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Tom Wolf, uno de los padres del nuevo periodismo

Aparece siempre vestido de traje blanco, lo conocen como el Balzac de Park Avenue, rechazó una oferta para estudiar en Princeton cuando joven, quiso ser beisbolista y no pudo, es uno de los padres del nuevo periodismo, y ayer estuvo de cumpleaños. Hablamos de Tom Wolfe (no confundir con Thomas Wolfe, que también era gringo pero mucho más viejo), uno de los mejores periodistas y escritores de los últimos tiempos. Nacido en 1931 en un hogar de Virginia conformado por un agrónomo y una diseñadora, Wolfe estudió literatura y periodismo en la Universidad de Washington and Lee luego de rechazar la oferta (darse ese lujo) de ingresar a Princeton. Una vez graduado intentó ser pelotero profesional, pero el béisbol le dijo en el terreno de juego que no tenía condiciones. Entonces se dedicó a escribir…pero a su estilo. En una época de redacciones planas, dominadas por la pirámide invertida y sus cinco preguntas (qué, cuándo, dónde, quién y por qué), Wolfe fue uno de los primeros que se decantó por un estilo más literario y personal, que posteriormente sería conocido como “Nuevo Periodismo”, al que le dedicó un libro y del que se le considera uno de los pioneros. ‘The Washington Post’, ‘Esquire’ y ‘The New York Herald Tribune’ fueron alguno de los diarios que tuvieron su firma, aunque el grueso de su obra periodística está en formato libro y consta de grandes reportajes y crónicas en los que retrata a la gente de su tiempo. Ese mismo afán lo ha trasladado a la literatura, campo en el que también ha incursionado, destacándose como un escritor realista y uno de los mejores taxidermistas (por aquello de diseccionar y congelar) de la sociedad contemporánea. Para recordarlo y celebrarlo, nada como la frase con la que termina esta nota. No lo olviden, queridos lectores: el gobierno siempre miente. Siempre. Y este más.

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RESEÑA: Suave es la noche – Francis Scott Fitzgerald

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

¿Es oro todo lo que brilla? ¿Es de verdad tan feliz esa fabulosa pareja, aplaudida y envidiada, que veranea en un balneario de Niza en los años de la entreguerra y que una incipiente actriz hollywoodense en ascenso contempla con admiración desde su tumbona? Con esa escena (la de la actriz llegando a la playa y contemplando a sus vecinos de hotel) arranca esta magnífica novela de Francis Scott Fitzgerald, que se adentra en la vida de una opulenta pareja de multimillonarios para mostrar todas sus grietas, pegos y remedos.

No se trata, cuidado, de una versión escrita de ‘Los ricos también lloran’, ni tampoco de una de esas obras comprometidas que nos muestran lo vacía que es la vida de los ricos para que nos sintamos bien siendo todos pobres. Nada de eso. Esto es literatura, y como tal se aleja de los estereotipos para adentrarse en la vida. Que sea una pareja de millonarios, que nos muestre parajes de clase alta, que se desenvuelva en esos ambientes, todo ello viene dado por quien lo escribe: un hombre que se caracterizó por narrar la vida desde allí.

‘Suave es la noche’, título que nace de unos versos del inglés John Keats, fue una novela que le costó sangre, sudor y lágrimas a Fitzgerald, que estuvo escribiendo, borrando, cambiando y reescribiendo durante 9 años, y que aún después de publicada restructuró completamente en futuras ediciones. Es un libro producto de los muy duros años que vivió cuando quedó en la ruina, su esposa Zelda hubo de ser internada en un psiquiátrico y él comenzó a coquetear con el alcohol. Todo ello está plasmado expresamente en la historia. Mucho de ello es la historia: la de una ruina, la de un fracaso.

En su arranque tenemos a esa pareja de millonarios norteamericanos que a los ojos ingenuos de una joven actriz lo tienen todo. No sólo a sus ojos, sino también a los de los otros veraneantes, que los idolatran y se sienten, casi, tocados por un ángel cuando los invitan a las fiestas que organizan. Es en una de esas fiestas cuando una invitada hace el descubrimiento de algo de lo que no nos enteraremos sino hasta varias páginas después, pero que es el primer indicio de que no todo marcha bien. La simpatía de Richard, el hombre de la pareja, que siempre sabe estar bien y hacer a todos sentir bien, es la que hará que el asunto no pase a mayores. El problema, sin embargo, es que esa simpatía, con el pasar de las páginas, se agota. Y era ella la que lo sostenía todo: desde el matrimonio hasta sus relaciones sociales, pasando, incluso, por su profesión. Y sin ella, todo se viene a pique.

¿Era genuina esa simpatía? ¿Era auténtico lo que hacía? ¿Había convicción en sus obras? ¿Qué lo movía? Esas son varias de las preguntas que surgen durante la lectura, toda vez que la intención de la novela estaría (en condicional, porque de esto nunca se puede estar seguro) en llevarnos (o llamarnos) a buscar lo auténtico, lo verdadero de la vida y no perdernos en ficciones de cartón piedra. “Hay mucho de su propia vida en este atormentado relato de la opulencia destructiva y del idealismo malogrado”, declaró sobre ‘Suave es la noche’ Zelda de Fitzgerald. Y habría que reordenar un poco la frase: el idealismo malogrado por la opulencia destructiva. En eso se podría resumir (y muy bien) este magnífico libro.

Suave es la noche

Autor: Francis Scott Fitzgerald

Fecha: 1933

Páginas: 526

Calificación: 7/10

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Nicolás Gogol, el escritor que no perdonó los vicios de Rusia

Tal día como hoy, en 1852, se fue de este mundo uno de los mayores escritores rusos de todos los tiempos: Nicolás Gogol. Nacido en 1809 en la provincia de Sorochintsi (lo que hoy en día se llamaría Ucrania), Gogol no tuvo en principio una vocación literaria, sino más bien burocrática: a los 19 años dejó su tierra natal para irse a trabajar en San Peterburgo en la administración zarista, trabajo en el que fracasó. Se pasó entonces a la academia, como profesor de historia. Allí conoce al dramaturgo y novelista ruso Aleksandr Pushkin, que es quien lo anima a escribir. Comienza entonces a publicar relatos corstos en distintas publicaciones, hasta que da con su golpe de suerte: “Veladas en la finca de Dikanka”. El éxito de esta obra lo lleva a abandonar definitivamente la universidad, para dedicarse de lleno a las letras. ‘El Inspector’, un relato en el que hace una sátira de la corrupción y de la ineficiencia que había en la administración rusa (él que la conoció de cerca), lo obliga a exiliarse en Roma. Porque la vida es como es y no hay mal que por bien no llegue, en la capital del antiguo imperio escribe la primera parte de la que será su obra maestra: ‘Las almas muertas’, que es, también, su ajuste de cuentas con Rusia, a la que deja desnuda y con todos sus defectos a la vista en ese libro. El país se indigna y lo aplaude a partes iguales, y él promete entonces escribir una segunda parte para redimirse. La vende como la que será su ‘ópera magna’ y a esa tarea se da por años. En el ínterin, sin embargo, sufre una crisis espiritual que lo lleva a peregrinar a Jerusalén y a renunciar a la escritura. Es en ese contexto en el que quema la tan esperada segunda parte de ‘Las almas muertas’, de la que se recuperan solo algunos fragmentos que se publican póstumamente, porque sorprendentemente joven, con tan solo 43 años, murió en Moscú tal día como hoy.

ORIANA

RESEÑA: Carta a un niño que nunca nació – Oriana Fallaci

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A uno le dicen Oriana Fallaci y lo primero que piensa es en la aguerrida periodista de preguntas largas y entrevistados imposibles. Sin embargo, la mítica periodista italiana también fue aut19ora de otros libros que nada tenían que ver con el periodismo, como es el caso de Carta a un niño que no llegó a nacer, que más que un título lo que tiene es un titular en el que en pocas palabras ya queda todo resumido: una carta escrita por ella para un bebé que no nació. Fin del misterio.

Como suele suceder con las cartas, ésta también es dura, durísima, como un puño en el estómago. Nace de cuando a Fallacci, atea, feminista, mujer moderna e independiente, soltera, en el top de su carrera, le informan que se encuentra embarazada y ella comienza a escribirle a ese hipotético hijo:

“Anoche supe que existías: una gota de vida que se escapó de la nada. Yo estaba con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad y, de pronto, en esa oscuridad se encendió un relámpago de certeza: sí, ahí estabas. Existías. Fue como sentir en el pecho un disparo de fusil. Se me detuvo el corazón (…) Ahora me hallo aquí, encerrada bajo llave en un miedo que me empapa el rostro, los cabellos y los pensamientos. Y en este miedo me pierdo. Trata de comprender: no es miedo a los demás, que no me preocupan. No es miedo a Dios, en quien no creo, ni al dolor, que no temo. Es miedo a ti”.

Como se lee, más que pluma, lo que Falacci usa es un bisturí, de modo que el libro termina siendo una autopsia, una disección cruda y visceral. Es un libro más sentimental que racional, cosa que no deja de sorprender en una mujer a la que uno tiene por dura. Aquí, sin embargo, se nos muestra frágil y dubitativa, sobrepasada por un hecho, la maternidad, sobre el que ella tiene poco control, y que por el contrario la controla a ella, cosa que la mata. La vemos pasar de la alegría a la tristeza, de querer tenerlo a no, de tener la certeza de que toma la decisión correcta, a dudar de si estará bien o mal, de hacer una cosa y luego la contraria. Vemos a un ser humano en una genuina experiencia humana, contradiciéndose y pasando por los más variopintos sentimientos, que van desde la ternura hasta la impiedad, de la rabia al odio.

Los monólogos de Fallaci son sencillamente desgarradores. Están escritos con sangre. Independientemente de que uno esté o no de acuerdo con lo que ella dice, no puede dejar de celebrar la sinceridad que hay en ellos. Allí le escribe a su hijo sobre la vida, el amor, la libertad, el dolor. Le cuenta fábulas de su infancia. Trata de prevenirlo sobre cómo es el mundo al que viene. Da su visión del mismo. Se descubre. Y todo con una pluma tan afilada como una daga, que se clava en las vísceras del lector. Sí, eso es este libro: una puñalada.

FICHA

Título: Carta a un niño que nunca nació

Autor: Oriana Fallaci

Año: 1975

Páginas: 100

Calificación: 8 / 10

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Gustavo Adolfo Becquer, un romántico tardío

Tal día como hoy, en 1836, vino al mundo uno de los grandes y últimos poetas románticos: Gustavo Adolfo Bécquer. Nacido en Sevilla, el origen de su arte hay que buscarlo en una biblioteca: la de casa de su madrina, una acomodada comerciante de origen francés, adonde fue a parar luego de cerraran el colegio donde estudiaba. Fue entonces cuando se aficionó a la lectura. Aunque hizo varios intentos de aproximarse a la pintura, su padre, pintor famoso, tras ver algunos cuadros suyos hizo un adagio que se cumplió a medias: “Tú no serás nunca un buen pintor, sino un mal literato”. Y en efecto, buen pintor no fue, pero mal literato tampoco: más bien resultó de los mejores, aunque le faltó vida para desarrollarse en pleno, ya que murió a los 34 años. Sin embargo, a pesar de morir joven, Bécquer dejó para la historia dos obras fundamentales: Rimas y Leyendas. Las primeras en verso y las segundas en prosa, se trata de dos grandes obras que casi dos siglos después siguen leyéndose con provecho. “Glosó como pocos las dichas y desdichas del amor romántico y, también como pocos, logró expresar en sus leyendas los sentimientos más profundos de un corazón desprovisto de la luz divina y ansioso de la dicha humana”, escribió de él el historiador César Vidal. A continuación, para conmemorar su nacimiento, una selección de cinco de sus mejores rimas:

RIMA X

Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman,
el cielo se deshace en rayos de oro,
la tierra se estremece alborozada.

Oigo flotando en olas de armonías,
rumor de besos y batir de alas;
mis párpados se cierran… ?¿Qué sucede?
¿Dime?
?¡Silencio! ¡Es el amor que pasa!

RIMA XXIII

[A ella. No sé…]

Por una mirada, un mundo;

por una sonrisa, un cielo;

por un beso… ¡Yo no sé

qué te diera por un beso!

RIMA XXXVIII

Los suspiros son aire y van al aire.
Las lágrimas son agua y van al mar.
Dime, mujer, cuando el amor se olvida,
¿sabes tú adónde va?

RIMA XXX

Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.

Yo voy por un camino; ella, por otro;
pero, al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: ?¿Por qué callé aquel día?
Y ella dirá: ?¿Por qué no lloré yo?

RIMA LIII

Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.

Pero aquellas que el  vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres…
¡esas… no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.

Pero aquellas, cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día…
¡esas… no volverán!

Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.

Pero mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido…; desengáñate,
¡así… no te querrán!

 

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RESEÑA: Las almas muertas – Nicolás Gogol

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Lo primero que hay que decir de esta gran novela es que se trata de un clásico ruso del XIX y como clásico ruso del XIX hay que entenderla; es decir: como un libro que en principio parece aburrido y termina siendo genial; que está escrito con un lenguaje antiguo, con muchas y muy prolíficas descripciones; un narrador que dice y hace de todo y prácticamente no se deja clasificar dentro de ninguna de las categorías estudiadas en la literatura del colegio; y que por todas partes exuda una carga tremenda de pasión.

Ubicados, pues, en el tipo de libro que es, podemos hablar, ahora sí, de la historia, que no es nada complicada tampoco. Un hombre joven, ambicioso, medio gordo y poco honrado, va recorriendo los pueblos y caseríos de Rusia en procura de “almas muertas”; es decir: en procura del título de propiedad de esclavos campesinos que hayan muerto pero figuren todavía en el censo. Es una trampa sutil y boba por medio de la cual él busca hacerse, en papel, propietario de un montón de almas (esclavos) de las que poder ostentar de la boca para afuera (el valor social se medía según el número de almas que se tenía) y con las que pudiera, además, obtener favores del gobierno. Almas obtenidas a bajo precio, porque para sus verdaderos propietarios constituían un lastre ya que hasta que no se realizara otro censo debían seguir pagando impuestos por ellos aunque hubieran fallecido.

¿Y entonces? Entonces que por medio de este relato, Gogol, ese grande, no sólo pinta un fresco sino que hace inventario y expone a la luz pública todos los vicios de su Rusia natal. Es, si se quiere, el ajuste de cuentas de un escritor con su sociedad y su tiempo. El libro es una denuncia de la corrupción del Estado, de la frivolidad de las élites, la holgazanería de sus campesinos; en fin, del deterioro y de la decadencia social de Rusia, un país en el que un don nadie, a punta de viveza y de destreza, de saber leer y manejar los códigos de su época, era capaz de hacerse con el favor de las gentes y ganarse la estima, honra y admiración de los hombres, así como el favor de las mujeres, a punta de pura apariencia. Casi todos los personajes (comenzando por él) conforman una galería de gente muy mejorable, gente de existencias vacías, almas muertas cuya redención, quizás un tanto forzada, viene sólo a partir de la segunda parte, en la que Gogol (a quien todos habían despedazado por publicar un libro tan poco edificante sobre su país) intenta corregirlos y decirle a la gente que cambie, que sean buenos, que basta ya.

Con respecto a su prosa, aunque muy de su época (o precisamente por ello) tiene una fuerza tremenda y logra transmitir toda la pasión, la violencia y la emoción de los personajes. Hay diálogos tremendos y descripciones fantásticas, aunque en esto último puede que se le pase la mano. Existen escenas memorables, como la de un baile en la que el narrador hace de cronista social y va contando  detalle a detalle todo lo que acontece; o cualquiera de las de los pantagruélicos banquetes que se ofrecían, con la descripción de cada uno de los platos.

¿Imprescindible? No. ¿Recomendable? Sí. Y mucho.

Las almas muertas

Autor: Nicolás Gogol

Fecha: 1842

Calificación: 8/10

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Bertolt Brecht, un autor necesario

Tal día como hoy vino al mundo en Alemania uno de los dramaturgos más importantes e influyentes del siglo pasado: Bertolt Brecht. Nacido en Ausburgo en 1888, Brecht fue hijo de un matrimonio conformado por un padre católico y una madre protestante. Desde pequeño comenzó a mostrar interés por todo lo extravagante y lo diferente. Del colegio estuvo a punto de ser expulsado al criticar un verso de Horacio (Dulce y honorable es morir por la patria) que les hacían aprender en vísperas de la guerra y él consideró como propaganda dirigida para tontos. Ya desde allí su espíritu crítico  empezaría a manifestarse. Comenzó a estudiar medicina en 1917, pero sus estudios se vieron interrumpidos por la I Guerra Mundial, en la que tuvo que presar servicio militar. Al año siguiente, en 1918, escribió su primera obra teatral, Baal, con un poeta y asesino como protagonista. A partir de allí, se casaría con el teatro, un matrimonio prolífico que duró para toda la vida. En sus muchísimas obras hubo siempre un componente político e histórico fuerte y se caracterizaron por una crítica radical a la burguesía. A pesar de ser un comunista sin partido (así se definía) no fue un autor panfletario: en sus obras solía dejar en manos del público la conclusión final, obligándolos a pensar y discernir. Creyente convicto de que la realidad se podía descifrar a partir del arte, y de que el arte era capaz de modificar el mundo, una de sus metas fue provocar y despertar la conciencia crítica de los actores y espectadores. Para la posteridad dejó una enorme cantidad de obras de teatro, de poemas y de frases célebres y agudas como esta, que nos recuerda, viniendo de una víctima de las dos guerras mundiales del siglo pasado, que la lucha es algo de toda la vida.

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Charles Dickens, un escritor popular

En tiempos de diásporas, exilios y familias divididas, viene Charles Dickens en nuestro auxilio con una frase que invita, finalmente, a no perder eso que le da fuerza a la vida: la esperanza. Si separarse es doloroso, nos dice el británico, reencontrarse es mejor y lo compensa con crees. Nacido en Inglaterra tal día como hoy en 1812, Charles Dickens es, sencillamente, uno de los más grandes escritores de todos los tiempos. Autodidacta nato y lector voraz, sus primeros pasos los dio en el periodismo como cronista político y editor de varias publicaciones, muchas de ellas literarias. Sin embargo, pronto se pasó a la ficción, donde comenzó a cosechar éxitos. En una época en la que los folletines y las novelas por entrega eran la moda, Dickens logró que media Inglaterra (o Inglaterra y media), y con ella parte importante del mundo (se publicó a nivel internacional) esperara ansiosa las entregas de sus novelas, al punto de que se cuenta que en puertos como el de Nueva York, al llegar un barco, preguntaban era por el desenlace de algún personaje (“¿Está la pequeña Nell muerta?”) antes que por la carga. Haber manejado ese formato lo volvió un autor masivo y popular, ya que los periódicos y revistas eran más baratos y accesibles que los libros. Maestro de la narrativa, en sus novelas destacó por su gran sensibilidad social (fue siempre muy crítico con la explotación que se produjo a partir de la revolución industrial), así como por su humor e ironía. ‘Cuento de navidad’, ‘Oliver Twitts’, ‘David Copperfield’, ‘Historia de dos ciudades’ o ‘Tiempos difíciles’ fueron algunos de sus títulos más populares. Puedes leer la reseña de este último aquí.

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RESEÑA: El lobo estepario – Hermann Hesse

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

90 años han transcurrido de su publicación y aun hoy ‘El lobo estepario’ sigue gozando de buena salud. Leído en el 2017, todavía es capaz de causar profundas impresiones en el lector, tal y como lo llegó a hacer en su momento y ha venido haciéndolo a lo largo del tiempo. Se trata de una novela psicológico-filosófica protagonizada por un hombre bien particular, llamado Harry Haller y mejor conocido como el ‘Lobo Estepario’

A Harry lo conocemos primeramente por el relato de un tercero: el sobrino de una mujer a la que a él le alquila un cuarto. Es este hombre quien se encarga de presentárnoslo, y lo hace con todos los elementos necesarios para intrigar y despertar el interés en tan singular personaje, al que describe como un hombre muy particular, huraño, extraño, que le causa una impresión profunda. Esta primera parte está escrita muy a la usanza de las novelas de misterio y cumple muy bien su cometido ya que al terminarla el lector no quiere otra cosa sino saber más de Harry.

Viene, entonces, la segunda parte: el diario del lobo estepario, un manuscrito (“Anotaciones de Harry Haller”) encontrado en su cuarto, redactado en primera persona, en el que Haller anota sus vivencias y pensamientos. Este manuscrito se encuentra interrumpido en una parte por el ‘Tractac del lobo estepario’, una especie de tratado psicológico/filosófico, que a Harry le entrega un desconocido en la calle, en el que se describen los rasgos definitorios de la personalidad y los pensamientos del lobo estepario. Después de él, sigue nuevamente (y así seguirá hasta el final) el diario de Harry. No es, pues, en cuanto a estructura, un libro complejo o difícil. Nada que ver. La complejidad (y grandeza) de este libro está  en su protagonista, en Harry.

¿Y quién es y cómo es Harry Haller, el lobo estepario? Hablamos, en principio, de un hombre cincuentón, huraño, un tanto misterioso, poco dado a las relaciones sociales, quien, no obstante, a veces tiene ciertas salidas de tono: se conmueve con cosas comunes o es capaz de sostener alguna conversación agradable. Así nos lo presenta el sobrino. Luego, por sus anotaciones comenzamos a saber que se trata de un hombre en quien dos naturalezas luchan encarnizadamente: una, que podríamos llamar humana o burguesa, que lo lleva a estar conforme con sus semejantes, con su gente, con su siglo; y otra, la del lobo estepario, que lo empuja a lo contrario: a rechazar a la sociedad, sus convenciones, a mirar todo con desconfianza y desprecio, y a sentirse tremendamente inconforme con todo.

En su personalidad de lobo estepario, que es la que en él predomina, Harry termina siendo presa de fuertes estados pesimistas que lo llevan no sólo a aislarse sino también a pensar en el suicidio. Y en el suicidio se encuentra pensando, precisamente, cuando en su camino se cruza Armanda, una prostituta que cambia radicalmente su modo de pensar y de vivir, porque resulta ser la única persona que (improbablemente) lo entiende. Y no sólo eso:  no es nada más que lo comprende, sino que también le enseña a vivir. De algún modo, lo redime y reinserta en la sociedad, no haciéndolo claudicar de sus principios y de sus críticas, sino más bien enseñándole que sí, que precisamente porque tiene razón, porque la sociedad no vale nada, es que no debe tomársela en serio sino todo lo contrario: debe, más bien, aprovecharse de ella, usarla, burlarse, disfrutarla.

Hay en este libro, sin embargo, mucho (muchísimo) más. Y ese más son los agudos pensamientos y reflexiones que Hesse va soltando en boca de sus personajes. Son ideas brillantes condensadas en frases geniales que llevan al lector a detenerse, respirar, releer, respirar y pensar un rato. Que se sienten a veces como una iluminación celestial; otras, como una patada en el estómago. Es un libro para leer (y releer) despacio, so pena de perderse alguna de esas duras y brillantes ideas. Un libro que ha envejecido bien, que merece estar en la categoría de los clásicos y cuyo protagonista, Harry Haller, bien tiene el derecho de ser recordado con nombre y apellidos propios.

El lobo estepario

Autor: Hermann Hesse

Fecha: 1927

Páginas: 248

Calificación: 10/10

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Paul Auster, uno de los grandes narradores contemporáneos

La frase, que bien podría ser la que encabece el epitafio de Venezuela, es de Paul Auster, escritor norteamericano nacido en New Jersey tal día como hoy en 1947. Hijo de judíos, Auster tuvo desde niño contacto con la literatura gracias a su tío, quien era traductor. Cuenta la leyenda que comenzó a escribir a los 12 años, antes, incluso, de descubrir el béisbol, deporte que lo apasiona y suele aparecer con frecuencia en sus textos. Sin embargo, no será sino hasta 1976 cuando publique su primera novela: ‘Squeeze play’, escrita bajo el pseudónimo de Paul Benjamín, que tuvo poco éxito. Una herencia recibida tras la muerte de su padre lo salva de la bancarrota y le permite seguirse dedicando al a literatura. Escribe entonces ‘La invención de la soledad’, una novela de corte autobiográfico en la que reflexiona sobre la paternidad, la literatura y la soledad. A partir de allí, el éxito le sonríe y se le abren las puertas de las editoriales. Su consagración internacional llega con ‘La trilogía de Nueva York’, una antología de novelas policíacas conformada por tres relatos (‘Ciudad de cristal’, ‘Fantasmas’ y ‘La ciudad cerrada’) que lo convierten en un autor popular y lo confirman como uno de los grandes narradores estadounidenses contemporáneos. “Si organizaras una velada literaria, ¿a qué tres autores, vivos o muertos, invitarías? (le preguntaron recientemente en ‘The New York Times) -A Dickens, Dostoievski y Hawthorne.. -¿Quién es tu héroe o heroína de ficción favorito(a)? ¿Y tu antihéroe o villano favorito? -Don Quijote y Raskolnikov”, dijo.