué carajo has hecho en el mundo. Y aunque pudiese haber una infinidad de casos y ejemplos, estos dos son más usuales de lo que la mayoría podría llegar a imaginar. De esto va, básica y superficialmente, la última película de la directora francesa Mia Hansen-Løve, estrenada en el TIFF 2014.

‘Eden’, su cuarto largometraje, está inspirado parcialmente en la vida de su hermano, Sven Hansen-Løve, con quien coescribió el guion. Sven formó parte del movimiento de música electrónica parisino de los años 90’s, que luego conocemos como “the french touch”, y de allí se agarra la directora para dar pie a un film que, más que hablar sobre lo que significó el movimiento, invita a una conversación sobre lo que significa hacer música, moverse por ella.

Paul (Félix de Givry), personaje inspirado en los propios relatos y experiencias de Sven, es un DJ inspirado por el movimiento subgénero del house llamado “garage”. En un principio vemos cómo Paul estudia, poco a poco, distintos tipos de sonidos y artistas estadounidenses, para posteriormente formar el dúo musical Cheers junto a su compañero Stan (Hugo Conzelmann).

Hansen-Løve toma una perspectiva muy personal en la narrativa del film, contándonos el día a día de Paul, quien no solo se introduce de lleno en la música, sino que nos habla sobre la vida normal de un joven parisino, desde su primer amor, Julia (Greta Gerwig), una escritora americana, hasta su otra relación con Louise (Pauline Etienne), la cual conforma verdaderamente un punto importante dentro del desarrollo de la historia y en donde descubrimos a plenitud por lo que pasa Paul, desde su adicción a la cocaína, la muerte de uno de sus mejores amigos, y su estancamiento musical, lo que nos lleva por una serie de eventos que realmente muestran, con una naturalidad exquisita, la vida del joven Paul.

Y a pesar de abarcar casi 20 años de las vidas de estos personajes, y dar saltos en el tiempo de hasta cinco, no hay una sensación de pérdida. La música, que entre tantos artistas, incluye cuatro temas de Daft Punk, quienes tienen un protagonismo importante dentro del film, nos pone en contexto con el pasar del tiempo. Vemos, o mejor dicho, escuchamos, el cambio temporal gracias a la música que acompaña lo que se pone frente a nuestros ojos. Es, después de todo, el elemento clave dentro de un film tan musical como este. Mia Hansen-Løve opta por explayarse en largas secuencias musicales sin las cuales el film simplemente pasaría por ser otro drama de una juventud perdida en las drogas y los sueños de fama y reconocimiento.

Esto último, clave para la directora: a lo largo del film nos presenta a otro par de jóvenes que tratan de mostrar, por primera vez en una fiesta íntima en una casa, sus sonidos y su música. Estos son Guy-Man y Thomas, a quien conocen más comúnmente como el dúo electrónico más importante: Daft Punk.

Guy-Man y Thomas, Daft Punk, son la contraparte del “Cheers” de Paul y Stan. Estos últimos, son conocidos por todo el mundo, no solo dentro de su círculo de amigos, sino que sus rostros son tan protagonistas como su música. Caso contrario a Guy-Man y Thomas, quienes a pesar de no poder entrar nunca a fiestas, de que sus nombres nunca figuren en las listas de los clubes y que básicamente son unos desconocidos a los ojos de cualquiera, resultan ser los invitados especiales, eso que no son Paul y Stan, cuando se les presenta como “Daft Punk”. Este elemento es importante para Hansen-Løve, y la dualidad con la que abría este artículo: que te conozcan por quien eres, o que lo hagan por lo que haces. Cheers, al final, solo recordado por lo que significaron en el momento, dando inicio a un movimiento para oídos selectos y exclusivos, que quedó en el oscuro olvido. Y Daft Punk, convirtiéndose en, bueno, lo que es hoy.

Mia Hansen-Løve decora sus planos con el neón característico de la música, y de la mano de Denis Lenoir, veterano director de fotografía, nos lleva por exquisitos pasajes de rave colorido, hasta hermosas secuencias como la del principio, en donde Cyril (Roman Kolinka) y Paul se alejan de espaldas, rodeados del silencio, los susurros y la naturaleza de Paris.

A lo largo de dos horas y un poco más, Mia Hansen-Løve nos lleva por la dicha y desdicha, el ascenso y descenso, de un dj que, extrapolado de cualquier especificidad, nos deja una experiencia mucho más que relacionable para aquel que aspira vivir del arte. ‘Eden’ es una potente historia sobre lo que significa el arte de crear.

‘Lost River’: entre robar y tomar prestado

Por: Humberto González – @hypediario

Los debuts direccionales y las óperas primas siempre son un placer inmensamente bienvenido. Que como buenos devoradores de cine, siempre se agradece y se invita a pasar a nuevas propuestas cinematográficas, con el propósito pleno de explorar el cerebro de nuevos realizadores en forma de planos, tono, tema y una amalgama de elementos que resultan en estilo. En los últimos diez años, el cine ha recibido con aplausos a Steve McQueen (‘Hunger’, ‘Shame’), Duncan Jones (‘Moon’, ‘Source Code’), Jeff Nichols (‘Shotgun Stories’, ‘Mud’), Shane Carruth (‘Prime’, ‘Upstream Color’), entre tantísimos otros. Para nuestros efectos, y que se asemejan más al hombre del que hablaremos más abajo, están esos actores que decidieron dar unos pasos fuera del set y colocarse detrás de la cámara. Tal es el caso de Ben Affleck, que debutó con ‘Gone Baby Gone’, teniendo ésta una increíble recepción, que posteriormente se traduciría en su plena aceptación como director en proyectos como ‘The Town’ y ‘Argo’. Sin embargo, está el otro extremo del caso, con John Tuturro o Nicolas Cage llevando la bandera, cuyos debuts han sido considerados, como poco, terribles. El caso siguiente no es ni lo uno ni lo otro, pero deriva en el medio, a una expectativa un tanto incierta.

En la 67ª edición del Cannes en el 2014, Ryan Gosling debutó en la sección de Un Certain Regard con su ópera prima ‘Lost River’, una especie de thriller que toma prestadas por costumbre y pasado sensaciones bastante reconocidas de otros directores admirados por Gosling, quien nos cuenta la historia de Billy (Christina Hendricks), una madre soltera cuyo hijo mayor, Bones (Iain de Caestecker) se dedica a robar metal y otros materiales sacados de edificaciones abandonadas que puedan ser de valor para venderlas en chatarrerías. Entre tanto, Billy se encuentra en un problema financiero y el banquero Dave (Ben Mendelsohn, impecable como siempre) le recomienda tomar un trabajo en un club que él mismo dirige. No es cualquier club, y, sobre todo, no es cualquier show, pues allí van hombres y mujeres por igual a satisfacer sus gustos más mentalmente preocupantes, en donde el plato principal es el show de Cat (Eva Mendes), una mujer vestida elegantemente, que canta y baila al ritmo de la música caribeña, y minutos después es apuñalada docenas de veces. Saoirse Ronan toma el papel de Rat, la vecina de Bones,  a quien este trata de cortejar de una forma u otra. Ella le cuenta la historia sobre la ciudad que hay debajo del río que vemos una y otra vez en el film, y que es en realidad lo que mueve verdaderamente la trama hacia adelante. Además del villanesco personaje de Mendelsohn, encontramos a Bully (Matt Smith), quien en una de las primeras escenas del film se proclama como el rey del territorio. En sí, ‘Lost River’ se complementa entre ideas bastante atractivas con su tanto de melodrama un poco estorboso y a veces innecesario.

Ryan Gosling cumple con la cuota de originalidad, eso sí, cuyo mensaje yace en una idea muy relacionable con la debacle financiera de la ciudad de Detroit, en donde se desarrolla la trama, contextual y geográficamente. Además, y esto hay que destacarlo, Gosling toma parte del repertorio estilístico de Nicholas Winding Refn, con quien ya ha trabajado en dos ocasiones, y de otros contemporáneos como Harmony Korine, amasándolos junto a otros mucho más rodados, como es el caso de David Lynch. Esto es algo usual en la historia del cine. Lo que no logra Gosling, sin embargo, es hacer suyo lo que toma prestado de otros. Cuestión por la cual fue tan apaleado desde que terminó la proyección de la película en el Cannes. Sin embargo, es rescatable su intención y, sobre todo, que pone en marcha una carrera que podría ser fructífera siempre y cuando todo lo visionado se utilice en pro del desarrollo de un estilo que se sienta fresco y único.

Mucho más que los esfuerzos direccionales, hay que destacar el magnífico trabajo fotográfico de Benoît Debie, director de fotografía de ‘Spring Breakers’, del ya mencionado Korine, y usual colaborador de Gaspar Noé. La colorida saturación de todos los colores, o el intenso uso de imágenes evocadoras, las casas en llamas, la bicicleta en llamas, el rojo de las sangrientas escenas en el club, son transcritas como el punto más fuerte del film.

La musicalización de Johnny Jewel, a quien ya hemos escuchado en filmes de Winding Refn -que ya empieza a sonar como el mejor amigo de Ryan Gosling-, complementa fielmente al trabajo de Debie, con piezas claves que ambientan cada plano de una forma fantásticamente oscura. Inclusive, se nos ofrece la oportunidad de escuchar la versión de ‘Moliendo Café’ del chileno Lucho Gatica en la primera escena del club. Punto a favor por el buen gusto musical de Jewel y Gosling.

No se trata de una catástrofe cinematográfica, y en caso de tratarse de un cineasta que escucha y lee lo que se le critica, Ryan Gosling puede convertirse en una muy buena figura detrás de la cámara. ‘Lost River’ es una película que hay que ver, no importa cuánto trate Gosling de decir quiénes son sus héroes.

‘Mommy’ de Xavier Dolan: C’est spécial

Por: Humberto González – @hypediario

Hay algo que Xavier Dolan ha confirmado de forma insistente a lo largo de su carrera, que puede decirse cortísima –tiene apenas 26 años– pero que ya cuenta con un repertorio de cinco películas, de las cueles cuatro han sido proyectadas en distintas instancias de Cannes, y otra en Venecia. “C’est spécial”, repite una y otra vez Hubert, protagonista de su primer film ‘J’ai tué ma mère’, refiriéndose a la incapacidad de muchos, pero más específicamente de su madre, para entender lo que hace y cómo es. Es un testamento sincero que se repetirá como un leit motiv a lo largo de sus otros filmes. En ‘Laurence Anyways’, su protagonista emula esta frase como credo a lo que de verdad el director canadiense profesa. Y una y otra vez vuelve a repetirlo en las entrevistas que le hacen, “c’est spécial”. Y aunque él no quiera admitir y no sienta que es especial, así afirme que él simplemente es como es, tajante, esa es una de las cosas que más llama la atención de su forma de hacer cine. Su técnica narrativa, la forma en la que roba como un artista a otros y los acopla perfectamente a un estilo visual que se parece mucho a algunos (Wong Kar Wai, Van Sant, Truffaut) pero que es presentado de una forma única.

En su última película, Dolan confirma que es uno de los directores más prolíficos en la actualidad, que es “especial”, y que al parecer no tiene intenciones de bajar la intensidad de su ritmo de trabajo, que incluye actuar en películas como ‘Elephant Song’, hacer voces en otros proyectos y escribir, producir y dirigir sus propios filmes, que siguen estrenándose en festivales de primera línea y recibiendo ovaciones de pie de hasta ocho minutos.

Tal es el caso de ‘Mommy’, su último trabajo como realizador, que compitió en la sección oficial del Festival de Cannes del año pasado y ganó el Jury Prize junto a ‘Adieu au Langage’, de Jean-Luc Godard, esa leyenda del cine francés. Dolan cuenta la historia de Diane Deprés, interpretada por Anne Dorval, una recurrente en la filmografía del canadiense. Die, como la llaman, es una madre soltera viuda, y, también, en palabras de Dolan, una “cougar y milf”, quien luego de que su hijo Steve ocasionara un incendio en el centro de detención donde se encuentra y le causara quemaduras graves a otro de los niños, se ve obligada a hacerse cargo de él, lo que le cambia totalmente el día a día. Steve (Antoine-Olivier Pilon) sufre de TDAH, y su temperamento representa un inmenso problema para su madre, quien trata de aplacarlo como puede. Después de que ella lo acuse de haberse robado una joya, Steve pasa de ser el muchacho risueño y divertido, a convertirse en una máquina de insultos y chillidos en contra de su madre, quien grita, corre y trata de escapar del agresivo Steve a fuerza de golpes, tumbando estantes de la casa. Steve se corta con uno de las bibliotecas que Die tira al suelo para poder evadirlo. Ante el escándalo, Kyla (Suzanne Clément), la callada vecina de en frente de los Deprés, entra en la casa y cura a Steve, quien ya se ha calmado y ahora es otra persona completamente distinta. Kyla, poco a poco, va acercándose a Die y Steve, intentando convertirlos en una familia más funcional, tratando de sobrellevar los problemas de Steve, y ayudándolo a mejorar.

Xavier Dolan ejecuta perfectamente esa práctica estilística que tanto ha demostrado en sus anteriores películas. A pesar de la sutileza con la que ahora confecciona estas técnicas, es imposible no identificar la mano del joven canadiense. Y si bien no abusa de ello como en otras situaciones, el exquisito gusto musical de Dolan hace aparición unas cuantas veces en la película, con montajes de Steve en su patineta acompañado de ‘Colorblind’ de Counting Crows, o en esa escena en donde manejan bicicleta y ‘Wonderwall’ suena como un himno ante las vidas de nuestros protagonistas. Dolan ha hecho de la acentuación del estado mental mediante la música y el slow-motion un signature move.

Lo que más impacta visualmente es la elección de una inusual relación de aspecto de 1:1, que emula un perfecto cuadro, pero que visualmente puede percibirse mucho más vertical que horizontal. Esto responde a la necesidad y, más que nada, a la posibilidad que tiene Dolan de enfocarse solo en los personajes, como un portarretrato, hacia las vidas de cada uno de ellos, sin hacer uso de espacios que él piensa que son innecesarios dentro de un filme que trae una cosa importante por encima de otras: la relación de sus personajes, lo que viven y su conflicto con ellos y con los demás. Además, es una representación del estado mental de cada uno. Como lo hiciera anteriormente en ‘Tom à la ferme’, en el que el aspect ratio se cerraba en una escena de tensión y angustia del protagonista, acá sucede lo mismo, con la única diferencia de que Steve es quien incide físicamente en el cambio de la forma en la que percibimos ahora su propio mundo, un poco más libre. Esta fue una de las decisiones que más se le criticaron a Dolan al ser vista por primera vez. No obstante, Dolan supo justificarla con una impecable puesta en escena que, más que pretenciosa, llega a ser elemento primordial para la narrativa visual.

Esa carrera, que comenzara con ‘J’ai tué ma mère’, ahora forma un círculo y ha convertido a Dolan en un autor -y no solo un director- con una visión cinematográfica adquirida luego de ver millones y millones de películas, pues las reglas académicas son algo que no tienen cabida dentro de la visión artística del canadiense. Actualmente se encuentra en la preparación de dos nuevos filmes. Su primera producción en inglés, ‘The Death and Life of John F. Donovan’, en la que trabajará junto con Jessica Chastain y Kit Harrington. Además, está ‘Juste la fin du monde’, su otro trabajo en proceso de producción, en el que dirige a Marion Cotillard, Gaspard Ulliel, Vincent Cassel, Léa Seydoux y Nathalie Baye. Lo que sí es seguro, es que Dolan no tiene la intención de dejar de hacer películas, y, mucho menos, de desacelerar el paso.

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Reseña: “While We’re Young”, de Noah Baumbach

Por: Humberto González – @hypediario

Aún no llego a esa crisis de la edad adulta, y años faltan. Esa época cuando no sabes si lo que has hecho hasta la fecha ha tenido mayor importancia, y menos si será algo duradero, un legado. Para muchos, una vida adulta exitosa es eso que se come con muchos años de perseverancia y de buenas prácticas. Y aunque esa puede ser la situación en muchos casos, para Noah Baumbach, director de películas como ‘Frances o ‘Mistress America’, es más otra cosa.

Para comenzar a hablar de ‘While We’re Young’, hay que tomar en cuenta anteriores personajes de la filmografía de Baumbach, y ver cómo ha evolucionado el neurotismo y la, quizás, leve desgracia en ellos, como en Frances, personaje que Greta Gerwig lleva a la vida en ‘Frances Ha’, o el propio protagonista en ‘Greenberg’, retratado por Ben Stiller, quien nuevamente se deja conducir por el director neoyorquino, escritor de otras tantas buenas películas como ‘Life Aquatic’, en compañía de Wes Anderson, con quien ha colaborado en muchas ocasiones.

Baumbach nos cuenta la historia de Josh y Cornelia (Ben Stiller y Naomi Watts), una pareja de Nueva York en sus cuarenta-y-tantos: el primero, un cineasta que se dedica a realizar documentales, cuyo proyecto actual se ha prolongado durante unos 8 años, llevado por un escritor para nada interesante y carismático  (Peter Yarrow); la segunda, la productora de todos los filmes de Leslie Breitbart (Charles Grodin), su propio padre y uno de los documentalistas más importantes en la industria, que, a diferencia de Josh, ha sabido llevar una carrera mucho más productiva y satisfactoria como cineasta. Después de terminar una lectura en la universidad en donde enseña, Josh conoce a Jamie y Darby (Adam Driver y Amanda Seyfried), una pareja de neoyorquinos veinteañeros. Adam Driver da vida a un aspirante a cineasta, y lo hace con la contundencia ya esperada de él. Las dos parejas se hacen amigas, y su relación comienza a ir mucho más allá del simple intercambio intelectual.

Como aspirante cineasta, Jamie conversa con Josh sobre sus proyectos e ideas a futuro, en donde dos claras escuelas de realización convergen: esa, la actual, de hacerlo mientras pasa. Y la otra, la clásica, de planearlo, de desglosarlo, de discutirlo y tener una previa idea de lo que se quiere buscar. La historia nos deja saber que en un momento de su vida, Leslie había tomado a Josh como su pupilo, lo cual Josh trata de emular con Jamie como una forma de imitar al maestro y, quizás, tener algo que enseñar, y algo de donde aprender y sacar energía. Cuestión que poco a poco se empieza a notar más, cuando Josh adquiere su par de wingtips, su sombrero y sus experiencias con la mescalina.

Baumbach es un genial escritor de diálogos rápidos y situaciones realistas. Desde la cruda verdad de que, pase lo que pase y seas quien seas, siempre habrá alguien mejor que tú para hacer –también mejor que tú– tu trabajo. Ése es el caso de Jamie, el personaje más maquiavélico, con el objetivo más claro en todo el film: la fama, discutida con cierta profundidad. Josh, al contrario, es construido bajo el ejemplo perfecto de una genialidad mermada por su naturaleza indecisa y desconfiada de sí mismo

Nuevamente, Ben Stiller vuelve a lograrlo con un muy buen personaje en un muy buen film, como fue ya en el caso de ‘Greenberg’, o como lo hizo en su propia película y bajo su propia dirección, ‘The Secret Life of Walter Mitty’. Acá, Stiller saca su lado más neurótico, que en momentos hace recordar a Larry Lipton (‘Manhattan Murder Mistery’) o a Alvy Singer (‘Annie Hall’), dos clásicos ejemplos de ya clásicos de Woody Allen, de quien Baumbach también toma muchísimo prestado, como ese tipo de diálogo que en muchas veces, y por su rapidez y contexto, es lo más gracioso en las escenas, pero que también refleja una triste realidad.

La música de James Murphy, el genio de aquella genialidad llamada ‘LCD Soundsystem’, acompaña a los personajes por las calles de Nueva York. Baumbach, en definitiva, es muy bueno para construir historias basadas en personas de una clase más privilegiada en la ciudad que le dio vida a muchas de las películas del mismo Woody Allen, y es muy difícil dejar de lado la semejanza entre ambos directores, por lo menos del ya viejo autor, con este trabajo de Baumbach específicamente, quien en el último acto de la película da un vuelco hacia una ruta de mucho más suspenso e intriga, que solamente vuelve a retornar a su “normalidad” cómica al final, nuevamente asemejándose a Woody Allen y ese film que se llama ‘Crimes and Misdemeanors’.

Baumbach, Stiller y Driver son el alma de la película. Y los tres, en un gran momento profesional. El cine pide la recurrencia de éstos colaborando nuevamente, pues es la química y la naturalidad en sus roles lo que le da la chispa al film.

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Reseña: “It Follows”, nueva película de Robert Mitchell

Por Humberto González – @hypediario

Lo primero que se tiene al ver uno de los dos films de David Robert Mitchell es la sensación de estar viendo a un realizador que tiene claro su estilo y su técnica para contar historias. Su forma de dirigir es una sustancia palpable que no pasa desapercibida, y que, con facilidad, llega a ser reconocible. Desde los movimiento de cámara, el uso de la luz, la posición de los objetos y la rigurosidad en el estudio de sus personajes.

En el año 2011 lanzó ‘The Myth of the American Sleepover’, ese coming-of-age que sigue las vidas de varios jóvenes en la ciudad de Detroit en busca del amor, la exploración de su adolescencia y el cómo la vida es lo que es. Mitchell comprobó, a través de una simple fórmula, que contar historias llamativas no necesita de fuegos artificiales, impresionantes efectos visuales o grandilocuencia en el guión; y así, sin más, cuenta a través de esa sencilla premisa la historia de su primer largometraje que, hasta día de hoy, sigue recibiendo aplausos en forma de crítica.

Aquel drama ahora parece que toma una nueva forma: el terror. Mitchell usa la misma fórmula: un estudio de personajes en la ciudad del motor. Acá seguiremos la historia de Jay (Maika Monroe), una chica de Detroit que, después de una cita con Hugh (Jake Weary), termina teniendo sexo en su auto en lugares deshabitados de la ciudad. Un cliché de películas de terror clásicas, en el que no es difícil identificar los elementos que Mitchell toma prestados de las películas de John Carpenter o hasta del mismo Wes Craven. Posteriormente, Hugh explica a Jay que le ha pasado una especie de maldición, representada en forma de una persona, que puede tomar la apariencia de aquella que ama o de otras cosas que le aterrorizan, y que le seguirá, paso a paso, hasta matarla. Sólo hay una manera para deshacerse -y parcialmente- de esta maldición: tener sexo con otra persona. Durante el resto del film, Jay debe encontrar la manera de lidiar con todo esto, y lograr deshacerse de esta entidad.

De buenas a primeras, ‘It Follows’ funciona como una metáfora del sexo, o, si se quiere, del pasado, también. La primera -y por qué no, la segunda- representan algo que te sigue. Que te persigue, y que, hagas lo que hagas, no puedes dejar de tener presente. Es algo de lo que no te puedes deshacer. Es una forma muy interesante de representar el conflicto interno del adolescente, en este caso, y su condición y forma de ser ante lo que representa tener relaciones sexuales. O lo que representa ser un adolescente, sin más. Es una forma delicada de ponerlo, porque a pesar de que el sexo es lo que da de comer a esta especie de muerte andante, el acto en sí no forma parte de la película como un elemento provocativo.

El film abre con un magnífico paneo de 360 grados que no se queda estático, y que en ocasiones sigue a una chica que es perseguida por esta entidad, que en un principio desconocemos, aunque no falla en decirle al espectador que algo retorcido está pasando en ese momento. Con una atmósfera terroríficamente contemplativa, Mitchell logra formar lazos incorruptibles entre el estilo y el género. Sus movimientos de cámara son insistentes en el estudio de cada una de las situaciones, con dollys y travellings que generan una sensación de presencia sobrenatural y acechante en cada plano. Son, además, los usos de cámara en mano y el tracking los que hacen a Mitchell un erudito en la ejecución del lenguaje cinematográfico, desenfundando una narrativa más que apetecible durante todo el film.

Los sintetizadores de Rich Vreeland acompañan a los visuales como si se tratara de gemelos. La composición, tecla por tecla, funciona como una máquina del tiempo, que no solo nos lleva a los sonidos de títulos como ‘Videodrome’, de David Cronenberg, cuya música fue compuesta por Howard Shore, sino que también opera hasta años más cercanos, afincándose en estilos parecidos a Mica Levi en la música de ‘Under the Skin’, de Jonathan Glazer. Estos dos hacen un trío efectivo junto con la fotografía de Mike Gioulakis, que desentona en comparación con otras películas del cine de horror y se parece mucho más a un experimento propio, con carisma envidiable.

David Robert Mitchell ya se encuentra en el ojo de los grandes estudios, aunque nosotros preferimos que se quede como está. Con el presupuesto necesario y un poco más para darle vida a sus originales guiones, eso sí, para que pueda seguir llevando a las pantallas pequeñas películas que son grandes. Muy grandes.

Desde luego, no es una casualidad que la película tenga un metascore de 83 en Metacritic y, en general, una aceptación y fascinación envidiables. ‘It Follows’ es, desde ya, una de las mejores películas de terror de la última década.

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Crítica de: ‘Ex Machina’, el debut de Alex Garland como director

Por Humberto González – @hypediario

La historia del cine ha visitado recurrentemente el género de ciencia ficción, en una extensísima variación estilística y temática, pero siempre dentro del mundo del género cinematográfico. Directores como Ridley Scott (‘Blade Runner’), Stanley Kubrick (‘2001: A Space Odyssey’) o Spike Jonze  (‘Her’) han retratado la inteligencia artificial desde sus respectivos imaginarios, con su propia estética visual, sus más íntimos deseos y entendimientos de la vida y el comportamiento humano, y cómo mientras el mundo avanza, la tecnología comienza a moldear a la sociedad que la crea, haciéndola más susceptible, más necesitada de ello, más mortificada.

Otro director que ha estudiado de forma activa la inteligencia artificial dentro de uno de sus films es Danny Boyle (‘Sunshine’), quien también ha abordado el comportamiento del ser, como una crítica activa al ordenamiento humano, a la reactivación de lo que es y ha sido una convención en la sociedad. ’28 Days Later’, esa película de zombies en Londres, cuya última secuencia muestra al grupo de militares que debería resguardar lo que ha sobrevivido de la catástrofe mundial y empezar construir una forma de sobrevivir desde los escombros y cenizas, no deja de lado la violencia primitiva. No es, ni de cerca, algo nuevo, que el hombre termine convirtiéndose en su peor pesadilla, peor que el zombie que acecha, que mata y esto ya es algo estudiado bajo el nombre de muchos autores en el cine y la literatura. Pero lo que mejor hace, sobre todas las cosas, es la forma en la que te lo cuenta.

Alex Garland, autor en estos dos guiones para Danny Boyle, en los que el estudio humano se convierte en subtexto fundamental, repite esta premisa ahora como director. Su film debut ‘Ex Machina’, un thriller de ciencia ficción inspirado, desde grandes rasgos hasta exclusivos detalles, en todas estas historias que hemos mencionado.  ‘Ex Machina’ protagonizada por Domhnall Gleeson, Alicia Vikander y Oscar Isaac, es un film astuto, terrorífico y ambicioso sobre el estudio de la inteligencia artificial como método para que de una vez por todas, dejar en claro que muchísimas veces el humano no es el peor terror que puede habitar en la tierra, y que el hombre es objetivo esencial de la impotencia y la desdicha al darse cuenta de que jugar a Dios sale bastante caro, a pesar de tener más dinero que él mismo.

Con la existencia de este prececente bibliográfico sobre la inteligencia artificial, ¿qué trae de nuevo ‘Ex Machina’ a la historia cinematográfica? Primero, partir de la premisa de que Garland no busca lucirse con grandísimos efectos especiales, pero de eso más adelante.

La película gira en torno a Caleb, un programador de Bluebook, una empresa ala Google. En un sorteo, Caleb gana la oportunidad de ir a visitar al CEO de la empresa y su jefe, Nathan, con quien comparte durante una semana, intercambiando ideas y aprendiendo de la mente maestra y genio detrás de Bluebook. Y aunque Nathan es el CEO de tan gigantesca empresa y dueño de lo que parece ser una isla de miles y miles de kilómetros cuadrados de áreas verdes, nieve, cataratas, ríos y un completo ecosistema para un solo hombre, Nathan, ese magnate, no es un Steve Jobs o un Bill Gates o un Mark Zuckerberg. Es más una especie de entusiasta del beber, del ejercicio y sí, de “romper la pista de baile”. Caleb descubre esto, y se desconcierta un poco, aunque no tanto como la siguiente revelación sobre Nathan: éste trabaja en un proyecto de inteligencia artificial con Ava, una robot. ¿La tarea de Caleb? Servir como administrador del test de Turing para saber si Ava es el trabajo perfecto de inteligencia artificial.

A pesar de ser una película de ciencia ficción, Garland toma la elección de rodar en una sola locación, mayormente, siendo esta la casa del propio Nathan. Pero de lo que sí alardea es de su estética, pues el trabajo de Katrina Mackay en la dirección de arte es fantástico. No es la primera vez que Mackay trabaja con Garland en un film, ya que esto había sucedido en ’28 Days Later’. Ello, de la mano con la fotografía Rob Hardy, crea un mundo de total isolación, pero que funciona a la perfección con el tiempo y el contexto que se percibe en el film, tomando como referencias a Hoyte Van Hoytema y Austin Gorg en ‘Her’ de Spike Jonze

La construcción narrativa del film está llena de agendas propias de todos los personajes, aunque es Caleb quien, a pesar de terminar en una situación catastrófica, apenas llega a percibir una real necesidad al final del film. Nathan sirve como el antagonista  a los deseos de Caleb quien, poco a poco, descubre su intención de ayudar a Ava para salir de la prisión en la que se encuentra gracias a su creador, Nathan, quien hace el papel de Dios, dueño de una tierra envidiable, natural, extensa y pacífica, aparte de tecnología, de la vida humana. Son las motivaciones de Ava las que al final del día, no se diferencian en nada a las verdaderas motivaciones y deseos de alguien común como Caleb. Garland no se guarda cartas bajo la manga para desarrollar una sensación de extrañeza ante el personaje de Ava, pues es ella quien tiene a pesar de moverse robóticamente, de funcionar como una máquina, y de estar hecha con cables y circuitos, termina teniendo el deseo más básico del ser humano: ser libre. Sin embargo, los medios para conseguirlo son aún más humanos: la violencia, la persuasión y el engaño, terminan siendo sus herramientas más conviencentes, que coronan la seducción de Ava para llevarse el corazón de Caleb y hacerlo suyo, volviéndolo su marioneta para sus propios beneficios. Nathan es quien a pesar de todo, termina entendiendo que su obra no solo es un robot y objeto de prueba, es la creación perfecta.

La clave, después de todo no es tan difícil: ¿qué tanto estamos dispuestos a sacrificar los humanos para conseguir lo que queremos? Una y otra vez vemos como Caleb cae en la trampa de Ava, que sin embargo, solo lo vemos bajo el subtexto que Garland escribe en su guion, y no es solo hasta el clímax de la película en la que esto explota completamente. Pero está allí, inherente. Caleb sacrifica su estadía, pudiendo ser una poderosa parte en el descubrimiento y creación de Nathan: la inteligencia artificial perfecta,  a ser la contraparte de Ava: la inocencia absoluta.

El guion siempre se mantiene fuerte, siendo un sci-fi amasado a la par con su gran porción de thriller. Y no sabemos de entrada que Nathan es, por encima de su alcoholismo, su personalidad y sobre todo, lo morboso de ser el creador de marionetas para su placer, la sensatez dentro de un film que te lleva, tranquilamente y por el camino más habitado, a una historia sobre la naturaleza humana. Alex Garland pone la fresa al pastel, su dirección, su pericia al esconder las motivaciones de los personajes, y su cautela a la hora de explotar plenamente el conflicto, lo que trae al espectador el sentir que ‘Ex Machina’ es una gran película de ciencia ficción, esa que tenemos años sin ver.

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Reseña: ‘Mad Max: Fury Road’

Por: Humberto González – @hypediario

Una buena forma de saber cómo evoluciona el cine, pero sobre todo cómo evolucionan las posibilidades dentro de éste, es ver ‘Mad Max: Fury Road’. Hay que recordar que George Miller realizó la primera entrega de esta franquicia en el año 1979, con un presupuesto de $400.000 dólares australianos, suma que no se acerca absolutamente nada al de producciones que hoy en día vemos en la gran pantalla. Eso no frenó a Miller de realizar una de las más famosas películas de culto de todos los tiempos, con Mel Gibson en el papel de Max Rockatansky.

George Miller realizó dos películas más bajo la marca ‘Mad Max’, y no fue sino hasta 2015, treinta años después de ‘Beyond Thunderdome’, cuando realizó el sueño de poner en las pantallas del cine ‘Fury Road’, última entrega que significa un renacer de las historias de Max. Esta vez es Tom Hardy quien interpreta al personaje, y no, no cae pesado y no es un error. Porque no significa ni una precuela o secuela. ‘Mad Max: Fury Road’ representa un renacer, además, del cine de acción. El cine de acción más escandalosamente increíble de los últimos años, y me atrevería a decir, de las últimas décadas. Nunca una persecución automovilística fue más entretenida que la de George Miller, jamás.

No hay minuto de descanso, eso sí. “¿Y puede aguantarse una peli de 2 horas este ritmo?” preguntaría cualquiera. Pues al parecer sí. No sabemos si es solo Miller el que lo ha podido hacer, pero sí, un rotundo e inmensurable si.

Max, a quien vemos en el primer plano del film, introspectivo, poco tarda en volverse el personaje absurdamente atormentado que es. En una breve persecución, preaviso de lo que veremos durante los minutos que restan del film, Max es capturado por los War Boys, el ejército del tiránico Inmortan Joe, y una vez en su base, un lugar desolado en donde se raciona el agua a lo más pobres, en donde cuenta con sus cadavéricos, blancos y anémicos soldados, en donde se venera una especie de creencia pseudo-vikinga (pendientes con el “be my witness”), y en donde la leche es producto de contrabando extraída de esclavas; éste es usado como bolsa de sangre para uno de los jóvenes War Boys, Nux. Entre tanto, la Emperadora Furiosa, quien es la mano derecha de Inmortan Joe, maneja su máquina de guerra fuera de lo que es su hogar, y no mucho sucede hasta que es descubierto que las esposas de Inmortan Joe van en el mismo camión que maneja Furiosa. La ira nubla al tirano, quien agrupa su ejército y se adentra en la persecución en busca de sus esposas. Nux, el joven, se une al ejército, llevando consigo a Max como su bolsa de sangre.

La historia avanza virtuosamente rápido desde ese punto. Y no es apuro lo que tiene Miller de hacer correr al film, es más un instinto primario, algo innato que resulta en un viaje sin retorno. Fácilmente, ‘Fury Road’ entra violentamente dentro de esas películas que el espectador pregunta sin cese “¡¿cómo coño grabaron eso?!”. No hay un plano que no requiera de ello.

El trío principal que son Tom Hardy, Nicholas Hoult y Charlize Theron como Max, Nux y Furiosa, es de cuidado, y a pesar de no ser una película con extravagantes líneas de diálogo y de personajes que exteriorizados son sumamente complejos, la dirección de George Miller se traduce en un trabajo introspectivo con cada actor, dándoles un background importante con el cual se trabajó mucho, por lo que el espectador percibe. Y es, con ello, esas miradas de Theron, esos gruñidos previos a cada línea de Hardy, o esa locura desenfrenada de Hoult lo que le da vida a cada personaje.

La música de Tom Holkenborg no tiene desperdicio y por cada arranque de automóviles, por cada explosión, hay compases de música que se traducen en exquisitez cinematográfica del más alto calibre. Recordamos que es un fiel colaborador de Hans Zimmer, con quien trabajó en películas como ‘The Dark Knight Rises’, ‘Man of Steel’ y próximamente en ‘Batman v Superman: Dawn of Justice’. Esos grandísimos bajos, que ya conocemos de Zimmer, Holkenborg los usa, pues son también suyos, y que complementan las secuencias de acción como si fueran pareja. No hay otra cosa que se pueda pedir. Hay secuencias que son imperantes, en donde la fotografía y el departamento de VFX se habrá tomado vacaciones después de trabajarla, como esa en donde pasan a través de la tormenta de arena. Desde ya, y no es nada arriesgado ni apresurado, ‘Mad Max: Fury Road’ es digna favorita en la categoría de Efectos Visuales en temporada de premios. Sus aspectos técnicos son, de lejos, lo mejor de lo que va de este año.

La película se estrenó fuera de competencia en el Festival de Cannes, y la gente empezó a preguntarse por qué no competía en la sección oficial. Claramente, un film como este no debería necesitar la ayuda de tener que consagrarse con un premio de este tipo para llegar a los mercados populares. Un día después de su exhibición, en donde dejó a más de uno sin aire y con la saliva sobre los suelos, fue estrenada a nivel mundial. Desde allí, ha sido el mejor regalo cinematográfico de este 2015. George Miller volverá a ponerse detrás de la cámara para rodar lo que será la secuela de esta nueva ‘Mad Max’.

Por lo que ahora respecta, ni todo el Hulk, ni todo el Ultron del mundo, es  digno del martillo que ha sido ‘Fury Road’.

KM 72

Reseña: Kilómetro 72

Por Humberto González – @hypediario

No sería muy descabellado decir que la ópera prima de Samuel Henríquez se pasa por 72 kilómetros de géneros cinematográficos, de guiños autorales, de movimientos históricos en el cine y de buenísimos minutos de cine nacional. Es, más que nada,  una recreación al amor cinéfago, porque si bien es cierto que llama la atención la aproximación, sin nada de titubeos ni descuidos, a un cine de género poco manoseado por el cineasta local, lo que mejor hace ‘KM 72’ es decir cuánto ama al cine de autor, más que otra cosa. Henríquez, director de la película, se niega a contarnos otra cosa que no sea su amor por el film noir, y vaya que tiene razón. Pero cuando pasas del film noir a la absoluta comedia incómoda con la facilidad de un monstruo, pues vaya que vale más que la pena el contemplarlo. Read More…