Malandro-Barrio-Groserías

Contenido perteneciente a la Edición n°13 de OJO. Recuerda que puedes pedir tu revista a través de nuestro twitter @RevistaOjo o a pidetuojo@gmail.

Por Héctor Orbegoso Rivera

Cuando me contactaron para escribir esta sección de Ojo, me encontraba en un callejón sin salida. Luego de haber realizado cuatro cortometrajes (Jesús TV, Bangladesh, Todo Va A Estar Bien y Horas Extras) había llegado el momento con el que todo cineasta sueña: hacer un largometraje. Inmediatamente surge la gran pregunta: ¿De qué quiero que trate mi película?

Por fin sientes que tienes la experiencia requerida para encarar un largometraje, pero ahora resulta que no tienes la idea que te emociona, y que mucho menos va a emocionar a un montón de gente. Incluyendo a los que llegarán a la taquilla y preferirán ver Actividad Para-Anormal 26. ¿Por qué? Porque tu película pertenece a ese género llamado “Cine Venezolano” y que solo ofrece “Malandros-Barrio-Grosería”.

“¿De verdad todo nuestro cine es solo “Malandros-Barrio-Grosería”? Lo pongo en tela de juicio porque en mi caso he pensado en la decisión de hacer una película más del montón, o hacer algo distinto. Jamás olvidaré algo que escuché una vez decir al director español Alex De La Iglesia: “Yo voy al Cine para olvidarme por dos horas de lo que pasa en el mundo”. Si nos aferramos a esa postura, hacer este tipo películas entonces no está bien. Al menos para nosotros los venezolanos. Pero no olvidemos que el cine, como arte que es, además de distraernos y vender cotufas, tiene una función social importante, que es transmitir un mensaje.

Qué buenas son las películas que a pesar de que te estresan, te hacen reír y te hacen llorar, cuando sales de la sala, logran cambiar algo en ti. No sé a ustedes, pero a mí me pasó eso con La Hora Cero y El Rumor de Las Piedras, dos de las últimas películas venezolanas más importantes en cuanto a calidad narrativa e ingreso de taquilla, y ¿adivinen qué? Las dos se desarrollan en barrios caraqueños. Lo que me lleva a pensar que nuestro problema no es la locación donde ocurren las historias. No son los personajes. Es cómo estamos “echando el cuento”. Read More…

Una última noche de okupa en Berlín

Por Adriana Ovalle

Aquí en Venezuela es impensable para una mujer la idea de ir a un bar sola a tomarse unos tragos. Tenemos la necesidad de movernos en grupo, la violencia no nos ha dado otra opción, y mucho menos si hay alcohol de por medio. En mi reciente viaje a Europa decidí experimentar rituales nuevos que nuestro querido país no puede ofrecer. En este caso en particular fue disfrutar una ciudad yo sola, especialmente la vida nocturna.

Llega la noche de un día ajetreado de turistas: sitios históricos, recorridos artísticos, paseos urbanos. Pero la última noche en Berlín no podía pasar en vano. Por eso decido no quedarme en el hostal preparándome para salir temprano por la mañana a mi siguiente destino y me aventuro lanzarme al bar de Tacheles, una casa okupa muy famosa.

Una vez Oranienburger Str, comienzo a recorrer la calle fascinada con su vida nocturna. Entre bares y chicas de la noche me topo con un viejo edificio que parece estar en ruinas. Al ver en la rebelde fachada la palabra TACHELES compruebo estar en el lugar indicado, sin quitarme de la cabeza la duda del origen de la palabra, puesto que definitivamente no me parecía alemana.

Pasé alrededor de media hora curioseando la planta baja de parte del edificio, donde no solo hacen talleres artísticos; también se puede comprar una cantidad de cosas fascinantes y únicas. Entre granjas de ratones, televisores alterados para aquellos que se quieren dar el viaje de su vida, franelas personalizadas con obras de artistas de todas partes del mundo y una cantidad de artefactos que no terminé de comprender, converso un rato con el alemán que estaba a cargo de ese sitio esa noche.

El bar quedaba en el tercer piso y en las escaleras me topo con una pareja hablando español. Resultaron ser dos colombianos súper agradables.

Al entrar y ver el lugar, la colombiana inmediatamente le dice a su novio para irse de ahí. Una atmósfera muy underground, oscura y con gente de hasta 60 años; unos con cara de no recordar ni su nombre, otros hasta desmayados. El ambiente musical era el de una rave clandestina pero concentrado en una habitación de no más de 10 metros cuadrados. Los colombianos me invitaron a irme con ellos, pero algo en ese lugar me cautivó, así que rechacé la oferta. Read More…

Lucro humanístico: fábula del subestimado

Les dejamos por estos lados el primer Fuera del Aula de nuestra 12da edición. Carreras humanísticas y pelabolismo total pueden encontrar en estas líneas ¡Disfrútenlo!

Por Benjamín Gáfaro

Si el dinero hace girar al mundo, ¿la filosofía, las letras y las artes no deberían ser, al menos, un componente vital en el combustible de ese movimiento? ¿Por qué, entonces, la valoración económica de estas carreras parecen estar siempre al final de la lista?

Probablemente la mayoría de los hombres y mujeres que integran esta generación obtuvieron un título en ciencias al culminar sus estudios diversificados. Para finales de los años noventa y comienzos del nuevo milenio, la mención Bachiller en Humanidades era una excepción entre los millones de aplicantes que cada año aspiraban ingresar en la educación superior. Consciente o inconscientemente, muchos rechazamos, en un primer plano, la opción de una profesión humanística. La justificación pudo ser la ignorancia y falta de independencia.

Pero el momento de elegir la carrera universitaria es, probable y afortunadamente, la primera decisión trascendental que, como ser humano, se toma de manera independiente. Al menos así debería ser siempre. Y ahí se reduce el grupo de nuestra especie: aquellos que ni siquiera nos tomamos la molestia de averiguar las fechas de los exámenes de admisión de la Facultad de Ciencias de la Salud, de Odontología o Ciencias Puras. La Facultad de Humanidades o de Ciencias Sociales era nuestro destino.

Cinco años promedio de estudios le cambian la vida y la forma de ver el mundo a cualquiera. Cuando tu título lleva inscrito la palabra Filosofía, Letras o Artes, las convenciones tradicionales de la epistemología indican que tienes, por definición, otra forma de ver e interpretar el mundo. Ahora, ¿esta otra forma está valorada en su justa medida?

En Venezuela, la anterior pregunta es, para muchos, retórica. Pero en este caso, es mejor no condicionarse por las formas más comunes del desprestigio hacia los humanistas y así, entre dos conversaciones dispersas, se intentará vincular un solo discurso que sirva, probablemente no como una respuesta contundente (¿acaso existen?), pero sí como una contestación de peso entre una levedad de prejuicios.

No pedir lo que no se puede ofrecer

“Los jóvenes artistas imitaron a la perfección el dialecto de la academia, y completaron con entusiasmo los interminables formularios de las becas de gobierno. Pero pronto el dinero se acabó, y los artistas tuvieron que resignarse a impartir cursos para aficionados”. Read More…

Caminar sobre un glaciar

Compartimos este artículo publicado en la 12da edic. de Revista Ojo

Por: Arianna Arteaga -@arianuchis-

Al sur de la Argentina, en medio de la Patagonia y a 80km de El Calafate, se  alza el glaciar Perito Moreno. Una hermosa e imponente masa de hielo que, felizmente, se encuentra sana y en constante crecimiento. Gracias a los fundadores de Hielo y Aventura, ese mundo de azules y blancos que parecía reservado a los exploradores más audaces le abre sus puertas al que quiera conocerlo de cerca

El Glaciar Perito Moreno tiene una superficie de 254km2. Cuando uno lo ve desde el autobús que te lleva de El Calafate hasta el Puerto del Brazo Rico, es imposible no sentirse sobrecogido ante esa mole de hielo. La simple idea de pensarse entre sus pliegues un poco más tarde eriza hasta la médula.

Hay dos excursiones: el Mini Trekking y el Big Ice. Yo hice ambas y, definitivamente, me quedo con la segunda. Son seis horas de recorrido por los recovecos del hielo y la posibilidad de ver más grietas, fosas, pequeños riachuelos y lagunitas azules que en la primera.

La aventura comienza temprano en la mañana con una navegación hasta el pie del glaciar. Ahí te dan una breve introducción y empiezas una caminata por el bosque que bordea el hielo. Justo en la frontera donde se acaba la tierra, llega el momento de ponerse los crampones amarrados a los zapatos. Es una suela metálica de puyas para agarrarse del hielo.

Comenzamos a caminar en filita india, por razones de seguridad, hasta adentrarnos poco a poco en las profundidades del glaciar. Lo primero que asombra es cuánto puede cambiar el paisaje. Las texturas del hielo: a veces parece plano y duro, otras como raspado, luego pequeñas onditas, a ratos horizontal y de pronto empinado. Hacemos una parada frente a un sumidero que puede tener más de 400mts de profundidad. Uno de los guías lanza una piedra para que escuchemos cuán profundo cae. Todo el grupo enmudece ante la magnitud del estruendo. Más adelante encontramos una cueva no muy grande, pero suficiente para que la banda de turistas se entusiasme a tomarse fotos y a atravesarla de un lado al otro. Así, durante el camino, van apareciendo grietas azules, montañas con huecos y formas estrafalarias.

Todo el tiempo cambia y cada excursión es distinta. El Glaciar Perito Moreno se mueve de uno a dos metros cada día, eso nos habla de un glaciar sano y de un paisaje que muta a diario, ajustándose a la forma del fondo, creciendo por un lado y desprendiéndose por el otro. Me parece un concepto fascinante caminar sobre una formación que de alguna manera está viva, cambiando, adaptándose. El clímax de la excursión es la meriendita junto a una laguna de azules imposibles. Provoca quedarse ahí para siempre, no tener termostato y ser capaz de bañarse en ese azul imposible durante una vida entera.

De regreso no paran las sorpresas, los cambios en el paisaje ni la sensación de estar en un lugar mágico. Tras cuatro horas sobre la superficie del glaciar, nos volvemos a acercar a esa frontera entre la realidad y la fantasía con la sensación del que despierta de un sueño, del que conoció otro mundo, uno ajeno, hermoso, perfectamente sano y lejano.

Si les entusiasma la idea de ir a conocer un glaciar que habla el idioma de la esperanza: www.hieloyaventura.com

Un Año Nuevo en un reino no tan mágico

Por Juan Pedro Cámara Pérez -@juanpecamara-

Dicen que la edad del espíritu y la del cuerpo no siempre concuerdan. Quizás fue eso lo que llevó a cuatro fulanos bien creciditos a decidir pasar un Año Nuevo en Magic Kingdom, el lugar en la Tierra más parecido al País de Nunca Jamás.

Directo de Puerto la Cruz, llegamos a Miami mi hermana, mi mamá y yo. Allí nos encontramos con un primo que, justamente ese año, estaba de intercambio en un pequeño pueblo de Michigan. En carro alquilado, y con tickets ya en mano, comenzó la travesía hacia el norte, hacia esa ciudad que el preludio de las películas que marcaron nuestra niñez pintaban como la meca de la fantasía, la aventura y la diversión.

No era la primera vez que ninguno de nosotros iba, pero el sueño ver allí la entrada de un nuevo año agregaba emoción especial al asunto. Lástima que otras 50 mil personas compartieran el mismo sueño. Pero con aquel entusiasmo, proporcionado por la ilusión y unas buenas horas de sueño, vaticinamos que el atestamiento de aquel lugar no sería capaz de amargarnos el viaje.

El día comenzó con actitudes complacientes de parte de todos. Es decir; parábamos, sin chistar, cada vez que alguno quería entrar en una atracción o detenerse en un puestito de esos que vende hasta tangas con la cara de Mickey Mouse. El día se proyectaba largo. Después de todo, estaríamos allí hasta pasada la medianoche.

Pero aquel parque era incaminable. Los amplios senderos que enmarañan la complejidad del recinto no se daban abasto. Empujones, suspiros, miradas hostiles, refunfuños. Un “!epa, no te me pierdas!”. Poco a poco la paciencia iba llegando a su tope.

Ya entrada la tarde las energías empezaban a mermar, y las colas de horas para cinco minutos de paseo, a hacerse insoportables. Ya cada quien quería agarrar por su lado, y las caras no eran precisamente de felicidad cada vez que la más vieja del grupo se antojaba de hacer una cola de hora y media para tomarse una foto con Pinocho, o para subir, por tercera vez, a ese mundo de muñecas poseídas que repiten cientos de veces, en todos los idiomas, la misma frase. Las expectativas se centraban en la noche, y en ese espectáculo increíble del cual seríamos testigos.

Aunque habiendo renunciado a la hallaca, el pan de jamón, el pernil y la ensalada de gallina, una buena cena formaba parte de los planes que todos teníamos en mente. Por horas recorrimos las calles internas de Disney buscando un sitio en el que nos pudiéramos sentar, aunque fuera por una hora, a disfrutar un plato de comida decente. Sin éxitos. Resulta que todos los restaurantes estaban copados por reservaciones que tenían meses en la agenda.

Aquella fecha, que, por lo menos en Venezuela, tiene como uno de sus protagonistas a la comida, mi familia y yo nos vimos obligados a comer en una tabernucha de comida rápida. Un pollo a la canasta servido en un bowl de plástico —de esos que parecen un colador de pasta— cubierto con un papel encerado fue el menú que nos correspondió aquella noche.

La cena por lo menos nos devolvió las ganas para volver al festival de empujones y buscarnos un buen puesto cerca del escenario en el cual se realizaría el espectáculo de fin de año. Llegamos, y conseguimos un buen sitio. ¡Victoria! Sentados allí esperamos a que se acercara la hora, rodeados por mares de gente que luchaban por una buena vista.

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El juego no se acaba hasta que se termina

Por Gabriela Benazar -@GabyBenazar-

Yogi Berra, la leyenda de los Yankees de Nueva York lo dijo: “El juego no se acaba hasta que se termina”. Esta inmortal frase condensa dos de las características más hermosas del béisbol. La primera es la burla al cronómetro al no tener un tiempo preestablecido para jugar y la segunda es la magnífica capacidad que tienen los juegos para decidirse en el último lanzamiento.

Este año, los 8 equipos que compiten en la Liga Venezolana de Béisbol Profesional se tomaron muy en serio las palabras de Berra.

Hasta ahora, el único equipo clasificado a la postemporada es los Tiburones de La Guaira, quienes por primera vez desde la temporada suspendida por el paro petrolero del 2002 tienen una oportunidad real de ser los representantes de Venezuela en la Serie del Caribe. Por su parte, los Bravos de Margarita son el único equipo sin ninguna posibilidad de clasificación.

Aunque los escualos no son líderes de la tabla de clasificación desde el inicio de la temporada, han tenido una campaña envidiable de la mano de Marcos Davalillo y apoyados por la fanaticada más fiel de Venezuela.

Gregor Blanco, Edwin Bellorín, José “Cafecito” Martínez, “El Cachi” Oscar Salazar, Héctor Sánchez, César Suárez, Alex Cabrera y el resto del roster de La Guaira han logrado lo que muchos creían imposible y probablemente sean los precursores del primer título del equipo varguense en décadas.

La llegada del grandeliga de los Cerveceros de Milwakee, Francisco “el Kid” Rodríguez blinda a La Guaira contra cualquier cuarto bate que quiera atacarlos en las últimas entradas. Si el Kid sale del bullpen a cerrar un juego, sus oponentes pueden dar el encuentro por terminado.

De ganar el campeonato, los Tiburones de La Guaira acabarían  con una sequía de 26 años e irían a intentar ganar su primera Serie del Caribe.

La sorpresa de la temporada son Los Leones del Caracas y no exactamente por tener una buena actuación. Esta es la peor campaña de los melenudos en los últimos años  y han estado plagados de lesiones y malas actuaciones.  La destitución del mánager Tim Teufel a mediados de noviembre resucitó un poco la esperanza de clasificar al Round Robin, pero su sucesor Rick Sweet no ha cumplido los deseos de la directiva y de los fanáticos hasta ahora y cada día que pasa se hace más cuesta arriba el pase a la postemporada.

Entre los últimos infortunios de los Leones está la salida del roster de Franklin Morales, el lanzador del equipo que mejores números ha tenido esta temporada. Sweet no ha querido explicar las razones de la salida del zurdo y tendrá que recurrir a otros lanzadores del bullpen caraqueño como Orber Moreno, que solo ha aparecido dos veces esta campaña, y Darwin Cubillán para cerrar los juegos.

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El viaje a Brasil comenzó por Argentina

Foto extraída de www.correodelorinoco.gob.ve

Por Joseph Artiles

Luego de unos ocho años sin poder ver a la Vinotinto en vivo; luego de dos eliminatorias y dos Copas América, bien sufridas —pero por TV—, y mucho crecimiento, el pasado miércoles se me dio la oportunidad de difrutar uno de esos días para los que vivimos quienes amamos el fútbol (y a este país).

Gracias a @RefrescaloTodo conseguí un par de entradas para ver a la Vinotinto jugar su segundo partido de las Eliminatorias para Brasil 2014, en Puerto la Cruz. Tras un debut difícil y enredado, cuando menos, en decisiones polémicas del cuerpo técnico, la cosa no pintaba fácil en el segundo partido, en el que recibiríamos a la Argentina del mejor del mundo, Leo Messi que, además, venía de bailar a Chile en su primer partido.

Igual, las ilusiones estaban intactas. Primera vez que me tocaba la fortuna de viajar para ver a la selección. Y no es cualquier cosa… Cruzar medio país, atravesar decenas de pueblos y ver cientos de caras nuevas para ver a quienes viven, día a día, dejándonos en alto, a quienes mejor nos representan fuera de nuestras fronteras es, cuando menos, romántico.

Siempre he creído que son nuestros deportistas los únicos que deben ser tomados en cuenta, desde el extranjero, para analizarnos. Nuestros representantes “oficiales” —al menos su mayoría— me llenan de vergüenza; una que, de otra forma, no me genera mi país. En cambio, nuestros deportistas (al igual que los músicos y otros artistas), me hacen sentir el orgullo genuino que quiero profesarle siempre. Por eso para mí, entre otros motivos, el viaje no era poca cosa.

La noche anterior fue la más difícil. Debía levantarme a las 5 a. m., y a las 2 a. m. seguía despierto. La ansiedad era incontrolable. Ya despierto y camino a Anzoátegui todo se veía más bonito… Todo se prestaba para un día perfecto. Y terminó siendo más que eso.

No voy a decir que nunca dudé de ganarle a Argentina. Hay que ser conscientes de con quién jugamos y no, no era fácil, ni mucho menos segura la victoria. Además, luego de la derrota en Ecuador, y con la polémica decisión de César Farías de dividir las convocatorias (con la que, desde un principio coincidí, a pesar de algunas individualidades), cabían las incertidumbres; pero, más allá de las dudas y los errores cometidos por nuestro D.T., está la fe… y esa es la que nos llevará a Brasil en el 2014.

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Y me dijeron que era rápido

Ya en Venezuela estamos acostumbrados. Obtener cualquier documento se transforma en un suplicio que viene acompañado de dolores de cabeza, colas interminables y recaudos incoherentes. Los cinco años habían pasado, y me tocaba volver al SAIME a renovar el pasaporte. Todo el mundo me dijo que el proceso estaba funcionando muy bien, pero yo no corrí con la misma suerte

Por Juan Pedro Cámara Pérez

Eran las doce del mediodía en el centro de Puerto la Cruz. La ciudad se encontraba en plena faena, sin importar el sol inclemente de aquella tarde: los buhoneros agolpados en los bordes de las aceras vociferando sus ofertas, los estudiantes de liceo que decidieron tomarse la mañana libre, las señoras regateando precios, el cojo de la esquina que ayuda a los conductores a estacionar, la india que pide limosnas. Todos rodeados de ese olor a orine y jugo de naranja podrido característico del casco central de la ciudad.

Aquel espectáculo urbano jamás ha sido de mi agrado, pero no quedaba otra opción; allí están ubicadas —o mejor dicho, escondidas— las oficinas del SAIME.

Encontrar el lugar fue el primer reto. Luego de preguntarles a la verdulera, a los transeúntes y al vendedor de tizana, para terminar, todas las veces, en un cyber café —por la similitud entre las palabras SAIME y cyber—, y perder media hora vida, pude dar con el sitio.

En el tercer piso de un edificio que puede tener, fácilmente, 40 años, encontré las oficinas. El sitio estaba repleto. El aire acondicionado no funcionaba. Las colas para los diferentes trámites se perdían y entrelazaban a lo largo del pasillo central. –“Señora, ¿la cola para el pasaporte?”, pregunté a la primera empleada que encontré, quien, al parecer, estaba muy ocupada con su catálogo de cosméticos como para ayudarme. –“Ahí”, dijo señalando el bululú de gente sin siquiera levantar la mirada. Supe en ese momento que me encontraba solo.

Una vez en la cola solo tocaba esperar. No es la típica sala de espera. Y pensar que uno se queja de las revistas viejas que encuentra cuando va al doctor. Allí ni señal de teléfono había. Pasaban los minutos, las horas. El calor se hacía cada vez más pesado y más vaporoso. Y no avanzaba. La cola era inmóvil. Pues claro, con la mala suerte de tener cita al mediodía, mi turno tocaba en la hora de almuerzo de la mitad del personal. A las tres de la tarde ya podía, al menos, ver el final de la fila.

Una sola persona estaba atendiendo. Y no parecía sufrir de estrés. No dudó en pararse cuantas veces quiso a agarrar agua, o a pedirle galletas al compañero o en escribir por su celular, aparato que acaparaba las pocas sonrisas que la muchacha quiso ofrecer aquella tarde.

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Los delfines de Mochima

Nuestra fiel colaboradora @arianuchis nos trajo para la sección Por los caminos verdes -de la 11ra edición- su experiencia con los delfines en Mochima ¡Disfrútenlo!

Por Arianna Arteaga Quintero -@arianuchis-

En Venezuela existe una reserva importante de delfines, una de las especies más inteligentes que habitan el planeta. Su sobrevivencia está amenazada por el turismo indiscriminado y la contaminación, pero un todavía se puede presenciar el bonito espectáculo de verlos en su hábitat natural.

Mochima es un gran lugar para encontrarse con estos animalitos brillantes. Según los estudios llevados a cabo por el biólogo marino Jaime Bolaños junto a otros colegas de la Sociedad Ecológica Venezolana Vida Marina (SEA VIDA), el tamaño promedio de los grupos avistados es de 32 individuos, compuestos en un 37% por crías y juveniles; en 59% de las ocasiones los delfines se acercan a interactuar con las embarcaciones. También me comenta que ha visto grupos de hasta 150 delfines de la especie delfín común, predominante en la zona, cuyo nombre científico es Delphinussp.

Mi primer encuentro con ellos fue hace un par de años. Estaba con mi mamá para hacer el paseo de Aventura Marina al Santuario de los Delfines. Nuestro guía fue Carlos Israel Gooptar, un señor de ascendencia árabe, encantador y profundamente agradecido con los delfines que le salvaron la vida en un naufragio. Zarpamos tempranito en la mañana. En menos de una hora mi personita gritaba eufórica desde la proa de la lancha. Eran muchos, brincaban, nadaban de barriga para vernos, perseguían la lancha y con la misma que aparecieron ¡fuaz!, se perdieron en el azul.

Luego, hace unos meses mientras paseaba en velero por Mochima, los volví a ver. Nos levantamos a las seis de la mañana para zarpar de regreso a Puerto La Cruz, habíamos visto varios en la ida, pero esta vez el mar estaba como un plato, la luz era cálida, el viento apenas soplaba y los dichosos animales ultra inteligentes podían verse con la claridad de quien está en el agua con ellos. Entonces me pongo cursi. Con los delfines es distinto, me conmueven profundamente esos mamíferos inteligentísimos, los únicos después de nosotros con un cerebro tan grande en relación con su cuerpo, los que sanan con las ondas ultrasónicas de su ecolocalización, viven en grupos con fuertes lazos sociales, se comunican, copulan cuando les provoca, pueden dormir sólo la mitad de su cerebro, cazar en equipo, suicidarse y, a veces, hasta tienen la capacidad de ser brutalmente violentos. Read More…

Mi país, tu país, stand up con corbata

Por Jesús Torrivilla

Fotos Miguel Pineda

Desafiados cada día por la labor de hacer comedia en un país excepcional, Led Varela, José Rafael Guzmán, George Harris y José Rafael Briceño, estrenaron el viernes pasado la obra “Mi país, tu país”, en la que cada cada uno se turna para ofrecer su visión de las situaciones paradójicas que más de un venezolano ha tenido que pasar.

Montaje que se ajusta a la estructura del stand up comedy, en Mi país tu país el público podrá reírse con las rutinas que los comediantes llevan puliendo en los bares y otros escenarios caraqueños desde hace más de dos años. Ahora, la oportunidad se presenta en Teatrex, teatro de Paseo El Hatillo, para quienes quieran disfrutar del humor sentados cómodamente, en una propuesta prolija, hilada con entradas y salidas marcadas por una sobria iluminación, y por los contactos que George Harris hace desde Miami, a través de videos en los que cuenta anécdotas sobre la emigración criolla.

La invitación es para que se acerquen viernes y sábados a las 8pm y domingos a las 6pm a carcajearse con el día a día, opción preferible a rendirse ante el caos vernáculo. Ni Simón Bolívar se salva.

Para comprar las entradas en línea:

http://www.teatrex.com.ve/09_mptp.php