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El Centro Comercial que fue y ya no es

Por: Ezequiel Abdala – @eaa17

Los sábados eternos quedaron atrás. Aquellas largas colas para entrar al estacionamiento y las interminables vueltas para pescar alguno de sus 508 puestos; ese imán que tenía para los caraqueños y aquel encanto que tanto seducía a los jóvenes; la elegancia de sus tiendas de marca y la exclusividad de sus locales nocturnos; los ríos de gente en sus pasillos y la vida que allí se sentía; todo forma parte de un pasado que hoy suena a mito.

El primer gran centro comercial de Caracas, el Chacaito, envejeció mal y pronto, como las vedettes que en aquellos irrepetibles setenta alcanzaron la fama en su teatro de obras ligeras; como las hombreras y las ropas coloridas que tanto se exhibieron en sus cotizadas vidrieras; como la Caracas posible, pudiente y de referencia.   Read More…

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Pistola, papelón y el resto del mundo

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Por Gabriella Mesones – (@unamujerdecente)

Somos la generación del desencanto y la incertidumbre. La sensación colectiva es que somos un país fracasado, y podríamos hacerle los honores a Chocrón y venderle la nación a los asiáticos, agarrarnos el dinero y que cada quien busque su camino en la internacionalidad. La destrucción ya es parte de nuestra idiosincrasia. Lo vemos en nuestra vestimenta de arquitectura modernista, en los constantes edificios que vemos caídos y suplantados por cubos de vidrio, en las perennes construcciones que inundan la ciudad, en las noticias de los periódicos, en el discurso de nuestros líderes y en el discurso de los que no lo son.

Por mucho tiempo quise irme, hasta que se me quitaron las ganas. Sí, mis días también están teñidos de hostilidad, malos servicios, tráfico, contaminación, corrupción, discriminación, indignación y pare usted de contar. Pero alguna vez fuimos la ciudad más amable del mundo, y en la actualidad somos el país más feliz de esta corteza terrestre; sea como sea que los entes internacionales lleguen a esas conclusiones a las que siempre me mantendré escéptica.

Amo todo esto que nos rodea. Amo su desorden, su ruido y su caos; su carácter impredecible para lo bueno y para lo malo; y, sobre todo, creo que amo su energía destructora. Quizás por eso tenemos memoria a corto plazo: derribar para montar cosas nuevas nos deja poco espacio para el recuerdo. Por otro lado tenemos a su cielo azul y su sol tan caliente que pareciera que lo vemos de noche. Sus guacamayas y sus guacharacas que te despiertan a las cinco de la mañana. Sus mangos y sus guayabas. Su naturaleza luchadora que hace que crezcan lindas matitas con flores en el concreto y en los cables de electricidad. Su café y su cacao. Sus llanos, sus tepuyes, sus cataratas, sus ríos y sus montañas. El Ávila, a veces verde, a veces roja, a veces amarilla. Su gente zalamera con ansias de hablarte en la calle. Su gente extraña, extrañísima.

Hay una anécdota que siempre me ha parecido la metáfora perfecta: mi madre camina conmigo en mano y detiene una camionetica, me monta y con ella todavía pisando la calle el carrito arranca. Un señor detiene el carrito y regaña al conductor: “¿Cómo es esto posible? ¿Qué le ha pasado a esta ciudad que una señora no puede caminar tranquila con su hija?” Mi madre da las gracias y, apenas se sienta, el señor saca un machete y roba a toda la camionetica, menos a mi madre y a mí, claro. Nos sorprende de la misma forma un acto de maldad como uno de bondad y la mayoría de las veces encontramos estos extremos en una sola persona. Una metáfora de nuestra ciudad o del mundo, me gusta más pensar ese señor es la esencia de lo que se vive únicamente en esta ciudad.

En la calle me he caído a cervezas con obreros y después he conocido a mendigos que hablan del espacio y la velocidad de la luz mientras me ofrecen aguardiente a pico de botella. He comido mango con vendedores de libros que saben todo lo que yo quisiera saber de teatro venezolano. Se han inventado acentos para conquistarme en las calles, como lo hizo  “Habibi” con su acento llanero árabe. Viejitos españoles han bailado conmigo en plazas. Artesanos me han invitado a la playa con drogas duras incluidas. La piedrera que me ofreció unas puñaladas me terminó abrazando cuando se enteró de que era mi cumpleaños. Camioneros me han regalado patilla porque me han visto con sed caminando bajo el sol.

La magia de hablar con desconocidos es que no hay ningún tipo de atadura: he escuchado los sueños y las decepciones más profundas del que se sienta al lado mío en el carrito. He hablado de la maldad y de la esencia del ser humano con barrenderos que se jactan de ser los perfectos espectadores de la calle. He compartido cigarros con seres que se inventan profesiones y absurdas cuando les pregunto qué hacen. He tomado guayoyos con señores mayores que se han mochileado toda Latinoamérica y extrañan no haberlo hecho más. Se me han acercado mujeres hermosas de voz ronca y manzana de Adán para hablarme de cuán esclavos somos de nuestro cuerpo.

La realidad detrás de los esporádicos encuentros suele ser dura. Acostumbran a hablar de la tristeza, de los matrimonios fallidos, de las malas relaciones conlos hijos, de lo vacíos que están nuestros monederos, de los futuros proyectos que uno sabe que no se van a dar, de los vicios de los que no podemos despegarnos. Por alguna razón siempre he percibido que estas pequeñas descargas de calle están bañadas con un aire de humor, plenitud y hasta sabor, coño. Quizás es que estoy obsesionada con Gabriel García Márquez o capaz es que verdaderamente somos felices por el simple hecho de tener pájaros de colores en nuestro cielo azul, frutas que pareciera que tuvieran azúcar encima, palomas tímidas, viento fresco que nos pega en la cara, café increíble en cada esquina y petróleo en abundancia.

Recordando la literatura que leía cuando niña, me doy cuenta de que las historias venezolanas tenían siempre un halo de conformismo encima. Como en El cocuyo y la mora, donde el insecto era un insensible y un ingrato con quien lo cobija tiernamente. Creo también que Caracas nos trata así, porque nosotros no la tratamos muy distinto. La ciudad claro que es hablante y el discurso que generan a veces nos obliga a irnos, cuando en realidad debería convencernos para quedarnos. Tulio Hernández nos lo dice también: Caracas siempre ha sido una tarima desde la cual se habla al país, pero nadie se ocupa de mirarla a ella. Caracas termina siendo nuestra Odisea, un viaje complicado lleno de obstáculos terribles, pero al final la meta siempre es volver a casa, y qué buena suerte que casa sea este valle generoso que nos cobija o nuestros campos de papas, tapiramas y frijol. La casa está donde está el corazón, y qué rico que Caracas nos lo haya robado.

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Sofía Imber: “No hay nada mejor que el periodismo”

Por: Ángel Zambrano Cobo
Foto Natalia Brand / Asistente: Anita Carli

A eso de las once de la noche no quedaban empleados en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. Un farol de Parque Central iluminaba el nombre del museo sobre la fachada. Por la puerta principal salió alguien con un martillo en la mano. Lo hizo de noche, porque de día probablemente el personal del museo no lo hubiera permitido. A la mañana siguiente todos se dieron cuenta de que alguien había arrancado diez letras a martillazos que dejaron una sombra debajo de las seis palabras «Museo de Arte Contemporáneo de Caracas». Así, “a carajazos”, Sofía Imber abandonó la fachada de su obra más importante.

“A carajazos… Nadie del museo se enteró cuándo quitaron mi nombre de la fachada”, Sofía Imber no muestra rencor cuando cuenta esto, ni siquiera rabia. Ella, que dedicó veintiocho años de su vida a un museo que ya no lleva su nombre, narra este hecho como algo del pasado que dejó de tener importancia o que nunca la tuvo; dice, incluso, que esto no le sorprendió: “Ningún acto fascista me es extraño en este momento; el que me hayan botado no me dolió, porque a uno le duelen las cosas según de quien vienen, y eso fue casi un aplauso”.

Todo lo dice con esa voz ronca que va y viene; habla bajito, dice, por los años que trabajó en la televisión. Su metro y medio de estatura comienza con unos zapaticos marrón claro mínimos y termina con cabello corto, como de hombre. Las piernas, la izquierda sobre la derecha, no se descruzan nunca. Sus manos, que son una cédula de identidad, dicen que nació en el año 1924; con la diestra acaricia al perro que se queda sentado a su lado durante toda la entrevista. El otro perro, como quien ya ha escuchado suficientes entrevistas de su dueña, se retira apenas ella responde el «¿qué tal?» inicial.

“Estoy sobreviviendo, como todos los venezolanos”. Sin importar la pregunta, siempre termina por referirse al entorno nacional; su pasado periodístico la lleva siempre por el camino de la realidad. Evoca el oficio acompañándose de un suspiro y una sonrisa: “No hay nada mejor que el periodismo, es una maravilla; lo recuerdo con mucho placer”. Entonces sonríe más intensamente y esa segunda sonrisa tumba, de un golpe y sin permiso, su reputación de dura, de intransigente.

“Sé amar, no sé odiar. Aunque parezca una frase hecha, lo que digo es auténticamente cierto. Me parece horrible odiar; me gusta trabajar con la gente, respetar el trabajo del otro: darles la posibilidad de crecer a todos”. Así, un museo que al comienzo sólo era conformado por ella y los ochocientos metros cuadrados de construcción, ahora tiene veintiún mil metros cuadrados, doscientos doce empleados y una colección permanente de cuatro mil diecinueve obras. La ilusión de darles a los venezolanos el mejor museo de arte contemporáneo de América Latina se hizo realidad gracias a Sofía Imber; que la convirtió, como dice ella, en “el contemporáneo”.

También en su casa hay algo de ese ambiente; ésta tiene más de museo que lo que tiene de casa: tres esculturas aquí, cinco cuadros allá y algo de artesanía también abundan por doquier; al respecto comenta la entrevistada: “Éstas son obras que he coleccionado durante varios años”. No hay suficiente pared para todos los cuadros; detrás de Sofía hay una estantería que está –del piso al techo– repleta de libros de arte, pero, cubriendo la mayoría de los libros, hay seis cuadros que no encontraron un lugar junto a los otros: éstos cuelgan desde el tramo más alto del estante y parece imposible sacar un libro, ya que los libros son la pared de esos cuadros. “Tengo que levantar los cuadros para bajar los libros de la estantería; es un gran trabajo, pero todo cuesta trabajo”, dice con naturalidad.

Ya va atardeciendo y Sofía Imber insiste en prender las luces para vencer la creciente oscuridad; se levanta con dificultad, “por la rodilla mala”. Ya menos oscuro todo, se vuelve a sentar junto al perro que todavía parece escuchar con interés, se voltea a ver los libros secuestrados por los cuadros y devuelve la mirada hacia el frente.

Cuando rememora sube los ojos, como buscando su pasado en el techo de la habitación. Por un rato guarda silencio; un silencio que nunca llega a ser incómodo, que no se apresura a romper, y que sólo es interrumpido por los pájaros, que cantan a todo dar antes de que anochezca. “No hay mejor despertar que el de los pájaros; no es como los despertadores. Cuando Carlos y yo teníamos el programa teníamos que llegar al estudio a las 4:45 de la madrugada, poníamos cinco despertadores para no quedarnos dormidos. En los treinta y tres años que tuvimos que llegar a esa hora, nunca llegamos tarde”.

Durante esos treinta y tres años, ella y su esposo Carlos Rangel despertaban al país con el programa Buenos días; “uno sigue consiguiéndose a gente que en aquella época era todavía muy joven y que te cuenta cómo su papá lo sentaba en frente de la televisión a ver el programa. En él no se llegaba a los términos de ahora, de tanta discusión y pelea. Hoy yo preguntaría en el programa cómo debe ser la educación en un país tan rico y tan pobre como Venezuela; el periodista trabaja dentro del momento político en el que vive. Yo tendría invitados que supieran explicar esto que estamos viviendo. Los programas deben ser así, deben tener un sentido, como las instituciones”.

Lo que fue bueno para Buenos días fue bueno para el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. “Dirigí el museo como si fuera un periódico porque el museo, como los medios, tiene que estar ahí para la gente. Se pueden leer los cuadros como lees la página de un diario. El que entra en un museo es atravesado por ese museo; aunque no le guste lo que ve, lo observado crea un efecto en él”, esto lo dice con la seguridad de quien dirigió un museo durante veintiocho años. “Nuestro museo tenía la meta absoluta de estar ahí para la gente, de ser para ellos. Quisimos lograr que hubiera un intercambio constante y lo hicimos plenamente; invitamos a la gente del barrio a que viera las exposiciones, hicimos salas especiales para ciegos. El museo fue una institución viva”, aunque todo esto sea parte de su pasado, se sienten en su voz las ganas del presente.

A esa voz no le duele el pasado; pasa por él como se pasa por las páginas que ya se leyeron, que ya aportaron lo que tenían que aportar. “Recuerdo todo de Carlos; me hace mucha falta, fue mi gran compañero de vida, pero no me duele esa pérdida: no es un pérdida porque todavía lo tengo conmigo”. En la cara de Sofía Imber perduran las sonrisas: su sonrisa; ni ella ni su dueña son dolientes del pasado, porque en todo ve futuro: un futuro que se niega a predecir, o incluso a recomendar. “Los jóvenes saben el papel que tienen que desempeñar en este país, ellos mismos encontrarán su camino sin que nadie se los muestre. Dar consejos es un poco necio, porque nadie hace caso; yo doy consejos y nadie me hace caso, a mí me han dado muchísimos que no he seguido”. De los pocos a los que les ha hecho caso, acaso el único, está uno del escritor inglés Bertrand Russell: «no hay que temer pertenecer a una pequeña minoría». Ella confiesa que esa es su frase preferida: “La uso cada día; si no lo hiciera, no hubiera podido levantar el museo ni nada en la vida. Uno no debe tener miedo de decir cosas distintas, ni de ser diferente. Nunca fui una persona conformista, por eso me han botado de tantos sitios”.

Desde la esquina de ese sofá de cuero azul todo está claro para Sofía Imber; responde todo con la seguridad de sus ochenta y tres años y sólo pronuncia un “no sé” en toda la entrevista. Lleva un reloj en la muñeca derecha y otro en la izquierda, los dos marcando la misma hora: “Eso sí no sé por qué; desde que pude comprarme el segundo, siempre tengo los dos puestos”. Ella mira a los ojos con una sonrisa, divertida ante la pregunta para la cual, por fin, no tiene una respuesta.

Se despide con la misma sonrisa que inauguró al saludar. Casi por accidente suelta algo que suena mucho a consejo y poco a necedad: “Cuando se escribe, a uno le gusta lo que escribió y se hace con honestidad no importa si no le gusta a los demás”.

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#Conteo: Los 9 mejores festivales de Carnaval en el mundo


Por Gabriela Araujo -@gzampino

Papelillos, bombitas de agua y disfraces es lo que asociamos al Carnaval de la manera más rápida. La fiesta anual de origen pagano romano que después se relacionó con la cuaresma de la religión cristiana se celebra en cuatro continentes del mundo, a excepción de Asia. Pero ¿En qué países están los mejores Carnavales?

1. BRASIL: El Carnaval brasileño se lleva a cabo cuatro días antes del Miércoles de Ceniza, día de ayuno y arrepentimiento que marca el inicio de la Cuaresma. Río de Janeiro es el lugar más famoso para el carnaval en Brasil. Las diferentes escuelas de samba compiten por el primer lugar en los desfiles elaborados que duran horas. Todos los bailarines llevan trajes increíbles de lentejuelas y plumas. Río se hizo famoso en la década de 1930 por sus desfiles, fiestas y bailes, que se hacen más grandes y más impresionantes cada año. Los desfiles pasan a través del enorme Sambódromo.

2. INGLATERRA: El Carnaval de Notting Hill es una ocasión anual de Inglaterra, que tiene lugar en las calles Londres, en agosto de cada año, durante dos días, desde 1965. En Inglaterra el carnaval ha atraído a muchas personas en el pasado, lo que lo convierte en el segundo mayor evento de calle en el mundo. Por primera vez en Inglaterra Rhaune Laslett decidió invitar al steelband a participar en un festival de la calle de Notting Hill. Este fue el primer evento de que la música steelband se jugó en las calles de Inglaterra.

3. ITALIA: Conocido como “Il Carnevale” en Italia se celebra al igual que los carnavales en el Reino Unido, los EE.UU. y en otras partes del mundo, cuarenta días antes de Pascua y una fiesta final antes del Miércoles de Ceniza. Il Carnevale es el festival más grande de Italia. Los eventos a menudo duran de dos a tres semanas antes del día de carnaval real. Muchas ciudades italianas celebran Il Carnevale el fin de semana antes de la fecha de carnaval real, que es el martes de Carnaval. Nada pasa por alto los desfiles con disfraces y máscaras clásicas de Venezia. ¿Quién no querría disfrutar ese momento?

4. PAÍSES BAJOS: En Holanda el carnaval se celebra justo antes del Miércoles de Ceniza (siete semanas antes de Pascua). En carnaval la emoción de las personas llega al punto más alto y una gran parte de los Países Bajos se vuelven locos. Muchas ciudades holandesas realizan desfiles que consisten en extrañas figuras grotescas, de cartón piedra en carrozas y las personas se visten con trajes extravagantes. Las Bandas de música hacen que los citadinos bailen alrededor de las calles, pero claro siempre está la duda de la sobriedad porque una cantidad enorme de cerveza desaparece por las gargantas sedientas. Las provincias del carnaval principales son Limburgo y Brabante sur, ambos cerca de la frontera belga. Los cristianos en Holanda han adoptado el Carnaval como la última oportunidad para comer, beber y ser felices antes de los cuarenta días de ayuno antes de Pascua.

5. ESPAÑA: El Carnaval es uno de los festivales más respetados y además rebeldes. Toman en cuenta el hecho de que la palabra  ‘carnaval’ proviene del latín medieval carnelevarium, es decir, para suspender o retirar la carne. En carnaval la fiesta del espíritu da brotes de alegría y música, la danza, la comida, la familia y los amigos forman el núcleo de la celebración. En España se celebra en todo el país, aunque las fiestas más escandalosas son en: las Islas Canarias, Cádiz y Sitges. Si bien cada ciudad de España tiene su propio sabor único de la celebración.

6. ESLOVENIA: En Eslovenia en carnaval toda la gente tiene sus máscaras de diferentes estilos y la mayoría decoradas de manera lujosa. Es el país más célebre conocido como el Festival de las Máscaras y hay premios para los más creativos. La temporada de carnaval comienza con el Año Nuevo, pero los eventos oficiales organizados por la ciudad abren dos fines de semana antes de semana santa, las noches de carnaval llena de luces la ciudad, junto al arte y representaciones teatrales que tienen lugar a lo largo de las calles, plazas y tiendas de campaña.

7. ALEMANIA: En Alemania el Carnaval es llamado Karneval, Fastnacht, Fassenacht o Fasnet. Depende de la zona donde se celebra el carnaval. Las raíces de estas fiestas yacen en la primavera de la época precristiana, cuando la gente usaba máscaras para ahuyentar a los espíritus del invierno y la bienvenida al renacimiento de la naturaleza con el canto y el baile. El jueves anterior al Miércoles de Ceniza es conocido como “El carnaval de las mujeres” en algunas regiones de Alemania. Cada ciudad y pueblo de Alemania tiene sus propias tradiciones de carnaval, pero en el suroeste del país, el carnaval suabo-Alemannic es considerablemente diferente de la versión Renania, sólo aquellos que han vivido en la ciudad durante más de 15 años pueden participar. Esta es la regla del gobierno en el suroeste. Las máscaras y los disfraces también tienen que ajustarse a los precedentes históricos.

8. SUIZA: En la temporada de carnaval, los participantes disfrutan la vida al máximo. Las máscaras y los disfraces ayudan a las personas a asumir una nueva identidad mientras desfilan por las calles, que van a menudo tocando instrumentos musicales. El carnaval comienza el lunes después del Miércoles de Ceniza, a las 4 am con precisión. Cuando el carnaval cobra vida en las primeras horas de la mañana las calles de esta ciudad son acompañadas con el sonido de tambores, flautas y los pasos de los personajes enmascarados y disfrazados.

9. JAMAICA: El Carnaval se celebra en el tiempo de Pascua en los centros de Kingston, Ocho Ríos y Montego Bay, e incluye grupos de personas vestidos de manera extravagantemente que desfilan y bailan en las calles. El reggae y las bandas de calipso junto a desfiles de niños están incluidos, así como artistas de Jamaica, Trinidad y Tobago y de cualquier otro lugar del Caribe. El Carnaval fue introducido a Jamaica por primera vez en 1990 y rápidamente se echó raíces en esta isla amante de la diversión para convertirse en uno de los eventos más esperados del año. La diversión y la emoción no se limitan a Kingston, aunque es aquí donde el gran desfile y muchos de los principales eventos tienen lugar.

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Yago, en tres líneas y varias preguntas

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Ricardo Damian Lórenz tiene nombre de cuento y vida de novela. De hecho, lo primero que uno pensaría al escuchar su historia es que se trata de un personaje de ficción. Pero no. Existe. Es de carne y hueso. Y estuvo en Caracas.

Tiene 28 años, barba, los ojos claros y una Honda Biz de 100 CC con la que ha recorrido cientos de miles de kilómetros: los de las carreteras latinoamericanas. De Argentina a México, ha cruzado el continente en moto.

Salió de su casa con 22 años, $700 dólares, su Honda, dos pantalones, cuatro camisas y ropa interior. Sin una ruta definida y sólo con una sola cosa clara: las ganas de recorrer camino. Eso era (y eso es) todo. El camino.

Para cruzarlo no usa GPS ni mapas y menos brújulas. Se fía más del hombre que de la máquina, por eso se vale de un método bastante clásico, ese con el que, decían los abuelos, se llegaba hasta Roma, y que él bautizó como PPS: “Paro. Pregunto. Sigo”.

A pesar de ello, se ha perdido unas cuantas veces, aunque nunca ha sido algo que le preocupe mucho. Y si no lo ha buscado, por lo menos lo ha disfrutado. “Me gusta perderme”, confiesa.

De todas sus perdidas (que no pérdidas), la más peligrosa fue en una favela de Río. Las calles, cuenta, se iban estrechando poco a poco: de doble vía a una vía, de una vía callejón, de callejón a pasillo estrecho, de pasillo estrecho a tener bajarse de la moto para poder sacarla.

Aquella vez lo salvaron unos mototaxistas a quienes la historia de su viaje (“vengo desde Argentina en esta moto”) los sorprendió (“-Voce e maluco, cara?” -¿Estás loco, hermano?-) y entre risas lo ayudaron a salir.

Sin embargo, agrega él, tanto como la historia lo ayudó también la moto: porque por ser un modelo barato, común y corriente (y no una costosa y ostentosa Harley, por ejemplo), no era objetivo de ladrones.

Esa, para él, es una de las ventajas de su Honda: que lo ha librado de ladrones y de policías matraqueros. “La gente come mucho por los ojos, y cuando te ven así, en una moto así, se dan cuenta de que no tienes dinero y te dejan pasar”.

Créase o no, la  moto le ha abierto más fronteras que su pasaporte. Porque misteriosamente a los militares que vigilan las fronteras se les activa la imaginación apenas ven un carro/moto de valor y comienzan a inventar trabas que sólo se resuelven pagando. Con su Honda no.

Y al hablar de eso, y para ser justos, él hace (tiene que hacer) una salvedad: Chile, que, aun siendo Latinoamérica, es algo distinto, muy distinto, donde “coimear” (sobornar) a la autoridad es harto difícil, por no usar el exagerado y puede que impreciso imposible.

De los países en los que ha estado, Perú y Bolivia son los peores para conducir. “En  La Paz la gente está acostumbrada a chocarse. Hay micro accidentes en cada cuadra. Y es tal la costumbre que ninguno se baja a reclamar. Se ven a las caras y siguen”.

A Venezuela la ve como un paraíso para los motorizados por el gran poder del que disfrutan. “Aquí tienen su lugar en las calles. Los carros se les apartan no sé si por miedo o respeto. Cuando los conductores me ven, les informo que no les voy a quitar nada”, dice riéndose.

“En las malas se ven los buenos” es lo que responde al ser consultado por la situación de Venezuela. Y es que él, que viene de afuera a esta nación en crisis, se ha encontrado al llegar un país que lo ha acogido y lo ha cuidado, “que demuestra más que nunca la calidad de su gente”.

El país menos amigable con los motorizados es Colombia, por la cantidad de restricciones que hay: dos días al mes de parada para las motos, toque de queda diario para echar gasolina, toque de queda nocturno para conducir, prohibición de llevar parrilleros hombres.

Lo de los parrilleros, igual, nunca ha sido problema para él: siempre va solo, y a estas alturas del viaje, dice, ya no podría hacerlo en compañía. Se ha acostumbrado tanto a la vida nómada que otra persona significaría un estorbo.

Pero que no se le malinterprete. No es un antisocial o algo semejante. Todo lo contrario. Tiene cientos, si no miles, de amigos. Le gusta estar entre la gente y se le da bien. Pero eso es una cosa y viajar otra muy distinta.

De hecho, su primera idea era viajar con amigos. “Pero a la hora de ‘¿cómo vamos a hacer, adónde vamos a ir?’ siempre les respondía ‘no sé, no sé’, porque se trataba de un viaje no planificado y sin rumbo. Y entonces allí me decían: ‘ve solo’”. Y solo se fue.

¿Y qué hay de las mujeres? Son, cree, el riesgo más grande. “Lo peor es enamorarse. El que se enamora, pierde”. En el tiempo de viaje no ha tenido novias o amores, sino aventuras (“por montón”). A eso (o en eso) se resume todo.

Tras tanto viajar, algo (mucho) ha aprendido en carretera. Lo primero, y más básico, es de mecánica: ha hecho 31 cambios de caucho, 300 de aceite y unas cuántas reparaciones. Conoce como nadie a su moto.

También ha aprendido a comer casi cualquier cosa. “He matado pájaros y culebras”, confiesa, para luego explicar que en su moto viaja también con una pequeña parrillera en la que cocina ésas y otras cosas cuando la necesidad obliga.

No es, sin embargo, un hombre de mucho comer. Al día, máximo, hace dos comidas, siendo siempre la más fuerte la de la mañana y la más prescindible la del mediodía. Y tiene su explicación: “si almuerzo me da sueño y si duermo no manejo”.

Contrario a lo que se pueda pensar, lejos de debilitarse, su salud se ha mantenido firme. “No me he enfermado nunca”, jura, “salvo alguna fiebre o una cosa de horas”. Tampoco ha subido de peso. Y eso que ha cruzado estas selvas de mosquitos y plagas.

Tal fortaleza inmunológica se la atribuye a ese carácter distendido y alegre. “Siempre pienso, ‘¿quién dijo que por mojarme con lluvia me tengo que enfermar?’ No tiene por qué ser así. Y no me enfermo. De todos modos, la peor enfermedad es no ser feliz”.

Ha asumido la felicidad como una causa (“vivo para contagiarla cada día”). Para eso va él por la carretera de la vida: para ser feliz. Y esa es la respuesta que tiene, la única que ha encontrado, para la pregunta de por qué estamos aquí y cuál es el sentido de la vida.

Y conste que no tiene (ni pretende dar) una fórmula para alcanzarla. Pero tomando como base su singular experiencia de vida  (y vaya si tiene de eso) se pueden sacar algunas conclusiones de cómo ha hecho para alcanzarla.

Determinación es lo primero. Todo empieza (todo empezó) allí. Tomando la determinación de hacer el viaje, de lanzarse a la carretera. Y allí llegó entonces el primer gran obstáculo de todos: el económico.

Al dinero lo califica de mal necesario. Y el responsable de frustrar la mayoría de los planes de la gente. “El gran terror es no poder resolver nada económicamente”. Él lo sintió (“salí con apenas $700”) pero decidió no dejarse vencer y se lanzó, desprendido, “a un viaje sin rumbo”.

Tanto se ha desprendido, que con 28 años y en pleno 2016 no tiene todavía una cuenta en banco alguno. Cuando se acabaron los 700 dólares comenzó a buscar trabajos en donde la vida y la necesidad lo encontraran.

Ha hecho las cosas más inverosímiles e improbables. Ha sido mesonero, ha repartido frutas, contrabandeado ropa, paseado perros, repartido volantes en plazas y hasta ha trabajado como minero.  Ahora vende artesanía y a veces (él no entiende cómo) da charlas.

Todo lo que gana lo traduce en gasolina. “Cuando veo un billete, pienso es en combustible”. La sentencia, en su simpleza, resume de modo impecable lo que es el dinero para él: un medio para poder seguir viajando. No algo que acumular o a lo que entregarle la vida.

Lo mismo pasa con la moto. “Mi sueño está en  la ruta, no en la moto”. Por eso, para comprar esta Honda con la que empezó todo, vendió una mucho mejor y cara, que había sido su sueño: “La moto que más deseé fue con la que menos viajé”. De loco lo tildaron entonces.

Esa, la de la incomprensión, ha sido apenas una de las tantas contrariedades que ha tenido. Pero el sufrimiento y las piedras, lo ha aprendido, son parte esencial e importante del viaje, que nunca podrá ser bueno si está exento de ellas.

“Hay gente que a veces se frustra cuando comienzan a aparecer los obstáculos, y entonces decide abandonar. No. Sufrir y pasarla mal forma parte del camino”, dice. Y recuerda las cuatro veces que estuvo preso –siempre por problemas migratorios– y el accidente que sufrió en Ecuador.

A la salida de la conferencia que dio en la Sala Cabrujas (de donde salen los párrafos anteriores), lo abordamos para conversar con él y profundizar sobre algunas ideas:

-Háblame un poco de los obstáculos que has tenido en el camino

-Yo tuve obstáculos duros. El cruce a Centroamérica lo fue. Tuve ganas de mandarlo todo a la mierda. El costo era imposible. Pero le busqué la vuelta hasta que salió. Yo creo en eso, en que en todo lo que hagas va a haber siempre algo que no te guste, una parte fea. Pero si no somos capaces de aguantar eso y seguir un poco más, siempre vamos a estar abandonando todo a mitad de camino.

-¿Qué significa viajar para ti?

-Es mi vida. Es mi felicidad. No me veo de otra forma que no sea viajando. Nunca imaginé que llegaría a dar una conferencia o escribir un libro, y todo ha sido gracias al viaje.

-A los jóvenes venezolanos, en medio de esta crisis, desesperanzados y frustrados, ¿qué les tienes que decir?

-Mira yo no creo en ideologías ni en tonterías. La patria la hago yo. No creo en fronteras y esas vainas. Con respecto a Venezuela. A ver. No se trata de abandonar el barco porque está por hundirse, sino de buscar la felicidad de uno. Y en un momento en el que hay gente que está podrida de todo esto, creo que pueden intentar salir, viajar. Están en un momento en el que ya no tienen mucho que perder, entonces, la clave es animarse y arriesgarse. En todo aspecto. Agarrar la moto e irse. Si ya no hay mucho que perder, se trata entonces de dejar el miedo, no dejarse trabar por la situación, sino salir, hacer y deshacer.

-¿El que viaja huye de algo?

-No. En mi caso no. Me he ido siempre bien. En paz con todo, con mi familia y mis amigos. Más bien uno busca ganar amistades, experiencia. Se te amplía el mundo. Vives en una burbuja muy chiquita y no lo sabes. Cuando sales el mundo se hace mucho más grande.

-¿Y cuál es la meta del que viaja?

-Hoy en día viajo porque me hace feliz y me da la oportunidad luego de poder compartirlo. De esta charla de hoy no me llevo ningún beneficio económico. A alguno le va a llegar y alguno se va a motivar un poquito más. Entonces esa es la idea. Y con eso me doy por servido.

-¿De qué va la vida, Yago?

-De ser feliz.

-¿Y para ti la felicidad es el viaje?

-Tal cual.

-¿Qué es lo más raro que has comido?

-Un gusano.

-¿Y a qué sabe?

-Como a higo.

-¿Te sientes cómodo estando solo?

-Sí.

-¿Qué tiene de bueno la soledad?

– A ver. Yo digo que hay dos tipos de soledad. A la que te enfrenta la circunstancia y la que buscas. Yo vivo la soledad que buscas: la de estar solo en la ruta, en la montaña, en un momento de tranquilidad. Pero nunca se me da la soledad. Tengo amigos, voy conociendo gente, yendo a todo tipo de fiestas, eventos, diversión; entonces nunca me he sentido solo.  Creo que te cambia también el concepto de amistad: te das cuenta de que un amigo no es el de 20 años, sino el que te da una mano que quizás el amigo de 20 años ya no te daría. Eso te cambia completamente el concepto de amistad.  Y hago amigos más fácilmente.

-El que viaja mucho se tiene que despedir mucho. ¿Cómo afrontas las despedidas?

-Las despedidas son duras. En México, que fue el país en el que más tiempo duré parado en un lugar, que fueron casi 4 meses, allí se me cayeron lágrimas. Fue sinceramente la primera y única vez que lloré, porque creé un vínculo y amistades. Pero te dura muy poco la tristeza porque sabes que en los próximos 15 minutos vas a estar solo en la carretera, vas a tener qué resolver qué vas a comer, dónde vas a dormir, con quien te vas a cruzar; entonces es una suerte de circunstancia en la que vives siempre despidiéndote pero también conociendo gente, y se va engranando en una forma en la que la terminas pasando muy bien.

-¿Cuánto crees que va a durar todo esto?

-Si me  preguntas  hoy, toda la vida. Pero no sé cuánto va a ser toda la vida. Puede ser un año más, un mes más o dos días más.

-¿Pero tú estás claro en que va a llegar un momento en el que ya no vas a poder seguirlo haciendo?

-Ni siquiera lo he pensado porque no sé si voy a llegar a viejo. Pero si no puedo viajar en moto inventaré un triciclo, y si no puedo viajar en triciclo viajaré en carro, y si no puedo viajar me sentaré como un viejo antiguo a contarle historias a todo el mundo y allí será el final. Pero no me lo he planteado y no me preocupa porque sé que el futuro es totalmente incierto y no me voy a preocupar por algo que todavía no ha llegado y que no sé si llegará.

-¿Había, de niño, algo que hiciera suponer que ibas a terminar en esto?

-Básicamente nunca me gustó vivir estructurado, que me dijeran qué hacer, cómo hacerlo y cuándo hacerlo. Por eso fue que terminé la escuela y en 5 años tuve muchísimos trabajos de un mes, dos meses, y no me gustaban, me cambiaba, siempre prioricé más mi tiempo que mi dinero y aunque nunca me lo imaginé creo que esto es lo que estaba designado para mí porque no me veo de otra forma.

-Define en una palabra los siguientes países:

Argentina: orgullo | Chile: distinción | Perú: tradición | Bolivia: uy, diferente | Ecuador: tranquilo | Uruguay: lindo | Paraguay: noble | Brasil: locura | Colombia: fiesta |  Venezuela: energía, hermano | Panamá: distintivo | Honduras: inconforme | El Salvador: conflicto | México: maravilloso.

FOTO: Adrián Egea

Andrea Dopico y la otra cara de dejar tu país

Por: Silvia de Mascarenhas

Es una emigrante venezolana. Andrea Dopico ha hecho sus dos maletas más de una vez. Las primeras fueron muy temprano, al salir del colegio, cuando nos vemos obligados a estar muy claros en lo que queremos hacer con el resto de nuestra vida. Ella escogió la publicidad y España le abrió las puertas. A pesar de solo faltarle la tesis y haberle dedicado 4 años a la carrera, nunca le gustó y nunca se adaptó. En un viaje a Venezuela para apoyar a su familia en la lucha contra el cáncer de su mamá, como en cualquier ola de sensibilidad y cambios, Andrea tomó decisiones cruciales pensando en la felicidad. Se plantó firme ante los que más amaba para pedir apoyo, y así hizo sus maletas por segunda vez: rumbo a Vancouver al Pacific Institute of Culinary Arts, a estudiar pastelería.

Con y como las agujas de un reloj, comienza y acaba su día a día. Se levanta para ir directamente al restaurante del que es primera pastelera, unas 5 horas antes de que se siente el primer comensal. En equipo hacen las preparaciones del día; se saltan, normalmente, la hora del almuerzo y continúan trabajando hasta el momento del servicio, en el que espera paciente, aunque sin parar de crear, a que comience la hora del postre de cada mesa. Todos saben cuándo sale el primero, pero no el último. El restaurante cierra unas horas antes del servicio de la cena, por lo que Andrea, la que muy poco tiempo se dedica a sí misma, usa este tiempo para seguir creando e ideando, o para tratar de descargar la adrenalina del servicio haciendo ejercicio. Y así, como las agujas del reloj vuelven a pasar por el mismo sitio, una y otra vez, Andrea vuelve a Moments, en el Hotel Mandarin Oriental de Barcelona, para servir la cena, y no regresa a casa hasta la 1 de la mañana.

Tal vez por conocerla se me hace aún más difícil descifrarla. Sus momentos de reflexión sobre su trabajo son extremadamente acuciosos y serios; le pone empeño a dar con la expresión correcta, sin una palabra más o una menos. La han entrevistado innumerables veces pero, aún así, es palpable su momento de introspección antes de contestar una pregunta, por más simple que sea. Por otro lado está la Andrea risueña, la que no ve a sus amigos en semanas porque su dedicación al trabajo es total y, aún así, no desaparecen nunca de su vida. Tal vez se debe a que ella se ha dedicado a explicar muy bien su oficio –los días laborables que superan las 12 horas-, pero me atrevo a concluir que, simplemente, tiene don de gente. Su madurez al hablar de trabajo hace cortocircuito con la inocencia que exuda su sonrisa, y su profesionalidad contrasta con sus ganas de aprovechar al máximo el poco tiempo libre que tiene. No puedo evitar volver a la analogía del reloj. Hablar con ella es como abrir uno: quedas fascinado por la precisión con la que trabajan sus engranajes, pero sabes que hay mucho más por detrás que lo que está a la vista, una sensación de que ahí dentro ocurren procesos tan complejos que son casi imposibles de entender.

Sus oportunidades han llegado como anillo al dedo, ha tenido suerte, ha estado, como dijo ella, “en el lugar adecuado en el momento indicado”, pero su determinación es implacable. La suerte no es nada si no sabes mantenerla y el mérito de Andrea está en su disciplina. Se concentró en ponerse al día porque empezó tarde para los estándares de la gastronomía, por lo que estudió a ritmo vertiginoso y trató de consumir conocimientos de años como quien consigue agua fría en el desierto. Ella no lo pudo poner mejor: “Las oportunidades me llegaron por casualidad, pero era mi trabajo estar preparada para cuando eso pasara”. Eso hizo: Llegó a Caracas de Vancouver para volver a España. En sus vacaciones buscó qué hacer y acabó en un restaurante de la talla de Alto y siendo pupila de Carlos García. Llegó a Madrid y se topó con unas pasantías en un restaurante con dos estrellas Michelin: El Club Allard. Ahí se encontró a sí misma ejerciendo las labores de una segunda pastelera, no de un aprendiz. Cuando culminó en Madrid, fue de vacaciones a Barcelona y con su currículum trabajado en Illustrator por ella misma visitó personalmente varios sitios en la ciudad de Gaudí. Lo llamativo de su currículum le valió la cita para una entrevista en Moments, donde había, casualmente, la vacante con las labores que ella ejerció en sus pasantías. Cuando leyeron bien su currículum la llamaron y le dijeron: “No estás calificada para esto”. Pero ella insistió en que la entrevistaran. “Les dije: ‘Si ya tienen el hueco en la agenda, reúnanse conmigo y lo conversamos en persona’. Fui, les comenté lo que había hecho en Caracas y Madrid, y les propuse que me pusieran a prueba durante los 45 días que legalmente podían. Ya tengo un año y medio ahí”.

El resto de la historia de Andrea todavía se está escribiendo; pero ya fue la ganadora de España en la final nacional de la Chocolate Chef Competition de Valrhona, representó al país en la final mundial en Nueva York y está dentro de la lista de los 30 jóvenes más influyentes de Forbes Europa en el ámbito artístico. La suerte no forja prestigio, el trabajo sí.

La magia de su labor, su “acto de amor” como ella misma llama a lo que es cocinar, combinada con su entusiasmo y disciplina, le han permitido trabajar con quienes más admiraba desde que comenzó a estudiar pastelería. Ella concluye que es porque han visto en ella una persona trabajadora y llena de ideas. Todos han puesto granos de arena en los proyectos de Andrea, desde fotógrafos, hasta chefs de la talla de Jordi Roca, Yann Duytsche y su propia jefa, la aclamada Carme Ruscalleda, especialmente en la C3 de Valrhona: “Yo no sólo iba en mi nombre, iba representando a mi restaurant, a mi hotel, a España y a Venezuela, aunque no la llevara en la chaquetilla”.

Venezuela es inevitable en la vida de cualquier emigrante que de allí proviene pero, en Andrea, cobra otra vida un tema que, usualmente, saca lágrimas de tristeza. No se debe únicamente a que ella es optimista por las oportunidades que le ha dado la vida; se debe a que el acto emigrar no se reduce únicamente a un escape. Sus terceras maletas tenían el propósito de la superación profesional, la búsqueda de un sitio en la que este oficio en particular estuviera más desarrollado. Abrir fronteras: esa es otra razón para emigrar. Y es que no todo exilio significa tristeza, porque para Andrea ha sido el pase a la expansión de su mundo laboral. Se ha despedido varias veces de su familia, pero aceptó su condición de extrañar constantemente para llenarse de energías positivas cada vez que vuelve a Caracas o los ve a ellos. Lleva los sabores de esa tierra a sus postres porque en Venezuela “sabemos trabajar la fruta, nos gustan los picos de sabor y, aunque no todos mis postres llevan mango, parchita, guayaba o chocolate, mis gustos están determinados por aquello con lo que crecí”.

Andrea es dos mundos en un solo cuerpo, con dos pasaportes. Cuando le preguntas qué se siente tener doble nacionalidad, ella responde que “más completa, porque he visto más que aquellos que jamás han salido de la cultura de su país”. Fue criada en la diversidad, entre españoles, italianos y venezolanos (como muchos de nosotros) y aceptándola como un beneficio a su favor. Su nacionalidad española ha significado oportunidad y la venezolana su ser.

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Lanzarse al agua en cambote

Por Ezequiel Abdala  | @eaa17

En un país donde los blackberrys son parte de la canasta básica, y en el que se arma un dramón con episodios de depresión colectiva ante la falsa ida de Zara, que a 24 parejas les dé por casarse en el Sambil un 14 de febrero es algo que no extraña pero que hay que ver.

Así que en una tarde-noche tan linda como esa estaba yo en la terraza de la feria, convertida por obra y gracia de la decoración en recinto nupcial con telas colgantes y, claro, alfombra roja, que eso no puede faltar nunca. Alrededor de ella, en sillas doradas y vinotinto, estaban los emocionados familiares, que con sus trajes largos, faldas, chaquetas, corbatas, alisados, peinados de peluquería y una que otra joya, le conferían a ese espacio rutinariamente informal un insospechado carácter solemne.

A eso de las 7:00 p.m. el fondo de violines fue cortado por una Daniela Kosán que de tan acostumbrada a las audiencias virtuales de la TV cuando se vio con casi 200 personas en frente se volvió una mata de nervios y no supo qué hacer. Adoptó los modos de la televisión —mirada fija en un punto abstracto del horizonte, tono impersonal y frío, dicción neutra— mientras el público, un tanto desconcertado, no entendía si la cosa era o no con ellos. Apoyada en unas fichas, explicó que todo tenía validez legal y les dio la bienvenida a los novios.

Con la marcha nupcial de Wagner y el público de pie, fueron entrando las parejas. Como en botica, hubo de todo. Desde cónyuges a los que más que el Código Civil lo que les aplicaba era la LOPNA, hasta unos a los que el Código Penal ya les otorgaba el beneficio de casa por cárcel. Vestidas de blanco ‘pureza’ —salvo una que fue de morado y otra de amarillo— iban las damas, mientras los caballeros alternaron entre el terno y el smoking, con algún destello folklórico en versión liqui-liqui.

El discurso de bienvenida lo dio el Alcalde de Chacao, Emilio Graterón, quien desde su soltería, no sé si cotizada, les reveló a los novios “el secreto” del matrimonio: “Que cada día en la mañanita se levanten pensando qué harán para hacer feliz al otro (…) que nunca se acuesten bravos”. Y para evitar que algún impertinente le preguntara dónde estaba la esposa que validara la eficacia del método, remató la intervención con su average de familia felices: “He casado a más de 3000 parejas y hasta ahora ninguna se ha divorciado”.

Terminado el discurso, la registradora leyó los sempiternos derechos y deberes, y comenzó la boda. La logística ordenaba que el Alcalde llamara a las parejas, Daniela Kosán les leyera la fórmula de imposición de los anillos para que la repitieran, el Alcalde hiciera la pregunta de rigor —¿Aceptas a…?—  y los declarara, formalmente, en matrimonio. Y así fue en la práctica, pero con algunas diferencias.

Quizás porque tenía al lado a una Miss o porque había dos reflectores y una cámara, Graterón se mimetizó también en animador de TV. En un tono altísimo y apresurado, que iba a medio camino entre Winston Vallenilla y Daniel Sarcos, fue como llamó a las parejas. Sin embargo, la onomástica vernácula, extravagante y esperpéntica, le fue arruinando el momento: a Doralis le dijo Dorelis; a Marleti, Merelbi; a Quereigua, Querigua; a Yulide, Yulidiet; a Edwar, Ender; a Irima, Irma. Y entre error y corrección, se escuchaba una risita nerviosa de la Kosán, que del susto preguntaba dos y tres veces cómo era en realidad el nombre para cuando le tocara decirlo.

Y no es que ella la tuviera fácil, ya que le tocó lidiar con ese otro toro bravo que es la desbordante efusividad y espontaneidad del venezolano, responsable de que todos los cónyuges le cambiaran la fórmula que ella, paciente, neutra y asépticamente, se encargaba de repetir. Así, en lugar del nombre de la novia se escucharon: ‘muñeca’, ‘chiquita’, ‘mi amor bello’, entre otros. El anillo, para algunos, no fue símbolo de “amor y fidelidad”, sino de “mi amor y mi gratitud” o “de todas las cosas que hemos pasado”. Pero, para terror de muchos y suspicacia de todos, lo más profanado de la fórmula fue fidelidad. Hubo desde el que simplemente se la saltó, hasta el que la confundió con “felicidad”, pasando por el que tartamudeó —”fi..fidelidad”—, el que no pudo —”filedi, filedidad”—, el que la cambió —”fideleidad”— y el que, acaso traicionado por el subconsciente, se rió —”de mi jajaja fidelidad jajajaja”—.

Como lo que errando empieza errando termina, el remate de la faena tampoco le salió bien a Graterón, que por andar pendiente de engolarse y adornarse le preguntó a José si tomaba como esposo a Vilmari, a Kermilis si tomaba como esposa a Jorge Luís, y a Marleti —que se casaba con Tomás— si aceptaba a Richard. Y allí, en las respuestas, otro desborde de espontaneidad: “Sí. La tomo, la recibo, todo”, “Claro, por supuesto, yo acepto” y el infaltable lagrimeo, que, contrario a lo esperado, salió de los ojos de un caballero.

Finalizado el acto vino el brindis. Ríos caudalosos de dorada y burbujeante champaña fueron repartidos generosamente entre todos los invitados, al punto de que no fueron pocos los que repitieron. Lo mismo pasó con los tequeños, el roast beef, las empanaditas y los pastelitos, agarrados hasta de a cinco por los presentes, pero cuya abundancia le hizo honor, y de qué forma, al lugar común sobre la suntuosidad de las bodas organizadas por judíos. Eso por no hablar de la mesa de quesos, también bien abastecida, pero saqueada con una fiereza que ya conmovería a Atila.

Luego de hacerse esperar unos cuantos minutos, apareció en tarima la sorpresa de la noche: Oscarcito, quien, vestido con chaqueta de pana y pajarita, era casi el arquetipo del duende irlandés. Como toda estrella, salió al escenario con lentes de sol, pero más pudo la oscuridad del sitio —martirio de todos los fotógrafos— que su vanidad, así que, rápidamente, se tuvo que deshacer de ellos. De lo que nunca se deshizo fue de la pista sobre la cual cantaba, cuya voz remasterizada lo dejó más de una vez en evidencia, ya que ésta iba por un lado y él por otro. Sin embargo, eso no fue obstáculo para que recibiera unos cuantos aplausos adolescentes por sus tres canciones.

Con él se terminó de ir lo interesante de la noche. Después siguió una orquesta con los típicos temas de boda. Algunos bailaron un rato, otros se quedaron sentados tratando de disimular las protuberancias que originaban las bolas de queso en los bolsillos y otros compartieron con sus familias. Todos, eso sí, legal y bien casados, en una ceremonia que, aunque atípica, terminó siendo entrañable y venezolanamente tópica.

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Torkins Delgado: “Ser DJ es como si te pagaran por divertirte”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 6 de la tarde de un jueves de noviembre, el movimiento en Suka Bar es poco. Con luz, sin música y sin gente, el ahora llamado Templo no pasa de ser una gran impostura. Hay un aire mundano, de realidad, que no le cuadra a un sitio cuya razón de ser es que la gente se olvide de ella. Palabras como pagos, proveedores, facturas, cheques y retraso se dejan colar en boca de los pocos empleados que están allí. Una lámpara rota, su astronómico precio, lo imposible que será traer una nueva del extranjero, lo difícil que resultará arreglarla, copan toda la conversación. De ella se pasa a la pesquisa de unos cables extraviados la noche anterior, que nadie jura haber visto. De una improbable puerta que al parecer llevar a una más improbable oficina de administración con su escritorio y su luz blanca, sale una mujer. Es del tipo de personas que uno jamás esperaría ver allí, con su aire de madre que pronto será abuela. Afable y sonriente, va dando consejos, recordándoles cosas a los empleados y compartiendo una bolsa de platanitos con quienquiera que le pase en frente. Será todavía cuestión de horas para que la noche, el alcohol, la electrónica y los cientos de caraqueños que todavía le llevan algo ganado a la crisis y tienen los arrestos suficientes para desafiar a Caracas un jueves por la noche hagan que la magia vuelva y la fiesta se prenda.

Mientras ello ocurre, Torkins Delgado deja todo preparado en la consola. Para quienes vayan a Suka esa noche y lo vean, no será otra cosa sino el DJ, el tipo que pone la música. Quizás alguno repare en su imagen punk y en la cierta elegancia clásica de su porte. “Otro DJ excéntrico”, pensarán; y, como siempre ocurre con las primeras impresiones, se equivocarán. Porque aunque Torkins Delgado, sí, es un DJ, es también más que eso. Su partida de nacimiento dirá que nació en La Pastora (Caracas) en 1969 ;en  su cédula de identidad, que está casado (“mi esposa es una gótica loca de bola”); su currículum vitae nos hablará de un Artista Plástico de la Cristóbal Rojas, con estudios de Antropología en Sao Paulo y de Producción en la Universidad Livre de Música; su blog nos mostrará a un hombre que escribe versos; y él se definirá, sobre todo, como un artista. Se trata, pues, uno de los personajes más peculiares que hay actualmente en la noche caraqueña.

Cuando nos sentamos afuera para la entrevista, Torkins le pide a la mesonera ron de su botella. Lo toma seco; es decir, puro, sin hielo y en un vaso corto. Bebe sorbos pequeños, pero no arruga la cara ni hace ningún gesto que denote incomodidad. El trago, parece, ya no lo regaña. Le pasa suave. Habla despacio y se interrumpe frecuentemente (“ese es el problema de no dormir bien”, dirá en chiste), pero suelta lo que piensa sin reparo ni censura alguna. Tiene las muletillas típicas del caraqueño de los 80’s (pues, pana, o sea, brother, de pinga) y eso que hoy en día se llamaría un leve mandibuleo. Al mencionar aquella década se le alegra el rostro. “De verdad éramos felices y no lo sabíamos. Es eso exactamente. Recuerdo el Ateneo: eso era una fiesta cualquier fin de semana. Había 30 o 40 chamos que estudiaban cine sentados  en la escalera de la Cinemateca esperando para entrar a la función de la tarde y salían saturados de alegría a hablar en el Café del Ateneo sobre las cuatro películas que habían visto ese día. Eran unos carajos cultos: chamos de 17 y 18 años, arrecha y vitalmente cultos”, suspira.

Él fue uno de esos; y por ello sería una inquietud artística e intelectual (antes que la eterna crisis que hemos sido) la que lo llevaría a irse del país en 1994, siendo ya un hombre conocido. “Estaba embotado, quería estudiar filosofía,  quería meterme en el teatro brasilero, que es un tipo de teatro muy particular, estudiar lo qué estaba pasando allá”. Y se marchó. No estudió filosofía sino antropología, pero sí entró en el teatro del gigante del sur: “Me dirigió Celso Correa, el director más importante de América Latina. Trabajé con Caetano Veloso, interpreté a San Caetano Veloso, cené con Milton Nascimento…”, es parte de su inventario paulista.

No menos afortunado es el repaso que hace de su trayectoria venezolana. “Siempre he trabajado en los locales en los que quiero trabajar –dice volviendo al presente–, los que yo considero los mejores de la ciudad y en los que yo sería un cliente feliz.  Todo los bares donde trabajo hoy en día (Casa 22, Suka, Vintage Stereo, Lola) son lugares donde yo podría ser cliente. Jamás me vas a ver en un bar donde no tenga nexo o feeling”, apostilla viendo a Suka de frente.

¿De verdad nunca has trabajado en un sitio donde no estuvieras conforme?

–Nunca.

¿Y se lo atribuyes a qué?

–A la leche.

(Es una de sus típicas y sinceras salidas de tono, que se repetirán, espontáneas, a lo largo de la conversación).

Si de fortuna se trata, nada como la definición de su oficio actual: “Es la venganza de los que no tuvimos la disciplina para ser músicos sobre los que sí lo son: ganamos dinero a costa de ellos. Ser DJ es como si te pagaran por divertirte. ¿Qué haces? –se pregunta para inmediatamente responderse en franco soliloquio– Escuchar música. ¿De qué vives? De poner la música que oyes”. Y entonces viene la salida de tono: “Yo lo veo como cuando haces una arepa y se la das a alguien que tú quieres. Es una donación, es una cosa amorosa. Cuando eres DJ, haces hallazgos extraordinarios, hermosos, cosas que te cambian la vida, y le dices a la gente: ‘brother escucha esta vaina qué de pinga’”. Pausa reflexiva. “A mí me gusta tanto la buena música que obligo a la gente a escuchar buena música, y eso me hace sentir no una íntima sino una externa, brutal y epidérmica satisfacción. Cuando consigo algo verdaderamente bueno y lo pongo a sonar pueden verme sonriendo de alegría”. ¿Pero qué pasa cuando, como en la canción de Don Omar, la Julieta, sus amigas y todo el mundo pide reggaetón?

–Mira –dice poniéndose serio–, en Venezuela hay 30 millones de seres humanos y hay 3 millones de DJ’s, porque si algo sobra aquí son DJ’s y poetas, y los hay para eso: yo no soy para eso.

–¿Tienes algo en contra del reggeton?

–No. Yo no estoy peleando contra el reggaetón. Yo no estoy en contra de nada. Yo lo que no estoy es a favor, que es diferente. Y no lo voy a colocar. Te repito: no soy para eso, yo tengo mi nicho.

–¿Tener un nicho distinto al de esos DJ’s que ponen reggaetón te hace sentir superior?

–Sería superior si me diera más dinero del que les da a ellos. Pero no: ellos ganan más que yo, tocan más que yo, y en sitios donde pagan el doble que en los míos.

–¿Eso no es frustrante?

–No. Porque yo soy artista: hago teatro, escribo poesía, pinto cuadros…

–¿Y eso qué tiene que ver?

–Que yo entiendo el arte como un fracaso. Es más, no es que yo lo entiendo, es que el arte es un fracaso. Picasso es un puto fracaso, todos sus cuadros son la expresión de su fracaso: no pintó lo que quiso pintar y se vendió arrechamente.

Después de esa (otra) salida de tono, se pone a reflexionar sobre la diferencia entre lo popular y lo masivo. Para Torkins, la música, en su sentir, tiene la obligación de ser popular, “pero que unos productores de una radio o de unos sellos disqueros decidan masificar a unos carajos y vendértelos; ponértelos en el desayuno, en el almuerzo y en la cena; eso no es popular: eso es masivo, es producto de masa, marketing, lo que sea”. Pero se puede ser masivo y popular, que nadie se engañe: “Los Beatles fueron populares y de masa. Hicieron música que no fue sólo –y hace énfasis en el adverbio– para vender. Agarraron el alma de un momento histórico y la estrujaron. Había una poesía y una sonoridad que estaba en comunión con su generación y las generaciones, que cualquier persona en cualquier época lo iba a entender”.

Haber mencionado a los grandes, da pie para hablar un poco de su Olimpo personal venezolano. Incompleto, de pasada y pidiendo perdón de antemano por todas las omisiones, saltan los nombre de Aquiles Báez (“uno de los carajos más arrechos del planeta. Lo tiras en Japón y hace arrecho a Japón”), Gualberto Ibarreto (“es el más pop de los venezolanos, está en nuestro ADN”), Yordano (“es un genio: si tú quieres un carajo que haya entendido la sonoridad de una ciudad: Yordano con Caracas”), Colina (“es la voz de Caracas”), María Rivas (“es la reina”), Nené Quintero (“un Dios de la música. El Saturno del Olimpo”), Simón Díaz (“el hombre que amalgamó el sentir popular”), Hugo Blanco (“un tipo que hizo de todo, incluyendo el primer ská en español: ‘Buena suerte’”), Soledad Bravo (“lo mejor de este país”), Aldemaro Romero (“un puto genio, uno de los genios del planeta, y egoísta como todo genio”), la Movida Acústica Urbana, MAU (“dentro de unos años se van a escribir libros de ella”).

–¿Qué es la música para ti?

La respiración de Dios.

–¿Te ha salvado la música de algo?

Siempre. De morir de aburrimiento, de sufrimiento. La música salva, sana y cura. Salva de todo. Está hecha para sanar. Enfermedades del alma y físicas.

–¿Un artista para sanar?

Elvis. El mayor artista de mi vida.

–¿Una canción que te ponga feliz?

Great balls of fire, de Jerry Lee Lewis.

–¿Una para cuando estás triste?

Autum leaves, en cualquier versión.

–¿Una para el despecho?

Es que me gustan varias. El despecho es de pinga, hasta cuando no estás despechado. Algo de Nina Simone.

–¿Para enamorar?

A mí me gusta mucho un tema que mi esposa y yo escuchamos siempre que es In your room. Es sexi y ruda para enamorar.

-¿Una canción para despedirse?

Se acabó, con La Lupe

-¿Una que te haga llorar?

-Hay varias. Autun level, de nuevo. No hay manera de que no me joda. Hay una que me conmueve muchísimo, no sé por qué: My favorites things, de John Coltrane.

-¿Alguna que te recuerde a Venezuela?

–Simón Díaz. Es una vaina arrechísima: estás fuera del país y escuchas dos notas que lo identifiquen, y te vuelve mierda la vida, comienzas a necesitar comerte una arepa, ver el Ávila.

El Ávila, ese cerro que nos señala el norte, es uno de los grandes amores de Torkins: “Verlo te cura cualquier cosa”, jura él, que se define como “un puto caraqueño entregado”. ¿Por qué? “Por El Ávila; por cierta brisita que viene del norte que cuando estás muy jodido te pega en la frente y mejora todo; y porque tiene gente muy de pinga”. Llegados a este punto, y contra todo pronóstico, Torkins se quiebra: “Cuando salgo del trabajo veo mareas de gente yendo a trabajar, ¡a las 5 de la mañana! Esa vaina es conmovedora: es una ciudad que trabaja, en la que hay burda de gente echándole bolas, buscando el pan, ganarse la vida, intentando que sus hijos tengan mejor educación”, dice sinceramente conmovido y a punto de ceder a las lágrimas.

-¿Qué sientes por Caracas?

-Es como cuando tienes esa jeva, esa pana que la está cagando y te da arrechera, porque sabes que tiene potencial para otra vaina. Mucha impotencia.

-¿Y por la noche caraqueña?

-La respeto: hay mucho demonio por allí. Yo trabajo en la muy buena noche caraqueña, no trabajo en locales peligrosos. Y me cuido burda: cuando salgo del bar tengo en frente un taxi que me deja en la puerta de mi casa, y si no lo tengo no salgo. Soy de la resistencia, de los que no vamos a darle la ciudad a los malandros.

Esa última frase viene en consonancia con uno de los varios versos publicados en su blog:

“Estaré aquí esperando el fin de tus manías
Me encontrarás cuando bajen los ánimos
Hallarás mi cuerpo recostado de tus noches”

Eso le promete a Caracas (“mi ciudad de los techos rotos”), en un poema (“Hey vieja”). Porque Torkins, sí, escribe poemas y los publica en su blog. Y lo hace sin encontrar contradicción alguna en ello y su oficio de DJ: “Yo soy un artista más allá de DJ. Soy un artista que se divierte siendo DJ, si quieres. Y siempre  escribo: es un ejercicio de mi vida”.

-¿Qué escribes?

-Todo el tiempo escribo versos. Tengo un coñazo. Y también poemas.

-¿Cuál es la diferencia?

-Que el poema es una elaboración: necesita una estructura, una manera, una forma. El poema es un trabajo a largo plazo, un trabajo curtido.

-¿Qué es para ti la poesía?

-Es una forma de vida; de ver, de caminar, leer y escribir el mundo.

Es precisamente uno de los poemas publicado en su blog, en el que menciona a varios autores, el que da pie para comenzar a preguntarle por ellos:

-¿Qué es Kafka para ti?

-Un patólogo. El hombre que agarró el cadáver y lo diseccionó. Eso hizo él: agarró la sociedad tal y como estaba estructurada y la diseccionó.

-¿Y Lorca?

-La modernidad en pleno. Es como Simón Díaz: agarra el alma de la cultura más autóctona y se la lleva y muestra al mundo con un lenguaje más depurado.

¿Julio Cortázar?

-Jazz, sencillamente.

-¿Fernando Pessoa?

-Un Shakespeare portugués.

-¿James Joyce?

-Ahí sí está difícil, porque yo soy joyciano. Cada vez que leo ‘Ulises’ cambia mi vida porque es arrechísimo: a un hombre común  de repente lo conviertes en el tipo más de pinga del planeta; a un carajo con todos los peos del mundo, lo convierte en todos los hombres y hace una épica de un güevon, de un borracho irlandés cualquiera; y allí, al leerlo, te das cuenta entonces de que tu vida es igual, es exactamente igual: son pequeñas épicas, vainas llenas de logros y fracasos y desencuentros.

-¿Lezama Lima?

-Un Joyce latinoamericano. Lezama es universal, ni siquiera latinoamericano. ‘Paradiso’ es un libro al que hay que echarle bola. Lo amo.

-¿Walt Whitman?

-Es el hombre que es todos los hombres. Él es todos los hombres.

Y así, hablando de escritores y literatura con el DJ de Suka, termina este improbable encuentro. Han pasado casi dos horas y cuatro rondas de ron, la noche ha caído sobre Caracas, los primeros feligreses de la electrónica ya están en Suka, que comienza a parecerse, ahora sí, al local que conocemos, ese que guarda la memoria. Me despido con Torkins ya instalado en su consola. Desde ella, ejecutará su secreta venganza sobre los músicos disciplinados; desde ella prodigará a los asistentes esa noche el regalo de sus últimos descubrimientos; desde ella le hará justicia a los genios que no pudieron surfear la ola de lo masivo y naufragaron en el mar del anonimato; desde ella hará su ejercicio numantino de resistencia contra la tiniebla que nos cubre; y, quien quita, quizás pergeñará algún verso.

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ESPECIAL: 4F, cuando la TV cambió la historia

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

En un mismo día (4 de febrero de 1992) y por un mismo medio (la televisión) se definió el destino de tres hombres, de tres presidentes: CAP, Chávez y Caldera. Aquel martes de hace hoy 25 años, el verdadero poder no lo tuvieron las armas o las instituciones, sino la pantalla: en ella Carlos Andrés Pérez salvó su gobierno del golpe; Caldera, cadáver político, resurgió de las cenizas; y el mito de Hugo Chávez comenzó a construirse. Tres momentos transmitidos en vivo y directo que a la postre se mostraron como definitivos para la historia del país.

1:30 AM

-Acuérdese de Rómulo, acuérdese de que usted tiene que salir por televisión para que lo vean, para que sepan que está vivo, que está firme hablándole al país.

cap

En el fondo suenan disparos. Es la banda sonora de la escena. De un lado del teléfono, en La Casona, Blanca de Pérez, la primera dama. Del otro lado del teléfono, escapando de Miraflores, Carlos Andrés Pérez, el presidente. Y alrededor de ellos, tanquetas y militares disparando. Es la madrugada del 4 de Febrero y la Fuerza Armada se ha sublevado contra el gobierno. Hay un Golpe de Estado en pleno desarrollo.

Apenas unas horas antes, el presidente había aterrizado en el país luego de estar en una cumbre en Davos. El viaje lo deja agotado y no más llegar a La Casona se pone el pijama y duerme. Una llamada del Ministro de Defensa interrumpe la paz del hogar. La atiende Carolina, su hija, a quien le informan que hay un alzamiento en Maracaibo. Inmediatamente le avisa al padre, que rápidamente se viste y en el único carro disponible al momento –no espera la caravana presidencial, que no estaba lista–, acompañado sólo con un chofer y un escolta, sale rumbo a Miraflores. Cinco minutos después llegan los golpistas y atacan con saña la residencia presidencial. Lo que viene son cinco horas de fuego cerrado en las que la familia presidencial sobrevive únicamente porque los morteros que lanzaron los golpistas estaban vencidos y no estallaron.

A Miraflores llega rápido. Las calles están solas y el trayecto lo hace tranquilo y sin sobresalto. Buen augurio que se desvanece cuando llama a su hija y ella le da cuenta de la batalla campal que tiene lugar en La Casona. Promete que mandará un batallón, pero al instante se entera de que no es posible porque el golpe ha comenzado a tomar forma. El aeropuerto de La Carlota está tomado, lo mismo el Ministerio de la Defensa y unos minutos después el propio palacio de Miraflores, adonde llegan dos tanquetas. Comienza entonces otra batalla campal y desigual: solo 16 escoltas civiles y 8 militares son los que hay para defender al presidente de un batallón de militares. El despacho es atacado por una de las tanquetas –lo salvan los vidrios blindados–, y lo suben a la suite vieja. Allí un disparo destroza la ventana –“me descubrieron, pero fallaron el tiro”–. Gritos, tiros y detonaciones van y vienen. Son minutos de confusión y mucha angustia. Lo llama de Colombia el presidente Gaviria a preguntarle por lo que está sucediendo. Se limita a poner el auricular en alto para que escuche los tiros. “Creo que sobran las explicaciones. No sé qué va a pasar”, le dice.

Y lo que pasa es que después de casi una hora hay un alto al fuego. “Aquí acaba de cesar el tiroteo y voy a salir”, le dice al Ministro de Defensa, quien le advierte lo peligroso de la movida. Él no se conmueve. Le ordena al Jefe de Casa Militar que le busque una salida. “Usted no puede salir”, le responde. “Le estoy dando una orden, no una consulta”. Y la suerte le sonríe: Chávez, quien comandaba la operación, no se había hecho con un plano completo del Palacio y dejó una puerta sin cubrir. Es la que da al Liceo Fermín Toro. El presidente se monta en un Conquistador gris blindado. “No más abrirse la puerta, salga a toda máquina sin mirar a los lados”, instruye al chofer. Pero, clásico, la llave de la puerta no aparece, nadie sabe dónde está. Cuando la fuerzan, comienza a sonar una alarma. “Apenas se abra lo suficiente, arranque y tome la Avenida Fuerzas Armadas”, ordena el presidente. Y así hace. Los golpistas son sorprendidos, y aunque disparan al ver el carro, el presidente se les escapa.

Ya fuera de palacio, llama a La Casona para saber cómo va todo allá. Es allí cuando la primera dama le da la idea de salir en TV. “Yo me acordaba de que cuando hubo el atentado contra Rómulo Betancourt, en donde se le quemaron las manos, él lo primero que hizo fue salir en televisión y decir: ‘miren como estoy, miren lo que me hicieron, pero estoy vivo y hay que luchar contra esto’. Y se lo recuerdo a Carlos Andrés”. Él, que había sido su Ministro del Interior, toma el consejo. Llama a Carmelo Lauría y le pide que le ubique una televisora que no esté tomada. Éste habla con Marcel Granier y el directivo le dice que en el canal 2 hay tropas. Llama entonces a Ricardo Cisneros, y él le asegura que el canal 4 está libre. Toman la Cota Mil y se dirigen a Venevisión. En el canal ya hay un estudio preparado. A la 1:30 AM comienza a sonar la famosa fanfarria del canal de la colina, que no parará durante toda la transmisión. Con una bandera al lado, el presidente le habla breve y firmemente al país:

“Un grupo de militares traidores a la democracia, liderando un movimiento antipatriota, pretendieron tomar por sorpresa al gobierno. Me dirijo a todos los venezolanos para repudiar este acto. En Venezuela el pueblo es quien manda. Su presidente cuenta con el respaldo de las Fuerzas Armadas y de todos los venezolanos. Esperemos a que en las próximas horas quede controlado este movimiento. Cuando sea necesario volveré a hablar”

Es la sentencia de muerte del golpe, y la salvación del gobierno. “En Fuerte Tiuna colocaron los televisores a todo volumen y en dirección a las tropas que cercaban el edificio, que al oír mis palabras se rindieron”.

11:00 AM

-Yo ni siquiera me di cuenta de cuando dije ‘por ahora’

Teniente Coronel Hugo Chávez Frías, en la intentona golpista del 4 de Febrero de 1992

“No se le puede dar la posibilidad de hablar por televisión; quién sabe lo que va a decir, qué proclamas dirigirá a las Fuerzas Armadas. Llévelo preso al Ministerio, métalo en una habitación, pónganle una cámara de televisión, graben y luego editan”. Esa, cuenta CAP en sus memorias, fue la instrucción que le dio a su Ministro de la Defensa, Fernando Ochoa Antich, cuando éste le propuso que dejara hablar a Chávez por televisión para que pidiera la rendición de los golpistas que tenían todavía tomado el cuartel Libertador de Maracaibo, en el que había gran cantidad de explosivos y por ende no podía ser bombardeado ni atacado sin correr el riesgo de volar media capital zuliana. ¿Cómo es que aquella orden, tajante y precisa, terminó por desembocar en una alocución en vivo del Teniente Coronel que comandó el golpe? “Una mini conspiración” es la respuesta que da Ochoa Antich en sus memorias. Una mini conspiración en la que el Alto Mando Militar lo apura a él cuando les informa que el presidente dice que sí, que hable, pero que el mensaje sea grabado: “Ochoa, no hay tiempo. Si no lo hacemos de inmediato, comenzarán los combates”, es la respuesta del almirante Elías Daniels, Inspector General de las Fuerzas Armadas. Entonces Ochoa cede, y a las 11 de la mañana, desde la sala protocolar del Ministerio de la Defensa, rodeado de algunos hombres, perfectamente uniformado y rasurado –luego se descubrirá que en la Proveeduría de las Fuerzas Armadas se le había permitido bañarse, afeitarse y cambiarse de uniforme–, con apenas los ojos rojos como única muestra visible de cansancio, aparece delante de los micrófonos y cámaras de las cuatro televisoras nacionales –RCTV, Venevisión, VTV y Televen–, Hugo Chávez Frías.

“Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital. Es decir, nosotros acá en Caracas no logramos controlar el poder. Ustedes lo hicieron muy bien por allá, pero ya es tiempo de evitar más derramamiento de sangre. Ya es tiempo de reflexionar y vendrán nuevas situaciones, y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor. Así que oigan mi palabra. Oigan al Comandante Chávez,  quien les lanza este mensaje para que, por favor, reflexionen y depongan las armas porque ya, en verdad, los objetivos que nos hemos trazado a nivel nacional es imposible que los logremos. Compañeros, oigan este mensaje solidario. Les agradezco su lealtad, les agradezco su valentía, su desprendimiento, y yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano. Muchas gracias”

“Yo nunca he sido el que de manera fría o calculada elaboro un discurso, y aquel día tampoco. Era una voz interior (…) Hubo expresiones que yo no había pensado. Ese ‘por ahora’ yo ni siquiera me di cuenta de cuando lo dije: salió del subconsciente”, reveló Chávez años después en un documental. Sin embargo, el discurso, a pesar de esas salidas espontáneas, tuvo su ensayo. Fernán Altuve, pieza de los golpistas infiltrada en las FF.AA., demoró por horas el traslado de Chávez de La Planicie al Ministerio de la Defensa con el fin de darle tiempo para que pensara lo que diría: “El general Ochoa Antich llamó y me dijo: ‘Fernán: tráete a Chávez con Santeliz para acá a Miraflores’. Yo le respondí que estábamos inventariando el armamento y los cartuchos disparados, con lo que ganamos unas horas durante las cuales se ensayó el ‘por ahora’”.

La alocución es el verdadero golpe: uno de opinión. Capta la atención de todo el país, y en el imaginario colectivo ese Chávez de uniforme, que asume responsabilidades y deja abierta la esperanza a una victoria futura, queda grabado. Son las melosas palabras de un documental propagandístico, pero no están exentas de verdad: “Quien no lo haya visto ese día, se perdió el instante de apertura de un nuevo ciclo que cambiaría todo para siempre”.

6:00 PM

-Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y la democracia cuando no son capaces de darle de comer

Caldera

No era más que un anciano ex-presidente de la República, que precisamente por eso, por ex presidente, tenía la dignidad de Senador Vitalicio y ocupaba un escaño en el Congreso. Eso es todo lo que Rafael Caldera, a sus 72 años, pintaba en febrero de 1992. Sí, dirigente histórico de uno de los dos grandes partidos del país. Sí, articulista de prensa. Sí, entrevistado frecuente en la tele. Sí, hombre escuchado en los sectores políticos. Pero nada más. Relevancia y peso, ningunos. Hasta esa tarde en que encorbatado y engominado subió a la tribuna de oradores, rodeado de un enjambre de cámaras y micrófonos, para dar un discurso histórico. Un discurso que no le correspondía –había pedido la palabra terminada ya la sesión del día-, pero que tenía bien planeado, y por ello quería que fuera televisado –“Caldera había llamado al Ministro de Información y le había dicho que iba a hablar, pero quería que le pasaran el discurso en cadena. Como era una sesión de apoyo, Andrés Eloy cayó en la celada”, recordaría CAP–. Es la pieza oratoria de un zorro viejo y hábil, de un hombre con experiencia, que sabe lo que dice y más que ello lo que quiere conseguir.

“He pedido la palabra no con el objeto de referirme al decreto de suspensión de garantías” fueron las palabras con la que arrancó, empezando la lidia de frente, a porta gayola, para que nadie se sorprendiera luego. Comenzó criticando el decreto por la forma –“encuentro un defecto de redacción”– y terminó afincándose en el fondo: “Yo no estoy convencido de que el golpe felizmente frustrado haya tenido como propósito asesinar al Presidente de la República”. ¿Por qué? “Nadie, por más protegido que esté, puede salvarse de un asesinato cuando se cuentan con los medios y la decisión de perpetrarlo”; es decir: que el que CAP estuviera vivo demostraba que no habían querido matarlo. Un argumento muy endeble, pero que le permitía salirse del carril y romper la unanimidad que había al respecto. “Me siento obligado en conciencia a expresar mi duda acerca de ésta afirmación, y considero grave que el Ejecutivo y el Congreso la hayan hecho”, decía ofendido.

Pero no era de eso de lo que él quería hablar. Su tema era otro. Y ya clavada una banderilla sobre el decreto y habiéndolo puesto en duda, entró a lo suyo: convocar sus colegas “a una profunda reflexión y una inmediata y urgente rectificación”. ¿Por qué? Porque él, padre de la democracia, se daba cuenta, clarividente como nadie, de que a diferencia de otros golpes –en los sesenta se sucedieron uno tras otro–, esta vez el país no reaccionaba enérgicamente para defender la democracia como entonces. “Es lo que más me preocupa y me duele: no encuentro en el sentimiento popular la misma reacción entusiasta y decidida, el mismo fervor por la defensa de las instituciones que caracterizó la conducta del pueblo en todos los dolorosos incidentes que hubo que atravesar después del 23 de enero de 1958”. Y entonces comenzó a repartir responsabilidades.

Los primeros en recibir la estocada fueron sus colegas. “El país está esperando otro mensaje”, les espetó en directo. “No es la repetición de los mismos discursos que hace 30 años se pronunciaban cada vez que ocurría algún levantamiento, y que vemos desfilar por las cámaras de la televisión lo que responde a la inquietud, al sentimiento, a la preocupación popular”. Y con esa frase, en diez segundos, se puso él en otro plano distinto al de todos los políticos y se erigió, además, como el traductor del sentimiento popular.  Luego, le hizo su lidia a Carlos Andrés: “Quiero decirle desde esta tribuna al Señor Presidente de la Republica, que de él depende la responsabilidad de afrontar de inmediato las rectificaciones profundas que el país está reclamando”. Y finalmente, volvió a su rol de encarnación, de altavoz del pueblo: “Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y la democracia cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer; de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; de ponerle un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad venezolana. Esta situación no se puede ocultar”, bramó con tono indignado. Y ya a esas alturas todo estaba consumado.

Lo que vino después fue más de lo mismo. Caldera desde su Olimpo, todo un Zeus tronante, lanzando rayos a diestra y siniestra contra la dirigencia política –“por eso he pedido la palabra: para transmitirles desde aquí al Señor Presidente y a los dirigentes de la vida pública nacional mi reclamo”–. Caldera denunciando indignado la situación del país –“no podemos afirmar en conciencia que la corrupción se ha detenido: íntimamente tenemos el sentir de que se está extendiendo progresivamente; el costo de la vida se hace cada vez más difícil de atender para grandes sectores de nuestra población; los servicios públicos no funcionan; el orden público y la seguridad personal tampoco encuentran un remedio efectivo”–. Caldera encarnando al pueblo –“en nombre del pueblo venezolano, [ruego] que se enfrente de inmediato el proceso de rectificaciones que todos los días se está reclamando y que está tomando carne todos los días en el corazón y sentimiento del pueblo”. Caldera resurgiendo de sus cenizas y dando el primer y fundamental paso para alcanzar, un año después, la Presidencia de la República.

Fuentes:

-Ramón Hernández, Roberto Giusti. (2006). Carlos Andrés Pérez: Memorias Proscritas. Caracas: El Nacional

-Mirtha Rivero. (2009). La rebelión de los náufragos. Caracas: Alfa.

-Fernando Ochoa Antich. (2007). Así se rindió Chávez: la otra historia del 4 de febrero. Caracas: El Nacional.

-Juan Carlos Figueroa. (2007). Las cinco horas cruciales del 4 de febrero. El Tiempo.

-José Sant Roz. (2011). Estremecedoras revelaciones jamás narradas sobre el 4-F. 4 / 02 / 2016, de Aporrea Sitio web: http://www.aporrea.org/tiburon/a117017.html

-Fragmento de una vida: Testimonio de Hugo Chávez sobre el 4F (https://www.youtube.com/watch?v=rVGAwaW-2Z8)

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La última noche de Harry

Por: Daniela Salcedo

Mi mamá, al ser divorciada y con tres hijos que alimentar, siempre tuvo que ingeniárselas para pasar tiempo de calidad con nosotros. Por eso, cuando éramos más pequeños, convirtió su cama -que siempre fue más grande, más cómoda, más divertida y más fría o caliente (según conviniese)- en un centro de lectura. Cada noche, mis hermanos y yo nos acomodábamos como podíamos para escucharla leernos algo, e imaginarnos cualquier aventura. La más famosa y la más larga de estas fue la de Harry Potter.

El joven mago nos regaló buenos momentos y años de interesantes conversaciones a la hora de la cena. También, ayudó a mi mamá a distraerse con nosotros y a no ceder ante el estrés que implicaba estar 6 meses desempleada; o no saber el destino del país, que vivía un paro petrolero en el 2002. Por eso, en el camino de regreso, luego de buscar nuestro primer carrito, la decisión fue unánime: se llamaría Harry.

Nuestro Harry era un Ford Fiesta de color arena del año 2001. No dormía en el número 4 de Privet Drive, sino en el puesto de estacionamiento B-4 de nuestro conjunto residencial. Y aunque no volara en escobas ni estudiara hechicería en Hogwarts, Harry era mágico. Su llegada significó no tener que irnos en transporte y llegar una hora y pico después de haber salido del colegio, por ser quienes vivían más lejos. Significó cenas improvisadas por el Auto-Mac. Significó también unos 20 minutos de sueño extra en las mañanas; más viajes y salidas; y peleas divertidísimas entre mis hermanos por ver quién se sentaba adelante. Para mi mamá, significó una meta lograda y una etapa superada. Para mis hermanos, un reto para meterse conmigo sin que mi mamá se diera cuenta. Para mí, menos tiempo cargando las bolsas del mercado.

Mi mamá lo compró en febrero del 2001, con una parte de la liquidación de uno de sus trabajos y la mitad del dinero de la venta del apartamento de mi abuela. Costó 7 millones de los de antes, que son 7 mil bolívares de los de ahora; con los que -producto una inflación acumulada de 7931% desde 1999 al 2015- hoy, con suerte, te puedes comprar un par de ambientadores para auto de los más baratos. La historia de Harry Potter se contó durante diez años en siete libros y ocho películas. La de nuestro Harry fue bastante más corta: para septiembre del mismo año, ya no estaba con nosotros.

Aunque no recuerdo exactamente el día, sé que fue entre semana, pues al día siguiente faltamos al colegio, porque casi no dormimos. Eran probablemente las seis de la tarde e íbamos por el semáforo que está justo antes de llegar a mi edificio por la Avenida Intercomunal de Coche, en Caracas. Como mi hermano Aquiles se sentía mal, mi mamá había apagado el aire acondicionado y bajado tres dedos las ventanas para que entrara brisa natural. No lo vimos acercarse, solo lo vimos apuntando a mi mamá con una pistola que introdujo por el espacio de no más de 10 centímetros entre el vidrio y la goma que rodea la ventana.

“No invente que hay niños, ábreme la puerta y ya”, le dijo el empistolado a mi mamá. Ella, sin dudarlo, le hizo caso. El hombre pasó y, justo después, un segundo hombre abrió mi puerta. Yo me arrimé para darle paso. Se sentó y sacó otra arma. El que conducía tenía el cabello medio grisáceo, parecía de unos 45-50 años; el que estaba junto a mí era más joven, quizás de unos 25 – 30 máximo; ninguno de los dos estaba mal vestido.

Apenas mi mamá vio al segundo hombre ubicarse a mi lado, le pidió al secuestrador pasarse para atrás y que yo me sentara en sus piernas. Al principio no la dejó, pero al cabo de un rato, debido a lo incómodo y sospechoso que debía resultar compartir el asiento de piloto, cedió. Una vez atrás, el secuestrador más joven le puso la pistola en la pierna y empezó a pasarla una y otra vez por su muslo izquierdo, mientras la miraba de arriba abajo. Le pidió los anillos y se los metió en la boca. Mi mamá me apretaba con uno de sus brazos, y con el otro sostenía la mano de Augusto, al tiempo que miraba fijamente a Aquiles, que quedó como el copiloto del ladrón. Mis hermanos miraban por sus ventanas por órdenes del secuestrador más viejo. Yo le rogaba al más joven que no nos hiciera nada.

Condujimos por lo que parecieron horas, hasta que llegamos a uno de los barrios de la carretera de Los Valles del Tuy. “Vamos a quitarles la ropa”, propuso el excitado y joven ladrón. “No, marico, yo también tengo mamá”, le contestó el mayor. Nos hicieron bajar. Todos nos quedamos parados, agarrados de las manos, contemplando a Harry desaparecer entre la noche, sin nosotros adentro y nada que pudiéramos hacer. “Mami, los Gameboys… estaban en los bolsos”, dijo mi hermano inocentemente, entre sorprendido y apesadumbrado, ajeno todavía del tamaño de la pérdida -y a la vez de la suerte- que acabábamos de vivir. Mi mamá no le contestó, miró el fondo de la carretera por unos segundos más y se dispuso a buscar ayuda.

Bajamos y atravesamos un arco donde había varias casas de ladrillos y techos de zinc. Por la hora, tuvimos que tocar la puerta de diferentes casas para que alguien nos abriera. Finalmente una señora lo hizo, nos dejó pasar y despertó a su esposo para que nos diera la cola al puesto de policía más cercano. Ahí, un señor que denunciaba un robo nos hizo el favor de llamar un taxi para que nos llevara a casa de mi abuela, adonde llegamos a salvo.

Para el año 2001, el Observatorio del Delito Organizado de Venezuela registraba 60 casos de secuestro al año; cifra que, para septiembre de 2015, aumentó a 1000 secuestros al año, según la misma fuente. Actualmente, en Caracas se roban 95 vehículos al día, según el Ministerio para Relaciones Interiores Justicia y Paz.

No volvimos a ver a Harry, y tampoco hemos logrado reponerlo. Para marzo del 2002 -fecha en la que el seguro nos devolvió el dinero- la inflación, y más de una deuda que demandaba solvencia, redujo la cifra ya vencida. Aunque compramos nuevos bolsos, cuadernos y Gameboys, seguí extrañando las peleas de mis hermanos, los 20 minutos de sueño extra en la mañana y toda la magia de nuestro Harry Ford Fiesta. Su pérdida significó para todos un mal trago de paranoia, rabia, ansiedad y terror que nos persigue y ahoga hasta el presente.