CORIWEB

La ruta de María Corina Machado

‘Se los dije’, publicó en su cuenta de Twitter el 30 de marzo de 2017. Con la certeza de que los hechos le habían dado la razón, María Corina Machado resumió en tres palabras todo lo que, por años, había llevado dentro. El tuit era un desahogo y una certeza. Tras las sentencias 155 y 156 del TSJ, la fundadora de Vente Venezuela parecía dirigirle su mensaje a aquellos que, durante tanto tiempo, la tildaron de radical. Era su momento, o por lo menos así lo sentía. ‘Golpe de Estado. Formal y declarado’, tuiteó minutos más tarde, para luego pasar a explicar que eso que pasaba con la Asamblea, esa pérdida de facultades, era consecuencia del estéril diálogo moderado por los Zapatero, Samper, Fernández y Torrijos a finales del año pasado. Las soluciones al problema, para ella, eran la Carta Democrática, el 350 y calle hasta la salida del gobierno. Más de cuatro meses han pasado desde ese entonces y la calle, que llegó a ser rutina, padece el frío de la incoherencia. El chavismo no es que no ha salido, sino que ahora, Constituyente mediante, parece tener más poder que nunca. La oposición, luego de la instalación de la ANC, está ante sus horas más bajas. La polémica decisión de asistir a las regionales ha dejado a más de uno al borde de la locura y la MUD luce fragmentada. ‘Es dictadura. Nos quedamos políticamente solos, pero del lado de la gente y sin perder el objetivo para terminar con este régimen ya’, informó Machado vía Twitter el pasado 9 de agosto, para dar a conocer su postura frente a la decisión de los demás partidos de la Unidad de asistir a los comicios. Al igual que con el ‘Se los dije’, la dirigente anunciaba el inicio de un nuevo ciclo. Uno que, esta vez, le tocaría enfrentar desde el aislamiento. En medio de esta coyuntura, el equipo periodístico de @RevistaOJO fue a la sede de Vente Venezuela para pulsar su opinión sobre diversos temas y esto fue lo que nos dijo:

–Usted decía el día cincuenta de protestas que, en ese período de tiempo, la oposición había derrotado a la dictadura, que había avanzado bastante (“se acerca la hora definitiva”). Y el día cien, a la espera del #16J, usted hablaba de veredicto. ¿Cuál era el escenario que tenía María Corina en su cabeza para derrocar al gobierno? ¿Cuáles eran esos pasos? Decía que faltaba poco…

–Las dictaduras salen cuando son enfrentadas con firmeza, con determinación, con coraje cívico. Y eso fue lo que se desató en Venezuela hace 139 días. Fue un movimiento social que se convirtió en rebelión popular. Y que hizo que se produjeran quiebres indispensables para que una dictadura como esta, que no es cualquiera, salga del poder. Esto es un Estado mafioso y tenemos que asumirlo, porque eso genera una serie de incentivos y de comportamientos distintos a los que tienen dictaduras convencionales.

¿Qué hemos logrado en estos cuatro meses? Primero, nunca el país había estado tan unido como está hoy. Nunca. Tenemos más de 90% de los venezolanos diciendo: ‘Se tienen que ir ya’. En esa unidad han estado todas las regiones del país, todas las generaciones, todos los sectores. Ahí estaban chamos que vienen de La Bombilla, Petare, luchando detrás de uno que quizá estaba estudiando afuera y que se vino de vuelta para su país. Por otra parte, se fracturó el chavismo. Hay unas fracturas, incluso, que no se han hecho públicas todavía, porque se estaban generando en estos últimos días. Se han producido grandes disidencias dentro de las Fuerzas Armadas, algunas son públicas y otras no. Hay oficiales y soldados que han sido detenidos, que han pedido la baja porque no están de acuerdo con la represión brutal del régimen y con la entrega de la soberanía del país. Y, finalmente, está la cohesión internacional alrededor de una política de acciones. Es decir, vivimos muchos años la indiferencia (de la comunidad internacional). Vivimos en el último tiempo la retórica, pero comenzaron las acciones. Las acciones de verdad. Y todo esto va orientado y cogiendo fuerza en una sola dirección, para llegar a ese punto Q de energía en el cual Maduro y el régimen entiendan: “Mira, pana, nuestra única opción es aceptar una negociación que implique salir de aquí”.

–¿Y usted cree que con la presión de calle iba a llegar ese momento?

–La presión de calle lograba que esas cosas ocurrieran. Y después se retroalimentaban. Porque en la medida en que más actuaba la comunidad internacional, más se estimulaba la calle. En la medida en que la calle producía quiebres en el chavismo, la comunidad internacional… ¿Me explico? Son todas variables que se autoestimulan.

–En ese contexto, ¿cómo caería Nicolás Maduro? ¿Negociación? ¿Renuncia?

–Yo quisiera que fuese por una negociación. ¿Cómo se formalizaría? Eso es lo de menos. Pero se tiene que ir. Una negociación, pero una negociación de verdad. Una negociación que diga: ‘Mire, señor, aquí están las garantías y estos son los términos para que te vayas’. Esa es la única que aceptamos. No una negociación como las que nos han tratado de vender, al estilo Zapatero, en octubre del año pasado. Estábamos en una situación parecida, donde había mucha fuerza en la calle, la comunidad internacional presionando, Maduro con el agua al cuello y entonces apareció Zapatero en una operación cubana donde nos madrugaron con un supuesto diálogo y donde el propio cardenal Urosa dijo: ‘Se burlaron hasta del papa Francisco’. Y era lo único que quería el régimen: tiempo, oxígeno. ¿Y para eso qué necesitaban? Parar la protesta y decirle al mundo: ‘Miren, ¿cómo que hay un problema en Venezuela? No haga nada. Aquí ya todo el mundo se sentó en una mesa a dialogar’. ¿Y qué nos dijeron?: Aquí hay dos opciones. ‘O dialogamos o nos matamos’. ¿Y qué pasó?: Dialogaron y nos mataron.

¿Cuál es su opinión sobre un posible alzamiento militar? ¿Contempla esa alternativa?

Nosotros lo hemos demandado. Y el 16 de julio le dimos un mandato, 7.600.000 venezolanos, a las Fuerzas Armadas para que cumplan la Constitución, bajen las armas y se pongan del lado de un pueblo que legítimamente lucha por su libertad y por su dignidad. Dignidad que le ha sido pisoteada por la FANB.

–¿Y eso se traduce en?

‘No reprimo más y no reconozco la Constituyente’. Porque al final algunos pensarán: ‘Es que la Constituyente nos destruyó’. Todo lo contrario. Yo lo dije, yo lo dije cuando Maduro planteó la locura de la Constituyente: ‘Se fregó’. Porque la Constituyente cohesionó a todos los sectores internacionales que tenían dudas de qué era lo que pasaba en Venezuela. Porque (Maduro) se quitó la careta. La Constituyente es constitucionalizar la dictadura cubana, el Estado comunista. ¿Qué parte no ha quedado clara? Olvídate de alcaldías, gobernaciones, Asamblea Nacional. Destruyen todo. Olvídate de la propiedad, el sector productivo, la universidad. Es el Estado comunista. Ellos lo han reconocido. Entonces: ¿Qué es lo que ahora quiere el régimen? Que la sociedad venezolana reconozca la Constituyente. Eso es lo que quieren, porque piensan que con eso nos van a someter, que eso sería la rendición final. Por eso todas esas acciones que están haciendo ahorita. Todo este tema de las elecciones regionales, esto es Zapatero dos.

¿Qué palabra usaría para calificar a quienes voten en las regionales?

Yo no los descalifico. Yo creo en la libertad individual. Cada quién decide lo que quiere hacer. No voy a llamar a una persona para decirle qué hacer, si tiene que tomar una dirección y otra. Esa no es nuestra ruta. Yo creo que esa ruta es la que quiere el régimen: legitimar y reconocer la Constituyente. Me parece que tenemos que recordar lo que fue uno de los logros más importantes de estos meses de lucha: La Declaración de Lima. Mira este punto: la decisión de estos países de no reconocer a la Asamblea Nacional Constituyente ni los actos que emanen de ella por su carácter ilegítimo. Eso incluye las elecciones regionales. Ayer lo dijo Tibisay Lucena.

–¿Qué piensa de esos diputados que están dejando su cargo en la Asamblea Nacional para lanzarse a gobernaciones?

–Yo creo que tienen que escuchar a la gente. Y hay un mandato, el del 16 de julio. Yo tengo tantos compañeros honorables que quiero, respeto, admiro mucho, en todos esos partidos. Son gente buena. Y a ellos lo que les digo es: confíen en la fuerza de los venezolanos. Hay algunas personas que les han hecho creer que no tenemos fuerza y entonces no se puede sacar al régimen, que no hay nada que hacer…

–¿Qué le responden ellos? ¿Por qué no siguieron con el camino de la calle?

–Créeme que hay muchos que lo están pensando. Hay muchos que están reflexionando… Como te digo: esa es la política que decidió el régimen y un sector de los partidos políticos. Yo estoy con la gente, con la política de los ciudadanos. Es una política de coraje. Es la estrategia de la fuerza, del sí podemos. Es la estrategia de decir: íbamos por la ruta que es y hay que seguirla. Es la ruta que te dice: ‘El mundo entero hoy nos acompaña’. Y hay que crear una coalición ética de ciudadanos, de gente a la que nos unen los principios y los valores: la verdad, la integridad, la justicia, la solidaridad, la valentía, la dignidad. Esos son los valores por los que uno da la vida. Eso es lo que yo he visto con estos chamos en la calle.

–¿Se jugó con las expectativas de la gente?

–No. Yo no diría eso. Yo al menos asumo mi responsabilidad. Lo dije el primer día y lo digo hoy: sí se puede. Ahora, yo soy franca: sí dimos un paso para atrás. Hay que hablar con la verdad. Y hay gente que en este momento se siente decepcionada, muy brava, triste.

–Es que se está diciendo desde el primer día: “Vamos a salir de esto, vamos a salir de esto”…

–Y ‘¡Vamos a salir de Maduro!’. Entonces hay gente que dice: ‘Ya va. ¿Otra vez? ¿Otra vez?’. Entonces yo lo entiendo, yo comparto ese dolor. Pero el régimen lo que quiere es dividirnos y desmoralizarnos. Venezuela está más unida que nunca. Unos se fueron un rato por un canal que no es…

–¿Y cómo van a volver?

–Bueno, que regresen. Yo no le voy a cerrar la puerta a nadie. Pero lo importante es que nosotros no podemos detenernos.

–¿Tiene la fuerza María Corina y Vente Venezuela para capitalizar y agrupar a todas esas personas que, como dices, hicieron un mandato y esperaban una ruta? ¿Están en la capacidad para convocar manifestaciones multitudinarias sin el apoyo de los otros partidos?

–Yo creo que la sociedad venezolana tiene la determinación de crear esa coalición ética que tendrá distintas formas de lucha. Además, cada etapa va evolucionando. Y si es necesario llegaremos otra vez al momento de grandes movilizaciones. Pero hay muchas otras cosas que hay que hacer para terminar de socavar los pilares que le quedan de soporte al régimen que está muy débil. Muy débil.

–Su opinión sobre la opción militar, sobre las palabras de Donald Trump…

–Nadie va a creer que en la América Latina del siglo XXI es posible una invasión militar. Eso no existe. Ahora, lo que sí hay en Venezuela es una invasión cubana. O es que acaso no tenemos conciencia de que los cubanos están manejando los sistemas de información y de identificación de los venezolanos. Los grupos y los cuerpos de seguridad y de inteligencia. La notaría, los registros y las fuerzas armadas. Yo, siendo diputada, a la Comisión de Defensa de entonces le llevé una lista con los nombres y apellidos de los generales cubanos que estaban en ese momento en un grupo que se llamaba el GRUCE. El grupo de Coordinación y Enlace en el CEO (Comando Estratégico Operacional), en Fuerte Tiuna. Yo se los llevé y no hicieron nada. Nosotros sí sabemos que ahí hay una invasión, como hay una invasión de la guerrilla, que llega ya al corazón de Venezuela, una invasión del narcotráfico, de contrabando, de todos los crímenes y las redes mafiosas del mundo que se han asentado en el país. Ahora, para eso, para desmontar ese Estado mafioso, esa narcodictadura, sí necesitamos respaldo internacional.

 

–¿Cómo sería esa ayuda? En hechos concretos…

–La Declaración de Lima dice en el punto cuatro: “Los actos jurídicos que conforme a la Constitución requieran autorización de la Asamblea Nacional, sólo serán reconocidos cuando dicha Asamblea los haya aprobado”. ¿A qué se refiere esto? A operaciones de crédito público, endeudamiento. Es decir: ‘No reconocemos créditos y nuevos financiamientos que no tengan la aprobación de la Asamblea Nacional legítima’. Esos son actos concretos. Porque eso es lo que le cierra el chorro a los bonos de sangre que ha estado financiando la tiranía. Hay mucha gente con intereses muy oscuros que tratan de disfrazar que no están con el régimen, pero reciben dólares a diez. ¿Mientras el país se muere de hambre a cuánto? ¿A cuánto está ahorita? ¿Quince mil? Ya uno ni sabe. Ah, pero ellos lo reciben a diez. ¿Tú crees que ellos quieren que Maduro se vaya? ¿Y los que tienen bonos de la deuda? ¿Tú crees que esos quieren que Maduro se vaya? ¿Y los que reciben concesiones petroleras y concesiones del arco minero y están haciendo toda la plata del mundo? ¿Tú crees que ellos quieren que Maduro se vaya? Y ahí hay venezolanos y capitales extranjeros muy muy oscuros.

–¿Qué otras medidas considera?

–Yo creo que las sanciones, pero de una forma mucho más amplia y mucho más pública. ¿Embargo? Aquí está el embargo de armas: punto trece de la Declaración de Lima: “Su llamado a detener la transferencia de armas hacia Venezuela a la luz de los artículos 6 y 7 del Tratado sobre el Comercio de Armas”.

Ahora bien, sobre el tema petrolero: ¿Quién destruyó, quién sancionó a PDVSA? PDVSA está produciendo hoy la mitad de lo que producía antes de que comenzara esta bonanza petrolera. PDVSA está quebrada y eso es algo que nosotros los venezolanos no terminamos de procesar. Quebraron a la gallina de los huevos de oro. ¿Y ahora qué? Porque eso es lo que tenemos que pensar. ¿Qué va a pasar el día siguiente a la salida de Maduro? ¿Cómo vamos a reconstruir este país? Claro, se robaron un poco de real que tiene que volver, porque esa plata el mundo la tiene que identificar y traerla de vuelta. Esa es una de las cosas que yo le propongo a la comunidad internacional para que lo haga ya. Nosotros lo llamamos un Fondo Internacional para la Reconstrucción de Venezuela. Ya se han identificado más de 20 mil millones de dólares robados. Y es muchísimo más. Multiplica eso por diez. Ese es el tipo de cosas que hay que hacer. Decir: ‘Miren, aquí está la plata. Y se la robaron fulanito, fulanito, fulanito y fulanito’. Y que cuando este régimen salga esa plata regresa a Venezuela. ¿Qué tal? Ese es el tipo de cosas que necesitamos.

–De aquí a que termine el año, ¿cómo ve estos meses que vienen María Corina Machado?

–¿Tú sabes lo que yo digo? Que solamente los venezolanos entendemos lo que significan 24 horas. 24 horas es largo plazo. ¿O no? El mundo te dice… ‘En los próximos 24 meses…’ y nosotros morimos de la risa. Lo que es un mes en cualquier otro lugar, nosotros lo vivimos en un minuto. Hacemos ejercicios de planificación estratégica, con todas las variables, todos los escenarios y después: pum, cae un meteorito, porque son las cosas que pasan en Venezuela.

–¿Las regionales son un meteorito?

–No. Están muy bien pensadas. Es una operación cubana.

–Pero para usted, que tenía una planificación…

–No, señor. Eso se estaba anunciando desde hace muchos meses.

–Sabía que podían llegar…

–Pero, ¡claro! Y además todos dijeron: ‘No. Es inconcebible regionales si hay una Constituyente’. ¿O no lo dijeron? Ahora, allí no es donde está mi preocupación. Yo no me voy a quedar ahí pegada. Nosotros ya le dijimos al país lo que pensamos de eso. Es un error. Por favor, no lo cometan. Pero vamos a concentrarnos en lo nuestro. En lo que sí es, a mi modo de ver, indispensable para sacar este país adelante. Y lo primero es una lucha espiritual y emocional, y esa no la podemos perder. Esta gente lo que quiere es hacernos sentir derrotados. ¡Y esa lucha no–la–vamos–a–perder! Los espacios que no podemos perder son los de la dignidad, el coraje, la fuerza, la conexión entre los venezolanos. Esos espacios no los vamos a perder.

–¿Cómo hacer para no perderlos si ya no vienen grandes manifestaciones? ¿Cuál es el trabajo ahora?

–Bueno, es un espacio ahorita de reencontrarnos. De articulación entre sectores. Están los artistas, los familiares de las víctimas, los sindicatos, los productores… Por aquí yo he estado recibiéndolos a todos, yendo a sus sedes, escuchando. Aquí hay unas ganas y una disposición para luchar más fuertes que nunca. Porque todos los venezolanos sabemos lo que aquí está pasando. O sea, esta crisis humanitaria… Por cierto, cuando nosotros lo advertimos, hace cuatro años, me dijeron: ‘Exagerada, radical, impaciente, aquí jamás habrá una crisis humanitaria’. ¿O no? Me quedé corta, desgraciadamente. Esta crisis humanitaria está a punto de convertirse en una catástrofe. Nosotros no sabemos lo que es una hambruna. Eso puede ocurrir pronto. Actuemos. Actuemos. Actuemos de verdad.

Demonstrator take cover during clashes at a protest against Venezuela's President Nicolas Maduro's government in Caracas, Venezuela, July 10, 2017. REUTERS/Andres Martinez Casares

Fusilamiento en el puente (y otras historias)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

El mejor termómetro para medir la convocatoria de una marcha es la cola que deja. Y la del sábado pasado marcó una temperatura bajísima. Exactamente quince minutos después de que la marcha arrancara de Parque Cristal, la vida en la Francisco de Miranda era la de cualquier sábado al mediodía: camioneticas y carros transitando, gente caminando, negocios abiertos. No había rastro y ni siquiera sospecha que de allí hubiera salido manifestación alguna. Lo mismo en Altamira: todo estaba absolutamente normal. Fue apenas en Chacao, a mediados de Chacao, y luego de transitar a paso veloz un buen número de cuadras, que el indicio de una marcha se hizo presente: estaban sentadas en un banco dos personas de gorra tricolor. Habría entonces que transitar dos cuadras más para toparse con un par de patrullas que cerraban la calle y luego llegar a Chacaito para encontrarse, allí sí, con la manifestación, que había caminado rapidísimo (otro indicador infalible: marcha grande camina lento) y estaba ya comenzando a bajar a Las Mercedes.

La Alfredo Sadel, su destino final, fue una pequeña reunión de lugares comunes. La vista desde la tarima era desoladora: apenas y un pequeño grupo de personas, inflado por una bandera gigante extendida en toda su dimensión bajo un sol inclemente. Hubo micrófono abierto, cantada de himno, proclamación de consignas y par de discursos de Freddy Guevara y Delsa Solórzano, pero nada reseñable. Solo la comprobación del radical divorcio que hay entre pueblo y dirigencia, en el peor de los momentos posibles.

II

Las malas ideas siempre vienen precedidas de una advertencia. La vida avisa. Y la fotógrafa de pelo largo (imposible reconocerla con todo el equipo anti motín encima) dijo “¿para qué?” inmediatamente antes de que un grupo de casi veinte trabajadores de la prensa decidiéramos cruzar el puente de Las Mercedes. Su pregunta tenía respuesta: lo hacíamos para poder ver algo. Aproximadamente quince minutos tenían enfrentándose en el comienzo de Las Mercedes, por el CVA, un pequeño grupo de la resistencia con otro grupo (pequeño también) de la GNB, luego de concluida la marcha. En ese pésimo punto, donde no hay con qué cubrirse y la GNB desde arriba tiene vista y ángulo para hacer lo que le da la gana, habíamos estado en todos los lugares posibles hasta que terminamos en esa especie de túnel que está debajo de la autopista, desde donde se oía todo y no se veía nada. Y cuando ya la situación pareció calmarse, entonces decidimos cruzar. “¿Para qué?” dijo la fotógrafa de pelo largo, pero igual se vino con nosotros. Y entonces comenzó una andanada de disparos en ráfaga en contra nuestra: desde arriba, la GNB jugaba a fusilarnos.

Los sonidos eran tres y violentos: un ‘po’ seco (el de la detonación), un ‘pin’ metálico (el de cuando los perdigones pegaban de las barandas del puente) y un ‘zzzz’ fugaz (el de cuando pasaban zumbando cerca). Se sucedían incesantemente, en paralelo y por todas partes: así se escuchaba la banda sonora de nuestro ajusticiamiento, a la que se sumaban interjecciones, gritos y exclamaciones. Si lo planificaron o no, eso sería especular, pero lo calcularon bien: comenzaron a disparar en el momento exacto en el que devolverse dejaba de ser opción y cruzar el puente todavía se llevaría tiempo. La aparición de los perdigones tuvo, además, dos efectos físicos: nos encogió a los periodistas (que empezamos a correr agachados y apretándonos unos con otros) y alargó el puente (cuyo trayecto se nos hizo interminable). En el cruce, ardor en la pierna: un perdigonazo. El dolor al momento es intenso, pero puntual y localizado. El jean amortigua bastante y bien. No pasa así con la camisa blanca del periodista español que está a mi lado, que en un instante comienza a teñirse de rojo en la manga del brazo derecho, donde le dieron.

Al otro lado del puente las caras son de desconcierto. Casi nadie entiende y mucho menos cree lo que nos acaba de pasar: nos dispararon desde arriba cruzando un puente. Todos hacemos conteo de daños. Casi todos tenemos algo, pero el más grave es el español, al que atienden los paramédicos. Un fotógrafo joven se quita el casco y enseña la huella que dejaron dos perdigonazos contra éste: le voló la pintura y lo hundió un poco. Él lo ve entre incrédulo y turbado. Entonces, saca un rosario tricolor, lo besa y se lo enrolla en la muñeca.

III

No copiosamente, pero llora. Es una mujer ya mayor, delgada, de pelo corto y canoso, que se lamenta por un nombre que la grabadora no registra pero que pertenece a quien probablemente sea su esposo: un hombre entrado en años al que la GNB, en una redada sorpresa, se acaba de llevar en Colinas de Bello Monte. Y es que luego de perder la pelea en Las Mercedes, un grupo todavía más pequeño de jóvenes encapuchados decidió irse hasta la Principal de Colinas a drenar su frustración: armaron dos endebles barricadas y comenzaron a lanzar piedras contra la autopista, desde donde la GNB, que pasaba cada cierto tiempo por allí, les disparaba perdigones. Durante dos horas, el enfrentamiento fue cíclico y rutinario, pero cuando la prensa comenzó a retirarse, entonces sí la GNB se paró en la autopista y disparó incluso un par de lacrimógenas. Volvió entonces la prensa y con ella una calma de casi veinte minutos, que se vieron interrumpidos por la llegada abrupta de una brigada en moto de la GNB.

La emboscada fue breve pero efectiva, diríase quirúrgica. Aparecieron de repente y atraparon a casi seis jóvenes, algunos de ellos emblemáticos. Allí cayó el que guerreaba con el torso descubierto y se pintaba consignas sobre éste (“No soy guarimbero, soy venezolano”, decía la de su por ahora último día en libertad). Sobreviviente de un sinfín de ataques y emboscadas, cayó probablemente en la manifestación más tonta e innecesaria de todas en las que participó. Le cubrieron el rostro con la bandera tricolor que usaba para manifestar y se lo llevaron entre dos Guardias. Lo mismo a un anciano de pelo blanco, bandana negra y guantes de esqueleto, el hombre por quien la mujer lloraba. En un segundo les cambió la vida a todos. Sin la efervescencia mediática de otrora, con la calle gélida, su detención quedó en anécdota, en denuncia de twitter, en lamento de unos conocidos que ni siquiera sabían bien sus nombres ni a quien avisar.

IV

El muchacho tiembla de la rabia. Respira violentamente, más bien resuella. Tiene un palo en la mano y los ojos fijos en un fotógrafo sobre el que concentra todo su odio y vierte una cantidad inmoderada de insultos. La escena termina siendo la más irracional de una jornada que no se había caracterizado por su moderación. Pero las post-emboscadas (y las post-represiones) son siempre así: momentos de frustración, dolor y rabia, en los que los últimos demonios se terminan de desatar.

Inmediatamente después de la redada de la GNB, Poli-Baruta apareció con dos patrullas para remover los escombros y deshacer las barricadas que trancaban la principal de Colinas. Los que sobrevivieron a la Guardia fueron saliendo uno a uno de sus escondites, y la emprendieron inmediatamente contra los funcionarios de la Policía Municipal. “Cómplices”, “choros”, “vendidos”, les decían; “nosotros hacemos nuestro trabajo”, se justificaban. La situación se tornó entre trágica y cómica cuando de un lado cuatro policías cargaban una lámina de zinc que trancaba la vía para arrojarla al Guaire, y del otro lado un manifestante la jalaba para que no lo hicieran. En la acera, algunos vecinos los seguían increpando.

Fue mientras captaba e inmortalizaba uno de esos momentos, cuando un fotógrafo fue abordado por un muchacho de la resistencia. Que parara inmediatamente, le exigía, que nada de fotos con la cara descubierta, que borrara inmediatamente las que acababa de tomar. Lo que empezó como la ya clásica discusión prensa-resistencia, terminó de repente en una trifulca violenta, en la que al fotógrafo le partieron un palo de madera en el casco mientras otro muchacho le tiraba una de sus dos cámara al suelo. La rápida acción de otro fotógrafo logró recuperar el equipo, pero no así los ánimos, que se caldearon a niveles solares. Hubo amenazas de muerte, insultos y puños. Y aunque  algunos vecinos y periodistas intentaron mediar, la situación no mejoró ni culminó hasta la retirada de toda prensa, que se fue abucheada por algunos y con la promesa de no volver a cubrir Colinas más nunca.

V

Aunque jura que tiene dieciséis, bien podrían ser unos cuantos menos sus años. Por el aspecto, entraría en lo que el estereotipo denominaría “de la calle” y el prejuicio aconsejaría tener lejos. Pero es pilas y simpático. Caminó de Colinas a Chacao con nosotros, se puso todos nuestros cascos y alucinó cuando le dijimos que parecía un asistente técnico. En la puerta de unos chinos nos increpó con gracia: “Na’guará: no tienen plata pa’regalarme una malta, pero sí para tomar cerveza ustedes”. Se la terminó ganando. Del local, pestilente pero barato, se adueñó. Era él quien les silbaba a los chinos para pedirles más rondas, en las que aprovechaba para meter de contrabando en la orden una malta (otra) para él. Pero no abusaba. Lo hacía con gracia. “Ese pana lo que pasa es que estaba periqueado”, nos dijo sobre el de Colinas. “Y allá se quedaron dándole una coñaza por eso que le hizo al fotógrafo”. Contó que había estado preso varias veces, pero que siempre lo soltaban por ser menor, aunque con unos cuantos golpes encima. Fue uno de los que cayó en aquel famoso autobús anaranjado detenido en Plaza Venezuela un sábado. En su versión, un infiltrado de la resistencia, que insultó desde el bus a unos PNB, fue el culpable de todo. Dijo que vio torturas y hasta una cosa peor en la sede de la policía política, pero todo tan difícil de confirmar como su edad o la historia de que vive en Chacao con toda su familia y que cuando no guarimbea cursa III año de un bachillerato del que no parece tener noción. Lo cierto es que era simpático, cargó unas cuantas maltas a la cuenta, y, como siempre, ninguno sabe si lo volverá a ver.

TRANCAZOWEB

El trancazo que no fue

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El trancazo que no fue estuvo convocado por dos diputados jóvenes, que aparte del nombre (Juan) y el cargo han compartido también el primer frente de las protestas: Requesens y Guaidó. Lo hicieron en un tono de súplica, casi de ruego: “Le pedimos al pueblo, a aquellos que nos echan sus abrazos y regaños, que lo sigan haciendo, pero que también nos acompañen en las calles (…) les pedimos que no abandonemos las calles ni el compromiso que hemos venido teniendo. Sigamos movilizándonos”. Estuvo aderezado, además, por dos hechos de alcance sucedidos en la madrugada: el asalto al Hemiciclo de Sesiones por parte de la GNB, Delcy Rodríguez y Darío Vivas, y la destitución vía TSJ del Alcalde de Chacao, Ramón Muchacho, con sentencia de 15 meses de cárcel.

En cualquier otro momento, habría bastado apenas uno de esos sucesos para encender la calle a niveles de la Roma de Nerón. El martes, sin embargo, no alcanzaron los tres juntos para cerrar, si quiera, la mitad de las avenidas que en cualquier otro trancazo se cerraron en el municipio al que le acaban de quitar el Alcalde. El trancazo no es que fracasó estrepitosamente, es que sencillamente no pasó, no ocurrió, no fue, y dejó en evidencia lo que desde hace días ya se advertía con bastante claridad: la total desconexión, el divorcio absoluto, entre la gente y los líderes de oposición.

El antecedente más inmediato fue el viernes pasado, en una marcha que estuvo a punto de no ser (se pospuso dos veces) y sólo al final terminó siendo, y bastante pequeña (“¿la suspendieron otra vez?”, nos preguntó a los periodistas una señora ante la poca cantidad de gente que había). Ese día, en Plaza Altamira, donde apenas había dos diputados (la mayoría de ellos se concentró en Parque Cristal, hay que decirlo), el discurso de la anti-política (o de la anti-dirigencia, para ser más precisos) fue pronunciado con ferocidad por espontáneos y aplaudido a rabiar por los presentes. Dos cosas criticaban: la inacción (ese fue el primer acto de calle luego de la elección de la Constituyente, y tuvo lugar seis días después) y la convocatoria a las regionales.

En la  marcha, el diputado Carlos Paparoni (herido con una metra en la pierna y revolcado por la ballena hasta quedar inconsciente en la autopista en manifestaciones anteriores) fue abucheado, insultado e increpado por los manifestantes mientras transitaba la Francisco de Miranda. Era el mismo Paparoni que mes y medio antes, brazo en cabestrillo, arrastraba gente al Distribuidor Altamira entre aplausos, vítores y aclamaciones incluso de los mismos encapuchados. Pero los tiempos cambiaron radicalmente.

Lo que se recoge en la calle es que la gente está entre decepcionada y dolida. Ese sábado todavía había rabia, pero ya mudó a otro estadio: la indiferencia. ‘Si lo que les importa es una cuota de poder’, razonan varios, ‘pues que vean cómo la obtienen y no cuenten más con nosotros’. Es difícil determinar si ese es el sentir de la mayoría del pueblo opositor, pero sí por lo menos de los más ligados a la resistencia, que eran los que todavía salían a la calle (que, dicho sea, se había ido vaciando paulatinamente gracias a la represión, sobre todo desde que comenzaron las emboscadas en moto, hará cosas de dos meses).

La mala noticia es que la dictadura sigue, y aunque en discursos se diga que está en su peor momento, el de la oposición no luce mejor: ha perdido, pareciera, todo vínculo con la gente. Se habla sola y a sí misma. No convence, no persuade, no convoca, no tiene con qué resistir y mucho menos con qué defenderse. A Chacao, probablemente el más opositor de los municipios (o al menos al que mayor cantidad de protestas ha congregado) y en el que se encuentran lugares emblemáticos de la lucha, le quitaron el alcalde sin protesta ni costo alguno. Y eso ya lo dice todo.

UNIDADWEB

Unión o tragedia

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

“Acaban de tomar La Carlota”, dice el hombre. “¿Sí?”, le pregunta la mujer. “Sí. Y están reportando varios heridos”. Silencio. “Dicen que hay varios militares muertos”, agrega. “Y en Valencia los helicópteros están disparándole a la gente”, continúa. “¿Pero por qué?”, cuestiona la mujer. “Bueno, por lo del alzamiento”, le responde. “¿Entonces sí es una cosa seria?”, inquiere. “Claro. Es un golpe”, afirma él. Son marido y mujer, y forman parte de los privilegiados (madrugadores todos) que consiguieron entrar al Aula Magna de la UCAB. Están sentados adelante y a la derecha, justo donde terminan los puestos de la prensa, y eso ya es mucho lujo: a las 10 de la mañana del domingo no cabe una persona en el recinto y afuera todavía hay una cola grande de gente. Los encargados de logística y protocolo hacen un esfuerzo descomunal por habilitar rápidamente otra sala con una transmisión en directo del evento que nadie se quiere perder: el encuentro entre los principales líderes de la oposición y del chavismo crítico. El problema es que el ruido de sables enturbia el ambiente. Cuando por fin los hasta ayer enemigos, hoy sólo adversarios, han decidido acercarse y unirse, parece que todo se precipita y los militares entran en escena. Las informaciones son confusas y el único termómetro para medir su gravedad es la presencia de los ponentes: si asisten todos, el golpe habrá quedado en whatsapp.

II

Pasadas las 10:30 AM ya se sabe que el golpe, si lo hubo, fracasó. Sentados en perfecto orden están, a la izquierda, José Luis Cartaya (coordinador operativo de la MUD), Ángel Oropeza (secretario general de la MUD), Henrique Capriles (líder de la oposición), Julio Borges (presidente del Parlamento), Freddy Guevara (primer vicepresidente de la AN); y a la derecha Nicmer Evans (ex secretario de Marea Socialista), María Gabriela Ramírez (ex Defensora del Pueblo), Eustoquio Contreras (ex diputado del PSUV), Miguel Rodríguez Torres (ex hombre de inteligencia de Chávez y ex Ministro del Interior de Maduro) y Germán Ferrer (ex diputado del PSUV y pareja de la Fiscal Luisa Ortega Díaz). El Aula Magna los recibió a todos con una sonora ovación en la que Henrique Capriles –“¡Flaco, te amo!”– se llevó la mejor parte, y tras la cual el rector Virtuoso les lanzó de una un desafío bolivariano: “’¡Que cesen los partidos y se consolide la unión!’, dijo el Libertador. Pues bien, hoy necesitamos que se consolide un liderazgo comprometido para construir la unión nacional que nos saque de esto”.

III

En un concurso de imitadores de Fidel, Eustoquio Contreras, el primero de los ponentes, se habría llevado la medalla de oro: en el podio se para, apoya y gesticula igual que el Castro de discursos eternos en la Plaza de La Habana. Como el fallecido dictador cubano, Contreras también es buen orador: sabe enfatizar y callar, también hacer uso de los suspensos. Y tiene, además, agilidad mental y rapidez para improvisar con gracia –“¡aquí estamos en 350!”, replicará cuando le digan que su tiempo terminó–. Diputado del PSUV hasta ayer, ahora integra con Germán Ferrer el llamado Bloque Parlamentario Socialista. “Chávez nos enseñó que los enemigos eran los que atacaban la Constitución del 99 y los aliados los que la defendían”, dice, haciendo uso de la paradoja. Pero no se queda en el legado. “En estos 17 años no pudimos llenar las expectativas y nuestros males se han agravado”, reconoce. “Tenemos una co-responsabilidad histórica en los problemas del país”. Ante la situación, su propuesta es una: “Hacer el gran esfuerzo de entendernos”, dice, para luego elogiar unas palabras que iban en ese sentido dichas por quien el califica como “un gran líder de este país”, que resulta ser Henrique Capriles, quien al final le da la mano sonreído y agradecido.

IV

Freddy Guevara será, durante toda la jornada, el más serio de la oposición. Mientras Borges y Capriles se mostrarán siempre prestos a asentir y aplaudir prácticamente cualquier cosa que digan los otros, Freddy lo hará sólo con lo que está de acuerdo y sin excesivo entusiasmo. Es el segundo al bate y arranca revelando una pregunta que le llega vía mensaje: “¿Qué haces sentado con gente que te hizo tanto daño?”, a la que le da una respuesta pública: “Porque hay una responsabilidad histórica superior por articular acciones que nos permitan frenar la barbarie (…) estamos en un momento determinante que requiere la unión de todo el país”. Luego sacará a flote ese profesor que siempre lleva dentro y comenzará, pedagógicamente, a explicar cómo caen las dictaduras, por qué es imposible que se sostenga una si la mayoría está dispuesta a cambiar y el papel que juega en ello la Constituyente: “Este es el inicio del desencadenante histórico de una rebelión que nos llevará a la libertad”.

Su discurso se ve interrumpido por un barullo. “Parece que llegó”, dice Freddy y ve a Ángel Oropeza. “Parece que es así”. Y cuando todo el mundo piensa en el SEBIN, por la puerta lateral inferior aparece Luisa Ortega Díaz. “La mujer antorcha”, como la llaman sus detractores, es de figura esbelta y estilizada. Alta (pero ayudada con tacones, dicho sea) y de brazos largos y delgados, luce frágil. La recibe una sonora ovación de aplausos, a los que responde alzando las manos y sonriendo, con la boca abierta y los ojitos chinos. Vieja conocida, es la ex Defensora del pueblo la primera que se acerca a saludarla. Luego hacen lo propio Nicmer Evans (beso en el cachete y apretón de manos), Miguel Rodríguez Torres (abrazo, apretón de manos, y apretón de cachetes), Germán Ferrer (beso y mano cariñosa de ella en su cara) y el rector de la UCAB, con quien comparte unas breves palabras. Luego de ello, Gerardo Blyde, diligente como nunca, sale de entre el público para subirla a la tarima y buscarle una silla, que es puesta en el mero centro de los ponentes, como para no achacarle tendencia alguna.

Entonces Freddy vuelve a retomar su discurso y se aprovecha de la presencia de la Fiscal para ello. “Si la falsa constituyente nombra a Taerk William Saab como Fiscal usurpador, todo el pueblo de Venezuela reconoce a Luisa Ortega Díaz como la única Fiscal General de Venezuela”. Lo dice gritando y el público responde aplaudiendo rabiosamente. Sonriente, ojos chinos y boca abierta otra vez, la Fiscal, que desde que se sentó había estado ojeando una Constitución, le extiende un brazo cual Miss, le dice gracias y se levanta a recibir su ovación, mientras Freddy sigue metiendo candela. “Así como Julio Borges es presidente de la Asamblea, Luisa Ortega es la Fiscal General y todo el país se une a defender la Constitución”. Los aplausos continúan hasta que Ortega se sienta. Entonces Freddy se mete en honduras lingüísticas (“el primer paso para la desobediencia es la verbalización”) y termina prometiendo una Miraflores (“pero no para sacar a Maduro sino para juramentar a un nuevo presidente”).

V

La Fiscal Constitucional Legítima de la República, como la presenta el ceremonioso ceremoniero, no es (y nunca será) una buena oradora. De ella, apenas y se pueden sacar fragmentos, oraciones sueltas y aisladas. Su intervención arranca mal y continúa mal, pero, improbablemente, termina bien. Comienza intentado hacer un chiste sobre las dificultades con el micrófono y su altura (“lo que pasa es que tengo mucho tamaño, estatura y tamaño, ¿ok? Como el pueblo de Venezuela”). Ayudada de un papelito y de una Constitución se larga a hablar: a la Constituyente la califica de ilegítima, ilegal e inconstitucional, dice que solo ha traído miedo y represión, comenta que su votación fue “muy pequeña” e informa que en el Ministerio Público hay denuncias de 25 instituciones públicas que obligaron a sus trabajadores a votar. El momento cumbre es cuando se rebela contra su destitución: “Yo desconozco esa remoción. Yo sigo siendo la Fiscal General de Venezuela”, dice, y ahí sí el auditorio se viene abajo. A los diputados les manda un recadito (“no se dejen quitar ese espacio”) y a la oposición otro, a propósito de una caricatura que vio y le pareció graciosa: “Si en las elecciones participa la oposición, entonces las elecciones no van; si no participa la oposición, sí van. Alerta con eso. Muy Buenos días”.

VI

Para ser tan feminista, como lo demostrará luego en su discurso, la ex Defensora del Pueblo, Gabriela del Mar, luce un vestido que bien podría infartar a cualquiera de sus compañeras de ideología: rosado, corto y con escote. Con todo ese cliché en tela encima, se lanza un discurso en el que todo (to-do) está abordado desde la perspectiva de la mujer. Habla de médicos y médicas, soldados y soldadas. Se va a lo anecdótico y parte de la historia de una casa en Delta Amacuro para hablar de las dificultades que en todos los ámbitos tiene la mujer en sus distintos roles y el trabajo que pasa. De su intervención, el lomito informativo está en la denuncia que hace sobre el estado del violinista Wuilly Arteaga, quien es, informa, la primera víctima de la vice fiscal Harrington y quien, desde que fue aprehendido no ha podido ver a su madre ni tampoco cambiarse de ropa. “Para mí fue muy difícil venir acá y compartir con gente a la que hemos adversado”, admite, para luego explicar que lo hizo, sobre todo, por la Constitución, que, claro, es mujer y madre: la madre de toda la Venezuela, también mujer ella, se entiende.

VII

Julio Borges, que había llegado con una gorra de la Virgen del Valle en la cabeza y se había mostrado cordial y simpático con cuanto orador hablaba en la tribuna, sorpresivamente se lanza un discurso de brega: “Nos toca seguir en las calles luchando”, dice. Menciona de pasada el hecho militar (“que no vengan con cuentos chinos: para mí es claro que la FAN es un reflejo de la crisis”) y pasa a ofrecer su lectura de la situación actual: “Este es un gobierno caído al que solo le importa aferrarse al poder, y cuando eso pasa es que está en las últimas”. Su discurso es interrumpido por la salida de la Fiscal, que se va por la puerta lateral y acompañada de Rodríguez Torres, quien sale a despedirla y decirle sabrá Dios qué. “Estamos en el mejor momento, y cuando se escriba la historia se recordará cómo en estos tiempos difíciles sacamos lo mejor de nosotros”, dice optimista. Para el final se reserva la anécdota de una reunión secreta entre Juan Pablo II y Lech Walesa: “Tienes prohibidas tres cosas”, le habría dicho el papa al líder polaco: “Odiar, matar y rendirte”, enumera Borges. “Y los venezolanos también”, apostilla para cerrar uno de los pocos discursos en los que milagrosamente no se equivocó.

VIII

Miguel Rodríguez Torres es un hombre imperturbable. Si hubiera nacido griego habría pertenecido a la escuela de Zenón de Citio: la del estoicismo. Durante todo el evento fue imposible encontrar en él un gesto de aprobación o de desagrado. Ni siquiera un rictus o una mueca: siempre la misma mirada al frente, siempre la misma expresión impenetrable, siempre ese misterio insondable. Es también un hombre de pocas palabras: de todos los oradores es el único que habla menos de 12 minutos. Arranca explicando la crisis con la que musicalizada podía ser una versión moderna de Songo-le-dio-a-Borondongo: la Fiscal dijo que el TSJ era ilegítimo, el TSJ ilegítimo dijo que la Asamblea estaba en desacato, la Asamblea en desacato declaró la falta del presidente, el presidente faltante se saltó al pueblo con una Constituyente sectaria que terminó destituyendo a la Fiscal. “En este país nadie sabe quién manda: es un país anarquizado y caotizado por la decisión del liderazgo político”, es su diagnóstico. En su opinión no hay vía rápida para resolver la crisis (“cualquier vía rápida nos llevará a errores”) y la única manera que hay para ello es la unidad: “el primer objetivo para salir de todo esto es lograr la unidad superior de todos los venezolanos (…) solo en unidad podremos recuperar esto”. En su discurso las palabras tácticas y estrategia se repiten, así como la jerga militar (“esta crisis es multifactorial y transcompleja”). El giro inesperado lo da al final, cuando habla del espíritu y de su creencia en Dios. “Todo hay que construirlo sobre la roca del amor y del perdón, que no de la impunidad. El gran reto es vacunarnos contra el resentimiento: si no, la guarimba llegará a Miraflores y los de Miraflores se irán a la guarimba”.

IX

Henrique Capriles es el último de los oradores, el responsable del colofón. Blanquísimo como un Michael Jackson cualquiera y flaco como siempre, había llegado embojotado en una chaqueta verde y una gorra tricolor, pero para hablar se desprende de todo ello. Lo que no suelta son sus teléfonos, que los coloca en el podio para transmitir en vivo. Recibe una ovación tremenda, mucho mayor que la de la Fiscal. Aunque el discurso se le queda largo y llega a ser en ocasiones disperso, su núcleo es el mismo de siempre: el de esa mayoría popular y electoral que se empeñó en construir y que una vez obtenida se vio frustrada porque no le permitieron votar razón por la cual tuvo que irse a las calles. “Somos una fuerza popular que quiere elecciones libres y democráticas, que se quiere expresar, pero a la que le han cerrado todas las puertas y por eso ha tenido que lanzarse a las calles”.

De las Fuerzas Armadas dice que sufren lo mismo que el resto del pueblo y que salvo sus altos rangos todos están también pasándola mal. Allí ve a Rodríguez Torres, que le sostiene la mirada pero imperturbable ni asiente ni desmiente. “¡Qué vueltas da la vida!”, exclama, “hoy somos nosotros los que defendemos una constitución que no redactamos”, dice. “No vinimos a defender el proyecto de nadie, sino todo lo contrario: el de todo un país”, aclara.

Cuando el ceremoniero va a advertirle que se le acaba el tiempo, alguien en el público le grita: “¡Déjalo que hable!”. Entonces Capriles recoge la exclamación y aprovecha para quedar bien: “No, señor. Aquí estamos en democracia. No hay privilegiados. Todos somos iguales”, pero igual se toma –“voy a tener que hacer lo de Eustoquio” – casi 15 minutos más en los que reconocerá errores –“aquí se trató también de invisibilizar la mayoría que tuvo el presidente Chávez”–, lamentar la suerte de Venezuela –“este país se está destruyendo, se va al suelo”–, pronosticar catástrofes –“aquí lo que viene es hambre”–, y, sobre todo, lanzar una propuesta seguida de una dura advertencia: “Hagamos un frente común en defensa de la patria: si no lo hacemos, después será tarde. Estamos a un paso de que la gente se aleje de la política”.

Con esas palabras cierra el acto. A los ponentes la Universidad les da una caja con regalos y allí termina todo. En el ambiente queda la advertencia de Capriles que, cuando afuera la gente se lamente de que el golpe no haya sido golpe y su esperanza matutina se haya visto frustrada, entonces se confirmará.  Y eso, como bien advirtió, “sería trágico”.

APOCALIPSISWEB

Caracas pre-apocalipsis

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Si yo fuera un mesías habría sacado ya a Maduro y aparecido la comida”: En Sabana Grande camina una cantidad considerable de gente a las 4:30 de la tarde del 29 de julio. No exactamente una multitud, y mucho menos de lo que es usual un sábado, pero hay gente. Un hombre disfrazado de Spiderman se trepa en un árbol mientras un vendedor de globos pasa tentando niños y arruinando padres. Hay buhoneros vendiendo conservas de coco y mangos verdes, que ya no se inmutan cuando un escuadrón de la PNB (uniforme negro y escopetas en ristre) pasa por una de las calles. Hace rato que la policía renunció a ser guardiana del espacio público para dedicarse netamente a reprimir, y los buhoneros lo saben.

En el boulevard hay una cola gigante, que lo atraviesa de norte a sur: la de la heladería Poma. Puede que haya más de cien personas esperando por un helado. ¿Por qué? “Porque son económicos y buenos”, explica uno de los últimos de la cola: 8 mil bolívares cuesta la barquilla gigante de dos sabores. De repente, Sabana Grande es una cuadra de gente comiendo dos bolas de helado.

Todos los bares del Callejón de la Puñalada se encuentran cerrados (¿milagro de la ley seca?). Allí sólo están los artesanos. Una cuadra más adelante, cerca del metro, dos mujeres sostienen una pancarta con letras tricolores: son evangélicas, y, salvo el oficialista, ese es el único proselitismo que se permite en el boulevard.

“A los 7 años me descubrieron el secreto de la gallina negra no montada”, explica un hombre, que se jacta de saber, además, para que sirve un cordón umbilical, una placenta, qué tipo de brujería se puede hacer con un espermatozoide de hombre o con un mechón de cabello. “¿Qué es la erisipela?”, pregunta, y sólo un señor responde. “¿Sabe usted como se cura?”, lo interpela. “Mire, maestro: ni los médicos lo saben. La erisipela se cura con un sapo cruzado 7 veces con un cuchillo y sal”. La gente alucina. El hombre hace un círculo de agua y pide que se pongan alrededor de él. Promete que va a hacer un amuleto de prosperidad. Les pide un billete a cada uno de los que estan allí y les explica que por los billetes les están metiendo brujería. Que si la plata se les va es porque de seguro alguien les montó un trabajo en un billete. Todos asienten. Pero no se preocupen, dice, yo estoy aquí para desmontar esos trabajos. Ya van a ver. Pero cuidado. No soy un mesías. Si lo fuera, ya habría sacado a Maduro y aparecido la comida, suelta antes de iniciar su ritual.

“Vine a comprar esto antes de que se acabe el mundo”: En el Centro Comercial Chacaito lo que hay son empleados haciendo tiempo. En la mesa de una pizzería están sentados todos los mesoneros hablando: no hay ni un cliente. Tampoco en una panadería improbablemente lujosa y con aires europeos. Y ni siquiera en la Parada Inteligente. Sólo la venta de cinnamon rolls tiene gente. De resto, el CCC es un desierto. Y desérticos (pero de productos) están también algunos pasillos del Central Madeirense de allí. Emblemático por ser el supermercado cuyo saqueo registraron en directo las cámaras de TV durante El Caracazo, previo al apocalipsis lo único que sobra allí es carne, alcohol (que no se puede vender, lo aclara un cartel), detergentes y chucherías. De lentejas quedan cinco paquetes, de arroz puede que diez, y de pasta ninguno. Las verduras, hortalizas, legumbres y frutas brillan también por su ausencia: apenas unos plátanos verdes y alguna otra cosa. La nevera de bebidas tiene apenas tres jugos y de resto es blanca. En la caja, dos conocidos se saludan. “¿Qué haces aquí?”, pregunta uno. “Vine a comprar esto antes de que se acabe el mundo”, suelta el otro con ironía. La cajera se ríe. Probablemente no es la primera vez que lo escucha.

“Hoy estamos aquí: mañana no sabemos”: Cualquier día y a cualquier hora, el Sambil es una peregrinación constante y continua de personas. Sin embargo, a las 6 de la tarde la cantidad de gente es mínima. Tanto, que el centro comercial luce apacible y visitable. Ello, si no fuera por el considerable número de tiendas cerradas. En la caja de una de ellas, un empleado aprovecha el internet para ver una película en YouTube: lleva por lo menos (el video lo delata) 40 minutos en eso. En Wendys hay apenas una mesa ocupada, en Arturo’s dos. Conseguir puesto en la feria de comida (una proeza cualquier día) parece algo de trámite: sobran para escoger. Ni Cinex ni Cines Unido tienen cola, y eso ya podría decirlo todo. Pero la verdadera prueba de fuego de la soledad del Sambil la da el despiste de un colega, que deja su teléfono en la terraza y se da cuenta cinco minutos después: al volver, el teléfono seguía donde lo dejó. Evidentemente, nadie había pasado. Es precisamente allí, en la terraza, donde escuchamos las maromas publicitarias del empleado de DiverXity, que tiene apenas ocupados tres puestos de la montaña rusa y dos del tornado: “Aprovechen, aprovechen: hoy estamos aquí, mañana no sabemos”. Y aunque quizás fuera sin intención, todos piensan que sí, que con la Constituyente mañana no sabemos.

“Si vienen los gringos nos van a dar machete”: El anochecer en la Francisco de Miranda da miedo. Sobre todo entre Chacao y Altamira. La avenida está trancada, sucia y destrozada. En cada esquina hay basura y escombros. En algunas, aceite. Prácticamente nadie camina por las calles y la sensación es de tierra arrasada, de devastación total. Apenas una panadería y un puesto de perros calientes prestan servicio. Son los únicos. Pero para quien quisiera grabar una película de miedo, la gran avenida caraqueña se prestaría.

En el tramo entre Altamira y Los Palos Grandes la situación mejora un poco: transitan algunos carros y hay gente caminando. En el único kiosco abierto hay una cola de casi 5 personas, y esa, dada la soledad de las cuadras anteriores, parece una multitud. Los agrupa la nicotina. Del kiosco sólo salen cajas de cigarros. Las compras de a tres y de a cuatro. ¿Es que viene el fin del mundo? Un indigente en silla de ruedas y con un sombrero mugriento dice que no. “Van a terminar viniendo son los gringos, y esos sí nos van a dar machete”.

CHIABEWEB

Hugo Chávez o la perdición del poder

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Hugo Chávez se fue callado. No pudo pronunciar ese último discurso que cerrara el círculo de sus interminables soliloquios. Su gran pieza retórica, la de despedida, quedó en hipótesis. Ni siquiera pudo decir adiós. Sólo hubo silencio. Un largo e impropio silencio de 87 días. Él, que hizo del gobierno un eterno mitin, que podía hablar sin despeinarse 9 horas seguidas; él, cuyo único talento indiscutible era el de la oratoria, murió en la más discreta mudez.

El oxígeno, al parecer, le faltó en las últimas horas. Sus pulmones de fumador ya no dieron. Pero no fue eso lo que lo mató. Esa fue sólo la consecuencia de un mal que lo aquejó desde mucho tiempo atrás: el poder.

Esa escena inicial, la de él probando y experimentando por primera vez lo que era sentirse poderoso, es imposible de recrear. Difícilmente se pueda saber con exactitud cuál fue ese punto de inflexión, ese hito en su vida. Pero lo cierto es que le gustó. De eso no hay duda. Y así comenzó una carrera desenfrenada que lo llevó a acumular poder como pocos tuvieron en Venezuela.

Chávez era ‘the boss’, el gran beta. Podía hacer lo que le viniera en gana, que es el privilegio de los realmente poderosos. A nadie rendía cuentas, sólo su voluntad bastaba. Desde la pantalla, su sede de gobierno por excelencia, ordenaba, expropiaba, sentenciaba. Era capaz de lo mejor y de lo peor, de darles casa a unos damnificados y de condenar a prisión a una jueza inocente, de becar a niños humildes y de dejar sin empleo a 3000 trabajadores de RCTV, de construir el Cardiológico Infantil y mandar al infierno a un Cardenal que lo criticaba. Gerenciando era mediocre, pero odiando era implacable.

La riqueza y el lujo parecían no atraerle demasiado. Los disfrutó, cómo no. Comió bien, se vistió con ropa fina, usó buenos relojes, se alojó en costosos hoteles y viajó por todo el mundo en un avión de primera. Sin embargo, no parecía darle tanta importancia a eso. Gustarle, le gustaría, pero lo suyo era otra cosa, lo suyo era el poder. Eso sí lo deslumbraba. Eso lo perdió.

Fue habilidoso en reclutar a su personal. Supo leer en ellos frustraciones ancestrales, rencores de cien años, traumas no resueltos, necesidades insatisfechas; y ahí se afincó. A la jueza que forjaba actas la puso a presidir el TSJ, al chofer de metrobús lo llevó a la Cancillería, al economista marxista despreciado por sus colegas de la academia lo nombró Ministro de Economía. Y así creó una corte de eternos agradecidos. No era improvisación, era estrategia, la forma de asegurarse una lealtad inmarcesible. De tener más poder, que de eso se trataba todo.

Manejó a discreción un presupuesto descomunal. Nunca un presidente tuvo tanto dinero a su disposición. Lo repartió, pero sin criterio. Tuvo nobleza en la intención, pero de ahí no pasó. Regaló y no invirtió. Casi todo quedó en humo. Pan para esos gloriosos días de abundancia y hambre para los venideros. Hizo más llevadera de la vida de los pobres, la mejoró en algunos aspectos, pero no los sacó de la pobreza. Afuera usó ese dinero para ganar amistades y establecer alianzas. Como el niño rico de la cuadra pobre, que invita a sus vecinos al club, los mete en las fiestas de su casa y a veces los monta en el carro. Así fue, sobre todo con América Latina y el Caribe. Que haya robado es algo que no consta, que dejó robar a los suyos y se hizo el ‘Don Tancredo’ con las denuncias de corrupción fue evidente. Era de manual: mientras estés bien conmigo, hasta robar puedes, yo te protejo; si te volteas, ya verás. Más lealtad. Más control. Más poder.

Lo tuvo todo. No había quien mandara como él. La nueva ‘dictadura perfecta’, popular y con pinta de democracia, la instauró él. Fidel, su ídolo de infancia, era su pana de adultez, los presidentes de Suramérica lo idolatraban, la izquierda, con sus intelectuales y cantantes, lo mimaba. Líder, hombre fuerte de Venezuela, luz de Latinoamérica, espada de los pobres, azote del imperio, martillo de la oligarquía, heredero legítimo de Bolívar, esperanza del mundo entero.

Estaba en lo más alto, en la cumbre del Olimpo. Y entonces vino el cáncer. Lo que debió ser un ‘cable a tierra’, la ducha helada para bajar la fiebre de grandeza, se convirtió en la gran hazaña que completaría la epopeya y confirmaría que él era un ungido. Y ahí se jodió todo, Zavalita. Porque no fue ni siquiera negación, que todavía. Fue confiar ciegamente en un destino que no estaba escrito, en una propiedad curativa que el poder no tenía, en una inmortalidad que no existía.

Y no hubo quien por su bien le enseñara la roja, lo mandara a las duchas y a descansar. Lo dejaron seguir jugando, a sabiendas que la vida se le iba en ello. Eso fue lo peor. Porque a fin de cuentas él era el enfermo. Podía inventarse fábulas y ficciones, curaciones milagrosas atribuibles los espíritus de la sabana o sueños con un Bolívar que le decía que no moriría. Era comprensible. Pero los otros, los que estaban alrededor suyo, sanos, que sabían lo que pasaba, que veían el deterioro, que lo oían quejarse de los dolores, que lo recogían cuando se desmayaba, ellos, que podían detenerlo, al final resultaron ser el nido de escorpiones del que alguna vez habló Müller Rojas.

El crucifijo lo cargaba siempre en la mano, lo apretaba y besaba cada vez que podía. Peregrinó por cuanto templo y basílica encontró en Venezuela. Dijo que restauraría la Iglesia de La Candelaria, donde reposan los restos de José Gregorio, y que haría un santuario en Táchira para el Santo Cristo de la Grita. A cada santo le prometía una vela. “Estoy aferrado a Cristo”, juraba. Pero en realidad se aferraba al poder. No cedía. Como el joven rico del Evangelio de Mateo, Chávez no pudo desprenderse de lo que tenía -¡es que era tan grande!- para seguir al Jesús que lo llamaba. Pretendió servir a dos señores, poder y Cristo, y eso no era posible. “O aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro”, había advertido hace casi dos mil años el de Nazaret.

Lealtad tuvo mucha, no así cariño. Porque si lo hubieran querido bien, de verdad, si hubiera habido amor y no temor, afecto y no interés, entonces hubieran impedido que se lanzara al abismo. Que eso al final fue la campaña: un abismo por el que se le terminó de ir la poca salud que le quedaba.

El esfuerzo fue devastador. Ya le costaba caminar. Necesitaba esteroides y altísimas dosis de calmantes para salir en tarima. A cada mitin le seguía una moridera. En cada uno iba dejando un poco de vida. Proverbial fue el cierre en Caracas, bajo el cordonazo de San Francisco. La naturaleza rebelándose, y él guapeando en tarima para que lo obedeciera. La misma soberbia del padre Bolívar haciéndose presente en el hijo putativo. Esa tarde bailó y saltó, y luego no pudo recorrer ninguna de las restantes 6 avenidas.

Al final ganó las elecciones. Lo logró, sí. Aguantó como un varón, también. Pero no le sirvió de nada. “Insensato, esta misma noche vas a morir, ¿y para quien será todo lo que has acumulado?”. Es la parábola del granero rico que gasta la vida guardando fortuna para él y cuando llega al tope Dios le anuncia que morirá. Es la parábola de la última elección de Hugo Chávez. Porque ni juramentarse pudo. Dos meses después del “triunfo” se fue a Cuba para no volver.

Tuvo una agonía larga y dolorosa. Da la impresión de que la vida se la extendieron más de lo recomendable, sin importar el sufrimiento. Progresivamente fue perdiendo facultades. Por perder perdió hasta el habla. Era un muerto en vida, dependiente de máquinas y cables. Y ni aun así renunció. Ya no podía, tampoco convenía. Así de perverso y retorcido: en lo último de la vida tampoco valió el hombre sino el poder. Sí, el poder, su verdadero amor, su gran obsesión, su definitiva perdición.

FOTO: Daniel Blanco

Horacio Siciliano: “Todos los días arriesgas la vida”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El de Horacio Siciliano es uno de esos casos en los que el poder seductor de la fotografía queda de manifiesto en toda su dimensión. Ingeniero de la UNIMET, poco o nada, pensaría uno, tendría que hacer entre guardias y manifestantes, entre molotov y lacrimógenas, entre piedras y perdigones. Una vida confortable, en todo caso segura, puede que mejor remunerada e indudablemente más tranquila le esperaría si se dedicara completamente a su profesión. Pero resulta que no. Resulta que a él la fotografía lo empuja (y a veces arrastra) a situaciones de riesgo en las que su vida llega a estar en peligro. ¿Cómo y por qué? Bueno, porque el 12 de febrero de 2014, el todavía estudiante Horacio Siciliano decidió acudir a la convocatoria de Leopoldo, Ledezma y María Corina (‘La Salida’), y hacerlo cámara en mano. No exactamente por ‘paveo’ pero tampoco con una misión trascendental por delante: simplemente para tener un registro personal de lo que pasara. A fin de cuentas, fotos llevaba rato tomando por hobby (de playas, montañas y paisajes), y la ocasión se podría prestar para ello. No imaginaba que ese miércoles cambiaría su vida y marcaría también la historia de Venezuela.

Tal como él lo cuenta, todo fue coyuntural: al llegar a su casa tras esa jornada difícil (la marcha acabó en un caos que dejó varios muertos y  destrozos), se topó con el silencio de los medios, que poco o nada decían de lo sucedido. Entonces, decidió compartir sus fotos, y el hambre informativa de la gente se encargó del resto: 5 mil retuits tuvo una de sus gráficas y allí entendió dos cosas: primero, que algo de bueno tendrían cuando tanta gente las compartía; y segundo, que el mayor aporte que podía hacer era ayudar visibilizar lo que pasaba. La desinformación se lo regaló y el twitter se lo confirmó, para escribirlo breve y cantando. “Ahí dije: voy a seguir tomando fotos para lo que venga”. Y lo que vino fue casi un mes de duras protestas callejeras en los que se hizo, formó y consagró como uno de los fotógrafos más populares y seguidos de Venezuela, posición en la que ahora, mientras estuvo cubriendo éstas de 2017, se reafirmó.

Aquí el diálogo con el estudiante de ingeniería que un día marchó con una cámara y regresó hecho todo un fotógrafo.

-Horacio, un fotoperiodista es alguien que

-…narra lo que ve.

-¿Qué es lo básico que se necesita para ser uno?

-Cabeza fría.

-En el foto periodismo, ¿qué es lo principal? ¿la estética o la información?

-Lo principal es la información, porque en muchos casos la foto no tendrá la mejor estética pero el contenido es superpoderoso y ya con eso vale. Claro que uno siempre trata de buscar el mejor encuadre, acomodar todo de la mejor forma posible, pero suelen ser momentos muy rápidos o en sitios en los que no puedes hacer todo con tranquilidad, entonces lo que prima es la información, aunque la estética siempre la vas a estar buscando: el ojo de uno siempre va a estar trabajando en acomodar los elementos o el encuadre, pero la información va primero.

-¿Qué opinas de la manipulación digital de las imágenes? ¿Tiene cabida en el fotoperiodismo el Photoshop, por ejemplo?

-Si estamos hablando de Photoshop, no, porque ya estás alterando la imagen y haciendo algo de otro tipo. Si vas a quitar o a agregar elementos, ya no estás contando las cosas como son: estás cambiando la historia. Si una persona estaba atrás y ya no está, estás quitando un testigo de algo que ocurrió. Una cosa diferente es un tipo de retoque, acomodar iluminación y sombras, porque estás en la calle, el trabajo es rápido, las condiciones de luz cambian rápido, y se vale que acomodes pequeños detalles. Pero más allá de eso, nada.

-¿Hay algún lente que te guste en particular?

-El Nikon 18-200 3.5 porque me permite pasar de un gran angular a llegar a 200 mm sin tener que estar cambiando de lente, ni tener tantos equipos encima. Es bastante versátil, puedes pasar rápido de todas esas distancias focales y mantiene la nitidez.

-¿Qué es una buena foto para ti?

-Una que genere emociones cuando la veas. Que la persona sienta algo.

-¿Qué opinión te merece el fotoperiodismo ciudadano? ¿Crees en él?

-Sí, sin lugar a dudas. Lo estaba conversando hace poco con una persona que tiene años en el medio y siempre me gusta escuchar: los tiempos han cambiado muchísimo, antes no se veía tanto fotoperiodista, eran puntuales. Pero eso pasaba porque para serlo tenías que aprender a usar una cámara analógica, aprender a revelar, etc; ahorita es mucho más fácil tener una cámara, subir una foto a internet, mandarla a un medio, por redes sociales. Y me parece importante porque así se deja evidencia de muchas cosas. Lo importante es que quien lo haga sea responsable, que la persona asuma el contenido como propio y sea garante de que lo que está subiendo es real. Yo creo que es bueno porque ayuda a que se sepan las cosas, pero es necesario ser responsable con lo que se publique y difunda.

-¿En qué se diferencia esta cobertura de la de 2014?

-Ha sido diferente porque en este caso no te estás cuidando solamente de alguna piedra que esté volando por los cielos, sino también de la policía y de la GNB, te estás cuidando de que ellos te roben o te agredan. Yo recibí agresiones a montón: bomba en el tobillo, en el pecho, me intentaron quitar los equipos. Estos meses han sido mucho más riesgosos por la cantidad de violencia que hay en la calle y porque el Estado no es garante de tu seguridad cuando estás trabajando. Pero por el contrario también ha habido mucho compañerismo, que es lo bonito dentro de la crisis: tienes muchos compañeros al lado que están pendiente de ti y tú de ellos. Entonces nunca estás solo, siempre estás apoyado y son personas de las que he aprendido muchísimo.

-A nivel personal, ¿cuál ha sido el momento más difícil?

-Mira, ha habido dos. El primero, en abril: un chamo que cayó al Guaire. Yo crucé el Guaire por arriba, por la estructura de metal. Y llegué al otro lado. Y estaba el chamo en la rivera sangrando, no podía moverse. Estaba la novia al lado. Y yo dije: ‘no, este chamo está muerto’. Llegaron los bomberos para sacarlo y la GNB seguía lanzando bombas. Los bomberos gritaban que pararan y seguían lanzando bombas. Y yo pensé que el chamo estaba muerto y me dio una impotencia grandísima mientras veía cómo seguían disparando.

El otro momento que me asustó realmente fue dos semanas después de que asesinaran a Juan Pablo Pernalete. Como yo estudié en la UNIMET, para mí esa fue una muerte que sentí cercana, como si hubiera sucedido en mi casa. Yo estaba en la Luis Roche, eran como las 4 de la tarde. En ese momento no estaba en la línea de fuego, estaba fuera de ella. Y de repente salió un GNB de la torre Británica y me disparó directo una bomba en el pecho. Cuando yo sentí el golpe, lo primero que me vino a la mente fue: ‘me mataron’. Me acordé de Pernalete y dije: ‘me mataron’. Tomé un poco de aire, y cuando vi que podía respirar dije: ‘coño, siento que estoy bien’. Tenía el chaleco y eso amortiguó un poco el golpe, y fue del lado derecho. Luego me atendieron los paramédicos y gracias a Dios no pasó a mayores.

-Hay una foto tuya famosa, en la que hay un PNB tratando de quitarte los equipos, ¿qué pasó allí?

-Esa foto es en Chacaito. Había un chamo al que la GNB agarró sin tener nada, ni en el bolso ni en las manos, y de hecho lo tuvieron que dejar ir luego, pero lo rodearon cinco funcionarios y le cayeron a golpes. Yo lo tenía cerca y cuando lo vi me quedé grabando. Entonces uno de los funcionarios se dio cuenta y enseguida empezó a arremeter contra mí, a golpearme, a decirme que me fuera. Uno de ellos jaló la cámara, yo la agarré con la mano izquierda y seguí grabando. Él me golpeaba y trataba de quitármela, pero al final no pudo. Esa es la historia de esa foto.

-¿Cuánto es lo más que has llegado a arriesgar por una foto?

-Coño, yo creo que estando en la calle todos los días lo más que arriesgas es la vida, porque estás en plena calle y allí mucha gente ha perdido la vida bien sea por un bombazo en el pecho, en la cabeza, cualquier cosa. Estando allí estás arriesgando la vida.

-¿Y una foto vale la vida?

-Nunca.

-Pero la estás arriesgando…

-Lo que pasa es que las condiciones se han vuelto difíciles. Mira, uno toma sus previsiones: va con sus equipos de seguridad, sabe cómo moverse, está con compañeros que están pendientes y saben cuándo retirarse. Uno toma sus precauciones y no hace algo que explícitamente ponga en peligro su vida, tipo: ‘me voy a meter porque sí’, cuando sabes que el riesgo es altísimo. Entonces, lo que haces es minimizar el riesgo al máximo. Y aunque el riesgo está presente, una foto no vale la vida: buena o mala, no vale la vida.

-Y cuando estás metido en mitad de los enfrentamientos, que llueven bombas, perdigones, piedras etc ¿aún en medio de esa situación apremiante tienes cabeza para pensar en lo que es una buena o mala foto?

-Sí. Increíblemente en medio de ello uno en su cabeza está armando una composición siempre con los elementos que está viendo. Uno mantiene la cabeza fría. El ojo está trabajando en una composición de los elementos, independientemente de lo que esté pasando: ‘está esta persona aquí, está esto allá, hay una bomba cerca’, y uno busca configurar todos esos elementos en algo que funcione.

-Estuviste casi 50 días cubriendo las protestas, ¿ya al final de ellos se podían hacer fotos originales?

-Sí. Es que siempre está pasando algo diferente. Hay fotos comunes: un guardia disparando, un manifestante devolviendo bombas. Pero han pasado unas cosas interesantes. Estos personajes icónicos, por ejemplo: Hans, la señora que se paró frente a la tanqueta, el violinista, el diputado que se va con su bandera al frente. Siempre hay algo nuevo que llama mucho la atención. El contraste entre la cantidad de gente protestando y la policía reprimiendo. Siempre hay algo diferente que contar

-¿Cuál es la foto que más te ha afectado?

-La de este chamo en el Guaire desangrándose.

-¿Llegaste a llorar en algún momento?

-Creo que sí. En ese momento, cuando estaba sintiendo tanta ansiedad, en cierto punto me aparté y se me salió una lágrima. El chamo estaba acostado, sangrando en el Guaire, seguían disparando bombas, los bomberos trataban de auxiliarlo y los guardias seguían disparando. Está ese peo prendido y tú como: ‘pana, ya basta. Deja que lo auxilien por lo menos’. Esa desesperación en ese momento fue dura y a uno le afecta.

FOTO: Will Jiménez - La Patilla

Aumenta la resistencia

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

La piedra se estrella contra el escudo de la GNB y el plástico se estalla: pasa de transparente a blanco. Un funcionario la agarra y la devuelve. La escena se repite por lo menos quince veces y en paralelo: una lluvia de piedras surca el cielo y rompe el suelo de la principal de Bello Campo. La GNB parece haberse quedado sin municiones y aplica la del Talión: piedra por piedra. El problema es cuando llegan las molotov. Fuego volando por el aire, como el que habrán visto los que padecieron la séptima plaga en Egipto. Sonido de cristal roto y una llama que se extiende en el piso y a veces en el uniforme de algún funcionario. Los guardias se culpan y pelean entre ellos. Hay gritos, insultos y discrepancia. Un superior trata de poner orden, mientras otro nos desaloja: “Vaya prensa para adelante, a ver si van a seguir lanzando candela con ustedes allí”. Parece buscar un respiro que no llega. “¡Quítate, prensa. Quítate, prensa!” es la única deferencia de los manifestantes, que sólo advierten pero no dejan de lanzar cosas. Caminamos pegados a una pared, agachados y tratando de esquivar todo lo que viene. Un mortero nos estalla cerca. Retumbe, chisporroteo y calor. Todos ilesos. Entonces, llega la arremetida. En grupos de a cinco, los Guardias traspasan la barrera de sus escudos disparando en horizontal. Perdigones, metras y tuercas cruzan a gran velocidad el aire. Los manifestantes se esconden en las calles adyacentes. La Guardia avanza. Son las 5 de la tarde del miércoles 26 de julio, estamos a cuatro días de la Constituyente, y en Bello Campo se vive una batalla campal desde las 2.

Como en todo conflicto, hay siempre algunas treguas, que así como vienen se van. Y es lo que pasa casi a las 6 de la tarde. Tras unos minutos de calma, de repente unas detonaciones, de repente manifestantes que huyen y de repente manifestantes que se regresan. La Guardia, que parecía haber vuelto a tomar el control de la situación, lo pierde en un instante. Una nube de humo blanco es lo que hay donde están los funcionarios. Y no es de lacrimógenas precisamente, que cada vez usan menos. Es de algún mortero que estalló donde era. Al blanco se le suma el anaranjado de las molotov. Una pared de dos pisos de escudos es lo que se asoma cuando el humo se va. Los guardias están atrincherados tras ella. Atrincherados y nada más. Su única acción es retroceder. Y por cada metro que lo hacen, los manifestantes celebran. “¿Quiénes somos? ¡Venezuela! ¿Qué queremos? Libertad!”. La consigna se escucha tremenda en ese momento. Borracho de júbilo, un encapuchado se adelanta solo. Se le para a metros a los Guardias, los reta (“a ver si me puedes dar, gafo”), los insulta (“cubanos mamagüevos”) y les baila. Un par de detonaciones es lo que recibe por respuesta. Cae al suelo agarrándose la oreja, se levanta y corre asustado.

Entonces viene otra arremetida, esta sí feroz: las detonaciones se suceden a granel y por todas partes. Y no es tanto donde suenan como donde pegan. El árbol que en ese momento nos cubre a por lo menos ocho periodistas parece que se encoje. Algo pega en él y vuelan astillas. Cuales tortugas, todos tratamos de meter la cabeza en los hombros. Nos pegamos lo más que podemos. Intentamos encogernos con el árbol. En los zapatos, en las piernas y en los brazos constantemente sentimos el roce violento de cosas. El problema es no saber de qué. El alivio es no tener ardor ni dolor. Lo preocupante es la falta de control. Cuando ya la Guardia está a nuestra altura, tenemos que volver a subir. Corriendo y pegados a la pared, como siempre. Los manifestantes están casi todos en la calle que da al Barrio Santa Cruz y en la Francisco de Miranda. La GNB apunta y dispara hacia allá. Pero de repente, así como cambia el viento, lo hace también la situación: del cielo cae candela y nuevamente en magnitudes bíblicas. Los Guardias solo atienen a replegarse detrás de los escudos. Vuelven a montar una pared de dos pisos de plástico. Pero hay fuego como para una hoguera medieval. De los techos más insospechados comienzan a aparecer encapuchados arrojando molotov. En su mayoría caen delante de los escudos, pero algunas lo hacen detrás. Una quema la tanqueta, que se ha mostrado tan pesada como inútil. Y otra quema a un guardia, que se mueve en todas las direcciones para apagar el fuego que lo abrasa. Un muchacho enciende un triki-traki y lo deja en el suelo en dirección a la Guardia. El pirotécnico avanza veloz, se mete entre los escudos y en segundos los verdes saltan para apagarlo. El fuego no cesa y ante nuestros ojos se sucede el improbable espectáculo de una GNB absolutamente sobrepasada. El aprieto por el que están pasando los funcionarios es claro y los manifestantes lo notan. Comienzan a llamarse unos a otros y cada vez van apareciendo más.

Tal vez efecto óptico producido por lo estrecho de la calle, pero en el barrio Santa Cruz parece haber un verdadero ejército de manifestantes. Y están comenzando a salir. Si cruzan la calle y bajan, a los Guardias les va a tocar correr. No parece que les pueda quedar de otra. Son puro humo en ese momento. Las bombas no han cesado de caer ni los morteros de explotar. Y los del Santa Cruz están avanzando. Pero de repente un ronroneo. Al principio un rumor lejano, luego un sonido inequívoco y unas luces amarillas que lo confirman: son las motos. Las temidas motos. Es escucharlas y echar todos los manifestantes a correr. En segundos, la legión de la PNB está allí con su uniforme nuevo en versión negra. Pasan haciendo ruido, disparando y llevándose todo por el medio. Operación arrase, que llaman. Al rato no queda prácticamente nada. La GNB respira: cinco minutos más y no la contaban. Es miércoles 26 de julio, estamos a cuatro días de la Constituyente, y la resistencia parece haber subido de nivel.

VUELVEWEB (1)

Volvió la resistencia

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Primero cae una lluvia de piedras y luego empieza una ráfaga de detonaciones. Los militares avanzan, apuntan y disparan de frente. Los encapuchados se encojen detrás de los escudos. Los perdigones pegan en la madera, la laceran y rebotan. Cuando son metras o rolineras, el ruido es más seco y el impacto mayor. Termina la ráfaga y por el aire vuelta una molotov. Se estrella contra el suelo y deja una línea de fuego. La tanqueta dispara un par de bombas. Salen duro y de frente, y caen detrás de los escuderos. Inmediatamente son devueltas. Un tubo verde se asoma desde un escudo. Detonación y humo: una rolinera pegada a un fosforito sale disparada. “El te-cho se va a caerrr. Porrr favor bajarrr del te-cho”, dice una voz italiana que sale de un parlante. El techo de la cauchera Goodyear tiembla. Hay varios encapuchados encima de él. Unas motos de la GNB suben de la autopista, pasan y disparan. Los encapuchados corren. Una barricada de alambres púas les impide el paso a las motos, que se devuelven. Los manifestantes regresan. Algunos se saltan la barricada, corren, cogen impulso y sueltan piedras. Son pocas las que llegan hasta donde está la Guardia. Un uniformado agarra una que le cae cerca y la devuelve. Nuevamente se escuchan detonaciones. Perdigones y metras cruzan a toda velocidad el aire. Alguien se queja. Le dieron a una periodista. En ese momento prensa está de lado y a la altura de la Guardia. No en la línea de tiro. El disparo ha sido intencional. Indigna pero no sorprende: minutos atrás, en la Autopista Francisco Fajardo, varios periodistas fueron heridos aposta, y cada tanto tiempo la GNB nos arroja (con la mano, por lo menos) algunas bombas a los pies. Es sábado 22 de julio y tras más de dos semanas sin hacerlo, Caracas ha vuelto a marchar y vive una improbable jornada larga de resistencia en el inicio de la Libertador en Bello Campo.

¿Por qué extraño mecanismo la que parecía que iba a ser otra marcha corta y breve, de dispersión rápida y poco alcance, ha terminado convertida en esa improbable, dura y larga jornada de resistencia? Imposible saberlo.

Cuando tras más de una hora la GNB se prepara para la arremetida final, manda a mover de sitio a la prensa. No la quiere atrás suyo, sino entre los manifestantes y ellos. “Váyanse para adelante, que ustedes son  también resistencia y no les van a hacer nada”, ordena un uniformado. “Vas a pasarla bien cuando te caiga una molotov”, le advierte socarronamente un guardia a un periodista (y en efecto pasaría horas después con un fotógrafo al que una molotov le prendió en llamas el zapato y parte del pantalón). La prensa se mueve en bloque y queda en la línea de fuego. Aunque parada de lado y nunca en el medio, las lacrimógenas, las piedras y las molotov a veces caen cerca, y los perdigones, metras y rolineras pasan rozando e hiriendo.

El momento en el que la GNB lanza su operación arrase y pasa con las motos disparando es siempre confuso y peligroso. Esta vez lo hace tras quitar las barricadas. Los manifestantes corren dejando la vida en la carrera mientras una legión de motos los persigue. A la prensa le pasan por el lado y muchas veces con la escopeta de frente, en posición horizontal. Y a veces la disparan. En la esquina del Burger King de Bello Campo una fotógrafa grita fuerte. La recogen entre un montón de sangre. Los paramédicos se la llevan hasta el Burger King y la atienden. “Esto te va a doler, pero es necesario”, advierte el que la trata. Le aprieta duro la piel del brazo y de la herida sale disparada una bola negra. Es un perdigón. “Tienes otros más adentro, pero esos deben sacártelos en una clínica para no hacerte daño”, informa, mientras ella sigue sangrando. Se la llevan a una clínica.

Inmediatamente se forma un alboroto. De una construcción sale un rescatista gritando que lo acaban de robar. Había entrado allí para auxiliar a un manifestante que se había caído del techo. Al verlo solo, los Guardias lo agredieron. “Tres funcionarios empezaron a lanzarme golpes y despojarme de lo que tenía. Me rompieron el chaleco y la muslera. Me insultaban de ‘mamaguevo’ para arriba. Me daban cascazos por la cabeza y la espalda, hasta que llegó un Teniente y vio lo que estaban haciendo y les ordenó que pararan. Entonces recuperar mis cosas”, relató al OJO. El incidente caldea los ánimos y varios rescatistas se le alzan a la GNB y terminan amenazando con quitarse todos el uniforme y pelearse en la calle.

Ya para ese momento la principal de Bello Campo está prácticamente despejada. Un grupo de la GNB emboscó por arriba y corrió a los manifestantes, que en su mayoría se encuentran escondidos en las transversales. “¡Vean cómo destruyen la ciudad!”, grita un guardia mientras recoge las barricadas y destrozos que hay en la calle. “¡Eso es lo único que hacen, destruir la ciudad!”. El mensaje no parece ir dirigido a nadie en específico, o puede que fuera a todos en general. La mayoría de sus compañeros se encuentran en lo mismo. Otros pasan por cuanta rendija, esquina o escondite haya, en procura de algún manifestante escondido.

Transcurridos veinte minutos, la GNB abandona la escena y poco a poco comienzan a abrirse las rejas de los edificios y a salir manifestantes. También de las transversales y paralelas. La construcción de ‘El Recreo–La Castellana’ se convierte en objetivo: logran abrir la puerta y entonces un grupo importante de encapuchados entra. Los encargados bajan corriendo por las escaleras, pero es tarde. Ya están sacando todo los escombros. “Esto es para hacer barricadas”, explican los encapuchados. De la sacada de escombros se pasa rápiamente al saqueo de lo que haya: se pierde un radio, sacan varios cables, entre otras cosas que no sirven para barricadas. La línea entre resistencia y hampa es estrecha. Los obreros dicen que si no aparece el radio los van a botar de la construcción. Algunos de los líderes de los encapuchados se paran en la puerta y dan un discurso sobre la incoherencia de querer cambiar al país saqueando. Entonces comienzan a organizarse para impedir que sigan llevándose cosas que no sean escombros. “Aquí nadie saquea nada”, dice un hombre de unos sesenta años y golpea el suelo con una vara. A un muchacho que llevaba escondidos unos cables en el short lo detienen y lo obligan a devolverse. No todos están de acuerdo. “Esto es la guerra y se vale saquear lo que sea”, grita indignada una muchacha con la cara cubierta con un pañuelo morado. Le caen encima varios y ella no se deja: los que piden que no se saquee son todos unos cobardes que no hacen nada por el país, en la guerra estamos y en la guerra se saquea, el que no quiera enterarse que hay guerra que se vaya a comer sus flores en otro lado donde no estorbe. El intercambio de palabras crece. La muchacha tiembla de la rabia, está fuera de sí. Se abraza a una prima y empieza a llorar. Se le acerca una mujer que le hace cruces en la cabeza y ora sobre ella, cual si de un exorcismo se tratara. Es una escena surrealista. Más cuando pasado un rato y sentada en un escalón, la muchacha se enmienda la plana: no, no está bien saquear, dice.

Mientras arriba rescatistas y motorizados discuten con los que quiere poner una guaya de metal en la Francisco de Miranda, abajo, en la Libertador, comienza nuevamente otro enfrentamiento, tan violento como el primero, mucho más breve que éste, más largo que cualquiera de los que haya habido en las últimas dos semanas y definitivo ya: tras ese, todos los manifestantes se replegarían y guardarían por la jornada. De camino a Altamira, tras el cómputo de la cantidad de colegas heridos en la cobertura, lo que saldría a relucir en la conversación de los periodistas era la de días que hacía que una pauta de calle no duraba tanto, desde la mañana hasta la puesta del sol. Y es que al parecer, volvió la resistencia.

juramentacionmagistrados

Así nació el gobierno paralelo

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cuando se escriba la historia, los libros habrán de contar que la génesis de ese gobierno que ejerció funciones en paralelo con el de la dictadura tuvo lugar no en el Hemiciclo de Sesiones de la Asamblea Nacional, sino en una plaza pública (la Alfredo Sadel) en la que con andamios, mucha tela negra, sillas de salón de fiesta, mesas revestidas, cornetas colgantes y unas tarimas improvisadas, se llevó a cabo el acto de designación y juramentación de los nuevos magistrados del Tribunal Supremo de Justicia.

No lo dirán los libros, pero el presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, encabezó la sesión vestido con una chaqueta crema de cuadros que parecía sacada de una película de los años sesenta y lo hacía lucir, con sus lentes de pasta, como el arquetipo del padre de ese tipo de films. Tampoco lo dirán los libros, pero tenía corbata vinotinto, y eso era lo único en lo que coincidía con Freddy Guevara, que para la ocasión optó por un traje negro. Sobre el podio de presidencia (en realidad una mesa con una tela azul encima) lo que había esta vez era agua (atrás parecen haber quedado los tiempos en los que Borges podía tomar Coca-Cola) y un par de micrófonos.

Reflejando lo que está en las actas, los libros dirán que se llevaron a cabo dos sesiones distintas, aunque para los que desde afuera las acompañaron (la plaza estaba llena de gente) en realidad lo que hubo no fue más que un solo acto con un intermedio. El sentido común no conoce de burocracia, ya se sabe; y a los actos administrativos del poder esta le sobra, también se sabe.

En la primera sesión hablaron los dos Freddy: Superano (que no dijo nada reseñable) y Guevara (“¿Dónde está el pueblo de Caracas?”, su saludo de animador de feria), quien pidió un minuto no de silencio sino de aplausos para los muertos y anunció que algún día la AN hará una ley para que no despidan a nadie por pensar distinto. Le siguió Carlos Berrizbeitia, presidente del Comité de Postulaciones, que de traje negro y cabello engominado leyó un discurso en el que expuso la cantidad de irregularidades que hubo en la designación hecha por la AN anterior de los magistrados (ex – magistrados ya, según Borges): el que presidía el Comité de Postulaciones renunció para postularse él; fueron designadas varias personas que no llenaban los requisitos; hubo un diputado que votó por él mismo para magistrado. “Estamos haciendo historia: hoy arrancamos un camino en la reinstitucionalización del país”, dijo, para luego comenzar a nombrar uno por uno y con los dos nombres y los dos apellidos a los nuevos 33 magistrados (13 principales y 20 suplentes).

“Aprobado por unanimidad”, dijo Borges sobre el orden del día, y el recinto se vino abajo en aplausos. “¡Sí se pudo!” comenzaron a gritar los diputados y la gente. “Aprobado por unanimidad”, volvió a insistir el presidente de la Asamblea, que reiteró (muy a su estilo de cubrirse las espaldas siempre) que todo era apegado y conforme a la Constitución y se hacía con 2/3 de los diputados. Entonces, se cerró la sesión y una comisión integrada por los diputados Edgar Zambrano, Ismael García y Sonia Medina fue a buscar a los hombres y mujeres sobre cuyos hombros caería la responsabilidad de comenzar a reinstitucionalizar a Venezuela, quienes se encontraban en el edificio del Consejo Municipal (“El cumplir con las formalidades asegura que todo se ajusta a derecho”, apostilló Borges).

No lo contarán tampoco los libros, pero en el intermedio entre una sesión y otra un grupo de trabajadores de protocolo comenzó a colocar sillas en una especie de tarima lateral, en la que se ubicaron tres filas de sillas revestidas con telas blancas (arrugadas y manchadas) y cinta azul, y cuatro sillas con tela azul y cinta blanca. Mientras los de protocolo hacían su trabajo, dos de los hijos del presidente de la Asamblea Nacional subían al palco a hablar con su papá, que estaba pletórico. Luego, cuando Borges se paró a hablar con alguien, se quedaron con Freddy Guevara, que se dedicó, pedagogo hasta en los gestos, a explicarles por un buen rato sabría Dios qué con un folleto blanco.

Cuando los magistrados llegaron lo hicieron con la bandera por delante, entre aplausos, vítores y aclamaciones. Todos iban elegantes (hombres de traje, y mujeres de taller) y arreglados (peinados de peluquería incluso), y fueron ubicados por el personal de protocolo en su palco lateral. La diputada Sonia Medina tuvo una breve y nada destacable intervención, y fue la encargada de irlos llamando para la juramentación. Burocracia de burocracias, al final el palco que con tanto esmero habían armado (y cuidado) los de protocolo volvió a quedar vació ya que el acto de juramento tuvo lugar entre los diputados, de cara al presidente de la Asamblea.

Cuando los tuvo en frente, Borges aprovechó para hacer una “breve reflexión” en la que cual padre fundador y con tono grandilocuente pretendió hacer una apología a la justicia y a la actuación de la Asamblea (todo lo que pasa en Venezuela es porque la ley no impera ni gobierna, no hay justicia, y ahora nosotros estamos dando un paso para que la haya) y dejó en evidencia sus fallas como orador (“Podríamos hablar horas hablando”, “Venezuela será conocido”, “gracias diputados y diputados”). Entonces, derecha levantada todos, Borges les tomó el juramento. Y quizás tampoco lo cuenten los libros, pero el sí juro (que en realidad fue un “sí juramos”) hubo de ser dicho dos veces, a petición del presidente de la AN (“más fuerte, por favor”), que de tan contento se comió ese siempre entrañable (y amenazador) “si no, que os lo demanden” que viene después de la recompensa que Dios, la patria y el pueblo pueden dar si hacen bien su trabajo. En su lugar, Borges los felicitó (“admiramos su valentía, su compromiso y su entrega con Venezuela”) y se cubrió las espaldas (otra vez): “Quedan juramentados como magistrados y magistradas en nombre de la representación popular ejercida por el pueblo venezolano en diciembre de 2015”. Y allí estallaron los aplausos y vivas, Ismael subió la bandera, y mientras se saludaban, abrazaban, apretaban, felicitaban e incluso animaban entre ellos, comenzó a sonar el himno, que emocionadísimos entonaron magistrados, diputados y asistentes (pueblo, si nos ponemos muy retóricos, como seguramente se pondrán los libros), testigos todos del singular y trascendental hecho del nacimiento de un gobierno paralelo del que puede que algún día hablen los historiadores.