Yo vi clases con Allen Ginsberg

Texto por: Níyume Figueroa

Nuestro primer encuentro fue en 1993. El Círculo de Bellas Artes de Madrid lo había invitado a una lectura. Llegué con un libro de Kerouac y una de las primeras ediciones de HowlAullido–, su poema más conocido. El Maestro beat abrió y cerró su presentación con poemas de William Blake, recitó con la ferocidad de todo su cuerpo fragmentos de Howl, mientras los traductores trataban de igualar un poco esa desbordaba energía que el poeta regalaba esa noche. Al finalizar la velada –frente a él–, advirtió que estaba apretando contra mi pecho el libro de Kerouac.

—¿Por qué aprietas así a Jack?, ¿te gusta?, ¿te parece guapo? —preguntó.

—Sí, me gustan sus libros y su figura también —contesté.

—Jack no era una marica judía y comunista como yo, aunque tuvo sus momentos de confusión. Era futbolista y le gustaban las chicas de una manera oral, era muy oral con ellas… Sobrio podía haberles respondido a tus hormonas.

Los de la fila y sus acompañantes sonreían, pero a mí no me resultó gracioso; es más: no entendí el comentario. Me fui molesta, ofendida y dispuesta a cerrar allí mi etapa de admiración beatnik; salvo por Kerouac. Meses después, en una cena, me encontré a Ginsberg, y esa vez me lo presentaron: sonrió despacio, como si me conociera, y saludó cordial en su limitado castellano. Traté de evitarlo toda la noche, pero la madera beat del poeta notó el rechazo y, haciéndole honor a su condición de profeta de la contracultura, me invitó a un encuentro de jóvenes escritores que organizaba la anfitriona de esa noche; fue específico: “Sin publicidad”. Read More…

En las profundidades de la tierra…

Texto y foto Arianna Arteaga Quintero –@arianuchis–

Adoro la naturaleza en todas sus expresiones –navegándola, remándola, caminándola, recorriéndola, volándola–, pero cuando se trata de conocer una caverna entro en un dilema entre la curiosidad y la aprensión que me genera saberme bajo tierra. Sin embargo, cuando recibí la invitación de Imerú Alfonzo para conocer la cueva Alfredo Jahn ni lo pensé: moría por conocerla. Read More…

Ese libro es una porquería

 

Por Jesús Torrivilla @jtvilla

Te obligaron a leerlo en una materia y lo aborreciste, te lo compraste porque ganó un premio y te decepcionó, quizás pensaste que podrías entender por qué todos llaman a esa obra un “clásico”. Luchaste con cada página. Con tus amigos dices a viva voz que odiaste ese libro, que es una basura. Pero escrito así, titulando un artículo, suena duro. Este es un ejercicio de catarsis en un país tan acostumbrado al –no tan soterrado– hábito de jalar mecate, de ser diplomático, hipócrita. Tanto que coqueteamos ahora con la autocensura.

Esto, además, pretende ser una advertencia, de pana, de lector a lector. Por eso les preguntamos a cinco escritores venezolanos por los libros que les parecieron sencillamente malos. Las razones son libres: desde la calidad literaria hasta el libérrimo gusto.

Detestar un libro tiene un peligro absoluto: que piensen por un momento que también se desprecia la lectura. La advertencia nunca está de más. Sin embargo, todos nos hemos encontrado con algún libraco que no nos conmueve, que no nos sabe bien. Es una cuestión, digamos, culinaria. Precisamente, Eduardo Sánchez Rugeles –ganador del premio Arturo Úslar Pietri de novela en su primera edición y ex profesor de literatura– es de los primeros que despacha sin piedad: “Hay gente que disfruta comer, por ejemplo, remolacha, pero yo no la soporto, me resulta vomitiva. Y vomitivo literariamente, para mí, es Bryce Echenique. No puedo con él, no me gusta; su humor me resulta insulso, no me hace reír, no me hace sonreír, no me conmueve, no me seduce, no me dice nada. Reo de nocturnidad me pareció muy mala, pero la peor, sin duda –pues ni pude terminarla–, fue El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz. Sé, sin embargo, que Bryce, más que un club de fans, tiene una trayectoria y un grupo de lectores muy serios, y eso lo respeto. Yo, particularmente, no lo paso”.

También descarga en contra de Mantra, de Rodrigo Fresán: “He llegado a afirmar incluso –tras revisar otros textos de manera superficial– que Rodrigo Fresán no tiene nada, que es un loco; pero, como te decía anteriormente, son opiniones biliares, juicios que nacen desde lo volitivo, desde el disgusto. Reconozco que Fresán, en la última década, ha configurado una trayectoria con títulos importantes”. Sin embargo, aclara: “Si me tocara ver a un chamo con un libro de Fresán en las manos y el tipo, extrañamente, lo estuviera disfrutando procuraría no censurarlo. Pensaría que está confundido y que, ojalá, supere ese triste momento de su vida, pero nunca le diría que no leyera”.

Quizás no haya nada peor que esperar demasiado de un libro, ya sea por nuestras expectativas, sus cifras de ventas o sus promesas de fácil redención. Gisela Kozak Rovero –escritora, profesora de la UCV y columnista de Tal Cual– nos hace un par de oportunas advertencias. Alejémonos, por ejemplo de “El código Da Vinci, de Dan Brown. Sí, ya sé, le gustó a todo el mundo y Brown se llenó de dólares, pero es pésima. Una ristra interminable de párrafos cortos –como de adolescente en vías de aprender a redactar– impregnados de una petulancia insoportable: pseudo-ciencia, pseudo-religión, pseudo-literatura. Reconozco, claro, que en mi caso es duro tener la razón en contra de la voluntad general. Para la gente que gusta de la mezcla de religión y literatura, El evangelio según Jesucristo, de José Saramago, es una gran alternativa”.

Tampoco hay galardón que valga con El Vano Ayer, de Isaac Rosa, pues es –según Kozak–: “Una novela de los años setenta para un jurado comunistoide de los años setenta. Se habrá ganado el premio Rómulo Gallegos, pero es solo un ejercicio de taller de un tipo muy talentoso. Quien quiera leer sobre el franquismo que lea Beatus Ille, de Antonio Muñoz Molina, uno de los mejores escritores vivos de lengua española”.

Asimismo, no es tímida al sugerirnos evitar todo Paulo Coelho: “A la basura sin pensarlo. Claro, es multimillonario y pertenece a la Academia de la Lengua en Brasil. Soy una envidiosa, seguramente, no hay alternativa”.

Israel Centeno –narrador finalista del premio Planeta Casa de América– también tuvo su mala experiencia con Coelho. Aunque especifica que “por cábala” siempre termina los libros que comienza, Veronika decide morir le pareció “muy malo”. “Me lo leí una tarde en la que estaba encerrado en un almacén y había terminado un inventario, cuando trabajaba para una librería virtual; realmente infame”. De igual forma advierte en contra de El Zorro de Isabel Allende, Aníbal de Tom Harrys y Omertá de Mario Puzzo.

Las tentaciones del mundo de la literatura son varias. Tal vez no tantas como en negocios quizás más antiguos que el mismo oficio de escribir, pero existen. Un escritor se puede perder entre sus propias pulsiones creadoras y la idea de su lector ideal, como lo denomina Umberto Eco. También están por allí los críticos, pululando. Por eso Fedosy Santaella –galardonado novelista y cuentista que salta fácilmente del mundo escrito al audiovisual–, si bien prefiere no hablar de qué libros no le gustaron, aprovecha para denunciar un síndrome preocupante. Lo llama el campesinismo literario: “El escritor campesino cree, por ejemplo, que debe seguir tendencias literarias para que la gente hable bien de él y diga que es un fenómeno; ni siquiera para que sus libros se vendan, sino para entrar en yo no sé qué panteón nacional de la literatura. Uno los lee y sí, posiblemente sus libros estén muy bien escritos y cuenten historias que lucen muy del gusto de la gente ‘inteligente’, pero en realidad son libros sin vida, sin honestidad y sin retos”.

Para él, “un escritor escribe historias que a la gente le gusta leer”. El término campesino hace referencia a gestas de caudillos, vicios premodernos y rencillas decimonónicas: “El problema es que cuando uno trata de sacar la cabeza por encima de la olla, vienen los que están con uno allí y lo halan para abajo. Pensar distinto pareciera no solo un pecado para los gobernantes de este país, sino también para los que se pretenden ‘gobernantes literarios’ del terrenito nacional. No se trata de libros malos, se trata de malas actitudes”.

Y hay también compromisos ineludibles. Colette Capriles –psicóloga social con maestría en Filosofía, columnista de El Nacional y profesora de la Universidad Simón Bolívar– no escatima en admitir: “Hay libros abominables que hay que leer (pienso en Los diarios del Che, por decirte algo que trabajo en mis clases), libros que chocan con nuestras convicciones, y que ni siquiera tienen valor literario”. Ahí es donde, precisamente, la lectura como placer se estrella contra el muro de la obligación, de la curiosidad… ¿del deber?

Acerca de sus propios chascos literarios, Capriles duda. Nombra a Isabel Allende y critica el “uso programático del realismo mágico”, pero inmediatamente recuerda: “Un libro malo en el que avancé bastante fue Beatriz y los cuerpos celestes, de Lucía Extebarría. Sí, ese sería, en mi selección, el más malo de los malos: mala escritura, anécdotas sin importancia, y un premio Nadal por describir aventuras sexuales adolescentes”.

Más adelante, en su respuesta, se excusa: “Lamento que mis dos ejemplos de mala escritura sean obras de mujeres. Suele suceder… Recomiendo entonces uno de Herta Muller –cualquiera–, porque escribe como los dioses. Digo, ¡para cumplir con la cuota de lo políticamente correcto!”.

Sabemos, de todos modos, que los consejos se los lleva el viento. ¿No era ese el dicho? Estas advertencias se quedan aquí, para regodearse en disgustos comunes o, quizás, sentir vergüenza por placeres culposos. Sin que le quede nada por dentro, Fedosy Santaella nos ofrece una sentencia final que bien podría ser el motor propio e íntimo de cada lector: “Eso sí, nunca dejaré de leer libros que me diviertan, aunque yo mismo me vuelva un pesado escribiendo”.

Ojo con: Joaquín Ortega

Del humor y sus diez reglas

Texto por: Joaquín Ortega

Escribir humor es una labor que se prueba todos los días. Es como ser boxeador y aguantar unos rounds… o como ser deportista y darle unas cuantas vueltas a la pista sin terminar con una bombona al cuello.  Escribir para radio y TV implica descifrar una serie de claves que te permitirán asumir, si estás frente a un sacrificio o simplemente frente a un tipo de tarea, con ciertas condiciones que hay que cumplir.

El primer asunto es el pago: ni es tan bueno ni es tan regular. Otro es el tiempo. La propia lógica de las producciones nacionales te hace saber cuándo vas a entrar, pero nunca cuando vas a salir de los estudios. Cuando tienes la oportunidad de responder “cómo se vive de lo que vives” te asaltan miles de dudas y certezas. Las dudas se las confieres a la casualidad, a un regalo divino, a un afán conectado con tus propias locuras. Las certezas sabes que están del lado de la constancia, la paciencia, la madurez y ver hacia adelante. Por otro lado, también la reflexión te conduce a darte cuenta que no sólo se escribe humor para uno mismo. Nunca es un ejercicio onanista. Se compone para un público y para algunas sensibilidades. Se aprende con el tiempo cuál es el tipo de chiste que abre la comunicación con las otras risas, pero luego, te das cuenta que debes moverte y dejarlos atrás.

Lo fundamental es nunca escribir el primer chiste que se te viene a la mente, sino el segundo. Escribir no es lo mismo que mantener la conversación arriba cuando estás al aire o frente a una audiencia. Guardo con muchísimo cariño las enseñanzas de las primeras voces en el humor escrito, y también aprendí que se debe admirar, pero con distancia. Si se quiere tener personalidad propia, tenemos que matar a los padres intelectuales. Read More…

Big Bang: Entre el libro y el ebook

Texto y Fotos por Jesús Torrivilla

La industria del libro llevaba quinientos años incólume. Ninguna innovación importante había amenazado directamente con cambiar el negocio editorial hasta ahora: la llegada del ebook ha comenzado a introducir un nuevo paradigma en lectores y empresarios del mundo literario. El cambio es inminente.

Gutenberg nunca pensó en nuestras espaldas: todo el mundo alguna vez en su vida se ha tenido que enfrentar con la expresión cargar un libro –en su sentido más grave–, ya sea con pesados volúmenes universitarios, terribles enciclopedias escolares o las más de mil doscientas páginas de la novela 2666 –para entretenerse en una semana de playa en Margarita. La humanidad tuvo que enfrentarse a la insoportable gravedad del ser de los libros durante mucho tiempo.

Sin embargo, las asombrosas cifras de ventas del libro digital nos dicen que llegó el momento de que la letra escrita se libere de su peso tradicional. Según la consultora DigiTimes Research este año la venta de ciber libros se está triplicando: si el año pasado se vendieron 3,8 millones de unidades, este año se prevé que la cifra de ventas sea de 11,4 millones. La industria editorial, asustada hace unos años por los tiempos de crisis, tiene una oportunidad a la vuelta de la esquina.

Los principales contendores del ring libresco no pueden esperar por hacerse de este nuevo mercado que está creciendo con avidez. ¿Quiénes están al pie de guerra? El Kindle, comercializado por Amazon, es una de las principales potencias; cuenta con una capacidad de conexión 3G que permite comprar de forma inalámbrica cualquiera de los más de quinientos mil libros que Amazon posee en su catálogo. En este momento, su principal contendor es el Nook, el lector de la cadena norteamericana de librerías Barnes & Noble, que destaca por su doble pantalla: la estándar de los eBooks –con la tecnología e-ink que facilita la lectura– y una pequeña a color –con la intención de espantar al fantasma analógico del blanco y negro. El outsider de esta contienda es peligroso y viste un uniforme llamativo y deslumbrante: el iPad, de Apple, también quiere conquistar a los lectores, pero su precio inicial de seiscientos dólares es un punto álgido.

Aquí se dividen los intereses. ¿Quieres un dispositivo que además de lector de libros en pdf tenga otras funciones? Es la discreción de un lector de libros –que ronda los doscientos cincuenta dólares– versus las pretensiones de un aparato que el mundo todavía no tiene muy claro para qué sirve, pero sí que va a revolucionar algo –y que cuesta más de quinientos dólares. El poderío de Apple es, como diría un lector de Gallegos, insoslayable, por eso la industria tiembla.

Con estas cifras, nos queda claro, el panorama internacional es optimista. Pero ¿qué hace un venezolano con toda esa parrafada de dólares, tinta y futuro? Roger Michelena –librero de trayectoria y líder de los más de ocho mil seguidores de su cuenta en Twitter, @libreros, en la que publica a diario información sobre el acontecer literario– es quien nos ayudará a responder estas cuestiones. Según él, en nuestro país existen un buen número de obstáculos para que el público adopte el libro digital: el costo del soporte, las dificultades de importación y la “casi imposibilidad” de pagar en moneda extranjera para descargar algunos libros constituyen los principales; además de la fuerte relación libro-papel con la cultura que predomina en nosotros: el fetichismo de ver la obra publicada en físico.

El retraso es patente: “Nuestros editores todavía usan fax. Estamos en la punta equivocada de la lanza en materia tecnológica. Incluso, en las mismas universidades un gran handicap lo constituyen las normas de acreditación académica: el formato electrónico todavía no es aceptado como una publicación válida”.

Michelena cree que los autores deben saber aprovechar la oportunidad del libro digital. “Los escritores nacionales tienen poca o ninguna representación en las ferias internacionales, editar en el país es cada vez más oneroso –el costo del libro en Venezuela es el más alto de América Latina. Los autores arriesgados que creen en el valor de su obra no deben desestimar la ubicuidad que les presta tener en digital sus trabajos”.

La lección que él extrae va más allá de formatos. Nos recuerda que en un ordenador portátil, una computadora de escritorio o un pendrive se pueden trasladar libros. Más allá del iPad o del Kindle, la apuesta es otra: “Lo más importante es la palabra, no el soporte que la contenga”.

Jimmy Flamante: mucho más que música de pizzería

Por Patricia Anuel @patyneta

Fotos Fotoruido @fotoruido

Penetrar en los headquarters de Juan Medina AKA Jimmy Flamante es una experiencia abrumadora. Su habitación está inundada por una vorágine casi perfecta: cables arremolinados en el piso; aparatos indescifrables llenos teclas y botones de colores; y una montaña de franelas que se erige en medio de todo, entre revistas y sábanas, como señal inequívoca de que debajo de tanta tecnología sigue él, un ser humano de carne y hueso lleno de códigos binarios, pero humano al fin.

Este es su microcosmos: una pequeña macbook blanca en el centro y un montón de artefactos girando a su alrededor. La teoría del caos nunca tuvo un representante más adecuado. Toda una sinfonía de orden y desorden de la que surgen melodías y beats llenos de vísceras y emociones.

Jimmy Flamante comenzó con la música hace diez años. Wu Tang Clan y específicamente RZA lo incitaron a conocer un poco más acerca de la creación musical mediante software. “Yo compraba revistas como Future Music porque aquí no existía mucha información acerca del tema. Tampoco había tiendas donde comprar samplers profesionales, así que la solución más económica siempre fue usar el computador”.

A pesar de la anarquía que reina en su habitación queda claro que en su mente ocurre algo diferente. El diseño gráfico –carrera que dejó para dedicarse por entero a la música- le ha ayudado a ser meticuloso en la selección de sampleos, y cumple con un rigor casi inquebrantable para producir sus pistas. Se dedica a crear minuciosamente cada sonido que utiliza, todo esto con el fin de lograr que suene a lo que tiene esquematizado en su cabeza.

La música de Jimmy posee una profunda influencia del hip hop y del IDM (Intelligent Dance Music), aunque admite que no le gusta encasillarse en ningún género. “Escucho funk, dubstep y rock. Eso me inspira y me otorga cierta libertad para hacer lo que quiero. Mi música es muy honesta y emocional. Definitivamente, depende mucho de mi estado de ánimo”.

Ya tiene tres discos en su haber: Girls, friends & enemies (2003), Soulseek me prestó un Mc (200) y El drama de Lacreación (2007). Aunque trabaja en su cuarta producción, confiesa que no ha tenido mucho tiempo para completarla. “Ahora estoy produciendo a tres bandas y a unos raperos. Además, tengo un curso para iniciación musical llamado Beats and Bass. Hago muchas cosas a la vez, pero me gusta. Espero que de mis cursos salgan nuevos exponentes de la música electrónica caraqueña”.

A pesar de que su inicio estuvo a la par de la movida de Drum and Bass en Venezuela, él se deslinda instantáneamente de ella. “Probablemente voy a sonar burda de hater y no me importa, pero aquí nadie se arriesga, la actitud es siempre buscar lo que es seguro. El Drum and Bass es un tiro al piso porque es un genero de 180bpm. Cualquiera baila con esa vaina. Una vez, y estando en una fiesta de esas, una chica me dijo que lo que yo ponía era música de pizzería. Ella esperaba un ritmo frenético que la hiciera volar y mi música era muy lenta. Aún me da risa. Creo que es el comentario más extraño y cómico que he recibido”, confiesa.

Afortunadamente, los tiempos han cambiado y ahora Jimmy forma parte de los productores venezolanos más reconocidos del país, junto a músicos como Cardopusher, Pacheko y Nuuro. Su carisma y talento han cruzado las fronteras, por eso no descarta irse a otro país para enfocarse en su carrera. Entre tanto sigue sonriente, meneando su cabeza al son de sus beats, tranquilo de vivir entre el caos de Caracas y el desorden de su pequeña habitación.

El mototaxi

Autor Catherin Valladares @CathVonD

Fotos Natalia Boccalon @nboccalon

Los caraqueños nos hemos acostumbrado a vivir en un estacionamiento de inmensas dimensiones. El tráfico viene con nosotros desde que nos montamos en el carro y no se baja hasta que llegamos a nuestro destino. Los más audaces han ideado un plan estratégico para evadirlo, el resto decidió entregarse a la filosofía de la impuntualidad. Así, con imágenes de una ciudad donde el tráfico es protagonista comienza el documental Mototaxi, “una realidad caraqueña”.

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BMX: Deporte Nacional

Autor: Joseph Artiles   –@joartilesl-

Los deportistas venezolanos, además de los obstáculos tradicionales, tienen que superar otros tantos que vienen con las condiciones del país. Por eso, para quienes lo logran, para quienes superan todo y alcanzan el triunfo, el mérito es mayor. Muchos de ellos terminan abandonando Venezuela, pero el orgullo es el mismo. Todo esto suena a beisbol y Grandes Ligas, si acaso a fútbol. Pero no, acá también hay quien destaca en basquetbol, surf y, cómo no, BMX.

Todo empezó cuando, con tan sólo quince años, Daniel Dhers decidió que quería dedicarse al BMX por el resto de su vida. Fue durante el año 1998 el día en que debutó en un skatepark y “voló” por primera vez en su bicicleta. Ya para el 2003, tras viajar a Argentina y Estados Unidos, donde tuvo oportunidad de perfeccionar sus habilidades, Daniel se hizo profesional.

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