TRAPECISTAWEB (1)

La trapecista

Por: Silvia De Mascarenhas

 

1 (2)

La idea de irse del país a estudiar fuera un año por aquello de la fabulosa vida de un estudiante de intercambio se convirtió en un plan lejano porque mantener a una hija fuera y a dos más en Caracas no era opción para sus padres. Laura comenzó la Universidad Católica Andrés Bello y cursó la carrera de Comunicación Social pagando con beca-trabajo para ayudar a sus papás. Comenzó a sentirse una extraña en su propio país cuando empezó a usar el metro para moverse a la universidad y a su trabajo del otro lado de la ciudad, y se encontró de cara con un racismo que le hablaba a través de las voces de los caraqueños gritando: “¿Catira qué haces aquí? Agarra tu carro y vete”. ¿Qué carro? Laura trabajó por años en Caracas y nunca tuvo carro. Jamás le dio el dinero para comprarse uno. Y Laura no es catira, sólo muy blanca.

2 (2)

Después de terminar la carrera, se dedicó a trabajar de lleno en la radio y en redes sociales, todavía con la esperanza de poder ahorrar para hacer un post grado afuera, y con la convicción de que tenía que irse a un sitio donde no te mataran llegando sudada a tu casa una noche de un día de semana, luego de trabajar 8 horas y pasar 2 en un sistema de transporte público insuficiente para la cantidad de usuarios.

Así, la inflación comenzó a comerse el dinero y sembrar ansiedad: Casi no están dando CADIVI Estudiante, Publicidad no está en la lista de carreras prioritarias para el Estado –“déjame ver por audiovisuales”–, tengo que legalizar los papeles, Estados Unidos es muy caro, Inglaterra también. Bueno, déjame ver en España. Acá hay uno que comienza en septiembre. No, olvídalo, los papeles no salen a tiempo. ¡Hay uno que comienza en enero! Ok, vamos a comenzar con los papeles.

3 (2)

No había otra forma de pagar el post grado y la manutención sin CADIVI, pero la idea de irse sin dinero la tenía considerando la idea de irse sólo con las divisas asignadas para viajero. “No –le dijo su papá– Vamos a intentarlo. Ten fe”. Le ofrecieron ayuda. Esa ayuda de estilo Rupelstinskin a la que los venezolanos nos someten para tratar de apaciguar nuestros nervios: pagar para que le aprobaran el cupo. En dólares un adelanto –“¡Coño, ¿qué dólares? Si estoy pidiendo CADIVI es porque no tengo dólares!” –; con lo que le depositaran de su manutención, el resto. Se lo pensó igual. “No –le dijo su papá– estás loca. Vamos a hacerlo como se debe”.

63.000 bolívares (año 2014) en pasaje de avión, horas de permiso en el trabajo para las legalizaciones, otra cantidad que no recuerda en un gestor para la apostilla, porque ya no daba para más, y la Visa: transfiéreme a mi cuenta para probar que tengo dinero suficiente para mantenerme; déjame pedirle la otra parte a una amiga; ahora hay que mover el dinero para que se vea real; hay que esperar un mes para que no se vea falso el movimiento; listo, aprobada. Me voy.

4 (3)

Hizo las dos maletas, se fue al aeropuerto en compañía de su familia. No lloró. Había demasiado en qué pensar, mucho que resolver. Su amiga, la que le ofreció la casa, no llegaba a Madrid sino hasta dentro de un mes. Se montó en el avión. Todavía no tenía CADIVI ni idea de cómo haría para pagar el resto del máster si eso no le llegaba; sí tenía unos ahorros, el sofá de un chico que le gustaba y que parecía estar muy emocionado por recibirla y verla de nuevo, y el pasaje de regreso, en caso de que el dinero nunca llegara. Lloró.

Llegó a Madrid en el día de la Cabalgata de Reyes. Otra amiga la acompañó en el metro con las maletas porque el tan emocionado chico tenía que trabajar y no podía recibirla. Cuando abrió la puerta de su casa estaba en pijama. Nunca salió a trabajar, tampoco a buscarla. No salió con ella a la Cabalgata, pero sí la acompañó a recorrer Madrid al día siguiente, con la chica con la que salía pero con la que no tenía nada serio. Se lo hizo saber. Como para que Laura estuviese al tanto de que podían estar juntos y la otra no se iba a molestar. El mes en el sofá fue algo incómodo, algo largo y una gran ayuda. No volvieron a hablar.

5 (2)

Se mudó a un apartamento con otros tres chicos, le aprobaron CADIVI aunque no llegó hasta meses después. El máster estaba pagado, tenía dinero para dejar de comerse los ahorros que quedaron en ínfimos 200 euros (sí, años de trabajo que se redujeron a 200 euros) y se dio cuenta de que vivir con un hombre que no es tu papá, tu hermano o tu novio es más complicado de lo que parece.

Consiguió otro apartamento con una amiga, se gastó la primera manutención y esperó paciente y sin casi nada en la cuenta los meses de retraso que se demoró la segunda manutención en llegar. Pero llegó. La tercera no se la quisieron incluir, entonces con esa nunca contó.

Pudo ahorrar algo, trabajó como comercial, no ganó ni un medio. Trabajó en un bar de dos pisos los fines de semana que le dio una resistencia digna de quien entrena en un gimnasio todos los días y las ganas de dormir de un oso en invierno.

6 (2)

Terminó el máster, las pasantías, se vencía su Visa. Con la convicción de no querer regresar a la plataforma de inicio, de no usar el pasaje de regreso, de no volver a los vagones de metro en los que era rechazada, usó lo que ahorró de CADIVI para pagar un segundo máster y así poder extender su Visa. A día de hoy no sabe cómo va a terminar de pagarlo.

7 (2)

Regresó a Caracas a la boda de su hermana menor. Su hermana que se casó con el novio de toda la vida. Un novio que cuenta con la suerte de ser español y de tener una familia cuyo negocio pudo ser mudado a las islas Canarias. Su hermana que al montarse en el avión de venida a España ya era legal, ya tenía a donde llegar y un trabajo al que aplicar.

Laura volvió a España sintiendo que regresaba a su hogar. Volvió a sus terceras pasantías, que le pagan poco (aún después de que en Venezuela era coordinadora); a su piso, que cubre a duras penas cada mes; a su nevera, que llena con lo justo; a sus caminatas para ahorrarse el costo de la tarjeta de transporte; a las dudas sobre cómo terminar de pagar el segundo máster y a los planes de cómo alargar su estadía unos meses una vez que lo termine para poder pedir la residencia por arraigo.

Se balancea para su segunda acrobacia, para el salto al otro trapecio. Se mueve concentrada, siempre con el riesgo a caer, enfrentando al vacío, tratando de no mirar hacia abajo y con la opción no querida de regresar a la plataforma de inicio: la del miedo en las calles, la que se come lo sueños y los planes con la inflación, la que dificulta tanto la independencia; pero se mueve. Lo hace con la determinación de hacer el último salto del emigrante. Ese en el que caes de pie luego de una actuación perfecta: legal y con trabajo fijo.