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Ya no me duele más – Silvestre Dangond

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Más que una canción, este es un grito de liberación. Un himno de triunfo que sólo pueden entonar aquellos que han logrado sobrevivir a un despecho y que ya se encuentran fuera del influjo de aquel sufrimiento. Es el aleluya de los que lo consiguieron, y, por tanto, un tema alegre, feliz, jubiloso y exultante. Lo canta Vicente Dangond, quien suena muy (demasiado) parecido a Carlos Vives y quien, al igual que su paisano, ha logrado convertir al malquerido y a veces execrado vallenato en una cosa urbana que se deja colar, querer y hasta oír.

Ay dile que ya sanó mi corazón
Que no me duele más su amor
Que ya no lloro más por ella

Ve y dile
Que yo aprendí bien la lección
Que no me entrego a otra ilusión
Si es pa’ sufrir de esta manera

El tema arranca enviando un recado a través de un tercero (o tercera, no está claro) a esa mujer que lo dejó. El núcleo del mensaje es que él se encuentra bien (“ya sanó mi corazón”), y las pruebas son que ya no siente (“no me duele más su amor) ni padece (“ya no lloro más por ella”), de lo que se desprende que para él la ruptura fue dolorosa. La segunda parte del mensaje va por el mismo derrotero: aprendió de su error y no volverá a cometerlo. ¿Cuál fue ese error? “Entregarse a [una] ilusión”. De lo que se podría concluir que aquí fue él quien lo dio todo (se entregó) por algo que no era verdadero (una ilusión), y por ello salió perjudicado (sufrió tremendamente).

Que ya no piense en regresar
Aunque no le guardo rencor
Que ya pasó todo el dolor, oh, oh

Que solo el tiempo le dirá
Si alguien la quiso más que yo
Que me hizo fuerte con su adiós
Y hoy le deseo lo mejor

En la primera línea le cierra la puerta a la posibilidad de volver a estar juntos. No queda claro si esto surge como respuesta a una propuesta que llevaba el/la mensajero/a, o si es algo que él, por voluntad propia, se adelanta a dejar claro antes de que pueda plantearse. En todo caso, esa puerta está cerrada con llave, y no porque él la odie o tenga algo contra ella (“no le guardo rencor / ya pasó todo el dolor”) no está movido por ningún sentimiento innoble (“hoy le deseo lo mejor”) y por eso, incluso, es capaz de encontrarle el aspecto positivo (“me hizo fuerte con su adiós”) a ese mal trago. Hay una madurez sentimental en esta estrofa, un crecer y sacar lo mejor de la mala experiencia, cuidándose, eso sí, de no repetirla. Sin embargo, también mete ahí su aguijón: “sólo el tiempo le dirá / si alguien la quiso más que yo”. No está mal la frase: mira el cariño que perdiste y a ver si vuelves a encontrar quien te lo de.

Ay, ya no me duele más
Ya te logré olvidar
Y aunque te quise tanto tu recuerdo me hace mal

Ya no me duele más
Ya te logré olvidar
¿Pa’ qué morir de pena si la vida sigue igual?

Ese “¡ay!” es muy pequeño para la fuerza que tiene al ser interpretado. Tendría que ir en mayúscula, con varios signos de exclamación, y todavía se quedaría corto. Aquí el arreglo del tema es fantástico para lograr que verdaderamente se sienta como un grito de liberación, de desahogo. Al escucharlo uno siente que en ese “ya no me duele más / ya te logré olvidar” salen exorcizados todos los demonios de despecho que lo atormentaban, que se libera de una opresión, de un peso y de un sufrimiento tremendos. Y ojo a la siguiente línea (“aunque te quise tanto tu recuerdo me hace mal”), que es triste y lúcida. Triste porque no hay en esta tierra forma que un “querer tanto” conjugado en pretérito perfecto simple (ese tiempo absoluto de acciones terminadas) no lo sea, ya que nos indica que ese sentimiento, esa cosa bonita, está en el pasado y en el pasado quedó: no se repetirá; y lúcida porque se reconoce frágil e inmune al poder del recuerdo (“me hace mal”).

Todo lo que sigue a partir de aquí, que no es mucho tampoco, carece prácticamente de valor. Coquetea con otra mujer (“párame bolas mi vida / ‘tay bonita, ‘tay soltera”), la deja libre (“sigue tu camino sin mi amor”) y promete cambio (“todo cambiará a partir de hoy”). Son líneas prescindibles, que no por ello demeritan las anteriores, y a pesar de las cuáles sigue siendo un tremendo tema que ojalá muchos (si no todos) los despechados puedan cantar a todo pulmón en algún momento de su vida, para proclamarle al mundo que a ellos tampoco les duele más y que lograron olvidar.

VOZ VEIS

Jamás se dice adiós – Voz Veis

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Un reencuentro con el primer amor es la historia que canta –y cuenta– este tema de Voz Veis, perteneciente a su sexto disco, ‘¿Qué me has hecho tú?’. Un reencuentro entre dos que se quisieron mucho y tenían años sin verse, y que, cuando lo hacen, descubren que el único ha sido físico, porque el cariño que se tenían se mantiene inmutable. Y entonces, surge la sugerente idea que le da título al tema: hay gente que por más tiempo que pasen sin verse, por más cosas que los separen en la vida, nunca se despiden, jamás se dicen adiós.

¿Qué tal? ¿Cómo estás?
Hoy te encuentro más bella de lo normal
A pesar, que han pasado tantos años sin hablar
la verdad tienes la misma manera de mirar
que aún no puedo olvidar

Esta primera estrofa nos pone en la escena de un encuentro inesperado. Todo está cantado en primera persona, pero dirigido siempre a otra. No es exactamente un monólogo, sino más bien un diálogo del que solo tenemos las líneas de una sola de las partes. Arranca con un saludo casual (“¿Qué tal? ¿Cómo estás?”) tras el cual viene un piropo (“hoy te encuentro más bella de lo normal”). Hasta el momento no sabemos qué tipo de relación había entre ambos, pero sí que tenían mucho tiempo sin contacto (“han pasado tantos años sin hablar”). También, que al reencontrarse él la halla preciosa y que no ha podido olvidarla. Esa última línea (“que aún no puedo olvidar”) es la clave de la estrofa: porque ha pasado de todo y esa mirada suya ha permanecido en el recuerdo.

Yo sigo acá:
me reviento en cada gira y al llegar, descansar;
siempre encuentro alguna amiga a quien llamar.
No está mal,
¿pero a quien engaño si en mi alma estas
dura de sacar?

Seguimos con la misma estructura del diálogo mutilado; es decir, teniendo sólo su perspectiva. Ese arranque (“yo sigo acá”) sugiere que es la respuesta a una pregunta. “Me reviento en cada gira y al llegar, descansar…”: la pone al día de su vida y de su  rutina, que es, ya se ve, la de un cantante. Interesante esto, ya que le da un toque de realismo a la historia. Luego, entra al plano de lo sentimental: “siempre encuentro alguna amiga a quien llamar”. Tiene una vida, casi, de playboy, no le faltan las mujeres, pero inmediatamente agrega un “no está mal”; es decir, que algo no está bien, lo que se confirma inmediatamente con una confesión en forma de pregunta retórica tras la cual queda poco por decir: “¿a quién engaño si en mi alma estás dura de sacar?”. Ya no es sólo que la ve bonita, o que no ha olvidado su mirada; es que la tiene en el alma (en lo más profundo) y “dura de sacar”: sigue allí a pesar del tiempo, de las amigas que llama cuando llega de gira, de todo.

Fuimos tan perfectos debutando en el amor
Fuimos como el viento entregado al cielo
Fui un velero navegándote amor
y tú la playa anclada al corazón
Fuimos más que un cuento que se acabó
hay gente que jamás se dice adiós

Este es el coro de la canción, que arranca con una línea que bien paga todo el tema: “Fuimos tan perfectos debutando en el amor”. Es una frase nostálgica, que remite a un recuerdo feliz, a una añoranza maravillosa: el debut en el amor…sea lo que esto pueda ser. Llámese noviazgo o primera vez o ambas juntas, eso da igual. Lo importante es que en esas lides fueron “perfectos”. Y en ese momento, teniéndola en frente, viéndola, lo que le sale es eso: “¡Fuimos tan perfectos debutando en el amor!”. Es sencillamente precioso, incluso conmovedor. Aunque también doloroso: el fuimos (pretérito perfecto) se remite a algo que sucedió en el pasado y concluyó. Y con ello, ya tenemos el cuadro completo de la historia: dos primeros novios que se rencuentran tras mucho tiempo.

Le siguen dos líneas que no le hacen justicia a la anterior: “fuimos como el viento entregado al cielo” (¿?), “fui un velero navegándote amor y tú la playa anclada al corazón” (¿?); son dos imágenes que tienen poco o ningún sentido, y de las que es muy poco lo que se puede sacar. Pero tras ellas viene un cierre de altura: “Fuimos más que un cuento que se acabó. Hay gente que jamás se dice adiós”. Comencemos por lo primero: “más que un cuento que se acabó”; aquí está diciendo que lo de ellos no fue una historia del montón, con principio, desarrollo y fin, sino algo más, muchísimo más, que ni siquiera se puede medir con los estándares o parámetros típicos; no fue algo que pasó y en el pasado quedó. “Hay gente que jamás se dice adiós”: es una afirmación tan categórica (“jamás”) como esperanzadora, que sugiere una eternidad, al menos terrena: mientras estemos en este mundo jamás podremos decirnos adiós.

Puede pasar que ya tengas compañía
¿Y qué más da?
Si al final, lo que importa en esta vida es recordar,
es guardar eso que fotografía el corazón
que solo es de los dos

Esta estrofa arranca admitiendo la posibilidad de que en la vida de ella pueda haber otro en ese momento, cosa que despacha muy ligeramente con un “¿qué más da?” porque tiene confianza en algo inamovible: los recuerdos. Él es parte de su historia, de algo que nadie va a poder arrancar. “Al final, lo que importa en esta vida es recordar”. La sentencia hace volver a Sábato (“vivir consiste en crear recuerdos futuros”) y no deja de tener una cierta e interesante sabiduría existencial; inmediatamente le sigue otra frase mejor: “[lo que importa en esta vida] es guardar eso que fotografía el corazón, que solo es de los dos”. La imagen es tan gráfica como preciosa y se entiende perfectamente: se refiere a esos recuerdos que quedan grabados inmarcesiblemente en ese espacio inabarcable e inaccesible del corazón, los instantes que éste decide congelar para siempre, que son tan ingobernables como imborrables, y que, como bien agrega la canción “sólo [son] de los dos”, no pertenecen a más nadie.

Inmediatamente entra de nuevo el coro, que aquí cobra la plenitud de su sentido. “Fuimos tan perfectos debutando en el amor”; y como lo fueron, hay (tienen) un álbum entero de recuerdos, de fotografías del corazón; y como lo fueron, porque lo fueron, hay (y ellos son) gente que jamás se dice adiós.

ARJONAWEB

Historia de taxi – Ricardo Arjona

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Hay (o hubo) un Ricardo Arjona que antes de hundirse en ese mar de frases y metáforas pretenciosas y rebuscadas, cantaba (y contaba) historias de calidad. Un magnífico narrador (trovador si quieren) de historias verdaderamente buenas, como la de este tema casi perfecto que es una de sus cimas más altas. “Historia de un taxi” es su título, y fue el cuarto single de su quinto álbum, Historias (1994), que se encuentra lleno, precisamente, de eso: de (buenas) historias.

Esta que nos atañe la protagoniza un taxista casado que una noche tiene un ‘affair’ con una pasajera despechada que viene de descubrir la infidelidad de su marido y busca pagarle con la misma moneda. Hasta allí es una buena historia, que es narrada en primera por el taxista (quien canta la canción). Sin embargo, ya casi llegando al final, Arjona le da un giro inesperado y cortazariano que hace que la historia cierre circularmente, tal y como el argentino decía que debía ser un buen cuento: la mujer con la que el esposo de la pasajera le era infiel…es la del taxista.

Ya allí, ya sólo por eso, por la historia y la estructura, el tema vale la pena. Pero hay mucho más y es que Arjona escoge muy bien aquí las palabras y las metáforas.

Eran las diez de la noche
Piloteaba mi nave
Era mi taxi un wolkswagen
Del año 68

Era un día de esos malos donde no hubo pasaje
Las lentejuelas de un traje
Me hicieron la parada
Era una rubia preciosa llevaba minifalda
El escote en su espalda
Llegaba justo a la gloria

Una lágrima negra rodaba en su mejilla.
mientras que el retrovisor decía “¡ve que pantorillas!”
yo vi un poco más.

El propio taxista nos cuenta en primera persona su historia: es de noche, ha sido una jornada mala, y se le monta una pasajera bastante atractiva. Por el carro (“un wolkswagen del año 68”) y el habla (“piloteaba mi nave”) se saca que es un hombre de clase popular. Es una primera parte muy descriptiva  (rubia preciosa, de minifalda, escotada en la espalda, de buenas pantorrillas) en la que destacan dos humanizaciones (“las lentejuelas de un traje me hicieron la parada”, “el retrovisor decía”) y un detallazo (el de la lágrima negra) muy de Yordano, que nos permiten hacernos una idea completa de la situación: la mujer, vestida de fiesta, está triste. Llora. Algo no le ha salido bien.

Eran las diez con cuarenta zigzagueaba en Reforma.
me dijo “me llamo Norma”
mientras cruzaba la pierna.
Sacó un cigarro algo extraño de esos que te dan risa.
le ofrecí fuego deprisa
y me temblaba la mano
Le pregunté “¿por quién llora?
y me dijo “por un tipo, que se cree que por rico
puede venir a engañarme.”
“no caiga usted por amores, debe de levantarse” le dije
“cuente con un servidor si lo que quiere es vengarse”.
y me sonrió.

En esta segunda parte ambos siguen en el taxi. Han pasado 40 minutos, y aunque Ciudad de México es enorme, ya parece ser demasiado tiempo para una carrera nocturna. Ese “zigzagueaba en Reforma” parece sugerir que están haciendo tiempo. Lo claro y seguro es que llevan rato hablando. Ella se presentó, él le preguntó por el llanto, ella le contó, él la aconsejó, luego se le ofreció (“cuente con un servidor si lo que quiere es vengarse”) y ella le sonrió. Todo contado con apenas lo mínimo, con lo justo y necesario para hacernos la película completa. Y ojo a un detalle revelador: el temblor en la mano, que se sucede en la escena, por demás muy clásica, del encendido del cigarro (“de esos que te dan risa”) y que denota ese nivel de nervio que precede un acto malo.

¿Qué es lo que hace un taxista seduciendo a la vida? 
¿Qué es lo que hace un taxista construyendo una herida?
¿Qué es lo que hace un taxista en frente de una dama?
¿Qué es lo que hace un taxista con sus sueños de cama?
Me pregunté…

Este es el coro de la canción, que nos mete en otro plano de narración: el de la conciencia del taxista. Aquí ya no son los hechos ni las conversaciones lo que nos cuenta, sino las preguntas que en ese momento de se hace, una especie de ‘¿qué estás haciendo?’. Angelito bueno y diablo malo, en ellas sabe que lo que hace no está bien (“construyendo una herida”), pero a su vez se compadece de sí para justificarse (¿qué hago con mis sueños de cama?) y así va. Preguntándose.

“Lo vi abrazando y besando a una humilde muchacha.
es de clase muy sencilla,
lo sé por su facha”.
Me sonreía en el espejo y se sentaba de lado.
yo estaba idiotizado,
con el espejo empañado.
Me dijo “dobla en la esquina, iremos hasta mi casa.
después de un par de tequilas, veremos qué es lo que pasa.”
¿Para que describir lo que hicimos en la alfombra?,
Si basta con resumir que le besé hasta la sombra,
y un poco más…

‘Consumatum est’: todo ha sucedido. Esta parte del relato arranca con ella contando por fin lo que había pasado: descubrió a su hombre siéndole infiel. Hay un dejo de clasismo en su expresión para referirse a la otra (“es de clase muy sencilla, lo sé por su facha”). Y nuevamente un detalle fantástico que lo dice todo: el retrovisor empañado; con ello se ahorra Arjona contarnos lo caliente que estaban mientras conversaban. Hasta que finalmente todo desemboca en el apartamento de ella. Es graciosa la engañada proposición lava-conciencia: unos tequilas y vemos; y si pasa, culpa de ellos. “¿Para qué describir lo que hicimos en la alfombra?”, se pregunta Arjona, que evidentemente no conocía el reggaetón ni podía predecir lo que venía, “Si basta con resumir que le besé hasta la sombra…y un poco más”. Nuevamente hay un uso económico de las palabras: dice lo necesario para que uno se imagine el todo.

“No se sienta usted tan sola, sufro aunque no es lo mismo:
Mi mujer y mi horario, han abierto un abismo.
¡Cómo se sufre a ambos lados de las clases sociales!
Usted sufre en su mansión,
yo sufro en los arrabales”.
Me dijo “vente conmigo, que sepa no estoy sola.”
se hizo en el pelo una cola,
fuimos al bar donde estaban.

Aquí tenemos el monólogo post-coito del taxista, en el que cuenta y comparte su desdicha, que también la tiene: entre él y su mujer media un abismo. “¡Cómo se sufre a ambos lados de las clases sociales!”, dice el taxista, que es un hombre basto y ya aquí comienza a decir tonterías. Quizás para que no siguiera hablando tonterías, ella lo corta: “Vente conmigo, que sepa no estoy sola”. Es una especie de respuesta a esa primera línea compasiva (“no se sienta usted tan sola”). ¿Adónde van? Al bar donde su esposo está. La venganza no va a ser ni íntima ni privada: el ojo por ojo será público. Que él se entere también. Y vienen, pues, las dos líneas fantásticas en las que Arjona le da el giro cortazariano a la canción:

Entramos precisamente él abrazaba a una chica.
mira si es grande el destino y esta ciudad es chica.
¡era mi mujer!

Sin comentario. Grandísimo modo de darle vuelta a la historia y de interpretarlo. Inmediatamente después del descubrimiento entra otro coro, otra cavilación del taxista, otro asalto de la conciencia:

¿Qué es lo que hace un taxista seduciendo a la vida?
¿Qué es lo que hace un taxista construyendo una herida?
¿Qué es lo que hace un taxista cuando un caballero
coincide con su mujer en horario y esmero?
Me pregunté…

Aquí cambia la tercera pregunta, que se adapta a la situación: ¿Qué es lo que hace un taxista cuando un caballero coincide con su mujer en horario y esmero? Lo de esmero es francamente inentendible (¿cómo se coincide en esmero?), pero es interesante y queda muy bien que el coro cambie de acuerdo con la situación. Ahora bien, la respuesta a la pregunta viene en la siguiente estrofa, que es el epílogo del tema:

Desde aquella noche ellos juegan a engañarnos.
se ven en el mismo bar…
Y la rubia para el taxi siempre a las diez (je)
en el mismo lugar.

No hubo, pues, escándalo en el “bar donde estaban”. Lo que hicieron fue vengarse. Se siguieron viendo. “La rubia para el taxi siempre a las diez en el mismo lugar”. Es una escena casi cinematográfica. Un cierre perfecto. ¿Y quién engaña a quién? Todos a todos.

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Mi nostalgia – Ricardo Cepeda

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Dentro de un género alegre y festivo como la gaita, este es un tema que resalta por el contenido más bien triste de su letra. Una canción de destierro, tan bonita como dura, que le canta a esa tierra que se deja y con la que se sueña con volver. Aunque la historia habla de un zuliano que añora su Maracaibo natal, en esta época de diáspora y exilios bien podría ser entonada por cualquier venezolano con solo cambiarle Maracaibo por Venezuela, ya que el sentimiento, el dolor, es el mismo.

Maracaibo tierra amada
Desde que de ti salí
A cada instante te añoro
Me paso el tiempo
pensando en ti

Y en mi vibra la esperanza
Que a ti voy a regresar
Y es por eso que me paso
Cantando siempre para olvidar

Con esa genuina declaración de amor (“tierra amada”) arranca el tema. Y no solo de amor, sino de fidelidad (“a cada instante te añoro”). La eterna ilusión de todo el que se va, el reencuentro, surge inmediatamente después en la evocación: “y en mi vibra la esperanza / que a ti voy a regresar”; y luego, el efecto catalizador de la música: “es por eso que me paso / cantando siempre para olvidar”. Así que tenemos a un exiliado que recuerda a su tierra, a la que espera volver, pero mientras se le pasa el tiempo afuera canta para consolarse.

Volvió diciembre

luces parranderos

Y el viento juega

cantando gaitas

 

Y esta nostalgia

que mi alma mata

Colma mis ansias de regresar

 

Voy al encuentro

de un bardo gaitero

Que ayer llegó de mi viejo lar

 

(Háblame de Maracaibo) (bis)

 

Canta una gaita gaitero

Canta que quiero,

querido amigo.

Cantar contigo por no  llorar

Todas esas estrofas componen el largo coro, y son las que explican el motivo de tanta nostalgia: la llegada de diciembre, ese mes de “luces, parrandeo” en el que “el viento juega cantado gaitas”. En el Zulia, ya se sabe, la navidad es otra cosa, y él, que la vivió, la recuerda y añora. Y por eso sufre: “esta nostalgia que a mi alma matá”, se muere de la tristeza. Entonces aparece en medio de su exilio un personaje: “un bardo [no un barco] gaitero que ayer llegó de mi viejo lar”. ¿Y qué es un “bardo” (esos gaiteros tenían léxico)? Un personaje medieval que al estilo de los trovadores iba contando y cantando las historias de distintas parte. “Háblame de Maracaibo”, le dice al bardo, y en esa súplica se le va la vida. Se lo vuelve a pedir. “Háblame de Maracaibo”. No estamos en los tiempos de internet y todo a un click, sino, como mucho, en aquellos de carta y teléfono. Y la llegada de alguien que viene del terruño supone la posibilidad más fidedigna de acercarse a él y recordarlo. “Cantá una gaita, gaitero”. Nuevamente la música como factor de recuerdo, de unión con la tierra. La música con esa magia. “Querido amigo, canta conmigo por no llorar”. Nada más que decir.

Muere otro año y yo distante

De mi vieja y de mi hogar

Qué dolor tan desgarrante

Me roe el alma sin descansar

 

Y unas ansias delirantes

De verte ciudad natal

Me acosan a cada instante

Y como un niño rompo a llorar

 

Esta es la estrofa más triste de la canción, en la que se describe lo que es, lo que se siente, estar lejos. Como en casi todas las gaitas, la figura de la madre está presente. Estar lejos de la vieja y del hogar otro año más es un “dolor desgarrante” (o desgarrador) que “roe el alma sin descansar”; es decir: algo constante, que está siempre presente y se siente en lo más hondo del ser. “Y unas ansias delirantes / de verte ciudad natal”, expresa el gaitero sentir. Ansias que lo persiguen, lo cercan, lo acosan y ante las que la respuesta, la única, es el llanto. Es la expresión de un hombre roto por la nostalgia de la madre, el hogar y la ciudad natal.

Maracaibo si es que acaso

No puedo a ti regresar

Tu imagen en mi regazo

Quedará eterno mi viejo lar

 

Y en el umbral de mi ocaso

Cansado ya de vagar

Convierto en alas mis brazos

Y hasta tu suelo yo iré a parar

En esta tercera parte quien canta contempla la posibilidad terrible de no volver, caso en el que, jura, no olvidará a su tierra. “Tu imagen en mi regazo quedará eterno, mi viejo lar”. El regazo indica cercanía, intimidad. Que conserve allí la imagen de su ciudad sugiere que se la quiere llevar consigo (“quedará eterno”), como el crucifijo en el ataúd. “Y en el umbral de mi ocaso / cansado ya de vagar”: una forma poética, rebuscada pero bonita, de hablar de los últimos minutos de la vida, y cuando esté en ellos, jura que si está afuera de Maracaibo, “[convertiré] en alas mis brazos y hasta tu suelo yo iré a parar”. Es una idea si se quiere infantil, inocente, pero bonita: al final, si en esta tierra, sujeto a las leyes de lo terreno, carnal y corporal, no nos pudimos ver, entonces cuando ya sea otra cosa, etérea, libre, cuando ya sea todo posible, volaré hasta ti para verte otra vez. Volver como el cielo, como el paraíso.

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Sin rencor – Neguito Borjas

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Sin rencor” no es sólo un clásico de la gaita zuliana, sino también una de las canciones sobre la cual se tejen más  leyendas. Dicen que la escribió Neguito Borjas para despedir a un amor infiel; que por tratarse de un tema romántico y no de protesta ningún grupo la quiso tocar al principio; que luego de lanzada, por allá a finales de los setenta, tuvo que pasar un año completo para que tuviera éxito; que éste se debió a un locutor marabino que tras descubrirla  fue quien comenzó a rotarla; que de él se contagiaron todas las emisoras; que tal y que cual. Lo cierto es que treinta años después de grabado es un tema que puede pelearle en popularidad al Himno y al Alma Llanera, y que prácticamente cualquier venezolano, zuliano o no, puede tararear y cantar fácilmente.

A pesar de que se le tiene por tema amoroso, lo cierto es que le canta a una ruptura. Y aunque el título y las estrofas están impregnados de un sentimiento noble y bueno, en el coro lo que hay es una especie de sortilegio o conjuro vengativo (por no decir maldición) sobre la persona a la que se le dedica el tema, a la que se le condena a llorar eternamente cada vez que escuche una gaita.

“Le doy gracias al Señor
por haberte conocido
Pues los años que vivimos
fueron de dicha y amor”

Así arranca esta gaita. Es un comienzo noble, bonito, en el que quien canta da gracias a Dios por permitirles conocerse y por los años, por el tiempo, que pasaron juntos. Un tiempo que transcurrió entre dos cosas buenas: dicha y amor. Que diga “haberte conocido” y no “haberla conocido” pareciera sugerir que no se trata de una evocación, de un soliloquio o de un cantar en voz alta, sino que lo hace, canta, en presencia de esa persona.

“pero una sombra cubrió
nuestro amor y en un momento
ese bello sentimiento
además de sufrimientos desilusión me dejo”

“Una sombra cubrió”: así  se explica el fin y la ruptura de esos años de dicha y amor. Es una imagen bastante gráfica pero poco explicativa: una sombra pueden ser demasiadas cosas. Adelante se habla de sufrimiento y desilusión. ¿Confirma ello la leyenda popular de la infidelidad de ella? Cabe la posibilidad, sí. Pero la letra ni lo confirma ni lo desmiente. Sigue siendo, en todo caso, una posibilidad extra-canción. Hasta aquí lo que se tiene es un amor que en determinado momento se oscurece y lo deja a él sufriendo y desilusionado.

En este momento entra el coro, pero dado que las otras estrofas hilan con esta primera, lo dejaremos para el final.

“¿Recuerdas aquellos días
que te adoré con locura?
Fuiste esperanza, hermosura,
mi pasión y mi alegría
Eras la luz que alumbrabas
en mi alma y mi entendimiento
por eso no me arrepiento
de adorarte hasta el tormento
de perderme en tu mirada”

Esta segunda estrofa es probablemente la más bonita del tema y puede que una de las mejores de toda la gaita en general. Si esta canción tuviera que justificarse por un solo motivo, sería por esta estrofa. “¿Recuerdas aquellos días que te adoré con locura?”. Es una pregunta retórica que evoca unos días felices, de entrega irracional (“te adoré con locura”). “Fuiste esperanza, hermosura, mi pasión y mi alegría”. Un inventario sentimental de la mayor factura en el que destacan dos palabras: esperanza y mi alegría. Las otras (hermosura y pasión) lo pueden ser cualquiera, no es tan difícil de conseguir. Pero esperanza, eso no lo es todo el mundo. Y “mi alegría” (ojo al posesivo, que le da un matiz importante; no la alegría de un momento, no una alegría más, “mi” alegría). Es interesante también el comienzo de esa enumeración (fuiste), ya que al hacerlo con un pretérito perfecto simple (ese tiempo absoluto en el que lo concluido, concluido está) genera desazón: todo eso lo fuiste, nada de eso eres ya. “Eras la luz que alumbraba en mi alma y mi entendimiento”: otra imagen interesante; alma y entendimiento, sentimiento y razón, la totalidad del ser. “La luz que alumbraba”: la luz no solo guía sino que dispersa la tiniebla, saca a relucir lo mejor. “Por eso no me arrepiento de adorarte hasta el tormento de perderme en tu mirada”. En otras palabras: valió la pena; lo hice y lo volvería a hacer.

“Sin rencor ahora te digo
que lo nuestro ha terminado
Este bello amor sagrado
para mí no tendrá olvido
Y eso donde solamente
tú y yo somos los testigos
Cuando tu cuerpo y el mío
en sutil, tierno amorío
se unieron ardientemente”

La estrofa arranca con la declaración de la ruptura. Ojo que es él quien rompe con ella (“ahora te digo que lo nuestro ha terminado”). Y si es él quién rompe es porque ella quien hizo algo. ¿Qué? No se sabe. Pero lo hace “sin rencor”: ¿quiere decir, acaso, que lo que ella hizo era digno de rencor y por eso la necesidad de dejar de manifiesto que a pesar de, no se lo guarda? Pareciera. “Este bello amor sagrado para mí no tendrá olvido”. De aquí lo interesante es eso de “bello amor sagrado”: lo sigue elevando, poniéndolo por los cielos. Se acaba, pero él se lleva el mejor de los recuerdos. Sea lo que sea que haya pasado, eso no ha afectado la valoración que él hace de ese proceso que vivió con ella. Lo siguiente no merece mayor comentario: una evocación de su intimidad: sutil, tierna y ardiente.

Y ahora, el coro, que es lo que le da el giro inesperado a esta canción:

“Y así siempre ha de pasar
Que cada vez que escuchéis
Una gaita llorareis
Porque en mi cara pensar
Con bellas prosas que a ti te harán recordar
Todas esas lindas cosas
que no pudimos lograr”

Sin rencor y sin nada, pero con esta condena: que nunca va a poder escuchar una gaita sin llorar. “Y así siempre ha de pasar”: in sacecula, saeculorum. Es curioso el uso del futuro del subjuntivo (escuchéis, lloraréis), una maracuchada sin duda, pero no deja de ser una de las pocas canciones en la que este tiempo en desuso está presente. ¿Y por qué llorará ella cada vez que escuche gaita? “Porque en mi cara pensar”: es un error gramatical (infinitivo por imperativo) pero igual se entiende, ella pensará en él cada vez que escuche la gaita. ¿Porque él es un gaitero y la canción tiene ribetes autobiográficos? Todo pareciera sugerir que sí. Pero no es sólo que la gaita lo remitirá a él, a su cara, sino que además la letra de la gaita (“con bellas prosas”, dice en lugar de versos, que sería lo correcto aunque sin duda no rimaría) le hará recordar “todas esas lindas cosas que no pudimos lograr”. Atención a esto último, es un sufrimiento producto de la frustración. No es que ella sufrirá porque lo verá a él feliz con otra o algo así, sino por lo que por su culpa no pudieron alcanzar y lograr juntos.

Un tema, en fin, que parece romántico y noble pero bien escuchado termina siendo lo contrario.

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Cuando salí de Cuba – Luis Aguilé

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

De las muchas canciones compuestas por el exilio cubano, esta es, seguramente, la más simbólica y clásica de todas. Un tema que trascendió hasta convertirse en un himno; la canción con la que muchos cubanos se despidieron de este mundo, el réquiem con el que no pocos de ellos, bandera sobre el ataúd, bajaron a la tumba.

Curiosamente, no fue compuesto precisamente por un cubano sino por un argentino: Luís Aguilé, quien, en aquellos gloriosos sesentas, era todo un rompecorazones, estrella de la radio y de las tarimas, y ante quien Latinoamérica toda, pero especialmente La Habana, se rendían. Allá, precisamente, ganó algún disco de oro, varios premios y muchos dólares. $16.000 verdes tenía cuando la revolución implantó un control de cambios e impidió que se pudiera sacar nada en monera extranjera. Apenas comenzaba, por los que guardó esperanza de poder hacer algo. Contactó con un connacional suyo, Ernesto ‘Che’ Guevara, quien le prometió hacer lo que pudiera: desbloquearle $1.500 y quedarse él (o la revolución) con los restantes $14.500. Como algo es mejor que nada, el argentino tomó el dinero y se marchó de La Habana para no volver nunca más.

De esa experiencia, pero sobre todo (y esto vino a saberse años después) de una cubana que lo había embelesado, a quien evidentemente no volvió a ver, nació este tema, que, cosas del destino, perdió todo su sentido romántico para convertirse en un canto de destierro, en una añoranza por la tierra de la que se salió para no volver, y que hicieron suyos no solo el exilio sino cantantes cubanos de la talla de Celia Cruz, cuya versión con trompeta, más melancólica y cubana, y puede que más sentida, es la que usaremos a efecto de este texto.

Nunca podré morir
Mi corazón no lo tengo aquí
Allá me está esperando
Me está aguardando que vuelva aquí

La primera línea sirve para explicar por qué se volvió una especie de réquiem, un canto de entierro: “Nunca podré morir”. Esto es una afirmación de eternidad, si se quiere de consuelo. Aunque lo que sigue es realmente triste: no morirá, al menos no del todo, porque está incompleto, porque no tiene su corazón consigo, sino lejos, esperando y aguardando. Hay la idea de un reencuentro, de un volver.

Cuando salí de Cuba,
dejé mi vida dejé mi amor.
Cuando salí de Cuba,
dejé enterrado mi corazón.

He allí el coro, todo un lamento. Vida y amor dejados allá. El corazón enterrado. Poca explicación necesita. Poca lectura da. Es la experiencia del destierro, de lo que significa dejar el sitio de uno, lo que en él se queda. En la versión de Aguilé no varía, pero en la de Celia, el inventario sentimental aumenta en el penúltimo coro: “Cuando salí de cuba dejé mi madre, dejé mi amor”. Mete allí su historia personal: la de una hija que un día partió y dejó a una madre que más nunca volvió a ver.

Late y sigue latiendo
porque la tierra vida le da,
pero llegará un día
en que mi mano te alcanzará.

Luego de la tristeza de la primera estrofa y el coro, surge esta segundo cuyo mensaje es netamente de esperanza: “llegará un día en que mi mano te alcanzará”. Todos los desterrados, desde aquel salmista que recordaba los canales de Jerusalén hasta este cubano que sueña con La Habana, aguardan siempre ese día del reencuentro. De volver.

Una triste tormenta
te está azotando sin descansar
pero el sol de tus hijos
pronto la calma te hará alcanzar.

Otra estrofa de esperanza, y un modo muy simbólico de metaforizar la revolución: “una triste tormenta que azota sin descansar”. El matiz que da el adjetivo triste es interesante. No es sólo la fuerza devastadora de la tormenta, lo incesante de su embestida, es la tristeza que trae, y más que eso, lo que duele ver que algo así caiga sobre un país. “El sol de tus hijos” es la esperanza. Ese sol que “pronto” traerá la calma. El tiempo demostró que no, que pronto no fue y que Aguilé fue demasiado optimista. No obstante, fue capaz de dejar para el recuerdo un tema inmortal en el que condensó la nostalgia de tantos.

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Laura Pausini – Dos historias iguales

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Esta es una canción triste, que fácilmente puede pasar por una de despecho, pero que es mucho más que eso: es una reflexión surgida a partir de una ruptura, que desemboca en la expresión sentida de una insatisfacción existencial, de una frustración por la vida y sus límites, y que por eso resulta interesante

Está muy mal traducida, y su versión original (italiana) es muy superior a la castellana, de modo que a efectos de este texto se hará uso de ambas.

“¿Ella quién es? ¿Qué te dará? ¿En qué es mejor que yo?”. Hubo, hay otra. Y con ella comienza la canción. No queda claro si fue la causante de la ruptura, del fin de la relación, pero sí que es con ella con la que está actualmente esa persona. “Estoy buscando las razones, aunque algunas veces no hay razón”. Es una pregunta sin respuesta, una ruptura de esas que a veces suceden sin motivo.

Yo por ti, tú por mí,
Las cosas no nos fueron bien, aun siendo así. 

Esta línea vuelve a reforzar la idea anterior: la teoría era correcta (ella estuvo por él; él estuvo por ella), pero “aun siendo así”, a pesar de hacer bien las cosas, no les fue bien. Terminaron mal. Y de allí, de ese desconcierto y de esa insatisfacción, surge este grito, que es el coro y el quid del tema:

“Y una vida entera a mí no me vale porque no se viven dos historias iguales” (Esp)

“Y una sola vida no puede bastar para olvidar una historia que vale” (It)

En las dos versiones tiene significados distintos, pero ambas parten de una cosa común: la insatisfacción con la vida, con lo finita, con lo limitada de la vida. Una no vale, una no basta: no es suficiente, no alcanza. Ni para vivir, ni para olvidar. La versión en español es letal: no hay segundas oportunidades, no se pueden vivir en una vida dos historias iguales (igual de buenas, se entiende), y una vez que ésta pasa, que la historia termina, ya no habrá otra. La segunda versión tiene implícita la primera: las historias que valen son inolvidables y quedan tatuadas, duran para siempre, porque una sola vida no puede alcanzar para olvidarlas.

“Con los ojos me lo dices, no hables: no vas a olvidarme”

De esa línea, la contundencia. De lo dicho y lo argumentado. “No vas a olvidarme”. Así. Sin atisbo ni lugar a dudas. Por toda la eternidad. Y eso yo lo sé y tú lo sabes. No trates de decir que no. No trates de hablar. La razón puede sugerirte otra cosa, puedes intentar razonar, pero los ojos, tus ojos, que tú no ves y yo sí, lo dicen clarito. Y ante eso, a lo latino, ‘non sunt argumenta’.

“Es difícil para mí intentar vivir (…) sin abandonarme a la añoranza, sin saber adónde voy sin ti”

¿Quién no ha experimentado algo así? ¿Quién no ha tenido esa tentación, esa fuerte y destructiva tentación, de lanzarse, de abandonarse, no a recordar sino a añorar (recordar + extrañar), que es todavía peor; a vivir del pasado, a ensalzar lo bien que se le pasaba y traerlo al presente para compararlo con lo mal que se la está pasando ahora y lo peor que se la pasará (el futuro, ya se sabe, siempre se ve oscuro)?

Yo por ti, tú por mí,
Las cosas no nos fueron bien, aun siendo así. 

Repetir esto es torturarse, ciertamente; pero es algo muy humano. Volver a lo mismo: que a veces, aunque todo se haga bien y correctamente, las cosas (mala suerte) igual  salen mal. Como el que come vegetales, hace ejercicio, no fuma, no bebe y le informan que tiene un cáncer terminal. Es la vida.

“Porque una vida entera a mí no me vale porque no se viven dos amores iguales”

En este segundo coro hay un cambio sutil. No son ya dos historias, sino dos amores los que no se viven.

“Recordar tu voz, pensar en tu nombre sin desmoronarme”

De esta frase la versión italiana tiene una expresión menos dramática y más realista: “sin hacerme daño”. Es el anhelo universal en toda ruptura de dos que se quieren: poder recordar sin dolor, sin sufrir-

“Cada día, cada vez, cada instante: no vas a olvidarme, no voy a olvidarte”

Una certeza mortal de despecho reciente: ni yo te voy a olvidar ni tú a mí, pero no podemos estar juntos.

“No sabré olvidarme de los simples detalles”.

En este “no sabré” hay una declaración o más bien reconocimiento de debilidad. No es el terco “no quiero”, ni el imposible “no puedo”, es el sincero “no sé”, que suele ser el que más cuesta de decir y afrontar, y que tiene un aire, incluso, de desamparo.

“De tus ojos que me dicen ya sabes que jamás se viven dos historias iguales”

Esta es una imagen tan fantástica como lapidaria. Unos ojos resignados que dicen “ya sabes que jamás se viven dos historias iguales”. Unos ojos que al soltarlo cuentan su condena y la de ella.

Todas estas frases se van alternando al final de la canción. Como en un flujo de conciencia. Como ideas e imágenes que le van viniendo a la mente. Como lo que cualquiera podría vivir tras concluir una historia que vale la pena.

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Laura no está – Nek

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Que Laura no está, que Laura se fue es una de las pocas certezas que tenemos los que crecimos en los 90’s. Una verdad musical y generacional que está grabada en nuestra memoria, y que nos enseñó un italianito llamado Filippo Neviani, al que todos conocimos por Nek, y del que, a pesar de seguir activo (en octubre sacó otro disco, el número 13 de su carrera), más nunca hemos vuelto a saber.

Es un tema de despecho y de desprecio. De un hombre al que abandonan, que sigue enamorado de la mujer que lo dejó, pero que no pierde la oportunidad de estar con otra. Hasta aquí todo (o casi todo) bien. Un clavo saca a otro, ya se sabe. Sólo que quien canta no tiene la intención de sacarse a Laura, sólo pasarla bien un rato y ya. Y así lo hace saber, se lo hace saber, a esa mujer. Es honesto, sí, como el que más, pero con una honestidad que se acerca al descaro, raya en el cinismo y deja ver en el fondo un cierto desprecio por ese otro clavo al que constantemente le echa en cara que no vale la mitad de lo que Laura.

Laura no está, Laura se fue
Laura se escapa de mi vida 

¿Qué tuvieron esas primeras líneas para hacernos reaccionar como el perro de Pavlov y saltar a decir un “Laura (o fulanito) se fue” nomás escuchar que Laura (o fulanito) no están? Misterios del modo de ser de los mortales, que diría el Pascual Duarte de Cela. Pero lo cierto es que esa primera frase, sin ser brillante, siendo más bien sencilla y simple, quedó convertida en una de antología, casi célebre.

y tú que sí estas, preguntas por qué
la amo a pesar de las heridas.

Aquí ya vamos empezando a divisar los primeros vestigios de conflicto. Hay cuentas claras, sí: ella sabe de Laura, sabe que existió, que lo hirió y, peor aún, que la ama. Que todavía la ama. Y, claro, inquiere, fastidia. Serán unas preguntas amargas: ¿por qué la amas? Ella te hizo daño, te causó heridas, ¿por qué la amas?, ¿por qué no a mí que estoy aquí?

Lo ocupa todo su recuerdo
no consigo olvidar
el peso de su cuerpo.

Él se reafirma en lo mismo. Laura está presente, omnipresente, lo ocupa todo. Curioso que lo inolvidable sea precisamente el peso de su cuerpo. Esto, comparando mujeres, podría ser una alusión indirecta (y corrosiva) a otra cosa.

Laura no está, eso lo sé
y no la encontrare en tu piel
es enfermizo, sabes que no quisiera
besarte a ti pensando en ella.

La primera línea pareciera ser la respuesta a uno de esos reproches incómodos. Como si ella le estuviera machacando constantemente que “Laura no está”, y él, harto, le dijera: “eso lo sé”, pero luego se desquita, le clava la daga: “y no la encontraré en tu piel”. Duro, ¿no? “Es enfermizo, no quisiera”, dice apaciguado, como excusando, para luego volver con otro puñal: cuando te beso pienso es en ella. Sorry.

Esta noche inventare una tregua
ya no quiero pensar más
contigo olvidare su ausencia.

Se inventará una tregua. ¿Por qué? Porque no quiere pensar más. No por ella, por él: está cansado, pobrecito. “Contigo olvidaré su ausencia”: una línea utilitaria, ‘te voy a usar para’. Y no para ser feliz, construir un mundo juntos o una cursilería así. No. Nada de eso: para olvidarla a ella.

Y si te como a besos, tal vez
la noche sea más corta, no lo sé
yo solo no me basto, quédate
y lléname su espacio, quédate.

Es es el primer coro. Una suposición: si te como a besos la noche sea más corta. Nuevamente el fin utilitario: te voy a usar para que esa noche insoportable que paso recordándola a ella se haga más corta, pase más rápido. Para ver si. Porque tampoco tengo la certeza. “Yo solo no me basto”, ojo: no es quiero estar contigo, es que me fastidio solo y quiero llenar su espacio con alguien, por eso te pido que te quedes.

Laura se fue, no dijo adiós
dejando rota mi pasión,
Laura quizá ya me olvido
y otro rozo su corazón.

 

Y yo solo sé decir su nombre
no recuerdo ni siquiera el mío
quien me abrigara este frio.

Nuevamente volvemos a Laura, esa obsesión. Se fue sin despedirse, lo dejó roto. Él cavila en voz alta: quizás lo olvidó, quizás tiene otro. Y él obsesionado: sólo sabe decir su nombre, no recuerda ni siquiera el suyo. Y como corderito desamparado, se hace la pregunta: “¿quién me abrigará este frío?”. Nuevamente el yo como centro de todo.

Puede ser difícil para ti
pero no puedo olvidarla.
Creo que es lógico: por más que yo
intente escaparme… ella esta.

Después de otro coro viene esta estrofa, entre honesta, comprensiva y lúcida. Le concede que no debe ser fácil para ella, pero le dice la verdad (no puede olvidarla), y sigue mostrando lo obsesionado que se encuentra: “por más que intente escaparme, ella está”. Tenemos un problema Houston.

Unas horas jugare a quererte
pero cuando vuelva a amanecer
me perderás para siempre.

Esta es, quizás, la estrofa más dura de la canción. “Jugaré a quererte”: mi cariño es un juego, algo lúdico, de mentira y va a durar lo que dure la noche, porque cuando amanezca de nuevo ya no voy a estar, “me perderás para siempre”. Es honesto, sí, por lo menos, ¿pero eso se le dice a alguien? ¿No hay allí, en el fondo, un poco de desprecio?

Y si te como a besos sabrás
lo mucho que me duele este dolor
no encontrare en tu abrazo el sabor
de los sueños que Laura me robo.

En el tema, esta estrofa se canta con todo. Arranca como el coro, pero cambia inmediatamente. Ya no hay una suposición (tal vez), sino una certeza: sabrás. ¿Qué? “Lo mucho que me duele este dolor”. Una redundancia, una mala traducción quizás, una perogrullada que raya en la tontería, porque claro que los dolores duelen. Ella le da paso a la más incoherente de las líneas: “no encontraré en tu abrazo el sabor de los sueños que Laura me robó”. Y evidentemente: los abrazos no saben y menos los sueños, encontrar eso en un abrazo es imposible. ¿Quién permitió que eso se cantara así? ¿Quién dejó pasar por alto esa gran incoherencia? ¿Cómo esto se pudo cantar sin que nadie levantara la ceja al llegar a este punto?

Si me enredo en tu cuerpo sabrás
que solo Laura es dueña de mi amor
no encontrare en tu abrazo el sabor
de los besos que Laura me robo, me robo.

Otra primera línea demoledora, seguida de otra incoherencia. “Si me enredo en tu cuerpo, sabrás que solo Laura es dueña de mi amor”: o sea, ni sueñes, querida. Laura y solo Laura, más ninguna. Ni tú. “No encontraré en tu abrazo el sabor” (¡qué empeño en buscar sabores en los abrazos!) “de los besos que Laura me robó, me robó”. Aunque al menos hay una coherencia entre besos y sabores, por lo menos, es un cierre de regular a malo, con el que termina un tema que sonó y se cantó mucho.

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Paris – La Oreja de Van Gogh

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Esta es una canción triste y melancólica que tiene a París, esa ciudad que da para todo y en todo queda bien, de título y de fondo. Narra la historia de (o le canta a) una desaparición que, por el carácter decisivo y desesperado de la letra, por lo irremediable que suena, parece tan definitiva como la de la muerte.

Buena parte del tema está cantado en imperativo, el tono de orden. “Ven, acércate. Ven, abrázame”. Quien canta, como en un conjuro, comienza invocando y convocando a esa persona. Pidiéndole que se haga presente. La quiere cerca. “Vuelve a sonreír, a recordar París / a ser mi angustia”. Allí, París está asociada a recuerdos felices, que provocan sonrisa, pero también ‘angustia’. ¿Por qué angustia? ¿Por qué él era su angustia? Sería mucho especular tratar de encontrar la respuesta a la pregunta, y la canción no da pistas para ello. Sin embargo, añorar incluso la ‘angustia’ que le producía es mucho querer. Lo que sucede en esa especie evocación arrepentida que se produce en el duelo (“ojalá estuvieras aquí para pelear…”). “Déjame pasar una tarde más”. Del imperativo se pasa a la súplica, a pedir eso que precisamente no se puede volver a tener: tiempo.

Arranca entonces el coro. “Dime dónde has ido / dónde esperas en silencio, amigo”. No sabe dónde está, pero sabe que está en silencio. ¿Una imagen, acaso, de la muerte? Parece la duda existencial de alguien que se pregunta adónde van, dónde están aquellos que ya partieron. “Quiero estar contigo y regalarte mi cariño / darte un beso y ver tus ojos / disfrutando con los míos”. Es la expresión de un anhelo, del deseo de volverse a encontrar. “Hasta siempre / adiós, mi corazón”. Esa es la sentencia definitiva. No es un ‘hasta luego’, ni un ‘después nos vemos’, sino un ‘hasta siempre’ y un ‘adiós’: algo sin retorno y hasta la eternidad. Allí, pues, queda claro: ya no está, murió. ¿Qué tipo de relación tenían? Eso se puede prestar a confusión: primero lo llama ‘amigo’, pero después ‘mi corazón’. ¿Uno de esos noviazgos, de esas relaciones profundas de ‘me enamoré de mi mejor amigo’? Pareciera.

En la segunda estrofa se regresa nuevamente a ese tono de orden / deseo: “Ven, te quiero hablar / Vuelve a caminar”. Esta última frase refuerza la idea de la muerte, ya que quien no camina está muerto. “Vamos a jugar al juego en el que yo era tu princesa”. Una añoranza triste de una época mejor en la que él daba todo por ella, y que parece confirmar que no era una relación amical sino de amor. “Ven, hazlo por mi / Vuelve, siempre a mí”. Puede sonar a capricho, pero tiene mucho de expresión lastimera, de la última carta que se juega, del último cartucho que se dispara: ‘hazlo por mi’. Como invocando una razón  inapelable. Pero que no funciona, porque inmediatamente entra de nuevo el coro.

Después, la canción entra en una nueva dinámica, no sólo en la letra sino en la interpretación: más lenta y gritada, desgarrada. “No hay lugar que me haga olvidar el tiempo que pasé andando por tus calles junto a ti”. ¿Era él un parisino? Eso parece sugerir la expresión ‘por tus calles’, las calles de él. Los paseos a pie por París, esa clásica añoranza. “Ven, quiero saber, por qué te fuiste sin mi / siempre tuve algo que contarte”. Es la frase más dura de la canción. Quizás por ello Montero se rompe al cantarla. Un reproche adolorido y desesperado: ‘¿por qué te fuiste sin mí?’. Una pregunta que duele. Y el final, ‘siempre tuve algo que contarte’. Ese dolor de lo que quedó por hacer, de todo lo que faltó, de lo que se frustró, de lo que iba a ser y ya no será.

“No hay nada que me haga olvidar el tiempo que ha pasado ya, y no volverá”. Así va terminando la canción. Nuevamente lo irrecuperable del tiempo, ese que se va y no vuelve. Y lo implacable de la memoria, que no olvida. Y para el cierre, una sentencia inapelable, una despedida definitiva: “No hay nada más. Adiós, mi corazón”.

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Tras la tormenta – Rubén Blades

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Temas que le canten a la esperanza no faltan. Es uno de los grandes tópicos de la música. Canciones sobran que nos invitan a ver el azul del cielo, el vuelo de las aves, la sonrisa de un niño, el verde de una montaña, a recordar lo bueno que es estar vivos y a no dejarnos vencer por la tristeza y los problemas, sino a recordar que el sol siempre sale para todos y la luna también. Vale. Esta es una canción que por género se inscribe dentro de la categoría de ‘esperanzadora’, pero con una particularidad: que mezcla la esperanza con la lucha. No es del tipo todo-va-a-estar-bien-sigue-adelante-corazón-porque-milagrosamente-todo-se-va-a-arreglar, sino que es realista: te dice que las cosas están mal, que hay que hacer algo para que se arreglen, y que solo quien lo haga, aguante y resista será quien reciba la recompensa.

La canción tiene mucha letra, pero lo fundamental se concentra bien en el coro y las dos estrofas:

Siempre aparece el sol, tras los aguaceros
Siempre, tras la tormenta llega la calma
Después de los tiempos malos, llegan los buenos
Y premian a los que no rindieron sus almas

Las tres primeras líneas se podrían inscribir dentro de la categoría de los lugares comunes. El sol tras el aguacero; la calma tras la tormenta; los tiempos buenos tras los malos. Nada que no se haya escuchado antes. Son imágenes comunes, pero no malas, y que no por muy usadas dejan de tener eficacia, de reconfortar. Sin embargo, lo mejor está al final: “premian a los que no rindieron sus almas”. Aquí está la clave. La recompensa no es gratuita ni será dada a todos, solo a un grupo particular: los que no rindieron sus almas; es decir: los que no tiraron la toalla ni se echaron a morir, los que lucharon y se sobrepusieron, los que no se vendieron ni se dejaron vencer. Es muy realista y poderosa esa línea: hay esperanza (recompensa) pero condicionada a la lucha (no rendirse).

Sé lo difícil que es vencer al silencio
Y el enfrentar al pasado con sus errores
Lo fácil que es olvidar al ejemplo bueno
Lo duro que es admitir equivocaciones

Esta es otra estrofa de antología, por lo realista, ya que habla lo que cuesta hacer las cosas bien, lo difícil que es. Quien canta, como un padre, como la voz de la conciencia, como Morgan Freeman en algún personaje, aparece diciéndote que sí, que es duro, que callar es y será siempre un gran refugio, una cómoda zona de confort; que enfrentar los errores del pasado es igual de arduo; que el ejemplo bueno, más cuando todos hacen lo contrario, es muy fácil de olvidar; y sobre todo que reconocer, que admitir los propios errores, las equivocaciones, es duro. Traza a su vez una hoja de ruta: vencer al silencio, enfrentar al pasado, recordar el bien ejemplo y admitir las equivocaciones. Algo que cuesta hacer, pero que cobra sentido en la siguiente estrofa:

Pero los golpes son los que nos enseñan
que nunca aprende el que a la emergencia le sale huyendo
Por eso hay que dar la cara ante la tormenta
Con nuestro amor y fe por bandera y de frente al viento

 

Aprender de los golpes, que no es lo mismo que a los golpes. Cuidado. ¿Qué se necesita para ello? Valentía. Gallardía. Resistir: “Nunca aprende el que a la emergencia le sale huyendo”. Otro llamado a aguantar, a “dar la cara ante la tormenta (…) de frente al viento”. Pues eso. A aprenderlo de memoria y repetirlo como un mantra.