100WEB

100 días y mil preguntas

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Tarima nuevamente y la gente otra vez con un pie adelante de los políticos en la iniciativa callejera. En ello los días 50 y 100 de protesta se parecieron bastante. Si en aquel sábado de la media centena la gente pidió “¡marcha!” a voz en cuello (impensable ahorita con las emboscadas), en el domingo de la centena entera la gente clamó, con manos alzadas y abiertas, por un trancazo de diez horas. En esa oportunidad, aquel Capriles mentador de madres supo capitalizar la petición de protesta, dio un paso al frente -“Claro que vamos a marchar. Y el primero que va a hacerlo soy yo. Peso 70 kilos pero le echo bolas”- y terminado el discurso se fue con la gente a Chacaito; en ésta, una Delsa Solórzano que era puro carácter se puso brava y dijo nones. Y tan bien que iba la pobre. Collarín y rosario tricolor en cuello, perfectamente maquillada, con rímel incluido, se había subido a la tarima después de un discreto William Dávila de camisa arremangada y cara siempre seria, cuya frase más notable fue una cita de Alberto Carnevali (“fe y disciplina”). Tenía todo para lucirse, Delsa, y lo estaba haciendo: recordó que el inicio de la protesta había sido por un golpe de estado del TSJ, que los presos políticos no eran cuatrocientos ni seiscientos sino mil, y comenzó a nombrar a los más notables, morochos Sánchez incluidos. Entonces, en el que debía ser el momento cumbre, ese que llevara a la gente al éxtasis, todo se vino abajo. Trancazo de dos horas  para el lunes anunció cuando comenzó a desgranar la agenda de calle, y la gente gritó que no. Pretendió ignorarlos y seguir dando la programación de las actividades, informó de un gran acto de masas para el jueves, pero nada. Trató de explicar que el plebiscito era incluso vinculante, y no hubo manera: la gente, manos abiertas cual si hicieran estrellas en el cielo, pedía era un trancón de diez (“¡diez!, ¡diez!, ¡diez!”) horas. El estruendo, al menos en la tarima, era ensordecedor. Pero a Delsa ni un músculo le temblaba. Sólo el labio superior le sudó. De resto, se mantuvo impecable. Impecable e implacable: trancazo de dos horas y sanseacabó, porque lo importante es el plebiscito.

Entonces, llegó el turno de Freddy Guevara, el que para sorpresa de todos (porque todos esperaban que fuera Lilian) estaba encargado de cerrar el acto. O de continuar la lidia. Una masa descontenta es un miura difícil, y la que copaba la Francisco de Miranda lo estaba y mucho. Desde la tarima se escuchaban todavía sus ‘no’ y sus ‘diez’, y se veían perfectamente sus gestos a lo Emparan y a lo Fey. Freddy dejó en claro que lo importante eran otras cosas (como por ejemplo que el plebiscito del 16 era el acto de desobediencia civil más grande de la historia), pero que si la gente quería que se hablara de la duración del trancazo (y en efecto eso querían), él lo haría. Y dio la explicación del porqué del cambio (esa primera convocatoria no era oficial sino una propuesta que ante la complejidad de lo que implica organizar el plebiscito fue preferible modificar). Pero ni que explicara lo que explicara: la gente insistía en sus diez horas. Por eso, haciendo gala de un olfato –y de un carácter– un poco más fino que el de Delsa, prometió que dadas la circunstancias (entiéndase: el nivel de gente manifiestamente descontenta) podrían reestructurar la agenda. Quizás no se dio cuenta, pero en ese momento recibió de Solórzano, toda una generala con cara de circunstancia parada firme al lado de él, una de esas miradas que aniquilan y desintegran, mientras Miguel Pizarro, pura risa y simpatía, desde el alivio que le daba no tener vela en ese entierro, veía todo encaramado en una corneta. Luego de ello, entonces Freddy pudo, sí, explayarse en lo que quería, en lo verdaderamente importante, y explicar (es el gran pedagogo de la oposición, a nadie le quepa duda), el sentido del plebiscito, el porqué de las tres preguntas, lo que vendrá después de ellas. Lo hizo dedito levantado y deteniéndose en los términos y artículos, pero sin fastidiar ni aburrir.

Solo una persona fue más aclamada que Freddy al final de su discurso, y esa fue María Corina Machado, que había hablado dos oradores antes. Si Guevara es un pedagogo, María Corina es toda una traductora que rápida y fácilmente pasa todo del lenguaje ordinario al épico y hace sentir a la gente parte y protagonista de algo grande. He allí la clave de su éxito en tarima. Si hubiera nacido griega y hace unos cuantos siglos, bien se hubiera podido dar la mano con Homero. Venida al mundo en la post-modernidad y en esta Venezuela, micrófono en mano narra una epopeya que no por repetida es menos grande que la de Ulises: la de un pueblo que lucha por su libertad. En su lenguaje, no hay cien días de protesta sino una “rebelión cívica”; no son estos unos días complicados sino “los días finales de la dictadura”; el 16 de julio no habrá una consulta sino un “veredicto”; no será un plebiscito sino “el ejercicio de mayor rebeldía ciudadana de la historia”; no marcará un punto de inflexión sino  que será “el detonante”; no dará inicio una nueva etapa de lucha sino a “la hora cero”, que no será esa cosa misteriosa de la que los otros políticos hablan sin dar detalle, sino “calle sin descanso hasta la salida de Maduro”. Y claro, la gente se emociona. Más cuando lo dice sonriendo, firme, segura y convencida. Con su sempiterna blusa manga larga blanca y su cabello recogido en una cola rosada. “Hoy quiero darles la seguridad de que nada nos sacará de la calle (…) nada nos detendrá hasta sacar a la dictadura del poder. Estamos a días de esto”, dijo. Y los aplausos y los gritos de “¡valiente!” se hicieron sentir.

Eso mismo (¡valiente!) también le gritaron repetidamente a Lilian Tintori, cuya aparición en tarima, a medio acto, provocó un estallido de euforia. La expectativa sobre lo que diría era tremenda y todo hacía suponer que sería ella quien pondría el punto y final. Y en efecto lo hizo, pero sólo ante la prensa. Tras las últimas palabras de Freddy Guevara, apareció Wuilly Arteaga, el violinista, e interpretó el himno. Entonces, cuando ya fue evidente que Lilian no iba a hablar sino sólo a saludar y a lanzar besos, los periodistas la rodearon. Al principio pareció reacia, pero luego se soltó. A su manera. No es y nunca será buena oradora ni entrevistada. Tampoco tendría por qué serlo: ella es, sencillamente, la esposa de un preso político que de pronto se convirtió en figura. Apartando el sinfín de lugares comunes y asociaciones predecibles, así como la catajarra de ideas inconexas e incompletas, lo importante que dijo sobre Leopoldo fue que sigue firme y no va a abandonar la lucha. La escena de su llegada a la casa la narró como una ocurrida a las 3 de la mañana, en una caravana de carros en la que estaban presentes Delcy y Jorge Rodríguez (“les di las gracias y les dije que no puede existir más tortura en Venezuela, que no deben existir presos políticos, y que si tenemos que trabajar en conjunto para lograr entendernos, lograr concordia y una solución inmediata a la crisis que vive Venezuela, cuentan conmigo”), quienes (nos enteramos ahora) se habían reunido varias veces con Leopoldo en Ramo Verde (“fueron reuniones en las que se habló del país, de buscar encuentro y solución”), presencia de Zapatero mediante (“[fue él quien] después de tantos meses logró empujar esta medida”). Durante toda la declaración, uno de sus guardaespaldas estuvo siempre intentando abrirse paso entre los periodistas y jalándola para bajarla de la tarima. Cuando por fin lo consiguió, tuvo después más trabajo: abajo, la gente se había quedado esperándola y se abalanzó sobre ella. Todo eran besos, abrazos, alegrías y “¡Leopoldo presidente!”. Nada que ver con las dudas y el desconcierto que había dejado arriba.

Y es que entre sus declaraciones, la notoria ausencia de Capriles, el sí pero no con el diálogo (“nosotros debemos dejar de satanizar la conversa política: la transición es conversando”, se le escuchó a Olivares para luego decir que “ahorita no hay ningún tipo de conversaciones”), la reducción (y posterior aumento) de horas del trancazo (una protesta que había ido siendo más bien progresiva en la cantidad de tiempo), el constante llamado a una hora cero que solo María Corina explicó a su manera pero nadie terminó de aterrizar en lo concreto; entre todo eso, la jornada del domingo nueve de julio fue de cien de protestas y mil preguntas sin respuesta.

SEACABOWEB

¿Se acabaron las multitudes?

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Despavorido. Ese es el mejor adjetivo para describir cómo corre ese grupo de estudiantes de la UCAB por la autopista Francisco Fajardo. Lo curioso es que nadie los persigue. Lo verdaderamente revelador es que nadie los persigue. Lo único importante es que nadie los persigue. Y sin embargo corren hacia la salida de Las Mercedes dejando la vida en la carrera. ¿Por qué? Porque tras bajar con mucho ímpetu por Chacao hasta la Francisco Fajardo, de repente se han encontrado solos. La GNB, disparando desde el distribuidor Cienpiés, levantó una pared de humo blanco en el acceso a la autopista, que logró dividir la marcha. En la Fajardo solo quedamos la prensa y ellos. Arriba, el resto de la gente. Por eso, cuando voltean y se ven íngrimos allí, entre asfalto y sol, pegan la carrera de su vida. O mejor dicho: por su vida. Es el día 97 de protesta y muchas cosas han cambiado.

Esa carrera que los estudiantes corren con pavor, no ya ante un perseguidor real sino simplemente ante la posibilidad de su aparición, ilustra muy bien la fase en la que se encuentra la calle, que se puede resumir en las cinco letras que conforman la palabra miedo o, según el grado de cada quien, en las seis de la palabra terror. No es (o no pareciera ser) la indiferencia, la tan indignadamente voceada indiferencia, la que ha vaciado (enfriado, dicen algunos) progresivamente las avenidas, sino el miedo, ese que tenían esos jóvenes (quizás el penúltimo reducto de la resistencia callejera) que corrían por salir pronto de la autopista antes de que pudiera llegar algún cuerpo policial que los detuviera en masa y metiera, por ejemplo, en la cava de un camión, como ya pasó la semana pasada con sus compañeros de la USB.

No se vale tildarlos de cobardes o miedosos: son los mismos que mes y medio atrás todavía se batían en jornadas de hasta tres y cuatro horas de resistencia en la autopista. Pero los tiempos (y los métodos represivos) han cambiado. Ahora hay pocos rinocerontes y ballenas, y muchas motos. Ante la lentitud y el peso de los blindados, los cuerpos de seguridad optan por la velocidad y la ligereza del vehículo de dos ruedas, que les permite aparecer rápidamente y en multitud casi en cualquier lugar, sobre todo para emboscar, su actividad favorita de hace unos días para acá. Llegan siempre haciendo estruendo y disparando: lacrimógenas, perdigones o lo que tengan, imposible saberlo nunca con certeza. Se escucha primero la detonación y luego el ruido del impacto. Gustan hacerlo de sorpresa, y al que agarran mal parado no lo perdonan.

Así pasaron el jueves por Chacao, luego de dividir la marcha. “Si nos reprimen, trancamos”, era la pauta de la oposición. Y aunque intentaron hacerlo (amagaron al menos) la operación barrida de los ejércitos motorizados pudo más. Fue cosa de veinte minutos para que luego de la fugaz no-toma de la autopista, las calles del municipio estuvieran libres de nuevo. La PNB apareció por la Francisco de Miranda y luego se metió por todas las calles paralelas y adyacentes. Ya aquello de correr de una avenida a una calle menor para refugiarse ha dejado de existir: se meten en ellas también. Lo mismo en los Centros Comerciales, que eran oasis en medio de los desiertos de represión: al Sambil le arrojaron bombas igual que al CCCT.

Apenas y las de Altamira fueron las únicas que siguieron cerradas, pero por un reducido grupo de jóvenes, prácticamente la última fortaleza de coraje: no llegaban a 30 pero trancaron por casi cuatro horas la ahora llamada Av. Juan Pablo Pernalete. Tuvieron un conato de enfrentamiento con la GNB, que a media tarde hizo acto de presencia y se llevó detenidos a algunos; y luego, ya casi llegando la noche, un enfrentamiento (éste sí) con ribetes de épica: cuando tras unas horas de indiferencia, los uniformados por fin decidieron destrancar del Distribuidor (al parecer no siempre les apetece que esté libre como las avenidas) disparando bombas y metras de plomo, el grupito de jóvenes, a punta de molotov y morteros, los hizo retroceder. Victoria celebrada pero efímera: a los minutos, y por detrás, bajando de Altamira norte, apareció otro ejército de motorizados que barrió con todo y todos: entiéndase, los (pocos) manifestantes que quedaban y los (muchos) transeúntes que caminaban.

De subida y revisando las fotos, surgió entre los fotógrafos la pregunta: ¿aquellos días de actos multitudinarios se acabaron para siempre?

Ninguno tuvo respuesta.

NINOWEB

El niño y el periodista

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A fuerza de cubrir protestas que comienzan y terminan en Altamira y suelen suceder siempre en hora de almuerzo, el periodista se ha vuelto un cliente fijo del Carmelo Pizza de la plaza. Siempre que va pide lo mismo: dos ‘slices’ con un refresco. Pero la tarde del jueves, a falta de ‘slices’, tiene que cambiar la orden y pedir una pizza pequeña, lo que lo obliga a comer dentro del local. Cuando se sienta en la única mesa que está disponible, el niño se le acerca a pedirle un ‘triangulito’. Apenas se lo da, llegan otros dos niños con hambre. El periodista ve resignado cómo su pizza disminuye notablemente sin haber probado todavía el primer bocado.

Aunque los otros dos se van con su porción de pizza en la mano, el niño se queda de pie junto a la mesa. Se excusa diciendo que quiere secarse. Viene de la marcha y está empapado. Dice que tiene 12 años, pero bien podrían ser 8. Es pequeño y delgado, viste jean y franela, y lleva un bolso de PDVSA. En un momento se lo pone adelante, lo abre, y guarda en él un pedazo de la pizza. “Es la reserva”, le explica al periodista, que termina invitándolo a sentarse.

El niño tiene nombre de profeta bíblico y vive con su mamá y su hermana en Petare. Tenía un hermano, pero se lo mataron con apenas 15 años. La hermana está embarazada ahorita. “Vas a ser tío”, le dice el periodista, y al niño le cambia la cara. Se emociona, saca pecho, asiente y sonríe. Todavía está mudando de dientes. No va al colegio, pero sabe leer. Clarito descifra que en el chaleco del periodista dice prensa. “A mí no me gusta la prensa, porque nos toman fotos y se las pasan a Maduro para que nos lleven presos”, dice. El periodista le explica que eso no es así y que en todo caso no se preocupe porque él no toma fotos. “¿Tú trabajas para Televen o para Venevisión?”, pregunta entonces. El periodista le explica que él lo que hace es escribir. “¿Y quién lee lo que escribes?”. “Esa es la pregunta que yo me hago todos los días”.

El niño no entiende el chiste. Tampoco le importa mucho. Él lo que quiere ser de grande es pelotero. Dice que pitcha, y juega primera base y right field, pero la posición que más le gusta es la de inicialista. Al preguntarle por su jugador favorito, responde con un predecible Miguel Cabrera. Al consultarle si es caraquista o magallanero titubea unos segundos y suelta que de los Leones. El periodista tiene la impresión, por lo atento que lo ve el niño, de que solo espera notar el más mínimo gesto de desagrado para cambiar radicalmente la respuesta; por eso se le queda viendo fijo y en silencio. Tras un rato de sufrimiento, no aguanta la risa y le dice que muy bien, que siga por la senda caraquista y que mucho cuidado con llegar a cambiarse de equipo.

Llegados a ese momento, la pizzería está llena de encapuchados. La lluvia ha hecho que todos busquen refugio dentro. Hay más de ellos parados, que clientes en las mesas. Es una escena surrealista: señoras, señoritos y señores, todos de buena presencia, entre encapuchados descalzos y con recipientes con gasolina en las manos. Pasando por las mesas, sobre una patineta y con una pintura en espray en la mano, se pasea ‘Guarimbín’ un niño que según el día que se le pregunte dice que tiene 12 o 10 años pero aparenta como mucho 6. Amenazar a la gente con echarle pintura encima es su diversión, criticada por sus potenciales víctimas y celebrada por sus compañeros de rostro oculto.

Una pizza grande sale del horno de Carmelo y es puesta sobre una mesa. Es una contribución, un regalo que da alguien para los encapuchados. En menos de un minuto, de la pizza no queda nada. La escena es de todo menos elegante: diez o doce de ellos le caen encima, se pelean los trozos, la cortan como pueden, la aprietan en la mano. El queso y la salsa se escurren por doquier y el niño se lamenta por no haber llegado a tiempo. “¿Para guardarlo en un envase y no comértelo?”, le pregunta el periodista. “Es que yo no sé si vaya a haber comida en mi casa”, le explica el niño. En ese momento, un muchacho, al que le habían regalado una sopa, pasa exhibiendo un hueso de pollo cual si fuera un trofeo. El periodista piensa primero que se trata de una cosa supersticiosa, pero cuando el niño, todavía más triste que con la pizza, le cuenta que extraña el sabor del pollo, el cual tiene meses sin probar, lo entiende todo. “¿Y tú qué comes normalmente?”, inquiere el periodista. “Yuca, y a veces arroz”, responde el niño.

Cuando le pregunta por qué está allí en Altamira, el niño le cuenta que donde él vive hay muchos malandros y siempre que había una marcha llegaban cargados de cosas (“celulares, relojes, carteras y dinero”). “¿O sea que viniste fue a robar?”, lo interrumpe el periodista. El niño le dice que no, que él no roba, que eso son los malandros y él no es uno de ellos. Que lo que pasó fue que a él le pasaron el dato de que en Altamira regalaban cosas y por eso fue para allá. “¿Y a ti qué te han regalado?”. “Solo comida y estos zapatos”. Son marrones y nuevos. “Están mejores que los míos”, le dice el periodista. El niño se contenta, vuelve a inflar el pecho y a sonreir.

Una niña de ojos negros y cabello oscuro se acerca a pedir pizza, pero no queda nada. “Entonces dame refresco”. El periodista cede. La niña agarra el vaso con las dos manos y bebe fondo blanco. Se llama Anahí y tiene 10 años. “Nombre de cantante”, intenta elogiarla el periodista. “No. De princesa”, replica la niña. Es de los Valles del Tuy (“siempre vengo en ferro”) y tampoco estudia. Está allí con su hermano, un muchachito flaco y alto, que no pasa de los 12 años y es cero conversador. “¿Tú no sabes dónde regalan aquí la ropa?”, pregunta la niña. El periodista le dice que no tiene idea. “Bueno”, dice la niña y se va con el hermano silente.

Habiendo ya escampado, el periodista se levanta y se despide del niño. “No, espérame, yo me voy contigo”, le pide éste. “¿Adónde?”, pregunta el periodista. “Al metro, pues”, dice abriendo grande los ojos. El periodista no recuerda haberle dicho que iba al metro, pero igual lo espera. Andado un trecho, el niño devela sus motivos: “Es que si me quedaba solo, los grandes me iban a quitar toda la comida que tenía en el bolso. Si no vas al metro no importa”. Pero el periodista sí va al metro, así que caminan juntos.

A esa hora, la plaza Altamira está desolada. “Es que hoy reparten la caja, y hay muchos allá esperando”, explica el niño. “¿Qué caja?”, pregunta el periodista. “La del CLAP”. Al niño tampoco le importa mucho, porque a su casa no llega. “Aquí hay ‘ricachones’ que viven en apartamentos. Pero no todos son buenos: algunos no nos dan nada cuando les pedimos”, dice el niño cuando caminan por Los Palos Grandes. El periodista le explica que no todos los que viven por allí son ‘ricachones’ y no todos tienen dinero. “Pero tienen tarjetas”, le replica el niño. Entonces el periodista le explica que tener tarjeta no significa que haya dinero y que hay tarjetas que no  pasan, cosa que al niño le suena como un mito.

Cuando llegan al metro, el niño le pregunta al periodista si en su casa no tendrá alguna gorra. El periodista le dice que sí. “¿De esas que son pavas y grandes por adelante?”, pregunta el niño. “No. De las normales”, le replica el periodista. “Bueno, no importa. Igual la quiero”, dice el niño. “¿Y cómo hago para dártela?”, pregunta el periodista. “Yo me la paso por Altamira. Llévamela mañana”, indica el niño. “Pero mañana no hay nada”, le dice el periodista. “Bueno, cuando haya algo”. El periodista le promete que así lo hará y se despide. Desde ese día lleva siempre en su bolso una gorra por si lo vuelve a ver.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

#19J: Deshonra en Altamira.

#22J: El día de la frustración.

#24J: “¡Los queremos vivos!”

#29J: La cámara revolucionaria

CAMARA

La cámara revolucionaria

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“¡Prensa, prensa!”, grita una mujer en la Francisco de Miranda. Son aproximadamente las dos de la tarde y la avenida capitalina, aunque sin tránsito, se encuentra completamente cerrada. Es el día 90 de protesta y la marcha de la oposición ya ha sido reprimida en El Rosal por la PNB. Fue una actividad menor, que salió tres horas después de lo pautado y caminó bajo un torrencial aguacero durante buena parte del tiempo. A Chacaito llegaron los más determinados, pero cuando intentaron cruzar el puente hacia Las Mercedes, un ejército de motos apareció lanzando bombas y los dispersó a todos. Todo fue tan rápido que de regreso la conversación de los periodistas versaba en torno al poco (poquísimo) material obtenido en el día. Es en medio de ella cuando nos interrumpen los gritos de la mujer.

“¡Prensa, vayan rápido: abajo tienen atrapados a unos estudiantes!”, nos indica la mujer. De inmediato, bajamos corriendo de la Francisco de Miranda a la Venezuela por la calle Mohedano para encontrarnos abajo con una legión de la PNB. Al llegar a la esquina, todos automáticamente detenemos el paso. Ese primer careo con la PNB suele ser tenso y siempre hay que llegar con cautela. Son además demasiados policías. Uno de los oficiales nos recibe disparando una bomba vacía al aire, que se estrella con las ramas de un árbol. Avanzamos lentamente entre ellos, para encontrarnos entonces con que a las puertas del BOD del edificio Centuria hay un grupo de estudiantes arrodillados y con las manos atrás. Visten la camisa amarilla de la USB y parte de sus pertenencias han sido vaciadas en el suelo. Detrás de ellos, dentro de la torre, hay cientos de espectadores silentes.

Mientras más nos acercamos, más hostiles se ponen los policías. No responden ninguna pregunta y detonan lacrimógenas a nuestros pies. Lo hacen, en principio, para nublar la visión de los fotógrafos. Los periodistas tenemos máscaras y no nos afecta tanto, pero los muchachos están arrodillados en el suelo y sin protección alguna, respirando todo ese gas. No son esposas de metal, sino de cuerda las que les atan las manos. De dos en dos los levantan del suelo y se los llevan a un camión que está estacionado frente a Juan Sebastian Bar. Una jaula es lo primero que pensamos. Pero luego, cuando alguno cruza la calle, se da cuenta de que es un camión 350: los detienen en una cava sin ventilación ni luz alguna.

Las bombas siguen detonando a nuestros pies y cuando algún fotógrafo se acerca a tomarle una foto a los últimos que se llevan, un PNB lo alza y arroja al suelo. Antes de cerrar las puertas de la cava, una bomba, otra más, detona muy cerca de ella. El humo lógicamente se mete entra en ella. Pero no importa. Igual la cierran y adentro dejan, como animales, sin luz y con gas, a los detenidos a los que se llevan sin rumbo conocido, dentro de lo que ya podría bautizarse como la cámara revolucionaria.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

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#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

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#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

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#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

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#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

#19J: Deshonra en Altamira.

#22J: El día de la frustración.

#24J: “¡Los queremos vivos!”

FOTO: Régulo Gómez

“¡Los queremos vivos!”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Aunque hubo militares retirados paseando sus uniformes y diciendo que muy pronto (“esta misma semana”) los cuarteles se van a declarar en rebeldía y van a forzar la destitución de Maduro; aunque las hijas de Lila y José Luis se presentaron con ‘jeanes’ apretados; aunque un diácono sin dientes le echó agua bendita a cuanto manifestante se le atravesó; aunque hubo cosas realmente pintorescas, lo verdaderamente importante de la manifestación del sábado fue el grito salido de las entrañas de miles de manifestantes (sobre todo madres) hacia los jóvenes encapuchados que constantemente se metían en La Carlota: “¡Los queremos vivos!”.
.
Y es que al dinero, a la fama, a las drogas y a la ausencia de padres, hay que poner también, en la lista negra de cosas que deberían ser incompatibles con tener diecisiete años, el sentirse llamado a una misión heroica en la vida. A falta de prosperidad económica para vicios, es por ese derrotero por donde se está yendo parte de una generación de adolescentes que en este momento tienen la percepción de que sobre sus hombros (y sólo sobre ellos) está la misión de liberar a Venezuela nada menos que de una narco-dictadura militar. Y en esa especie de delirio sobre el Ávila (ya el Chimborazo queda culturalmente muy lejos), ellos, que son sabios e inmortales, como lo somos todos a los dicesiete, repetidamente se han metido, desoyendo consejos de todo el mundo, en la Base Aérea La Carlota para desafiar, pecho descubierto y si acaso con cohetones, a militares que tienen allí desde helicópteros hasta tanquetas y ningún remordimiento para disparar balas.

El sábado fue una constante verlos montarse en las rejas (en lo que queda de ellas) y lanzar cohetones hacia La Carlota, hasta que al final de la tarde comenzaron a entrar. Cuando la situación parecía desbordarse, Delsa Solórzano, un huracán de carácter, se bajó de la tarima y con un ejército de madres se fue a sacarlos de la base militar. “¡Los queremos vivos!”, rugió entonces la multitud. Fue un grito, una súplica, diríase un llamado desesperado, que recorrió la garganta de casi todos los asistentes, mientras en la reja, madres y abuelas hacían un esfuerzo tremendo por dialogar con ellos.

-A mí me dueles tú y me duelen todos –le decía una mujer a un encapuchado–. Estoy en la calle por ustedes. Y hay que pensar con la cabeza: una cosa es resistir y otra cosa es entregarse y que los fusilen como fusilaron a ese niño. Nosotros no queremos eso.

-Ustedes no saben lo que es querer estudiar y no poder –le respondía éste–. Yo hace 4 años tenía carro y moto. Ahora no tengo nada. Dejé los estudios por eso.

-Hijo, enfócate: lo que yo no quiero es que tú actúes desde la adrenalina. Nosotros no queremos que se entreguen como carne de cañón a nadie.

-No es como carne de cañón. Es para obtener la libertad. Nosotros queremos la libertad.

-¿De qué te sirve una libertad muerto? ¿De qué te sirve? Por favor. Que tu mamá no merece sufrir la pérdida de un hijo. Hay muchas maneras de obtener la libertad sin regalar la vida.

-Nosotros queremos nuestro futuro.

-¡Y nosotros queremos el de ustedes!

-Nosotros lo que queremos es que nos apoyen. Nosotros estamos aquí por ustedes y por nosotros. Por nuestro futuro.

-Y lo vamos a obtener, pero luchando en conjunto y pensando con la cabeza y no con las vísceras. Todos estamos luchando por ustedes. Yo creo en un país de jóvenes. Y por eso los queremos vivos: porque ustedes son los primeros que merecen ver el cambio en Venezuela. Ustedes son importantes. Habla con tus hermanos. Con todos esos muchachos tan valientes.

Y el muchacho habló. Y por un momento pareció que sí, que sus hermanos le iban a hacer caso. Pero al que a los diecisiete tiene una urgencia mesiánica, ni que le lloren las madres. Todo pasó de repente y se esparció como el gas lacrimógeno. En un instante la rabia (“con concentraciones no se logra nada”), el voluntarismo (“somos más que suficientes”), la antipolítica (“ya los dirigentes están pirando”), la descalificación (“son todos unos malditos ‘cagaos’”), el complejo (“es mentira: no le importamos a nadie, ahora se van todos y nos quedamos solos aquí”) y, nuevamente, la urgencia mesiánica (“si no los sacamos nosotros no los va a sacar nadie”) se mezclaron y volvieron a llevar a un grupo importante de muchachos para dentro de La Carlota mientras la gente comenzaba a subir. Al rato, entonces, la PNB y la GNB reprimieron a todos desde la autopista hasta Altamira.

II

El muchacho viste un sweater azul. Está a una cuadra de distancia del resto de los manifestantes. Se quedó rezagado sabrá Dios por qué motivo, y corre con todas sus fuerzas para alcanzar al grupo. Pero no hay nada que hacer: si subir la Sur Altamira entre gases es ya difícil, ganarle la subida a un escuadrón motorizado de PNB resulta imposible. En segundos las motos le llegan. Entonces, un agente pone el arma en horizontal. Es una escopeta o quizás un rifle. Del cañón sale una lengua de fuego, breve como un relámpago. En seguida (o puede que en paralelo) se escucha la detonación. El disparo es a quemarropa. El muchacho se retuerce contra la pared. Mientras las demás motos continúan subiendo, tres o cuatro (imposible precisarlo en ese momento) se detienen alrededor de él. Los policías se bajan, lo rodean y lo golpean. La escena es de una brutalidad inusitada. Aprovechan que no hay testigos (eso creen ellos) para desatar toda su irracionalidad. Después de golpearlo, lo jalan violentamente por el sweater. El muchacho parece un muñeco de goma. Lo montan en una moto y se lo llevan.

El grupo de paramédicos decide entonces detenerse y agacharse. La agresión ha sucedido a escasos veinte metros de ellos y están lógicamente aterrados. “¡Manos arriba, manos arriba!”, grita el cabecilla. No hay prácticamente mano alguna que no tiemble. Y se entiende. Son una isla en medio de un mar de policías motorizados. Están rodeados y a merced de ellos. En teoría, no les deberían hacer nada, pero en la práctica, si quisieran, podrían hacerlo perfectamente. Algunos, de hecho, pasan deteniéndose, escrutándolos con la mirada y apuntando con el arma. La palabra tensión no basta para describir lo que se siente. Luego siguen. Para ese momento, las detonaciones no han cesado. Pero ocurren dos cuadras más arriba, en la Francisco de Miranda, donde terminan de dispersar a los manifestantes.

Cuando finaliza el desfile de motos, los paramédicos se paran y comienzan a hacer su requisa: cuántos están y si se encuentran todos bien. Hay una herida de perdigón y otra asfixiada por bomba. Están empezando a curarlas cuando el ronroneo lejano de otras motos se escucha. Ahora son oficiales de la GNB. Nuevamente al piso y con las manos arriba. Otra vez el temblor en algunas. Las motos son recibidas con toda clase de maldiciones e insultos por parte de los vecinos. De las ventanas salen gritos, imprecaciones, y también objetos. Podría ser un florero, un plato o un vaso lo que arrojan de una de ellas. En todo caso es de vidrio y se quiebra en el suelo. Inmediatamente hay disparos contra el edificio y una nube de gas blanco lo cubre todo. Pasan otros minutos, largos, larguísimos, cuando se pueden volver a bajar las manos.

“Hay algunas conductas que no me gustaron”, dice el líder y comienza a enumerar, muy serio, cosas que no se deben hacer. “Están subiendo a pie”, lo interrumpen. Y la tensión vuelve a sentirse. A lejos se ve un grupo de gente caminando, que no terminan siendo policías sino periodistas y fotógrafos. Suspiros de alivio. Cuando está toda junta, la prensa es una fuerza poderosa. El último reducto de civilidad. Ante ella en bloque, GNB y PNB intentan guardar las formas, comportarse. No tanto por respeto (cuando agarran a uno o dos solos y mal parados no los perdonan) como por cálculo: treinta cámaras congelando e inmortalizando una agresión nunca será un buen plan. Por ello, al verlos pasar, los paramédicos se tranquilizan y avanzan.

De la nada, un manifestante corre hacia los periodistas y se mete entre ellos. A él no le disparan a quemarropa, sino que lo persiguen. El muchacho es hábil. Hace fintas, amaga, corre en una dirección y en un segundo se frena y se devuelve para la contraria. Solo le falta la bicicleta para ser Cristiano en el área chica. Se les escabulle a dos motos y se mete por Bello Campo. Allí sí disparan. Molestos y humillados, regresan con otro muchacho, víctima de esa mala fortuna de estar en el lugar incorrecto en el momento menos indicado. Y, quien sabe, si de tener diecisiete años y sentirse llamado a hacer él solo lo que debería una sociedad entera.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

#19J: Deshonra en Altamira.

#22J: El día de la frustración.

DIAWEB (1)

El día de la frustración

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Una diputada que llora desesperada porque no sabe qué más hacer. Un hombre que cuenta que en su último cumpleaños sentó a sus hijos y les pidió entre lágrimas un solo regalo: que se fueran ya de Venezuela porque no le ve solución a la crisis. Un vigilante que sostiene en alto la tuerca que le dispararon yendo al trabajo y enseña una quemada por bomba lacrimógena en el brazo. Un anciano con la cara llena de Maalox que se pregunta cuándo en la vida él iba a pensar que a sus setenta y tantos le iba a tocar vivir algo así. Miles de manifestantes que otra vez no pudieron pasar de Chacaito y tuvieron que tragar litros de gas tóxico. Una fotoperiodista que es herida por una lacrimógena disparada a discreción. Dos muchachas bonitas que en la Plaza Altamira lamentan en voz alta que teniendo Venezuela tantos años les tocara ser jóvenes precisamente en estos. Una señora que lleva más de ochenta días sin trabajar, entregada a la lucha, y ahora se pregunta si hizo lo correcto o no. Un encapuchado que no entiende por qué si fueron los ‘pures’ los que trajeron esta desgracia al país, no están por lo menos acompañándolos a bajar al Distribuidor. Un niño de diez o menos años que jugaba a ser un héroe encapuchado y ahora llora porque cree que en un descuido le tomaron una foto donde se le vio la cara. Un diputado que en la mañana una bomba le quema el antebrazo y le fractura un dedo, y en la tarde solo recibe reproches. Unos encapuchados que no bajan a ‘guerrear’ porque son las 4 de la tarde y ni siquiera han desayunado. El Vicepresidente de un poder público, que se ha jugado la vida marchando y ahora recibe insultos. Una vida de 22 años que es cegada a mansalva. Esas son algunas de las estampas que dejó el día 83 de protesta, día de la frustración.

Como el San Antonio de Flaubert, los manifestantes están viviendo de una única certeza asediada por mil dudas. Que no se puede dejar la calle. Que si se enfría perderemos todo. Que esto es ahora o nunca. Eso lo dicen y repiten todos. Es el dogma, el artículo de fe invariable en todas las versiones del credo opositor. Pero inmediatamente, tras proclamarlo, comienzan las dudas. Con el paso de los días son menos las personas y más los muertos, menor la duración de las protestas y mayor la represión, más pequeño el entusiasmo y más grande el miedo; y aparece, entonces, lo de ayer: la frustración, que es prima cercana de otra palabra maldita llamada ‘desesperanza’, que desde los primeros siglos ya era tenida por pecado mortal y execrable.

Y el problema de la frustración es que lleva a un voluntarismo estéril. A falta de gente (de una cantidad importante, se entiende) la mañana en Altamira fue un desfile sin sentido de camiones secuestrados, que eran parados por ratos en las calles adyacentes de la Plaza Francia. Algo que en otro contexto podría tener su utilidad, pero como previa a una marcha no constituía sino un ejercicio inútil de fuerza, tal como lo fue la bajada a La Carlota. La represión de la movilización en Chacaito fue inmediata e inclemente: poner un pie en la plaza Brion y que aparecieran tres tanquetas, una ballena, decenas de motorizados y un centenar de bombas fue lo mismo. La PNB reprimió hasta Chacao y de allí se devolvió. La gente siguió entonces hasta Altamira y luego de un montón de debates y de lamentos decidió ir a La Carlota. ¿Por qué? Porque somos pocos, estamos bravos, nos reprimieron brutalmente, no vino casi gente, ya se fue la mitad, y tenemos que hacer algo. Es decir, porque sí.

Bajar a La Carlota habiendo con suerte quinientas personas fue una catarsis suicida. Una manera de drenar la frustración demostrando fuerza pero exponiéndose demasiado. Un hacerse matar. Con los chamos no había prácticamente nadie. La vista que se tenía de la Avenida Sur Altamira era la de una calle desierta, en la que apenas ondeaba alguna bandera de paramédicos, pero por la que no caminaba nadie. La vista que se tenía del Distribuidor era la de un montoncito de gente que desde arriba asistía al espectáculo triste de unos niños valientes que hacían piruetas para sortear las municiones que unos militares, protegidos por una reja, disparaban desde adentro. Reto, desafío, acción valiente, heroica, tenaz. Póngansele esos y otros adjetivos, y claro que lo merecerán. Pero no se le quite nunca el de insensatez, que es lo que más duele en la muerte de David: la sensación de que se pudo evitar.

¿Cómo?

Entendiendo que el arte de la guerra está en saber escoger bien qué batallas librar. Y la de ayer en La Carlota, con poca gente y sin ningún objetivo, fue absolutamente innecesaria.

¿Para qué te expusiste, niño valiente, si de arriba no había quien te acompañara? ¿Por qué les ofrendaste tan fácil ese corazón noble y generoso a unos asesinos despreciables y viles?

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-#19J: Deshonra en Altamira

DeshonraAltamira

Deshonra en Altamira

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Los manifestantes lo interpretaron (y celebraron) como un buen presagio. Era una ventisca brava que soplaba en dirección a la Guardia Nacional y les devolvía todo el gas. Sin embargo, visto lo que vino después, es imposible no preguntarse si ese inusual y borrascoso viento que a las 3 de la tarde remecía los árboles y hacía volar en remolinos las hojas, no era más bien una advertencia, una especie de augurio sobre la desgracia que estaba a minutos de sucederse. Tras el ventarrón vino la lluvia, rápida y fuerte. Lo suficiente como para inundar Altamira Sur y hacer retroceder a la Guardia Nacional distribuidor abajo. Al escampar, entonces, llegaría la tragedia: acorralados por un grupo de manifestantes, efectivos de la Guardia Nacional abrirían fuego contra ellos, herirían a siete y asesinarían a Fabián Urbina.

El rumor de las balas se propagó pronto en Altamira Sur, donde los heridos fueron subidos en una camioneta. De momento, salvo el boca a boca, no había nada que nos confirmara a los que allí nos encontrábamos que efectivamente ello había sucedido. Sería una mano sucia, de la que pendía un rosario, la que nos mostraría seis casquillos de bala, dorados y letales, que entonces confirmarían que efectivamente había ocurrido lo peor.

No hubo mucho tiempo para meditarlo. Casi de inmediato comenzarían a subir, despavoridos, los manifestantes que se encontraban en el Distribuidor; para encontrarse con otros, también despavoridos, que bajaban de la Plaza Francia, cubierta por una nube de gas blanco: los habían emboscados. Por un momento, la Avenida Sur Altamira (San Juan Bosco, de la Francisco de Miranda para arriba) estuvo cerrada por dos paredes de humo blanco, y dentro de ella, atrapados, cientos, quizás miles, de manifestantes aterrados a niveles que ni Hitchcock hubiera conseguido en su mejor época.

Es una cosa fea el pánico. Y más el de los inocentes. En la avenida había madres, padres y abuelos, gente que podía correr y que no, de todas las edades, que de repente se encontró acorralada y sin escape. Sólo quedó Bello Campo para salir de allí. Los que pudieron, escaparon correteados por unas motos que aparecieron de la Torre Británica, disparando bombas por supuesto. Pero no todos llegaron. Dos señoras, paralizadas de miedo, sencillamente se abrazaron a llorar mientras la PNB pasaba. A llorar y a temblar. Unos muchachos intentaron buscar refugio en un restaurant y allí los rodearon. Se salvaron por la presencia de la prensa, ante la que los Guardias se contuvieron, no sin antes “pedirnos” (a gritos y con armas) que nos fuéramos.

Pero hubo cuatro que no corrieron con tal suerte: estaban sentados en un banco de la plaza Altamira, ya en ese momento tomada por un ejército mixto de GNB y PNB. Su delito aparentemente era tener escudos y unos bolsos con guantes y máscaras. Imposible saberlo. La PNB no dijo nada. Ellos apenas sus nombres y cédulas, con esa voz lacónica de los que lo han perdido todo. Los cuatro tenían la mirada fija en calle, esa que ya les era ajena, y lo hacían con una tristeza resignada que conmovía. Pero no había nada que hacer: al rato los montaron en las motos y se los llevaron.

Durante casi una hora, el antiguo bastión de la oposición fue un estacionamiento de motos de cuerpos policiales que de vez en cuando arremetían contra la gente que allí pasaba. A un grupo de trabajadores que cruzaba por Altamira Sur le dispararon una lacrimógena, que de rebote golpeó a una señora; y a un mototaxista se lo llevaron detenido por insultarlos. Su salida de la plaza, casi una hora después, fue un mal chiste: dos oficiales se cayeron de una moto y en respuesta dispararon lacrimógenas por doquier. Aquello pareció el culmen de la deshonra: es que no habíamos visto la foto en la que uno de ellos asesinaba a mansalva y de frente a un adolescente de 17 años.

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#07J: Un titán que muere.

PROFETASWEB

Profetas en su tierra

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Informativamente hablando (o escribiendo, ya que somos revista) la gran noticia del acto de recibimiento de la Vinotinto en el Olímpico fue la revelación, dicha en un tono más o menos casual en medio de una sarta de agradecimientos, de que en Venezuela hay un hombre que se lleva el pan a la boca ejerciendo el peculiar oficio de ocuparse del equipaje de los jugadores de la Sub-20. El nombre, tanto del hombre como del cargo, se le ha escapado (omisión imperdonable) a este redactor, pero no así el hecho de su existencia y de su labor: esperar que lleguen las maletas y encargarse de su traslado, cosa que no por lógica (puestos a pensar bien todo, tiene sentido que haya alguien que se haga cargo de ello) deja de ser menos sorprendente.

Lo cierto es que ayer lo recordaron en la ronda de agradecimientos y le reconocieron su trabajo, ese que, paradójicamente, pasadas las cinco de la tarde, lo mantenía todavía alejado del Estadio, por lo que no sería descabellado pensar que las maletas o llegaron con retraso o llegaron incompletas o sencillamente no llegaron, versiones éstas que se tendrán que quedar en tales porque hasta el momento de publicarse esta nota la única certeza que se tenía era la de que el encargado de velar por ellas no pudo estar en el Olímpico a la hora del homenaje.

Se pudo confirmar, sí, que la Sub 20 tiene una nutricionista y un chef (¿en qué cocina y con qué ingredientes preparará los alimentos?, ¿le prestarán la de los hoteles donde se alojan?, ¿cuál será su mejor plato?), así como un motivador y, ojo al dato, un hombre que se encarga de ver y de analizar los vídeos de los rivales. Todos ellos son parte de ese equipo de cargos improbables y extraños (pero útiles y diríase imprescindibles) que se agrupan bajo el nombre de ‘Cuerpo técnico’, a los que ayer Dudamel elogió hasta el cansancio en un acto previsible pero no por ello menos feliz.

La Caracas futbolera (acompañada de la farandulera y de la política) se volcó a su estadio para recibir como auténticas estrellas (las reseñas más épicas hablaran de héroes, pero el recibimiento, bien visto, fue de estrellas) a esos chamos que les brindaron por unos días los alegres despertares de la victoria deportiva, y que pasadas las 5 de la tarde hicieron entrada a un Olímpico que los arropó en aplausos para inmediatamente verlos desaparecer debajo de la tarima que estaba en el centro del campo. Proyección de videos emotivos (es decir, de goles y jugadas) después, fueron apareciendo, en perfecto orden numérico. Cuales strippers que salen de tortas (perdón por el lugar común) eran subidos a la tarima entre dos columnas de humo blanco por una plataforma elevadora que funcionó a su vez como prueba de equilibrio y de personalidad. Los hubo muy seguros, pero también tambaleantes. Algunos demostraron padecer de vértigo y otros ni de cosquillas. Los más espontáneos salieron con brazos abiertos, en pose triunfadora y apuntando al cielo, pero también estuvieron los que lo hicieron con las manos juntas y adelante. Fue un festival de posturas y de gestos, como manda la civilización del espectáculo.

Una de las ovaciones más grandes la recibió el técnico, Rafael Dudamel. Aunque se tambaleó un poco, salió levantando los brazos, saludando a la gente y golpeándose el pecho, mientras todos coreaban su nombre. Para ser el culpable de la derrota (tal como sugirió PDVSA) la gente pareció quererlo demasiado. “Así los quería ver: juntos y Vinotinto”, fueron sus primeras palabras. Y aunque era imposible que lo viera, la frase parecía cumplirse con rigor en una de las puertas laterales: María Corina Machado, con la camisa verde fosforescente de la selección y su sempiterna cola, estaba apenas a una persona de por medio de un par de oficiales de la PNB. Y tan tranquilos todos.

Cuando Dudamel pidió un aplauso para los padres de los jugadores, el estadio respondió con creces; pero cuando apostilló “y otro para las madres que los parieron” (oh, eterno matriarcado), ahí el Olímpico sí se vino abajo e inmediatamente (oh, Madre Patria) comenzó a sonar el “¡Y va a caer!”. Marcaba el reloj de La Previsora las 6:09 de la tarde y el estadio era un clamor contra el gobierno, incluida la barra del Caracas FC, encabezada ayer por una gran pancarta que decía: ‘23 de Enero Ccs’. “¡Qué nada nos robe este momento!” pidió entonces el técnico (mandamás absoluto) y la gente paró.

Siempre ayudado por las que presumiblemente serían las notas que tenía escritas en su teléfono celular, Dudamel, comedido y correcto, soltó algunas frases de cuidado: “Aquí cabemos todos”, “estos chamos nos han vuelto a hacer sentir orgullosos de ser venezolanos”, “este es el momento para que de la mano de nuestros chamos demos el salto para alcanzar todo que como país necesitamos”, que a buen entendedor bastarán con suficiencia.

Finalizado el discurso explotaron los papelillos y cohetones. Arrancó entonces la vuelta Olímpica. ‘We are the Champions’ sonó de fondo mientras los jugadores corrían (más bien trotaban) y se dejaban querer, aclamar y mimar por unas gradas borrachas de orgullo y euforia. Todos (jugadores y espectadores) se gozaron el momento, que fue previsiblemente bello. Lo imprevisible fue otra cosa: que después del clásico de Queen, luego de que de las cornetas saliera el festejo en canto por lo campeones que somos (así hayamos quedado de segundos), viniera el lamento de Reinaldo Armas (“caramba, ñero, se oscurecieron mis días / alzó vuelo mi alegría cuando menos lo esperaba”) por la muerte del querubín de sus anhelos, su caballo Rucio Moro.

Quizás no se dieron cuenta, pero en ese momento, más que nunca, fueron profetas en su tierra.

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Dos caras

Por: Emmanuel Rincón |  @emmarincon

No hará como Django: no saldrá a dispararles a todos los chavistas aristócratas en busca de justicia como en el western de Texas. Sus armas son otras. Su realidad es distinta. Pero Luisa Ortega está desencadenada. “El día que repartieron el miedo, yo no llegué”, dijo sin sobresalto, sin titubeos, sin preocupación, y no solo lo dice, también lo demuestra. Siguiendo el guion cinematográfico, algunos la acusan de ser la Severus Snape dentro de la revolución, y quizás su película no tenga tantos disparos y tanta sangre como cualquier film de Tarantino, ni la magia de cualquier entrega de Harry Potter; pero la Fiscal General de la República es la protagonista de un epílogo revolucionario para no perder de vista.

Pero, ¿quién es Luisa Ortega Díaz?, ¿de dónde salió?, ¿hacia quién son sus lealtades?, ¿cuáles designios la mueven? Las primeras interrogantes podemos responderlas escribiendo su nombre en el buscador, las últimas no.

Las primeras pistas sobre su deserción al chavismo las comenzamos a ver el último día de marzo del presente año, cuando declaró que las sentencias 155 y 156 del TSJ constituían una ruptura al orden constitucional, condenando la medida del máximo tribunal de la República con la cual el gobierno buscaba, vulgarmente hablando, disolver a la Asamblea Nacional electa por voto popular. Las protestas por el fallido impasse legal generaron una ola de manifestaciones que se ha extendido hasta nuestros días. Resulta trágico para el oficialismo concebir que toda la presión que se le ha venido encima ha sido producto de su propia imprudencia, pues de cierta forma despertaron la conciencia popular a base de muestras de autoritarismo totalmente inútiles para sus cometidos.

A principios de abril el cónclave político seguía estando cuadrado (no deforme como hoy en día), con los protagonistas principales y los actores de reparto sentados en ambos costados de la mesa, cada uno sabiendo cuál bando pertenecía, y la oposición especulando que las declaraciones de la Fiscal, siempre tan querida y adorada por el comandante Hugo Chávez, eran tan solo parte de un juego estratégico impuesto por el gobierno con el cual simulaban que en el país existía separación de poderes; luego de ello, entrado el mes de mayo, la Fiscal volvió a apoderarse de los focos condenando de manera categórica la violencia contra manifestantes, alegando que “no podemos exigir un comportamiento pacífico y legal de los ciudadanos si el Estado toma decisiones que no están de acuerdo con la ley”. Allí el mundo se vino abajo, al menos para algunas cabezas del partido oficialista, pues esta frase, que en un principio fue tomada por la mayoría del pueblo opositor como un simple saludo a la bandera, de pronto comenzó a cobrar no solo relevancia, sino también protagonismo… pero… vamos poco a poco.

Luisa Ortega Díaz, abogada de la República Bolivariana de Venezuela, especialista en Derecho Penal y en Derecho Procesal, sucedió a Isaías Rodríguez (ex vicepresidente de la República) en la Fiscalía General en el año 2007. Aquello, por supuesto, fue una designación no solo aprobada, sino también promovida por el mesías de Sabaneta, Hugo Rafael Chávez Frías, quien luego de apropiarse de todos los escaños de la Asamblea Nacional en el 2005, tras el desistimiento de la oposición para participar en las elecciones, empezó a nombrar a dedo, a través de sus representantes en el parlamento, a las cabezas de los distintos órganos superiores en Venezuela. Pero antes, mucho antes de ser una cabeza visible en los círculos revolucionarios, Luisa Ortega fue una abogada litigante que transitó por varios empleos, hasta acercarse a Hugo Chávez, primero fungiendo como consultora jurídica de VTV y luego adhiriéndose al Ministerio Público, en abril del 2002, tras el golpe de Estado en contra del Comandante, lo que viene a darnos una idea de cómo fue su relación con Miraflores durante los últimos 15 años. Como funcionaria, ejerció los cargos de Fiscal 7° del Área Metropolitana de Caracas, y Fiscal 6° Nacional con competencia plena; luego, el 18 de septiembre del 2006, fue designada Directora General de Actuación Procesal del Ministerio Público, hasta su escalada al estrellato de las cortes judiciales.

Desde diciembre del 2007, fecha en que nombran a la jurista como la Fiscal General de la República, hasta hace un par de meses, Luisa Ortega Díaz era uno de los personajes más repudiados por el pueblo opositor. No debe olvidarse que bajo su mandato se levantaron las controvertidas acusaciones contra Leopoldo López en el 2014, que culminaron con su arresto por “daños a la propiedad pública, instigación a delinquir y delitos de asociación para la delincuencia organizada”, lo que en el discurso del gobierno se traducía como terrorismo y haber propiciado los asesinatos de 43 venezolanos. Esta “olla judicial” se levantó desde el despacho de quien fuera durante años parte activa del brazo político del Estado para encarcelar opositores, favorecer juicios contra allegados al chavismo, disuadir las denuncias de corrupción, o esconder números que reflejaran los índices de impunidad en Venezuela. De hecho, en el sepelio del comandante Hugo Chávez, la Fiscal apareció en primera fila. Sin importarle las acusaciones de partidismo, allí estaba ella, despidiendo al Comandante, con un semblante irremediablemente conmovido; pero las piezas del rompecabezas no terminan allí: es un entramado más amplio y difícil de ordenar, pues cabe acotar que la Fiscal se encuentra unida sentimentalmente con el diputado a la Asamblea Nacional por el PSUV, electo en el Estado Lara, Germán Ferrer, quien hoy día, por el simple hecho de haberse enamorado de la mujer de cabello y ojos claros, pasó a convertirse en enemigo de la revolución.

Mucho debe considerarse a la hora de tratar de determinar los móviles de actuación de la Fiscal, pues fue el propio Diosdado Cabello quien en su rol de Presidente de la Asamblea Nacional la ratificó en el cargo el 22 de diciembre del 2014, tras liderar la caza de los “terroristas opositores” unos meses atrás; de hecho, el 5 de mayo del mismo año, la Fiscal acudió al programa “Con el mazo dando” del número dos del chavismo, y sostuvo con él una amena charla de una hora en la cual acusaron de terroristas y violentos a “un pequeño grupito del país”.

“Una de las cosas que en los últimos años nos enseñó el Presidente Chávez fue a asumir la responsabilidad, aceptar cuando se ha cometido un error, y reconocerlo ante el país. Entonces yo creo que allí ha habido verdaderamente un deseo de destruir no solamente la vida de los venezolanos amantes de la paz, sino también de destruir todas las infraestructuras e incendiar al país”, declaró la Fiscal en alusión a los actos de protesta promovidos por Leopoldo López y una parte de la MUD. De hecho, al cierre de la entrevista, Diosdado Cabello le anunció que la sesión de la Asamblea Nacional del día posterior a dicha plática se concentraría en debatir el encontronazo que había sostenido recientemente Luisa Ortega Díaz con el entrevistador de CNN, Ismael Cala, acusando a la cadena internacional de terrorista, ofreciéndole todo su apoyo, y abriéndole las puertas de su espacio, para todas las veces que quisiera dirigirse al pueblo venezolano –¿Será que el diputado dejaría hoy día a la Fiscal sentarse en la silla de ‘Con el mazo dando’? –.     

En todo este panorama tan confuso y abyecto, no puede dejar de destacarse que la oposición llamó negligente y corrupta en un centenar de ocasiones a la Fiscal, no solo por enjuiciar a los contrincantes al gobierno, sino por no investigar ninguna de las acusaciones que caían sobre las cabezas del chavismo, como el caso del propio Diosdado Cabello, quien al año siguiente fuera acusado de narcotraficante por Leamsy Salazar, Capitán de Corbeta miembro del primer anillo de seguridad de Hugo Chávez hasta su muerte, y que luego pasara al mando del diputado tras su defunción.

Ahora volvamos al presente, ese en el que Luisa Ortega está desencadenada, como Django, tirando acusaciones a diestra y siniestra, encarando a magistrados, levantando recursos, promoviendo actos de protesta en contra del quebrantamiento del orden jurídico, convirtiéndose en la ficha de poder más importante de la oposición. ¿Qué es lo que pasa allí?, o, mejor dicho, ¿qué fue lo que pasó?

Hay quienes insisten con la teoría de que la actuación de Luisa Ortega viene dada bajo las directrices del gobierno para “distraer”. ¿Distraer de qué? –me pregunto–, si ya todo lo ha ventilado, no solo al pueblo venezolano, sino al mundo. Si hay algo peor que el chavista enceguecido, es el opositor paranoico que cree que todos, inclusive su propia madre, conspiran para que el gobierno siga en el poder. Esa teoría se va de la tangente por los propios hechos. Luego hay quienes dicen que la Fiscal solo intenta salvar su pellejo ante la inminente caída del gobierno (esto puede ser); y también están quienes creen que la jurista, en un acto de piedad, compasión y misericordia, recapacitó, abrió los ojos y se dio cuenta de que el gobierno era el malo de la película (esto no me lo creo); una última vertiente, no muy popular por cierto, corresponde a lo que yo llamaría “los demonios del egocentrismo”, esta es por cierto una vertiente en la que, según el lenguaje corporal de la Fiscal, sus declaraciones y sus actuaciones, surgen como respuesta de una lucha interna de poderes: la han acusado bajo cuerda de no apoyar al proceso revolucionario, la han amenazado, y ella se ha hartado, los mandó a todos a Neptuno y ahora quiere demostrar quién puede más. No en vano, ya Iris Varela, Ministra para Asuntos Penitenciarios, salió a acusarla de estar inmiscuida en el escándalo de los Panamá Papers, junto a su esposo, el diputado Germán Ferrer; y Diosdado Cabello la tildó de traidora; en fin, quisieron intimidarla, le declararon la guerra, le tocaron el ego, y ahora Luisa Ortega Díaz, Fiscal General de la República, quiere demostrarle al chavismo que así como mandó a encarcelar a Leopoldo, y así como disuadió investigaciones en contra de los suyos, ahora puede hacer justo lo contrario e iniciar un movimiento que los mande a todos al calabozo, y a ella al estrellato.

Pero… porque entre tantos peros siempre hay unos más valiosos que otros, ¿qué fue lo que la llevó a distanciarse del proceso revolucionario?, ¿por qué iniciaron estos conflictos internos? Allí sobresale una circunstancia que nadie parece haber percatado: el secuestro de su hijastra María Ferrer (hecho que hoy día sigue sin ser esclarecido y del que poco se habló). Por coincidencia o no, el secuestro se llevó a cabo el mismo día que la Fiscal viajó a Brasil para solicitar información sobre los sobornos a venezolanos en el caso Odebrecht, el jueves 16 de febrero del presente año; con todas las fichas sobre la mesa, vale preguntarse, ¿quién secuestró a la hijastra de la Fiscal?, ¿bajo cuáles acuerdos fue liberada?, ¿hubo amenazas?, ¿hubo disputas?, ¿hubo intimidación?, ¿hubo negociaciones?, ¿dónde están los culpables?, ¿cuáles fueron los móviles del secuestro? Esa información la población la desconoce. Seguro los archivos están depositados en un gabinete ultra secreto de Miraflores, con copia en el despacho de la Fiscal, pero lo cierto es que la bomba estalló y no sabremos precisar por cuál costado, pero reventó.

Ahora Luisa Ortega Díaz está desencadenada disparando contra la nueva burguesía del país (el chavismo), al igual que lo hacía Django contra los blancos opresores latifundistas, y lo más importante de todo: tiene con qué hacerlo, pues de seguro, antes de salir a ventilar “sus graves preocupaciones sobre la alteración del orden constitucional”, tenía bajo la manga una serie de pruebas para mandar tras las rejas a todas las cabezas del chavismo. El final de esta historia seguro será espeluznante: desde ya empezamos a contactar a Hollywood para ir armando el libreto.

NEOMARWEB

Un titán que muere

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El heraldo que anuncia la muerte bien podría ser la desesperación que había en los ojos desencajados de esa mujer que aproximadamente a las 4:08 PM pedía con todas sus fuerzas un médico para Neomar Lander en la Francisco de Miranda. Podría ser ese conducir zigzagueante y rápido, vacilante y veloz, esa premura de siglos que llevaba el motorizado que lo trasladaba. O podría ser, tal vez, esa violenta mutación, de bravío encapuchado a niño que llora desconsolado, que en cuestión de segundos experimentó aquel amigo suyo que iba acompañándolo en otra moto. Antes de ver ese cráter feroz que horadaba su cuerpo y por el que se le escapó la vida, antes de que los que allí estábamos nos topáramos de frente con esa opacidad mortecina que ya había adquirido su piel, antes de que nuestros ojos se encontraran con un cadáver destrozado que sencillamente no respondía al infatigable ejercicio resucitador de los paramédicos, ya la muerte, terrible, tremenda y atroz, se nos había revelado.

No la queríamos ver. No la queríamos creer. No la queríamos aceptar. Pero allí estaba: implacable, definitiva, absoluta. Allí estaba, ensañada sobre un cuerpo, más bien cuerpecito, de torso descubierto, pecho despedazado y brazos quemados. Allí estaba sobre Neomar, ese muchacho de brackets, que vestía, infeliz ironía, un short militar con el detalle pavo (y a la vez tan contraproducente para una manifestación, tan desfavorable para guerrear, tan poco recomendable para lo que él hacía, y tan de los diecisiete años que él tenía) de un ruedo veraniego. Allí ella, la muerte, dueña de él, a quien los paramédicos, luchando por arrebatárselo, peleando por devolvérnoslo, le levantaban unas piernas que ya no corrían, le colocaban oxígeno en unos pulmones que ya no respiraban, le amarraban en un brazo inerte un guante de látex para buscarle una vena que no aparecería, y le hacían RCP a un corazón que no latía.

El aire de voces secretas del que escribió Lorca cuando le mataron a Ignacio estuvo allí. Eran plegarias –“¡Sagrado Corazón, cúbrelo!”–, imprecaciones –“¡Ojalá se mueran todos!”–, maldiciones –“¡Maldito gobierno!”– y condenas –“¡Van a pagar!”–; eran ayes que salían de las entrañas, quejidos que brotaban de lo hondo, lamentos provenientes del alma; era la impotencia por una vida que sin ningún sentido se estaba yendo (o ya se había ido, aunque no quisiéramos enterarnos) ante nuestros ojos; dolor tremendo por un muchachito flaco de diecisiete años, brackets y short militar arremangado que debía estar haciendo cualquier cosa menos morirse a nuestros pies con el pecho abierto. Pero lo hacía. Y no había manera de pararlo. No había como detenerlo. No teníamos como evitarlo.

Sólo el autoengaño podía hacer menos fuerte el dolor. Y para engañarse algunos hicieron una cadeneta alrededor suyo para que le entrara aire (como si lo suyo fuera asfixia). Para seguirse engañando, otros agredieron a varios fotógrafos y les exigieron que no tomaran fotos (como si el disparo de la cámara matara). Y para terminar de mentirse, lo montaron en una pick-up y lo mandaron a una clínica (como si viviera).

Sobre ese mismo asfalto que horas antes había recibido miles de pisadas firmes que marchaban por un país mejor; sobre ese asfalto en el que una monja se había parado con una botella de agua bendita a asperger a marchistas y a bendecir con cruces en la frente a quienes se lo pedían; sobre ese asfalto en el que la mujer de un kiosco había salido a darles consejos sobre logística y seguridad a los encapuchados; sobre ese asfalto en el que se escuchaban cantos, consignas y discursos optimistas; sobre ese asfalto lo que quedaba era la sangre derramada de Neomar.

No se disolvieron los siglos en cenizas, como en el viejo ‘Dies Irae’ latino, pero sí se desató la rabia. Cuando se llevaron a Neomar, a lo que fue Neomar, a lo que quedó de Neomar, los que allí estaban estallaron en un relámpago de ira. Piedras y molotov se estrellaron contra el MINFRA, cauchos se encendieron, defensas fueron desprendidas y barricadas se levantaron. Detonaciones secas se comenzaron a escuchar entonces. El rumor de francotiradores que defendían a plomo la sede del edificio oficial se comenzó a esparcir con profusión. Y por un momento pareció que la guerra, la tan vaticinada guerra, ahora sí estaba llegando. Y dio miedo. Fueron minutos grises, largos y confusos, que así como llegaron se fueron, pero dejaron en los huesos el escalofrío de un mal presagio.

Entonces, Miguel Pizarro, que había estado todo el tiempo allí y recibido a Neomar en la avenida, lloró. Tenía tiempo quebrantado, la cara roja y los ojos chinos, pero en ese momento se quebró. El mismo hombre que horas atrás había hablado del país que seríamos, que decía que ya no habría familias separadas, que no creyéramos que iba a ser imposible, lloraba a Neomar al lado de un encapuchado que fumaba compulsivamente e intentaba, las manos temblorosas, hacer una llamada. El recio Miguel Pizarro, el que se le planta sin chaleco ni casco a la GNB y aguanta bombas tapándose la nariz apenas con el brazo, estaba sentado en una isla gimiendo. “Nada más triste que un titán que llora” escribió Rubén Darío. Y no le faltó razón. Lo que le faltó fue ver morir a sus pies, con apenas 17 años y un cráter en el pecho, a un titán que luchaba contra una dictadura.

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