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El enemigo es el hampa

Fue el fotógrafo venezolano Alejandro Cegarra quien dio en la clave. Lo hizo en un foto-reportaje que reseñamos la semana pasada, publicado por ‘The Washington Post’, sobre la inseguridad en Venezuela: “El gobierno gasta siete veces más en armas para defender al país contra una hipotética invasión estadounidense que en seguridad civil, pero la verdadera guerra está dentro de nuestras fronteras”. El sábado, el gobierno exhibió todo su arsenal bélico en cadena nacional. “Ejercicio Antiimperialista Zamora 200” fue el nombre del circense despliegue con el cual la FANB enseñó todo lo que tenía para defender al país de EEUU. Habían pasado apenas unas horas cuando, llegando a su residencia en Caricuao, fue asesinado el diseñador gráfico y animador de televisión Arnaldo Albornoz. No lo mató Donald Trump ni tampoco un marine gringo: fueron un par de malandros motorizados. No fue un crimen político ni medió tampoco ideología alguna. Fue, sencillamente, un crimen normal. Como normales, por horrible y duro que suene, fueron los otros crímenes que sucedieron esa noche. Porque eso es la Venezuela bolivariana: no una madre patria, sino un sepulcro. Un país con un gobierno muy bien armado en el que con su venia se asesina impunemente. Sí, con su venia: porque tras ver el arsenal militar que tienen la única conclusión posible es que si aquí se mata como se está matando es porque lo consienten y lo permiten. Si quisieran hacer algo, tendrían con qué. El problema es que no quieren. Actúan con una indiferencia criminal, que bien les valdría para ganarse un infierno eterno. El mismo al que deberían ir los que redactaron los twitts de Últimas Noticias (“Arnaldo Albornoz fue encontrado muerto en su carro”), Televen (“Lamentamos informar el fallecimiento de…”) y de los otros medios cómplices. De eso, no vamos a formar parte. Por eso, lo escribimos hoy con todas sus letras: #ElEnemigoEsElHampa…y el gobierno bolivariano, valga la redundancia.

navidad2016

¡FELIZ NAVIDAD!

Fue el gran antes y después de la historia de la humanidad. Al menos, de la que conocemos. El hecho que la dividió en dos, y a partir del cual se empezaron a medir los años. Se llegó a celebrar con boato y fasto en otros tiempos. Sin embargo, según el relato de Lucas, el acontecimiento fue más bien pobre: un hombre y su mujer embarazada peregrinaban para cumplir con el empadronamiento ordenado por el gobernador, cuando a ella le vinieron los dolores de parto. No encontraron posada en ningún sitio, así que el alumbramiento hubo de suceder en un establo. El pesebre, ese recipiente donde come el ganado, fue lo que el niño, nacido en la más absoluta pobreza, tuvo por cuna. ¿Dónde estuvo la grandeza de este hecho para lograr cambiar la historia del mundo? Hace diez años, difícilmente hubiéramos podido responder a ello. Ahora, sin embargo, algo entendemos. Son tiempos de verdadera desgracia en Venezuela: hay pobreza, hay hambre y una infeliz dictadura. Hoy, a nosotros, también nos cierran todas las puertas. El sufrimiento de los hambrientos, de los que no tienen medicinas, de los que lloran a un ser querido asesinado por el hampa, de los que tienen a los suyos lejos, ese lamento desesperado es una tiniebla tan oscura como la noche que cubrió a aquella pobre familia en Belén. Al contemplarlos a ellos, al volver a esa escena inicial, surge, sin embargo, una certeza: que la esperanza puede nacer, y de hecho nace, en medio de las condiciones más precarias; y que aún en la soledad más profunda, en medio de todas las adversidades, de algo tan pequeño y frágil como un bebé sin cuna puede venir la salvación. ¡FELIZ NAVIDAD!, les decimos, y no lo hacemos como lugar común, sino con el sentido más profundo y cristiano del término, para que hoy, como hace dos milenios, en medio de esta noche oscura que vivimos nazca en ustedes la esperanza, que de sus lágrimas salga un árbol o la feliz figura que quieran y no se dejen vencer, que nosotros tampoco lo haremos.

CALLEWEB

Nos vemos en la calle

Ha sido tal el esfuerzo hecho por el gobierno para sabotear la marcha de mañana, que sólo por eso merece la pena ir. Ya no se trata sólo de un acto de presión y protesta, sino también de rebeldía contra la represión de los últimos días; contra las ganas de querer controlarnos mediante el miedo; contra el ‘apartheid’ al que nos somete con su sonrisita impostada un alcalde de segunda que se jura dueño de un municipio en el que ni siquiera vive, y sobre todo contra la pretensión de convertir un derecho legítimo (la protesta) en un delito (el golpe), en el que, dicho sea, ellos son los expertos. La de mañana es la gran oportunidad que tenemos para demostrarles que en esta década y media de destrucción sistemática sólo nos han podido arruinar económicamente, pero que  moral y éticamente seguimos intactos. Y porque seguimos intactos y de pie, porque hemos resistido y sobrevivido, porque no han logrado que veamos normal la corrupción, el crimen, la miseria y las colas, porque no han conseguido que nos acostumbremos a vivir en un pobre país rico en el que los niños mueren de hambre, la gente en la calle está cada vez más delgada y el presidente no hace sino engordar, un país de ciudadanos miserables y gobernantes groseramente millonarios, en el que todo futuro pasa por la capacidad que se tenga de alabarlos, aplaudirlos y robar con ellos, porque no nos resignamos a eso, pero sobre todo porque queremos seguir aquí, en nuestra tierra, porque somos jóvenes y estamos dispuestos a construir, con menos recursos y más talento, un país de primera en el que quepamos todos y todos podamos vivir bien, del que más nunca nadie tenga que huir despavorido y al que puedan regresar los que se fueron, porque estamos llenos de futuro y no queremos vivir sometidos al legado de un muerto que ni siquiera supo administrar la bonanza más grande de nuestra historia, por ello y más es que salir mañana resulta obligatorio. No vamos a darles el gusto de un golpe, no. Les daremos, eso sí, una lección de resistencia, dignidad, futuro y democracia. Sobre todo esto último. Así que nos vemos en la calle.