Foto: Pablo Canelones

“Los venezolanos no vamos a estar separados siempre”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Rodolfo Díaz (Caracas, 1990) es un tipo simpático y de conversación fácil. Fundador, letrista y vocalista de Estereograma, banda de rock venezolana que está surfeando las olas de la crisis y lanza en este 2017 su primer CD con un single que le canta a la esperanza del reencuentro en medio de la tragedia de las separaciones actuales, conversó con OJO recientemente. Honesto hasta la inconveniencia, no tiene problema en admitir que dentro de Abreboca hay temas que le gustan más que “En cuántas lunas” (el single promocional) o que Asier Cazalis escribe mejor de lo que canta. Admirador irredento del Serrat compositor, es capaz de reconocer sin empacho que se sabe completo el álbum Millennium de The Backstreet Boys, quienes son, junto con Arjona (con algunas cosas de Arjona, no todas), uno de sus varios placeres culposos musicales. No entiende, sin embargo, el éxito de Romeo Santos, al que considera sobrevalorado, como a Kudai y a algunos rockeros mexicanos. Según cuenta, una versión de “Imagine” de Lennon le sacudió la existencia y desde entonces eso es lo que busca: componer temas que puedan llegarles a las personas.  Jura que sacrificaría en el altar de su fama los aplausos y autógrafos (esa banalidad) por lograr con una canción suya cambiar y mejorar la vida de alguien. A fin de cuentas, dice, para eso está el arte: para sacudir y despertar; y la música, en su concepto, es uno de los más puros. Como se puede apreciar, Rodolfo Díaz es un tipo que tiene mucho que decir. Largo y tendido hablamos con él en una franca y entretenida entrevista que puedes leer completa a continuación:

-Estereograma se fundó en 2011. ¿Cómo nació?

-Un pana, el guitarrista, era sobrino del bajista del Caramelos, y siempre quiso tener una banda; de hecho tuvo una que se separó, y entonces él comenzó este proyecto conmigo. Yo me la pasaba cantando en todos lados, llegaba a todos lados y me ponía a cantar. Y un día él me dice: ‘tienes una voz interesante, vamos a hacer un grupo’. Y yo pienso: ‘este chamo está loco’. Pero nos fuimos reuniendo varias veces, un día montamos una canción seria (“Mujer de papel”), y de ahí empezamos a hacer todo ese proceso.

¿Dentro del panorama musical venezolano actual qué tienen ustedes que otros no tengan?

-Creo que tenemos una frescura muy interesante y una mezcla entre la voz y el género. Mi voz no es tan rockera pero la música sí, y creo que esa dualidad es muy sabrosa, creo que se ha perdido un poco, creo que se ha buscado mucho ir a lo indie, y se ha olvidado un poco lo que era esa mezcla tan sabrosa que daban el pop, el rock y la electrónica bien hecha.

Ahora, ¿por qué se han demorado tanto tiempo en sacar el disco? ¡Son seis años!

-Sí, fíjate. El tiempo fue: primero, imagen de banda, que unificarla fue algo que nos costó mucho; después, composición de los temas; luego, producción, que no la hicimos con un productor, no todos los temas, en algunos metimos la mano nosotros, los repensamos y mejoramos; y por último el dinero. El tema del dinero fue complicado, porque grabar cuesta plata, mezclar cuesta plata, masterizar cuesta plata.

-¿Todo el dinero sale de ustedes?

-Sí. Nosotros no tenemos patrocinantes. Casi todo viene de mi bolsillo, en realidad.

-Después de tanto tiempo, ¿qué expectativas tienen?

-Básicamente: ver qué opina el público sobre la banda, su música y su propuesta. “En cuántas lunas” es el primer single, detrás del cual vienen una serie de temas que a nosotros nos parecen más interesantes. Y siempre es sabroso ver lo que la gente opina de eso.

-Si hay otros más interesantes, ¿por qué salen con este?

-Porque tiene todos los matices de Estereograma: bastante pop, rock, unos efectos del folk bien interesantes con unas guitarras octavadas, tiene algo de grunge, y tiene además repetitividad, que es algo que debe tener un single para que la gente le preste atención. En fin, tiene todo lo que necesita para ser el primer tema.

-¿Es el mejor tema?

-Yo no te debería responder esto. Pero, a ver: este no fue de los últimos temas, que son siempre los más interesantes. El mejor de disco se llama el “Olvido”, y probablemente no sea un single por una cuestión de marketing.

-¿Y eso no  te frustra? Que el mejor tema no llegue a ser single

-No. Porque creo que la música tiene una carga subjetiva muy alta: el hecho de que sea la que más me gusta a mí no quiere decir que sea la que más le guste al público. Eso pasa muchísimo.

-Pero insisto, ¿no es frustrante?

-Es que, ojo. Eso no siempre es así. Depende es de la receptividad. Una vez que el disco llega a la calle la elección de los singles depende del gusto de la gente. Nosotros elegimos el primero y el segundo, pero ya el tercero lo definirá el nivel de tráfico, descarga y consumo, y puede ser perfectamente la que me guste a mí. Si es así, ¡increíble!

-¿Y si no?

-Si no, también me gustan las otras. No es que no me gusten, sino que es el tema que me gusta más.

-Vale. Leo en la nota de prensa que ustedes “quieren hablarle a la sociedad”, ¿qué tienen que decirle?

-Básicamente lo que le tenemos que decir a la gente es que nosotros también estamos viviendo esta realidad, que no somos ajenos ni queremos parecerlo. Hay bandas que quieren fingir demencia: somos artistas y vivimos en otro mundo; ¡eso es mentira! Con “En cuántas lunas” queremos comunicar y decir: sí, vivimos esto, la misma realidad de todos y que es innegable.

-En ese texto hablan también de esperanza. Pero eso es muy genérico, ¿esperanza de qué?

-De que los venezolanos no vamos a tener que estar separados siempre.

-¿Y tú crees que eso va a pasar pronto?

-No lo sé. La canción nunca define cuánto tiempo debería pasar para volverse a encontrar. No sé en cuántas lunas, dice, pero ciertamente nos volveremos a encontrar. Y eso va muy de la mano con lo que dice Laureano [Márquez] en el video: nadie quiere irse de su país; lo puedes hacer, sí, pero que quieras hacerlo es otra cosa; y que nunca quieras volver es todavía otra cosa totalmente diferente. Y es allí donde queremos atacar: que la gente no piense ‘perdí a mi hermano, a mi hijo, a mi amigo, de por vida y nunca lo voy a volver a ver’, sino que en algún momento, allá o acá, existirá algún tipo de reencuentro.

-Acabas de mencionar a Laureano. En el intro del video él dice que esta generación es la que conducirá la Venezuela que ha de venir. ¿Tú te sientes llamados a esto?

-Sí, totalmente. Yo siento que todos los venezolanos, una vez que nuestro país agarre otro rumbo, tenemos una obligación, como ciudadanos, de reconstruirlo. De corregir el rumbo. ¿Y quiénes lo harán? Los que tengan fuerza de trabajo y capacidad intelectual. Siento que como artistas tenemos la obligación de hacerlo.

-¿Y es una obligación del artista? Ustedes se han comprometido, pero hay muchos, y me acabas de hablar de ellos, que miran para otro lado…

-Es que el hecho de que tú cantes algo que no tiene que ver, no quiere decir que no estés ayudando. El hecho de que haya personas haciendo algo de calidad y que dé un mensaje de pura alegría también sirve: en la sociedad hace falta eso, no todo puede ser económico o político, tiene que haber distracción, ocio. Y allí entran las artes. Y creo que el artista, aunque no lleve un mensaje claro o directo, tiene la obligación de crear cultura y hacer felices a las personas por medio del arte.

-¿Tiene la música algún poder para transformar la realidad?

-Claro que sí. La música es el lenguaje del alma. Es una expresión muy pura, muy humana. Tiene la capacidad de cambiar todo, de cambiar el ánimo. Es como la literatura: te puede llevar a vivir una situación fantástica que te desenfoque o inspire.

-Hablas de música y de literatura, a Dylan le acaban de dar el Nobel…

-Ajá, ¿viste? No estamos tan locos.

-¿Qué opinión te merece ello?

-Siento que hay muchas otras personas que podían tener más mérito que él, pero lo que pasa con él es que lleva muchos años haciéndolo y no se da cuenta. Creo que es un buen ejemplo de que el músico busca, desde su rama del arte, llevar un mensaje fuerte que incluso puede llegar ser considerado como merecedor del Nobel.

-Ahora, tú también escribes canciones, ¿qué te lleva a escribir? ¿Necesidad de expresión, desahogo, qué?

-A mí me gusta mucho interpretar la realidad. Plasmar en papel las cosas que me van pasando. Me parece muy interesante, una catarsis muy chévere. Hay veces en las que escribo cosas que no sirven para nada y otras en las que siento que hay mensajes que deben ser transmitidos. Muchas veces hablo con la gente y siento que están en modo automático: trabajar-comer-salir-dormir-trabajar, y cuando te sientas, hablas y les preguntas: ‘¿qué te gusta a ti?, ¿cuáles son tus sueños?, ¿qué te hace feliz?’, la gente no sabe qué responder. Siento que ahí tengo la posibilidad de ayudar, hablar, llevar un mensaje que a algunos les gustará y a otros no. Pero si a alguien le llega y dice: ‘oye, yo escucho en estas canciones una inspiración para irme de mi trabajo porque lo odio’, si eso pasa, ya me doy por satisfecho.

Entiendo entonces que no escribes para ti sino para los otros…

Sí. Yo no escribo para guardármelo. Me parece que los mensajes tienen el fin de ser compartidos. Luego, la respuesta será otra cosa.

-¿Cómo es el proceso entre que algo te sucede y termina convertido en canción?

-Normalmente hacemos la música completa y luego yo empiezo a escuchar, a escuchar, a escuchar, a ver a qué me suena, a qué me recuerda, a qué pasaje de mi vida me lleva, qué me imagino, qué situación puede hacer link con esto, y es allí cuando empiezo a escribir. Busco en mi memoria, en mi fantasía, en mi imaginación, cosas con las cuales construir una historia con una línea narrativa relativamente coherente o a veces no tan coherente (eso también es apropósito) pero que haga un mix con lo que me transmite la música para que la letra vaya por un mismo lado…

…¿entonces comienza siendo primero música y después letra?

-No siempre. Pero sí. Hay también otras que hemos escrito, yo canto una melodía completa y se van reestructurando los acordes que van con la voz.

-¿Cuánto tiempo puede llevar este proceso?

-Entre una o dos semanas para comenzar una estructura completa, y después empezar a producirla.

-En los tres temas que escuché hay mucho de ruptura y de fracaso de la relación. ¿Debo entender que es algo que ha repetido mucho en tu vida entonces?

-Jajaja. Creo que puede ser algo de cada quien. Yo personalmente, en las relaciones, siempre he estado enfocado en otras cosas y nunca se han desarrollado de la manera más idónea, y por allí me voy. Hay otras personas, los baladistas, por ejemplo, que se van más al amor y a la conquista, a esa fase de la relación. Bueno, bien, pero yo estoy en las otras y por eso escribo de ellas. De todos modos, creo que es más fácil escribir de despecho. Suenas menos cursi. Por lo menos para el rock.

-Sin embargo, el disco no es de rock puro, sino que hay mezclas, ¿por qué?

-La música es un ejemplo de quien eres. En ella se refleja mucho de lo que eres, de la sociedad en la que vives, y nosotros tenemos un mestizaje muy fuerte y por eso hay muchos géneros que se han hecho parte de la sociedad. Nosotros no tocamos ningún género venezolano como tal, pero mezclamos con otros como balada, pop, electrónica, mucho de los ochenta, porque era lo que nos gustaba cuando éramos chamos, las primeras bandas que escuchábamos. Y no fue a propósito, sino que fue surgiendo.

Ahora que hablas de los 80’s. Leía yo hace poco el prólogo que Asier escribió para ‘Crónicas del rock’, y allí él decía que aunque los 80’s fueron unos años horribles, pero que para el rock “no hay mejor caldo de cultivo que la inmundicia”. De algún modo reivindicaba la utilidad de esos tiempos malos. Ahora estamos en unos tiempos peores, ¿son buenos para hacer música?

-Económicamente es muy difícil porque todo se ha vuelto muy caro. La música siempre fue cara, pero ahora lo es más. Adquirir instrumentos de calidad, pagar una hora de estudio, de ensayo, de mezcla, todo eso es muy costoso. Pero ahora tienes una herramienta de difusión que no tenías en los 80’s: el internet. No tenemos disqueras pero puedes hacerlo casi todo solo. Hay un tema de autogestión muy importante que es el que te va a garantizar llegar a una disquera, porque nadie te va a firmar de cero. Ellos parten de una premisa: si tú lograste llegarle a la masa solo, con nosotros la vas a romper.

-¿Y se puede vivir ahorita de la música?

No. Al comienzo no. Es una inversión muy continua y constante, de mucho esfuerzo. Si vas desde el principio pensando que ese va a ser tu único ingreso y que te vas a auto sustentar, entonces estás mal. Todos nosotros tenemos una vida alterna de producción económica, que va direccionada a establecer a la banda como tal.

-¿Y si pudieras vivir de la música dejarías toda esa vida, digamos, profesional? Te lo pregunto porque quiero saber si esto tuyo con la música es verdaderamente una vocación marcada o sólo un hobby

-Para mí el tema es más artístico que musical. Me gustan mucho las artes audiovisuales, tengo una casa productora de comerciales, me gusta el cine, por eso apoyo la propuesta de Estereograma. Esas son las dos únicas cosas que tengo y ambas están ligadas por el tema del arte. Si pudiera salirme de algo, no me saldría de la parte audiovisual tampoco: porque yo no estoy en una oficina donde me vuelven loco; soy mi propio jefe, hago lo que me gusta y practico cosas que me llenan, por eso no lo abandonaría.

-Ok, pero supongamos que ustedes la rompen, este disco es un éxito, la gente hace cola para verlos, los firma una disquera, ¿qué harías?

-Congelo todo. Sin duda.

-¿Y sentirías que te falta algo?

-Es que creo que aún si vives una vida 100% de músico, siempre va a haber un huequito en el que no hagas nada para dedicárselo a algo que te gusta: en este caso se lo dedicaría a la producción audiovisual.

¿Te gustaría ser famoso y tener vida de rockstar?

-Mira, a mí lo que más me da satisfacción es que alguien me diga: ‘esta canción me gusta mucho, cambió mi vida’. A mí eso me gusta, creo que es lo más importante y es lo que yo busco, más allá de que me reconozcan o me pidan autógrafos. Eso me parece banal. A lo mejor al principio puede ser sabroso, uno se siente importante y tal, pero a mí ahorita no me parece significativo. Prefiero que alguien venga y me diga: ‘mira, quiero agradecerte porque esta canción cambió mi vida’. Berro, eso sería increíble.

-¿Y una canción puede cambiar la vida de alguien?

Claro. Por supuesto. Las canciones pueden marcarte, pueden ayudarte y desenfocarte de las cosas negativas. A mí me pasó. “Imagine”, de John Lennon, versionada por A perfect circle, es una canción que a mí me llenó mucho  y no hay forma de que la escuche sin sentir una fuerza interna de energía. Es lo que el arte hace a veces: darte una cachetada y decirte ‘¡despierta!’

-¿Cuáles son tus referencias musicales?

-Cuando hablamos de escritura, mi máxima referencia es Serrat. Mi profesora de canto dice que mi vibrato es serratoso, que no tiene nada que ver con el rock. Pero para yo escribir, las referencias son Serrat, Cerati, Rubén Blades, Brandon Boyd, de Incubus, que escribe unas cosas muy locas pero otras muy profundas y buenas, Juan Luis Guerra, que es un merenguero-bachatero pero también escribe unas cosas muy buenas.

-Y ya no de escritura, sino de música en general, ¿quiénes son tus referentes?

-Ahora, hablando de música, Incubus, A perfect circle, Sonata ártica, Los Mesoneros, lo que era Sentimiento Muerto, Caramelos, a pesar de que los critican tanto, Vinilo Versus; Metallica y Nirvana, que son bandas que están tácitas. Esas más o menos son todas las referencias.

-Al momento de hablar de los compositores no me nombraste a ningún venezolano. ¿Es que no hay ninguno?

-Asier. Él escribe es increíble. Creo que lo que mejor hace es escribir.

-¿Escribe mejor que canta?

Yo no puedo decir esas cosas jajaja. Pero ciertamente escribe muchísimo mejor de lo que canta. Escribe tan bien que no le hace falta cantar. Además que el rock no amerita tener la mejor voz, pero sí un mensaje interesante: y eso él lo tiene. La Vida Boheme para mí escribe mejor de lo que hace música: las letras son increíbles, la forma de interpretar la realidad y plasmarla en canciones me parece absurdamente genial. Los Mesoneros también me parecen increíbles, tienen una canción que se llama “Un segundo”, que es una crónica de los últimos días del colegio y es  interesantísima. Allí tú dices: son unos chamos tan jóvenes y escriben eso, ya tienen esa capacidad de interpretar la realidad. Me parece increíble. Simón Díaz está en los tácitos.

-¿Qué placeres culpables musicales tienes? ¿Algo que nadie esperara de ti?

-Creo que Backstreet Boys jajaja. Es inevitable. Millennium me lo sé de principio a fin. Hace unos meses podía decir que Justin Bieber, pero actualmente no porque Diplo ya lo rankeó bien. Chino y Nacho podría ser, pero es que son tan buenos y famosos que si los odias estás mal, aunque seas rockero. Arjona también podría ser: tiene muchas cosas malas pero también tiene cosas buenas.

-¿Cuáles son las cosas buenas de Arjona?

-Que algunas veces menciona a Serrat en sus canciones y lo menciona como ídolo. Entones está claro, por lo menos.

-¿Te gustaría componer como Arjona?

-No. Me gustaría componer como Serrat, cosa que veo complicada.

-¿Por qué?

Porque siento que hay un bagaje cultural, social e ideológico tan profundo en cada una de sus letras, que no me siento todavía en capacidad de llegarle. Bien es verdad que uno va evolucionando y puede que en algún momento llegue.

-¿Cuál es la mejor canción de Serrat?

-Es que tiene demasiadas buenas. “Utopía” es una cosa absurda. Hay otra en la cual me inspiré para “Blanca locura”, “Elegía”: una canción que le escribe a un amigo que se le murió. Increíble como transmite con palabras los sentimientos tan duros que estaba sintiendo por la persona que se fue. “Princesa”, que habla de una persona que se supera a fuerza de la mamá. Son muchas.

-Ahora te volteo la pregunta: dime algo que a todos les guste y que tú consideras que está sobrevalorado.

-El reggaetón. Todo el reggaetón está  súper sobrevalorado. Yo de verdad tampoco entiendo el amor a este chamo, a Romeo Santos, de Aventura. No lo entiendo. Casi toda la música que tiene que ver con rock mexicano me parece sobrevalorada: Reik es terrible; Kudai, ¡Dios mío! Ellos están sobrevalorados. Hay también algunos rockeros mexicanos que se salvan: Molotov, Café Tacuba por ejemplo.

-Para ir terminando, ¿después de Abreboca, qué?

-Hay que ver que pasa.

-¿Y si no  pasa nada, si no tiene éxito, si descubres que no es tu camino…?

-No vale, ¡qué pavoso! A ver. Eso siempre puede pasar, pero lo más importante es haberlo plasmado, haberlo difundido; y si al final no gusta, eso es respetable y no podemos hacer nada en contra de la subjetividad de las personas. Podemos seguir haciendo música. Ahí veríamos si mantenemos la misma línea de propuesta, o evolucionamos o no.

-¿Estarías preparado para el fracaso?

-Sí. Vuelvo y repito: el objetivo es saber qué piensa la gente. Pero que no se quede engavetado, no se quede en pensar ‘qué hubiera pasado si…’.

-Para cerrar, ¿qué es la música para ti?

-Es una herramienta de expresión increíblemente pura, increíblemente humana y con una fuerza tremenda para transmitir.

-¿Podrías concebir la vida sin música?

No. Yo no puedo. De 24 horas yo canto 13 horas diarias.

-Para Borges el paraíso era una biblioteca, ¿para ti…?

-Un cuarto con bastante eco, donde puedas cantar y se escuche durísimo todo.

-Gracias, Rodolfo.

-A ti.

MPJWEB (4)

El clero en la lucha

Por: Gabriel García Márquez*

El 1° de mayo del año pasado (1957) -fiesta del trabajo- los curas párrocos de Venezuela leyeron en los púlpitos una carta pastoral del arzobispo de Caracas, Monseñor Rafael Arias. En ella se analizaba la situación obrera del país, se planteaban francamente los problemas de la clase trabajadora y se evocaba en sus términos esenciales la doctrina social de la Iglesia. Desde Caracas hasta Puerto Páez, en el Apure; desde las solemnes naves de la catedral metropolitana hasta la destartalada iglesita de Mauroa, en el territorio federal amazónico, la voz de la Iglesia -una voz que tiene 20 siglos- sacudió la conciencia nacional y encendió la primera chispa de la subversión. Monseñor Rafael Arias, un hombre macizo y apacible que habla con la misma sencillez y la misma cadencia criolla de cualquier venezolano corriente, había meditado mucho antes de escribir la primera línea de aquella pastoral. La idea nació del conocimiento general que tenía el arzobispo de la realidad del país, por apreciación directa y por las conversaciones con sus párrocos. En un estudio económico de las Naciones Unidas, que recibió por correo, se enteró de que la producción per cápita de Venezuela había subido al índice de 500 dólares, pero que esa riqueza no se distribuía de manera que llegara a todos los venezolanos. “Una inmensa masa de nuestro pueblo -observó en una de sus primeras notas- está viviendo en condiciones que no se pueden calificar de humanas”. Poco antes, el cardenal Caggiano, legado pontificio al II Congreso Eucarístico Bolivariano, había planteado ese problema en la sesión extraordinaria que celebró en su honor el Concejo del Distrito Federal. “Venezuela -dijo en esa ocasión Caggiano- tiene tanta riqueza que podría enriquecer a todos, sin que haya miseria y pobreza, porque hay dinero para que no haya miseria”.

No había una fecha prevista para la publicación de la pastoral. Monseñor Arias se había hecho el propósito de que fuera un documento breve, claro, directo e invulnerable. Al principio del año pasado ordenó a la Juventud Obrera Católica adelantar una encuesta que le permitiera formarse un juicio sereno de la realidad nacional. El sondeo duró dos meses. Con una completa documentación en el despacho, después de haber conversado no sólo con los párrocos de Caracas sino con los que vinieron expresamente de las más remotas aldeas de provincia, el arzobispo inició la redacción de sus notas, de su puño y letra. En 45 días de trabajo, de consulta con sus asesores, la primera copia definitiva -11 hojas a máquina, a doble espacio- estuvo lista en la primera semana de abril. Entonces pareció muy apropiada para su publicación la fecha del 1° de mayo, día del trabajo, fiesta del patriarca carpintero, San José.

Se precisó de una actividad extraordinaria para que la Pastoral estuviera en todas las parroquias de Venezuela en la fecha convenida. Fue dada, sellada y refrendada en Caracas a las 10:30 am del lunes 29 de abril. Dos días después se leyó en los púlpitos. A fines de la semana le había dado la vuelta al país y trascendido al exterior, donde se consideró como una brecha en el cinturón de acero creado por la censura de prensa. La primera edición -repartida gratuitamente por los párrocos- se agotó en ocho días. Algunos especuladores se hicieron de un considerable número de ejemplares y los vendieron a 10 bolívares.

Una semana antes Pérez Jiménez pronunció un discurso espectacular en el Congreso, en el cual hizo una apoteósica enumeración de la obra material adelantada por su gobierno y se refirió a los elevados salarios del obrero venezolano. Ese día la Pastoral estaba hecha. Pero el ministro del Interior, Laureano Vallenilla Lanz, no entendía esa clase de argumentos. En su opinión, la pastoral del 1° de mayo era una réplica al discurso presidencial del 24 de abril.

El jueves 2 de mayo, a las 11:00 am, citó a su despacho al arzobispo de Caracas, no en una nota especial, sino por teléfono. Monseñor Arias concurrió a la convocatoria esa misma tarde y tuvo que esperar en la desierta antesala del Ministerio del Interior. Vallenilla Lanz solía recordar aquella entrevista con un orgullo evidente. “Me di el gusto -decía- de hacer esperar al arzobispo durante hora y media”. En realidad, monseñor Arias -que es un hombre humilde- no esperó más de media hora. A las 3:30 pm pasó al despacho del ministro del Interior, donde se le comunicó el pensamiento oficial.

Vallenilla no iba a misa pero conocía los sermones

Fue una entrevista breve, en la cual Vallenilla Lanz habló casi todo el tiempo, y casi exclusivamente de la obra material del Gobierno. Cuando monseñor Arias abandonó el despacho se le había hecho saber que el Gobierno haría publicar en los periódicos una respuesta a la pastoral. Pero esa respuesta no apareció jamás. A cambio de ella, el ministro del Trabajo dirigió al arzobispo una carta privada -con fecha 10 de mayo- que era una edición corregida y aumentada del discurso de Pérez Jiménez. El argumento más poderoso contra la carta pastoral, según el ministro del Trabajo, era la construcción de la Casa Sindical y del balneario de Los Caracas. Los párrocos de Venezuela sabían desde ese momento cuál era su deber: predicar la doctrina social de la Iglesia. Cada domingo, en los púlpitos de Caracas, se pronunciaban sermones cuyo rumor inquietaba, el lunes en la mañana, el desayuno de Vallenilla Lanz.

Particularmente uno de los sacerdotes de Caracas -el padre Jesús Hernández Chapellín- asumió una posición combativa. Joven, de una salud a toda prueba y un notable valor personal, el padre Hernández Chapellín, director de La Religión, se sentaba todas las noches frente a su máquina de escribir a ejercer su doble ministerio de sacerdote y periodista. El 13 de agosto, Vallenilla Lanz -bajo el pseudónimo de R. H.- publicó en El Heraldo una interpretación atolondrada y arbitraria de la justicia social. Al día siguiente, el padre Hernández Chapellín publicó una réplica que no mandó a la censura porque sabía que la censura no la habría dejar pasar: “Orientaciones a R. H.”. A las 10:00 am, una llamada telefónica del Ministerio del Interior lo despertó en su residencia particular. El propio Vallenilla Lanz estaba al teléfono. “Padre -dijo el ministro, sin preámbulos- es necesario que usted modifique su actitud”. También sin preámbulos, el director de La Religión respondió: “Mis editoriales los pienso y los medito bien, luego los escribo y los lanzo y me importa poco lo que ustedes piensen de ellos”.

Vallenilla Lanz no respondió nada, sino que citó al padre Hernández Chapellín a su despacho, esa tarde a las 5:00 en punto. El sacerdote llegó con cinco minutos de retraso.

En hora y media, el padre Hernández se hizo conspirador

La entrevista duró un poco más que la de monseñor Arias y esta vez fue el sacerdote quien habló casi todo el tiempo. Vallenilla Lanz, vestido de gris y un poco pálido, no había tenido tiempo de iniciar el diálogo, cuando el director de La Religión tomó la iniciativa. “Voy a hablar -dijo- más que todo como sacerdote que sólo teme a Dios. Con el régimen que ustedes tienen en Venezuela casi todo el pueblo los odia y los detesta”.

Vallenilla Lanz enrojeció:

-¿Por qué?- preguntó tímidamente.

-Porque ustedes tienen un régimen de pánico con la Seguridad Nacional. Es la espada de Damocles sobre la cabeza de cada venezolano. Las lágrimas y la sangre y la cantidad de muertos…

-¿Cuáles muertos?- interrumpió Vallenilla Lanz, con un aire de cándida inocencia.

El padre Hernández Chapellín enumeró, con sus nombres propios, 10 víctimas del régimen. “Y los que no sabemos”, agregó. “¿Y los exilados políticos?”

Vallenilla Lanz empezó a reaccionar.

-Usted llama exilados políticos a bandidos como Rómulo Betancourt, dijo.

-Betancourt y yo -replicó el padre Hernández Chapellín- estamos en trincheras opuestas, como otros muchos exilados. Pero ellos también son venezolanos y aquí deben estar para que les demos la pelea en el terreno ideológico.

Los dos hombres estaban solos en el despacho. El sacerdote, con ese entusiasmo un poco estudiantil con que habla con sus amigos en la redacción de su periódico, siguió enumerando las razones por las cuales el régimen de Pérez Jiménez era una maquinaria de terror. Dijo: “Si cuando el general se tomó el poder hubiera hecho elecciones libres en vez de proseguir y de trancarle la voz a la prensa, se hubiera inmortalizado. Pero la realidad es otra. Se quedó en el poder por un golpe de estado al derecho de sufragio”.

El padre Hernández Chapellín abandonó el despacho a las 6:30 pm, cuando ya habían salido los empleados del ministerio. Con un cinismo inconmovible, Vallenilla Lanz lo acompañó hasta la puerta, lo despidió con un abrazo y le dijo: “Las puertas de mi despacho estarán siempre abiertas para usted”. Pero el padre Hernández no volvió a franquearlas. Siguió librando la batalla desde su modesta oficina de periodista. Pocas semanas más tarde, su robusto y combativo colega, Fabricio Ojeda, se presentó en la redacción de La Religión.

-Padre -dijo Fabricio Ojeda- vengo a decirle una cosa como si fuera una confesión: yo soy el presidente de la Junta Patriótica.

A partir de ese día, el padre Hernández Chapellín no fue solamente un sacerdote dispuesto a sacar adelante la doctrina social de la Iglesia ni solamente un periodista de la oposición. Fue también un conspirador.

Lluvia de volantes en la Catedral

Estrada acechaba en su plácido despacho de la catedral metropolitana, de espaldas a un estante atiborrado de libros que cubre toda una pared, el padre José Sarratud recibió el 11 de julio, a las 2:00 pm, una llamada telefónica del Ministerio de Justicia. El padre Sarratud, que es muy joven pero que parece más joven de lo que es, no tenía motivos para conocer la voz del ministro: era la primera vez que la escuchaba. En pocas palabras, el ministro le dijo: “Padre, usted está atacando al Gobierno en sus sermones”. El padre Sarratud, sin levantar la voz, sin el menor indicio de alteración, respondió: “No hago otra cosa que predicar la doctrina social de la Iglesia”.

Durante un mes entero, no modificó el tono de sus sermones. En septiembre volvió a llamarlo el ministro de Justicia, y el padre Sarratud volvió a responder: “Señor ministro, no hago otra cosa que predicar la doctrina social de la Iglesia”. Poco tiempo después, un incidente habría de llevar el nombre del padre José Sarratud hasta el sombrío despacho de Pedro Estrada. Ocurrió el 12 de diciembre: durante una manifestación de mujeres, a un costado de la Catedral, un hombre gritó: “Abajo Pérez Jiménez”. Tratando de alcanzarlo, un policía se abrió paso entre las mujeres y agredió a una de ellas, encinta. Seis hombres atacaron al agente. De pronto, sin que nadie hubiera sabido en qué momento, millares de volantes contra el Gobierno cayeron sobre la multitud. Habían sido lanzados desde la torre de la Catedral.

Pedro Estrada hizo averiguaciones y descubrió que aquellos volantes habían sido impresos en el multígrafo de la Catedral, puesto al cuidado del padre Sarratud. El director de la Seguridad Nacional esperó un momento propicio para actuar.

Ese momento propicio se presentó el 1° de enero, a raíz del levantamiento de Maracay. Desde cuando volaron los primeros aviones sobre Caracas, Estrada se asiló en la Embajada de Santo Domingo. Pero al día siguiente, cuando supo que el golpe había fracasado, se instaló en su despacho de la avenida México, a dirigir personalmente las represalias. El 3 de enero, el arzobispo le dijo por teléfono al padre Sarratud que Pedro Estrada lo estaba buscando desde hacía tres días. El sacerdote, que no se había escondido, se echó al bolsillo el breviario y se dirigió en automóvil a la SN. Lo recibió Miguel Sanz, quien sin formular juicio lo mandó a la celda. En el cuarto piso de la Seguridad Nacional se llevó una sorpresa: allí había, detenidos, cuatro sacerdotes más. Se les acusaba de que sus sermones eran la causa moral del levantamiento militar.

Cinco sacerdotes presos: El Gobierno se cae a pedazos

Al padre Alfredo Osiglia lo fueron a buscar cuatro detectives armados, en la mañana del 2 de enero, hasta la iglesia de la Candelaria, donde acababa de decir la misa. A las 3:00 pm, monseñor Delfín Moncada, después de almorzar en su casa de Los Chaguaramos, llegó en su modesto automóvil negro al despacho parroquial de Chacao, y allí lo esperaba un hombre de apariencia humilde. Era un enviado de Pedro Estrada. Monseñor Moncada se comunicó con el arzobispo por teléfono y se dirigió, solo, a la Seguridad Nacional. Lo condujeron al despacho de Sanz. Sentado en un rústico banco de madera, ese sacerdote sólido y sanguíneo, pero de edad avanzada, esperó al segundo de Pedro Estrada durante siete horas, minuto a minuto. Había ido con el propósito de dejar una constancia, pero dos guardias armados de ametralladoras le comunicaron que estaba detenido. Al atardecer, monseñor Moncada pidió permiso para ir al baño. Los guardias lo acompañaron, encañonándolo, y no le permitieron cerrar la puerta.

A las 11:00 pm, rodeado de sus guardaespaldas, entró Miguel Sanz. “Usted -dijo, dirigiéndose a Monseñor Moncada- encabeza la lista de cinco sacerdotes que son los autores morales del cuartelazo de Maracay”. Luego, sin solución de continuidad, agregó:

-Además, usted se ha mostrado desatento con el Presidente.

-En los afectos no se mete ni Dios, respondió Monseñor Moncada.

-Vaya a predicar eso allá arriba, replicó el negro Sanz.

Allá arriba, en el cuarto piso, estaba desde el mediodía el padre Jesús Hernández Chapellín, el único de los cinco sacerdotes que fue sentenciado personalmente por Pedro Estrada. Para el director de La Religión, la Seguridad Nacional destacó ocho detectives: cuatro en su oficina y cuatro en su casa. El padre Hernández Chapellín, que no quiso presentarse a la seguridad antes de hablar con el Arzobispo, eludió los sitios habituales y almorzó en casa de unos parientes suyos, en el Cementerio. De allí se comunicó por teléfono con monseñor Arias, quien envió a un sacerdote para que lo acompañara hasta la avenida México. A las 2:00 pm, impecablemente vestido de azul claro y con corbata blanca, Pedro Estrada lo hizo pasar a su despacho:

-Padre -le dijo- usted está complicado en el golpe militar de ayer. Ese es el resultado de sus editoriales que son incendiarios, revolucionarios, y que no parecen de un ministro de Dios.

Pedro Estrada no levantó los ojos en ningún momento de la entrevista. Hablaba con la cabeza inclinada, eludiendo sistemáticamente la mirada segura del padre Hernández Chapellín.

-No refuto lo de Maracay -respondió el director de La Religión- porque me parece infantil. En cuanto a mis editoriales, le diré que me tiene sin cuidado lo que ustedes piensen y no es mi culpa si ustedes se ven retratados en ellos.

-¿Usted no está de acuerdo con el régimen?- preguntó Pedro Estrada.

-No. Estoy en completo desacuerdo.

Estrada no se atrevió a hacerse responsable de su detención. Dijo que tenía órdenes superiores. El padre Hernández Chapellín fue conducido al pabellón destinado a los cinco sacerdotes. Sólo uno de ellos salía todas las noches a dormir a su casa, el padre Pablo Barnola, de la Universidad Católica. Querían que se asilara para que abandonara al país. Pero el padre Barnola no lo hizo. Sus compañeros de prisión le llamaban “el semi interno”. La única visita que se les permitió fue la del doctor Guillermo Altuve Carrillo, enviado personal de Pérez Jiménez, el domingo 5 de enero. Trató de convencerlos de que modificaran su actitud en relación con el Gobierno. Pero ellos se mostraron inflexibles. El doctor Altuve Carrillo, furibundo, les lanzó una amenaza:

-Sepan que no tumbarán al Gobierno.

Aquella amenaza no duró mucho tiempo. El 13 de enero, el Gobierno empezó a caerse a pedazos. Pedro Estrada abandonó el país. El coronel Teófilo Velasco, quien lo reemplazó, puso en libertad a los cinco sacerdotes.

El padre Álvarez, de La Pastora, un conspirador de rueda libre

La ciudad que ellos encontraron al salir de la cárcel había sufrido una transformación sensacional. Todo el mundo, desde el industrial en su gerencia hasta el vendedor ambulante en la calle, estaba conspirando. En la humilde parroquia de La Pastora, el padre Rafael María Álvarez Flegel -156 centímetros cargados de un dinamismo incontenible- estaba comprometido hasta los huesos en la conspiración. En los primeros días de enero, un sobrino suyo, Ramón Antonio Álvarez Cabrera, estudiante del colegio Carabobo, le informó confidencialmente que estaba actuando en contacto con la Junta Patriótica. Necesitaban un multígrafo. El padre Álvarez no se conformó con compartir el secreto y prestar el multígrafo de la parroquia para reproducir los volantes clandestinos, sino que hizo las copias en su máquina y trabajó personalmente en la impresión. Usaba guantes para evitar las huellas digitales. Durante los primeros 15 días del año, sin ningún contacto directo con la Junta Patriótica, el padre Álvarez ocupó la jornada entera en su ejemplar trabajo de conspirador espontáneo. Los muchachos llevaban el papel en la mañana y volvían en la noche por las copias. En varias parroquias se adelantaba una actividad semejante. Apenas salido de la cárcel, el padre Sarratud entró en contacto con otros grupos estudiantiles que celebraban reuniones en una dependencia de la Catedral e imprimían allí volantes clandestinos.

A medida que se acercaba el martes 21, el padre Álvarez sentía que los días le quedaban cortos. La huelga general estaba preparada, pero el efervescente párroco de La Pastora en su solitario y escueto despacho, sin otro contacto con el gigantesco mecanismo de la conspiración que su grupo de estudiantes, sentía que algo faltaba: un ultimátum a Pérez Jiménez, con condiciones concretas. En la noche del 19 redactó él mismo, por su cuenta y riesgo, el último volante, y se tomó la libertad de firmarlo: “La Junta Patriótica”. No se conformó con imprimirlo, sino que puso al correo urbano en sobres cerrados una copia para Pérez Jiménez y cada uno de sus ministros. En su cuarto, debajo de la estrecha cama de hierro pintada de azul, quedaron 500 ejemplares que los muchachos irían a buscar esa noche. Los esperó hasta las 11:00 pm. Antes de acostarse dio orden al sacristán de no quitar las cuerdas de las campanas para que los huelguistas pudieran tocarlas al día siguiente, a las 12:00 en punto. Se durmió a la media noche después de escuchar los últimos boletines en la radio. A la 1:30 am varios golpes a la puerta lo despertaron sobresaltado. Una voz masculina gritó: “Padre, acompáñenos, para que bautice un niño que se está muriendo”. El padre Álvarez abrió la puerta y vio al resplandor de las bombillas del patio cuatro hombres oscuros, con las manos en los bolsillos. Eran agentes de la Seguridad Nacional.

Las campanas de la mayoría de las iglesias de Caracas anunciaron a las 12:00 el principio de la huelga general. La policía había destacado agentes para evitarlo, pero los sacristanes tenían órdenes terminantes de facilitar la entrada de los huelguistas. A monseñor Moncada lo visitó el prefecto de Chacao, a las 11:00 am, para advertirle que sería sancionado si tocaba las campanas. El sacerdote respondió que la policía no podía prohibir la costumbre secular de dar las 12 seguidas por un breve repique. Protegido por el pueblo, el sacristán repicó tres minutos por cuenta del párroco y tres minutos más por su propia cuenta.

En la Candelaria, la policía estuvo a punto de enloquecer con unas campanas que sonaban sin campanero. El párroco había instalado a los altoparlantes una cinta magnética, que giró -repicando- durante varias horas. El párroco contempló el espectáculo desde el abasto de enfrente, vestido de civil.

Al padre Alvarez le habría gustado tocar las campañas con sus propias manos. Pero a esa hora estaba detenido en el convento de los Padres Benedictinos de San José del Ávila. Los agentes de la SN habían pasado la madrugada en su dormitorio, esperando instrucciones. Uno de los estudiantes llamó por teléfono y fue un detective quien respondió: “¿A qué hora es la misa?”, preguntó el estudiante. “No hay misa”, respondió el detective, sin saber que aquello era una clave. Por esa respuesta supieron los muchachos que el padre Álvarez estaba en poder de la Seguridad Nacional. Acompañado por el arzobispo, el coronel Velasco se dirigió a La Pastora a las 6:00 am y se opuso a que el párroco fuera conducido a la seguridad. Desde su celda conventual, el padre Álvarez oyó las campanas, las cornetas y los pitos de las fábricas, y supo entonces que su labor no había sido inútil y que antes de 48 horas estaría de nuevo en su púlpito.

En la Iglesia profanada, el párroco herido esperaba…

El arzobispo se encontraba en una situación difícil: no podía intervenir directamente en política, pero tampoco podía -ni como miembro ilustre de la Iglesia ni como venezolano- impedir el trabajo subversivo de sus párrocos. Las relaciones entre Venezuela y el Vaticano habían llegado a un peligroso grado de tirantez. El nuncio apostólico había protegido en la Nunciatura al político Rafael Caldera y a un oficial del levantamiento de Maracay. Monseñor Jesús María Pellín -cuyo despacho es una biblioteca blindada de 14.000 volúmenes- había pronunciado un sermón sobre el prevaricato y se había visto precisado a abandonar discretamente el país. Como miembro, varias veces reelecto, del comité de Libertad de Prensa de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) había firmado una declaración en la cual se condenaba el régimen de Pérez Jiménez por haber amordazado a la prensa.

En todos los frentes la Iglesia participaba en la resistencia. Los colegios dirigidos por religiosos estuvieron entre los primeros que echaron sus alumnos a la calle para que manifestaran contra el régimen. El régimen lo sabía, pero ya en enero habría podido encarcelar a todos los sacerdotes de Venezuela sin ningún resultado. La fuerza democrática se había desencadenado. Monseñor Hortensio Carrillo, párroco de Santa Teresa, tenía informes de que la policía y la seguridad, a espaldas del coronel Velasco, tenía preparado un asalto a su templo. Sólo se esperaba una oportunidad.

Monseñor Carrillo no podía renunciar a su deber. El martes 21, un poco antes del mediodía, estaba diciendo su misa ordinaria cuando una manifestación de médicos perseguida por la policía se refugió en la iglesia. En la confusión, la misa fue interrumpida, y agentes uniformados y civiles irrumpieron en el recinto, armados de fusiles y ametralladoras. En un instante la iglesia de Santa Teresa se impregnó de gases lacrimógenos, pero los policías impidieron la salida de las 500 personas -hombres, mujeres y niños- que se asfixiaban en el interior. Una bomba estalló a pocos metros de monseñor Carrillo. Los fragmentos se le incrustaron en las piernas y el párroco, con la sotana en llamas, se arrastró hasta el altar mayor. A pesar de la confusión, un grupo de mujeres mojaron sus pañuelos en el agua bendita de la sacristía y apagaron la sotana del párroco.

Cuando la iglesia fue evacuada, la policía se opuso incluso a que las ambulancias se llevaran oportunamente a los heridos. El arzobispo llamó por teléfono al comandante de la policía, Nieto Bastos, cuando todavía la iglesia estaba sitiada. Nieto Bastos respondió: Son ellos quienes están acribillando a la policía.

Monseñor Carrillo no pudo ser conducido al hospital. Con las piernas inutilizadas por los fragmentos de la bomba fue llevado al despacho parroquial, hasta donde logró penetrar, al atardecer, un médico que le prestó los primeros auxilios. El sacerdote fue sentado en un escritorio frente a una puerta que da directamente sobre la calle. Una patrulla de policía hizo tres descargas contra la puerta: un tiro de fusil, otro de revólver y una ráfaga de ametralladora. La bala de fusil perforó la puerta, atravesó el despacho y se incrustó en la pared del fondo, a 20 centímetros sobre la cabeza de monseñor Carrillo.

Durante toda la noche, mientras el párroco sufría en su dormitorio del primer piso, presa de terribles dolores, la policía disparó contra la iglesia para dar la impresión de que allí había grupos atrincherados. Energúmenos, subrayaban las descargas con toda clase de expresiones obscenas. Pero monseñor Carrillo, a pesar de su estado, sabía que aquel asedio no podía durar mucho tiempo. Así fue. El heroico pueblo de Caracas, con piedras y botellas, descongestionó el sector a la mañana siguiente. Horas después, el párroco experimentó una inmensa sensación de alivio. La misma sensación de alivio que experimentó Venezuela. Era la madrugada del 23 de enero. El régimen había sido derrocado.

*Gabriel García Márquez, ‘Cuando era feliz e indocumentado’. 1973. Ediciones El ojo del camello

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Carlos Cortés, un artista necesario

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Necesario. Esa es la valoración más precisa que se puede hacer de Carlos Cortés (Maracaibo, 1987): un artista necesario, de esos que surgen de tanto en tanto para cumplir con aquella función del arte que Borges inmortalizó en sus versos: “ser como ese espejo que nos revela nuestra verdadera cara”. El diseño gráfico (o visual, en sus palabras) es, a su vez, el modo de expresión por medio del cual se manifiesta y el arma que usa en el combate. Hijo de tu tiempo, producto de esta Venezuela polarizada y en constante crisis, su mayor cruzada la libra en el campo de la política contra dos enemigos a los que no quiere darles tregua: el odio y el populismo. Está convencido de que su trabajo puede producir cambios sociales, generar empatía entre dos que no se soportan, llevarlos a ver que en el fondo no son tan diferentes y advertir a la masa sobre los peligros de elegir encantadores de serpientes. Ha creado, además, un fantástico medidor de conflictividad en el que con mucha ironía y no menos ingenio mide en soldaditos aplastados por bota el índice de conflicto que hay en Venezuela según se repitan ciertos términos. Buen lector y estudioso de la historia (obsesionado con ella, dice él), Cortés tiene un discurso inteligente y bien elaborado, y un potencial que se pierde de vista. Es, repetimos, un artista necesario y que hay que conocer, a quien tuvimos la oportunidad de entrevistar recientemente. A continuación este entrañable y, sobre todo, bien argumentado diálogo:

¿Por qué te defines como un diseñador visual y no como un diseñador gráfico? ¿Cuál es la diferencia?

La posición de diseñador gráfico ha sido muy devaluada. Básicamente ha pasado a ser un maquetador y no lo que realmente se supone que hace, lo cual es solucionar un problema de comunicación visual. Debido a ello me parece mejor describirme como diseñador visual: es una forma de re valorizar lo que hago ante el público y supongo ante mí mismo, aunque mucha gente pueda decir que “es el mismo perro con otro peinado”.

¿Por qué decidiste dedicarte a esa profesión?

La decisión tuvo que ver con haber visto un video de Do The Evolution, de Pearl Jam, cuando era chamo. Es hasta el día de hoy mi video musical favorito, ya que incluye todo lo que me gusta: imágenes poderosas y bien realizadas, un mensaje crítico y profundo llevado a cabo de forma rápida y efectiva. Al verlo comencé a pensar en cómo podía lograr hacer eso y comencé a interesarme por el arte y la animación; eso llevó a que al momento de escoger carrera y ver que había algo llamado diseño gráfico lo eligiera. En ese entonces pensé que era solo un trabajo pero se ha convertido en mi vida.

¿Cuánto tiempo llevas diseñando?

Diseñando formalmente creo que desde la universidad solamente. En el año 2005 hice mi primer diseño, que era una muy mala representación de un logotipo, pero antes de eso dibujaba robots, lo cual era mucho más interesante.

¿Qué te inspira a la hora de realizar tu trabajo?

En estos días hay muchísimas cosas que inspiran: una taza de café y un playlist son esenciales, pero también ver stand-up-comedy (que considero la mejor forma de discurso), leer ficción o política (ahorita ando pasando por una fase de Ted Chiang) o salir a caminar y encontrarme con un esquema de colores en una casa o un poster completamente terrible pero con una tipografía interesante. Sin embargo, en mi trabajo personal lo que mas me inspira es la política y la historia: estoy fascinado con el cómo se repiten los ciclos históricos en la política y lo tragicómico de ello.

¿Quiénes son tus referencias?

Hay varias, pero en este momento en particular Donald Glover me parece una referencia en su forma de experimentar y no mantener un molde; Brent Morrin en narrativa; Jean Baudrillard en su retórica; Jessica Walsh en capacidad de auto-promoción; Orson Welles por su pesimismo; Niza Yanay por su implacable objetivismo y Goyá porque visualmente pocas personas han podido lograr un cambio tan fuerte en su estilo tan rápido.

¿A qué diseñador admiras?*

Tibor Kalman es mi pastor y con el nada me faltará: es una referencia obligada para diseñadores pero si bien muchos consideran que era un genio del diseño yo creo que era un genio en lograr que sus clientes hicieran lo que no querían hacer, y eso es un talento raro en la industria.

¿Cuál es la principal característica de tu trabajo?*

Creo que mi capacidad para hablar con los cínicos. Cuando he llevado mi voz en mi trabajo siempre tiene un tono un poco oscuro pero no apocalíptico, siempre trato de causar mas risa que rabia o desesperanza, trato de reducir el cinismo hablando el idioma de los cínicos.

¿Cómo definirías el estilo de tus diseños?

Por mucho tiempo he intentado no tener un estilo, pero creo que al final hay cosas que siempre salen; por ejemplo, la utilización de una paleta corta: no me gusta lidiar con degrades o manejar cinco colores para una pieza, trato de mantener un balance visual cuando puedo y no generar demasiado caos, porque el mensaje es el rey.

¿Cuál es el color que prevalece en tu trabajo? ¿Por qué?

Rojo, definitivamente, y la culpa es de Chávez, en serio. Crecí en una Venezuela pintada de rojo y siempre me opuse a ello, pero al mismo tiempo me genera una fascinación utilizar el color rojo en cuanto puedo; también soy parcial al amarillo con escala de grises y para ello solo podría explicar que es el mejor resaltador de mensajes del mundo, aunque raramente combino rojo con amarillo, porque se pelean.

¿De qué obra te sientes más orgulloso? ¿Por qué?

Mi mayor orgullo ha sido generar un medidor visual de conflictividad política venezolana, lo cual es un término muy chévere para describir una bota robótica que aplasta a un pequeño soldado de cera por medio de una conexión con twitter donde identifica términos inherentes al conflicto interno (chaburro, apátrida, pitiyankee, escuálido, etc), que al ser utilizados generan un pequeño impulso en la bota. Con suficientes impulsos, la bota aplasta al soldado, lo que me permite medir en soldados muertos por tiempo el índice de conflictividad.

¿Cuál es el mayor obstáculo que has encontrado en tu carrera?*

Creo que hasta ahora ha sido la auto promoción. Es algo que, hasta hace no mucho, me rehusaba a hacer: utilizar redes sociales para promocionarme era de esas cosas a las que le hui por mucho tiempo, pero me ha tocado entender que es una herramienta mas para comunicarme con una base amplia de personas.

¿Cuál es la mayor satisfacción que has tenido como diseñador?

Ganar el premio d&ad. Creo que es una de esas cosas que realmente me permitió llegar a lugares y de una vez establecer cierta validez: además que lo gané en conjunto con la mujer que mas admiro en el planeta y nos llevó a juntarnos bajo el nombre de Brief Pirates, que es un proyecto que estamos llevando poco a poco hasta su destino.

¿Qué es lo mejor y lo peor de tu trabajo?

Lo mejor es ese momento cuando descubres cómo vas a abordar un problema, justamente antes de que encuentres las mil y un formas que podrían no funcionar y cómo resolverlas; ese momento es creación pura y no hay nada mejor que eso. Lo peor son los constantes ataques de pánico acerca del síndrome del impostor: básicamente paso la mitad del tiempo convenciéndome de que sí merezco los trabajos que tengo.

¿Por qué has decidido meter la política en tu trabajo?

No fue una decisión tanto como una manifestación de algo que era inevitable: yo soy un observador de la política desde antes de ser diseñador, eso es parte de lo que me define y, obviamente, al aprender a diseñar vi en ello la oportunidad de tener una voz.

La otra razón para ello es que genuinamente creo que el diseño ofrece una oportunidad que pocas otras profesiones ofrecen: poder influenciar la opinión popular. Esto debe ser usado con responsabilidad, y si bien es chévere decirle a la gente que compre el último disco de Beyonce o que se tome una Coca-Cola, es más relevante decirles: ‘Elegir populistas siempre lleva a resultados nefastos, por favor dejen de hacerlo’.

Dices que tienes interés en generar con cambio social por medio de tu trabajo, ¿creer que el arte tiene ese poder? ¿Puede servir para contrarrestar el odio?

Estoy convencido de ello. Creo que el arte, el diseño y la tecnología pueden llevarnos a generar muchísima más compasión y empatía. Mi argumento es que si logras re-humanizar a los ojos de alguien a otra persona, el primer argumento para odiarlo se cae. Al final no somos tan únicos y nuestras experiencias comunes son mucho más que nuestras experiencias individuales. Todos hemos amado, perdido, envidiado y admirado, a menos que seamos psicópatas. Y poder llevar eso como una bandera en común puede generar cambios sociales positivos, incluso curar el odio.

¿Has podido realizar tu trabajo con plena libertad? ¿Has sufrido censura?

En Venezuela no. De hecho, tengo tiempo que no expongo en museos a partir de un incidente en el que una exposición fue cancelada luego de que una obra mía fuera considerada muy ‘peligrosa’. Se me ha dado a entender que luego de ese incidente mi nombre no es muy grato en el circuito de museos, pero creo que simplemente es autocensura por parte de personas que con mucha razón tienen miedo a ir presos por mi culpa.

¿Por qué decidiste irte del país? ¿Qué te motivó?

Hubo muchas razones: el clima político, la censura, intentar lograr un cambio político pero encontrarme con un clima apático por parte de la gente a quien lo dirigía e incluso una decepción amorosa llevaron a que decidiera irme. También influyó que me ofrecieran una beca parcial y me dieran acceso a tecnología y métodos de producción que nunca habría podido tener en Venezuela. Simplemente sentí que si bien yo podía querer a Venezuela el cariño no era correspondido.

¿Y crees que podrías realizar tu trabajo aquí?

Creo que podría hacerlo, pero no bajo mis términos y eso haría que fuese todo mas complejo de lo que necesita ser.

¿Está en tus planes volver en algún momento?

Espero poder hacerlo. Mi intención a largo plazo es poder tener un estudio en Venezuela basado en los postulados bajo los que Andrea (mi compañera creativa) y yo fundamos Brief Pirates. Nuestra idea siempre fue poder utilizar la ridículamente inmensa capacidad creativa de Venezuela con nuestro conocimiento de producción de afuera para conceptualizar cosas para clientes abiertos a propuestas raras.

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Emmanuel Rincón: “Yo no sueño con irme sino con poder quedarme”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Por extraño que parezca, hay en San Cristóbal un joven de 26 años que aún en medio de esta crisis dice que no se quiere ir de Venezuela. No es hijo del Gobernador ni tampoco está enchufado en la mafia de los dólares a 10. Tiene una profesión difícil de ejercer honestamente (abogacía) y una vocación nada lucrativa (literatura). Y sin embargo, se queda. Se quiere quedar. No se ve fuera de Venezuela. Y aunque reconoce que la situación es catastrófica, sueña con ayudar a cambiarla. Pero no es ese su único sueño: también aspira vivir de los libros, porque no quiere (se niega a) hacer otra cosa que no sea lo que le gusta; entiéndase: escribir. Eso, dice, lo hace tan feliz que no le importaría morirse de hambre redactando, aunque reconoce que trabaja fuertemente para que eso no suceda. No quiere ser otro de los tantos autores olvidados de Venezuela, sino que en 400 años sus libros (que improbablemente ya van por seis) todavía se lean. Emmanuel Rincón se llama, y estuvo la semana pasada en Caracas presentando su último trabajo, ‘La trivialidad del mal’, una crónica social narrativa –así la define él– en la que cuenta, desde la perspectiva de una mujer, un niño y un joven, cómo se vivieron las guarimbas del año 2014 en uno de sus puntos más neurálgicos: la capital de Táchira. En medio de una gira relámpago de medios tuvimos tiempo de entrevistarlo y hablar largo y tendido sobre su vocación, su carrera, sus libros, el negocio editorial, el país y las razones para quedarse aquí.

-Emmanuel, me puse a sumar el número de páginas de tus seis libros y me da 1593. Eso es una barbaridad. Pero apenas tienes 26 años. ¿A qué edad empezaste a escribir?

-Empecé a los 15 o 16 años.

-¿Y qué te llevó a escribir?

-La situación política del país. Desde pequeño me empezó a inquietar mucho todo lo que estaba pasando y como consecuencia de ello surge mi primera novela, que es sumamente extensa, y buscaba ser un espejismo de Venezuela: transcurría en una isla con unas condiciones ambientales y minerales riquísimas, como las nuestras, pero que producto de ello, del exceso, empieza a corromperse por la clase política y como consecuencia de ello se derrumba. Ése fue el germen de todo.

-Es muy curioso que hayas arrancado con una novela de 667 páginas. ¿No hubo cuentos, relatos, poemas, algo intermedio?

-No. Nada de eso.

-Según entiendo, comienzas a escribir esta novela antes de entrar a la universidad, pero luego, y esto me parece curioso, cuando llega el momento de elegir carrera, te vas por derecho y no por letras, por ejemplo. ¿Por qué?

-Desde que tenía 12 años veía todo el desastre y soñaba con hacer algo por el país. Y en ese momento hasta soñaba con que quería ser presidente e imaginaba que quizás el derecho era una herramienta para conocer el funcionamiento orgánico y administrativo del país. Además, desde pequeño siempre me habían gustado mucho esas películas gringas con jurado, argumentación, el tema intelectual que va de por medio, eso ya me atrajo mucho.

-¿Y fue así?

-No. Cuando vas entrando a la realidad del país te vas dando cuenta que el derecho en Venezuela no es así. Pero ya en la carrera había descubierto la vocación a escribir y la seguí.

-¿Cuándo la descubriste? ¿En qué momento te convenciste de que lo que querías era escribir?

-Saliendo de la universidad. De hecho, en el cuarto año quise dejar la universidad. Tenía el Servicio Comunitario, la Tesis, veía muchas materias y paralelamente estaba escribiendo esta novela, llevaba como 400 páginas y no se acababa, y me entró como la desesperación. Dije: estoy harto, yo lo que quiero es escribir, me voy.

-¿Y lo hiciste?

-No. Mi familia, los amigos, todos me dijeron que no, que entrara en razón, y finalmente seguí la carrera y la culminé.

-¿Y el libro?

 -Lo culminé y lo publiqué después.

-¿Cómo fue publicar por primera vez?

-Mira, yo tenía expectativas muy grandes: quería verlo en todas las librerías. Pero era muy inocente, no conocía la realidad comercial de los libros, su funcionamiento. Ese primer libro lo publicó el Fondo Editorial Simón Rodríguez, que es un fondo adjunto a la Gobernación del Táchira, y no tuvo un carácter muy comercial: lo utilizaron, digamos, de propaganda política, para decir ‘aquí apoyamos la literatura’, y lo que hizo fue donarse en universidades, en escuelas. Yo soñaba con verlo en librerías y no ocurrió.

-¿Eso te frustró?

-Sí. En el momento un poco. Pero la carrera literaria es de frustraciones; y todavía me frustro porque quiero muchas cosas, quiero que mi libro esté en China, en Australia, y obviamente eso es un proceso que lleva tiempo.

-¿Cuál cuáles fueron las resistencias más grandes que encontraste al principio?

-Mi mamá no me entendía mucho al principio. Pero porque ellos vienen de hogares un poco más anticuados en los que el bienestar social y el éxito se miden por lo económico y no según las satisfacciones personales. Yo desde hace 3 o 4 años me dije: voy a escribir así me muera de hambre, y si se muero de hambre me muero haciendo lo que me gusta. Y bueno, es la decisión que tomé.

-¿Qué es la escritura para ti?

-Es mi forma de vida. Si no escribo no puedo ser feliz.

-¿Y vives sólo de la escritura?

-Cuando salí de la universidad estuve trabajando con mi padre en medios de comunicación. Pero poco a poco me fui alejando del trabajo, porque sentía que no era feliz si no hacía lo que quería. En ese tiempo no tenía ingresos, pero sí convencimiento. Y seguí. Y seguí. Y seguí. Y hoy en día me dedico absolutamente a esto. Obviamente no vivo sólo de mis libros, es muy difícil: hago algunos trabajos freelance y voy rotándome según mis necesidades.

-¿Y en tu casa te siguen viendo igual?

-No. Hoy en día me respetan en mi casa. Hace 3 años mi mamá me decía ‘tienes que hacer tal cosa’, y no importaba que yo estuviera escribiendo o no, me tenía que parar a hacerlo. Ya no es así. Ahora escribo y me respetan el tiempo. Eso ha cambiado.

¿Cuántas horas escribes al día?

-6-7 horas

-¿Dónde escribes? ¿Tienes algún lugar en específico?

-Generalmente escribo en mi casa. Aunque puedo escribir en cualquier lado, en realidad. Siempre cargo mi laptop a todas partes, y donde quiera que vaya la llevo y escribo.

-Entonces, según entiendo, no eres de los que necesita una atmosfera o algo en específico para escribir.

-No, para nada. Me puedo sentar a escribir aquí si quieres. O en el aeropuerto, con 20 personas y los parlantes y puedo estar escribiendo.

-¿Has sufrido de bloqueos?

-No. Nunca. Más bien tengo un montón de ideas y proyectos, tengo muchísimas historias en la mente.

-¿Y no te da miedo que se te acaben?

-Me da miedo que tenga tantas. Porque siempre digo cuando acabo un libro: voy a tomarme un mes, y no duro una semana sin escribir.

-¿Qué es lo más difícil de escribir un libro?

-Más que imaginar, lo difícil es darle darle la estructura. Ya cuando sabes por donde va la historia es más sencillo. Por ejemplo, lo que me pasó con ‘Wolf’ [su quinta novela, publicada también este año por Ediciones B]: desde que empecé hasta que acabé el manuscrito pasaron 6 años. Comencé a escribirla, no me gustó la estructura que le había dado, volví a empezarla dos años después y así hasta que pude concluirla.

-¿Es la que más tiempo te ha tomado?

-No. Tengo una obra inédita de ciencia ficción. Es una obra de más de 400 páginas, que para mí es lo mejor que voy a escribir en mi vida. Yo la tenía en la cabeza desde hacía 10 años y la vine a terminar en diciembre del año pasado.

-¿Cuántos libros tiene inéditos?

-Como siete u ocho

¿Y están inéditos por qué?

-Porque los ritmos editoriales no son los de uno. Mis dos obras favoritas, la de ciencia ficción y una novela romántica negra, no se han publicado. Esa novela tiene 426 páginas en Word, que si lo conviertes a libro se extiende más, y en Venezuela es muy difícil comercializar un libro tan largo, las editoriales no lo publican. Entonces, eso tiene que ser fuera de Venezuela, pero publicar afuera tampoco es fácil. Lamentablemente, ya no es como en los tiempos del boom, por ejemplo, con Carmen Balcells y Carlos Barral, que ellos dictaron la pauta e impusieron lo que se iba a leer y el público lo acogió. Hoy la dinámica es otra: la editorial se vende al público y no al contrario, y eso lleva a que la literatura se marginalice, sea algo más banal. Hay escritores que empiezan por ser Youtuber, locutores. A los editores no les interesa que su material sea bueno o malo, sino que se venda.

-Tomando en cuenta todo eso que has dicho, si viene un editor y te dice: ‘escríbeme mejor de política y deja la ciencia ficción a un lado’, ¿transigirías? ¿Estarías dispuesto a hacerlo en pro de la venta?

Lo que pasa es que el tema me tiene que seducir. Fíjate que eso ya me pasó, ya la sugerencia la hubo con lo de la política. Y lo estoy meditando. Pero pasa que también el tema político me apasiona muchísimo. Y entonces ya no sería una molestia porque la política me gusta.

-Te la pongo más difícil. Si yo vengo del Ministerio de la Cultura y te digo…

-No. Para allí. Chavismo no.

-En ‘La trivialidad del mal’ pones en boca de Génesis la siguiente línea para referirte a los escritores: “Crean no saben para quien ni para cual momento…”. ¿Estás de acuerdo con ello?

-Sí. Porque hay obras que trascienden en su momento y luego son olvidadas. Hay booms que luego se extinguen y hay obras que pasan desapercibidas durante la vida del autor y luego, 200 o 400 años después, son rescatadas. Mi meta es que yo me muera y 400 años después se sigan leyendo mis cosas.

-Entonces quisieras ser un clásico.

-No sé.

-Porque los clásicos son los que sobreviven a los siglos.

-Sí. Es a lo que uno aspira.

-Si de tus seis libros publicados sólo pudieras salvar uno y que los demás se perdieran irremediablemente, ¿cuál sería?

-Es muy difícil. Porque para mí mi mejor obra está inédita todavía. Escrita pero inédita.

-Pero de los publicados…

-Creo que sería ‘Wolf’. Porque me gusta. Es una obra que me gusta mucho.

-Hablemos de ‘La trivialidad del mal’, tu última novela. ¿Cuánto tiempo te llevó escribirla?

-No te podría responder: yo no sé cuánto tiempo tardo en escribir los libros. Pero fue un proceso más corto de lo normal. Lo empecé durante las guarimbas pensando que ese iba a ser el fin del gobierno. Lo vi como un momento histórico y dije: esto se tiene que relatar. Entonces comencé a hacer la documentación y todo eso. Ya después nunca se acabó el gobierno y tuve que darle un fin.

-La novela cuenta todo desde la perspectiva de tres narradores: un niño, un joven y una mujer, ¿por qué escogiste esa estructura?

-Eso fue 100% inspirado en Andrés Neuman, que es uno de mis escritores favoritos. Él tiene una novela que se llama ‘Hablar solos’, en la que hay un niño, su padre que tiene cáncer y su madre; y narra todo desde la dinámica de esos tres personajes. Eso me gustó mucho, y desde allí me entraron ganas de relatar a partir de la perspectiva de una mujer y de un niño, y cuando pensé en escribir esto hice la analogía y me decidí por hacerlo así. Pero fue inspirado por él.

-¿Te fue difícil meterte en la mente de una mujer y de un niño?

-Sí. Es difícil. Porque yo no sé qué piensa un niño de 8 años: yo agarraba a los niñitos y les preguntaba cosas para ver hasta qué nivel estaba su razonamiento; yo pensaba que no distinguían entre Maduro y Chávez y me di cuenta de hasta dónde podía llegar yo en la novela con Gabito. Quizás su narración me fue más difícil que la de Génesis, porque uno siempre tiene un acercamiento femenino muy fuerte y yo siempre me he sentido muy a gusto entre mujeres.

-¿Cómo hiciste para construir los personajes?

-Yo soy de estudiar mucho a las personas. Cuando me siento incómodo en una conversación o veo que la gente comienza a hablar estupideces tiendo a callarme y a observar a todo el mundo. Siempre hay que hacer ese proceso de observación y análisis: uno como escritor es un chupador de almas; uno va tomando prestadas cosas de todas las personas, y a raíz de allí se hace la imagen de lo que es esa persona, su personaje. Ya luego lo bien o mal que lo puedas hacer depende de tu destreza como escritor.

-¿De dónde salió el título del libro?

-Ese título se lo coloqué después. En un principio se llamaba Recluido entre guarimbas porque me parecía que le podía dar un potencial comercial muy grande. Pero un día estaba hablando con mi psiquiatra de ese entonces y me recomendó leer algo de Hannah Arendt que se llama La banalidad del mal, y la idea me pareció muy acertada, porque el mal termina por hacerse algo continuo; entonces, como no quería repetir el nombre, le busqué un sinónimo y de allí salió.

-El libro viene con una nota en la primera página en la que la editorial advierte que no se hace responsable de nada de lo escrito más adelante y aclara que todo es responsabilidad del autor. En el libro emites juicios fuertes sobre personajes que todavía tienen poder y lo haces con nombre y apellido, ¿eso no te da miedo?

-Trato de no pensar mucho en eso. Si hay consecuencias políticas, igual estamos presos en el país. Pero no me voy a autocensurar. Si no, sería un pésimo escritor.

-¿Qué tiene que aportar este libro al país?

-Yo pienso, primero, que conciencia, ya que de alguna forma busca evidenciar lo que está ocurriendo en Venezuela. Y en segundo lugar está también la intención de crear memoria colectiva, que dentro de 10 o 20 años la gente pueda tener una idea de lo que pasó y si ve que se vuelve a torcer el camino tengan un modo de advertencia. Creo que esta novela podría llegar a considerarse histórica y llegar a ser una referencia sobre el proceso revolucionario.

-La novela es bastante pesimista con respecto al país y su futuro. Es tremendamente dura a ese respecto.

-Sí. Pero esa es la realidad. Yo no la puedo alterar. Ayer en Globovisión me preguntó el periodista si no creía que era mejor escribir algo más positivo sobre el país y yo le dije que si él no creía que si yo escribiese algo bueno sería hipócrita.

-Y él seguro te dijo que no porque eso era lo que él hacía todos los días sin inmutarse ni sentirse mal. Pero volviendo al libro, uno lo termina y queda descorazonado: parece que la alternativa es irse o morirse.

-¿Qué te puedo decir? Es la historia de nuestras vidas. Mira, yo en San Cristóbal tenía un grupo de amigos hermosísimo: éramos una familia. Todos los domingos era una religión: de 2 de la tarde a 11 de la noche juntos; jugábamos play, futbol, lo que fuera. Éramos 12, y en San Cristóbal quedamos dos: los demás están regados ahora por todo el mundo. Esa es la realidad que tenemos como país.

-Y sin embargo tú sigues…

-Sí. Es que a ver, yo he viajado mucho, pero cada vez que me voy quiero regresar. Yo no sueño con irme, sino con poder quedarme.

-En el libro haces una reflexión: “La vida va acompañada de tiempo pero cuando el tiempo empieza a discurrirse motivado por una vida mal disfrutada comienzan a florecer las dudas sobre una eventual existencia que nunca se aprovechó”. ¿No sientes que quizás en esta prisión que es Venezuela, así me lo acabas de decir, estás desaprovechando la vida?

-No. Yo estoy disfrutando al tope mi existencia porque estoy haciendo lo que me gusta.

-¿Y puedes hacerlo a pesar de todo lo que pasa?

-Sí. Claro. A ver. Yo ya he estado varias veces fuera, en Bogotá, pero ¿qué pasa? Para yo poder mantenerme fuera del país necesitaría tener un trabajo alimenticio. Pero yo aquí puedo irme bandeando, vivo en casa de mis padres, no tengo que pagar alquiler.  Si te vas del país tienes que enfrentar esa realidad. Trabajar 8 horas…

-O 12 horas…

-…sí. Tengo unos panas que acaba de llegar de NY y se echaban una jornada de trabajo de 32 horas seguidas; tengo otro pana que trabajaba de 12 de la noche a 2 de la tarde. Todos los días. Eso es jodido. Y la verdad, te digo sinceramente, yo no quiero llevar una vida así. No me llama nada la atención. Quiero ser escritor y es lo que estoy siendo. Ya la trascendencia será otra cosa.

-Pero entonces, de lo que me estás diciendo pareciera que te quedas en Venezuela es por comodidad.

-No. Básicamente me quedo porque yo salgo del país y a las 3 o 4 semanas ya me quiero regresar. Tengo esa afinidad muy grande por Venezuela y siento que mis sueños no se concretan si no los hago aquí.

-Pero es curioso, porque tu sueño es ser escritor, ¿no? Pero quieres serlo en un país en el que eso no es negocio, un país que lee poco, que no tiene casi editoriales. ¿Tú de verdad estás seguro que Venezuela es el país para ser escritor?

-Quizás no. Pero siempre he sido de las personas que sueñan con cambiar las cosas. Y mi éxito va a ser ese o no va a ser ninguno.

-Vale. Ahora, no quiero dejar por fuera tu faceta de lector. ¿Es verdad que todo escritor es un gran lector?

-Mi ciclo fue al revés: empecé a escribir y luego a leer. Cuando comencé mi primera novela creo que me había leído 3 libros en mi vida; pero actualmente soy compulsivo con la lectura.

-¿Qué lees ahorita?

-A Hector Abad, ‘El olvido que seremos’. ‘On the road’, de Jack Kerouac, ‘Aquellos años del boom’. Estoy releyendo también ‘1984’ por no sé cuanta vez. Acabo de terminar ‘El síndrome de Ulises’, de Santiago Gamboa, que creo que es lo mejor que he leído este año.

-¿Cuáles son tus libros favoritos?

-‘1984′ y el ‘Retrato de Dorian Gray’.

-‘1984’ aparece en ‘La trivialidad…’

-Sí. En todos mis libros casi siempre aparece. A mí ‘1984’ me abrió un mundo diferente, igual que ‘El retrato…’; cuando lo leí me abrió mucho  la imaginación.

-¿Por qué no te gusta Vargas Llosa?

-Él me parece mejor ensayista que narrador. He leído sus ensayos y me gustan. Y no digo que sea malo, ojo, pero es que la literatura es muy subjetiva y soy más de autores contemporáneos

-Pero Vargas Llosa sigue vivo…

-Sí, pero soy más de Santiago Gamboa, Jorge Volpi, Andrés Neuman.

-¿Y qué te pasa con García Márquez? ¿Por qué no te gusta?

-Se me hace insoportable. Leo cuatro palabras y digo: ‘¿qué es esto?’. Simplemente no me gusta. Intenté leer ‘Cien años de soledad’ y pasaba las páginas y me daba una pereza. Leí ‘Crónica de una muerte anunciada’ y tampoco. No sé. No me pueden gustar todos los autores. Igual me gustan autores desconocidos: hay unos que no recuerdo ni el título. A veces entro a Librerías del Sur a ver si consigo algo, y una vez conseguí una novela de un escritor merideño llamado Pedro Rangel Mora, ‘El amigo invisible’, costaba 10 bolos y me encontré con un novelón. De hecho me comuniqué con él y hasta almorzamos. Y me parece triste que su obra no se conozca más.

-¿No te da miedo que pueda pasar contigo?

-Estoy trabajando mucho para que no pase.

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Así se sobrevive en Caracas

“Hay escenas cotidianas en Caracas que nunca dejan de sorprender. Estás frente al volante, atrapado en el tráfico del mediodía, y de pronto sientes un golpe en la ventana. Un motociclista golpea el vidrio con el cañón de una pistola mientras exige: ‘El teléfono o disparo’. Una amenaza similar se repite, con un puñal próximo a las costillas de alguien, en medio del barullo a la salida del metro”. Así arranca una crónica publicada el pasado 04 de diciembre por la periodista venezolana Cristina Marcano en el diario ‘El País’ de Madrid, en la que narra cómo  es (sobre)vivir en una de las ciudades más peligrosas del planeta. “Pocos países te pueden hacer sentir, tan a menudo, como un animal. Pocos, tan primitivo, indefenso y acechado. En Venezuela vivir con temor es imprescindible. No puedes descuidarte un segundo. Nos desplazamos en esta jungla como ciervos acosados por depredadores implacables. Aquí, el canal Animal Planet podría documentar, abundantemente, la coreografía del miedo en nuestra especie. Cuando el venezolano sale de su refugio, automáticamente, entra en estado de alerta. Su lenguaje corporal refleja el nerviosismo de los seres vulnerables, de quienes saben que cada día corren el riesgo de convertirse en la próxima víctima”, se lee en el texto. “Los venezolanos –continúa Marcano– radiografiamos al prójimo con desconfianza, evitamos usar el teléfono móvil en la calle y no solemos acercarnos a orientar a conductores supuestamente extraviados. La aprensión permanente es casi un amuleto. La paranoia, parte de nuestra identidad. ¿Cómo no temer en un país donde los delincuentes han atacado cuarteles policiales con granadas, donde asesinan policías y militares para robarles las armas?”.

Puedes terminar leer la crónica completa aquí.

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Otra marcha que no fue

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Si la vida fuera como las fábulas de Esopo y cada acontecimiento tuviera una lección moral, la que la oposición podría sacar de sus últimos tres jueves de protesta es que dividida no moviliza gente. La fábula de la soledad (por llamarla de alguna manera) podría ser contada por Henry Ramos Allup, cuya voz de abuelo queda muy bien para una historia moralizante, pero como no se le ha visto en ninguno de esos eventos, tendría que ser Stalin González, gordo como una marmota pero fiel como un perro de taller (estamos hablando de Esopo, tiene que haber alusiones animales, entiendan), quien cuente cómo ninguna de las actividades (dos del Movimiento Estudiantil y una de Primero Justicia) llevadas a cabo estos tres jueves ha podido convocar más de 500 personas, y eso siendo generosos.

Ayer había una buena causa (exigir la apertura de un canal humanitario para que las toneladas de medicamentos que aguardan en puerto la venia del gobierno entren al país) y un buen incentivo (el TSJ había prohibido protestar en sentencia dictada la noche anterior), pero no había gente. Apenas y un grupito de camisas y banderas aurinegras que caminaban detrás de una cadeneta de diputados (Marquina, Borges, Guanipa, Olivares, Pizarro, Stalin G) y de un camión. Un grupito que se daba fuerza al canto de una consigna retadora que sonaba a chiste (“Maduro, Maduro / ése es el detalle / hay que echarle bolas / pa’sacarnos de la calle”), y a la que parecía que había que cambiarle la preposición para hacerla veraz: “hay que echarle bolas pa’sacarnos a la calle”. Y efectivamente.

Baste decir que en PDVDSA ni se molestaron en salir, y que en Misión Vivienda apenas y fue una señora la que asomó su bandera roja, pero ni un triki-traki, un matasuegras, una musiquita revolucionaria a full volumen, nada. Indiferencia total. Desprecio absoluto.

Incluso yo, que ayer más periodista que nunca andaba ojo avisor y libreta en mano buscando algún detalle, alguna cosa interesante, algo que anotar y luego contar, cuando tuve en frente, inmenso y tentador, el letrero de la pastelería Tivoli, me dejé seducir. Conste que iba a la cabeza de la marcha y muy por delante de la cadeneta de dirigente, y que la Tivoli no estaba llena. Una pizza, un ojo de buey y un agua fue el botín con el que salí para encontrarme (justo en ese primer bocado de pizza) con una de esas calles que José Vicente soñó en el paro: una que estaba absolutamente normal. Carros iban y venían, las camioneticas (ahora lloro cada vez que las veo) pasaban, la gente caminaba, la vida seguía a su ritmo y yo no encontraba vestigio de marcha alguna.

¿Y el camión?

¿Y la gente?

¿Y los justicieros?

Le pregunté a una liceista (¿o debería decirle colegiala?) de La Consolación si había visto una marcha de gente pasando por allí y me dijo que no.

-¿¡No!? (ojos como dos huevos fritos)

-No, ni idea.

Perdido como siempre, me detuve a pensar dónde era que estaba exactamente y dónde era que queda la Nunciatura, sin encontrar respuesta. Le pregunté a un señor: sube una cuadra y cruza, me dijo. Lo hice con la esperanza de encontrar a alguien de la marcha, pero nada. No había nadie en esa transversal. El tránsito fluido, y todo a su ritmo. Por pura fe en quien me dio la dirección caminé y caminé y caminé, y cuando empezaba a dudar de si me habían mandado adónde no era vi a lo lejos la avenida cerrada. Llegué, y efectivamente: la Nunciatura. Y allí  el montoncito de gente.

Fue en ese momento que caí en cuenta, en verdadera cuenta, de lo pobre de la convocatoria. No voy a exagerar diciendo que se trató de una epifanía, porque tampoco: pequeña se veía; pero sí me sorprendió lo efímero y fugaz de su impacto, incapaz de generar no digo ya una conmoción, siquiera una breve congestión, de dejar algo a su paso. Pero nada. Es que ni basura, ni un afiche. Repito, nada. Como esos aguaceros de Florida, que de repente estallan y de repente escampan y en segundos todos se seca. Así fue. Unos minutos en una pastelería, y ya no había, no quedaba ni el rastro. Como si nunca hubiera sucedido.

Dentro de la Nunciatura, Ocariz, Borges, Guanipa, Pizarro, Olivares y Ángel Medina se reunieron con el embajador del Papa. El cielo encapotado anunciaba tempestad. Desde el camión pedían, rogaban, que la gente se quedara. Los reporteros de la tele improvisaban el set colectivo para tomar las declaraciones, mientras una mujer advertía a alguno de los dirigentes (“pendiente: que ese hombre que está allí con esa cámara es del SEBIN y lleva rato haciéndote tomas”): era un chamito camuflado entre los fotógrafos.  Minutos después salieron los dirigentes. Olivares dijo poco, pero Ocariz, que era la estrella, se envalentonó. “Sean serios, pónganse los pantalones, la palabra vale, cumplan con nosotros”, increpaba al gobierno al tiempo que le exigía a Unasur que hiciera cumplir lo acordado en el diálogo. Entonces, en un segundo, se desató la lluvia. Y en otro segundo, todo se había acabado. Los dirigentes a sus carros, los justicieros a su autobús o al metro, y los periodistas a lo mismo. Sin despedirse, sin decir chao, sin nada. Todo tan efímero como esta otra marcha, la tercera que no fue.

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Descifrando a Walter Riso

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Walter Riso, el hombre que escribe libros que se traducen, se agotan, se editan y reditan sin parar, y que mañana estará en Eurobuilding dando una conferencia sobre cómo amar sin apegos, tiene, en persona, un parecido asombroso con José Ignacio Cabrujas: cabello gris ensortijado, bigote poblado y un cierto aire informal en el  vestir –jean, chemisse abierta y saco–. Quien así lo viera, tan campechano, difícilmente pensaría que se trata de una de una de las luminarias más fulgurantes producidas por ese ‘star sistem’ editorial que se llama la autoayuda.

Aunque nació en Nápoles, el voceo y el seseo descubren dónde fue que se crio, creció, hizo hombre y con un nombre: en Argentina. Así arranca la historia de este autor de best-sellers: una vez graduado de psicólogo (lo es) comienza a pasar consulta en Medellín y confirma en sus pacientes lo que ya venía sospechando en la academia: que un 60% de los problemas la gente están relacionados, de una u otra manera, con el amor. Más aún: con una concepción errada y errónea (idea irracional, la llama él) del amor. Y ése, como en los años de la fiebre de oro, es su ‘lucky strike’: porque asume la misión de empezar a derribar mitos, acabar con falsas concepciones y sacarles a las personas esas visiones idílicas que tanto las hacen sufrir; sistematiza el amor en 10 tópicos (problemas, los llama) y se da a la tarea de escribir un libro por cada uno; son esos libros, no hace falta decirlo, los que lo convierten en la minita literaria que hoy es.

Cuando habla, Riso lo hace con bastante desparpajo. No va en pose de sabio que pontifica, sino más bien de compadrito que comenta cosas, cual personaje de Bryce. Al hacerlo se vale de cuentos, anécdotas y experiencia de terceros (“un señor me dijo”, “una vez atendí a una pareja que”), sacadas en su mayoría de su consulta. Tiene un humor que no es ni negro ni irónico: es cómico. Las cosas las piensa con gracia y las suelta con chispa (“esto me importa un nabo, que es la versión vegetariana de me importa un culo”). Y entre chiste y chiste, cuela de repente una referencia de Aristóteles, una de Epicuro o de la letra de algún bolero (“algunos deberían estar prohibidos”), como para dejar constancia de una cultura amplia. También suele soltar cifras sin referencia alguna más allá de su propio conocimiento (el 70% de los hombres son infieles, las relaciones de amantes duran dos años, el duelo entre 6 meses y un año). Pero indudablemente lo mejor de su repertorio son sus golpes de efecto: sentencias, frases o aforismos (se le dan bien las síntesis) en los que con un cierto ingenio derrumba lugares comunes:

“A la pareja hay que decirle: eres lo mejor, pero no lo único de mi vida”

“Yo no te necesito, yo te prefiero”

“Lo que se opone al amor es la indiferencia, porque el odio puede atraer tanto como el amor”

“La imitación corrompe: los buenos modelos inspiran”

“Es mejor un disenso amigable que un consenso conflictivo”

“Uno puede tener sexo con cualquiera. El problema no es el sexo: es el post-coito, porque allí no quedamos desnudos cara a cara. Ya no tenemos la obsesión de poseer al otro, hay que hablar”

“Cuando ustedes le tengan que explicar el chiste a su pareja, sepárense”

“Un clavo saca a otro: mentira. A veces lo entierra más. Eso no tiene sentido”

“Aquí un hombre soltero es sospechoso y una mujer soltera es una fracasada. Y la soltería es una elección”

“La maldita esperanza. No toda esperanza es buena, hay esperanza que son malas”

Suenan a verdades de Perogrullo, a lugares comunes, a cosas que todos saben, pero cuando las dice tienen su efecto: la gente ríe, la gente aplaude, la gente anota. Él tampoco se ensoberbece porque sabe que no ha descubierto el agua tibia: son cosas de sentido común, dice, pero que muy pocos ven. “A mí no me gusta ser gurú de nada, ni maestro de nada”, afirma, para rechazar tajante el calificativo de gurú del amor. “Yo simplemente suelto datos”, explica. ¿Sacados de dónde? De su experiencia profesional, que no personal. “Jamás he puesto en mis libros ninguna referencia personal a nada que me haya ocurrido. Podría hacerlo, pero eso sería un testimonio, y lo que yo hago es otra cosa: divulgación psicológica. Y eso me da solvencia, porque lo hago desde la academia, desde mi experiencia al tratar con pacientes”. ¿Pero le ha ido bien en el amor, o consejos vende y para él no tiene? “Me ha ido bien en el amor. Tengo dos matrimonios, no al mismo tiempo, claro.  Primero estuve casado 12 años, tuve dos hijos. Fue un muy buen matrimonio, pero empezó a desinflarse y fue una muy buena separación: inteligente, ella quedó como una de mis mejores amigas. Estuve separado 5 años y me volví a casar. Llevo 17 años casado. Muy contento. Construyendo el amor todos los días con la persona que amo”.

-¿Y se siente cómodo con la clasificación como autor de autoayuda?

Respira profundo. “Esa pregunta tenía que llegar”, dice, para comenzar a explicarse: “Cuando yo empecé a escribir libros, eso no se llamaba autoayuda, se llamaba divulgación psicológica, porque era eso, psicología de la salud, un modo de salir de la academia y de llegarle a la gente, de hacer prevención. Pero entonces apareció el libro de Dyer, ‘Tus zonas erroneas’, y con su publicación todo esto comenzó a utilizarse de un modo demasiado comercial”, se lamenta. A partir de allí, la autoayuda fue cualquier cosa, y para ejemplo ‘El Secreto’: “si le preguntan a su autora por qué sucedió el tsunami, ella dirá que fue porque todos lo desearon inconscientemente. Y eso desacredita”. Por eso mismo, Riso hace una división en el género: “Hay una autoayuda seria y científica, y la otra. La científica la escribimos psicólogos, profesionales de la salud, está fundamentada: detrás de mis libros vas a encontrar bibliografía, referencias”.

El repique de su teléfono lo interrumpe. Lo deja repicar hasta que para, pero de inmediato vuelve. Entonces, lo silencia. “Perdón: es que soy dependiente de mi mujer”, dice con humor.

-¿Esa autoayuda científica funciona? ¿Valen sus libros lo mismo que una consulta con el psicólogo?

-La pregunta es importante, porque a quien agarra un libro de estos le puede pasar lo siguiente: lo lee, llega a la página 5 y dice: ‘todo lo que me está diciendo ya lo sé’ y lo deja. Le puede pasar otra cosa interesante: lo leer y no le sirve. Pero, a un porcentaje muy alto, lo digo en mi caso por las respuestas que recibo, el libro le puede decir algo que no sabía, una pequeña cosita que lo puede ayudar a superarse; y, segundo, le puede mostrar que tiene un problema psicológico, y lo alerta a que pida ayuda y la busque. ¿Quiénes son los que promueven mis libros? Muchos psicólogos, porque además les ahorra un tiempo: si tienen que explicar qué es el duelo, necesitan entonces 3 citas; pero si en la primera cita detectamos el problema, te mando a leer el libro de Riso, podemos entonces comenzar a trabajar en la siguiente.

¿Y qué viene en el futuro? “No voy a escribir otro libro más sobre el amor. Este (“Ya te dije adiós, ahora cómo te olvido”, editado por Planeta en Venezuela) es el último. Te doy la primicia de que acabo de escribir una novela, que no es de autoayuda, que sale el año entrante, que es muy literaria: yo he escrito poesía, teatro, he escrito libros técnicos. Yo voy a escribir lo que se me dé la gana y al que no me gusta leerme que no me lea”.

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03N: La marcha que no fue

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Si al estilo de ‘Good Bye Lenin’ alguna provecta doña de El Cafetal  (perdón por el cliché) hubiese caído desmayada el miércoles pasado al terminar la marcha y se hubiera recuperado hoy en la mañana, sabemos que sus pobres hijos habrían tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para explicarle por qué esa D roja gigante que estaba marcada en el calendario señalando que este 03-N era la fecha límite hubo que correrla unos días más. Pero si pensamos que la doña ya no es de El Cafetal sino de la Avenida Libertador, y que, movida por el efecto balsámico y curativo que tienen las consignas contra Maduro para una opositora tan firme como ella, se despertaba a golpe de 11 de la mañana cuando la marcha pasaba frente a su casa, entonces su vástagos -que, es lógico, tuvieron que dejarla sola porque hoy era su día de compra- habrían tenido que tirar la Harina Pan y el jabón al suelo para socorrer a su madre, quien habría caído fulminada por lo visto en el balcón. ¿Por qué? Porque lo que habría visto al asomarse sería, y como mucho (contemos con el efecto alucinógeno de algún medicamento intravenoso que exagera la percepción) a dos cuadras de personas marchando frente a su casa. Nada más. Eso fue lo que en la mañana de hoy congregó la convocatoria del Movimiento Estudiantil, a la que se plegaron Voluntad Popular y Vente Venezuela. Una protesta que si algo hizo fue dejar en evidencia el estado de paranoia en el que vive la dictadura, que no solo cerró seis estaciones de metro (las que van de Plaza Venezuela a Capitolio), sino que también desplegó un amplio e innecesario número de efectivos de la Policía Nacional y la Guardia Nacional, y hasta apostó a un grupo de partidarios en La Candelaria esperando un ataque que nunca se produjo.

Poco antes de dar las 11, era María Corina Marchado quien llamaba la atención del grupo congregado en El Bosque. Sencilla pero impecable de pies a cabeza, vestida de blanco y siempre seria, declaraba a los medios. Lo hacía bajo un sol inclemente y un extraño enjambre de libélulas (¿caballitos del diablo?), que fueron la constante durante toda la marcha. Siguió en sus trece sobre el diálogo y la ruta de destitución de Maduro. En realidad dijo poco nuevo y al terminar salió disparada de la mano de dos gigantones.

Unos metro más adelante, sobre una pick-up azul, Hasler Iglesias, vestido con la camiseta del equipo de fútbol de la UCV (pero que más bien parecía de Colombia o Ecuador) informaba que se iría la Nunciatura Apostólica a entregar un documento, que todo se haría en paz y tranquilidad. Como diez minutos les tomó organizar a los manifestantes detrás de la pancarta que llevaba la delantera. “Hay más heladeros que gente”, decía entre sorprendido y decepcionado un heladero que veía ampliada su competencia y reducido su público, a la vez que aseguraba que igual seguiría porque “yo sí soy escuálido, no como los otros heladeros que son chavistas”.

Un enjambre de cámaras a lo lejos anunciaba que había noticia: Lilian Tintori declaraba. Más producida que María Corina –rímel, base y boca pintada–, con unas pronunciadas patas de gallo que delataban la vigilia de anoche, y su ya usual trenza rubia, la esposa de Leopoldo, también de blanco, tenía colgado un rosario grande cuya cruz blandía ante las cámaras. Era, dicho sea, la cruz de San Benito, que es la que usan los exorcistas porque, dicen ellos, suele dar mejores resultados en esas lides de sacar demonios. Tampoco dijo nada nuevo, pero insistió en denunciar la situación de Leopoldo y otros presos políticos, confinados en régimen de aislamiento absoluto, sin la posibilidad de ver a familiares ni abogados. Al terminar de hablar Lilian, la marcha ya estaba tres o cuatro cuadras por delante, por lo que ella corrió junto con toda la gente de Voluntad Popular, que, dicho sea, para ser los peligrosos terroristas que dice Maduro, bien normales que parecen y hasta de anaranjado chillón visten como quien no tiene nada que ocultar.

Durante el trayecto por la Libertador todo se desarrolló normal, hasta pasar frente a PDVSA. En la estatal petrolera aguardaba un grupo de unas cien personas vestidas de rojo, con unas gaitas a todo volumen y la consigna “Si se prende el peo / con Maduro me resteo” a voz en cuello. Los separaba de la marcha la Guardia Nacional, y algunos efectivos de la PNB que con un megáfono ordenaban avanzar, recordando, como para que nadie se perdiera, que “su fin es la Nunciatura”. De resto, y salvo dos cohetones frente a uno de los edificios de Misión Vivienda, todo transcurrió en calma.

La poca concurrencia fue comentario general a lo largo de la marcha. “Vengan, bajen, marchen con nosotros. Después no van a poder. El momento es ahora”, arengaba una mujer con una bandera desde la acera a la gente que estaba en una panadería. “No hacemos nada aplaudiéndolos, hay que unírseles. Ellos son el futuro y se la están jugando por nosotros”, continuaba su exhortación. Aplausos fueron los que sobraron en la funeraria Vallés, frente a la cual pasó la marcha. Al hacerlo, el camión calló y todos marcharon con las manos levantadas. Desde los muros del caserón, los seres queridos de los deudos, de riguroso negro y morado, se asomaron para felicitarlos, aplaudirlos y vitorearlos: “Vivan los muchachos”, gritaron.

Quizás unidos por la nostalgia o hermanados por la camaradería, pero seguro recordando que hubo tiempos mejores y convocatorias mayores, algunos de los viejos dirigentes del Movimiento Estudiantil caminaron juntos. Stalin González (gordo), Juan Requesens (más gordo todavía), David Smolansky (ya de fuertecito a gordo), Manuel Olivares (acercándose a la frontera) y Miguel Pizarro (flaco y desgarbado), hoy todos ellos -menos Smolansky, que es Alcalde- diputados de la Asamblea Nacional (las vueltas que dio la vida), recorrieron unidos buena parte del trayecto. No fueron los únicos. También estuvieron José Guerra, Luis Florido, Manuela Bolívar, Juan Guaidó, Gabi Arellano, Freddy Guevara y Juan Andrés Mejía. El protagonismo, sin embargo, era delos estudiantes, que iban a la cabeza de la marcha y no dudaban en hacer de su independencia una consigna: “No soy Capriles / no soy Maduro / soy estudiante que defiende su futuro”.

Y no habían terminado de pisar la Nunciatura cuando ya el Nuncio estaba saliendo. Escoltado por otro sacerdote y dos PNB que poco pudieron hacer ante la avalancha de camarógrafos y periodistas (mea máxima culpa), Monseñor Aldo Giordano escuchó en boca de Hasler Iglesias, presidente de la FCU de la UCV, las peticiones del Movimiento, a saber: libertad para los estudiantes detenidos y perseguidos, que lleguen los medicamentos, y se establezca un cronograma electoral. El embajador del Papa les dio unas palabras, la bendición y la mano, y se dirigió de regreso a la Nunciatura. Antes de entrar fue detenido por una alcabala de Voluntad Popular, que en la persona de Smolansky le entregó una carpeta manila con la petición de que cese la persecución en contra del partido.

Después de eso, poco quedó. La gente de Zurda Konducta fastidiando a algunos dirigentes -“¿cuál es el miedo de contarse?”, le espetaba Manuela Bolívar a la cámara-, pero en plan simpático esta vez. Se habló de organizar otro día una vigilia frente a la Nunciatura, y poco a poco todos se fueron yendo, con la promesa, eso sí, de no abandonar la calle -“la semana que viene tendremos acciones de nuevo”, prometió Iglesias, tras felicitar al movimiento por el logro de haber hecho escuchar su voz ante el Nuncio-. En las inmediaciones de Plaza Venezuela estaba un ejército de Policías y Guardias, con sus escudos y demás equipos antimotines, prestos y dispuestos a restablecer un orden que finalmente nunca se rompió, y quizás tan perplejos como la señora del principio, esperando todos, este 03N, la marcha que no fue.

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Tamara Hadeed: “No me sentía a gusto trabajando para cualquier cliente”

Desde el 2004 se dedica a las artes gráficas. De sí misma dice que es muy conceptual, y de su arte que es colorido, sexy, atrevido y divertido. Cuando se dio cuenta de que no se sentía a gusto trabajando para cualquier cliente como una mera ejecutora de ideas ajenas, decidió dedicarse a las artes gráficas más que al diseño. La falta de tiempo es el mayor obstáculo que encuentra en su carrera, de la que dice que tiene una cosa mala y una buena y es la misma: que le gusta demasiado. Tamara Hadeed es su nombre y es la artista a conocer esta semana:

-¿Por qué decidiste dedicarte a las artes gráficas?

-Porque como diseñador no me sentía del todo a gusto con el enfoque “trabajar para cualquier cliente”, y no veía crecimiento en ejecutar para otros sin aportar una visión personal. Con el tiempo aprendí que mis inquietudes artísticas podían llevarme a destacar como producto gráfico, y que con buena autopromoción podía conectar con clientes que se parecen a mí, y que ven en mi trabajo una forma de expresión, no una mera solución a sus problemas de comunicación.

-¿Cuánto tiempo llevas en ello?

-Desde el 2004.

-¿Qué te inspira a la hora de realizar tu trabajo?

-Soy sumamente conceptual. Me basta con tener un tema para iniciar la investigación y hallar inspiración; aunque una caminata por Los Próceres o una visita a La Estancia son suficientes para refrescar mi stock mental de plantas y conectarme con detalles visuales de la cotidianidad.

-¿Quiénes son tus referencias?

-Todo el día estoy viendo referencias de lo que me gusta dibujar. Sigo en Instagram y Twitter a muchos ilustradores, animadores, marcas de streetwear, cuentas de diseño y de color. Entre mis favoritas están: @hypebae, @popbee, @babsdraws, @loisvb, @designmilk. Procuro mantener estas dos redes libres de ruido visual porque para bien o mal, nos bombardeamos a diario de imágenes e información y contamos con muy poco tiempo libre que, así se emplee en recrearnos, debería dejarnos algo de aprendizaje o inspiración.

-¿A qué artista gráfico admiras?

-Desde siempre, a Geoff McFetridge.

-¿Cuál es la principal característica de tu trabajo?

-Que dibujo mujeres desprendidas de estereotipos sociales.

-¿Cómo definirías el estilo de tu arte?

-Colorido, sexy, atrevido y divertido.

-¿Cuál es el color que prevalece en tu trabajo? ¿Por qué?

-El magenta. Pienso que por su calidez y la energía que transmite.

¿De qué obra te sientes más orgullosa? ¿Por qué?

-No una obra, un proyecto: Wizz Wear. Porque no solo ha puesto mis capacidades de dirigir y conceptualizar a prueba, sino que me ha dado la oportunidad de aprender y especializarme en el medio textil.

-¿Cuál es el mayor obstáculo que has encontrado en tu carrera?

-Nunca hay suficiente tiempo.

-¿Cuál es la mayor satisfacción que has tenido como artista gráfica?

-Ver mi trabajo en productos que cualquiera puede adquirir y conectar con estudiantes que tienen las mismas inquietudes por las cuales pasé alguna vez. Me gusta enseñar todo lo que se porque siento que dejo algún tipo de herencia a mi paso.

-¿Qué es lo mejor y lo peor de tu trabajo?

-Que me gusta demasiado.

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Erikson Aponte: “Es genial cuando te dicen que lo que haces es brutal”

Erikson Aponte no tiene edad ni tamaño para el talento que destila. Entre Yaracuy y Caracas, su día a día se va haciendo collages. Los descubrió en la universidad, cuando le mandaron a hacer uno sobre el zodiaco. Fue amor a primera vista. Y desde allí no ha parado. Durante años fueron sólo para él, hasta que un día dejó la pena y los comenzó a publicar en redes. El buen feedback del público le dio el aliciente de confianza que le hacía falta, y cuando se convenció de que lo que hacía era bueno y gustaba, entendió que ése era su camino. Un camino que, incluso, lo ha llevado a participar en muestras que salen de nuestras fronteras. Dice admirar a los que han llegado a la cima y se mantienen humildes, y no duda en calificar a su madre, que siempre lo ha apoyado, como una persona “¡brutal!”. Ese adjetivo, jura, es el piropo que más le gusta escuchar en boca ajena cuando se refieren a su trabajo. “Eso te llena de orgullo”, confiesa. A continuación, la entrevista completa:

-¿Por qué decidiste dedicarte a las artes gráficas?

-Todo empezó como como un juego: eran cosas que hacía sentado en mi computadora, tomando café y comiendo. Al principio ilustraba a cada rato y era lo que más me gustaba, pero luego descubrí el collage y supe que era lo mío, ya que se me hacía entretenido. El primero que hice fue para un trabajo de la universidad sobre interpretación a los signos zodiacales, y fue brutal. Me llegaban miles de ideas y todas quería ejecutarla; de hecho, lo hice el mismo día que nos lo pidieron. A partir de ahí, día tras día seguía haciéndolos; practicaba a toda hora, los hacía en digital o manual, como fuera; siempre lo intentaba. Al principio sólo los hacía para mí, no los mostraba; al tiempo fue que comencé a subirlos a las redes y note que gustaban. Eso para mí fue genial, y un gran incentivo para seguir subiéndolos. Me sirvió como método de dejar la timidez de lado en cuanto al “¿qué dirán?”, “¿gustara o no?”,  “¿lo hago bien o mal?”. Este tipo de cosas suelen pasar por la mente en un principio, pero lo importante es que uno mismo valore su arte y no tema mostrarlo. La receptividad que recibieron mis trabajos me impulsó a participar en múltiples muestras, tanto dentro como fuera del país. Actualmente llevo hechos más de quinientos: doscientos y pico manuales,  y los demás digitales, pero no todos los subo a las redes.

-¿Cuánto tiempo llevas realizando tus collages?

-Comencé hace casi 3 años, pero en si, como medio comercial, fue hace poco.

¿Qué te inspira a la hora de realizar tu trabajo?

-Me inspira cualquier cosa, nunca es algo en específico; son cosas que suceden en el momento, aunque siempre el estado de ánimo es fundamental.

-¿Quiénes son tus referencias?

-Miguel Vásquez (MASA) es sin duda mi primer referente, ese pana es un duro y ha inspirado muchos de mis trabajos; también esta Santiago Pol, que es un gran maestro: su manejo con el color es brutal.

-¿A qué artista admiras?

-Admiro a mucha gente, sobre todo a aquellos que trabajan incansablemente y llegan a la cima y aun así mantienen la humildad; eso hace grandes a las personas y dignas de admirar. Admiro a gente como Santiago Pol, John Moore, Flix, Tamara Hadeed y muchos más.

-¿Cuál es la principal característica de tu trabajo?*

-Combinar la belleza natural, experimentar y convertir todo en un arte visual, las fragmentaciones de las piezas “sea cual sea”, eso es algo que ha prevalecido en mis trabajos, al igual que las líneas y los puntos. Todos estos elementos los he combinado desde el comienzo y los he mantenido.

-¿Cómo definirías el estilo de tus collages?

-Como experimentaciones continuas; creo que siempre ha sido la base fundamental de todo “experimentar”

-¿Cuál es el color que prevalece en tu trabajo? ¿Por qué?

-La gama cromática siempre varía. Las opciones son limitadas y cada color seleccionado tiene que encajar, así sea en una pequeña esquina. Por eso creo que no hay color que prevalezca.

-¿De qué obra te sientes más orgulloso? ¿Por qué?

-Creo que a todos mis trabajos les tengo el mismo aprecio. Siempre que me siento a hacerlos me los tripeo, incluso cuando no llega nada y me quedo en blanco. Cada uno de ellos tiene su lugar, cada uno está destinado a algo en particular y por eso todos tienen el mismo valor para mí.

-¿Cuál es el mayor obstáculo que has encontrado en tu carrera?*

-Los obstáculos, la mayoría de las veces, son mentales. Siempre he andado con una actitud positiva y con una gran sonrisa en la cara así haya malos días: lo importante es saber llevar las cosas y las situaciones. Por fortuna siempre he contado con mi mama, quien siempre me ha apoyado en cualquier locura que se me ocurra y eso es brutal, ¡ella es brutal!

-¿Cuál es la mayor satisfacción que has tenido como artista gráfico?

-Poder llevar mi trabajo a distintos lugares, dentro y fuera del país. Es genial cuando quedas seleccionado o incluso cuando alguien te dice que lo que haces es brutal; a veces pequeñas cosas como ese “brutal” es algo que te llena de orgullo.

Puedes ver el trabajo de Erikson Aponte en su cuenta de instagram: @eriksonap