DeshonraAltamira

Deshonra en Altamira

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Los manifestantes lo interpretaron (y celebraron) como un buen presagio. Era una ventisca brava que soplaba en dirección a la Guardia Nacional y les devolvía todo el gas. Sin embargo, visto lo que vino después, es imposible no preguntarse si ese inusual y borrascoso viento que a las 3 de la tarde remecía los árboles y hacía volar en remolinos las hojas, no era más bien una advertencia, una especie de augurio sobre la desgracia que estaba a minutos de sucederse. Tras el ventarrón vino la lluvia, rápida y fuerte. Lo suficiente como para inundar Altamira Sur y hacer retroceder a la Guardia Nacional distribuidor abajo. Al escampar, entonces, llegaría la tragedia: acorralados por un grupo de manifestantes, efectivos de la Guardia Nacional abrirían fuego contra ellos, herirían a siete y asesinarían a Fabián Urbina.

El rumor de las balas se propagó pronto en Altamira Sur, donde los heridos fueron subidos en una camioneta. De momento, salvo el boca a boca, no había nada que nos confirmara a los que allí nos encontrábamos que efectivamente ello había sucedido. Sería una mano sucia, de la que pendía un rosario, la que nos mostraría seis casquillos de bala, dorados y letales, que entonces confirmarían que efectivamente había ocurrido lo peor.

No hubo mucho tiempo para meditarlo. Casi de inmediato comenzarían a subir, despavoridos, los manifestantes que se encontraban en el Distribuidor; para encontrarse con otros, también despavoridos, que bajaban de la Plaza Francia, cubierta por una nube de gas blanco: los habían emboscados. Por un momento, la Avenida Sur Altamira (San Juan Bosco, de la Francisco de Miranda para arriba) estuvo cerrada por dos paredes de humo blanco, y dentro de ella, atrapados, cientos, quizás miles, de manifestantes aterrados a niveles que ni Hitchcock hubiera conseguido en su mejor época.

Es una cosa fea el pánico. Y más el de los inocentes. En la avenida había madres, padres y abuelos, gente que podía correr y que no, de todas las edades, que de repente se encontró acorralada y sin escape. Sólo quedó Bello Campo para salir de allí. Los que pudieron, escaparon correteados por unas motos que aparecieron de la Torre Británica, disparando bombas por supuesto. Pero no todos llegaron. Dos señoras, paralizadas de miedo, sencillamente se abrazaron a llorar mientras la PNB pasaba. A llorar y a temblar. Unos muchachos intentaron buscar refugio en un restaurant y allí los rodearon. Se salvaron por la presencia de la prensa, ante la que los Guardias se contuvieron, no sin antes “pedirnos” (a gritos y con armas) que nos fuéramos.

Pero hubo cuatro que no corrieron con tal suerte: estaban sentados en un banco de la plaza Altamira, ya en ese momento tomada por un ejército mixto de GNB y PNB. Su delito aparentemente era tener escudos y unos bolsos con guantes y máscaras. Imposible saberlo. La PNB no dijo nada. Ellos apenas sus nombres y cédulas, con esa voz lacónica de los que lo han perdido todo. Los cuatro tenían la mirada fija en calle, esa que ya les era ajena, y lo hacían con una tristeza resignada que conmovía. Pero no había nada que hacer: al rato los montaron en las motos y se los llevaron.

Durante casi una hora, el antiguo bastión de la oposición fue un estacionamiento de motos de cuerpos policiales que de vez en cuando arremetían contra la gente que allí pasaba. A un grupo de trabajadores que cruzaba por Altamira Sur le dispararon una lacrimógena, que de rebote golpeó a una señora; y a un mototaxista se lo llevaron detenido por insultarlos. Su salida de la plaza, casi una hora después, fue un mal chiste: dos oficiales se cayeron de una moto y en respuesta dispararon lacrimógenas por doquier. Aquello pareció el culmen de la deshonra: es que no habíamos visto la foto en la que uno de ellos asesinaba a mansalva y de frente a un adolescente de 17 años.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

NEOMARWEB

Un titán que muere

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El heraldo que anuncia la muerte bien podría ser la desesperación que había en los ojos desencajados de esa mujer que aproximadamente a las 4:08 PM pedía con todas sus fuerzas un médico para Neomar Lander en la Francisco de Miranda. Podría ser ese conducir zigzagueante y rápido, vacilante y veloz, esa premura de siglos que llevaba el motorizado que lo trasladaba. O podría ser, tal vez, esa violenta mutación, de bravío encapuchado a niño que llora desconsolado, que en cuestión de segundos experimentó aquel amigo suyo que iba acompañándolo en otra moto. Antes de ver ese cráter feroz que horadaba su cuerpo y por el que se le escapó la vida, antes de que los que allí estábamos nos topáramos de frente con esa opacidad mortecina que ya había adquirido su piel, antes de que nuestros ojos se encontraran con un cadáver destrozado que sencillamente no respondía al infatigable ejercicio resucitador de los paramédicos, ya la muerte, terrible, tremenda y atroz, se nos había revelado.

No la queríamos ver. No la queríamos creer. No la queríamos aceptar. Pero allí estaba: implacable, definitiva, absoluta. Allí estaba, ensañada sobre un cuerpo, más bien cuerpecito, de torso descubierto, pecho despedazado y brazos quemados. Allí estaba sobre Neomar, ese muchacho de brackets, que vestía, infeliz ironía, un short militar con el detalle pavo (y a la vez tan contraproducente para una manifestación, tan desfavorable para guerrear, tan poco recomendable para lo que él hacía, y tan de los diecisiete años que él tenía) de un ruedo veraniego. Allí ella, la muerte, dueña de él, a quien los paramédicos, luchando por arrebatárselo, peleando por devolvérnoslo, le levantaban unas piernas que ya no corrían, le colocaban oxígeno en unos pulmones que ya no respiraban, le amarraban en un brazo inerte un guante de látex para buscarle una vena que no aparecería, y le hacían RCP a un corazón que no latía.

El aire de voces secretas del que escribió Lorca cuando le mataron a Ignacio estuvo allí. Eran plegarias –“¡Sagrado Corazón, cúbrelo!”–, imprecaciones –“¡Ojalá se mueran todos!”–, maldiciones –“¡Maldito gobierno!”– y condenas –“¡Van a pagar!”–; eran ayes que salían de las entrañas, quejidos que brotaban de lo hondo, lamentos provenientes del alma; era la impotencia por una vida que sin ningún sentido se estaba yendo (o ya se había ido, aunque no quisiéramos enterarnos) ante nuestros ojos; dolor tremendo por un muchachito flaco de diecisiete años, brackets y short militar arremangado que debía estar haciendo cualquier cosa menos morirse a nuestros pies con el pecho abierto. Pero lo hacía. Y no había manera de pararlo. No había como detenerlo. No teníamos como evitarlo.

Sólo el autoengaño podía hacer menos fuerte el dolor. Y para engañarse algunos hicieron una cadeneta alrededor suyo para que le entrara aire (como si lo suyo fuera asfixia). Para seguirse engañando, otros agredieron a varios fotógrafos y les exigieron que no tomaran fotos (como si el disparo de la cámara matara). Y para terminar de mentirse, lo montaron en una pick-up y lo mandaron a una clínica (como si viviera).

Sobre ese mismo asfalto que horas antes había recibido miles de pisadas firmes que marchaban por un país mejor; sobre ese asfalto en el que una monja se había parado con una botella de agua bendita a asperger a marchistas y a bendecir con cruces en la frente a quienes se lo pedían; sobre ese asfalto en el que la mujer de un kiosco había salido a darles consejos sobre logística y seguridad a los encapuchados; sobre ese asfalto en el que se escuchaban cantos, consignas y discursos optimistas; sobre ese asfalto lo que quedaba era la sangre derramada de Neomar.

No se disolvieron los siglos en cenizas, como en el viejo ‘Dies Irae’ latino, pero sí se desató la rabia. Cuando se llevaron a Neomar, a lo que fue Neomar, a lo que quedó de Neomar, los que allí estaban estallaron en un relámpago de ira. Piedras y molotov se estrellaron contra el MINFRA, cauchos se encendieron, defensas fueron desprendidas y barricadas se levantaron. Detonaciones secas se comenzaron a escuchar entonces. El rumor de francotiradores que defendían a plomo la sede del edificio oficial se comenzó a esparcir con profusión. Y por un momento pareció que la guerra, la tan vaticinada guerra, ahora sí estaba llegando. Y dio miedo. Fueron minutos grises, largos y confusos, que así como llegaron se fueron, pero dejaron en los huesos el escalofrío de un mal presagio.

Entonces, Miguel Pizarro, que había estado todo el tiempo allí y recibido a Neomar en la avenida, lloró. Tenía tiempo quebrantado, la cara roja y los ojos chinos, pero en ese momento se quebró. El mismo hombre que horas atrás había hablado del país que seríamos, que decía que ya no habría familias separadas, que no creyéramos que iba a ser imposible, lloraba a Neomar al lado de un encapuchado que fumaba compulsivamente e intentaba, las manos temblorosas, hacer una llamada. El recio Miguel Pizarro, el que se le planta sin chaleco ni casco a la GNB y aguanta bombas tapándose la nariz apenas con el brazo, estaba sentado en una isla gimiendo. “Nada más triste que un titán que llora” escribió Rubén Darío. Y no le faltó razón. Lo que le faltó fue ver morir a sus pies, con apenas 17 años y un cráter en el pecho, a un titán que luchaba contra una dictadura.

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#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

TERRORISTAWEB (1)

El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El terrorista, el muchacho y el rescatista se sientan en el mismo banco de la plaza Altamira donde el periodista está descansando. El muchacho es amigo del terrorista y el terrorista es amigo del rescatista. La amistad entre el muchacho y el terrorista es de reciente data y se fraguó en la calle, ‘guerreando’, como ellos dicen. La amistad entre el terrorista y el rescatista es de vieja de data: se conocen de antes y han jugado (y llorado) juntos. Comparten código postal y un mismo dolor llamado Carlos Moreno (17), la víctima 06 de las protestas, asesinado el pasado 19 de abril en San Bernardino.

Si están juntos en ese momento es porque abajo, en Altamira Sur, no hay todavía nada. La marcha estudiantil hacia VTV se ha desenvuelto (y devuelto) en paz. Es, según sus organizadores, el segundo evento de calle que se desarrolla sin una sola lacrimógena de por medio en los 63 días de protesta. Ha costado la mediación del alcalde Ocariz, muy activo dialogando con la PNB y la GNB, y, sobre todo, el esfuerzo tremendo de los diputados, quienes terminada la manifestación se tuvieron que quedar arreando gente, desmontando barricadas y recibiendo insultos por parte de un pequeño grupo que quería incendiar VTV porque ‘¿quién dijo que uno viene para entregar cartas?’.

Sin embargo, lo lograron –‘¿lograron qué? ¡No lograron nada!’, decía alterada una muchacha, a la que Pizarro luego acusó de infiltrada del SEBIN– y es por ello que todos están allí: el periodista no tiene suceso alguno que cubrir; el terrorista y el muchacho nadie contra quien guerrear; y el rescatista  a quien atender. “¿Qué dice la prensa?”, le pregunta el rescatista al periodista y así lo incluye en la conversación, que durante los próximos minutos girará sobre los tópicos habituales de toda protesta.

“¿Alguien me regala una llamada?”, pide el terrorista e inmediatamente el rescatista lo auxilia. “Se me olvidó avisarle a mi mamá que todavía no voy a llegar. Ella piensa que estoy en el liceo”, explica. Es después de esa llamada cuando se descubre: “A mí me tienen fichado por terrorismo”, suelta como si tal cosa. “¿Te metieron en la lista?”, pregunta el muchacho. “Sí, mano”. El periodista se emociona: un terrorista es un lomito informativo. Arranca entonces con sus preguntas impertinentes para encontrarse con que lo más peligroso que el terrorista ha hecho en su vida es lanzar bombas molotov, porque ni siquiera un cohetón ha prendido (“no, hermano, eso se lo dejo a los gochos, que son locos y arriesgados, porque esa vaina es peligrosa”). “¿Y entonces por qué estás en esa lista?”, pregunta, viendo diluirse su exclusiva. “No sé, mano. Pero igual tengo que estar con cuidado porque nos están cazando”, responde, y comienza a relatar historias de conocidos a quienes sin mucho ruido ni alharaca han ido apresando sigilosamente tras un proceso minucioso de seguimiento. “A un pana, saliendo de su casa un día normal, lo montaron en una camioneta y se lo llevaron. Está en El Helicoide. A otro lo atraparon porque al que le guardaba los escudos lo apresaron, le quitaron el teléfono y de allí sacaron los contactos de varios”.

Cuando avisan que en Altamira Sur hay enfrentamientos esporádicos entre los manifestantes y algunos GNB, que cada tanto tiempo pasan en moto lanzando bombas, el terrorista le dice al muchacho para bajar. “Es que ya estoy cambiado”, rechaza la invitación este último. “Yo sí voy a ir a un rato”, dice el terrorista. “Además, mañana hay Champions y no creo que venga”, agrega. Hijo de su tiempo futbolístico (creció en la mejor época del Barca) es antimadridista y le ligará a la Juve. “¿Quieres el casco?”, le pregunta el muchacho. “No, mano. Recuerda que estoy en el liceo. Yo no puedo llegar con esa vaina pa’la casa”. El rescatista se le une por si hay alguien a quien atender. “Procura que no te maten”, es la despedida que le dan al terrorista. “¿Tas loco, mano? Si estoy luchando para poder tener un país y disfrutar de él, no voy a dejar que me maten antes”.

El periodista, que carga un chaleco antibalas pesadísimo que lo hace vivir cansado todo el tiempo, decide esperar a que la situación sea verdaderamente apremiante para bajar. Ya tiene algún tipo de experiencia como para discriminar lo que puede ser importante y lo que no. El muchacho se queda con él. Parece de 13 pero tiene 15. Está en IV año de bachillerato y todavía no sabe qué quiere estudiar. De hecho, estudiar, lo que se dice estudiar, es algo que no está haciendo con regularidad: se jubila de clases para ir a las protestas. “En este país no hay futuro. Prefiero estar aquí guerreando que estudiando en el liceo”. El periodista le dice que estudiar es importante. “Yo no siento que estudiar en este momento pueda servir para algo”. “En este momento no, pero luego…”, promete el periodista, aunque él, profesional con título y trabajo, que está más cerca de los treinta que de los veinte, vive todavía en la casa paterna, no ha podido siquiera comprar un carro y se alegra cuando puede acompañar el almuerzo con un Té Lipton, sabe perfectamente que está vendiendo humo.

De humo habla el muchacho. “Yo soy asmático, y las veces que me he ahogado con las bombas me pregunto siempre por qué estoy aquí”, le cuenta al periodista, que inmediatamente le pide que responda la pregunta. “Yo lo hago porque el año pasado me robaron tres celulares. Eso en parte. Y porque aquí, como te digo, no hay futuro para nadie”. Siguen hablando de cualquier cosa, hasta que caen en el tema de la represión. “¿Lesa humanidad es que se llama eso, no?”, le pregunta el muchacho para luego subirse el pantalón y mostrarle una herida que ya cicatriza. “En el momento yo pensaba que era un bombazo. Pero cuando me lo revisaron tenía un hueco. Yo estaba cagao, porque era un hueco como de dos centímetros, y yo creí entonces que era un balazo. Pero fue una metra”. El periodista, que se acuerda de su amigo escritor, no puede dejar de pensar que a los 15 la imagen que él tenía de las metras era la de un juguete y no la de un arma. La herida del muchacho tiene casi un mes y recién es que comienza a cerrar. “Yo de ocioso me metía el dedo gordo y me entraba. Ya no me duele ni nada. Pero le falta todavía, porque perdí mucha piel”.

Inmediatamente, el muchacho se señala la ceja. “¿Y eso?”, pregunta el periodista al verle otra herida. “Un perdigón, o bueno, no sé, algo. Los paramédicos que me atendieron me dijeron que podía haber sido un tuercazo, porque la herida estaba llena de aceite”. El periodista alucina. “Yo estaba al lado de un escudero en la autopista. Y en una de esas que me moví escuché algo que sonó zzzzz y me pegó entre el lente y el casco. Escuché el sonido y todo. Ahí mismo comencé a botar sangre. Mucha sangre. ‘Estoy herido, estoy herido’, grité. Y me llevaron en una moto. Quedé tan loco en el momento, que no me di cuenta de que habían sido unos panas los que me rescataron”. Al periodista le inquieta saber si después de tanto no tiene miedo, que es un tema que lo obsesiona. “No. O sea. Ahora estoy guerreando atrás de los escuderos, antes era al lado, pero ya no”. Entonces, le pregunta por su familia y cuán enterados están. “A mí mamá ahora le tengo que inventar una labia para venir para acá. Las primeras veces se lo contaba todo. Hablábamos como si fuéramos amigos. Pero por culpa de esto [se señala la pierna] ya no. Ese no lo pude ocultar. El de la cabeza sí. Me puse un gorro y no se veía. Y cuando ya estaba más desinflamado, dije que fue jugando futbol”.

El rescatista pasa y los encuentra sentados hablando. El muchacho pregunta por el terrorista. El rescatista dice que no sabe nada, pero que debe estar abajo guerreando. El muchacho entonces dice que él mejor va a ir marcando la milla antes de que se haga de noche. El periodista, que no suele ser simpático ni afectuoso, se despide con un abrazo. “Cuídate mucho, chamo”, le dice, y lo hace con genuina preocupación. El muchacho, con su cara de niño perdido y su uniforme de liceísta, promete hacerlo, sonríe y se va. El periodista lo ve alejarse y se acuerda de Hemingway en ‘¿Por quién doblan las campanas?’. No tiene la cita exacta pero sabe por dónde va: el lujo que era, en la guerra, volver a ver a alguien de quien se había despedido. Y aunque sabe que no es la guerra, comienza a dudar de si algún día podrá volver a ver a los tres juntos de nuevo.

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#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

FOTO: Reuters

Son esbirros

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Desesperación es una palabra que se escribe, lee y pronuncia muy fácil, para lo duro que es vivirla. Y ayer en la autopista les tocó a miles. La marcha que pretendía llegar a la Cancillería bajó por la Francisco Fajardo y comandada por varios de los diputados jóvenes (Olivares, Pizarro, Mejía) se detuvo bastante antes de donde se encontraba en piquete de la Guardia Nacional Bolivariana. Tan antes que éste ni siquiera se veía y su presencia allí era solo una presunción que tenían algunos. Durante casi veinte minutos se mantuvo en hipótesis, hasta que la montaña fue a Mahoma y las tanquetas, ballenas y pelotones comenzaron a avanzar, ellas solitas, hacia la marcha. Paciente y diligentemente, a voz en cuello, los diputados lograron sentar en el hirviente asfalto a los manifestantes y les ordenaron levantar las manos. “Qué se vea quiénes son los violentos”, dijeron. Y cuando la tanqueta, a metros ya de pisar a algunos, escupió su primera bomba sobre un montón de gente sentada con las manos en alto, e inmediatamente la ballena los barrió, quedó más que claro.

No es que tras sesenta días de protesta y por lo menos treinta de ellos con una represión cada vez más salvaje alguien pudiera espera algo distinto, pero de todos modos no deja de ser tremenda la imagen de unos tanques de guerra arremetiendo contra un montón de gente sentada con las manos arriba. Que a ellos no les importe, que se hayan asumido ya como esbirros de una dictadura y en consecuencia actúen, eso es otra cosa. Pero la imagen queda y es brutal.

Lo que vino después no fue tampoco mucho mejor. Tras acaso diez minutos de enfrentamiento, tuvo lugar una emboscada feroz. La gente que retrocedía se encontró de repente con una pared de humo blanco en el Distribuidor Ciempiés y se fue corriendo a la salida de Las Mercedes, que en un instante se cubrió también de humo blanco. Entonces se tuvieron que devolver, con las tanquetas disparando bombas a apenas unos metros. Ya no era miedo, sino pánico. Las personas se atropellaban, gritaban, empujaban, tosían y lloraban. Corrieron como pudieron (entre el ahogo, la asfixia y la poca visión) hacia la única vía de escape que les dejaron disponible (y si la dejaron fue porque no era exactamente una vía de escape): una pared de altura considerable que daba a El Rosal.

“¡Es un precipicio, es un precipicio!”, gritaba desesperado un hombre que intentaba devolverse mientras la multitud de gente se lanzaba hacia él. Aturdida, una muchacha de gorra tricolor y pañuelito en la nariz, salía espantada del grupo luego de ver la altura del muro y corría, perdiendo fuerza en cada paso, autopista arriba, directamente adonde estaban otros Guardias. La gente le gritaba, pero ella solo atinaba a dar tumbos sin entender nada. Precipicio abajo, iban cayendo escudos, bolsos, cascos y personas. Era una pared de acaso dos metros, pero era lo que había. Ejecutando bien el salto, , agarrándose del borde, intentado deslizarse por la pared y doblando las rodillas al caer, puede que no resultara peligroso. Pero no había tiempo para eso. Las tanquetas avanzaban, las bombas caían en el borde y una turbamulta de gente empujaba por salvarse. Y salvarse era lanzarse a ese vacío o ser empujados hacia él, como les sucedió a varios que una vez en el borde, viendo la altura, asustándose de ella y queriendo devolverse tuvieron igual que caer porque la multitud de atrás estaba todavía más asustada por ver a los Guardias cerca.

Abajo, cada quien aterrizaba como podía: unos de pie, otros de rabo, algunos de mano e incluso unos sobre otros. La mayoría terminaba cojeando y no faltaron los que una vez caídos ya no pudieron caminar y tuvieron que ser llevados a hombros por los demás. Por algunos minutos, esa pared dio la imagen de ser una cascada, hecha no de tiempo y agua, como el río de Borges, sino de gente que caía, caía y caía. Abajo quedaban muchas de sus pertenecías, sobre las que aterrizaba entonces más gente, a veces triturándolas y dejándolas inservibles. Daba igual, eran pocos los que después de la caída se devolvían a buscar algo: lo suyo era caer y correr calle arriba, lejos de las bombas, de las detonaciones, de los Guardias. Maltrechos, lesionados, con raspones, rasguños y roturas, pero lejos de los Guardias, que cuando desde la base aérea La Carlota dispararan metras y tuercas de frente, y robaran a un fotógrafo, se terminarían de confirmar como los esbirros que son.

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#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

FOTO: El Pitazo

La tragedia de Altamira

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Tras casi sesenta días de protesta y no pocos de ellos en la autopista se han ido creando leyes no escritas que se encuentran compiladas en un librito tan inexistente y a la vez fundamental como el del béisbol. Y dice el librito de las protestas que nunca, pero nunca (lo resalta en rojo, como las rúbricas del misal romano), se debe ir a Las Mercedes. ¿Por qué? No lo especifica. Pero una nota al margen indica que ha sido allí donde han asesinado a dos de los manifestantes caídos en Caracas y donde siempre hay una buena cuota de heridos de gravedad. Tanto así que si la leyenda de Sleepy Hollow hubiera que ambientarla en Caracas, no podría haber otro puente sino ése, el de Las Mercedes, para marcar la frontera a partir de la cual aparece el hombre sin cabeza: cualquiera de los que hemos vivido este tiempo de horror daría por verdadero sin poner mucho ‘pero’ cualquier historia que contara que allí hace de las suyas el espanto de algún caído de guerra.

Fue por eso que cuando ayer (#29M) una nube de humo cubría la autopista a la altura del CCCT y otra hacía lo propio a la altura del hotel Aladdin, y la gente, desesperada y emboscada, saltaba las defensas y corría hacia Las Mercedes, este cronista optó hacer caso del librito (de modo parcial, ya que éste ordena salir siempre por Altamira, pero eso era en su edición pre-emboscadas, que fue una de las primeras) e irse a contravía de la masa y salir por una reja que da a una calle de El Rosal. He allí el motivo por el cual ésta de hoy no será exactamente una crónica de guerra (ayer, que se sepa –y no todo se sabe siempre– hubo casi 250 heridos, 76 por perdigones y 65 por metras) aunque tampoco le faltará su toque de barbarie, que fue, de alguna manera, lo que se vivió en Altamira (donde desembocó la parte que salió por El Rosal y otras zonas) y no precisamente (o no solamente) por parte de los cuerpos de seguridad.

Durante más de una hora, Altamira había sido una zona plácida. Mientras de Las Mercedes llegaban reportes preocupantes, en la plaza corría una brisa fresca, la gente hablaba sentada en los bancos y los encapuchados descansaban. Un grupito pequeño había intentado quemar algo y montar una barricada cerca de la Torre Británica, pero eran apenas unos pocos y al rato, por falta de estímulo y de gente, desistieron y dejaron Altamira Sur tranquila. Pero a un cuarto para las cinco tanta paz se rompió: alguien corrió, a ese alguien le siguió otro, al que se le unieron algunos, que luego se convirtieron en varios y terminaron siendo casi todos: una multitud que huía plaza arriba. En dirección contraria corrieron los encapuchados, que con los lentes a medio poner y las capuchas a medio amarrar, se dirigían raudos a ver qué sucedía en Altamira Sur, mientras un enjambre de motorizados llegaba a la Francisco de Miranda. El pitido de las cornetas se unía con el sonido metálico de las rejas y postes, que eran golpeados insistente y cadenciosamente con piedras, en esa especie de campanada moderna con la que se alertan en la plaza.

Dos minutos después, sin embargo, nadie podía explicar lo que había pasado. “Es que uno está de a toque”, era la respuesta de una mujer que se ponía la mano en el pecho y se reía aliviada. Ese sentimiento le duraría poco: al rato las luces amarillas de las motos de la GNB comenzarían a brillar en Altamira Sur para demostrar que cuando en Altamira los postes suenan…peligro viene. Y cuando minutos después las motos subieran hasta la Francisco de Miranda, causando ahora sí una auténtica estampida en una sola dirección, y agredieran a un manifestante adulto, que no corrió y recibió en la Francisco de Miranda, desarmado e indefenso, varios golpes por parte de algunos Guardias, que se despidieron disparando algunas lacrimógenas, todo se comprobaría.

“Yo en ese momento estaba orando”, contaba después una mujer acaso sesentona y seguramente evangélica, “¡Llévate, Señor, a esos demonios! No permitas que le hagan mal a ese hombre. Y un muchacho me llamó, yo fui hacia donde él, y a lo que me moví cayó la bomba donde estaba parada. ¡Imagínese! Me hubiera podido matar. Eso fue un ángel”, proseguía. Su testimonio tenía lugar en medio de una discusión entre señoras sobre la cantidad de “muchachitos” que había en la plaza. “Mis dos hijos están en el liceo y les tengo prohibido que vengan para acá. Ellos están en la casa y yo les he dicho: si van a matar a alguien que me maten a mí”, explicaba mamá gallina. Su interlocutora le replicaba que sí, que eso estaba bien, pero que había muchos que no tenían padres y qué se hacía. “No. Pero es que hay demasiado liceísta. Eso no puede ser”. A la discusión se unía otra mujer que agregaba que también había mucho malviviente. “Esta plaza en 2015 la limpiaron. Y ahora ha vuelto a estar repleta de niños de la calle, de malandritos y de indigentes”

Todo ello tenía lugar en la esquina del hotel Four Seasons, donde un grupo de encapuchados acababa de detener una camionetica, bajar a los pasajeros (“eso les pasa por no protestar”) y llevarla para Altamira Sur, acaso para trancar e impedir (o al menos dificultar) la subida de las motos. Eso, que en Román paladino se llama secuestro, se repitió unas tres o cuatro veces más: a otra camionetica le bajaron los pasajeros pero la dejaron girar en ‘U’ por la Francisco de Miranda en dirección este; a un camión del aseo se lo llevaron a Altamira Sur, a otro lo retuvieron largo rato en esa esquina y tras una larga negociación (“yo soy de aquí, yo no conozco esto”, alegaba el conductor) lo dejaron ir, y a otro que decidió no obedecer y huir a toda velocidad lo persiguió cuadras arriba una verdadera tropa de motorizados con encapuchados de parrilleros.

El clímax de lo reprobable llegaría a eso de las 6 de la tarde, en forma de cajas anaranjadas fosforescentes con zapatos RS21 nuevecitos, provenientes de un camión saqueado abajo.

“Toma, mami, ve a ver si te quedan”, le dijo un parrillero encapuchado a una muchacha tras lanzarle una caja. Ella, tímida, la abrió y se encontró con unos tennis morados de fábrica. “Ay, yo no sé si eso estará bien o no”, se preguntaba. Una indigente, digna de Víctor Hugo, le resolvería el problema moral a punta de pragmatismo: “Agárralo. Eso es un regalo. No tiene nada de malo”, mientras corría rauda para Altamira Sur con la esperanza de encontrar unos para ella. Allá abajo se congregaban infinidad de motorizados (casi tantos como cuando apareció la Guardia) que luego subían con cajas (e incluso cajones) de zapatos. Sin embargo, los grados de civilidad aumentaban con la subida: eso que abajo era una fiesta, arriba lo condenaban.

“Eres un maldito ladrón”, le gritó, indignado y sentido, un moreno grandote a un pálido adolescente que iba con varias cajas de zapatos. De un manotazo, el moreno las mandó todas para el suelo, mientras el muchacho, que parecía a punto de llorar, sólo atinaba a balbucear unas palabras antes de echar a correr con apenas una de las casi cinco cajas que llevaba. Escenas similares se repitieron en Altamira Sur entre quienes justificaban el saqueo y los que lo reprobaban. En la plaza, sin embargo, el repudio era unánime. Un hombre, acaso líder de Altamira, se subió a la fuente del obelisco, congregó alrededor de él a varios de los muchachos y entre gritos, groserías e insultos les juró que ni un vaso de agua les iba a dar de nuevo donde se volviera a repetir algo así. Lo mismo una mujer, más indignada todavía, que se puso memoriosa y les recordó que era ya el tercer camión saqueado, y que con ello lo que hacían era desvirtuar totalmente lo que era la protesta. “Ustedes lograron ganarse más respeto que la MUD. Se hicieron un nombre, la gente los aplaudió, los quiso, los apoyó, y ahora están mandando todo a la mierda”, les gritó casi a punto de llorar. “Se están convirtiendo en colectivos del este”. A lo que ellos replicaron que no, que ya va, que tampoco así, que ellos no están armados y que seguro eran infiltrados los que hicieron eso. “¿Y si son infiltrados por qué no los paran? ¿Por qué no los detienen? ¿Por qué se les suman? ¡No, pana, qué arrechera!”.

Abajo, en la esquina de la plaza, un moto taxista, con esa sabiduría que da la calle (o la salsa, o las dos), resumía admirablemente la que empieza a ser la tragedia de Altamira: “Se están convirtiendo en lo que criticaron”. Probablemente no habría leído a Nietzche pero iba en su misma línea. “Quien con monstruos luche, cuide de convertirse a su vez en monstruo”, advirtió el alemán en mil ochocientos, y casi dos siglos después sus palabras siguen vigentes. “Quien con monstruos luche” es un héroe, y en Altamira los ha habido valientes hasta arriesgar la vida por la causa de la libertad; pero tras dos meses, el envilecimiento, que también juega, los está convirtiendo en monstruos bolivarianos, con algunos de sus patrones delicuenciales. Y en esa dualidad se están moviendo.

En la plaza están pasando cosas, algunas de ellas graves, y alguien (no la dictadura ni tampoco los que les aplauden y justifican cada acción a los muchachos, sino quien de verdad los quiera) tiene que hacer algo, so pena de que ésta termine siendo esa clásica tragedia latinoamericana de jóvenes cuya sed de justicia se terminó saciando con la sangre de los ajusticiamientos que luego ellos cometieron; de románticos universitarios que terminaron convertidos en crueles guerrilleros; de buenas y nobles intenciones que trastabillaron en el camino y terminaron empedrando la vía que conduce al infierno donde arden los héroes que se mimetizaron en su némesis.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

Lido

El heroísmo y el interés

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Ayer (#30M), la nobleza y la miseria se encontraron en un mismo piso del Centro Lido, refugio de cientos de manifestantes que huían de la PNB cuando ésta pasaba con sus motos a disolver la pequeña marcha estudiantil que pretendía llegar al Ministerio del Interior y terminó, como siempre, varada en Chacaito.

Desde una de las barandas del centro comercial, un grupo de manifestantes pudo ver cómo unos PNB pretendían llevarse detenido, al otro lado de la Francisco de Miranda, a un compañero. Y a pesar de que minutos antes comentaban que ni que pasara lo que pasara saldrían de allí para caer presos (“mira la cantidad de motos que hay, mano”) al ver a uno de los suyos necesitado, más pudo el sentimiento de solidaridad y compañerismo. Los que estaban abajo salieron a la avenida y los de arriba lanzaron piedras. La reacción sorprendió a la PNB y los descolocó. El muchacho quedó libre y fue rodeado por los fotógrafos, mientras los policías, entonces, arremetían contra el centro comercial  y disparaban bombas y perdigones hacia él.

Mientras eso sucedía, una mujer clamaba histérica contra los manifestantes. “Dejen de lanzar piedras a la policía, quítense de allí. No están dejando trabajar a las muchachas. Y yo tengo que comprar mi pasaje”. Las muchachas eran las empleadas de una agencia de viajes que se encuentra cerca de uno de los balcones del Centro Comercial, y el pasaje un boleto aéreo con destino internacional.

Un extraterrestre hubiera dudado, seguramente, de si aquellos muchachos valerosos que salieron a rescatar a su compañero y la mujer cuya única preocupación era que no lo hicieran para poder comprar su pasaje, pertenecían a la misma raza. Y habría entonces que explicarle que sí, que eso es parte de la condición humana, que somos capaces de lo mejor pero también de lo peor, y demás cosas. Para que no se quedara con tan mala imagen y viera que no todos los que viajan son de esa ralea, habría que haberle presentado a ese otro muchacho que estaba en el Lido y está a cuatro días (tres al publicarse esta crónica) de irse del país, y quema sus últimas horas protestando (“y exponiéndose”, en palabras de su nerviosa madre, que lo acompañaba ayer y juraba que pasara lo que pasara no iba a dejar que a su hijo lo agarrara la PNB).

Pero en Venezuela no todos pueden comprar un pasaje e irse. Algunos (la mayoría) por falta de recursos y otros porque lo tienen prohibido. Como uno de los encapuchados que estaba en la baranda, detenido (y torturado) en 2014 y desde entonces con país por cárcel. “Así claro que es fácil. Compra pasaje, se va y listo. Pero yo no me puedo ir. Este país es lo único que tengo”.

Un país que a esa hora de la tarde, en el día sesenta de protesta, no lucía tan esperanzador como en otras ocasiones: la marcha había sido más bien pequeña y la habían disuelto bastante rápido. Apenas cayó la primera lacrimógena, a las 2:30 de la tarde, el grueso de ella retrocedió en desbandadas, dejando apenas a unos pocos muchachos adelante, a quienes en menos de una hora ya la PNB había corrido del lugar. De aquellas jornadas épicas y duraderas de tres y hasta cuatro horas de resistencia parece haber cada vez menos: la represión es cada día mayor y la gente (y más entre semana) sale menos. Pero todavía sale. Y eso no deja de asombrar. El ejercicio de resistencia (si bien corto, si bien menos heroico, si bien disminuido) no ha cesado. Y en el día sesenta (¡60!) eso fue palpable, a pesar de que la lucha no sea ya sólo contra los cuerpos de seguridad, sino también contra la indiferencia y el egoísmo de algunos.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

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#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

-#29M: La tragedia de Altamira.

50DIASWEB

50 días después

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

50 días después, la oposición tiene por fin un sistema de audio decente. Para ser oligárquica, elitista, millonaria, acaudalada y opulenta, y para y estar financiada por el gran capital internacional, como siempre denuncia el gobierno, se había mostrado, durante estos casi dos meses de protesta, bastante modesta, cuando no pobre. Bastaba solo ver las tarimas que usaba (apenas plataformas elevadas en el mejor de los casos, cuando no techos de camionetas en el más común de ellos), las cornetas que tenía (pocas y con un sonido peor que el de cualquier parlante de colegio) y la cara alelada de los manifestantes que apenas a dos cuadras de distancia ya no escuchaban nada de lo que decían sus dirigentes, para darse cuenta de que algo no cuadraba en la suntuosa versión oficial.

Para el día 50 de protestas, fecha redonda, la tarima no es impresionante pero al menos es digna de ese nombre. El audio sí es más elogiable y se extiende en por lo menos cuatro camionetas a lo largo de la autopista Francisco Fajardo, lo que al menos garantiza que una mayor parte de la gente entenderá y escuchará lo que les digan sus líderes pasada la 1 de la tarde (casi tres horas después de la convocatoria), ya que la demora entre la hora pautada y el inicio de los eventos es algo que se ha acentuado con los días y ya todos aceptan y toman como normal.

La escena que más se repite durante el recorrido es la de manifestantes dándoles provisiones a los encapuchados. Tras 50 días de protesta, por más que Reverol y compañía se empeñen en llamarles terroristas, ellos no causan ni miedo ni repudio en la gente, sino todo lo contrario: por donde pasan son aplaudidos, mimados y proveídos. En medio de la autopista, un hombre y su esposa les dan cuatro lentes de natación a unos de ellos. Y antes de que el ministro levante la ceja y vea allí la existencia de una red clandestina de provisión de municiones, la mujer da la explicación: “Esos los encontramos en un closet. De cuando mis hijos hacían natación”. No son los únicos: más adelantes otros manifestantes les dan comida, agua e incluso cascos. Lo que necesiten.

“Si ellos son terroristas, ¿qué éramos entonces nosotros?”, se pregunta con ironía un hombre entrado en años. Lo dice con conocimiento de causa: participó en la guerrilla de los sesenta. “Si quieren hablar de guerra que hablen. Pero esto no es una guerra, en todo caso es una guerra asimétrica: ellos están desarmados, los otros no”. ¿Y las piedras, las molotov, los cohetones, las bombas de pintura, qué son? El hombre se ríe. La pregunta le hace gracia. “Con una tanqueta en frente eso no es nada. Es que mira. Armas tuvimos nosotros, que nos las mandaban de Cuba y de la Unión Soviética. A nosotros sí nos armaron. Y teníamos montadas redes en los barrios, con los malandros. Guillermo García Ponce fue el que ideó todo eso. A mí no me van a venir con cuentos. Estos muchachos lo que están es dejando la vida”.

II

María Corina Machado comienza a hablar a las 2:04 PM. La han precedido una serie de oradores más bien discretos: el grueso de los dirigentes se encuentra en otros estados. Va vestida como siempre: suéter blanco manga larga y el cabello recogido con una cola. Habla, también, como siempre: con fuerza y convicción. Firmeza será invariablemente una buena para describirla. Grita y se le hinchan las venas del cuello. “En estos cincuenta días hemos derrotado a la dictadura”, arranca, y la gente se emociona. ¿Ve María Corina cosas que otros no? La interrogante es inevitable al ver la seguridad con la que habla y lo rotundo de lo que afirma: “Estamos en vísperas del fin de la dictadura. Se acerca la hora definitiva”. En el discurso asoma una propuesta nueva: la firma de un gran acuerdo político, un pacto republicano de todos los sectores, que traerá prosperidad al país. Usa imágenes esperanzadoras: campos produciendo, supermercados repletos de comidas y aeropuertos llenos de exiliados que vuelven. La gente cae rendida. “Dios los bendiga, ha llegado la hora de la libertad”. Amén, le responden.

A ella le sigue, para cerrar el acto, Henrique Capriles. Cuando se asoma a la tarima, lo recibe una multitud de aplausos. Pero Lilian se le pone al lado y la atención de la gente se divide. Unos gritan el nombre de ella y otros el de él. Hábilmente, Henrique le levanta la mano a Lilian. La imagen dura segundos. Inmediatamente, ella le agarra la mano al que tiene al lado, sin importar quién es, y se la sube. Al rato, ya no es Capriles levantándole la mano a Lilian sino todos levantándose las manos unos a otros. Entonces Henrique, que tras cincuenta días de protesta no se ve precisamente fuerte ni saludable, comienza a hablar con una voz que es cada vez más ronca y débil. Pero el hombre deja la vida en la alocución. Agarra el micrófono con la izquierda y la derecha la mueve como un látigo cuando quiere hacer énfasis. A veces, se sacude todo él.

Aunque sigue estructurando sus discursos de la misma manera lógica y coherente de las entrevistas (el esqueleto de la alocución son los 5 puntos que pide la oposición), en esta oportunidad Capriles está en otra frecuencia, y ello será notable cuando empiece a adjetivar e insultar a Maduro. “El más grande coño’e madre está en Miraflores”, dice, y la gente lo celebra a rabiar. A partir de allí comienza con una andanada de expresiones fuertes: bandido, vagabundo, vas pa’fuera, incluida la ya dicha mentada de madre, que repetirá varias veces más y que la gente coreará al son que él, bajando el micrófono y levantando repetidamente la derecha, cual cura pidiendo que canten en misa, les indique.

Cuando el discurso se le alarga y la gente le pide marcha, él los complace. “Claro que vamos a marchar. Y el primero que va a hacerlo soy yo. Allá adelante. De primero. Peso 70 kilos pero le echo bolas”. La gente no para de celebrarlo. La versión brava de Henrique gusta. Tiene palabras para Leopoldo (líder fundamental, lo llama) y para los muchachos de la resistencia. “Les dije que era cuestión de tiempo para que nos encontráramos. Y aquí estamos. En la calle”. Entonces se acuerda del Revocatorio y allí sí levanta el dedo y dice, en ese examen de conciencia público que ya suele ser común en él, que nada de esto hubiera pasado si se hubiera permitido esa salida que él propuso. Pero ni modo, se la quitaron y a la calle van.

El acto lo cierra el ya conocido violinista de las marchas, con la interpretación del himno. Si de adjetivar se trata, habrá que decir que sublime. En medio de la multitud, el himno suena inmenso. Una indigente, mujer madura de cabellos amarillos que viste unos pocos andrajos rotos y sucios que dejan sus hombros descubiertos, se detiene al escuchar las notas del violín y se pone la mano derecha en el pecho. Reminiscencia quizás de la niñez y de su educación, canta el himno con fuerza. Cuando viene la parte de aquel pobre en su choza que libertad pidió, ella alza el puño. Tal vez se siente identificada. En “Gritemos con brío: ¡muera la opresión!”, que es el clímax del canto, lo que todos entonan con fuerza, ella se emociona, vuelve a levantar el puño y lo sacude. La interpretación acaba sin la última estrofa, pero ella, mano en el pecho, la sigue cantando sola. Se sabe el himno completo. Al terminarlo, alza las dos manos y como si lanzara estrellas desde ellas, las abre y cierra, para seguir su camino errante.

III

Alcanzar a Miguel Pizarro, Rafael Guzmán y a José Manuel Olivares, que caminan juntos e intentan llegar a la cabecera de la marcha, es una tarea que requiere condiciones de maratonista. Los tres diputados van a paso rápido y no se detienen. Stalin González, que en algún momento iba con ellos, se queda atrás. Por más que el jefe de la fracción parlamentaria de la oposición intenta alcanzar a sus compañeros, se le hace imposible. Stalin trota, acelera el paso, suda a mares y al rato desiste. Mientras tanto, Pizarro, Guzmán y Olivares son saludados, elogiados y aclamados por donde quiera que pasan, casi igual que los encapuchados.

Cuando la salida de Chacao está próxima, los tres diputados se montan en las defensas de la autopista y comienzan a indicarle a la gente la ruta a tomar: calle Galarraga, avenida Francisco de Miranda, Chacaito y avenida Libertador. Es una ruta teórica, que en la práctica llega hasta Chacaito, como en efecto sucede. Una vez allí, y sin que medie palabra alguna, la PNB comienza a disparar bombas lacrimógenas. 50 días después, ya no hay espacio para el disimulo. El ataque es inclemente: las bombas comienzan a llover del cielo en todos los sentidos y direcciones, cayendo en cualquier parte. Inmediatamente, Chacaito se cubre de ese humo blanco, químico y picante. Los jóvenes retroceden entonces y comienzan a hacer uso de la que es su nueva arma: los cohetones. En algún momento, hacen estallar lo que parecería una munición digna de Madeira un 31 de diciembre. El estruendo es estremecedor y todo Chacaito se remece. Tras 50 días de protesta, esa es la única novedad. De resto, y por las próximas dos horas, todo seguirá la dinámica natural y violenta del enfrentamiento clásico.

IV

Cerca de las 5:20 PM, un montón de manifestantes pasa corriendo gritando ‘moto’. Es la palabra maldita, la que asusta a todos. Significa que ya la PNB (o la GNB, según sea el caso) se ha hartado de enfrentamiento y va a pasar barriendo lo que queda. Suele suceder siempre al final de la tarde. Si causa tanto miedo, es porque allí es cuando se llevan detenidas a las personas. Por eso corren tanto los que pasan a mi lado. En apenas cuestión de segundos veo a dos muchachos cayéndose, siendo pisados y haciendo caer a otros, un teléfono amarillo salta de algún bolsillo y también es pisoteado, los escudos van cayendo (siendo arrojados más bien) y hasta un zapato queda suelto. Yo camino lo más rápido que puedo hacia un edificio con la reja abierta. Con chaleco, máscara y casco correr no es opción. No debería haber tampoco necesidad de ello siendo prensa, pero tras 50 días de protesta ya se sabe que los cuerpos de seguridad no respetan.

En la entrada del edificio hay un embudo de gente. La reja y el pasillo son estrechos y no pocos quieren guarecerse allí. En medio del apretujamiento para entrar, siento que alguien está agarrando mi teléfono. El primer pensamiento, como lo llevo en la mano, es que se trata de alguien que por error, producto de la situación, se agarró de mí. Pero la presión sigue y es cada vez más fuerte. Ya no me cabe duda de que hay alguien queriendo quitarme el teléfono de la mano. Tengo gente a los lados, adelante y atrás. Todos empujan. Sigo agarrando duro el teléfono y me lo siguen jalando. Cuando volteo veo que es el brazo uniformado de un oficial de la PNB. Hay un montón de ellos en la puerta del edificio, detrás de nosotros. A mí me tratan de quitar el teléfono, pero a los otros muchachos los quieren sacar del edificio. Cada quien está librando su batalla. Mi primera reacción es de asombro. Lo había visto en los videos, lo había leído en reportajes, pero está pasando: un oficial de la PNB me está intentando robar el teléfono. “¿Estás loco, pana? ¿No ves que soy prensa?”, le grito. (“¿Estás loco? ¿No ves que eres policía?”, debió ser en realidad la frase). Pero él sigue jalándolo. Yo lo tengo mejor agarrado que él. Y no hay caso. Entre empujón y jalones me lo logro quedar. La pantalla está astillada, pero lo tengo. Inmediatamente responde con dos golpes en la cara. Es la represalia por no dejarme robar. Tengo máscara, casco y los golpes vienen de atrás. Imposible saber si fueron con los pies, con los puños o con qué. El primero le vuela los filtros a la máscara y la mueve, el segundo me da en la cara. Todo sucede demasiado rápido como para procesarlo. Hay detonaciones, hay gritos, sigue habiendo empujones, desesperación. Yo continúo repitiendo que soy prensa, por si acaso. Estoy ya en el borde de la reja y logro entrar al edificio. El pasillo es angosto y oscuro, y sigo de largo. Al voltear, veo que alguien está intentando cerrar la reja. No sé si lo logra. Yo voy escaleras arriba.

Al subir por los pisos, sólo se escucha una cosa: las puertas de los apartamentos cerrándose. Los vecinos están aterrados y no quieren dejar a nadie entrar. En el último piso, donde la escalera ya no da para más, se agrupa todo el mundo. La imagen de la endeble y vieja reja negra está en la mente de todos. Es la única protección que hay a esa hora y de dos patadas se abre. Las escaleras son oscuras y no tienen luz de ningún tipo, apenas unos agujeros que dan a la calle de atrás y por los que se cuelan sonidos de detonaciones, gritos, llantos, cacerolas. Por cada uno de ellos envejecemos un año todos. No es lo mismo escucharlos estando en la calle y sabiendo lo que pasa, que escucharlos allí sin tener idea de qué pueden ser. La incertidumbre y la desinformación elevan el miedo a la enésima potencia.

“Pilas que la PNB está parada en la puerta”, advierte un encapuchado que viene subiendo: es un muchacho flaco que logró, metiéndoseles entre las piernas, escapárseles a los policías y entrar en el edificio. “Si no, me hubieran llevado”. Que nadie se asome, que todos hablemos bajito, que hagamos el menor ruido posible. Son precauciones que parecen inútiles tomando en cuenta que nos vieron entrar y saben que estamos allí. El silencio hace que el ruido de la calle suene más dramático aún. Comienzan a gestarse planes de contingencia en caso de que suba la PNB: llamar al ascensor, meterse dentro de él y marcar el ‘stop’ en un entrepiso; subir a la azotea; buscar los maleteros; abrazarse a la baranda de la reja y dar patadas hasta más no poder. Cada uno se revela más improbable que el otro: el ascensor está dañado, nadie sabe por dónde se sube a la azotea, el edificio no tiene ni sótanos ni maleteros, y con lanzar una lacrimógena en el pasillo ya nos asfixiarían a todos y no podríamos agarrarnos de reja ninguna. La realidad es una: estamos a merced de lo que los funcionarios que están abajo quieran hacer.

El grupo de los que estamos en el edificio es variopinto, y está compuesto, en su mayoría, por encapuchados y manifestantes adultos. Hay otro periodista, que perdió el reloj (o se lo robaron) en el forcejeo, y dos funcionarios de Protección Civil. Son ellos los que atienden a un herido que tienen arriba con un perdigonazo disparado a quemarropa: la herida, un agujero prominente en el omoplato, no sangra y está cubierta de negro. “Hay que eliminar todo ese tejido contaminado por la pólvora”, explica el paramédico, “y eso no podemos hacerlo aquí”. Hay que sacarlo. El muchacho entra en pánico. Prefiere morirse allí antes que salir a la calle y que la PNB se lo lleve. La situación no es tan apremiante tampoco. Pero los paramédicos no dan garantía de nada: al salir, con o sin heridos, puede pasar cualquier cosa. Tendrán que pasar varios minutos, largos y tensos, hasta que todo afuera se quede en silencio, un vecino baje a inspeccionar la zona y nos de la luz verde para sacar al herido e irnos nosotros. 50 días después, todavía seguimos en dictadura.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio” 

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

AGUAWEB

Agua, perdigones y miedo

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

“Causa, a esa ballena la afinaron hoy”, le dice un encapuchado a otro pasadas las 3 de la tarde en una acera de Altamira Sur. Uno está sentado y el otro acostado, y como es normal tras una jornada de protesta, comparten sus historias (más bien tragedias) de represión. “Yo pensé que me le iba a poder enfrentar. Y nojoda. Me llevó. Parecía una barajita”, continúa. “Sí, vale. Esa bicha estaba disparando duro. Primera vez que nos la lanzan tan de frente”, le responde. Un tercero se acerca. “Papi, ¿estás bien?”, le pregunta al que está acostado. (‘Papi’ es el nuevo vocativo masculino caraqueño). “Sí. Pero sendo perdigonazo me metieron en la pierna”, le explica y le señala el lugar del impacto. “Sí, papi. Yo vi cuando te estaban sacando en la moto. Luego de eso guerreé preocupado. ¿Seguro que estás bien?”. “Tranquilo, no fue nada”, le responde. Pero cuando trata de sentarse y cierra los ojos, muestra los dientes y se queja, queda claro que en realidad cuando dijo ‘no’ era ‘sí’, y cuando dijo ‘nada’ era ‘bastante’. “Mosca, pues, papi. Eso no me gusta. ¿Te funcionó la máscara?”. “Calidad”, le responde. “Pendiente con eso, pues”. Le da la mano y se va.

La conversación, en principio una de tantas, tiene dos de los elementos claves que explican cómo la Guardia Nacional rompió este jueves el récord de desalojo de autopista. Son registros oficiales de la libreta de este cronista que a las 2:08 PM fue disparada la primera bomba en la Francisco Fajardo, y que a las 3:15 PM ésta ya se encontraba prácticamente sola. Es decir, que lo hizo, segundos más, segundos menos, en una hora siete minutos.

¿Cómo?

Con agua y perdigones.

A diferencia de otras oportunidades, esta vez hubo más ballenas (9) que tanquetas (5). Y a diferencia, también, de otras oportunidades, la ballena no perdió mucho tiempo levantando en el cielo esa fotogénica columna de agua blanca que con un criterio más estético que funcional solía alzar en el horizonte para deleite de fotógrafos y lejanos espectadores. En esta ocasión fue de lleno y de frente contra los manifestantes (y los periodistas), que efectivamente, con o sin escudo, se desplazaban como barajitas.

Esta vez, también, la PNB echó una ‘ayudaíta’ desde el elevado de Las Mercedes, donde disparó perdigones. Allí puede que se haya decidido la suerte de la manifestación: si ya la primera línea de protesta, en la que se pelea de frente, es un maremágnum en el que van volando bombas a gran velocidad y en cualquier dirección, en el que hay que caminar hacia atrás, sin dar la espalda nunca, viendo siempre de frente y con el oído aguzado para detectar el sonido de esa otra bomba que viene de lado y no se ve, cuando a eso se le suma un segundo frente lateral desde el que disparan perdigones, entonces se pasa del riesgo de ser herido a la certeza de serlo en breve de continuar allí y no queda otra sino retroceder.

En ese tramo el retroceso fue rápido. Luego retomó su ritmo natural en los puentes del CCCT para volver a agarrar velocidad en La Carlota, desde donde dispararon gas y perdigones nuevamente. Ya para ese momento, era mucha la gente que había salido por Chacao (en donde los emboscarían, porque ayer la GNB estuvo en todas partes) y el resto de los manifestantes terminó de subir a las 3:15 por Altamira, donde sin saberlo, dos víctimas de los hechos, en una conversación casual, darían con la clave de lo sucedido.

Sin embargo, tanto en la vida, como en la salsa, la clave, aun siendo lo principal, no lo es todo: necesita de otros instrumentos. Y este texto quedaría incompleto si se limitara sólo a contar el #18M como el día en el que una estrategia de represión más violenta logró desalojar en tiempo récord la autopista (que sí y principalmente) y dejara por fuera el hecho significativo de que la separación entre primer y segundo frente (los encapuchados y el resto de la marcha) fue mucho más grande que en otras oportunidades. Metros de asfalto vacío cuya medida exacta era precisamente la del miedo.

Ello fue manifiesto al llegar a la autopista: muchísima gente se quedó a la altura del Distribuidor Ciempiés y no pasó de allí. No se veía ni siquiera el piquete de la GNB, pero la gente no caminaba. La confusión hizo pensar a los que llegaban tarde que se debía a que unas motos apostadas adelante eran de los colectivos (ese temor eterno) y por eso la gente no seguía. En realidad, eran las que auxilian a los heridos. Habría que caminar un trecho largo para encontrarse con la primera línea y el piquete, que en ese momento comenzaban a hacer contacto visual.

Aquel “cuando volteamos y vemos a toda esa gente allí aguantando, eso nos da fuerza” del que suelen hablar los encapuchados, ayer se hizo difícil para los de vista corta: la gente, tras casi 50 muertos y 17 mil heridos, estaba muy atrás. Prudente, juiciosa, cauta y ponderadamente atrás.

II

Piedras, vidrios, excremento, cilindros de metal plateado, otros de plástico rojo, cartuchos de bombas, hojas y ramas, manchas de pintura, asfalto estallado, restos de pólvora. Eso es parte de lo que queda en el suelo cuando se retira un piquete de la Guardia Nacional. Ayer, en Altamira Sur, sucedió tras una hora del clásico enfrentamiento vespertino post-marcha que suele tener lugar en la zona, que estuvo marcado por una pregunta: “¿Dónde están los escuderos?”. Como letanía, la interrogante se repitió constantemente. Empezó como llamado (“¡Escuderos, escuderos!”), mutó a petición (“¡Por favor, los escuderos que bajen!”) y terminó en reproche (“Si no van a bajar denle los escudos y las máscaras a otros”). La respuesta, por más que sonaron los postes y se gritó en el megáfono, fue lenta y hasta se diría que discreta; sin embargo, resultó suficiente para hacer retroceder al piquete (que había sido reforzado por una tanqueta) a las 5 de la tarde.

Atravesando ese montón de acaba-suelas, un grupo (re)tomó el Distribuidor Altamira. Esta vez no en metros sino en minutos, largos y lentos, se pudo medir el miedo: la gente, por más llamados, se tomó su tiempo para bajar de la plaza. Sólo pisó la autopista un grupo de, como mucho, 50 encapuchados, quienes, escudos, piedras y bombas molotov en mano, se enfrentaron largo rato a los Guardias en La Carlota. Desde arriba, los manifestantes los veían, apoyaban, celebraban. Entre un grupo de mototaxista, todo pasaba por el matiz del béisbol. “Ese tiene mejor brazo que el Guti”, exclamaba uno cuando veía lo lejos que llegaba una piedra uno de los encapuchados. “¿Viste esa atrapada? ¿La viste compa?”, se emocionaba otro cuando un muchacho atajaba en el aire una lacrimógena y la devolvía de una. “Ese debería ser el center field de Leones”, sentenciaba el de más allá. Por más estético y lúdico, no dejaba de ser trágico: el talento venezolano en lugar de jugar partidos de exhibición contra otro oponente, se juega la vida en una autopista luchando contra una dictadura.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio” 

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12 horas con la esperanza de Venezuela

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

7:00 PM

La Plaza Bolívar de Chacao está a reventar. La ha llenado una multitud que porta velas en las manos y proviene de su plaza hermana, la Francia de Altamira, atendiendo una convocatoria hecha por el Movimiento Estudiantil, sobre cuyos hombros la oposición ha dejado la planificación, convocatoria y ejecución de las actividades de protesta de ese fin de semana. Ha sido así, porque el miércoles 26 de abril la Guardia Nacional asesinó en Altamira Sur a uno de los suyos: Juan Pablo Pernalete (20), estudiante de Administración de la UNIMET. Aunque es ya la víctima 28 de las protestas, su muerte ha tenido más repercusión que las anteriores y ha puesto en primer plano a uno de los actores que hasta el momento se había mantenido, si bien participando, haciéndolo de un modo discreto: los estudiantes universitarios.

Les habían sugerido una marcha, pero ellos se decidieron por otra cosa. De la chistera se sacaron una actividad que hizo levantar las cejas a tirios y a troyanos: una vigilia nocturna de 12 horas, a cielo abierto, en una de las ciudades más peligrosas del continente. Una manera de retar a la sangrienta noche caraqueña, al hampa que tiene secuestrado el espacio público, a los métodos convencionales de protesta y a ellos mismos, que tuvieron poco más de 24 horas para organizarla. Esta es, de hecho, prácticamente la segunda vigilia de los líderes universitarios: la noche anterior se les fue en reuniones, llamadas, permisos y propuestas.

Durante esa primera hora, pueden respirar tranquilos: tienen la plaza a reventar. La luz amarilla de los cirios, que arden en honor de Juan Pablo Pernalete y de los demás caídos, se cuela por todas partes. Donde más y donde menos hay una vela encendida. Una luz que comienza a brillar en medio de la oscuridad.

8:00 PM

Henrique Capriles llega por la esquina sur oeste. Viene, como casi todos los políticos, del entierro de Juan Pablo. Viste una camisa manga corta negra y lleva puesta una gorra de la Virgen del Valle, negra también. “¡Bravo, flaco!”, “¡Dios me lo bendiga!”, “¡Valiente!” y “¡Futuro presidente!” son algunas de las cosas que le gritan. Se acerca a un grupo de la UNIMET, que en ese momento está afinando los detalles de la operación ‘Adopta un libro’, que inundará de ellos la plaza esa noche. “El Zulia, la independencia se avecina” es el título que extrañamente el azar tiene reservado para que él dedique. Aunque intenta hablar y bromear con los estudiantes (“¿Uds son de la Metro?”), pasar como uno más (“Yo soy de la UCAB”), se vuelve imposible. Un enjambre de gente lo rodea y en segundos los flashes de las cámaras lo descubren.

Cuando declara, Capriles lo hace la mayoría del tiempo con las manos juntas, cual benedictino cantando el ‘Magnificat’. Las cámaras no lo captan, pero mientras el Gobernador de Miranda habla, se la pasa frotando el pulgar izquierdo contra la palma de la mano derecha. Es un gesto constante, que lo acompaña durante la casi media hora en la que se despacha a gusto ante las cámaras de televisión, en su mayoría de canales internacionales y de internet. Lo mejor de su larguísima declaración se la saca un espontáneo. “Pero bueno, Capriles, ¿estamos o no en dictadura?”, pregunta el hombre. “Es dictadura”, afirma, y luego hace una confesión: “Ustedes y nosotros estamos aprendiendo: nunca habíamos lidiado con algo así”, y todo queda bien entendido.

Terminada oficialmente la declaración a la prensa (es decir: idas las cámaras y apagadas las grabadoras), Capriles responde todavía las preguntas de algunos de los que lo rodean. “No deje que se le vaya”, le ordena un hombre a su mujer. Son cincuentones y andinos. Ella se abraza a Capriles y cuando él termina lo que está diciendo lo jala. El esposo le toma la foto y le pregunta si se acuerda de ellos (“de los Andes”) y de los perros que le dieron. “Todavía los tengo”, les informa. “¡Todavía los tiene!”, repite ella emocionada viendo al esposo. “Un mucuchies y un san Bernardo. Progreso y Esperanza se llaman”, les cuenta y sigue. “Póngase ahora con ese”, le ordena el esposo a su mujer señalando a Tomás Guanipa, que estuvo un rato detrás de Capriles pero se quedó sin declarar. “¿Y ése quién es?”, le pregunta ella. “No sé. Pero vaya y tómese la foto con él”, cierra.

9:00 PM

Diez años después, David Smolansky es Alcalde de El Hatillo, Freddy Guevara Vicepresidente de la Asamblea Nacional y Juan Guaidó diputado principal. Diez años antes, los tres estudiaban en UCAB (Comunicación Social los dos primeros, Ingeniería Industrial el otro). A esa hora, como quien se encuentra con el yo que alguna vez fue, les hablan a los actuales ucabistas. La charla desemboca en un ejercicio de nostalgia. Memorias del pasado rockero de Guevara o de la astronómica cifra de votos (4 mil de 5 mil posibles) que convirtió a Smolansky en el Consejero Universitario más votado de la historia de la UCAB, se juntan con unos versos del Kippling más paternalista (“Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti (…) Si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso, y tratar a esos dos impostores de la misma manera. (…) Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud. O caminar junto a reyes, sin menospreciar por ello a la gente común (…) ¡serás un Hombre, hijo mío!”), que les recita otro ex alumno.

David Smolansky es el más papá de todos. “Manténganse cohesionados, despréndanse de cualquier ego protagónico”, les aconseja, para luego llamarlos a la esperanza. Que no se sientan mal ni se lamenten, les dice, por haber tenido que vivir esta coyuntura de jóvenes. Todo lo contrario, que lo agradezcan: “lograremos el cambio en los mejores años de nuestra vida, cuando Dios nos da salud, y tenemos fuerza para luchar y reconstruir este país”. Es un mensaje  optimista, que viene seguido por un pase de testigo: “Hace diez años, por esta fecha, nosotros nos estábamos conociendo y debatiendo. Ese año surgió el Movimiento Estudiantil de las manos blancas y le propinamos a Chávez la única derrota de su historia. Diez años después, con ustedes, saldremos de Maduro”. Aplausos estridentes.

“¿Quiénes se saben el himno de la UCAB?”, pregunta Guevara y las caras los delatan a todos. “Nosotros éramos tan gallos que nos lo sabíamos completo”, confiesa, y acto seguido, pecho afuera y mano en él, los tres lo entonan. “Marchando a tu destino impávida / como incontenible alud…”, se les escucha cantar a esos que exactamente una década atrás comenzaron a escribir una de las páginas más interesantes de la historia política reciente, ante unos que, esa noche, podrían estar (marchando a su destino, impávidos) escribiendo las primeras y mejores páginas de la suya.

10:00 PM

Si Smolansky es un papá, Miguel Pizarro es el hermano mayor pana que se hace amigo de tus amigos. Está en el centro de un círculo, rodeado de estudiantes que lo escuchan muertos de risa: no solo tiene historias, sino mucha gracia para contarlas. Quien no lo conociera y lo viera allí con los tatuajes en los brazos, las pulseras en las muñecas, la barba desprolija, el cabello despeinado, los zapatos de goma, la franela prestada (“es de Olivares”), pensaría, sencillamente, que se trata de un universitario más, ‘primus inter pares’. Y no es así: Pizarro, de 28 años, va ya por su segundo período legislativo (entró a la Asamblea Nacional con 21 años). El cargo no le ha hecho perder un ápice de esa simpatía innata (cosa de personalidad y no de manual) que le dio la Providencia, sino que más bien le ha permitido desplegarla: saluda a todo el que se le acerca (“¿qué más, compa?”, “¿qué hay, viejo?”), y a los que conoce no sólo les da la mano, sino que los abraza, les toca la cabeza o les da palmadas en la barriga, y los despide con apodos (“vaya, bebé salsero”).

Con esos estudiantes de la UNIMET está como entre conocidos de toda la vida. Se pasa la hora echando cuentos. Habla de los amigos que se le fueron, de sus años en la UCV, de las bombas que ha tragado, de los allanamientos que vivió de pequeño, de toda la calle que ha pateado. Y entre cuento y cuento, un chiste, una anécdota graciosa, un comentario inesperado.  No se le escucha hablar mal de ningún otro político y dice que todos son útiles. Confiesa que está en las antípodas de ideológicas de María Corina Machado pero que una mujer como ella es necesaria. De Borges, el presidente de su partido, dice con gracia que es lo más parecido a un maniquí: “Julio siempre está ‘plain’: uno no sabe cuándo está contento o cuando está bravo. Siempre igual. Nunca se emociona. Pero es el hombre que piensa en frío, el que sabe mantener la calma y llamarnos a ella cuando nos exaltamos”. Sin empacho se confirma de izquierda “hasta donde se puede ser en este mundo civilizado”. Recuerda que su padre era comunista y que siempre estuvo en contacto con esa corriente, que prácticamente creció en ella. Más aún: revela que de pequeño lo mandaron a Cuba una temporada con los pioneritos y que nunca olvidará que el último día el facilitador le pidió si le podía dejar su cepillo y crema de dientes. Ello le bastó para curarse de comunismo.

Casi llegadas las once pide permiso. “El coach de tercera me está haciendo señas”, se excusa. El coach de tercera es la muchacha que lo acompaña. Ya para ese momento, el círculo de gente había crecido y estaba compuesto no solo por estudiantes, sino también por adultos. Todos, atraídos por el raro espectáculo de un diputado que habla con la gente, no rehúye pregunta alguna e incluso se atreve a defender posturas para ese momento impopulares (participar en la regionales, de darse el caso). “Hace falta gente así, que le hable y le explique las cosas a uno”, dice una señora. Y vaya si tiene razón.

11:00 PM

¿Qué lleva a un joven a estudiar derecho en un país sin estado de derecho? La duda me surge cuando escucho hablar a Rafaella Maiure (21) y a Edward Rangel (20), futuros abogados de la república, quienes desde la UCV y la UNIMET, respectivamente, trabajan como voluntarios en Defensa UCV y Apoyo UNIMET, dos grupos que prestan asesoría legal gratuita a los familiares de los manifestantes que son detenidos protestando contra la dictadura. Rafaella, que empezó a estudiar derecho en 2013, lo explica con una imagen bastante clara: “Cuando en un país hay una pandemia, necesita médicos; y cuando no hay estado de Derecho, necesitamos a personas preparadas en el ámbito para poder recuperarlo”. Edward, que arrancó en 2014, apela al futuro: “Después de que caiga esto –y va a caer– tiene que haber alguien que restaurare el Estado de Derecho, que le ponga ganas al país, que institucionalice todas aquellas instancias del Estado y del gobierno que se partidizaron, y justamente le toca a esta generación”. Recuperación y restauración: son profesionales del futuro.

¿Qué los llevó a ser parte de esos grupos que asesoran a los familiares, los acompañan, les hacen seguimiento a los casos, los denuncian y resuelven? En el caso de Rafaella, una experiencia familiar: a un primo suyo lo detuvieron protestando. “Cuando vi a mi familia tan angustiada, cuando no sabían a qué abogados llamar, cuando no sabían cómo proceder, entendí que tenía que ayudar. Es algo que me mueve, porque siento la necesidad, ante esta situación crítica, de poder aportar en algo concreto que vaya más allá de las manifestaciones”. Para Edward, fueron precisamente las manifestaciones, el no poder acudir a ellas, lo que lo llevó a comprometerse: “En 2014, cuando asesinan a Bassil y a Robert, a mis padres les comenzó a dar miedo que yo saliera a manifestar, y mi idea en ese momento fue: si no puedo salir, entonces tengo que hacer algo diferente, ayudar desde algún punto. Fue allí que conocí Apoyo UNIMET  y he estado apoyando desde entonces”.

Su labor los ha puesto en contacto con la injusticia: saben de los Morochos Sánchez, presos en Tocorón; de un ucevista que lleva un mes en el SEBIN sin poder hablar con sus familiares; del terror que viven aquellos que tras ser detenidos son incomunicados y ruleteados por horas. Saben a lo que se exponen. Y su familia, claro, se angustia. “Mi papá a veces quiere ponerme límites: cuando voy al Palacio de Justicia, a él le gustaría que no fuera para no exponerme. Pero ellos entienden que es parte de mi vocación de participar y ayudar, y que no pueden limitarme, más bien me apoyan”, dice Rafaella. No muy distinto es el caso de Edward: “Mi familia se preocupa por todo el tema de si me podrían llegar a buscar, si algún día aparece el SEBIN en mi casa, pero entienden que ante esta situación histórica es necesario hacer algo, ser parte del movimiento, ser parte del cambio, y es por eso que a pesar del miedo y de la frustración, me alientan”.

¿Y a ellos no les da miedo? “Efectivamente existe miedo, y siempre hay un momento de quiebre en el que te preguntas por qué estás realizando esto, por qué estás en esta lucha. Pero es que si no, luego no vas a poder decir que hiciste algo por cambiar a Venezuela”. ¿Y qué es Venezuela, Edward? “Venezuela es mucho más que ese grupo que está en el poder. Es la patria, es el lugar donde tienes tus amigos, tu familia, tu futuro. Venezuela es la casa donde vivimos, el país donde nacimos y donde queremos morir”.

12:00

La última campanada que salió de la torre de la iglesia de San José se escuchó a las 6:30 de la tarde; el templo está cerrado desde las siete; y su párroco, a juzgar por las luces apagadas de su casa, lleva rato durmiendo. Pero en la plaza Bolívar todavía hay monjas. Los hábitos y tocas blancas que se han dejado ver desde el inicio de la vigilia resaltan ahora, pasada la medianoche, tanto como un anuncio de neón.

¿Qué hace una monja de madrugada en una plaza pública? “Acompañar a los jóvenes, rezar por los caídos y luchar por Venezuela”. Así lo sintetiza la Hermana Rosalía, una religiosa morena, de 68 años, que pertenece a la congregación de las hijas de Padre Machado. Es de las monjas que marcha –“Yo puedo estar en la casa haciendo una cosa, me entero de que hay una marcha, y digo: yo me voy a estar aunque sea una hora allí”– y que lo hace sin acto de contrición ni golpe de pecho de por medio –“Nosotras también somos pueblo, ciudadanas y venezolanas”– y con la conciencia tranquila de no estar mezclando al César con Dios –“Es que esto no es política. Nosotras no estamos haciendo esto por partidos, porque no somos de ninguno: nuestro partido es Venezuela”–.

Su plural no es mayestático: en él mete a sus hermanas de comunidad, pero también a los ancianos y que cuida. Cuando sale a protestar, lo hace por ellos y en nombre de ellos. “Nosotras nos hemos visto muy afectadas por la crisis. El dinero es poco y no alcanza para nada: cualquier cosa son cinco mil bolívares. En nuestros asilos  a veces no tenemos con qué darles de comer a los ancianos, que están pasando los últimos años de su vida y muchos no tienen familia que los ayude. Por ellos estamos luchando”.

De cara al futuro, sin embargo, no es lo material lo que más le preocupa –“Eso se resolverá: Venezuela sigue siendo un país con muchos recursos”–, sino lo humano: “Lo más difícil va a ser volver a unir a las personas que ahora se odian, volver a ser la patria unida que éramos antes, eso va a ser lo más duro”.

A la revolución la juzga con el Evangelio –“por sus frutos los conoceréis”– y por ello no duda en ubicarla en el lado del mal: “Es imposible que sea cosa de Dios, porque Él no quiere la violencia, ni el odio, ni la división, ni la corrupción, ni la mentira, ni nada de eso”. De la realidad del país tiene también una visión sobrenatural: “Es una batalla espiritual. Estamos luchando contras las fuerzas del mal”. ¿Y en ese campo como pelea la hermana? “Con oración. Todos los días la misa la ofrecemos por Venezuela. En todas nuestras peticiones está siempre Venezuela. Tenemos días fijos y momentos de oración fuerte para rezar por Venezuela, incluso nos levantamos a la medianoche a orar por la patria”.

Después de todo, puede que no sea tan extraño ver despierta a una monja a la medianoche.

1:00 AM

Es abogado, tiene 28 años y una maestría en España. Dejó a un lado un empleo bien remunerado en el extranjero para volver a Venezuela y hacerse cargo de la Escuela de Derecho de la Monteávila. La remuneración, como la de cualquier profesor universitario, es mala. Y en su caso, todavía peor: tiene un cargo administrativo que la absorbe a tiempo completo y le impide dedicarse a otras cosas. A la una de la madrugada está en la plaza Bolívar dando una clase a cielo abierto sobre el amor a la patria y sus bases filosóficas. A esa hora, consigue lo que muchos profesores no logran a las diez de la mañana en un salón sin ventanas: atención. Todavía más: emociona y conmueve a su audiencia. Será acaso el tema, será tal vez la convicción con la que lo explica, o será lo que dice. Lo cierto es que María Verónica Torres da una de las mejores clases de la noche. Y no precisamente por falta de competencia: durante toda la madrugada, una alineación de cuartobates de las aulas estuvo enseñando a cielo abierto. Pero la suya fue –literal y figuradamente– una lección magistral.

Terminada la clase –y las muchas felicitaciones que vinieron después de ella– la abordo. Quiero conocer su historia, saber qué la mueve, por qué esta allí. “Vocación” es su respuesta. ¿Y eso qué es? “Un regalo, algo que se te dio, y ella lo puede más a uno que cualquier otra cosa. La mía es la de estar acá enseñando. Yo no me veo feliz haciendo ninguna otra cosa. Es más: yo no me sentiría satisfecha haciéndolo en otro país sabiendo que en el mío se necesita que enseñen. Para mí, de verdad, no hay mayor alegría que estar aquí retribuyéndole al país todo lo que me dio; y además enseñándoles a los chamos, creando libertad interior en ellos, que es lo que los regímenes totalitarios atacan”.

Sí, todo ello suena muy. ¿Pero se traduce en hechos concretos? ¿Hay algo específico, tangible, palpable que demuestre que no es arar en el desierto, que de verdad vale la pena? “Claro que sí. El sacrificio que estamos haciendo no es vano. Estos muchachos del Movimiento Estudiantil salen por la reserva moral de sus padres y de sus profesores. Nosotros hemos creado en ellos el espíritu y la libertad interior suficiente para que entiendan que no se merecen vivir así, y les hemos dado herramientas para la lucha. Pero es que además, aunque no fuera un movimiento, con que uno solo fuera capaz de descubrir su dignidad, esa que el gobierno les ha querido quitar, ya para mí hubiera valido la pena todo el sacrifico personal que he hecho”.

Sobre los jóvenes del Movimiento Estudiantil tiene una idea curiosa: estos de ahora son más maduros, dice, porque han sufrido más. “Son unos muchachos que han sabido sortear muchas fatalidades, y han sabido hacerlo porque son inteligentes y tienen voluntad de echar para adelante este país”. Para ella, no hay mejor prueba que lo que está sucediendo allí esa noche: “Este es un acto de resistencia precioso: una vigilia es una forma excelsa de manifestar y tiene un contenido moral que otro tipo de actos no tiene, porque requiere una cantidad de horas pasivas y cohesión social. Pasar esta noche escuchando clases significa que los chamos entendieron cuál es el sentido de la lucha y entendieron que aprendiendo son más capaces de ganar la democracia”.

2:00 AM

Esta es la hora muerta. En la que todo se junta. Incomodidad es la palabra que la describe. Por el sitio, por la hora, por el cansancio, por la falta de agua corriente, de un lavamanos, de un espejo, de una cama, de una almohada, de algo. Ya en la plaza no hay multitud. Se la puede cruzar de un extremo a otro sin problema, sin tener que pedir permiso. En el centro hay pequeños grupos de universitarios. Varios se amontonan sobre colchonetas y duermen. Hay algunos que están jugando cartas (la baraja española y el ‘Uno’ mandan), mientras otros le meten al dominó, que se cotiza en alza, e incluso al ajedrez. Hay unos que simplemente hablan. Y no falta el que lea. En los bancos y escalones que la bordean hay adultos; padres y vecinos que permanecen allí acompañando y dando apoyo: reparten café, arepas, tortas, agua.

En su mayoría, todos están en ese momento más dormidos que despiertos. Pero plantados, a cielo abierto, en una plaza, de madrugada, en la capital más peligrosa del continente.

3:00 AM

A las tres de la mañana ya no quedan monjas, sino apenas algunas madres. Son ellas las que se van al centro cuando se hace la invitación para rezar un rosario. No están solas. Junto con ellas va un grupo de estudiantes mayor del que uno pensaría. La oración es ofrecida por los caídos, por sus familiares, por la pronta liberación de los presos políticos, por los enfermos, por Venezuela, por su libertad, por su paz y por su futuro.

Tras los cinco padrenuestros, las cincuenta avemarías y los cinco glorias, María Auxiliadora Ramírez, la mujer que dirigió el rosario, explica que éste no estaba programado, sino que fue una iniciativa de ella que los organizadores apoyaron. “Recordé que las 3 de la mañana es la hora del demonio, ya que es la opuesta a las 3 de la tarde, en la que murió Cristo, y que en ella se hace siempre brujería; entonces me pareció una buena manera de proteger este acto, porque además el régimen siempre actúa de madrugada”, explica. “Hace tres años, aquí, en un mes de mayo también, vinieron y se llevaron el campamento de los estudiantes de madrugada”, recuerda.

Para despertarse y mantener el ánimo, varios estudiantes se abrazan a cantar. Versionan a Chino y Nacho y luego se pasan al ‘Alma Llanera’. Es, sin embargo, ‘Venezuela’, esa de “llevo tu luz y tu aroma en mi piel”, la que se más se canta.

4:00 AM

Santiago Acosta, el Consejero Universitario de la UCAB, no ha parado de cruzar la plaza durante toda la vigilia. De allá para acá, de acá para allá, todo el tiempo ha estado haciendo algo. Desde encabezar algunos actos hasta repartir agua o reunirse con los otros líderes con quienes comparte la responsabilidad de sacar adelante el acto. Es a las 4 de la mañana, cuando por fin tiene un respirito, que logramos hablar en las escalinatas de la plaza. Al lado, un grupo de mujeres, quizás para ganarle al sueño, se han reunido a cantar canciones de misa. No es exactamente un coro angelical, pero tampoco desentona con el entrevistado: toda su educación ha ido de la mano de los jesuitas, tanto en el San Ignacio de Loyola como en la UCAB, donde estudia actualmente derecho.

De ojos azules y voz ronca, Santiago es el único miembro de su núcleo familiar que queda en Venezuela. Desde hace años, sus padres y sus hermanos están fuera del país. Él, sin embargo, sigue. ¿Por qué? “Porque creo que no voy a encontrar mi felicidad en otro sitio que no sea Venezuela. Creo que puede haber un país distinto, y que cuando esto cambie será un país lleno de oportunidades. Además, actualmente hay demasiadas personas sufriendo, y hay que luchar por ellas”.

En su discurso hay una palabra clave: reconciliación. Santiago está convencido de que el cambio de Venezuela pasa por allí y que su rol, como estudiante, es colaborar en esa empresa: “Nuestra misión es reconciliar. Volver a unir lo que dividieron. Y esa va a ser la tarea más difícil: perdonar. Parte de nuestro rol histórico no pasa solo por cambiar un presidente, sino por transformar el corazón de cada uno de los venezolanos, ya que hasta que no haya un cambio moral en cada uno, hasta que no entendamos que estamos aquí para construir, servir, hacer cosas positivas y bien hechas, hasta que eso no pase será imposible reconstruir el país”.

La otra palabra que repite con frecuencia es servicio. Le viene de San Ignacio (“En todo amar y servir” fue su lema) pero también del ejemplo que ha recibido de la generación de 2007: “Esta generación ha aprendido que la política no se trata de imponer cosas o de ser reconocido, sino de servicio. Los jóvenes que vienen del Movimiento Estudiantil como David, Freddy, Juan Andrés, Pizarro, Stalin, cada uno entiende que está ahí para servir, y vemos como están todos los días en la calle acompañándonos. Es algo genuino, que nos sale a los dirigentes de hoy, que entendimos que estamos hechos para dar mucho, que lo más bonito está en dar a los demás y entregarse plenamente a ayudar y a servir”.

La pregunta por el miedo es inevitable. “Claro que lo siento. No hay nada más natural. Pero tengo más miedo de un país sin medicina por más años, de un país sin comida, de un país donde no podamos ser los jóvenes quienes nos casemos y podamos comprar un apartamento”. ¿Estamos cerca del fin de la dictadura? “Yo creo que puede ser el amanecer para Venezuela. Es ya mucha gente la que está en contra. Ya no se trata de un grupo contra otro, sino que existe un rechazo enorme contra Nicolás Maduro. Y somos muchos los que queremos cambio”.

5:00 AM

De las muchísimas cosas de las que esos ojos sin pupilas del Bolívar de metal que custodia la plaza han sido testigos, difícilmente habrá una tan conmovedora como la reunión de los estudiantes de la UNIMET que tiene lugar a sus pies. Ocurre bajo un cielo que ya dejó de ser negro pero todavía no es azul, sino que porta una especie de morado que se aclara aceleradamente. A los unimetanos los convoca esa tristeza común llamada Juan Pablo Pernalete. Se agrupan, ya al final de la vigilia, para drenar eso que desde el miércoles los está matando, verbalizar su dolor, compartirlo. La dinámica consiste en pararse en el centro y decir algo. A los cinco minutos, ya todos han llorado. Los que fueron sus amigos lo recuerdan, los que no lo conocieron se lamentan, y todos reflexionan  en voz alta sobre la vida, lo rápido que se va y lo importante que es aprovechar el tiempo. Les ha tocado crecer de una. Entonces, de pasada, un muchacho gordito y de lentes lo dice:

“Busquemos que este dolor no se convierta en odio”

Es una frase que debería detener el tiempo, cortar la atmósfera, remover los cimientos de la tierra, poner el mundo de cabeza y hace al sol refulgir con intensidad. Como no tienen tal poder las palabras, la frase vuela con el viento. Ya en ese momento está siendo desplazada por otra. Pero el muchacho la dijo. De él nació. De él salió. Y los otros lo escucharon. Y asintieron. No pusieron reparos. Dijeron que sí.

Cincuenta años atrás, a los que en ese entonces eran muchachos como ellos les tocó también enterrar compañeros asesinados prematuramente. “Camarada, tu muerte será vengada”, fue la promesa. La venganza llegó, se hizo revolución y acabó con un país. En las cenizas de lo que quedó, está surgiendo una generación que pasa por lo mismo pero no jura venganza. “Que este dolor no se convierta en odio”. Comienza a ser visible el amanecer en la plaza. Y en Venezuela.

6:00 AM

El rector de la UCAB, José Virtuoso, y el capellán de la Monteávila, Javier Rodríguez, son dos de los cuatro sacerdotes que presiden el acto litúrgico que tiene lugar al despuntar el alba. Compañía de Jesús y Opus Dei, lo más liberal y lo más conservador de la iglesia, están unidos por obra y gracia de los estudiantes. No es que sean enemigos (la iglesia al final siempre es una), pero se trata de dos realidades (y sensibilidades) eclesiales muy lejanas. El jesuita predica el cristianismo como revolución y cambio; el del Opus habla de la necesidad de estar cerca de Dios para poder tener fuerzas y lograr el cambio. Al final, la palabra se repite en ambos.

7:00 AM

A las 7 de la mañana se celebra en el templo parroquial de Chacao una misa por el eterno descanso de Juan Pablo Pernalete. Los líderes universitarios no participan en ella: están en la plaza limpiando. No sólo es que recogen en bolsas negras todos los desperdicios que tras 12 horas se han acumulado; es que incluso se arrodillan en el suelo a despegar la cera de los cirios. “Vamos dejarla mejor de cómo la recibimos”, se propusieron. No pasan ya de 10, pero ahí están: dejándola mejor de cómo la recibieron. Exactamente lo que les tocará hacer con Venezuela.

A juzgar por cómo quedó la plaza, hay motivos para tener esperanza.

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ESTUDIANTILWEB

Historia de una represión

Por: Valeria Bravo (Estudiante de Primer Semestre de Economía de la UCV)

I

Son las 8 de la mañana del lunes 08 de mayo y estoy en la UCV. Aunque la convocatoria es a las 10, sé que vamos a comenzar con suerte como a las 12 –bendita sea la puntualidad de los venezolanos–, cuando todos lleguen. Veo la universidad sola: con la flexibilización de las asistencias, muchos han decidido no venir.  El ambiente es sobrio pero tenso. Todos tenemos claro que no vamos a alcanzar a unirnos a ninguna de las concentraciones de hoy. Tendremos suerte si salimos de aquí. De hecho, ya nos trancaron Puerta Tamanaco y sabemos que no les importa lanzar bombas al campus con tal de no dejarnos pasar, como pasó el 04 de mayo pasado. Así que esa salida no será nuestra opción.

II

Ya es el medio día y nos estamos concentrando en la plaza techada, cantando con una misma voz y un mismo sentimiento. Poco a poco vamos caminando hasta llegar a la entrada del Aula Magna para reunirnos a esperar nuevas instrucciones. Jamás me había sentido tan orgullosa de escuchar el Gloria al Bravo Pueblo, y, por supuesto, el himno de La Casa que Vence la Sombra, aunque no me lo sé todavía.

Rafaela Requesens (Presidenta de la FCU) y su adjunto Alfredo García dicen que debemos irnos por Puerta Minerva. Allí me doy cuenta de que debería conocer más la Universidad: apenas hoy me entero de la existencia de esta entrada.  Ya varios estudiantes pasaron por ahí y le dieron el visto bueno, así que allá vamos.

III

“Señores soy UCVista desde la cuna,

esta es mi Alma Máter, es mi fortuna,

siempre por Venezuela, los UCVistas van a luchar,

¡LA UCV NO TE VA A ABANDONAR!”

Eso es lo que se escucha en las calles del oeste. Aunque los cantos me llenan de valentía, siento miedo. Es la primera vez que camino por la Av. Victoria –qué suerte que ando con un chamo que se conoce toda esta zona–, y aunque estamos en grupo, no dejo de ver para los lados buscando actividades sospechosas. En fin, debe ser la paranoia.

Nos detenemos, y no alcanzo a ver por qué. Desde adelante nos dicen que Rafaela está hablando con la PNB mientras vemos bajar por el elevado a los murciélagos –ya sabíamos que esto iba a pasar–. Me concentro a ver cuáles podrían ser nuestras vías de escape –otra vez agradezco estar con este muchacho–. Muchos vecinos están tocando las cacerolas, y otros están cerrando los locales. También los de Misión Vivienda nos acompañan: insultándonos, pero nos acompañan.

IV

Veo en cámara lenta cómo salen las primeras bombas hacia nosotros, y aunque sé que correr no es lo que se debe hacer, igual lo hago. Llego hasta una licorería, mientras caigo en cuenta de que dejé de estar con mi muchacho. Me paro unos segundos para respirar dentro de la máscara y escucho cuando él me grita “¡vente!, ¡vente!”. Le agarro la mano –que más nunca le solté– y corremos hasta la bomba de gasolina. Siento el ardor en los ojos y el gas dentro de mí. Pero igual voy a seguir corriendo porque pienso que nada puede ser peor que pararme. Acabamos de encontrar al grupo, todos con el corazón en la mano. Nos echamos agua con bicarbonato, esperamos unos segundos y vemos que siguen lanzando y siguen llegando más y más bombas.

Seguimos corriendo (estoy viendo a un perrito pasar en frente de nosotros y lo único que se me ocurre decirle es “¡corre perrito!”, mientras le paso por encima para no llevármelo por delante) y siguen llegando bombas. Decidimos desviarnos y bajar a la siguiente calle, huyendo de la Victoria siempre. Nos paramos cinco segundos y seguimos corriendo. Escuchamos ‘pam-pam-pam’ y seguimos corriendo sin mirar hacia atrás (yo miro hacia arriba para asegurarme de que nada nos va a caer). Rafaela viene detrás de nosotros, y seguimos corriendo.

Mucha gente cierra las puertas de los edificios. Pero más adelante, mientras nos vamos yendo hacia la derecha, un señor la tiene abierta. Corremos hacia allá y varios se intentan meter, pero el señor no los deja. Estamos empujando y vemos que por la izquierda acaban de llegar cinco motos con dos PNB en cada una. Tienen fusiles de bombas en la mano. “Nos agarraron y nos llevaron al Helicoide”, pienso. Pasan los segundos más largos de mi vida mientras el señor abre las puertas y nos metemos hacia el edificio. Muy valiente, se enfrenta con la PNB y les dice que no pueden entrar y que se queden quietos. Ellos le gritan que se meta hacia adentro y no harán nada. Corremos hasta el estacionamiento mientras los vecinos nos auxilian y les gritan a los policías hasta el mal del que se van a morir.

Estamos ocho en este estacionamiento, pero en otros hay hasta 30. Llamo a mi hermano para ver cómo está y me dice que se encuentra en uno de los estacionamientos. Llamamos al equipo y todos están resguardados en otros estacionamientos también. Esperamos mientras tomamos agua y Rafaela se pone en contacto con su gente para salir de ahí. Pasan 20 minutos, tensos y duros, y salimos para montarnos en dos carros que nos llevarán de vuelta a la universidad. Llegamos y afortunadamente somos los únicos que faltaban. Abrazo a un amigo del colegio que no veía desde hace años lo más fuerte que puedo y nos dirigimos a Odontología, desde donde salimos todos de vuelta a la facultad. Nos sentamos y damos gracias a Dios por estar allí, completos, y no haber sido robados o llevados por los PNB.