La Restinga al Natural

Texto por Arianna Arteaga Quintero -@arianuchis

Este artículo salió publicado en la 9na edición de Revista Ojo en la sección Por los Caminos Verdes de nuestra amiga Arianna Arteaga Quintero.

Margarita es un destino que complace casi todos los gustos: playas, tiendas, gastronomía y rumba. Uno de los clásicos margariteños de toda la vida es recorrer la Laguna de la Restinga en unos peñeritos que salen de Macanao. Dura cerca de media hora y termina en la playa, un paseo simpaticón y bien típico de la isla que suele terminar con un buen atracón de ostras. Read More…

La felicidad de un descuento

Texto por Jessica Marquez

La emoción de encontrar justo lo que estabas buscando, en descuento, es como pocas. El enterarte de que el golpe va a ser menor de lo que esperabas es algo que siempre produce una muchas veces no confesada satisfacción. Por ello, las tiendas y compañías juegan con nuestros sentimientos. Basta que pases frente a una vitrina —de ropa para las mujeres, de computadoras o videojuegos para los hombres— para que suspires desalentad@ porque necesitarías dedicarte al ayuno por un tiempo para pagar el objeto de tu deseo. Pero, entonces, algo capta tu atención: puede ser un anuncio, un afiche, un letrero escrito o pintado a mano. Lo importante es que tiene la palabra mágica: descuento.

Tu corazón empieza a latir con rapidez y la expectativa crece como un globo que se infla en tu interior. Te acercas al vidrio, temeros@, porque puede ser que lo imaginaste o un engaño de la miopía. Pero no, es cierto. 15, 30, 40% menos, y tienes que contenerte para no empezar a brincar por el pasillo del centro comercial o la acera que recorres. Entras en la tienda con aire triunfal, pensando en que comer lechuga y volverte ermitaño no es tan malo porque, por lo menos, tendrás lo que quieres. Entonces, te acercas a un “amable” vendedor y preguntas por “el descuento” que ofrecen, y, luego de herir las tarjetas de débito o crédito, o de vaciar la cartera o monedero, sientes en tus manos lo que querías: lo has logrado y costó menos de lo normal. Sales de la tienda como si todos tus problemas se hubieran solucionado, y te vas caminando a tu casa, porque ya no tienes ni para el autobús.

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Dos semanas en Sao Paulo

Aprovechando el pequeño escape que ofrece carnavales, decidimos compartir la sección Mochilero que salió en la cuarta edición de la revista. Disfrútenla.

Texto por Korangel Bueno

Cuando mencionan Brasil, ¿cuáles imágenes llegan a la mente? Sí: fútbol, calor tropical, alegría, baile y mucha música. En nuestro caso esto comenzó a cambiar desde que compramos el pasaje con destino a esa tierra de encanto: uno de los requisitos para visitantes extranjeros es el certificado de vacunación contra la fiebre amarilla. “Por lo menos no tuvimos que sacar una VISA, como se le exige solo a los norteamericanos”, comentó mi hermana. Yo le contesté: “Ese es un tratado de reciprocidad”.

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Confesiones de una bailarina

Fotos por Jonás Cordero

Texto por Andrea Rosa Capriles

Samaira Lynn Patiño es bailarina profesional de danza moderna, un estilo distinto e innovador. Es posible afirmar que lo practica desde el vientre materno, porque ya a los dos años asistía a la escuela de baile Raíces Danza. Tiene apenas 19 años y es profesora de futuras bailarinas, ha presentado más de treinta piezas en su vida artística y promete un gran futuro. Por ello, decidimos entrevistarla.

A: ¿Qué sentimientos transmites o desahogas a través del baile?

S: De chiquita bailar me hacía sentir diferente, “grande”. Siempre fui la primera en los actos de colegio y eso me motivaba a ser mejor, me sentía especial porque hacía una actividad distinta.  Luego fui creciendo y empecé a tomar la danza realmente enserio, este arte se volvió parte de mí y hoy por hoy no podría pasar más de un par de días sin bailar

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Entre Copas y Colores

Texto por Manuela Moore

Uno pudiera pensar que entró en el país del electro-pop, donde Britney, Shakira y Madonna son deidades y los cuerpos danzantes simples mortales, creyentes, coristas de las alabanzas divinas, en medio de un arcoíris de colores y un aire festivo. Pero la verdad es más simple, y más compleja: entramos en el reino de Dionisos, donde nada es distinto, donde todos somos iguales.

Copa’s es un pequeño recinto donde los GLBT –Gays, Lesbianas, Bisexuales y Transexuales– pueden olvidar la homofobia y el falologocentrismo. Abrió sus puertas hace más de trece años –un 19 de abril– como un local lésbico, para cubrir el nicho de los lugares nocturnos para féminas. Siete años después, la discoteca inauguró el miércoles de hombres y el jueves de mujeres; entonces los chicos fueron bienvenidos –junto con la integración– y empezaron a asistir los fines de semana, llegando a superar en número a las mujeres. Paradojas de la vida.

Una amiga, un amigo y yo –heterosexuales aventureros, ignorantes de lo que íbamos a vivir– temíamos el rechazo, a la expectativa de lo que pudiera haber dentro. Copa’s nos recibía con la puerta cerrada –a pesar de la confianza que inspiraba El Rosal–, con gente afuera y un timbre que indicaba que allí, sobre todo, la seguridad era cosa importante. Una rubia de audaz corte de cabello abría y decidía a quién dejar entrar. “Cédula en mano”, decía; mirada escrutante; y las manos de un monumento oscuro tanteaban los lados de nuestros cuerpos.

No faltaba quien se quedaba afuera, y uno recordaba aquel cartel que, adornando la puerta, rezaba: “Local privado. Se reserva el derecho de admisión”. Luby Romero, una de las dos actuales dueñas del local junto a Diomarina Méndez, explicaba con el desagrado de pasados incidentes: “Dejamos afuera a los homofóbicos, que entran para insultar a nuestros clientes; antes pasaba mucho. Por eso evitamos que entren heterosexuales, evitamos a ese tipo de gente; ahora son muy pocos los casos de homofobia”.

Una vez adentro, nosotros, curiosos observadores de nuestro entorno, analizábamos cada detalle como si se tratara de una obra de arte. Los brazos del chico de franela de Indiani rodeando el cuello del de camisa a cuadros mientras sus bocas se encontraban y la chica que venía con ellos –presunta lesbi– chateaba con desinterés; el muchacho solitario de mirada perdida, trago en mano y mensajes sin respuesta; las chicas de cabello corto, camisas de botones y pantalones anchos que miraban alternativamente a mi amiga o a mí con indiscutible atención; la conversación entre el fotógrafo sesentón y el alegre chico de delicados movimientos y altos niveles de espontaneidad; la gran masa de gente vestida de ejecutiva, cual oficinista recién salido del trabajo. Así, entre el jolgorio y el bululú, descubrimos que lo que más pululaba eran los estampados, las camisas de botones, el sudor, la alegría y la sinceridad; la verdad sin tapujos: “¿Soy gay y qué?”

Algunos clientes iban en pareja, otros tantos con amigos; muchos tenían relaciones largas, otros iban en plan de búsqueda y unos cuantos confesaban estar allí a escondidas de su pareja y/o familia, por lo que preferían usar nombres ficticios. Las mujeres tendían a situarse a los lados, sin bailar, conversando y tomando; los hombres, en cambio, llenaban el recinto con el desenfado de sus pasos y corros, situados en medio de la pista, dejando que la música los guiara. Se respiraba una felicidad desbordante.

Entre más tarde más alcohol había en las venas y sexos distintos se juntaban en algún baile casual. En medio de la influencia de unos deliciosos tragos de Baily’s con Ponche crema, la evolución se hizo presente en nosotros: nos fuimos adaptando a nuestro entorno y bailamos, intercambiamos tragos y nos dejamos llevar sin prejuicios sexistas, moviéndonos como nos daba la gana: cantando, meneándonos y sintiéndonos gays hasta perder la noción del tiempo. Así, antes de poder darnos cuenta, terminamos sumergidos en el peligroso ritmo del reggaetón en un lugar en el que nadie veía extraño que dos chicas estuvieran haciendo un sándwich con un hombre; muchas parejas de hombres y mujeres perreaban con una intensidad que sonrojaría mejillas y despertaría pasiones. Éramos, en apariencia, parte de la norma: unos más entre el montón.

En medio del frenesí, los bisexuales hacían su aparición, sabiendo que las inhibiciones habían quedado atrás. No importaba que fueran criticados por las dos caras de la moneda –héteros y homos– o que no fueran de un lado ni del otro: estábamos en presencia de los ninis de la sexualidad. Unos nos echaban un ojo, otros miraban a alguna pareja homosexual y otros tantos se atrevían a hacer alguna movida.

Si el cuidador del baño se distraía se veía salir o entrar a una que otra pareja. Algunos no cuidaban el disimulo, terminando de subirse los pantalones al salir: nunca falta el que se enciende en sitios públicos.

Antes de la hora loca flamenca, que en esos predios funciona como el joropo en un local heterosexual, Nicole –un travesti cuya feminidad mantuvo en nosotros una incesante incógnita sobre su identidad– interrumpía a dos esculturas vivientes de perfección abrumante, bocas unidas y sensualidad a flor de piel: dos chicas de juventud radiante y grasa corporal nula que hacían babear a más de una. La estrella, causante de un cambio de ambiente, hizo que fuera necesario que nos bajáramos de la tarima –luego de una intensa sesión de baile más allá de contenciones– mientras subía con toda la maestría que requiere el tener tacones de aguja y un minúsculo vestido de escote enmudecedor para doblar las canciones más sonadas de La quinta estación con una precisión de relojería.

Así, con música de la aun llamada madre patria y una sonrisa en la cara, retornábamos ligeros, cansados y mareados a una descolorida Caracas, peligrosa y oscura, dejando atrás los cantos, los bailes y el alcohol. Era hora de dejar atrás a Dionisos, de volver a una realidad donde, para desgracia de muchos, también “se reserva el derecho de admisión”; un lugar donde inevitablemente el falo es el rey.

Ciudad de cuerpos colgantes

Texto por:  Zandra Beaumont

Despierto en mi cama extensa y desordenada, luego de una noche de sueños incoherentes y confusos. Lamentablemente, no soñé que caminaba de forma grácil por una pradera de brillantes verdes, con brisa fresca que movía mi cabello, mientras el sol iluminaba mi sonrisa dirigida a los pájaros que cantaban a mi alrededor. ¡No! Volví a tener la misma pesadilla que se repite periódicamente: disfruto enormemente de un trozo de carne tierno y jugoso, aún sangrante, que acaba de ser sacado de la parrilla.

Sí, la peor de mis pesadillas me despierta exaltada y angustiada; limpio las gotas de sudor que todavía corren por mi frente. La serenidad y el regocijo vuelven a mí al darme cuenta de que me encuentro en mi acogedora y agradable habitación. Simplemente fue la perturbadora quimera recurrente: uno de mis temores que me persigue y juega conmigo cuando mi mente trata de descansar en las noches.

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Un chef sin licencia de conducir

Texto por: Andrea Tabare

Foto cortesia de Stella Maris (Flickr: ryyta)


Son las 7:45 de la mañana de un sábado. Mientras la mayoría de los adolescentes duerme, una calle repleta de árboles y casas me conduce al lugar donde Omar Pereney cocina jueves, viernes y sábados: el Instituto Culinario de Caracas –un proyecto, ubicado en la zona residencial de Chuao, realizado por iniciativa de los chefs Sumito Estévez y Héctor Romero.

A la espera del joven, que se inició “profesionalmente” en la gastronomía a los doce años de edad, se escucha detrás de una puerta de madera la voz de una mujer dando algunas recomendaciones para el postre del día: “La concha de la naranja es muy ácida”, “la panna cotta es un postre italiano muy fácil de hacer, refrescante y rico”.

En esa cocina real –de paredes azules, cerámica blanca y utensilios antiguos– se fue desarrollando la curiosidad de Pereney por el arte culinario. Reconoce que su gusto por el oficio no es heredado de sus padres o de algún familiar; la motivación nació y creció al sentir la dinámica de ese espacio, el trabajo en equipo y la adrenalina. “Todo esto me atrapó y me mantiene en el negocio desde hace aproximadamente cuatro años”. Read More…

Yo vi clases con Allen Ginsberg

Texto por: Níyume Figueroa

Nuestro primer encuentro fue en 1993. El Círculo de Bellas Artes de Madrid lo había invitado a una lectura. Llegué con un libro de Kerouac y una de las primeras ediciones de HowlAullido–, su poema más conocido. El Maestro beat abrió y cerró su presentación con poemas de William Blake, recitó con la ferocidad de todo su cuerpo fragmentos de Howl, mientras los traductores trataban de igualar un poco esa desbordaba energía que el poeta regalaba esa noche. Al finalizar la velada –frente a él–, advirtió que estaba apretando contra mi pecho el libro de Kerouac.

—¿Por qué aprietas así a Jack?, ¿te gusta?, ¿te parece guapo? —preguntó.

—Sí, me gustan sus libros y su figura también —contesté.

—Jack no era una marica judía y comunista como yo, aunque tuvo sus momentos de confusión. Era futbolista y le gustaban las chicas de una manera oral, era muy oral con ellas… Sobrio podía haberles respondido a tus hormonas.

Los de la fila y sus acompañantes sonreían, pero a mí no me resultó gracioso; es más: no entendí el comentario. Me fui molesta, ofendida y dispuesta a cerrar allí mi etapa de admiración beatnik; salvo por Kerouac. Meses después, en una cena, me encontré a Ginsberg, y esa vez me lo presentaron: sonrió despacio, como si me conociera, y saludó cordial en su limitado castellano. Traté de evitarlo toda la noche, pero la madera beat del poeta notó el rechazo y, haciéndole honor a su condición de profeta de la contracultura, me invitó a un encuentro de jóvenes escritores que organizaba la anfitriona de esa noche; fue específico: “Sin publicidad”. Read More…

En las profundidades de la tierra…

Texto y foto Arianna Arteaga Quintero –@arianuchis–

Adoro la naturaleza en todas sus expresiones –navegándola, remándola, caminándola, recorriéndola, volándola–, pero cuando se trata de conocer una caverna entro en un dilema entre la curiosidad y la aprensión que me genera saberme bajo tierra. Sin embargo, cuando recibí la invitación de Imerú Alfonzo para conocer la cueva Alfredo Jahn ni lo pensé: moría por conocerla. Read More…

El mototaxi

Autor Catherin Valladares @CathVonD

Fotos Natalia Boccalon @nboccalon

Los caraqueños nos hemos acostumbrado a vivir en un estacionamiento de inmensas dimensiones. El tráfico viene con nosotros desde que nos montamos en el carro y no se baja hasta que llegamos a nuestro destino. Los más audaces han ideado un plan estratégico para evadirlo, el resto decidió entregarse a la filosofía de la impuntualidad. Así, con imágenes de una ciudad donde el tráfico es protagonista comienza el documental Mototaxi, “una realidad caraqueña”.

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