VUELVEWEB (1)

Volvió la resistencia

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Primero cae una lluvia de piedras y luego empieza una ráfaga de detonaciones. Los militares avanzan, apuntan y disparan de frente. Los encapuchados se encojen detrás de los escudos. Los perdigones pegan en la madera, la laceran y rebotan. Cuando son metras o rolineras, el ruido es más seco y el impacto mayor. Termina la ráfaga y por el aire vuelta una molotov. Se estrella contra el suelo y deja una línea de fuego. La tanqueta dispara un par de bombas. Salen duro y de frente, y caen detrás de los escuderos. Inmediatamente son devueltas. Un tubo verde se asoma desde un escudo. Detonación y humo: una rolinera pegada a un fosforito sale disparada. “El te-cho se va a caerrr. Porrr favor bajarrr del te-cho”, dice una voz italiana que sale de un parlante. El techo de la cauchera Goodyear tiembla. Hay varios encapuchados encima de él. Unas motos de la GNB suben de la autopista, pasan y disparan. Los encapuchados corren. Una barricada de alambres púas les impide el paso a las motos, que se devuelven. Los manifestantes regresan. Algunos se saltan la barricada, corren, cogen impulso y sueltan piedras. Son pocas las que llegan hasta donde está la Guardia. Un uniformado agarra una que le cae cerca y la devuelve. Nuevamente se escuchan detonaciones. Perdigones y metras cruzan a toda velocidad el aire. Alguien se queja. Le dieron a una periodista. En ese momento prensa está de lado y a la altura de la Guardia. No en la línea de tiro. El disparo ha sido intencional. Indigna pero no sorprende: minutos atrás, en la Autopista Francisco Fajardo, varios periodistas fueron heridos aposta, y cada tanto tiempo la GNB nos arroja (con la mano, por lo menos) algunas bombas a los pies. Es sábado 22 de julio y tras más de dos semanas sin hacerlo, Caracas ha vuelto a marchar y vive una improbable jornada larga de resistencia en el inicio de la Libertador en Bello Campo.

¿Por qué extraño mecanismo la que parecía que iba a ser otra marcha corta y breve, de dispersión rápida y poco alcance, ha terminado convertida en esa improbable, dura y larga jornada de resistencia? Imposible saberlo.

Cuando tras más de una hora la GNB se prepara para la arremetida final, manda a mover de sitio a la prensa. No la quiere atrás suyo, sino entre los manifestantes y ellos. “Váyanse para adelante, que ustedes son  también resistencia y no les van a hacer nada”, ordena un uniformado. “Vas a pasarla bien cuando te caiga una molotov”, le advierte socarronamente un guardia a un periodista (y en efecto pasaría horas después con un fotógrafo al que una molotov le prendió en llamas el zapato y parte del pantalón). La prensa se mueve en bloque y queda en la línea de fuego. Aunque parada de lado y nunca en el medio, las lacrimógenas, las piedras y las molotov a veces caen cerca, y los perdigones, metras y rolineras pasan rozando e hiriendo.

El momento en el que la GNB lanza su operación arrase y pasa con las motos disparando es siempre confuso y peligroso. Esta vez lo hace tras quitar las barricadas. Los manifestantes corren dejando la vida en la carrera mientras una legión de motos los persigue. A la prensa le pasan por el lado y muchas veces con la escopeta de frente, en posición horizontal. Y a veces la disparan. En la esquina del Burger King de Bello Campo una fotógrafa grita fuerte. La recogen entre un montón de sangre. Los paramédicos se la llevan hasta el Burger King y la atienden. “Esto te va a doler, pero es necesario”, advierte el que la trata. Le aprieta duro la piel del brazo y de la herida sale disparada una bola negra. Es un perdigón. “Tienes otros más adentro, pero esos deben sacártelos en una clínica para no hacerte daño”, informa, mientras ella sigue sangrando. Se la llevan a una clínica.

Inmediatamente se forma un alboroto. De una construcción sale un rescatista gritando que lo acaban de robar. Había entrado allí para auxiliar a un manifestante que se había caído del techo. Al verlo solo, los Guardias lo agredieron. “Tres funcionarios empezaron a lanzarme golpes y despojarme de lo que tenía. Me rompieron el chaleco y la muslera. Me insultaban de ‘mamaguevo’ para arriba. Me daban cascazos por la cabeza y la espalda, hasta que llegó un Teniente y vio lo que estaban haciendo y les ordenó que pararan. Entonces recuperar mis cosas”, relató al OJO. El incidente caldea los ánimos y varios rescatistas se le alzan a la GNB y terminan amenazando con quitarse todos el uniforme y pelearse en la calle.

Ya para ese momento la principal de Bello Campo está prácticamente despejada. Un grupo de la GNB emboscó por arriba y corrió a los manifestantes, que en su mayoría se encuentran escondidos en las transversales. “¡Vean cómo destruyen la ciudad!”, grita un guardia mientras recoge las barricadas y destrozos que hay en la calle. “¡Eso es lo único que hacen, destruir la ciudad!”. El mensaje no parece ir dirigido a nadie en específico, o puede que fuera a todos en general. La mayoría de sus compañeros se encuentran en lo mismo. Otros pasan por cuanta rendija, esquina o escondite haya, en procura de algún manifestante escondido.

Transcurridos veinte minutos, la GNB abandona la escena y poco a poco comienzan a abrirse las rejas de los edificios y a salir manifestantes. También de las transversales y paralelas. La construcción de ‘El Recreo–La Castellana’ se convierte en objetivo: logran abrir la puerta y entonces un grupo importante de encapuchados entra. Los encargados bajan corriendo por las escaleras, pero es tarde. Ya están sacando todo los escombros. “Esto es para hacer barricadas”, explican los encapuchados. De la sacada de escombros se pasa rápiamente al saqueo de lo que haya: se pierde un radio, sacan varios cables, entre otras cosas que no sirven para barricadas. La línea entre resistencia y hampa es estrecha. Los obreros dicen que si no aparece el radio los van a botar de la construcción. Algunos de los líderes de los encapuchados se paran en la puerta y dan un discurso sobre la incoherencia de querer cambiar al país saqueando. Entonces comienzan a organizarse para impedir que sigan llevándose cosas que no sean escombros. “Aquí nadie saquea nada”, dice un hombre de unos sesenta años y golpea el suelo con una vara. A un muchacho que llevaba escondidos unos cables en el short lo detienen y lo obligan a devolverse. No todos están de acuerdo. “Esto es la guerra y se vale saquear lo que sea”, grita indignada una muchacha con la cara cubierta con un pañuelo morado. Le caen encima varios y ella no se deja: los que piden que no se saquee son todos unos cobardes que no hacen nada por el país, en la guerra estamos y en la guerra se saquea, el que no quiera enterarse que hay guerra que se vaya a comer sus flores en otro lado donde no estorbe. El intercambio de palabras crece. La muchacha tiembla de la rabia, está fuera de sí. Se abraza a una prima y empieza a llorar. Se le acerca una mujer que le hace cruces en la cabeza y ora sobre ella, cual si de un exorcismo se tratara. Es una escena surrealista. Más cuando pasado un rato y sentada en un escalón, la muchacha se enmienda la plana: no, no está bien saquear, dice.

Mientras arriba rescatistas y motorizados discuten con los que quiere poner una guaya de metal en la Francisco de Miranda, abajo, en la Libertador, comienza nuevamente otro enfrentamiento, tan violento como el primero, mucho más breve que éste, más largo que cualquiera de los que haya habido en las últimas dos semanas y definitivo ya: tras ese, todos los manifestantes se replegarían y guardarían por la jornada. De camino a Altamira, tras el cómputo de la cantidad de colegas heridos en la cobertura, lo que saldría a relucir en la conversación de los periodistas era la de días que hacía que una pauta de calle no duraba tanto, desde la mañana hasta la puesta del sol. Y es que al parecer, volvió la resistencia.

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Así nació el gobierno paralelo

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cuando se escriba la historia, los libros habrán de contar que la génesis de ese gobierno que ejerció funciones en paralelo con el de la dictadura tuvo lugar no en el Hemiciclo de Sesiones de la Asamblea Nacional, sino en una plaza pública (la Alfredo Sadel) en la que con andamios, mucha tela negra, sillas de salón de fiesta, mesas revestidas, cornetas colgantes y unas tarimas improvisadas, se llevó a cabo el acto de designación y juramentación de los nuevos magistrados del Tribunal Supremo de Justicia.

No lo dirán los libros, pero el presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, encabezó la sesión vestido con una chaqueta crema de cuadros que parecía sacada de una película de los años sesenta y lo hacía lucir, con sus lentes de pasta, como el arquetipo del padre de ese tipo de films. Tampoco lo dirán los libros, pero tenía corbata vinotinto, y eso era lo único en lo que coincidía con Freddy Guevara, que para la ocasión optó por un traje negro. Sobre el podio de presidencia (en realidad una mesa con una tela azul encima) lo que había esta vez era agua (atrás parecen haber quedado los tiempos en los que Borges podía tomar Coca-Cola) y un par de micrófonos.

Reflejando lo que está en las actas, los libros dirán que se llevaron a cabo dos sesiones distintas, aunque para los que desde afuera las acompañaron (la plaza estaba llena de gente) en realidad lo que hubo no fue más que un solo acto con un intermedio. El sentido común no conoce de burocracia, ya se sabe; y a los actos administrativos del poder esta le sobra, también se sabe.

En la primera sesión hablaron los dos Freddy: Superano (que no dijo nada reseñable) y Guevara (“¿Dónde está el pueblo de Caracas?”, su saludo de animador de feria), quien pidió un minuto no de silencio sino de aplausos para los muertos y anunció que algún día la AN hará una ley para que no despidan a nadie por pensar distinto. Le siguió Carlos Berrizbeitia, presidente del Comité de Postulaciones, que de traje negro y cabello engominado leyó un discurso en el que expuso la cantidad de irregularidades que hubo en la designación hecha por la AN anterior de los magistrados (ex – magistrados ya, según Borges): el que presidía el Comité de Postulaciones renunció para postularse él; fueron designadas varias personas que no llenaban los requisitos; hubo un diputado que votó por él mismo para magistrado. “Estamos haciendo historia: hoy arrancamos un camino en la reinstitucionalización del país”, dijo, para luego comenzar a nombrar uno por uno y con los dos nombres y los dos apellidos a los nuevos 33 magistrados (13 principales y 20 suplentes).

“Aprobado por unanimidad”, dijo Borges sobre el orden del día, y el recinto se vino abajo en aplausos. “¡Sí se pudo!” comenzaron a gritar los diputados y la gente. “Aprobado por unanimidad”, volvió a insistir el presidente de la Asamblea, que reiteró (muy a su estilo de cubrirse las espaldas siempre) que todo era apegado y conforme a la Constitución y se hacía con 2/3 de los diputados. Entonces, se cerró la sesión y una comisión integrada por los diputados Edgar Zambrano, Ismael García y Sonia Medina fue a buscar a los hombres y mujeres sobre cuyos hombros caería la responsabilidad de comenzar a reinstitucionalizar a Venezuela, quienes se encontraban en el edificio del Consejo Municipal (“El cumplir con las formalidades asegura que todo se ajusta a derecho”, apostilló Borges).

No lo contarán tampoco los libros, pero en el intermedio entre una sesión y otra un grupo de trabajadores de protocolo comenzó a colocar sillas en una especie de tarima lateral, en la que se ubicaron tres filas de sillas revestidas con telas blancas (arrugadas y manchadas) y cinta azul, y cuatro sillas con tela azul y cinta blanca. Mientras los de protocolo hacían su trabajo, dos de los hijos del presidente de la Asamblea Nacional subían al palco a hablar con su papá, que estaba pletórico. Luego, cuando Borges se paró a hablar con alguien, se quedaron con Freddy Guevara, que se dedicó, pedagogo hasta en los gestos, a explicarles por un buen rato sabría Dios qué con un folleto blanco.

Cuando los magistrados llegaron lo hicieron con la bandera por delante, entre aplausos, vítores y aclamaciones. Todos iban elegantes (hombres de traje, y mujeres de taller) y arreglados (peinados de peluquería incluso), y fueron ubicados por el personal de protocolo en su palco lateral. La diputada Sonia Medina tuvo una breve y nada destacable intervención, y fue la encargada de irlos llamando para la juramentación. Burocracia de burocracias, al final el palco que con tanto esmero habían armado (y cuidado) los de protocolo volvió a quedar vació ya que el acto de juramento tuvo lugar entre los diputados, de cara al presidente de la Asamblea.

Cuando los tuvo en frente, Borges aprovechó para hacer una “breve reflexión” en la que cual padre fundador y con tono grandilocuente pretendió hacer una apología a la justicia y a la actuación de la Asamblea (todo lo que pasa en Venezuela es porque la ley no impera ni gobierna, no hay justicia, y ahora nosotros estamos dando un paso para que la haya) y dejó en evidencia sus fallas como orador (“Podríamos hablar horas hablando”, “Venezuela será conocido”, “gracias diputados y diputados”). Entonces, derecha levantada todos, Borges les tomó el juramento. Y quizás tampoco lo cuenten los libros, pero el sí juro (que en realidad fue un “sí juramos”) hubo de ser dicho dos veces, a petición del presidente de la AN (“más fuerte, por favor”), que de tan contento se comió ese siempre entrañable (y amenazador) “si no, que os lo demanden” que viene después de la recompensa que Dios, la patria y el pueblo pueden dar si hacen bien su trabajo. En su lugar, Borges los felicitó (“admiramos su valentía, su compromiso y su entrega con Venezuela”) y se cubrió las espaldas (otra vez): “Quedan juramentados como magistrados y magistradas en nombre de la representación popular ejercida por el pueblo venezolano en diciembre de 2015”. Y allí estallaron los aplausos y vivas, Ismael subió la bandera, y mientras se saludaban, abrazaban, apretaban, felicitaban e incluso animaban entre ellos, comenzó a sonar el himno, que emocionadísimos entonaron magistrados, diputados y asistentes (pueblo, si nos ponemos muy retóricos, como seguramente se pondrán los libros), testigos todos del singular y trascendental hecho del nacimiento de un gobierno paralelo del que puede que algún día hablen los historiadores.

CIUDADESWEB

Historia de dos ciudades

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 11:26 (hora del reloj del metro) llega el tren al andén de Miranda, y a las 11:45 (hora de mi reloj, porque el de la estación estaba apagado) los pasajeros pisamos el de Capitolio. Son diecinueve minutos que para justificar lo radicalmente opuestas de ambas realidades debieron durar por lo menos las diecinueve horas de un vuelo Nueva Jersey – Singapur. Y es que mientras Los Palos Grandes era desde las seis de la mañana silencio, soledad, vacío y barricadas, el centro de Caracas, sencillamente, era el centro de Caracas: con su decadencia y suciedad perennes, sus “se compra oro, oro, oro, se compra, se compra, se compra oro” acosando a cuanto viandante pasaba, sus vendedores de hierbas milagrosas, objetos raros y revistas viejas, sus tiendas abiertas, y todo el folklorismo chavista en su máxima expresión.

“No se equivoquen: territorio socialista” advertía un cartel, ubicado en la entrada de un mini-centro comercial (ahora llamado comunal, claro está) que se encuentra en frente de la Asamblea Nacional (de mayoría opositora) y al lado de un Wendy’s (de propiedad imperialista), y en el que en varios rincones y locales se ejerce la siempre progre y humanista actividad de compra-venta de metales preciosos y moneda extranjera (“euro, dólares, se compran euros y dólares, euros y dólares”) al precio justo del mercado negro (Dólar Today). A una cuadra, en la Plaza Bolívar, una mujer deja la garganta en una consigna que evidencia no sólo capacidad crítica sino también conciencia y sobre buen criterio: “Uh ah / Maduro no se va / ahí lo puso Chávez / y allí se quedará”. Luego de eso, presenta a un candidato a la Constituyente, que decide que en vez de lanzar un discurso (¿pa’qué?) él lo que va es a cantar música llanera. Y allí se lanza el hombre. Invita a votar el 30 (“llueva, truene o relampaguee”) y arranca con su corrío, que es en verdad (a todos nos quedó claro) lo que le gusta.

Mientras tanto, en la catedral (que en Europa no pasaría de capilla) termina la misa. Los obispos tienen convocada una jornada de ayuno y oración para el viernes en la mañana (“[hay una] clase de demonios sólo sale con ayuno y oración”, dice San Mateo en su Evangelio), y las viejitas (¿quiénes, sino viejitas, pueden darse el lujo de ir a misa entre semana a las 11 de la mañana?) están prestas y dispuestas al combate espiritual. Afuera, el frente de mujeres anti-imperialistas (no pasan de 50), alborotadas con Trump, prometen dar también su combate con las armas que sean necesarias en defensa de la patria.

Y no en defensa de la patria sino de la plaza están varios milicianos, que uniforme colgando y sombrerito de campaña encima, cuidan sus accesos, aunque bien les vendría hacerlo también con sus pisadas: de tan frágiles que se les ve (ni las viejitas de la misa, pues) una caída podría ser grave. Como grave es que en menos de una cuadra haya otro acto: frente al edificio de la Alcaldía de Libertador también se reúne un grupo de camisas rojas a sabrá Dios qué, porque su audio (bajito) es opacado por el de las mujeres antiimperialistas.

Por la avenida Urdaneta, en la esquina del BCV, se encuentra también otra tarima, montada bajo el amparo de un Chávez inflable. El que tiene la palabra no habla en ese momento de política, sino de dinero: explica cómo van a pagar sabrá él qué bono. Más que un mitin, parece una reunión sindical: todos son compañeros de trabajo de un MINPOPO-algo (la miopía y el no querer ver fijamente a nadie para no lucir muy sospechoso atentaron contra el rigor periodístico, lo siento) bordado en la chaqueta. Y más adelante, a una cuadra de Miraflores, por el Fermin Toro, otra tarima, de todas la más nutrida y con transmisión (según reflejaba el televisor de la pollera de la esquina), en cadena nacional.

¿Y el paro? Aparte del de los empleados públicos (ellos los primeros en no trabajar), hablar de paro ayer en el centro era muy discutible. Salvo el que hicieron los trabajadores de La casa de los espaguetis (abierta, pero con un letrero que advertía que “por falta de personal no estaremos trabajando”) y algunos comercios y tiendas (entre el 30% y 40% de los que se encontraban allí), de resto, la vida en el centro siguió como si tal, con transporte público incluido (con más demora y en menor cantidad pero lo había), aunque, eso sí, con menos gente y tránsito: la Baralt, la Urdaneta, la Universidad y las Fuerzas Armadas, avenidas complicadísimas de cruzar donde las haya, se podían atravesar fácilmente sin esperar semáforo ni rallado (misión suicida en una jornada normal). No faltaban tampoco las colas (los bancos estuvieron abarrotados por pensionistas, así como aquellos minimercados donde había productos regulados) y sí las trancas: entre El Silencio y Bellas Artes no había una calle cerrada (ni siquiera en La Candelaria, tan conflictiva de noche). Sobraban los efectivos policiales: en donde más y en donde menos había siempre un grupo de PNB con su uniforme nuevo, revisando teléfonos y dándose lepes. Donde curiosamente no estaban era en la sede de la Urdaneta de la Fiscalía. No es que hicieran falta tampoco: la reja estaba cerrada casi completamente y un vigilante de corbata y traje negro revisaba todas las credenciales de quienes pretendían entrar, no fuera cosa que se apareciera Harrington.

Para encontrar la primera barricada, había que caminar hasta Chacaito, cruzando un boulevard de Sabana Grande que parecía tener, incluso, más comercios abiertos que el mismo centro. Entonces, allí sí, empezando la Francisco de Miranda, una tremenda cinta amarilla que la cruzaba a todo lo ancho y decía peligro marcaba claramente la frontera en la que (del Guaire para arriba) comenzaba la otra ciudad: la que estaba en paro, con las santamarías abajo y las calles cerradas. Es la Caracas que protesta contra la dictadura, la que lleva 111 días en franca rebelión y en la que encontrar algo abierto era prácticamente imposible. En la Francisco de Miranda el ambiente nunca fue cómodo y siempre estuvo tenso: la posibilidad de la llegada de la GNB o de la PNB para que hicieran destrozos estuvo siempre latente al caminar por ella. No así en las calles paralelas de Chacao, Altamira y Los Palos Grandes: una verbena no hubiera sido más fraterna. En cada calle trancada había vecinos compartiendo y conviviendo, como nunca se hace en Caracas.

La Plaza Altamira, otrora el punto en el que desembocaba (y pasaba) todo, daba miedo de lo sola que estaba. Apenas tres almas transitaban por ella en la tarde. A lo lejos algunas bolsas de basura trancaban las avenidas adyacentes. Pero no había ni rastro de la gloria, los llenazos, y la épica que se vivía hace apenas algunas semanas. Dudaría cualquiera que alguna vez ese fue el epicentro político de Caracas, el sitio imprescindible en toda pauta periodística. La acción (la poca que ha habido desde la liberación de Leopoldo) se ha mudado dos cuadras al oeste: a Bello Campo. Abajo, en la avenida Libertador, hubo dos batallas campales entre GNB y manifestantes, dignas de lo que eran los enfrentamientos hace aproximadamente un mes: bombas, tanqueta y perdigones, eso que la resistencia pasó casi setenta días combatiendo, y a lo que le tiene bien agarrada la medida. Tanto, que los hicieron retroceder: a punta de Molotov les quemaron la tanqueta a los guardias, y no hubo nada que hacer: las barricadas gigantes impidieron el paso de las motos y no les quedó sino retirarse.

Cayó entonces la noche, y colorín, colorado, sola, vacía, apagada y postrada ante el hampa, las dos Caracas se han igualado y esta historia terminado.

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Entre tiros y alegría

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 5:45 de la mañana todavía no había salido el sol en Caracas, pero sí los miembros de uno de los Puntos Soberanos de El Hatillo, que enjundiosos y con fundamento estaban ya a esa hora cargando sillas, armando mesas, poniendo toldos y preparando todo para recibir a aquellos que quisieran dejar de manifiesto, papeleta mediante, su rechazo a la Constituyente de la dictadura. Es el llamado ‘día D’, vendido como el que marcará un antes y un después en la historia política de la nación, y ellos quieren que en su centro todo salga bien. Por ello, hora y quince antes, ya están allí. No son los únicos: en un incipiente recorrido mañanero la escena se repite en por lo menos tres centros más. Es mucha convicción lo que se necesita para madrugar un domingo, y también para permanecer en cola, bajo el sol inclemente de las 12 del mediodía. Es ese el que achicharra a las cientos de personas que a esa hora copan la Plaza Los Palos Grandes. Allí, desde la mañana, la afluencia ha sido masiva, y no sorprende: ubicada en una de las urbanizaciones más opositoras de la ciudad, es uno de los puntos neurálgicos, dotado hasta con rescatistas.

A falta de buen sueldo, prensa tiene privilegios como el de saltarse la cola. Basta mostrar la credencial y una urgencia apremiante por contar cosas para que inmediatamente lo pasen a uno. El proceso es sencillo: entregar la cédula, responder con un bolígrafo las tres preguntas de la papeleta (a la vista de todos, eso sí), doblarla, depositarla en la caja, firmar el cuaderno y estampar la huella. Hecho incluso con calma, no dura ni siquiera un minuto. De souvenir se recibe un papel con un texto que está a medio camino entre el juramento y la proclama, y tiene una línea en blanco para llenar con nombre propio. En el escrito, yo-elector “me comprometo solemnemente a participar en la tarea libertadora”, rechazo la Constituyente, ratifico que la AN renueve los poderes y apoyo la realización de elecciones libres.

Siendo hora de almuerzo, los miembros de mesa comen en turnos. Allí los alimentan con arroz con pollo. No es comprado en un restaurant, sino casero. Lo llevan en un envase de plástico grandísimo, que parece más bien un cajón de oficina, y lo van sirviendo en platos de cartón. En un descuido, un indigente se roba un pote de jugo de naranja. Cuando alguien se da cuenta, ya el hombre está a casi dos cuadras.

A muchas más cuadras está la plaza Brion, el segundo punto más grande de la ciudad, con 50 mesas desplegadas en dos filas a lo largo de ella. A las 2 de la tarde, los voluntarios todavía tienen energía suficiente para preguntarle a la gente que camina por Chacaito (es increíble la cantidad de gente que camina un domingo por allí) si ya votaron o no. Están los que dicen que sí y los que sencillamente se hacen los locos y siguen. Hasta la una de la tarde, hora del último corte, habían votado en ese punto 11.018 personas. Ya no están todas las mesas llenas en paralelo, pero el flujo de gente sigue siendo continuo.

Agrupados arriba, los trabajadores de los medios esperan con paciencia a Lilian Tintori, quien ha elegido ese lugar, en el que en 2014 se entregara su esposo, para votar. Llega en una caravana de cuatro grandes camionetas (tres negras y una blanca) y camina escoltada por la mamá de Leopoldo, varios militantes de Voluntad Popular y la animadora Norelis Rodríguez. Frente a una de las mesas, fotógrafos, periodistas y curiosos hacen un pasillo, que Lilian atraviesa para votar. Dos señoras tratan de fotografiarla, pero resulta imposible: hay demasiada gente. Sólo los fans de Norelis consiguen la ansiada gráfica: ida Lilian (y con ella los fotógrafos), Rodríguez queda sola y allí aprovechan.

Un rebullicio semejante se formó en Colinas de Bello Monte un par de horas antes con la llegada de Henrique Capriles. El líder opositor avanzó entre aplausos, vítores y apretujamiento. “Un fotógrafo me puso el pie encima para poder hacerle las fotos”, recuerda una voluntaria sobre el episodio que alteró la dinámica de verbena de pueblo que se vive en la urbanización: a las 3 de la tarde hay una redoma tomada por varios jóvenes que rapean en medio de la calle y con la música a todo volumen. En una escalera, jurando que no los ve nadie, cuatro de ellos fuman marihuana. En la calle que lleva al Punto Soberano, los vecinos, sillas afuera, conversan plácidamente, como si de orientales se tratara. Comparten refrescos y comida, mientras los niños pasean en bicicleta y juegan en la calle. Es un ambiente distinto y ameno. El Punto Soberano todavía tiene cola. Hasta las dos de la tarde habían participado 5.228 personas.

Ambiente radicalmente opuesto el de Catia, que a las 4 de la tarde es puro nervio y tensión. Una moto sin placa se atraviesa en medio de la calle y detiene el tráfico de los que intentamos ingresar a la Avenida Sucre. No media explicación alguna, sólo el revólver que el motorizado lleva en la cintura a la vista de todos. A medida que pasan los minutos comienzan a llegar más: todos en motos sin placa y con armas a la vista. Son los temidos paramilitares chavistas, que eufemísticamente se agrupan bajo el nombre de colectivos. Puede que alguno de ellos, quién sabe, sea el que casi dos horas antes asesinó allí mismo a una mujer e hirió a varias personas cuando abrieron fuego contra el Punto Soberano que se encontraba frente a la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, que tenemos a la derecha. Es la fiesta patronal del templo, y a esa hora está asediado. Afuera están la PNB (que no hace nada), el DGCIM (que tampoco hace nada), los paramilitares (que hacen todo) y un grupo de personas vestidas de rojo hablando (insultado) con un parlante. Adentro, secuestradas, hay casi 500 personas, que al momento de producirse el tiroteo buscaron refugio allí y ahora no pueden salir. Entre ellos está el Cardenal de Caracas, que a las 3 de la tarde iba a celebrar la misa mayor y terminó también atrapado. Las oraciones no son exactamente de acción de gracias, sino de petición de protección.

Una jaula de la PNB se detiene frente a la puerta oeste del templo, de la que comienzan a salir los primeros secuestrados directo al vehículo. Cuando se llena, la jaula sale del templo escoltada por una buena cantidad de efectivos policiales, ante la mirada siempre desafiante de los motorizados sin placa y con armas. Es realmente alucinante: en lugar de dispersar a los paramilitares, la PNB, siempre proclive a echar bombas lacrimógenas, lo que hace es desalojar a los ciudadanos de sus espacios. El DGCIM sólo observa. Y los paramilitares a sus anchas. A todos (que hace rato escondimos ya los carnets y equipos de prensa) nos queda claro quién manda en la zona y lo imperioso que es para nosotros salir cuánto antes (es decir: cuando al motorizado que tiene trancada la calle le dé la gana de abrirla) de allí. Y eso hacemos cuando al rato, con el revolver siempre a la vista y la seguridad que proporciona saberse impune, por fin lo hace. Catia, desgraciadamente, es un lamento de gente buena secuestrada por matones.

La UCV, por el contrario, es una fiesta. Tiene cornetas a full volumen, desde las cuales suenan Fonseca, Chino y Nacho, y Guaco. Es el punto más grande de toda Caracas (52 mesas) y a las cinco de la tarde (una después de la hora oficial de cierre) aún continúa atendiendo gente, que no ha dejado de llegar. El ambiente es festivo y optimista, y se presta incluso para los chistes: “Ahorita viene un político alto y fuerte” anuncian desde un micrófono cuando llega Freddy Guevara, siempre con su franela obamita de Leopoldo y su metro cincuenta de altura. “Ya superamos la cifra de las primarias de la oposición”, informa, y aunque son pocos los que saben el número real que ello significa, todos celebran contentos.

La autopista lleva toda la tarde libre y por ella circulan pocos carros. En las avenidas del este hay caravanas de motorizados con banderas y pitos, que cornetean constantemente. Caracas se ve apacible y posible, puede que incluso adorable, indudablemente vivible. Es un espejismo, claro. Un paréntesis cívico de un domingo de plebiscito, que se vuelve a romper en Altamira, cuando un comando del SEBIN tranca por minutos la avenida Juan Pablo Pernalete. Son dos camionetas sin placa alrededor de las cuales hay por lo menos 20 motorizados. En la parte sur de la Plaza Francia hay solo niños de la calle y vendedoras de Kino, que ven extrañados a los agentes sin saber qué hacer. Luego de unos minutos arrancan sin hacer(les) nada. Pasean por Los Palos Grandes y luego se van para Chacao.

El espejismo vuelve en Parque Miranda, donde la fiesta es más bulliciosa que en la UCV. No hay música, pero afuera la gente canta consignas, suena pitos y ondea banderas. También detienen a los carros y motos que pasan por la Rómulo Gallegos, y al que diga que no ha votado, lo mandan para adentro. Son casi las 6 de la tarde, y de las 30 mesas que había en ese centro, quedan un par abiertas para los rezagados. La mesa 10 no es una de ellas: a las 5:28 PM, dice el acta, cerró. A esa hora, sus miembros van contando una a una las papeletas. De las 252, sólo una persona no votó con el triple SI, sino NO, SI, NO. Las 251 restantes son iguales. Terminada la cuenta, uno de los miembros llena el acta, y todos los demás la firman. Estampada las rúbricas, comienzan a recoger todo. Aunque consta en el documento que la mesa abrió a las 7:36 AM, la jornada de todos ellos comenzó también antes, cuando tuvieron que abrir el centro. Llegadas las casi 12 horas, todos se van contentos y con la satisfacción del deber cumplido.

100WEB

100 días y mil preguntas

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Tarima nuevamente y la gente otra vez con un pie adelante de los políticos en la iniciativa callejera. En ello los días 50 y 100 de protesta se parecieron bastante. Si en aquel sábado de la media centena la gente pidió “¡marcha!” a voz en cuello (impensable ahorita con las emboscadas), en el domingo de la centena entera la gente clamó, con manos alzadas y abiertas, por un trancazo de diez horas. En esa oportunidad, aquel Capriles mentador de madres supo capitalizar la petición de protesta, dio un paso al frente -“Claro que vamos a marchar. Y el primero que va a hacerlo soy yo. Peso 70 kilos pero le echo bolas”- y terminado el discurso se fue con la gente a Chacaito; en ésta, una Delsa Solórzano que era puro carácter se puso brava y dijo nones. Y tan bien que iba la pobre. Collarín y rosario tricolor en cuello, perfectamente maquillada, con rímel incluido, se había subido a la tarima después de un discreto William Dávila de camisa arremangada y cara siempre seria, cuya frase más notable fue una cita de Alberto Carnevali (“fe y disciplina”). Tenía todo para lucirse, Delsa, y lo estaba haciendo: recordó que el inicio de la protesta había sido por un golpe de estado del TSJ, que los presos políticos no eran cuatrocientos ni seiscientos sino mil, y comenzó a nombrar a los más notables, morochos Sánchez incluidos. Entonces, en el que debía ser el momento cumbre, ese que llevara a la gente al éxtasis, todo se vino abajo. Trancazo de dos horas  para el lunes anunció cuando comenzó a desgranar la agenda de calle, y la gente gritó que no. Pretendió ignorarlos y seguir dando la programación de las actividades, informó de un gran acto de masas para el jueves, pero nada. Trató de explicar que el plebiscito era incluso vinculante, y no hubo manera: la gente, manos abiertas cual si hicieran estrellas en el cielo, pedía era un trancón de diez (“¡diez!, ¡diez!, ¡diez!”) horas. El estruendo, al menos en la tarima, era ensordecedor. Pero a Delsa ni un músculo le temblaba. Sólo el labio superior le sudó. De resto, se mantuvo impecable. Impecable e implacable: trancazo de dos horas y sanseacabó, porque lo importante es el plebiscito.

Entonces, llegó el turno de Freddy Guevara, el que para sorpresa de todos (porque todos esperaban que fuera Lilian) estaba encargado de cerrar el acto. O de continuar la lidia. Una masa descontenta es un miura difícil, y la que copaba la Francisco de Miranda lo estaba y mucho. Desde la tarima se escuchaban todavía sus ‘no’ y sus ‘diez’, y se veían perfectamente sus gestos a lo Emparan y a lo Fey. Freddy dejó en claro que lo importante eran otras cosas (como por ejemplo que el plebiscito del 16 era el acto de desobediencia civil más grande de la historia), pero que si la gente quería que se hablara de la duración del trancazo (y en efecto eso querían), él lo haría. Y dio la explicación del porqué del cambio (esa primera convocatoria no era oficial sino una propuesta que ante la complejidad de lo que implica organizar el plebiscito fue preferible modificar). Pero ni que explicara lo que explicara: la gente insistía en sus diez horas. Por eso, haciendo gala de un olfato –y de un carácter– un poco más fino que el de Delsa, prometió que dadas la circunstancias (entiéndase: el nivel de gente manifiestamente descontenta) podrían reestructurar la agenda. Quizás no se dio cuenta, pero en ese momento recibió de Solórzano, toda una generala con cara de circunstancia parada firme al lado de él, una de esas miradas que aniquilan y desintegran, mientras Miguel Pizarro, pura risa y simpatía, desde el alivio que le daba no tener vela en ese entierro, veía todo encaramado en una corneta. Luego de ello, entonces Freddy pudo, sí, explayarse en lo que quería, en lo verdaderamente importante, y explicar (es el gran pedagogo de la oposición, a nadie le quepa duda), el sentido del plebiscito, el porqué de las tres preguntas, lo que vendrá después de ellas. Lo hizo dedito levantado y deteniéndose en los términos y artículos, pero sin fastidiar ni aburrir.

Solo una persona fue más aclamada que Freddy al final de su discurso, y esa fue María Corina Machado, que había hablado dos oradores antes. Si Guevara es un pedagogo, María Corina es toda una traductora que rápida y fácilmente pasa todo del lenguaje ordinario al épico y hace sentir a la gente parte y protagonista de algo grande. He allí la clave de su éxito en tarima. Si hubiera nacido griega y hace unos cuantos siglos, bien se hubiera podido dar la mano con Homero. Venida al mundo en la post-modernidad y en esta Venezuela, micrófono en mano narra una epopeya que no por repetida es menos grande que la de Ulises: la de un pueblo que lucha por su libertad. En su lenguaje, no hay cien días de protesta sino una “rebelión cívica”; no son estos unos días complicados sino “los días finales de la dictadura”; el 16 de julio no habrá una consulta sino un “veredicto”; no será un plebiscito sino “el ejercicio de mayor rebeldía ciudadana de la historia”; no marcará un punto de inflexión sino  que será “el detonante”; no dará inicio una nueva etapa de lucha sino a “la hora cero”, que no será esa cosa misteriosa de la que los otros políticos hablan sin dar detalle, sino “calle sin descanso hasta la salida de Maduro”. Y claro, la gente se emociona. Más cuando lo dice sonriendo, firme, segura y convencida. Con su sempiterna blusa manga larga blanca y su cabello recogido en una cola rosada. “Hoy quiero darles la seguridad de que nada nos sacará de la calle (…) nada nos detendrá hasta sacar a la dictadura del poder. Estamos a días de esto”, dijo. Y los aplausos y los gritos de “¡valiente!” se hicieron sentir.

Eso mismo (¡valiente!) también le gritaron repetidamente a Lilian Tintori, cuya aparición en tarima, a medio acto, provocó un estallido de euforia. La expectativa sobre lo que diría era tremenda y todo hacía suponer que sería ella quien pondría el punto y final. Y en efecto lo hizo, pero sólo ante la prensa. Tras las últimas palabras de Freddy Guevara, apareció Wuilly Arteaga, el violinista, e interpretó el himno. Entonces, cuando ya fue evidente que Lilian no iba a hablar sino sólo a saludar y a lanzar besos, los periodistas la rodearon. Al principio pareció reacia, pero luego se soltó. A su manera. No es y nunca será buena oradora ni entrevistada. Tampoco tendría por qué serlo: ella es, sencillamente, la esposa de un preso político que de pronto se convirtió en figura. Apartando el sinfín de lugares comunes y asociaciones predecibles, así como la catajarra de ideas inconexas e incompletas, lo importante que dijo sobre Leopoldo fue que sigue firme y no va a abandonar la lucha. La escena de su llegada a la casa la narró como una ocurrida a las 3 de la mañana, en una caravana de carros en la que estaban presentes Delcy y Jorge Rodríguez (“les di las gracias y les dije que no puede existir más tortura en Venezuela, que no deben existir presos políticos, y que si tenemos que trabajar en conjunto para lograr entendernos, lograr concordia y una solución inmediata a la crisis que vive Venezuela, cuentan conmigo”), quienes (nos enteramos ahora) se habían reunido varias veces con Leopoldo en Ramo Verde (“fueron reuniones en las que se habló del país, de buscar encuentro y solución”), presencia de Zapatero mediante (“[fue él quien] después de tantos meses logró empujar esta medida”). Durante toda la declaración, uno de sus guardaespaldas estuvo siempre intentando abrirse paso entre los periodistas y jalándola para bajarla de la tarima. Cuando por fin lo consiguió, tuvo después más trabajo: abajo, la gente se había quedado esperándola y se abalanzó sobre ella. Todo eran besos, abrazos, alegrías y “¡Leopoldo presidente!”. Nada que ver con las dudas y el desconcierto que había dejado arriba.

Y es que entre sus declaraciones, la notoria ausencia de Capriles, el sí pero no con el diálogo (“nosotros debemos dejar de satanizar la conversa política: la transición es conversando”, se le escuchó a Olivares para luego decir que “ahorita no hay ningún tipo de conversaciones”), la reducción (y posterior aumento) de horas del trancazo (una protesta que había ido siendo más bien progresiva en la cantidad de tiempo), el constante llamado a una hora cero que solo María Corina explicó a su manera pero nadie terminó de aterrizar en lo concreto; entre todo eso, la jornada del domingo nueve de julio fue de cien de protestas y mil preguntas sin respuesta.

SEACABOWEB

¿Se acabaron las multitudes?

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Despavorido. Ese es el mejor adjetivo para describir cómo corre ese grupo de estudiantes de la UCAB por la autopista Francisco Fajardo. Lo curioso es que nadie los persigue. Lo verdaderamente revelador es que nadie los persigue. Lo único importante es que nadie los persigue. Y sin embargo corren hacia la salida de Las Mercedes dejando la vida en la carrera. ¿Por qué? Porque tras bajar con mucho ímpetu por Chacao hasta la Francisco Fajardo, de repente se han encontrado solos. La GNB, disparando desde el distribuidor Cienpiés, levantó una pared de humo blanco en el acceso a la autopista, que logró dividir la marcha. En la Fajardo solo quedamos la prensa y ellos. Arriba, el resto de la gente. Por eso, cuando voltean y se ven íngrimos allí, entre asfalto y sol, pegan la carrera de su vida. O mejor dicho: por su vida. Es el día 97 de protesta y muchas cosas han cambiado.

Esa carrera que los estudiantes corren con pavor, no ya ante un perseguidor real sino simplemente ante la posibilidad de su aparición, ilustra muy bien la fase en la que se encuentra la calle, que se puede resumir en las cinco letras que conforman la palabra miedo o, según el grado de cada quien, en las seis de la palabra terror. No es (o no pareciera ser) la indiferencia, la tan indignadamente voceada indiferencia, la que ha vaciado (enfriado, dicen algunos) progresivamente las avenidas, sino el miedo, ese que tenían esos jóvenes (quizás el penúltimo reducto de la resistencia callejera) que corrían por salir pronto de la autopista antes de que pudiera llegar algún cuerpo policial que los detuviera en masa y metiera, por ejemplo, en la cava de un camión, como ya pasó la semana pasada con sus compañeros de la USB.

No se vale tildarlos de cobardes o miedosos: son los mismos que mes y medio atrás todavía se batían en jornadas de hasta tres y cuatro horas de resistencia en la autopista. Pero los tiempos (y los métodos represivos) han cambiado. Ahora hay pocos rinocerontes y ballenas, y muchas motos. Ante la lentitud y el peso de los blindados, los cuerpos de seguridad optan por la velocidad y la ligereza del vehículo de dos ruedas, que les permite aparecer rápidamente y en multitud casi en cualquier lugar, sobre todo para emboscar, su actividad favorita de hace unos días para acá. Llegan siempre haciendo estruendo y disparando: lacrimógenas, perdigones o lo que tengan, imposible saberlo nunca con certeza. Se escucha primero la detonación y luego el ruido del impacto. Gustan hacerlo de sorpresa, y al que agarran mal parado no lo perdonan.

Así pasaron el jueves por Chacao, luego de dividir la marcha. “Si nos reprimen, trancamos”, era la pauta de la oposición. Y aunque intentaron hacerlo (amagaron al menos) la operación barrida de los ejércitos motorizados pudo más. Fue cosa de veinte minutos para que luego de la fugaz no-toma de la autopista, las calles del municipio estuvieran libres de nuevo. La PNB apareció por la Francisco de Miranda y luego se metió por todas las calles paralelas y adyacentes. Ya aquello de correr de una avenida a una calle menor para refugiarse ha dejado de existir: se meten en ellas también. Lo mismo en los Centros Comerciales, que eran oasis en medio de los desiertos de represión: al Sambil le arrojaron bombas igual que al CCCT.

Apenas y las de Altamira fueron las únicas que siguieron cerradas, pero por un reducido grupo de jóvenes, prácticamente la última fortaleza de coraje: no llegaban a 30 pero trancaron por casi cuatro horas la ahora llamada Av. Juan Pablo Pernalete. Tuvieron un conato de enfrentamiento con la GNB, que a media tarde hizo acto de presencia y se llevó detenidos a algunos; y luego, ya casi llegando la noche, un enfrentamiento (éste sí) con ribetes de épica: cuando tras unas horas de indiferencia, los uniformados por fin decidieron destrancar del Distribuidor (al parecer no siempre les apetece que esté libre como las avenidas) disparando bombas y metras de plomo, el grupito de jóvenes, a punta de molotov y morteros, los hizo retroceder. Victoria celebrada pero efímera: a los minutos, y por detrás, bajando de Altamira norte, apareció otro ejército de motorizados que barrió con todo y todos: entiéndase, los (pocos) manifestantes que quedaban y los (muchos) transeúntes que caminaban.

De subida y revisando las fotos, surgió entre los fotógrafos la pregunta: ¿aquellos días de actos multitudinarios se acabaron para siempre?

Ninguno tuvo respuesta.

NINOWEB

El niño y el periodista

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A fuerza de cubrir protestas que comienzan y terminan en Altamira y suelen suceder siempre en hora de almuerzo, el periodista se ha vuelto un cliente fijo del Carmelo Pizza de la plaza. Siempre que va pide lo mismo: dos ‘slices’ con un refresco. Pero la tarde del jueves, a falta de ‘slices’, tiene que cambiar la orden y pedir una pizza pequeña, lo que lo obliga a comer dentro del local. Cuando se sienta en la única mesa que está disponible, el niño se le acerca a pedirle un ‘triangulito’. Apenas se lo da, llegan otros dos niños con hambre. El periodista ve resignado cómo su pizza disminuye notablemente sin haber probado todavía el primer bocado.

Aunque los otros dos se van con su porción de pizza en la mano, el niño se queda de pie junto a la mesa. Se excusa diciendo que quiere secarse. Viene de la marcha y está empapado. Dice que tiene 12 años, pero bien podrían ser 8. Es pequeño y delgado, viste jean y franela, y lleva un bolso de PDVSA. En un momento se lo pone adelante, lo abre, y guarda en él un pedazo de la pizza. “Es la reserva”, le explica al periodista, que termina invitándolo a sentarse.

El niño tiene nombre de profeta bíblico y vive con su mamá y su hermana en Petare. Tenía un hermano, pero se lo mataron con apenas 15 años. La hermana está embarazada ahorita. “Vas a ser tío”, le dice el periodista, y al niño le cambia la cara. Se emociona, saca pecho, asiente y sonríe. Todavía está mudando de dientes. No va al colegio, pero sabe leer. Clarito descifra que en el chaleco del periodista dice prensa. “A mí no me gusta la prensa, porque nos toman fotos y se las pasan a Maduro para que nos lleven presos”, dice. El periodista le explica que eso no es así y que en todo caso no se preocupe porque él no toma fotos. “¿Tú trabajas para Televen o para Venevisión?”, pregunta entonces. El periodista le explica que él lo que hace es escribir. “¿Y quién lee lo que escribes?”. “Esa es la pregunta que yo me hago todos los días”.

El niño no entiende el chiste. Tampoco le importa mucho. Él lo que quiere ser de grande es pelotero. Dice que pitcha, y juega primera base y right field, pero la posición que más le gusta es la de inicialista. Al preguntarle por su jugador favorito, responde con un predecible Miguel Cabrera. Al consultarle si es caraquista o magallanero titubea unos segundos y suelta que de los Leones. El periodista tiene la impresión, por lo atento que lo ve el niño, de que solo espera notar el más mínimo gesto de desagrado para cambiar radicalmente la respuesta; por eso se le queda viendo fijo y en silencio. Tras un rato de sufrimiento, no aguanta la risa y le dice que muy bien, que siga por la senda caraquista y que mucho cuidado con llegar a cambiarse de equipo.

Llegados a ese momento, la pizzería está llena de encapuchados. La lluvia ha hecho que todos busquen refugio dentro. Hay más de ellos parados, que clientes en las mesas. Es una escena surrealista: señoras, señoritos y señores, todos de buena presencia, entre encapuchados descalzos y con recipientes con gasolina en las manos. Pasando por las mesas, sobre una patineta y con una pintura en espray en la mano, se pasea ‘Guarimbín’ un niño que según el día que se le pregunte dice que tiene 12 o 10 años pero aparenta como mucho 6. Amenazar a la gente con echarle pintura encima es su diversión, criticada por sus potenciales víctimas y celebrada por sus compañeros de rostro oculto.

Una pizza grande sale del horno de Carmelo y es puesta sobre una mesa. Es una contribución, un regalo que da alguien para los encapuchados. En menos de un minuto, de la pizza no queda nada. La escena es de todo menos elegante: diez o doce de ellos le caen encima, se pelean los trozos, la cortan como pueden, la aprietan en la mano. El queso y la salsa se escurren por doquier y el niño se lamenta por no haber llegado a tiempo. “¿Para guardarlo en un envase y no comértelo?”, le pregunta el periodista. “Es que yo no sé si vaya a haber comida en mi casa”, le explica el niño. En ese momento, un muchacho, al que le habían regalado una sopa, pasa exhibiendo un hueso de pollo cual si fuera un trofeo. El periodista piensa primero que se trata de una cosa supersticiosa, pero cuando el niño, todavía más triste que con la pizza, le cuenta que extraña el sabor del pollo, el cual tiene meses sin probar, lo entiende todo. “¿Y tú qué comes normalmente?”, inquiere el periodista. “Yuca, y a veces arroz”, responde el niño.

Cuando le pregunta por qué está allí en Altamira, el niño le cuenta que donde él vive hay muchos malandros y siempre que había una marcha llegaban cargados de cosas (“celulares, relojes, carteras y dinero”). “¿O sea que viniste fue a robar?”, lo interrumpe el periodista. El niño le dice que no, que él no roba, que eso son los malandros y él no es uno de ellos. Que lo que pasó fue que a él le pasaron el dato de que en Altamira regalaban cosas y por eso fue para allá. “¿Y a ti qué te han regalado?”. “Solo comida y estos zapatos”. Son marrones y nuevos. “Están mejores que los míos”, le dice el periodista. El niño se contenta, vuelve a inflar el pecho y a sonreir.

Una niña de ojos negros y cabello oscuro se acerca a pedir pizza, pero no queda nada. “Entonces dame refresco”. El periodista cede. La niña agarra el vaso con las dos manos y bebe fondo blanco. Se llama Anahí y tiene 10 años. “Nombre de cantante”, intenta elogiarla el periodista. “No. De princesa”, replica la niña. Es de los Valles del Tuy (“siempre vengo en ferro”) y tampoco estudia. Está allí con su hermano, un muchachito flaco y alto, que no pasa de los 12 años y es cero conversador. “¿Tú no sabes dónde regalan aquí la ropa?”, pregunta la niña. El periodista le dice que no tiene idea. “Bueno”, dice la niña y se va con el hermano silente.

Habiendo ya escampado, el periodista se levanta y se despide del niño. “No, espérame, yo me voy contigo”, le pide éste. “¿Adónde?”, pregunta el periodista. “Al metro, pues”, dice abriendo grande los ojos. El periodista no recuerda haberle dicho que iba al metro, pero igual lo espera. Andado un trecho, el niño devela sus motivos: “Es que si me quedaba solo, los grandes me iban a quitar toda la comida que tenía en el bolso. Si no vas al metro no importa”. Pero el periodista sí va al metro, así que caminan juntos.

A esa hora, la plaza Altamira está desolada. “Es que hoy reparten la caja, y hay muchos allá esperando”, explica el niño. “¿Qué caja?”, pregunta el periodista. “La del CLAP”. Al niño tampoco le importa mucho, porque a su casa no llega. “Aquí hay ‘ricachones’ que viven en apartamentos. Pero no todos son buenos: algunos no nos dan nada cuando les pedimos”, dice el niño cuando caminan por Los Palos Grandes. El periodista le explica que no todos los que viven por allí son ‘ricachones’ y no todos tienen dinero. “Pero tienen tarjetas”, le replica el niño. Entonces el periodista le explica que tener tarjeta no significa que haya dinero y que hay tarjetas que no  pasan, cosa que al niño le suena como un mito.

Cuando llegan al metro, el niño le pregunta al periodista si en su casa no tendrá alguna gorra. El periodista le dice que sí. “¿De esas que son pavas y grandes por adelante?”, pregunta el niño. “No. De las normales”, le replica el periodista. “Bueno, no importa. Igual la quiero”, dice el niño. “¿Y cómo hago para dártela?”, pregunta el periodista. “Yo me la paso por Altamira. Llévamela mañana”, indica el niño. “Pero mañana no hay nada”, le dice el periodista. “Bueno, cuando haya algo”. El periodista le promete que así lo hará y se despide. Desde ese día lleva siempre en su bolso una gorra por si lo vuelve a ver.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

#19J: Deshonra en Altamira.

#22J: El día de la frustración.

#24J: “¡Los queremos vivos!”

#29J: La cámara revolucionaria

CAMARA

La cámara revolucionaria

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“¡Prensa, prensa!”, grita una mujer en la Francisco de Miranda. Son aproximadamente las dos de la tarde y la avenida capitalina, aunque sin tránsito, se encuentra completamente cerrada. Es el día 90 de protesta y la marcha de la oposición ya ha sido reprimida en El Rosal por la PNB. Fue una actividad menor, que salió tres horas después de lo pautado y caminó bajo un torrencial aguacero durante buena parte del tiempo. A Chacaito llegaron los más determinados, pero cuando intentaron cruzar el puente hacia Las Mercedes, un ejército de motos apareció lanzando bombas y los dispersó a todos. Todo fue tan rápido que de regreso la conversación de los periodistas versaba en torno al poco (poquísimo) material obtenido en el día. Es en medio de ella cuando nos interrumpen los gritos de la mujer.

“¡Prensa, vayan rápido: abajo tienen atrapados a unos estudiantes!”, nos indica la mujer. De inmediato, bajamos corriendo de la Francisco de Miranda a la Venezuela por la calle Mohedano para encontrarnos abajo con una legión de la PNB. Al llegar a la esquina, todos automáticamente detenemos el paso. Ese primer careo con la PNB suele ser tenso y siempre hay que llegar con cautela. Son además demasiados policías. Uno de los oficiales nos recibe disparando una bomba vacía al aire, que se estrella con las ramas de un árbol. Avanzamos lentamente entre ellos, para encontrarnos entonces con que a las puertas del BOD del edificio Centuria hay un grupo de estudiantes arrodillados y con las manos atrás. Visten la camisa amarilla de la USB y parte de sus pertenencias han sido vaciadas en el suelo. Detrás de ellos, dentro de la torre, hay cientos de espectadores silentes.

Mientras más nos acercamos, más hostiles se ponen los policías. No responden ninguna pregunta y detonan lacrimógenas a nuestros pies. Lo hacen, en principio, para nublar la visión de los fotógrafos. Los periodistas tenemos máscaras y no nos afecta tanto, pero los muchachos están arrodillados en el suelo y sin protección alguna, respirando todo ese gas. No son esposas de metal, sino de cuerda las que les atan las manos. De dos en dos los levantan del suelo y se los llevan a un camión que está estacionado frente a Juan Sebastian Bar. Una jaula es lo primero que pensamos. Pero luego, cuando alguno cruza la calle, se da cuenta de que es un camión 350: los detienen en una cava sin ventilación ni luz alguna.

Las bombas siguen detonando a nuestros pies y cuando algún fotógrafo se acerca a tomarle una foto a los últimos que se llevan, un PNB lo alza y arroja al suelo. Antes de cerrar las puertas de la cava, una bomba, otra más, detona muy cerca de ella. El humo lógicamente se mete entra en ella. Pero no importa. Igual la cierran y adentro dejan, como animales, sin luz y con gas, a los detenidos a los que se llevan sin rumbo conocido, dentro de lo que ya podría bautizarse como la cámara revolucionaria.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

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#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

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#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

#19J: Deshonra en Altamira.

#22J: El día de la frustración.

#24J: “¡Los queremos vivos!”

FOTO: Régulo Gómez

“¡Los queremos vivos!”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Aunque hubo militares retirados paseando sus uniformes y diciendo que muy pronto (“esta misma semana”) los cuarteles se van a declarar en rebeldía y van a forzar la destitución de Maduro; aunque las hijas de Lila y José Luis se presentaron con ‘jeanes’ apretados; aunque un diácono sin dientes le echó agua bendita a cuanto manifestante se le atravesó; aunque hubo cosas realmente pintorescas, lo verdaderamente importante de la manifestación del sábado fue el grito salido de las entrañas de miles de manifestantes (sobre todo madres) hacia los jóvenes encapuchados que constantemente se metían en La Carlota: “¡Los queremos vivos!”.
.
Y es que al dinero, a la fama, a las drogas y a la ausencia de padres, hay que poner también, en la lista negra de cosas que deberían ser incompatibles con tener diecisiete años, el sentirse llamado a una misión heroica en la vida. A falta de prosperidad económica para vicios, es por ese derrotero por donde se está yendo parte de una generación de adolescentes que en este momento tienen la percepción de que sobre sus hombros (y sólo sobre ellos) está la misión de liberar a Venezuela nada menos que de una narco-dictadura militar. Y en esa especie de delirio sobre el Ávila (ya el Chimborazo queda culturalmente muy lejos), ellos, que son sabios e inmortales, como lo somos todos a los dicesiete, repetidamente se han metido, desoyendo consejos de todo el mundo, en la Base Aérea La Carlota para desafiar, pecho descubierto y si acaso con cohetones, a militares que tienen allí desde helicópteros hasta tanquetas y ningún remordimiento para disparar balas.

El sábado fue una constante verlos montarse en las rejas (en lo que queda de ellas) y lanzar cohetones hacia La Carlota, hasta que al final de la tarde comenzaron a entrar. Cuando la situación parecía desbordarse, Delsa Solórzano, un huracán de carácter, se bajó de la tarima y con un ejército de madres se fue a sacarlos de la base militar. “¡Los queremos vivos!”, rugió entonces la multitud. Fue un grito, una súplica, diríase un llamado desesperado, que recorrió la garganta de casi todos los asistentes, mientras en la reja, madres y abuelas hacían un esfuerzo tremendo por dialogar con ellos.

-A mí me dueles tú y me duelen todos –le decía una mujer a un encapuchado–. Estoy en la calle por ustedes. Y hay que pensar con la cabeza: una cosa es resistir y otra cosa es entregarse y que los fusilen como fusilaron a ese niño. Nosotros no queremos eso.

-Ustedes no saben lo que es querer estudiar y no poder –le respondía éste–. Yo hace 4 años tenía carro y moto. Ahora no tengo nada. Dejé los estudios por eso.

-Hijo, enfócate: lo que yo no quiero es que tú actúes desde la adrenalina. Nosotros no queremos que se entreguen como carne de cañón a nadie.

-No es como carne de cañón. Es para obtener la libertad. Nosotros queremos la libertad.

-¿De qué te sirve una libertad muerto? ¿De qué te sirve? Por favor. Que tu mamá no merece sufrir la pérdida de un hijo. Hay muchas maneras de obtener la libertad sin regalar la vida.

-Nosotros queremos nuestro futuro.

-¡Y nosotros queremos el de ustedes!

-Nosotros lo que queremos es que nos apoyen. Nosotros estamos aquí por ustedes y por nosotros. Por nuestro futuro.

-Y lo vamos a obtener, pero luchando en conjunto y pensando con la cabeza y no con las vísceras. Todos estamos luchando por ustedes. Yo creo en un país de jóvenes. Y por eso los queremos vivos: porque ustedes son los primeros que merecen ver el cambio en Venezuela. Ustedes son importantes. Habla con tus hermanos. Con todos esos muchachos tan valientes.

Y el muchacho habló. Y por un momento pareció que sí, que sus hermanos le iban a hacer caso. Pero al que a los diecisiete tiene una urgencia mesiánica, ni que le lloren las madres. Todo pasó de repente y se esparció como el gas lacrimógeno. En un instante la rabia (“con concentraciones no se logra nada”), el voluntarismo (“somos más que suficientes”), la antipolítica (“ya los dirigentes están pirando”), la descalificación (“son todos unos malditos ‘cagaos’”), el complejo (“es mentira: no le importamos a nadie, ahora se van todos y nos quedamos solos aquí”) y, nuevamente, la urgencia mesiánica (“si no los sacamos nosotros no los va a sacar nadie”) se mezclaron y volvieron a llevar a un grupo importante de muchachos para dentro de La Carlota mientras la gente comenzaba a subir. Al rato, entonces, la PNB y la GNB reprimieron a todos desde la autopista hasta Altamira.

II

El muchacho viste un sweater azul. Está a una cuadra de distancia del resto de los manifestantes. Se quedó rezagado sabrá Dios por qué motivo, y corre con todas sus fuerzas para alcanzar al grupo. Pero no hay nada que hacer: si subir la Sur Altamira entre gases es ya difícil, ganarle la subida a un escuadrón motorizado de PNB resulta imposible. En segundos las motos le llegan. Entonces, un agente pone el arma en horizontal. Es una escopeta o quizás un rifle. Del cañón sale una lengua de fuego, breve como un relámpago. En seguida (o puede que en paralelo) se escucha la detonación. El disparo es a quemarropa. El muchacho se retuerce contra la pared. Mientras las demás motos continúan subiendo, tres o cuatro (imposible precisarlo en ese momento) se detienen alrededor de él. Los policías se bajan, lo rodean y lo golpean. La escena es de una brutalidad inusitada. Aprovechan que no hay testigos (eso creen ellos) para desatar toda su irracionalidad. Después de golpearlo, lo jalan violentamente por el sweater. El muchacho parece un muñeco de goma. Lo montan en una moto y se lo llevan.

El grupo de paramédicos decide entonces detenerse y agacharse. La agresión ha sucedido a escasos veinte metros de ellos y están lógicamente aterrados. “¡Manos arriba, manos arriba!”, grita el cabecilla. No hay prácticamente mano alguna que no tiemble. Y se entiende. Son una isla en medio de un mar de policías motorizados. Están rodeados y a merced de ellos. En teoría, no les deberían hacer nada, pero en la práctica, si quisieran, podrían hacerlo perfectamente. Algunos, de hecho, pasan deteniéndose, escrutándolos con la mirada y apuntando con el arma. La palabra tensión no basta para describir lo que se siente. Luego siguen. Para ese momento, las detonaciones no han cesado. Pero ocurren dos cuadras más arriba, en la Francisco de Miranda, donde terminan de dispersar a los manifestantes.

Cuando finaliza el desfile de motos, los paramédicos se paran y comienzan a hacer su requisa: cuántos están y si se encuentran todos bien. Hay una herida de perdigón y otra asfixiada por bomba. Están empezando a curarlas cuando el ronroneo lejano de otras motos se escucha. Ahora son oficiales de la GNB. Nuevamente al piso y con las manos arriba. Otra vez el temblor en algunas. Las motos son recibidas con toda clase de maldiciones e insultos por parte de los vecinos. De las ventanas salen gritos, imprecaciones, y también objetos. Podría ser un florero, un plato o un vaso lo que arrojan de una de ellas. En todo caso es de vidrio y se quiebra en el suelo. Inmediatamente hay disparos contra el edificio y una nube de gas blanco lo cubre todo. Pasan otros minutos, largos, larguísimos, cuando se pueden volver a bajar las manos.

“Hay algunas conductas que no me gustaron”, dice el líder y comienza a enumerar, muy serio, cosas que no se deben hacer. “Están subiendo a pie”, lo interrumpen. Y la tensión vuelve a sentirse. A lejos se ve un grupo de gente caminando, que no terminan siendo policías sino periodistas y fotógrafos. Suspiros de alivio. Cuando está toda junta, la prensa es una fuerza poderosa. El último reducto de civilidad. Ante ella en bloque, GNB y PNB intentan guardar las formas, comportarse. No tanto por respeto (cuando agarran a uno o dos solos y mal parados no los perdonan) como por cálculo: treinta cámaras congelando e inmortalizando una agresión nunca será un buen plan. Por ello, al verlos pasar, los paramédicos se tranquilizan y avanzan.

De la nada, un manifestante corre hacia los periodistas y se mete entre ellos. A él no le disparan a quemarropa, sino que lo persiguen. El muchacho es hábil. Hace fintas, amaga, corre en una dirección y en un segundo se frena y se devuelve para la contraria. Solo le falta la bicicleta para ser Cristiano en el área chica. Se les escabulle a dos motos y se mete por Bello Campo. Allí sí disparan. Molestos y humillados, regresan con otro muchacho, víctima de esa mala fortuna de estar en el lugar incorrecto en el momento menos indicado. Y, quien sabe, si de tener diecisiete años y sentirse llamado a hacer él solo lo que debería una sociedad entera.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

#19J: Deshonra en Altamira.

#22J: El día de la frustración.

DIAWEB (1)

El día de la frustración

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Una diputada que llora desesperada porque no sabe qué más hacer. Un hombre que cuenta que en su último cumpleaños sentó a sus hijos y les pidió entre lágrimas un solo regalo: que se fueran ya de Venezuela porque no le ve solución a la crisis. Un vigilante que sostiene en alto la tuerca que le dispararon yendo al trabajo y enseña una quemada por bomba lacrimógena en el brazo. Un anciano con la cara llena de Maalox que se pregunta cuándo en la vida él iba a pensar que a sus setenta y tantos le iba a tocar vivir algo así. Miles de manifestantes que otra vez no pudieron pasar de Chacaito y tuvieron que tragar litros de gas tóxico. Una fotoperiodista que es herida por una lacrimógena disparada a discreción. Dos muchachas bonitas que en la Plaza Altamira lamentan en voz alta que teniendo Venezuela tantos años les tocara ser jóvenes precisamente en estos. Una señora que lleva más de ochenta días sin trabajar, entregada a la lucha, y ahora se pregunta si hizo lo correcto o no. Un encapuchado que no entiende por qué si fueron los ‘pures’ los que trajeron esta desgracia al país, no están por lo menos acompañándolos a bajar al Distribuidor. Un niño de diez o menos años que jugaba a ser un héroe encapuchado y ahora llora porque cree que en un descuido le tomaron una foto donde se le vio la cara. Un diputado que en la mañana una bomba le quema el antebrazo y le fractura un dedo, y en la tarde solo recibe reproches. Unos encapuchados que no bajan a ‘guerrear’ porque son las 4 de la tarde y ni siquiera han desayunado. El Vicepresidente de un poder público, que se ha jugado la vida marchando y ahora recibe insultos. Una vida de 22 años que es cegada a mansalva. Esas son algunas de las estampas que dejó el día 83 de protesta, día de la frustración.

Como el San Antonio de Flaubert, los manifestantes están viviendo de una única certeza asediada por mil dudas. Que no se puede dejar la calle. Que si se enfría perderemos todo. Que esto es ahora o nunca. Eso lo dicen y repiten todos. Es el dogma, el artículo de fe invariable en todas las versiones del credo opositor. Pero inmediatamente, tras proclamarlo, comienzan las dudas. Con el paso de los días son menos las personas y más los muertos, menor la duración de las protestas y mayor la represión, más pequeño el entusiasmo y más grande el miedo; y aparece, entonces, lo de ayer: la frustración, que es prima cercana de otra palabra maldita llamada ‘desesperanza’, que desde los primeros siglos ya era tenida por pecado mortal y execrable.

Y el problema de la frustración es que lleva a un voluntarismo estéril. A falta de gente (de una cantidad importante, se entiende) la mañana en Altamira fue un desfile sin sentido de camiones secuestrados, que eran parados por ratos en las calles adyacentes de la Plaza Francia. Algo que en otro contexto podría tener su utilidad, pero como previa a una marcha no constituía sino un ejercicio inútil de fuerza, tal como lo fue la bajada a La Carlota. La represión de la movilización en Chacaito fue inmediata e inclemente: poner un pie en la plaza Brion y que aparecieran tres tanquetas, una ballena, decenas de motorizados y un centenar de bombas fue lo mismo. La PNB reprimió hasta Chacao y de allí se devolvió. La gente siguió entonces hasta Altamira y luego de un montón de debates y de lamentos decidió ir a La Carlota. ¿Por qué? Porque somos pocos, estamos bravos, nos reprimieron brutalmente, no vino casi gente, ya se fue la mitad, y tenemos que hacer algo. Es decir, porque sí.

Bajar a La Carlota habiendo con suerte quinientas personas fue una catarsis suicida. Una manera de drenar la frustración demostrando fuerza pero exponiéndose demasiado. Un hacerse matar. Con los chamos no había prácticamente nadie. La vista que se tenía de la Avenida Sur Altamira era la de una calle desierta, en la que apenas ondeaba alguna bandera de paramédicos, pero por la que no caminaba nadie. La vista que se tenía del Distribuidor era la de un montoncito de gente que desde arriba asistía al espectáculo triste de unos niños valientes que hacían piruetas para sortear las municiones que unos militares, protegidos por una reja, disparaban desde adentro. Reto, desafío, acción valiente, heroica, tenaz. Póngansele esos y otros adjetivos, y claro que lo merecerán. Pero no se le quite nunca el de insensatez, que es lo que más duele en la muerte de David: la sensación de que se pudo evitar.

¿Cómo?

Entendiendo que el arte de la guerra está en saber escoger bien qué batallas librar. Y la de ayer en La Carlota, con poca gente y sin ningún objetivo, fue absolutamente innecesaria.

¿Para qué te expusiste, niño valiente, si de arriba no había quien te acompañara? ¿Por qué les ofrendaste tan fácil ese corazón noble y generoso a unos asesinos despreciables y viles?

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

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#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

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#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

-#19J: Deshonra en Altamira