Caracas por una magallanera

El Caracas y el Magallanes son los rivales históricos de la liga venezolana de beisbol. Quisimos demostrar que sus trincheras no son irreconciliables y les pedimos a los fanáticos más acérrimos de nuestra redacción que hicieran un perfil del equipo contrario,  un abrazo de tinta para reconocerse en la iglesia de la pelota nacional.

Por Gabriela Benazar Acosta

No tendría más de diez años y lo recuerdo como si hubiese pasado hace menos de un mes. Los Bravos de Atlanta, el equipo más mainstream de los años noventa en las Grandes Ligas, venían a jugar dos partidos de exhibición en el Universitario de Caracas contra las Mantarrayas de Tampa Bay. Todos los ojos del mundo estaban puestos encima de Andrés Galarraga y su primer juego después del cáncer que le habían diagnosticado meses antes.

Sentada en las gradas del universitario con mi papá y mi hermanita comenzó el público a gritar como un rugido cuando presentaron a los Bravos y nombraron a Galarraga. Más de cinco minutos consecutivos estuvo de pie la fanaticada aplaudiendo y silbando en honor a nuestro grandeliga del momento. Él tenía los ojos aguados y yo también, hasta que a los cuatro minutos con cincuenta y nueve segundos un grupo de fanáticos rompió la magia del momento cuando, desde la esquina del left field, lanzaron el cántico más popular del equipo capitalino: “León, león, león, león”.

“Caraquistas tenían que ser”, dijo mi papá mientras dejó de aplaudir y se sentó mal encarado hasta que comenzó el partido.

Esa noche ganaron los Bravos, lanzaron cohetones en el estadio como en el cierre de una presentación de Servando y Florentino y todos nos fuimos felices a casa. Si me preguntan cuánto a cuánto quedó el juego, no sabría responder; mi recuerdo más importante de ese día fue el regreso de Galarraga, cánticos caraquistas incluidos. Ese día comprendí que no importa la ocasión, siempre iba a haber un “leonático” escondido, así fuese debajo de una piedra, al acecho para arruinar mis recuerdos de la pelota.

Una de las características de este equipo, además de ser patrocinador oficial de unas cuantas desgracias y varias glorias de Magallanes, es que desde su origen se proyecta como “el equipo propiedad de”. Hoy día todos sabemos que son parte de los activos de la Organización Cisneros, mismos propietarios de la Cervecería Regional y Venevisión (El Club de los Tigritos siempre me pareció un vehículo de adoctrinamiento caraquista,  con su mascota que sospechosamente se parecía a la del equipo).

Su fundación, en 1942, fue producto una transacción comercial que el mismo equipo narra: “Jesús Corao, conocido  promotor deportivo y ejecutivo de la Cervecería de Maiquetía, le planteó al accionista mayoritario de la Cervecería Caracas, Martín Tovar Lange, que la ocasión era propicia para adquirir el estadio San Agustín y fundar un equipo con la misma fórmula del Royal Criollos, con el cual el propio Corao cosechó innumerables éxitos en las décadas de 1920 y 1930”.

Después de esta aseveración, la historia que reseñan los Leones en su sitio web y en los libros de la Fundación Corao, cuenta cómo se le adquirió a Santiago Alfonzo Rivas un estadio en San Agustín del Paraíso por 800 bolívares de los viejos que llevó el nombre de la cervecería, y cómo el resto ha sido historia.

Reconocerse entre fanáticos

Sí, historia. 21 títulos y dos Series del Caribe, la segunda, una herida que no ha sanado para muchos magallaneros. Pero, a pesar de eso, no se puede dejar de sentir la inyección de capital que vuelve al equipo una fraternidad de consumidores y de gerentes de marketing deportivo, una suerte de Real Madrid, versión criolla.

También está aquel fanático que, cuando tenía trece años y estaba estrenando mi gorra de la suerte, golpeó el capó del carro de mi mamá cuando salíamos del universitario y nos gritó: “Lleve esa carajita pal zoológico de Caricuao”. Solo recordar eso me hace querer empezar a llevar la Lopna al estadio.

Si se busca bien se consigue un caraquista con quien se puede conversar con tranquilidad sobre la trayectoria del equipo capitalino. Alguien que cuando le preguntas por qué va al estadio todos los años llueva, truene o relampaguee te responde diciéndote que se siente en comunión con su roster, que Urbano Lugo es su súper héroe principal y que es más importante llevar a Omar Vizquel y a Andrés Galarraga al Salón de la Fama que resolver el problema de armas químicas en Siria.

Con esos fanáticos comulgo. Una vez que logras quitarte la camiseta y la gorra y reconocer los pros y contras de cada lado, entiendes por qué te gusta tanto el llamado deporte nacional; porque no hay nada más sabroso que conversar con una cerveza de cualquier marca, da igual, sobre números, jugadas, ídolos y memorias indelebles en el colectivo venezolano.

Una concesión al Caracas

También comulgo con varios jugadores de sus filas. La lista es bastante larga, pero para hablar de algo más contemporáneo debo admitir, y no a regañadientes, que el no hitter robado de Armando Galarraga me ofendió más que un insulto a mi mamá; que cuando Bob Abreu jugó en los Yankees pasé meses en secreto queriendo la camiseta azul marina con el 53 estampado en la espalda; que los infinitos Guantes de Oro de Vizquel me generan más sentimiento de pertenencia a la cultura deportiva de mi país que el Deportivo Táchira en cuartos de final de la Libertadores; que el cáncer de Andrés me puso a rezar genuinamente para que volviese al terreno, y que quedé con hambre de su cuadrangular número 400. También confieso que, muy en lo profundo y secretamente, estoy enamorada de Orber Moreno.

Pero mi equipo es el mejor del mundo, y lo es más cada vez que le gana al Caracas. Puede barrer con 20 carreras a los Tigres, a las Águilas, a Cardenales o a quien sea, pero me gusta más cuando le gana, así sea por la mínima y en extra inning, a los Leones. Creo que por mucho que me gusten los juegos de los Tiburones de La Guaira, solo los coliseos romanos le hacen competencia a lo que se siente estar en un Caracas- Magallanes en el universitario. Creo que en el medio de esta eterna discordia entre quién sabe más, quién gana más y quién es el mejor y por qué se encuentra uno de los pilares centrales de mi amor al deporte.

Por qué soy magallanera

En mi familia siempre se vio beisbol. Mi abuelo materno era fanático de los Yankees de Nueva York y de los Tiburones, pero murió poco después de que yo cumplí ocho años. Mi otro abuelo, al igual que casi todos sus hermanos e hijos, era magallanero y en su casa fue donde vi mi primer juego de pelota. Es parte de mi historia.

Mi papá puede que no sea una biblia en deportes, probablemente yo sé a mis veintitrés años más que él de todas las disciplinas; pero cuando era pequeño jugaba para los Leones de Prados del Este y sabe, aunque no tenga los lentes puestos o solo esté escuchando por radio, cuando un umpire se equivoca cantando un strike como bola y viceversa. Él fue quien me llevó a mi primer juego de pelota, a mi segundo, a mi tercero y a mi cuarto. Él fue quien me regaló un bate de goma cuando yo tenía menos de diez años con la esperanza infructuosa de que aprendiese a batear. También fue mi papá quien me dijo la verdad más universal que he escuchado en mi vida: “El Niño Jesús es magallanero”, porque el espíritu de mis navidades no podía ser de otro color.

Mi mamá y sus hermanas, fanáticas de La Guaira, se quejan todas las temporadas de mi mal gusto deportivo al escoger un equipo tan complicado como Magallanes; lo que ellas no ven es que yo no decidí ser magallanera por un proceso racional y analítico, lo soy porque me da todavía un sentimiento de pertenencia, una conexión extemporánea con mi papá, mi abuelo y mis primos y recuerdos que para mí son mucho más importantes que un palmarés de títulos y el liderazgo en una serie particular contra otro equipo que por casualidades de la vida juega en la ciudad en la que nací.

cotufas

Adiós, Andrea

Por: Tomás Marín  | @erpinufitu

Siempre acostumbro a quedarme viendo los créditos de las películas cuando finalizan, pero hoy no puedo. Ya son las nueve y tú, que vives lejos, debes irte pronto a tu casa para tratar de evitar cualquier infortunio en el largo camino.

Si ésta fuese una ciudad normal, hubiese argüido cualquier excusa o estratagema para continuar a tu lado, por lo menos durante una hora más. Te hubiese invitado un helado, un chocolate o a caminar; pero vivimos en Caracas y hay que resguardarse temprano para protegernos de los males mayores, de las desventuras y de las acechanzas que infestan esta capital que, a pesar de todo, aún emana, de vez en cuando (muy de vez en cuando), su toque de magia.

Es divertido hablar contigo, es genial escuchar tu voz vanagloriando las metáforas y símiles utilizados en la película recién disfrutada, que, inteligentemente, da su visión, mediante simpáticos personajes caricaturescos y multicolores, de la complejidad de la mente humana. En mi mano, mientras tanto, llevo conmigo el cartón de cotufas que, lleno hasta la mitad, me da lástima botar y que le ofreceré a mi papá (que siempre tiene hambre) en cuanto arribe a mi casa.

Para ser viernes, hay poca gente en el Centro San Ignacio. Las escaleras mecánicas, fieles a su tradición, se hallan en huelga laboral y, mientras bajamos por su estructura inmóvil, trato de ver, al mismo tiempo, tu pelo amarillo, tus ojos oliva y tu cintillo azul. Estás preciosa, siempre has estado preciosa, pero hoy has superado tu propia marca.

La calurosa taquilla del estacionamiento hoy se me hace más gris que nunca. A su luz de sala de tortura y a sus siempre amargados empleados de caja, se suma el hecho de que, posiblemente, esta sea la última vez que te vea en mi vida. Te ofreces a pagar mi ticket y yo, por no llevarte la contraria (y por miedo a que no me alcance el poquísimo efectivo que llevo), te respondo que sí.

Te acompaño hasta tu carro a través del larguísimo pasillo de columnas pintadas. El mío está relativamente cerca también, solamente medio piso más abajo. Los bombillos largos y blanquecinos nos hacen ver marmóreos y, bajo cierto modo, un tanto tenebrosos. Parecemos dos personajes de Film Noir que van hablando despreocupados mientras la cámara los sigue a través de un espeso travelling.

Hemos llegado y nos abrazamos para la despedida. Tardo unos segundos en asimilar que estás llorando, aunque sé que lo haces porque los cambios que vienen a tu vida, aunque son buenos, son bruscos, muy bruscos. Si por mí fuese, hubiese pasado veinte años allí, encaneciendo contigo aunque mi ticket tuviese cientos de miles de horas de sobretiempo. Pero ya son las nueve y tú, que vives lejos, debes irte pronto a tu casa para tratar de evitar cualquier infortunio del largo camino.

Al momento de salir, veo tu cara a través del cristal semi-empañado, pienso en bajarme y besarte la frente como símbolo (utilizado frecuentemente en los años del Renacimiento) de que confío en ti y apuesto por tu triunfo en lo que sea que emprendas. Siempre te he admirado aunque nunca te lo he dicho. De hecho, te admiré antes de saber tu nombre. Más no lo puedo hacer, la fila de vehículos se mueve y no me queda otro remedio que seguir avanzando hasta salir del estacionamiento. Tu carro plateado se va volviendo cada vez más diminuto al momento en el que, frente al Mundo del Pollo, nuestros caminos se bifurcan y yo parafraseo en mi mente a Cortázar: Adiós, Andrea, adiós.

ISAWEB

Mi insomnio venezolano

Isabela Di Marzo | @IsabelaDiMarzoS

Es lunes 27 de Julio de 2015. Son las 10:00 pm. Mi cuerpo quiere descansar y mi cabeza se empeña en no permitirlo. Se hace tarde, me tengo que levantar temprano, quiero dormir, pero con cada minuto que pasa aumentan los pensamientos que provocan mi insomnio venezolano.

10:30 pm: Se me ocurren 10 ideas para ganar más dinero, de las cuales ninguna funciona en realidad.

10:42 pm: Pienso en 20 historias (o más) de conocidos, amigos, familiares, amigos de amigos, familiares de amigos, conocidos de familiares de amigos, etc., a los que robaron, mataron, o estuvieron a punto de robar o matar, que me producen un miedo incontrolable, ruidos imaginarios y la composición mental de 20 nuevas historias, seguidas por oraciones finalizadas en: “Porfa, Diosito, cuídanos a todos. Amén”

10:50 pm: Recuerdo 15 historias de personas que se fueron, o están por irse del país, lo que me causa angustia porque Venezuela se queda sin gente (útil); tristeza por tener que despedirme; y me lleva a hacerme una vez más esa incómoda pregunta que me interpela cada vez con mayor frecuencia: ¿Será que me voy yo también?

11:05 pm: Me vienen a la mente unas cuantas ideas más para ganar dinero extra. Tampoco sirve ninguna.

11:16 pm: Desarrollo 12 Ideas para tratar de mejorar, ayudar, aportar a la comunidad y al país. La mayoría solo las puede hacer Superman y el resto las trato de aplicar, pero las circunstancias me desaniman.

11:23 pm: Veo fotos y videos (una y otra vez) de mi sobrina y hermana que se fueron y que extraño tanto que me duele la barriga.

11:35 pm: Me preocupo por las deudas de las tarjetas de crédito, la cuenta que tengo que abrir en el banco del gobierno, lo que me dijo el señor del kiosko sobre el precio al que vendrá la lata de refresco la semana que viene, el kilo de pollo, las caraotas, el café… Cadivi, Dolar Today, las noticias que leí y escuché en el día, me acuerdo de la cadena que traté de escuchar pero mi paciencia no me dejó, del descaro de algunos, del sufrimiento de otros, de las mil y un veces que quise comprar algo que mi mamá necesitaba pero “no había”, de las personas muriendo por falta de medicamentos, de otras pasando hambre, de otras haciendo cola, de los miles de proyectos sin realizar, del deseo de independizarme, casarme, tener mi propio apartamento, comprarme un carro, hacer familia, ver crecer a mis (futuros) hijos como crecí yo, ver a mis padres disfrutar su vejez como merecen, del deseo de viajar libremente, de volver a usar ropa roja, de la desesperación, frustración, preocupación, desesperanza… Todo esto y muchas cosas más, que para cuando me comienzan a doler los ojos por el sueño y el cansancio (porque trabajé todo el mes, ya se me acabó la quincena y no pude ni terminar de hacer el mercado), termino con el pensamiento más recurrente de todos y que logra vencer el insomnio: “Algo tiene que pasar, esto no aguanta mucho más, pronto estaremos mejor”… Hasta la noche siguiente, en la que todo se repetirá, y volveré a creer que todavía hay esperanza, y seguiré luchando y trabajando, soñando con que pronto lograremos salir de esta pesadilla en la que se convirtió vivir, o mejor dicho, sobrevivir en nuestro amado país.

Los 2 metros cuadrados

Texto publicado en la sección “Fuera del aula” de OJO 26.

Por Orianna Camejo – @Oriasmultiverse

Por fortuna, desde pequeña he podido disfrutar de la atracción central de Caracas. El Ávila era siempre el plan de los domingos. Subir a la cota mil y agarrar uno de esos senderos escondidos –justo en el lugar donde se ponen a vender naranjada y nestea bien frío-. Pero fui el doble de afortunada por tener un centro excursionista entre las actividades extracurriculares de mi colegio. El Ávila también se convirtió en el plan de los sábados, con largas y extenuantes excursiones. Más allá de subir por la trocha de San Bernardino o Galipán, también tomé la mochila y el botellón de agua. Desde Lomas del Cuño hasta la cruz del Ávila; de la Julia a Quebrada Chacaíto, y desde las múltiples entradas en la Cota Mil hasta un intento fallido de llegar a Picacho. Sin olvidar los heladitos de fruta en el cortafuegos y el momentáneo disfrute de las tuberías heladas que se consiguen en los caminos. Read More…

Un Esperanza en la UCV

Texto publicado en nuestra edición número 26 #OjoEnBlanco dedicado a la obra “Traslaciones” de Proyecto Colectivo

Por Ashley Garrido. B – @ashgarrido

4:25 PM. “Estación Plaza Venezuela, transferencia a las líneas 2 y 3”, informa la odiosa voz del metro que se vuelve más irritante un viernes de quincena.

-Vamos tarde, digo con hastío mientras Reinaldo trata combatir mi inherente pesimismo.

-Si no llegamos, igual te muestro el lugar más lindo de la UCV. Read More…

Effy

Por Victoria Sequera

 Medianoche en Buenos Aires. Estoy sentada en el suelo de mi casa, a medio vestir, con la computadora sobre los muslos. Tengo que ir a “Córdoba 3677”, según explica su madre. Es curioso, pero cuando miro el mapa deduzco que hay que caminar varias cuadras por la Av. Estado de Israel. Escucho en mi cabeza “Is-ra-el” dicho por ella,  con la ese muy marcada y con una sola ere. “Israel”, me repetía despacito, un poco porque allí nació y otro por derretirme con su acento. Cordoba 3677 – Sepelios Casa Napolitano, dice y yo lo entiendo: Elizabeth está muerta. Read More…

Bonsoir, París

Por Natalia Martín.

Al llegar a París me encontré caminando entre un montón de “¿Vous êtes perdu, madmoiselle?” de árabes y moros, vecinos de mi mala decisión de hostal. “Sí, je suis perdu”, hasta que encontré el St. Christopher’s Inn Backpacker’s Hostel. Llegué al hostal, dejé mis cosas en el locker del sótano y fui a ducharme para salir al encuentro con Alexandre Cherreau, el chico con el que había quedado a través de CouchSurfing, una página internacional de viajeros que te permite encontrarte con residentes de las ciudades para que te la muestren e incluso puedes dormir en sus sofás. Read More…

Gracias, Tinder, fue un placer

Por: Andrea Ferro – @AndreaFerroS

Yo entré a Tinder sin mucha fe. Inclusive, la primera vez que abrí la cuenta, la cerré el mismo día. Lo percibí muy inorgánico para mi gusto. Pero por presión social  ̶ ‘Que es demasiado de pinga, que ya he salido con tres jevas, que un amigo terminó con su novia porque conoció a alguien por ahí..’ ̶  y un poco de curiosidad –yo también quería mi propio cuento–, decidí darle una segunda oportunidad a lo que, me parecía, no era sino una carnicería digital. Read More…

Corazón ida y vuelta

Por: Joey Rego

Lo mío era una extravagancia, un capricho maniático. Desde que llegué a Caracas lo primero que me atrajo fue la idea de usar el metro, y la primera vez que sentí la ola de viento golpearme la cara, segundos antes de ver un monstruo a noventa por hora llegar imponiéndose y cargado de vidas, me di cuenta de lo violenta que es esta ciudad. Es que nada define mejor a Caracas que el metro: es rápido, vehemente, lleno de vidas, algunas que acaban de nacer y otras consumidas por enfermedades, hay arrogancia de pie y cansancio en los asientos azules, murmullos curiosos, discapacidades atravesando bultos de carne y teléfonos costosos escupiendo ritmos baratos. Read More…