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50 días después

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

50 días después, la oposición tiene por fin un sistema de audio decente. Para ser oligárquica, elitista, millonaria, acaudalada y opulenta, y para y estar financiada por el gran capital internacional, como siempre denuncia el gobierno, se había mostrado, durante estos casi dos meses de protesta, bastante modesta, cuando no pobre. Bastaba solo ver las tarimas que usaba (apenas plataformas elevadas en el mejor de los casos, cuando no techos de camionetas en el más común de ellos), las cornetas que tenía (pocas y con un sonido peor que el de cualquier parlante de colegio) y la cara alelada de los manifestantes que apenas a dos cuadras de distancia ya no escuchaban nada de lo que decían sus dirigentes, para darse cuenta de que algo no cuadraba en la suntuosa versión oficial.

Para el día 50 de protestas, fecha redonda, la tarima no es impresionante pero al menos es digna de ese nombre. El audio sí es más elogiable y se extiende en por lo menos cuatro camionetas a lo largo de la autopista Francisco Fajardo, lo que al menos garantiza que una mayor parte de la gente entenderá y escuchará lo que les digan sus líderes pasada la 1 de la tarde (casi tres horas después de la convocatoria), ya que la demora entre la hora pautada y el inicio de los eventos es algo que se ha acentuado con los días y ya todos aceptan y toman como normal.

La escena que más se repite durante el recorrido es la de manifestantes dándoles provisiones a los encapuchados. Tras 50 días de protesta, por más que Reverol y compañía se empeñen en llamarles terroristas, ellos no causan ni miedo ni repudio en la gente, sino todo lo contrario: por donde pasan son aplaudidos, mimados y proveídos. En medio de la autopista, un hombre y su esposa les dan cuatro lentes de natación a unos de ellos. Y antes de que el ministro levante la ceja y vea allí la existencia de una red clandestina de provisión de municiones, la mujer da la explicación: “Esos los encontramos en un closet. De cuando mis hijos hacían natación”. No son los únicos: más adelantes otros manifestantes les dan comida, agua e incluso cascos. Lo que necesiten.

“Si ellos son terroristas, ¿qué éramos entonces nosotros?”, se pregunta con ironía un hombre entrado en años. Lo dice con conocimiento de causa: participó en la guerrilla de los sesenta. “Si quieren hablar de guerra que hablen. Pero esto no es una guerra, en todo caso es una guerra asimétrica: ellos están desarmados, los otros no”. ¿Y las piedras, las molotov, los cohetones, las bombas de pintura, qué son? El hombre se ríe. La pregunta le hace gracia. “Con una tanqueta en frente eso no es nada. Es que mira. Armas tuvimos nosotros, que nos las mandaban de Cuba y de la Unión Soviética. A nosotros sí nos armaron. Y teníamos montadas redes en los barrios, con los malandros. Guillermo García Ponce fue el que ideó todo eso. A mí no me van a venir con cuentos. Estos muchachos lo que están es dejando la vida”.

II

María Corina Machado comienza a hablar a las 2:04 PM. La han precedido una serie de oradores más bien discretos: el grueso de los dirigentes se encuentra en otros estados. Va vestida como siempre: suéter blanco manga larga y el cabello recogido con una cola. Habla, también, como siempre: con fuerza y convicción. Firmeza será invariablemente una buena para describirla. Grita y se le hinchan las venas del cuello. “En estos cincuenta días hemos derrotado a la dictadura”, arranca, y la gente se emociona. ¿Ve María Corina cosas que otros no? La interrogante es inevitable al ver la seguridad con la que habla y lo rotundo de lo que afirma: “Estamos en vísperas del fin de la dictadura. Se acerca la hora definitiva”. En el discurso asoma una propuesta nueva: la firma de un gran acuerdo político, un pacto republicano de todos los sectores, que traerá prosperidad al país. Usa imágenes esperanzadoras: campos produciendo, supermercados repletos de comidas y aeropuertos llenos de exiliados que vuelven. La gente cae rendida. “Dios los bendiga, ha llegado la hora de la libertad”. Amén, le responden.

A ella le sigue, para cerrar el acto, Henrique Capriles. Cuando se asoma a la tarima, lo recibe una multitud de aplausos. Pero Lilian se le pone al lado y la atención de la gente se divide. Unos gritan el nombre de ella y otros el de él. Hábilmente, Henrique le levanta la mano a Lilian. La imagen dura segundos. Inmediatamente, ella le agarra la mano al que tiene al lado, sin importar quién es, y se la sube. Al rato, ya no es Capriles levantándole la mano a Lilian sino todos levantándose las manos unos a otros. Entonces Henrique, que tras cincuenta días de protesta no se ve precisamente fuerte ni saludable, comienza a hablar con una voz que es cada vez más ronca y débil. Pero el hombre deja la vida en la alocución. Agarra el micrófono con la izquierda y la derecha la mueve como un látigo cuando quiere hacer énfasis. A veces, se sacude todo él.

Aunque sigue estructurando sus discursos de la misma manera lógica y coherente de las entrevistas (el esqueleto de la alocución son los 5 puntos que pide la oposición), en esta oportunidad Capriles está en otra frecuencia, y ello será notable cuando empiece a adjetivar e insultar a Maduro. “El más grande coño’e madre está en Miraflores”, dice, y la gente lo celebra a rabiar. A partir de allí comienza con una andanada de expresiones fuertes: bandido, vagabundo, vas pa’fuera, incluida la ya dicha mentada de madre, que repetirá varias veces más y que la gente coreará al son que él, bajando el micrófono y levantando repetidamente la derecha, cual cura pidiendo que canten en misa, les indique.

Cuando el discurso se le alarga y la gente le pide marcha, él los complace. “Claro que vamos a marchar. Y el primero que va a hacerlo soy yo. Allá adelante. De primero. Peso 70 kilos pero le echo bolas”. La gente no para de celebrarlo. La versión brava de Henrique gusta. Tiene palabras para Leopoldo (líder fundamental, lo llama) y para los muchachos de la resistencia. “Les dije que era cuestión de tiempo para que nos encontráramos. Y aquí estamos. En la calle”. Entonces se acuerda del Revocatorio y allí sí levanta el dedo y dice, en ese examen de conciencia público que ya suele ser común en él, que nada de esto hubiera pasado si se hubiera permitido esa salida que él propuso. Pero ni modo, se la quitaron y a la calle van.

El acto lo cierra el ya conocido violinista de las marchas, con la interpretación del himno. Si de adjetivar se trata, habrá que decir que sublime. En medio de la multitud, el himno suena inmenso. Una indigente, mujer madura de cabellos amarillos que viste unos pocos andrajos rotos y sucios que dejan sus hombros descubiertos, se detiene al escuchar las notas del violín y se pone la mano derecha en el pecho. Reminiscencia quizás de la niñez y de su educación, canta el himno con fuerza. Cuando viene la parte de aquel pobre en su choza que libertad pidió, ella alza el puño. Tal vez se siente identificada. En “Gritemos con brío: ¡muera la opresión!”, que es el clímax del canto, lo que todos entonan con fuerza, ella se emociona, vuelve a levantar el puño y lo sacude. La interpretación acaba sin la última estrofa, pero ella, mano en el pecho, la sigue cantando sola. Se sabe el himno completo. Al terminarlo, alza las dos manos y como si lanzara estrellas desde ellas, las abre y cierra, para seguir su camino errante.

III

Alcanzar a Miguel Pizarro, Rafael Guzmán y a José Manuel Olivares, que caminan juntos e intentan llegar a la cabecera de la marcha, es una tarea que requiere condiciones de maratonista. Los tres diputados van a paso rápido y no se detienen. Stalin González, que en algún momento iba con ellos, se queda atrás. Por más que el jefe de la fracción parlamentaria de la oposición intenta alcanzar a sus compañeros, se le hace imposible. Stalin trota, acelera el paso, suda a mares y al rato desiste. Mientras tanto, Pizarro, Guzmán y Olivares son saludados, elogiados y aclamados por donde quiera que pasan, casi igual que los encapuchados.

Cuando la salida de Chacao está próxima, los tres diputados se montan en las defensas de la autopista y comienzan a indicarle a la gente la ruta a tomar: calle Galarraga, avenida Francisco de Miranda, Chacaito y avenida Libertador. Es una ruta teórica, que en la práctica llega hasta Chacaito, como en efecto sucede. Una vez allí, y sin que medie palabra alguna, la PNB comienza a disparar bombas lacrimógenas. 50 días después, ya no hay espacio para el disimulo. El ataque es inclemente: las bombas comienzan a llover del cielo en todos los sentidos y direcciones, cayendo en cualquier parte. Inmediatamente, Chacaito se cubre de ese humo blanco, químico y picante. Los jóvenes retroceden entonces y comienzan a hacer uso de la que es su nueva arma: los cohetones. En algún momento, hacen estallar lo que parecería una munición digna de Madeira un 31 de diciembre. El estruendo es estremecedor y todo Chacaito se remece. Tras 50 días de protesta, esa es la única novedad. De resto, y por las próximas dos horas, todo seguirá la dinámica natural y violenta del enfrentamiento clásico.

IV

Cerca de las 5:20 PM, un montón de manifestantes pasa corriendo gritando ‘moto’. Es la palabra maldita, la que asusta a todos. Significa que ya la PNB (o la GNB, según sea el caso) se ha hartado de enfrentamiento y va a pasar barriendo lo que queda. Suele suceder siempre al final de la tarde. Si causa tanto miedo, es porque allí es cuando se llevan detenidas a las personas. Por eso corren tanto los que pasan a mi lado. En apenas cuestión de segundos veo a dos muchachos cayéndose, siendo pisados y haciendo caer a otros, un teléfono amarillo salta de algún bolsillo y también es pisoteado, los escudos van cayendo (siendo arrojados más bien) y hasta un zapato queda suelto. Yo camino lo más rápido que puedo hacia un edificio con la reja abierta. Con chaleco, máscara y casco correr no es opción. No debería haber tampoco necesidad de ello siendo prensa, pero tras 50 días de protesta ya se sabe que los cuerpos de seguridad no respetan.

En la entrada del edificio hay un embudo de gente. La reja y el pasillo son estrechos y no pocos quieren guarecerse allí. En medio del apretujamiento para entrar, siento que alguien está agarrando mi teléfono. El primer pensamiento, como lo llevo en la mano, es que se trata de alguien que por error, producto de la situación, se agarró de mí. Pero la presión sigue y es cada vez más fuerte. Ya no me cabe duda de que hay alguien queriendo quitarme el teléfono de la mano. Tengo gente a los lados, adelante y atrás. Todos empujan. Sigo agarrando duro el teléfono y me lo siguen jalando. Cuando volteo veo que es el brazo uniformado de un oficial de la PNB. Hay un montón de ellos en la puerta del edificio, detrás de nosotros. A mí me tratan de quitar el teléfono, pero a los otros muchachos los quieren sacar del edificio. Cada quien está librando su batalla. Mi primera reacción es de asombro. Lo había visto en los videos, lo había leído en reportajes, pero está pasando: un oficial de la PNB me está intentando robar el teléfono. “¿Estás loco, pana? ¿No ves que soy prensa?”, le grito. (“¿Estás loco? ¿No ves que eres policía?”, debió ser en realidad la frase). Pero él sigue jalándolo. Yo lo tengo mejor agarrado que él. Y no hay caso. Entre empujón y jalones me lo logro quedar. La pantalla está astillada, pero lo tengo. Inmediatamente responde con dos golpes en la cara. Es la represalia por no dejarme robar. Tengo máscara, casco y los golpes vienen de atrás. Imposible saber si fueron con los pies, con los puños o con qué. El primero le vuela los filtros a la máscara y la mueve, el segundo me da en la cara. Todo sucede demasiado rápido como para procesarlo. Hay detonaciones, hay gritos, sigue habiendo empujones, desesperación. Yo continúo repitiendo que soy prensa, por si acaso. Estoy ya en el borde de la reja y logro entrar al edificio. El pasillo es angosto y oscuro, y sigo de largo. Al voltear, veo que alguien está intentando cerrar la reja. No sé si lo logra. Yo voy escaleras arriba.

Al subir por los pisos, sólo se escucha una cosa: las puertas de los apartamentos cerrándose. Los vecinos están aterrados y no quieren dejar a nadie entrar. En el último piso, donde la escalera ya no da para más, se agrupa todo el mundo. La imagen de la endeble y vieja reja negra está en la mente de todos. Es la única protección que hay a esa hora y de dos patadas se abre. Las escaleras son oscuras y no tienen luz de ningún tipo, apenas unos agujeros que dan a la calle de atrás y por los que se cuelan sonidos de detonaciones, gritos, llantos, cacerolas. Por cada uno de ellos envejecemos un año todos. No es lo mismo escucharlos estando en la calle y sabiendo lo que pasa, que escucharlos allí sin tener idea de qué pueden ser. La incertidumbre y la desinformación elevan el miedo a la enésima potencia.

“Pilas que la PNB está parada en la puerta”, advierte un encapuchado que viene subiendo: es un muchacho flaco que logró, metiéndoseles entre las piernas, escapárseles a los policías y entrar en el edificio. “Si no, me hubieran llevado”. Que nadie se asome, que todos hablemos bajito, que hagamos el menor ruido posible. Son precauciones que parecen inútiles tomando en cuenta que nos vieron entrar y saben que estamos allí. El silencio hace que el ruido de la calle suene más dramático aún. Comienzan a gestarse planes de contingencia en caso de que suba la PNB: llamar al ascensor, meterse dentro de él y marcar el ‘stop’ en un entrepiso; subir a la azotea; buscar los maleteros; abrazarse a la baranda de la reja y dar patadas hasta más no poder. Cada uno se revela más improbable que el otro: el ascensor está dañado, nadie sabe por dónde se sube a la azotea, el edificio no tiene ni sótanos ni maleteros, y con lanzar una lacrimógena en el pasillo ya nos asfixiarían a todos y no podríamos agarrarnos de reja ninguna. La realidad es una: estamos a merced de lo que los funcionarios que están abajo quieran hacer.

El grupo de los que estamos en el edificio es variopinto, y está compuesto, en su mayoría, por encapuchados y manifestantes adultos. Hay otro periodista, que perdió el reloj (o se lo robaron) en el forcejeo, y dos funcionarios de Protección Civil. Son ellos los que atienden a un herido que tienen arriba con un perdigonazo disparado a quemarropa: la herida, un agujero prominente en el omoplato, no sangra y está cubierta de negro. “Hay que eliminar todo ese tejido contaminado por la pólvora”, explica el paramédico, “y eso no podemos hacerlo aquí”. Hay que sacarlo. El muchacho entra en pánico. Prefiere morirse allí antes que salir a la calle y que la PNB se lo lleve. La situación no es tan apremiante tampoco. Pero los paramédicos no dan garantía de nada: al salir, con o sin heridos, puede pasar cualquier cosa. Tendrán que pasar varios minutos, largos y tensos, hasta que todo afuera se quede en silencio, un vecino baje a inspeccionar la zona y nos de la luz verde para sacar al herido e irnos nosotros. 50 días después, todavía seguimos en dictadura.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio” 

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

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Agua, perdigones y miedo

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

“Causa, a esa ballena la afinaron hoy”, le dice un encapuchado a otro pasadas las 3 de la tarde en una acera de Altamira Sur. Uno está sentado y el otro acostado, y como es normal tras una jornada de protesta, comparten sus historias (más bien tragedias) de represión. “Yo pensé que me le iba a poder enfrentar. Y nojoda. Me llevó. Parecía una barajita”, continúa. “Sí, vale. Esa bicha estaba disparando duro. Primera vez que nos la lanzan tan de frente”, le responde. Un tercero se acerca. “Papi, ¿estás bien?”, le pregunta al que está acostado. (‘Papi’ es el nuevo vocativo masculino caraqueño). “Sí. Pero sendo perdigonazo me metieron en la pierna”, le explica y le señala el lugar del impacto. “Sí, papi. Yo vi cuando te estaban sacando en la moto. Luego de eso guerreé preocupado. ¿Seguro que estás bien?”. “Tranquilo, no fue nada”, le responde. Pero cuando trata de sentarse y cierra los ojos, muestra los dientes y se queja, queda claro que en realidad cuando dijo ‘no’ era ‘sí’, y cuando dijo ‘nada’ era ‘bastante’. “Mosca, pues, papi. Eso no me gusta. ¿Te funcionó la máscara?”. “Calidad”, le responde. “Pendiente con eso, pues”. Le da la mano y se va.

La conversación, en principio una de tantas, tiene dos de los elementos claves que explican cómo la Guardia Nacional rompió este jueves el récord de desalojo de autopista. Son registros oficiales de la libreta de este cronista que a las 2:08 PM fue disparada la primera bomba en la Francisco Fajardo, y que a las 3:15 PM ésta ya se encontraba prácticamente sola. Es decir, que lo hizo, segundos más, segundos menos, en una hora siete minutos.

¿Cómo?

Con agua y perdigones.

A diferencia de otras oportunidades, esta vez hubo más ballenas (9) que tanquetas (5). Y a diferencia, también, de otras oportunidades, la ballena no perdió mucho tiempo levantando en el cielo esa fotogénica columna de agua blanca que con un criterio más estético que funcional solía alzar en el horizonte para deleite de fotógrafos y lejanos espectadores. En esta ocasión fue de lleno y de frente contra los manifestantes (y los periodistas), que efectivamente, con o sin escudo, se desplazaban como barajitas.

Esta vez, también, la PNB echó una ‘ayudaíta’ desde el elevado de Las Mercedes, donde disparó perdigones. Allí puede que se haya decidido la suerte de la manifestación: si ya la primera línea de protesta, en la que se pelea de frente, es un maremágnum en el que van volando bombas a gran velocidad y en cualquier dirección, en el que hay que caminar hacia atrás, sin dar la espalda nunca, viendo siempre de frente y con el oído aguzado para detectar el sonido de esa otra bomba que viene de lado y no se ve, cuando a eso se le suma un segundo frente lateral desde el que disparan perdigones, entonces se pasa del riesgo de ser herido a la certeza de serlo en breve de continuar allí y no queda otra sino retroceder.

En ese tramo el retroceso fue rápido. Luego retomó su ritmo natural en los puentes del CCCT para volver a agarrar velocidad en La Carlota, desde donde dispararon gas y perdigones nuevamente. Ya para ese momento, era mucha la gente que había salido por Chacao (en donde los emboscarían, porque ayer la GNB estuvo en todas partes) y el resto de los manifestantes terminó de subir a las 3:15 por Altamira, donde sin saberlo, dos víctimas de los hechos, en una conversación casual, darían con la clave de lo sucedido.

Sin embargo, tanto en la vida, como en la salsa, la clave, aun siendo lo principal, no lo es todo: necesita de otros instrumentos. Y este texto quedaría incompleto si se limitara sólo a contar el #18M como el día en el que una estrategia de represión más violenta logró desalojar en tiempo récord la autopista (que sí y principalmente) y dejara por fuera el hecho significativo de que la separación entre primer y segundo frente (los encapuchados y el resto de la marcha) fue mucho más grande que en otras oportunidades. Metros de asfalto vacío cuya medida exacta era precisamente la del miedo.

Ello fue manifiesto al llegar a la autopista: muchísima gente se quedó a la altura del Distribuidor Ciempiés y no pasó de allí. No se veía ni siquiera el piquete de la GNB, pero la gente no caminaba. La confusión hizo pensar a los que llegaban tarde que se debía a que unas motos apostadas adelante eran de los colectivos (ese temor eterno) y por eso la gente no seguía. En realidad, eran las que auxilian a los heridos. Habría que caminar un trecho largo para encontrarse con la primera línea y el piquete, que en ese momento comenzaban a hacer contacto visual.

Aquel “cuando volteamos y vemos a toda esa gente allí aguantando, eso nos da fuerza” del que suelen hablar los encapuchados, ayer se hizo difícil para los de vista corta: la gente, tras casi 50 muertos y 17 mil heridos, estaba muy atrás. Prudente, juiciosa, cauta y ponderadamente atrás.

II

Piedras, vidrios, excremento, cilindros de metal plateado, otros de plástico rojo, cartuchos de bombas, hojas y ramas, manchas de pintura, asfalto estallado, restos de pólvora. Eso es parte de lo que queda en el suelo cuando se retira un piquete de la Guardia Nacional. Ayer, en Altamira Sur, sucedió tras una hora del clásico enfrentamiento vespertino post-marcha que suele tener lugar en la zona, que estuvo marcado por una pregunta: “¿Dónde están los escuderos?”. Como letanía, la interrogante se repitió constantemente. Empezó como llamado (“¡Escuderos, escuderos!”), mutó a petición (“¡Por favor, los escuderos que bajen!”) y terminó en reproche (“Si no van a bajar denle los escudos y las máscaras a otros”). La respuesta, por más que sonaron los postes y se gritó en el megáfono, fue lenta y hasta se diría que discreta; sin embargo, resultó suficiente para hacer retroceder al piquete (que había sido reforzado por una tanqueta) a las 5 de la tarde.

Atravesando ese montón de acaba-suelas, un grupo (re)tomó el Distribuidor Altamira. Esta vez no en metros sino en minutos, largos y lentos, se pudo medir el miedo: la gente, por más llamados, se tomó su tiempo para bajar de la plaza. Sólo pisó la autopista un grupo de, como mucho, 50 encapuchados, quienes, escudos, piedras y bombas molotov en mano, se enfrentaron largo rato a los Guardias en La Carlota. Desde arriba, los manifestantes los veían, apoyaban, celebraban. Entre un grupo de mototaxista, todo pasaba por el matiz del béisbol. “Ese tiene mejor brazo que el Guti”, exclamaba uno cuando veía lo lejos que llegaba una piedra uno de los encapuchados. “¿Viste esa atrapada? ¿La viste compa?”, se emocionaba otro cuando un muchacho atajaba en el aire una lacrimógena y la devolvía de una. “Ese debería ser el center field de Leones”, sentenciaba el de más allá. Por más estético y lúdico, no dejaba de ser trágico: el talento venezolano en lugar de jugar partidos de exhibición contra otro oponente, se juega la vida en una autopista luchando contra una dictadura.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio” 

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12 horas con la esperanza de Venezuela

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

7:00 PM

La Plaza Bolívar de Chacao está a reventar. La ha llenado una multitud que porta velas en las manos y proviene de su plaza hermana, la Francia de Altamira, atendiendo una convocatoria hecha por el Movimiento Estudiantil, sobre cuyos hombros la oposición ha dejado la planificación, convocatoria y ejecución de las actividades de protesta de ese fin de semana. Ha sido así, porque el miércoles 26 de abril la Guardia Nacional asesinó en Altamira Sur a uno de los suyos: Juan Pablo Pernalete (20), estudiante de Administración de la UNIMET. Aunque es ya la víctima 28 de las protestas, su muerte ha tenido más repercusión que las anteriores y ha puesto en primer plano a uno de los actores que hasta el momento se había mantenido, si bien participando, haciéndolo de un modo discreto: los estudiantes universitarios.

Les habían sugerido una marcha, pero ellos se decidieron por otra cosa. De la chistera se sacaron una actividad que hizo levantar las cejas a tirios y a troyanos: una vigilia nocturna de 12 horas, a cielo abierto, en una de las ciudades más peligrosas del continente. Una manera de retar a la sangrienta noche caraqueña, al hampa que tiene secuestrado el espacio público, a los métodos convencionales de protesta y a ellos mismos, que tuvieron poco más de 24 horas para organizarla. Esta es, de hecho, prácticamente la segunda vigilia de los líderes universitarios: la noche anterior se les fue en reuniones, llamadas, permisos y propuestas.

Durante esa primera hora, pueden respirar tranquilos: tienen la plaza a reventar. La luz amarilla de los cirios, que arden en honor de Juan Pablo Pernalete y de los demás caídos, se cuela por todas partes. Donde más y donde menos hay una vela encendida. Una luz que comienza a brillar en medio de la oscuridad.

8:00 PM

Henrique Capriles llega por la esquina sur oeste. Viene, como casi todos los políticos, del entierro de Juan Pablo. Viste una camisa manga corta negra y lleva puesta una gorra de la Virgen del Valle, negra también. “¡Bravo, flaco!”, “¡Dios me lo bendiga!”, “¡Valiente!” y “¡Futuro presidente!” son algunas de las cosas que le gritan. Se acerca a un grupo de la UNIMET, que en ese momento está afinando los detalles de la operación ‘Adopta un libro’, que inundará de ellos la plaza esa noche. “El Zulia, la independencia se avecina” es el título que extrañamente el azar tiene reservado para que él dedique. Aunque intenta hablar y bromear con los estudiantes (“¿Uds son de la Metro?”), pasar como uno más (“Yo soy de la UCAB”), se vuelve imposible. Un enjambre de gente lo rodea y en segundos los flashes de las cámaras lo descubren.

Cuando declara, Capriles lo hace la mayoría del tiempo con las manos juntas, cual benedictino cantando el ‘Magnificat’. Las cámaras no lo captan, pero mientras el Gobernador de Miranda habla, se la pasa frotando el pulgar izquierdo contra la palma de la mano derecha. Es un gesto constante, que lo acompaña durante la casi media hora en la que se despacha a gusto ante las cámaras de televisión, en su mayoría de canales internacionales y de internet. Lo mejor de su larguísima declaración se la saca un espontáneo. “Pero bueno, Capriles, ¿estamos o no en dictadura?”, pregunta el hombre. “Es dictadura”, afirma, y luego hace una confesión: “Ustedes y nosotros estamos aprendiendo: nunca habíamos lidiado con algo así”, y todo queda bien entendido.

Terminada oficialmente la declaración a la prensa (es decir: idas las cámaras y apagadas las grabadoras), Capriles responde todavía las preguntas de algunos de los que lo rodean. “No deje que se le vaya”, le ordena un hombre a su mujer. Son cincuentones y andinos. Ella se abraza a Capriles y cuando él termina lo que está diciendo lo jala. El esposo le toma la foto y le pregunta si se acuerda de ellos (“de los Andes”) y de los perros que le dieron. “Todavía los tengo”, les informa. “¡Todavía los tiene!”, repite ella emocionada viendo al esposo. “Un mucuchies y un san Bernardo. Progreso y Esperanza se llaman”, les cuenta y sigue. “Póngase ahora con ese”, le ordena el esposo a su mujer señalando a Tomás Guanipa, que estuvo un rato detrás de Capriles pero se quedó sin declarar. “¿Y ése quién es?”, le pregunta ella. “No sé. Pero vaya y tómese la foto con él”, cierra.

9:00 PM

Diez años después, David Smolansky es Alcalde de El Hatillo, Freddy Guevara Vicepresidente de la Asamblea Nacional y Juan Guaidó diputado principal. Diez años antes, los tres estudiaban en UCAB (Comunicación Social los dos primeros, Ingeniería Industrial el otro). A esa hora, como quien se encuentra con el yo que alguna vez fue, les hablan a los actuales ucabistas. La charla desemboca en un ejercicio de nostalgia. Memorias del pasado rockero de Guevara o de la astronómica cifra de votos (4 mil de 5 mil posibles) que convirtió a Smolansky en el Consejero Universitario más votado de la historia de la UCAB, se juntan con unos versos del Kippling más paternalista (“Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti (…) Si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso, y tratar a esos dos impostores de la misma manera. (…) Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud. O caminar junto a reyes, sin menospreciar por ello a la gente común (…) ¡serás un Hombre, hijo mío!”), que les recita otro ex alumno.

David Smolansky es el más papá de todos. “Manténganse cohesionados, despréndanse de cualquier ego protagónico”, les aconseja, para luego llamarlos a la esperanza. Que no se sientan mal ni se lamenten, les dice, por haber tenido que vivir esta coyuntura de jóvenes. Todo lo contrario, que lo agradezcan: “lograremos el cambio en los mejores años de nuestra vida, cuando Dios nos da salud, y tenemos fuerza para luchar y reconstruir este país”. Es un mensaje  optimista, que viene seguido por un pase de testigo: “Hace diez años, por esta fecha, nosotros nos estábamos conociendo y debatiendo. Ese año surgió el Movimiento Estudiantil de las manos blancas y le propinamos a Chávez la única derrota de su historia. Diez años después, con ustedes, saldremos de Maduro”. Aplausos estridentes.

“¿Quiénes se saben el himno de la UCAB?”, pregunta Guevara y las caras los delatan a todos. “Nosotros éramos tan gallos que nos lo sabíamos completo”, confiesa, y acto seguido, pecho afuera y mano en él, los tres lo entonan. “Marchando a tu destino impávida / como incontenible alud…”, se les escucha cantar a esos que exactamente una década atrás comenzaron a escribir una de las páginas más interesantes de la historia política reciente, ante unos que, esa noche, podrían estar (marchando a su destino, impávidos) escribiendo las primeras y mejores páginas de la suya.

10:00 PM

Si Smolansky es un papá, Miguel Pizarro es el hermano mayor pana que se hace amigo de tus amigos. Está en el centro de un círculo, rodeado de estudiantes que lo escuchan muertos de risa: no solo tiene historias, sino mucha gracia para contarlas. Quien no lo conociera y lo viera allí con los tatuajes en los brazos, las pulseras en las muñecas, la barba desprolija, el cabello despeinado, los zapatos de goma, la franela prestada (“es de Olivares”), pensaría, sencillamente, que se trata de un universitario más, ‘primus inter pares’. Y no es así: Pizarro, de 28 años, va ya por su segundo período legislativo (entró a la Asamblea Nacional con 21 años). El cargo no le ha hecho perder un ápice de esa simpatía innata (cosa de personalidad y no de manual) que le dio la Providencia, sino que más bien le ha permitido desplegarla: saluda a todo el que se le acerca (“¿qué más, compa?”, “¿qué hay, viejo?”), y a los que conoce no sólo les da la mano, sino que los abraza, les toca la cabeza o les da palmadas en la barriga, y los despide con apodos (“vaya, bebé salsero”).

Con esos estudiantes de la UNIMET está como entre conocidos de toda la vida. Se pasa la hora echando cuentos. Habla de los amigos que se le fueron, de sus años en la UCV, de las bombas que ha tragado, de los allanamientos que vivió de pequeño, de toda la calle que ha pateado. Y entre cuento y cuento, un chiste, una anécdota graciosa, un comentario inesperado.  No se le escucha hablar mal de ningún otro político y dice que todos son útiles. Confiesa que está en las antípodas de ideológicas de María Corina Machado pero que una mujer como ella es necesaria. De Borges, el presidente de su partido, dice con gracia que es lo más parecido a un maniquí: “Julio siempre está ‘plain’: uno no sabe cuándo está contento o cuando está bravo. Siempre igual. Nunca se emociona. Pero es el hombre que piensa en frío, el que sabe mantener la calma y llamarnos a ella cuando nos exaltamos”. Sin empacho se confirma de izquierda “hasta donde se puede ser en este mundo civilizado”. Recuerda que su padre era comunista y que siempre estuvo en contacto con esa corriente, que prácticamente creció en ella. Más aún: revela que de pequeño lo mandaron a Cuba una temporada con los pioneritos y que nunca olvidará que el último día el facilitador le pidió si le podía dejar su cepillo y crema de dientes. Ello le bastó para curarse de comunismo.

Casi llegadas las once pide permiso. “El coach de tercera me está haciendo señas”, se excusa. El coach de tercera es la muchacha que lo acompaña. Ya para ese momento, el círculo de gente había crecido y estaba compuesto no solo por estudiantes, sino también por adultos. Todos, atraídos por el raro espectáculo de un diputado que habla con la gente, no rehúye pregunta alguna e incluso se atreve a defender posturas para ese momento impopulares (participar en la regionales, de darse el caso). “Hace falta gente así, que le hable y le explique las cosas a uno”, dice una señora. Y vaya si tiene razón.

11:00 PM

¿Qué lleva a un joven a estudiar derecho en un país sin estado de derecho? La duda me surge cuando escucho hablar a Rafaella Maiure (21) y a Edward Rangel (20), futuros abogados de la república, quienes desde la UCV y la UNIMET, respectivamente, trabajan como voluntarios en Defensa UCV y Apoyo UNIMET, dos grupos que prestan asesoría legal gratuita a los familiares de los manifestantes que son detenidos protestando contra la dictadura. Rafaella, que empezó a estudiar derecho en 2013, lo explica con una imagen bastante clara: “Cuando en un país hay una pandemia, necesita médicos; y cuando no hay estado de Derecho, necesitamos a personas preparadas en el ámbito para poder recuperarlo”. Edward, que arrancó en 2014, apela al futuro: “Después de que caiga esto –y va a caer– tiene que haber alguien que restaurare el Estado de Derecho, que le ponga ganas al país, que institucionalice todas aquellas instancias del Estado y del gobierno que se partidizaron, y justamente le toca a esta generación”. Recuperación y restauración: son profesionales del futuro.

¿Qué los llevó a ser parte de esos grupos que asesoran a los familiares, los acompañan, les hacen seguimiento a los casos, los denuncian y resuelven? En el caso de Rafaella, una experiencia familiar: a un primo suyo lo detuvieron protestando. “Cuando vi a mi familia tan angustiada, cuando no sabían a qué abogados llamar, cuando no sabían cómo proceder, entendí que tenía que ayudar. Es algo que me mueve, porque siento la necesidad, ante esta situación crítica, de poder aportar en algo concreto que vaya más allá de las manifestaciones”. Para Edward, fueron precisamente las manifestaciones, el no poder acudir a ellas, lo que lo llevó a comprometerse: “En 2014, cuando asesinan a Bassil y a Robert, a mis padres les comenzó a dar miedo que yo saliera a manifestar, y mi idea en ese momento fue: si no puedo salir, entonces tengo que hacer algo diferente, ayudar desde algún punto. Fue allí que conocí Apoyo UNIMET  y he estado apoyando desde entonces”.

Su labor los ha puesto en contacto con la injusticia: saben de los Morochos Sánchez, presos en Tocorón; de un ucevista que lleva un mes en el SEBIN sin poder hablar con sus familiares; del terror que viven aquellos que tras ser detenidos son incomunicados y ruleteados por horas. Saben a lo que se exponen. Y su familia, claro, se angustia. “Mi papá a veces quiere ponerme límites: cuando voy al Palacio de Justicia, a él le gustaría que no fuera para no exponerme. Pero ellos entienden que es parte de mi vocación de participar y ayudar, y que no pueden limitarme, más bien me apoyan”, dice Rafaella. No muy distinto es el caso de Edward: “Mi familia se preocupa por todo el tema de si me podrían llegar a buscar, si algún día aparece el SEBIN en mi casa, pero entienden que ante esta situación histórica es necesario hacer algo, ser parte del movimiento, ser parte del cambio, y es por eso que a pesar del miedo y de la frustración, me alientan”.

¿Y a ellos no les da miedo? “Efectivamente existe miedo, y siempre hay un momento de quiebre en el que te preguntas por qué estás realizando esto, por qué estás en esta lucha. Pero es que si no, luego no vas a poder decir que hiciste algo por cambiar a Venezuela”. ¿Y qué es Venezuela, Edward? “Venezuela es mucho más que ese grupo que está en el poder. Es la patria, es el lugar donde tienes tus amigos, tu familia, tu futuro. Venezuela es la casa donde vivimos, el país donde nacimos y donde queremos morir”.

12:00

La última campanada que salió de la torre de la iglesia de San José se escuchó a las 6:30 de la tarde; el templo está cerrado desde las siete; y su párroco, a juzgar por las luces apagadas de su casa, lleva rato durmiendo. Pero en la plaza Bolívar todavía hay monjas. Los hábitos y tocas blancas que se han dejado ver desde el inicio de la vigilia resaltan ahora, pasada la medianoche, tanto como un anuncio de neón.

¿Qué hace una monja de madrugada en una plaza pública? “Acompañar a los jóvenes, rezar por los caídos y luchar por Venezuela”. Así lo sintetiza la Hermana Rosalía, una religiosa morena, de 68 años, que pertenece a la congregación de las hijas de Padre Machado. Es de las monjas que marcha –“Yo puedo estar en la casa haciendo una cosa, me entero de que hay una marcha, y digo: yo me voy a estar aunque sea una hora allí”– y que lo hace sin acto de contrición ni golpe de pecho de por medio –“Nosotras también somos pueblo, ciudadanas y venezolanas”– y con la conciencia tranquila de no estar mezclando al César con Dios –“Es que esto no es política. Nosotras no estamos haciendo esto por partidos, porque no somos de ninguno: nuestro partido es Venezuela”–.

Su plural no es mayestático: en él mete a sus hermanas de comunidad, pero también a los ancianos y que cuida. Cuando sale a protestar, lo hace por ellos y en nombre de ellos. “Nosotras nos hemos visto muy afectadas por la crisis. El dinero es poco y no alcanza para nada: cualquier cosa son cinco mil bolívares. En nuestros asilos  a veces no tenemos con qué darles de comer a los ancianos, que están pasando los últimos años de su vida y muchos no tienen familia que los ayude. Por ellos estamos luchando”.

De cara al futuro, sin embargo, no es lo material lo que más le preocupa –“Eso se resolverá: Venezuela sigue siendo un país con muchos recursos”–, sino lo humano: “Lo más difícil va a ser volver a unir a las personas que ahora se odian, volver a ser la patria unida que éramos antes, eso va a ser lo más duro”.

A la revolución la juzga con el Evangelio –“por sus frutos los conoceréis”– y por ello no duda en ubicarla en el lado del mal: “Es imposible que sea cosa de Dios, porque Él no quiere la violencia, ni el odio, ni la división, ni la corrupción, ni la mentira, ni nada de eso”. De la realidad del país tiene también una visión sobrenatural: “Es una batalla espiritual. Estamos luchando contras las fuerzas del mal”. ¿Y en ese campo como pelea la hermana? “Con oración. Todos los días la misa la ofrecemos por Venezuela. En todas nuestras peticiones está siempre Venezuela. Tenemos días fijos y momentos de oración fuerte para rezar por Venezuela, incluso nos levantamos a la medianoche a orar por la patria”.

Después de todo, puede que no sea tan extraño ver despierta a una monja a la medianoche.

1:00 AM

Es abogado, tiene 28 años y una maestría en España. Dejó a un lado un empleo bien remunerado en el extranjero para volver a Venezuela y hacerse cargo de la Escuela de Derecho de la Monteávila. La remuneración, como la de cualquier profesor universitario, es mala. Y en su caso, todavía peor: tiene un cargo administrativo que la absorbe a tiempo completo y le impide dedicarse a otras cosas. A la una de la madrugada está en la plaza Bolívar dando una clase a cielo abierto sobre el amor a la patria y sus bases filosóficas. A esa hora, consigue lo que muchos profesores no logran a las diez de la mañana en un salón sin ventanas: atención. Todavía más: emociona y conmueve a su audiencia. Será acaso el tema, será tal vez la convicción con la que lo explica, o será lo que dice. Lo cierto es que María Verónica Torres da una de las mejores clases de la noche. Y no precisamente por falta de competencia: durante toda la madrugada, una alineación de cuartobates de las aulas estuvo enseñando a cielo abierto. Pero la suya fue –literal y figuradamente– una lección magistral.

Terminada la clase –y las muchas felicitaciones que vinieron después de ella– la abordo. Quiero conocer su historia, saber qué la mueve, por qué esta allí. “Vocación” es su respuesta. ¿Y eso qué es? “Un regalo, algo que se te dio, y ella lo puede más a uno que cualquier otra cosa. La mía es la de estar acá enseñando. Yo no me veo feliz haciendo ninguna otra cosa. Es más: yo no me sentiría satisfecha haciéndolo en otro país sabiendo que en el mío se necesita que enseñen. Para mí, de verdad, no hay mayor alegría que estar aquí retribuyéndole al país todo lo que me dio; y además enseñándoles a los chamos, creando libertad interior en ellos, que es lo que los regímenes totalitarios atacan”.

Sí, todo ello suena muy. ¿Pero se traduce en hechos concretos? ¿Hay algo específico, tangible, palpable que demuestre que no es arar en el desierto, que de verdad vale la pena? “Claro que sí. El sacrificio que estamos haciendo no es vano. Estos muchachos del Movimiento Estudiantil salen por la reserva moral de sus padres y de sus profesores. Nosotros hemos creado en ellos el espíritu y la libertad interior suficiente para que entiendan que no se merecen vivir así, y les hemos dado herramientas para la lucha. Pero es que además, aunque no fuera un movimiento, con que uno solo fuera capaz de descubrir su dignidad, esa que el gobierno les ha querido quitar, ya para mí hubiera valido la pena todo el sacrifico personal que he hecho”.

Sobre los jóvenes del Movimiento Estudiantil tiene una idea curiosa: estos de ahora son más maduros, dice, porque han sufrido más. “Son unos muchachos que han sabido sortear muchas fatalidades, y han sabido hacerlo porque son inteligentes y tienen voluntad de echar para adelante este país”. Para ella, no hay mejor prueba que lo que está sucediendo allí esa noche: “Este es un acto de resistencia precioso: una vigilia es una forma excelsa de manifestar y tiene un contenido moral que otro tipo de actos no tiene, porque requiere una cantidad de horas pasivas y cohesión social. Pasar esta noche escuchando clases significa que los chamos entendieron cuál es el sentido de la lucha y entendieron que aprendiendo son más capaces de ganar la democracia”.

2:00 AM

Esta es la hora muerta. En la que todo se junta. Incomodidad es la palabra que la describe. Por el sitio, por la hora, por el cansancio, por la falta de agua corriente, de un lavamanos, de un espejo, de una cama, de una almohada, de algo. Ya en la plaza no hay multitud. Se la puede cruzar de un extremo a otro sin problema, sin tener que pedir permiso. En el centro hay pequeños grupos de universitarios. Varios se amontonan sobre colchonetas y duermen. Hay algunos que están jugando cartas (la baraja española y el ‘Uno’ mandan), mientras otros le meten al dominó, que se cotiza en alza, e incluso al ajedrez. Hay unos que simplemente hablan. Y no falta el que lea. En los bancos y escalones que la bordean hay adultos; padres y vecinos que permanecen allí acompañando y dando apoyo: reparten café, arepas, tortas, agua.

En su mayoría, todos están en ese momento más dormidos que despiertos. Pero plantados, a cielo abierto, en una plaza, de madrugada, en la capital más peligrosa del continente.

3:00 AM

A las tres de la mañana ya no quedan monjas, sino apenas algunas madres. Son ellas las que se van al centro cuando se hace la invitación para rezar un rosario. No están solas. Junto con ellas va un grupo de estudiantes mayor del que uno pensaría. La oración es ofrecida por los caídos, por sus familiares, por la pronta liberación de los presos políticos, por los enfermos, por Venezuela, por su libertad, por su paz y por su futuro.

Tras los cinco padrenuestros, las cincuenta avemarías y los cinco glorias, María Auxiliadora Ramírez, la mujer que dirigió el rosario, explica que éste no estaba programado, sino que fue una iniciativa de ella que los organizadores apoyaron. “Recordé que las 3 de la mañana es la hora del demonio, ya que es la opuesta a las 3 de la tarde, en la que murió Cristo, y que en ella se hace siempre brujería; entonces me pareció una buena manera de proteger este acto, porque además el régimen siempre actúa de madrugada”, explica. “Hace tres años, aquí, en un mes de mayo también, vinieron y se llevaron el campamento de los estudiantes de madrugada”, recuerda.

Para despertarse y mantener el ánimo, varios estudiantes se abrazan a cantar. Versionan a Chino y Nacho y luego se pasan al ‘Alma Llanera’. Es, sin embargo, ‘Venezuela’, esa de “llevo tu luz y tu aroma en mi piel”, la que se más se canta.

4:00 AM

Santiago Acosta, el Consejero Universitario de la UCAB, no ha parado de cruzar la plaza durante toda la vigilia. De allá para acá, de acá para allá, todo el tiempo ha estado haciendo algo. Desde encabezar algunos actos hasta repartir agua o reunirse con los otros líderes con quienes comparte la responsabilidad de sacar adelante el acto. Es a las 4 de la mañana, cuando por fin tiene un respirito, que logramos hablar en las escalinatas de la plaza. Al lado, un grupo de mujeres, quizás para ganarle al sueño, se han reunido a cantar canciones de misa. No es exactamente un coro angelical, pero tampoco desentona con el entrevistado: toda su educación ha ido de la mano de los jesuitas, tanto en el San Ignacio de Loyola como en la UCAB, donde estudia actualmente derecho.

De ojos azules y voz ronca, Santiago es el único miembro de su núcleo familiar que queda en Venezuela. Desde hace años, sus padres y sus hermanos están fuera del país. Él, sin embargo, sigue. ¿Por qué? “Porque creo que no voy a encontrar mi felicidad en otro sitio que no sea Venezuela. Creo que puede haber un país distinto, y que cuando esto cambie será un país lleno de oportunidades. Además, actualmente hay demasiadas personas sufriendo, y hay que luchar por ellas”.

En su discurso hay una palabra clave: reconciliación. Santiago está convencido de que el cambio de Venezuela pasa por allí y que su rol, como estudiante, es colaborar en esa empresa: “Nuestra misión es reconciliar. Volver a unir lo que dividieron. Y esa va a ser la tarea más difícil: perdonar. Parte de nuestro rol histórico no pasa solo por cambiar un presidente, sino por transformar el corazón de cada uno de los venezolanos, ya que hasta que no haya un cambio moral en cada uno, hasta que no entendamos que estamos aquí para construir, servir, hacer cosas positivas y bien hechas, hasta que eso no pase será imposible reconstruir el país”.

La otra palabra que repite con frecuencia es servicio. Le viene de San Ignacio (“En todo amar y servir” fue su lema) pero también del ejemplo que ha recibido de la generación de 2007: “Esta generación ha aprendido que la política no se trata de imponer cosas o de ser reconocido, sino de servicio. Los jóvenes que vienen del Movimiento Estudiantil como David, Freddy, Juan Andrés, Pizarro, Stalin, cada uno entiende que está ahí para servir, y vemos como están todos los días en la calle acompañándonos. Es algo genuino, que nos sale a los dirigentes de hoy, que entendimos que estamos hechos para dar mucho, que lo más bonito está en dar a los demás y entregarse plenamente a ayudar y a servir”.

La pregunta por el miedo es inevitable. “Claro que lo siento. No hay nada más natural. Pero tengo más miedo de un país sin medicina por más años, de un país sin comida, de un país donde no podamos ser los jóvenes quienes nos casemos y podamos comprar un apartamento”. ¿Estamos cerca del fin de la dictadura? “Yo creo que puede ser el amanecer para Venezuela. Es ya mucha gente la que está en contra. Ya no se trata de un grupo contra otro, sino que existe un rechazo enorme contra Nicolás Maduro. Y somos muchos los que queremos cambio”.

5:00 AM

De las muchísimas cosas de las que esos ojos sin pupilas del Bolívar de metal que custodia la plaza han sido testigos, difícilmente habrá una tan conmovedora como la reunión de los estudiantes de la UNIMET que tiene lugar a sus pies. Ocurre bajo un cielo que ya dejó de ser negro pero todavía no es azul, sino que porta una especie de morado que se aclara aceleradamente. A los unimetanos los convoca esa tristeza común llamada Juan Pablo Pernalete. Se agrupan, ya al final de la vigilia, para drenar eso que desde el miércoles los está matando, verbalizar su dolor, compartirlo. La dinámica consiste en pararse en el centro y decir algo. A los cinco minutos, ya todos han llorado. Los que fueron sus amigos lo recuerdan, los que no lo conocieron se lamentan, y todos reflexionan  en voz alta sobre la vida, lo rápido que se va y lo importante que es aprovechar el tiempo. Les ha tocado crecer de una. Entonces, de pasada, un muchacho gordito y de lentes lo dice:

“Busquemos que este dolor no se convierta en odio”

Es una frase que debería detener el tiempo, cortar la atmósfera, remover los cimientos de la tierra, poner el mundo de cabeza y hace al sol refulgir con intensidad. Como no tienen tal poder las palabras, la frase vuela con el viento. Ya en ese momento está siendo desplazada por otra. Pero el muchacho la dijo. De él nació. De él salió. Y los otros lo escucharon. Y asintieron. No pusieron reparos. Dijeron que sí.

Cincuenta años atrás, a los que en ese entonces eran muchachos como ellos les tocó también enterrar compañeros asesinados prematuramente. “Camarada, tu muerte será vengada”, fue la promesa. La venganza llegó, se hizo revolución y acabó con un país. En las cenizas de lo que quedó, está surgiendo una generación que pasa por lo mismo pero no jura venganza. “Que este dolor no se convierta en odio”. Comienza a ser visible el amanecer en la plaza. Y en Venezuela.

6:00 AM

El rector de la UCAB, José Virtuoso, y el capellán de la Monteávila, Javier Rodríguez, son dos de los cuatro sacerdotes que presiden el acto litúrgico que tiene lugar al despuntar el alba. Compañía de Jesús y Opus Dei, lo más liberal y lo más conservador de la iglesia, están unidos por obra y gracia de los estudiantes. No es que sean enemigos (la iglesia al final siempre es una), pero se trata de dos realidades (y sensibilidades) eclesiales muy lejanas. El jesuita predica el cristianismo como revolución y cambio; el del Opus habla de la necesidad de estar cerca de Dios para poder tener fuerzas y lograr el cambio. Al final, la palabra se repite en ambos.

7:00 AM

A las 7 de la mañana se celebra en el templo parroquial de Chacao una misa por el eterno descanso de Juan Pablo Pernalete. Los líderes universitarios no participan en ella: están en la plaza limpiando. No sólo es que recogen en bolsas negras todos los desperdicios que tras 12 horas se han acumulado; es que incluso se arrodillan en el suelo a despegar la cera de los cirios. “Vamos dejarla mejor de cómo la recibimos”, se propusieron. No pasan ya de 10, pero ahí están: dejándola mejor de cómo la recibieron. Exactamente lo que les tocará hacer con Venezuela.

A juzgar por cómo quedó la plaza, hay motivos para tener esperanza.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio” 

#08: El violinista que no quiere ser como Dudamel

ESTUDIANTILWEB

Historia de una represión

Por: Valeria Bravo (Estudiante de Primer Semestre de Economía de la UCV)

I

Son las 8 de la mañana del lunes 08 de mayo y estoy en la UCV. Aunque la convocatoria es a las 10, sé que vamos a comenzar con suerte como a las 12 –bendita sea la puntualidad de los venezolanos–, cuando todos lleguen. Veo la universidad sola: con la flexibilización de las asistencias, muchos han decidido no venir.  El ambiente es sobrio pero tenso. Todos tenemos claro que no vamos a alcanzar a unirnos a ninguna de las concentraciones de hoy. Tendremos suerte si salimos de aquí. De hecho, ya nos trancaron Puerta Tamanaco y sabemos que no les importa lanzar bombas al campus con tal de no dejarnos pasar, como pasó el 04 de mayo pasado. Así que esa salida no será nuestra opción.

II

Ya es el medio día y nos estamos concentrando en la plaza techada, cantando con una misma voz y un mismo sentimiento. Poco a poco vamos caminando hasta llegar a la entrada del Aula Magna para reunirnos a esperar nuevas instrucciones. Jamás me había sentido tan orgullosa de escuchar el Gloria al Bravo Pueblo, y, por supuesto, el himno de La Casa que Vence la Sombra, aunque no me lo sé todavía.

Rafaela Requesens (Presidenta de la FCU) y su adjunto Alfredo García dicen que debemos irnos por Puerta Minerva. Allí me doy cuenta de que debería conocer más la Universidad: apenas hoy me entero de la existencia de esta entrada.  Ya varios estudiantes pasaron por ahí y le dieron el visto bueno, así que allá vamos.

III

“Señores soy UCVista desde la cuna,

esta es mi Alma Máter, es mi fortuna,

siempre por Venezuela, los UCVistas van a luchar,

¡LA UCV NO TE VA A ABANDONAR!”

Eso es lo que se escucha en las calles del oeste. Aunque los cantos me llenan de valentía, siento miedo. Es la primera vez que camino por la Av. Victoria –qué suerte que ando con un chamo que se conoce toda esta zona–, y aunque estamos en grupo, no dejo de ver para los lados buscando actividades sospechosas. En fin, debe ser la paranoia.

Nos detenemos, y no alcanzo a ver por qué. Desde adelante nos dicen que Rafaela está hablando con la PNB mientras vemos bajar por el elevado a los murciélagos –ya sabíamos que esto iba a pasar–. Me concentro a ver cuáles podrían ser nuestras vías de escape –otra vez agradezco estar con este muchacho–. Muchos vecinos están tocando las cacerolas, y otros están cerrando los locales. También los de Misión Vivienda nos acompañan: insultándonos, pero nos acompañan.

IV

Veo en cámara lenta cómo salen las primeras bombas hacia nosotros, y aunque sé que correr no es lo que se debe hacer, igual lo hago. Llego hasta una licorería, mientras caigo en cuenta de que dejé de estar con mi muchacho. Me paro unos segundos para respirar dentro de la máscara y escucho cuando él me grita “¡vente!, ¡vente!”. Le agarro la mano –que más nunca le solté– y corremos hasta la bomba de gasolina. Siento el ardor en los ojos y el gas dentro de mí. Pero igual voy a seguir corriendo porque pienso que nada puede ser peor que pararme. Acabamos de encontrar al grupo, todos con el corazón en la mano. Nos echamos agua con bicarbonato, esperamos unos segundos y vemos que siguen lanzando y siguen llegando más y más bombas.

Seguimos corriendo (estoy viendo a un perrito pasar en frente de nosotros y lo único que se me ocurre decirle es “¡corre perrito!”, mientras le paso por encima para no llevármelo por delante) y siguen llegando bombas. Decidimos desviarnos y bajar a la siguiente calle, huyendo de la Victoria siempre. Nos paramos cinco segundos y seguimos corriendo. Escuchamos ‘pam-pam-pam’ y seguimos corriendo sin mirar hacia atrás (yo miro hacia arriba para asegurarme de que nada nos va a caer). Rafaela viene detrás de nosotros, y seguimos corriendo.

Mucha gente cierra las puertas de los edificios. Pero más adelante, mientras nos vamos yendo hacia la derecha, un señor la tiene abierta. Corremos hacia allá y varios se intentan meter, pero el señor no los deja. Estamos empujando y vemos que por la izquierda acaban de llegar cinco motos con dos PNB en cada una. Tienen fusiles de bombas en la mano. “Nos agarraron y nos llevaron al Helicoide”, pienso. Pasan los segundos más largos de mi vida mientras el señor abre las puertas y nos metemos hacia el edificio. Muy valiente, se enfrenta con la PNB y les dice que no pueden entrar y que se queden quietos. Ellos le gritan que se meta hacia adentro y no harán nada. Corremos hasta el estacionamiento mientras los vecinos nos auxilian y les gritan a los policías hasta el mal del que se van a morir.

Estamos ocho en este estacionamiento, pero en otros hay hasta 30. Llamo a mi hermano para ver cómo está y me dice que se encuentra en uno de los estacionamientos. Llamamos al equipo y todos están resguardados en otros estacionamientos también. Esperamos mientras tomamos agua y Rafaela se pone en contacto con su gente para salir de ahí. Pasan 20 minutos, tensos y duros, y salimos para montarnos en dos carros que nos llevarán de vuelta a la universidad. Llegamos y afortunadamente somos los únicos que faltaban. Abrazo a un amigo del colegio que no veía desde hace años lo más fuerte que puedo y nos dirigimos a Odontología, desde donde salimos todos de vuelta a la facultad. Nos sentamos y damos gracias a Dios por estar allí, completos, y no haber sido robados o llevados por los PNB.

MaCe Peña

El violinista que no quiere ser como Dudamel

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

La multiplicación de la gente es el mayor milagro logístico de la oposición y se ha venido repitiendo constantemente desde hace una semana. Como todo milagro que se digne, requiere sufrimiento: el de todos aquellos que entre diez y doce llegan a los puntos de concentración y se hallan prácticamente solos. La imagen de la plaza Francia con apenas personas a las 11:30 de la mañana era tan desoladora como los comentarios de los manifestantes, que parecían a punto de lanzar la toalla porque ‘aquí no hay nadie’, ‘hoy no tenemos fuerza’, ‘así nos van a joder a todos’, ‘la gente no se involucra’, ‘todos están pendiente es de sus trabajos’, ‘hay demasiada gente indiferente’. Los más optimistas explicaban que era día de semana, que sería después de la hora de almuerzo de los trabajos cuando la gente bajaría, que era una convocatoria con demasiados puntos y que cuando todos se unieran entonces sí habría multitud. Sin embargo, la realidad era que alrededor de la plaza se vivía otro día normal de trabajo.

¿En qué momento, Zavalita, se llenó la plaza y hubo gente suficiente para marchar copando los dos canales de la Francisco de Miranda? Llegada casi la 1 de la tarde. ¿Cómo? Ese es el misterio a resolver. De repente apareció gente, y de repente arrancó la marcha, que en esta oportunidad iba rumbo al Ministerio de Educación, despacho de Elías Jaua, a decirle que no a la Constituyente.

II

“Pobrecito, está morado”, exclamó una mujer al ver a Henrique Capriles declarando ante la prensa cuando llegó a Chacaito. No exactamente morado, sino rojísimo, casi fucsia, con trazos blancos de protector y un montón de sudor encima. Fue el Gobernador de Miranda, a la cabecera de la marcha, quien la guio hacia El Bosque, donde sucedió el primer ataque, del que no salió inmune: con los ojos llorosos y ya medio asfixiado, se reunió en mitad de la calle con Juan Andrés Mejía para ver qué hacían. “Este punto es muy malo, no circula el aire y es una sola calle”, explicaba, “yo creo que lo mejor es bajar a la autopista”. En ese momento, entre una bomba y otra, la marcha terminó dividida: un grupo en la autopista y otro en Chacaito, donde por más de tres horas hubo un duro enfrentamiento.

Tanto como la duración (las últimas concentraciones habían sido disueltas de inmediato), llamó la atención el aguante de la gente, que, si bien a unas cuadras del foco de disturbio, se mantuvo casi hasta las cuatro de la tarde resistiendo el embiste de las bombas. Un hombre de cabello blanco, que iba con su camisa en una mano y una piedra en la otra directo al lugar de la confrontación fue el centro de atención durante un buen tiempo. “Primero está mi patria que mi casa”, dijo al consultarle sobre su presencia. Tenía 75 años y ni una pizca de miedo: “Miedo deben tener ellos. Porque no han peleado como unos hombres: pelean como unos cobardes. Cuando matan a una persona, siendo cien, y estando el otro desarmado, eso es un acto elemental de cobardía”.

No era el único anciano dispuesto a pelear adelante. Una curiosa coincidencia se produjo en un cruce: un señor de pelo gris era sacado de allí cargado tras ser herido, mientras otro muy dispuesto le pedía a uno de los jóvenes una bomba molotov. “Es de pintura”, le explicaba el manifestante, sobre las que llevaba en una gavera. “Qué mal”, se lamentaba el hombre, que igual siguió para adelante.

¿Se metieron los cachorros –la banda de menores delincuentes de esa zona– a pelear? La duda fue inevitable al ver la cantidad de niños encapuchados que había ayer en Chacaito, y cuya baja estatura los delataba. “Tengo diez años”, me dijo uno de pasada, aunque en realidad podrían ser menos. “Mi papá me pega y no me quiere.  Estoy aquí por mi cuenta” fue la única respuesta que dio antes de perderse en dirección hacia el humo.

III

En el jueguito del dinosaurio, inmensamente popular gracias al mal servicio de ABBA, Inter y demás operadoras, hay siempre un ave que pasa volando a altura media y obliga a tener que agachar rápidamente al dinosaurio para que no muera. Ayer, eso mismo pasó cerca de la estatua de Martí en Chacaito: un ave hizo agachar, saltar y correr a varias personas. Faltaba un cuarto para las 3 de la tarde cuando el dichoso pájaro sobrevoló lo que en ese momento era zona de guerra. “¡Mosca!”, “Pendiente!”, “¡Arriba!”, se escuchó, y en fracción de segundos había ya escudos levantados, manos en la cabeza, gente caminando agachada de espaldas y otros corriendo. Cuando ese punto negro, centro de todas las miradas, siguió avanzando recto, sin descender ni despedir gas alguno, los suspiros se unieron con las risas y el alivio se hizo presente.

En principio anecdótico, pero tremendamente revelador, ese pequeño incidente fue el mejor termómetro para dar con el grado exacto de tensión que había en Chacaito tras dos horas de duro enfrentamiento entre PNB y manifestantes. No es otra cosa sino la vida lo que se están jugando los que salen a protestar en las calles de Caracas. Y una de esas bombas, según como caiga, puede significar el fin de muchas cosas. Por eso, ninguna precaución parece exagerada.

Ayer, solían ir de cuatro y de a cinco, surcar el aire, caer, explotar y gasear. O caer, herir, explotar y gasear, ya que esas eran las que mandaban hacia donde se encontraba la multitud (y sobre la multitud caían), porque para los jóvenes de la primera línea, los que se enfrentaban directamente con la PNB, las bombas iban de frente a piernas y tobillos, que son las partes que quedan vulnerables ahora que la mayoría tiene escudos de madera. De hecho, durante toda la tarde fueron las tijeras el instrumento más usado por médicos y paramédicos de la Cruz Verde: con ellas cortaban pantalones para descubrir heridas, vendarlas o, en el peor de los casos, confirmar fracturas o fisuras.

Otra constante, tan infortunada como la anterior, fue el robo de cascos, máscaras antigases, bolsos y cualquier pertenencia a los heridos. En medio de la confusión de su llegada, al quitarles los médicos todo lo que tenían encima y ponerlo a un lado de la calle, rápidamente desaparecían para siempre mientras los doctores los atendían. La nobleza y la miseria humana se encontraron ayer, y en grados superlativos, improbablemente cerca en Caracas.

IV

El muchacho tiene 23 años, es moreno y delgado. Viste un pantalón color crema y tiene el torso descubierto. La franela, roja, la usa a modo de capucha para protegerse de los gases. En la cabeza porta un casco pintado con el tricolor nacional y detrás carga la caja de su instrumento. Con una habilidad tremenda, interpreta el Himno Nacional mientras esquiva las bombas. En medio de ese infierno de detonaciones, el Himno se escucha inmenso, conmovedor, celestial. El muchacho tiene los nervios tan templados como las cuerdas de su instrumento. Pero es humano y se encuentra bastante afectado por el gas. Cuando termina, se dobla para escupir. Habla entre jadeos y quejidos. Pero se niega a retirarse. “Estoy aquí porque amo a mi país, y el violín es la única arma que tengo para luchar por él. Toco el Himno porque somos un pueblo que tiene fuerza”, responde. ¿Hasta cuándo? “Hasta que seamos libres. Voy a tocar en las calles hasta que lo seamos”, jura.

Al preguntarle por Armando Cañizales se quiebra. La grabación registra que pasan varios segundos entre la pregunta y la respuesta. Está llorando lágrimas que no son de gas, sino de dolor por el compañero asesinado. “Sí. Yo conocía a Armando. Y a Armando me lo mató este gobierno”. El posesivo lo dice todo. Hay otra pausa larga, esta vez porque tiene arcadas. Pero no vomita. Promete. “Por Armando es que yo voy a luchar hasta que este gobierno salga del país. Porque este gobierno es el que nos ha asesinado”. Otra pausa para escupir. “Nosotros necesitamos un país en el que podamos salir a tocar sin miedo de que nos vayan a robar el instrumento, sin miedo de que nos vayan a matar, y por eso estoy aquí”.

En un instante, la situación en la Francisco de Miranda pasa de tensa a apremiante. Ha retrocedido mucha gente y las luces amarillas de las motos de la PNB se ven más cerca. “Sí. Leí la carta de Dudamel”, responde, “pero no quiero ser como él y tener que esperar a que alguien muera para pronunciarme. No quiero que sea demasiado tarde para salir a luchar por mi país. Yo voy a seguir hasta que todo esto se acabe”. En ese momento, una bomba cae prácticamente en nuestros pies y le pone fin a la entrevista.

V

A las 5 de la tarde, cuando ya la manifestación había terminado, la Plaza Francia de Altamira era una colección de jóvenes lisiados: cojos, golpeados, desmayados, acalambrados, cortados, ‘perdigoneados’, caídos, pisados, quemados, raspados. Quien no tenía un dolor, tenía por lo menos una venda o un yeso. Lo que no les faltaba a ninguno eran historias (más bien hazañas) que contar. Desde el que no se la pensó y se lanzó una de Rambo, se fue solo contra la PNB y logró lanzarles un cohetón (la novedad de ayer), hasta el que atajó en el aire una lacrimógena y la devolvió (dice él) más atrás de los Guardias, pasando por el que perdigones en mano muestra la andanada que recibió y que prendió en candela la bandera que llevaba.

Quien fuera para allá sin saber que son peligrosos terroristas (Reverol dixit) se hallaría bastante confundido al escuchar sus nada temibles logros. Y más confundido aún quedaría si viera lo bien que se llevan, lo cordial que conviven y lo mimados que son por uno de los públicos que más miedo debería tenerles: el de las señoras de bien. Contra todo pronóstico, lejos de generarles terror, asustarlas y alejarlas de la plaza, estos peligrosos terroristas las mueven a la compasión: a esa hora de la tarde hay un montón de ellas auxiliándolos, curándoles las heridas, echándoles bicarbonato, brindándoles analgésicos, colgándoles rosarios, regalándoles galletas, ofreciéndoles agua y jugos, dándoles comida, e, incluso, la bendición, a la que responden ‘amén’, porque lo terrorista, al parecer, no quita lo educado.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio” 

TANQUETAWEB

“Los venezolanos no somos este odio”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

De acuerdo con la grabadora son las 12:55 del mediodía del 03 de mayo cuando Miguel Pizarro habla en la autopista con la prensa. Es una declaración atropellada y difícil, que se obtiene en medio de una dura arremetida de la Guardia Nacional. El diputado, sin máscara anti gas, casco ni chaleco antibalas, habla viendo las tanquetas de frente para esquivar cualquier bomba. Hace minutos, una acaba de aterrizarle en los pies. Tiene los ojos y la nariz rojos. Está empapado de sudor. Pero aguanta. El registro magnetofónico da cuenta de lo difícil del momento: Pizarro hace pausas para respirar, Pizarro arranca con un tono alto y rápidamente lo baja, Pizarro al final jadea. En los 45 segundos de grabación hay 4 detonaciones y un sinfín de gritos: ése es el fondo con el que se confunde su voz. En los últimos segundos, se escucha claramente la advertencia que hace una mujer desde un megáfono: “Cuidado con la cabeza, muchachos. No se descuiden”.

Protegerse la cabeza y caminar hacia atrás, sin darles jamás la espalda a los Guardias, son las únicas cosas que se pueden hacer en ese momento. Sin embargo, ello no garantiza nada. Ya las bombas no describen esa parábola de humo blanco que las hacía reconocibles. Ahora son un zumbido metálico que cruza a toda velocidad y en cualquier dirección el aire, golpea y luego explota echando gas. Pasan tan rápido y por cualquier parte, que resulta prácticamente imposible anticiparse a ellas.

De lo que Pizarro atina a decir entre detonaciones y zumbidos hay una frase fundamental: “Los venezolanos somos mucho más que esto. Los venezolanos no somos este odio. Los venezolanos no somos esto que estamos viendo”. Y lo que estamos viendo es el inicio de la que al final de la jornada será la arremetida más brutal de la Guardia Nacional Bolivariana contra manifestación alguna, que dejará un saldo de más de 300 heridos y un muerto.

II

Todo comenzó en la Plaza Francia de Altamira. Eran las 11 de la mañana (una hora después de la convocatoria) y la plaza estaba repleta de manifestantes. Tres grupos distintos rezaban el rosario en voz alta, mientras el resto de la gente conversaba y hacía tiempo. En los alrededores, sin embargo, la vida transcurría como si tal: comercios abiertos, transporte público operando y transeúntes caminando.

Cerca de la parada de los metro-buses, Stalin González conversaba informalmente con la prensa. “¡Vamos a marchar!”, comenzaron a gritar algunas personas, y el diputado entonces mandó a Cartaya (un viejito medio bravo que se encarga de la logística) a que buscara a Julio Borges. “En 5 minutos te lo traigo”, le prometió Cartaya, pero no pudo cumplir. En 5 minutos lo que había era más gente presionando –“¡Vamos para abajo!”, era el nuevo grito– y por una esquina Freddy Guevara. Entonces Stalin, que no es precisamente un orador entusiasta, tuvo que anunciar (siempre sin entusiasmo) que la marcha iría hacia la Asamblea Nacional. “Estoy orgulloso de ti. Hablaste muy bien”, fue la curiosa felicitación que le susurró Freddy al terminar el anuncio.

¿De dónde aparecieron los demás diputados? Ese es un misterio que sólo los equipos de logística pueden aclarar. Pero ya en Altamira Sur la cadeneta de parlamentarios contaba con una buena representación de ellos. Sin embargo, frente al liceo Gustavo Herrera la marcha fue detenida. Pidieron un megáfono y megáfono no había. Así que Ismael García se paró en una defensa a pedirle tiempo a la gente para que terminaran de llegar los parlamentarios que faltaban. Un manifestante muy puntual, que a las diez estaba como un clavel en la autopista (eran ya las 11:55 AM), consideró una falta de respeto la petición de García y se lo hizo saber. Él se salió de sus casillas. “Entonces échale bolas y vete a marchar tú solo”, le respondió el diputado aragüeño. Fue Rosaura Sanz (a la que inexplicablemente todavía llaman Rosalba) quien con más tacto, simpatía, unos cuantos ‘mi amor’ y mucho diente logró aplacar los ánimos. “Ahorita hay un cuarto de la gente que esperamos. No podemos arrancar todavía”, le explicaba. “Los venezolanos somos así: nos convocan a las 10 y llegamos a las 12”, proseguía. “Además, faltan 5 diputados”. Para el hombre, que seguía bravo, pero no con ella, era por ello, por la impuntualidad, que Maduro estaba de presidente y el país así.

Ordenar a los legisladores no fue tarea fácil (no tanto por ellos como por los no-legisladores que se sentían tales y querían ir al frente). Tampoco lo fue que los jóvenes encapuchados entendieran que esta vez no iban a ir ellos de primeros. Fue Freddy Guevara, que se tuvo que salir de la cadeneta, quien logró contenerlos a un lado de la autopista. La idea era clara: no darle excusa a la Guardia para reprimir. Sin embargo, tampoco la necesitaba: apenas aparecieron los diputados, los recibieron con bombas. Nada hubo: ni parodia de diálogo, ni advertencia de por aquí no pasen, ni disimulo. Nada. Por no haber, ni siquiera hubo una provocación, no ya una piedra, al menos un grito, un insulto, algo, que les permitiera excusarse y decir ‘ellos empezaron’. Nada de eso: fue ver a los diputados acercarse y comenzar a atacarlos.

III

El embate lo aguantan los diputados a punta de coraje y más nada. Sin protección de ningún tipo, apenas con un trapo empapado en bicarbonato algunos, se plantan en la autopista. Con la inmunidad parlamentaria no viene ningún súper poder: lloran, tosen, se doblan, escupen. Delante de ellos están los jóvenes encapuchados combatiendo contra la Guardia. Detrás de ellos, el resto de los manifestantes.

El enfrentamiento es tanqueta, ballena, rifle, lacrimógena y perdigones versus piedras y bombas molotov. El ejército de los jóvenes es bastante rústico: la mayoría se cubre el rostro con franelas que empapan de bicarbonato y los ojos con lentes de natación o de jardinería; no todos tienen máscaras anti gas y las que tienen suelen ser de las más baratas, que no cubren los ojos. Algunos se protegen con los escudos de madera que esa mañana alguien les donó, otros con gabinetes de puertas y hay incluso quien usa láminas de zinc. Los guantes, con los que agarran las bombas, no son tampoco de la mejor factua. “Apenas nos duran un día”, se quejará alguno horas después. Ellos aguantan largo rato, el suficiente a veces para que los que están más atrás tengan tiempo de salir, pero al final siempre se ven sobrepasados por la GNB y la PNB.

IV

“¡Médico, médico!”, piden varias personas que se van abriendo paso entre la gente y llevan a un muchacho herido. No debe pasar de los 20 años. Tiene las manos ensangrentadas y con ellas se tapa el ojo derecho. No ha transcurrido siquiera media hora desde que empezó la represión, y ya se hace imposible computar si este joven es el décimo, el trigésimo o el diecisieteavo herido de lo que va de jornada. La única certeza que se tiene es que desgraciadamente no será el último.

Al verlo, una mujer comienza a llorar. Y no es para menos. En ese momento, debajo del puente del CCCT, la escena es propia de una guerra: se escuchan detonaciones y gritos, en el suelo hay una barricada hecha con cualquier cantidad de escombros y basura, por doquier pasan jóvenes con el rostro cubierto, que al rato son devueltos heridos. “Si usted se pone nerviosa no debe estar aquí”, le dice la acompañante a la mujer, que todavía llora. Pero cómo no hacerlo, parece decir ella con su expresión, si a sus pies tiene a un joven al que unos médicos de pulso a prueba de todo le están vendando el rostro apresuradamente antes de que llegue la Guardia, que no va a tener compasión; cómo no conmoverse ante el infortunio de un muchacho, como mucho veinteañero, que podría perder para siempre un ojo; cómo no ponerse nerviosa si las detonaciones cada vez se escuchan más fuertes; cómo no angustiarse cuando ya ese humo químico y abrasivo comienza a sentirse nuevamente; cómo no preocuparse si allí, a metros, ya está la silueta blanca del rinoceronte que escupe bombas sin importarle ojos, juventudes, anhelos o sueños.

V

El miedo bien puede ser eso que había en el grito de una niña (“¡no, papá, allí no!”) que le indicaba a su padre que se dirigían directamente adonde habían comenzado a echar lacrimógenas. La desesperación puede ser lo que el rostro de ese hombre refleja al saberse emboscado por la GNB, que echa bombas adelante y atrás de él. Y la paternidad puede ser eso que lo mueve a cargar a su hija (de unos siete u ocho años) mandarla a cerrar los ojos y correr con ella encima hasta Altamira.

Esa emboscada de la Guardia Nacional, innecesaria y sin sentido, fue la prueba palpable de que lo que buscaban no era sólo desalojar la autopista sino hacerles el mayor daño posible a los manifestantes. Ocurrió pasada la 1:30 PM, cuando ya los rinocerontes y la ballena que venían de la Francisco Fajardo estaban a punto de cruzar el puente del CCCT, y del aeropuerto La Carlota empezaron a lanzar bombas  también. Un grupo importante, que se dirigía al distribuidor Altamira (única salida que quedaba) se halló emboscado y sin ninguna vía de escape, y echó mano de lo que había: una reja negra a la que le faltaba un barrote y daba al Sambil, una montaña que daba a una calle de Chacao o la carrera hasta Altamira.

Las imágenes de señoras y adultos agarrándose con las dos manos de la grama, de la tierra, de las matas o de lo que fuera para intentar subir la montaña mientras sus pies resbalaban varias veces con la tierra; el desespero de los que se quedaban atorados entre los barrotes de la reja negra y terminaban golpeados y pisados al intentar cruzarla; el funambulismo improvisado de aquellos que se subieron a la colina del Gustavo Herrera y aferrados a la reja intentaban cruzar Altamira lo más lejos posible de las bombas que les disparaban de La Carlota, son las estampas de parte de ese horror que se vivió (y no se vio) en la autopista contra el grueso de los manifestantes.

VI

Faltando diez minutos para las 4 de la tarde, toda Altamira se convirtió en un clamor. La plaza y sus dos avenidas eran un solo grito: “¡Sí se puede!”. Cual si llevaran el Santo Grial entre sus manos, hubieran sacado la espada de la piedra o tuvieran una reliquia milagrosa, un grupo de muchachos corría exhibiendo un rifle, tres escudos y la puerta que le quitaron a una tanqueta de la Guardia Nacional. Salvo que alguno tenga brazo de grandeliga y en un séptimo juego de Serie Mundial logre robarle un jonrón en la baja del noveno al equipo contrario, difícilmente ninguno volverá a vivir una aclamación de ese tipo. El momento, que culminó en el obelisco de la plaza, donde fue depositada y exhibida tan grande ofrenda, tuvo mucho de épica callejera y de fiesta popular. La gente los arropó, los aclamó, los celebró, aupó y fotografió.

Por un rato, la emoción de ese triunfo pareció hacer olvidar lo que había costado: un montón de heridos. El flujo de muchachos que tenían que ser sacados no ya por paramédicos o por los motorizados que habitualmente les colaboran, sino por prensa o cualquiera que se encontrara allí, había sido constante durante toda la tarde. Las caras de jóvenes inconscientes, pálidos, blancos, desmayados, con los ojos cerrados, las piernas abiertas, los hombros caídos, los brazos colgando y la cabeza moviéndose al vaivén de las motos, se habían estado repitiendo con frecuencia de galería. La arremetida de la Guardia había sido brutal.

Terminado el agasajo popular, digerida una breve comida que les brindaron y recuperadas todas las fuerzas, volvieron a bajar entre aclamaciones. Son jóvenes, se recuperan pronto, aman el peligro y se sienten inmortales. Pelean rústicamente contra militares que tienen orden de dispararles de frente o a las piernas, y son capaces, incluso, de pasarles por encima una tanqueta, como en efecto hicieron esa tarde. La dictadura agranda su mito llamándolos terroristas, pero uno de ellos se prende en candela al intentar incendiar una moto por no tener idea ni de cómo se hace. Son jóvenes, sencillamente, y se emocionan cuando logran arrancarle la puerta a una tanqueta. Ceden a los aplausos, se estremecen ante los vítores y ahí vuelven, al sur de la plaza, a enfrentarse a los militares. Para leyenda de la foto, una paráfrasis latina: ‘Ave, pequeños héroes, los vivos los despiden’. Al terminar el día habría uno de ellos muerto y más de 300 heridos.

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-#01M: El derrumbe de dos mitos

FOTO: AFP

El derrumbe de dos mitos

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

De los muy malos augurios que puede haber en una marcha, el de la tarima es uno de los peores. Egos desatados, discursos llenos de lugares comunes, nulidades que deambulan con aires de estrella y seguridades que se sienten poderosos como Alejandro Magno pensando en las 50 ciudades que fundó con su nombre, son algunas de las cosas que se ven. Para este 01 de mayo, la oposición montó una en la Francisco de Miranda a la altura de Altamira. Pequeña y modesta, no por ello fue menos problemática que otras más grandes, aunque paradójicamente tuvo algo extraño: políticos que no querían hablar y que se pasaban el testigo para improvisar los discursos que la demora de un grupo de Primero Justicia les obligaba a pronunciar mientras llegaban.

Fue en esa espera, ya bien pasado el mediodía (la convocatoria había sido a las diez, la gente llegó a las once y el primero en hablar fue Ismael García a un cuarto para las doce), cuando los dirigentes afinaban los detalles sobre quién y cómo haría el anuncio de la ruta a tomar para ir al TSJ. Mientras tanto, Gaby Arellano hablaba. “Quisiéramos tener un sonido como el de Maduro en la Bolívar”, decía, tras percatarse de que una cuadra más allá de la tarima ya lo que decía no llegaba. “Pero tenemos toda la gente que Maduro no tiene en la Bolívar”. Aplausos a granel. Tantos como los que ganó Juan Requesens (el ceño fruncido siempre) cuando, subiéndole la temperatura a la calle y ostentando de campechanía (“ustedes saben que yo tengo una manera poco delicada de decir las cosas”), anunció que “el día que nos dé la gana convocamos a Miraflores”. Más aplausos todavía, mientras tras bastidores comenzaba a circular la noticia de que José Manuel Olivares había sido herido con una bomba en la cabeza en El Paraíso, y que la herida era de consideración.

Cuando pusieron a hablar a la presidenta de Un Nuevo Tiempo, ilustre desconocida a la que nadie le puso atención, el “¡Queremos marchar!” se hizo consigna y comenzó a ser coreado con fuerza. Lo que Arellano y Requesens habían encendido a punta de discurso había sido sofocado por un par de soporíferos dirigentes gremiales y sindicales y ahora era apagado por ella. Entonces, a la una en punto de la tarde, Delsa Solórzano (aclamada y admirada a partes iguales) tomó el micrófono y anunció que la marcha tenía ruta y esa era para el “norte”, que todos tomaran la avenida en la que estaba la tarima y en la Cota Mil nos vemos.

II

La idea de marchar por la Cota Mil había calado en el imaginario del opositor medio como la panacea a todos los obstáculos del gobierno. Hasta ayer, siempre que se comentaba lo imposible que era entrar a Libertador, no faltaba quien señalara que toda esa dificultad venía por una cosa y esa era que todo el tiempo tomaban las mismas rutas y nunca apelaban a la Cota Mil, especie de camino providente por el que se llegaría sin obstáculo alguno a la Roma del centro. La realidad (y eso lo sabían todos) es que si no se tomaba era porque sencillamente se trataba de una de las peores rutas posibles: a mil metros de altura y sin ninguna vía de escape (montaña para un lado y precipicio para el otro), resultaba fácil de cerrar y más fácil aún de emboscar. Por ello cuando ya el sábado era decisión tomada (aunque no revelada), quienes lo informaban sotto voce lo hacían sin entusiasmo alguno y pronosticando que pasaría lo que en efecto pasó: que ni siquiera se podría entrar.

El segundo de los grandes mitos logísticos acendrados en el imaginario de la masa opositora que se derrumbó ese día fue el de la ruta no anunciada. Nuevamente, la causa de todos los fracasos por entrar a Libertador estaba en que la oposición informaba la ruta con anterioridad. El factor sorpresa, decían los estrategas de marcha, es la clave; si no se anuncia la ruta, entonces no podrán saber para donde vamos, ergo, llegaremos. Así se hizo, y la realidad de un helicóptero que sobrevuela las manifestaciones y desde arriba informa todo, derrumbó nuevamente el plan magnífico. También la realidad misma de la masa, a la que dirigir en vivo y sin medios -económicos y de comunicación- es demasiado difícil: media hora después quedaba gente en la Francisco de Miranda que no había escuchado ni entendido adónde (y por dónde) era que había que ir. Y cuando las primeras bombas dispersaron la marcha y los dirigentes intentaron guiarla –megáfono en mano– por otra ruta, terminó siendo esa, la marcha dirigida, la que tuvo menos gente, porque cada quien se fue por su lado, la mayoría para Altamira.

III

Los que siguieron por la ruta del megáfono, se vieron inmersos en el más opulento de los laberintos: el Caracas Country Club, conformado por un sinfín de calles y callejuelas en la que los amos del valle tienen asentadas sus mansiones. Como tras casi dos décadas de revolución los actuales amos son rojos, eran varios de sus apellidos los que se escuchaban cuando algún informado pasaba frente a una de sus propiedades. “Allí vive Gorrín, el nuevo dueño de Globovisión”, “Esa es la casa de Tibisay Lucena, por allí no podemos pasar”, se llegó a escuchar. Fue en Chapellín, un barrio pobre que limita con el Country (Caracas, ciudad de contrastes) donde la GNB se plantó para impedir el paso de los manifestantes, a los que devolvió a punta de bombas. Lo estrecho de las callejuelas y la cantidad de gente generó el consabido atasco con el subsecuente pánico.

De vuelta por el Country para ir a Chacaito, una mujer hablaba por teléfono con una amiga. “No. Ni se te ocurra separarse de esos señores. Sí, quédate con ellos. Tranquila, yo voy a seguir llamando a ver si alguien lo agarró y contesta”. Luego, compartía su historia con todos: en medio de la confusión de las bombas, ella y su amiga se separaron, a la amiga le cayó una lacrimógena cerca, se asfixió, se desmayó, perdió cartera, celular, todo, y fue auxiliada por un grupo de personas que le prestaron su teléfono para que pudiera llamar a alguien conocido. Suena anecdótico, parece baladí, no entra en las estadísticas, pero es parte de las pequeñas pérdidas a las que se exponen quienes van a cada manifestación.

IV

En Chacaito ya la dispersión de la marcha había sido total. Sorprendidos se encontraron David Smolansky y Maria Corina Machado, cada quien con un grupo de personas, que convergieron al final de la Francisco de Miranda. Hablando bajito Smolansky y tapándose la boca con el brazo Maria Corina, cual reunión pitcher – cátcher, intentaban ponerse de acuerdo sobre la decisión a tomar: si seguir a Altamira o intentar trancar la autopista en Las Mercedes. Calculando cuanta gente tenía cada uno y viendo qué podían hacer con ella, se fueron por la segunda. Se les había adelantado un grupo, que ya se encontraba abajo, enfrentándose a la Guardia, que tenía allí su rinoceronte. Casi media hora duró la confrontación, en la que lacrimógenas y molotov iban y venían, hasta que la GNB dijo ‘hasta aquí’ y eso fue una andanada de bombas, la una cayendo más lejos que la otra y llegando casi de la autopista a Chacaito.

No estuvo tan dominante en Altamira, donde el grueso de la manifestación, la no-dirigida, tumbó nuevamente las rejas del aeropuerto militar La Carlota e hizo retroceder a una tanqueta. La respuesta fue plomo disparado al aire, y metras, bombas y perdigones de frente a los manifestantes. Y así terminó el día en que dos mitos se cayeron.

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PAZWEB

“Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Sólo una cosa pedía Arquímides para mover el mundo: un punto de apoyo; y sólo una cosa necesitó el equipo de protocolo de la Asamblea Nacional para mover el hemiciclo de Capitolio a Dos Caminos: tela. Fue a punta de ella (de metros o quizás kilómetros de tela) que las instalaciones deportivas del Parque Miranda terminaron convertidas en algo parecido a la sede del congreso. Arriba, abajo, a la izquierda y a la derecha, en todos lados había tela. Algunas cubrían las propagandas de la Gobernación de Miranda; otras intentaban (su carácter transparente hizo de ello algo fallido) tapar la sillería sur y simular así una gran pared detrás del podio; otras cubrían las barandas y otras colgaban de las luces para simular una bandera.

Mientras la decoración terminaba de estar a tono, y a punta de brazo y pride unos obreros intentaban sacarle brillo a la madera de los podios y escritorios, Juan Requesens se comía una bolsa de chocolate ‘Darks’; Ismael García, subido al carro de la popularidad, se tomaba una foto con Olivares y Pizarro a cada lado, que luego, entre risas, seguían su camino; Delsa Solórzano, que había llegado entaconada y maquillada, perdía por lo menos 10 centímetros cambiando de calzado; Juan Guaidó, ya canoso, grababa un storie; Omar Barboza chupaba un caramelo y ‘conspiraba’ con su grupo de UNT; Edgar Zambrano, hombre sombrío por excelencia, mostraba algo de entusiasmo hablando ‘off the record’ con una joven periodista; Tomás Guanipa declaraba ante los medios, mientras Alfonso Marquina y Richard Blanco esperaban a su lado el turno para ser consultados sobre prácticamente cualquier cosa por los colegas.

“El presidente de la AN nunca llega tarde: los demás son los que llegan temprano”, aclaraba, a modo de chiste, uno de los encargados de protocolo, para explicar el retraso de la sesión, que comenzó con media hora de después de lo previsto. Fue exactamente a las 11:32 cuando Julio Borges subió al podio. “Bienvenidos a su Asamblea Nacional”, dijo a la multitud que llenaba el estadio. “¿Hay quorum o no hay quorum, señor secretario?”, preguntó. “Hay más quorum que nunca”, le respondió éste, aunque probablemente no fuera cierto: aparte de la bancada oficialista (ausencia más que prevista), había 13 sillas de agencia de festejo vacías del lado opositor; 14, si contamos la del Vicepresidente de la AN, Freddy Guevara, que no era de agencia de festejo sino de un material mejor, y que se ocuparía a las 11:45, 13 minutos después de iniciada la sesión.

Aunque tres fueron los oradores (Ramos Allup –AD-, Guevara –VP-, Márquez –UNT-), el verdadero protagonismo lo tuvieron los dos primeros, siendo Freddy el mejor de todo. El problema de Ramos Allup (que subió aclamado y con el buen augurio de un ‘Henry te amo’, gritado por una espontánea) fue que estuvo muy teatral y exaltado (con manotazos al podio y todo). Soltó un ‘carajo’ y un ‘coñazo’ innecesarios y llevó la emoción a un extremo en el que esa voz de Rómulo  reencarnado comenzó a fallar. De sus infaltables (y sabrosas) criolladas, fueron ‘marrajos’ y ‘trapizonadas’ las que se le escucharon en el discurso, en el que no se ahorró adjetivos con nada ni nadie: Chávez (“culillúo visceral”), Maduro (“mermado de Miraflores”), la reserva (“esa tropa cómica y ridícula”), Tarek (“ocioso que defiende a todos menos al pueblo”), TSJ (“burdel judicial”). ¿El núcleo de su intervención? Que ‘la salida’ tiene que ser electoral y no militar; con votos y no con balas.

La entrada de Henrique Capriles sucedió (y no sería casualidad) al final del discurso de Ramos Allup, que bajaba del podio cuando el Gobernador de Miranda, entre un estruendo de aplausos y vivas, entró. Su llegada sirvió para que Borges hiciera la presentación de los demás políticos invitados, en la que inexplicablemente (o explicable porque había demasiada gente de Primero Justicia Sucre, quizás) Carlos Ocariz fue casi tan aplaudido como Capriles.

Tras la pausa de los saludos (durante la que Ramos Allup estuvo secándose afanosamente todo el sudor que le había dejado su exaltada intervención) llegó el turno de Freddy Guevara, quien probablemente pronunció ayer uno de los mejores discursos de su carrera y el mejor de la jornada. El Vicepresidente de la AN se creció y habló con una fuerza y una convicción tremendas. Sin ser precisamente un gran orador de tribuna y sin ser un mago de la retórica ni tener un montón de licencias y recursos bajo la manga, Freddy consiguió conectar y conmover a la gente, a la que constantemente interpeló. “Pueblo de Venezuela, ¿nos vamos a cansar? ¿nos vamos a rendir?”, preguntó al público, que siempre le respondió. El “¿se puede o no se puede?” es ya casi su grito (o pregunta) de guerra y tiene en la masa un poder enorme. Su discurso se centró en el llamado a la calle y a la resistencia (cosa previsible): “Si el  pueblo no tiene paz, que no haya paz para la dictadura”, dijo parafraseando a Emiliano Zapata, en la que fue una de sus frases más aplaudidas. Sin embargo, lo más interesante fueron sus palabras a los funcionarios públicos: ustedes, que no han cometido crímenes de lesa humanidad, no tienen que hundirse con Maduro y sus militares, todavía no es demasiado tarde para que rectifiquen y hagan lo que deben. La historia y nosotros se lo reconoceremos.

De Henrique Márquez, quien le siguió a Guevara, la historia dirá que habló y los hechos que nadie recordó nada de lo que dijo. Mientras que de Julio Borges (que estuvo tomando Gatorade toda la sesión y rechazó una Coca-Cola, ese vicio suyo) se dirá que causó más suspiros de alivio que nadie. Sobre el presidente de la AN sigue pesando tal estado de sospecha, que cuando la gente le escucha hablar firme y decir lo mismo que llevan semanas diciendo otros se emociona como si fuera cosa nueva y nunca antes escuchada. A él le correspondió leer el manifiesto de 7 puntos para restituir el orden constitucional en Venezuela. Se trata de un duro documento de rigurosa actualidad e imprescindible lectura. ¿Lo que generó más alivio en la gente? Escucharlo decir: “No vamos a legitimar a una dictadura ni vamos a caer en diálogos falsos. El diálogo está clausurado y fracasó por incumplimiento del gobierno”.

Por ello, cuando finalizó la lectura del Manifiesto y tocó votarlo, la gente, toda, levantó la mano. “Aprobado por unanimidad” fueron las palabras con las que cerró la sesión.

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“A Juan Pernalete le dispararon de frente”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

-Yo siempre estoy ‘cagao’ cuando salgo a marchar,

le comenta un estudiante de la UCAB a otro.

-Yo no. Yo entro en conciencia tarde, cuando ya está armado el peo y no me queda sino aguantar,

le responde su interlocutor.

La conversación tiene lugar en la calle Élice de Chacao, pasadas las 10 de la mañana del miércoles 26 de abril. Los estudiantes se concentran allí esperando instrucciones sobre la ruta a tomar para ir a la Defensoría del Pueblo. Es el sexto intento que hace la oposición de dirigirse al órgano de cuyo pronunciamiento depende que los magistrados del TSJ que disolvieron el parlamento puedan ser removidos y juzgados.

Para variar, la gente llega mucho después de la hora convocada. En ese momento hay apenas un pequeño grupo de universitarios, que difícilmente pasa de los 500. Se les identifica, principalmente, por los colores de sus franelas: rojo (UCAB), amarillo (USB), anaranjado (UNIMET), verde (UMA). Se les diferencia, porque están dispuestos a mostrar, sin mucha fanfarronería, sus temores. Es el caso de esos dos ucabistas. Uno de ellos estuvo a punto de no ir: su novia, cuenta, le alteró los nervios con mil advertencias apocalípticas antes de salir de su casa; al otro, fue su madre quien trató de detenerlo, pero, lo ya explicado: él entra en conciencia tarde.

Lo que ninguno podía prever es que todos esos  temores y aprehensiones se verían confirmados 5 horas después cuando alguien como ellos, estudiante universitario como ellos, probablemente allí concentrado como ellos, muriera por el impacto de una lacrimógena en el pecho, a cuatro cuadras de allí.

II

Fue tras un cónclave realizado en público y a pleno sol de mediodía, en el que participaron Freddy Guevara, Rafaela Requesens (UCV), Santiago Acosta (UCAB), el ex alcalde de Chacao Emilio Graterón y otras dos personas más, que se decidió que las concentraciones de Chacao y Altamira se unirían en Bello Campo y bajarían por el Distribuidor hasta la autopista Francisco Fajardo. Cosa impensable hace apenas unos meses, ya la principal arteria vial de Caracas (al menos un tramo de ella) es territorio opositor.

“¡Y ya llegó / y ya está aquí / el movimiento estudiantil”. “¡Maduro, Maduro / ése es el detalle / ¡hay que echarle bolas / pa’sacarnos de la calle!”. “Viva la u / viva la u / viva la u-ni-ver-si-dad”. “Muera la bo / muera la bo / muera la bota militar”. “No soy Capriles / no soy Maduro / soy estudiante / que lucha por su futuro”. Con esas y otras consignas marcharon los estudiantes, que para esta concentración no sólo estuvieron más animados y haciendo más bulla, sino también más organizados: se agrupaban tras pancartas y banderas, por universidad, y trataban de estar siempre juntos.

III

La represión esta vez se adelantó unos cuantos metros y no esperó a El Recreo, sino que comenzó a la altura de El Rosal. Rápidamente, el horizonte comenzó a ser surcado por parábolas y trazos de humo blanco que iban en todos los sentidos y a todas las direcciones. De haber tenido color, hubieran recordado, por su descontrol y abundancia, a la guerra de hadas de la Bella Durmiente. O quizás, para dejarlo en blanco, a una fuente mal calibrada cuyos chorros van a cualquier lugar. Adelante se estaba librando una dura batalla, sobre un asfalto cuyo calor permeaba las suelas de los zapatos. La Guardia disparaba y el primer frente recogía y lanzaba las bombas fuera de la autopista. Ésa era la dinámica, interrumpida a veces por el chorro de la ballena.

El sonido de las hélices del helicóptero de la Guardia, heraldo siempre de malas venturas, avisó pasada la una que en cuestión de minutos todo empeoraría. Ya en moto había pasado una mujer mayor con el rostro ensangrentado, producto del impacto de una bomba, y la escena de parrilleros heridos comenzaba a hacerse común. Entonces, comenzaron las bombas a caer más lejos (es decir: entre la gente) y fue menester retroceder. Había que hacerlo de espalda y aguzando todos los sentidos porque varias de las bombas eran de esas que salen con efecto y se mueven en varias direcciones. El desalojo de la autopista fue uno de los más rápidos (y violentos) de marcha alguna.

IV

Tras salir de la autopista, la protesta continuó en Altamira. De la Francisco de Miranda para abajo, estudiantes, jóvenes y encapuchados se batían contra la Guardia Nacional. De la Francisco de Miranda para arriba, el resto de los manifestantes, sin máscaras y con años encima, permanecía protestando.

Nilsa Peña (70) era una de ellas. Vive en el barrio La Morán, al oeste de Caracas. Al preguntarle por qué protesta recuerda inmediatamente a su esposo. “Era jubilado de la Policía Metropolitana, y cuando se enfermó no pude encontrar las medicinas. Caminé varias veces de Catia hasta Petare buscando sus medicamentos, no los conseguí y se murió”. Otra que recuerda a sus familiares, es una vendedora de ponqués, que a esa hora (y en todas las marchas) está allí con su hija. Es su modo de protestar y ayudarse. Se quedó sin empleo porque la empresa donde trabajaba quebró; y sin nietos, porque se fueron del país. “A mi hija mayor y a su esposo los secuestraron hace un año. Fue horrible. Después de eso se fueron con mis tres nietos. Por ellos también estoy aquí. Para que un día puedan volver”.

Mientras tanto, tres niños se bañan en interiores en la fuente de Plaza Altamira. Son hermanos, viven en La Vega, y están allí sin sus padres. Dicen que no le tienen miedo a la Guardia, porque no se meten con ellos. De su improvisada piscina (es decir: la fuente de agua de la Plaza) uno de ellos saca un cartucho e lacrimógena. Lo revisan, lo examinan, preguntan. La Guardia no se mete con ellos pero de los efectos de su represión difícilmente pueden escapar. Eso lo comprobó en carne viva Antonia Cifuentes (62), una vendedora de chucherías, que no por andar con su bandeja de golosinas encima se salvó de la PNB hace unas cuantas marchas. “Yo les dije: ‘yo vendo chucherías, yo vendo chucherías’. E igual siguieron disparando”. Es de Ecuador, pero vive en Antímano. En una buena marcha puede llegar a hacer hasta 100.000 bolívares, calcula. Y pudieran ser más si vendiera las chucherías viejas que le dejan prácticamente regalada. “No, pero imagínese. Nada más de pensar que alguno de los muchachos se coma unos tostoncitos viejos, y le duela la barriga y no pueda correr, eso me haría sentir muy culpable”.

Terminando la entrevista, una llamada informa que metros más abajo, Juan Pernalete, estudiante de la UNIMET, había muerto por el impacto de una lacrimógena en el pecho. La información llega casi en paralelo con el comentario de un joven que tras subir, quitarse máscara, guantes e implementos, exclama que ya es demasiado, y que hoy la Guardia ha venido con todo.

V

Son cinco los encapuchados que a las 5 de la tarde prenden un caucho en la Francisco de Miranda y trancan la vía. Son cinco, pero sólo dos acceden a hablar. Lo hacen con recelo, sin dar ningún tipo de información que permita identificarlos y sin que medie la grabadora, al lado de una soporífera llama que van alimentando poco a poco con gasolina. Dicen que hacen lo que hacen porque están hartos de la situación y no aguantan más. No tienen un discurso elaborado sobre la disolución de la AN o las sentencias del TSJ. Lo de ellos es la situación de la calle, lo difícil de la vida, lo mal que se ha puesto todo. No estudian, sino que trabajan. Ambos tienen 24 años. No son de la zona, sino de sectores populares en los que, juran, el gobierno ha perdido ya todo el apoyo que tenía. No manifiestan allí porque la amenaza de las balas todavía intimida. En Altamira se sienten seguros y prometen defenderla hasta el final.

Del asesinato de Juan Pablo Pernalete no estaban enterados. Cuando les informo, comienzan a hacer memoria. “Un chamo grande, moreno”, recuerda uno de ellos. Ninguno vio el momento del impacto, pero sí cuando se lo llevaban. “La Guardia nos está disparando las lacrimógenas de frente”, denuncian. “O entre las piernas”. Y comienzan a enumerar casos de piernas quemadas, rótulas sacadas y tobillos esguinzados de conocidos a los que una bomba les ha llegado directo. La práctica, denuncian, no fue de hoy nada más, sino que tiene tiempo. “Al principio no era así. Pero ahora lo están haciendo de esa manera”.

Cuando les pregunto si no les da miedo manifestar, uno de ellos me hace una confesión: “Hermano, hoy mi mujer me dijo que está preñada. ¿Y sabes qué me da miedo? Que mi chamo vaya a nacer en un país así. Eso sí me da miedo. Por eso sigo aquí”.

VI

A Juan Manuel (nombre ficticio) llego por la gran lesión que tiene en el brazo, y es en principio sobre ella que lo entrevisto. Tiene 23 años, y esto es, nuevamente, lo único que accede a revelar, para no comprometerse.

-¿Qué fue lo que te pasó en el brazo?

-Eso fue en la marcha del 19 de abril. Ese día la gente entró en pánico porque los Guardias vinieron pa’lante a reprimirla y ellos no podían echar para atrás. Nosotros estábamos adelante defendiendo la marcha y nos empezaron a disparar directamente las lacrimógenas. Lo hacían para lastimar y no para dispersar. Y me dispararon al brazo. Si me hubieran dado en la cabeza, me hubieran matado: tengo el brazo fracturado en 5 partes, y además me agarró una vena. No me desangré de milagro.

-¿Te dispararon qué?

-Una lacrimógena. Fue mandada directamente, a quemarropa prácticamente.

-¿En la autopista Francisco Fajardo?

-Sí. En la Fajardo en la marcha del 19 de abril.

-¿Estabas en el nivel de arriba o en el nivel de abajo?

-Me dispararon de arriba. Yo estaba en el nivel de abajo, y de arriba me dispararon. Y quien mandó a que me dispararan fue el General de ellos, uno que siempre anda con una capucha, un sweater negro y unos lentes de sol.

-¿De la PNB o de la Guardia Nacional?

-De la Guardia Nacional.

-¿Y no te da miedo seguir protestando después de eso?

-No. Si hay que morir nosotros estamos aquí para meter el pecho.

-¿Qué dice tu familia?

-Mi familia está fuera del país y no me puede decir nada. Yo soy el único que está aquí.

-¿Y pudiéndote ir no te has ido?

-Yo no me voy a ir hasta que este peo no acabe. Si este peo acaba, yo me voy. Y me voy tranquilo. Pero hasta que este peo no acabe yo no me voy a ningún lado. Voy a luchar hasta que me maten.

-¿Sabes que acaba de morir un estudiante de la UNIMET de un impacto de lacrimógena?

-A él lo mataron ahorita, porque le dispararon de frente. Yo estaba allí. Y fue de frente que le dispararon. Fue un crimen de lesa humanidad, porque ellos no pueden disparar las bombas lacrimógenas de frente, y lo están haciendo.

-¿A qué hora fue eso?

-A las 2:30.

-¿Dónde?

-Aquí mismito. En la parte de abajo de la plaza.

Las detonaciones, provenientes de allí precisamente, le ponen fin a la entrevista. Ya no suenan tan inofensivas. Una de ella acabó con la vida de Juan. La gente corre hacia nosotros, y a nosotros nos toca correr. Hoy todos, como el muchacho de la UCAB, entramos en conciencia tarde: la muerte está a la vuelta de la esquina, o al impacto de una bomba.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTAS

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

-#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

-#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

-#19A: Un ataque criminal

-#20A: Historia de una post-marcha.

-#22A: La conquista del oeste

-#24A: Plantón a la violencia

FOTO: El Pitazo

Plantón a la violencia

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

Las últimos restos de dos porros de marihuana eran compartidos y consumidos con avidez por siete encapuchados (cinco varones y dos hembras) que agrupados en círculo escuchaban el tercer sermón de la jornada. Se los daba un hombre de esos a los que el marketing calificaría de adulto contemporáneo, quien les decía que él encantado, mucho más que cualquiera de ellos, estaría lanzando piedras como tantas veces lo hizo en la universidad, pero que ya el brazo no le llegaba y, aunque fuera el caso, no era de ninguna manera el momento, porque en esa actividad que se estaba llevando a cabo en la autopista Francisco Fajardo desde hacía cuatro horas no tenían lugar las capuchas, las piedras, las molotov y las barricadas, ya que se trataba de algo pacífico.

Sería acaso el efecto relajante del THC, que ya estaban hartos de escuchar lo mismo o que simplemente no le estaban prestando atención, que ninguno gastó saliva en responderle. No tendría tampoco mucho tiempo el buen hombre para sentirse lacerado por la indiferencia, ya que uno o dos minutos después harían aparición, en el distribuidor Ciempiés de la autopista, varias bombas lacrimógenas disparadas por un contingente de la PNB, con la consiguiente estampida de personas hacia el distribuidor Altamira. Eran casi las 3 de la tarde y todo parecía indicar que la tranquilidad con la que se había llevado a cabo desde las 10 de la mañana el Plantón de la autopista iba a llegar a su fin.

II

Para entender cómo y por qué sucedió todo, habría primero que ubicarse unas horas antes en esa línea fronteriza marcada por el puente del CCCT. De allí al distribuidor Altamira, la autopista estaba llena de manifestantes que habían acatado el llamado de la oposición a plantarse durante seis horas en la principal arteria vial de Caracas. Jugaban cartas y dominó, conversaban, leían libros, respondían crucigramas y se dedicaban a cualquier actividad que les permitiera matar todo ese tiempo en el que debían estar trancando la zona. Del puente del CCCT para adelante, un grupo de jóvenes encapuchados (enfranelados, más bien) vaciaba un barril lleno de aceite en la autopista, armaba una barricada con la reja que arrancaron de la sede de la Policía de Tránsito de Chacao, y comenzaba a preparar bombas molotov.

Formas radicalmente opuestas de protestar, no tardarían en enfrentarse. ¿Quién le reprochó a quién primero? es algo que quedará para la especulación. Pero pasada la 1 de la tarde, el enfrentamiento (verbal) entre unos y otros era tan caliente como el asfalto de la autopista. Escaramuzas es la mejor palabra para describir lo que había en esa zona fronteriza: pequeños focos de discusión entre manifestantes de un mismo bando. Los unos les preguntaban a los otros si jugando dominó en la autopista iban a tumbar a la dictadura; y los otros les respondían inquiriendo si era acaso destruyendo la sede de una policía (además opositora) que ellos iban a lograrlo. De “colaboracionistas” e “infiltrados” se trataban (al menos al principio, porque luego los insultos fueron a mayores). Todos se veían con sospecha. Todos se acusaban de ayudar a perpetuar al gobierno: unos por acción (“es su violencia la que les da la coartada”) y otros por omisión (“es su pacifismo el que los ha sostenido tantos años”).

“Hoy no es el día, mini-pops”, gritaba una mujer que iba recorriendo la parte final de la autopista con un megáfono. “Hoy no es el día de enfrentarse a la Guardia. Esta es una actividad pacífica. Les repito: pa-cí-fi-ca”, seguía. “No provoquen un ataque de la Guardia. Allá adelante hay familias, hay niños y hay personas mayores. Tenemos que ser conscientes”, bramaba. “No provoquemos una tragedia, mini-pops. Allá eso está lleno de ancianos”, insistía. “¿Y pa’que vienen, entonces?”, le preguntaba uno de los encapuchados que la habían comenzado a rodear. “Porque esto de hoy es una actividad pa-cí-fi-ca”, respondía ella. “Pacífico aquí no hay nada. Aquí los cobardes y los que no están dispuestos a frentear con la Guardia no tienen nada que hacer. Para eso quédense en sus casas”, le respondía.

“¿Pero usted al final está en contra de quién?”, le preguntaba una mujer mayor que había dejado de entender nada de lo que pasaba a otro encapuchado. “Yo estoy en contra de los tarifados que están negociando…”, comenzaba a decirle. “No, no. Respóndame  ¿usted está en contra mía?”. “No. En contra de usted no, sino de los tarifados que…”. “Entonces no me grite ni me insulte”, cerraba. “Otra vieja pendeja que cree que rezando vamos a salir de esto”, decía el encapuchando retirándose.

No había punto de encuentro.

III

“Yo soy de la resistencia de Altamira 2014”, gritaba una muchacha, en el centro de un círculo de encapuchados, casi una hora después. Luego de cantar teatralmente el himno, parados todos en una montañita, donde les tomaron fotos, habían subido a la entrada de Chacao de la autopista a quemar cauchos. “Yo estuve en la lista negra de Rodríguez Torres, y estoy ahora en la de Reverol”, continuaba su exposición de méritos callejeros. “Varios de ustedes tienen que haberme visto por allá y saben que estoy resteada”, les indicaba. “Por eso les digo: la están cagando feo. La actividad de hoy no es para hacer esto. Lo de hoy es otro beta”. La escuchaban atentos y en silencio. “Quítense las capuchas, dejen las piedras y las bombas y vénganse conmigo a la autopista”, les pedía. Pero ahí los perdía. Sólo unos pocos la seguían. Frustrada, y tras una andanada de insultos, cerraba deseándoles que por imbéciles los agarraran y los metieran en La Tumba (la célebre cárcel política de la dictadura) a ver si así aprendían.

¿Qué es lo que pasa con ellos?, alcancé a preguntarle cuando seretiraa.

Que son todos unos carajitos de 15 y 16 años, que no le paran bola a nada.

¿Los conoces?

No. No sé. Son todos nuevos. Y no le quieren hacer caso a nadie.

Mientras ella se iba, otros ya habían logrado prender algunos cauchos en la autopista, cuya hoguera alimentaban con varios conos anaranjados sacados de la sede de tránsito, de la que también se llevaron algunos paquetes de alimentos. Paralelamente, intentaban ingresar a una construcción cercana.

IV

Cuando apareció la PNB a dispersar con bombas al grupo de encapuchados, todo hacía prever que el Plantón terminaría convertido en un enfrentamiento. Al escuchar las primeras detonaciones, la gente que estaba en el medio (y que no se había enterado de nada) pensó que la policía habían ido a disolver la actividad y comenzó a prepararse con lo de siempre: agua con bicarbonato y pañuelos. Los más jóvenes sacaban las franelas, máscaras y cascos, y comenzaban a avanzar en grupo hacia adelante. “Párense allí y no vayan para allá. Son los carajitos esos, que prendieron un peo allí. Ya todos les dijimos que dejaran de hacer eso y siguieron. Esa no es nuestra guerra. Quedémonos aquí”, ordenaba la muchacha de todas las listas (ahora sí con poder de persuación), mientras varios de los diputados y dirigentes jóvenes se dirigían hacia adelante a intentar hablar con ellos, megáfono en mano.

Las de Caín, las de Abel y tamién las de su hermano Set fueron las que pasaron, entre otros, los diputados Juan Andrés Mejía y Stalin González, el ex presidente de la FCU Hasler Iglesia y varios de los actuales dirigentes universitarios para tratar de contener al grupo de encapuchados, que no oía (ni entendía) consejos ni razones distintas a las suyas. Fue casi media hora de un intensísimo ajetreo, más bien batalla, que en algunos casos estuvo a punto de llegar a los golpes y casi siempre se encontró salpicada de insultos y descalificaciones. Una cadeneta humana de estudiantes fue el recurso del que echaron mano para hacerlos retroceder, ya prácticamente a la fuerza, y con la PNB a punto de venirse encima definitivamente. Lo lograron ‘in extremis’.

V

De los varios anuncios que se hicieron cuando el llamado Plantón iba a llegar a su fin, solo hubo uno que logró causar tanta emoción entre los presentes como la continuación de la agenda de calle: el de que había sido detenido un roba-teléfonos con todos los celulares que había hurtado durante la jornada. “Es la Venezuela que queremos. Una Venezuela en paz, sin violencia y sin delincuencia”, dijo el orador que hablaba en momento. A esa hora podían ya felicitarse: la habían conseguido. A la violencia y a la delincuencia les dieron un plantón.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTAS

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

-#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

-#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

-#19A: Un ataque criminal

-#20A: Historia de una post-marcha.

-#22A: La conquista del oeste