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RESEÑA: La vida invisible – Juan Manuel de Prada

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

‘La vida invisible’, de Juan Manuel de Prada, es un libro magnífico que puede (y debe) ser leído tanto por los que gustan de las buenas historias como por quien quiera darse un baño de buena prosa. Se trata de una novelaza (así, con superlativo peruano) que vale tanto por el fondo como por la forma, por lo que cuenta y por como lo cuenta, y que lo deja a uno con la misma sensación que se tiene al salir de cualquier catedral europea: la de que se estuvo, independientemente del estilo y de los gustos, ante algo grande.

La historia es la de un escritor, Alejandro Lozada, que en vísperas de su boda y apenas días después del 11-S viaja a Chicago a dictar una conferencia literaria. En el viaje conoce a dos personajes que terminarán por cambiarle completamente la vida: Elena, una joven con la que tiene una especie de affair no consumado y termina obsesionándose con él; y Chambers, un veterano de guerra que le proporciona las grabaciones de sus conversaciones con Fanny Riffel, una antigua estrella de revistas eróticas (pin-up-model) a la que un día encontró recluida en un ancianato, y cuya historia quiere que escriba. De regreso a Madrid, Lozada, que pretende que todo lo que pasó en Chicago quede sepultado, comienza a reconstruir y escribir la sórdida historia de Fanny Rimmel, a la par que empieza a sufrir los embates del acoso de Elena, lo que terminará, a él, que quería que todo quedara sepultado, obligándolo a dar un giro radical en su vida.

Es un resumen muy escueto para un libro muy grande en el que pasa mucho, muchísimo más. Y aunque aquí pudiera parecer que se trata de una novela policial o de misterio, hay que aclarar que ‘La vida invisible’ no tiene absolutamente nada de eso. Lo que De Prada hace a partir de esa historia es construir una novela que es atravesada transversalmente y en todas sus páginas por grandes temas como la expiación y la culpa, los secretos, y la locura. Es tremenda la aproximación que hace De Prada a ese mundo, el de la vida invisible.

Ahora bien, la forma del libro. En estructura es bastante simple: no hay narraciones simultáneas ni paralelas, tampoco saltos bruscos en el tiempo, o cambios intempestivos de narrador. Los narradores, además, están bastante bien definidos: en primera persona cuando él narra, en tercera cuando le pasa el testigo al otro. Pero la prosa de De Prada. Eso sí es otro tema. Eso sí es otra cosa. Es un libro con un lenguaje rico, suculento, culto. La cantidad de palabras y sobre todo de adjetivos es extraordinaria. Para ir anotando y aprendiendo. Es fantástico como para todo De Prada tiene una imagen, y buena, además, que es lo que más sorprende. Eso es digno de admirar, aplaudir y celebrar,  aunque puede suceder que haya partes en las que tanto adorno retórico se vuelva cansón. He allí su único defecto: que como las catedrales barrocas llega a abrumar y uno necesita respirar; aunque, como hemos aprendido tras ya tantos años de escasez, es mejor que sobre a que falte. Y a esta muy recomendable novela le sobra genio y prosa.

La vida invisible

Autor: Juan Manuel de Prada

Año: 2003

Páginas: 636

Calificación: 9/10

 

Goethe

15 frases de Goethe para pensar

Es sinónimo de romanticismo y de Alemania. Su apellido da nombre al instituto oficial que a nivel mundial difunde la cultura germana. Sus obras se siguen leyendo casi dos siglos después de su desaparición. Fue, para Eliot, “el más grande hombre de letras alemán y el último verdadero hombre universal sobre la tierra”. ‘Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister’ llegó a ser considerada por el filósofo alemán Arthur Schopenhauer como una de las cuatro mejores novelas de la historia. Su ‘Werther’ elevó la temperatura de toda una generación de jóvenes hasta producir una oleada de suicidios (se dice que unos 2000) semejantes al del protagonista. ‘Fausto’, para muchos su mejor obra, es un clásico indiscutible de la literatura universal y prácticamente su testamento: la muerte, con un infarto al miocardio, lo encontró terminando su segunda parte, que se publicó post-morten. Hoy, al cumplirse 185 años de la desaparición de Goethe, lo honramos y recordamos como el genio que fue. A continuación, alguna de sus mejores frases para pensar y reflexionar:

“Actuar es fácil, pensar es difícil; actuar según se piensa es aún más difícil.”

“Aprovechad el tiempo que vuela tan aprisa, el orden os enseñará a ganar tiempo.”

“Aquellos que ven en cada desilusión un estímulo para mayores conquistas, ésos poseen el recto punto de vista para con la vida.”

“Divide y manda: ¡sabio consejo!; une y guía: ¡otro lema mucho mejor!”

“El amor es el único juego que pierdes, simplemente por rehusarte a jugarlo.”

“El cobarde sólo amenaza cuando está a salvo.”

“El niño es realista; el muchacho, idealista; el hombre, escéptico, y el viejo místico.”

“El único hombre que no se equivoca es el que nunca hace nada.”

“Hay libros que no parecen escritos para que la gente aprenda, sino para que se entere que el autor ha aprendido algo.”

“La ley es poderosa, pero más poderosa es la necesidad.”

“La mayor riqueza del hombre consiste en tener un ánimo suficientemente grande para no desear la riqueza.”

“La noche es la mitad de la vida, y la mitad mejor.”

“La vida ociosa es una muerte anticipada.”

“Lo que puedas hacer o soñar, ponte a hacerlo. La osadía está llena de genialidad, poder y magia.”

“Si quieres conocerte, actúa. Al actuar es cuando verdaderamente nos medimos con los demás.”

 

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RESEÑA: La conjura contra América – Phillip Roth

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

¿Qué habría pasado en los Estados Unidos si por allá en 1940 Franklin Delano Roosevelt hubiera sido derrotado por un candidato republicano, aislacionista, antisemita y amigo de Hitler? Esa es la pregunta que en casi 400 páginas responde el brillante escritor norteamericano Phillip Roth en las páginas de ‘La conjura contra américa’, una fantástica ucronía (novela histórica alternativa) magníficamente escrita, en la que se nos narra la alarmante transformación de América tras la victoria de semejante espécimen.

 “El temor gobierna estas memorias, un temor perpetuo. Por supuesto, no hay infancia sin terrores, pero me pregunto si no habría sido yo un niño menos asustado de no haber tenido a Lindbergh por presidente o de no haber sido vástagos judíos”

Con estas líneas arranca la novela, escrita en primera persona y a modo de memoria. Su protagonista es un niño que vive en un vecindario judío en Newark (New Jersey), junto con su padre, su madre, su hermano mayor y un primo. Son una familia de clase media, que comparte el piso de abajo con unos inquilinos, y que viene de reponerse del crack bursátil de 1929 y de la llamada “Gran Depresión”. Todos profesan por Roosevelt una admiración que llega casi a la devoción y ven con malos (pésimos) ojos que Lindbergh (ese aviador que un día fue motivo de orgullo para la nación al llegar a París en vuelo directo desde Nueva York y ahora es amigo de Hittler y contrario a que EE.UU. participe en la II Guerra Mundial) gane la presidencia. Pero lo hace, y con él en la Casa Blanca comienzan una serie de cambios que parecen sutiles para todos menos para esta familia judía (a la que tachan de paranoica), que finalmente terminará por tener razón cuando todo desemboque en un tremendo caos.

Si ya el tema de la novela es interesante, lo es mucho más la manera en la que está desarrollada. Página a página, Roth va logrando que cada pieza encaje y todo vaya pareciendo perfectamente verosímil; más que eso: real. Para quien no tenga ni remota idea de la historia (cualquier niño de Liceo Bolivariano, por ejemplo) esta novela podría pasar perfectamente como el relato de un hecho real; e incluso, quien tenga la historia estudiada no dejará de ser visitado una que otra vez por la duda y la pregunta de si esto fue o no así. En ese sentido el libro logra con creces el cometido de novelar (construir) la historia a partir de la modificación de un suceso determinado; de especular con sentido, para que nos entendamos. Resulta indispensable para ello el tremendo conocimiento que tiene Roth de lo que podríamos llamar el alma norteamericana: tanto la sociológica como la política. Sabe cómo piensa, cómo actúa y cómo reacciona el americano promedio; y  sabe también cómo es y funciona el sistema: los partidos políticos, los medios de comunicación, los poderes y las instituciones.

Y sabe también otra cosa que en esta novela resulta fundamental: pensar y escribir como un niño. Ese derrotero por el que tan buenas plumas se han desbarrancado, Roth lo pasa con hidalguía. No cae en el estereotipo de la ingenuidad forzada (esos niños extremadamente cándidos y bobos) ni tampoco pierde el hilo (no le crece el niño en las páginas, sino que siempre se mantiene en la edad). Que sea narrado por un niño, además, da lugar a que el libro tenga un tinte costumbrista y descanse toda la tensión política (que es mucha) en esos ojos inocentes que suelen ver e interpretar lo que pasa afuera por la mediación de terceros (sus padres, sus amigos) y centrarse en detalles y anécdotas que unos ojos muy mayores pasarían por alto. Todo ello escrito, además, con una prosa sobria, discreta y correcta (no hay frases grandilocuentes ni muy hermosas, pero tampoco hacen falta) que se deja leer fácilmente.

Se trata, pues, de una novela magnífica: interesante, entretenida y bien escrita.

La conjura contra américa

Autor: Phillip Roth

Año: 2003

Páginas: 428

Calificación: 09/10

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Ortega Gasset, Maduro y las panaderías

“En los motines que la escasez provoca suelen las masas buscar pan, y el medio que emplean suele ser destruir las panaderías”.

No es nueva la tragedia que vivimos. Ha pasado antes y volverá a pasar después. Sorprende, sí, cómo los hombres no aprendemos las lecciones de la historia, pero nadie escarmienta con experiencias de otros y menos aprende en cabeza ajena. De cabeza ajena (la del brillante filósofo y ensayista español José Ortega y Gasset) salió la observación que encabeza este post y que bien describe una de las paradojas (más bien tragedias) de los movimientos de masas, sean de izquierda (comunismo) o de derecha (fascismo), que eran los que estaban en boga cuando el filósofo pergeñó estas palabras. La Revolución Bolivariana no existía en ese entonces, pero tampoco merece unas palabras diferentes: ella también quiere hornear pan destruyendo panaderías. Ya ayer fueron ocupadas y expropiadas las tres primeras en el centro de Caracas y se estima que en los próximos días suceda con otras. ¿El resultado? Menos pan y más hambre. También lo advertía el filósofo: “Si usted quiere aprovecharse de la ventajas de la civilización, pero no se preocupa de sostener la civilización… se ha fastidiado usted. En un dos por tres se queda usted sin civilización. ¡Un descuido, y cuando mira usted en derredor todo se ha volatilizado!”. O parafraseándolo mal: si usted se quiere aprovechar de las ventajas de la producción (el pan) pero no se ocupa de producirlo, en un dos por tres se queda usted sin él. Un descuido, y todo (pan y país) se habrá volatilizado, como en efecto está sucediendo.

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Aparte de político, Julio César también fue escritor

“Los cobardes agonizan muchas veces; los valientes ni se enteran de su muerte”

Fue, de todos los césares, el más prestigioso y famoso. No se tiene certeza de cuando nació, pero sí de cuando murió: 15 de marzo del año 44 A.C. Sus últimas palabras (“Tu quoque, Brute, filii mei” | “¡Tú también, Brutus, hijo mío!”) fueron de desencanto, al descubrir entre sus asesinos a su propio hijo, quien era parte de la conspiración de senadores que lo asesinó a puñaladas en el Teatro de Pompeyo, a los pies de cuya estatua quedó su cadáver. Antes de eso, había sido un gran y habilidoso estratega, un militar corajudo con cuyas victorias se extendió notablemente el territorio del imperio romano, un político habilidoso y astuto para manejar los intríngulis de la política, un populista sin reparos que supo seducir y ganarse el favor del pueblo, y, también, un literato excepcional, que, entre otros, escribió uno de los textos más notables del latín clásico: ‘La guerra de las Galias’, en el que describe extensamente la campaña militar que durante siete años (del 58 A.C. al 51 A.C.) libró como procónsul romano y que le permitió al imperio ganar todo el territorio galo. Es su obra más importante, considerada por muchos como una de las primeras y mejores propagandas políticas de la historia, ya que la escribió con la intención de persuadir de su grandeza a los lectores romanos; es, también, uno de los textos favoritos de los profesores de latín de todos los tiempos para enseñar esta lengua, ya que está redactado con una prosa limpia, sin adornos, correcta y sobria. Hoy, en otro aniversario de su muerte, lo recordamos con una de sus máximas más célebres.

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RESEÑA: Óscar y las mujeres – Santiago Roncagliolo

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Si la vida fuera eterna y pudiéramos darnos el lujo de derrochar el tiempo, puede entonces que valiera la pena (o fuera, en todo caso, menos trágico) adentrarse en las páginas de este pequeño bodrio. Pero como no es así, lo mejor, de corazón, sería ni siquiera acercársele. Y quien quiera hacerlo, conste que lo hace advertido y bajo su propio riesgo. Sepa, por cierto, que en internet hay mucho tonto, y que si da con una reseña en la que dicen que este libro es una obra casi maestra del esperpento y la sátira, si encuentra a quien lo compara con ‘La conjura de los necios’ o etc, está en presencia de uno de ellos. Porque ‘Oscar y las mujeres’ es, repetimos, un bodrio y de la peor factura.

La historia es la de un libretista maniático y maníaco que sólo cuando está enamorado (o al menos emparejado) es que puede escribir telenovelas de éxito. El libro arranca con él comenzando un guion nuevo, su novia dejándolo y el productor de la telenovela haciendo lo posible (e imposible) para encontrarle pareja y así poder tener al aire una producción con rating. Ese el argumento (tonto y malo) que Roncagliolo desarrollará a lo largo de casi trescientas páginas.

Y si fuera solo eso, bueno, puede que la novela todavía fuera salvable. Pero desgraciadamente (y para más inri) a lo largo de las páginas se van incorporando una serie de personajes caricaturescos, mal construidos, estereotipados y poco creíbles, que empeoran cada vez más la historia, la cual comienza a dar no ya giros rocambolescos (eso sería muy elegante) sino tumbos de borracho, y se vuelve página a página más truculenta, inverosímil, absurda y ridícula.

Con la probable intención de satirizar a las telenovelas, Roncagliolo alterna la historia de Oscar con las hojas del libreto que él escribe (un clásico culebrón en toda regla), a la par que suelta comentarios críticos e intenta aproximarse un poco a la lógica que rige ese mundo (la mala no se puede morir, no pueden tener relaciones hasta el último capítulo, tienen que terminar juntos). La intención, si bien no original, es encomiable; pero desgraciadamente se queda en intención porque al final uno no termina de saber qué es más inverosímil: si la telenovela que escribe Oscar o la vida de Oscar. Aquí es inevitable la comparación con una novela en la que se hace exactamente eso, pero bien: ‘La tía Julia y el escribidor’, de Mario Vargas Llosa. Basta solo leer ambas para encontrar el tremendo abismo que media entre una y otra, que es el que hay entre la literatura y un bodrio.

¿Tiene algo bueno o al menos rescatable ‘Oscar y las mujeres’? Sí. La prosa de Roncagliolo: fresca, ágil y divertida, totalmente desperdiciada en un libro así. Como El Cid, podríamos exclamar aquello de “qué buen vasallo fuera si hubiera buen señor”; es decir, qué buen escritor sería si prestara su pluma para mejores libros. Pero no para este, que es un pésimo libro bien redactado. Y eso es lo mejor que se puede decir.

Óscar y las Mujeres

Autor: Santiago Roncagliolo

Páginas: 314

Fecha: 2013

Calificación: 3/10

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RESEÑA: Tres Tristes Tigres – Guillermo Cabrera Infante

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Este es un libro de muy altos quilates que le dará una formidable pelea a todo aquel que quiera enfrentarlo. No se deja leer por cualquiera (podría decirse que no lo lee quien quiere sino quien puede), tiene un arranque antipático y difícil, suele invitar al abandono (es más fácil dejarlo que terminarlo) y sin embargo es tan bueno, tan deliciosamente bueno, que recompensa con creces a quien persevere. ‘Tres tristes tigres’ es su trabalenguoso título, fue publicado en 1967  (igual que ‘Cien años de soledad’) por el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante y ostenta (con todos los méritos) el arduo honor de libro más difícil (y audaz) de aquellos años del boom.

Resumir su argumento puede que sea lo más complicado de la reseña, ya que se trata de una de esas novelas (y digamos novela porque en novela cabe todo) en las que la historia (de haberla) pasa a estar en segundo plano, opacada por la estructura y sobre todo por el lenguaje. Acá no importa tanto lo que se cuenta sino cómo (con qué palabras, con qué recursos) se cuenta. Pero por decir algo digamos que todo sucede en La Habana, en el año 1958 (justo antes de la llegada del comunismo), y casi siempre de noche. Y baste esto para despertar todo el interés testimonial que pueda tener el libro: esa noche habanera de los cincuenta, esa mítica noche habanera de cabarets, bares, boleros, rumba, cantantes, bailarinas, bongoseros, daiquirís, rones, malecones, playas, descapotables, fasto; esa noche, digo, es el escenario en el que transcurre todo. ¿Y qué es todo? La vida (un fragmento) de los personajes, que son un montón (una listica no viene mal) y de los que no siempre se pueden tener certezas, ya que a veces entran sin avisar, hablan sin pedir permiso, desaparecen de repente, pero que en su mayoría son jóvenes, son guapos y son cubanos; al menos los protagonistas, que aunque en el título se sugiera que son tres a mí me han parecido cuatro (a ese nivel de dificultad está esto).

Sin embargo, no es tanto esa ambigüedad con los personajes lo que complica la lectura, sino la estructura del libro: Cabrera Infante quiso ser rupturista (y lo fue) pero aquí se le pasó la mano. Como un pasticho (o un collage, si se prefiere), TTT está conformado por un montón de fragmentos autónomos (relatos, monólogos, conversaciones, imaginaciones, sueños y un largo etcétera)  que se van sucediendo uno tras otro sin (aparentemente) ningún sentido. Y digo aparentemente porque eso es lo que se siente a medida que se lee y no es sino al final que Cabrera Infante, compadecido, hila algunas cosas con otras. A pesar de ello, se termina con la sensación de que sigue habiendo partes tan autónomas y arbitrarias que bien se podría prescindir de ellas sin afectar demasiado el libro. Ese engranaje perfecto, suizo, preciso, de Faulkner o Vargas Llosa, en el que al final todo encaja, no lo logra (da la impresión de que tampoco lo buscaba) en este libro, que más que un mosaico termina siendo un calidoscopio.

Pero los caleidoscopios, aún con poco sentido, tienen una belleza enorme. Y eso es lo que le sobra a ‘Tres Tristes Tigres’: belleza lingüística. Es un libro para saborear y para deleitarse más que para entender. Es un estallido de prosa, pero no de la prosa delicada y muy perfecta de los estetas, sino de prosa una tropical, sabrosa, musical, caribeña, cubana. Cabrera Infante hace dos advertencias en el prólogo: el libro está escrito en cubano y hay partes que son mejores escuchadas que leídas. Y efectivamente: la oralidad y la sonoridad del habla cubana se encuentra recogidas de modo admirable. Pero eso no es todo. Hay también un uso lúdico de la prosa. Cabrera Infante juega con las palabras, las descompone y recompone, les da la vuelta, inventa términos nuevos, pone apodos, crea, se recrea, se divierte, parodia, imita, hace uso de todos los recursos retóricos, linguisticos, paralingüísticos, metalinguisticos habidos y por haber. Y sigue habiendo más: todo el libro está lleno de guiños y referencias a clásicos y autores modernos, de dobles sentidos cultos, refranes populares, letras de canciones, ironías finas y gruesas, que cuando se pillan (hace falta basta cultura para ello) pueden hacer reír a carcajadas. Era un gran maestro de la prosa don Guillermo, que dejó para la posteridad este inmarcesible testimonio de la noche habanera y de todo lo que se perdió en cuba.

Tres tristes tigres

Autor: Guillermo Cabrera Infante

Año: 1967

Páginas: 451

Calificación: 9/10

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Tom Wolf, uno de los padres del nuevo periodismo

Aparece siempre vestido de traje blanco, lo conocen como el Balzac de Park Avenue, rechazó una oferta para estudiar en Princeton cuando joven, quiso ser beisbolista y no pudo, es uno de los padres del nuevo periodismo, y ayer estuvo de cumpleaños. Hablamos de Tom Wolfe (no confundir con Thomas Wolfe, que también era gringo pero mucho más viejo), uno de los mejores periodistas y escritores de los últimos tiempos. Nacido en 1931 en un hogar de Virginia conformado por un agrónomo y una diseñadora, Wolfe estudió literatura y periodismo en la Universidad de Washington and Lee luego de rechazar la oferta (darse ese lujo) de ingresar a Princeton. Una vez graduado intentó ser pelotero profesional, pero el béisbol le dijo en el terreno de juego que no tenía condiciones. Entonces se dedicó a escribir…pero a su estilo. En una época de redacciones planas, dominadas por la pirámide invertida y sus cinco preguntas (qué, cuándo, dónde, quién y por qué), Wolfe fue uno de los primeros que se decantó por un estilo más literario y personal, que posteriormente sería conocido como “Nuevo Periodismo”, al que le dedicó un libro y del que se le considera uno de los pioneros. ‘The Washington Post’, ‘Esquire’ y ‘The New York Herald Tribune’ fueron alguno de los diarios que tuvieron su firma, aunque el grueso de su obra periodística está en formato libro y consta de grandes reportajes y crónicas en los que retrata a la gente de su tiempo. Ese mismo afán lo ha trasladado a la literatura, campo en el que también ha incursionado, destacándose como un escritor realista y uno de los mejores taxidermistas (por aquello de diseccionar y congelar) de la sociedad contemporánea. Para recordarlo y celebrarlo, nada como la frase con la que termina esta nota. No lo olviden, queridos lectores: el gobierno siempre miente. Siempre. Y este más.

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RESEÑA: Suave es la noche – Francis Scott Fitzgerald

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

¿Es oro todo lo que brilla? ¿Es de verdad tan feliz esa fabulosa pareja, aplaudida y envidiada, que veranea en un balneario de Niza en los años de la entreguerra y que una incipiente actriz hollywoodense en ascenso contempla con admiración desde su tumbona? Con esa escena (la de la actriz llegando a la playa y contemplando a sus vecinos de hotel) arranca esta magnífica novela de Francis Scott Fitzgerald, que se adentra en la vida de una opulenta pareja de multimillonarios para mostrar todas sus grietas, pegos y remedos.

No se trata, cuidado, de una versión escrita de ‘Los ricos también lloran’, ni tampoco de una de esas obras comprometidas que nos muestran lo vacía que es la vida de los ricos para que nos sintamos bien siendo todos pobres. Nada de eso. Esto es literatura, y como tal se aleja de los estereotipos para adentrarse en la vida. Que sea una pareja de millonarios, que nos muestre parajes de clase alta, que se desenvuelva en esos ambientes, todo ello viene dado por quien lo escribe: un hombre que se caracterizó por narrar la vida desde allí.

‘Suave es la noche’, título que nace de unos versos del inglés John Keats, fue una novela que le costó sangre, sudor y lágrimas a Fitzgerald, que estuvo escribiendo, borrando, cambiando y reescribiendo durante 9 años, y que aún después de publicada restructuró completamente en futuras ediciones. Es un libro producto de los muy duros años que vivió cuando quedó en la ruina, su esposa Zelda hubo de ser internada en un psiquiátrico y él comenzó a coquetear con el alcohol. Todo ello está plasmado expresamente en la historia. Mucho de ello es la historia: la de una ruina, la de un fracaso.

En su arranque tenemos a esa pareja de millonarios norteamericanos que a los ojos ingenuos de una joven actriz lo tienen todo. No sólo a sus ojos, sino también a los de los otros veraneantes, que los idolatran y se sienten, casi, tocados por un ángel cuando los invitan a las fiestas que organizan. Es en una de esas fiestas cuando una invitada hace el descubrimiento de algo de lo que no nos enteraremos sino hasta varias páginas después, pero que es el primer indicio de que no todo marcha bien. La simpatía de Richard, el hombre de la pareja, que siempre sabe estar bien y hacer a todos sentir bien, es la que hará que el asunto no pase a mayores. El problema, sin embargo, es que esa simpatía, con el pasar de las páginas, se agota. Y era ella la que lo sostenía todo: desde el matrimonio hasta sus relaciones sociales, pasando, incluso, por su profesión. Y sin ella, todo se viene a pique.

¿Era genuina esa simpatía? ¿Era auténtico lo que hacía? ¿Había convicción en sus obras? ¿Qué lo movía? Esas son varias de las preguntas que surgen durante la lectura, toda vez que la intención de la novela estaría (en condicional, porque de esto nunca se puede estar seguro) en llevarnos (o llamarnos) a buscar lo auténtico, lo verdadero de la vida y no perdernos en ficciones de cartón piedra. “Hay mucho de su propia vida en este atormentado relato de la opulencia destructiva y del idealismo malogrado”, declaró sobre ‘Suave es la noche’ Zelda de Fitzgerald. Y habría que reordenar un poco la frase: el idealismo malogrado por la opulencia destructiva. En eso se podría resumir (y muy bien) este magnífico libro.

Suave es la noche

Autor: Francis Scott Fitzgerald

Fecha: 1933

Páginas: 526

Calificación: 7/10

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Nicolás Gogol, el escritor que no perdonó los vicios de Rusia

Tal día como hoy, en 1852, se fue de este mundo uno de los mayores escritores rusos de todos los tiempos: Nicolás Gogol. Nacido en 1809 en la provincia de Sorochintsi (lo que hoy en día se llamaría Ucrania), Gogol no tuvo en principio una vocación literaria, sino más bien burocrática: a los 19 años dejó su tierra natal para irse a trabajar en San Peterburgo en la administración zarista, trabajo en el que fracasó. Se pasó entonces a la academia, como profesor de historia. Allí conoce al dramaturgo y novelista ruso Aleksandr Pushkin, que es quien lo anima a escribir. Comienza entonces a publicar relatos corstos en distintas publicaciones, hasta que da con su golpe de suerte: “Veladas en la finca de Dikanka”. El éxito de esta obra lo lleva a abandonar definitivamente la universidad, para dedicarse de lleno a las letras. ‘El Inspector’, un relato en el que hace una sátira de la corrupción y de la ineficiencia que había en la administración rusa (él que la conoció de cerca), lo obliga a exiliarse en Roma. Porque la vida es como es y no hay mal que por bien no llegue, en la capital del antiguo imperio escribe la primera parte de la que será su obra maestra: ‘Las almas muertas’, que es, también, su ajuste de cuentas con Rusia, a la que deja desnuda y con todos sus defectos a la vista en ese libro. El país se indigna y lo aplaude a partes iguales, y él promete entonces escribir una segunda parte para redimirse. La vende como la que será su ‘ópera magna’ y a esa tarea se da por años. En el ínterin, sin embargo, sufre una crisis espiritual que lo lleva a peregrinar a Jerusalén y a renunciar a la escritura. Es en ese contexto en el que quema la tan esperada segunda parte de ‘Las almas muertas’, de la que se recuperan solo algunos fragmentos que se publican póstumamente, porque sorprendentemente joven, con tan solo 43 años, murió en Moscú tal día como hoy.