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Javier Tovar: “Me llama la atención que la calle continúe todavía”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

En una de las varias manifestaciones que le tocó cubrir mientras estuvo en Caracas, a Javier Tovar, corresponsal de AFP, el motorizado lo dejó detrás del piquete de la Guardia Nacional. Tras revisarle las credenciales, un Guardia se fijó en el cuaderno en el que tomaba notas. “¿En qué idioma escribe usted?”, le preguntó. “Español”, fue su respuesta. “¿Entonces usted escribe esos garabatos así para que yo no los entienda?”. No sabía el Guardia que después de la de los médicos es la de los periodistas una de las peores letras que hay en el mundo, y pensaba, ya, en la existencia de una conspiración. En principio graciosa, la anécdota revela el grado de alarma (y paranoia) que hay en las protestas venezolanas, donde detrás de los garabatos de un periodista puede haber quien sea capaz de encontrar maquinaciones y complots.  Tras un mes cubriéndolas, y ya en Los Ángeles, donde reside, Tovar (34), con el ojo entrenado y la visión desapasionada del corresponsal de agencia, conversó con Revista OJO sobre todo lo que vio (y vivió) en Caracas durante los días que estuvo reforzando el equipo de AFP.

-¿Cuánto tiempo estuviste en Caracas cubriendo las protestas?

-Un mes.

-¿En qué se diferenció esta cobertura de otras que has hechos?

-Yo dejé de cubrir Venezuela hace 6 años. En 2011. Era una Venezuela muy diferente. Y no había protestas como estas. Había cubierto, con mucho gas incluido, las protestas de 2013 en Brasil, en plena Copa Confederaciones, que le reclamaban al gobierno que en vez de invertir el dinero en servicios públicos, en educación, en transporte lo hacían en estadios. Estas han tenido una sazón diferente, porque soy venezolano, porque tengo un conocimiento de todo el contexto de todos estos años de enfrentamiento chavismo-oposición, y creo que eso le dio un matiz diferente que, no te puedo engañar, fue muy emocionante, por decirlo de alguna manera.

-¿Y qué diferencia notaste entre estas protestas y la de Brasil?

-Estas eran mucho mayores. Había mucha más gente que en Brasil. Y la acción del aparato de seguridad aquí era mayor. En Brasil no había la pared blanca, no se usaban la ballena ni el rinoceronte, era simplemente gas lacrimógeno disparado con el arma que lo dispara, y la gente respondía con piedras. En eso era similar. Pero el grupo era mucho más pequeño. Me llamó la atención que la calle continuó todos los días y continúa todavía, y yo pensé que se iba a desgastar muy rápido. Esas son características que no tenían las protestas de Brasil en 2013, que además eran mucho más específicas y se realizaban en los días que había partidos.

-Si te pido una sola palabra para describir estas protestas, ¿cuál usarías?

-Perseverantes.

-¿Qué era lo más peligroso de cubrirlas?

-La situación de por sí era peligrosa. Tenías que uniformarte con casco, chaleco antibalas, máscara. Era casi como ir a la guerra. Luego, sabías que el libreto se iba a repetir, aunque no tenías claro de qué forma. Sin embargo, lo que yo sentía más peligroso era cuando comenzaba a avanzar el rinoceronte, ese momento de la dispersión final, que era la hora en la que se acababa la manifestación. Recuerdo que una vez éste iba avanzando muy rápido. La gente decía ‘¡No corran!’, que es como la instrucción masiva, y yo sentía que aunque caminaba rápido igual me quedaba atrás. Y lo veía viniendo muy de cerca. Y las bombas me caían al lado, en los pies. Yo iba caminando, como corriendo, y se seguía acercando. Era una situación bastante tensa.

-¿Fue ese el momento más difícil de esta cobertura?

-Sí. Ese momento fue el más tenso. La cobertura en general fue compleja: era larga, eran muchas horas.

-¿A nivel periodístico qué fue lo más complicado?

-Lo más complicado siempre es separarte tu condición de ciudadano y ponerte en el uniforme del corresponsal, que es tratar ver las cosas con el difícil ojo imparcial a que te obliga la cobertura de una agencia de noticias. Y también, en cuanto al manejo de la información, antiguamente era la televisión el epicentro de todo. Estaban los dos polos: Globovisión – VTV. Ahora VTV está para ver qué anuncio oficial hay, luego twitter para ver qué pasa y después viene la dura lucha para confirmar. Eso me llamó mucho la atención: al principio veía a todos en twitter y no entendía. Luego comencé a hacerlo, pero el tema de hacer seguimiento en redes y confirmar las informaciones hace la cobertura más compleja.

-Si te pido una imagen de las protestas que se te haya quedado grabada, ¿cuál me podrías dar?

-Fue una foto súper viral pero yo la vi en vivo: la señora en frente de la tanqueta. Yo la estaba viendo y decía: ‘tengo que tratar de acercarme para entrevistarla, porque es la historia perfecta’. Y cuando iba a saltar el muro para tratar de acercarme lo más posible, vino una moto, se la llevó y me quedé con las ganas de hacer la entrevista. Pero es una imagen que tengo grabadísima.

-Alguna frase que se te haya quedado grabada…

-No tengo la cita perfecta, pero sí la recuerdo bastante bien. Hubo una historia que escribí sobre los muchachos encapuchados. Y recuerdo que uno de ellos, que se hizo llamar Capitán y tenía una forma de hablar que te hacía entender que no era ningún sifrino del Country, me dijo una cosa como: ‘Si me matan, yo sentiré que luché por la patria de cuatro cachorros que tengo en la casa’. Palabras más palabras menos. Eso me impresionó. A mí me impresiona, sin aprobarlo o reprobarlo, la tenacidad de estos muchachos, porque están prácticamente desarmados. Me llama mucho la atención la organización, me parece como de ejército medieval, todo el tema de los escudos, eso me parece muy Game of Thrones.

-Aparte del tema de los escudos, ¿qué otra cosa te llamó la atención de ellos?

-Me llamó mucho la atención cómo, sin siquiera conocerse, cooperaban. Había un grupo que se encargaba de romper la acera y  hacer la munición de piedras. Luego, una señora las guardaba en una bolsa y las llevaba a la línea de batalla. Allí había unos muchachos que se encargaban de distribuirla para la lanzársela a los Guardias. Me impresionó que era una coordinación de gente que a lo mejor no se ha visto nunca y se convertían prácticamente en un ejército improvisado.

-¿De todas las historias que escribiste cuál fue la que más te impactó?

-La que más me impactó fue la de El Valle. Nosotros fuimos al día siguiente de aquella noche de saqueos. Y esas imágenes de vidrios rotos, las santamarías caídas, el supermercado y la carnicería saqueados, fueron impactantes. Pero lo más impresionante fue ver que en medio de la destrucción había niños y hombres buscando comida entre lo que quedó en el suelo. Era tremendo ver cómo, dentro de lo que sobró, de lo que cayó al piso, había personas que se llevaban cosas a la boca, se metían bocados. Eso fue terrible.

-¿De cuál nota te sientes más orgulloso?

-Mis dos favoritas son la que escribí en El Valle, y la que escribí de una mamá que perdió a su hija en un hospital por falta de medicinas y que por ella marchaba. Era de Petare adentro y marchaba, lo que ayudaba a desmitificar aquello de que los pobres son chavistas y los ricos de la oposición.

-¿La de la señora de la tanqueta fue entonces la historia que se te quedó por fuera y te hubiera gustado escribir?

-Sí. Me hubiera encantado podido entrevistarla. Por lo menos tener una declaración, algo que me hubiera dicho, tener una palabra.

-¿Qué valoración haces del periodismo venezolano?

-Estoy viendo que hay medios nuevos que no conocía y que lo están haciendo muy bien. Hay una prensa que me molesta, que lo que hace es periodismo de propaganda, que son periodistas-militantes. Y o somos periodistas o somos militantes. Pero en general veo que trabajan muy duro.

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Pedro Yammine: “Pude sentir y oír como cada uno de los huesos de mis costillas se partía”

Por: Antonieta Abreu | @AntoAbreuh

I

Pedro Yammine, el joven pisado dos veces por una tanqueta de 9 toneladas, salió de su casa el 03 de mayo y le dijo a su novia: “Tranquila que no me va a pasar nada, yo me voy a cuidar”. Dejó a su madre molesta: antes de irse, ella le había preguntado qué necesidad tenía él de salir. “No me puedo quedar aquí en la casa sintiendo que no estoy haciendo nada, la impotencia que siento es muy grande”, fue su respuesta. En ese momento, ya  estaban empezando reprimir en la autopista.

Unos shorts del Caracas FC, una camisa de lenguaje de mudos y otra adicional para cubrirse la cara era la ropa que llevaba.

Bombas lacrimógenas iban y venían en plena Francisco Fajardo: cuatro tanquetas, dos ballenas, una cantidad importante de motorizados y la infantería era lo que tenía la Guardia Nacional. “Vamos muchachos: sí pueden. Vamos. Estamos preparados”. Ese mensaje, lleno de ironía y de sarcasmo, se transmitía por la salida del  parlante de la tanqueta que manejaba un grupo de la GNB. Esto hacia que la rabia y la euforia que él y sus compañeros tenían por dentro se intensificaran.

Los comenzaron a rodear por la parte de arriba de los distribuidores lanzando bombas, pero esta vez no para dispersar a los grupos de choque, sino para pegarles directamente. Cuando notaron que ya estaban muy acorralados, comenzaron a dar unos cuantos pasos para atrás. Los de infantería ya se encontraban muy cerca de los escuderos. En ese momento, los GNB comenzaron a disparar perdigones y lacrimógenas. Sin parar, Pedro corría y se cubría de las bombas hacia un lado y otro para no ahogarse. Entonces, la represión llegó a su punto de ebullición: comenzaron a lanzar todas sus municiones al mismo tiempo, método que suelen usar la PNB y la GNB cuando quieren ganar terreno.

Todo se convirtió en un ciclo repetitivo: los comenzaron a acorralar por La Carlota y tuvieron que saltar hacia el Liceo Gustavo Herrera, donde les disparaban a quemarropa. A la altura del Burger King de Bello Campo, Pedro  pudo reducir su ritmo y caminar a paso normal junto a sus compañeros hasta que volvieron a caer a la Torre Británica de Altamira. Allí, comenzó la represión nuevamente y los Guardias salieron armados con sus motos. Esta vez, los estudiantes no tuvieron miedo y se pusieron de pie frente a ellos; la GNB respondió con una humareda de bombas y perdigones.

II

“Qué tipo tan cobarde, ¿él no sabe cuánto cuesta una moto de esas?”, es lo que piensa Pedro cuando ve que un GNB sale corriendo y deja tirada su moto. Junto a un grupo de choque de 20 personas aproximadamente se había acercado para hacer presión frente a los Guardias detrás de las barricadas. Un aire fugaz y un sonido de soplete es lo que siente y oye Pedro por el lado derecho de su cara. Al voltearse se da cuenta de que uno de los Guardias le había disparado directamente una lacrimógena, pero había fallado el tiro. Pedro se sorprende, pero cuando se voltea, ve que el Guardia no tiene tiempo de recargar el arma  para volverle a disparar y opta por la salida más cobarde: correr.

“¡Dios mío! ¿Qué está pasando aquí?”, es lo que piensa cuando ve ante sus ojos cómo se desarrolla una lucha campal entre estudiantes y Guardias. Es el primero, de todos los choques en los que ha estado presente, en el que ve tanta valentía entre sus semejantes frente a las fuerzas represivas, cosa que lo emociona. Cuando llega cerca de la moto, Pedro y sus compañeros corren detrás de la barricada para que la tanqueta que venía de frente no pudiera seguir derecho y chocara contra ellos. En cuestión de segundos, él se voltea y estando de espaldas la tanqueta lo sorprende y lo atropella. “Luego me entero de lo que pasó, pero para ese momento sólo recuerdo que la tanqueta ya venía encima de mí”, dice, pero el médico tratante se dio cuenta del detalle y le dijo que si no hubiese sido por la moto arrollada del otro lado, él no estaría entre nosotros.

“Pude sentir y oír como cada uno de los huesos de mis costillas se partía. Pero con tanta adrenalina en el cuerpo, el dolor no llegaba a mí todavía: algo parecido a como cuando te levantas  y te suenas la espalda en la mañana. En ese momento, mi primera reacción consciente fue que mi corazón no había explotado; es decir, que yo seguía vivo, y si sigo vivo, bien”.

Si no hubiera actuado rápido, la otra rueda le habría aplastado las piernas y lo hubiera podido dejar inválido: pero las recoge a tiempo. Se queda en forma fetal debajo de la tanqueta hasta que ésta retrocede. Entonces, rueda y se levanta con sus propias piernas y se va fuera de ahí rápidamente. Los estudiantes lo cargan, lo montan sobre la parrillera de una moto y lo llevan a una línea segura en medio de tanto alboroto. Enseguida, los paramédicos de la UCV lo ingresan dentro de una camioneta Toyota y lo trasladan para que lo atiendan. “Recuerdo que por cada hueco que pasaba esa camioneta era muy doloroso, y para distraerme y mantener mi mente activa intentaba pedir el número de teléfono de una de las enfermeras que me parecía muy linda; le lanzaba besos y todo”.

Lo trasladaron a la clínica El Ávila sin ninguna documentación en mano, ya que la cédula la tenía en su zapato derecho, el cual había perdido. Solo tenía su conciencia activa para poder decir en voz alta su nombre completo, número de seguro y cédula de identidad momentos antes de desmayarse.

“Ya yo estaba conciente de mi situación. Sabía que estaba muy grave y que tenía muchas fracturas en el cuerpo. Sentía una presión muy fuerte en los dientes, la cual persiste todavía y no me permite abrir mucho la boca”.

Luego de que le colocan los medicamentos por medio de una vía, Pedro por fin logra descansar. Sus ojos no volvieron a abrirse sino hasta 48 horas después, en terapia intensiva y con un tubo en las costillas. Él sólo quería saber la hora y el día.  “Me parecía a Darth Vader de lo mal que estaba respirando”, cuenta. Tenía mucho dolor en ese momento pero a la vez era reconfortante que lo sintiera, ya que significaba que poco a poco sus pulmones se expandían.

En la mano derecha tenía una fractura y con la izquierda escribía algunos jeroglíficos para poder hacer preguntas y responderle a los demás, ya que no podía hablar mucho. A su papá lo dejó entrar primero que a su mamá, ya  que ella es algo nerviosa y no quería que lo viera hasta que se sintiera fuerte.

III

La mañana del miércoles 10 de mayo, Pedro Yammine está acostado en una cama clínica bien equipada. Tiene dos tubos colocados en el tórax, una fractura en el brazo derecho, una vía que le van cambiando constantemente, y sus lentes bien puestos. Cada tanto, las enfermeras entran a tomarle la tensión y a llevarle la comida. La mastica poco a poco, con la mandíbula doliente. A quienes lo visitan, los recibe cálida y amablemente, agradeciendo su presencia.

-¿Has visto fotos y videos del momento? ¿Qué sientes al verlas?

-Pude ver las fotos y videos cuando ya estaba consciente, podía hablar y no me podía alterar. Pero la verdad es que no sentí algo que me marcara, ya que los ángulos de los videos no son muy buenos y no se veían muy bien.

-¿Si te encontraras de frente al Guardia que manejaba la tanqueta, qué le dirías?

-Al principio, seguramente, lo insultaría para desahogarme, pero además de eso le preguntaría el por qué, qué pasó de verdad en ese momento, por qué lo hizo, o por qué tiene que manejar eso. Seguramente también lloraría. No sé, tal vez él me daría una explicación de que está pasando por una situación muy triste en su vida, y tal vez yo trataría de entenderlo, porque sigo sin comprender cómo alguien puede defender una moto a cambio de la posible vida de un ser humano, porque él también debería ser venezolano. Le haría muchas preguntas en realidad, pero creo que nunca le disculparía la acción.

-¿Qué sientes cuando te llaman héroe?

-A mí me molesta que mucha gente me llame héroe cuando en realidad yo no he logrado cambiar nada. Se los respeto, porque, claro, puede ser su opinión, pero a mí me molesta bastante, porque si no se logra nada con esto, habré sido simplemente una persona que fue atropellada y ya. Bueno, en realidad fue así: una persona atropellada y ya. Pero fui alguien que lo vivió en  un país con un cuarto de personas que trata de controlar a la mayoría con represión.

-¿Crees que valió la pena?

-Por ahora no sé si valió la pena, pero espero que sí.

-¿Volverías a la calle?

-Sí. Y volvería a estar en ese punto de riesgo, pero con más prudencia esta vez.

-¿Qué mensaje les puedes dar a los que te están relevando en ella?

-Eso. Que sean más prudentes que yo, y que se den cuenta de que al final dejarse llevar por las emociones y la valentía termina por llenarlo a uno de impotencia. Yo tuve dos ocasiones en las que me gritaron que parara: cuando la bomba me paso por al lado y cuando el choque de la tanqueta, pero bueno, no las escuché. Yo incluso me pare enseguida e iba a seguir.

-¿Perteneces a algún partido?

-Yo la verdad es que no pertenezco a ningún partido político en específico. Lo que deseo  es que Venezuela tenga un gobierno de gabinete amplio, con gente de distintos pensamientos y trayectorias, que se tomen en cuenta a la hora de gobernar.

-Un mensaje para los venezolanos…

-Me ha gustado bastante que se haya seguido con las movilizaciones y marchas sin parar, a pesar de los muertos y heridos que habido, yo sobre todo. Y les diría que no se paren, porque lamentablemente nos siguen robando como sea, nos estafan, el CNE, el TSJ. No importa lo que ganemos legalmente o pacíficamente, tenemos que hacer valer nuestros derechos.

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Henrique Capriles: “Venezuela se encamina hacia un desenlace”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Con el paso del tiempo, Henrique Capriles ha ido adquiriendo en la forma de hablar un cierto aire de sabiduría sosegada que le hace a uno recordar al Padre Sergio de Tolstoi en su etapa anacoreta. Apenas le faltan la barba y el hábito, pero ya el trabajo lo tiene hecho en los gestos y en la expresión. Nunca dirá el antipático ‘yo se los dije’, pero sí levantará el índice izquierdo, mirará a su interlocutor de frente y sonreirá cuando quiera hacer énfasis en que a este extremo no habríamos llegado nunca si se hubiera permitido ese referéndum revocatorio del que él fue uno de los impulsores. Lo hará también cuando repase en voz alta lo que ha sido su trayectoria (siempre peleé por el voto, llamé a participar en cuanta elección hubo, participé en todos los procesos, y cuando acabaron con eso, entonces me vine a la calle) y se encuentre con que ha sido coherente y tiene razones para estar haciendo lo que hace. En ese momento, que puede durar si acaso tres segundos, pero que se siente como si fuera un minuto entero, es difícil sostenerle la mirada sin asentir o soltar un okey. Capriles, no quepa duda, sabe encantar y persuadir.

Ayer, de riguroso negro, iba caminando como uno más en la marcha que fue del Colegio San Ignacio hasta Las Mercedes para rendirle homenaje a la memoria de Miguel Castillo. Tenía al lado a una monja cuyo hábito blanco hacía contraste con la ropa de él, y a varias personas que le tomaban fotos. No pasaba desapercibido (imposible), pero tampoco estaba en medio de uno de esos soporíferos remolinos de gente que suelen formarse alrededor suyo en cualquier concentración. Iba discreto, como la ocasión lo ameritaba. Ello, sin embargo, no obstó para que atendiera a Revista OJO

-Gobernador, ¿por qué está usted aquí?

-Vengo a darle aliento a la gente. Y a hacerme solidario con la familia de Miguel, como me he hecho solidario con la familia de todos los venezolanos que han sido asesinados, de todos los caídos. Vengo a decirles que su muerte no va a ser en vano, que no podemos dejar que la muerte sea en vano, y que la indignación y el dolor que sentimos lo tenemos que convertir en fuerza para seguir la lucha que daba Miguel.

-¿Es inevitable que siga muriendo gente en las protestas?

-No. No es inevitable. Es que eso no tiene por qué pasar. No tiene que derramarse la sangre de ningún venezolano que pide respeto a la Constitución, a sus derechos, al futuro. Porque además no son muertes naturales ni consecuencia de que alguien se cayó de la autopista. No. Son asesinatos. Son homicidios. Y por supuesto que eso se puede evitar.

-¿Cómo?

-Si la justicia funciona, si la justicia actúa, un Guardia, a la hora de matar a una persona, se lo pensaría un poquito más. El problema es que estamos lidiando con un gobierno que actúa con total impunidad. Ayer en La Candelaria, estando prohibido el porte de armas, llegó un grupo paramilitar a una concentración y los amedrentó disparando.

-Usted habla de un gobierno que actúa con impunidad, en el que hay grupos armados, ¿no es una lucha muy desigual?

-Ellos tienen las armas. Tienen las tanquetas. Pero nosotros tenemos lo más importante: la mayoría de los venezolanos. Y esa mayoría se va a terminar imponiendo. No veo forma de que el gobierno pueda imponerse haciendo lo que está haciendo hoy. Ellos de repente pensarán que la gente va a cansarse o a asustarse, y han logrado el efecto contrario. La cantidad de gente que ha salido es impresionante. Ayer salió tanta gente como salió el primer día. Impresionante. Había siempre la pregunta: ‘¿no cree que la gente se va a cansar?’. La gente se puede cansar en lo físico, porque el cuerpo se cansa, pero no en la razón de por qué luchar.

-¿Y cuál es esa razón?

-Que nuestro país está en crisis y que esta es nuestra tierra, no tenemos otra: aquí nacimos, aquí queremos tener las oportunidades y aquí queremos morir, pero de viejos. Y siendo nuestro país, la indiferencia no es una opción y la indolencia tampoco. No somos Maduro. Y cuando a usted le cierran todas las puertas democráticas, todas, no le resuelven la crisis económica, no hay comida, se padecen carencias de todo tipo, entonces le toca a la gente luchar, como estamos haciendo. Y esa es la lucha de todos.

-En las manifestaciones lo vemos sin máscara, sin chaleco, sin siquiera un casco, ¿por qué?

-Porque me corresponde luchar como cualquier otro venezolano. Nunca he creído que el poder es un privilegio, siempre lo he visto como  una responsabilidad. Y a mí me toca luchar como cualquier otro.

-¿Usted no tiene miedo, gobernador?

-No es por dármelas de valiente, pero miedo a qué.

-A que lo metan preso, por ejemplo. Usted no tiene inmunidad parlamentaria…

-No. Yo ya estuve preso. Miedo me dan otras cosas. Miedo me da que este país se siga destruyendo, que la gente siga comiendo en la basura, que se siga agravando la crisis. Si a algo le debemos tener miedo los venezolanos es a que el país estalle, y todo lo que estamos haciendo es para evitar eso. Bastante lo advertimos el año pasado: las consecuencias que tendría quitarle a la gente su derecho a expresarse con el voto. Y aquí está. Lo estamos viendo. Todo esto se hubiera podido evitar, que siga este escenario se puede evitar.

-¿Cómo?

-Con elecciones libres y democráticas. El pueblo venezolano quiere votar: los venezolanos hemos demostrado en cada proceso electoral que votamos y creemos en el voto como mecanismo para crear los campos. El país grande sabe cómo luchamos para que el conflicto político se resolviera con el voto, y nos quitaron hasta el derecho a poder ir a elecciones.

-¿Podría ser la constituyente una vía para resolver el conflicto?

-No. Eso es un proceso fraudulento. Maduro ha convocado a sus amigos para hacer una Constitución con ellos. Y eso no lo podemos aceptar los venezolanos.  Nosotros tenemos derecho a participar y derecho a decidir. Porque así lo dice la Constitución. Esas son las reglas del juego.

-Y si el CNE convocara las elecciones regionales…

 -Ojalá. Pero no está planteado.

-Pero de ser el caso, ¿participarían?

-Por supuesto. Elecciones que estén en la Constitución: claro que vamos. Pero te repito: no está planteado.

-¿Qué es lo que está planteado entonces?

-Está planteado darle continuidad a un fraude que va a seguir agravando la crisis en el país.

-¿Estamos en un punto de inflexión? ¿De no retorno?

-Lo fue después de lo que hicieron con la Asamblea Nacional (AN). Sin duda alguna.

-¿Por qué lo de la Asamblea fue tan importante para marcar ese punto?

-Porque desconocieron la voluntad de 14 millones de venezolanos. Y si algo tenemos los venezolanos es cultura de votar. No somos como otros países: aquí sabemos votar y lo hacemos. Votamos por una AN y el gobierno la desconoció. Y no es desconocer a los diputados: es desconocernos a nosotros los venezolanos. Y eso no se puede aceptar. Demasiado hemos tolerado y aceptado. Hemos sido demasiado tolerante frente a los abusos y arbitrariedades. Demasiado. Pero bueno, el pueblo se cansó y está en la calle. No es un problema de Caracas o del este de Caracas: es de toda Venezuela.

-Dice usted que el venezolano sabe votar, ¿pero sabe pelear en la calle como otros países?

-Sí. Lo estamos demostrando. Estamos resistiendo. Pacíficamente.

-¿Y eso funciona?

-Si hacemos una investigación de todas las luchas de este tipo que han dado todos los países, veremos que la lucha exitosa es la pacífica: esa es la que genera resultado al final. Puede tardar un poco más, pero ella es la que termina dando los objetivos.

-Evidentemente usted no es adivino, ¿pero podría dar un estimado de cuánto más va a tardar?

-En la introducción diste la respuesta: no soy adivino, ni tengo una bola de cristal, ni pretendo ser Hermes ‘El Iluminado’. Pero la película la he visto completa y creo que Venezuela se encamina hacia un desenlace.

-¿Qué mensaje tiene usted que darles a los jóvenes venezolanos?

-Venezuela es principalmente para ellos. Ellos son los más interesados en que este país cambie, porque Dios mediante tienen más años de vida y están haciendo lo que tienen que hacer. Porque para una persona que tiene toda la vida por delante este no puede ser el país para vivir.

-¿Y para los que están en las manifestaciones del otro lado, quiero decir: a los Guardias y Policías Nacionales, que también son jóvenes?

-No sé. A veces me pongo a dudar de si son Guardias o Policías. Conozco a muchos y actúan completamente distinto. Creen en otras cosas. A esos muchachos no les vemos el rostro, no sabemos quiénes son. En Maracaibo usaron presos como brigada de choque, hicieron una prueba, no sabemos si la continúen haciendo en otros estados o en Caracas.

-Confirma usted entonces que esto sucedió.

-Sí. La prueba la hicieron en Maracaibo, y eso nos reitera la mente criminal que tienen algunos de los altos funcionarios de Caracas. Contra eso también estamos luchando.

-Pero qué mensaje les daría a los que sí son Guardias, son jóvenes y reprimen.

-Mira. No sé. Uno los ve actuando de esa manera y se pregunta si tienen madre, hijo, esposa, familia, porque eso no es actuación de orden público, ¡es que están cometiendo delitos! Es actuar como criminales. Y una persona que se pone un uniforme, que estudió para ser militar, estudió fue para defender el país, la patria, la soberanía, al pueblo venezolano a la constitución. Todo lo contrario de lo que están haciendo.

-Quisiera consultarle sobre otra denuncia que usted hizo recientemente, la de la detención de 85 militares. ¿Tiene alguna otra información?

-Son más los militares presos. Hay de todo, en su mayoría son tenientes, no de alto rango. Hay dos generales que fueron relevados en Carabobo o en Cojedes. Hay mucha inconformidad. A los generales los trajeron obligados para hablarles de la constituyente, para imponerles el fraude, una constituyente militar que nadie sabe de qué se trata, y eso lo que busca es la partidización de la Fuerza Armada, más todavía. Yo sé que hay mucho militar de carrera descontento. Y ojo, son más de 85 los detenidos. Los 85 que denuncio es porque los familiares me pidieron que lo hiciera.

-¿Y están en la DGCIM?

-No, ahí en Boleíta no caben todos. Están repartidos. En el DGCIM hay un grupo, hay otro en Ramo Verde, otro en Fuerte Tiuna. Están repartidos en distintas celdas de reclusión que ellos tienen en las bases militares.

-Muchas gracias, gobernador.

-A ti.

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Consejos para combatir las lacrimógenas

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Mónica Kräuter es Licenciada en Química de la USB y profesora titular de esa casa de estudios. Desde 2014 ha emprendido una cruzada para derrumbar mitos e informar a la gente sobre qué hacer para combatir el efecto de las bombas lacrimógenas. Ha publicado documentos, escrito infinidad de twitts –su cuenta @mkrauterusb es de lectura indispensable– y dado innumerables charlas al respecto. Terminada una de ellas, que ofrece en la Vigilia que los estudiantes realizaron el pasado sábado en la Plaza Bolívar de Chacao, Revista OJO tuvo la oportunidad de hablar con ella sobre cuál es la mejor manera para luchar y protegerse contra los efectos de este gas, qué se debe hacer (y qué no) cuando se está en contacto con él y cuáles son los remedios más efectivos.

-Profesora Kräuter, ¿cuál es la mejor manera de combatir el efecto del gas lacrimógeno?

-Dado que no se trata exactamente de un gas, sino de un polvillo ácido que contiene cloro y se dispersa como humo, la mejor manera de combatirlo es neutralizándolo. ¿Cómo? Tapando nuestra nariz y nuestra boca con pañitos o mascarillas que estén muy embebidas en una base, como lo puede ser una solución de bicarbonato.

-¿Cómo se prepara esta solución?

-Muy fácil: 3 cucharaditas de bicarbonato en un vaso de agua, que preferiblemente sea potable en caso de que haya que tomarlo. Eso es todo.

-¿Esa solución se puede ingerir?

-Sí. El bicarbonato se puede ingerir sin problema. De hecho, los gastroenterólogos lo están recomendando dado que no se consiguen en el mercado los antiácidos comunes.

-¿Funciona tan bien como el Maalox?

-El Maalox funciona y también se puede digerir. El problema es que no se consigue y se vence. Una solución de bicarbonato puede durar muchísimo tiempo, aproximadamente un año. Esa es la ventaja que tiene.

-¿Cuáles son los consejos para una persona que se encuentra en una manifestación en la que comienzan a echar gas lacrimógeno?

-El primer consejo realmente sería no provocar a los cuerpos de seguridad, porque si lo hacemos y se torna violenta la manifestación ellos tienen todo el derecho de utilizar gas lacrimógeno, porque está diseñado para eso.

Ahora bien, si ya han lanzado las bombas, lo primero es tapar nariz y boca con un paño o mascarilla empapado en bicarbonato. Luego, es importante identificar la dirección del viento y caminar en contra para así poder ventilarnos con aire fresco, e ir a un paso más o menos acelerado, no corriendo, porque correr hace que aspiremos más gas, pero sí aceleradamente.

-¿Qué debe hacer una persona cuando le cae una bomba cerca?

Alejarse lo más posible. La persona que está cerca de una lacrimógena está sometida a una concentración muy elevada de polvillo: mientras ellas emiten están muy calientes, lo hacen con fuerza y eso nos vuelve más vulnerables.

-Y si la persona no tiene bicarbonato, ni tapabocas ni nada, sino que de imprevisto se encuentra con una bomba.

-Lo principal es tapar nariz y boca. Intentarlo así sea con la misma franela, con algo que tenga. Taparse las vías respiratorias con el codo, como cuando vamos a estornudar, acelerar la marcha y salir del lugar para ventilarse con aire fresco.

-Ahora bien, ¿qué consejo puede dar con respecto a la vestimenta para las personas que van a manifestaciones?

-Mira, si vamos a las manifestaciones lo ideal es ir tapados. Camisa manga larga y pantalón, que cubra todo el cuerpo. Al llegar a casa, esa ropa hay que lavarla bien, así como el calzado y los accesorios expuestos, ya que este polvillo puede estar activo hasta por 5 días y más.

-¿Es bueno echarse antes bicarbonato?

-Sí. Es una manera de proteger nuestra piel, ya que funciona muy bien y genera una barrera. Al echárnoslo antes vamos preparando la piel y la vamos sellando prácticamente. Es como lo que sucede con el protector solar: que es bueno echárselo desde antes de la exposición al sol.

-Ahora que menciona el protector solar, ¿recomienda su uso si se tiene el riesgo de estar expuesto a las lacrimógenas?

-Siempre es recomendable el uso del protector solar cuando uno va a estar expuesto al sol, pero si hay riesgo de lacrimógenas no es recomendable echarlo en exceso, porque como lo que éstas emiten es un polvillo, facilitan que se nos adhiera a la piel.

-¿Para proteger los ojos que es lo más recomendable?

-En principio, para los ojos, unos lentes que sellen muy bien el ingreso del polvillo. Los lentes de natación son extraordinarios porque tienen una ventosa, se sellan muy bien e impiden el paso del polvillo.

-¿Y qué hacer en caso de que los ojos queden afectados?

-Hay que dejarlos lagrimar  y evitar rascarlos y tocarlos, más porque probablemente tendremos los dedos llenos de compuesto. Luego, lavarlos con abundante agua de arriba abajo. En caso de irritación aguda, es recomendable el uso de lágrimas artificiales o colirios con hialuronato de sodio o carboximetil celulosa.

-¿Qué nos puede decir respecto a los tapabocas médicos que tanto se ven en las manifestaciones?

-Hay que tener en claro que por tratarse de un polvillo muy fino debemos usar mascarillas que sellen muy bien su ingreso a las vías respiratorias. Los tapabocas médicos funcionan bien si están embebidos en bicarbonato, ojo, ya que al hacerlo se tiene la barrera física y la barrera química.

Quisiera preguntarle por algunas recetas populares. ¿Echarse agua funciona?

-Mira, el agua tiene que ser en cantidades muy grandes, porque si es poquita y tenemos la concentración de este compuesto, que tiene cloro, puede ser peor. Sólo si es en cantidades realmente importantes  se puede usar agua, porque de lo contrario puede ser contraproducente.

-¿Y vinagre?

-El vinagre funcionaba hace muchos años, pero ya no. Estas bombas han cambiado de composición, son ácidas y se necesita una base para neutralizarlas. El vinagre es un ácido y no funciona. Tiene que ser una base como cualquier antiácido o, insisto, bicarbonato, que es extraordinariamente efectivo.

-¿Y pasta de diente?

-¡PARA NADA! No se debe utilizar, ni tampoco el Vicks VapoRub o cualquier crema mentolada, porque esto es un polvillo y si nos echamos cualquier pasta o crema se nos va a pegar, y lo que  va a pasar es que vamos a tener más accesible el polvillo y encima una quemadura.

-¿Y la leche con bicarbonato?

-Puede funcionar si lo vamos a ingerir. Pero como la leche se degrada es una solución que vamos a tener que preparar y botar constantemente.

-¿Y los caramelos de menta?

-Eso puede funcionar para distraer el organismo y darnos un respiro. Pero los mentoles no van a neutralizar el gas. Atención. Y eso es lo que debemos buscar hacer: neutralizarlo. Y sólo una base lo hace.

Chamo - PNB

“No me considero un héroe”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Tenía los trazos de un adolescente delgado, pequeño y sin camisa, que aguantó con bravura el envión de dos policías nacionales armados hasta los dientes. El muchacho se levantó, los encaró y les escupió la rabia de todo un país”. Así narró el escritor Rodrigo Blanco Calderón el momento que hizo famoso a Gustavo, un joven actor de 23 años que el pasado 08 de abril se enfrentó a tres efectivos de la PNB. Inmortalizado en un video que se hizo viral por redes sociales, ese hecho es el responsable de que el 27 de abril, en Altamira Sur, esté firmando gorras tricolor. Lo hace con la mano temblorosa, tras confesar que es primera vez que le piden algo así. “Es para mi nieto”, le dice la mujer que le hace la petición. “Sería un orgullo que fuera tan valiente como tú”, continúa. Esos y otros elogios, seguidos de peticiones de fotos, suceden luego de que se baja del camión desde el que leyó unas breves líneas que escribió sobre la situación del país, en el marco del homenaje que se le rinde a José Pernalete. Es allí cuando OJO logra hablar con él.

-Relátame en tus propias palabras el momento en el que te enfrentas con los oficiales de la PNB

-En ese momento yo estaba muy indignado, la manifestación había echado para atrás y yo me quedo solo adelante con una amiga, frustrado. Sentí que la indignación que tenía en ese momento era la indignación de toda Venezuela. Indignado, comencé a gritarles a los policías hasta que ellos se acercan y me empujan. Mi reacción en ese momento fue esa. No supe de qué otra manera responder. Me paré y pasó lo que pasó.

-¿Estabas solo?

-Yo estaba con una amiga y había otro chamo allí. Alguien anónimo que no conocía.

-¿No tuviste miedo?

-No. No tenía miedo.

-¿Qué sucede después, cuando ya el video se corta?

-Después de eso le digo a mi amiga: ‘vamos a retirarnos porque aquí no hay nadie’. En eso corremos hacia El Bosque y la tanqueta con las motos avanza hacia nosotros. Nos emboscaron pero al final se dieron cuenta de que no podían hacernos nada porque no teníamos nada. Mi amiga tenía marcadores en su bolso, yo estaba semi-desnudo.

-¿Cómo te enteras de la existencia del video?

-Yo me entero al día siguiente porque alguien me manda un mensaje en instagram y me dice ‘¿eres tú el del video?’, yo digo ‘¿qué video?’, y cuando me meto veo que sí y digo ‘wow: se hizo viral’. Nunca fue mi intención que se viralizara esa imagen; y bueno, ahorita soy un símbolo, a pesar de que yo siento que sigo siendo yo: un venezolano más que sale todos los días a reclamar sus derechos por la protesta pacífica.

-¿Qué dijo tu familia cuando vio el video? ¿Se asustaron?

-Mis padres son como cualquier otros padres. Al principio estaban nerviosos, pero después me entendieron. Ellos me han entendido a través de toda mi lucha. Estoy en esto desde 2014.

-¿Te cambió en algo la viralización del video? ¿Ganaste seguidores en redes o algo así?

-No. Mis redes sociales están privadas. El cambio fue en mí, en mis acpectos personales, en creer más en la lucha que estoy llevando.

-¿Te sientes un héroe?

-No me siento un héroe. Quiero que Venezuela se sienta, sienta el heroísmo por ella misma, no que me vean como símbolo.

-¿Qué mensaje le darías al país en este momento?

-Que sigamos luchando por la Venezuela que queremos, porque se puede lograr. El régimen quiere criminalizarnos y frenar la protesta. Sigamos adelante luchando por nuestra libertad.

-Si nuevamente tuvieras en frente al PNB que te empujó, ¿qué le dirías?

-Les diría que piensen bien si su trabajo vale más que mi vida o la vida de cualquier venezolano que ellos reprimen.

KARINWEB

Karin Valecillos: “Hay que trabajar para algún día poder reencontrarnos en la alegría”

Trabajó siete años como guionista en RCTV, siguió en Televen, fue cabeza de equipo en la telenovela Niñas mal de MTV, hizo una especialización en Buenos Aires y volvió para constituir esa marca ineludible en las tablas venezolanas que es Tumbarrancho Teatro, una experiencia que suma cinco obras (de las 24 que tiene escritas) con una sensibilidad social muy marcada sobre la Venezuela de este tiempo. Actualmente se encuentra en el proceso de grabación de Sobrevivientes, su primera pieza llevada al cine

Por: Marcy Alejandra Rangel – @MarcyAlejandra

Foto: Edwin Corona

Karin Valecillos es esa simbiosis entre la televisión más comercial y quienes aman el teatro experimental por encima de cualquier cosa. Su vida profesional ha estado marcada por un tránsito de siete años como guionista de telenovelas en RCTV, dentro de las cuales están Estrambótica Anastasia (Martin Hahn, 2002) y Calle Luna, calle Sol (José Vicente Quintana, 2009), una brecha que define perfectamente esa generación de la televisión venezolana en la que se transmitían tres telenovelas diarias por canal y había, en simultáneo, dos o tres más en pre producción.

Pero, además de eso, la guionista es una talentosa escritora de obras de teatro que reflejan la situación del país. Está convencida de que el hecho artístico redimensiona cualquier situación con solo ponerle nombre y apellido a las víctimas, al punto de conmover al espectador. Esto sucedió con Jazmínes en el Lídice, una pieza inspirada en la historia de madres que han perdido a sus hijos a causa de la violencia y que se estrenó en 2013 como parte del Proyecto Esperanza. Read More…

ENTREVISTASOFIAWEB

Sofía Imber: “No hay nada mejor que el periodismo”

Por: Ángel Zambrano Cobo
Foto Natalia Brand / Asistente: Anita Carli

A eso de las once de la noche no quedaban empleados en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. Un farol de Parque Central iluminaba el nombre del museo sobre la fachada. Por la puerta principal salió alguien con un martillo en la mano. Lo hizo de noche, porque de día probablemente el personal del museo no lo hubiera permitido. A la mañana siguiente todos se dieron cuenta de que alguien había arrancado diez letras a martillazos que dejaron una sombra debajo de las seis palabras «Museo de Arte Contemporáneo de Caracas». Así, “a carajazos”, Sofía Imber abandonó la fachada de su obra más importante.

“A carajazos… Nadie del museo se enteró cuándo quitaron mi nombre de la fachada”, Sofía Imber no muestra rencor cuando cuenta esto, ni siquiera rabia. Ella, que dedicó veintiocho años de su vida a un museo que ya no lleva su nombre, narra este hecho como algo del pasado que dejó de tener importancia o que nunca la tuvo; dice, incluso, que esto no le sorprendió: “Ningún acto fascista me es extraño en este momento; el que me hayan botado no me dolió, porque a uno le duelen las cosas según de quien vienen, y eso fue casi un aplauso”.

Todo lo dice con esa voz ronca que va y viene; habla bajito, dice, por los años que trabajó en la televisión. Su metro y medio de estatura comienza con unos zapaticos marrón claro mínimos y termina con cabello corto, como de hombre. Las piernas, la izquierda sobre la derecha, no se descruzan nunca. Sus manos, que son una cédula de identidad, dicen que nació en el año 1924; con la diestra acaricia al perro que se queda sentado a su lado durante toda la entrevista. El otro perro, como quien ya ha escuchado suficientes entrevistas de su dueña, se retira apenas ella responde el «¿qué tal?» inicial.

“Estoy sobreviviendo, como todos los venezolanos”. Sin importar la pregunta, siempre termina por referirse al entorno nacional; su pasado periodístico la lleva siempre por el camino de la realidad. Evoca el oficio acompañándose de un suspiro y una sonrisa: “No hay nada mejor que el periodismo, es una maravilla; lo recuerdo con mucho placer”. Entonces sonríe más intensamente y esa segunda sonrisa tumba, de un golpe y sin permiso, su reputación de dura, de intransigente.

“Sé amar, no sé odiar. Aunque parezca una frase hecha, lo que digo es auténticamente cierto. Me parece horrible odiar; me gusta trabajar con la gente, respetar el trabajo del otro: darles la posibilidad de crecer a todos”. Así, un museo que al comienzo sólo era conformado por ella y los ochocientos metros cuadrados de construcción, ahora tiene veintiún mil metros cuadrados, doscientos doce empleados y una colección permanente de cuatro mil diecinueve obras. La ilusión de darles a los venezolanos el mejor museo de arte contemporáneo de América Latina se hizo realidad gracias a Sofía Imber; que la convirtió, como dice ella, en “el contemporáneo”.

También en su casa hay algo de ese ambiente; ésta tiene más de museo que lo que tiene de casa: tres esculturas aquí, cinco cuadros allá y algo de artesanía también abundan por doquier; al respecto comenta la entrevistada: “Éstas son obras que he coleccionado durante varios años”. No hay suficiente pared para todos los cuadros; detrás de Sofía hay una estantería que está –del piso al techo– repleta de libros de arte, pero, cubriendo la mayoría de los libros, hay seis cuadros que no encontraron un lugar junto a los otros: éstos cuelgan desde el tramo más alto del estante y parece imposible sacar un libro, ya que los libros son la pared de esos cuadros. “Tengo que levantar los cuadros para bajar los libros de la estantería; es un gran trabajo, pero todo cuesta trabajo”, dice con naturalidad.

Ya va atardeciendo y Sofía Imber insiste en prender las luces para vencer la creciente oscuridad; se levanta con dificultad, “por la rodilla mala”. Ya menos oscuro todo, se vuelve a sentar junto al perro que todavía parece escuchar con interés, se voltea a ver los libros secuestrados por los cuadros y devuelve la mirada hacia el frente.

Cuando rememora sube los ojos, como buscando su pasado en el techo de la habitación. Por un rato guarda silencio; un silencio que nunca llega a ser incómodo, que no se apresura a romper, y que sólo es interrumpido por los pájaros, que cantan a todo dar antes de que anochezca. “No hay mejor despertar que el de los pájaros; no es como los despertadores. Cuando Carlos y yo teníamos el programa teníamos que llegar al estudio a las 4:45 de la madrugada, poníamos cinco despertadores para no quedarnos dormidos. En los treinta y tres años que tuvimos que llegar a esa hora, nunca llegamos tarde”.

Durante esos treinta y tres años, ella y su esposo Carlos Rangel despertaban al país con el programa Buenos días; “uno sigue consiguiéndose a gente que en aquella época era todavía muy joven y que te cuenta cómo su papá lo sentaba en frente de la televisión a ver el programa. En él no se llegaba a los términos de ahora, de tanta discusión y pelea. Hoy yo preguntaría en el programa cómo debe ser la educación en un país tan rico y tan pobre como Venezuela; el periodista trabaja dentro del momento político en el que vive. Yo tendría invitados que supieran explicar esto que estamos viviendo. Los programas deben ser así, deben tener un sentido, como las instituciones”.

Lo que fue bueno para Buenos días fue bueno para el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. “Dirigí el museo como si fuera un periódico porque el museo, como los medios, tiene que estar ahí para la gente. Se pueden leer los cuadros como lees la página de un diario. El que entra en un museo es atravesado por ese museo; aunque no le guste lo que ve, lo observado crea un efecto en él”, esto lo dice con la seguridad de quien dirigió un museo durante veintiocho años. “Nuestro museo tenía la meta absoluta de estar ahí para la gente, de ser para ellos. Quisimos lograr que hubiera un intercambio constante y lo hicimos plenamente; invitamos a la gente del barrio a que viera las exposiciones, hicimos salas especiales para ciegos. El museo fue una institución viva”, aunque todo esto sea parte de su pasado, se sienten en su voz las ganas del presente.

A esa voz no le duele el pasado; pasa por él como se pasa por las páginas que ya se leyeron, que ya aportaron lo que tenían que aportar. “Recuerdo todo de Carlos; me hace mucha falta, fue mi gran compañero de vida, pero no me duele esa pérdida: no es un pérdida porque todavía lo tengo conmigo”. En la cara de Sofía Imber perduran las sonrisas: su sonrisa; ni ella ni su dueña son dolientes del pasado, porque en todo ve futuro: un futuro que se niega a predecir, o incluso a recomendar. “Los jóvenes saben el papel que tienen que desempeñar en este país, ellos mismos encontrarán su camino sin que nadie se los muestre. Dar consejos es un poco necio, porque nadie hace caso; yo doy consejos y nadie me hace caso, a mí me han dado muchísimos que no he seguido”. De los pocos a los que les ha hecho caso, acaso el único, está uno del escritor inglés Bertrand Russell: «no hay que temer pertenecer a una pequeña minoría». Ella confiesa que esa es su frase preferida: “La uso cada día; si no lo hiciera, no hubiera podido levantar el museo ni nada en la vida. Uno no debe tener miedo de decir cosas distintas, ni de ser diferente. Nunca fui una persona conformista, por eso me han botado de tantos sitios”.

Desde la esquina de ese sofá de cuero azul todo está claro para Sofía Imber; responde todo con la seguridad de sus ochenta y tres años y sólo pronuncia un “no sé” en toda la entrevista. Lleva un reloj en la muñeca derecha y otro en la izquierda, los dos marcando la misma hora: “Eso sí no sé por qué; desde que pude comprarme el segundo, siempre tengo los dos puestos”. Ella mira a los ojos con una sonrisa, divertida ante la pregunta para la cual, por fin, no tiene una respuesta.

Se despide con la misma sonrisa que inauguró al saludar. Casi por accidente suelta algo que suena mucho a consejo y poco a necedad: “Cuando se escribe, a uno le gusta lo que escribió y se hace con honestidad no importa si no le gusta a los demás”.

YAGO2WEB

Yago, en tres líneas y varias preguntas

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Ricardo Damian Lórenz tiene nombre de cuento y vida de novela. De hecho, lo primero que uno pensaría al escuchar su historia es que se trata de un personaje de ficción. Pero no. Existe. Es de carne y hueso. Y estuvo en Caracas.

Tiene 28 años, barba, los ojos claros y una Honda Biz de 100 CC con la que ha recorrido cientos de miles de kilómetros: los de las carreteras latinoamericanas. De Argentina a México, ha cruzado el continente en moto.

Salió de su casa con 22 años, $700 dólares, su Honda, dos pantalones, cuatro camisas y ropa interior. Sin una ruta definida y sólo con una sola cosa clara: las ganas de recorrer camino. Eso era (y eso es) todo. El camino.

Para cruzarlo no usa GPS ni mapas y menos brújulas. Se fía más del hombre que de la máquina, por eso se vale de un método bastante clásico, ese con el que, decían los abuelos, se llegaba hasta Roma, y que él bautizó como PPS: “Paro. Pregunto. Sigo”.

A pesar de ello, se ha perdido unas cuantas veces, aunque nunca ha sido algo que le preocupe mucho. Y si no lo ha buscado, por lo menos lo ha disfrutado. “Me gusta perderme”, confiesa.

De todas sus perdidas (que no pérdidas), la más peligrosa fue en una favela de Río. Las calles, cuenta, se iban estrechando poco a poco: de doble vía a una vía, de una vía callejón, de callejón a pasillo estrecho, de pasillo estrecho a tener bajarse de la moto para poder sacarla.

Aquella vez lo salvaron unos mototaxistas a quienes la historia de su viaje (“vengo desde Argentina en esta moto”) los sorprendió (“-Voce e maluco, cara?” -¿Estás loco, hermano?-) y entre risas lo ayudaron a salir.

Sin embargo, agrega él, tanto como la historia lo ayudó también la moto: porque por ser un modelo barato, común y corriente (y no una costosa y ostentosa Harley, por ejemplo), no era objetivo de ladrones.

Esa, para él, es una de las ventajas de su Honda: que lo ha librado de ladrones y de policías matraqueros. “La gente come mucho por los ojos, y cuando te ven así, en una moto así, se dan cuenta de que no tienes dinero y te dejan pasar”.

Créase o no, la  moto le ha abierto más fronteras que su pasaporte. Porque misteriosamente a los militares que vigilan las fronteras se les activa la imaginación apenas ven un carro/moto de valor y comienzan a inventar trabas que sólo se resuelven pagando. Con su Honda no.

Y al hablar de eso, y para ser justos, él hace (tiene que hacer) una salvedad: Chile, que, aun siendo Latinoamérica, es algo distinto, muy distinto, donde “coimear” (sobornar) a la autoridad es harto difícil, por no usar el exagerado y puede que impreciso imposible.

De los países en los que ha estado, Perú y Bolivia son los peores para conducir. “En  La Paz la gente está acostumbrada a chocarse. Hay micro accidentes en cada cuadra. Y es tal la costumbre que ninguno se baja a reclamar. Se ven a las caras y siguen”.

A Venezuela la ve como un paraíso para los motorizados por el gran poder del que disfrutan. “Aquí tienen su lugar en las calles. Los carros se les apartan no sé si por miedo o respeto. Cuando los conductores me ven, les informo que no les voy a quitar nada”, dice riéndose.

“En las malas se ven los buenos” es lo que responde al ser consultado por la situación de Venezuela. Y es que él, que viene de afuera a esta nación en crisis, se ha encontrado al llegar un país que lo ha acogido y lo ha cuidado, “que demuestra más que nunca la calidad de su gente”.

El país menos amigable con los motorizados es Colombia, por la cantidad de restricciones que hay: dos días al mes de parada para las motos, toque de queda diario para echar gasolina, toque de queda nocturno para conducir, prohibición de llevar parrilleros hombres.

Lo de los parrilleros, igual, nunca ha sido problema para él: siempre va solo, y a estas alturas del viaje, dice, ya no podría hacerlo en compañía. Se ha acostumbrado tanto a la vida nómada que otra persona significaría un estorbo.

Pero que no se le malinterprete. No es un antisocial o algo semejante. Todo lo contrario. Tiene cientos, si no miles, de amigos. Le gusta estar entre la gente y se le da bien. Pero eso es una cosa y viajar otra muy distinta.

De hecho, su primera idea era viajar con amigos. “Pero a la hora de ‘¿cómo vamos a hacer, adónde vamos a ir?’ siempre les respondía ‘no sé, no sé’, porque se trataba de un viaje no planificado y sin rumbo. Y entonces allí me decían: ‘ve solo’”. Y solo se fue.

¿Y qué hay de las mujeres? Son, cree, el riesgo más grande. “Lo peor es enamorarse. El que se enamora, pierde”. En el tiempo de viaje no ha tenido novias o amores, sino aventuras (“por montón”). A eso (o en eso) se resume todo.

Tras tanto viajar, algo (mucho) ha aprendido en carretera. Lo primero, y más básico, es de mecánica: ha hecho 31 cambios de caucho, 300 de aceite y unas cuántas reparaciones. Conoce como nadie a su moto.

También ha aprendido a comer casi cualquier cosa. “He matado pájaros y culebras”, confiesa, para luego explicar que en su moto viaja también con una pequeña parrillera en la que cocina ésas y otras cosas cuando la necesidad obliga.

No es, sin embargo, un hombre de mucho comer. Al día, máximo, hace dos comidas, siendo siempre la más fuerte la de la mañana y la más prescindible la del mediodía. Y tiene su explicación: “si almuerzo me da sueño y si duermo no manejo”.

Contrario a lo que se pueda pensar, lejos de debilitarse, su salud se ha mantenido firme. “No me he enfermado nunca”, jura, “salvo alguna fiebre o una cosa de horas”. Tampoco ha subido de peso. Y eso que ha cruzado estas selvas de mosquitos y plagas.

Tal fortaleza inmunológica se la atribuye a ese carácter distendido y alegre. “Siempre pienso, ‘¿quién dijo que por mojarme con lluvia me tengo que enfermar?’ No tiene por qué ser así. Y no me enfermo. De todos modos, la peor enfermedad es no ser feliz”.

Ha asumido la felicidad como una causa (“vivo para contagiarla cada día”). Para eso va él por la carretera de la vida: para ser feliz. Y esa es la respuesta que tiene, la única que ha encontrado, para la pregunta de por qué estamos aquí y cuál es el sentido de la vida.

Y conste que no tiene (ni pretende dar) una fórmula para alcanzarla. Pero tomando como base su singular experiencia de vida  (y vaya si tiene de eso) se pueden sacar algunas conclusiones de cómo ha hecho para alcanzarla.

Determinación es lo primero. Todo empieza (todo empezó) allí. Tomando la determinación de hacer el viaje, de lanzarse a la carretera. Y allí llegó entonces el primer gran obstáculo de todos: el económico.

Al dinero lo califica de mal necesario. Y el responsable de frustrar la mayoría de los planes de la gente. “El gran terror es no poder resolver nada económicamente”. Él lo sintió (“salí con apenas $700”) pero decidió no dejarse vencer y se lanzó, desprendido, “a un viaje sin rumbo”.

Tanto se ha desprendido, que con 28 años y en pleno 2016 no tiene todavía una cuenta en banco alguno. Cuando se acabaron los 700 dólares comenzó a buscar trabajos en donde la vida y la necesidad lo encontraran.

Ha hecho las cosas más inverosímiles e improbables. Ha sido mesonero, ha repartido frutas, contrabandeado ropa, paseado perros, repartido volantes en plazas y hasta ha trabajado como minero.  Ahora vende artesanía y a veces (él no entiende cómo) da charlas.

Todo lo que gana lo traduce en gasolina. “Cuando veo un billete, pienso es en combustible”. La sentencia, en su simpleza, resume de modo impecable lo que es el dinero para él: un medio para poder seguir viajando. No algo que acumular o a lo que entregarle la vida.

Lo mismo pasa con la moto. “Mi sueño está en  la ruta, no en la moto”. Por eso, para comprar esta Honda con la que empezó todo, vendió una mucho mejor y cara, que había sido su sueño: “La moto que más deseé fue con la que menos viajé”. De loco lo tildaron entonces.

Esa, la de la incomprensión, ha sido apenas una de las tantas contrariedades que ha tenido. Pero el sufrimiento y las piedras, lo ha aprendido, son parte esencial e importante del viaje, que nunca podrá ser bueno si está exento de ellas.

“Hay gente que a veces se frustra cuando comienzan a aparecer los obstáculos, y entonces decide abandonar. No. Sufrir y pasarla mal forma parte del camino”, dice. Y recuerda las cuatro veces que estuvo preso –siempre por problemas migratorios– y el accidente que sufrió en Ecuador.

A la salida de la conferencia que dio en la Sala Cabrujas (de donde salen los párrafos anteriores), lo abordamos para conversar con él y profundizar sobre algunas ideas:

-Háblame un poco de los obstáculos que has tenido en el camino

-Yo tuve obstáculos duros. El cruce a Centroamérica lo fue. Tuve ganas de mandarlo todo a la mierda. El costo era imposible. Pero le busqué la vuelta hasta que salió. Yo creo en eso, en que en todo lo que hagas va a haber siempre algo que no te guste, una parte fea. Pero si no somos capaces de aguantar eso y seguir un poco más, siempre vamos a estar abandonando todo a mitad de camino.

-¿Qué significa viajar para ti?

-Es mi vida. Es mi felicidad. No me veo de otra forma que no sea viajando. Nunca imaginé que llegaría a dar una conferencia o escribir un libro, y todo ha sido gracias al viaje.

-A los jóvenes venezolanos, en medio de esta crisis, desesperanzados y frustrados, ¿qué les tienes que decir?

-Mira yo no creo en ideologías ni en tonterías. La patria la hago yo. No creo en fronteras y esas vainas. Con respecto a Venezuela. A ver. No se trata de abandonar el barco porque está por hundirse, sino de buscar la felicidad de uno. Y en un momento en el que hay gente que está podrida de todo esto, creo que pueden intentar salir, viajar. Están en un momento en el que ya no tienen mucho que perder, entonces, la clave es animarse y arriesgarse. En todo aspecto. Agarrar la moto e irse. Si ya no hay mucho que perder, se trata entonces de dejar el miedo, no dejarse trabar por la situación, sino salir, hacer y deshacer.

-¿El que viaja huye de algo?

-No. En mi caso no. Me he ido siempre bien. En paz con todo, con mi familia y mis amigos. Más bien uno busca ganar amistades, experiencia. Se te amplía el mundo. Vives en una burbuja muy chiquita y no lo sabes. Cuando sales el mundo se hace mucho más grande.

-¿Y cuál es la meta del que viaja?

-Hoy en día viajo porque me hace feliz y me da la oportunidad luego de poder compartirlo. De esta charla de hoy no me llevo ningún beneficio económico. A alguno le va a llegar y alguno se va a motivar un poquito más. Entonces esa es la idea. Y con eso me doy por servido.

-¿De qué va la vida, Yago?

-De ser feliz.

-¿Y para ti la felicidad es el viaje?

-Tal cual.

-¿Qué es lo más raro que has comido?

-Un gusano.

-¿Y a qué sabe?

-Como a higo.

-¿Te sientes cómodo estando solo?

-Sí.

-¿Qué tiene de bueno la soledad?

– A ver. Yo digo que hay dos tipos de soledad. A la que te enfrenta la circunstancia y la que buscas. Yo vivo la soledad que buscas: la de estar solo en la ruta, en la montaña, en un momento de tranquilidad. Pero nunca se me da la soledad. Tengo amigos, voy conociendo gente, yendo a todo tipo de fiestas, eventos, diversión; entonces nunca me he sentido solo.  Creo que te cambia también el concepto de amistad: te das cuenta de que un amigo no es el de 20 años, sino el que te da una mano que quizás el amigo de 20 años ya no te daría. Eso te cambia completamente el concepto de amistad.  Y hago amigos más fácilmente.

-El que viaja mucho se tiene que despedir mucho. ¿Cómo afrontas las despedidas?

-Las despedidas son duras. En México, que fue el país en el que más tiempo duré parado en un lugar, que fueron casi 4 meses, allí se me cayeron lágrimas. Fue sinceramente la primera y única vez que lloré, porque creé un vínculo y amistades. Pero te dura muy poco la tristeza porque sabes que en los próximos 15 minutos vas a estar solo en la carretera, vas a tener qué resolver qué vas a comer, dónde vas a dormir, con quien te vas a cruzar; entonces es una suerte de circunstancia en la que vives siempre despidiéndote pero también conociendo gente, y se va engranando en una forma en la que la terminas pasando muy bien.

-¿Cuánto crees que va a durar todo esto?

-Si me  preguntas  hoy, toda la vida. Pero no sé cuánto va a ser toda la vida. Puede ser un año más, un mes más o dos días más.

-¿Pero tú estás claro en que va a llegar un momento en el que ya no vas a poder seguirlo haciendo?

-Ni siquiera lo he pensado porque no sé si voy a llegar a viejo. Pero si no puedo viajar en moto inventaré un triciclo, y si no puedo viajar en triciclo viajaré en carro, y si no puedo viajar me sentaré como un viejo antiguo a contarle historias a todo el mundo y allí será el final. Pero no me lo he planteado y no me preocupa porque sé que el futuro es totalmente incierto y no me voy a preocupar por algo que todavía no ha llegado y que no sé si llegará.

-¿Había, de niño, algo que hiciera suponer que ibas a terminar en esto?

-Básicamente nunca me gustó vivir estructurado, que me dijeran qué hacer, cómo hacerlo y cuándo hacerlo. Por eso fue que terminé la escuela y en 5 años tuve muchísimos trabajos de un mes, dos meses, y no me gustaban, me cambiaba, siempre prioricé más mi tiempo que mi dinero y aunque nunca me lo imaginé creo que esto es lo que estaba designado para mí porque no me veo de otra forma.

-Define en una palabra los siguientes países:

Argentina: orgullo | Chile: distinción | Perú: tradición | Bolivia: uy, diferente | Ecuador: tranquilo | Uruguay: lindo | Paraguay: noble | Brasil: locura | Colombia: fiesta |  Venezuela: energía, hermano | Panamá: distintivo | Honduras: inconforme | El Salvador: conflicto | México: maravilloso.

FOTO: Adrián Egea

Andrea Dopico y la otra cara de dejar tu país

Por: Silvia de Mascarenhas

Es una emigrante venezolana. Andrea Dopico ha hecho sus dos maletas más de una vez. Las primeras fueron muy temprano, al salir del colegio, cuando nos vemos obligados a estar muy claros en lo que queremos hacer con el resto de nuestra vida. Ella escogió la publicidad y España le abrió las puertas. A pesar de solo faltarle la tesis y haberle dedicado 4 años a la carrera, nunca le gustó y nunca se adaptó. En un viaje a Venezuela para apoyar a su familia en la lucha contra el cáncer de su mamá, como en cualquier ola de sensibilidad y cambios, Andrea tomó decisiones cruciales pensando en la felicidad. Se plantó firme ante los que más amaba para pedir apoyo, y así hizo sus maletas por segunda vez: rumbo a Vancouver al Pacific Institute of Culinary Arts, a estudiar pastelería.

Con y como las agujas de un reloj, comienza y acaba su día a día. Se levanta para ir directamente al restaurante del que es primera pastelera, unas 5 horas antes de que se siente el primer comensal. En equipo hacen las preparaciones del día; se saltan, normalmente, la hora del almuerzo y continúan trabajando hasta el momento del servicio, en el que espera paciente, aunque sin parar de crear, a que comience la hora del postre de cada mesa. Todos saben cuándo sale el primero, pero no el último. El restaurante cierra unas horas antes del servicio de la cena, por lo que Andrea, la que muy poco tiempo se dedica a sí misma, usa este tiempo para seguir creando e ideando, o para tratar de descargar la adrenalina del servicio haciendo ejercicio. Y así, como las agujas del reloj vuelven a pasar por el mismo sitio, una y otra vez, Andrea vuelve a Moments, en el Hotel Mandarin Oriental de Barcelona, para servir la cena, y no regresa a casa hasta la 1 de la mañana.

Tal vez por conocerla se me hace aún más difícil descifrarla. Sus momentos de reflexión sobre su trabajo son extremadamente acuciosos y serios; le pone empeño a dar con la expresión correcta, sin una palabra más o una menos. La han entrevistado innumerables veces pero, aún así, es palpable su momento de introspección antes de contestar una pregunta, por más simple que sea. Por otro lado está la Andrea risueña, la que no ve a sus amigos en semanas porque su dedicación al trabajo es total y, aún así, no desaparecen nunca de su vida. Tal vez se debe a que ella se ha dedicado a explicar muy bien su oficio –los días laborables que superan las 12 horas-, pero me atrevo a concluir que, simplemente, tiene don de gente. Su madurez al hablar de trabajo hace cortocircuito con la inocencia que exuda su sonrisa, y su profesionalidad contrasta con sus ganas de aprovechar al máximo el poco tiempo libre que tiene. No puedo evitar volver a la analogía del reloj. Hablar con ella es como abrir uno: quedas fascinado por la precisión con la que trabajan sus engranajes, pero sabes que hay mucho más por detrás que lo que está a la vista, una sensación de que ahí dentro ocurren procesos tan complejos que son casi imposibles de entender.

Sus oportunidades han llegado como anillo al dedo, ha tenido suerte, ha estado, como dijo ella, “en el lugar adecuado en el momento indicado”, pero su determinación es implacable. La suerte no es nada si no sabes mantenerla y el mérito de Andrea está en su disciplina. Se concentró en ponerse al día porque empezó tarde para los estándares de la gastronomía, por lo que estudió a ritmo vertiginoso y trató de consumir conocimientos de años como quien consigue agua fría en el desierto. Ella no lo pudo poner mejor: “Las oportunidades me llegaron por casualidad, pero era mi trabajo estar preparada para cuando eso pasara”. Eso hizo: Llegó a Caracas de Vancouver para volver a España. En sus vacaciones buscó qué hacer y acabó en un restaurante de la talla de Alto y siendo pupila de Carlos García. Llegó a Madrid y se topó con unas pasantías en un restaurante con dos estrellas Michelin: El Club Allard. Ahí se encontró a sí misma ejerciendo las labores de una segunda pastelera, no de un aprendiz. Cuando culminó en Madrid, fue de vacaciones a Barcelona y con su currículum trabajado en Illustrator por ella misma visitó personalmente varios sitios en la ciudad de Gaudí. Lo llamativo de su currículum le valió la cita para una entrevista en Moments, donde había, casualmente, la vacante con las labores que ella ejerció en sus pasantías. Cuando leyeron bien su currículum la llamaron y le dijeron: “No estás calificada para esto”. Pero ella insistió en que la entrevistaran. “Les dije: ‘Si ya tienen el hueco en la agenda, reúnanse conmigo y lo conversamos en persona’. Fui, les comenté lo que había hecho en Caracas y Madrid, y les propuse que me pusieran a prueba durante los 45 días que legalmente podían. Ya tengo un año y medio ahí”.

El resto de la historia de Andrea todavía se está escribiendo; pero ya fue la ganadora de España en la final nacional de la Chocolate Chef Competition de Valrhona, representó al país en la final mundial en Nueva York y está dentro de la lista de los 30 jóvenes más influyentes de Forbes Europa en el ámbito artístico. La suerte no forja prestigio, el trabajo sí.

La magia de su labor, su “acto de amor” como ella misma llama a lo que es cocinar, combinada con su entusiasmo y disciplina, le han permitido trabajar con quienes más admiraba desde que comenzó a estudiar pastelería. Ella concluye que es porque han visto en ella una persona trabajadora y llena de ideas. Todos han puesto granos de arena en los proyectos de Andrea, desde fotógrafos, hasta chefs de la talla de Jordi Roca, Yann Duytsche y su propia jefa, la aclamada Carme Ruscalleda, especialmente en la C3 de Valrhona: “Yo no sólo iba en mi nombre, iba representando a mi restaurant, a mi hotel, a España y a Venezuela, aunque no la llevara en la chaquetilla”.

Venezuela es inevitable en la vida de cualquier emigrante que de allí proviene pero, en Andrea, cobra otra vida un tema que, usualmente, saca lágrimas de tristeza. No se debe únicamente a que ella es optimista por las oportunidades que le ha dado la vida; se debe a que el acto emigrar no se reduce únicamente a un escape. Sus terceras maletas tenían el propósito de la superación profesional, la búsqueda de un sitio en la que este oficio en particular estuviera más desarrollado. Abrir fronteras: esa es otra razón para emigrar. Y es que no todo exilio significa tristeza, porque para Andrea ha sido el pase a la expansión de su mundo laboral. Se ha despedido varias veces de su familia, pero aceptó su condición de extrañar constantemente para llenarse de energías positivas cada vez que vuelve a Caracas o los ve a ellos. Lleva los sabores de esa tierra a sus postres porque en Venezuela “sabemos trabajar la fruta, nos gustan los picos de sabor y, aunque no todos mis postres llevan mango, parchita, guayaba o chocolate, mis gustos están determinados por aquello con lo que crecí”.

Andrea es dos mundos en un solo cuerpo, con dos pasaportes. Cuando le preguntas qué se siente tener doble nacionalidad, ella responde que “más completa, porque he visto más que aquellos que jamás han salido de la cultura de su país”. Fue criada en la diversidad, entre españoles, italianos y venezolanos (como muchos de nosotros) y aceptándola como un beneficio a su favor. Su nacionalidad española ha significado oportunidad y la venezolana su ser.

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Torkins Delgado: “Ser DJ es como si te pagaran por divertirte”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 6 de la tarde de un jueves de noviembre, el movimiento en Suka Bar es poco. Con luz, sin música y sin gente, el ahora llamado Templo no pasa de ser una gran impostura. Hay un aire mundano, de realidad, que no le cuadra a un sitio cuya razón de ser es que la gente se olvide de ella. Palabras como pagos, proveedores, facturas, cheques y retraso se dejan colar en boca de los pocos empleados que están allí. Una lámpara rota, su astronómico precio, lo imposible que será traer una nueva del extranjero, lo difícil que resultará arreglarla, copan toda la conversación. De ella se pasa a la pesquisa de unos cables extraviados la noche anterior, que nadie jura haber visto. De una improbable puerta que al parecer llevar a una más improbable oficina de administración con su escritorio y su luz blanca, sale una mujer. Es del tipo de personas que uno jamás esperaría ver allí, con su aire de madre que pronto será abuela. Afable y sonriente, va dando consejos, recordándoles cosas a los empleados y compartiendo una bolsa de platanitos con quienquiera que le pase en frente. Será todavía cuestión de horas para que la noche, el alcohol, la electrónica y los cientos de caraqueños que todavía le llevan algo ganado a la crisis y tienen los arrestos suficientes para desafiar a Caracas un jueves por la noche hagan que la magia vuelva y la fiesta se prenda.

Mientras ello ocurre, Torkins Delgado deja todo preparado en la consola. Para quienes vayan a Suka esa noche y lo vean, no será otra cosa sino el DJ, el tipo que pone la música. Quizás alguno repare en su imagen punk y en la cierta elegancia clásica de su porte. “Otro DJ excéntrico”, pensarán; y, como siempre ocurre con las primeras impresiones, se equivocarán. Porque aunque Torkins Delgado, sí, es un DJ, es también más que eso. Su partida de nacimiento dirá que nació en La Pastora (Caracas) en 1969 ;en  su cédula de identidad, que está casado (“mi esposa es una gótica loca de bola”); su currículum vitae nos hablará de un Artista Plástico de la Cristóbal Rojas, con estudios de Antropología en Sao Paulo y de Producción en la Universidad Livre de Música; su blog nos mostrará a un hombre que escribe versos; y él se definirá, sobre todo, como un artista. Se trata, pues, uno de los personajes más peculiares que hay actualmente en la noche caraqueña.

Cuando nos sentamos afuera para la entrevista, Torkins le pide a la mesonera ron de su botella. Lo toma seco; es decir, puro, sin hielo y en un vaso corto. Bebe sorbos pequeños, pero no arruga la cara ni hace ningún gesto que denote incomodidad. El trago, parece, ya no lo regaña. Le pasa suave. Habla despacio y se interrumpe frecuentemente (“ese es el problema de no dormir bien”, dirá en chiste), pero suelta lo que piensa sin reparo ni censura alguna. Tiene las muletillas típicas del caraqueño de los 80’s (pues, pana, o sea, brother, de pinga) y eso que hoy en día se llamaría un leve mandibuleo. Al mencionar aquella década se le alegra el rostro. “De verdad éramos felices y no lo sabíamos. Es eso exactamente. Recuerdo el Ateneo: eso era una fiesta cualquier fin de semana. Había 30 o 40 chamos que estudiaban cine sentados  en la escalera de la Cinemateca esperando para entrar a la función de la tarde y salían saturados de alegría a hablar en el Café del Ateneo sobre las cuatro películas que habían visto ese día. Eran unos carajos cultos: chamos de 17 y 18 años, arrecha y vitalmente cultos”, suspira.

Él fue uno de esos; y por ello sería una inquietud artística e intelectual (antes que la eterna crisis que hemos sido) la que lo llevaría a irse del país en 1994, siendo ya un hombre conocido. “Estaba embotado, quería estudiar filosofía,  quería meterme en el teatro brasilero, que es un tipo de teatro muy particular, estudiar lo qué estaba pasando allá”. Y se marchó. No estudió filosofía sino antropología, pero sí entró en el teatro del gigante del sur: “Me dirigió Celso Correa, el director más importante de América Latina. Trabajé con Caetano Veloso, interpreté a San Caetano Veloso, cené con Milton Nascimento…”, es parte de su inventario paulista.

No menos afortunado es el repaso que hace de su trayectoria venezolana. “Siempre he trabajado en los locales en los que quiero trabajar –dice volviendo al presente–, los que yo considero los mejores de la ciudad y en los que yo sería un cliente feliz.  Todo los bares donde trabajo hoy en día (Casa 22, Suka, Vintage Stereo, Lola) son lugares donde yo podría ser cliente. Jamás me vas a ver en un bar donde no tenga nexo o feeling”, apostilla viendo a Suka de frente.

¿De verdad nunca has trabajado en un sitio donde no estuvieras conforme?

–Nunca.

¿Y se lo atribuyes a qué?

–A la leche.

(Es una de sus típicas y sinceras salidas de tono, que se repetirán, espontáneas, a lo largo de la conversación).

Si de fortuna se trata, nada como la definición de su oficio actual: “Es la venganza de los que no tuvimos la disciplina para ser músicos sobre los que sí lo son: ganamos dinero a costa de ellos. Ser DJ es como si te pagaran por divertirte. ¿Qué haces? –se pregunta para inmediatamente responderse en franco soliloquio– Escuchar música. ¿De qué vives? De poner la música que oyes”. Y entonces viene la salida de tono: “Yo lo veo como cuando haces una arepa y se la das a alguien que tú quieres. Es una donación, es una cosa amorosa. Cuando eres DJ, haces hallazgos extraordinarios, hermosos, cosas que te cambian la vida, y le dices a la gente: ‘brother escucha esta vaina qué de pinga’”. Pausa reflexiva. “A mí me gusta tanto la buena música que obligo a la gente a escuchar buena música, y eso me hace sentir no una íntima sino una externa, brutal y epidérmica satisfacción. Cuando consigo algo verdaderamente bueno y lo pongo a sonar pueden verme sonriendo de alegría”. ¿Pero qué pasa cuando, como en la canción de Don Omar, la Julieta, sus amigas y todo el mundo pide reggaetón?

–Mira –dice poniéndose serio–, en Venezuela hay 30 millones de seres humanos y hay 3 millones de DJ’s, porque si algo sobra aquí son DJ’s y poetas, y los hay para eso: yo no soy para eso.

–¿Tienes algo en contra del reggeton?

–No. Yo no estoy peleando contra el reggaetón. Yo no estoy en contra de nada. Yo lo que no estoy es a favor, que es diferente. Y no lo voy a colocar. Te repito: no soy para eso, yo tengo mi nicho.

–¿Tener un nicho distinto al de esos DJ’s que ponen reggaetón te hace sentir superior?

–Sería superior si me diera más dinero del que les da a ellos. Pero no: ellos ganan más que yo, tocan más que yo, y en sitios donde pagan el doble que en los míos.

–¿Eso no es frustrante?

–No. Porque yo soy artista: hago teatro, escribo poesía, pinto cuadros…

–¿Y eso qué tiene que ver?

–Que yo entiendo el arte como un fracaso. Es más, no es que yo lo entiendo, es que el arte es un fracaso. Picasso es un puto fracaso, todos sus cuadros son la expresión de su fracaso: no pintó lo que quiso pintar y se vendió arrechamente.

Después de esa (otra) salida de tono, se pone a reflexionar sobre la diferencia entre lo popular y lo masivo. Para Torkins, la música, en su sentir, tiene la obligación de ser popular, “pero que unos productores de una radio o de unos sellos disqueros decidan masificar a unos carajos y vendértelos; ponértelos en el desayuno, en el almuerzo y en la cena; eso no es popular: eso es masivo, es producto de masa, marketing, lo que sea”. Pero se puede ser masivo y popular, que nadie se engañe: “Los Beatles fueron populares y de masa. Hicieron música que no fue sólo –y hace énfasis en el adverbio– para vender. Agarraron el alma de un momento histórico y la estrujaron. Había una poesía y una sonoridad que estaba en comunión con su generación y las generaciones, que cualquier persona en cualquier época lo iba a entender”.

Haber mencionado a los grandes, da pie para hablar un poco de su Olimpo personal venezolano. Incompleto, de pasada y pidiendo perdón de antemano por todas las omisiones, saltan los nombre de Aquiles Báez (“uno de los carajos más arrechos del planeta. Lo tiras en Japón y hace arrecho a Japón”), Gualberto Ibarreto (“es el más pop de los venezolanos, está en nuestro ADN”), Yordano (“es un genio: si tú quieres un carajo que haya entendido la sonoridad de una ciudad: Yordano con Caracas”), Colina (“es la voz de Caracas”), María Rivas (“es la reina”), Nené Quintero (“un Dios de la música. El Saturno del Olimpo”), Simón Díaz (“el hombre que amalgamó el sentir popular”), Hugo Blanco (“un tipo que hizo de todo, incluyendo el primer ská en español: ‘Buena suerte’”), Soledad Bravo (“lo mejor de este país”), Aldemaro Romero (“un puto genio, uno de los genios del planeta, y egoísta como todo genio”), la Movida Acústica Urbana, MAU (“dentro de unos años se van a escribir libros de ella”).

–¿Qué es la música para ti?

La respiración de Dios.

–¿Te ha salvado la música de algo?

Siempre. De morir de aburrimiento, de sufrimiento. La música salva, sana y cura. Salva de todo. Está hecha para sanar. Enfermedades del alma y físicas.

–¿Un artista para sanar?

Elvis. El mayor artista de mi vida.

–¿Una canción que te ponga feliz?

Great balls of fire, de Jerry Lee Lewis.

–¿Una para cuando estás triste?

Autum leaves, en cualquier versión.

–¿Una para el despecho?

Es que me gustan varias. El despecho es de pinga, hasta cuando no estás despechado. Algo de Nina Simone.

–¿Para enamorar?

A mí me gusta mucho un tema que mi esposa y yo escuchamos siempre que es In your room. Es sexi y ruda para enamorar.

-¿Una canción para despedirse?

Se acabó, con La Lupe

-¿Una que te haga llorar?

-Hay varias. Autun level, de nuevo. No hay manera de que no me joda. Hay una que me conmueve muchísimo, no sé por qué: My favorites things, de John Coltrane.

-¿Alguna que te recuerde a Venezuela?

–Simón Díaz. Es una vaina arrechísima: estás fuera del país y escuchas dos notas que lo identifiquen, y te vuelve mierda la vida, comienzas a necesitar comerte una arepa, ver el Ávila.

El Ávila, ese cerro que nos señala el norte, es uno de los grandes amores de Torkins: “Verlo te cura cualquier cosa”, jura él, que se define como “un puto caraqueño entregado”. ¿Por qué? “Por El Ávila; por cierta brisita que viene del norte que cuando estás muy jodido te pega en la frente y mejora todo; y porque tiene gente muy de pinga”. Llegados a este punto, y contra todo pronóstico, Torkins se quiebra: “Cuando salgo del trabajo veo mareas de gente yendo a trabajar, ¡a las 5 de la mañana! Esa vaina es conmovedora: es una ciudad que trabaja, en la que hay burda de gente echándole bolas, buscando el pan, ganarse la vida, intentando que sus hijos tengan mejor educación”, dice sinceramente conmovido y a punto de ceder a las lágrimas.

-¿Qué sientes por Caracas?

-Es como cuando tienes esa jeva, esa pana que la está cagando y te da arrechera, porque sabes que tiene potencial para otra vaina. Mucha impotencia.

-¿Y por la noche caraqueña?

-La respeto: hay mucho demonio por allí. Yo trabajo en la muy buena noche caraqueña, no trabajo en locales peligrosos. Y me cuido burda: cuando salgo del bar tengo en frente un taxi que me deja en la puerta de mi casa, y si no lo tengo no salgo. Soy de la resistencia, de los que no vamos a darle la ciudad a los malandros.

Esa última frase viene en consonancia con uno de los varios versos publicados en su blog:

“Estaré aquí esperando el fin de tus manías
Me encontrarás cuando bajen los ánimos
Hallarás mi cuerpo recostado de tus noches”

Eso le promete a Caracas (“mi ciudad de los techos rotos”), en un poema (“Hey vieja”). Porque Torkins, sí, escribe poemas y los publica en su blog. Y lo hace sin encontrar contradicción alguna en ello y su oficio de DJ: “Yo soy un artista más allá de DJ. Soy un artista que se divierte siendo DJ, si quieres. Y siempre  escribo: es un ejercicio de mi vida”.

-¿Qué escribes?

-Todo el tiempo escribo versos. Tengo un coñazo. Y también poemas.

-¿Cuál es la diferencia?

-Que el poema es una elaboración: necesita una estructura, una manera, una forma. El poema es un trabajo a largo plazo, un trabajo curtido.

-¿Qué es para ti la poesía?

-Es una forma de vida; de ver, de caminar, leer y escribir el mundo.

Es precisamente uno de los poemas publicado en su blog, en el que menciona a varios autores, el que da pie para comenzar a preguntarle por ellos:

-¿Qué es Kafka para ti?

-Un patólogo. El hombre que agarró el cadáver y lo diseccionó. Eso hizo él: agarró la sociedad tal y como estaba estructurada y la diseccionó.

-¿Y Lorca?

-La modernidad en pleno. Es como Simón Díaz: agarra el alma de la cultura más autóctona y se la lleva y muestra al mundo con un lenguaje más depurado.

¿Julio Cortázar?

-Jazz, sencillamente.

-¿Fernando Pessoa?

-Un Shakespeare portugués.

-¿James Joyce?

-Ahí sí está difícil, porque yo soy joyciano. Cada vez que leo ‘Ulises’ cambia mi vida porque es arrechísimo: a un hombre común  de repente lo conviertes en el tipo más de pinga del planeta; a un carajo con todos los peos del mundo, lo convierte en todos los hombres y hace una épica de un güevon, de un borracho irlandés cualquiera; y allí, al leerlo, te das cuenta entonces de que tu vida es igual, es exactamente igual: son pequeñas épicas, vainas llenas de logros y fracasos y desencuentros.

-¿Lezama Lima?

-Un Joyce latinoamericano. Lezama es universal, ni siquiera latinoamericano. ‘Paradiso’ es un libro al que hay que echarle bola. Lo amo.

-¿Walt Whitman?

-Es el hombre que es todos los hombres. Él es todos los hombres.

Y así, hablando de escritores y literatura con el DJ de Suka, termina este improbable encuentro. Han pasado casi dos horas y cuatro rondas de ron, la noche ha caído sobre Caracas, los primeros feligreses de la electrónica ya están en Suka, que comienza a parecerse, ahora sí, al local que conocemos, ese que guarda la memoria. Me despido con Torkins ya instalado en su consola. Desde ella, ejecutará su secreta venganza sobre los músicos disciplinados; desde ella prodigará a los asistentes esa noche el regalo de sus últimos descubrimientos; desde ella le hará justicia a los genios que no pudieron surfear la ola de lo masivo y naufragaron en el mar del anonimato; desde ella hará su ejercicio numantino de resistencia contra la tiniebla que nos cubre; y, quien quita, quizás pergeñará algún verso.