Chanel en Cuba

Así pasó el crucero de Chanel por el mar de la felicidad

Por: Juan Pedro Cámara – @Juanpecamara

La Cuba de estos tiempos está lista para otros mandatos absolutos. Dentro de un proceso que se ha llamado de “apertura”, la isla madre de la revolución latinoamericana le prestó sus calles a la colección Crucero 2016/17 de Chanel, la centenaria casa de alta costura parisina que desde 1983 tiene a la cabeza al Kaiser de la moda, Karl Lagerfeld. Primero fueron la visita diplomática de Obama y el concierto gratuito de Rolling Stones, pero, el pasado martes 3 de mayo, la puesta en escena de uno de los desfiles más esperados del año desencadenó un performance simbólico sin precedentes sobre una visión exótica del caribe estancado en el comienzo de la Guerra Fría.

El encuentro estuvo destinado a darse en tensión. ¿Qué podía decir Chanel de Cuba?, ¿cómo podía la moda, hija predilecta del capitalismo, interpretar la tradición estética de un país que lleva medio siglo cercado por el totalitarismo más longevo del hemisferio? Lagerfeld, que pisó por primera vez suelo cubano en las vísperas de la presentación, no pudo sino recurrir a la nostalgia imaginada de la isla en los cincuenta y su fantasmagórica presencia en La Habana descalabrada del siglo XXI.

Las colecciones crucero o resort son entregas a mitad de año de una industria frenética que necesita ocuparse las manos entre las semanas de la moda de otoño/invierno y primavera/verano. Como sus nombres lo sugieren, originalmente fueron pensadas para proveer a los jet setters con ropa apropiada para viajes y climas cálidos, y por su carácter comercial se han convertido en un generador importante de ingresos para las casas de moda. Chanel tiene años ya abocándose a esta estrategia. Han pasado por Dubai, Singapur y Seúl, incorporando siempre elementos de la cultura visual de sus sedes a los sellos indiscutibles de la marca. El riesgo, claramente, es la caricatura. Y ninguna otra colección pareciera serlo más que la que Lagerfeld hizo desfilar por el Paseo del Prado de La Habana.

Dislocadas de su contexto, la mayoría de las piezas no llaman al escándalo. Son prendas de un vapor exquisito que van desde la sobriedad tatuada en el ADN de la marca a estampados coloridos que, más que al Caribe, aluden al trópico. Ubicar la colección, sin embargo, en la Cuba de hoy resulta doloroso. En primer lugar está la simplificación de la Cuba contemporánea a la imagen rudimentaria y fotogénica de sus ruinas y de sus personajes atrapados en el tiempo. Chanel presentó, por ejemplo, la masculinidad cubana reducida al arquetipo del Pedro Navajas, literalmente ataviado con un sombrero de ala ancha de medio lado, un puro en la boca y una corbata agigantada como símbolo de virilidad hipertrofiada.

Chanel no pudo tampoco resistirse a glamorizar la iconografía comunista de la isla y del continente. Sus colores pasteles y neones los arroparon de prendas alusivas a la indumentaria militar. Si la referencia no quedaba clara, un contingente de modelos con boinas de lentejuelas negras se encargó de aclararla. Algunas eran simplemente unicolor o iban adornadas con bordados abstractos. Otras, sin embargo, llevaban al frente la doble “C” entrelazada de Chanel y la estrella de cinco puntas, símbolos que han representado para Karl Lagerfeld y Ernesto “Che” Guevara los grados de Kaiser y Comandante, respectivamente. Incluso para una industria tradicionalmente miope ante las sensibilidades culturales, esta se pinta como una torpeza histórica.

Cuando las cámaras que graban el desfile se alejan, la imagen muestra las fachadas agrietadas de La Habana cuyos colores parecieran haberse derramado sobre la pasarela. Así están también sus carros, que por más pulidos que aparezcan en los estampados de la colección, no son testimonio de una afición cubana por lo vintage. Y está su gente, aglomerada en las esquinas o reunidas en los balcones, privadas una vez más de otro sarao que no les compete. Hay exaltación por la envergadura del evento, pero este es otro espacio más, esta vez uno público y valiosísimo, que como los hoteles de lujo que han seguido siempre al servicio de los extranjeros, no está a su alcance.

Al menos en este caso, la apertura de Cuba no fue bidireccional. Fue Cuba la que se le entregó al mundo, pero no a la inversa. En la pasarela, reporta El País, solo caminaron tres modelos cubanas. Y cuando la peregrinación final tomó el bulevar, Lagerfeld y su escuadrón evidenciaron lo foráneo del espectáculo. Al ritmo de la agrupación Rumberos de Cuba, la procesión bailó las melodías caribeñas como lo hace un grupo de turistas torpes en una clase de zumba en la cubierta de un barco. El crucero, esta vez, fue la metáfora perfecta: ese espacio de autenticidad fabricada y plástica, excesivamente brillante y cursi que sirve como una burbuja para ver el mundo desde la barrera. La Cuba de Chanel no fue sino un delirio más del Kaiser.

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Beto

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Para bien o para mal, haga cada quien la valoración que quiera, Beto Perdomo es una referencia inevitable e ineludible para quienes vimos béisbol en las últimas décadas. Él no era el béisbol, pero el béisbol lo incluía a él. Su voz es parte de la banda sonora de ese largometraje de triunfos, jugadas y jugadores que está grabado en la memoria de todo fanático. En esa película feliz, en esa suerte de relato épico que uno construye y guarda, en esa epopeya del equipo, él era uno de los varios Homeros.

Como el invidente griego, Beto también gozaba (¿o sufría?) de incontinencia verbal. Era de los narradores que hablaba y hablaba y hablaba. De todo. Del juego de pelota y de sus partidas de golf. De lo que pasaba en ese momento en el campo y de lo que había pasado hace años en otro campo, con otros equipos y otros jugadores que él había visto y conocido. Presente, pasado. Pasado, presente. Lo que era en ese momento y lo que había sido tiempo atrás. Todo se alternaba y confundía en su transmisión.

Nunca fue un narrador descriptivo y minucioso, aunque estaba en televisión y allí se entiende que no lo fuera. Lo que sí tenía era una sangre livianísima como el hidrógeno. Era un tipo alegre y simpático. Siempre una broma, siempre un chiste, siempre una risa. Virtud o vicio, según quien lo escuchara. Porque un narrador chistoso gusta a la mayoría y disgusta a los que saben (o dicen saber). Nada nuevo bajo el sol.

En su comicidad (o por su comicidad), pero más por su festividad, Beto era también el narrador del triunfo. No del equipo, como los del circuito, sino de la victoria. Qué deleite escucharle el ‘essss…booooooooola, ¡lo perdió!’ (con esa o alargada e intensa) cuando el pitcher contrario daba un boleto clave. Qué alivio ese ‘ti-ráaaaaan-do-le’ que le salía del alma cuando el toletero contrario se ponchaba. Qué calma que un batazo peligroso del rival se convirtiera en ‘bombo’. Qué gozo oír, mientras el equipo de uno remontaba o al otro le iba muy mal, ese ‘¡esto esta feo, muy feo!’. Y qué broche de oro cerrar un juego con el ‘¡Cómo se goza ganando!’. Su revés era que no se le podía escuchar en la derrota. Era insoportable. Desesperaba. Lo hacía sufrir a uno. Y su gloria estaba en que no se parcializaba por camiseta. Estaba con el ganador y torturaba al perdedor, fueran éstos quienes fueran, se llamaran como se llamaran.

En su repertorio logró colar frases que no necesariamente estaban relacionadas con el juego. “Llamen a sus amigos y dí-gán-lés” –con las tres tildes–, por ejemplo. “Es verdad. Es verdad. Es verdad”. Eso, sólo los muy populares. Lo explicaba Chésteron. “Una frase hecha penetra a veces por sutilezas que escapan a toda definición”. Y a toda lógica, también. Por eso, supiera menos o más, cayera mejor o peor, hay un hecho, y es que ayer se fue un hombre que dejó grabadas frases que –vuelta al inicio– inevitable e ineludiblemente estarán asociadas a unos de los recuerdos más felices de la vida: los del deporte.

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Emma Watson y Malala Yoysafzai, apoyan el feminismo

Dos poderosas e inspiradoras imágenes femeninas en el mundo se   La embajadora de Buena Voluntad de Mujeres de la ONU, Emma Watson, se reunió con la ganadora del Premio Nobel de la Paz, Malala Yousafzai en el estreno del Festival Into Film, para discutir sobre la vida de Yousafzai, defensa, y el documental que llamó me Malala.

 “Hoy conocí a Malala, una persona entregada, absolutamente elegante, atractiva e inteligente “, dijo Watson en un post publicado en Facebook. “Esto puede sonar obvio, pero me ha sorprendido aún más en persona. Ella tiene la fuerza de sus convicciones, junto con una determinación bastante fuerte y no parece haber sido disminuida por el éxito que ya ha tenido”.

Durante su conversación, Yousafzai se identificó como una feminista, Watson describió ese momento como “el más profundo de la entrevista” ya que la embajadora le había querido preguntar inicialmente a Yousafzai si ella identifica como alguien feminista, pero decidió colocar esa pregunta fuer a de su lista un día antes de la entrevista.

“Quizás feminista no es la palabra más fácil de usar, pero lo hizo de todos modos.  Creo que el gesto de habernos reunido para conversar sobre este tema es tan emblemático tanto para Malala como para mí. He hablado antes acerca de lo que es una palabra tan controversial como el feminismo y e he dado cuenta de que todos nos estamos moviendo hacia el mismo objetivo.  No hagamos que nos aterre el decir que somos feministas, quiero que sea un movimiento acogedor e inclusivo, así que unamos nuestras manos y movilicémonos juntos para que podamos hacer un cambio real. Malala y yo somos bastante serias al respecto.”

Este testimonio fue publicado por Watson en su página oficial de Facebook y ha causado un gran impacto, siendo compartido más de 23.000 veces, recibiendo una abrumadora respuesta positiva.

 

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65 líderes latinos alzan la voz contra Donald Trump

 

Ya que Donald Trumpsigue propagando sus opiniones negativassobre los latinos que viven en Norteamérica, 67 de ellos han decidido unir sus voces en una carta para responder a las opiniones  del político.

Intelectuales, artistas y científicos de toda América Latina y España –entre ellos resaltan:DemianBichir, Junot Díaz, y Elena Poniatowska – dijeron que no se quedarían tranquilos después de que Trump acusó a los inmigrantes mexicanos de “ser criminales, violadores y narcotraficantes”, y su iniciativa para deportar a 11 millones de inmigrantes indocumentados.

“El discurso de Trumpapela a la xenofobia, el sexismo y la intolerancia política; recuerda campañas históricas contra otros grupos étnicos que llevaron a millones de muertes”, dice la carta. “Ya se han producido ataques físicos a los hispanos y afirmaciones públicas de que el español no se debe hablar en público”. La carta continúa condenando a Trump por la difusión de afirmaciones erróneas y reducir a sus oponentes tildándolos de “estúpidos” y “débiles”.

En la carta se trata de apelar a la razón, “La expulsión de los inmigrantes mexicanos sería catastrófica para estados como California, Arizona, Nuevo México y Texas, donde los mexicanos llevan a cabo la mayoría del trabajo manual. En California, los inmigrantes cosechan 200 productos agrícolas, sirven en hoteles y restaurantes, recogen la basura y más. Sin los trabajadores mexicanos, la economía del estado, seguido rápidamente por el resto del país, iría a la ruina”.

Recientemente, Anthony Bourdain también defendió a los inmigrantes latinos y su fuerte ética de trabajo. Explicó que sin los latinos, que están dispuestos a empezar desde abajo, todo el sector de la restauración se derrumbaría.

Aquí la lista completa de los firmantes de la carta de reclamo:

Héctor Abad Faciolince

Manuel Alcántara

Arturo Álvarez-Buylla

Homero Aridjis

Roger Bartra

Demián Bichir

Silvia Borzutzky

Carmen Boullosa

Martín Caparrós

Jorge Castañeda

Jennifer Clement

Junot Díaz

Ramón Díaz Alejandro

Jorge Duany

Jorge Edwards

Sebastián Edwards

Joaquín Estefanía

Julio Frenk

Francisco Goldman

Francisco González Crussí

Alejandro González Iñárritu

Teodoro González de León

Roberto González Echeverría

Enrique Krauze

Mario Lavista

Antonio Lazcano

Emmanuel Lubezki

Valeria Luiselli

Diego Luna

Nora Lustig

Carlos Malamud

David Mares

Ibsen Martínez

Óscar Martínez

Eduardo Matos Moctezuma

Carmelo Mesa-Lago

Verónica Montecinos

Antonio Muñoz Molina

Moisés Naím

Enrique Norten

Silvia Pedraza

Elena Poniatowska

Alejandro Portes

Luis Prados

Rodrigo Rey Rosa

Rafael Rojas

Vicente Rojo

Ranulfo Romo

Diego Sánchez-Ancochea

Antonio Santamaría García

Arturo Sarukhán

José Sarukhán

Fernando Savater

Javier Sicilia

Eduardo Silva

Guillermo Soberón Acevedo

Edward Telles

Mauricio Tenorio

Antonio Ugalde

Diego Valadés

Álvaro Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa

Enrique Vila-Matas

Rolando Villazón

Juan Villoro

Gabriel Zaid

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Visita un mágico lugar llamado “Museo del Equilibrio”

En la Selva Nublada, ubicada en la Sierra Nevada de Mérida, una cabaña de piedras junto a un río, es la casa de Lothar y Natasha, “Museo del Equilibrio”La pareja compró y acondicionó su hogar con la idea de entretener y hospedar a viajeros que se acercarán a Los Andes. 

Los visitantes pueden respirar aire fresco, degustar un suculento menú y relajarse encontrando el equilibrio entre el cuerpo y la mente, gracias a las clases de yoga, el balance en las piedras (apilar piedras una sobre otra en quilibrio), slackline (deporte de equilibrio en el que se usa una cinta que se engancha entre dos puntos fijos y caminar sobre ella), caminatas y la observación de las aves en los senderos del Parque Sierra Nevada, dirigidas por los anfitriones.

Para todo aquel que quiera vivir un experiencia única, pueden reservar una habitación para 2 niños y 2 adultos, con el desayuno incluido o la casa completa para 6 adultos y 2 niños. 

Para más información:

EMAIL: museodelequilibrio@gmail.com
WEB: Facebook: Museodelequilibrio, Twitter: @museoequilibrio, Instagram: Museodelequilibrio

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Hoy nuestro país ha muerto

Manuel Alejandro

Hoy nuestro país ha muerto. No porque no quisiéramos salvarlo, sino porque no hubo con qué hacerlo. No hubo ganas de verlo, ni hubo interés de conocerlo; por el contrario, se prefirió salir a ver qué otro país había y colocar en él todo nuestro amor.

El país murió porque mientras estuvo en convalecencia, preferimos ir a perder nuestra decencia creyendo que no le pasaba nada, cuando la verdad tenía de todo. Y no tenía de todas esas cosas buenas que uno quiere que tenga: tenía insultos, malhumor, suciedad, tenía colas, ojos de envidia, estaba verde de cansancio; le faltó trabajo, su honestidad bajo muchísimo, respiraba aire de carros, comía odio, y no le alcanzó el tiempo de morir bien, porque murió increíblemente rápido.

Muchos se conformaron con salir a ver qué se podía hacer, Otros hicieron lo imposible para curarlo. Nosotros, por el contrario, nos cruzamos de brazos esperando lo mejor (o lo peor, según se vea), ¿los demás?, Ellos estaban disfrutando de la fortuna que nos dejó y muchos celebraban al no saber lo que pasaba.

El país murió de esa doble cara que llevamos todos hoy, una que sabe que “la cuestión está muy arrecha” y la otra que lo único que sabe y conoce es de carros, béisbol, marcas de whisky y nombres de zapatos.

Cuando el país se dio cuenta de que tenía a su lado gente así, dijo que no valía la pena seguir. Se nos fue el país que amábamos y no porque se transformó en otra cosa, se nos fue porque sus amantes más fuertes confundieron el amor con la pasión y ella (porque debemos saber que el país es una de esas mujeres bien plantadas), tan generosa, les dio todo; y Ellos, sus supuestos amantes, le quitaron hasta el nombre.

Algunos abandonaron el país justo cuando más hacía falta, porque no se necesitaba una cura milagrosa ni calculada, sólo pedía compañía fiel y amor sincero. Y ahora que lo pienso, de eso se deben morir los ancianos, de soledad y de falta de amor. Lo triste es que el país no estaba cerca de sus 300 años.

Pero es tanta la impresión y tristeza que nos invade, que sólo podemos ver cómo la entierran en el pozo más profundo de una tierra que parecía tener fin, pero descubrimos, por las malas, que la ignorancia no tiene punto final y mucho menos un entierro definitivo.

Lo que más nos preocupa es que hay gente que baila sobre su tumba tempranamente abierta pero no certeramente cerrada. La tristeza de Nosotros es la alegría de Muchos y estos muchos celebran con gran algarabía el amor que los “amantes del país” le tienen a ella. Celebran la fuga de ideas como quien se gradúa de preescolar, defienden su delgadez con la sensatez de decir que “cada vez comemos más” cuando en realidad sabemos menos, todo intento de Nosotros y los Otros de tomar su mano para llevarla a las estrellas lo castigan como cuando se castiga el haber probado la libertad (con la exclusión y desprecio hacia aquellos que quieren ver otra cosa).

Pero no sigamos profundizando en el tóxico amor en el que ha sucumbido nuestro amado país, la intención de escribir esto es otra, es ver que Nosotros, Muchos, Ellos y Otros no pudimos hacer nada para que tuviera mejor cara.

Mucho menos hicieron sus amigos. El país, siendo una mujer valerosa que impulsó a otros a liberarse de abusadores abusivos, cuando cayó enferma, solo tuvo cartas de dolencia, condolencia y solidaridad. No le sirvió para nada que en su juventud peleara contra los grandes y nos librara de un futuro de servidumbre. A todos se les olvido que fue la única que dio la cara por el barrio. Y lo peor fue que cuando cada uno de sus amigos logró avanzar en el destino que le correspondía, alcanzando la riqueza y gloría que le tocaba, se les olvidó que ella, el país, siempre dio la cara por el barrio.

Sólo recibió cartas que condenaban a los que la dejaron así, pero al final el papel solo sirvió de marco para la acción que nunca llegó, como quien espera un tren en un aeropuerto. Y así se nos fueron los mejores años de una generación que quería hacer de ella una gran mujer o, por lo menos, un gran país.

Hoy, eso de que “se les olvidó”, parece ser una vista gorda (bien gorda, por cierto) para no caer infectados en esta grave enfermedad. Y cuando se le preguntó qué enfermedad tenía, ella (el país) sólo supo responder que era amor. Porque nos amó tanto a Nosotros, a Ellos, a Muchos y a Otros que al final se secó pues no tuvo más nada que darnos y la dejamos sola.

Eso fue lo que la mató, que Nosotros la dejamos sola, que Ellos se llevaron todo lo que tenía, que Muchos no sabían nada y Otros se fueron. Por eso es que hoy nuestro país fallece en manos ajenas, en manos que no conocieron su mejor cara y que ahora añoran. Murió sabiendo que hay gente que nació con ella y esos mismos le entregaron su mejor comportamiento cívico a otro país (eso la hundió) y no aguantó más.

Hoy nuestro país ha muerto y ni si quiera tenemos lágrimas para llorar, sólo tenemos brazos para cruzar y un lamento que revivir…

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MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN: Bachaqueo en Misión Vivienda

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

La OLP, que no es la Organización para la Liberación de Palestina de Arafat, aunque tenga las mismas siglas, sino la Operación para la Liberación del Pueblo, a la que algunos malintencionados llaman Operación Levantamiento de Popularidad, está resultando, más bien, una liberadora de panaceas (mejor no le han podido venir las siglas).

Las soluciones mágicas de la revolución, las Zonas de Paz (libres de autoridades, repletas de malandros) y las Misiones Viviendas (apartamentos gratis, regalados sin orden, control ni título de propiedad a quien se dijera damnificado), esas yerbas de curanderos rojos maceradas al calor de todas las supersticiones y fobias sociatas, se vienen abajo con cada allanamiento.

Ayer, en uno de los Complejos de Misión Vivienda de la Avenida Bolívar, testigo de llenazos multitudinarios y aleccionadores soliloquios del único inmortal que se murió, donde la marea roja se desbordaba como tsunami, allí, en el complejo urbanístico Ojos de Chávez, la OLP liberó bultos de productos regulados: desodorantes, azúcar, servilletas, jabón, toallas sanitarias, harina pan, entre otros.

Entonces resulta que los depósitos de acaparamiento, los cuarteles desde donde se libra la feroz guerra económica que nos enflaquece, no están en los sótanos de Fedecámaras sino en Misión Vivienda. Paramilitares colombianos enviados por Uribe para bachaquear, ya se sabe. A los que la revolución dio techo, facilidades y negocio fácil, habría que agregar. Tiene gracia la cosa. Los Ojos de Chávez llenos de bachaqueros. Es una metáfora deliciosa.

Tropico de Cancer

Trópico de Cáncer – Henry Miller

Por: Ezequiel Abdala – @eaa17

Paris era un burdel. Ese, a modo de Hemingway –que indudablemente titulaba mejor–, bien pudiera haber sido el nombre de Trópico de Cáncer, primera novela de Henry Miller, a la que la censura, siempre inteligente, le dio ese aire mítico de obra prohibida –lo estuvo en EE.UU durante 27 años– que tanto mejora  y vende algunos libros.

Uno entiende que hablar tanto y tan seguido de sexo y además de forma tan desenfadada, como si cualquier cosa, y con un lenguaje descarnado –aunque sospecho que la traducción del Círculo de Lectores algo suavizó o perdió– haya podido generar revuelo en los puritanos años treinta de los USA; no obstante, visto con ojos de ahora, lo de novela porno habría que entrecomillarlo: tanto por lo de novela –Miller nunca la consideró tal, y razón, creo, no le faltaba– como por lo de porno. Porque Trópico de Cáncer no es sino el desordenado diario de un americano que huye de la Gran Depresión y se refugia en el París de la entre-guerra. Un americano pobre y muy aficionado a los burdeles, que se mueve en el París más sórdido. Un americano, otro más, con aspiraciones de escritor en la más literaria de las ciudades. Un americano inconforme, lleno de dudas y preguntas, que no se contiene y plasma el papel, sin delicadeza, pudor ni estructura, tal como le viene, todo lo que piensa y vive.

¿Obra cumbre de la literatura americana? Así la consideraron en su momento importantes escritores –George Orwell, T.S. Elliot–, que evidentemente sabían más que yo, pero de grandeza, lo que se dice grandeza, le encontré poco: un libro provocador, escrito por un rebelde sin cortapisas, con algunas anécdotas interesantes y uno que otro monólogo memorable. Prosa correcta, no muy deslumbrante. Eso y poco más. Imprescindible para quien quiera conocer a fondo la bohemia y el París de callejón.

¿Ha mejorado realmente el cine venezolano?

Por: Tomás Marín – @erpinufitu

“El cine venezolano ha mejorado muchísimo”, es una frase casi folklórica que, en los últimos años, resuena constante y altivamente en la gran mayoría de esas conversaciones que, luego de haber abordado distintos y hasta irreconciliables tópicos, desemboca en el complejo mundo del séptimo arte en un país tan delicado como el nuestro.

Pero, ¿ha mejorado realmente el cine venezolano? Ésta es una pregunta que puede generar un sinfín de posturas que, en su argumentación, más o menos legítima y coherente dependiendo del vocero, harían sacar a relucir las siempre pretenciosas personalidades de todos aquéllos que, de una u otra manera, están involucrados en la creación y templanza de esta maquinaria de entretenimiento y/o reflexión.

Partiendo del párrafo anterior, nos encontramos con la primera premisa para intentar construir un análisis estructurado: el cine venezolano es pretencioso.

La pretensión de la que hablamos se esparce libremente a través de una cantidad apreciable de lastimosos aspectos que parecieran ser tratados como las más admiradas gemas de una joyería mediocre hecha de historias arquetípicas, de malos actores y de luces de Kino Flo.

Quizás la médula de este problema es el ego desenfrenado y las ínfulas bohemias de muchos realizadores que albergan en su triste pequeñez la creencia de que gritar “acción”, cruzar las piernas y colocarse una bufanda para dar una entrevista te hacen director de cine. Es común ver en todos lados a muchos personajes (profesionales y amateurs) que, por medianamente saber usar una cámara, desean ser vistos como directores jupiterinos, cuyas decisiones en absolutamente todos los aspectos de la obra deben ser incuestionables y aceptadas.

Es en este punto donde nacen las malas tramas y diégesis que, repitiéndose incesantemente a través de los años, han llevado a la pantalla criolla hacia su estancamiento y su mediocridad. Las infaltables aliadas de la pretensión son la compasión, la lástima y la sensiblería; casualmente los temas que, una y otra vez, se presentan forzadamente en las películas de producción nacional.

La eterna y melodramática búsqueda del “lado humano” del malandro, del sufrimiento shakesperiano de la prostituta, del dolor del pobre, de la odisea de los niños (quizás el recurso más sobreexplotado de todos), del padecimiento; entre otras, es la piedra de tranca que impide la verdadera eclosión que ha buscado ciegamente el celuloide (aunque ya estamos en la era digital) en las productoras nacionales. Esa manía que tiene el cineasta de gritar “mírenme, seres inferiores, yo soy capaz de ver y retratar el dolor en donde ustedes, pobres mortales, no pueden ni imaginarlo”. Este tropezar autocomplaciente, similar al de Sísifo, es el gran cáncer que, aún, no hemos conseguido extirpar.

Por supuesto, toda intención manipuladora de generar empatía requiere la aparición de un culpable expreso o tácito. He aquí cuando entra la influencia del maquiavélico e inteligentísimo gobierno bolivariano, quien, dentro de su maquinaria comunicativa, no dudó en instrumentalizar el cine para promocionar su ideología.

Aún queda muchísimo trabajo por hacer. Los avances han sido pocos y el cine venezolano está durmiéndose en laureles de papel. La teoría y el entendimiento de los grandes pilares (grandes maestros e investigadores) del lenguaje visual es el punto que más se desconoce aunque es, paradójicamente, el más importante para poder decir un día “El cine venezolano ha mejorado, de verdad, muchísimo.

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Fútbol vs Béisbol

Por: Juan Sanoja – @JuanSanoja

Más de 22 millones de personas en Estados Unidos miraron la tarde-noche histórica de Tim Howard en el Fonte Nova que acabó en desilusión por los goles de Lukaku y De Bruyne. Es decir, la eliminación de la selección nacional de USA, en Brasil 2014, fue vista por tres millones de personas más de las que prendieron el televisor para observar el MVP de David Ortiz tras la consagración de los Medias Rojas de Boston en el mejor béisbol del mundo.

Es el poder del fútbol. Capaz de generar mayor expectativa que la Serie Mundial, en el propio país de las barras y las estrellas.

Una supremacía que tal vez devenga de la sencillez de su práctica, de la capacidad de ser jugado sin mayores medios que un par de piedras y un pote de jugo, aunque el palo de escoba y la chapa sean suficientes para rebatir el argumento desde el otro lado de la acera.

Quizá la hegemonía no tenga tanto que ver con qué se necesita para practicarlo, sino con quiénes puedan jugarlo. El fútbol (moderno) es un deporte donde los estereotipos tienen poca cabida a la hora de elegir un buen tipo para determinado rol, a diferencia del béisbol, por más que Altuve nos grite lo contrario. El 9 del equipo puede medir dos metros o tener 30 centímetros menos de estatura y hacer los mismos goles. Podemos encontrar centrales más altos que Justin Verlander o excelsos cabeceadores con sólo 1.76 m, como es el caso de Fabio Cannavaro.

La simpleza también la encontramos en el desarrollo: un deporte de escasas reglas. Libertad que paradójicamente se torna compleja en el decurso mismo del juego, bautizado por Dante Panzeri como una dinámica de lo impensado. Mientras que en el béisbol siempre se recorrerá el mismo diamante para anotar una carrera, en el fútbol los entrenadores se han vuelto locos construyendo cuadrados mágicos, W, M y arbolitos de navidad en búsqueda del gol. El propio Billy Bean, que revolucionó el deporte en donde Jeter se hizo leyenda y que ahora es fanático de la actividad que inmortalizó a Di Stéfano, reconoce la dificultad que conllevaría implementar el concepto de Moneyball –“properly allocate credit and blame to a player”– en el balompié, por su fluidez e interdependencia entre futbolistas.

Es aquí donde emerge uno de los puntos que le confiere a (¿casi?) toda lectura del juego el carácter de subjetiva, chispa que enciende la mecha de todo debate futbolero, lugar donde unos comulgan y otros se confiesan en la única religión que no tiene ateos. Cualidad del deporte que permite generar un sinfín de análisis respetables. Porque cuando un bateador entra en un slump, más allá de factores intangibles como el ambiente del dogout o lo que pueda aportar el coach de bateo, la culpa es sólo de él. En cambio, en el fútbol, si un atacante no toca un balón en todo el encuentro es más que factible que el reproche recaiga en sus otros 10 compañeros.

Poner la lupa para señalar responsables de una mala racha resulta, en muchas ocasiones, una tarea temeraria.

En el fútbol importan tanto los nombres propios como la organización de los mismos. Una disposición en el campo que no tiene mayor prohibición que la de no superar los 11 jugadores. Una especie de sudoku que hoy en día va del 1 al 5, menos para Pep Guardiola, que lo completó con el 3-7-0. En béisbol no pudiésemos prescindir del campocorto con el fin de tener un jardinero más. La flexibilidad iría por el lado de alterar los factores en el lineup para cambiar el producto o desplazar sutilmente el cuadro. Una gama que se queda corta ante la infinidad de posibilidades que caben entre las dos arquerías. Razón por la cual muchos preferimos jugar a ser José Mourinho o Jürgen Klopp, que fantasear con mandar un toque para sentirnos Ozzie Guillén o Buddy Bailey.

El fútbol es esa disciplina que permite que la frase “donde el mejor no siempre gana” se aleje del lugar común, dado que el camino no pocas veces nos lleva a un fin ilógico. Todo esto sin entrar en el tópico de la belleza, gasolina para el debate y la teoría, que se divide en escuelas como las de Menotti y Bilardo.

Academias culturales que también se distribuyen en países, donde el deporte de selecciones no tiene comparación con práctica deportiva alguna. Sólo la suma de disciplinas participantes en los Juegos Olímpicos sería capaz de hacerle frente a la popularidad de una Copa del Mundo.

Difícil sería también equiparar la variedad futbolística que propone la guía de programación en la mayoría de los fines de semana del año con lo que pueda brindar el béisbol. Uno es capaz de llevarte a Inglaterra para ver un Manchester United – Chelsea, tras haberte ofrecido un Real Madrid – Barcelona de la liga española, para luego culminar con un Milan – Fiorentina como postre italiano. Esto sin tomar en cuenta los partidos de Rosales, Rondón, Vizcarrondo y compañía, y sin contar con la posibilidad de ir a ver en directo a Rómulo Otero. Por su parte, el deporte en el que Cabrera es Messi (o por lo menos así lo idealizamos) con suerte nos pudiese convidar un Clásico de otoño el día antes o después de una inconmensurable, eso sí, ida al estadio para presenciar un Caracas – Magallanes.

E igual o más importante que la pluralidad en sí de la agenda de transmisiones es el número de competiciones que disputa cada equipo. Un seguidor del deporte más hermoso del mundo se quedaría con hambre de triplete al ver ganar a su equipo la Serie Mundial. Esperaría por levantar también la Copa y la Champions que confirme la superioridad de su divisa en otro formato y a nivel continental. Sí, la Serie del Caribe se queda corta, tomando en cuenta que el equipo que gana el campeonato local llega desarmado a la liga de campeones caribeña.

Gol vs. Jonrón con carrera. Salvar un tanto en la línea de meta vs. Atrapada acrobática para impedir un cuadrangular. ¿El regate? Un caño no encontraría comparación ni con una jugada a mano limpia.

Por estas y otras razones más el fútbol es el deporte número uno del mundo. Tan grande como para ser una de las 50 economías del planeta o para absorber a innovadores de otros deportes como el señor Bean, que le dijo a sus amigos patriotas que el resto del mundo no podía estar equivocado.

Por estas y otras razones más, aunque esta temporada vuelva a ligar por última vez un hit de Bob Abreu con el control del televisor en la mano, me decanto por el fútbol. Una pasión que nació de la mano del boom vinotinto y que espera llegar a su clímax en Rusia 2018.