La Restinga al Natural

Texto por Arianna Arteaga Quintero -@arianuchis

Este artículo salió publicado en la 9na edición de Revista Ojo en la sección Por los Caminos Verdes de nuestra amiga Arianna Arteaga Quintero.

Margarita es un destino que complace casi todos los gustos: playas, tiendas, gastronomía y rumba. Uno de los clásicos margariteños de toda la vida es recorrer la Laguna de la Restinga en unos peñeritos que salen de Macanao. Dura cerca de media hora y termina en la playa, un paseo simpaticón y bien típico de la isla que suele terminar con un buen atracón de ostras. Read More…

Mariana Vega regresa

Texto por Andrea Rosa

La cantautora caraqueña Mariana Vega se tomó un chance fuera  de la gira promocional que está realizando en México para responder nuestras preguntas.  Los que no crean en el destino deben conocer su historia, pues todo empezó cuando decidió tomar una guitarra y tocar una de sus composiciones en la boda de su prima. Fue allí que un representante de la industria musical escuchó su música por primera vez. Ya sabemos lo que pasó…

¿Cómo fueron tus inicios en el mundo de la música?

La música siempre ha sido parte de mi vida. Estudié hasta los 15 años en el colegio Emil Friedman de Caracas, conocido por su educación musical. Allí, aprendí de teoría y solfeo, aparte de tocar cuatro y flauta. A la vez, formé parte de la coral del colegio por ocho años.

Al cumplir quince, cuando me mudé junto a mi familia a Canadá, fue cuando empecé a componer. Me regalaron una guitarra y empecé a escribir mis despechos (que eran muchos en ese momento por haber dejado a mi país, mis amigos y gran parte de mi familia). Era como una terapia. Después de cuatro años en Canadá, regresé a Venezuela para el matrimonio de mi prima, en donde canté, y resultó que alguien de la industria musical estaba entre los invitados y se interesó en ayudarme. Así fue que comenzamos a grabar un primer demo, que luego resultó ser mi primer disco, “Háblame”.

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La felicidad de un descuento

Texto por Jessica Marquez

La emoción de encontrar justo lo que estabas buscando, en descuento, es como pocas. El enterarte de que el golpe va a ser menor de lo que esperabas es algo que siempre produce una muchas veces no confesada satisfacción. Por ello, las tiendas y compañías juegan con nuestros sentimientos. Basta que pases frente a una vitrina —de ropa para las mujeres, de computadoras o videojuegos para los hombres— para que suspires desalentad@ porque necesitarías dedicarte al ayuno por un tiempo para pagar el objeto de tu deseo. Pero, entonces, algo capta tu atención: puede ser un anuncio, un afiche, un letrero escrito o pintado a mano. Lo importante es que tiene la palabra mágica: descuento.

Tu corazón empieza a latir con rapidez y la expectativa crece como un globo que se infla en tu interior. Te acercas al vidrio, temeros@, porque puede ser que lo imaginaste o un engaño de la miopía. Pero no, es cierto. 15, 30, 40% menos, y tienes que contenerte para no empezar a brincar por el pasillo del centro comercial o la acera que recorres. Entras en la tienda con aire triunfal, pensando en que comer lechuga y volverte ermitaño no es tan malo porque, por lo menos, tendrás lo que quieres. Entonces, te acercas a un “amable” vendedor y preguntas por “el descuento” que ofrecen, y, luego de herir las tarjetas de débito o crédito, o de vaciar la cartera o monedero, sientes en tus manos lo que querías: lo has logrado y costó menos de lo normal. Sales de la tienda como si todos tus problemas se hubieran solucionado, y te vas caminando a tu casa, porque ya no tienes ni para el autobús.

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Bodyboarding con Izamar Vivas


Texto por Marisabel González Ocanto

Para Izamar Vivas, lo que empezó como un simple pasatiempo con amigos terminó llevándola a grandes competencias internacionales y a ocupar, actualmente, el noveno puesto en el ranking mundial de Bodyboard.

Después de esperar su regreso del primer tour de la IBA (Asociación Internacional de Bodyboard), celebrado en las playas de Hawái, en febrero de este año, la buscamos para que nos contara su experiencia con este deporte.

Se inició en el bodyboard a los 15 años, con un grupo de amigos del bachillerato, pero la constancia y el gusto por las olas permitió que, en el año 2006, debutara a nivel internacional en los Juegos Olímpicos de Policías y Bomberos, celebrado en Australia.

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Empresas Polar: 70 años de tradición venezolana

Empresas Polar no es una compañía común. Sus productos, más allá de tener años en el mercado, han cambiado la forma de vida de los venezolanos. El sueño de todo empresario se ha cumplido porque todas sus marcas se han convertido en la referencia nacional. Entre los productos más característicos de Venezuela se encuentran “la polarcita”, pero nada más enigmático que la Harina Pan. Las arepas son el elemento más distintivo de nuestra identidad gastronómica. Sin embargo, “El pan americano”, como lo conocen los extranjeros, no estaría en todas las mesas del país si no fuera por una idea de la Polar con la que revolucionó su preparación, al simplificarla increíblemente, con la invención de la querida Harina Pan. Actualmente, los pilones han quedado de adorno, y eso de moler maíz es una práctica que sólo cabe en algunas canciones tradicionales, que no se realiza en los hogares de esta nación. Hoy, que las Empresas Polar cumplen 70 años de haber irrumpido en la venezolanidad, vale la pena revisar la historia de este producto.

Para conocer más de la historia de historia de la Harina Pan haz click aquí http://bit.ly/8ZcYSE

Felicitamos a Empresas Polar en su 70 aniversario

Dos semanas en Sao Paulo

Aprovechando el pequeño escape que ofrece carnavales, decidimos compartir la sección Mochilero que salió en la cuarta edición de la revista. Disfrútenla.

Texto por Korangel Bueno

Cuando mencionan Brasil, ¿cuáles imágenes llegan a la mente? Sí: fútbol, calor tropical, alegría, baile y mucha música. En nuestro caso esto comenzó a cambiar desde que compramos el pasaje con destino a esa tierra de encanto: uno de los requisitos para visitantes extranjeros es el certificado de vacunación contra la fiebre amarilla. “Por lo menos no tuvimos que sacar una VISA, como se le exige solo a los norteamericanos”, comentó mi hermana. Yo le contesté: “Ese es un tratado de reciprocidad”.

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Teatro: ¿Sólo actuación?

Texto por Marisabel González Ocanto

Una de las opciones cuando se quiere salir de la rutina es ir al teatro, y disfrutar de un buen montaje. Sin embargo, el éxito o fracaso de una obra de teatro depende, entre otras cosas, de cómo fue su etapa de producción.

Félix Guedez, estudiante de Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello, con tan sólo 19 años, es productor de teatro y sabe cuán difícil puede ser montar una pieza y, sobre todo, una buena. Lo buscamos y le pedimos que nos contara sobre él y su trabajo:

¿Cuál es la importancia del productor en una obra de teatro?

El productor se encarga de buscar todo lo necesario para producir la obra: ayuda económica, vestuario, utilería, escenografía, cobertura de la prensa y temporadas en las salas de teatros. En varias ocasiones, puede buscar a los actores, pero casi siempre el director se encarga de esa parte.

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Confesiones de una bailarina

Fotos por Jonás Cordero

Texto por Andrea Rosa Capriles

Samaira Lynn Patiño es bailarina profesional de danza moderna, un estilo distinto e innovador. Es posible afirmar que lo practica desde el vientre materno, porque ya a los dos años asistía a la escuela de baile Raíces Danza. Tiene apenas 19 años y es profesora de futuras bailarinas, ha presentado más de treinta piezas en su vida artística y promete un gran futuro. Por ello, decidimos entrevistarla.

A: ¿Qué sentimientos transmites o desahogas a través del baile?

S: De chiquita bailar me hacía sentir diferente, “grande”. Siempre fui la primera en los actos de colegio y eso me motivaba a ser mejor, me sentía especial porque hacía una actividad distinta.  Luego fui creciendo y empecé a tomar la danza realmente enserio, este arte se volvió parte de mí y hoy por hoy no podría pasar más de un par de días sin bailar

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Entre Copas y Colores

Texto por Manuela Moore

Uno pudiera pensar que entró en el país del electro-pop, donde Britney, Shakira y Madonna son deidades y los cuerpos danzantes simples mortales, creyentes, coristas de las alabanzas divinas, en medio de un arcoíris de colores y un aire festivo. Pero la verdad es más simple, y más compleja: entramos en el reino de Dionisos, donde nada es distinto, donde todos somos iguales.

Copa’s es un pequeño recinto donde los GLBT –Gays, Lesbianas, Bisexuales y Transexuales– pueden olvidar la homofobia y el falologocentrismo. Abrió sus puertas hace más de trece años –un 19 de abril– como un local lésbico, para cubrir el nicho de los lugares nocturnos para féminas. Siete años después, la discoteca inauguró el miércoles de hombres y el jueves de mujeres; entonces los chicos fueron bienvenidos –junto con la integración– y empezaron a asistir los fines de semana, llegando a superar en número a las mujeres. Paradojas de la vida.

Una amiga, un amigo y yo –heterosexuales aventureros, ignorantes de lo que íbamos a vivir– temíamos el rechazo, a la expectativa de lo que pudiera haber dentro. Copa’s nos recibía con la puerta cerrada –a pesar de la confianza que inspiraba El Rosal–, con gente afuera y un timbre que indicaba que allí, sobre todo, la seguridad era cosa importante. Una rubia de audaz corte de cabello abría y decidía a quién dejar entrar. “Cédula en mano”, decía; mirada escrutante; y las manos de un monumento oscuro tanteaban los lados de nuestros cuerpos.

No faltaba quien se quedaba afuera, y uno recordaba aquel cartel que, adornando la puerta, rezaba: “Local privado. Se reserva el derecho de admisión”. Luby Romero, una de las dos actuales dueñas del local junto a Diomarina Méndez, explicaba con el desagrado de pasados incidentes: “Dejamos afuera a los homofóbicos, que entran para insultar a nuestros clientes; antes pasaba mucho. Por eso evitamos que entren heterosexuales, evitamos a ese tipo de gente; ahora son muy pocos los casos de homofobia”.

Una vez adentro, nosotros, curiosos observadores de nuestro entorno, analizábamos cada detalle como si se tratara de una obra de arte. Los brazos del chico de franela de Indiani rodeando el cuello del de camisa a cuadros mientras sus bocas se encontraban y la chica que venía con ellos –presunta lesbi– chateaba con desinterés; el muchacho solitario de mirada perdida, trago en mano y mensajes sin respuesta; las chicas de cabello corto, camisas de botones y pantalones anchos que miraban alternativamente a mi amiga o a mí con indiscutible atención; la conversación entre el fotógrafo sesentón y el alegre chico de delicados movimientos y altos niveles de espontaneidad; la gran masa de gente vestida de ejecutiva, cual oficinista recién salido del trabajo. Así, entre el jolgorio y el bululú, descubrimos que lo que más pululaba eran los estampados, las camisas de botones, el sudor, la alegría y la sinceridad; la verdad sin tapujos: “¿Soy gay y qué?”

Algunos clientes iban en pareja, otros tantos con amigos; muchos tenían relaciones largas, otros iban en plan de búsqueda y unos cuantos confesaban estar allí a escondidas de su pareja y/o familia, por lo que preferían usar nombres ficticios. Las mujeres tendían a situarse a los lados, sin bailar, conversando y tomando; los hombres, en cambio, llenaban el recinto con el desenfado de sus pasos y corros, situados en medio de la pista, dejando que la música los guiara. Se respiraba una felicidad desbordante.

Entre más tarde más alcohol había en las venas y sexos distintos se juntaban en algún baile casual. En medio de la influencia de unos deliciosos tragos de Baily’s con Ponche crema, la evolución se hizo presente en nosotros: nos fuimos adaptando a nuestro entorno y bailamos, intercambiamos tragos y nos dejamos llevar sin prejuicios sexistas, moviéndonos como nos daba la gana: cantando, meneándonos y sintiéndonos gays hasta perder la noción del tiempo. Así, antes de poder darnos cuenta, terminamos sumergidos en el peligroso ritmo del reggaetón en un lugar en el que nadie veía extraño que dos chicas estuvieran haciendo un sándwich con un hombre; muchas parejas de hombres y mujeres perreaban con una intensidad que sonrojaría mejillas y despertaría pasiones. Éramos, en apariencia, parte de la norma: unos más entre el montón.

En medio del frenesí, los bisexuales hacían su aparición, sabiendo que las inhibiciones habían quedado atrás. No importaba que fueran criticados por las dos caras de la moneda –héteros y homos– o que no fueran de un lado ni del otro: estábamos en presencia de los ninis de la sexualidad. Unos nos echaban un ojo, otros miraban a alguna pareja homosexual y otros tantos se atrevían a hacer alguna movida.

Si el cuidador del baño se distraía se veía salir o entrar a una que otra pareja. Algunos no cuidaban el disimulo, terminando de subirse los pantalones al salir: nunca falta el que se enciende en sitios públicos.

Antes de la hora loca flamenca, que en esos predios funciona como el joropo en un local heterosexual, Nicole –un travesti cuya feminidad mantuvo en nosotros una incesante incógnita sobre su identidad– interrumpía a dos esculturas vivientes de perfección abrumante, bocas unidas y sensualidad a flor de piel: dos chicas de juventud radiante y grasa corporal nula que hacían babear a más de una. La estrella, causante de un cambio de ambiente, hizo que fuera necesario que nos bajáramos de la tarima –luego de una intensa sesión de baile más allá de contenciones– mientras subía con toda la maestría que requiere el tener tacones de aguja y un minúsculo vestido de escote enmudecedor para doblar las canciones más sonadas de La quinta estación con una precisión de relojería.

Así, con música de la aun llamada madre patria y una sonrisa en la cara, retornábamos ligeros, cansados y mareados a una descolorida Caracas, peligrosa y oscura, dejando atrás los cantos, los bailes y el alcohol. Era hora de dejar atrás a Dionisos, de volver a una realidad donde, para desgracia de muchos, también “se reserva el derecho de admisión”; un lugar donde inevitablemente el falo es el rey.

Ciudad de cuerpos colgantes

Texto por:  Zandra Beaumont

Despierto en mi cama extensa y desordenada, luego de una noche de sueños incoherentes y confusos. Lamentablemente, no soñé que caminaba de forma grácil por una pradera de brillantes verdes, con brisa fresca que movía mi cabello, mientras el sol iluminaba mi sonrisa dirigida a los pájaros que cantaban a mi alrededor. ¡No! Volví a tener la misma pesadilla que se repite periódicamente: disfruto enormemente de un trozo de carne tierno y jugoso, aún sangrante, que acaba de ser sacado de la parrilla.

Sí, la peor de mis pesadillas me despierta exaltada y angustiada; limpio las gotas de sudor que todavía corren por mi frente. La serenidad y el regocijo vuelven a mí al darme cuenta de que me encuentro en mi acogedora y agradable habitación. Simplemente fue la perturbadora quimera recurrente: uno de mis temores que me persigue y juega conmigo cuando mi mente trata de descansar en las noches.

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