ENTREVISTASOFIAWEB

Sofía Imber: “No hay nada mejor que el periodismo”

Por: Ángel Zambrano Cobo
Foto Natalia Brand / Asistente: Anita Carli

A eso de las once de la noche no quedaban empleados en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. Un farol de Parque Central iluminaba el nombre del museo sobre la fachada. Por la puerta principal salió alguien con un martillo en la mano. Lo hizo de noche, porque de día probablemente el personal del museo no lo hubiera permitido. A la mañana siguiente todos se dieron cuenta de que alguien había arrancado diez letras a martillazos que dejaron una sombra debajo de las seis palabras «Museo de Arte Contemporáneo de Caracas». Así, “a carajazos”, Sofía Imber abandonó la fachada de su obra más importante.

“A carajazos… Nadie del museo se enteró cuándo quitaron mi nombre de la fachada”, Sofía Imber no muestra rencor cuando cuenta esto, ni siquiera rabia. Ella, que dedicó veintiocho años de su vida a un museo que ya no lleva su nombre, narra este hecho como algo del pasado que dejó de tener importancia o que nunca la tuvo; dice, incluso, que esto no le sorprendió: “Ningún acto fascista me es extraño en este momento; el que me hayan botado no me dolió, porque a uno le duelen las cosas según de quien vienen, y eso fue casi un aplauso”.

Todo lo dice con esa voz ronca que va y viene; habla bajito, dice, por los años que trabajó en la televisión. Su metro y medio de estatura comienza con unos zapaticos marrón claro mínimos y termina con cabello corto, como de hombre. Las piernas, la izquierda sobre la derecha, no se descruzan nunca. Sus manos, que son una cédula de identidad, dicen que nació en el año 1924; con la diestra acaricia al perro que se queda sentado a su lado durante toda la entrevista. El otro perro, como quien ya ha escuchado suficientes entrevistas de su dueña, se retira apenas ella responde el «¿qué tal?» inicial.

“Estoy sobreviviendo, como todos los venezolanos”. Sin importar la pregunta, siempre termina por referirse al entorno nacional; su pasado periodístico la lleva siempre por el camino de la realidad. Evoca el oficio acompañándose de un suspiro y una sonrisa: “No hay nada mejor que el periodismo, es una maravilla; lo recuerdo con mucho placer”. Entonces sonríe más intensamente y esa segunda sonrisa tumba, de un golpe y sin permiso, su reputación de dura, de intransigente.

“Sé amar, no sé odiar. Aunque parezca una frase hecha, lo que digo es auténticamente cierto. Me parece horrible odiar; me gusta trabajar con la gente, respetar el trabajo del otro: darles la posibilidad de crecer a todos”. Así, un museo que al comienzo sólo era conformado por ella y los ochocientos metros cuadrados de construcción, ahora tiene veintiún mil metros cuadrados, doscientos doce empleados y una colección permanente de cuatro mil diecinueve obras. La ilusión de darles a los venezolanos el mejor museo de arte contemporáneo de América Latina se hizo realidad gracias a Sofía Imber; que la convirtió, como dice ella, en “el contemporáneo”.

También en su casa hay algo de ese ambiente; ésta tiene más de museo que lo que tiene de casa: tres esculturas aquí, cinco cuadros allá y algo de artesanía también abundan por doquier; al respecto comenta la entrevistada: “Éstas son obras que he coleccionado durante varios años”. No hay suficiente pared para todos los cuadros; detrás de Sofía hay una estantería que está –del piso al techo– repleta de libros de arte, pero, cubriendo la mayoría de los libros, hay seis cuadros que no encontraron un lugar junto a los otros: éstos cuelgan desde el tramo más alto del estante y parece imposible sacar un libro, ya que los libros son la pared de esos cuadros. “Tengo que levantar los cuadros para bajar los libros de la estantería; es un gran trabajo, pero todo cuesta trabajo”, dice con naturalidad.

Ya va atardeciendo y Sofía Imber insiste en prender las luces para vencer la creciente oscuridad; se levanta con dificultad, “por la rodilla mala”. Ya menos oscuro todo, se vuelve a sentar junto al perro que todavía parece escuchar con interés, se voltea a ver los libros secuestrados por los cuadros y devuelve la mirada hacia el frente.

Cuando rememora sube los ojos, como buscando su pasado en el techo de la habitación. Por un rato guarda silencio; un silencio que nunca llega a ser incómodo, que no se apresura a romper, y que sólo es interrumpido por los pájaros, que cantan a todo dar antes de que anochezca. “No hay mejor despertar que el de los pájaros; no es como los despertadores. Cuando Carlos y yo teníamos el programa teníamos que llegar al estudio a las 4:45 de la madrugada, poníamos cinco despertadores para no quedarnos dormidos. En los treinta y tres años que tuvimos que llegar a esa hora, nunca llegamos tarde”.

Durante esos treinta y tres años, ella y su esposo Carlos Rangel despertaban al país con el programa Buenos días; “uno sigue consiguiéndose a gente que en aquella época era todavía muy joven y que te cuenta cómo su papá lo sentaba en frente de la televisión a ver el programa. En él no se llegaba a los términos de ahora, de tanta discusión y pelea. Hoy yo preguntaría en el programa cómo debe ser la educación en un país tan rico y tan pobre como Venezuela; el periodista trabaja dentro del momento político en el que vive. Yo tendría invitados que supieran explicar esto que estamos viviendo. Los programas deben ser así, deben tener un sentido, como las instituciones”.

Lo que fue bueno para Buenos días fue bueno para el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. “Dirigí el museo como si fuera un periódico porque el museo, como los medios, tiene que estar ahí para la gente. Se pueden leer los cuadros como lees la página de un diario. El que entra en un museo es atravesado por ese museo; aunque no le guste lo que ve, lo observado crea un efecto en él”, esto lo dice con la seguridad de quien dirigió un museo durante veintiocho años. “Nuestro museo tenía la meta absoluta de estar ahí para la gente, de ser para ellos. Quisimos lograr que hubiera un intercambio constante y lo hicimos plenamente; invitamos a la gente del barrio a que viera las exposiciones, hicimos salas especiales para ciegos. El museo fue una institución viva”, aunque todo esto sea parte de su pasado, se sienten en su voz las ganas del presente.

A esa voz no le duele el pasado; pasa por él como se pasa por las páginas que ya se leyeron, que ya aportaron lo que tenían que aportar. “Recuerdo todo de Carlos; me hace mucha falta, fue mi gran compañero de vida, pero no me duele esa pérdida: no es un pérdida porque todavía lo tengo conmigo”. En la cara de Sofía Imber perduran las sonrisas: su sonrisa; ni ella ni su dueña son dolientes del pasado, porque en todo ve futuro: un futuro que se niega a predecir, o incluso a recomendar. “Los jóvenes saben el papel que tienen que desempeñar en este país, ellos mismos encontrarán su camino sin que nadie se los muestre. Dar consejos es un poco necio, porque nadie hace caso; yo doy consejos y nadie me hace caso, a mí me han dado muchísimos que no he seguido”. De los pocos a los que les ha hecho caso, acaso el único, está uno del escritor inglés Bertrand Russell: «no hay que temer pertenecer a una pequeña minoría». Ella confiesa que esa es su frase preferida: “La uso cada día; si no lo hiciera, no hubiera podido levantar el museo ni nada en la vida. Uno no debe tener miedo de decir cosas distintas, ni de ser diferente. Nunca fui una persona conformista, por eso me han botado de tantos sitios”.

Desde la esquina de ese sofá de cuero azul todo está claro para Sofía Imber; responde todo con la seguridad de sus ochenta y tres años y sólo pronuncia un “no sé” en toda la entrevista. Lleva un reloj en la muñeca derecha y otro en la izquierda, los dos marcando la misma hora: “Eso sí no sé por qué; desde que pude comprarme el segundo, siempre tengo los dos puestos”. Ella mira a los ojos con una sonrisa, divertida ante la pregunta para la cual, por fin, no tiene una respuesta.

Se despide con la misma sonrisa que inauguró al saludar. Casi por accidente suelta algo que suena mucho a consejo y poco a necedad: “Cuando se escribe, a uno le gusta lo que escribió y se hace con honestidad no importa si no le gusta a los demás”.

YAGO2WEB

Yago, en tres líneas y varias preguntas

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Ricardo Damian Lórenz tiene nombre de cuento y vida de novela. De hecho, lo primero que uno pensaría al escuchar su historia es que se trata de un personaje de ficción. Pero no. Existe. Es de carne y hueso. Y estuvo en Caracas.

Tiene 28 años, barba, los ojos claros y una Honda Biz de 100 CC con la que ha recorrido cientos de miles de kilómetros: los de las carreteras latinoamericanas. De Argentina a México, ha cruzado el continente en moto.

Salió de su casa con 22 años, $700 dólares, su Honda, dos pantalones, cuatro camisas y ropa interior. Sin una ruta definida y sólo con una sola cosa clara: las ganas de recorrer camino. Eso era (y eso es) todo. El camino.

Para cruzarlo no usa GPS ni mapas y menos brújulas. Se fía más del hombre que de la máquina, por eso se vale de un método bastante clásico, ese con el que, decían los abuelos, se llegaba hasta Roma, y que él bautizó como PPS: “Paro. Pregunto. Sigo”.

A pesar de ello, se ha perdido unas cuantas veces, aunque nunca ha sido algo que le preocupe mucho. Y si no lo ha buscado, por lo menos lo ha disfrutado. “Me gusta perderme”, confiesa.

De todas sus perdidas (que no pérdidas), la más peligrosa fue en una favela de Río. Las calles, cuenta, se iban estrechando poco a poco: de doble vía a una vía, de una vía callejón, de callejón a pasillo estrecho, de pasillo estrecho a tener bajarse de la moto para poder sacarla.

Aquella vez lo salvaron unos mototaxistas a quienes la historia de su viaje (“vengo desde Argentina en esta moto”) los sorprendió (“-Voce e maluco, cara?” -¿Estás loco, hermano?-) y entre risas lo ayudaron a salir.

Sin embargo, agrega él, tanto como la historia lo ayudó también la moto: porque por ser un modelo barato, común y corriente (y no una costosa y ostentosa Harley, por ejemplo), no era objetivo de ladrones.

Esa, para él, es una de las ventajas de su Honda: que lo ha librado de ladrones y de policías matraqueros. “La gente come mucho por los ojos, y cuando te ven así, en una moto así, se dan cuenta de que no tienes dinero y te dejan pasar”.

Créase o no, la  moto le ha abierto más fronteras que su pasaporte. Porque misteriosamente a los militares que vigilan las fronteras se les activa la imaginación apenas ven un carro/moto de valor y comienzan a inventar trabas que sólo se resuelven pagando. Con su Honda no.

Y al hablar de eso, y para ser justos, él hace (tiene que hacer) una salvedad: Chile, que, aun siendo Latinoamérica, es algo distinto, muy distinto, donde “coimear” (sobornar) a la autoridad es harto difícil, por no usar el exagerado y puede que impreciso imposible.

De los países en los que ha estado, Perú y Bolivia son los peores para conducir. “En  La Paz la gente está acostumbrada a chocarse. Hay micro accidentes en cada cuadra. Y es tal la costumbre que ninguno se baja a reclamar. Se ven a las caras y siguen”.

A Venezuela la ve como un paraíso para los motorizados por el gran poder del que disfrutan. “Aquí tienen su lugar en las calles. Los carros se les apartan no sé si por miedo o respeto. Cuando los conductores me ven, les informo que no les voy a quitar nada”, dice riéndose.

“En las malas se ven los buenos” es lo que responde al ser consultado por la situación de Venezuela. Y es que él, que viene de afuera a esta nación en crisis, se ha encontrado al llegar un país que lo ha acogido y lo ha cuidado, “que demuestra más que nunca la calidad de su gente”.

El país menos amigable con los motorizados es Colombia, por la cantidad de restricciones que hay: dos días al mes de parada para las motos, toque de queda diario para echar gasolina, toque de queda nocturno para conducir, prohibición de llevar parrilleros hombres.

Lo de los parrilleros, igual, nunca ha sido problema para él: siempre va solo, y a estas alturas del viaje, dice, ya no podría hacerlo en compañía. Se ha acostumbrado tanto a la vida nómada que otra persona significaría un estorbo.

Pero que no se le malinterprete. No es un antisocial o algo semejante. Todo lo contrario. Tiene cientos, si no miles, de amigos. Le gusta estar entre la gente y se le da bien. Pero eso es una cosa y viajar otra muy distinta.

De hecho, su primera idea era viajar con amigos. “Pero a la hora de ‘¿cómo vamos a hacer, adónde vamos a ir?’ siempre les respondía ‘no sé, no sé’, porque se trataba de un viaje no planificado y sin rumbo. Y entonces allí me decían: ‘ve solo’”. Y solo se fue.

¿Y qué hay de las mujeres? Son, cree, el riesgo más grande. “Lo peor es enamorarse. El que se enamora, pierde”. En el tiempo de viaje no ha tenido novias o amores, sino aventuras (“por montón”). A eso (o en eso) se resume todo.

Tras tanto viajar, algo (mucho) ha aprendido en carretera. Lo primero, y más básico, es de mecánica: ha hecho 31 cambios de caucho, 300 de aceite y unas cuántas reparaciones. Conoce como nadie a su moto.

También ha aprendido a comer casi cualquier cosa. “He matado pájaros y culebras”, confiesa, para luego explicar que en su moto viaja también con una pequeña parrillera en la que cocina ésas y otras cosas cuando la necesidad obliga.

No es, sin embargo, un hombre de mucho comer. Al día, máximo, hace dos comidas, siendo siempre la más fuerte la de la mañana y la más prescindible la del mediodía. Y tiene su explicación: “si almuerzo me da sueño y si duermo no manejo”.

Contrario a lo que se pueda pensar, lejos de debilitarse, su salud se ha mantenido firme. “No me he enfermado nunca”, jura, “salvo alguna fiebre o una cosa de horas”. Tampoco ha subido de peso. Y eso que ha cruzado estas selvas de mosquitos y plagas.

Tal fortaleza inmunológica se la atribuye a ese carácter distendido y alegre. “Siempre pienso, ‘¿quién dijo que por mojarme con lluvia me tengo que enfermar?’ No tiene por qué ser así. Y no me enfermo. De todos modos, la peor enfermedad es no ser feliz”.

Ha asumido la felicidad como una causa (“vivo para contagiarla cada día”). Para eso va él por la carretera de la vida: para ser feliz. Y esa es la respuesta que tiene, la única que ha encontrado, para la pregunta de por qué estamos aquí y cuál es el sentido de la vida.

Y conste que no tiene (ni pretende dar) una fórmula para alcanzarla. Pero tomando como base su singular experiencia de vida  (y vaya si tiene de eso) se pueden sacar algunas conclusiones de cómo ha hecho para alcanzarla.

Determinación es lo primero. Todo empieza (todo empezó) allí. Tomando la determinación de hacer el viaje, de lanzarse a la carretera. Y allí llegó entonces el primer gran obstáculo de todos: el económico.

Al dinero lo califica de mal necesario. Y el responsable de frustrar la mayoría de los planes de la gente. “El gran terror es no poder resolver nada económicamente”. Él lo sintió (“salí con apenas $700”) pero decidió no dejarse vencer y se lanzó, desprendido, “a un viaje sin rumbo”.

Tanto se ha desprendido, que con 28 años y en pleno 2016 no tiene todavía una cuenta en banco alguno. Cuando se acabaron los 700 dólares comenzó a buscar trabajos en donde la vida y la necesidad lo encontraran.

Ha hecho las cosas más inverosímiles e improbables. Ha sido mesonero, ha repartido frutas, contrabandeado ropa, paseado perros, repartido volantes en plazas y hasta ha trabajado como minero.  Ahora vende artesanía y a veces (él no entiende cómo) da charlas.

Todo lo que gana lo traduce en gasolina. “Cuando veo un billete, pienso es en combustible”. La sentencia, en su simpleza, resume de modo impecable lo que es el dinero para él: un medio para poder seguir viajando. No algo que acumular o a lo que entregarle la vida.

Lo mismo pasa con la moto. “Mi sueño está en  la ruta, no en la moto”. Por eso, para comprar esta Honda con la que empezó todo, vendió una mucho mejor y cara, que había sido su sueño: “La moto que más deseé fue con la que menos viajé”. De loco lo tildaron entonces.

Esa, la de la incomprensión, ha sido apenas una de las tantas contrariedades que ha tenido. Pero el sufrimiento y las piedras, lo ha aprendido, son parte esencial e importante del viaje, que nunca podrá ser bueno si está exento de ellas.

“Hay gente que a veces se frustra cuando comienzan a aparecer los obstáculos, y entonces decide abandonar. No. Sufrir y pasarla mal forma parte del camino”, dice. Y recuerda las cuatro veces que estuvo preso –siempre por problemas migratorios– y el accidente que sufrió en Ecuador.

A la salida de la conferencia que dio en la Sala Cabrujas (de donde salen los párrafos anteriores), lo abordamos para conversar con él y profundizar sobre algunas ideas:

-Háblame un poco de los obstáculos que has tenido en el camino

-Yo tuve obstáculos duros. El cruce a Centroamérica lo fue. Tuve ganas de mandarlo todo a la mierda. El costo era imposible. Pero le busqué la vuelta hasta que salió. Yo creo en eso, en que en todo lo que hagas va a haber siempre algo que no te guste, una parte fea. Pero si no somos capaces de aguantar eso y seguir un poco más, siempre vamos a estar abandonando todo a mitad de camino.

-¿Qué significa viajar para ti?

-Es mi vida. Es mi felicidad. No me veo de otra forma que no sea viajando. Nunca imaginé que llegaría a dar una conferencia o escribir un libro, y todo ha sido gracias al viaje.

-A los jóvenes venezolanos, en medio de esta crisis, desesperanzados y frustrados, ¿qué les tienes que decir?

-Mira yo no creo en ideologías ni en tonterías. La patria la hago yo. No creo en fronteras y esas vainas. Con respecto a Venezuela. A ver. No se trata de abandonar el barco porque está por hundirse, sino de buscar la felicidad de uno. Y en un momento en el que hay gente que está podrida de todo esto, creo que pueden intentar salir, viajar. Están en un momento en el que ya no tienen mucho que perder, entonces, la clave es animarse y arriesgarse. En todo aspecto. Agarrar la moto e irse. Si ya no hay mucho que perder, se trata entonces de dejar el miedo, no dejarse trabar por la situación, sino salir, hacer y deshacer.

-¿El que viaja huye de algo?

-No. En mi caso no. Me he ido siempre bien. En paz con todo, con mi familia y mis amigos. Más bien uno busca ganar amistades, experiencia. Se te amplía el mundo. Vives en una burbuja muy chiquita y no lo sabes. Cuando sales el mundo se hace mucho más grande.

-¿Y cuál es la meta del que viaja?

-Hoy en día viajo porque me hace feliz y me da la oportunidad luego de poder compartirlo. De esta charla de hoy no me llevo ningún beneficio económico. A alguno le va a llegar y alguno se va a motivar un poquito más. Entonces esa es la idea. Y con eso me doy por servido.

-¿De qué va la vida, Yago?

-De ser feliz.

-¿Y para ti la felicidad es el viaje?

-Tal cual.

-¿Qué es lo más raro que has comido?

-Un gusano.

-¿Y a qué sabe?

-Como a higo.

-¿Te sientes cómodo estando solo?

-Sí.

-¿Qué tiene de bueno la soledad?

– A ver. Yo digo que hay dos tipos de soledad. A la que te enfrenta la circunstancia y la que buscas. Yo vivo la soledad que buscas: la de estar solo en la ruta, en la montaña, en un momento de tranquilidad. Pero nunca se me da la soledad. Tengo amigos, voy conociendo gente, yendo a todo tipo de fiestas, eventos, diversión; entonces nunca me he sentido solo.  Creo que te cambia también el concepto de amistad: te das cuenta de que un amigo no es el de 20 años, sino el que te da una mano que quizás el amigo de 20 años ya no te daría. Eso te cambia completamente el concepto de amistad.  Y hago amigos más fácilmente.

-El que viaja mucho se tiene que despedir mucho. ¿Cómo afrontas las despedidas?

-Las despedidas son duras. En México, que fue el país en el que más tiempo duré parado en un lugar, que fueron casi 4 meses, allí se me cayeron lágrimas. Fue sinceramente la primera y única vez que lloré, porque creé un vínculo y amistades. Pero te dura muy poco la tristeza porque sabes que en los próximos 15 minutos vas a estar solo en la carretera, vas a tener qué resolver qué vas a comer, dónde vas a dormir, con quien te vas a cruzar; entonces es una suerte de circunstancia en la que vives siempre despidiéndote pero también conociendo gente, y se va engranando en una forma en la que la terminas pasando muy bien.

-¿Cuánto crees que va a durar todo esto?

-Si me  preguntas  hoy, toda la vida. Pero no sé cuánto va a ser toda la vida. Puede ser un año más, un mes más o dos días más.

-¿Pero tú estás claro en que va a llegar un momento en el que ya no vas a poder seguirlo haciendo?

-Ni siquiera lo he pensado porque no sé si voy a llegar a viejo. Pero si no puedo viajar en moto inventaré un triciclo, y si no puedo viajar en triciclo viajaré en carro, y si no puedo viajar me sentaré como un viejo antiguo a contarle historias a todo el mundo y allí será el final. Pero no me lo he planteado y no me preocupa porque sé que el futuro es totalmente incierto y no me voy a preocupar por algo que todavía no ha llegado y que no sé si llegará.

-¿Había, de niño, algo que hiciera suponer que ibas a terminar en esto?

-Básicamente nunca me gustó vivir estructurado, que me dijeran qué hacer, cómo hacerlo y cuándo hacerlo. Por eso fue que terminé la escuela y en 5 años tuve muchísimos trabajos de un mes, dos meses, y no me gustaban, me cambiaba, siempre prioricé más mi tiempo que mi dinero y aunque nunca me lo imaginé creo que esto es lo que estaba designado para mí porque no me veo de otra forma.

-Define en una palabra los siguientes países:

Argentina: orgullo | Chile: distinción | Perú: tradición | Bolivia: uy, diferente | Ecuador: tranquilo | Uruguay: lindo | Paraguay: noble | Brasil: locura | Colombia: fiesta |  Venezuela: energía, hermano | Panamá: distintivo | Honduras: inconforme | El Salvador: conflicto | México: maravilloso.

FOTO: Adrián Egea

Andrea Dopico y la otra cara de dejar tu país

Por: Silvia de Mascarenhas

Es una emigrante venezolana. Andrea Dopico ha hecho sus dos maletas más de una vez. Las primeras fueron muy temprano, al salir del colegio, cuando nos vemos obligados a estar muy claros en lo que queremos hacer con el resto de nuestra vida. Ella escogió la publicidad y España le abrió las puertas. A pesar de solo faltarle la tesis y haberle dedicado 4 años a la carrera, nunca le gustó y nunca se adaptó. En un viaje a Venezuela para apoyar a su familia en la lucha contra el cáncer de su mamá, como en cualquier ola de sensibilidad y cambios, Andrea tomó decisiones cruciales pensando en la felicidad. Se plantó firme ante los que más amaba para pedir apoyo, y así hizo sus maletas por segunda vez: rumbo a Vancouver al Pacific Institute of Culinary Arts, a estudiar pastelería.

Con y como las agujas de un reloj, comienza y acaba su día a día. Se levanta para ir directamente al restaurante del que es primera pastelera, unas 5 horas antes de que se siente el primer comensal. En equipo hacen las preparaciones del día; se saltan, normalmente, la hora del almuerzo y continúan trabajando hasta el momento del servicio, en el que espera paciente, aunque sin parar de crear, a que comience la hora del postre de cada mesa. Todos saben cuándo sale el primero, pero no el último. El restaurante cierra unas horas antes del servicio de la cena, por lo que Andrea, la que muy poco tiempo se dedica a sí misma, usa este tiempo para seguir creando e ideando, o para tratar de descargar la adrenalina del servicio haciendo ejercicio. Y así, como las agujas del reloj vuelven a pasar por el mismo sitio, una y otra vez, Andrea vuelve a Moments, en el Hotel Mandarin Oriental de Barcelona, para servir la cena, y no regresa a casa hasta la 1 de la mañana.

Tal vez por conocerla se me hace aún más difícil descifrarla. Sus momentos de reflexión sobre su trabajo son extremadamente acuciosos y serios; le pone empeño a dar con la expresión correcta, sin una palabra más o una menos. La han entrevistado innumerables veces pero, aún así, es palpable su momento de introspección antes de contestar una pregunta, por más simple que sea. Por otro lado está la Andrea risueña, la que no ve a sus amigos en semanas porque su dedicación al trabajo es total y, aún así, no desaparecen nunca de su vida. Tal vez se debe a que ella se ha dedicado a explicar muy bien su oficio –los días laborables que superan las 12 horas-, pero me atrevo a concluir que, simplemente, tiene don de gente. Su madurez al hablar de trabajo hace cortocircuito con la inocencia que exuda su sonrisa, y su profesionalidad contrasta con sus ganas de aprovechar al máximo el poco tiempo libre que tiene. No puedo evitar volver a la analogía del reloj. Hablar con ella es como abrir uno: quedas fascinado por la precisión con la que trabajan sus engranajes, pero sabes que hay mucho más por detrás que lo que está a la vista, una sensación de que ahí dentro ocurren procesos tan complejos que son casi imposibles de entender.

Sus oportunidades han llegado como anillo al dedo, ha tenido suerte, ha estado, como dijo ella, “en el lugar adecuado en el momento indicado”, pero su determinación es implacable. La suerte no es nada si no sabes mantenerla y el mérito de Andrea está en su disciplina. Se concentró en ponerse al día porque empezó tarde para los estándares de la gastronomía, por lo que estudió a ritmo vertiginoso y trató de consumir conocimientos de años como quien consigue agua fría en el desierto. Ella no lo pudo poner mejor: “Las oportunidades me llegaron por casualidad, pero era mi trabajo estar preparada para cuando eso pasara”. Eso hizo: Llegó a Caracas de Vancouver para volver a España. En sus vacaciones buscó qué hacer y acabó en un restaurante de la talla de Alto y siendo pupila de Carlos García. Llegó a Madrid y se topó con unas pasantías en un restaurante con dos estrellas Michelin: El Club Allard. Ahí se encontró a sí misma ejerciendo las labores de una segunda pastelera, no de un aprendiz. Cuando culminó en Madrid, fue de vacaciones a Barcelona y con su currículum trabajado en Illustrator por ella misma visitó personalmente varios sitios en la ciudad de Gaudí. Lo llamativo de su currículum le valió la cita para una entrevista en Moments, donde había, casualmente, la vacante con las labores que ella ejerció en sus pasantías. Cuando leyeron bien su currículum la llamaron y le dijeron: “No estás calificada para esto”. Pero ella insistió en que la entrevistaran. “Les dije: ‘Si ya tienen el hueco en la agenda, reúnanse conmigo y lo conversamos en persona’. Fui, les comenté lo que había hecho en Caracas y Madrid, y les propuse que me pusieran a prueba durante los 45 días que legalmente podían. Ya tengo un año y medio ahí”.

El resto de la historia de Andrea todavía se está escribiendo; pero ya fue la ganadora de España en la final nacional de la Chocolate Chef Competition de Valrhona, representó al país en la final mundial en Nueva York y está dentro de la lista de los 30 jóvenes más influyentes de Forbes Europa en el ámbito artístico. La suerte no forja prestigio, el trabajo sí.

La magia de su labor, su “acto de amor” como ella misma llama a lo que es cocinar, combinada con su entusiasmo y disciplina, le han permitido trabajar con quienes más admiraba desde que comenzó a estudiar pastelería. Ella concluye que es porque han visto en ella una persona trabajadora y llena de ideas. Todos han puesto granos de arena en los proyectos de Andrea, desde fotógrafos, hasta chefs de la talla de Jordi Roca, Yann Duytsche y su propia jefa, la aclamada Carme Ruscalleda, especialmente en la C3 de Valrhona: “Yo no sólo iba en mi nombre, iba representando a mi restaurant, a mi hotel, a España y a Venezuela, aunque no la llevara en la chaquetilla”.

Venezuela es inevitable en la vida de cualquier emigrante que de allí proviene pero, en Andrea, cobra otra vida un tema que, usualmente, saca lágrimas de tristeza. No se debe únicamente a que ella es optimista por las oportunidades que le ha dado la vida; se debe a que el acto emigrar no se reduce únicamente a un escape. Sus terceras maletas tenían el propósito de la superación profesional, la búsqueda de un sitio en la que este oficio en particular estuviera más desarrollado. Abrir fronteras: esa es otra razón para emigrar. Y es que no todo exilio significa tristeza, porque para Andrea ha sido el pase a la expansión de su mundo laboral. Se ha despedido varias veces de su familia, pero aceptó su condición de extrañar constantemente para llenarse de energías positivas cada vez que vuelve a Caracas o los ve a ellos. Lleva los sabores de esa tierra a sus postres porque en Venezuela “sabemos trabajar la fruta, nos gustan los picos de sabor y, aunque no todos mis postres llevan mango, parchita, guayaba o chocolate, mis gustos están determinados por aquello con lo que crecí”.

Andrea es dos mundos en un solo cuerpo, con dos pasaportes. Cuando le preguntas qué se siente tener doble nacionalidad, ella responde que “más completa, porque he visto más que aquellos que jamás han salido de la cultura de su país”. Fue criada en la diversidad, entre españoles, italianos y venezolanos (como muchos de nosotros) y aceptándola como un beneficio a su favor. Su nacionalidad española ha significado oportunidad y la venezolana su ser.

DJWEB

Torkins Delgado: “Ser DJ es como si te pagaran por divertirte”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 6 de la tarde de un jueves de noviembre, el movimiento en Suka Bar es poco. Con luz, sin música y sin gente, el ahora llamado Templo no pasa de ser una gran impostura. Hay un aire mundano, de realidad, que no le cuadra a un sitio cuya razón de ser es que la gente se olvide de ella. Palabras como pagos, proveedores, facturas, cheques y retraso se dejan colar en boca de los pocos empleados que están allí. Una lámpara rota, su astronómico precio, lo imposible que será traer una nueva del extranjero, lo difícil que resultará arreglarla, copan toda la conversación. De ella se pasa a la pesquisa de unos cables extraviados la noche anterior, que nadie jura haber visto. De una improbable puerta que al parecer llevar a una más improbable oficina de administración con su escritorio y su luz blanca, sale una mujer. Es del tipo de personas que uno jamás esperaría ver allí, con su aire de madre que pronto será abuela. Afable y sonriente, va dando consejos, recordándoles cosas a los empleados y compartiendo una bolsa de platanitos con quienquiera que le pase en frente. Será todavía cuestión de horas para que la noche, el alcohol, la electrónica y los cientos de caraqueños que todavía le llevan algo ganado a la crisis y tienen los arrestos suficientes para desafiar a Caracas un jueves por la noche hagan que la magia vuelva y la fiesta se prenda.

Mientras ello ocurre, Torkins Delgado deja todo preparado en la consola. Para quienes vayan a Suka esa noche y lo vean, no será otra cosa sino el DJ, el tipo que pone la música. Quizás alguno repare en su imagen punk y en la cierta elegancia clásica de su porte. “Otro DJ excéntrico”, pensarán; y, como siempre ocurre con las primeras impresiones, se equivocarán. Porque aunque Torkins Delgado, sí, es un DJ, es también más que eso. Su partida de nacimiento dirá que nació en La Pastora (Caracas) en 1969 ;en  su cédula de identidad, que está casado (“mi esposa es una gótica loca de bola”); su currículum vitae nos hablará de un Artista Plástico de la Cristóbal Rojas, con estudios de Antropología en Sao Paulo y de Producción en la Universidad Livre de Música; su blog nos mostrará a un hombre que escribe versos; y él se definirá, sobre todo, como un artista. Se trata, pues, uno de los personajes más peculiares que hay actualmente en la noche caraqueña.

Cuando nos sentamos afuera para la entrevista, Torkins le pide a la mesonera ron de su botella. Lo toma seco; es decir, puro, sin hielo y en un vaso corto. Bebe sorbos pequeños, pero no arruga la cara ni hace ningún gesto que denote incomodidad. El trago, parece, ya no lo regaña. Le pasa suave. Habla despacio y se interrumpe frecuentemente (“ese es el problema de no dormir bien”, dirá en chiste), pero suelta lo que piensa sin reparo ni censura alguna. Tiene las muletillas típicas del caraqueño de los 80’s (pues, pana, o sea, brother, de pinga) y eso que hoy en día se llamaría un leve mandibuleo. Al mencionar aquella década se le alegra el rostro. “De verdad éramos felices y no lo sabíamos. Es eso exactamente. Recuerdo el Ateneo: eso era una fiesta cualquier fin de semana. Había 30 o 40 chamos que estudiaban cine sentados  en la escalera de la Cinemateca esperando para entrar a la función de la tarde y salían saturados de alegría a hablar en el Café del Ateneo sobre las cuatro películas que habían visto ese día. Eran unos carajos cultos: chamos de 17 y 18 años, arrecha y vitalmente cultos”, suspira.

Él fue uno de esos; y por ello sería una inquietud artística e intelectual (antes que la eterna crisis que hemos sido) la que lo llevaría a irse del país en 1994, siendo ya un hombre conocido. “Estaba embotado, quería estudiar filosofía,  quería meterme en el teatro brasilero, que es un tipo de teatro muy particular, estudiar lo qué estaba pasando allá”. Y se marchó. No estudió filosofía sino antropología, pero sí entró en el teatro del gigante del sur: “Me dirigió Celso Correa, el director más importante de América Latina. Trabajé con Caetano Veloso, interpreté a San Caetano Veloso, cené con Milton Nascimento…”, es parte de su inventario paulista.

No menos afortunado es el repaso que hace de su trayectoria venezolana. “Siempre he trabajado en los locales en los que quiero trabajar –dice volviendo al presente–, los que yo considero los mejores de la ciudad y en los que yo sería un cliente feliz.  Todo los bares donde trabajo hoy en día (Casa 22, Suka, Vintage Stereo, Lola) son lugares donde yo podría ser cliente. Jamás me vas a ver en un bar donde no tenga nexo o feeling”, apostilla viendo a Suka de frente.

¿De verdad nunca has trabajado en un sitio donde no estuvieras conforme?

–Nunca.

¿Y se lo atribuyes a qué?

–A la leche.

(Es una de sus típicas y sinceras salidas de tono, que se repetirán, espontáneas, a lo largo de la conversación).

Si de fortuna se trata, nada como la definición de su oficio actual: “Es la venganza de los que no tuvimos la disciplina para ser músicos sobre los que sí lo son: ganamos dinero a costa de ellos. Ser DJ es como si te pagaran por divertirte. ¿Qué haces? –se pregunta para inmediatamente responderse en franco soliloquio– Escuchar música. ¿De qué vives? De poner la música que oyes”. Y entonces viene la salida de tono: “Yo lo veo como cuando haces una arepa y se la das a alguien que tú quieres. Es una donación, es una cosa amorosa. Cuando eres DJ, haces hallazgos extraordinarios, hermosos, cosas que te cambian la vida, y le dices a la gente: ‘brother escucha esta vaina qué de pinga’”. Pausa reflexiva. “A mí me gusta tanto la buena música que obligo a la gente a escuchar buena música, y eso me hace sentir no una íntima sino una externa, brutal y epidérmica satisfacción. Cuando consigo algo verdaderamente bueno y lo pongo a sonar pueden verme sonriendo de alegría”. ¿Pero qué pasa cuando, como en la canción de Don Omar, la Julieta, sus amigas y todo el mundo pide reggaetón?

–Mira –dice poniéndose serio–, en Venezuela hay 30 millones de seres humanos y hay 3 millones de DJ’s, porque si algo sobra aquí son DJ’s y poetas, y los hay para eso: yo no soy para eso.

–¿Tienes algo en contra del reggeton?

–No. Yo no estoy peleando contra el reggaetón. Yo no estoy en contra de nada. Yo lo que no estoy es a favor, que es diferente. Y no lo voy a colocar. Te repito: no soy para eso, yo tengo mi nicho.

–¿Tener un nicho distinto al de esos DJ’s que ponen reggaetón te hace sentir superior?

–Sería superior si me diera más dinero del que les da a ellos. Pero no: ellos ganan más que yo, tocan más que yo, y en sitios donde pagan el doble que en los míos.

–¿Eso no es frustrante?

–No. Porque yo soy artista: hago teatro, escribo poesía, pinto cuadros…

–¿Y eso qué tiene que ver?

–Que yo entiendo el arte como un fracaso. Es más, no es que yo lo entiendo, es que el arte es un fracaso. Picasso es un puto fracaso, todos sus cuadros son la expresión de su fracaso: no pintó lo que quiso pintar y se vendió arrechamente.

Después de esa (otra) salida de tono, se pone a reflexionar sobre la diferencia entre lo popular y lo masivo. Para Torkins, la música, en su sentir, tiene la obligación de ser popular, “pero que unos productores de una radio o de unos sellos disqueros decidan masificar a unos carajos y vendértelos; ponértelos en el desayuno, en el almuerzo y en la cena; eso no es popular: eso es masivo, es producto de masa, marketing, lo que sea”. Pero se puede ser masivo y popular, que nadie se engañe: “Los Beatles fueron populares y de masa. Hicieron música que no fue sólo –y hace énfasis en el adverbio– para vender. Agarraron el alma de un momento histórico y la estrujaron. Había una poesía y una sonoridad que estaba en comunión con su generación y las generaciones, que cualquier persona en cualquier época lo iba a entender”.

Haber mencionado a los grandes, da pie para hablar un poco de su Olimpo personal venezolano. Incompleto, de pasada y pidiendo perdón de antemano por todas las omisiones, saltan los nombre de Aquiles Báez (“uno de los carajos más arrechos del planeta. Lo tiras en Japón y hace arrecho a Japón”), Gualberto Ibarreto (“es el más pop de los venezolanos, está en nuestro ADN”), Yordano (“es un genio: si tú quieres un carajo que haya entendido la sonoridad de una ciudad: Yordano con Caracas”), Colina (“es la voz de Caracas”), María Rivas (“es la reina”), Nené Quintero (“un Dios de la música. El Saturno del Olimpo”), Simón Díaz (“el hombre que amalgamó el sentir popular”), Hugo Blanco (“un tipo que hizo de todo, incluyendo el primer ská en español: ‘Buena suerte’”), Soledad Bravo (“lo mejor de este país”), Aldemaro Romero (“un puto genio, uno de los genios del planeta, y egoísta como todo genio”), la Movida Acústica Urbana, MAU (“dentro de unos años se van a escribir libros de ella”).

–¿Qué es la música para ti?

La respiración de Dios.

–¿Te ha salvado la música de algo?

Siempre. De morir de aburrimiento, de sufrimiento. La música salva, sana y cura. Salva de todo. Está hecha para sanar. Enfermedades del alma y físicas.

–¿Un artista para sanar?

Elvis. El mayor artista de mi vida.

–¿Una canción que te ponga feliz?

Great balls of fire, de Jerry Lee Lewis.

–¿Una para cuando estás triste?

Autum leaves, en cualquier versión.

–¿Una para el despecho?

Es que me gustan varias. El despecho es de pinga, hasta cuando no estás despechado. Algo de Nina Simone.

–¿Para enamorar?

A mí me gusta mucho un tema que mi esposa y yo escuchamos siempre que es In your room. Es sexi y ruda para enamorar.

-¿Una canción para despedirse?

Se acabó, con La Lupe

-¿Una que te haga llorar?

-Hay varias. Autun level, de nuevo. No hay manera de que no me joda. Hay una que me conmueve muchísimo, no sé por qué: My favorites things, de John Coltrane.

-¿Alguna que te recuerde a Venezuela?

–Simón Díaz. Es una vaina arrechísima: estás fuera del país y escuchas dos notas que lo identifiquen, y te vuelve mierda la vida, comienzas a necesitar comerte una arepa, ver el Ávila.

El Ávila, ese cerro que nos señala el norte, es uno de los grandes amores de Torkins: “Verlo te cura cualquier cosa”, jura él, que se define como “un puto caraqueño entregado”. ¿Por qué? “Por El Ávila; por cierta brisita que viene del norte que cuando estás muy jodido te pega en la frente y mejora todo; y porque tiene gente muy de pinga”. Llegados a este punto, y contra todo pronóstico, Torkins se quiebra: “Cuando salgo del trabajo veo mareas de gente yendo a trabajar, ¡a las 5 de la mañana! Esa vaina es conmovedora: es una ciudad que trabaja, en la que hay burda de gente echándole bolas, buscando el pan, ganarse la vida, intentando que sus hijos tengan mejor educación”, dice sinceramente conmovido y a punto de ceder a las lágrimas.

-¿Qué sientes por Caracas?

-Es como cuando tienes esa jeva, esa pana que la está cagando y te da arrechera, porque sabes que tiene potencial para otra vaina. Mucha impotencia.

-¿Y por la noche caraqueña?

-La respeto: hay mucho demonio por allí. Yo trabajo en la muy buena noche caraqueña, no trabajo en locales peligrosos. Y me cuido burda: cuando salgo del bar tengo en frente un taxi que me deja en la puerta de mi casa, y si no lo tengo no salgo. Soy de la resistencia, de los que no vamos a darle la ciudad a los malandros.

Esa última frase viene en consonancia con uno de los varios versos publicados en su blog:

“Estaré aquí esperando el fin de tus manías
Me encontrarás cuando bajen los ánimos
Hallarás mi cuerpo recostado de tus noches”

Eso le promete a Caracas (“mi ciudad de los techos rotos”), en un poema (“Hey vieja”). Porque Torkins, sí, escribe poemas y los publica en su blog. Y lo hace sin encontrar contradicción alguna en ello y su oficio de DJ: “Yo soy un artista más allá de DJ. Soy un artista que se divierte siendo DJ, si quieres. Y siempre  escribo: es un ejercicio de mi vida”.

-¿Qué escribes?

-Todo el tiempo escribo versos. Tengo un coñazo. Y también poemas.

-¿Cuál es la diferencia?

-Que el poema es una elaboración: necesita una estructura, una manera, una forma. El poema es un trabajo a largo plazo, un trabajo curtido.

-¿Qué es para ti la poesía?

-Es una forma de vida; de ver, de caminar, leer y escribir el mundo.

Es precisamente uno de los poemas publicado en su blog, en el que menciona a varios autores, el que da pie para comenzar a preguntarle por ellos:

-¿Qué es Kafka para ti?

-Un patólogo. El hombre que agarró el cadáver y lo diseccionó. Eso hizo él: agarró la sociedad tal y como estaba estructurada y la diseccionó.

-¿Y Lorca?

-La modernidad en pleno. Es como Simón Díaz: agarra el alma de la cultura más autóctona y se la lleva y muestra al mundo con un lenguaje más depurado.

¿Julio Cortázar?

-Jazz, sencillamente.

-¿Fernando Pessoa?

-Un Shakespeare portugués.

-¿James Joyce?

-Ahí sí está difícil, porque yo soy joyciano. Cada vez que leo ‘Ulises’ cambia mi vida porque es arrechísimo: a un hombre común  de repente lo conviertes en el tipo más de pinga del planeta; a un carajo con todos los peos del mundo, lo convierte en todos los hombres y hace una épica de un güevon, de un borracho irlandés cualquiera; y allí, al leerlo, te das cuenta entonces de que tu vida es igual, es exactamente igual: son pequeñas épicas, vainas llenas de logros y fracasos y desencuentros.

-¿Lezama Lima?

-Un Joyce latinoamericano. Lezama es universal, ni siquiera latinoamericano. ‘Paradiso’ es un libro al que hay que echarle bola. Lo amo.

-¿Walt Whitman?

-Es el hombre que es todos los hombres. Él es todos los hombres.

Y así, hablando de escritores y literatura con el DJ de Suka, termina este improbable encuentro. Han pasado casi dos horas y cuatro rondas de ron, la noche ha caído sobre Caracas, los primeros feligreses de la electrónica ya están en Suka, que comienza a parecerse, ahora sí, al local que conocemos, ese que guarda la memoria. Me despido con Torkins ya instalado en su consola. Desde ella, ejecutará su secreta venganza sobre los músicos disciplinados; desde ella prodigará a los asistentes esa noche el regalo de sus últimos descubrimientos; desde ella le hará justicia a los genios que no pudieron surfear la ola de lo masivo y naufragaron en el mar del anonimato; desde ella hará su ejercicio numantino de resistencia contra la tiniebla que nos cubre; y, quien quita, quizás pergeñará algún verso.

Foto: Pablo Canelones

“Los venezolanos no vamos a estar separados siempre”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Rodolfo Díaz (Caracas, 1990) es un tipo simpático y de conversación fácil. Fundador, letrista y vocalista de Estereograma, banda de rock venezolana que está surfeando las olas de la crisis y lanza en este 2017 su primer CD con un single que le canta a la esperanza del reencuentro en medio de la tragedia de las separaciones actuales, conversó con OJO recientemente. Honesto hasta la inconveniencia, no tiene problema en admitir que dentro de Abreboca hay temas que le gustan más que “En cuántas lunas” (el single promocional) o que Asier Cazalis escribe mejor de lo que canta. Admirador irredento del Serrat compositor, es capaz de reconocer sin empacho que se sabe completo el álbum Millennium de The Backstreet Boys, quienes son, junto con Arjona (con algunas cosas de Arjona, no todas), uno de sus varios placeres culposos musicales. No entiende, sin embargo, el éxito de Romeo Santos, al que considera sobrevalorado, como a Kudai y a algunos rockeros mexicanos. Según cuenta, una versión de “Imagine” de Lennon le sacudió la existencia y desde entonces eso es lo que busca: componer temas que puedan llegarles a las personas.  Jura que sacrificaría en el altar de su fama los aplausos y autógrafos (esa banalidad) por lograr con una canción suya cambiar y mejorar la vida de alguien. A fin de cuentas, dice, para eso está el arte: para sacudir y despertar; y la música, en su concepto, es uno de los más puros. Como se puede apreciar, Rodolfo Díaz es un tipo que tiene mucho que decir. Largo y tendido hablamos con él en una franca y entretenida entrevista que puedes leer completa a continuación:

-Estereograma se fundó en 2011. ¿Cómo nació?

-Un pana, el guitarrista, era sobrino del bajista del Caramelos, y siempre quiso tener una banda; de hecho tuvo una que se separó, y entonces él comenzó este proyecto conmigo. Yo me la pasaba cantando en todos lados, llegaba a todos lados y me ponía a cantar. Y un día él me dice: ‘tienes una voz interesante, vamos a hacer un grupo’. Y yo pienso: ‘este chamo está loco’. Pero nos fuimos reuniendo varias veces, un día montamos una canción seria (“Mujer de papel”), y de ahí empezamos a hacer todo ese proceso.

¿Dentro del panorama musical venezolano actual qué tienen ustedes que otros no tengan?

-Creo que tenemos una frescura muy interesante y una mezcla entre la voz y el género. Mi voz no es tan rockera pero la música sí, y creo que esa dualidad es muy sabrosa, creo que se ha perdido un poco, creo que se ha buscado mucho ir a lo indie, y se ha olvidado un poco lo que era esa mezcla tan sabrosa que daban el pop, el rock y la electrónica bien hecha.

Ahora, ¿por qué se han demorado tanto tiempo en sacar el disco? ¡Son seis años!

-Sí, fíjate. El tiempo fue: primero, imagen de banda, que unificarla fue algo que nos costó mucho; después, composición de los temas; luego, producción, que no la hicimos con un productor, no todos los temas, en algunos metimos la mano nosotros, los repensamos y mejoramos; y por último el dinero. El tema del dinero fue complicado, porque grabar cuesta plata, mezclar cuesta plata, masterizar cuesta plata.

-¿Todo el dinero sale de ustedes?

-Sí. Nosotros no tenemos patrocinantes. Casi todo viene de mi bolsillo, en realidad.

-Después de tanto tiempo, ¿qué expectativas tienen?

-Básicamente: ver qué opina el público sobre la banda, su música y su propuesta. “En cuántas lunas” es el primer single, detrás del cual vienen una serie de temas que a nosotros nos parecen más interesantes. Y siempre es sabroso ver lo que la gente opina de eso.

-Si hay otros más interesantes, ¿por qué salen con este?

-Porque tiene todos los matices de Estereograma: bastante pop, rock, unos efectos del folk bien interesantes con unas guitarras octavadas, tiene algo de grunge, y tiene además repetitividad, que es algo que debe tener un single para que la gente le preste atención. En fin, tiene todo lo que necesita para ser el primer tema.

-¿Es el mejor tema?

-Yo no te debería responder esto. Pero, a ver: este no fue de los últimos temas, que son siempre los más interesantes. El mejor de disco se llama el “Olvido”, y probablemente no sea un single por una cuestión de marketing.

-¿Y eso no  te frustra? Que el mejor tema no llegue a ser single

-No. Porque creo que la música tiene una carga subjetiva muy alta: el hecho de que sea la que más me gusta a mí no quiere decir que sea la que más le guste al público. Eso pasa muchísimo.

-Pero insisto, ¿no es frustrante?

-Es que, ojo. Eso no siempre es así. Depende es de la receptividad. Una vez que el disco llega a la calle la elección de los singles depende del gusto de la gente. Nosotros elegimos el primero y el segundo, pero ya el tercero lo definirá el nivel de tráfico, descarga y consumo, y puede ser perfectamente la que me guste a mí. Si es así, ¡increíble!

-¿Y si no?

-Si no, también me gustan las otras. No es que no me gusten, sino que es el tema que me gusta más.

-Vale. Leo en la nota de prensa que ustedes “quieren hablarle a la sociedad”, ¿qué tienen que decirle?

-Básicamente lo que le tenemos que decir a la gente es que nosotros también estamos viviendo esta realidad, que no somos ajenos ni queremos parecerlo. Hay bandas que quieren fingir demencia: somos artistas y vivimos en otro mundo; ¡eso es mentira! Con “En cuántas lunas” queremos comunicar y decir: sí, vivimos esto, la misma realidad de todos y que es innegable.

-En ese texto hablan también de esperanza. Pero eso es muy genérico, ¿esperanza de qué?

-De que los venezolanos no vamos a tener que estar separados siempre.

-¿Y tú crees que eso va a pasar pronto?

-No lo sé. La canción nunca define cuánto tiempo debería pasar para volverse a encontrar. No sé en cuántas lunas, dice, pero ciertamente nos volveremos a encontrar. Y eso va muy de la mano con lo que dice Laureano [Márquez] en el video: nadie quiere irse de su país; lo puedes hacer, sí, pero que quieras hacerlo es otra cosa; y que nunca quieras volver es todavía otra cosa totalmente diferente. Y es allí donde queremos atacar: que la gente no piense ‘perdí a mi hermano, a mi hijo, a mi amigo, de por vida y nunca lo voy a volver a ver’, sino que en algún momento, allá o acá, existirá algún tipo de reencuentro.

-Acabas de mencionar a Laureano. En el intro del video él dice que esta generación es la que conducirá la Venezuela que ha de venir. ¿Tú te sientes llamados a esto?

-Sí, totalmente. Yo siento que todos los venezolanos, una vez que nuestro país agarre otro rumbo, tenemos una obligación, como ciudadanos, de reconstruirlo. De corregir el rumbo. ¿Y quiénes lo harán? Los que tengan fuerza de trabajo y capacidad intelectual. Siento que como artistas tenemos la obligación de hacerlo.

-¿Y es una obligación del artista? Ustedes se han comprometido, pero hay muchos, y me acabas de hablar de ellos, que miran para otro lado…

-Es que el hecho de que tú cantes algo que no tiene que ver, no quiere decir que no estés ayudando. El hecho de que haya personas haciendo algo de calidad y que dé un mensaje de pura alegría también sirve: en la sociedad hace falta eso, no todo puede ser económico o político, tiene que haber distracción, ocio. Y allí entran las artes. Y creo que el artista, aunque no lleve un mensaje claro o directo, tiene la obligación de crear cultura y hacer felices a las personas por medio del arte.

-¿Tiene la música algún poder para transformar la realidad?

-Claro que sí. La música es el lenguaje del alma. Es una expresión muy pura, muy humana. Tiene la capacidad de cambiar todo, de cambiar el ánimo. Es como la literatura: te puede llevar a vivir una situación fantástica que te desenfoque o inspire.

-Hablas de música y de literatura, a Dylan le acaban de dar el Nobel…

-Ajá, ¿viste? No estamos tan locos.

-¿Qué opinión te merece ello?

-Siento que hay muchas otras personas que podían tener más mérito que él, pero lo que pasa con él es que lleva muchos años haciéndolo y no se da cuenta. Creo que es un buen ejemplo de que el músico busca, desde su rama del arte, llevar un mensaje fuerte que incluso puede llegar ser considerado como merecedor del Nobel.

-Ahora, tú también escribes canciones, ¿qué te lleva a escribir? ¿Necesidad de expresión, desahogo, qué?

-A mí me gusta mucho interpretar la realidad. Plasmar en papel las cosas que me van pasando. Me parece muy interesante, una catarsis muy chévere. Hay veces en las que escribo cosas que no sirven para nada y otras en las que siento que hay mensajes que deben ser transmitidos. Muchas veces hablo con la gente y siento que están en modo automático: trabajar-comer-salir-dormir-trabajar, y cuando te sientas, hablas y les preguntas: ‘¿qué te gusta a ti?, ¿cuáles son tus sueños?, ¿qué te hace feliz?’, la gente no sabe qué responder. Siento que ahí tengo la posibilidad de ayudar, hablar, llevar un mensaje que a algunos les gustará y a otros no. Pero si a alguien le llega y dice: ‘oye, yo escucho en estas canciones una inspiración para irme de mi trabajo porque lo odio’, si eso pasa, ya me doy por satisfecho.

Entiendo entonces que no escribes para ti sino para los otros…

Sí. Yo no escribo para guardármelo. Me parece que los mensajes tienen el fin de ser compartidos. Luego, la respuesta será otra cosa.

-¿Cómo es el proceso entre que algo te sucede y termina convertido en canción?

-Normalmente hacemos la música completa y luego yo empiezo a escuchar, a escuchar, a escuchar, a ver a qué me suena, a qué me recuerda, a qué pasaje de mi vida me lleva, qué me imagino, qué situación puede hacer link con esto, y es allí cuando empiezo a escribir. Busco en mi memoria, en mi fantasía, en mi imaginación, cosas con las cuales construir una historia con una línea narrativa relativamente coherente o a veces no tan coherente (eso también es apropósito) pero que haga un mix con lo que me transmite la música para que la letra vaya por un mismo lado…

…¿entonces comienza siendo primero música y después letra?

-No siempre. Pero sí. Hay también otras que hemos escrito, yo canto una melodía completa y se van reestructurando los acordes que van con la voz.

-¿Cuánto tiempo puede llevar este proceso?

-Entre una o dos semanas para comenzar una estructura completa, y después empezar a producirla.

-En los tres temas que escuché hay mucho de ruptura y de fracaso de la relación. ¿Debo entender que es algo que ha repetido mucho en tu vida entonces?

-Jajaja. Creo que puede ser algo de cada quien. Yo personalmente, en las relaciones, siempre he estado enfocado en otras cosas y nunca se han desarrollado de la manera más idónea, y por allí me voy. Hay otras personas, los baladistas, por ejemplo, que se van más al amor y a la conquista, a esa fase de la relación. Bueno, bien, pero yo estoy en las otras y por eso escribo de ellas. De todos modos, creo que es más fácil escribir de despecho. Suenas menos cursi. Por lo menos para el rock.

-Sin embargo, el disco no es de rock puro, sino que hay mezclas, ¿por qué?

-La música es un ejemplo de quien eres. En ella se refleja mucho de lo que eres, de la sociedad en la que vives, y nosotros tenemos un mestizaje muy fuerte y por eso hay muchos géneros que se han hecho parte de la sociedad. Nosotros no tocamos ningún género venezolano como tal, pero mezclamos con otros como balada, pop, electrónica, mucho de los ochenta, porque era lo que nos gustaba cuando éramos chamos, las primeras bandas que escuchábamos. Y no fue a propósito, sino que fue surgiendo.

Ahora que hablas de los 80’s. Leía yo hace poco el prólogo que Asier escribió para ‘Crónicas del rock’, y allí él decía que aunque los 80’s fueron unos años horribles, pero que para el rock “no hay mejor caldo de cultivo que la inmundicia”. De algún modo reivindicaba la utilidad de esos tiempos malos. Ahora estamos en unos tiempos peores, ¿son buenos para hacer música?

-Económicamente es muy difícil porque todo se ha vuelto muy caro. La música siempre fue cara, pero ahora lo es más. Adquirir instrumentos de calidad, pagar una hora de estudio, de ensayo, de mezcla, todo eso es muy costoso. Pero ahora tienes una herramienta de difusión que no tenías en los 80’s: el internet. No tenemos disqueras pero puedes hacerlo casi todo solo. Hay un tema de autogestión muy importante que es el que te va a garantizar llegar a una disquera, porque nadie te va a firmar de cero. Ellos parten de una premisa: si tú lograste llegarle a la masa solo, con nosotros la vas a romper.

-¿Y se puede vivir ahorita de la música?

No. Al comienzo no. Es una inversión muy continua y constante, de mucho esfuerzo. Si vas desde el principio pensando que ese va a ser tu único ingreso y que te vas a auto sustentar, entonces estás mal. Todos nosotros tenemos una vida alterna de producción económica, que va direccionada a establecer a la banda como tal.

-¿Y si pudieras vivir de la música dejarías toda esa vida, digamos, profesional? Te lo pregunto porque quiero saber si esto tuyo con la música es verdaderamente una vocación marcada o sólo un hobby

-Para mí el tema es más artístico que musical. Me gustan mucho las artes audiovisuales, tengo una casa productora de comerciales, me gusta el cine, por eso apoyo la propuesta de Estereograma. Esas son las dos únicas cosas que tengo y ambas están ligadas por el tema del arte. Si pudiera salirme de algo, no me saldría de la parte audiovisual tampoco: porque yo no estoy en una oficina donde me vuelven loco; soy mi propio jefe, hago lo que me gusta y practico cosas que me llenan, por eso no lo abandonaría.

-Ok, pero supongamos que ustedes la rompen, este disco es un éxito, la gente hace cola para verlos, los firma una disquera, ¿qué harías?

-Congelo todo. Sin duda.

-¿Y sentirías que te falta algo?

-Es que creo que aún si vives una vida 100% de músico, siempre va a haber un huequito en el que no hagas nada para dedicárselo a algo que te gusta: en este caso se lo dedicaría a la producción audiovisual.

¿Te gustaría ser famoso y tener vida de rockstar?

-Mira, a mí lo que más me da satisfacción es que alguien me diga: ‘esta canción me gusta mucho, cambió mi vida’. A mí eso me gusta, creo que es lo más importante y es lo que yo busco, más allá de que me reconozcan o me pidan autógrafos. Eso me parece banal. A lo mejor al principio puede ser sabroso, uno se siente importante y tal, pero a mí ahorita no me parece significativo. Prefiero que alguien venga y me diga: ‘mira, quiero agradecerte porque esta canción cambió mi vida’. Berro, eso sería increíble.

-¿Y una canción puede cambiar la vida de alguien?

Claro. Por supuesto. Las canciones pueden marcarte, pueden ayudarte y desenfocarte de las cosas negativas. A mí me pasó. “Imagine”, de John Lennon, versionada por A perfect circle, es una canción que a mí me llenó mucho  y no hay forma de que la escuche sin sentir una fuerza interna de energía. Es lo que el arte hace a veces: darte una cachetada y decirte ‘¡despierta!’

-¿Cuáles son tus referencias musicales?

-Cuando hablamos de escritura, mi máxima referencia es Serrat. Mi profesora de canto dice que mi vibrato es serratoso, que no tiene nada que ver con el rock. Pero para yo escribir, las referencias son Serrat, Cerati, Rubén Blades, Brandon Boyd, de Incubus, que escribe unas cosas muy locas pero otras muy profundas y buenas, Juan Luis Guerra, que es un merenguero-bachatero pero también escribe unas cosas muy buenas.

-Y ya no de escritura, sino de música en general, ¿quiénes son tus referentes?

-Ahora, hablando de música, Incubus, A perfect circle, Sonata ártica, Los Mesoneros, lo que era Sentimiento Muerto, Caramelos, a pesar de que los critican tanto, Vinilo Versus; Metallica y Nirvana, que son bandas que están tácitas. Esas más o menos son todas las referencias.

-Al momento de hablar de los compositores no me nombraste a ningún venezolano. ¿Es que no hay ninguno?

-Asier. Él escribe es increíble. Creo que lo que mejor hace es escribir.

-¿Escribe mejor que canta?

Yo no puedo decir esas cosas jajaja. Pero ciertamente escribe muchísimo mejor de lo que canta. Escribe tan bien que no le hace falta cantar. Además que el rock no amerita tener la mejor voz, pero sí un mensaje interesante: y eso él lo tiene. La Vida Boheme para mí escribe mejor de lo que hace música: las letras son increíbles, la forma de interpretar la realidad y plasmarla en canciones me parece absurdamente genial. Los Mesoneros también me parecen increíbles, tienen una canción que se llama “Un segundo”, que es una crónica de los últimos días del colegio y es  interesantísima. Allí tú dices: son unos chamos tan jóvenes y escriben eso, ya tienen esa capacidad de interpretar la realidad. Me parece increíble. Simón Díaz está en los tácitos.

-¿Qué placeres culpables musicales tienes? ¿Algo que nadie esperara de ti?

-Creo que Backstreet Boys jajaja. Es inevitable. Millennium me lo sé de principio a fin. Hace unos meses podía decir que Justin Bieber, pero actualmente no porque Diplo ya lo rankeó bien. Chino y Nacho podría ser, pero es que son tan buenos y famosos que si los odias estás mal, aunque seas rockero. Arjona también podría ser: tiene muchas cosas malas pero también tiene cosas buenas.

-¿Cuáles son las cosas buenas de Arjona?

-Que algunas veces menciona a Serrat en sus canciones y lo menciona como ídolo. Entones está claro, por lo menos.

-¿Te gustaría componer como Arjona?

-No. Me gustaría componer como Serrat, cosa que veo complicada.

-¿Por qué?

Porque siento que hay un bagaje cultural, social e ideológico tan profundo en cada una de sus letras, que no me siento todavía en capacidad de llegarle. Bien es verdad que uno va evolucionando y puede que en algún momento llegue.

-¿Cuál es la mejor canción de Serrat?

-Es que tiene demasiadas buenas. “Utopía” es una cosa absurda. Hay otra en la cual me inspiré para “Blanca locura”, “Elegía”: una canción que le escribe a un amigo que se le murió. Increíble como transmite con palabras los sentimientos tan duros que estaba sintiendo por la persona que se fue. “Princesa”, que habla de una persona que se supera a fuerza de la mamá. Son muchas.

-Ahora te volteo la pregunta: dime algo que a todos les guste y que tú consideras que está sobrevalorado.

-El reggaetón. Todo el reggaetón está  súper sobrevalorado. Yo de verdad tampoco entiendo el amor a este chamo, a Romeo Santos, de Aventura. No lo entiendo. Casi toda la música que tiene que ver con rock mexicano me parece sobrevalorada: Reik es terrible; Kudai, ¡Dios mío! Ellos están sobrevalorados. Hay también algunos rockeros mexicanos que se salvan: Molotov, Café Tacuba por ejemplo.

-Para ir terminando, ¿después de Abreboca, qué?

-Hay que ver que pasa.

-¿Y si no  pasa nada, si no tiene éxito, si descubres que no es tu camino…?

-No vale, ¡qué pavoso! A ver. Eso siempre puede pasar, pero lo más importante es haberlo plasmado, haberlo difundido; y si al final no gusta, eso es respetable y no podemos hacer nada en contra de la subjetividad de las personas. Podemos seguir haciendo música. Ahí veríamos si mantenemos la misma línea de propuesta, o evolucionamos o no.

-¿Estarías preparado para el fracaso?

-Sí. Vuelvo y repito: el objetivo es saber qué piensa la gente. Pero que no se quede engavetado, no se quede en pensar ‘qué hubiera pasado si…’.

-Para cerrar, ¿qué es la música para ti?

-Es una herramienta de expresión increíblemente pura, increíblemente humana y con una fuerza tremenda para transmitir.

-¿Podrías concebir la vida sin música?

No. Yo no puedo. De 24 horas yo canto 13 horas diarias.

-Para Borges el paraíso era una biblioteca, ¿para ti…?

-Un cuarto con bastante eco, donde puedas cantar y se escuche durísimo todo.

-Gracias, Rodolfo.

-A ti.

4-4

Carlos Cortés, un artista necesario

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Necesario. Esa es la valoración más precisa que se puede hacer de Carlos Cortés (Maracaibo, 1987): un artista necesario, de esos que surgen de tanto en tanto para cumplir con aquella función del arte que Borges inmortalizó en sus versos: “ser como ese espejo que nos revela nuestra verdadera cara”. El diseño gráfico (o visual, en sus palabras) es, a su vez, el modo de expresión por medio del cual se manifiesta y el arma que usa en el combate. Hijo de tu tiempo, producto de esta Venezuela polarizada y en constante crisis, su mayor cruzada la libra en el campo de la política contra dos enemigos a los que no quiere darles tregua: el odio y el populismo. Está convencido de que su trabajo puede producir cambios sociales, generar empatía entre dos que no se soportan, llevarlos a ver que en el fondo no son tan diferentes y advertir a la masa sobre los peligros de elegir encantadores de serpientes. Ha creado, además, un fantástico medidor de conflictividad en el que con mucha ironía y no menos ingenio mide en soldaditos aplastados por bota el índice de conflicto que hay en Venezuela según se repitan ciertos términos. Buen lector y estudioso de la historia (obsesionado con ella, dice él), Cortés tiene un discurso inteligente y bien elaborado, y un potencial que se pierde de vista. Es, repetimos, un artista necesario y que hay que conocer, a quien tuvimos la oportunidad de entrevistar recientemente. A continuación este entrañable y, sobre todo, bien argumentado diálogo:

¿Por qué te defines como un diseñador visual y no como un diseñador gráfico? ¿Cuál es la diferencia?

La posición de diseñador gráfico ha sido muy devaluada. Básicamente ha pasado a ser un maquetador y no lo que realmente se supone que hace, lo cual es solucionar un problema de comunicación visual. Debido a ello me parece mejor describirme como diseñador visual: es una forma de re valorizar lo que hago ante el público y supongo ante mí mismo, aunque mucha gente pueda decir que “es el mismo perro con otro peinado”.

¿Por qué decidiste dedicarte a esa profesión?

La decisión tuvo que ver con haber visto un video de Do The Evolution, de Pearl Jam, cuando era chamo. Es hasta el día de hoy mi video musical favorito, ya que incluye todo lo que me gusta: imágenes poderosas y bien realizadas, un mensaje crítico y profundo llevado a cabo de forma rápida y efectiva. Al verlo comencé a pensar en cómo podía lograr hacer eso y comencé a interesarme por el arte y la animación; eso llevó a que al momento de escoger carrera y ver que había algo llamado diseño gráfico lo eligiera. En ese entonces pensé que era solo un trabajo pero se ha convertido en mi vida.

¿Cuánto tiempo llevas diseñando?

Diseñando formalmente creo que desde la universidad solamente. En el año 2005 hice mi primer diseño, que era una muy mala representación de un logotipo, pero antes de eso dibujaba robots, lo cual era mucho más interesante.

¿Qué te inspira a la hora de realizar tu trabajo?

En estos días hay muchísimas cosas que inspiran: una taza de café y un playlist son esenciales, pero también ver stand-up-comedy (que considero la mejor forma de discurso), leer ficción o política (ahorita ando pasando por una fase de Ted Chiang) o salir a caminar y encontrarme con un esquema de colores en una casa o un poster completamente terrible pero con una tipografía interesante. Sin embargo, en mi trabajo personal lo que mas me inspira es la política y la historia: estoy fascinado con el cómo se repiten los ciclos históricos en la política y lo tragicómico de ello.

¿Quiénes son tus referencias?

Hay varias, pero en este momento en particular Donald Glover me parece una referencia en su forma de experimentar y no mantener un molde; Brent Morrin en narrativa; Jean Baudrillard en su retórica; Jessica Walsh en capacidad de auto-promoción; Orson Welles por su pesimismo; Niza Yanay por su implacable objetivismo y Goyá porque visualmente pocas personas han podido lograr un cambio tan fuerte en su estilo tan rápido.

¿A qué diseñador admiras?*

Tibor Kalman es mi pastor y con el nada me faltará: es una referencia obligada para diseñadores pero si bien muchos consideran que era un genio del diseño yo creo que era un genio en lograr que sus clientes hicieran lo que no querían hacer, y eso es un talento raro en la industria.

¿Cuál es la principal característica de tu trabajo?*

Creo que mi capacidad para hablar con los cínicos. Cuando he llevado mi voz en mi trabajo siempre tiene un tono un poco oscuro pero no apocalíptico, siempre trato de causar mas risa que rabia o desesperanza, trato de reducir el cinismo hablando el idioma de los cínicos.

¿Cómo definirías el estilo de tus diseños?

Por mucho tiempo he intentado no tener un estilo, pero creo que al final hay cosas que siempre salen; por ejemplo, la utilización de una paleta corta: no me gusta lidiar con degrades o manejar cinco colores para una pieza, trato de mantener un balance visual cuando puedo y no generar demasiado caos, porque el mensaje es el rey.

¿Cuál es el color que prevalece en tu trabajo? ¿Por qué?

Rojo, definitivamente, y la culpa es de Chávez, en serio. Crecí en una Venezuela pintada de rojo y siempre me opuse a ello, pero al mismo tiempo me genera una fascinación utilizar el color rojo en cuanto puedo; también soy parcial al amarillo con escala de grises y para ello solo podría explicar que es el mejor resaltador de mensajes del mundo, aunque raramente combino rojo con amarillo, porque se pelean.

¿De qué obra te sientes más orgulloso? ¿Por qué?

Mi mayor orgullo ha sido generar un medidor visual de conflictividad política venezolana, lo cual es un término muy chévere para describir una bota robótica que aplasta a un pequeño soldado de cera por medio de una conexión con twitter donde identifica términos inherentes al conflicto interno (chaburro, apátrida, pitiyankee, escuálido, etc), que al ser utilizados generan un pequeño impulso en la bota. Con suficientes impulsos, la bota aplasta al soldado, lo que me permite medir en soldados muertos por tiempo el índice de conflictividad.

¿Cuál es el mayor obstáculo que has encontrado en tu carrera?*

Creo que hasta ahora ha sido la auto promoción. Es algo que, hasta hace no mucho, me rehusaba a hacer: utilizar redes sociales para promocionarme era de esas cosas a las que le hui por mucho tiempo, pero me ha tocado entender que es una herramienta mas para comunicarme con una base amplia de personas.

¿Cuál es la mayor satisfacción que has tenido como diseñador?

Ganar el premio d&ad. Creo que es una de esas cosas que realmente me permitió llegar a lugares y de una vez establecer cierta validez: además que lo gané en conjunto con la mujer que mas admiro en el planeta y nos llevó a juntarnos bajo el nombre de Brief Pirates, que es un proyecto que estamos llevando poco a poco hasta su destino.

¿Qué es lo mejor y lo peor de tu trabajo?

Lo mejor es ese momento cuando descubres cómo vas a abordar un problema, justamente antes de que encuentres las mil y un formas que podrían no funcionar y cómo resolverlas; ese momento es creación pura y no hay nada mejor que eso. Lo peor son los constantes ataques de pánico acerca del síndrome del impostor: básicamente paso la mitad del tiempo convenciéndome de que sí merezco los trabajos que tengo.

¿Por qué has decidido meter la política en tu trabajo?

No fue una decisión tanto como una manifestación de algo que era inevitable: yo soy un observador de la política desde antes de ser diseñador, eso es parte de lo que me define y, obviamente, al aprender a diseñar vi en ello la oportunidad de tener una voz.

La otra razón para ello es que genuinamente creo que el diseño ofrece una oportunidad que pocas otras profesiones ofrecen: poder influenciar la opinión popular. Esto debe ser usado con responsabilidad, y si bien es chévere decirle a la gente que compre el último disco de Beyonce o que se tome una Coca-Cola, es más relevante decirles: ‘Elegir populistas siempre lleva a resultados nefastos, por favor dejen de hacerlo’.

Dices que tienes interés en generar con cambio social por medio de tu trabajo, ¿creer que el arte tiene ese poder? ¿Puede servir para contrarrestar el odio?

Estoy convencido de ello. Creo que el arte, el diseño y la tecnología pueden llevarnos a generar muchísima más compasión y empatía. Mi argumento es que si logras re-humanizar a los ojos de alguien a otra persona, el primer argumento para odiarlo se cae. Al final no somos tan únicos y nuestras experiencias comunes son mucho más que nuestras experiencias individuales. Todos hemos amado, perdido, envidiado y admirado, a menos que seamos psicópatas. Y poder llevar eso como una bandera en común puede generar cambios sociales positivos, incluso curar el odio.

¿Has podido realizar tu trabajo con plena libertad? ¿Has sufrido censura?

En Venezuela no. De hecho, tengo tiempo que no expongo en museos a partir de un incidente en el que una exposición fue cancelada luego de que una obra mía fuera considerada muy ‘peligrosa’. Se me ha dado a entender que luego de ese incidente mi nombre no es muy grato en el circuito de museos, pero creo que simplemente es autocensura por parte de personas que con mucha razón tienen miedo a ir presos por mi culpa.

¿Por qué decidiste irte del país? ¿Qué te motivó?

Hubo muchas razones: el clima político, la censura, intentar lograr un cambio político pero encontrarme con un clima apático por parte de la gente a quien lo dirigía e incluso una decepción amorosa llevaron a que decidiera irme. También influyó que me ofrecieran una beca parcial y me dieran acceso a tecnología y métodos de producción que nunca habría podido tener en Venezuela. Simplemente sentí que si bien yo podía querer a Venezuela el cariño no era correspondido.

¿Y crees que podrías realizar tu trabajo aquí?

Creo que podría hacerlo, pero no bajo mis términos y eso haría que fuese todo mas complejo de lo que necesita ser.

¿Está en tus planes volver en algún momento?

Espero poder hacerlo. Mi intención a largo plazo es poder tener un estudio en Venezuela basado en los postulados bajo los que Andrea (mi compañera creativa) y yo fundamos Brief Pirates. Nuestra idea siempre fue poder utilizar la ridículamente inmensa capacidad creativa de Venezuela con nuestro conocimiento de producción de afuera para conceptualizar cosas para clientes abiertos a propuestas raras.

emaweb

Emmanuel Rincón: “Yo no sueño con irme sino con poder quedarme”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Por extraño que parezca, hay en San Cristóbal un joven de 26 años que aún en medio de esta crisis dice que no se quiere ir de Venezuela. No es hijo del Gobernador ni tampoco está enchufado en la mafia de los dólares a 10. Tiene una profesión difícil de ejercer honestamente (abogacía) y una vocación nada lucrativa (literatura). Y sin embargo, se queda. Se quiere quedar. No se ve fuera de Venezuela. Y aunque reconoce que la situación es catastrófica, sueña con ayudar a cambiarla. Pero no es ese su único sueño: también aspira vivir de los libros, porque no quiere (se niega a) hacer otra cosa que no sea lo que le gusta; entiéndase: escribir. Eso, dice, lo hace tan feliz que no le importaría morirse de hambre redactando, aunque reconoce que trabaja fuertemente para que eso no suceda. No quiere ser otro de los tantos autores olvidados de Venezuela, sino que en 400 años sus libros (que improbablemente ya van por seis) todavía se lean. Emmanuel Rincón se llama, y estuvo la semana pasada en Caracas presentando su último trabajo, ‘La trivialidad del mal’, una crónica social narrativa –así la define él– en la que cuenta, desde la perspectiva de una mujer, un niño y un joven, cómo se vivieron las guarimbas del año 2014 en uno de sus puntos más neurálgicos: la capital de Táchira. En medio de una gira relámpago de medios tuvimos tiempo de entrevistarlo y hablar largo y tendido sobre su vocación, su carrera, sus libros, el negocio editorial, el país y las razones para quedarse aquí.

-Emmanuel, me puse a sumar el número de páginas de tus seis libros y me da 1593. Eso es una barbaridad. Pero apenas tienes 26 años. ¿A qué edad empezaste a escribir?

-Empecé a los 15 o 16 años.

-¿Y qué te llevó a escribir?

-La situación política del país. Desde pequeño me empezó a inquietar mucho todo lo que estaba pasando y como consecuencia de ello surge mi primera novela, que es sumamente extensa, y buscaba ser un espejismo de Venezuela: transcurría en una isla con unas condiciones ambientales y minerales riquísimas, como las nuestras, pero que producto de ello, del exceso, empieza a corromperse por la clase política y como consecuencia de ello se derrumba. Ése fue el germen de todo.

-Es muy curioso que hayas arrancado con una novela de 667 páginas. ¿No hubo cuentos, relatos, poemas, algo intermedio?

-No. Nada de eso.

-Según entiendo, comienzas a escribir esta novela antes de entrar a la universidad, pero luego, y esto me parece curioso, cuando llega el momento de elegir carrera, te vas por derecho y no por letras, por ejemplo. ¿Por qué?

-Desde que tenía 12 años veía todo el desastre y soñaba con hacer algo por el país. Y en ese momento hasta soñaba con que quería ser presidente e imaginaba que quizás el derecho era una herramienta para conocer el funcionamiento orgánico y administrativo del país. Además, desde pequeño siempre me habían gustado mucho esas películas gringas con jurado, argumentación, el tema intelectual que va de por medio, eso ya me atrajo mucho.

-¿Y fue así?

-No. Cuando vas entrando a la realidad del país te vas dando cuenta que el derecho en Venezuela no es así. Pero ya en la carrera había descubierto la vocación a escribir y la seguí.

-¿Cuándo la descubriste? ¿En qué momento te convenciste de que lo que querías era escribir?

-Saliendo de la universidad. De hecho, en el cuarto año quise dejar la universidad. Tenía el Servicio Comunitario, la Tesis, veía muchas materias y paralelamente estaba escribiendo esta novela, llevaba como 400 páginas y no se acababa, y me entró como la desesperación. Dije: estoy harto, yo lo que quiero es escribir, me voy.

-¿Y lo hiciste?

-No. Mi familia, los amigos, todos me dijeron que no, que entrara en razón, y finalmente seguí la carrera y la culminé.

-¿Y el libro?

 -Lo culminé y lo publiqué después.

-¿Cómo fue publicar por primera vez?

-Mira, yo tenía expectativas muy grandes: quería verlo en todas las librerías. Pero era muy inocente, no conocía la realidad comercial de los libros, su funcionamiento. Ese primer libro lo publicó el Fondo Editorial Simón Rodríguez, que es un fondo adjunto a la Gobernación del Táchira, y no tuvo un carácter muy comercial: lo utilizaron, digamos, de propaganda política, para decir ‘aquí apoyamos la literatura’, y lo que hizo fue donarse en universidades, en escuelas. Yo soñaba con verlo en librerías y no ocurrió.

-¿Eso te frustró?

-Sí. En el momento un poco. Pero la carrera literaria es de frustraciones; y todavía me frustro porque quiero muchas cosas, quiero que mi libro esté en China, en Australia, y obviamente eso es un proceso que lleva tiempo.

-¿Cuál cuáles fueron las resistencias más grandes que encontraste al principio?

-Mi mamá no me entendía mucho al principio. Pero porque ellos vienen de hogares un poco más anticuados en los que el bienestar social y el éxito se miden por lo económico y no según las satisfacciones personales. Yo desde hace 3 o 4 años me dije: voy a escribir así me muera de hambre, y si se muero de hambre me muero haciendo lo que me gusta. Y bueno, es la decisión que tomé.

-¿Qué es la escritura para ti?

-Es mi forma de vida. Si no escribo no puedo ser feliz.

-¿Y vives sólo de la escritura?

-Cuando salí de la universidad estuve trabajando con mi padre en medios de comunicación. Pero poco a poco me fui alejando del trabajo, porque sentía que no era feliz si no hacía lo que quería. En ese tiempo no tenía ingresos, pero sí convencimiento. Y seguí. Y seguí. Y seguí. Y hoy en día me dedico absolutamente a esto. Obviamente no vivo sólo de mis libros, es muy difícil: hago algunos trabajos freelance y voy rotándome según mis necesidades.

-¿Y en tu casa te siguen viendo igual?

-No. Hoy en día me respetan en mi casa. Hace 3 años mi mamá me decía ‘tienes que hacer tal cosa’, y no importaba que yo estuviera escribiendo o no, me tenía que parar a hacerlo. Ya no es así. Ahora escribo y me respetan el tiempo. Eso ha cambiado.

¿Cuántas horas escribes al día?

-6-7 horas

-¿Dónde escribes? ¿Tienes algún lugar en específico?

-Generalmente escribo en mi casa. Aunque puedo escribir en cualquier lado, en realidad. Siempre cargo mi laptop a todas partes, y donde quiera que vaya la llevo y escribo.

-Entonces, según entiendo, no eres de los que necesita una atmosfera o algo en específico para escribir.

-No, para nada. Me puedo sentar a escribir aquí si quieres. O en el aeropuerto, con 20 personas y los parlantes y puedo estar escribiendo.

-¿Has sufrido de bloqueos?

-No. Nunca. Más bien tengo un montón de ideas y proyectos, tengo muchísimas historias en la mente.

-¿Y no te da miedo que se te acaben?

-Me da miedo que tenga tantas. Porque siempre digo cuando acabo un libro: voy a tomarme un mes, y no duro una semana sin escribir.

-¿Qué es lo más difícil de escribir un libro?

-Más que imaginar, lo difícil es darle darle la estructura. Ya cuando sabes por donde va la historia es más sencillo. Por ejemplo, lo que me pasó con ‘Wolf’ [su quinta novela, publicada también este año por Ediciones B]: desde que empecé hasta que acabé el manuscrito pasaron 6 años. Comencé a escribirla, no me gustó la estructura que le había dado, volví a empezarla dos años después y así hasta que pude concluirla.

-¿Es la que más tiempo te ha tomado?

-No. Tengo una obra inédita de ciencia ficción. Es una obra de más de 400 páginas, que para mí es lo mejor que voy a escribir en mi vida. Yo la tenía en la cabeza desde hacía 10 años y la vine a terminar en diciembre del año pasado.

-¿Cuántos libros tiene inéditos?

-Como siete u ocho

¿Y están inéditos por qué?

-Porque los ritmos editoriales no son los de uno. Mis dos obras favoritas, la de ciencia ficción y una novela romántica negra, no se han publicado. Esa novela tiene 426 páginas en Word, que si lo conviertes a libro se extiende más, y en Venezuela es muy difícil comercializar un libro tan largo, las editoriales no lo publican. Entonces, eso tiene que ser fuera de Venezuela, pero publicar afuera tampoco es fácil. Lamentablemente, ya no es como en los tiempos del boom, por ejemplo, con Carmen Balcells y Carlos Barral, que ellos dictaron la pauta e impusieron lo que se iba a leer y el público lo acogió. Hoy la dinámica es otra: la editorial se vende al público y no al contrario, y eso lleva a que la literatura se marginalice, sea algo más banal. Hay escritores que empiezan por ser Youtuber, locutores. A los editores no les interesa que su material sea bueno o malo, sino que se venda.

-Tomando en cuenta todo eso que has dicho, si viene un editor y te dice: ‘escríbeme mejor de política y deja la ciencia ficción a un lado’, ¿transigirías? ¿Estarías dispuesto a hacerlo en pro de la venta?

Lo que pasa es que el tema me tiene que seducir. Fíjate que eso ya me pasó, ya la sugerencia la hubo con lo de la política. Y lo estoy meditando. Pero pasa que también el tema político me apasiona muchísimo. Y entonces ya no sería una molestia porque la política me gusta.

-Te la pongo más difícil. Si yo vengo del Ministerio de la Cultura y te digo…

-No. Para allí. Chavismo no.

-En ‘La trivialidad del mal’ pones en boca de Génesis la siguiente línea para referirte a los escritores: “Crean no saben para quien ni para cual momento…”. ¿Estás de acuerdo con ello?

-Sí. Porque hay obras que trascienden en su momento y luego son olvidadas. Hay booms que luego se extinguen y hay obras que pasan desapercibidas durante la vida del autor y luego, 200 o 400 años después, son rescatadas. Mi meta es que yo me muera y 400 años después se sigan leyendo mis cosas.

-Entonces quisieras ser un clásico.

-No sé.

-Porque los clásicos son los que sobreviven a los siglos.

-Sí. Es a lo que uno aspira.

-Si de tus seis libros publicados sólo pudieras salvar uno y que los demás se perdieran irremediablemente, ¿cuál sería?

-Es muy difícil. Porque para mí mi mejor obra está inédita todavía. Escrita pero inédita.

-Pero de los publicados…

-Creo que sería ‘Wolf’. Porque me gusta. Es una obra que me gusta mucho.

-Hablemos de ‘La trivialidad del mal’, tu última novela. ¿Cuánto tiempo te llevó escribirla?

-No te podría responder: yo no sé cuánto tiempo tardo en escribir los libros. Pero fue un proceso más corto de lo normal. Lo empecé durante las guarimbas pensando que ese iba a ser el fin del gobierno. Lo vi como un momento histórico y dije: esto se tiene que relatar. Entonces comencé a hacer la documentación y todo eso. Ya después nunca se acabó el gobierno y tuve que darle un fin.

-La novela cuenta todo desde la perspectiva de tres narradores: un niño, un joven y una mujer, ¿por qué escogiste esa estructura?

-Eso fue 100% inspirado en Andrés Neuman, que es uno de mis escritores favoritos. Él tiene una novela que se llama ‘Hablar solos’, en la que hay un niño, su padre que tiene cáncer y su madre; y narra todo desde la dinámica de esos tres personajes. Eso me gustó mucho, y desde allí me entraron ganas de relatar a partir de la perspectiva de una mujer y de un niño, y cuando pensé en escribir esto hice la analogía y me decidí por hacerlo así. Pero fue inspirado por él.

-¿Te fue difícil meterte en la mente de una mujer y de un niño?

-Sí. Es difícil. Porque yo no sé qué piensa un niño de 8 años: yo agarraba a los niñitos y les preguntaba cosas para ver hasta qué nivel estaba su razonamiento; yo pensaba que no distinguían entre Maduro y Chávez y me di cuenta de hasta dónde podía llegar yo en la novela con Gabito. Quizás su narración me fue más difícil que la de Génesis, porque uno siempre tiene un acercamiento femenino muy fuerte y yo siempre me he sentido muy a gusto entre mujeres.

-¿Cómo hiciste para construir los personajes?

-Yo soy de estudiar mucho a las personas. Cuando me siento incómodo en una conversación o veo que la gente comienza a hablar estupideces tiendo a callarme y a observar a todo el mundo. Siempre hay que hacer ese proceso de observación y análisis: uno como escritor es un chupador de almas; uno va tomando prestadas cosas de todas las personas, y a raíz de allí se hace la imagen de lo que es esa persona, su personaje. Ya luego lo bien o mal que lo puedas hacer depende de tu destreza como escritor.

-¿De dónde salió el título del libro?

-Ese título se lo coloqué después. En un principio se llamaba Recluido entre guarimbas porque me parecía que le podía dar un potencial comercial muy grande. Pero un día estaba hablando con mi psiquiatra de ese entonces y me recomendó leer algo de Hannah Arendt que se llama La banalidad del mal, y la idea me pareció muy acertada, porque el mal termina por hacerse algo continuo; entonces, como no quería repetir el nombre, le busqué un sinónimo y de allí salió.

-El libro viene con una nota en la primera página en la que la editorial advierte que no se hace responsable de nada de lo escrito más adelante y aclara que todo es responsabilidad del autor. En el libro emites juicios fuertes sobre personajes que todavía tienen poder y lo haces con nombre y apellido, ¿eso no te da miedo?

-Trato de no pensar mucho en eso. Si hay consecuencias políticas, igual estamos presos en el país. Pero no me voy a autocensurar. Si no, sería un pésimo escritor.

-¿Qué tiene que aportar este libro al país?

-Yo pienso, primero, que conciencia, ya que de alguna forma busca evidenciar lo que está ocurriendo en Venezuela. Y en segundo lugar está también la intención de crear memoria colectiva, que dentro de 10 o 20 años la gente pueda tener una idea de lo que pasó y si ve que se vuelve a torcer el camino tengan un modo de advertencia. Creo que esta novela podría llegar a considerarse histórica y llegar a ser una referencia sobre el proceso revolucionario.

-La novela es bastante pesimista con respecto al país y su futuro. Es tremendamente dura a ese respecto.

-Sí. Pero esa es la realidad. Yo no la puedo alterar. Ayer en Globovisión me preguntó el periodista si no creía que era mejor escribir algo más positivo sobre el país y yo le dije que si él no creía que si yo escribiese algo bueno sería hipócrita.

-Y él seguro te dijo que no porque eso era lo que él hacía todos los días sin inmutarse ni sentirse mal. Pero volviendo al libro, uno lo termina y queda descorazonado: parece que la alternativa es irse o morirse.

-¿Qué te puedo decir? Es la historia de nuestras vidas. Mira, yo en San Cristóbal tenía un grupo de amigos hermosísimo: éramos una familia. Todos los domingos era una religión: de 2 de la tarde a 11 de la noche juntos; jugábamos play, futbol, lo que fuera. Éramos 12, y en San Cristóbal quedamos dos: los demás están regados ahora por todo el mundo. Esa es la realidad que tenemos como país.

-Y sin embargo tú sigues…

-Sí. Es que a ver, yo he viajado mucho, pero cada vez que me voy quiero regresar. Yo no sueño con irme, sino con poder quedarme.

-En el libro haces una reflexión: “La vida va acompañada de tiempo pero cuando el tiempo empieza a discurrirse motivado por una vida mal disfrutada comienzan a florecer las dudas sobre una eventual existencia que nunca se aprovechó”. ¿No sientes que quizás en esta prisión que es Venezuela, así me lo acabas de decir, estás desaprovechando la vida?

-No. Yo estoy disfrutando al tope mi existencia porque estoy haciendo lo que me gusta.

-¿Y puedes hacerlo a pesar de todo lo que pasa?

-Sí. Claro. A ver. Yo ya he estado varias veces fuera, en Bogotá, pero ¿qué pasa? Para yo poder mantenerme fuera del país necesitaría tener un trabajo alimenticio. Pero yo aquí puedo irme bandeando, vivo en casa de mis padres, no tengo que pagar alquiler.  Si te vas del país tienes que enfrentar esa realidad. Trabajar 8 horas…

-O 12 horas…

-…sí. Tengo unos panas que acaba de llegar de NY y se echaban una jornada de trabajo de 32 horas seguidas; tengo otro pana que trabajaba de 12 de la noche a 2 de la tarde. Todos los días. Eso es jodido. Y la verdad, te digo sinceramente, yo no quiero llevar una vida así. No me llama nada la atención. Quiero ser escritor y es lo que estoy siendo. Ya la trascendencia será otra cosa.

-Pero entonces, de lo que me estás diciendo pareciera que te quedas en Venezuela es por comodidad.

-No. Básicamente me quedo porque yo salgo del país y a las 3 o 4 semanas ya me quiero regresar. Tengo esa afinidad muy grande por Venezuela y siento que mis sueños no se concretan si no los hago aquí.

-Pero es curioso, porque tu sueño es ser escritor, ¿no? Pero quieres serlo en un país en el que eso no es negocio, un país que lee poco, que no tiene casi editoriales. ¿Tú de verdad estás seguro que Venezuela es el país para ser escritor?

-Quizás no. Pero siempre he sido de las personas que sueñan con cambiar las cosas. Y mi éxito va a ser ese o no va a ser ninguno.

-Vale. Ahora, no quiero dejar por fuera tu faceta de lector. ¿Es verdad que todo escritor es un gran lector?

-Mi ciclo fue al revés: empecé a escribir y luego a leer. Cuando comencé mi primera novela creo que me había leído 3 libros en mi vida; pero actualmente soy compulsivo con la lectura.

-¿Qué lees ahorita?

-A Hector Abad, ‘El olvido que seremos’. ‘On the road’, de Jack Kerouac, ‘Aquellos años del boom’. Estoy releyendo también ‘1984’ por no sé cuanta vez. Acabo de terminar ‘El síndrome de Ulises’, de Santiago Gamboa, que creo que es lo mejor que he leído este año.

-¿Cuáles son tus libros favoritos?

-‘1984′ y el ‘Retrato de Dorian Gray’.

-‘1984’ aparece en ‘La trivialidad…’

-Sí. En todos mis libros casi siempre aparece. A mí ‘1984’ me abrió un mundo diferente, igual que ‘El retrato…’; cuando lo leí me abrió mucho  la imaginación.

-¿Por qué no te gusta Vargas Llosa?

-Él me parece mejor ensayista que narrador. He leído sus ensayos y me gustan. Y no digo que sea malo, ojo, pero es que la literatura es muy subjetiva y soy más de autores contemporáneos

-Pero Vargas Llosa sigue vivo…

-Sí, pero soy más de Santiago Gamboa, Jorge Volpi, Andrés Neuman.

-¿Y qué te pasa con García Márquez? ¿Por qué no te gusta?

-Se me hace insoportable. Leo cuatro palabras y digo: ‘¿qué es esto?’. Simplemente no me gusta. Intenté leer ‘Cien años de soledad’ y pasaba las páginas y me daba una pereza. Leí ‘Crónica de una muerte anunciada’ y tampoco. No sé. No me pueden gustar todos los autores. Igual me gustan autores desconocidos: hay unos que no recuerdo ni el título. A veces entro a Librerías del Sur a ver si consigo algo, y una vez conseguí una novela de un escritor merideño llamado Pedro Rangel Mora, ‘El amigo invisible’, costaba 10 bolos y me encontré con un novelón. De hecho me comuniqué con él y hasta almorzamos. Y me parece triste que su obra no se conozca más.

-¿No te da miedo que pueda pasar contigo?

-Estoy trabajando mucho para que no pase.

walterweb

Descifrando a Walter Riso

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Walter Riso, el hombre que escribe libros que se traducen, se agotan, se editan y reditan sin parar, y que mañana estará en Eurobuilding dando una conferencia sobre cómo amar sin apegos, tiene, en persona, un parecido asombroso con José Ignacio Cabrujas: cabello gris ensortijado, bigote poblado y un cierto aire informal en el  vestir –jean, chemisse abierta y saco–. Quien así lo viera, tan campechano, difícilmente pensaría que se trata de una de una de las luminarias más fulgurantes producidas por ese ‘star sistem’ editorial que se llama la autoayuda.

Aunque nació en Nápoles, el voceo y el seseo descubren dónde fue que se crio, creció, hizo hombre y con un nombre: en Argentina. Así arranca la historia de este autor de best-sellers: una vez graduado de psicólogo (lo es) comienza a pasar consulta en Medellín y confirma en sus pacientes lo que ya venía sospechando en la academia: que un 60% de los problemas la gente están relacionados, de una u otra manera, con el amor. Más aún: con una concepción errada y errónea (idea irracional, la llama él) del amor. Y ése, como en los años de la fiebre de oro, es su ‘lucky strike’: porque asume la misión de empezar a derribar mitos, acabar con falsas concepciones y sacarles a las personas esas visiones idílicas que tanto las hacen sufrir; sistematiza el amor en 10 tópicos (problemas, los llama) y se da a la tarea de escribir un libro por cada uno; son esos libros, no hace falta decirlo, los que lo convierten en la minita literaria que hoy es.

Cuando habla, Riso lo hace con bastante desparpajo. No va en pose de sabio que pontifica, sino más bien de compadrito que comenta cosas, cual personaje de Bryce. Al hacerlo se vale de cuentos, anécdotas y experiencia de terceros (“un señor me dijo”, “una vez atendí a una pareja que”), sacadas en su mayoría de su consulta. Tiene un humor que no es ni negro ni irónico: es cómico. Las cosas las piensa con gracia y las suelta con chispa (“esto me importa un nabo, que es la versión vegetariana de me importa un culo”). Y entre chiste y chiste, cuela de repente una referencia de Aristóteles, una de Epicuro o de la letra de algún bolero (“algunos deberían estar prohibidos”), como para dejar constancia de una cultura amplia. También suele soltar cifras sin referencia alguna más allá de su propio conocimiento (el 70% de los hombres son infieles, las relaciones de amantes duran dos años, el duelo entre 6 meses y un año). Pero indudablemente lo mejor de su repertorio son sus golpes de efecto: sentencias, frases o aforismos (se le dan bien las síntesis) en los que con un cierto ingenio derrumba lugares comunes:

“A la pareja hay que decirle: eres lo mejor, pero no lo único de mi vida”

“Yo no te necesito, yo te prefiero”

“Lo que se opone al amor es la indiferencia, porque el odio puede atraer tanto como el amor”

“La imitación corrompe: los buenos modelos inspiran”

“Es mejor un disenso amigable que un consenso conflictivo”

“Uno puede tener sexo con cualquiera. El problema no es el sexo: es el post-coito, porque allí no quedamos desnudos cara a cara. Ya no tenemos la obsesión de poseer al otro, hay que hablar”

“Cuando ustedes le tengan que explicar el chiste a su pareja, sepárense”

“Un clavo saca a otro: mentira. A veces lo entierra más. Eso no tiene sentido”

“Aquí un hombre soltero es sospechoso y una mujer soltera es una fracasada. Y la soltería es una elección”

“La maldita esperanza. No toda esperanza es buena, hay esperanza que son malas”

Suenan a verdades de Perogrullo, a lugares comunes, a cosas que todos saben, pero cuando las dice tienen su efecto: la gente ríe, la gente aplaude, la gente anota. Él tampoco se ensoberbece porque sabe que no ha descubierto el agua tibia: son cosas de sentido común, dice, pero que muy pocos ven. “A mí no me gusta ser gurú de nada, ni maestro de nada”, afirma, para rechazar tajante el calificativo de gurú del amor. “Yo simplemente suelto datos”, explica. ¿Sacados de dónde? De su experiencia profesional, que no personal. “Jamás he puesto en mis libros ninguna referencia personal a nada que me haya ocurrido. Podría hacerlo, pero eso sería un testimonio, y lo que yo hago es otra cosa: divulgación psicológica. Y eso me da solvencia, porque lo hago desde la academia, desde mi experiencia al tratar con pacientes”. ¿Pero le ha ido bien en el amor, o consejos vende y para él no tiene? “Me ha ido bien en el amor. Tengo dos matrimonios, no al mismo tiempo, claro.  Primero estuve casado 12 años, tuve dos hijos. Fue un muy buen matrimonio, pero empezó a desinflarse y fue una muy buena separación: inteligente, ella quedó como una de mis mejores amigas. Estuve separado 5 años y me volví a casar. Llevo 17 años casado. Muy contento. Construyendo el amor todos los días con la persona que amo”.

-¿Y se siente cómodo con la clasificación como autor de autoayuda?

Respira profundo. “Esa pregunta tenía que llegar”, dice, para comenzar a explicarse: “Cuando yo empecé a escribir libros, eso no se llamaba autoayuda, se llamaba divulgación psicológica, porque era eso, psicología de la salud, un modo de salir de la academia y de llegarle a la gente, de hacer prevención. Pero entonces apareció el libro de Dyer, ‘Tus zonas erroneas’, y con su publicación todo esto comenzó a utilizarse de un modo demasiado comercial”, se lamenta. A partir de allí, la autoayuda fue cualquier cosa, y para ejemplo ‘El Secreto’: “si le preguntan a su autora por qué sucedió el tsunami, ella dirá que fue porque todos lo desearon inconscientemente. Y eso desacredita”. Por eso mismo, Riso hace una división en el género: “Hay una autoayuda seria y científica, y la otra. La científica la escribimos psicólogos, profesionales de la salud, está fundamentada: detrás de mis libros vas a encontrar bibliografía, referencias”.

El repique de su teléfono lo interrumpe. Lo deja repicar hasta que para, pero de inmediato vuelve. Entonces, lo silencia. “Perdón: es que soy dependiente de mi mujer”, dice con humor.

-¿Esa autoayuda científica funciona? ¿Valen sus libros lo mismo que una consulta con el psicólogo?

-La pregunta es importante, porque a quien agarra un libro de estos le puede pasar lo siguiente: lo lee, llega a la página 5 y dice: ‘todo lo que me está diciendo ya lo sé’ y lo deja. Le puede pasar otra cosa interesante: lo leer y no le sirve. Pero, a un porcentaje muy alto, lo digo en mi caso por las respuestas que recibo, el libro le puede decir algo que no sabía, una pequeña cosita que lo puede ayudar a superarse; y, segundo, le puede mostrar que tiene un problema psicológico, y lo alerta a que pida ayuda y la busque. ¿Quiénes son los que promueven mis libros? Muchos psicólogos, porque además les ahorra un tiempo: si tienen que explicar qué es el duelo, necesitan entonces 3 citas; pero si en la primera cita detectamos el problema, te mando a leer el libro de Riso, podemos entonces comenzar a trabajar en la siguiente.

¿Y qué viene en el futuro? “No voy a escribir otro libro más sobre el amor. Este (“Ya te dije adiós, ahora cómo te olvido”, editado por Planeta en Venezuela) es el último. Te doy la primicia de que acabo de escribir una novela, que no es de autoayuda, que sale el año entrante, que es muy literaria: yo he escrito poesía, teatro, he escrito libros técnicos. Yo voy a escribir lo que se me dé la gana y al que no me gusta leerme que no me lea”.

hadeedweb

Tamara Hadeed: “No me sentía a gusto trabajando para cualquier cliente”

Desde el 2004 se dedica a las artes gráficas. De sí misma dice que es muy conceptual, y de su arte que es colorido, sexy, atrevido y divertido. Cuando se dio cuenta de que no se sentía a gusto trabajando para cualquier cliente como una mera ejecutora de ideas ajenas, decidió dedicarse a las artes gráficas más que al diseño. La falta de tiempo es el mayor obstáculo que encuentra en su carrera, de la que dice que tiene una cosa mala y una buena y es la misma: que le gusta demasiado. Tamara Hadeed es su nombre y es la artista a conocer esta semana:

-¿Por qué decidiste dedicarte a las artes gráficas?

-Porque como diseñador no me sentía del todo a gusto con el enfoque “trabajar para cualquier cliente”, y no veía crecimiento en ejecutar para otros sin aportar una visión personal. Con el tiempo aprendí que mis inquietudes artísticas podían llevarme a destacar como producto gráfico, y que con buena autopromoción podía conectar con clientes que se parecen a mí, y que ven en mi trabajo una forma de expresión, no una mera solución a sus problemas de comunicación.

-¿Cuánto tiempo llevas en ello?

-Desde el 2004.

-¿Qué te inspira a la hora de realizar tu trabajo?

-Soy sumamente conceptual. Me basta con tener un tema para iniciar la investigación y hallar inspiración; aunque una caminata por Los Próceres o una visita a La Estancia son suficientes para refrescar mi stock mental de plantas y conectarme con detalles visuales de la cotidianidad.

-¿Quiénes son tus referencias?

-Todo el día estoy viendo referencias de lo que me gusta dibujar. Sigo en Instagram y Twitter a muchos ilustradores, animadores, marcas de streetwear, cuentas de diseño y de color. Entre mis favoritas están: @hypebae, @popbee, @babsdraws, @loisvb, @designmilk. Procuro mantener estas dos redes libres de ruido visual porque para bien o mal, nos bombardeamos a diario de imágenes e información y contamos con muy poco tiempo libre que, así se emplee en recrearnos, debería dejarnos algo de aprendizaje o inspiración.

-¿A qué artista gráfico admiras?

-Desde siempre, a Geoff McFetridge.

-¿Cuál es la principal característica de tu trabajo?

-Que dibujo mujeres desprendidas de estereotipos sociales.

-¿Cómo definirías el estilo de tu arte?

-Colorido, sexy, atrevido y divertido.

-¿Cuál es el color que prevalece en tu trabajo? ¿Por qué?

-El magenta. Pienso que por su calidez y la energía que transmite.

¿De qué obra te sientes más orgullosa? ¿Por qué?

-No una obra, un proyecto: Wizz Wear. Porque no solo ha puesto mis capacidades de dirigir y conceptualizar a prueba, sino que me ha dado la oportunidad de aprender y especializarme en el medio textil.

-¿Cuál es el mayor obstáculo que has encontrado en tu carrera?

-Nunca hay suficiente tiempo.

-¿Cuál es la mayor satisfacción que has tenido como artista gráfica?

-Ver mi trabajo en productos que cualquiera puede adquirir y conectar con estudiantes que tienen las mismas inquietudes por las cuales pasé alguna vez. Me gusta enseñar todo lo que se porque siento que dejo algún tipo de herencia a mi paso.

-¿Qué es lo mejor y lo peor de tu trabajo?

-Que me gusta demasiado.

eriksonweb

Erikson Aponte: “Es genial cuando te dicen que lo que haces es brutal”

Erikson Aponte no tiene edad ni tamaño para el talento que destila. Entre Yaracuy y Caracas, su día a día se va haciendo collages. Los descubrió en la universidad, cuando le mandaron a hacer uno sobre el zodiaco. Fue amor a primera vista. Y desde allí no ha parado. Durante años fueron sólo para él, hasta que un día dejó la pena y los comenzó a publicar en redes. El buen feedback del público le dio el aliciente de confianza que le hacía falta, y cuando se convenció de que lo que hacía era bueno y gustaba, entendió que ése era su camino. Un camino que, incluso, lo ha llevado a participar en muestras que salen de nuestras fronteras. Dice admirar a los que han llegado a la cima y se mantienen humildes, y no duda en calificar a su madre, que siempre lo ha apoyado, como una persona “¡brutal!”. Ese adjetivo, jura, es el piropo que más le gusta escuchar en boca ajena cuando se refieren a su trabajo. “Eso te llena de orgullo”, confiesa. A continuación, la entrevista completa:

-¿Por qué decidiste dedicarte a las artes gráficas?

-Todo empezó como como un juego: eran cosas que hacía sentado en mi computadora, tomando café y comiendo. Al principio ilustraba a cada rato y era lo que más me gustaba, pero luego descubrí el collage y supe que era lo mío, ya que se me hacía entretenido. El primero que hice fue para un trabajo de la universidad sobre interpretación a los signos zodiacales, y fue brutal. Me llegaban miles de ideas y todas quería ejecutarla; de hecho, lo hice el mismo día que nos lo pidieron. A partir de ahí, día tras día seguía haciéndolos; practicaba a toda hora, los hacía en digital o manual, como fuera; siempre lo intentaba. Al principio sólo los hacía para mí, no los mostraba; al tiempo fue que comencé a subirlos a las redes y note que gustaban. Eso para mí fue genial, y un gran incentivo para seguir subiéndolos. Me sirvió como método de dejar la timidez de lado en cuanto al “¿qué dirán?”, “¿gustara o no?”,  “¿lo hago bien o mal?”. Este tipo de cosas suelen pasar por la mente en un principio, pero lo importante es que uno mismo valore su arte y no tema mostrarlo. La receptividad que recibieron mis trabajos me impulsó a participar en múltiples muestras, tanto dentro como fuera del país. Actualmente llevo hechos más de quinientos: doscientos y pico manuales,  y los demás digitales, pero no todos los subo a las redes.

-¿Cuánto tiempo llevas realizando tus collages?

-Comencé hace casi 3 años, pero en si, como medio comercial, fue hace poco.

¿Qué te inspira a la hora de realizar tu trabajo?

-Me inspira cualquier cosa, nunca es algo en específico; son cosas que suceden en el momento, aunque siempre el estado de ánimo es fundamental.

-¿Quiénes son tus referencias?

-Miguel Vásquez (MASA) es sin duda mi primer referente, ese pana es un duro y ha inspirado muchos de mis trabajos; también esta Santiago Pol, que es un gran maestro: su manejo con el color es brutal.

-¿A qué artista admiras?

-Admiro a mucha gente, sobre todo a aquellos que trabajan incansablemente y llegan a la cima y aun así mantienen la humildad; eso hace grandes a las personas y dignas de admirar. Admiro a gente como Santiago Pol, John Moore, Flix, Tamara Hadeed y muchos más.

-¿Cuál es la principal característica de tu trabajo?*

-Combinar la belleza natural, experimentar y convertir todo en un arte visual, las fragmentaciones de las piezas “sea cual sea”, eso es algo que ha prevalecido en mis trabajos, al igual que las líneas y los puntos. Todos estos elementos los he combinado desde el comienzo y los he mantenido.

-¿Cómo definirías el estilo de tus collages?

-Como experimentaciones continuas; creo que siempre ha sido la base fundamental de todo “experimentar”

-¿Cuál es el color que prevalece en tu trabajo? ¿Por qué?

-La gama cromática siempre varía. Las opciones son limitadas y cada color seleccionado tiene que encajar, así sea en una pequeña esquina. Por eso creo que no hay color que prevalezca.

-¿De qué obra te sientes más orgulloso? ¿Por qué?

-Creo que a todos mis trabajos les tengo el mismo aprecio. Siempre que me siento a hacerlos me los tripeo, incluso cuando no llega nada y me quedo en blanco. Cada uno de ellos tiene su lugar, cada uno está destinado a algo en particular y por eso todos tienen el mismo valor para mí.

-¿Cuál es el mayor obstáculo que has encontrado en tu carrera?*

-Los obstáculos, la mayoría de las veces, son mentales. Siempre he andado con una actitud positiva y con una gran sonrisa en la cara así haya malos días: lo importante es saber llevar las cosas y las situaciones. Por fortuna siempre he contado con mi mama, quien siempre me ha apoyado en cualquier locura que se me ocurra y eso es brutal, ¡ella es brutal!

-¿Cuál es la mayor satisfacción que has tenido como artista gráfico?

-Poder llevar mi trabajo a distintos lugares, dentro y fuera del país. Es genial cuando quedas seleccionado o incluso cuando alguien te dice que lo que haces es brutal; a veces pequeñas cosas como ese “brutal” es algo que te llena de orgullo.

Puedes ver el trabajo de Erikson Aponte en su cuenta de instagram: @eriksonap