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Fútbol vs Béisbol

Por: Juan Sanoja – @JuanSanoja

Más de 22 millones de personas en Estados Unidos miraron la tarde-noche histórica de Tim Howard en el Fonte Nova que acabó en desilusión por los goles de Lukaku y De Bruyne. Es decir, la eliminación de la selección nacional de USA, en Brasil 2014, fue vista por tres millones de personas más de las que prendieron el televisor para observar el MVP de David Ortiz tras la consagración de los Medias Rojas de Boston en el mejor béisbol del mundo.

Es el poder del fútbol. Capaz de generar mayor expectativa que la Serie Mundial, en el propio país de las barras y las estrellas.

Una supremacía que tal vez devenga de la sencillez de su práctica, de la capacidad de ser jugado sin mayores medios que un par de piedras y un pote de jugo, aunque el palo de escoba y la chapa sean suficientes para rebatir el argumento desde el otro lado de la acera.

Quizá la hegemonía no tenga tanto que ver con qué se necesita para practicarlo, sino con quiénes puedan jugarlo. El fútbol (moderno) es un deporte donde los estereotipos tienen poca cabida a la hora de elegir un buen tipo para determinado rol, a diferencia del béisbol, por más que Altuve nos grite lo contrario. El 9 del equipo puede medir dos metros o tener 30 centímetros menos de estatura y hacer los mismos goles. Podemos encontrar centrales más altos que Justin Verlander o excelsos cabeceadores con sólo 1.76 m, como es el caso de Fabio Cannavaro.

La simpleza también la encontramos en el desarrollo: un deporte de escasas reglas. Libertad que paradójicamente se torna compleja en el decurso mismo del juego, bautizado por Dante Panzeri como una dinámica de lo impensado. Mientras que en el béisbol siempre se recorrerá el mismo diamante para anotar una carrera, en el fútbol los entrenadores se han vuelto locos construyendo cuadrados mágicos, W, M y arbolitos de navidad en búsqueda del gol. El propio Billy Bean, que revolucionó el deporte en donde Jeter se hizo leyenda y que ahora es fanático de la actividad que inmortalizó a Di Stéfano, reconoce la dificultad que conllevaría implementar el concepto de Moneyball –“properly allocate credit and blame to a player”– en el balompié, por su fluidez e interdependencia entre futbolistas.

Es aquí donde emerge uno de los puntos que le confiere a (¿casi?) toda lectura del juego el carácter de subjetiva, chispa que enciende la mecha de todo debate futbolero, lugar donde unos comulgan y otros se confiesan en la única religión que no tiene ateos. Cualidad del deporte que permite generar un sinfín de análisis respetables. Porque cuando un bateador entra en un slump, más allá de factores intangibles como el ambiente del dogout o lo que pueda aportar el coach de bateo, la culpa es sólo de él. En cambio, en el fútbol, si un atacante no toca un balón en todo el encuentro es más que factible que el reproche recaiga en sus otros 10 compañeros.

Poner la lupa para señalar responsables de una mala racha resulta, en muchas ocasiones, una tarea temeraria.

En el fútbol importan tanto los nombres propios como la organización de los mismos. Una disposición en el campo que no tiene mayor prohibición que la de no superar los 11 jugadores. Una especie de sudoku que hoy en día va del 1 al 5, menos para Pep Guardiola, que lo completó con el 3-7-0. En béisbol no pudiésemos prescindir del campocorto con el fin de tener un jardinero más. La flexibilidad iría por el lado de alterar los factores en el lineup para cambiar el producto o desplazar sutilmente el cuadro. Una gama que se queda corta ante la infinidad de posibilidades que caben entre las dos arquerías. Razón por la cual muchos preferimos jugar a ser José Mourinho o Jürgen Klopp, que fantasear con mandar un toque para sentirnos Ozzie Guillén o Buddy Bailey.

El fútbol es esa disciplina que permite que la frase “donde el mejor no siempre gana” se aleje del lugar común, dado que el camino no pocas veces nos lleva a un fin ilógico. Todo esto sin entrar en el tópico de la belleza, gasolina para el debate y la teoría, que se divide en escuelas como las de Menotti y Bilardo.

Academias culturales que también se distribuyen en países, donde el deporte de selecciones no tiene comparación con práctica deportiva alguna. Sólo la suma de disciplinas participantes en los Juegos Olímpicos sería capaz de hacerle frente a la popularidad de una Copa del Mundo.

Difícil sería también equiparar la variedad futbolística que propone la guía de programación en la mayoría de los fines de semana del año con lo que pueda brindar el béisbol. Uno es capaz de llevarte a Inglaterra para ver un Manchester United – Chelsea, tras haberte ofrecido un Real Madrid – Barcelona de la liga española, para luego culminar con un Milan – Fiorentina como postre italiano. Esto sin tomar en cuenta los partidos de Rosales, Rondón, Vizcarrondo y compañía, y sin contar con la posibilidad de ir a ver en directo a Rómulo Otero. Por su parte, el deporte en el que Cabrera es Messi (o por lo menos así lo idealizamos) con suerte nos pudiese convidar un Clásico de otoño el día antes o después de una inconmensurable, eso sí, ida al estadio para presenciar un Caracas – Magallanes.

E igual o más importante que la pluralidad en sí de la agenda de transmisiones es el número de competiciones que disputa cada equipo. Un seguidor del deporte más hermoso del mundo se quedaría con hambre de triplete al ver ganar a su equipo la Serie Mundial. Esperaría por levantar también la Copa y la Champions que confirme la superioridad de su divisa en otro formato y a nivel continental. Sí, la Serie del Caribe se queda corta, tomando en cuenta que el equipo que gana el campeonato local llega desarmado a la liga de campeones caribeña.

Gol vs. Jonrón con carrera. Salvar un tanto en la línea de meta vs. Atrapada acrobática para impedir un cuadrangular. ¿El regate? Un caño no encontraría comparación ni con una jugada a mano limpia.

Por estas y otras razones más el fútbol es el deporte número uno del mundo. Tan grande como para ser una de las 50 economías del planeta o para absorber a innovadores de otros deportes como el señor Bean, que le dijo a sus amigos patriotas que el resto del mundo no podía estar equivocado.

Por estas y otras razones más, aunque esta temporada vuelva a ligar por última vez un hit de Bob Abreu con el control del televisor en la mano, me decanto por el fútbol. Una pasión que nació de la mano del boom vinotinto y que espera llegar a su clímax en Rusia 2018.

¡Abajo el pesimismo!, por Hasler Iglesias

¿Cuántas veces en los últimos días nos hemos topado con personas que sólo hablan negativamente e incluso reclaman cuando se habla de cosas positivas -que aún subsisten- porque dicen que eso no es importante, que sólo hay que hablar de la crisis, de los problemas y del desorden?

Estamos viviendo una crisis, eso es indudable. Una crisis a todo nivel que se cierne sobre la economía y la política, pero también sobre nuestra dimensión humana y relacional.  Read More…

Así reseñó la prensa la entrega de Leopoldo

Hace un año Caracas estaba convulsionada. Reinaban la expectativa y la incertidumbre. Leopoldo López había anunciado, vía vídeo, que se entregaría a la justicia, y ríos de gente colmaban la avenida Francisco de Miranda para ser testigos de tal acontecimiento. Se pensaba que sería un punto de quiebre, que podría marcar un antes y un después, pero la realidad terminó siendo distinta. Un repaso de las portadas de los diarios que reseñaron lo sucedido ese día puede servir para reflexionar sobre lo que se esperaba y lo que finalmente pasó.

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Fashion Blogging discreto: bimbo bloggers, fama y originalidad

Por Andre Méndez – @andrebombacha

Fotos de Daniela Pineda- @fedora83

Soy la blogger antiblogger.

Es la única forma en que he logrado definir mi posición ante todo este boom de chicas que como yo, decidieron volverse públicas y mostrar el estilo que tienen, o que creemos tener.

Hace unos años me abrí el blog My Idaho Closet En numerosas revistas he explicado por qué lo abrí, pero les hago un resumen desde mi lugar más sincero: lo hice porque me pasó varias veces que me vestía muy bien, salía a la calle orgullosa de cómo me veía y no me encontraba a nadie.  Sentía que desperdiciaba una combinación, y se la quería mostrar a todo el mundo. Un poco el tema de la egolatría.

Pero es una especie de contradicción con mi forma de ser. Desde el primer día que empecé con esto me dije nunca me plantaría en una pose. Que no dejaría de ser natural y sencilla, ni de seguir diciendo “qué molleja”, como oriunda del Zulia que soy. Es un querer demostrar que me sé vestir bien sin plata (porque no soy niña rica). Es quererme mucho mostrando lo auténtica que puedo ser (con la ropa) pero a la vez batallando con no volverme una “ego blogger”, como nos han catalogado en los últimos años.

Y es que muchos no respetan a las bloggers.  Yo soy una.

Después de que me abrí el blog comencé a entrar en un par, luego en decenas, y al final terminé en cientos que archivaba en google reader para no perderme ninguna actualización.  Pero conforme a la cantidad de blogs que iban apareciendo, más molestia me generaban.

Me analicé y me sigo analizando por esto.  Un día lo definí como envidia.  Envidia de que chicas que no hacen nada, sólo dedicarse a una página, les ofrecieran viajes, vida y mundo. Que por ser lindas ya tienen todo a sus pies.

Perdí la esencia de mi blog, y lo abandoné un poco cuando estalló toda esta nueva era de mujeres posando frente a una cámara. Me di cuenta de que no formo parte de la mayoría de ellas. Tengo ojeras, no puedo salir a la calle a tomarme fotos porque vivo en una ciudad donde atracan y no puedo costearme una cartera Marc Jacobs.  No tengo a un amigo fotógrafo que sepa ángulos y me edite las fotos cada vez que haga un post, ni tampoco muchas marcas que me estén regalando cosas.

Pero no, no es envidia.  Es que precisamente yo no quiero ser como la mayoría.  Toda la vida me he esforzado demasiado en no ser igual que los demás, y eso me ha hecho ser una persona muy necia conmigo misma.  Y ver que todas estas chicas se visten tan igual las unas con las otras, me genera rechazo.

Se volvieron clones, perdieron su identidad, que es absurdo, porque precisamente un blog es para mostrar un estilo que no se debería parecer al de más nadie, solo a ti misma.  Me uní al grupo de los que no respetan a las bloggers porque más allá de si se visten de una forma o no, lo que me perturba (un poco, tampoco es que no puedo dormir), es ver cómo se muestran al mundo por la forma en que escriben en sus redes sociales y en sus mismos blogs.

A partir del más conocido (The Blonde Salad), se creó una generación de bimbo bloggers, que no leen, que no investigan, que no quieren pensar mucho. Que solo quieren figurar y tener sus 15 minutos de fama. Y esto es exactamente la percepción que evito a toda costa.  Que me da terror que la gente tenga de mí.

Pero si algún día soy afortunada de vivir alguna de las maravillas que se ganan por ser una blogger, quiero que sea siendo exactamente como soy, haciendo el blog como lo vengo haciendo.  No me gusta retwitear piropos, tampoco tener millones de selfies en instagram. Prefiero ser fiel a esa voz en mi cabeza que todos los días me dice que es mejor no andar con pretensiones que venderme por una prenda de ropa o dos. Pareciera que la popularidad no se lleva muy bien con el respeto en la blogósfera, y esto es una opinión generada a partir de conversar con muchísima gente en el mundo de la moda, y otros tantos ajenos a ella también.

Hoy ya reconozco cuando un blog persigue más que una simple fama, cuando es una chica que a simple vista despide originalidad y cuando su página tiene una perspectiva fresca. Esos blogs son los que me inspiran a seguir con el mío.

A todas estas, mi blog no es popular. Y antes me quitaba el sueño, pero ya a estas alturas de mi vida estoy en otra posición. Hoy lo disfruto así como es, y me pregunto hasta cuándo lo voy a hacer.  Esa respuesta todavía no la tengo; mientras tanto sigo mostrando cómo me visto y sigo batallando con el mundo de las fashion bloggers.

 

Editora de moda, fase superior del fashion blogging

Por: Amira Saim- @almalofer

Fotos de Daniela Pineda- @fedora83

Alguna vez le pedí a un amigo que no me presentara como una fashion blogger. A pesar de pasarme la vida escribiendo, hablando y consumiendo moda, no se sentía bien cada vez que me catalogaban así. Entendía que si tenía un blog y escribía de moda esa debía ser mi etiqueta; pero algo seguía incomodándome y tuve que poner a mi pobre amigo en la confusa situación de no saber cómo presentarme.

Mi rechazo a la bendita etiqueta de fashion blogger se acabó cuando di con esta nueva clasificación: egoblogger. Un egoblogger es aquella persona que dedica su blog a los selfies que muestren cada uno de sus looks, todos los días e, inclusive, todo el día.

Un fashion blogger, entonces, pasó a ser aquel que repasa las tendencias, escribe sobre la industria de la moda de su país y el resto del mundo y, por qué no, de vez en cuando publica fotos con un look propio del que se sienta orgulloso.

Ahora sí me sentía más cómoda como fashion blogger.

Tengo un blog que se llama DressCODE que, en realidad, no es sólo mío, porque participan más personas. Yo soy su editora en jefe y en él tratamos de reseñar las noticias más relevantes de la Industria de la moda en Venezuela y el mundo, publicar artículos de opinión, producir editoriales de moda, cubrir eventos y, en fin, ser algo más que un blog.  Y si se lo preguntan, nos gusta la palabra magazine.

Dicho esto, continúo con este artículo que busca principalmente abrir una discusión sobre este tema de moda. Porque está de moda.

No soy la mayor de las fanáticas de las egobloggers, no porque tenga algo en contra de ellas sino porque no me dan la información que necesito, ni los contenidos que más disfruto. Quizás porque ya se me pasó la edad para eso, quizás porque ya pasé por la etapa en la que seguía esos tipos de blog, por allá por los días en los que una fashion blogger era todo el mundo.

La inmediatez de Internet ha hecho que nombres surjan tan rápido como desaparecen. En esta carrera por los 15 minutos de fama y el millón de followers los más inteligentes son los que sobreviven y se mantienen.

Por esto me he quedado con los que alguna vez fueron egobloggers y que muy audazmente fueron evolucionando a otra cosa mucho más rica y diversa, mientras que las muchas personas que hoy surgen tomándose auto fotos con sus mejores trajes ya no me parece tan atractivo, primero porque son muchas y segundo porque son muy parecidas todas.

Ser egoblogger es el primer escalón para convertirse en algo más interesante. Su papel es más que todo aspiracional, cosa que explica que los sigan tantas personas, y el rollo aspiracional es algo a lo que ha estado jugando la moda desde sus inicios como Industria. Por eso Chanel se hizo tan popular sólo cuando las aristócratas comenzaron a usar sus diseños y cada Christian Dior que se puso Eva Perón significó decenas de copias vendidas, ayudándolo inmensamente a capturar un mercado que quería parecerse a la ex primera dama argentina, lo confesaran o no. Uno siempre va a querer ser más.

Sí, hoy los tiempos son otros y aunque las princesas y primeras damas siguen teniendo mucha influencia, las plebeyas que tengan algo de dinero, un smartphone, una pareja o amigo adulador con una cámara y, muy importante, un gran ego, puede convertirse en una egoblogger. Que si son buenas o son malas, pues ocurre como en todo, hay gente que lo hace muy bien. Con marcas caras o accesibles, son mucho más interesantes las que logran un lindo balance entre estos dos mundos. Las que lo tienen más claro terminan siendo modelos y unas muy buenas. Existen también quienes no lo logran porque se visten mal y hay casos que sobrepasan la subjetividad, porque el mal gusto también existe.

La moda ha demostrado ser una industria terca: en Venezuela, a pesar de las devaluaciones, controles cambiarios, cada día se multiplican las ego y fashion bloggers. Mientras tengamos acceso a Internet se mantendrán vivos estos nuevos oficios. No pareciera tener nada que ver con la situación económica de un país, sino con la posibilidad de exponerse, de un espacio donde comentar la Moda y de comprar online. Por supuesto, también es importante la presencia de marcas nacionales e internacionales que nos ayuden a vestirnos como queremos y a “seguir las tendencias” desde casa.

(Me tomo un momento para pedir a cualquier dios que las marcas de Inditex no se vayan nunca de Venezuela y que por cada marca extranjera que abra sus puertas aquí nazcan 10 marcas venezolanas más.)

Es el título que yo quiero el que menos exposición y presencia tiene en este país y es el de Editora de Moda. Hay gente que se dedica a esto, y con mucha seriedad. Así como las egobloggers y las fashion bloggers, hubo un tiempo en el que todavía el oficio de escoger los temas de importancia y plantear tendencias, no tenía nombre. Gracias, Diana Vreeland por hacerlo tan bien y darnos una aspiración profesional.

Las editoras de moda se saben vestir tan bien o mejor que cualquier egoblogger y saben tanto o más que una fashion blogger. Junten a estas dos especies, las aderezan con ambición, vocación y un medio (más allá que un blog) y tendrán una editora de moda.

Si me preguntan, las mejores egobloggers de Venezuela están en Maracaibo: Rosshanna Bracho y Edmary Fuentes. Y si quieren seguir a una gran Fashion Blogger venezolana, sólo tienen que seguir a Nohemí Dicurú y su blog Fashiongraphic. Pidan por mí para que un día pueda ser la editora de moda que quiero ser.

La moda invade OJO

Foto de Daniela Pineda- @Fedora83

Con motivo del fin del invierno y el pronto inicio de la primavera, Revista Ojo le da la bienvenida a #OjoFashionWeek, una semana para discutir sobre el arte que es vestirse, definir el propio estilo y escribir de ello.

Para ello, llamamos a distintas plumas ya acostumbradas a profundizar sobre el tema a unirse a nuestro debate. Durante toda la semana, saldrá un artículo a diario que tocará fibras, a veces un tanto sensibles, sobre la moda.

Fashion bloggers, coolhunting en Caracas, edición de moda y más son los temas que debatiremos esta semana en miras a comprender mejor por qué nuestra industria de la moda funciona como lo hace.

Si aún no la tienes en tus manos, nuestra edición 23 habla también con mucha profundidad sobre la moda en tiempos modernos desde distintos puntos de vista. Vestidos de novia, sastrería, mercados populares y ateliers fueron los temas que escogimos para darte una perspectiva tras bastidores.

Únete a la conversación. Usa el hashtag #OjoFashionWeek  en Twitter, Facebook e Instagram y cuéntanos qué piensas, si estás de acuerdo (o no) con lo que vamos planteando y qué más quieres conversar sobre la moda. Te esperamos.

Las consecuencias del abuso de poder

Por Gabriela Benazar Acosta-@GabyBenazar

El puente George Washington une los estados de Nueva York y Nueva Jersey. Es la principal vía de entrada y salida del norte de Manhattan (específicamente Harlem) hacia un pueblo llamado Fort Lee en el estado vecino. El alcalde de este pueblo es un demócrata llamado Mark Sokolich que decidió no apoyar a la reelección al gobernador del estado, el republicano Chris Christie, para favorecer a la candidata de su partido Barbara Buono. Esta decisión le costó caro a sus votantes, pero después de anoche, mucho más al mismo Christie.

En septiembre del año pasado, las autoridades portuarias decidieron cerrar “para hacer un estudio de tránsito” dos canales de acceso desde Fort Lee hacia el puente George Washington en hora pico, lo que ocasionó embotellamientos de tráfico inusualmente fuertes. La prensa se hizo eco de estas extrañas medidas tomadas por las autoridades, pero no fue sino hasta esta semana que salieron a la luz pública unos correos del equipo del gobernador Christie que señalan que el cierre del puente fue una retaliación en contra de los ciudadanos de Fort Lee por no haber apoyado al gobernador a su reelección.

“Es momento de que comiencen los problemas de tráfico en Fort Lee”, decía uno de los correos escritos por Bridget Kelly, la jefa del equipo de trabajo del gobernador, que fue despedida ayer por él al igual que David Wildstein, su jefe de campaña. Aunque en ninguno se demuestra que Christie ordenase la acción o tuviese conocimiento explícito de lo que se estaba haciendo, su equipo de trabajo sí.

Anoche, en una rueda de prensa que duró dos horas, el gobernador admitió que su equipo abusó del poder que tienen sobre la autoridad portuaria y que cometieron errores, pero afirmó que él no estaba al tanto de ellos y que “no es un bully que quisiese castigar a un pueblo por no darle apoyo.

El problema de Christie es que él representaba para el partido republicano la esperanza para recuperar la Casa Blanca en las elecciones de 2016. La competencia más sonada hasta anoche era él versus Hillary Clinton por los demócratas, a quienes les sobran opciones más fuertes que al partido más antiguo de Estados Unidos cuyos representantes son cada vez más radicales. Pero aunque todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario, las sospechas de la participación de Christie en el cierre arbitrario del puente George Washington en el que aparentemente falleció una persona y por el que está siendo demandado por ciudadanos de su estado son demasiado fuertes como para ser borradas de la opinión pública.

Bajo el supuesto de que los ciudadanos de su estado, que a pesar de ser de mayoría demócrata lo escogieron a él como gobernador, logren perdonar este “desliz” del equipo de trabajo que él mismo escogió, nada garantiza que los electores del partido republicano del resto del país harán lo mismo. Lo de muestra la trayectoria de poca tolerancia ante los escándalos políticos en los EEUU (pregúntenle a Richard Nixon, Eliot Spitzer y John Edwards, por ejemplo) y la fortaleza institucional, con una separación de poderes tan clara que obligó a un “cierre” de gobierno el año pasado porque el Congreso no llegó a un acuerdo sobre el presupuesto para el nuevo año fiscal.

Christie y el GOP tienen menos de dos años para ofrecer una nueva alternativa a sus electores, o lo que comenzó como un abuso de poder disfrazado de “estudio de tránsito” terminará con cuatro años más con un demócrata presidiendo uno de los países más poderosos del mundo. 

¿Puede Chile convertirse en una nueva sede del socialismo del siglo XXI?

Por Claudia González -@Clau886

“No va a ser fácil, pero ¿cuándo fue fácil cambiar el mundo para mejor?”. Con esta frase, Michelle Bachelet agradeció el apoyo que le dieron al elegirla nuevamente como Presidenta de Chile. Tras su triunfo queda, por supuesto, el sabor a victoria por parte de quien la apoyaron, pero también la preocupación de que Chile pudiera seguir los pasos de países como Venezuela en este próximo periodo por parte de quienes conformaban el bloque del oficialismo.

El pasado 15 de diciembre, Bachelet consiguió con 3.468.389 votos, 62,47 % del total, consolidarse nuevamente como presidenta de la República. Con esta victoria se convierte, además, en la primera mujer reelecta de la República de Chile. Sin embargo, su victoria se parece poco a la de hace ocho años, cuando el nivel de expectativas sobre su futuro gobierno estaba basado en una continuación del gobierno de la concertación y no en uno de grandes cambios y reformas, como lo es el actual.

En este ambiente de futuros cambios y reformas profundas que propuso la candidata queda la duda sobre el futuro devenir de su gobierno, ¿Pudiera Chile cambiar las bases de la democracia que ha venido construyendo desde el fin de la dictadura? ¿Puede Chile comenzar a, penosamente, copiar el modelo de gobierno de sus pares Latinoamericanos que optaron por el discurso socialista?

Sin duda la preocupación existe. Bachelet representa la opción socialista en ese país, y durante su campaña se caracterizó por conformar la alianza con todos los sectores que conforman la izquierda chilena, inclusive los más radicales. La consolidación de la “Nueva Mayoría” durante su campaña se constituye como su nueva visión de alianza, cuya propuesta se basó en un mensaje de mayor igualdad, justicia e inclusión, recordando que si bien Chile es la envidia en crecimiento económico de Latino América, no lo es en niveles de desigualdad en la población.

 Sin embargo, el discurso de Bachelet no paró en la reforma tributaria para lograr la gratuidad de la educación, basada en la visión de la educación como un derecho y no un bien de consumo; su propuesta más “revolucionaria” incluye  también una reforma a la Constitución, que se mantiene desde la dictadura de Pinochet.

Por su parte, la candidata Evelyn Matthei expresó su preocupación con respecto a esta propuesta afirmando durante su campaña que una reforma constitucional ayudaría a desviar la atención de los políticos chilenos de los temas que verdaderamente importan, alejando a Chile de la senda de crecimiento por la que ha transitado.

Ciertamente el tema de la reforma a la Constitución dará mucho de qué hablar en el momento en que se realice; sin embargo, la verdadera preocupación yace no el hecho de la reforma per se, pues no es novedad que Chile necesita una Constitución que nazca en democracia y consagre los derechos de los chilenos en igualdad de condiciones; sino en el cómo se realice esta reforma.

Es ahí donde se profundizan las preocupaciones respecto a la reforma constitucional promovida por la recién electa presidenta. Sus especificaciones sobre el cómo se realizaría esta reforma fueron no solo poco profundas, sino también poco detalladas con respecto al rumbo que seguiría esa reforma. Particularmente, cuando Bachelet no ha establecido límites con respecto a su alianza con el partido comunista y los demás sectores radicales de la izquierda chilena.

Solo el tiempo dejará ver como verdaderamente Bachelet cumple con sus propuestas, y negocia con los actores políticos con poder dentro de su gobierno. No queda duda de que el debate ideológico se profundizara aún más durante este nuevo periodo y queda solo esperar a ver que esas diferencias no se conviertan en factores de polarización peligrosos para la nación.

Ciertamente los resultados de esta pasada elección son muestra de la importancia de no subestimar la popularidad política apostando por la propuesta. La candidata Evelyn Matthei probablemente sostenía el proyecto más viable, menos “peligroso”  y que ofrecía la mayor continuidad del proyecto de país que Chile tiene desde que dejo la dictadura. Sin embargo, su sobreestimación del proyecto por encima de la importancia de la popularidad la llevó a obtener el apoyo de solo un tercio de chilenos.

La candidata Bachelet no solo entendiendo sino promoviendo los cambios necesarios en Chile, tal vez no para continuar por la senda de crecimiento económico pero si para comenzar a subsanar las distorsiones sociales que sufre su población, no solo se convirtió en una opción altamente popular sino también con altas expectativas con respecto a estos futuros cuatro años. El tiempo será quien deje ver si logra cumplirlas y ajustarlas a la realidad del país demostrar que el cambio sea verdaderamente para mejor y no se convierta en una copia de otros modelos socialistas de América Latina.

El 7 recuperamos una oportunidad, no un país

Por Joseph Artiles – @joartilesl

Me da nauseas escuchar debates sobre qué candidato causa el llanto o la emoción de tanta o cuánta gente. La misma que me produce escuchar sobre el “furor” que siente la gente cuando se aproxima el nuevo salvador de la patria. ¡Basta!

Es hora de tomarnos en serio el futuro de nuestro país, de entender que nadie va a regalarnos la paz, si no estamos dispuestos a construirla nosotros; que no tendremos orden, si no respetamos todas las leyes, y no sólo las que nos convienen; que la apertura comienza por dejar de ver con asco (esa que noto en la cara de muchos amigos al ver a alguien de rojo) a quien no está de acuerdo con tus opiniones.

No tengo ninguna duda de que fue nuestra indulgencia la que permitió que el país llegara al estado en que hoy lo vemos: Fuimos nosotros quienes, repetidas veces, elegimos a Hugo Chávez. Fuimos nosotros quienes ignoramos el deber ciudadano en el 2005 por obedecer a un traste de político al que, además, aun hoy aplaudimos. También nosotros hemos aceptado burlas de todos los entes del gobierno no sólo por 14, sino por varios años más, sin tomar acciones. ¿Por miedo o flojera? ¿Acaso importa?. Así, con el mismo letargo, también pretendemos que, por elegir un nuevo presidente, el panorama de un giro de 180 grados, sin esfuerzo alguno.

Me pregunto si quienes dicen que el 7 de octubre “recuperaremos” un país de apertura, bondad, dignidad, paz, justicia, etc, creen que están votando por un semi-dios que nos traerá felicidad instantánea al ser electo, sin siquiera haber asumido la presidencia. Me da un poco de miedo pensar la decepción que vendrá el 10, 11 o 12 de octubre (o incluso en marzo ya con nuevo presidente), cuando amanezcan con la noticia de algún familiar muerto, la inflación por el cielo y el país quebrado.

“Todos quieren vivir en una gran nación, pero casi nadie está dispuesto a trabajar para construirla”. Estas palabras, que leí una vez de un amigo, se repiten hoy tormentosamente en mi cabeza. Ese parece ser el patrón de vida en Venezuela, donde anteponemos el amor y el maldito furor que nos hace sentir un presidente o un candidato, a la decisión racional que representa la elección de un primer mandatario. Un país en el que se escucha el orgullo detrás del “Amo a Capriles” y el “Amo a Chávez” por igual.

Por otra parte, me alegra saber que hay quienes están claros, sobre todo porque en este grupo está el candidato que me representa, que ha dicho en repetidas ocasiones que él no viene a salvar el mundo, que viene a construir un país con la ayuda del pueblo – entiéndase que sin esta el proyecto no tendrá vida–. Lástima que hay quienes se niegan a escucharlo, aun cuando lo apoyan.

Ya hemos tenido suficiente amor en nuestra política, a ver si ahora nos dan un poco de trabajo, de sudor, de esfuerzo, en fin, cosas con las que podamos (todos incluidos) empezar a construir la vida que queremos y así dejar de conformarnos con lo que hasta ahora nos hemos merecido: un par de regalos, una casa mal construida y un sueldo por aplaudir. Construyamos una política en la que los sentimientos tengan tanto valor como el color de piel. En el que nuestras decisiones no sean manipulables. Que nuestros dirigentes entiendan que los votos se ganan con trabajo, que el poder es una concesión que les damos por un rato y que, si no lo aprovechan para beneficiarnos, se lo podemos quitar igual de fácil.

Para esto, tenemos que comenzar a tomarnos en serio a nosotros mismos y dejar de poner en un altar a quienes no han sido beatificados ni por el sudor de una jornada de trabajo. Sin duda hay un camino. El primer paso en él lo damos este domingo, castigando al negar el voto a quienes no han cumplido, pero exigiendo al otorgárselo a quienes ahora deberán responder. Si no asumimos la responsabilidad, estaremos en la entrada de un camino que no podremos recorrer.

Votar no es para flojos

Por Roberto Echeto

Hay gente que no vota porque no le da la gana, porque lo ve como una pérdida de tiempo, porque le parece que se trata de una acción que legitima y le da poder a unos políticos que no están preparados ni quieren ni saben cómo mejorar las vidas de las personas, y, al final, por si fuera poco, terminan despilfarrando, cuando no robando o malversando, los dineros públicos.

Hay gente que no vota porque detesta pasarse horas en una cola, porque siente que no vale la pena el esfuerzo, porque prefiere concentrarse en sus propios asuntos, porque el día está muy bonito y no hay tráfico ni tumultos y sería bueno pasarlo en la playa o en casa de algún pana que haga una parrilla y la pasemos del carajo.

Hay gente que no vota porque dice que ningún candidato llena sus expectativas ni lo representa ni le gusta ni lo conoce ni sabe si está preparado para hacerlo bien o no.

Hay gente que no vota porque teme represalias si vota por quien en verdad quiere votar. Por eso se queda en su casa, echado en el sofá o en la cama, viendo series de acción o comedias donde la vida es sencilla.

Hay gente que no vota porque cree que entre el voto y la solución de las cuitas de un país no existe ninguna relación; que las elecciones son un trámite, una ceremonia absurda para entronizar políticos locos y bla, bla, bla, bla, bla…

Hay gente que no vota porque le incomoda tener que dejar constancia de sus convicciones políticas y ciudadanas.

(Todo hay que decirlo: hay gente a la que no le gusta desarrollar opiniones propias sobre política ni sobre ningún otro asunto).

Hay gente que no vota porque cree que se puede hacer política desde la abstención; en otras palabras: que la nada es buena para enfrentar las políticas de los gobernantes que no le gustan.

Votar les parece un ejercicio inútil a más personas de las que nos imaginamos. Son los indiferentes, los que no sienten el compromiso, los que creen que la democracia es un regalo o, peor, una exquisitez intangible que nada tiene que ver con sus vidas.

«¿Para qué voy a votar, si siempre es lo mismo?» es el lema de ésos que se hacen los locos y dejan pasar la oportunidad de participar en algo más importante que ellos mismos.

Estamos de acuerdo: votar no es la fiesta feliz de la que hablan los canales de televisión durante las jornadas electorales. Votar es un ejercicio de templanza que se concreta luego de sortear un sinfín de obstáculos y de absurdos que convierten en difícil todo lo que debería ser fácil.

Votar en nuestro país es una demostración de carácter.

Elegir a nuestros funcionarios públicos es un acto que exige responsabilidad, capacidad de abstracción y meditación, seriedad, rigor, un sentido de pertenencia, de civismo, de deber.

Y ya sabemos que no todo el mundo cultiva semejantes virtudes.

Votar no trata sobre sumarse al coro de fanáticos de un líder político ni sobre decidir qué candidato tiene la sonrisa más arrolladora.

Votar es un eslabón más en la construcción del equilibrio que permite que los distintos sectores de una sociedad interactúen, dialoguen y lleguen a acuerdos que les permitan elegir a sus gobernantes y crear condiciones para vivir en la decencia y prosperar en paz.

Por eso quien se sustrae a la discusión de los asuntos públicos, quien no participa de ninguna manera en los debates que se multiplican a su alrededor, erosiona su propia condición de ciudadano y le deja el camino abierto a cualquier tirano para que le robe su voz y comience a dictarle sus creencias, sus gustos, sus sueños, su vida y hasta su muerte.

Y lo peor es que lo hace feliz de la vida, convencido de su genialidad.

Texto cortesía del autor, publicado originalmente en su blog http://robertoecheto.blogspot.com/