Se vende A-8

Texto por: Mario Morenza

Se vende apartamento. Un baño. Tres cuartos. Balcón. 100 metros cuadrados. Dos de los tres cuartos tienen closet. Incluimos nevera Kenmore.

No la pudimos sacar. Cuando lo intentamos, la puerta de la cocina era un imposible. Tendríamos que haber derribado media pared desde el marco de la puerta. No valía la pena. Cuando remodelamos el apartamento, hace cinco años, nos olvidamos de que algún día nos mudaríamos y tendríamos que llevarnos nuestras pertenencias. Cuántas pertenencias se habrán quedado en esos 100 metros cuadrados. En ese cubo, en el paralelepípedo dividido en cubículos de funciones hogareñas. En los últimos tiempos, cuando Emily tiene guardia en el hospital, recorro cada uno de estos cubículos.

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Orwell y la muerte anunciada

Texto por Joseph Artiles

Puede que suene a regaño de viejo, pero hay libros que son obligatorios, esos a los que llaman “clásicos de la literatura” –título que, paradójicamente, los hace parecer más tediosos de lo que son. Varios de George Orwell entran en esta lista y, al contrario, son tan emocionantes como necesarios –y más en las circunstancias en las que vivimos. Por eso 1984 es un libro indispensable.

Poco positivo produjo alguna guerra, menos aun la segunda guerra mundial. Pero más allá de los millones de personas que perdieron sus vidas, están quienes tuvieron que seguir adelante en un mundo que aparentemente había tocado fondo. Ese es el caso de Eric Arthur Blair quien, refugiado tras el nombre de George Orwell, escribió varias de las obras más crudas sobre la sociedad de entonces y del futuro que él visionó nos esperaba.

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Joroba

Autor Roberto Martínez Bachrich

Joroba

Que con este gobierno de mierda no se puede vivir, que mi regreso a las anchurosas filas del desempleo (porque mi jefe será muy jefe, pero a mí nadie me toca el culo si yo no quiero), que la crisis, que Alfredo es casado y yo no lo sabía (pero cómo no me di cuenta antes, estúpida de mí), que otra vez me cortarán el teléfono, que cómo voy a pagar las medicinas de mi madre que gastó tanto en mi educación para que terminara siendo una secretaria y ahora nada.

Digna de que me estalle el cerebro y se me escurra por las orejas o los orificios nasales, esta pensadera a pleno mediodía de un caótico viernes caraqueño en un vagón del metro atestado de gente y, claro, el aire acondicionado dañado; porque cada dos meses aumentan el pasaje pero los vagones están sumamente deteriorados, las escaleras mecánicas no sirven, algunas estaciones las están cerrando más temprano por la inseguridad, los metrobuses escasean como nunca y los mendigos y pedigüeños se multiplican. Ahora entra una vieja grotescamente encorvada, con una joroba monstruosa, y balbucea con su voz ronca y herida que por el amor de Dios, tengan corazón, ayúdenme. Y yo, idiota de mí, escucho que se me agrieta el corazón y veo a la vieja con sus ojos desgajados y sus facciones descoyuntadas, y pienso que llegar a esa edad en esas condiciones y yo que tanto me quejo pero mírala a ella, no darle pena a la pobre, sólo así poder subsistir. Y me arrecha saberme hurgando en la cartera y encontrando el billete apelotonado con el que compraría el pan para comer esta noche, me asquea tener la certeza de que esta vieja con su joroba de bestia circense cenará gracias a mí mientras yo paso hambre, me indigna esta epidemia de lástima y solidaridad que siempre ha manejado las riendas de mi pobre vida, imbécil de mí, con mi complejo de Teresa de Calcuta. Y así llega la vieja y extiende la mano y yo suelto mi cena y ella sonríe y me dice que Dios me lo pague y yo amén, pero a mí Dios no me paga un coño porque ese desgraciado me olvidó y no hay quien le regale un poco de fitina. Read More…

Big Bang: Entre el libro y el ebook

Texto y Fotos por Jesús Torrivilla

La industria del libro llevaba quinientos años incólume. Ninguna innovación importante había amenazado directamente con cambiar el negocio editorial hasta ahora: la llegada del ebook ha comenzado a introducir un nuevo paradigma en lectores y empresarios del mundo literario. El cambio es inminente.

Gutenberg nunca pensó en nuestras espaldas: todo el mundo alguna vez en su vida se ha tenido que enfrentar con la expresión cargar un libro –en su sentido más grave–, ya sea con pesados volúmenes universitarios, terribles enciclopedias escolares o las más de mil doscientas páginas de la novela 2666 –para entretenerse en una semana de playa en Margarita. La humanidad tuvo que enfrentarse a la insoportable gravedad del ser de los libros durante mucho tiempo.

Sin embargo, las asombrosas cifras de ventas del libro digital nos dicen que llegó el momento de que la letra escrita se libere de su peso tradicional. Según la consultora DigiTimes Research este año la venta de ciber libros se está triplicando: si el año pasado se vendieron 3,8 millones de unidades, este año se prevé que la cifra de ventas sea de 11,4 millones. La industria editorial, asustada hace unos años por los tiempos de crisis, tiene una oportunidad a la vuelta de la esquina.

Los principales contendores del ring libresco no pueden esperar por hacerse de este nuevo mercado que está creciendo con avidez. ¿Quiénes están al pie de guerra? El Kindle, comercializado por Amazon, es una de las principales potencias; cuenta con una capacidad de conexión 3G que permite comprar de forma inalámbrica cualquiera de los más de quinientos mil libros que Amazon posee en su catálogo. En este momento, su principal contendor es el Nook, el lector de la cadena norteamericana de librerías Barnes & Noble, que destaca por su doble pantalla: la estándar de los eBooks –con la tecnología e-ink que facilita la lectura– y una pequeña a color –con la intención de espantar al fantasma analógico del blanco y negro. El outsider de esta contienda es peligroso y viste un uniforme llamativo y deslumbrante: el iPad, de Apple, también quiere conquistar a los lectores, pero su precio inicial de seiscientos dólares es un punto álgido.

Aquí se dividen los intereses. ¿Quieres un dispositivo que además de lector de libros en pdf tenga otras funciones? Es la discreción de un lector de libros –que ronda los doscientos cincuenta dólares– versus las pretensiones de un aparato que el mundo todavía no tiene muy claro para qué sirve, pero sí que va a revolucionar algo –y que cuesta más de quinientos dólares. El poderío de Apple es, como diría un lector de Gallegos, insoslayable, por eso la industria tiembla.

Con estas cifras, nos queda claro, el panorama internacional es optimista. Pero ¿qué hace un venezolano con toda esa parrafada de dólares, tinta y futuro? Roger Michelena –librero de trayectoria y líder de los más de ocho mil seguidores de su cuenta en Twitter, @libreros, en la que publica a diario información sobre el acontecer literario– es quien nos ayudará a responder estas cuestiones. Según él, en nuestro país existen un buen número de obstáculos para que el público adopte el libro digital: el costo del soporte, las dificultades de importación y la “casi imposibilidad” de pagar en moneda extranjera para descargar algunos libros constituyen los principales; además de la fuerte relación libro-papel con la cultura que predomina en nosotros: el fetichismo de ver la obra publicada en físico.

El retraso es patente: “Nuestros editores todavía usan fax. Estamos en la punta equivocada de la lanza en materia tecnológica. Incluso, en las mismas universidades un gran handicap lo constituyen las normas de acreditación académica: el formato electrónico todavía no es aceptado como una publicación válida”.

Michelena cree que los autores deben saber aprovechar la oportunidad del libro digital. “Los escritores nacionales tienen poca o ninguna representación en las ferias internacionales, editar en el país es cada vez más oneroso –el costo del libro en Venezuela es el más alto de América Latina. Los autores arriesgados que creen en el valor de su obra no deben desestimar la ubicuidad que les presta tener en digital sus trabajos”.

La lección que él extrae va más allá de formatos. Nos recuerda que en un ordenador portátil, una computadora de escritorio o un pendrive se pueden trasladar libros. Más allá del iPad o del Kindle, la apuesta es otra: “Lo más importante es la palabra, no el soporte que la contenga”.