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El Centro Comercial que fue y ya no es

Por: Ezequiel Abdala – @eaa17

Los sábados eternos quedaron atrás. Aquellas largas colas para entrar al estacionamiento y las interminables vueltas para pescar alguno de sus 508 puestos; ese imán que tenía para los caraqueños y aquel encanto que tanto seducía a los jóvenes; la elegancia de sus tiendas de marca y la exclusividad de sus locales nocturnos; los ríos de gente en sus pasillos y la vida que allí se sentía; todo forma parte de un pasado que hoy suena a mito.

El primer gran centro comercial de Caracas, el Chacaito, envejeció mal y pronto, como las vedettes que en aquellos irrepetibles setenta alcanzaron la fama en su teatro de obras ligeras; como las hombreras y las ropas coloridas que tanto se exhibieron en sus cotizadas vidrieras; como la Caracas posible, pudiente y de referencia.   Read More…

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Pistola, papelón y el resto del mundo

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Por Gabriella Mesones – (@unamujerdecente)

Somos la generación del desencanto y la incertidumbre. La sensación colectiva es que somos un país fracasado, y podríamos hacerle los honores a Chocrón y venderle la nación a los asiáticos, agarrarnos el dinero y que cada quien busque su camino en la internacionalidad. La destrucción ya es parte de nuestra idiosincrasia. Lo vemos en nuestra vestimenta de arquitectura modernista, en los constantes edificios que vemos caídos y suplantados por cubos de vidrio, en las perennes construcciones que inundan la ciudad, en las noticias de los periódicos, en el discurso de nuestros líderes y en el discurso de los que no lo son.

Por mucho tiempo quise irme, hasta que se me quitaron las ganas. Sí, mis días también están teñidos de hostilidad, malos servicios, tráfico, contaminación, corrupción, discriminación, indignación y pare usted de contar. Pero alguna vez fuimos la ciudad más amable del mundo, y en la actualidad somos el país más feliz de esta corteza terrestre; sea como sea que los entes internacionales lleguen a esas conclusiones a las que siempre me mantendré escéptica.

Amo todo esto que nos rodea. Amo su desorden, su ruido y su caos; su carácter impredecible para lo bueno y para lo malo; y, sobre todo, creo que amo su energía destructora. Quizás por eso tenemos memoria a corto plazo: derribar para montar cosas nuevas nos deja poco espacio para el recuerdo. Por otro lado tenemos a su cielo azul y su sol tan caliente que pareciera que lo vemos de noche. Sus guacamayas y sus guacharacas que te despiertan a las cinco de la mañana. Sus mangos y sus guayabas. Su naturaleza luchadora que hace que crezcan lindas matitas con flores en el concreto y en los cables de electricidad. Su café y su cacao. Sus llanos, sus tepuyes, sus cataratas, sus ríos y sus montañas. El Ávila, a veces verde, a veces roja, a veces amarilla. Su gente zalamera con ansias de hablarte en la calle. Su gente extraña, extrañísima.

Hay una anécdota que siempre me ha parecido la metáfora perfecta: mi madre camina conmigo en mano y detiene una camionetica, me monta y con ella todavía pisando la calle el carrito arranca. Un señor detiene el carrito y regaña al conductor: “¿Cómo es esto posible? ¿Qué le ha pasado a esta ciudad que una señora no puede caminar tranquila con su hija?” Mi madre da las gracias y, apenas se sienta, el señor saca un machete y roba a toda la camionetica, menos a mi madre y a mí, claro. Nos sorprende de la misma forma un acto de maldad como uno de bondad y la mayoría de las veces encontramos estos extremos en una sola persona. Una metáfora de nuestra ciudad o del mundo, me gusta más pensar ese señor es la esencia de lo que se vive únicamente en esta ciudad.

En la calle me he caído a cervezas con obreros y después he conocido a mendigos que hablan del espacio y la velocidad de la luz mientras me ofrecen aguardiente a pico de botella. He comido mango con vendedores de libros que saben todo lo que yo quisiera saber de teatro venezolano. Se han inventado acentos para conquistarme en las calles, como lo hizo  “Habibi” con su acento llanero árabe. Viejitos españoles han bailado conmigo en plazas. Artesanos me han invitado a la playa con drogas duras incluidas. La piedrera que me ofreció unas puñaladas me terminó abrazando cuando se enteró de que era mi cumpleaños. Camioneros me han regalado patilla porque me han visto con sed caminando bajo el sol.

La magia de hablar con desconocidos es que no hay ningún tipo de atadura: he escuchado los sueños y las decepciones más profundas del que se sienta al lado mío en el carrito. He hablado de la maldad y de la esencia del ser humano con barrenderos que se jactan de ser los perfectos espectadores de la calle. He compartido cigarros con seres que se inventan profesiones y absurdas cuando les pregunto qué hacen. He tomado guayoyos con señores mayores que se han mochileado toda Latinoamérica y extrañan no haberlo hecho más. Se me han acercado mujeres hermosas de voz ronca y manzana de Adán para hablarme de cuán esclavos somos de nuestro cuerpo.

La realidad detrás de los esporádicos encuentros suele ser dura. Acostumbran a hablar de la tristeza, de los matrimonios fallidos, de las malas relaciones conlos hijos, de lo vacíos que están nuestros monederos, de los futuros proyectos que uno sabe que no se van a dar, de los vicios de los que no podemos despegarnos. Por alguna razón siempre he percibido que estas pequeñas descargas de calle están bañadas con un aire de humor, plenitud y hasta sabor, coño. Quizás es que estoy obsesionada con Gabriel García Márquez o capaz es que verdaderamente somos felices por el simple hecho de tener pájaros de colores en nuestro cielo azul, frutas que pareciera que tuvieran azúcar encima, palomas tímidas, viento fresco que nos pega en la cara, café increíble en cada esquina y petróleo en abundancia.

Recordando la literatura que leía cuando niña, me doy cuenta de que las historias venezolanas tenían siempre un halo de conformismo encima. Como en El cocuyo y la mora, donde el insecto era un insensible y un ingrato con quien lo cobija tiernamente. Creo también que Caracas nos trata así, porque nosotros no la tratamos muy distinto. La ciudad claro que es hablante y el discurso que generan a veces nos obliga a irnos, cuando en realidad debería convencernos para quedarnos. Tulio Hernández nos lo dice también: Caracas siempre ha sido una tarima desde la cual se habla al país, pero nadie se ocupa de mirarla a ella. Caracas termina siendo nuestra Odisea, un viaje complicado lleno de obstáculos terribles, pero al final la meta siempre es volver a casa, y qué buena suerte que casa sea este valle generoso que nos cobija o nuestros campos de papas, tapiramas y frijol. La casa está donde está el corazón, y qué rico que Caracas nos lo haya robado.

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Lanzarse al agua en cambote

Por Ezequiel Abdala  | @eaa17

En un país donde los blackberrys son parte de la canasta básica, y en el que se arma un dramón con episodios de depresión colectiva ante la falsa ida de Zara, que a 24 parejas les dé por casarse en el Sambil un 14 de febrero es algo que no extraña pero que hay que ver.

Así que en una tarde-noche tan linda como esa estaba yo en la terraza de la feria, convertida por obra y gracia de la decoración en recinto nupcial con telas colgantes y, claro, alfombra roja, que eso no puede faltar nunca. Alrededor de ella, en sillas doradas y vinotinto, estaban los emocionados familiares, que con sus trajes largos, faldas, chaquetas, corbatas, alisados, peinados de peluquería y una que otra joya, le conferían a ese espacio rutinariamente informal un insospechado carácter solemne.

A eso de las 7:00 p.m. el fondo de violines fue cortado por una Daniela Kosán que de tan acostumbrada a las audiencias virtuales de la TV cuando se vio con casi 200 personas en frente se volvió una mata de nervios y no supo qué hacer. Adoptó los modos de la televisión —mirada fija en un punto abstracto del horizonte, tono impersonal y frío, dicción neutra— mientras el público, un tanto desconcertado, no entendía si la cosa era o no con ellos. Apoyada en unas fichas, explicó que todo tenía validez legal y les dio la bienvenida a los novios.

Con la marcha nupcial de Wagner y el público de pie, fueron entrando las parejas. Como en botica, hubo de todo. Desde cónyuges a los que más que el Código Civil lo que les aplicaba era la LOPNA, hasta unos a los que el Código Penal ya les otorgaba el beneficio de casa por cárcel. Vestidas de blanco ‘pureza’ —salvo una que fue de morado y otra de amarillo— iban las damas, mientras los caballeros alternaron entre el terno y el smoking, con algún destello folklórico en versión liqui-liqui.

El discurso de bienvenida lo dio el Alcalde de Chacao, Emilio Graterón, quien desde su soltería, no sé si cotizada, les reveló a los novios “el secreto” del matrimonio: “Que cada día en la mañanita se levanten pensando qué harán para hacer feliz al otro (…) que nunca se acuesten bravos”. Y para evitar que algún impertinente le preguntara dónde estaba la esposa que validara la eficacia del método, remató la intervención con su average de familia felices: “He casado a más de 3000 parejas y hasta ahora ninguna se ha divorciado”.

Terminado el discurso, la registradora leyó los sempiternos derechos y deberes, y comenzó la boda. La logística ordenaba que el Alcalde llamara a las parejas, Daniela Kosán les leyera la fórmula de imposición de los anillos para que la repitieran, el Alcalde hiciera la pregunta de rigor —¿Aceptas a…?—  y los declarara, formalmente, en matrimonio. Y así fue en la práctica, pero con algunas diferencias.

Quizás porque tenía al lado a una Miss o porque había dos reflectores y una cámara, Graterón se mimetizó también en animador de TV. En un tono altísimo y apresurado, que iba a medio camino entre Winston Vallenilla y Daniel Sarcos, fue como llamó a las parejas. Sin embargo, la onomástica vernácula, extravagante y esperpéntica, le fue arruinando el momento: a Doralis le dijo Dorelis; a Marleti, Merelbi; a Quereigua, Querigua; a Yulide, Yulidiet; a Edwar, Ender; a Irima, Irma. Y entre error y corrección, se escuchaba una risita nerviosa de la Kosán, que del susto preguntaba dos y tres veces cómo era en realidad el nombre para cuando le tocara decirlo.

Y no es que ella la tuviera fácil, ya que le tocó lidiar con ese otro toro bravo que es la desbordante efusividad y espontaneidad del venezolano, responsable de que todos los cónyuges le cambiaran la fórmula que ella, paciente, neutra y asépticamente, se encargaba de repetir. Así, en lugar del nombre de la novia se escucharon: ‘muñeca’, ‘chiquita’, ‘mi amor bello’, entre otros. El anillo, para algunos, no fue símbolo de “amor y fidelidad”, sino de “mi amor y mi gratitud” o “de todas las cosas que hemos pasado”. Pero, para terror de muchos y suspicacia de todos, lo más profanado de la fórmula fue fidelidad. Hubo desde el que simplemente se la saltó, hasta el que la confundió con “felicidad”, pasando por el que tartamudeó —”fi..fidelidad”—, el que no pudo —”filedi, filedidad”—, el que la cambió —”fideleidad”— y el que, acaso traicionado por el subconsciente, se rió —”de mi jajaja fidelidad jajajaja”—.

Como lo que errando empieza errando termina, el remate de la faena tampoco le salió bien a Graterón, que por andar pendiente de engolarse y adornarse le preguntó a José si tomaba como esposo a Vilmari, a Kermilis si tomaba como esposa a Jorge Luís, y a Marleti —que se casaba con Tomás— si aceptaba a Richard. Y allí, en las respuestas, otro desborde de espontaneidad: “Sí. La tomo, la recibo, todo”, “Claro, por supuesto, yo acepto” y el infaltable lagrimeo, que, contrario a lo esperado, salió de los ojos de un caballero.

Finalizado el acto vino el brindis. Ríos caudalosos de dorada y burbujeante champaña fueron repartidos generosamente entre todos los invitados, al punto de que no fueron pocos los que repitieron. Lo mismo pasó con los tequeños, el roast beef, las empanaditas y los pastelitos, agarrados hasta de a cinco por los presentes, pero cuya abundancia le hizo honor, y de qué forma, al lugar común sobre la suntuosidad de las bodas organizadas por judíos. Eso por no hablar de la mesa de quesos, también bien abastecida, pero saqueada con una fiereza que ya conmovería a Atila.

Luego de hacerse esperar unos cuantos minutos, apareció en tarima la sorpresa de la noche: Oscarcito, quien, vestido con chaqueta de pana y pajarita, era casi el arquetipo del duende irlandés. Como toda estrella, salió al escenario con lentes de sol, pero más pudo la oscuridad del sitio —martirio de todos los fotógrafos— que su vanidad, así que, rápidamente, se tuvo que deshacer de ellos. De lo que nunca se deshizo fue de la pista sobre la cual cantaba, cuya voz remasterizada lo dejó más de una vez en evidencia, ya que ésta iba por un lado y él por otro. Sin embargo, eso no fue obstáculo para que recibiera unos cuantos aplausos adolescentes por sus tres canciones.

Con él se terminó de ir lo interesante de la noche. Después siguió una orquesta con los típicos temas de boda. Algunos bailaron un rato, otros se quedaron sentados tratando de disimular las protuberancias que originaban las bolas de queso en los bolsillos y otros compartieron con sus familias. Todos, eso sí, legal y bien casados, en una ceremonia que, aunque atípica, terminó siendo entrañable y venezolanamente tópica.

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La última noche de Harry

Por: Daniela Salcedo

Mi mamá, al ser divorciada y con tres hijos que alimentar, siempre tuvo que ingeniárselas para pasar tiempo de calidad con nosotros. Por eso, cuando éramos más pequeños, convirtió su cama -que siempre fue más grande, más cómoda, más divertida y más fría o caliente (según conviniese)- en un centro de lectura. Cada noche, mis hermanos y yo nos acomodábamos como podíamos para escucharla leernos algo, e imaginarnos cualquier aventura. La más famosa y la más larga de estas fue la de Harry Potter.

El joven mago nos regaló buenos momentos y años de interesantes conversaciones a la hora de la cena. También, ayudó a mi mamá a distraerse con nosotros y a no ceder ante el estrés que implicaba estar 6 meses desempleada; o no saber el destino del país, que vivía un paro petrolero en el 2002. Por eso, en el camino de regreso, luego de buscar nuestro primer carrito, la decisión fue unánime: se llamaría Harry.

Nuestro Harry era un Ford Fiesta de color arena del año 2001. No dormía en el número 4 de Privet Drive, sino en el puesto de estacionamiento B-4 de nuestro conjunto residencial. Y aunque no volara en escobas ni estudiara hechicería en Hogwarts, Harry era mágico. Su llegada significó no tener que irnos en transporte y llegar una hora y pico después de haber salido del colegio, por ser quienes vivían más lejos. Significó cenas improvisadas por el Auto-Mac. Significó también unos 20 minutos de sueño extra en las mañanas; más viajes y salidas; y peleas divertidísimas entre mis hermanos por ver quién se sentaba adelante. Para mi mamá, significó una meta lograda y una etapa superada. Para mis hermanos, un reto para meterse conmigo sin que mi mamá se diera cuenta. Para mí, menos tiempo cargando las bolsas del mercado.

Mi mamá lo compró en febrero del 2001, con una parte de la liquidación de uno de sus trabajos y la mitad del dinero de la venta del apartamento de mi abuela. Costó 7 millones de los de antes, que son 7 mil bolívares de los de ahora; con los que -producto una inflación acumulada de 7931% desde 1999 al 2015- hoy, con suerte, te puedes comprar un par de ambientadores para auto de los más baratos. La historia de Harry Potter se contó durante diez años en siete libros y ocho películas. La de nuestro Harry fue bastante más corta: para septiembre del mismo año, ya no estaba con nosotros.

Aunque no recuerdo exactamente el día, sé que fue entre semana, pues al día siguiente faltamos al colegio, porque casi no dormimos. Eran probablemente las seis de la tarde e íbamos por el semáforo que está justo antes de llegar a mi edificio por la Avenida Intercomunal de Coche, en Caracas. Como mi hermano Aquiles se sentía mal, mi mamá había apagado el aire acondicionado y bajado tres dedos las ventanas para que entrara brisa natural. No lo vimos acercarse, solo lo vimos apuntando a mi mamá con una pistola que introdujo por el espacio de no más de 10 centímetros entre el vidrio y la goma que rodea la ventana.

“No invente que hay niños, ábreme la puerta y ya”, le dijo el empistolado a mi mamá. Ella, sin dudarlo, le hizo caso. El hombre pasó y, justo después, un segundo hombre abrió mi puerta. Yo me arrimé para darle paso. Se sentó y sacó otra arma. El que conducía tenía el cabello medio grisáceo, parecía de unos 45-50 años; el que estaba junto a mí era más joven, quizás de unos 25 – 30 máximo; ninguno de los dos estaba mal vestido.

Apenas mi mamá vio al segundo hombre ubicarse a mi lado, le pidió al secuestrador pasarse para atrás y que yo me sentara en sus piernas. Al principio no la dejó, pero al cabo de un rato, debido a lo incómodo y sospechoso que debía resultar compartir el asiento de piloto, cedió. Una vez atrás, el secuestrador más joven le puso la pistola en la pierna y empezó a pasarla una y otra vez por su muslo izquierdo, mientras la miraba de arriba abajo. Le pidió los anillos y se los metió en la boca. Mi mamá me apretaba con uno de sus brazos, y con el otro sostenía la mano de Augusto, al tiempo que miraba fijamente a Aquiles, que quedó como el copiloto del ladrón. Mis hermanos miraban por sus ventanas por órdenes del secuestrador más viejo. Yo le rogaba al más joven que no nos hiciera nada.

Condujimos por lo que parecieron horas, hasta que llegamos a uno de los barrios de la carretera de Los Valles del Tuy. “Vamos a quitarles la ropa”, propuso el excitado y joven ladrón. “No, marico, yo también tengo mamá”, le contestó el mayor. Nos hicieron bajar. Todos nos quedamos parados, agarrados de las manos, contemplando a Harry desaparecer entre la noche, sin nosotros adentro y nada que pudiéramos hacer. “Mami, los Gameboys… estaban en los bolsos”, dijo mi hermano inocentemente, entre sorprendido y apesadumbrado, ajeno todavía del tamaño de la pérdida -y a la vez de la suerte- que acabábamos de vivir. Mi mamá no le contestó, miró el fondo de la carretera por unos segundos más y se dispuso a buscar ayuda.

Bajamos y atravesamos un arco donde había varias casas de ladrillos y techos de zinc. Por la hora, tuvimos que tocar la puerta de diferentes casas para que alguien nos abriera. Finalmente una señora lo hizo, nos dejó pasar y despertó a su esposo para que nos diera la cola al puesto de policía más cercano. Ahí, un señor que denunciaba un robo nos hizo el favor de llamar un taxi para que nos llevara a casa de mi abuela, adonde llegamos a salvo.

Para el año 2001, el Observatorio del Delito Organizado de Venezuela registraba 60 casos de secuestro al año; cifra que, para septiembre de 2015, aumentó a 1000 secuestros al año, según la misma fuente. Actualmente, en Caracas se roban 95 vehículos al día, según el Ministerio para Relaciones Interiores Justicia y Paz.

No volvimos a ver a Harry, y tampoco hemos logrado reponerlo. Para marzo del 2002 -fecha en la que el seguro nos devolvió el dinero- la inflación, y más de una deuda que demandaba solvencia, redujo la cifra ya vencida. Aunque compramos nuevos bolsos, cuadernos y Gameboys, seguí extrañando las peleas de mis hermanos, los 20 minutos de sueño extra en la mañana y toda la magia de nuestro Harry Ford Fiesta. Su pérdida significó para todos un mal trago de paranoia, rabia, ansiedad y terror que nos persigue y ahoga hasta el presente.

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Así se sobrevive en Caracas

“Hay escenas cotidianas en Caracas que nunca dejan de sorprender. Estás frente al volante, atrapado en el tráfico del mediodía, y de pronto sientes un golpe en la ventana. Un motociclista golpea el vidrio con el cañón de una pistola mientras exige: ‘El teléfono o disparo’. Una amenaza similar se repite, con un puñal próximo a las costillas de alguien, en medio del barullo a la salida del metro”. Así arranca una crónica publicada el pasado 04 de diciembre por la periodista venezolana Cristina Marcano en el diario ‘El País’ de Madrid, en la que narra cómo  es (sobre)vivir en una de las ciudades más peligrosas del planeta. “Pocos países te pueden hacer sentir, tan a menudo, como un animal. Pocos, tan primitivo, indefenso y acechado. En Venezuela vivir con temor es imprescindible. No puedes descuidarte un segundo. Nos desplazamos en esta jungla como ciervos acosados por depredadores implacables. Aquí, el canal Animal Planet podría documentar, abundantemente, la coreografía del miedo en nuestra especie. Cuando el venezolano sale de su refugio, automáticamente, entra en estado de alerta. Su lenguaje corporal refleja el nerviosismo de los seres vulnerables, de quienes saben que cada día corren el riesgo de convertirse en la próxima víctima”, se lee en el texto. “Los venezolanos –continúa Marcano– radiografiamos al prójimo con desconfianza, evitamos usar el teléfono móvil en la calle y no solemos acercarnos a orientar a conductores supuestamente extraviados. La aprensión permanente es casi un amuleto. La paranoia, parte de nuestra identidad. ¿Cómo no temer en un país donde los delincuentes han atacado cuarteles policiales con granadas, donde asesinan policías y militares para robarles las armas?”.

Puedes terminar leer la crónica completa aquí.

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Otra marcha que no fue

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Si la vida fuera como las fábulas de Esopo y cada acontecimiento tuviera una lección moral, la que la oposición podría sacar de sus últimos tres jueves de protesta es que dividida no moviliza gente. La fábula de la soledad (por llamarla de alguna manera) podría ser contada por Henry Ramos Allup, cuya voz de abuelo queda muy bien para una historia moralizante, pero como no se le ha visto en ninguno de esos eventos, tendría que ser Stalin González, gordo como una marmota pero fiel como un perro de taller (estamos hablando de Esopo, tiene que haber alusiones animales, entiendan), quien cuente cómo ninguna de las actividades (dos del Movimiento Estudiantil y una de Primero Justicia) llevadas a cabo estos tres jueves ha podido convocar más de 500 personas, y eso siendo generosos.

Ayer había una buena causa (exigir la apertura de un canal humanitario para que las toneladas de medicamentos que aguardan en puerto la venia del gobierno entren al país) y un buen incentivo (el TSJ había prohibido protestar en sentencia dictada la noche anterior), pero no había gente. Apenas y un grupito de camisas y banderas aurinegras que caminaban detrás de una cadeneta de diputados (Marquina, Borges, Guanipa, Olivares, Pizarro, Stalin G) y de un camión. Un grupito que se daba fuerza al canto de una consigna retadora que sonaba a chiste (“Maduro, Maduro / ése es el detalle / hay que echarle bolas / pa’sacarnos de la calle”), y a la que parecía que había que cambiarle la preposición para hacerla veraz: “hay que echarle bolas pa’sacarnos a la calle”. Y efectivamente.

Baste decir que en PDVDSA ni se molestaron en salir, y que en Misión Vivienda apenas y fue una señora la que asomó su bandera roja, pero ni un triki-traki, un matasuegras, una musiquita revolucionaria a full volumen, nada. Indiferencia total. Desprecio absoluto.

Incluso yo, que ayer más periodista que nunca andaba ojo avisor y libreta en mano buscando algún detalle, alguna cosa interesante, algo que anotar y luego contar, cuando tuve en frente, inmenso y tentador, el letrero de la pastelería Tivoli, me dejé seducir. Conste que iba a la cabeza de la marcha y muy por delante de la cadeneta de dirigente, y que la Tivoli no estaba llena. Una pizza, un ojo de buey y un agua fue el botín con el que salí para encontrarme (justo en ese primer bocado de pizza) con una de esas calles que José Vicente soñó en el paro: una que estaba absolutamente normal. Carros iban y venían, las camioneticas (ahora lloro cada vez que las veo) pasaban, la gente caminaba, la vida seguía a su ritmo y yo no encontraba vestigio de marcha alguna.

¿Y el camión?

¿Y la gente?

¿Y los justicieros?

Le pregunté a una liceista (¿o debería decirle colegiala?) de La Consolación si había visto una marcha de gente pasando por allí y me dijo que no.

-¿¡No!? (ojos como dos huevos fritos)

-No, ni idea.

Perdido como siempre, me detuve a pensar dónde era que estaba exactamente y dónde era que queda la Nunciatura, sin encontrar respuesta. Le pregunté a un señor: sube una cuadra y cruza, me dijo. Lo hice con la esperanza de encontrar a alguien de la marcha, pero nada. No había nadie en esa transversal. El tránsito fluido, y todo a su ritmo. Por pura fe en quien me dio la dirección caminé y caminé y caminé, y cuando empezaba a dudar de si me habían mandado adónde no era vi a lo lejos la avenida cerrada. Llegué, y efectivamente: la Nunciatura. Y allí  el montoncito de gente.

Fue en ese momento que caí en cuenta, en verdadera cuenta, de lo pobre de la convocatoria. No voy a exagerar diciendo que se trató de una epifanía, porque tampoco: pequeña se veía; pero sí me sorprendió lo efímero y fugaz de su impacto, incapaz de generar no digo ya una conmoción, siquiera una breve congestión, de dejar algo a su paso. Pero nada. Es que ni basura, ni un afiche. Repito, nada. Como esos aguaceros de Florida, que de repente estallan y de repente escampan y en segundos todos se seca. Así fue. Unos minutos en una pastelería, y ya no había, no quedaba ni el rastro. Como si nunca hubiera sucedido.

Dentro de la Nunciatura, Ocariz, Borges, Guanipa, Pizarro, Olivares y Ángel Medina se reunieron con el embajador del Papa. El cielo encapotado anunciaba tempestad. Desde el camión pedían, rogaban, que la gente se quedara. Los reporteros de la tele improvisaban el set colectivo para tomar las declaraciones, mientras una mujer advertía a alguno de los dirigentes (“pendiente: que ese hombre que está allí con esa cámara es del SEBIN y lleva rato haciéndote tomas”): era un chamito camuflado entre los fotógrafos.  Minutos después salieron los dirigentes. Olivares dijo poco, pero Ocariz, que era la estrella, se envalentonó. “Sean serios, pónganse los pantalones, la palabra vale, cumplan con nosotros”, increpaba al gobierno al tiempo que le exigía a Unasur que hiciera cumplir lo acordado en el diálogo. Entonces, en un segundo, se desató la lluvia. Y en otro segundo, todo se había acabado. Los dirigentes a sus carros, los justicieros a su autobús o al metro, y los periodistas a lo mismo. Sin despedirse, sin decir chao, sin nada. Todo tan efímero como esta otra marcha, la tercera que no fue.

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03N: La marcha que no fue

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Si al estilo de ‘Good Bye Lenin’ alguna provecta doña de El Cafetal  (perdón por el cliché) hubiese caído desmayada el miércoles pasado al terminar la marcha y se hubiera recuperado hoy en la mañana, sabemos que sus pobres hijos habrían tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para explicarle por qué esa D roja gigante que estaba marcada en el calendario señalando que este 03-N era la fecha límite hubo que correrla unos días más. Pero si pensamos que la doña ya no es de El Cafetal sino de la Avenida Libertador, y que, movida por el efecto balsámico y curativo que tienen las consignas contra Maduro para una opositora tan firme como ella, se despertaba a golpe de 11 de la mañana cuando la marcha pasaba frente a su casa, entonces su vástagos -que, es lógico, tuvieron que dejarla sola porque hoy era su día de compra- habrían tenido que tirar la Harina Pan y el jabón al suelo para socorrer a su madre, quien habría caído fulminada por lo visto en el balcón. ¿Por qué? Porque lo que habría visto al asomarse sería, y como mucho (contemos con el efecto alucinógeno de algún medicamento intravenoso que exagera la percepción) a dos cuadras de personas marchando frente a su casa. Nada más. Eso fue lo que en la mañana de hoy congregó la convocatoria del Movimiento Estudiantil, a la que se plegaron Voluntad Popular y Vente Venezuela. Una protesta que si algo hizo fue dejar en evidencia el estado de paranoia en el que vive la dictadura, que no solo cerró seis estaciones de metro (las que van de Plaza Venezuela a Capitolio), sino que también desplegó un amplio e innecesario número de efectivos de la Policía Nacional y la Guardia Nacional, y hasta apostó a un grupo de partidarios en La Candelaria esperando un ataque que nunca se produjo.

Poco antes de dar las 11, era María Corina Marchado quien llamaba la atención del grupo congregado en El Bosque. Sencilla pero impecable de pies a cabeza, vestida de blanco y siempre seria, declaraba a los medios. Lo hacía bajo un sol inclemente y un extraño enjambre de libélulas (¿caballitos del diablo?), que fueron la constante durante toda la marcha. Siguió en sus trece sobre el diálogo y la ruta de destitución de Maduro. En realidad dijo poco nuevo y al terminar salió disparada de la mano de dos gigantones.

Unos metro más adelante, sobre una pick-up azul, Hasler Iglesias, vestido con la camiseta del equipo de fútbol de la UCV (pero que más bien parecía de Colombia o Ecuador) informaba que se iría la Nunciatura Apostólica a entregar un documento, que todo se haría en paz y tranquilidad. Como diez minutos les tomó organizar a los manifestantes detrás de la pancarta que llevaba la delantera. “Hay más heladeros que gente”, decía entre sorprendido y decepcionado un heladero que veía ampliada su competencia y reducido su público, a la vez que aseguraba que igual seguiría porque “yo sí soy escuálido, no como los otros heladeros que son chavistas”.

Un enjambre de cámaras a lo lejos anunciaba que había noticia: Lilian Tintori declaraba. Más producida que María Corina –rímel, base y boca pintada–, con unas pronunciadas patas de gallo que delataban la vigilia de anoche, y su ya usual trenza rubia, la esposa de Leopoldo, también de blanco, tenía colgado un rosario grande cuya cruz blandía ante las cámaras. Era, dicho sea, la cruz de San Benito, que es la que usan los exorcistas porque, dicen ellos, suele dar mejores resultados en esas lides de sacar demonios. Tampoco dijo nada nuevo, pero insistió en denunciar la situación de Leopoldo y otros presos políticos, confinados en régimen de aislamiento absoluto, sin la posibilidad de ver a familiares ni abogados. Al terminar de hablar Lilian, la marcha ya estaba tres o cuatro cuadras por delante, por lo que ella corrió junto con toda la gente de Voluntad Popular, que, dicho sea, para ser los peligrosos terroristas que dice Maduro, bien normales que parecen y hasta de anaranjado chillón visten como quien no tiene nada que ocultar.

Durante el trayecto por la Libertador todo se desarrolló normal, hasta pasar frente a PDVSA. En la estatal petrolera aguardaba un grupo de unas cien personas vestidas de rojo, con unas gaitas a todo volumen y la consigna “Si se prende el peo / con Maduro me resteo” a voz en cuello. Los separaba de la marcha la Guardia Nacional, y algunos efectivos de la PNB que con un megáfono ordenaban avanzar, recordando, como para que nadie se perdiera, que “su fin es la Nunciatura”. De resto, y salvo dos cohetones frente a uno de los edificios de Misión Vivienda, todo transcurrió en calma.

La poca concurrencia fue comentario general a lo largo de la marcha. “Vengan, bajen, marchen con nosotros. Después no van a poder. El momento es ahora”, arengaba una mujer con una bandera desde la acera a la gente que estaba en una panadería. “No hacemos nada aplaudiéndolos, hay que unírseles. Ellos son el futuro y se la están jugando por nosotros”, continuaba su exhortación. Aplausos fueron los que sobraron en la funeraria Vallés, frente a la cual pasó la marcha. Al hacerlo, el camión calló y todos marcharon con las manos levantadas. Desde los muros del caserón, los seres queridos de los deudos, de riguroso negro y morado, se asomaron para felicitarlos, aplaudirlos y vitorearlos: “Vivan los muchachos”, gritaron.

Quizás unidos por la nostalgia o hermanados por la camaradería, pero seguro recordando que hubo tiempos mejores y convocatorias mayores, algunos de los viejos dirigentes del Movimiento Estudiantil caminaron juntos. Stalin González (gordo), Juan Requesens (más gordo todavía), David Smolansky (ya de fuertecito a gordo), Manuel Olivares (acercándose a la frontera) y Miguel Pizarro (flaco y desgarbado), hoy todos ellos -menos Smolansky, que es Alcalde- diputados de la Asamblea Nacional (las vueltas que dio la vida), recorrieron unidos buena parte del trayecto. No fueron los únicos. También estuvieron José Guerra, Luis Florido, Manuela Bolívar, Juan Guaidó, Gabi Arellano, Freddy Guevara y Juan Andrés Mejía. El protagonismo, sin embargo, era delos estudiantes, que iban a la cabeza de la marcha y no dudaban en hacer de su independencia una consigna: “No soy Capriles / no soy Maduro / soy estudiante que defiende su futuro”.

Y no habían terminado de pisar la Nunciatura cuando ya el Nuncio estaba saliendo. Escoltado por otro sacerdote y dos PNB que poco pudieron hacer ante la avalancha de camarógrafos y periodistas (mea máxima culpa), Monseñor Aldo Giordano escuchó en boca de Hasler Iglesias, presidente de la FCU de la UCV, las peticiones del Movimiento, a saber: libertad para los estudiantes detenidos y perseguidos, que lleguen los medicamentos, y se establezca un cronograma electoral. El embajador del Papa les dio unas palabras, la bendición y la mano, y se dirigió de regreso a la Nunciatura. Antes de entrar fue detenido por una alcabala de Voluntad Popular, que en la persona de Smolansky le entregó una carpeta manila con la petición de que cese la persecución en contra del partido.

Después de eso, poco quedó. La gente de Zurda Konducta fastidiando a algunos dirigentes -“¿cuál es el miedo de contarse?”, le espetaba Manuela Bolívar a la cámara-, pero en plan simpático esta vez. Se habló de organizar otro día una vigilia frente a la Nunciatura, y poco a poco todos se fueron yendo, con la promesa, eso sí, de no abandonar la calle -“la semana que viene tendremos acciones de nuevo”, prometió Iglesias, tras felicitar al movimiento por el logro de haber hecho escuchar su voz ante el Nuncio-. En las inmediaciones de Plaza Venezuela estaba un ejército de Policías y Guardias, con sus escudos y demás equipos antimotines, prestos y dispuestos a restablecer un orden que finalmente nunca se rompió, y quizás tan perplejos como la señora del principio, esperando todos, este 03N, la marcha que no fue.

CHIABEWEB

Hugo Chávez o la perdición del poder

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Hugo Chávez se fue callado. No pudo pronunciar ese último discurso que cerrara el círculo de sus interminables soliloquios. Su gran pieza retórica, la de despedida, quedó en hipótesis. Ni siquiera pudo decir adiós. Sólo hubo silencio. Un largo e impropio silencio de 87 días. Él, que hizo del gobierno un eterno mitin, que podía hablar sin despeinarse 9 horas seguidas; él, cuyo único talento indiscutible era el de la oratoria, murió en la más discreta mudez.

El oxígeno, al parecer, le faltó en las últimas horas. Sus pulmones de fumador ya no dieron. Pero no fue eso lo que lo mató. Esa fue sólo la consecuencia de un mal que lo aquejó desde mucho tiempo atrás: el poder.

Esa escena inicial, la de él probando y experimentando por primera vez lo que era sentirse poderoso, es imposible de recrear. Difícilmente se pueda saber con exactitud cuál fue ese punto de inflexión, ese hito en su vida. Pero lo cierto es que le gustó. De eso no hay duda. Y así comenzó una carrera desenfrenada que lo llevó a acumular poder como pocos tuvieron en Venezuela.

Chávez era ‘the boss’, el gran beta. Podía hacer lo que le viniera en gana, que es el privilegio de los realmente poderosos. A nadie rendía cuentas, sólo su voluntad bastaba. Desde la pantalla, su sede de gobierno por excelencia, ordenaba, expropiaba, sentenciaba. Era capaz de lo mejor y de lo peor, de darles casa a unos damnificados y de condenar a prisión a una jueza inocente, de becar a niños humildes y de dejar sin empleo a 3000 trabajadores de RCTV, de construir el Cardiológico Infantil y mandar al infierno a un Cardenal que lo criticaba. Gerenciando era mediocre, pero odiando era implacable.

La riqueza y el lujo parecían no atraerle demasiado. Los disfrutó, cómo no. Comió bien, se vistió con ropa fina, usó buenos relojes, se alojó en costosos hoteles y viajó por todo el mundo en un avión de primera. Sin embargo, no parecía darle tanta importancia a eso. Gustarle, le gustaría, pero lo suyo era otra cosa, lo suyo era el poder. Eso sí lo deslumbraba. Eso lo perdió.

Fue habilidoso en reclutar a su personal. Supo leer en ellos frustraciones ancestrales, rencores de cien años, traumas no resueltos, necesidades insatisfechas; y ahí se afincó. A la jueza que forjaba actas la puso a presidir el TSJ, al chofer de metrobús lo llevó a la Cancillería, al economista marxista despreciado por sus colegas de la academia lo nombró Ministro de Economía. Y así creó una corte de eternos agradecidos. No era improvisación, era estrategia, la forma de asegurarse una lealtad inmarcesible. De tener más poder, que de eso se trataba todo.

Manejó a discreción un presupuesto descomunal. Nunca un presidente tuvo tanto dinero a su disposición. Lo repartió, pero sin criterio. Tuvo nobleza en la intención, pero de ahí no pasó. Regaló y no invirtió. Casi todo quedó en humo. Pan para esos gloriosos días de abundancia y hambre para los venideros. Hizo más llevadera de la vida de los pobres, la mejoró en algunos aspectos, pero no los sacó de la pobreza. Afuera usó ese dinero para ganar amistades y establecer alianzas. Como el niño rico de la cuadra pobre, que invita a sus vecinos al club, los mete en las fiestas de su casa y a veces los monta en el carro. Así fue, sobre todo con América Latina y el Caribe. Que haya robado es algo que no consta, que dejó robar a los suyos y se hizo el ‘Don Tancredo’ con las denuncias de corrupción fue evidente. Era de manual: mientras estés bien conmigo, hasta robar puedes, yo te protejo; si te volteas, ya verás. Más lealtad. Más control. Más poder.

Lo tuvo todo. No había quien mandara como él. La nueva ‘dictadura perfecta’, popular y con pinta de democracia, la instauró él. Fidel, su ídolo de infancia, era su pana de adultez, los presidentes de Suramérica lo idolatraban, la izquierda, con sus intelectuales y cantantes, lo mimaba. Líder, hombre fuerte de Venezuela, luz de Latinoamérica, espada de los pobres, azote del imperio, martillo de la oligarquía, heredero legítimo de Bolívar, esperanza del mundo entero.

Estaba en lo más alto, en la cumbre del Olimpo. Y entonces vino el cáncer. Lo que debió ser un ‘cable a tierra’, la ducha helada para bajar la fiebre de grandeza, se convirtió en la gran hazaña que completaría la epopeya y confirmaría que él era un ungido. Y ahí se jodió todo, Zavalita. Porque no fue ni siquiera negación, que todavía. Fue confiar ciegamente en un destino que no estaba escrito, en una propiedad curativa que el poder no tenía, en una inmortalidad que no existía.

Y no hubo quien por su bien le enseñara la roja, lo mandara a las duchas y a descansar. Lo dejaron seguir jugando, a sabiendas que la vida se le iba en ello. Eso fue lo peor. Porque a fin de cuentas él era el enfermo. Podía inventarse fábulas y ficciones, curaciones milagrosas atribuibles los espíritus de la sabana o sueños con un Bolívar que le decía que no moriría. Era comprensible. Pero los otros, los que estaban alrededor suyo, sanos, que sabían lo que pasaba, que veían el deterioro, que lo oían quejarse de los dolores, que lo recogían cuando se desmayaba, ellos, que podían detenerlo, al final resultaron ser el nido de escorpiones del que alguna vez habló Müller Rojas.

El crucifijo lo cargaba siempre en la mano, lo apretaba y besaba cada vez que podía. Peregrinó por cuanto templo y basílica encontró en Venezuela. Dijo que restauraría la Iglesia de La Candelaria, donde reposan los restos de José Gregorio, y que haría un santuario en Táchira para el Santo Cristo de la Grita. A cada santo le prometía una vela. “Estoy aferrado a Cristo”, juraba. Pero en realidad se aferraba al poder. No cedía. Como el joven rico del Evangelio de Mateo, Chávez no pudo desprenderse de lo que tenía -¡es que era tan grande!- para seguir al Jesús que lo llamaba. Pretendió servir a dos señores, poder y Cristo, y eso no era posible. “O aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro”, había advertido hace casi dos mil años el de Nazaret.

Lealtad tuvo mucha, no así cariño. Porque si lo hubieran querido bien, de verdad, si hubiera habido amor y no temor, afecto y no interés, entonces hubieran impedido que se lanzara al abismo. Que eso al final fue la campaña: un abismo por el que se le terminó de ir la poca salud que le quedaba.

El esfuerzo fue devastador. Ya le costaba caminar. Necesitaba esteroides y altísimas dosis de calmantes para salir en tarima. A cada mitin le seguía una moridera. En cada uno iba dejando un poco de vida. Proverbial fue el cierre en Caracas, bajo el cordonazo de San Francisco. La naturaleza rebelándose, y él guapeando en tarima para que lo obedeciera. La misma soberbia del padre Bolívar haciéndose presente en el hijo putativo. Esa tarde bailó y saltó, y luego no pudo recorrer ninguna de las restantes 6 avenidas.

Al final ganó las elecciones. Lo logró, sí. Aguantó como un varón, también. Pero no le sirvió de nada. “Insensato, esta misma noche vas a morir, ¿y para quien será todo lo que has acumulado?”. Es la parábola del granero rico que gasta la vida guardando fortuna para él y cuando llega al tope Dios le anuncia que morirá. Es la parábola de la última elección de Hugo Chávez. Porque ni juramentarse pudo. Dos meses después del “triunfo” se fue a Cuba para no volver.

Tuvo una agonía larga y dolorosa. Da la impresión de que la vida se la extendieron más de lo recomendable, sin importar el sufrimiento. Progresivamente fue perdiendo facultades. Por perder perdió hasta el habla. Era un muerto en vida, dependiente de máquinas y cables. Y ni aun así renunció. Ya no podía, tampoco convenía. Así de perverso y retorcido: en lo último de la vida tampoco valió el hombre sino el poder. Sí, el poder, su verdadero amor, su gran obsesión, su definitiva perdición.

LIBREROS WEB

La joyería literaria de Caracas

Por : Ezequiel Abdala | @eaa17
Fotos: Ashley Garrido | @ashgarrido

“Somos el reducto cultural y educacional más importante de América”. Así de tajante es Carlos Ugueto, librero del puente de las Fuerzas Armadas, quien en su auto-elogio continental mete tanto a la América del norte como a la del sur, y se explaya explicando que eso que allí pasa de lunes a lunes, en Argentina sucede, si acaso, los domingos, y en Estados Unidos se limita a ventas de garajes. No, jura él, no hay en todo el continente algo como esto que los caraqueños tenemos debajo del famoso puente de la avenida que atraviesa Caracas de norte a sur, de sur a norte, de San Agustín a Cotiza, del Mercado de las Flores a El Helicoide.

Ugueto no se equivoca al hablar de reducto. En una de sus acepciones es definido como lugar de refugio y conservación. Y si bien la intemperie de una gran avenida no pareciera ser el sitio más idóneo para preservar libros en buen estado, lo cierto es que allí están conservadas, hablemos mejor de guardadas, auténticas joyas literarias. “Libros que ya no se editan más, que ya no llegan más. Hay hasta Biblias en ediciones de siglos pasados”, dice.

Un primer y somero recorrido permite notar algo que no es posible hallar ya en las librerías venezolanas: variedad. Con solo un vistazo es notable la gran oferta de títulos y géneros, diametralmente opuesta a las hileras uniformes y monocordes que hay ahora en las grandes cadenas de librerías. Autores -y editoriales- que uno lleva años sin ver en ellas están allí, tan campantes. Y no se trata, precisamente, de imposibles: son Tolstoi, Dostoyevski, Balzac o Dickens, por ejemplo, quienes conviven con las novedades del momento.

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“Ahorita lo que está de moda es la ciencia ficción. Los clásicos han ido decayendo un poco, y en su lugar lo que la gente busca son ese tipo de libros, historias de vampiros o de autoayuda”, me dice Javier Colmenares, quien es ya parte de la segunda generación de libreros de las Fuerzas Armadas. Su padre, toda una referencia, comenzó en el negocio en los 80’s, cuando los libros se guardaban en cajones de latón con cadenas y candados. “Era horrible: nos robaban los libros. Los indigentes se orinaban en las noches. Era una lucha constante”, rememora de aquella dura época.

Hoy todo es diferente: los cajones han dado paso a kioscos ordenados, numerados y pintados. El espacio, nacido en la improvisación y crecido en la tradición, adquirió en 2011 la dignidad de un nombre propio –“Resistencia Literaria”, se llama ahora–, luego de una inversión de 8 millones de bolívares del Gobierno del Distrito Capital. Pero no todo es color de rosas: Caracas sigue siendo Caracas y el centro, el centro. Allí, en plena avenida, dos parqueros están a punto de matarse por parar una camioneta. Hay gritos destemplados, insultos altisonantes y una amenaza de muerte: “No va a haber próxima vez, porque par de puñaladas es lo que te voy a meter, mamagüevo”, amenaza, y bien serio, un parquero a otro, yéndose, parece, a buscar el puñal.

“Las mujeres son las que más roban”, comenta Colmenares y su compañera de trabajo asiente. Nos interrumpe un liceísta de camisa azul que viene, en pleno enero, a buscar un libro de Artística que debió adquirir en octubre. “Quiero cambiar”, dice, y el librero le pregunta qué trae. Le da su libro de Artística del año pasado, Colmenares lo revisa, verifica que esté completo, y le hace la oferta: ‘dame éste, más 300 bolívares’. Trato hecho. Ése, el de los intercambios, es otro de los tipos de transacciones que se dan allí, junto con la compra de libros, a la que muchos puestos están abiertos.

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Otro estudiante, éste universitario, pregunta por textos de programación. Colmenares lo lleva adentro, y lo deja revisando. Al rato sale con dos gruesos volúmenes que suman 10.000 BsF. “¿Tienen punto?”, pregunta. “Claro”, le responde. Atrás también quedaron los tiempos en los que sólo había efectivo: ahora en la mayoría de los puestos se puede pagar con débito. Claro que allí los billetes todavía tienen su utilidad, ya que no faltan –más bien abundan– las mesas de ofertas, desordenadas, heterogéneas y variadas ellas, con un libro a cien, tres por doscientos, y precios semejantes.

En lo que sí no hay variedad es en la respuesta a la pregunta sobre quién es el autor extranjero más buscado bajo el puente: Gabriel García Márquez. Después de él, cada quien tienen su nombre J. K. Rowling para unos, Tolkien para otros, Verónica Roth para los demás, Deepak Chopra, Riso y Coelho, la trinidad de la autoayuda, para los necesitados, que son muchos. El libro imposible de conseguir es ‘Rayuela’, por el que todos claman. En cuanto a autores venezolanos, el primer lugar se lo disputan Rómulo Gallegos y Eduardo Liendo –“los que piden en el colegio”, explica uno de ellos–, aunque no faltan los nombres de Uslar Pietri y Herrera Luque. “¡Todavía quedan lectores!”, exclama aliviado uno de los libreros cuando alguien le compra una antología de cuentos de Guillermo Meneses editada por Monteávila. “Pero son pocos”, remata.

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Cuando un motorizado se detiene a preguntar por el Plan de la Patria, Colmenares me hace una infidencia: “Chávez fue un gran vendedor de libros. A nosotros nos fue muy bien con él. Hablaba de un libro y al día siguiente venían muchos a buscarlo. Aquí no tienes idea de la cantidad de ejemplares que se vendieron de ‘Las venas abiertas de América Latina’, o textos de Marx. Incluso de Vargas Llosa, que una vez lo recomendó antes de que se pelearan”. El fenómeno, sin embargo, duró lo que el presidente. “Ya casi no se vende nada de eso. Ni siquiera los libros sobre él, o de Fidel, de repente viene algún estudiante buscando algo de dialéctica, pero parece que el fenómeno terminó”, comenta.

Para explicarme su oficio, me cuenta lo que le pasó hace poco en Tecniciencias: a tres empleados –cajera, vendedor y portero sabio– les preguntó por ‘Las cuitas del joven Werther’, de Goethe, y todos le dijeron que no, que lo sentían mucho, pero que no lo tenían. El libro, no obstante, estaba en uno de los estantes, sólo que titulado simplemente Werther. “Esa es la diferencia entre un vendedor de libros y un librero. Nosotros sabemos lo que tenemos, y somos consejeros, maestros, guías. Hay que tener buena memoria y leer mucho para poder ser un buen librero”.

Entre sus tesoros, Colmenares me enseña un libro de Shakespeare fechado en 1872, y otro más viejo aún, fechado en 1807. Las obras completas de Pirandello y una revista porno de 2007 que mandaron a recoger apenas salió porque Diosa Canales aparece allí con 17 años –“yo le escribí ofreciéndosela, pero nunca me respondió. Está para el que la quiera por 5.000 bolívares”– reposan en su cofre. Luis Olivares, otro librero, me habla de dos históricos libros de historia que tiene en primera edición y en todos sus tomos: uno de la vida Pública de Simón Bolívar y otro de la Batalla de Carabobo.

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En una segunda vuelta, más detenida, se puede observar la pesada ‘Moby Dick’, de Melville (1.000 BsF); la primera edición de Seix Barral de ‘La guerra del fin del mundo’, de Vargas Llosa (800 BsF), el clandestino ‘Archipiélago Gulag’, de Solzhenitsyn; ‘Un hombre’, de la Oriana Fallaci escritora; los famosos y elogiados ‘Tres tristes tigres’, de Cabrera Infante (200 BsF); la voluminosa ‘Historia de dos ciudades’, de Dickens (600 BsF),  el entrañable ‘Un mundo para Julius‘ de Bryce Echenique (600 BsF); el místico ‘Péndulo de Foucault’, de Umberto Eco (1.000 BsF); cuatro novelas y varios cuentos de Faulkner recopilados en una  de las legendarias ediciones de Aguilar (300 BsF), las obras escogidas de un montón de clásicos como Balzac, Flaubert, Dostoyevski, un libro de principios del siglo pasado de un presbítero que firmaba como Juan Bosco y luego sería un popular santo (100 BsF), entre otros muchas otras joyas, desaparecidas de las librerías, pero disponibles, y a precios accesibles, a una cuadra del metro de La Hoyada, en “el reducto cultural de América”, la joyería literaria de Caracas.

Magallanes por un caraquista

El Caracas y el Magallanes son los rivales históricos de la liga venezolana de beisbol. Quisimos demostrar que sus trincheras no son irreconciliables y les pedimos a los fanáticos más acérrimos de nuestra redacción que hicieran un perfil del equipo contrario, un abrazo de tinta para reconocerse en la iglesia de la pelota nacional

Por Ezequiel Abdala –@eaa17

Magallanes es el equipo de las derrotas imposibles, los outs que se pierden y las debacles apocalípticas. La exégesis fatalista del “no se acaba hasta que se termina” y la prueba palpable de que el absurdo existe más allá de Kakfa.

Todo comenzó en 1917, en un botiquín de Catia. De acuerdo a un diario de la época, un grupo de jóvenes fundó un equipo de beisbol al que le pusieron Magallanes, no se sabe bien por qué. El detallazo de la historia es que nunca hubo registro oficial del nombre.

A partir de ahí arrancó una frenética carrera plagada de desapariciones, reapariciones y cambios de nombre –hasta Oriente se llamaron-, que asentó en sus primeros fanáticos la creencia de que tenían el hado del Ave Fénix y siempre resurgirían de las cenizas. En esos años debutan en la LVBP con Alejandro “El Patón” Carrasquel, primer venezolano en la MLB, como pitcher.

Luego de pasear por ciudades y estadios, en 1969 por fin hallaron cobijo. Fue en el José Bernardo Pérez de Valencia, en una temporada inolvidable coronada con un campeonato ante Tiburones e inmortalizada en el álbum de las glorias nacionales con el primer título del Caribe para divisa venezolana alguna.

Así se abrió la década de los setenta, de todas, quizás, la más memorable, con 3 títulos y 2 subcampeonatos. Fue la época del “Poder Negro”, una feliz coincidencia de peloteros de raza y casta con fuerza en el madero, en cuyos spikes de novatos habría luego extraordinarios grandeligas como Don Baylor y “La Cobra” Parker.

Terminando la década apareció “El Brujo”, Willie Horton, quien a mediados de la 78-79 tomó las riendas de un Magallanes colista -5to en la tabla- y con su improbable estilo de dirigir lo hizo ganar 21 de los siguientes 30 juegos para titularlos campeones. La guinda la puso en Puerto Rico uno de los del “poder negro”, Mitchell Page, que con un soberbio jonrón en el noveno inning hizo del Magallanes el primer y único equipo venezolano con dos Series del Caribe.

Apoteosis, delirio, júbilo y frenesí. Los magallaneros levitaban como criaturas escogidas, los favoritos de los dioses del beisbol. Lo que no sabían es que a partir de ahí vendría una sequía bárbara y no les quedaría sino echarle agua al caldo de su historia para rendirlo y poder alimentarse de él durante la década venidera.

Los ochenta fueron unos años horribles y hasta 1994 no hubo nada que celebrar, quizás por eso el premio fue tan grande: le ganaron la primera final al Caracas, cosa que repetirían dos temporadas después. Fue el Magallanes de Luís Raven, Álvaro Espinoza, Melvin Mora, Richard Hidalgo y Endy Chávez, entre algunos otros nombres que hoy día siguen produciendo un ligero escalofrío en cualquier espina dorsal caraquista. Se cuenta otro título más en el haber de esa buena década -5 finales y 3 títulos- pero lo verdaderamente importante fue ganarle, y dos veces, al Caracas.

Cíclica como es la historia, a los buenos noventas le han seguido unos pobres dos miles -2 títulos en 13 años-. Algunos ligan que la corona del año pasado sea el comienzo de otro resurgir. Los más antiguos recuerdan al Ave Fénix, y a ella se amparan todos.

Los fanáticos folklóricos

Los fanáticos del Magallanes van por la vida de muy populares. Desde que Billo les compuso un par de guarachas con pegada, se asumieron, casi, como el culto oficial de Venezuela, la esencia indispensable en la receta clásica de la venezolanidad arquetípica. Solo les ha faltado montarles a los mánagers un turpial en el hombro y pasear en volandas a Lila Morillo por el estadio para completar el rompecabezas del equipo genuinamente venezolano.

Sociológicamente, han sido más populistas que populares. Tienen al pueblo en la boca, su sede en Valencia –cuna del rancio abolengo- y una de las nóminas más altas de la LVBP. La mentada supremacía popular se basa en unas legendarias encuestas que como buenas leyendas muchos citan y nadie precisa y que siempre se estrellan con el hecho de que no son el equipo que lleva más gente al estadio. No en balde han sido los favoritos de los inquilinos de Miraflores, y valgan de muestra los botones de Caldera, Carlos Andrés y Chávez, que de los otros no se sabe.

A falta de poder ser llamados nunca el equipo más ganador de la LVBP -10 títulos son mucha diferencia-, el orgullo Magallanero se edificó siempre sobre la base de haber logrado lo que el Caracas no. Y hubieran podido seguir tan tranquilos en esas, de no ser porque en estos años el Caracas ganó su segunda serie del Caribe, se tituló ante el Magallanes y documentos en mano puso en duda los números de la serie particular.

Las últimas debacles no los han hecho más prudentes, solo un poco más desconfiados. Se reconoce en ellos una cierta aprehensión a creerse las victorias y un desasosiego impenitente cada vez que pasan del séptimo inning. Es un problema de confianza, pero no el único. También está el asunto del orgullo herido y cómo reconstruir el discurso, cosa de retórica a fin de cuentas. Lo verdaderamente grave, eso sí, es el delirio de equipo del pueblo, esa fiebre folklórica que en ellos no parece tener cura.

Una concesión al Magallanes

Si algo hubiera que concederle al Magallanes, eso sería la gallardía. Populistas han sido siempre, pero gallardos. Nos han ahorrado la vergüenza del discursito victimista estilo Barça, ese del equipo pobre y humilde que como un David de provincia lucha contra el todopoderoso Goliat de la capital. Y eso, visto lo visto en otras ligas, ya es bastante.

¿Por qué soy Caraquista?

El por qué soy caraquista es para mi familia un misterio casi tan grande como el de la construcción de las pirámides. Por qué yo, nieto de un magallanero furibundo e hijo de otro que compite con él en fanatismo, que crecí entre gorras y franelas amarillas y azules, con dos cuadros del Poder Negro adornando las paredes de la casa y los himnos magallaneros de Billos sonando cada diciembre, por qué yo, precisamente yo, soy caraquista.

Luego de mucho pensar y reflexionar; de descartar alguna rebeldía inconsciente contra el padre o charlatanerías freudianas de ese tipo, después de insomnes noches de preguntas, la única respuesta posible es que soy caraquista porque no podía ser otra cosa.

Ser de un equipo no es un asunto de elección o escogencia, mueve mecanismos internos que van más allá y que precisamente por eso resultan inexplicables.  El fanatismo auténtico es algo de piel. Puede tener, sí, alguna influencia externa pero se decide en lo íntimo. El equipo llama y uno responde. Así de simple.

El argumentario se construye luego. En contacto con la historia y hazañas equipo. Son tantas en el caso del Caracas, que escribirlas daría para una edición especial de esta revista. Baste decir que es el mejor de Venezuela. Y eso no es opinión, son números: no hay ninguno con más títulos. Pero aducirlo como motivo sería oportunismo. Uno se hace caraquista antes de saberlo, y una vez que lo sabe, ya lo entiende todo.