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Para vivir – Pablo Milanés

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Este es uno de los temas de (des)amor más tristes y duros que se ha escrito nunca, y una de las cimas más altas de la música cubana. Compuesto en 1967 y lanzado como parte del álbum “La vida no vale nada”, se inscribe dentro de la “nueva trova” –una de las poquísimas cosas buenas que dio (o que se dio en) la revolución–, aunque no sea, de ninguna manera, una canción de protesta o social, sino todo lo contrario. ¿Qué lo hace tan especial? Quizás la honestidad, la brutal honestidad, de su letra, que por eso es tremenda y dura. También, cómo no, la interpretación de Milanés, con ese tono tan suyo e inclasificable. Y los arreglos. Es un tema donde todo, absolutamente todo, armoniza. Que apenas empezar a sonar lo sumerge a uno en una atmósfera triste y melancólica, y que, si tuviera tal poder la música, nublaría el más azul de los cielos al primer acorde.

Es la historia de un fracaso amoroso. El naufragio de una relación, probablemente matrimonio, de años. Otro tema de fracasados (siempre los fracasados), que luego de mucho tiempo se dan cuenta de que nunca debieron estar juntos, que deben ponerle fin a su relación, y que, si la vida y el tiempo lo permiten, intentar encontrar lo que no tuvieron: eso que llaman amor

Muchas veces te dije que antes de hacerlo
había que pensarlo muy bien,
que a esta unión de nosotros
le hacía falta carne y deseo también

En esta primera estrofa quien canta se dirige a la otra persona, a su pareja, con una especie de reproche retrospectivo: ‘te lo había dicho’. Con ello arranca, con una ida al pasado, una vuelta (melancólica) a los orígenes, tras la cual constata que ese fracaso estaba cantado, que él lo sabía, que había tenido razón, pero no había actuado en consecuencia.  “A esta unión de nosotros le hacía falta carne y deseo también”; es decir: no había atracción mutua, no se deseaban. Curioso, porque eso suele ser lo que sobra en las mayorías de las relaciones, por lo menos al principio.

Que no bastaba que me entendieras
y que murieras por mí,
que no bastaba que en mi fracaso
yo me refugiara en ti

Aquí se siguen relatando las causas del fracaso. Es una estrofa enorme, tanto por la honestidad como por la lucidez de quien canta. Una disección sentimental y psicológica de primer nivel: ella estaba loca por él, se moría por él; y él se consolaba en ella, con ella. Cuando fracasaba, cuando las cosas le salían mal (en lo que fuera) la buscaba. Repito: asombra la lucidez de lo cantado (y contado) aquí. Y lo duro que es.

Y ahora ves lo que pasó
al fin nació, al pasar de los años,
el tremendo cansancio que provoco ya en ti,
y aunque es penoso lo tienes que decir.

¿Qué es eso? La conclusión lógica de los hechos, el orden natural de las cosas. “Y ahora ves lo que pasó”, no deja de tener un tono de reproche. Pasaron los años, con él la rutina y tantas cosas. Esa relación que no era de dos, en la que había una enamorada y un resignado, terminó por acabarse. “El tremendo cansancio (…) que provoco ya en ti”: la admiración, la locura, el morirse por, terminó en eso, en cansancio y fastidio. “Y aunque es penoso, lo tienes que decir”. Esta última frase nos vuelve a mostrar a ese hombre lúcido que aunque no se lo digan se da cuenta de todo, del cansancio que provoca, y que, aunque sea triste, aunque duela, aunque de pena, la conmina a decirlo. A dejarse de engañar.

Por mi parte esperaba
que un día el tiempo se hiciera cargo del fin,
si así no hubiera sido
yo habría seguido jugando a hacerte feliz

Aquí se nos hablan de alguien que se movía, que vivía, en la más simple resignación: “esperaba que el tiempo se hiciera cargo del fin”. Una actitud pasiva, resignada, de quien ve la vida pasar y no lleva el control de ella. Se podría pensar en alguien incluso frío, o hasta cínico, que aun sabiendo que el final estaba cantado, sigue aparentando. Víctima de su propio plan. “Si así no hubiera sido yo habría seguido jugando a hacerte feliz”. Jugando a hacerte feliz. Un juego, algo falso, de mentira, que no era verdad. Un yo-seguiría-haciendo-como-que-sí. Pongámonos por un momento del otro lado: ¿qué tal si esa otra persona, esa con la que estuviste un montón de años, te dijera dicho que todo para él/ella era un juego? Altruista y bien intencionado, sí, pero juego. Es tremendo.

Y aunque el llanto es amargo
piensa en los años que tienes para vivir,
que mi dolor no es menos
y lo peor es que ya no puedo sentir.

“Y aunque el llanto es amargo”. Ella llora, lógicamente. Después de toda esa andanada no queda sino llorar. ¿Qué consuelo queda? “Los años que tienes para vivir”. Ver el futuro, lo que viene. Él también sufre –“mi dolor no es menos”– y, peor aún, parece haber quedad insensibilizado: “ya no puedo sentir”. Es extraña esta línea: ¿acaso sugiere que de tanto fingir y jugar perdió la capacidad de sentir, de empatizar? ¿Que se volvió duro y descorazonado? En todo caso, parece que ella puede salvarse y él no.

Y ahora tratar de conquistar
con vano afán este tiempo perdido
que nos deja vencidos sin poder conocer
eso que llaman amor,
para vivir.
Para vivir.

¿Qué queda después de todo esto? Al menos una intención: “tratar de conquistar con vano afán este tiempo perdido”. ¿Por qué vano afán? Quizás porque el tiempo es irrecuperable, porque el tiempo perdido, ese que los santos lloran, no vuelve. “Que nos deja vencidos sin poder conocer eso que llaman amor”. Triste final y triste imagen: la de dos personas vencidas por el tiempo que por andar en una relación que no debía ser terminaron sin conocer eso que llaman amor, sin vivir.

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Soldadito marinero – Fito & Fitipaldis

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Los fracasados, siempre los fracasados. Protagonistas de buenos libros, buenas películas y hasta buenas canciones. Como ésta. “Soldadito marinero” se llama; la canta un Fito que no es el Páez argentino, sino el de ‘los Fitipaldis’ españoles y nos cuenta la historia de un hombre sin nombre a quién no le ha ido bien en la vida.

Él camina despacito, que las prisas no son buenas” es lo primero que sabemos. Un hombre que va ‘despacito’, no despacio, nos da la idea de alguien agotado, cansado; y luego, el agregado ‘que las prisas no son buenas’, ya nos habla de cautela: un hombre cansado y cuidadoso. Quizás chapado a la antigua, por el dejo de refrán que tiene la última frase. También, al parecer, maniático o por lo menos muy ordenado: “En su brazo dobladita con cuidado la chaqueta”. Nuevamente el diminutivo –dobladita– para darnos idea de pequeñez, fragilidad.

Luego pasa por la calle donde los chavales juegan / él también quiso ser niño pero le pilló la guerra”. Es quizás lo más desgarrador de la canción. ‘Quiso ser niño pero le pilló la guerra’. Una niñez sin parques, ni juegos, ni amigos, ni aventuras; el tener que crecer de sopetón por un conflicto bélico; la vida sin infancia, la añoranza de lo que no se pudo tener, de lo que por derecho le correspondía y lo despojaron, de lo que debió ser y no fue. Eso irrecuperable que tiene todo lo trágico: porque la infancia no se repite, y niño solo se es y puede ser una sola vez en la vida.

E inmediatamente ese coro que suena a lamento: “Soldadito marinero conociste a una sirena / de esas que dicen ‘te quiero’ si ven la cartera llena”. Lo de ‘soldadito marinero’ suena aquí a cariño e incluso compasión. No es malo, ya se sabe. Pero le va mal. Conoció a una sirena, y la sirenas, lo conocemos desde la Odisea, pierden a los hombres, los vuelven locos. Él enloqueció por una mujer interesada, bella y mala: “Escogiste a la más guapa y a la menos buena / sin saber cómo ha venido te ha cogido la tormenta”. Punto para esa buena descripción -la más guapa y la menos buena- que a su vez  resume la tragedia universal y eterna de tantos y tantos hombres.

¿Qué pasó después? “Él quería cruzar los mares y olvidar a su sirena”. Es decir: tan fuerte fue el desengaño, que lo llevó a poner tierra –más bien mar– de por medio. Y entonces: “conoció a Mariela / que tenía los ojos verdes y un negocio entre las piernas”. Aplausos de pie para la genialidad de Fito: pocas veces de manera tan sutil y directa se describe a una meretriz. Y luego, la estocada: “Hay que ver qué puntería no te arrimas a una buena”. Una españolada detrás de la cual se esconde casi toda la desgracia de nuestro amigo soldadito, que es incapaz de conseguir, de elegir, a una buena mujer.

Después de un invierno malo, una mala primavera. ¿Dime por qué estás buscando una lágrima en la arena?”. Esa es la sentencia final de la canción. Lapidaria y desesperanzadora. A una estación mala, le sigue otra igual de mala. Es un ciclo, como en la vida. Un ciclo que se repite. Y al que debería estar acostumbrado. Por eso la pregunta que le sucede: ¿por qué buscas lo imposible, si sabes que no va a llegar? ¿Por qué te empeñas? Las cosas son como son: mal invierno, mala primavera, y buena canción.

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Contigo se va – Bacilos

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Este es un tema que habría podido ser genial y se quedó en muy bueno. Que tiene unas frases verdaderamente brillantes y otras un tanto absurdas, pero en el que el balance termina siendo positivo y por eso es digno de una escucha atenta.

“Contigo se va, contigo se fue

En una mañana sin sol,

todo lo que quise ser

Contigo se va, contigo

Poco a poco acaba conmigo”

Esta es una primera estrofa impecable. Verdaderamente. Un arranque magistral. Queda muy bien ese cambio de tiempo en el “ir”, del presente al pasado (se va, se fue), que en este caso sirve para hacer énfasis. Luego viene ese matiz fantástico: una mañana sin sol. Una lectura muy básica sería que se refiere a la madrugada (¿no son ellas mañanas sin sol?), pero eso pedestre y hasta imperdonable pudiendo ir más allá: la mañana es por excelencia el tiempo de la esperanza, el comienzo del nuevo día, y está marcada por los rayos de ese sol que dicen los optimistas de oficio que siempre sale para todos. Pues bien, la mañana de esta canción no tuvo sol. Fue una mañana oscura, en la que no hubo, en la que no cupo, la esperanza. La imagen es tremenda y se entiende con lo que sigue: porque en ella se fue “todo lo que quise ser”. Y esto es devastador. No es el pasado lo que se pierde (todo lo que fui), sino el futuro. Pero cuidado: no todo lo que iba a ser, todo lo que sería, todo lo que seré, sino todo lo que “quise ser”; el aniquilamiento es de los deseos, de los planes, de todo un proyecto de vida, que se desvanece, que se va. Y eso es rudo. Es duro. “Poco a poco acaba conmigo”. Y con cualquiera, efectivamente.

¿Qué tenemos, entonces? La historia de una separación fulminante, un futuro frustrado y sin esperanza. Pero después de tan magnífico arranque, una tontería:

“Empiezo a caer,

empiezo a entender 

que nada vale la pena 

sin miedo a perder,

si no exige cada día 

una mirada, un poco más”

¿Qué qué? Es muy poco lo que se puede salvar. Apenas y la primera línea, por lo gráfica: “empiezo a caer”. Vale. Pero luego: “empiezo a entender que nada vale la pena sin miedo a perder”. ¿Eso qué es? Apenas y una perogrullada: que sólo vale la pena lo que nos da miedo perder. Ok, fino. ¿Y? Pues lo que viene, que no es mejor: “si no exige cada día una mirada un poco más”. ¿Un poco más qué? No se sabe. Y es así como esa magnífica primera estrofa es sucedida por estas obviedades incompletas de la que poco se puede decir.

Y ahora, la primera parte del coro:

Espérame, corazón

no vueles, que sigue siendo hoy

y dame una miniatura,

antes de que se vaya el avión

Aquí se comienza a aclarar todo: vuelo, avión. Ella se va a otra ciudad o a otro país. Es, pues, la historia de una separación geográfica, de aeropuerto, como tantas que suceden últimamente. Una relación en la que se atraviesa la distancia. Él suplica: espérame, no vueles, no te vayas, corazón. Luego aparece una cosa sin sentido: el argumento para que ella no vuele –“que sigue siendo hoy” –. ¿Qué quiere decir todo ello? Bien lo sabrá Bacilos y únicamente Bacilos. La segunda petición –“dame una miniatura antes de que se vaya el avión”–, cobra sentido con la otra parte del coro:

Muéstrame una razón

Enséñame que quieres luchar

Para que un día nuestras promesas

Se hagan verdad todas bajo el sol

Las dos primeras líneas son peticiones claras. Detengámonos en la segunda: “Enséñame que quieres luchar”. De allí se deduce que es ella la que no ha dado respuesta. Él quiere luchar, pero no sabe si ella está en la misma tónica. Dispuesto está, eso es claro, y apenas pide una cosa y a ella se aferra: que le enseñe que ella también lo está. Es aquí donde cobra sentido la miniatura que pide antes de partir: es esa, que le dé una señal, que le diga que sí, que lo va a intentar. ¿Para qué? “Para que un día nuestras promesas, se hagan verdad todas bajo el sol”. Interesante el manejo que hacen de la imagen de astro rey, que aparece nuevamente aquí: la separación, la ruptura, sucede sin sol; el cumplimiento de las promesas es soleado. Queda claro lo que representa. Que hable de promesas sólo confirma una cosa: ya habían ideado un futuro juntos, y sólo juntos es como se cumplirá, como volverá a salir el sol.

De lejos amor, desde muy lejos verdad

colgados de una esperanza 

viendo el tiempo pasar, robándonos 

cada día lo que sería nuestra felicidad

Esta es la última estrofa original de la canción, ya que lo que le seguirá hasta el final no será sino una repetición de coros. De ella podría decirse lo mismo que de la primera: impecable, ya que describe perfectamente lo que es un amor de lejos, “desde muy lejos verdad”, ese que se vive “colgados de una esperanza”. Hay que detenerse aquí: porque el que está colgado no está cómodo ni seguro, más bien está aferrado, agarrándose con todas las fuerzas, ¿a qué?, a una esperanza: el reencuentro. ¿Y mientras qué? Una línea para llorar: “[ver] el tiempo pasar, robándonos cada día lo que sería nuestra felicidad”. Devastador, sencillamente. Y magistral, también. “Viendo el tiempo pasar”: la pasividad del espectador, que nunca es el protagonista. La vida, la felicidad, como una película que pasa por delante; el tiempo separados como un ladrón que con su incesante transcurrir lo que hace es robar esa felicidad hipotética que tuvieran al estar juntos.

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Tentación – José Luis Perales

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Noble. Ese es el mejor adjetivo con el que se puede describir este tema. Un tema hidalgo, de caballero. Del hombre que a uno le gustaría poder llegar a ser. Es una canción vieja, con la melodía típica de las baladas ochenteras, pero que contiene una letra verdaderamente singular, que en estos días de perros, perritos, gatas y lobas, de “no me puedo contener”,  “voy a caer en la tentación de   tocar tu piel”, o “si les somos infieles es por un gran querer”; en días, en fin, de alegoría y apología a la infidelidad y al ceder, resalta por ser todo lo contrario: un canto a la fidelidad.

Te inventaría un universo, hoy,
sI ella no fuera ya mi estrella.
y te daría tiernamente amor,
si no la diera tanto a ella.

Así arranca. Todo está cantado en segunda persona, en te: es una canción dirigida a alguien en específico, dedicada. ¿A quién? En las siguientes líneas se devela:

Eres la dulce compañía,
que pinta su sonrisa
cada día, para mí
de rojo y miel.

Eres la dulce tentación,
la fuerza que me empuja
cada día a ser infiel,
a ser infiel.

Es decir: a una mujer que lo seduce. Dice mucho el adjetivo dulce: remite a algo agradable, grato, incluso cariñoso. Parece indicar que es una tentación que va más allá de –o que no se remite sólo a– lo carnal y sensual: hay sonrisas, buen trato, compañía grata, diversión. Se mezclan las dos cosas. “Rojo y miel”. Rojo, el color de la pasión; miel, la dulzura hecha sabor. Carne y sentimiento. Cuerpo y alma. ¿Está enamorado? Hasta aquí es difícil saberlo. Que no le cueste “inventarle un universo” y “darle tiernamente amor”, quiere decir que por lo menos es su tipo. Que le gusta.

Entonces tenemos a un hombre tentado por partida doble, y de la peor de las formas: porque lo carnal arrastra y lo sentimental amarra. “Eres la fuerza que me empuja cada día a ser infiel”. La atracción es fuerte, eso es claro, y la situación está llegando a un punto límite –“me empuja”–. Se repite por dos veces “a ser infiel”; es decir: la infidelidad, ceder, es ya una idea recurrente. Y cuando está a punto, entra el coro:

¡No! La quiero sólo a ella,
mi universo es ella nada más,
tú eres la aventura, la risa, la ternura,
y ella, la que espera en soledad,
no, no.
Tú eres mariposa
que vuela entre las rosas,
y ella es el cimiento de mi hogar

Una respuesta categórica. Un ‘¡no!’ con énfasis, un aldabonazo, una vuelta súbita y brusca a la conciencia justo antes de ceder, como de quien sale de un embrujo y se da cuenta de la realidad. Le siguen dos líneas en las que pone en frente a una y a otra, a la que lo tienta y a su mujer. “Tú eres la aventura, la risa, la ternura y ella la que espera en soledad”. Aventura, risa, ternura. Esto pareciera sugerir que ella es más joven que él, que la pasan bien, y que hay en todo ello algo arriesgado. Pero la otra cara de eso tan divertido es “ella, la que espera en soledad”. Una imagen contrastante y tremenda, injusta. “Tú eres mariposa, que va de rosa en rosa / y ella es el cimiento de mi hogar”. Lo efímero (mariposa que va de rosa en rosa) versus lo sólido (el cimiento de mi hogar), lo fugaz versus lo que dura. Allí está la elección, esa es la diatriba. Y atención a la palabra hogar. No es cimiento de la casa, del apartamento o de cosa semejante, sino del hogar: ‘el lugar donde se encendía el fuego, a cuyo alrededor se reunía la familia para calentarse y alimentarse’, en una wiki-definición.

Me perdería en tu silencio, hoy,
si no pensara tanto en ella.
y mantendría la mirada en ti,
si no la viera siempre a ella.

y no le llames cobardía,
hay cosas que en la vida
sólo son para dos,
tan solo dos.

No es compatible la mentira
con algo transparente,
hermoso y frágil,
como es, el amor.

Vuelve nuevamente otra estrofa que arranca con dos síes condicionales que terminan en una respuesta definitiva –“me perdería en tu silencio hoy, si no pensara tanto en ella / mantendría la mirada en ti, si no la viera tanto a ella”–. Un elemento común: es el pensar en ella, en su mujer, lo que al final lo mantendrá alejado de la otra. Por ella es que renuncia a la otra. Se niega ese placer. “Y no le llames cobardía / hay cosas que en la vida sólo son para dos”. Tremendo. Parece ser la respuesta a un reproche (“no le llames cobardía”), y se entendería. ¿Cuáles son esas cosas que son solo para dos? Lo responde más abajo, con un cierre de broche de oro: “No es compatible la mentira, con algo transparente, hermoso y frágil como es el amor”. Allí, aunque los tres adjetivos (transparente, hermoso y frágil) tengan un dejo a cursilería, está el quid del asunto: la incompatibilidad entre amor y mentira. Se lee de Perogrullo, ¿pero cuántas canciones no hay en las que se llama amor a relaciones basadas en la mentira?

Mención aparte la interpretación de Perales. Caballerazo. Hidalgo. Trovador. Grande. Nunca un ‘no’ fue dicho con más cariño, más delicadeza y más nobleza. De aquí al cielo, José Luis. Derechito. ¡Cuánto sufrimiento y cuánto desengaño se habría ahorrado la humanidad (y cuánta plata en abogados y jueces) de haber escuchado y puesto en práctica una canción así!

MARIPOSA TECNICOLOR

Fito Páez – Mariposa Tecnicolor

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Este es un clásico de clásicos: una canción que forma parte de la banda sonora de la Latinoamérica de los noventa, que en su momento sonó –y aún sigue sonando– bastante, que se ha cantado mucho y se ha interpretado todavía más; y se entiende: la letra da para ello, tiene un toque de ambigüedad y a la vez apela a algo muy humano que además suele funcionar muy bien en la música: la nostalgia. De hecho, así la definió el propio Fito, quien ha hablado con relativa frecuencia de ella: una miscelánea nostálgica.

“Se trata de recordar algunas sensaciones del pasado (…) cuenta un poco como funciona a grandes rasgos mi familia (…) entenderla ya no desde el adolescente que se quería ir de la casa, sino desde el cariño de la sangre. Desde allí. Y creo que está bien contada y es emocionante”, dijo el cantautor argentino en alguna entrevista.

De modo que tenemos un tema que le canta al pasado, o, mejor dicho, que canta –y cuenta– el pasado, lo hace con cariño y además en forma de miscelánea de imágenes y sentimientos que se remontan a la infancia y juventud de Fito.

“Todas las mañanas que viví / Todas las calles donde me escondí / El encantamiento de un amor / El sacrificio de mis madres / Los zapatos de charol”

Así arranca la canción. La primera imagen es la de las mañanas, el tiempo por excelencia de la niñez y de la vejez –los viejos y los niños, a saber por qué, siempre se despiertan temprano–; es un tiempo lleno de futuro –el inicio del día–, que además puede servir de metáfora de los primeros años, ya que son éstos la mañana de la vida. Le siguen luego las calles, esas en las que se esconde, y que bien pueden ser una remembranza de un popular juego callejero –el escondite–, una evocación a lo lúdico de la infancia. Después viene “el encantamiento de un amor”; cosa que no requiere explicación pero sí merece un elogio: porque una de las formas más precisas –y preciosas– de definir cualquier amor, pero sobre todo esos primeros que hacen mágico el mundo (Borges dixit), es con la palabra encantamiento. “El sacrificio de mis madres”. Sobre esta línea no hay consenso, ya que cantada en español se suele confundir con padres, pero en la versión en portugués –que el mismo Fito canta– se refiere a las “mães”, que serán entonces la abuela y la tía abuela con las que se crió; en todo caso remite a un acto de amor universal (el sacrificio) que se hace en pro del otro, y que en el contexto de una familia suelen llevar a cabo los mayores por el bien de los menores. Una escena doméstica que esconde cariño. Cierra la estrofa con los “zapatos de charol”, que son los de las fiestas de traje (¿acaso las de quince años?), pero que también podrían remitir a algún capricho o excentricidad de artista adolescente, y que unida a la anterior podría pensarse que fueron también producto de ese sacrificio.

“Los domingos en el club / salvo que Cristo sigue allí en la cruz / las columnas de la catedral / y la tribuna grita gol el lunes por la capital”

Esta segunda estrofa es toda muy dominguera, curiosamente. Si la primera se refería a cosas más cotidianas, del día a día, en ésta habla de unas muy específicas del domingo; de hecho, las tres primeras (un club, un crucifijo y las columnas de la catedral) bien podrían entenderse como el itinerario familiar de ese día: misa en la catedral y luego el resto del día en el club. Puede que sea una interpretación muy simple y literal, pero es la que nos libra de algún otro tipo de lectura de raíz semi-teológica (que quedarse en el Crucifijo es negar la Resurrección, aferrarse al pasado y a lo triste, vivir sin la virtud de la esperanza o etc) que no parecen muy propias del que uno supone sería el interés de Fito. Y luego viene el cierre: “La tribuna grita gol el lunes por La Capital”. Otra línea enigmática, que le ha devanado los sesos a más de alguno, pero cuya respuesta se puede encontrar también en la versión en portugués: “E a torcida grita gol toda segunda no jornal” (la fanaticada grita gol todos los lunes en el periódico); de modo que La Capital es un periódico (que de hecho existe y es de Rosario) donde todos los lunes, al día siguiente del partido de fútbol de la semana, aparecen retratado los fanáticos celebrando el gol de su equipo, imagen que le quedó marcada a Fito.

“Todos giran y giran / Todos bajo el sol / Se proyecta la vida / Mariposa tecnicolor”

Este es el coro de la canción, que ha hecho ver a algunos –o mejor dicho: oír– la narración de una experiencia alucinógena, y ha llevado a otros reflexionar sobre las mariposas, su libertad, sus colores, la diversidad, e incluso su aleteo, ese que podría terminar generando tornados al otro lado del mundo. Por evitar más complicaciones de las que ya trae la canción, y porque nunca me ha producido mayor cosa esta parte, me limitaría a decir, a bote pronto, que se trata de la mente. O mejor dicho: la memoria. Esa caja de recuerdos en la que, ya sea en la vigilia o en el sueño, natural o psicotrópico, se van proyectando, pasando y sucediendo, como en un giro, una tras otras, todas esas imágenes de la vida que por alguna razón terminan en una enigmática e indescifrable mariposa tecnicolor cuyo significado sólo entenderá Fito.

“Vi sus caras de resignación / los vi felices, llenos de dolor / ellas cocinaban el arroz / él levantaba sus principios de sutil emperador”

¿No son las primeras líneas de esta estrofa una manera perfecta de resumir lo que es una vida compartida? Estar en las buenas, en las malas y en las peores; saber cómo quedan, cómo se ven, las sonrisas y las lágrimas en un rostro; haberlos visto “felices”, pero también “llenos de dolor” y “resignados”; eso es vivir, eso es compartir la vida, eso es estar y conocer a otro: eso es lo que pasa en un hogar. Le sigue una escena doméstica y muy latinoamericana: “ellas cocinaban el arroz / él levantaba sus principios de sutil emperador”. Nada que no se vea, que no se haya visto, en cualquier hogar de estas y otras latitudes: mujeres cocinando, hombres mandando. Interesante que el recuerdo sea el del arroz, la más común e irrelevante de las comidas. Eso le da a la evocación un toque más de cotidianidad y de simpleza: sigue llamando a recordar no lo extraordinario sino lo del día a día, esas cosas que se suelen pasar por alto siempre, y que al final terminan siendo fundamentales, porque finalmente son de ellas de los que están compuesto la mayoría de los momentos de la vida. No se puede pasar por alto tampoco el matiz que se la da emperador: sutil. ¿Acaso un padre que manda con mano izquierda, que se impone pero guardando las formas?

“Todo al fin se sucedió / sólo que el tiempo no los esperó / la melancolía de morir en este mundo / y de vivir sin una estúpida razón”

En esta estrofa cambia completamente el tono. Se acaba la sucesión de imágenes, y se entra en un momento más narrativo/reflexivo. “Todo al fin se sucedió / sólo que el tiempo no los esperó”. Es una línea tremenda: sugiere que finalmente aconteció lo previsto, pero no como estaba previsto. “Todo al fin se sucedió”, pasó lo que tenía que pasar, “solo que”, pero, “el tiempo no los esperó”. Esto último da una idea de irremediable: porque el tiempo no espera ni vuelve; como el tren, sólo pasa una sola vez, y dejarlo pasar, perder la oportunidad, nunca tendrá arreglo. El plural “los” habla de dos o más personas, eso es evidente, y aunque por el contexto es poco o nada lo que se puede sacar, sí se puede jugar a especular un poco: ¿qué tal dos personas que querían reencontrarse, reconciliarse, perdonarse, quizás sólo volverse a ver, que esperaban el momento adecuado para hacerlo y esperando se quedaron? Esa línea habla de lo que no se hizo a tiempo y ya no se podrá. Le sigue una especie de reflexión existencial: “la melancolía de morir en este mundo y de vivir sin una estúpida razón”. El binomio vida-muerte: es melancólico morir y lo mismo vivir sin razón; todo ello habla del absurdo de la vida sin sentido, esa que según Pascal es el mayor de los fracasos. Es curioso, sin embargo, que en la versión en portugués esta estrofa –y no es maña del idioma– aparezca al revés: “la melancolía de vivir en este mundo y de morir sin una estúpida razón”, cosa que pareciera tener más sentido, y podría incluso relacionarse con un hecho que aconteció en esa casa: el asesinato de su abuela, su tía abuela y la empleada doméstica por parte de dos delincuentes que al parecer frecuentaban la casa y un día, sin razón alguna aparente, las asesinaron (morir sin una estúpida razón).

“Yo te conozco de antes / Desde antes del ayer / Yo te conozco de antes / Cuando me fui, no me alejé / Llevo la voz cantante / Llevo la luz del tren / Llevo un destino errante / Llevo tus marcas en mi piel / Yo hoy solo te vuelvo a ver”

Con esto cierra la canción. Es una parte más gritada que cantada, en la que Fito se dirige a algo o a alguien que “conoce de antes”, y que bien podría ser aquella casa, aquella familia o aquella Rosario de su infancia/juventud. En los tres primeros se insiste en lo mismo: en que la conoce de antes. Es una especie de reafirmación, reivindicación y hasta recordatorio. Como el de aquel que vuelve y reclama su parte en la historia, después de la cual viene entonces una disculpa: “cuando me fui, no me alejé”. Es una frase que suena a justificación: me fui, ciudad/casa/familia de la infancia, pero no me alejé, te seguí llevando, teniendo cerca; ahora soy otra cosa, soy un músico famoso (“llevo la voz cantante”), una estrella, una luminaria (“llevo la luz del tren”), voy de gira en gira, de un lado a otro (“llevo un destino errante”), no puedo quedarme, pero no te olvido, no te dejo, estás siempre conmigo (“llevo tus marcas en mi piel”), en parte tú me hiciste, y me alegro de volver nuevamente (“hoy solo te vuelvo a ver”).

Cierre que nos permite hablar de una canción que podría haberse originado en un regreso o en un reencuentro con la ciudad, la casa y la familia de la infancia;  que canta la experiencia de recordar todas las cosas de ese tiempo, reencontrarse con ellas; y que finalmente es por eso, porque todos hemos tenido una ciudad, una casa y una familia de la infancia, y recordarlas siempre es entrañable, implica un viaje a la felicidad, es por eso, digo, que resulta tan universal.

EXTRA:

Versión en portugués con Caetano Veloso

La canción ha sido también adaptada por las barras de por lo menos dos equipos de fútbol: River Plate y la U de Lima. En ambos casos se trata, igual que el tema original, de misceláneas nostálgicas. El de River es más bien un canto de las complicaciones de ser hincha del equipo: “Todos los palos que recibí / todas las veces que preso caí / cuantas fotos que ya nos sacaron / cuantas veces nos filmaron / Desde que te conocí”. La de la U de Lima, sobre la gloria del equipo: “Todas las campañas que viví / Todas las canchas donde te seguí / Tantos campeonatos que ganamos / Tantas copas levantamos / Desde que te conocí…”; en ambas nostalgia y reivindicación cariñosa del el equipo.

ELCANTODELOCO

La suerte de mi vida – El Canto del Loco

Si no se le presta mucha atención, esta canción podría pasar por una más del montón. Otro tema de amor de cualquier banda adolescente, otra exageración de jóvenes entregados. Si no se le presta mucha atención, repito. Porque bien escuchada se encuentra en ella una letra verdaderamente singular: la de un redimido, que además está consciente de su redención y reflexiona sobre ella. Y eso sí es verdaderamente extraño.

La canción arranca dos dudas. Quien canta comienza cuestionándose sobre esa persona que tiene en frente, sobre qué representa en su vida –“no sé si pensar, si eres el ángel que cuida mi camino”– para luego preguntarse si lo merece: “No sé si pensar, si me merezco todo este cariño”. Es un elogio y a su vez una confesión. Aquí lo interesante es que quien canta no se pone en la postura de haber hallado lo que merecía, haber encontrado lo que buscaba, sino al revés: el elegido fue él. De allí que lo siguiente sea una pregunta que es la clave de toda la canción: “¿Qué es lo que has visto tú en mí, que me regalas tu verdad y tu cielo?”. Acortémosla y quedémonos con la primera parte: “¿Qué es lo que has visto tú en mí?”. Esa pregunta lo dice todo. Es la cumbre del tema. No es cualquier cuestión, sino la que se hace en un momento de clarividencia. Y no es complejo de inferioridad, cuidado. Eso sería otra cosa. Esto es lucidez, una toma de conciencia de las debilidades propias, de la condición humana, de un pasado tal vez desastroso y cargado de errores; y a su vez, de lo bueno, grande y noble que se tiene en frente. Sólo así, cuando se está frente a algo superior, es que se da cuenta uno de su propia pequeñez, y sólo al concientizarlo es que se puede hacerse esa desconcertante pregunta: “¿Qué es lo que has visto tú en mí?”.

Lo que sigue, lógicamente, es la redención, el cambio. “En esta vida ya no quiero otros besos / y cada día tú me das tu total”. Podría sonar baladí, pero detrás de la frase hay una elección, una apuesta, y como toda apuesta sincera, conlleva renuncia. Pero no es la renuncia que amarga y entristece, la dolorosa o la del sacrificio, es la voluntaria –“ya no quiero”– que desprecia todo el resto –“otros besos”– porque se tiene algo mejor –“cada día tú me das tu total”– de lo que ya no se quiere separar –“quiero sentirte siempre muy cerca”–.

Lo que viene luego es mucha glosa y rima de enamorado adolescente –“me puedo morir si veo tristeza en tu sonrisa de niña”–, dependencia exagerada –“pienso que si no existes yo me muero”–, emoción exacerbada –“quiero gritarle al mundo entero que tú vida es lo que quiero”– y hasta algún error gramatical –“muy cerca mío” –. Pero entre ellas se cuela otra frase verdaderamente genial: “En mi cabeza había un sueño / que se ha hecho realidad”. ¿Cuántas veces se podrá decir eso en la vida? ¿Quién tendrá la fortuna? ¿Y no es finalmente eso la felicidad: poder decir alguna vez que se tuvo, que hubo, un sueño que se hizo realidad? Fantástica línea de una canción que sería una suerte poder cantar de verdad al menos una vez en la vida.