El renacer de La Carlota

La Carlota + Manuel Cabré + Vincent Van Gogh + The Beatles

Texto y collage por Oscar Aceves Alvarez – @oscar_aceves

Actualmente Caracas cuenta con 1,1 m2 de áreas verdes por cada habitante, cifra muy inferior a la recomendada por la Organización Mundial de la Salud, la cual recomienda que existan entre 10 y 15 m2 de áreas verdes por habitante. A pesar de que se cuenta con más de 3.251 Ha. decretadas como parques urbanos, solo 345 Ha. están acondicionadas para usos recreativos y deportivos. Definitivamente una de las prioridades en la ciudad debe ser la creación de nuevos parques y áreas verdes para el disfrute de sus ciudadanos.

Sin embargo, esta no es la única carencia espacial dentro de la ciudad actual. A nivel de infraestructura la urbe se ha rezagado durante años en la renovación y creación de nuevos espacios que demanda el aumento de su población. Si bien la inversión pública ha desarrollado recientemente varios proyectos de envergadura en el área de transporte y la inversión privada se ha encargado de construir principalmente edificaciones comerciales y residenciales, ambas experiencias con resultados tanto positivos como negativos para la dinámica de la ciudad, la gran deuda para los habitantes de Caracas es la construcción de espacio público de calidad y adaptado a nuestra realidad, tanto social como climática.

Si dejamos de lado el recién afrontado problema de la vivienda, que ya es mucho decir, la ciudad no cuenta con espacios públicos de envergadura, parques metropolitanos, centros de convenciones y espectáculos, estadios y centros deportivos con grandes aforos, complejos culturales integrales, entre otras infraestructuras. Realizar estas intervenciones no solo requiere de la ejecución de obras en una parcela. La planificación de las mismas va mas allá, y parten del diseño de planes urbanos para poder intervenir grandes sectores de ciudad, pues, en ciertos casos, hablamos de proyectos que no ocupan metros cuadrados, sino más bien hectáreas, que son cada vez mas escasas en la ciudad.

Ya son de dominio público los planes para desmantelar la Base Aérea Generalísimo Francisco de Miranda, mejor conocida como La Carlota, con la finalidad de la construcción de un parque metropolitano. Cambios urbanos de esta envergadura no se realizan todos los días. Pero esta oportunidad no debe ser tomada a la ligera, ya que estamos hablando de la renovación de 103 Ha. aproximadamente, lo cual amerita que el proyecto planteado no solo responda a las situaciones locales, sino también a dinámicas metropolitanas. Si bien es indiscutible que lo más apropiado para estos terrenos es la construcción de un parque metropolitano y no debe ser desvirtuada esta idea, no se debe desperdiciar la oportunidad de darle respuesta a otras necesidades, como la interconexión de vías de circulación en sentido norte-sur, falta de infraestructura deportiva y recreacional, solo por nombrar algunas. Definitivamente el nuevo parque metropolitano deberá ser integral en cuanto a su uso, funcionamiento y dinámica.

La renovación de La Carlota no solo ofrece la oportunidad de hacer un parque, sino más bien la de hacer ciudad, algo que le hace falta a Caracas desde hace mucho tiempo.

El país de los afiches

Por Jesús Torrivilla – @jtvilla

Estos catorce años hemos vivido la omnipresencia del afiche: su rutilante violencia. Es un afiche rojo, henchido, avasallante, sonriente, seductor, grosero, golpeado, renovado, anacrónico, ramplón, vengador, leguleyo. Está en las casas, en la puerta de los ministerios, en las recepciones de hoteles, en los postes de luz, en los fondos de pantalla, avatares, imágenes de perfil, documentos oficiales, presentaciones, sentencias legales, en la televisión, en la prensa y en la radio. Es un afiche infinito que da las órdenes, encarcela y redime, paga y se da vuelto.

Después del 07 de Octubre, abrumado de pintas, corazones rojos y discursos, quisiera otro país. No digo que lo sueño. Porque no me gusta recordar mis sueños, que son vívidos y tristes. Lo quiero con un deseo que se encausa. Como una lucha por las pequeñas cosas, desde cerrar una pauta a tiempo, hasta llegar a mi casa a salvo.

Ahora tenemos un país-afiche, que se parece menos al de Lautrec y más al cartel soviético. No es abstracto. Y cada vez que muestra la imagen del pueblo lo hace de fondo. Detrás del gran rostro. De la gran guayabera roja. En mi país afiche, el protagonista del cartel es quien regala los beneficios, a quienes debemos agradecerle el amor, el aire y la vida. Es una concesión de un militar estulto, alucinado. Una figura de tinta demasiado consciente de su jerarquía, egoísta. Es el país del yo. De mi cara más grande, del abrázame en papel, del quiéreme presidente, del los amo, hijos míos.

Tenemos un país sin sentido del humor y con un exagerado sentido de la viveza. Es un afiche pisoteado, aunque esté grabado en oro. Un afiche que no importa esgrimir si me dan una nevera o un quince y último. Un afiche que se aprovecha de la miseria y que se regodea en que lo hacemos tan mal todos.

No es todo la misma mierda, como les gusta decir a algunos de mis amigos. Nuestros afiches le tienen miedo a la inteligencia, al mérito. Nuestro cartel patrio es una fábula. Es el estandarte de un motorizado que se vuelve Hummer.  Es un afiche que Orwell no quiso imaginar. Un papel perverso: que te engaña entre su maldad relativa y su bonachona sonrisa protectora. Este afiche defiende los derechos de los niños como excusa para la censura. Porque es un afiche cobarde y pacato.

Nunca, nadie que va a pie tiene un afiche. Yo quiero una país que vaya a pie. No que cuelgue un rótulo detrás de su camioneta blindada, para protegerse de las alcabalas.

El afiche pasa de mano en mano porque es igualador, lo regalan después de una transacción millonaria y después de comprar en un abasto subsidiado.  Es un afiche que reparte miseria. Un papel espurio, que se hace pasar por una proclama ideológica para esconder las ganas que tiene de robar.

Los afiches no trabajan, eso lo sabe todo el mundo. No tienen las intenciones de partirse el lomo trajinando emails, o transportando ladrillos, arreglando zapatos, construyendo casas. Los afiches solo enuncian. No están pendientes de la pluralidad y a los electorales no les importa la democracia más allá de sus candidatos. Son, por lo general, fanáticos de la ficción más infausta. De plantarse en la tierra para anunciar la nada, o de minar cuanto acto cotidiano se pretenda pasar por una gran obra.

A los afiches les gusta que les rindan pleitesía.

Los afiches no aman.

Los afiches no son probos.

El país que yo quiero no tiene una estampa reproducida en mil panfletos y en mil iglesias. El país que yo quiero es uno civil. No es el de las hojas sueltas. El país que yo quiero es el de los libros. Quiero ciudades con aceras y con árboles y con bancos para leer. Es un tipo de paz que no se tiene cuando se quiere salvar al mundo con las armas. Es la calma paz del trabajo. Quiero una ciudad en la que sea posible el silencio, la contemplación.

Los tanques son el medio de transporte favorito de los estandartes. Los caballos y las proclamas. Yo así no entiendo el siglo XXI. El 07 de octubre voy a votar por un país que no desafía a un imperio sino al futuro, con coraje, inteligencia y justicia. Voy a votar por un país en el que el talento no se calla, aunque tenga rulos, haga poesía mística o toque música barroca. Voy a votar por el país que no se cala un afiche impuesto. Que no entra a su despacho con la cabeza gacha.

Después del 07 de octubre me imagino que los afiches se recogen.

Con las calles limpias y ánimos renovados, me imagino un país que decidió construir puentes, no dejarlos derrumbarse. Que en su eterna lucha contra el atraso, se prepara. Estudia, se gana becas, hace post grados. Es el mejor en su oficio. Y duerme tranquilo porque no se vende. Un país que es capaz de reírse de sí mismo y de sus autoridades, porque está seguro de quién es: una extensión de kilómetros cuadrados donde se desterró la impunidad. Que en vez de construir mausoleos, erige bibliotecas.

En fin, tampoco hay que ser tan ambiciosos. Me bastaría con que los afiches se guardaran. Para un coleccionista algunos, para la basura los demás. Y que los recordemos como se recuerda un pasado desmesurado e improbable. Que hayamos aprendido algo, eso es todo.

Así gana el Madrid

Texto y fotos por Gabriela Benazar –@GabyBenazar

A Daniel

Si alguna vez te has preguntado cómo pudo haberse sentido el Coliseo de Roma en sus buenas épocas, un partido de fútbol en un estadio europeo es lo que te puede llevar más cerca de la misma sensación. La sangre se calienta, los ánimos se caldean, los decibeles a los que llegan las voces se incrementan y todo tu cuerpo se prepara para recibir a los gladiadores del siglo XXI que vienen a jugarse mucho más que un simple resultado en al menos 90 minutos de furia.

 “Primitiva, Alberto, la gente se pone primitiva…deja que pasen 10 minutos y sabrás de lo que te hablo”, le susurré a mi primo, en la cola para entrar al estadio.

Esta noche cualquiera, de un martes cualquiera, le tocaba su turno al Real Madrid. Después de un inicio de temporada que deja mucho que desear y poco que alabar, recibían, en la primera fecha de Champions, a un Manchester City crecido en los últimos años con un Sergio Agüero que regresaba a Madrid por primera vez desde que dejó de ser colchonero. El duelo prometía.

El himno de la Champions retumbó en el Bernabéu e hizo callar a la multitud por unos segundos, solo para que una vez finalizadas sus notas se llegase al máximo del estupor. Read More…

Pintando Paz con brochas de colores

Por Marisabel González Ocanto – @MarisaOcanto

El 21 de septiembre el mundo se viste de blanco, para pedir un cese al fuego y a la violencia. Miles de acciones alrededor del planeta intentan fortalecer y conmemorar el gran significado que tiene ese pequeño monosílabo de tres letras… PAZ.

En el marco de esta celebración, la organización Paz Con Todo ha realizado diferentes actividades para llevar mensajes que ayuden a disminuir los índices de violencia que cada vez se disparan con más impulso en nuestra ciudad. Un mes compartiendo con las categorías menores del Deportivo Petare y el Caracas Fútbol Club, y los mensajes de paz en el Por el Medio de la Calle son algunos de los ejemplos.

No obstante, en este caso solo haré referencia a Échale Color 2012, la actividad que en un fin de semana permitió que los miembros de la Zona 7 de José Félix Ribas de Petare, junto al equipo de Paz con Todo y más de 40 voluntarios, llenaran de color la fachada de su comunidad.

La jornada empezó a las 8:30 de la mañana del pasado sábado 8 de septiembre. Todos, vistiendo camisas blancas con el logo impreso de “Échale Color”, se distribuyeron a lo largo de la comunidad portando brochas, rodillos y galones de pinturas como las más poderosas  armas de unión.

Los más pequeños, muchos con sus nuevas camisas que les llegaban a las rodillas, llenaron de verde la plazoleta ubicada en todo el centro de la comunidad, esa que dividía a los vecinos de “arriba” con los de “abajo”, esa que de ser punto de encuentro, verbenas y diversión pasó a ser solo una plaza vacía con el techo de zinc roto. Más allá de la violencia, la desunión y apatía por compartir era el problema que caracterizaba a los vecinos de la Zona 7 de José Félix Ribas.

Días antes, la preocupación de los organizadores de la actividad era la poca participación que podía haber de los vecinos, quienes durante los tres meses de contacto previo cambiaron sus ánimos semanalmente. De un “por supuesto que voy” saltaban sin miramientos a “bueno, ya no sé si pueda”. Solo quedaba rezar y esperar.

Bajo un sol picante, inclemente, ese que no respeta gorras o lentes de sol, brochas subían y bajaban por las líneas que el grupo VODO Arquitectos cuadraba en las paredes con largas tiras teipe beige.

La propuesta de los jóvenes arquitectos no era solo pintar fachadas de casas; era convertir la unión de esas casas en una sola pieza de arte con franjas de colores que subían y las atravesaban, cortándose para darle paso a un nuevo color, a una nueva línea de unión.

Los vecinos salieron, si no fueron todos estuvo la gran mayoría. Hasta esa señora que siempre recibía a los organizadores detrás de la reja de su casa alegando enfermedad y sin asegurar su participación salió con su sombrero de cogollo a pintar el frente de su casa, y hasta más.

Otros miembros de la comunidad se iban incorporando en el transcurso del día. Llegaban cargados de bolsas con las respectivas compras del mercado, las dejaban en su casa, se colocaban la camisa distintiva de la actividad, y agarraban su respectiva brocha y color.

La jornada era hasta las 3 de la tarde, con retorno el siguiente día a la misma hora. Después de abarcar casi todas las fachadas, mientras voluntarios esperaban que los jeeps llegaran a buscarlos, una refrescante sangría hecha en casa llegó a sus manos cortesía de una de las casas. En tanto el vaso pasaba de mano en mano, muchos pescando los trozos de melón o manzana o fresa, los residentes mostraban sonrisas de satisfacción viendo que sí hubo unión, contentos con el retomar de actividades comunitarias, preguntando si volverían al día siguiente para preparar un buen sonido, un buen sancocho, convertir la ocasión en una fiesta de colores.

Por supuesto que volvimos, todavía cansados de la jornada anterior, pero con más ánimos también. Cornetas de dos metros se apostaban en el lateral de la plaza, música y algarabía se sentía desde que se ponía el primer pie en la calle y se empezaba a subir. El sentimiento se extendía hasta la última escalera, esas que el domingo se tiñeron de amarillo, verde, azul.

La ya coloreada plaza se estrenó con los niños de la comunidad compartiendo con Plastilinarte, la Rana Encantada y voceros de paz como Mariangel Ruiz y el agente FIFA Donaldo Barros. Más brochas, rodillos y galones se repartían, incorporando esta vez pintura negra para resaltar los tonos ya adheridos a las paredes. Más casas se llenaban de color. La Zona 7 de José Félix Ribas sonreía.

Moviéndose a los ritmos del merengue, la salsa, el reguetón y hasta las gaitas que anuncian que el año se está acabando, el trabajo seguía su curso ya no entre voluntarios y residentes, sino todos unidos como una comunidad. El sancocho prometido no faltó, seguido de una ensalada de pollo con sabor a gloria después de ya tener varias horas con el estómago vacío.

Años habían pasado desde la última vez que la comunidad había estado tan cohesionada. “Gracias a Echale Color esto ha sido posible”, no se cansó de repetir el señor Rafael. Las miradas de agradecimiento de los demás vecinos lo secundaban siempre.

Terminaba el día, se acababa la jornada de pintura, los detalles que faltaron sus mismos miembros los terminarían. Abrazos, besos, fotos, fotos y más fotos para el recuerdo, para el Facebook, para no olvidar que ahora teníamos nuevos vecinos en una zona lejana a nuestro hogar, pero sin duda vecinos de ciudad, vecinos de vida. “Vuelvan cuando quieran que aquí les tendré siempre la puerta abierta”, repetía una de las señoras.  Culminaba la actividad para darle paso al compromiso de cuidar y mantener la nueva cara de la calle Santa Eduviges, la zona 7.

Petare podrá ser uno de los barrios más peligrosos de Latinoamérica, José Félix Ribas será un sector candela, pero ese fin de semana los habitantes de la zona 7 durmieron sintiendo paz en su comunidad, con sus vecinos, paz y mucho color en su corazón. Este tipo de iniciativas son las semillas de paz que se siembran esperando que con un buen cuidado puedan crecer y florecer. Sigamos sembrando este y todos los días del año ¡A celebrar el Día Internacional de la Paz!

Bajo las nubes de Calder

Por Angela Rodríguez -@Angelabrp

Cuando te encuentras rodeado de una ciudad caótica y consigues paz en una ciudad más pequeñita, te quieres quedar ahí. Eso es lo que muchas veces nos pasa a los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, nos acostumbramos a ver nuestra casa de estudio como un segundo hogar. La universidad es el lugar donde perdía mis tardes estudiando para el examen del día siguiente, donde comía mientras le gritaban “nuevoo” al que hacía caer la bandeja en el comedor, donde me enamoré y desenamoré, donde conseguí amistades que probablemente vea durante el resto de mi profesión.

Y más aún, ser estudiante de Comunicación Social es un nombre que llevo con orgullo. Aunque muchas personas asocian a la UCV con descuido y disturbios,  es una cuestión de ver más allá, es conocer toda una pequeña ciudad llena de cultura, de historias, de héroes; un sitio donde confluyen todas las clases sociales.

Cuando eres ucevista disfrutas de pasar la tarde en Plaza Cubierta junto a El Pastor de Nubes, tomarte una chicha sabrosa que no encontrarás en ningún otro lugar y esperas las primeras horas de la noche para ver las pocas estrellas que se observan en el cielo caraqueño, acostado en Tierra de Nadie. También odias a los motorizados y patineteros que utilizan los pasillos para transitar por la universidad y rompen la cerámica del piso. Aquí volvemos al principio, a nadie le gusta que destruyan su hogar.

Las vivencias que te dejan la universidad —mucho más cuando se trata de la UCV— son particularmente especiales. Nunca olvidaré la vez que quedé atrapada en el edificio de rectorado a causa de una protesta de trabajadores, o todas las veces que hemos sufrido al inscribir un nuevo semestre, para que todas las materias sean en la mañana.

 A pesar de lo difícil que resulta la burocracia, los profesores que no dan la talla, el descuido de las instalaciones y lo difícil que es conseguir un cajero dentro, no hay razón suficiente como para no encariñarte con ella. La UCV me ha dado muchas oportunidades que espero retribuirle algún día, porque estudiar una carrera por apenas Bs. 0.50 el semestre es algo que verdaderamente se debe agradecer.

La universidad en general es uno de los pocos lugares donde te enriqueces intelectualmente gracias a otras personas, que a su vez se enriquecen intelectualmente de otros, una cadena de conocimiento que se vuelve cada día más grande. Más allá del conocimiento que te da la academia, es conocer nueva música gracias a tus amigos, aprender el arte que desconocías, es la necesidad de saber cada día más sobre lo que te apasiona.

Pero una vez que el tiempo pasa y es hora de explorar nuevos territorios, la meta siempre es concluir la carrera y llegar al Aula Magna vestido de toga y birrete, mientras tu familia te acompaña con orgullo a recibir el título universitario bajo las hermosas Nubes del Calder que adornan el auditorio.

La noche valiente de Chirinos

Por Yesman Utrera para nuestra Edición n°15 de Revista OJO

Caracas, a pesar de todo, es una ciudad divertida. Un viernes cualquiera uno puede respirar ese aire de fiesta, ese hálito de ¡vamos a cagarla! O por lo menos así lo ve el grupo al que frecuento y del cual me siento miembro honorífico: los comegatos.

Acostumbramos a deambular por la ciudad en busca de un toque o un sitio con buena música en el que podamos amanecer, porque una vez que cierran el metro no queda otra opción. En ese eterno callejear, esta vez éramos cuatro los que íbamos con media botella de ron barato en la mano y la otra mitad en la cabeza. Si algo místico tiene el ron es que altera tu percepción de las cosas de una manera increíble. Esa noche, por ejemplo, solo medio litro a palo seco nos hizo planear toda una travesía que, de no haber sido por el más inexperimentado del grupo, hubiera sido solo otra noche más de tragos.

La bitácora incluía una parada estratégica en El gran Churolay, una licorería ultra clandestina y peligrosa de Carapita abierta las 24 horas. Un litro para toda una noche se nos hacía insuficiente. A las diez estábamos allí. Estoy completamente seguro de que para cualquier extraño esa zona ha de parecer un cuadro surreal de los últimos días de la civilización. Sin embargo, para nosotros, clientes fijos, ir para allá es como ir a comprar chicles.

Después de habernos terminado la primera botella, delirando febrilmente, todos acordamos marchar hasta La Iruña, el barzucho donde pretendíamos pasar una noche corriente. Ya habíamos estado allí varias veces. Es un pequeño antro de no más de veinte metros cuadrados en el que se hace imposible respirar por tanto humo de cigarro a cierta hora de la madrugada.

Llegamos a las once. Así debía ser, el metro siempre ha condicionado nuestros horarios. Nos sentamos cerca de la puerta en caso de una pelea o conflicto con armas. Aunque esta vez esa decisión fue un desacierto. Nunca dejan entrar al bar botellas compradas afuera, pero el dueño nos conoce tanto que solo nos quita ochenta bolos por hacerse el bobo, claro está, nuestra discreción también es parte del trato.

Bebemos casi con desespero y fumamos como si no hubiera mañana. Trago en mano Yorman pregunta con una gran sonrisa: ¿Será que nos importa la vida? Todos sabemos que la respuesta esta noche es no. El abuelo, el más viejo del grupo, busca alrededor quién sabe qué cosa. Yo me enfoco en mirar a una rubia llamada Yester que siempre he querido conocer. Chirinos es el único que se encuentra casi vencido por el alcohol. Un trago más.

Cuando la botella va por la mitad, en la reja que está como a diez metros de la entrada aparece un Guardia Nacional. Su sola imagen es risible, es un niñito que juega a ser soldado. Nadie le presta atención. Al cabo de un rato son cuatro las figuras que aparecen en la reja. El dueño del bar, consciente de que vienen a cerrar el sitio, decide no abrirles.

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Picotazos de Honor

Disfruten el artículo de Adrenalina de nuestra 14ta edición

Por Pablo Luís Duarte Borges (@pabludu)

En la clandestinidad se mantiene viva una de las tradiciones con más longevidad en el mundo y en Venezuela: las peleas de gallos, donde el aire está lleno de plumas, sangre y golpes de garra

El ganador es tomado en los brazos, su sangre y la de su contrincante, mezcladas, corren del plumaje alrededor de su cabeza, donde el pico fue el arma mortal que dio los golpes finales. Los aplausos son mudos, sordos, en una arena donde minutos antes los asistentes coreaban “¡Vamos, gallo!”. El contrincante derrotado yace agonizante, lanza sus últimos suspiros bajo las escaleras del octágono de la pelea.

“Los gallos son violentos por naturaleza”, así lo indica José Ramón González García, quien es el fundador de este complejo gallístico, del que por razones legales omitiremos nombre y locación. Todos los domingos un grupo de personas aficionadas a esta actividad se reúnen desde hace más de diez años. Muchos llegan con los gallos en unas maletas, preparados para atacar, para picotear, moviendo continuamente sus patas en éxtasis deportivo. Son criadores, aficionados y entrenadores que apuestan según el más antiguo de los sistemas: la palabra de hombre. No se firman papeles, ni pagarés, ni facturas; lo que se debe se paga, porque el honor es lo más importante una vez que entras en los clubes.

Después de que terminan de pesarlos y categorizados respecto a su color, cuerda y peso, los animales son trasladados a cuartos donde son encerrados individualmente, en cajas de maderas para evitar que existan intervenciones maliciosas de los contrincantes. El honor existe, pero el dinero también.

González explica que siempre han existido maneras de garantizar una victoria rápida, con trampa. “He escuchado de galleros que les colocan a sus animales curare (veneno mortal) en sus espuelas. Una vez que la sustancia toca al otro gallo lo liquida en el momento”, sin embargo en este club antes de cada encuentro ponen limón en las aéreas de contacto como el pico, las espuelas, las garras: “El limón mata todo”.

En ese momento un gallo pasa por el proceso de clasificación. Su dueño lo sienta, lo recibe en cuclillas, el animal se acerca a él para arrullarse en sus piernas como si fuera un niño. Se siente la unión que se ha formado luego de los días y noches entrenando, hablándole, sin que el gallo sepa que todo acabará tal vez en algunos minutos.

Organizaciones como Aproa (Asociación Pro-Defensa de los Animales) en Venezuela aseguran que estas actividades precisamente se aprovechan de la naturaleza violenta de esos animales. Aproa ha llevado diversos documentos a la Asamblea Nacional buscando prohibir las peleas —que consideran crueles y morbosas—, para seguir el camino trazado por muchos países donde se ha vuelto ilegal el desarrollo de estos encuentros.

Pero al igual que las corridas de toros, esta actividad forma parte de las tradiciones de muchas familias y poblaciones. Como el caso de Luis Quevedo, quien lleva más de 30 años criando y formando parte de los clubes gallísticos. “Mi mujer es quien los cría y quien dice cuando están listos”. La esposa de Quevedo, a quien llaman la Señora Rosa, es conocida dentro del círculo de los clubes como La Macha, adjetivo que gana gracias al respeto que le tienen los otros miembros. La Señora Rosa sobresale en una actividad que siempre ha tenido de protagonistas a los hombres, donde la máxima concesión que se les daba a las mujeres era mirar, en pocos casos.

Las peleas de gallos están tan arraigadas en la cultura que probablemente continuarán, en pueblos, en ciudades, sin ánimos de esconderse. Los premios varían desde grandes cantidades metálicas hasta cinco cerdos, como lo hace en algunas oportunidades el club. El respeto y el honor son valores que se mantienen en una actividad criticada. Hombres se preparan, crían a sus animales, los tratan como verdaderos deportistas, para luego dejarlos en la arena donde los golpes y la sangre serán los cantos que hablarán por ellos una vez que no estén.

Más que un número: #YoSoy132

Por Mónica Ochoa –@xversita- Estudiante de Comunicación Social de la UAM

Fotos Ricardo Torres

Creo que siempre tiene que llegar un momento en el curso de la historia en el que la sociedad se encuentra estancada y algo sucede, algo que no se esperaba nace del lugar donde no se creía, algo comienza y empieza a oler a cambio, a revolución quizás.

Y es que, de vez en cuando, en un panorama de desilusión, alguien se atreve a soñar y rompe con el hartazgo. Los demás lo escuchan, una voz se replica y algo brota. El entusiasmo se siente, los nervios acosan, un eco se propaga, una idea se convierte en llama y el cambio nace.

Es que estamos en un momento en el que los jóvenes nos estamos despertando, en el que un ánimo inesperado nos está invadiendo y nuestra conciencia se da cuenta de que si queremos un buen futuro tenemos que forjarlo nosotros mismos. No hace mucho lo vimos con los jóvenes de Chile que pedían su derecho a una educación gratuita y de calidad, o en Egipto con el derrocamiento de una dictadura que ya había tenido a sus pobladores sometidos por mucho tiempo. Ahora parece ser el turno de México.

Esta historia tiene su comienzo un viernes 21 de mayo —el viernes negro algunos lo llaman, aunque me parece todo lo contrario—; a poco más de un mes de que los ciudadanos mexicanos seamos convocados a ejercer nuestro derecho al voto para decidir el color del “nuevo” (sí, entre comillas) gobierno que decidirá por nosotros durante los próximos seis años. Ese día en la Universidad Iberoamericana, una institución privada cuya matrícula es costosísima, aconteció un hecho que encendería el entusiasmo de todos los universitarios.

Como es costumbre en tiempos preelectorales, los candidatos a la presidencia hacen gala de sus mejores discursos. En esta ocasión le tocó al galán Enrique Peña Nieto, el candidato representante del PRI, la derecha en sí misma. EPN es un candidato casado con una actriz, que casualmente sale en las mejores telenovelas de Televisa, empresa que ha ejercido casi en su totalidad el control de los medios en México, y que en su gestión como gobernador del Estado de México reprimió brutalmente manifestaciones campesinas como la de Atenco.

Así, después de varias invitaciones rechazadas, por fin el selecto candidato y nueva cara del PRI —un PRI “joven” (de nuevo comillas)—, decide aceptar la invitación a una universidad que parecería no causaría problema pues en su matricula están inscritos los nuevos empresarios de este país. Sin embargo, algo sucedió. Ese día EPN llegó y dio su discurso sin nada sorprendente, como la mayoría de los políticos, pero esta vez no se hicieron callar las voces de cientos de estudiantes quienes le cuestionaban los actos de represión y corrupción de los que él fue parte y que quedaron impunes durante sus gestiones. Entre consignas, pancartas, cuestionamientos y peticiones, el candidato de telenovela no tuvo otra opción que esconderse en los baños hasta que fuese seguro salir. El primer paso a una nueva conciencia social, sin duda.

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“Sudé, me picaron las garrapatas, me duele todo y estoy profundamente feliz”

Contenido perteneciente a la sección “Por Los Caminos Verdes” de nuestra 14ta edición

Texto y Fotos por Arianna Arteaga Quintero -@arianuchis

Tres días caminando por empinados senderos de enmarañada selva, soportando picaduras de insectos inauditos y lidiando con la humedad del Amazonas tienen su recompensa: vivir el Macizo de Chimantá en primera persona y llenar la vista en una sola mirada con los siete tepuyes orientales de La Gran Sabana.

La ruta al Acopán tepuy comienza volando desde Santa Elena de Uairén hasta la comunidad indígena de Yunek Kukuy donde apenas habitan 80 pemones taurepán. Intimida y emociona ver las paredes inmensas del Acopán con su forma de castillo que se extiende a la derecha protegido por un muro de selva que luce impenetrable. Julio, nuestro guía, me cuenta la leyenda del Tirik Tirik, un águila gigantesco que se llevaba y comía a los primeros habitantes de Yunek. El piache se cubrió de bejucos, se llevó un hacha de piedra y se dejó atrapar. Voló hasta el nido de Tirik Tirik y ahí lo mató. Entonces el Acopán pasa a parecerme un gran nido.

Dormimos esa noche en la escuelita de Yunek y a la mañana siguiente salimos a caminar temprano por la sabana. La cosa comienza suave, en plano y con una vista inmejorable de las paredes del tepuy. Dos horas después nos damos un baño de río rojo para enfrentarnos a la pared de árboles. La belleza de la selva es directamente proporcional a lo difícil que resulta cruzarla. Debes ver al suelo para no tropezar con raíces, piedras, huecos, troncos caídos. Ver al frente para no perder el camino ni el ojo con una rama. Por momentos sientes que das vueltas en círculo; es realmente agotador. Caminamos un par de horas más, cruzamos dos ríos y llegamos a Soropankén, nuestro primer campamento. Amplio, rodeado de árboles enormes, junto al río y con una vista estelar del las paredes de piedra. Pasamos la tarde en el agua. A la mañana siguiente comienza la caminata más dura: 7 horas de selva tupida en subida constante. De a ratos caminas con manos y pies agarrándote de lo que sea. Comenzamos a ver piedras gigantes en el camino. Nos encaramamos en un árbol paralelo a una cascada y llegamos a lo que ya parece el tepuy. Las paredes están al nivel de la vista y celebramos ver el cielo. Esa noche dormimos exhaustos en Incá, una especie de campamento base entre las rocas, junto a un río rojísimo que se cuela por piedras de formas sugerentes. Los mosquitos parecen pterodáctilos, pero son bastante torpes.

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Tras la puerta del camerino

Por Gabriela Benazar

No se dejen engañar por las apariencias: lo que por fuera puede parecer un inocente bar de strippers puede ser, por dentro, uno de los tantos burdeles clandestinos de la ciudad. Dentro del camerino del PG Night Club un grupo de mujeres de todos los colores, tamaños y formas se preparaban para venderle sus encantos al mejor postor.

Son trabajadoras nocturnas, como ellas mismas se denominan a la primera. Más adelante sí surgen los términos más reales: “yo soy puta”, “yo soy bailarina” y el nunca convincente: “Yo soy solo acompañante”.

Del desfile de mujeres que se paseaban por el local y se meneaban al ritmo de Calle 13, Samantha llamó mi atención. Cuando ingresó al camerino, sentí algo fuera de lugar en ella. Noté lo que su corsé negro intentaba disimular: un embarazo de siete meses. Lo supo hace dos y desde entonces no tiene sexo, solo acompaña.

Karelis también me sorprendió. Ella ni baila ni acompaña, solo atiende a sus clientes fijos y a extranjeros y los complace en todo lo que pidan. Ella también es madre y es la única mujer del local cuya familia sabe de su verdadera profesión. Confesó con dolor que su mamá nunca la volvió a ver igual después de saberlo. También confesó que lloró por horas después de acostarse con su primer cliente hace trece años.

Gina, Carla, Samantha, Karelis, Anyelí, Rosa…todas desaparecieron del camerino a medianoche para ir a trabajar dejándome sola entre trajes, maquillaje y plataformas.

Una vez fuera, me di cuenta de que cuando se cerré la puerta escondí tras ella historias de mujeres tan acostumbradas a ese inframundo que no pude evitar preguntarme si recordaban cómo era el amor, el sexo por placer y la libertad plena.