Edgar Ramírez interpreta a Roberto Durán en “Hands of Stone”

Bajo el guión y la dirección del venezolano Jonathan Jakubowicz (Secuestro Express), Edgar Ramírez se metió en la piel del boxeador panameño Roberto Durán. Hands of Stone, película protagonizada por Ramírez y Robert de Niro, en el papel del entrenador de “Manos de Piedra” Durán, se desarrolla entre la pelea y posterior revancha del panameño contra el también legendario Sugar Ray Leonard, interpretado por el músico Usher, en 1980.

El elenco de Hands of Stone lo completan Rubén Blades, Ana de Armas, Ellen Barkin y John Turturro. Su estreno en Estados Unidos está previsto para el 26 de agosto de 2016 y aquí pueden ver el primer adelanto del largometraje.

‘James White’: El viaje del héroe

Josh Mond viene de esa escuela de realizadores estadounidenses en la que se incluyen Antonio Campos, Sean Durkin o Nicolas Pesce, que se caracteriza por contar historias que en la superficie se sienten simples y terrenales, pero a la hora del análisis, no lo son tanto. Su ópera prima es protagonizada por Christopher Abbott –“Charlie” para quienes vieron las dos primeras temporadas de ‘Girls’–, quien se mete en la piel de James White, un aspirante a escritor que busca la manera de luchar contra sus demonios internos.

De primera mano se nos presenta a James en una larga secuencia en una discoteca, en donde las luces de neón, la ensordecedora música y los primeros planos desvelan la intención del director. Mond no tarda muchos minutos para poner en perspectiva el conflicto que atormenta a James: su vida. Fácil y sencillamente. Es algo tan general como específico, pues no sólo es la muerte de su padre lo primero que conocemos sobre el protagonista, sino que su madre, interpretada por una muy correcta Cynthia Nixon, sufre de un cáncer en etapa cuatro. Además de la certeza de que la muerte de ella llegará pronto, aún sufriendo la muerte de un padre ausente, James lucha consigo mismo. Con la posibilidad de conseguir un trabajo, con su aparente alcoholismo, drogadicción y adicción a las fiestas, James emprende un viaje de héroe en el que se apoya firmemente en personajes secundarios como su viejo amigo Nick (Scott Mescudi) y su pareja Jayne (Mackenzie Leigh).

El ojo de Mond es específico, con una sola orden: mira quién es James White, lo que hace, lo que quiere, lo que sufre. Muy pocas veces salimos de las composiciones que evidencian su trasnochado rostro, su barba de tres días y su andar por las calles. Christopher Abbott se pone sus mejores botas, y brilla a lo largo de la película, no solo mostrando el lado más sombrío del personaje. Cada uno de sus beats son tan creíbles como naturales, y esta es una de las mejores sensaciones que deja el film. A pesar de un muy buen estudio de personajes, el guión no presenta ideas demasiado nuevas o perspectivas transgresoras, sino que opta por adjuntarse a ese grupo de directores ya mencionados para contar un muy buen relato con personajes potentes. A pesar de desalentador, hasta el punto de acercarse al más grotesco espíritu de Michael Haneke, el relato concluye de forma tan esperanzadora como inconclusa. Detalle que junto a la propuesta estética, siempre desde la perspectiva y consciencia de James, reflejan la idea que mueve el film.

Lo que verdaderamente ha logrado Mond es poner a Christopher Abbott en la mira. Su magnífica interpretación es, de lejos, lo mejor de un film que plantea muchísimo, pero resuelve poco, cuestión entendible bajo la premisa perceptible del guión. Lo que sí es una certeza es que tanto Mond como Abbott demuestran que, bajo el mando del film en los dos costados de la producción, tienen el carácter y potencial más que necesario para continuar proponiendo interesantes historias.

Lo que no sabías de ‘The Shining’ de Stanley Kubrick

Para muchas personas de nuestra generación la década de los 80 es sinónimo de nuevas expresiones artísticas o el resurgir de otras. El cine no fue la excepción pues durante esos años se realizaron una serie de largometrajes que hoy por hoy son considerados como películas de culto, siendo fuente de inspiración para las nuevas generaciones de realizadores cinematográficos.

Stanley Kubrick (1928-1999), mente maestra detrás de The Shining, es uno de los directores de cine más reconocidos de la historia, famoso por las tramas de sus películas en las que la psiquis de la mente humana sirve de trasfondo de casi todas sus películas, al punto de llegar a incomodar al espectador. Kubirck también destaca por los planos perfectos que logró durante toda su filmografía, entre ella: Barry Lyndon (1975), A Clockwork Orange (1971) y The Shinning (1980). En estas tres películas contó con la colaboración de John Alcott, famoso director de fotografía y elemento clave para sus películas.

The Shining fue una obra escrita originalmente por Stephen King en 1977 y llevada a la gran pantalla en 1980. Sin embargo, no fue realizada como se esperó pues el director decidió cambiar varios elementos, agregar escenas o modificar considerablemente los pasajes del libro. A pesar de esas modificaciones fue un éxito para la época y sin duda alguna, es considerada como un clásico del subgénero de terror psicológico.

La locación escogida por Kubrick fue perfecta para llevar a cabo de terror que no es especialmente sanguinaria ni oscura, todo lo contrario. El famoso “hotel embrujado”  Overlook está hipotéticamente ubicado en las Montañas Rocosas de Colorado, Estados Unidos, un lugar perfecto en donde sus espacios amplios e iluminados envuelven al espectador en cada escena. En realidad, este hotel se llama “Timberline Lodge”, se encuentra en Oregón, Estados Unidos y recibió a Stephen King como huésped, dándole inspiración para su novela y posteriormente haría lo mismo con Stanley Kubrick durante la filmación de la película en sus instalaciones.

Los planos utilizados por John Alcott fueron sin duda alguna una de las características más importantes de esta magnifica obra de arte cinematográfica. Ejemplos de estos planos se pueden apreciar en cada escena en la que Jack Torrence (Jack Nicholson) se pasea en su triciclo por los laberínticos pasillos del hotel. Gracias a esas tomas, la angustiosa atmósfera de la película traspasa la pantalla y llega a los espectadores.

Otro elemento fundamental de la realización de The Shining fue la utilización del Steadicam para los movimientos de cámara, siendo la cuarta en la historia de disponer de este dispositivo y no de uno con más trayectoria como el Dolly. Esta escena en particular fue grabada por Garret Brown, inventor del Steadicam, quien quiso poner a prueba su invento ante la ambiciosa escena que proponía Kubrick. Es él quien graba a Danny casi al ras del suelo del hotel rodando en su triciclo e hizo posibles todos los giros que incluía el camino.

También es importante mencionar que gracias a este método de grabación se puede afirmar que la decoración utilizada en el hotel influye en la trama y se aprecia aún más gracias al steadicam. Este es el caso del estampado que tienen las alfombras de los pasillos del hotel y las habitaciones, todas con colores y estampados geométricos distintos.

Las paletas de colores utilizadas en las escenas, decoración y utilería en general de The Shining son hilos conductores de la película, aplicando la psicología del color vemos cómo el rojo en sus distintas tonalidades se ve en las locaciones y escenas más violentas, las cuales están asociadas a la locura de Jack. Poco a poco el color se vuelve más recurrente e incluso, más intenso, lo vemos en la escena del baño en la que Jack Torrence habla con Delbert Grady (Philip Stone); en el ascensor y, asimismo, las recurrentes visiones de Danny Torrence (Danny Lloyd) con un mar de sangre y detalles mínimos como la utilización del labial rojo que usó Danny en medio de su trance, la palabra “murder” (redrum), “asesinato” en español, aunque en la traducción aparece como “crimen” (nemirc).

La iluminación siempre será otro elemento primordial en las realizaciones cinematográficas. Lo curioso de esta película es que a diferencia de otros filmes del género no se caracteriza por esa escencia gótica u oscura que predomina en la mayoría de las películas de terror. En otras palabras, el terror de The Shining se fundamenta en la luz y no en la oscuridad.

Otro dato curioso de ella es que  fue grabada durante 14 meses pues el director, Stanley Kubrick, quería grabar las escenas en cada estación correspondiente. Algunas en primavera, la mayoría en invierno. De hecho, se puede pensar que todas las escenas fueron grabadas en la misma locación pero no fue así. El emblemático laberinto no existió en realidad, las escenas fueron grabadas en dos estudios de cine en Inglaterra y, para la escena final de la percusión nocturna  en  el laberinto que estaba completamente cubierto de nieve, se utilizaron bastantes reflectores para iluminar el sitio y para lograr la nieve se usó poliestireno expandido, mejor conocido como nieve artificial usado en los copos de nieve, también se utilizó sal para recrear las montañas de nieve. Para la fachada del hotel Overlook se recreó en el mismo estudio la fachada del Timberland Lodge.

Después de todo este pequeño análisis acerca de The Shining, aún quedan un centenar de detalles interesantes acerca de la película. Por ejemplo, una de las escenas más famosas del filme, en la que Jack Torrence luego de romper la puerta con el hacha dice “Here’s Johnny”, fue una línea improvisada por Nicholson y es considerada como una de las frases más famosas del cine.

Si tu interés por The Shining aumenta con este texto, te invitamos a ver dos de los documentales dedicados a la película, el primero fue grabado por la hija de Stanley Kubrick, Vivian, en él se muestra el detrás de escenas de todo el film y fue grabado para la BBC.

El segundo, es un documental se titula “Room 237”, fue dirigido por Rodney Ascher y trata sobre las teorias conspirativas de The Shining. Este último fue estrenado en el festival Sundance en el año 2012 y está disponible online.

DICAPRIOWEB

Leonardo Dicaprio, el joven que supo elegir

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cuenta la leyenda que el primer estímulo ante el que reaccionó en esta tierra fue un cuadro de Da Vinci, y que por eso la madre lo llamó Leonardo: porque fue contemplando una obra del genio renacentista cuando la criatura se manifestó con una patada. No se decantó por las bellas artes clásicas –aunque ahora en la adultez le ha dado por coleccionar cuadros–, sino por la más moderna, el cine.

Esa fue una de las pocas cosas en las que siguieron concordando sus padres tras un divorcio de camerino sucedido apenas un año después de su nacimiento: alentarlo a entrar en el mundo de la actuación. La madre lo llevó a Romper Rooms, un clásico de la televisión infantil educativa (41 años al aire) en el que no duró mucho por su carácter inquieto –“nadie me podía controlar. Corría de arriba abajo, y golpeaba a las cámaras”–; y el padre lo introdujo en el grupo de teatro vanguardista ‘The Mud People’.

Así las cosas, no era de extrañar que ya a los 12 años tuviera lo que ninguno de sus compañeros de clase: un agente y siete años de experiencia ante las cámaras, con comerciales, cortometrajes educativos, algunas participaciones especiales en series de televisión y hasta en telenovelas. Adolescente al fin, más que la actuación lo que le gustaba era la exposición. De hecho, con un maquiavelismo pragmático, en aquella primera etapa declaraba con desparpajo que sólo una cosa buscaba con su trabajo: que las niñas lo vieran.

Todo cambiaría con Vida de este chico (1993), su segundo film. No es exactamente un punto de inflexión en su carrera –eso vendría después con Titanic–, pero sí de su persona, una especie de epifanía en la que confirma que tiene madera de actor –Robert De Niro lo escoge entre 400 candidatos– y en la que sus prioridades se invierten: ya no la fama, sino los buenos papeles; ya no estrella, sino actor. Cosa que se confirma cuando decide interpretar a un joven con discapacidad mental en ‘¿A quién ama Gilbert Grape?’ (1993), en lugar del galán adolescente de cualquiera de las grandes franquicias de Disney. El papel es exigente, Dicaprio se esfuerza –“Trabajó muy duro en aquella película y pasó mucho tiempo investigando. Era muy organizado”, recordaba Johnny Deep, con quien compartió crédito– y al final obtiene su fruto: una nominación al Oscar y al Globo de Oro como Mejor Actor de Reparto.

Por eso, cuando recientemente algún impertinente entrevistador le hizo echar la vista atrás y buscar algo de lo que enorgullecerse, Dicaprio, ya cuarentón, no tuvo un atisbo de duda: “De las elecciones de aquel mocoso de 16 años que fue fiel a sus ideales”. Ese fue su kairos griego: el momento oportuno en el que se toma una decisión correcta que trasciende para toda una vida. De hecho, son esas dos películas, esas dos elecciones que en el fondo no son sino una apuesta por la actuación sobre el estrellato, las que explican muchas cosas. Es a partir de ellas que se entienden sus siguientes personajes –Jim Carrol (basquetbolista drogadicto), Arthur Rimbaud (poeta homosexual), Marvin (un joven pirómano en tratamiento psiquiátrico)–; así como lo reticente que se mostró para aceptar el papel de Jack Dawson en Titanic (1997), y lo desequilibrado que quedó: la que hasta 2010 fue la película más taquillera de la historia –$1.843 millones recaudados– lo lanzó al estrellato, lo consagró como ídolo de una generación, galán juvenil indiscutible, pero a su vez opacó ese talento por el que quería ser reconocido, y lo llevó a plantearse el abandonar la actuación y rechazar siempre cualquier protagónico romántico.

¿Fue un chiste, fue la vida o una mueca del destino? Su sueño de niño se cumplía: no sólo las niñas, también las jóvenes y todas las mujeres se rendían ante él; lo que en algún momento había querido lo conseguía, pero de aquel que actuaba para ser visto quedaba poco: “Odiaba que se me considerara un chico guapo, como si eso fuera lo único que se esperaba de mí”. Y con odio respondía: “Tengo pocas emociones, nunca me he enamorado y no creo en el matrimonio”. Si lo querían amoroso, él sería frío y descorazonado. Si lo querían caballero y centrado, él sería casanova –dos novias modelo tuvo ese año–. Si lo querían muy correcto, fumaría cajetillas enteras sin reparo. Si lo querían taquillero, él se irá por lo alternativo –Celebrity (1998)– y malo –El hombre de la máscara de hierro (1998), La Playa (2000)–.

Era un veinteañero insatisfecho y descontento, que halló en el ecologismo una forma de drenar. No es casualidad que allí comience su militancia verde, causa a la que le ha dado desde su cuenta de Instagram, hasta parte de su discurso del Oscar, pasando por su propia higiene –se baña dos veces por semana para ahorrar agua y no usa desodorante, según The Enquirer– y los miles de dólares que anualmente invierte en proyectos, cenas benéficas, donaciones a fundaciones y demás. Una búsqueda de redención, según algunos –cuando grabó La Playa lo acusaron a él y a todo el equipo de causar destrozos irreparables en la isla tailandesa de Phi Phi–; una impostura, según otros –su vida de lujo, usando jets privados altamente contaminantes, no se corresponde con la causa–; y un motivo de vivir, un sentido de la vida, para él.

Quien lo devuelve al redil y lo salva del naufragio es Martin Scorsese, cuando le ofrece la rareza de papel que tanto necesitaba: uno en el que la única manera de triunfar era gracias a su talento y a pesar de su físico. Y es que “el rostro de ángel travieso” de poco servía para interpretar a Amsterdan, un cruel y sanguinario gánster de la Nueva York de mitad del siglo XIX, por lo que tendría que demostrar de qué estaba hecho. Es allí, con Gangs of New York (2002), cuando propiamente se puede comenzar a hablar de una resurrección de Dicaprio. Un episodio proverbial –más teniendo en cuenta que ese mismo año había sido considerado para Spiderman o Star Wars– que marca el inicio de una muy buena década en su vida: la tercera, la de la consolidación.

Los 30 le llegan justo con otra película de Scorsese: El Aviador (2004), la segunda de cinco memorables cintas –Infiltrados (2006), La Isla siniestra (2010), El Lobo de Wall Street (2013)–, en las que trabajarán juntos con una admiración rendida de lado –“toda la vida me he preguntado cómo puedo hacer para ser como Martin”– y lado –“no hay palabras para describir la profundidad psicológica a la que Leonardo va cuando actúa”–. Diamantes de sangre (2007) e Inception (2010) son también otros dos hitos en su carrera, al que hay que añadirle Sólo un sueño (2008), en el que vuelve a protagonizar con Kate Winslet, luego de Titanic y de la promesa hecha por ambos de no volver más nunca a hacer películas románticas. Allí, entre el ocaso de la juventud y el comienzo de la adultez, Dicaprio se consolida como uno de los grandes del cine.

Su vida personal, mientras tanto, camina en paralelo con la estabilidad profesional: una relación de cinco años con Gisele Bündchen (2000-2005) y otra de seis años con Bar Refaeli (2005-2011). Y así como poco a poco comienza a quedar definida la clase de papel que le gusta –“personajes de peso”–, lo mismo pasa con el tipo de mujer: rubia, de curvas exuberantes y de profesión modelo. “Como su madre de joven”, a decir de quienes la conocieron. El equilibrio del que goza se nota hasta en sus nuevas opiniones sobre el amor –”Todos vamos detrás del amor, ¿no? El amor es de lo que realmente todos estamos hambrientos”–, el matrimonio –“ahora creo absolutamente en él y quiero casarme”– y en el hecho de que comienza a ver la paternidad como una opción –“cuando veo a los niños de mi familia, la idea de tener hijos no me parece demasiado lejana”–.

Imposible dejar por fuera las tres veces que en esos años se encuentra de frente con la muerte, esa que tanto conoce por los finales de sus personajes: buceando en Suráfrica un tiburón blanco se mete en su jaula –“estuvo a un brazo de distancia de mi cabeza”–; volando a Rusia estalla uno de los motores del avión en el que iba –“el ala entera explotó en una bola de fuego. Fue una locura”–; y un paracaídas se le enreda y no le abre luego de un salto –“pensé que caía en picada a la muerte”–. “Mis amigos me han nombrado la persona con la que menos desean hacer aventuras extremas”, bromea.

La cosecha de esos años y experiencias se aprecia claramente en las varias declaraciones que se recogen de esa época. Es un Dicaprio maduro, serio y hasta reflexivo. Parece darle la razón a Time, que lo había elegido como el twittero más inteligente de USA. Atrás queda el veinteañero invulnerable, atrás las imposturas, y las provocaciones. Ahora es capaz de reconocer las cosas que lo atormentan –“La soledad es mi demonio personal. Hay momentos en los que me doy cuenta de lo solo que estoy y lo lejos que me encuentro de llevar una vida normal”–; de decir que en su profesión no todo lo que brilla es oro –“Estás aislado de amigos, familia y de tu novia. Eso es brutal. El mundo sigue girando mientras tú estás atascado en el juego. Es como una extraña forma de amnesia cotidiana”–; que hay cosas más importantes que el trabajo –”Justamente he estado pensando en qué pequeño es el trozo de mi existencia que ha sido vivido de forma normal y qué importante es que la vida signifique más que el trabajo”–; y que la vida es, debe ser, algo más –”Necesito tiempo para reflexionar y saber que hay otras cosas en la vida igualmente interesantes y merecedoras de mi atención”–.

Django Unchained (2012), El Gran Gatsby (2013) y El lobo de Wall Street (2013) son las últimas películas que hace antes de montarse en los cuarenta. “De una forma extraña las tres están relacionadas con el sueño americano, con el dinero, el éxito, la ambición por encima de cualquier sentimiento de humanidad o de cualquier ley”. De una forma extraña, la primera y la última no dejan de ser un retrato en negativo, una definición por oposición, del Dicaprio cuarentón: exitoso, sí; adinerado, también; pero con conciencia. De alguna forma extraña, Gatsby, la del medio, no deja de perfilarlo a él: “un soñador que trabaja incansablemente para convertirse en ese gran hombre que quiso ser desde niño”. ¿Ha logrado Leonardo ser ese hombre? “Ahora estoy por fin en ese momento en el que me doy cuenta del gran viaje que ha sido mi vida, que he sido capaz de hacer realidad mis sueños de juventud”. Un viaje que no estuvo exento de dificultades –”Hollywood está lleno de tentaciones y posibilidades de llevarte por el camino equivocado a un mundo del que siempre he intentado estar apartado”–, pero en el que logró vencer. “Como dice mi madre, me tocó la lotería. No fue un accidente, porque siempre quise ser actor, pero tuve la suerte de hacer Vida de este chico y ¿A quién ama Gilbert Grape?”“.

Por eso, el domingo pasado, bajo la piel del intérprete cuarentón y consagrado, quien verdaderamente recogía el Oscar no era otro sino “aquel mocoso de 16 años que fue fiel a sus ideales” y escogió ser actor antes que estrella. Aplausos de pie para él.

“Spotlight” se llevó el Oscar a Mejor Película

“Los periodistas estamos acostumbrados a hacer preguntas complicadas, pero aquello fue demasiado”, dijo Sasha Pfeiffer, periodista de “Spotlight”, la unidad de investigación del diario ‘The Boston Globe’ que destapó en 2002 casos de pederastia dentro de la arquidiócesis de Boston, historia que inspiró el largometraje del mismo nombre que anoche fue reconocido como “Mejor Película” en la edición número 88 de los Premios Oscar. Como señaló El País, “Spotlight” es “una reproducción sin adornos de la investigación”, merecedora del Premio Pulitzer en 2003. Una historia que recuerda la importancia del periodismo de investigación, ese que requiere tiempo, dedicación, paciencia, curiosidad y recursos, pero al que tan poco se le apuesta ahora cuando los clics superan en muchos casos la rigurosidad del periodismo. La película dirigida por Tom McCarthy también se llevó el reconocimiento a “Mejor Guion Original”. La ganadora en las categorías técnicas fue “Mad Max: Fury Road”, con 6 galardones, entre ellos “Mejor Edición” y “Mejor Diseño de Producción”. Este año los ojos de millones de televidentes estaban en el premio a “Mejor Actor”, reconocimiento que finalmente –después de seis nominaciones– fue entregado a Leonardo Di Caprio por su interpretación de Hugh Glass en “The Revenant”.

Aquí puedes conocer todos los ganadores:

Mejor película: “Spotlight” (Ganadora)

Mejor actor: Leonardo DiCaprio, “The Revenant”

Mejor actriz: Brie Larson, “Room”

Mejor actor de reparto: Mark Rylance, “Bridge of Spies”

Mejor actriz de reparto: Alicia Vikander, “The Danish Girl”

Mejor dirección: “The Revenant”, Alejandro G. Iñárritu

Mejor guión original: “Spotlight”, Josh Singer y Tom McCarthy

Mejor guión adaptado: “The Big Short”, Charles Randolph y Adam McKay

Mejor diseño de vestuario: “Mad Max: Fury Road”, Jenny Beavan

Mejor diseño de producción: “Mad Max: Fury Road”, Colin Gibson y Lisa Thompson

Mejor maquillaje y peluquería: “Mad Max: Fury Road”, Lesley Vanderwalt, Elka Wardega y Damian Martin

Mejor fotografía: “The Revenant”, Emmanuel Lubezki

Mejor edición: “Mad Max: Fury Road”, Margaret Sixel

Mejor edición de sonido: “Mad Max: Fury Road”, Mark Mangini y David White

Mejor mezcla de sonido: “Mad Max: Fury Road”, Chris Jenkins, Gregg Rudloff y Ben Osmo

Mejores efectos visuales: “Ex Machina”, Andrew Whitehurst, Paul Norris, Mark Ardington y Sara Bennett

Mejor corto animado: “Bear Story”, Gabriel Osorio y Pato Escala

Mejor película animada: “Inside Out”, Pete Docter y Jonas Rivera

Mejor corto documental: “A Girl in the River: The Price of Forgiveness”, Sharmeen Obaid-Chinoy

Mejor película documental: “Amy”, Asif Kapadia y James Gay-Rees

Mejor corto de ficción: “Stutterer”, Benjamin Cleary y Serena Armitage

Mejor película extranjera: “Son of Saul”, Hungría

Mejor canción original: “Writing’s on the Wall” (“Spectre”), Jimmy Napes y Sam Smith

Mejor banda sonora original: “The Hateful Eight”, Ennio Morricone

‘El Club’: La calma no llega

El cine social y sobre todo el latinoamericano dieron un salto imponente en el año 2015. Una apuesta recurrente fue abordar una realidad que no debería continuar siendo un tabú: el abuso de menores por sacerdotes de la Iglesia Católica.

‘Líbranos del mal’ fue un magnífico documental del 2006 dirigido por Amy J. Berg, cuyo documento se basa en seguir la vida Oliver O’Grady, un sacerdote que admitió haber violado a una veintena de niños en California. El film tuvo una magnífica recepción, creando y abriendo una conversación polémica  sobre la Iglesia Católica. Este año ‘Spotlight’, de Tom McCarthy, se ha ganado una unanimidad crítica sin discusión: el film retrata de forma casi documental el trabajo que el diario The Boston Globe realizó para revelar con detalle los nombres de más de 80 curas que habían abusado de niños en parroquias y comunidades de Boston. El film cuenta con todos los requisitos: actuaciones importantes, un guion detallado y muy bien construido que revela con pericia cada uno de los acontecimientos importantes por los cuales pasó la investigación, y una dirección que puede dejar a la gran mayoría indiferente, por la ausencia de una fotografía virtuosa o de actuaciones escandalosas.

Sin embargo, quien pone en cuestionamiento y en verdadero apuro a la Iglesia es el último film de Pablo Larraín. ‘El Club’ es una magnífica proeza audiovisual que debe ser tomada en cuenta como uno de los filmes más oscuros y transgresores sobre las atrocidades cometidas por el ser humano.

A la orilla del mar, en una bonita casita en un pueblo de Chile, cuatro sacerdotes y una mujer viven en total reclusión, en búsqueda y autocontemplación. Al menos, eso es lo que la Hermana Mónica insiste en hacernos saber. Cada uno de los padres ha sido enviado hacia donde termina la tierra firme debido a sus sombríos pasados. Con la llegada del Padre Lazcano (José Soza) al “club”, como por pura casualidad, un hombre que se hace llamar Sandokan (Roberto Farías) encuentra la aislada casita a la orilla del mar, y recita con exclusivo detalle desde la ventana, cual si se tratara de una obra teatral, la historia de cómo el recién llegado abusó de él cuando era niño. El acontecimiento se roba la paz de la casa, y a raíz de un catastrófico evento, otro sacerdote, el Padre García (Marcelo Alonso), es arrastrado por la marea hasta el club de la casita amarilla. El nuevo “curita” pone en cuestionamiento a cada uno de los padres, indignado por su aparente tranquilidad ante las crueldades que han cometido.

El reparto, que cuenta con un irreconocible Alfredo Castro en la piel del Padre Vidal, quien es habitual en la filmografía del chileno, es inmenso.  Larraín se rodea de grandes actores, como Antonia Zegers (la madre de sus hijos), quien interpreta a la Hermana Mónica de una forma tan calmada que despierta cierta impaciencia y temor, al igual que el ya nombrado Alfredo Castro o el propio Roberto Farías, que a diferencia de esa tensa calma que emanan los integrantes de la casa, es el representante del alboroto y la intranquilidad, tanto por la desgracia de su pasado como por las injusticias a las cuales debe enfrentarse en el film. En entrevistas, Larraín ha dejado saber que cada día de rodaje comenzaba con la entrega de las escenas que se rodarían, ejercicio que, indudablemente, dio como resultado magníficas interpretaciones con una naturalidad perturbadora.

Nuevamente, Larraín se apoya en el ojo de Sergio Armstrong, quien provee la forma perfecta que el relato tanto merece. La paleta de colores, fría y desaturada, junto al flou artístico que genera cierta esencia de desenfoque, hacen que el film cobre una vida diferente y una energía constrictora. Larraín se consagra particularmente como maestro en esta película, y en ocasiones (muchísimas) recuerda al Paul Thomas Anderson de filmes como ‘The Master’, ‘There Will Be Blood’, o de una escena clásica de su filmografía como la de William H. Macy en ‘Boogie Nights’. Hasta la música de Carlos Cabezas se hace pasar en algunos compases por las piezas musicales que Jonny Greenwood realizó para Anderson.

Así como el film impacienta, también lo hace el hecho de que haya sido terriblemente ignorado por una rancia Academia que este año ha estado más desacertada de lo debido, cuestión que poco compete a este texto. ‘El Club’ es, con toda la certeza que merece, el mejor film de Pablo Larraín y una de las mejores películas latinoamericanas del año pasado.

‘Tisure’: No hay pico en la montaña

El ejercicio cinematográfico puede tomar formas y estilos poco usuales. Impacienta ver esto en el cine venezolano, sobre todo en nuevos realizadores. Adrian Geyer se compromete a ello como principio fundamental para su cortometraje ‘Tisure’, que inspira tintes a lo Bilge Ceylan en ocasiones.

Acá, Geyer y solo Geyer puede entender realmente lo que sucede en el relato, y el espectador es bienvenido a indagar, a llenar los espacios de incertidumbre con ideas y especulaciones, más que otra cosa. ‘Tisure’ le ofrece al espectador una entrada hacia un mundo. Eso sí, una entrada sólo hasta allí, bajo el marco de la puerta, pues miraremos a los personajes con una distancia considerable.

En las montañas de un hermoso lugar viven un hombre y una mujer, quienes se bañan en el río, pasean a caballo, cortan leña y caminan. Sin diálogos a los que prestar atención, hay que tomar en cuenta lo que vemos y escuchamos.

Hay, de entrada, una tragedia que nubla el porvenir de estos personajes. Una cruz siendo clavada en la tierra húmeda es augurio de un mal fresco que ahora empieza a corroer, mientras sus raíces crecen con fuerza en los protagonistas. Esto crea una lejanía entre los dos personajes, abordado de una forma meramente visual con el uso de inmensos planos generales. Geyer lleva al espectador a imaginar que la separación es lo que verdaderamente puede hacer volver a funcionarles, pues en una de las primeras escenas se muestra al hombre y a la mujer a metros de distancia, en un entorno que sólo refleja plena libertad, con el cielo inmenso a su alrededor, a diferencia del resto de escenas en las que los dos personajes comparten una relación más íntima en su interactuar, como cuando están en el río. Acá es entonces el entorno quien actúa como conflicto, pues la ubicación de los dos personajes dentro de la composición hace que se vean aplastados por su entorno. Esta propuesta deja entrever el grave problema que existe entre los personajes mucho más visible en el relato: no existe escapatoria, ni resolución o reconciliación ante lo sucedido.

Más importante que el efecto de la fotografía es sin duda la utilización del sonido como elemento dialogador. Las risas, el siseo y el silencio  son suficientes para mostrarnos el devenir de los personajes.

El film es la no superación de tragedias, concebida desde la separación geográfica de los protagonistas en una lejana montaña, entre el espacio de los personajes y entre la imposibilidad de sentirse atrapados en la intimidad. ‘Tisure’ es una interesantísima propuesta que debe convertirse en documento de estudio y consideración de todo aspirante a cineasta o cualquier otro realizador.

El electrocardiograma del cine venezolano

Célebre especialista sacando muelas en el Gran Hotel EuropaMuchachas bañándose en la laguna de Maracaibo, estos dos filmes realizados en Maracaibo por Manuel Trujillo Durán y estrenados en la misma ciudad el 28 de enero de 1897, quedaron en la historia como las primeras películas venezolanas. Han pasado 119 años de estas proyecciones, lejos también está el Premio de la crítica otorgado a Araya, de Margot Benacerraf (1959), en el Festival de Cannes; El pez que fuma, clásico de la “era dorada” del cine nacional, está por alcanzar los 40 años de su estreno; y el primer Premio Nacional de Cine fue otorgado a Román Chalbaud hace 25 años.

A vuelo de pájaro, se pueden evidenciar picos altos en la actividad cinematográfica del país. El primero de ellos, apoyado por la bonanza petrolera de los 70’s. A partir del año 1975, el Estado, a través de los extintos organismos Corpoturismo y Corpoindustria, otorgó recursos para el financiamiento de nueve largometrajes. Seis años más tarde, Luis Herrera Campíns creó el Fondo de Fomento Cinematográfico (Foncine), para estimular la producción del séptimo arte mediante créditos para la producción de largos y cortometrajes. Dicha institución fue sustituida en 1994 por el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC), producto de la primera Ley de Cinematografía Nacional, aprobada durante el mandato de Ramón J. Velázquez en 1993.

Hasta hace pocos años, lugares comunes y clichés eran lo que salía flote cuando se abordaba, entre los no especialistas, al cine venezolano. Violencia, drogas, delincuencia, prostitución, eran algunas de las temáticas que llegaban a la pantalla y lograban atraer a más de 100.000 espectadores por cinta. A partir de 2005, cuando se aprobó la Reforma a la Ley de Cinematografía Nacional, la cual aumentó el porcentaje de cuota en pantalla para el cine hecho en el país y fomentó una mayor participación de la empresa privada en la actividad por medio de diversos impuestos e incentivos fiscales, es cuando se puede comenzar a hablar de una nueva era dorada del cine venezolano.

Iván Zambrano, coordinador de la secretaría del Foro del Cine Venezolano, reafirma el “momento estelar” que sigue manteniendo el cine nacional a pesar de la situación económica que atravesamos. Momento que se traduce en 700 premios internacionales, 58 de ellos obtenidos solo en 2015, y 757.956 boletos vendidos en el país hasta agosto del año pasado, una buena cifra de taquilla, que, sin embargo, comparada con la de 2014, implica un retroceso. 4.120.000 personas vieron producciones nacionales en 2014: el largometraje Libertador, dirigido por Alberto Arvelo y protagonizado por Edgar Ramírez, atrajo a 700.000 espectadores, y Fuera del Aire, de Luis Chataing, se convirtió en tan solo cinco semanas en el documental más visto en la historia de Venezuela, superando los 165.884 espectadores que logró Tiempos de dictadura, de Carlos Otyza, en 14 semanas; ese mismo año la película Azul y no tan rosa, de Miguel Ferrari, obtuvo el Premio Goya como Mejor película extranjera de habla hispana.

“El cine venezolano no está siendo solvente”, señala Sergio Monsalve, crítico de cine, profesor universitario y director de “Espacio Arte”, transmitido por Vale TV, y añade: “las películas dan pérdidas, no se rembolsa la inversión en taquilla y ese es uno de los tantos problemas del cine en Venezuela”. En contraparte al decrecimiento de la taquilla, el cine venezolano logró en 2015 el máximo galardón internacional de su historia: Desde allá, opera prima de Lorenzo Vigas, recibió el León de Oro en el Festival Internacional de Cine de Venecia.

Zambrano está de acuerdo en que el reciente éxito del cine nacional se debe a la diversidad cultural y temática que ha llegado a las salas de cine, “cuando hay más variedad tenemos la oportunidad de educar al público y atraerlo a las salas”, comentó el secretario del Foro del Cine Venezolano. José Ernesto Martínez, representante de la Asociación Venezolana de Productores Cinematográficos y Audiovisuales (AVEPCA), también señala que “se dejó el cliché atrás: hay un nuevo cine al cual invitar al espectador”, cuya punta de lanza han sido los diferentes temas tratados en las películas contemporáneas.

Monsalve señala que el tema de la diversidad se debe ver con suspicacia, “si se están tocando otros temas pero hay que ir más al fondo, hay un estancamiento que hace a las películas iguales, como un troquel, tienen poca impronta personal de sus realizadores”, comenta. “El año pasado el documental arropó a la ficción en términos estéticos y narrativos, piezas como El silencio de las moscas, Francisco Massiani y Nikkei pasaron por debajo de la mesa pero representaron un avance frente al estancamiento en el drama y la comedia de la ficción”, agrega Monsalve. Al preguntarle por una película que en 2015 salió del molde, responde con el nombre de Dauna. Lo que lleva el río, dirigida por Mario Crespo, la cual logró por unanimidad de la Asociación Nacional de Autores Cinematográficos (ANAC) la postulación por Venezuela a los Premios Oscar 2016, pero sin conseguir la nominación final.

Con la crisis económica que vive Venezuela en este momento, con una inflación proyectada de 700% para finales de 2016 por el Fondo Monetario Internacional, es un milagro que se sigan haciendo películas en el país. Hasta el 26 de enero de 2016, se habían vendido 200.000 entradas de películas nacionales, siendo “El Malquerido”, de Diego Rísquez, y protagonizada por Jesús “Chino” Miranda, la más taquillera con 274.838 espectadores desde su estreno el 18 de diciembre de 2015. Contar con figuras conocidas en los repartos suele ser un recurso infalible para mercadear la producción fílmica nacional. Hasta que la muerte nos separe, protagonizada por Rubén Zapata (Zapata 666), Carlos “Trece” Molina y Alexandra Braun, fue vista por más de 100.000 personas en su primer mes de exhibición en 2015.

Desde la primera proyección en el Teatro Baralt, hoy hace 119 años, el cine nacional siempre ha estado presente, en mayor o menor medida, con más premios o menos boletos vendidos, un electrocardiograma estampado en celuloide. El Foro del Cine Venezolano celebra el encuentro del cine hecho a partir del imaginario venezolano y la descentralización producto de la reforma del 2005. Para 2016 el Centro Autónomo de Cinematografía tiene una programación de estrenos que podría levantar la boletería. Algunos de ellos son: Allende en su laberinto (febrero), Desde Allá (abril), Tamara (mayo), Cabrujas en el país del disimulo (julio) y el documental El número 1, Renny Ottolina (diciembre).

“El cine siempre responde con lo que sabe hacer: películas”, se escuchó en la rueda de presa del foro. ¿Qué vendrá después? Sergio Monsalve sugiere que vale la pena tomarse el tiempo para poner el foco en las aulas universitarias, donde una nueva generación de cineastas se está formando y produciendo proyectos, que para el profesor de la Universidad Monteávila y la Escuela Nacional de Cine, “son más retadores y experimentales que mucho de los largometrajes que llegan a la gran pantalla, y que además tienen un mayor compromiso social y político”. El tiempo nos dará la respuesta con los títulos y realizadores que compartirán salas con las grandes producciones internacionales. Por ahora la invitación está extendida para disfrutar de las películas hechas en Venezuela, no solo en su día, todo el año también.

‘By The Sea’: El arte de fallar

El campo de las posibilidades, o cómo Angelina Jolie casi logró un gran cometido.

A diferencia de sus primeros dos filmes, ‘In The Land of Blood and Honey’ y ‘Unbroken’, Angelina Jolie, en su puesto de directora, se compromete a contar una historia mucho más compleja desde un punto de vista narrativo. No por lo que el relato quiere contar, sino por cómo tiene que contarse.

‘By The Sea’ nos lleva de paseo a una pequeña costa francesa en donde una pareja de casados, Vanessa y Roland, intenta sobrevivir a un catastrófico matrimonio y a un trauma del pasado del cual el espectador no conoce demasiado. Son estos los conflictos que básicamente Jolie encara para contar su relato. Conflictos plenamente velados, que poco a poco empiezan a tomar por el cuello la poca tranquilidad con la cual sus personajes llegan al hotel. Roland, interpretado por Brad Pitt, es un escritor que se encuentra en una sequía creativa que le impide continuar con su nuevo libro.

La idea de contar una historia poco clara, con acciones y sensaciones, es presentada al principio del film. Jolie, quien poco a poco ha ido manifestando avances en su arte, esta vez se muestra precisa en cómo quiere manejar al espectador, con una propuesta que requiere de un corte finísimo de la trama. Y se nota su precisión, al menos en acto y medio del relato. Los diálogos, por otra parte, demuestran carencias que para una historia de este tipo resultan ser catastróficas, pues dejan en evidencia la poca fineza de la realizadora al traer a flote una y otra vez el subtexto de una u otra forma cuando sus personajes hablan.

Esto es lo que arruina el último acto del film, que tira por un barranco lo que previamente se había construido con una delicadeza, si bien imperfecta, correcta. Y esto es en definitiva lo que tumba a la obra. ¿Infortunio por malas decisiones o por momento incorrecto? Las dos, quizás. Primero al hacerlo, claro está; y segundo, al querer contar una historia de este tipo y menospreciar la capacidad de quien ve el film de poder interpretar lo que Jolie expresa.

Con lo que sí cuenta ‘By The Sea’ es con una dirección clara y específica sobre lo que quiere lograr. Angelina Jolie logra sacar buenas y naturales actuaciones de todo su reparto, desde un Brad Pitt siempre correcto, hasta el dueño del bar y la pareja de recién casados que se hospeda al lado de la habitación de Vanessa y Roland, interpretados por Mélanie Laurent y Melvin Poupad.

Angelina Jolie se apoya en Christian Berger, quien logra un espléndido uso de luz natural para lograr bonitas imágenes, que, junto con la envidiable locación, resultan en una magnífica pintura. Berger logra traer parte de esa intranquilidad desconocida pero latente que siempre ha logrado a lo largo de su carrera, sobre todo trabajando junto a Michael Haneke, lo que definitivamente es necesario para establecer un tono específico visual que el film tanto requiere. Junto al diseño de producción de Jon Hutman, ‘By The Sea’ pasa con gran nota en la propuesta visual.

A pesar de sus claros fallos de guion, Angelina Jolie demuestra que, con recorrido y tiempo, puede lograr contar buenas historias con gran carácter autoral. Pero, eso sí, con muchísimo recorrido y muchísimo más tiempo.

Se anunciaron los nominados a los Premios Oscar 2016

“The Revenant”, dirigida por el mexicano Alejandro G. Iñárritu, lidera con 12, las nominaciones para la ceremonia número 88 del Premio Oscar. La película inspirada en la vida del explorador Hugh Glass compite con “Mad Max: Fury Road”, “Bridge of Spies”, “Spotlight”, “The Big Short”, “The Martian”, “Brooklyn” y “Room”, en la categoría “Mejor película”. Mientras que su director hace lo propio en la categoría “Mejor dirección”, junto a George Miller (“Mad Max: Fury Road”), Tom McCarthy (“Spotlight”), Adam McKay (“The Big Short”) y Lenny Abrahamson (“Room”). Este año Colombia recibió su primera nominación a “Mejor película extranjera” con “El abrazo de la serpiente”, de Ciro Guerra. La ceremonia de premiación tendrá lugar el próximo 28 de febrero en el Teatro Dolby en Los Ángeles, bajo la conducción del comediante Chris Rock.

Aquí la lista de nominados:

Mejor Película

The Big Short, de Adam McKay

Bridge of Spies, de Steven Spielberg

Brooklyn, de John Crowley

Mad Max: Fury Road, de George Miller

The Martian, de Ridley Scott

The Revenant, de Alejandro González Iñárritu

The Room, de Lenny Abrahamson

Spotlight, de Thomas McCarthy

Mejor director

Adam McKay (The Big Short)

George Miller (Mad Max: Fury Road)

Alejandro G. Iñárritu (The Revenant)

Lenny Abrahamson (The Room)

Thomas McCarthy (Spotlight)

Mejor Actor

Brian Cranston (Trumbo)

Matt Damon (The Martian)

Leonardo DiCaprio (The Revenant)

Michael Fassbender (Steve Jobs)

Eddie Redmayne (The Danish Girl)

Mejor actriz

Cate Blanchett (Carol)

Brie Larsson (The Room)

Jennifer Lawrence (Joy)

Charlotte Rampling (45 years)

Seorsie Ronan (Brooklyn)

Mejor actor de reparto

Christian Bale (The Big Short)

Tom Hardy (The Revenant)

Mark Ruffalo (Spotlight)

Mark Rylance (Bridge of Spies)

Sylvester Stallone (Creed)

Mejor Actriz de reparto

Jennifer Jason Leight (The Hateful Eight)

Rooney Mara (Carol)

Rachel McAdams (Spotlight)

Alicia Vikander (The Danish Girl)

Kate Winslet (Steve Jobs)

Mejor película animada

Intensamente, de Pete Docter y Ronnie Del Carmen

Anomalisa, de Charlie Kaufman y Duke Johnson

When Marnie was there, de Hiromasa Yonebayashi

Boy and the worl, de Alê Abreu

Shaun the sheep movie, Richard Starzak y Mark Burton

Mejor guion original

Matt Charman, Ethan Coen y Joel Coen (Bridge of Spies)

Alex Garland (Ex-machina)

Pete Docter, Meg LeFauve y Josh Cooley (Intensamente)

Josh Singer y Tom McCarthy (Spotlight)

Jonathan Herman y Andrea Berloff (Straight Outta Compton)

Mejor guion adaptado

Charles Randolph y Adam McKay (The Big Short)

Nick Hornby (Brooklyn)

Drew Goddard (The Martian)

Phyllis Nagy (Carol)

Emma Donoghue (The Room)

Mejor película de habla no inglesa

El hijo de Saúl, de László Nemes (Hungría)

El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra (Colombia)

A war, de Tobias Lindholm (Dinamarca)

Mustang, de Deniz Gamze Ergüven (Francia)

Theeb, de Naji Abu Nowar (Jordania)

Mejor diseño de producción

Adam Stockhausen, Rena DeAngelo y Bernhard Henrich (Bridge of Spies)

Colin Gibson y Lisa Thompson (Mad Max: Fury Road)

Eve Stewart y Michael Standish (The Danish Girl)

Arthur Max y Celia Bobak (The Martian)

Jack Fisk y Hamish Purdy (The Revenant)

Mejor fotografía

Ed Lachman (Carol)

Robert Richardson (The Hateful Eight)

Roger Deakins (Sicario)

Emmanuel Lubezki (The Revenant)

John Seale (Mad Max: Fury Road)

Mejor vestuario

Sandy Powell (Carol)

Sandy Powell (Cenicienta)

Paco Delgado (The Danish Girl)

Jenny Beavan (Mad Max: Fury Road)

Jacqueline West (The Revenant)

Mejor montaje

Margaret Sixel (Mad Max: Fury Road)

Tom McArdle (Spotlight)

Maryann Brandon y Mary Jo Markey (Star Wars: El despertar de la Fuerza)

Hank Corwin (The Big Short)

Stephen Mirrione (The Revenant)

Mejores efectos visuales

Andrew Whitehurst, Paul Norris, Mark Ardington y Sara Bennett (Ex -Machina)

Andrew Jackson, Tom Wood, Dan Oliver y Andy Williams (Mad Max: Fury Road)

Richard Stammers, Anders Langlands, Chris Lawrence y Steven Warner (The Martian)

Rich McBride, Matthew Shumway, Jason Smith y Cameron Waldbauer (The Revenant)

Roger Guyett, Patrick Tubach, Neal Scanlan y Chris Corbould (Star Wars: El despertar de la Fuerza)

Mejor maquillaje y peluquería

Lesley Vanderwalt, Elka Wardega y Damian Martin (Mad Max: Fury Road)

Love Larson y Eva von Bahr (The 100-Year-Old Man Who Climbed out

the Window and Disappeared)

Siân Grigg, Duncan Jarman y Robert Pandini (The Revenant)

Mejor edición de sonido

Mark Mangini y David White (Mad Max: Furia en la carretera)

Alan Robert Murray (Sicario)

Matthew Wood y David Acord (Star Wars: El despertar de la Fuerza)

Oliver Tarney (The Martian)

Martin Hernandez y Lon Bender (The Revenant)

Mejor mezcla de sonido

Andy Nelson, Gary Rydstrom y Drew Kunin (El puente de los espías)

Chris Jenkins, Gregg Rudloff y Ben Osmo (Mad Max: Fury Road)

Andy Nelson, Christopher Scarabosio y Stuart Wilson (Star Wars: El despertar de la Fuerza)

Paul Massey, Mark Taylor y Mac Ruth (The Martian)

Jon Taylor, Frank A. Montaño, Randy Thom y Chris Duesterdiek (The Revenant)

Mejor banda sonora

Thomas Newman (Bridge of Spies)

Carter Burwell (Carol)

Jóhann Jóhannsson (Sicario)

John Williams (Star Wars: El despertar de la Fuerza)

Ennio Morricone (The Hateful Eight)

Mejor canción

Earned it (50 shades of Gray)

Manta Ray (Racing Extinction)

Simple Song #3 (Youth)

Til it happens to you (The hunting ground)

Writing’s on the wall (Spectre)

Mejor documental

Amy, de Asif Kapadia

Cartel Land, de Matthew Heineman

The Look of Silence, de Joshua Oppenheimer

What Happened, Miss Simone?, de Liz Garbus

Winter on Fire, Evgeny Afineevsky

Mejor cortometraje

Ave Maria, de Basil Khalil y Eric Dupont

Day One, de Henry Hughes

Everything will be Okay, de Patrick Vollrath

Shok, de Jamie Donoughue

Stutterer, de Benjamin Cleary y Serena

Mejor corto documental

A girl in the river: the price of forgiveness, de Sharmeen Obaid-Chinoy

Body team 12, de David Darg y Bryn Mooser

Chau, beyond the lines, de Courtney Marsh y Jerry Franck

Claude Lanzmann: spectres of the Shoah, de Adam Benzine

Last day of freedom, de Dee Hibbert-Jones y Nomi Talisman

Mejor cortometraje animado

Bear Story, Prologue, de Gabriel Osorio y Pato Escala

Prologue, de Richard Williams y Imogen Sutton

Sanjay’s Super Team, de Sanjay Patel y Nicole Grindle

We Can’t Live Without Cosmos, Konstantin Bronzit

World of Tomorrow, de Don Hertzfeldt