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El crimen sí paga

Hay noticias que retratan con precisión una época. Y la designación de Benavides Torres como Jefe del Gobierno de Distrito Capital es una de ellas. Es también del tipo de noticias que se tienen que dar con la nariz tapada y conteniendo la náusea, pero ahí vamos. Tras ser destituido como Comandante General de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) luego de que por lo menos tres de sus subordinados fueran captados disparando armas de fuego de frente contra manifestantes, dejando un saldo de siete heridos y un menor de edad asesinado, el dictador en funciones lo premió con un nuevo cargo: Jefe del Gobierno de Distrito Capital. Es un carguito menor, nacido de la arbitrariedad (fue creado cuando Antonio Ledezma ganó la Alcaldía Mayor de Caracas y el chavismo, siempre respetuoso de la democracia, decidió entonces ponerles a los caraqueños otro jefe nombrado por el “dedo de Chávez”, que para ese entonces hasta propiedades curativas parece que tenía), pero en el que se maneja una partida más o menos importante de recursos (la Hacienda Pública de Distrito Capital, las multas y tasas por uso de bienes y servicios), se administran (¿con qué criterio?) bienes patrimoniales, se contratan (insértese aquí la palabra sobornos) obras públicas y se recaudan (léase aquí la palabra foco de corrupción) impuestos; es decir, que Benavides va a estar cómodo. Es la recompensa que recibe por convertir a la GNB en un cuerpo hamponil y criminal. Tras casi un año al frente (lo cumplía en julio) su gran legado son las imágenes de efectivos de la GNB atracando a civiles y disparando a mansalva contra adolescentes. En democracia, lo esperaría el banquillo de los acusados de algún tribunal. En revolución lo aguarda un carguito que resuelve. Porque el crimen, cuando es gobierno, sí paga. Y bien.

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¡Gracias, chamos!

Dicen que al segundo lugar nadie lo recuerda y, visto lo visto, a los venezolanos no nos quedará de otra que rebatir la aseveración hasta el cansancio, porque lo hecho por la Vinotinto Sub-20 en Corea del Sur no tiene otro adjetivo: ha sido un torneo inolvidable. Venezuela consiguió eso de lo que pocos equipos presumen: que hasta el perro vea sus partidos. Como la flor de loto que brota en medio del pantano, la selección nacional ha colmado los medios tradicionales y las redes sociales de goles soñados y narraciones estremecedoras – “¡Venezuela está en la final de la Copa del Mundo, carajo!”–, en un país ávido de buenas noticias entre tanta muerte, gas y perdigón. La Vinotinto hizo que, durante tres semanas, madrugonazos disparatados tuviesen sentido, que levantarse temprano fuese placentero y que la alegría se escurriese entre el llanto y la depresión. Dudamel, que tras la derrota empezó a responder una pregunta con la palabra tristeza –estaban a 90 minutos de ser campeones–, desembocó inevitablemente en ‘felicidad’ y ‘orgullo’ al describir lo que sentía por sus muchachos. Sentimiento que fue compartido por el resto de los venezolanos que habían puesto la alarma a las seis de la mañana de un domingo para ver un partido de fútbol sub-20 por televisión. Se había perdido una final, pero no había espacio para la amargura. La gesta de los Faríñez, Ferraresi, Soteldo y Peñaranda sólo podía ser aplaudida de pie. Venezuela entera fue Yangel Herrera: tenía el pecho inflado y estaba convencida de que su fútbol, por fin, era de talla mundial. Quedará ahora en manos de los directivos hacer de la hazaña una rutina y darle al talento las herramientas necesarias para triunfar. Por muy que flinchy que sean, van a necesitar que los de arriba empiecen a tomar decisiones coherentes si quieren que la generación cante el himno en el Mundial de mayores.
 

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Hampa con uniforme

En la Fiscalía Octogésima Primera del Ministerio Público del Área Metropolitana de Caracas cursa desde hace dos semanas una denuncia en contra de la PNB, cuyos funcionarios golpearon e intentaron robar a nuestro editor mientras cubría la protesta que tenía lugar el sábado 20 de mayo en Chacaito. No es, desgraciadamente, una denuncia aislada: desde que comenzaron las manifestaciones han sido cientos, y puede que miles, los casos de ciudadanos y periodistas robados por funcionarios policiales y militares. No hablamos ya del uso indiscriminado de la fuerza, esa tentación siempre latente en gente con poder y armas; tampoco del soborno o del chantaje, esas formas elegantes del robo, sino del más bajo y rastrero bandidaje. Teléfonos celulares, cámaras, relojes, billeteras e incluso zapatos han sido robados por estos ladrones uniformados que actúan con una desvergüenza e impudicia alarmantes. La vileza de estos delincuentes es aún mayor que la del hampa común, que por lo menos se juega la vida y se expone en cada atraco; ellos ni eso: son intocables, actúan en grupo, investidos de autoridad, y, por si fuera poco, roban a los ciudadanos con las motos y las armas que esos mismos ciudadanos, impuestos mediante, les proveen. Es tan repulsivo, tan indigno y sobre todo tan injusto todo esto, que sólo se puede remediar con un castigo ejemplar: la detención y la expulsión de por vida de estos delincuentes de los cuerpos policiales y militares. No bastan comunicados ni ambiguas declaraciones insulsas, exigimos acciones categóricas. Mientras no las haya, y mientras todo haga pensar que no se trata de actuaciones aisladas sino más bien sistemáticas, en esta revista usaremos el adjetivo ‘delincuentes’ para referirnos a los miembros de estos cuerpos de seguridad. Y no será animosidad, tirria ni nada semejante, sino el ejercicio riguroso y cabal del oficio que ejercemos, que nos exige llamar las cosas por su nombre. Y el suyo es ese.

JI - Represion y censura

Vamos sin miedo

Si serán determinantes las próximas horas o si de ellas se escribirá en los libros de historia son cosas que escapan a nuestra ciencia. Pareciera que hoy pudiera pasar mucho y puede que no termine pasando nada. Nada concluyente, queremos decir. Acabar con la dictadura es algo que (desgraciadamente) no está ni en nuestras manos ni en las tuyas; pero impedir que la dictadura acabe con nosotros, sí.

Durante los últimos días, y especialmente en las últimas horas, hemos visto al dictador y a sus hombres jugar sin disimulo con la carta del miedo. Matones a fin de cuentas (cartel, dicen algunos; mafia criminal, otros), amenazan con las armas y por la vía de la fuerza. Y ante ese espectáculo de muerte, transmitido en cadena y por todos los medios, es legítimo (y hasta lógico) tener miedo. Pero es imperativo sobreponerse a él. Porque si no lo dominas, te domina; y al ser dominado pierdes esa cosa preciosa e indispensable para una vida digna: la libertad.

Salir a la calle hoy, poner un pie en ella, es un acto tremendo de coraje, valor y rebeldía, pero sobre todo de dignidad. Es reafirmar que somos nosotros (y no un gordo bigotón semi-analfabeto y su banda de delincuentes) los dueños de nuestras decisiones y acciones, de nuestra vida.

Al hacerlo, puede que no acabemos directamente con la dictadura, pero habremos impedido que ella nos domine; es decir, que acabe con nosotros. Y esa es la gran victoria que podemos (y tenemos que) alcanzar hoy: la de reivindicar nuestra libertad. Si viniera acompañada del fin del proceso, tanto mejor. Pero dejémosle a la historia ser la historia. Nosotros, hagamos lo que debemos: salgamos a la calle a desafiar a la dictadura y a dejarle en claro que no nos asusta, que no nos domina, que no nos controla; entiéndase: que no somos (ni seremos) sus esclavos.

Editorial-Represion

Lo condenable no es la protesta: es la dictadura

La temperatura en la calle llegó a punto de ebullición. Hoy, la indignación, tras tantas vejaciones y humillaciones, comenzó a desbordarse y se tradujo, como era lógico, en violencia y represión. No perdamos esto de vista: el conflicto que hay a esta hora en la calle tiene un único origen, una única causa y un único responsable: la dictadura. Si la gente está peleando, si la gente no se está conteniendo y está apelando a la fuerza, todo ello es producto de que las vagas del CNE congelaron las elecciones, el pran del TSJ y su “tren” de magistrados delincuentes disolvieron la Asamblea, el obeso inútil que nos mal gobierna acabó con el país, y su gente no para de robar. Si hay rabia en la calle, es porque la dictadura no ha dejado alternativa ni válvula de escape alguna. Hace una semana fue la primera salida tras el golpe, y la reprimieron con bombas. El martes y el jueves sucedió lo mismo. Y si el día de hoy lo ponemos en una categoría diferente, es porque el nivel de represión fue mayor y más rápido. Desde el primer momento, los cuerpos de seguridad actuaron con una saña tremenda, empleando todos los medios (gas rojo incluido). Ha sido una jornada muy dura, que cierra con imágenes lamentables de represión brutal. También de excesos, cómo no. Pero víctima y victimario no se pueden pesar en la misma balanza. Quejarse de los excesos que comete un pueblo que se rebela contra una dictadura es tan hipócrita como dolerse de las heridas que recibe un violador por parte de una víctima que se hartó de ser sodomizada. Esto no lo ha provocado la oposición que protesta, sino la dictadura que la oprime. Lo que ha pasado no es culpa de la gente, sino de la dictadura que la oprime. Lo que pueda pasar de aquí en adelante no será culpa de la gente, sino de la dictadura que la oprime. Lo condenable no es la rebelión de la gente, sino la dictadura que la oprime. Por ello, toda solución al conflicto venezolano comienza por una sola cosa: acabar con la dictadura que nos oprime.

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Sigamos en la calle

El golpe continúa. Lo dijeron ayer los diputados. Y mientras eso sea así, la protesta en la calle también debe seguir. Lo hemos dicho por activa y por pasiva, y hoy lo repetimos por perifrástica: mientras el pran Maikel y su “tren” de magistrados delincuentes continúen al frente del TSJ, y mientras la Asamblea Nacional no tenga todos sus poderes, aquí no se ha resuelto nada. El máximo tribunal del país no puede estar presidido por un homicida convicto, ni conformado por ex diputados del PSUV con títulos chimbos de cursitos dudosos. La tiranía del pranato, esa creación delictiva ‘made in’ revolución, tiene que llegar cuanto antes a su fin. No es posible que la delincuencia siga siendo dueña de las calles, de las instituciones y del gobierno. Es hora de ponerle un parado. Y ese se le pone es en la calle, haciendo presión y luchando por recuperar una Asamblea Nacional que con plenas facultades pueda destituir y sacar del TSJ, del CNE, de la Fiscalía, de la Contraloría y de la Defensoría a l@s delincuentes que los tienen secuestrados, para que luego nosotros, mediante el voto, hagamos lo propio con el dictador que tiene tomado el ejecutivo. Ése es el camino y ésta la hora de transitarlo. Por ello, sigamos en la calle.

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¡A la calle con los diputados!

La actitud valiente y corajuda de nuestros diputados, quienes han puesto en juego no sólo su libertad sino también su integridad física en defensa de la del mandato que les dimos, hace que salir hoy a la calle deje de ser un asunto de opinión o gusto para pasar a ser un imperativo moral. A diferencia de tantas otras marchas, convocadas muchas por motivos fútiles y que no tenían otro fin que proporcionarles a líderes y dirigentes esos baños de pueblo que su ego y vanidad reclamaban; a diferencia también de aquellas a las que se iba con un pañuelo en la nariz y a pesar de los convocantes; esta vez nos preceden unos hombres y mujeres que, contra todo pronóstico, se han crecido en la hora chiquita. Habría que ser muy necios para no reconocer el temple y la gallardía que desde el mismo momento del golpe han demostrado. Habría que ser muy mezquinos para quedarse en casa y no apoyarlos ‘porque no quisieron calle cuando nosotros quisimos y tarde piaron pajaritos’. Y habría que ser, finalmente, muy sinvergüenzas para dejarles nada más a ellos la tarea de recuperar la democracia, cuando precisamente fuimos nosotros quiénes se la encomendamos. A la calle hay que ir a exigir que se respete el mandato sagrado que nosotros, el pueblo, como soberanos de esta nación (así lo dice la Constitución), dimos en diciembre de 2015: que el poder Legislativo sea autónomo y opositor. Porque el golpe del TSJ, entendámoslo de una vez, no fue contra los diputados en tanto individuos, sino contra aquellos a quienes ellos representan; es decir, contra nosotros. Fue nuestro derecho a elegir, a expresarnos, a ejercer la soberanía y la ciudadanía, lo que el pran Maikel y su “tren” de magistrados delincuentes pretendieron asesinar con su infame sentencia. Fue nuestra voluntad, expresada en votos, contra la que atentaron. Y tenemos que hacerla (que hacernos) respetar. Si dejamos que la violen (que nos violen) impunemente, si llegamos a tal grado de sumisión e indignidad, significará entonces que siempre tuvieron razón los pesimistas que proclamaban que con nosotros, los venezolanos, no había nada que hacer porque nunca dejamos de ser lo que fuimos toda la vida: esclavos. Qué cada quien haga lo que su conciencia le dicte. Nosotros, por si preguntan, hoy vamos a la calle con los diputados.

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No se ha resuelto nada

Pretender que un Golpe de Estado se resuelve entre gallos y medianoche con reuniones de compadritos es el signo más claro de la anomalía institucional que vivimos. Nada más eso basta para comprobar que no mentimos ni exageramos cuando decimos que estamos en dictadura. Lo que pasó la noche del 29-M con la infame sentencia 156 es de tal gravedad que sólo puede ser superado mediante el enjuiciamiento de los golpistas. Mientras el pran Maikel y su tren de magistrados delincuentes continúen al frente del máximo tribunal del país, la palabra “institucionalidad” seguirá siendo un mal chiste. Mientras la mayoría opositora de la Asamblea Nacional no pueda hacer uso pleno de los poderes que un grupo de venezolanos (muchos más de los que eligieron a Nicolás Maduro en 2013, dicho sea) depositó en manos de los diputados, acá no se puede hablar de democracia. Hay una frase del último comunicado de los Obispos (que se leyó hoy en todas las iglesias de Venezuela y fue recibido con sonoros aplausos), que resume muy bien el problema: “Una nación sin Parlamento es como un cuerpo sin alma”. Y un cuerpo sin alma no es otra cosa que un cadáver. Eso son hoy Venezuela y su democracia: dos cadáveres. La primera, ensangrentada por el hampa común; y la segunda, por el hampa de cuello blanco, toga y birrete. ¿Y acaso no nos devolvió ayer el TSJ el Parlamento? No. La sentencia del recule lo que hizo fue llevarnos a la situación de hace una semana: la de una AN que existe pero sin ningún tipo de poder. Y eso sigue siendo i-na-cep-ta-ble. Por ello, volvemos a repetir, mientras la AN no tenga todos los poderes que el pueblo (en quien reside la soberanía, según la Constitución) masivamente le otorgó; y mientras al frente del TSJ haya un tren de delincuentes encabezados por un pran con dos muertos y un montón de delitos encima, mientras eso sea así, aquí no se ha resuelto nada. Seguimos siendo un cuerpo sin alma. Un cadáver de democracia. Una dictadura.

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Con los diputados en la calle

Temprano en la madrugada, el dictador salió en cadena pidiéndole al TSJ que revise su propia sentencia, y a la oposición diálogo. Lo hizo con esa pose de becerrito degollado (el cordero es un animal muy noble para usarlo de símil) que usa cuando quiere victimizarse. Era igual a la que tenía en octubre, cuando apareció tan dialogante como anoche y al final ni devolvió el Revocatorio (asesinado también por sicarios judiciales del mismo “tren” del pran Maikel) ni dialogó. En aquel entonces, muchos apostamos por esa fórmula (“nostra máxima culpa”), pero aprendimos (y duro) la lección: con los dictadores, como con el demonio, no se dialoga. Y Nicolás, chaborro y todo, es uno de ellos. Tiene la presión internacional encima y, entre otros, el problema de una Fiscal que ya no controla. Así que agreguémosle uno más: el de un pueblo en la calle junto con sus diputados exigiendo que la Asamblea Nacional sea restituida con todos los poderes y facultades que le corresponden y que no ha tenido desde que 14 millones votaron por ella. Y si aún así el dictador tiene muchas ganas de dialogar, que lo haga sentado, rindiendo cuentas en el Hemiciclo y siendo interpelado por los diputados. Cualquier cosa distinta a esa es inaceptable. Por eso, vayamos a las 10 a Chacaito: a fastidiar a Maduro y a exigirle firmeza a los diputados, que no son otra cosa sino nuestros representantes.

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El enemigo es el hampa

Fue el fotógrafo venezolano Alejandro Cegarra quien dio en la clave. Lo hizo en un foto-reportaje que reseñamos la semana pasada, publicado por ‘The Washington Post’, sobre la inseguridad en Venezuela: “El gobierno gasta siete veces más en armas para defender al país contra una hipotética invasión estadounidense que en seguridad civil, pero la verdadera guerra está dentro de nuestras fronteras”. El sábado, el gobierno exhibió todo su arsenal bélico en cadena nacional. “Ejercicio Antiimperialista Zamora 200” fue el nombre del circense despliegue con el cual la FANB enseñó todo lo que tenía para defender al país de EEUU. Habían pasado apenas unas horas cuando, llegando a su residencia en Caricuao, fue asesinado el diseñador gráfico y animador de televisión Arnaldo Albornoz. No lo mató Donald Trump ni tampoco un marine gringo: fueron un par de malandros motorizados. No fue un crimen político ni medió tampoco ideología alguna. Fue, sencillamente, un crimen normal. Como normales, por horrible y duro que suene, fueron los otros crímenes que sucedieron esa noche. Porque eso es la Venezuela bolivariana: no una madre patria, sino un sepulcro. Un país con un gobierno muy bien armado en el que con su venia se asesina impunemente. Sí, con su venia: porque tras ver el arsenal militar que tienen la única conclusión posible es que si aquí se mata como se está matando es porque lo consienten y lo permiten. Si quisieran hacer algo, tendrían con qué. El problema es que no quieren. Actúan con una indiferencia criminal, que bien les valdría para ganarse un infierno eterno. El mismo al que deberían ir los que redactaron los twitts de Últimas Noticias (“Arnaldo Albornoz fue encontrado muerto en su carro”), Televen (“Lamentamos informar el fallecimiento de…”) y de los otros medios cómplices. De eso, no vamos a formar parte. Por eso, lo escribimos hoy con todas sus letras: #ElEnemigoEsElHampa…y el gobierno bolivariano, valga la redundancia.