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Dos caras

Por: Emmanuel Rincón |  @emmarincon

No hará como Django: no saldrá a dispararles a todos los chavistas aristócratas en busca de justicia como en el western de Texas. Sus armas son otras. Su realidad es distinta. Pero Luisa Ortega está desencadenada. “El día que repartieron el miedo, yo no llegué”, dijo sin sobresalto, sin titubeos, sin preocupación, y no solo lo dice, también lo demuestra. Siguiendo el guion cinematográfico, algunos la acusan de ser la Severus Snape dentro de la revolución, y quizás su película no tenga tantos disparos y tanta sangre como cualquier film de Tarantino, ni la magia de cualquier entrega de Harry Potter; pero la Fiscal General de la República es la protagonista de un epílogo revolucionario para no perder de vista.

Pero, ¿quién es Luisa Ortega Díaz?, ¿de dónde salió?, ¿hacia quién son sus lealtades?, ¿cuáles designios la mueven? Las primeras interrogantes podemos responderlas escribiendo su nombre en el buscador, las últimas no.

Las primeras pistas sobre su deserción al chavismo las comenzamos a ver el último día de marzo del presente año, cuando declaró que las sentencias 155 y 156 del TSJ constituían una ruptura al orden constitucional, condenando la medida del máximo tribunal de la República con la cual el gobierno buscaba, vulgarmente hablando, disolver a la Asamblea Nacional electa por voto popular. Las protestas por el fallido impasse legal generaron una ola de manifestaciones que se ha extendido hasta nuestros días. Resulta trágico para el oficialismo concebir que toda la presión que se le ha venido encima ha sido producto de su propia imprudencia, pues de cierta forma despertaron la conciencia popular a base de muestras de autoritarismo totalmente inútiles para sus cometidos.

A principios de abril el cónclave político seguía estando cuadrado (no deforme como hoy en día), con los protagonistas principales y los actores de reparto sentados en ambos costados de la mesa, cada uno sabiendo cuál bando pertenecía, y la oposición especulando que las declaraciones de la Fiscal, siempre tan querida y adorada por el comandante Hugo Chávez, eran tan solo parte de un juego estratégico impuesto por el gobierno con el cual simulaban que en el país existía separación de poderes; luego de ello, entrado el mes de mayo, la Fiscal volvió a apoderarse de los focos condenando de manera categórica la violencia contra manifestantes, alegando que “no podemos exigir un comportamiento pacífico y legal de los ciudadanos si el Estado toma decisiones que no están de acuerdo con la ley”. Allí el mundo se vino abajo, al menos para algunas cabezas del partido oficialista, pues esta frase, que en un principio fue tomada por la mayoría del pueblo opositor como un simple saludo a la bandera, de pronto comenzó a cobrar no solo relevancia, sino también protagonismo… pero… vamos poco a poco.

Luisa Ortega Díaz, abogada de la República Bolivariana de Venezuela, especialista en Derecho Penal y en Derecho Procesal, sucedió a Isaías Rodríguez (ex vicepresidente de la República) en la Fiscalía General en el año 2007. Aquello, por supuesto, fue una designación no solo aprobada, sino también promovida por el mesías de Sabaneta, Hugo Rafael Chávez Frías, quien luego de apropiarse de todos los escaños de la Asamblea Nacional en el 2005, tras el desistimiento de la oposición para participar en las elecciones, empezó a nombrar a dedo, a través de sus representantes en el parlamento, a las cabezas de los distintos órganos superiores en Venezuela. Pero antes, mucho antes de ser una cabeza visible en los círculos revolucionarios, Luisa Ortega fue una abogada litigante que transitó por varios empleos, hasta acercarse a Hugo Chávez, primero fungiendo como consultora jurídica de VTV y luego adhiriéndose al Ministerio Público, en abril del 2002, tras el golpe de Estado en contra del Comandante, lo que viene a darnos una idea de cómo fue su relación con Miraflores durante los últimos 15 años. Como funcionaria, ejerció los cargos de Fiscal 7° del Área Metropolitana de Caracas, y Fiscal 6° Nacional con competencia plena; luego, el 18 de septiembre del 2006, fue designada Directora General de Actuación Procesal del Ministerio Público, hasta su escalada al estrellato de las cortes judiciales.

Desde diciembre del 2007, fecha en que nombran a la jurista como la Fiscal General de la República, hasta hace un par de meses, Luisa Ortega Díaz era uno de los personajes más repudiados por el pueblo opositor. No debe olvidarse que bajo su mandato se levantaron las controvertidas acusaciones contra Leopoldo López en el 2014, que culminaron con su arresto por “daños a la propiedad pública, instigación a delinquir y delitos de asociación para la delincuencia organizada”, lo que en el discurso del gobierno se traducía como terrorismo y haber propiciado los asesinatos de 43 venezolanos. Esta “olla judicial” se levantó desde el despacho de quien fuera durante años parte activa del brazo político del Estado para encarcelar opositores, favorecer juicios contra allegados al chavismo, disuadir las denuncias de corrupción, o esconder números que reflejaran los índices de impunidad en Venezuela. De hecho, en el sepelio del comandante Hugo Chávez, la Fiscal apareció en primera fila. Sin importarle las acusaciones de partidismo, allí estaba ella, despidiendo al Comandante, con un semblante irremediablemente conmovido; pero las piezas del rompecabezas no terminan allí: es un entramado más amplio y difícil de ordenar, pues cabe acotar que la Fiscal se encuentra unida sentimentalmente con el diputado a la Asamblea Nacional por el PSUV, electo en el Estado Lara, Germán Ferrer, quien hoy día, por el simple hecho de haberse enamorado de la mujer de cabello y ojos claros, pasó a convertirse en enemigo de la revolución.

Mucho debe considerarse a la hora de tratar de determinar los móviles de actuación de la Fiscal, pues fue el propio Diosdado Cabello quien en su rol de Presidente de la Asamblea Nacional la ratificó en el cargo el 22 de diciembre del 2014, tras liderar la caza de los “terroristas opositores” unos meses atrás; de hecho, el 5 de mayo del mismo año, la Fiscal acudió al programa “Con el mazo dando” del número dos del chavismo, y sostuvo con él una amena charla de una hora en la cual acusaron de terroristas y violentos a “un pequeño grupito del país”.

“Una de las cosas que en los últimos años nos enseñó el Presidente Chávez fue a asumir la responsabilidad, aceptar cuando se ha cometido un error, y reconocerlo ante el país. Entonces yo creo que allí ha habido verdaderamente un deseo de destruir no solamente la vida de los venezolanos amantes de la paz, sino también de destruir todas las infraestructuras e incendiar al país”, declaró la Fiscal en alusión a los actos de protesta promovidos por Leopoldo López y una parte de la MUD. De hecho, al cierre de la entrevista, Diosdado Cabello le anunció que la sesión de la Asamblea Nacional del día posterior a dicha plática se concentraría en debatir el encontronazo que había sostenido recientemente Luisa Ortega Díaz con el entrevistador de CNN, Ismael Cala, acusando a la cadena internacional de terrorista, ofreciéndole todo su apoyo, y abriéndole las puertas de su espacio, para todas las veces que quisiera dirigirse al pueblo venezolano –¿Será que el diputado dejaría hoy día a la Fiscal sentarse en la silla de ‘Con el mazo dando’? –.     

En todo este panorama tan confuso y abyecto, no puede dejar de destacarse que la oposición llamó negligente y corrupta en un centenar de ocasiones a la Fiscal, no solo por enjuiciar a los contrincantes al gobierno, sino por no investigar ninguna de las acusaciones que caían sobre las cabezas del chavismo, como el caso del propio Diosdado Cabello, quien al año siguiente fuera acusado de narcotraficante por Leamsy Salazar, Capitán de Corbeta miembro del primer anillo de seguridad de Hugo Chávez hasta su muerte, y que luego pasara al mando del diputado tras su defunción.

Ahora volvamos al presente, ese en el que Luisa Ortega está desencadenada, como Django, tirando acusaciones a diestra y siniestra, encarando a magistrados, levantando recursos, promoviendo actos de protesta en contra del quebrantamiento del orden jurídico, convirtiéndose en la ficha de poder más importante de la oposición. ¿Qué es lo que pasa allí?, o, mejor dicho, ¿qué fue lo que pasó?

Hay quienes insisten con la teoría de que la actuación de Luisa Ortega viene dada bajo las directrices del gobierno para “distraer”. ¿Distraer de qué? –me pregunto–, si ya todo lo ha ventilado, no solo al pueblo venezolano, sino al mundo. Si hay algo peor que el chavista enceguecido, es el opositor paranoico que cree que todos, inclusive su propia madre, conspiran para que el gobierno siga en el poder. Esa teoría se va de la tangente por los propios hechos. Luego hay quienes dicen que la Fiscal solo intenta salvar su pellejo ante la inminente caída del gobierno (esto puede ser); y también están quienes creen que la jurista, en un acto de piedad, compasión y misericordia, recapacitó, abrió los ojos y se dio cuenta de que el gobierno era el malo de la película (esto no me lo creo); una última vertiente, no muy popular por cierto, corresponde a lo que yo llamaría “los demonios del egocentrismo”, esta es por cierto una vertiente en la que, según el lenguaje corporal de la Fiscal, sus declaraciones y sus actuaciones, surgen como respuesta de una lucha interna de poderes: la han acusado bajo cuerda de no apoyar al proceso revolucionario, la han amenazado, y ella se ha hartado, los mandó a todos a Neptuno y ahora quiere demostrar quién puede más. No en vano, ya Iris Varela, Ministra para Asuntos Penitenciarios, salió a acusarla de estar inmiscuida en el escándalo de los Panamá Papers, junto a su esposo, el diputado Germán Ferrer; y Diosdado Cabello la tildó de traidora; en fin, quisieron intimidarla, le declararon la guerra, le tocaron el ego, y ahora Luisa Ortega Díaz, Fiscal General de la República, quiere demostrarle al chavismo que así como mandó a encarcelar a Leopoldo, y así como disuadió investigaciones en contra de los suyos, ahora puede hacer justo lo contrario e iniciar un movimiento que los mande a todos al calabozo, y a ella al estrellato.

Pero… porque entre tantos peros siempre hay unos más valiosos que otros, ¿qué fue lo que la llevó a distanciarse del proceso revolucionario?, ¿por qué iniciaron estos conflictos internos? Allí sobresale una circunstancia que nadie parece haber percatado: el secuestro de su hijastra María Ferrer (hecho que hoy día sigue sin ser esclarecido y del que poco se habló). Por coincidencia o no, el secuestro se llevó a cabo el mismo día que la Fiscal viajó a Brasil para solicitar información sobre los sobornos a venezolanos en el caso Odebrecht, el jueves 16 de febrero del presente año; con todas las fichas sobre la mesa, vale preguntarse, ¿quién secuestró a la hijastra de la Fiscal?, ¿bajo cuáles acuerdos fue liberada?, ¿hubo amenazas?, ¿hubo disputas?, ¿hubo intimidación?, ¿hubo negociaciones?, ¿dónde están los culpables?, ¿cuáles fueron los móviles del secuestro? Esa información la población la desconoce. Seguro los archivos están depositados en un gabinete ultra secreto de Miraflores, con copia en el despacho de la Fiscal, pero lo cierto es que la bomba estalló y no sabremos precisar por cuál costado, pero reventó.

Ahora Luisa Ortega Díaz está desencadenada disparando contra la nueva burguesía del país (el chavismo), al igual que lo hacía Django contra los blancos opresores latifundistas, y lo más importante de todo: tiene con qué hacerlo, pues de seguro, antes de salir a ventilar “sus graves preocupaciones sobre la alteración del orden constitucional”, tenía bajo la manga una serie de pruebas para mandar tras las rejas a todas las cabezas del chavismo. El final de esta historia seguro será espeluznante: desde ya empezamos a contactar a Hollywood para ir armando el libreto.

NICOWEB

Perfil de un tirano revolucionario

Por: Emmanuel Rincón | @emmarincon

Pocos sabrán que en su pasado, el actual mandatario venezolano fungió como guardaespaldas de José Vicente Rangel durante la campaña presidencial del año 83; es decir, que su cuerpo alargado servía como muro de contención y barrera contra cualquier intento de agresión hacia el entonces candidato y sus brazos se empleaban para abrirle paso a José Vicente cuando se decidía a caminar en medio de una multitud; no en vano, su metro noventa le facultaba para ser un perfecto receptor de balas, golpes, y hasta huevos, como bien supo demostrar durante su paseo militar por la apacible San Félix.

Pero antes de eso hay una historia, una no muy interesante, pero la hay: desde un nacimiento en no se sabe dónde (que hoy día sigue siendo un misterio, puesto que ni sus propios allegados logran ponerse de acuerdo) a las andanzas de un niño, y luego adolescente, que fracasó en todo lo que intentó hacer.

Hace un par de días, Nicolás apareció tocando el piano dándonos muestras de por qué abandonó los instrumentos para usar su cuerpo como muro de contención. No sabemos si intentaba darnos un mensaje de amor a la música luego de que sus esbirros asesinaran a Armando Cañizales, o rompieran el violín de Willy Arteaga, pero lo cierto es que cada vez que aparece para darnos muestras de sus “destrezas” únicamente fracasa; está claro que en lo único que ha triunfado es en consagrarse como represor y asesino de ciudadanos, pero vamos poco a poco.

Esta triste historia comenzó en Caracas, donde un Nicolás Maduro adolescente desistió de sus estudios de bachillerato para dedicarse a tocar el bajo en una banda de rock, tal como asegura la versión oficial. Lo cierto es que durante décadas, al hoy presidente de la nación no se le conocieron logros, mucho menos esfuerzos o habilidades. El mensaje de Hugo Chávez al designarlo como sucesor fue claro: a Presidente de la República puede llegar cualquiera, no se necesitan pergaminos, títulos o destrezas.

En los años 80’s, con la mayoría de edad cumplida, Nicolás Maduro vivía de las arcas de su padre, no se había preocupado por educarse, mucho menos por trabajar, y sí por gritar consignas de izquierda y afirmar que el mundo era un lugar injusto, ya que mientras otros paseaban en autos del año, a él le tocaba resignarse con el Fairlane anticuado de su papá. De esa forma, su corazón empezó a ir ahorrando… resentimiento, pues claro está que dinero no podía acumular vagueando por las calles de manera indefinida. Fue entonces cuando se acercó a los grupos de izquierda y el de José Vicente Rangel le dio la oportunidad de ganarse el pan: ‘tú lo único que tienes que hacer es poner el cuerpo y aguantar coñazos’, le dirían. Maduro aceptó, puesto que no tenía otros talentos, tampoco ambiciones, solo sabía que quería “igualdad”, que quería tener en su cuenta bancaria la misma cantidad de dinero que el abogado de enfrente, que el médico de la clínica por la que pasaba cada mañana, o que el ingeniero que había construido los puentes y elevados por los que se trasladaba día tras día.

Luego de que la propuesta de José Vicente Rangel fuera claramente rechazada por el pueblo, su salario sufrió el mismo destino. Ya no tenía a quien servirle de guardaespaldas, así que tuvo que buscar otro empleo, ¿y qué otra cosa sabía hacer Nicolás Maduro?: manejar un carro. Así fue como se convirtió en chófer de Metrobús. Detrás del volante tampoco resultó ser muy exitoso: en muy poco tiempo se hizo con el record de más unidades chocadas en la historia de la empresa, y también supo apuntar su nombre en lo más alto, en la lista de ausencias “justificadas”, siempre relacionadas con cuadros de asma o fiebres.

Sus contactos con grupos izquierdistas, y su deplorable actuación detrás del volante, lo llevaron a probar nuevos destinos, y fue así como terminó en Cuba realizado cursos de adoctrinamiento de cuadros políticos de izquierda en la escuela Ñico López; allí permaneció durante casi dos años, fomentando su odio hacia la derecha, aprendiendo a implantar un modelo político tan “eficiente” como el cubano, en lo que a él respecta, de igualdad y felicidad: es más fácil construir miseria para todos que propiciar las bases de la riqueza.

De vuelta a Caracas, su tiempo se dividió en fomentar la pereza, la apatía, y la inconformidad; su condición le parecía deplorable, pero no hacía nada en lo absoluto para cambiarla, únicamente contribuía quejándose e intentando sumarse a grupos de izquierda que compartieran su odio por la gente que ha logrado acumular riquezas. Pasados un par de años, decidió volver a ponerse detrás del volante, logró aliarse con los miembros del sindicato del sistema de transporte, y así reingresó a la nómina de conductores, a pesar de su récord poco confiable. Allí, gracias a las enseñanzas aprendidas en Cuba, consiguió posicionarse como uno de los jefes en el sindicato, y esto lo facultó para ausentarse del trabajo las veces que quisiera, negociar con los representantes de las empresas para las cuales laboraba, y exigir cada vez mayores beneficios a cambio de menos trabajo. Estos azares de la vida lo llevaron a conocer a Cilia Flores, estudiante de derecho que se tildaba a sí misma de “revolucionaria e izquierdista”, con básicamente los mismos propósitos que el chófer de autobús.

En el año 1992, un 4 de febrero, luego de abandonar su oficina de trabajo, se enteró por los medios de comunicación de que un grupo de militares estaba llevando a cabo un golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez. La noticia estremeció a Nicolás, y a la mañana siguiente, cuando vio a Hugo Chávez por los medios de comunicación declarando que “por ahora” los objetivos planteados no habían sido logrados, sintió un flechazo en el corazón. Fue amor a primera vista: ese hombre que se había robado la atención de todo un país se convirtió desde ese momento en su líder.

Fue por ello que un par de meses después, Cilia Flores, ya abogada de la República, hizo un acercamiento con Hugo Chávez en la cárcel de Yare, y a su vez le introdujo a Nicolás Maduro, quien desde el principio reconoció al Comandante como un Dios en la tierra, y aseguró que lo seguiría por cielos e infiernos.

Durante la campaña electoral de Chávez, puso al servicio sus mejores talentos: usando su cuerpo como muro de contención y manejando los vehículos en los que se transportaba el candidato presidencial. Fue así como logró hacerse con la confianza del mesías de Sabaneta, quien lo incluyó en las listas de su partido para acceder a un escaño en la Asamblea Nacional. De ese modo, un hombre que en el pasado no había podido lidiar siquiera con las materias del bachillerato se transformó en diputado.

El resto de la historia ya todos la conocen: envestido como diputado, el comandante Hugo Chávez lo propuso como Presidente del Parlamento, y sus partidarios lo votaron para hacerse con la silla más importante del Poder Legislativo; así, el cúmulo de aptitudes y logros de Nicolás Maduro (primaria básica, bajista mediocre, guardaespaldas, conductor de autobús con el mayor número de accidentes de tránsito) lo llevaron a ser la persona encargada de legislar en el país, y de aprobar los presupuestos de un de las naciones más ricas del planeta tierra.

En el año 2006 fue designado ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela. Aquello lo congració con Chávez aún más, promoviendo y apoyando las relaciones bilaterales del gobierno venezolano: desde Saddam Hussein, a Muamar el Gadafi, Mahmud Ahmadineyad y, por supuesto, Fidel Castro. El fiel cumplimiento de sus funciones, sin ningún tipo de excusas u objeciones, convirtió a Nicolás Maduro en uno de los favoritos, no solo de Hugo Chávez, sino también de Fidel. En el año 2009, el entonces canciller voló a Damasco y luego a Teherán para estrechar vínculos con la organización terrorista “Hezbolá” –todo esto según las investigaciones del periodista Emili J Blasco publicadas en su libro Búmeran Chávez–, información que años después sería refrendada por el departamento de Estado de los Estados Unidos de América, y transmitida por la señal de CNN, al confirmarse la vinculación de Tareck El Aissami con dicho grupo terrorista.

En aquel entonces, Nicolás Maduro sostuvo reuniones con Hasán Nasralá, jefe de la agrupación terrorista Hezbolá, y uno de los hombres más buscados por el servicio secreto de los Estados Unidos, a quien habría accedido gracias a la intermediación del entonces Ministro de Interior y Justicia, Tareck El Aissami, de ascendencia sirio-libanesa y muy allegado a los grupos de poder árabes existentes en Venezuela. Luego de ello, el canciller voló a Teherán, donde se reunió con el presidente Hugo Chávez, quien sostenía juntas con Mahmud Ahmadineyad. Allí planificaron la implantación de las células terroristas en territorio venezolano, y la dotación de pasaportes a sus integrantes, bajo el resguardo y control de Tareck El Aissami. Es desde ese entonces cuando el dueto Maduro – El Aissami comienza a afianzarse, y es de allí de donde sale la futura designación del segundo como Vicepresidente de la República (2017).

Ante el cáncer de Hugo Chávez y su probable defunción, comenzaron a evaluarse las propuestas a sucederle en Miraflores. Entre los candidatos estaban Elías Jaua, Diosdado Cabello, e inclusive su hermano Adán Chávez; no obstante, quien terminó haciéndose con tal designación fue Nicolás Maduro: primero, por la obediencia y lealtad mostrada; y segundo, por su acercamiento con Cuba: es la voz de Fidel la que inclina la balanza a su favor, al saber que con Diosdado tendría más difícil su injerencia sobre territorio venezolano.

Su andar presidencial comenzó con un fraude tras otro: primero, haciendo de presidente interino tras la falta de juramentación de Hugo Chávez; y luego, en unas elecciones que las propias investigaciones anteriormente mencionadas han demostrado que fueron manipuladas y fraudulentas. Desde allí comenzó a reprimir ciudadanos venezolanos, a propiciar saqueos, a destruir la economía, y a construir la “igualdad” que tanto soñó en su adolescencia. Luego de propiciar el Dakazo y fomentar el aumento de la escasez y de la inflación, se topó con un cúmulo de protestas en el 2014 que lo llevaron a encarcelar a Leopoldo López, y a ordenar una represión que dejó 43 asesinados en un par de meses, lo que lo forzó a convocar a diálogos que facilitaran una “pacificación” de la sociedad. Desde entonces, su gobierno ha estado en punto de mira de todos los organismos internacionales. Un tiempo después a sus sobrinos los detuvieron en Puerto Príncipe con 800 kilogramos de cocaína, y a su Vicepresidente, Tareck El Aissami, lo acusaron formalmente de poseer nexos terroristas y de otorgarles pasaportes venezolanos a ciudadanos sirios (aquello que se venía cocinando desde el año 2009).

2017 ha resultado ser el año más caótico de todos, cosa nada desdeñable: cada 365 días los venezolanos se sorprenden al percatarse que, de hecho, su país si puede hundirse cada vez más, sin importar que desde el 2012 aquello ya pareciera una misión imposible. Con el pueblo en contra, a Nicolás, el del bajo; a Nicolás, el de la camionetica, no le ha quedado de otra que aumentar la represión, salir a la caza de ciudadanos, promover una Constituyente sin pies ni cabeza, ordenar el asesinato de más de 60 venezolanos opositores hasta lo que va de fecha (29 de mayo del 2017), y esperar que el espíritu del Comandante venga en su rescate.

Pero poco y nada puede achacársele de toda esta crisis: es difícil exigirle a un sujeto que jamás aspiró a nada, y que lo único que cultivó en sus primeras décadas de vida fue resentimiento, que sepa administrar riquezas e impartir justicia. En el vocablo del Presidente de la República aquello no existe, jamás lo conoció, ni tampoco se preocupó nunca de hacerlo: él es, sencillamente, un individuo de corta racionalización dispuesto a defender a capa y espada la herencia intergaláctica recibida, la herencia que nunca, jamás, soñó o imaginó tener. El culpable de toda esta situación ya ha fallecido, aunque su historia también es otra que vale le pena analizar, porque a esas culpas también les hallaremos otras; como la del señor que decidió sacarlo de la cárcel, como la de los dueños de grandes medios de comunicación que decidieron encumbrar su carrera política, o como la de los millones de venezolanos que decidieron darle poder infinito a un Teniente Coronel.

CARNAVALESWEB

#Conteo: Los 9 mejores festivales de Carnaval en el mundo


Por Gabriela Araujo -@gzampino

Papelillos, bombitas de agua y disfraces es lo que asociamos al Carnaval de la manera más rápida. La fiesta anual de origen pagano romano que después se relacionó con la cuaresma de la religión cristiana se celebra en cuatro continentes del mundo, a excepción de Asia. Pero ¿En qué países están los mejores Carnavales?

1. BRASIL: El Carnaval brasileño se lleva a cabo cuatro días antes del Miércoles de Ceniza, día de ayuno y arrepentimiento que marca el inicio de la Cuaresma. Río de Janeiro es el lugar más famoso para el carnaval en Brasil. Las diferentes escuelas de samba compiten por el primer lugar en los desfiles elaborados que duran horas. Todos los bailarines llevan trajes increíbles de lentejuelas y plumas. Río se hizo famoso en la década de 1930 por sus desfiles, fiestas y bailes, que se hacen más grandes y más impresionantes cada año. Los desfiles pasan a través del enorme Sambódromo.

2. INGLATERRA: El Carnaval de Notting Hill es una ocasión anual de Inglaterra, que tiene lugar en las calles Londres, en agosto de cada año, durante dos días, desde 1965. En Inglaterra el carnaval ha atraído a muchas personas en el pasado, lo que lo convierte en el segundo mayor evento de calle en el mundo. Por primera vez en Inglaterra Rhaune Laslett decidió invitar al steelband a participar en un festival de la calle de Notting Hill. Este fue el primer evento de que la música steelband se jugó en las calles de Inglaterra.

3. ITALIA: Conocido como “Il Carnevale” en Italia se celebra al igual que los carnavales en el Reino Unido, los EE.UU. y en otras partes del mundo, cuarenta días antes de Pascua y una fiesta final antes del Miércoles de Ceniza. Il Carnevale es el festival más grande de Italia. Los eventos a menudo duran de dos a tres semanas antes del día de carnaval real. Muchas ciudades italianas celebran Il Carnevale el fin de semana antes de la fecha de carnaval real, que es el martes de Carnaval. Nada pasa por alto los desfiles con disfraces y máscaras clásicas de Venezia. ¿Quién no querría disfrutar ese momento?

4. PAÍSES BAJOS: En Holanda el carnaval se celebra justo antes del Miércoles de Ceniza (siete semanas antes de Pascua). En carnaval la emoción de las personas llega al punto más alto y una gran parte de los Países Bajos se vuelven locos. Muchas ciudades holandesas realizan desfiles que consisten en extrañas figuras grotescas, de cartón piedra en carrozas y las personas se visten con trajes extravagantes. Las Bandas de música hacen que los citadinos bailen alrededor de las calles, pero claro siempre está la duda de la sobriedad porque una cantidad enorme de cerveza desaparece por las gargantas sedientas. Las provincias del carnaval principales son Limburgo y Brabante sur, ambos cerca de la frontera belga. Los cristianos en Holanda han adoptado el Carnaval como la última oportunidad para comer, beber y ser felices antes de los cuarenta días de ayuno antes de Pascua.

5. ESPAÑA: El Carnaval es uno de los festivales más respetados y además rebeldes. Toman en cuenta el hecho de que la palabra  ‘carnaval’ proviene del latín medieval carnelevarium, es decir, para suspender o retirar la carne. En carnaval la fiesta del espíritu da brotes de alegría y música, la danza, la comida, la familia y los amigos forman el núcleo de la celebración. En España se celebra en todo el país, aunque las fiestas más escandalosas son en: las Islas Canarias, Cádiz y Sitges. Si bien cada ciudad de España tiene su propio sabor único de la celebración.

6. ESLOVENIA: En Eslovenia en carnaval toda la gente tiene sus máscaras de diferentes estilos y la mayoría decoradas de manera lujosa. Es el país más célebre conocido como el Festival de las Máscaras y hay premios para los más creativos. La temporada de carnaval comienza con el Año Nuevo, pero los eventos oficiales organizados por la ciudad abren dos fines de semana antes de semana santa, las noches de carnaval llena de luces la ciudad, junto al arte y representaciones teatrales que tienen lugar a lo largo de las calles, plazas y tiendas de campaña.

7. ALEMANIA: En Alemania el Carnaval es llamado Karneval, Fastnacht, Fassenacht o Fasnet. Depende de la zona donde se celebra el carnaval. Las raíces de estas fiestas yacen en la primavera de la época precristiana, cuando la gente usaba máscaras para ahuyentar a los espíritus del invierno y la bienvenida al renacimiento de la naturaleza con el canto y el baile. El jueves anterior al Miércoles de Ceniza es conocido como “El carnaval de las mujeres” en algunas regiones de Alemania. Cada ciudad y pueblo de Alemania tiene sus propias tradiciones de carnaval, pero en el suroeste del país, el carnaval suabo-Alemannic es considerablemente diferente de la versión Renania, sólo aquellos que han vivido en la ciudad durante más de 15 años pueden participar. Esta es la regla del gobierno en el suroeste. Las máscaras y los disfraces también tienen que ajustarse a los precedentes históricos.

8. SUIZA: En la temporada de carnaval, los participantes disfrutan la vida al máximo. Las máscaras y los disfraces ayudan a las personas a asumir una nueva identidad mientras desfilan por las calles, que van a menudo tocando instrumentos musicales. El carnaval comienza el lunes después del Miércoles de Ceniza, a las 4 am con precisión. Cuando el carnaval cobra vida en las primeras horas de la mañana las calles de esta ciudad son acompañadas con el sonido de tambores, flautas y los pasos de los personajes enmascarados y disfrazados.

9. JAMAICA: El Carnaval se celebra en el tiempo de Pascua en los centros de Kingston, Ocho Ríos y Montego Bay, e incluye grupos de personas vestidos de manera extravagantemente que desfilan y bailan en las calles. El reggae y las bandas de calipso junto a desfiles de niños están incluidos, así como artistas de Jamaica, Trinidad y Tobago y de cualquier otro lugar del Caribe. El Carnaval fue introducido a Jamaica por primera vez en 1990 y rápidamente se echó raíces en esta isla amante de la diversión para convertirse en uno de los eventos más esperados del año. La diversión y la emoción no se limitan a Kingston, aunque es aquí donde el gran desfile y muchos de los principales eventos tienen lugar.

4FWEB

ESPECIAL: 4F, cuando la TV cambió la historia

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

En un mismo día (4 de febrero de 1992) y por un mismo medio (la televisión) se definió el destino de tres hombres, de tres presidentes: CAP, Chávez y Caldera. Aquel martes de hace hoy 25 años, el verdadero poder no lo tuvieron las armas o las instituciones, sino la pantalla: en ella Carlos Andrés Pérez salvó su gobierno del golpe; Caldera, cadáver político, resurgió de las cenizas; y el mito de Hugo Chávez comenzó a construirse. Tres momentos transmitidos en vivo y directo que a la postre se mostraron como definitivos para la historia del país.

1:30 AM

-Acuérdese de Rómulo, acuérdese de que usted tiene que salir por televisión para que lo vean, para que sepan que está vivo, que está firme hablándole al país.

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En el fondo suenan disparos. Es la banda sonora de la escena. De un lado del teléfono, en La Casona, Blanca de Pérez, la primera dama. Del otro lado del teléfono, escapando de Miraflores, Carlos Andrés Pérez, el presidente. Y alrededor de ellos, tanquetas y militares disparando. Es la madrugada del 4 de Febrero y la Fuerza Armada se ha sublevado contra el gobierno. Hay un Golpe de Estado en pleno desarrollo.

Apenas unas horas antes, el presidente había aterrizado en el país luego de estar en una cumbre en Davos. El viaje lo deja agotado y no más llegar a La Casona se pone el pijama y duerme. Una llamada del Ministro de Defensa interrumpe la paz del hogar. La atiende Carolina, su hija, a quien le informan que hay un alzamiento en Maracaibo. Inmediatamente le avisa al padre, que rápidamente se viste y en el único carro disponible al momento –no espera la caravana presidencial, que no estaba lista–, acompañado sólo con un chofer y un escolta, sale rumbo a Miraflores. Cinco minutos después llegan los golpistas y atacan con saña la residencia presidencial. Lo que viene son cinco horas de fuego cerrado en las que la familia presidencial sobrevive únicamente porque los morteros que lanzaron los golpistas estaban vencidos y no estallaron.

A Miraflores llega rápido. Las calles están solas y el trayecto lo hace tranquilo y sin sobresalto. Buen augurio que se desvanece cuando llama a su hija y ella le da cuenta de la batalla campal que tiene lugar en La Casona. Promete que mandará un batallón, pero al instante se entera de que no es posible porque el golpe ha comenzado a tomar forma. El aeropuerto de La Carlota está tomado, lo mismo el Ministerio de la Defensa y unos minutos después el propio palacio de Miraflores, adonde llegan dos tanquetas. Comienza entonces otra batalla campal y desigual: solo 16 escoltas civiles y 8 militares son los que hay para defender al presidente de un batallón de militares. El despacho es atacado por una de las tanquetas –lo salvan los vidrios blindados–, y lo suben a la suite vieja. Allí un disparo destroza la ventana –“me descubrieron, pero fallaron el tiro”–. Gritos, tiros y detonaciones van y vienen. Son minutos de confusión y mucha angustia. Lo llama de Colombia el presidente Gaviria a preguntarle por lo que está sucediendo. Se limita a poner el auricular en alto para que escuche los tiros. “Creo que sobran las explicaciones. No sé qué va a pasar”, le dice.

Y lo que pasa es que después de casi una hora hay un alto al fuego. “Aquí acaba de cesar el tiroteo y voy a salir”, le dice al Ministro de Defensa, quien le advierte lo peligroso de la movida. Él no se conmueve. Le ordena al Jefe de Casa Militar que le busque una salida. “Usted no puede salir”, le responde. “Le estoy dando una orden, no una consulta”. Y la suerte le sonríe: Chávez, quien comandaba la operación, no se había hecho con un plano completo del Palacio y dejó una puerta sin cubrir. Es la que da al Liceo Fermín Toro. El presidente se monta en un Conquistador gris blindado. “No más abrirse la puerta, salga a toda máquina sin mirar a los lados”, instruye al chofer. Pero, clásico, la llave de la puerta no aparece, nadie sabe dónde está. Cuando la fuerzan, comienza a sonar una alarma. “Apenas se abra lo suficiente, arranque y tome la Avenida Fuerzas Armadas”, ordena el presidente. Y así hace. Los golpistas son sorprendidos, y aunque disparan al ver el carro, el presidente se les escapa.

Ya fuera de palacio, llama a La Casona para saber cómo va todo allá. Es allí cuando la primera dama le da la idea de salir en TV. “Yo me acordaba de que cuando hubo el atentado contra Rómulo Betancourt, en donde se le quemaron las manos, él lo primero que hizo fue salir en televisión y decir: ‘miren como estoy, miren lo que me hicieron, pero estoy vivo y hay que luchar contra esto’. Y se lo recuerdo a Carlos Andrés”. Él, que había sido su Ministro del Interior, toma el consejo. Llama a Carmelo Lauría y le pide que le ubique una televisora que no esté tomada. Éste habla con Marcel Granier y el directivo le dice que en el canal 2 hay tropas. Llama entonces a Ricardo Cisneros, y él le asegura que el canal 4 está libre. Toman la Cota Mil y se dirigen a Venevisión. En el canal ya hay un estudio preparado. A la 1:30 AM comienza a sonar la famosa fanfarria del canal de la colina, que no parará durante toda la transmisión. Con una bandera al lado, el presidente le habla breve y firmemente al país:

“Un grupo de militares traidores a la democracia, liderando un movimiento antipatriota, pretendieron tomar por sorpresa al gobierno. Me dirijo a todos los venezolanos para repudiar este acto. En Venezuela el pueblo es quien manda. Su presidente cuenta con el respaldo de las Fuerzas Armadas y de todos los venezolanos. Esperemos a que en las próximas horas quede controlado este movimiento. Cuando sea necesario volveré a hablar”

Es la sentencia de muerte del golpe, y la salvación del gobierno. “En Fuerte Tiuna colocaron los televisores a todo volumen y en dirección a las tropas que cercaban el edificio, que al oír mis palabras se rindieron”.

11:00 AM

-Yo ni siquiera me di cuenta de cuando dije ‘por ahora’

Teniente Coronel Hugo Chávez Frías, en la intentona golpista del 4 de Febrero de 1992

“No se le puede dar la posibilidad de hablar por televisión; quién sabe lo que va a decir, qué proclamas dirigirá a las Fuerzas Armadas. Llévelo preso al Ministerio, métalo en una habitación, pónganle una cámara de televisión, graben y luego editan”. Esa, cuenta CAP en sus memorias, fue la instrucción que le dio a su Ministro de la Defensa, Fernando Ochoa Antich, cuando éste le propuso que dejara hablar a Chávez por televisión para que pidiera la rendición de los golpistas que tenían todavía tomado el cuartel Libertador de Maracaibo, en el que había gran cantidad de explosivos y por ende no podía ser bombardeado ni atacado sin correr el riesgo de volar media capital zuliana. ¿Cómo es que aquella orden, tajante y precisa, terminó por desembocar en una alocución en vivo del Teniente Coronel que comandó el golpe? “Una mini conspiración” es la respuesta que da Ochoa Antich en sus memorias. Una mini conspiración en la que el Alto Mando Militar lo apura a él cuando les informa que el presidente dice que sí, que hable, pero que el mensaje sea grabado: “Ochoa, no hay tiempo. Si no lo hacemos de inmediato, comenzarán los combates”, es la respuesta del almirante Elías Daniels, Inspector General de las Fuerzas Armadas. Entonces Ochoa cede, y a las 11 de la mañana, desde la sala protocolar del Ministerio de la Defensa, rodeado de algunos hombres, perfectamente uniformado y rasurado –luego se descubrirá que en la Proveeduría de las Fuerzas Armadas se le había permitido bañarse, afeitarse y cambiarse de uniforme–, con apenas los ojos rojos como única muestra visible de cansancio, aparece delante de los micrófonos y cámaras de las cuatro televisoras nacionales –RCTV, Venevisión, VTV y Televen–, Hugo Chávez Frías.

“Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital. Es decir, nosotros acá en Caracas no logramos controlar el poder. Ustedes lo hicieron muy bien por allá, pero ya es tiempo de evitar más derramamiento de sangre. Ya es tiempo de reflexionar y vendrán nuevas situaciones, y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor. Así que oigan mi palabra. Oigan al Comandante Chávez,  quien les lanza este mensaje para que, por favor, reflexionen y depongan las armas porque ya, en verdad, los objetivos que nos hemos trazado a nivel nacional es imposible que los logremos. Compañeros, oigan este mensaje solidario. Les agradezco su lealtad, les agradezco su valentía, su desprendimiento, y yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano. Muchas gracias”

“Yo nunca he sido el que de manera fría o calculada elaboro un discurso, y aquel día tampoco. Era una voz interior (…) Hubo expresiones que yo no había pensado. Ese ‘por ahora’ yo ni siquiera me di cuenta de cuando lo dije: salió del subconsciente”, reveló Chávez años después en un documental. Sin embargo, el discurso, a pesar de esas salidas espontáneas, tuvo su ensayo. Fernán Altuve, pieza de los golpistas infiltrada en las FF.AA., demoró por horas el traslado de Chávez de La Planicie al Ministerio de la Defensa con el fin de darle tiempo para que pensara lo que diría: “El general Ochoa Antich llamó y me dijo: ‘Fernán: tráete a Chávez con Santeliz para acá a Miraflores’. Yo le respondí que estábamos inventariando el armamento y los cartuchos disparados, con lo que ganamos unas horas durante las cuales se ensayó el ‘por ahora’”.

La alocución es el verdadero golpe: uno de opinión. Capta la atención de todo el país, y en el imaginario colectivo ese Chávez de uniforme, que asume responsabilidades y deja abierta la esperanza a una victoria futura, queda grabado. Son las melosas palabras de un documental propagandístico, pero no están exentas de verdad: “Quien no lo haya visto ese día, se perdió el instante de apertura de un nuevo ciclo que cambiaría todo para siempre”.

6:00 PM

-Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y la democracia cuando no son capaces de darle de comer

Caldera

No era más que un anciano ex-presidente de la República, que precisamente por eso, por ex presidente, tenía la dignidad de Senador Vitalicio y ocupaba un escaño en el Congreso. Eso es todo lo que Rafael Caldera, a sus 72 años, pintaba en febrero de 1992. Sí, dirigente histórico de uno de los dos grandes partidos del país. Sí, articulista de prensa. Sí, entrevistado frecuente en la tele. Sí, hombre escuchado en los sectores políticos. Pero nada más. Relevancia y peso, ningunos. Hasta esa tarde en que encorbatado y engominado subió a la tribuna de oradores, rodeado de un enjambre de cámaras y micrófonos, para dar un discurso histórico. Un discurso que no le correspondía –había pedido la palabra terminada ya la sesión del día-, pero que tenía bien planeado, y por ello quería que fuera televisado –“Caldera había llamado al Ministro de Información y le había dicho que iba a hablar, pero quería que le pasaran el discurso en cadena. Como era una sesión de apoyo, Andrés Eloy cayó en la celada”, recordaría CAP–. Es la pieza oratoria de un zorro viejo y hábil, de un hombre con experiencia, que sabe lo que dice y más que ello lo que quiere conseguir.

“He pedido la palabra no con el objeto de referirme al decreto de suspensión de garantías” fueron las palabras con la que arrancó, empezando la lidia de frente, a porta gayola, para que nadie se sorprendiera luego. Comenzó criticando el decreto por la forma –“encuentro un defecto de redacción”– y terminó afincándose en el fondo: “Yo no estoy convencido de que el golpe felizmente frustrado haya tenido como propósito asesinar al Presidente de la República”. ¿Por qué? “Nadie, por más protegido que esté, puede salvarse de un asesinato cuando se cuentan con los medios y la decisión de perpetrarlo”; es decir: que el que CAP estuviera vivo demostraba que no habían querido matarlo. Un argumento muy endeble, pero que le permitía salirse del carril y romper la unanimidad que había al respecto. “Me siento obligado en conciencia a expresar mi duda acerca de ésta afirmación, y considero grave que el Ejecutivo y el Congreso la hayan hecho”, decía ofendido.

Pero no era de eso de lo que él quería hablar. Su tema era otro. Y ya clavada una banderilla sobre el decreto y habiéndolo puesto en duda, entró a lo suyo: convocar sus colegas “a una profunda reflexión y una inmediata y urgente rectificación”. ¿Por qué? Porque él, padre de la democracia, se daba cuenta, clarividente como nadie, de que a diferencia de otros golpes –en los sesenta se sucedieron uno tras otro–, esta vez el país no reaccionaba enérgicamente para defender la democracia como entonces. “Es lo que más me preocupa y me duele: no encuentro en el sentimiento popular la misma reacción entusiasta y decidida, el mismo fervor por la defensa de las instituciones que caracterizó la conducta del pueblo en todos los dolorosos incidentes que hubo que atravesar después del 23 de enero de 1958”. Y entonces comenzó a repartir responsabilidades.

Los primeros en recibir la estocada fueron sus colegas. “El país está esperando otro mensaje”, les espetó en directo. “No es la repetición de los mismos discursos que hace 30 años se pronunciaban cada vez que ocurría algún levantamiento, y que vemos desfilar por las cámaras de la televisión lo que responde a la inquietud, al sentimiento, a la preocupación popular”. Y con esa frase, en diez segundos, se puso él en otro plano distinto al de todos los políticos y se erigió, además, como el traductor del sentimiento popular.  Luego, le hizo su lidia a Carlos Andrés: “Quiero decirle desde esta tribuna al Señor Presidente de la Republica, que de él depende la responsabilidad de afrontar de inmediato las rectificaciones profundas que el país está reclamando”. Y finalmente, volvió a su rol de encarnación, de altavoz del pueblo: “Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y la democracia cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer; de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; de ponerle un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad venezolana. Esta situación no se puede ocultar”, bramó con tono indignado. Y ya a esas alturas todo estaba consumado.

Lo que vino después fue más de lo mismo. Caldera desde su Olimpo, todo un Zeus tronante, lanzando rayos a diestra y siniestra contra la dirigencia política –“por eso he pedido la palabra: para transmitirles desde aquí al Señor Presidente y a los dirigentes de la vida pública nacional mi reclamo”–. Caldera denunciando indignado la situación del país –“no podemos afirmar en conciencia que la corrupción se ha detenido: íntimamente tenemos el sentir de que se está extendiendo progresivamente; el costo de la vida se hace cada vez más difícil de atender para grandes sectores de nuestra población; los servicios públicos no funcionan; el orden público y la seguridad personal tampoco encuentran un remedio efectivo”–. Caldera encarnando al pueblo –“en nombre del pueblo venezolano, [ruego] que se enfrente de inmediato el proceso de rectificaciones que todos los días se está reclamando y que está tomando carne todos los días en el corazón y sentimiento del pueblo”. Caldera resurgiendo de sus cenizas y dando el primer y fundamental paso para alcanzar, un año después, la Presidencia de la República.

Fuentes:

-Ramón Hernández, Roberto Giusti. (2006). Carlos Andrés Pérez: Memorias Proscritas. Caracas: El Nacional

-Mirtha Rivero. (2009). La rebelión de los náufragos. Caracas: Alfa.

-Fernando Ochoa Antich. (2007). Así se rindió Chávez: la otra historia del 4 de febrero. Caracas: El Nacional.

-Juan Carlos Figueroa. (2007). Las cinco horas cruciales del 4 de febrero. El Tiempo.

-José Sant Roz. (2011). Estremecedoras revelaciones jamás narradas sobre el 4-F. 4 / 02 / 2016, de Aporrea Sitio web: http://www.aporrea.org/tiburon/a117017.html

-Fragmento de una vida: Testimonio de Hugo Chávez sobre el 4F (https://www.youtube.com/watch?v=rVGAwaW-2Z8)

MPJWEB (4)

El clero en la lucha

Por: Gabriel García Márquez*

El 1° de mayo del año pasado (1957) -fiesta del trabajo- los curas párrocos de Venezuela leyeron en los púlpitos una carta pastoral del arzobispo de Caracas, Monseñor Rafael Arias. En ella se analizaba la situación obrera del país, se planteaban francamente los problemas de la clase trabajadora y se evocaba en sus términos esenciales la doctrina social de la Iglesia. Desde Caracas hasta Puerto Páez, en el Apure; desde las solemnes naves de la catedral metropolitana hasta la destartalada iglesita de Mauroa, en el territorio federal amazónico, la voz de la Iglesia -una voz que tiene 20 siglos- sacudió la conciencia nacional y encendió la primera chispa de la subversión. Monseñor Rafael Arias, un hombre macizo y apacible que habla con la misma sencillez y la misma cadencia criolla de cualquier venezolano corriente, había meditado mucho antes de escribir la primera línea de aquella pastoral. La idea nació del conocimiento general que tenía el arzobispo de la realidad del país, por apreciación directa y por las conversaciones con sus párrocos. En un estudio económico de las Naciones Unidas, que recibió por correo, se enteró de que la producción per cápita de Venezuela había subido al índice de 500 dólares, pero que esa riqueza no se distribuía de manera que llegara a todos los venezolanos. “Una inmensa masa de nuestro pueblo -observó en una de sus primeras notas- está viviendo en condiciones que no se pueden calificar de humanas”. Poco antes, el cardenal Caggiano, legado pontificio al II Congreso Eucarístico Bolivariano, había planteado ese problema en la sesión extraordinaria que celebró en su honor el Concejo del Distrito Federal. “Venezuela -dijo en esa ocasión Caggiano- tiene tanta riqueza que podría enriquecer a todos, sin que haya miseria y pobreza, porque hay dinero para que no haya miseria”.

No había una fecha prevista para la publicación de la pastoral. Monseñor Arias se había hecho el propósito de que fuera un documento breve, claro, directo e invulnerable. Al principio del año pasado ordenó a la Juventud Obrera Católica adelantar una encuesta que le permitiera formarse un juicio sereno de la realidad nacional. El sondeo duró dos meses. Con una completa documentación en el despacho, después de haber conversado no sólo con los párrocos de Caracas sino con los que vinieron expresamente de las más remotas aldeas de provincia, el arzobispo inició la redacción de sus notas, de su puño y letra. En 45 días de trabajo, de consulta con sus asesores, la primera copia definitiva -11 hojas a máquina, a doble espacio- estuvo lista en la primera semana de abril. Entonces pareció muy apropiada para su publicación la fecha del 1° de mayo, día del trabajo, fiesta del patriarca carpintero, San José.

Se precisó de una actividad extraordinaria para que la Pastoral estuviera en todas las parroquias de Venezuela en la fecha convenida. Fue dada, sellada y refrendada en Caracas a las 10:30 am del lunes 29 de abril. Dos días después se leyó en los púlpitos. A fines de la semana le había dado la vuelta al país y trascendido al exterior, donde se consideró como una brecha en el cinturón de acero creado por la censura de prensa. La primera edición -repartida gratuitamente por los párrocos- se agotó en ocho días. Algunos especuladores se hicieron de un considerable número de ejemplares y los vendieron a 10 bolívares.

Una semana antes Pérez Jiménez pronunció un discurso espectacular en el Congreso, en el cual hizo una apoteósica enumeración de la obra material adelantada por su gobierno y se refirió a los elevados salarios del obrero venezolano. Ese día la Pastoral estaba hecha. Pero el ministro del Interior, Laureano Vallenilla Lanz, no entendía esa clase de argumentos. En su opinión, la pastoral del 1° de mayo era una réplica al discurso presidencial del 24 de abril.

El jueves 2 de mayo, a las 11:00 am, citó a su despacho al arzobispo de Caracas, no en una nota especial, sino por teléfono. Monseñor Arias concurrió a la convocatoria esa misma tarde y tuvo que esperar en la desierta antesala del Ministerio del Interior. Vallenilla Lanz solía recordar aquella entrevista con un orgullo evidente. “Me di el gusto -decía- de hacer esperar al arzobispo durante hora y media”. En realidad, monseñor Arias -que es un hombre humilde- no esperó más de media hora. A las 3:30 pm pasó al despacho del ministro del Interior, donde se le comunicó el pensamiento oficial.

Vallenilla no iba a misa pero conocía los sermones

Fue una entrevista breve, en la cual Vallenilla Lanz habló casi todo el tiempo, y casi exclusivamente de la obra material del Gobierno. Cuando monseñor Arias abandonó el despacho se le había hecho saber que el Gobierno haría publicar en los periódicos una respuesta a la pastoral. Pero esa respuesta no apareció jamás. A cambio de ella, el ministro del Trabajo dirigió al arzobispo una carta privada -con fecha 10 de mayo- que era una edición corregida y aumentada del discurso de Pérez Jiménez. El argumento más poderoso contra la carta pastoral, según el ministro del Trabajo, era la construcción de la Casa Sindical y del balneario de Los Caracas. Los párrocos de Venezuela sabían desde ese momento cuál era su deber: predicar la doctrina social de la Iglesia. Cada domingo, en los púlpitos de Caracas, se pronunciaban sermones cuyo rumor inquietaba, el lunes en la mañana, el desayuno de Vallenilla Lanz.

Particularmente uno de los sacerdotes de Caracas -el padre Jesús Hernández Chapellín- asumió una posición combativa. Joven, de una salud a toda prueba y un notable valor personal, el padre Hernández Chapellín, director de La Religión, se sentaba todas las noches frente a su máquina de escribir a ejercer su doble ministerio de sacerdote y periodista. El 13 de agosto, Vallenilla Lanz -bajo el pseudónimo de R. H.- publicó en El Heraldo una interpretación atolondrada y arbitraria de la justicia social. Al día siguiente, el padre Hernández Chapellín publicó una réplica que no mandó a la censura porque sabía que la censura no la habría dejar pasar: “Orientaciones a R. H.”. A las 10:00 am, una llamada telefónica del Ministerio del Interior lo despertó en su residencia particular. El propio Vallenilla Lanz estaba al teléfono. “Padre -dijo el ministro, sin preámbulos- es necesario que usted modifique su actitud”. También sin preámbulos, el director de La Religión respondió: “Mis editoriales los pienso y los medito bien, luego los escribo y los lanzo y me importa poco lo que ustedes piensen de ellos”.

Vallenilla Lanz no respondió nada, sino que citó al padre Hernández Chapellín a su despacho, esa tarde a las 5:00 en punto. El sacerdote llegó con cinco minutos de retraso.

En hora y media, el padre Hernández se hizo conspirador

La entrevista duró un poco más que la de monseñor Arias y esta vez fue el sacerdote quien habló casi todo el tiempo. Vallenilla Lanz, vestido de gris y un poco pálido, no había tenido tiempo de iniciar el diálogo, cuando el director de La Religión tomó la iniciativa. “Voy a hablar -dijo- más que todo como sacerdote que sólo teme a Dios. Con el régimen que ustedes tienen en Venezuela casi todo el pueblo los odia y los detesta”.

Vallenilla Lanz enrojeció:

-¿Por qué?- preguntó tímidamente.

-Porque ustedes tienen un régimen de pánico con la Seguridad Nacional. Es la espada de Damocles sobre la cabeza de cada venezolano. Las lágrimas y la sangre y la cantidad de muertos…

-¿Cuáles muertos?- interrumpió Vallenilla Lanz, con un aire de cándida inocencia.

El padre Hernández Chapellín enumeró, con sus nombres propios, 10 víctimas del régimen. “Y los que no sabemos”, agregó. “¿Y los exilados políticos?”

Vallenilla Lanz empezó a reaccionar.

-Usted llama exilados políticos a bandidos como Rómulo Betancourt, dijo.

-Betancourt y yo -replicó el padre Hernández Chapellín- estamos en trincheras opuestas, como otros muchos exilados. Pero ellos también son venezolanos y aquí deben estar para que les demos la pelea en el terreno ideológico.

Los dos hombres estaban solos en el despacho. El sacerdote, con ese entusiasmo un poco estudiantil con que habla con sus amigos en la redacción de su periódico, siguió enumerando las razones por las cuales el régimen de Pérez Jiménez era una maquinaria de terror. Dijo: “Si cuando el general se tomó el poder hubiera hecho elecciones libres en vez de proseguir y de trancarle la voz a la prensa, se hubiera inmortalizado. Pero la realidad es otra. Se quedó en el poder por un golpe de estado al derecho de sufragio”.

El padre Hernández Chapellín abandonó el despacho a las 6:30 pm, cuando ya habían salido los empleados del ministerio. Con un cinismo inconmovible, Vallenilla Lanz lo acompañó hasta la puerta, lo despidió con un abrazo y le dijo: “Las puertas de mi despacho estarán siempre abiertas para usted”. Pero el padre Hernández no volvió a franquearlas. Siguió librando la batalla desde su modesta oficina de periodista. Pocas semanas más tarde, su robusto y combativo colega, Fabricio Ojeda, se presentó en la redacción de La Religión.

-Padre -dijo Fabricio Ojeda- vengo a decirle una cosa como si fuera una confesión: yo soy el presidente de la Junta Patriótica.

A partir de ese día, el padre Hernández Chapellín no fue solamente un sacerdote dispuesto a sacar adelante la doctrina social de la Iglesia ni solamente un periodista de la oposición. Fue también un conspirador.

Lluvia de volantes en la Catedral

Estrada acechaba en su plácido despacho de la catedral metropolitana, de espaldas a un estante atiborrado de libros que cubre toda una pared, el padre José Sarratud recibió el 11 de julio, a las 2:00 pm, una llamada telefónica del Ministerio de Justicia. El padre Sarratud, que es muy joven pero que parece más joven de lo que es, no tenía motivos para conocer la voz del ministro: era la primera vez que la escuchaba. En pocas palabras, el ministro le dijo: “Padre, usted está atacando al Gobierno en sus sermones”. El padre Sarratud, sin levantar la voz, sin el menor indicio de alteración, respondió: “No hago otra cosa que predicar la doctrina social de la Iglesia”.

Durante un mes entero, no modificó el tono de sus sermones. En septiembre volvió a llamarlo el ministro de Justicia, y el padre Sarratud volvió a responder: “Señor ministro, no hago otra cosa que predicar la doctrina social de la Iglesia”. Poco tiempo después, un incidente habría de llevar el nombre del padre José Sarratud hasta el sombrío despacho de Pedro Estrada. Ocurrió el 12 de diciembre: durante una manifestación de mujeres, a un costado de la Catedral, un hombre gritó: “Abajo Pérez Jiménez”. Tratando de alcanzarlo, un policía se abrió paso entre las mujeres y agredió a una de ellas, encinta. Seis hombres atacaron al agente. De pronto, sin que nadie hubiera sabido en qué momento, millares de volantes contra el Gobierno cayeron sobre la multitud. Habían sido lanzados desde la torre de la Catedral.

Pedro Estrada hizo averiguaciones y descubrió que aquellos volantes habían sido impresos en el multígrafo de la Catedral, puesto al cuidado del padre Sarratud. El director de la Seguridad Nacional esperó un momento propicio para actuar.

Ese momento propicio se presentó el 1° de enero, a raíz del levantamiento de Maracay. Desde cuando volaron los primeros aviones sobre Caracas, Estrada se asiló en la Embajada de Santo Domingo. Pero al día siguiente, cuando supo que el golpe había fracasado, se instaló en su despacho de la avenida México, a dirigir personalmente las represalias. El 3 de enero, el arzobispo le dijo por teléfono al padre Sarratud que Pedro Estrada lo estaba buscando desde hacía tres días. El sacerdote, que no se había escondido, se echó al bolsillo el breviario y se dirigió en automóvil a la SN. Lo recibió Miguel Sanz, quien sin formular juicio lo mandó a la celda. En el cuarto piso de la Seguridad Nacional se llevó una sorpresa: allí había, detenidos, cuatro sacerdotes más. Se les acusaba de que sus sermones eran la causa moral del levantamiento militar.

Cinco sacerdotes presos: El Gobierno se cae a pedazos

Al padre Alfredo Osiglia lo fueron a buscar cuatro detectives armados, en la mañana del 2 de enero, hasta la iglesia de la Candelaria, donde acababa de decir la misa. A las 3:00 pm, monseñor Delfín Moncada, después de almorzar en su casa de Los Chaguaramos, llegó en su modesto automóvil negro al despacho parroquial de Chacao, y allí lo esperaba un hombre de apariencia humilde. Era un enviado de Pedro Estrada. Monseñor Moncada se comunicó con el arzobispo por teléfono y se dirigió, solo, a la Seguridad Nacional. Lo condujeron al despacho de Sanz. Sentado en un rústico banco de madera, ese sacerdote sólido y sanguíneo, pero de edad avanzada, esperó al segundo de Pedro Estrada durante siete horas, minuto a minuto. Había ido con el propósito de dejar una constancia, pero dos guardias armados de ametralladoras le comunicaron que estaba detenido. Al atardecer, monseñor Moncada pidió permiso para ir al baño. Los guardias lo acompañaron, encañonándolo, y no le permitieron cerrar la puerta.

A las 11:00 pm, rodeado de sus guardaespaldas, entró Miguel Sanz. “Usted -dijo, dirigiéndose a Monseñor Moncada- encabeza la lista de cinco sacerdotes que son los autores morales del cuartelazo de Maracay”. Luego, sin solución de continuidad, agregó:

-Además, usted se ha mostrado desatento con el Presidente.

-En los afectos no se mete ni Dios, respondió Monseñor Moncada.

-Vaya a predicar eso allá arriba, replicó el negro Sanz.

Allá arriba, en el cuarto piso, estaba desde el mediodía el padre Jesús Hernández Chapellín, el único de los cinco sacerdotes que fue sentenciado personalmente por Pedro Estrada. Para el director de La Religión, la Seguridad Nacional destacó ocho detectives: cuatro en su oficina y cuatro en su casa. El padre Hernández Chapellín, que no quiso presentarse a la seguridad antes de hablar con el Arzobispo, eludió los sitios habituales y almorzó en casa de unos parientes suyos, en el Cementerio. De allí se comunicó por teléfono con monseñor Arias, quien envió a un sacerdote para que lo acompañara hasta la avenida México. A las 2:00 pm, impecablemente vestido de azul claro y con corbata blanca, Pedro Estrada lo hizo pasar a su despacho:

-Padre -le dijo- usted está complicado en el golpe militar de ayer. Ese es el resultado de sus editoriales que son incendiarios, revolucionarios, y que no parecen de un ministro de Dios.

Pedro Estrada no levantó los ojos en ningún momento de la entrevista. Hablaba con la cabeza inclinada, eludiendo sistemáticamente la mirada segura del padre Hernández Chapellín.

-No refuto lo de Maracay -respondió el director de La Religión- porque me parece infantil. En cuanto a mis editoriales, le diré que me tiene sin cuidado lo que ustedes piensen y no es mi culpa si ustedes se ven retratados en ellos.

-¿Usted no está de acuerdo con el régimen?- preguntó Pedro Estrada.

-No. Estoy en completo desacuerdo.

Estrada no se atrevió a hacerse responsable de su detención. Dijo que tenía órdenes superiores. El padre Hernández Chapellín fue conducido al pabellón destinado a los cinco sacerdotes. Sólo uno de ellos salía todas las noches a dormir a su casa, el padre Pablo Barnola, de la Universidad Católica. Querían que se asilara para que abandonara al país. Pero el padre Barnola no lo hizo. Sus compañeros de prisión le llamaban “el semi interno”. La única visita que se les permitió fue la del doctor Guillermo Altuve Carrillo, enviado personal de Pérez Jiménez, el domingo 5 de enero. Trató de convencerlos de que modificaran su actitud en relación con el Gobierno. Pero ellos se mostraron inflexibles. El doctor Altuve Carrillo, furibundo, les lanzó una amenaza:

-Sepan que no tumbarán al Gobierno.

Aquella amenaza no duró mucho tiempo. El 13 de enero, el Gobierno empezó a caerse a pedazos. Pedro Estrada abandonó el país. El coronel Teófilo Velasco, quien lo reemplazó, puso en libertad a los cinco sacerdotes.

El padre Álvarez, de La Pastora, un conspirador de rueda libre

La ciudad que ellos encontraron al salir de la cárcel había sufrido una transformación sensacional. Todo el mundo, desde el industrial en su gerencia hasta el vendedor ambulante en la calle, estaba conspirando. En la humilde parroquia de La Pastora, el padre Rafael María Álvarez Flegel -156 centímetros cargados de un dinamismo incontenible- estaba comprometido hasta los huesos en la conspiración. En los primeros días de enero, un sobrino suyo, Ramón Antonio Álvarez Cabrera, estudiante del colegio Carabobo, le informó confidencialmente que estaba actuando en contacto con la Junta Patriótica. Necesitaban un multígrafo. El padre Álvarez no se conformó con compartir el secreto y prestar el multígrafo de la parroquia para reproducir los volantes clandestinos, sino que hizo las copias en su máquina y trabajó personalmente en la impresión. Usaba guantes para evitar las huellas digitales. Durante los primeros 15 días del año, sin ningún contacto directo con la Junta Patriótica, el padre Álvarez ocupó la jornada entera en su ejemplar trabajo de conspirador espontáneo. Los muchachos llevaban el papel en la mañana y volvían en la noche por las copias. En varias parroquias se adelantaba una actividad semejante. Apenas salido de la cárcel, el padre Sarratud entró en contacto con otros grupos estudiantiles que celebraban reuniones en una dependencia de la Catedral e imprimían allí volantes clandestinos.

A medida que se acercaba el martes 21, el padre Álvarez sentía que los días le quedaban cortos. La huelga general estaba preparada, pero el efervescente párroco de La Pastora en su solitario y escueto despacho, sin otro contacto con el gigantesco mecanismo de la conspiración que su grupo de estudiantes, sentía que algo faltaba: un ultimátum a Pérez Jiménez, con condiciones concretas. En la noche del 19 redactó él mismo, por su cuenta y riesgo, el último volante, y se tomó la libertad de firmarlo: “La Junta Patriótica”. No se conformó con imprimirlo, sino que puso al correo urbano en sobres cerrados una copia para Pérez Jiménez y cada uno de sus ministros. En su cuarto, debajo de la estrecha cama de hierro pintada de azul, quedaron 500 ejemplares que los muchachos irían a buscar esa noche. Los esperó hasta las 11:00 pm. Antes de acostarse dio orden al sacristán de no quitar las cuerdas de las campanas para que los huelguistas pudieran tocarlas al día siguiente, a las 12:00 en punto. Se durmió a la media noche después de escuchar los últimos boletines en la radio. A la 1:30 am varios golpes a la puerta lo despertaron sobresaltado. Una voz masculina gritó: “Padre, acompáñenos, para que bautice un niño que se está muriendo”. El padre Álvarez abrió la puerta y vio al resplandor de las bombillas del patio cuatro hombres oscuros, con las manos en los bolsillos. Eran agentes de la Seguridad Nacional.

Las campanas de la mayoría de las iglesias de Caracas anunciaron a las 12:00 el principio de la huelga general. La policía había destacado agentes para evitarlo, pero los sacristanes tenían órdenes terminantes de facilitar la entrada de los huelguistas. A monseñor Moncada lo visitó el prefecto de Chacao, a las 11:00 am, para advertirle que sería sancionado si tocaba las campanas. El sacerdote respondió que la policía no podía prohibir la costumbre secular de dar las 12 seguidas por un breve repique. Protegido por el pueblo, el sacristán repicó tres minutos por cuenta del párroco y tres minutos más por su propia cuenta.

En la Candelaria, la policía estuvo a punto de enloquecer con unas campanas que sonaban sin campanero. El párroco había instalado a los altoparlantes una cinta magnética, que giró -repicando- durante varias horas. El párroco contempló el espectáculo desde el abasto de enfrente, vestido de civil.

Al padre Alvarez le habría gustado tocar las campañas con sus propias manos. Pero a esa hora estaba detenido en el convento de los Padres Benedictinos de San José del Ávila. Los agentes de la SN habían pasado la madrugada en su dormitorio, esperando instrucciones. Uno de los estudiantes llamó por teléfono y fue un detective quien respondió: “¿A qué hora es la misa?”, preguntó el estudiante. “No hay misa”, respondió el detective, sin saber que aquello era una clave. Por esa respuesta supieron los muchachos que el padre Álvarez estaba en poder de la Seguridad Nacional. Acompañado por el arzobispo, el coronel Velasco se dirigió a La Pastora a las 6:00 am y se opuso a que el párroco fuera conducido a la seguridad. Desde su celda conventual, el padre Álvarez oyó las campanas, las cornetas y los pitos de las fábricas, y supo entonces que su labor no había sido inútil y que antes de 48 horas estaría de nuevo en su púlpito.

En la Iglesia profanada, el párroco herido esperaba…

El arzobispo se encontraba en una situación difícil: no podía intervenir directamente en política, pero tampoco podía -ni como miembro ilustre de la Iglesia ni como venezolano- impedir el trabajo subversivo de sus párrocos. Las relaciones entre Venezuela y el Vaticano habían llegado a un peligroso grado de tirantez. El nuncio apostólico había protegido en la Nunciatura al político Rafael Caldera y a un oficial del levantamiento de Maracay. Monseñor Jesús María Pellín -cuyo despacho es una biblioteca blindada de 14.000 volúmenes- había pronunciado un sermón sobre el prevaricato y se había visto precisado a abandonar discretamente el país. Como miembro, varias veces reelecto, del comité de Libertad de Prensa de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) había firmado una declaración en la cual se condenaba el régimen de Pérez Jiménez por haber amordazado a la prensa.

En todos los frentes la Iglesia participaba en la resistencia. Los colegios dirigidos por religiosos estuvieron entre los primeros que echaron sus alumnos a la calle para que manifestaran contra el régimen. El régimen lo sabía, pero ya en enero habría podido encarcelar a todos los sacerdotes de Venezuela sin ningún resultado. La fuerza democrática se había desencadenado. Monseñor Hortensio Carrillo, párroco de Santa Teresa, tenía informes de que la policía y la seguridad, a espaldas del coronel Velasco, tenía preparado un asalto a su templo. Sólo se esperaba una oportunidad.

Monseñor Carrillo no podía renunciar a su deber. El martes 21, un poco antes del mediodía, estaba diciendo su misa ordinaria cuando una manifestación de médicos perseguida por la policía se refugió en la iglesia. En la confusión, la misa fue interrumpida, y agentes uniformados y civiles irrumpieron en el recinto, armados de fusiles y ametralladoras. En un instante la iglesia de Santa Teresa se impregnó de gases lacrimógenos, pero los policías impidieron la salida de las 500 personas -hombres, mujeres y niños- que se asfixiaban en el interior. Una bomba estalló a pocos metros de monseñor Carrillo. Los fragmentos se le incrustaron en las piernas y el párroco, con la sotana en llamas, se arrastró hasta el altar mayor. A pesar de la confusión, un grupo de mujeres mojaron sus pañuelos en el agua bendita de la sacristía y apagaron la sotana del párroco.

Cuando la iglesia fue evacuada, la policía se opuso incluso a que las ambulancias se llevaran oportunamente a los heridos. El arzobispo llamó por teléfono al comandante de la policía, Nieto Bastos, cuando todavía la iglesia estaba sitiada. Nieto Bastos respondió: Son ellos quienes están acribillando a la policía.

Monseñor Carrillo no pudo ser conducido al hospital. Con las piernas inutilizadas por los fragmentos de la bomba fue llevado al despacho parroquial, hasta donde logró penetrar, al atardecer, un médico que le prestó los primeros auxilios. El sacerdote fue sentado en un escritorio frente a una puerta que da directamente sobre la calle. Una patrulla de policía hizo tres descargas contra la puerta: un tiro de fusil, otro de revólver y una ráfaga de ametralladora. La bala de fusil perforó la puerta, atravesó el despacho y se incrustó en la pared del fondo, a 20 centímetros sobre la cabeza de monseñor Carrillo.

Durante toda la noche, mientras el párroco sufría en su dormitorio del primer piso, presa de terribles dolores, la policía disparó contra la iglesia para dar la impresión de que allí había grupos atrincherados. Energúmenos, subrayaban las descargas con toda clase de expresiones obscenas. Pero monseñor Carrillo, a pesar de su estado, sabía que aquel asedio no podía durar mucho tiempo. Así fue. El heroico pueblo de Caracas, con piedras y botellas, descongestionó el sector a la mañana siguiente. Horas después, el párroco experimentó una inmensa sensación de alivio. La misma sensación de alivio que experimentó Venezuela. Era la madrugada del 23 de enero. El régimen había sido derrocado.

*Gabriel García Márquez, ‘Cuando era feliz e indocumentado’. 1973. Ediciones El ojo del camello

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Una tragedia ‘universal’

Ni su imponente sede, ni su sobria imagen, ni sus abultadas ediciones dominicales hacían pensar que El Universal, uno de los grandes periódicos del país, se encontraba en una situación crítica. Luego de varios –y fallidos– intentos, su propietario logró venderlo a una empresa española envuelta en un halo de misterio. A partir de allí, todo cambió. El diario, sumamente crítico con el chavismo, comenzó a suavizar su línea editorial hasta quedar convertido en un medio dócil y manso. Su situación, sin embargo, no mejoró: perdió su público y parte su prestigio, labrado a pulso por más de un siglo. Pasados ya dos años de la venta, los augurios no son buenos. Esta es la tragedia de la destrucción de un diario centenario

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

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Formalmente, esta tragedia, la de la destrucción de El Universal, el diario de circulación nacional más antiguo de Venezuela, comienza el viernes 04 de julio de 2014, cuando el personal de la redacción es convocado a una reunión en la que se le informa que el periódico tiene nuevos propietarios. Sin embargo, como toda tragedia clásica –y El Universal siempre ha sido muy clásico–, tiene un prólogo, y por eso hay que hablar primero de los problemas económicos por los que atravesaba el periódico desde hacía tiempo. Problemas, en principio, que se inscribían dentro de la crisis mundial de la prensa ante la irrupción de lo digital, pero que en Venezuela se acentuaron, además, con la pérdida de importantes y grandes anunciantes que, bien por las nacionalizaciones –CANTV, Movilnet, Banco de Venezuela–, bien por la acentuada polarización reinante en revolución –olvídense de toda la publicidad oficial– y bien por la situación económica de los últimos años, marcada por la recesión y la inflación, dejaron de pautar. Los ingresos por publicidad –de los que viven todos los diarios– mermaron considerablemente. Reducciones de personal en 2003 y 2010, baja en los salarios de los jefes, pagos fraccionados de utilidades, la hipoteca con Bancaribe de la sede, una torre de 16.800 metros y 15 pisos, ganadora del Premio Nacional de Arquitectura en 1971, la venta de una planta en Guatire con tres rotativas y de algunos terrenos y propiedades del periódico, todo daba cuenta de que la situación no era óptima. A ello, además, se sumó la crisis de papel, que en el caso particular de El Universal tuvo su clímax en mayo de 2014, cuando se declararon en emergencia –“el actual inventario alcanzaría para imprimir el diario hasta un máximo de 2 semanas”– porque tenían retenidas desde enero 600 toneladas de papel en el puerto de La Guaira.

Así las cosas, no era de extrañar que su dueño, Andrés Mata Osorio, nieto homónimo del poeta Andrés Mata, fundador del diario, que nació en Venezuela pero se crio en los Estados Unidos, que no vivía en Caracas sino en Nueva York, y no era precisamente la persona con más arraigo y apego hacia el periódico –lo visitaba pocas veces al año, las estrictamente necesarias–, estuviera buscando la manera de deshacerse de tan problemática y costosa herencia. La operación, sin embargo, no parecía sencilla: tres intentos de venta, según el portal de confidenciales financieros y políticos del periodista Juan Carlos Zapata, se habían caído ya, porque no había comprador dispuesto a pagar tanto por tan poco.

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Son básicamente periodistas de la redacción de El Universal quienes integran el coro de esta tragedia. Y es así a petición expresa de ellos, que solicitaron que sus nombres no fueran mencionados en el presente reportaje y sólo bajo esa condición accedieron a hablar. Rumores –cuentan– era todo lo que había en esas fechas puertas adentro: un caudal de rumores que durante meses circulaban diciendo que El Universal iba a ser vendido. Eso y poco más. No había información oficial ni nada semejante. La redacción era un hervidero: día sí y día también los periodistas preguntaban a sus jefes cuánto de cierto había en la especie, y estos, las manos vacías y cara de sorpresa, decían que no, que no era verdad, o que por lo menos ellos no tenían información alguna al respecto. El asunto llegó a ser irritante: “No vamos a estar desmintiendo todos los días que el diario fue vendido”, llegó a responder, ofuscado y harto, Miguel Sanmartín, de la Mesa de Edición, a un insistente redactor deportivo. Y no era el único. “Yo me pasé casi 3 meses desmintiendo la venta”, reconoce Alfredo Yánez, quien para la fecha no estaba en la redacción, sino a la cabeza de EUTV (El Universal Televisión), un canal de televisión por internet que, a pesar del nombre, operaba de forma independiente del periódico y había sido lanzado en noviembre de 2013. “Yo veía que allí había dinero, que había inversión, que había una apuesta arriesgada. El año anterior se había invertido en una grilla de luces, se habían impreso unos backings, se había cambiado la escenografía. Por eso no lo creí hasta el último momento”, se justifica.

Sin embargo, mientras él veía inversión, otros, en la sede, veían unos movimientos extraños que apuntaban en dirección contraria: “En un momento nos empezamos a dar cuenta de que se estaba desmantelando la Fundación Andrés Mata. Llegaban como 7 camiones de muebles y enseres a sacar materiales, mobiliario y cosas que los Mata mantenían en el edificio del periódico, y eran llevados a una propiedad de ellos en Chacao. Nos parecía obvio que se estaban yendo de allí”, narra el coro.

“No, imposible” fue la respuesta que dio Ernesto Ecarri, quien para la fecha era Editor de Política, cuando el jueves 03 de julio una fuente, que llevaba 3 meses hablándole de la operación venta, le dijo que ésta ya estaba concretada. Ese jueves, precisamente, Elides Rojas, de la Mesa de Edición, fue convocado a una reunión en un hotel en Chacao. Al llegar se encontró con la plana mayor del diario, que le informó de la venta y le presentó al nuevo presidente, Jesús Abreu Anselmi. Estupor, por lo menos, fue lo que sintió y así se lo manifestó a los presentes. “Él pertenecía al círculo de confianza de los dueños anteriores y para él fue bastante sorprendente”, desliza un allegado. Cláusulas de confidencialidad, le dijeron. Más de 20 años de relación, alegó no sin amargura.

A la cláusula de confidencialidad también apeló Jesús Abreu Anselmi cuando le preguntaron quiénes eran los nuevos dueños de El Universal. Fue el 04 de julio en la asamblea convocada en el auditorio del piso 15 para presentarse ante el personal del diario. Allí, oficialmente, la redacción se enteró de que, en efecto, el periódico había sido vendido. “El ambiente era muy tenso”, recuerda Yánez, que no fue convocado pero igual subió. “Te estaban diciendo en una reunión familiar a disgusto que tus padres dejaban de ser tus padres y que a los nuevos tenías que quererlos y creer que lo que traían en sus alforjas era pura bondad”. ¿Y qué llevaba Jesús Abreu Anselmi en sus alforjas para El Universal? El compromiso de que la línea editorial no iba a ser cambiada –“doy mi palabra como única prueba”, dijo–, la garantía de que el papel no iba a faltar más –“tendrán papel para trabajar”–, la promesa de fortalecer los proyectos que habían quedado sin concretar con los viejos dueños, y “una agenda llena de proyectos e interesantes propuestas de crecimiento regional, diversificación y modernización”. Allí, formalmente, empezó todo.
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“A partir de hoy, la firma española de inversiones Epalisticia se incorpora al diario”. Esa es la versión que dio El Universal el sábado 05 de julio en portada, cuando anunció el “cambio en su estructura accionaria” –nunca venta, palabra, al parecer, vetada–, con la entrada de una “empresa de inversión con base en Madrid que centra su actividad en áreas como el petróleo, bienes raíces y medios de comunicación”. “Dos de sus directivos, Eduardo López de la Osa y José Antonio de la Torre, luego de investigar el mercado venezolano durante más de un año (…) se inclinaron por la empresa que les ofreció mayores y mejor potencial de desarrollo”, explicaban. “Epalisticia trae un plan de generación de valor a largo plazo”, además de introducir “innovaciones tecnológicas que aceleren el proceso ya iniciado de digitalización y que van mucho más allá de la mera aportación financiera”, decían.

Alfredo Yánez sencillamente no se lo creyó. “En un país como este, con control de cambios, con periodistas acusados y señalados, es muy difícil conseguir un inversor que quiera hacerse con una estructura enquistada, con taras, con una plantilla de periodistas y obreros, sólo porque quiere hacer negocios. Eso es un cuento muy cuento y quien quiera creerlo, chévere”. Y cuento comenzaba a parecer cuando ese mismo 05 de julio el diario madrileño El País informaba que Epalisticia había sido constituida el año anterior con un capital de apenas 3.500 euros, que el dominio de su página web había sido creado 4 meses atrás, y que el monto de la operación se encontraba entre 90 y 140 millones de euros.

“No sé de dónde salió esa cifra. No fue ni la mitad de 40 millones de euros. El periódico valía muy poco: ha pedido dinero durante muchos años y tiene una situación económica complicada”, le dijo meses después José Luis Bastante, Consejero Delegado de Epalisticia, al periodista Jesús Yagure, de Runrun.Es, en una entrevista en la que revela que en realidad Espalisticia fue contactada por unos “inversores internacionales” –cuyos nombres él no puede revelar por un acuerdo de confidencialidad– para que “hicieran una gestión técnica, sobre todo económica y de empresa” en la compra de El Universal, pero que “ni yo ni mis socios, ni Eduardo ni José Antonio (…) somos accionistas ni tenemos participación ni hemos comprado ningún periódico”. “–¿Epalisticia se creó para comprar este medio?”, le preguntó Yagure “–Sí.”, respondió, tranquilo, Bastante. Es decir que al final –hablando de cuentos– Espalisticia resultó no ser la dueña del diario, ni esos inversionistas, cuyos nombres se mencionaron en la portada, los propietarios, sino intermediarios usados por otros fantasmagóricos “inversionistas” para comprar El Universal. ¿Quiénes son finalmente los dueños y de dónde salió el dinero? Secreto de arcano.

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“Se define como un hombre austero y sencillo, cuya zona de confort se sitúa (…) en el bajo perfil y en el culto activo de su fe cristiana (…) Contralor del estado Lara, Viceministro de Desarrollo Urbano, senador independiente por AD y profesor universitario. Ingeniero Civil de la UCV (…) [con] postgrado en la Universidad de Saint Thomas (Minessota), en los últimos tres lustros se ha dedicado a asesorar empresas en materia de restructuración financiera”. Con esas primeras líneas arrancó la presentación en sociedad de Jesús Abreu Anselmi. Fue en la edición del domingo 13 de julio, de la mano de Roberto Giusti, el gran entrevistador del diario, con titular de apertura y gran foto de portada. En el coloquio Abreu respondió de modo bastante parco y manteniendo siempre una línea discursiva muy técnica. Allí se presentó simplemente como un gerente que fue llamado por unos inversionistas para tratar de levantar una empresa recién adquirida por ellos –a quienes parecía no conocer casi– y en cuyo proceso de negociación nada tenía que ver y nada sabía. En cuanto al diario y su línea editorial, mencionó un par de veces la palabra “imparcialidad” y dijo que debía ser “absolutamente objetivo en el plano de la política”, que la unidad de investigación funcionaría tal como lo había ido haciendo, que se elevaría el nivel informativo en economía, energía y ambiente; que estarían al servicio de todo lo que significara progreso; que serían críticos del gobierno “y de todo aquello que sea necesario criticar”, y que el objetivo del periódico “no es hacer actividad política” sino suministrar información veraz y objetiva.

De lo que no se habló ese día –a fin de cuentas era su día– fue de lo publicado por El País de Madrid el sábado anterior: “en épocas más recientes Abreu ha estado vinculado con la nueva burguesía surgida al amparo del chavismo. Desde hace par de años funge como director suplente del circuito radial FM Center, con casi 50 emisoras en el país. Abreu es parte del 40% de las acciones adquiridas por el empresario Rafael Sarría, que mantiene estrechas relaciones con el número dos del régimen, Diosdado Cabello. Una fuente de esa emisora confirmó a este diario que Abreu asiste a las reuniones de la junta cuando se ausenta Sarría”.

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“Lamento tener que informarle que debido a la reestructuración editorial que adelanta el diario El Universal se ha hecho una serie de ajustes y por esta razón ya no podremos darle curso de publicación a sus artículos temporalmente”. Esas líneas, firmadas por Miguel Mayta, Editor de Opinión, llegaron a los correos de 26 articulistas, que, entre el 10 de julio y el 03 de agosto, fueron removidos de la plantilla de opinadores.

Marta Colomina, cuyos textos llevaban años abriendo las páginas de opinión dominicales, renunció con una carta pública el 02 de agosto. “Las denuncias sobre articulistas censurados o despedidos por razones políticas han crecido significativamente (…) todos los censurados o sacados de las páginas de opinión son críticos del gobierno (…) en esas condiciones no puedo seguir escribiendo en El Universal, aunque mis artículos críticos, hasta la semana pasada, hayan salido sin censura alguna”, alegó.

Tres días después, en la portada de la edición del martes 05 de agosto, el periódico se defendió con una carta pública: “En los últimos días se ha presentado una serie de inconvenientes en la muy importante sección de Opinión de El Universal a partir de la entrada en vigencia de nuevas normas para el tratamiento de los artículos, que implican, como ya se dijo, retomar el Manual de Estilo y (…) rescatar el equilibrio necesario”, decían. “En la nueva etapa de El Universal hemos advertido muestras palpables de violaciones, por lo que el periódico declinó las publicaciones que no responden al código ético”. ¿Cuáles eran las máximas de ese código ético? Según explicaban: “balance”, “equilibrio”, “buen uso del lenguaje”, “respeto” y “guarda de la honra de terceros”.

“El Papa Francisco nunca podría escribir en El Universal, porque ese sí que utiliza adjetivos calificativos para describir a los corruptos” fue la respuesta que dio al editorial la periodista María Denisse Fernández, quien escribía semanalmente de religión e iglesia y fue una de las primeras despedidas por una serie de artículos en los que públicamente pedía oraciones por la conversión de los corruptos –“Rezaremos mucho por ustedes. Ojalá puedan arrepentirse de corazón, pedir perdón y devolver todo lo robado”, era el cierre del último texto, que nunca llegó a ver luz–.

“¿Qué es opinión hoy en día? Esa es una buena pregunta”, dice Ernesto Ecarri. “Con Opinión lo que hicieron fue buscar temáticas distintas, tratar de que no todo fuese negativo. De alguna manera es hacer un periódico que no moleste”, manifiesta. Disertaciones sobre las selfies, disquisiciones bizantinas sobre los dilemas morales del mundo, la hipocresía de la humanidad, el mal que hace el tabaco o las mentiras que todos nos creemos, son algunos de los temas que ahora se pueden leer en dichas páginas, que, efectivamente, molestan poco.

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“Está fuerte”, fue lo que dijo Jesús Abreu Anselmi, según el deslenguado portal de Juan Carlos Zapata, cuando vio la caricatura que saldría en la edición del 18 de septiembre. Una caricatura en la que hay dos electrocardiogramas: el primero –Salud–, con sus picos altos y bajos; el segundo –Salud en Venezuela–, totalmente plano, muerto y partiendo de la firma de Hugo Chávez. “Está fuerte”, dijo, pero se publicó. En la tarde, no obstante, al llegar de una reunión fuera del periódico –siempre según Zapata–, Abreu llamó a Elides Rojas y le pidió que botara a Rayma Suprani, la caricaturista estrella de El Universal.

“Me llamó mi editor para informarme que el nuevo director, el Señor Abreu, se había molestado mucho con la caricatura (…) me imagino que el chavismo, que es quien está detrás de la compra de El Universal, se molestó porque existía un dibujo muy crítico ante la situación de la salud, y se estaba usando la firma de Chávez, que es una de las iconografías que han intentado elevar hasta lo celestial, que es como la firma de Mahoma, algo intocable, y yo traté de desmontar esa forma religiosa de ver ese grafismo”, explicó ella la mañana siguiente en el programa radial de César Miguel Rondón.

“Rayma está muy bien botada. Desde hace meses ella venía haciendo todo lo posible por ser botada con el propósito de obtener que la liquidaran doble (…) Permanentemente retó a la directiva, publicando las caricaturas que quiso con el contenido que quiso”, escribió en su cuenta personal de Facebook Arturo Casado, Vicepresidente de Mercadeo, quien, sin embargo, renunció ese día. “Desde el poder siempre te van a decir que te buscaste lo que pasó. Como el caso del violador y la muchacha con mini-falda. Rayma lo que hizo fue hacer su trabajo, lo que hacía todos los días. Siempre fue muy rebelde y muy radical, nunca fue suave, siempre fue frontal contra lo que no estaba bien”, la defiende Ángel Gómez, quien para la fecha era reportero de Cultura.

“Ella llegó a publicar una caricatura, que el periódico no impidió, en la que presentaba como una rata peluda al Presidente del Periódico”, alegó Casado como prueba de hasta dónde había llegado la caricaturista. Se refería a una curiosa pieza publicada el domingo 24 de agosto que para muchos pasó inadvertida: en ella tres personas, dos hombres y una mujer –¿Elides Rojas, Miguel Sanmartín y Taisa Medina?–, están sentados en una mesa –¿la Mesa de Edición?– y frente a ellos está un cuerpo de manos y torso peludos escondido tras la pantalla de un hombre afable –¿Abreu?– que dice: “¡Muy buenas tardes! Soy el nuevo inversionista”. “Eso ningún editor del mundo lo hubiera aceptado”, jura Casado. “Cuando lo que no está bien está dentro de tu casa, tú tienes que atacarlo, y fue lo que ella hizo. Estando dentro no tuvo ningún tipo de prurito en cuestionar lo que estaban haciendo con el periódico”, continúa en su defensa Ángel Gómez.

El coro pasa por encima de los supuestos intereses crematísticos de la caricaturista, pero confirma que sí, que ella jugó duro. “Rayma nunca tranzó con nada ni con nadie. Ella siguió haciendo caricaturas fuertes, incluso más fuertes, a pesar de los múltiples llamados que le hacían”, comentan. Y ella lo acepta sin ningún problema: “Después de la venta, mi trabajo se empezó a ver de manera crítica (…) en el periódico me empezaron a decir que si podía bajar la nota”, reconoció ante Cala en CNN. Pero no lo hizo: “Yo decidí que no iba a suavizar mi línea”, le confesó a César Miguel Rondón. “Mi posición era que seguiría en El Universal mientras pudiera publicar mis caricaturas con la libertad que siempre tuve, sin hacer concesiones con esa manera de pensar aguda que he manejado en estos años”. Y así fue.

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“Es de las secciones más leídas del periódico (…) sus fuertes son el análisis y el seguimiento continuo”. Así les vendieron el primer día de la preventa de 2015 a los anunciantes la que era –siempre lo había sido– una de las fortalezas del diario: la sección de economía, una de las mejores –si no la mejor– del país, que Abreu había prometido reforzar en su entrevista con Giusti, y que en tiempos de grave crisis resultaba bastante incómoda.

La noche del 14 de agosto una nota de la sección fue mandada a sacar. Estaba firmada por el corresponsal del diario en Guayana, y reseñaba los conflictos surgidos a partir de la firma del contrato colectivo en Sidor: los trabajadores se sentían estafados por la representación sindical y habían protestado. En su lugar, se publicó la nota de la Agencia Venezolana de Noticias (AVN), que sólo reflejaba la versión oficial, en la que se hablaba de un “triunfo de la clase obrera” –así lo celebró en su twitter la Ministra de Comunicación, Delcy Rodríguez–.

Eso marcó, de algún modo, el principio del fin de Economía, que en noviembre terminó desmantelada. Todo a punta de eufemismos –“si el precio del petróleo bajaba, no se decía que bajaba o que cayó, sino que se ubicó”, dice el coro–, de veto a fuentes –“Ecoanalítica y Econométrica no se debían citar porque eran de oposición”–, prohibición de uso de cifras extraoficiales –“no se podía publicar nada que no estuviera respaldado por número oficiales, y el Banco Central de Venezuela desde enero no los publica, entonces las informaciones sobre inflación o escasez sencillamente no salían”–, exigencia de notas educativas y “planas” en detrimento de las de carácter noticioso  –“a juicio del presidente de El Universal se debían llenar los espacios del periódico con informaciones relacionadas, por ejemplo, con la extracción de petróleo y hierro”, contó su editora al IPYS–, y constantes cambios de títulos y sumarios, que contradecían la información de las notas –“Petróleo venezolano se ubica en $77,65, tras leve repunte ayer” fue el título que le pusieron a una información que, líneas más abajo, decía: “la cesta petrolera venezolana perdió 5,07 dólares para cerrar este viernes en 77,65 dólares por barril, el valor más bajo registrado desde la segunda semana de noviembre de 2010” –.

La gota que derramó el vaso fue el caso de una información publicada el 10 de noviembre, en la que se decía que la hallaca de Mercal había subido 201,2%. El cálculo era de la reportera, que lo sacó comparando el precio del año anterior con el anunciado ese día, y que molestó mucho a Abreu: “El propio diario hace unos cálculos sobre inflación y diferencia de precios que son el aporte anti-gobierno de nuestra propia calculadora e intención. A eso es a lo que me refiero con bajarle el tono (…) si hay alguien que quiera opinar sobre eso, que lo haga y se agrega (…) pero atribuido a un tercero, no al periodista y a su iniciativa”, fueron sus palabras de acuerdo con una nota de protesta enviada por el equipo a la Mesa de Edición, cuyo silencio y falta de respuesta llevó a la editora de la sección, Carmen Rosa Gómez, a renunciar. Con ella se fueron dos integrantes, y luego los otros. El “equipo de reporteros especializados [que] permite ir más allá de la noticia” –palabras de la preventa– desapareció. “Hubo que contratar un personal nuevo, que no maneja nada de los temas económicos puros y duros, y que ha suavizado mucho la sección”, cierra el coro.

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“Nosotros, periodistas e integrantes de la redacción del diario El Universal, queremos expresarle al país en general y especialmente a los lectores que nos han acompañado con su confianza por décadas, nuestra preocupación por los cambios que se han registrado en los lineamientos dictados para el ejercicio de nuestras labores”, escribieron los periodistas en un comunicado público al día siguiente del problema de Sidor.

Se referían a cambios como el de aquella noche, y a otros bastante notables como los que se veían en las portadas –“los redactores no somos responsables de la jerarquización y distribución de los contenidos de la primera página del diario, ni ahora ni antes”, se vieron obligados a aclarar en un comunicado posterior–, que empezaron a llenarse de información oficial, a abrir con declaraciones favorables al gobierno –“Le apuesto al éxito de Maduro porque su fracaso nos haría mucho daño” (Vladimir Villegas, 14/09/14)–, promesas a futuro –“Dos trenes para ferrocarril del Tuy llegarán en 9 días” (29/09/14)–, información internacional intrascendente –“Triunfo conservador en las elecciones generales británicas” (8/05/15)–; en las que no se volvió a ver una foto de una cola o de una protesta y sí varias y grandes gráficas de eventos deportivos, actividades al aire libre y cosas triviales. “Las páginas, que deberían estar llenas de información, las han llenado de cosas banales, todo ello para silenciar. Tengo 19 años en esa redacción, y en un país como el que vivimos, tener una portada con todas las misses visitando la redacción de El Universal… Bueno, eso lo dice todo”, le comentó Rayma a César Miguel el día posterior a su despido.

Cambios también apreciables como los de la titulación de las informaciones, cuyo estilo fue modificado. “El periódico estaba acostumbrado a una manera de titular en la que no había problemas en ser confrontadores, eso se trató de bajar y eliminar, se nos pedía que fuéramos lo más neutrales posibles, que buscáramos una posición de equilibrio”, revela Ernesto Ecarri. Y para botón de muestra el que dio Roberto Deniz, a la sazón reportero de Economía, quien el 29 de octubre denunció en su cuenta de twitter que una nota titulada: “Venezuela en el último lugar en derechos de propiedad” fue publicada al día siguiente con el título: “Presentan informe de índice de derechos de propiedad”.

Cambios inexplicables como la minimización –casi eliminación– de la sección Sucesos. “Quedó reducida a media página junto con la sección Caracas. Las notas nos las pusieron en la parte baja”, cuenta Thabata Molina, ex reportera de la fuente. Problemas de papel, alegaban, y se entendía. La crisis existía. Lo que no se entendía es que habiendo tal crisis, sin casi espacio, se ordenara que allí, en esa misma página –en la que se tenían que condensar los crímenes de una de las capitales más violentas del mundo junto con el día a día de una urbe tan caótica– fuera mandada a incorporar también una sección llamada “Historias de Vida”, en la que diariamente se publican testimonios de lucha y superación de gente común y corriente. Esa sección ocupa por lo menos el 25% de la página, es inamovible –“orden del presidente Abreu” –, tiene llamado diario en portada, y se publica, además, en el cuadrante superior derecho, de todos el más visto. Ello, mientras en Sucesos “muchas informaciones quedan fuera y las importantes reducidas a micro notas de 600 caracteres”, dice Molina.

Cambios zalameros, como el de Cultura, que pasó a ser, prácticamente, el boletín del Sistema Nacional de Orquestas, dirigido por José Antonio Abreu, hermano de Jesús Abreu. “El Universal se forzó para que se convirtiera en un medio institucional del Sistema de Orquestas”, afirma Ángel Gómez, quien fuera reportero de la fuente. “Desde la llegada de Abreu hubo una tendencia a apoyar el Sistema, a publicar más cosas del Sistema. Su aparición se convirtió en algo grosero. Llegamos a un punto en el que hasta se fijó una agenda semanal de entrevistas de personalidad a figuras importantes del Sistema” prosigue Gómez, quien se las vio negras para poder publicar un diálogo con Gustavo Dudamel, director de la Sinfónica, en el que le preguntó sobre política. “En la tarde se me instó a que eliminara esas preguntas del cuestionario. Yo dije que no. Desde la coordinación de la sección se me apoyó. Se le hizo creer a la Mesa que ya se habían podado las preguntas, cuando en realidad no fue así, y salieron”, recuerda. Un despliegue inusitado de recursos –con un drone incluido, para tomar una foto de la Orquesta en la terraza– se llevó a cabo cuando fueron a dar un concierto en la sede de El Universal.

Cambios curiosos, como los sucedidos con las fotografías de ciertos personajes del gobierno, que comenzaron a aparecer con mucha y mayor frecuencia y casi siempre en poses sonrientes y favorables –“la orden es que no salgan nunca con malas caras”, juran en el coro–. Eso por no hablar de la lista de intocables, encabezada por Diosdado Cabello –“hubo una amenaza de demanda contra el diario luego de que se publicara la foto de una protesta en la que aparecía una pancarta que decía ‘Diosdado explotador’, desde ese entonces ni se le menciona”, susurran– y en la que se encuentran, además, otros personajes como Miguel Rodríguez Torres, ex Ministro de Interior y Justicia –“se me dijo abiertamente que él era intocable”, revela Molina–, Jorge Rodríguez, Alcalde de Caracas –“pasamos de tener una campaña de denuncia sobre las fallas de su gestión a estar todos con Jorge”, no se lo cree el coro–, la Ministra de Defensa, el director del Sebin, y prácticamente cualquier alto funcionario, que suelen ser tratados con guantes de seda. Que lo diga Elías Jaua, Ministro para las Comunas, cuya empleada doméstica, capturada por las autoridades de Brasil con un arma, pasó de ser, en la primera versión de una nota montada en la web, “niñera de Jaua”, a simplemente, en la segunda versión, “empleada de un alto funcionario” cuyo nombre desapareció y nunca se mencionó en el texto.

Y cambios enigmáticos, como el ocurrido el 16 de agosto, cuando, para recordar los diez años del Referéndum Revocatorio que reafirmó en su mandato a Hugo Chávez, se publicó una entrevista con Hugo Cabezas, jefe de la Onidex para ese entonces y presidente de la Corporación Maneiro, el monopolio estatal dueño de todo el papel periódico en Venezuela. Extraño no tanto por el entrevistado y el motivo –que también– sino, sobre todo, por quien firmaba la entrevista: Ricardo Villarroel, articulista de Aporrea, quien no pertenecía a la plantilla del diario.

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“Los tres se cambiaron el chip. Ahora cuando les presentamos o proponemos algo sus argumentos son: ‘no, eso puede generar zozobra’. ¿Pero cómo generar zozobra si eso era algo que publicábamos antes y no pasaba nada? Se comprometieron con la defensa de la Libertad de Expresión y eso no ha pasado. No están defendiendo absolutamente nada, sólo sus puestos”, brama el coro en contra de Elides Rojas, Miguel Sanmartín y Taisa Medina, cabezas de la redacción. Ernesto Ecarri, que estuvo allí, que en algún momento fue parte de la Mesa de Edición, es quien coloca los matices de grises en tan oscuro asunto, que él, sin quitarle seriedad, plantea como un juego de sobrevivencia, estratégico, bastante complejo y con el final cantado: “El criterio que primó en el caso mío y de todos los de la Mesa para seguir allí y asumir el cargo fue preguntarnos qué era preferible: irse y que viniera otra persona sin tus principios y valores e hiciera lo que le viniera en gana, o estar allí y no plegarte, sino tratar de sobrevivir en esa situación, en ese periódico, que no es el de antes, y hacer lo que buenamente se pudiera, cuidar ese espacio que tenías, preservar esos puestos de trabajo. Al final todos íbamos a morir y nos íbamos a ir del periódico, la cosa en ese momento era tratar de encontrar la mejor manera de irse; ese terminó siendo el gran dilema del periódico, de todos”, alega.

“Tú vas a la Mesa de Edición, que había prometido que iba a defender a los periodistas, y no lo hace: lo único que hace es cumplir órdenes y ya. Cambian y ponen cosas dependiendo de cómo lo manden”, sigue, indignado, el coro. Ecarri dice que no, que así tampoco, que la pelea se da, aunque hay un punto en el que la pierden. “Yo recuerdo haber tenido una discusión en febrero, de las últimas en las que participé, en la que llegamos al acuerdo de que toda información que mereciera ser publicada no iba a ser sacada del periódico; eso no significaba que no se le diera la vuelta, pero no salía del periódico, que era al final lo importante; entonces, a partir de allí tú podías negociar. Sin embargo, llega un punto en el que eso se cae por su propio peso, porque había un mandato bien claro de hacia dónde querían que fueran las cosas y esa pared ya tú no la podías romper”.

“La relación entre la redacción y la Mesa cambió muchísimo. Y ellos están al tanto de que con nosotros perdieron credibilidad en muchísimos aspectos”, sigue desahogándose el coro. Y allí, Ecarri asiente comprensivo. “Hubo momentos en los que era lógico que del lado de los reporteros se resintieran de que yo defendiera lo que defendía, que no fuese tan vehemente en el reclamo de ciertas cosas, pero es que estábamos jugando un juego de sobrevivencia”, insiste. “A mi entorno llegaron incluso cuentos sobre cómo yo me había vendido. La verdad, no me sentí cómodo jugando ese rol, pero era el que tenía que jugar. Aguanté siete meses y no puede más: en un momento me sentí incomprendido, que lo que estaba haciendo no tenía valor. Sin embargo estoy tranquilo con mi conciencia: jugué hasta donde pude”.

Para terminar de zanjar el asunto, Ecarri propone una metáfora bastante gráfica: “Cuando vendieron el periódico a cada empleado le dieron un chicle y cada quien lo estiró hasta donde pudo: unos más otros menos. Es lo que pasó con Economía y Rayma: se rompió a las primeras de cambio”, termina Ernesto. “Lo que me cuesta entender es de qué tamaño es el chicle de Elides Rojas, a quien aprecio y admiro mucho, y del resto de la mesa, porque ha habido atropellos profesionales hacia ellos. Cuando te cambian un título te están violando como editor, tú no puedes permitir eso, y si te quedas, lo estás avalando”, cierra Ángel Gómez.

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Como toda tragedia, esta también tiene un canto coral de cierre. En este caso, un collage de voces y citas –todas dichas por las fuentes, de todas se tienen registros– en las que queda de manifiesto la penosa realidad de El Universal hoy en día.

“No hay inversión por ningún lado”. “Allí no se ha comprado ni un televisor, ni una computadora nueva. Siguen los mismos problemas de siempre”. “El departamento de fotografía trabaja apenas con 3 cámaras”. “Los chamos de multimedia trabajan con las uñas: tienen apenas una cámara para grabar videos”. “Dos veces se les ha vencido la factura del servidor de video, y han tenido que salir corriendo a pagarla”. “No han comprado ni un carro nuevo”. “En el estacionamiento hay una camioneta parada desde hace un año porque le falta una bujía y no la mueven”. “Para comprar un caucho no tienes idea de todo el proceso por el que hay que pasar para que aprueben los recursos”. “Hay una camioneta que chocó un transportista al que iban a robar y está allí, chocada”. “Cuando llamaron al seguro le dijeron que no tenía seguro”.

“En la preventa lo que se vendieron fueron los obituarios, ese fue el punto fuerte”. “Lo que ofreció la preventa fue una garantía de inversión –‘si no circulo como te estoy diciendo, te devuelvo los reales’–, no un servicio de promoción, de publicidad, nada”. “Es que el periódico no tiene nada que ofrecer”. “Había pasado más de un año y seguían vendiendo la Biblia: ¡eso era un plan de la administración anterior!”. “Aquí no hay nada nuevo que proponer, no hay un elemento, no hay un cuento nuevo, nada”. “Y además acabaron con los platos fuertes, que eran Economía y Opinión”.

“Sé que muchos se sienten incómodos pero no les recomiendo que haya una estampida masiva porque el periódico no está en capacidad de pagar arreglos para todos y podría fácilmente declararse en quiebra”. “Desde julio ha habido como 40 o 50 renuncias de periodistas y altos cargos”. “Casi todos los que se han ido son personas con trayectoria, periodistas que conocen su fuente”. “Todo el grupo de corresponsales del interior quedó desmantelado”. “Te metes en la página de contactos de El Universal y vas a ver a un montón de gente que ya no trabaja allí”. “Ha habido una fuga paulatina de talento”. “Los cargos de los que se van quedan congelados, no contratan a nadie para que los reemplace”. “Sólo contrataron a gente en Economía porque eso quedó vacío y había que meter a alguien”.

El Universal perdió su público”. “Nuestro lector tradicional, del 95 para acá, que era un poco más confrontador, se alejó, se fue; y el lector pro-gobierno no nos va a comprar. Y no tener ni a uno ni a otro es difícil”. “Los lectores te lo dicen en la calle: ya no compro más El Universal”. “El tiraje ha disminuido bastante por la falta de papel. El periódico circula con muchos menos ejemplares”. “Si antes circulábamos un domingo con 200.000 ejemplares, ahora es con el 50% menos”. “Y las devoluciones han seguido aumentado de forma significativa”. “El Universal sencillamente no se vende”. “La venta neta podría estar en menos de 20.000 ejemplares de lunes a viernes”. “¿En este momento histórico el periódico se está haciendo para la gente? No. ¿Lo va a comprar la gente? No”.

“Desde que llegó Abreu las decisiones sobre temas importantes se toman a última hora”. “En la reunión de la mañana aprueban un tema y a las 5, con la página lista, él la lee y manda a sacar cosas sin pensar que a esa hora los periodistas ya no estamos o no hay información de calidad con qué llenarla”. “Nadie entiende cómo hace los cambios: hay días en los que deja pasar unas informaciones y días en los que no”. “Un día le gusta una cosa y otro día le disgusta”. “Su frase favorita cuando se le propone un tema complicado es: ‘¿Y para qué nos vamos a meter en eso?’”. “Ni siquiera la gente de la mesa lo entiende: los llama en la noche a la redacción, y ellos no saben por qué”. “Hay momentos impresionantes: 18, 20 llamadas en una noche”. “‘Cambia, quita, pon, esto ya no me gusta, dale la vuelta. No me gusta que le des tanto espacio a esto, quítalo, no lo publiques’”. “Se está manejando todo sin un objetivo específico: nadie ha logrado descifrar cuál es la línea del periódico”. “Al final nadie tiene claro a quién responde este nuevo proyecto: es una cosa extremadamente difusa”. “La idea es tratar de pasar lo más desapercibidos posible”.

“El periódico no está dando información”. “En el momento actual no refleja la realidad venezolana”. “De la noche a la mañana pasamos a vivir en Suiza: sólo se publican las cosas buenas y positivas”. “No salen las colas, ni el desabastecimiento, ni la crisis”. “Están pasando muchas cosas que no se están reflejando en el periódico”.  “Se hizo una recomposición para tratar de pasar las informaciones que generaran menos resistencia al gobierno”. “Cuando haces propaganda en tu primera plana estás declarando tus principios”. “Ahorita el periódico es un panfleto”.

“Lo vendieron para salir de una empresa que no daba resultados, y lo compraron para coartar y tomar un medio que hacía contrapeso”. “Económicamente, comprarlo fue un mal negocio; políticamente hicieron lo que necesitaban: quitarle al país una de las bases más importantes que tenía para el flujo de información”. “Hasta ahora lo que hemos visto es que lo compraron para silenciar la voz disidente al gobierno”. “El objetivo era frenar, darle cabida a otro tipo de vocería y eliminar la que tenía cabida allí”. “Es una forma de decapitación muy sutil: el gobierno compra el país con el dinero del país”. “Desmontar un periódico de 105 años no es tarea fácil y eso es lo que quieren: ir desmontando el medio sin que nadie se dé cuenta”.

Pero todavía hay quien lo ve e incluso quien lo cuenta.

SUENOWEB

Así desmantelaron la UCI de Últimas Noticias

Fue como un sueño. Algo demasiado bueno para ser cierto. Una Unidad de Investigación dentro del conglomerado editorial más grande de Venezuela, la Cadena Capriles, editora del diario de mayor circulación del país, Últimas Noticias, en el que domingo a domingo salían publicados los trabajos producidos por el equipo de 9 reporteros-investigadores. Trabajos que en tres oportunidades alcanzaron reconocimiento internacional –Premio García Márquez de Periodismo, Premio Roche de Periodismo de Salud, Premio María Moors Cabot–, nunca local –jamás un Premio Nacional de Periodismo–, pero que siempre sacaron a la luz verdades incómodas. Trabajos cuyo destino estuvo ligado al de la Cadena y que cambiaron radicalmente cuando fue vendida. Acá una historia que termina en pesadilla.

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Carcajadas. Estruendosas y sonoras. Eso era lo que se producía en la Redacción Única de la Cadena Capriles cada vez que algún pajarito azul, anónimo o medianamente conocido, trinaba en la lenguaraz red social que el todopoderoso holding editorial, propietario de los diarios Últimas Noticias, Líder, y El Mundo Economía y Negocios, estaba siendo vendido. Tal era la seguridad que ni siquiera ellos, periodistas, que editaban el diario más leído del país, se permitían aplicar el principio básico del oficio: dudar de todo. Tampoco poner en práctica la más elemental de las herramientas: la pregunta. Y no por temor o falta de acceso al jefe, no señor; más bien por todo lo contrario: porque era demasiado pana y cercano, porque con él todo había sido transparencia; y preguntarle a él, que todas las mañana pasaba saludando, que al mediodía, bandejita en mano, almorzaba en el comedor, que algunas tardes jugaba futbolito con ellos, y algún fin de semana hasta dominó; preguntarle a él, que en las fiestas de Navidad se emparrandaba y bailaba con sus empleados; preguntarle a Miguel Ángel Capriles López, a Michu, si estaba vendiendo la Cadena a espalda de sus empleados, de su gente de confianza, era como feo. Diríase, casi, un acto de deslealtad. Y porque la verdad no tenía ningún sentido luego de haber hecho una monumental inversión para mudarse de sede.

Fue un año antes, el martes santo de 2012, cuando las luces de la Torre de La Prensa se apagaron. El edificio, clásico y añejo, ubicado unas cuadras más arriba del casco histórico de la ciudad, frente al Panteón y la Biblioteca Nacional, había albergado desde 1951 al diario Últimas Noticias y había sido testigo de cómo a partir de éste surgió uno de los grandes emporios editoriales del continente. También vio su decadencia y cómo, en el otoño del patriarca, se iban quedando a la zaga. Y volvió a ser testigo de otro resurgimiento: el ocurrido con la llegada del heredero, en cuya mente dos palabras, ‘modernización’ y ‘profesionalización’, trazaban el norte. De allí que la vieja torre tuviera que despedirse de sus inquilinos ese 03 de abril: porque luego de seis décadas se había quedado obsoleta y ya no era funcional.

El lunes de Pascua –si de resurrecciones se trata– el personal cambió la ruta. Ya su destino no era el centro de la ciudad, sino el noreste. Ya no el Panteón, sino La Urbina. Allí los esperaba su nueva casa: la primera redacción integrada de América Latina, una nave espacial sin puertas ni oficinas privadas, de 1000 metros cuadrados, con 220 puestos de trabajo, sillas ergonómicas y tecnología de punta. Una súper estructura con todas las comodidades posibles: estacionamiento, escaleras eléctricas, comedor subsidiado, gimnasio, cancha de futbolito, kiosco, enfermería, todo. Una pequeña ciudad construida por iniciativa –y capital– de Miguel Ángel Capriles López, quien durante tres años, con su equipo gerencial y asesores extranjeros, planeó cada detalle, y durante el año siguiente se pasó los días solventando y arreglando cada desperfecto. Por eso, que dijeran que vendía mientras ellos lo veían allí, preocupado porque el ascensor no estaba bien calibrado o había que terminar de graduar las escaleras mecánicas, lo que les producía era risa.

“Él estaba emprendiendo aquella movida gigantesca y metiéndole tanta plata a ese edificio que era impensable que vendiera”, recuerda Tamoa Calzadilla, ex cabeza de la Unidad Central de Investigación (UCI) de la Cadena Capriles. “Era como que alguien esté comprando una casa nueva, la esté alfombrando, poniéndole mármol, trayéndole a los mejores arquitectos e ingenieros; y que te digan que la está vendiendo. ¡Eso no existe! ¡No tiene lógica!”, se justifica. “Es más –recuerda– yo lo entrevisté sobre la integración de las marcas y todo era muy optimista: estamos reformando la Cadena, estamos haciendo mil cosas, apuntamos a ser los mejores de América Latina…”.

Eso explica por qué, cuando el 20 de mayo, no ya un anónimo, sino Idania Chirinos, directora del canal de noticias colombiano NTN24, anunció vía twitter que la Cadena había sido vendida “a un banquero cuya inicial es la de un canal de TV”, todavía hubo algunos que dudaron. “Yo fallé de primera: puse un tweet en el que decía: ni se venden ni la venden”, hace mea-culpa Carmen Riera, ex directora de Periodismo Gráfico y Audiovisual de la Cadena, “pero era tal la confianza, era tal la seguridad…”, suspira. Lo mismo Nathalie Alvaray, vicepresidenta de la Cadena, si no mano derecha de Capriles López, sí de su entera confianza. “Yo sin voltearme a preguntarle al dueño lo negué y bajé a la redacción a decir que eso no era así”.

Tan absurdo le parecía todo, tan segura estaba, que, tranquila ella, sin ningún tipo de temor se fue a Tailandia a exponer la Cadena Capriles como caso de innovación ante la Asociación Mundial de Periódicos. Allí, en Bangkok, al otro lado del mundo, una llamada de Capriles López le confirma que sí, que es cierto, que están vendiendo. “Me montó cachos el marido y no quise ver”, ríe con humor negro. Fin de semana de llamadas trasatlánticas. De mails y whatsapp. De confirmarle a su equipo la mala nueva. De ir al aeropuerto a intentar conseguir un pasaje de regreso.

Camino al aeropuerto se encontraba Liseth Boom, periodista del equipo de investigación, que el viernes había salido de vacaciones. Allí le llegó la confirmación: “Muchachos, lo del rumor es verdad”, les escribió Tamoa Calzadilla. “¡Miércoles, fue horrible! Yo me acuerdo bajando a Maiquetía y llorando. Diciendo: esto se acabó”.

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Fue un lunes cuando Víctor Vargas, dueño del Banco Occidental de Descuento (BOD), visitó la Cadena Capriles. Y se sabe que fue un lunes porque ese día directores y jefes de mesa se reunían para planificar la semana, y lo hacían en una sala ovalada transparente desde la que todo se veía y a todos los veían. En medio del sanedrín, alguien, aparentemente Omar Lugo, sabueso de economía, vio al banquero paseando con Capriles López por la redacción. “A nosotros nos extrañó que estando todos los jefes reunidos no lo presentara. ¿Cómo viene alguien tan importante y no lo presentan?”, reflexiona, a toro pasado, Calzadilla.

VV, sus iniciales, se correspondían con lo informado por Chirinos –al canal 4, Venevisión, se le abrevia VV–. Sin embargo, la versión oficial era muy distinta. Una corporación inglesa, Latam Media Holding –registrada en Curazao en septiembre de 2013–, que a su vez era propiedad de un tal Hansom Group –registrado en Londres el 23 de mayo de 2010 y que hasta septiembre de 2013 tenía sólo 6 empleados– que tenía inversiones en Europa, Asia y América –ninguna en medios–, eran los nuevos dueños. Ello, a pesar de que las leyes establecen que los diarios escritos en castellano sólo pueden pertenecer a empresas nacionales.

Que iba en contra de la ley fue lo que alegó BOD para desmentir –de la boca para afuera– la operación: “No es cierta la compra de la Cadena Capriles por parte de BOD-Corp Banca ni Víctor Vargas. No es de nuestro interés ni lo permite la ley de bancos”, twitteó en su cuenta oficial el banco a las 12:54 pm del lunes 03 de junio. “Ellos lo niegan estando Víctor Vargas montado en el ascensor de la Cadena”, recuerda indignada Calzadilla. Puede que por ello nadie, ni un modesto periódico de provincia, se lo creyera. “El único banquero chavista compró la Cadena Capriles” tituló el diario La Prensa de Barquisimeto para reseñar la operación. “Todo parecía indicar que era una matrioska financiera para confundir. Sabemos que detrás de todo esto hay ingenieros financieros que se dedican a tapar este tipo de compraventa en el mundo, y que Víctor Vargas tiene los mejores y todo lo hacen para que nadie lo desmienta”, dice Tamoa.

En todo caso, más hablan los hechos que los documentos. Y fue un hecho que a la directiva de la todavía Cadena entraron Pedro Rendón Oropeza (presidente de BOD) y Diego Lepage (abogado de Víctor Vargas); que parte de la nómina pasó a BOD; que varios jefes de la Cadena se reunieron en casa de Víctor Vargas en el Country Club, Eleazar Díaz Rangel, director de Últimas Noticias, incluido; que el propio Víctor Vargas lo confesó en esa reunión –“Yo soy el comprador. Yo soy el dueño. Yo lo compré. Y lo compré porque me gustan los medios”–; y que el mismo Capriles López se lo confirmó a su personal de confianza –“Víctor Vargas es la persona con la que yo me senté y negocié. Son sus abogados los que han tenido trato con los míos. El dinero proviene de su banco. No he tenido trato con más nadie” –.

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Un mes después de la lacrimosa partida vacacional, Liseth Boom regresó y, contrario a lo que esperaba, no se había acabado todo. “Volví y no encontré ninguna diferencia, salvo cierto ambiente de incertidumbre: qué va a pasar, quiénes son los dueños; pero seguimos trabajando normal”. A la ausencia de certezas –que no otra cosa es la incertidumbre– se le sumó otra ausencia: la de Miguel Ángel Capriles López, quien desde el anuncio de la venta no se dejó ver más por la redacción, por su redacción. Y no porque hubiera dejado de ir a la Cadena –allí estuvo, en su oficina, hasta octubre– sino porque dejó de compartir con sus empleados.

Ausencia extraña de quien hasta entonces había sido un jefe muy cercano –“llegaba todos los días a las 7-8 y pasaba por la redacción: qué ha pasado, cómo están, cómo va todo”, recuerda Riera–; que se había caracterizado por su proximidad –“venía de una escuela de la nueva gerencia, que es de encontrarse con sus empleados: comía con nosotros, hablaba con todo el mundo, nunca lo sentimos como un patrón lejano”, evoca Boom–, y que era figura entre sus empleados –“era más que presidente y dueño. Era una especie de Lorenzo Mendoza, tenía un liderazgo importante, había una inspiración”, cierra Calzadilla–.

El veneno de la duda, dicen los allegados, había comenzado a hacer estragos en el heredero, que luego de estar seguro sobre a quién le había vendido, comenzó a dudar sobre si no sería un intermediario detrás del cual, ocultos, actuaban otros intereses. Y eso, claro, lo mataba. Porque desde niño había crecido entre bobinas y tinta, la Cadena había sido su casa y la nueva sede su gran proyecto. “La idea de la nueva sede era que la gente no se fuera de la Cadena. Él siempre dijo: yo no quiero que la gente se vaya”, explica Riera, que trabajó de cerca en el proceso de mudanza.

¿Por qué, entonces, si no quería que nadie se fuera, él fue el primero en hacerlo? Allí comienzan a tejerse las especulaciones. Que por dinero, dicen sus detractores. “Era un empresario y eso es lo que hacen los empresarios: negocios”, desliza desde el anonimato alguien que mucha simpatía no le tiene. Los más cercanos, no obstante, lo absuelven: vendió en contra. Y para justificarse (o justificarlo) exponen la conformación accionaria de la Cadena: una empresa familiar compuesta por siete hermanos, todos con partes iguales, de los que él era uno más; el único varón, eso sí. “Yo no quise vender, pero no pude convencer a mis hermanas de todo lo contrario”. Palabras más, palabras menos, así se habría justificado ante sus íntimos. Y entonces aparecen, proféticas, unas palabras atribuidas al padre, Miguel Ángel Capriles Ayala, el creador de todo, citadas en una antigua edición de la indiscreta y extinta Exceso: “Lo malo no son los Capriles, sino las Capriles”.

Las Capriles, Mayra, Tanya, Mishka, Perlita, Mía y Cora, viven fuera del país y nunca estuvieron cerca del negocio. “Cuando mi padre murió, mi hermano asumió las riendas de la Cadena y lo primero que hizo fue preguntarnos: ‘¿Ustedes quieren que repartamos los dividendos o prefieren que modernicemos los medios?’ Las seis, unas con dinero, otras no, le respondimos: ‘Lo que tú digas, estamos contigo’”. La infidencia la obtuvo de Tanya el periodista Ricardo Escalante, quien se la encontró en una exposición de arte en Houston y le sacó las pocas –y únicas– palabras que ha habido de la familia sobre el tema. Y lo que Michu dijo, refieren los allegados, es que estaba bien, que se modernizarían los medios, con la condición, eso sí, de que ni ellas ni sus hijos –es decir: sus sobrinos– se acercaran a la empresa para él poder trabajar tranquilo y con autonomía. “Eso al final le jugó en contra, porque hubo un desarraigo, ninguna tenía el apego que él tenía; mensualmente recibían su ganancia y ya”, refiere, anónimo, uno de sus más cercanos. Por eso, se entendería, para ellas no fue tan difícil. “Se presentó la oportunidad de vender. Un grupo hizo la oferta y mi hermano habló con nosotras”, es lo que refiere Tanya del cónclave familiar que dio al traste con la Cadena, no sin antes matizar que lo hicieron “con mucha tristeza y dolor”, agobiados por una “inmensa” presión –“todos los días había llamadas telefónicas para decir ‘no publicaste esto, vamos a cerrar el periódico’” –, y darle, ella también, la absolución al hermano: “tiene un desgaste emocional en este momento”.

Desgaste que fue visible en su despedida de la redacción, el 24 de octubre, cuando oficialmente se cerró la venta y se concretó el traspaso. Ese día, por primera vez en cuatro meses –y por última en su presidencia–, bajó a la redacción. Sentimientos ambivalentes. Unos los recibieron con cariño, otros ni se le acercaron. “Se veía en sus ojos una mirada no muy convencida, bastante perturbada y hasta nostálgica”, lo describió el periodista José Rafael Mata en su blog.  “Estaba guapeando de lo lindo, le costaba mucho verle la cara a toda la gente”, recuerda Calzadilla. “Fue sumamente doloroso. Hubo gente que lloró, que estaba muy mal. Yo lo recuerdo como uno de los peores momentos”, rememora Boom, quien no olvida sus palabras finales para la UCI: “Sigan haciendo periodismo”. Con ellas se acabó el ciclo, casi diríase la era, de los Capriles y su Cadena.

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“Se concretó la venta de la Cadena Capriles. Ratificados en sus cargos los directores de Últimas Noticias, El Mundo y Líder”. Con ese gran titular, lanzado en la web del periódico y replicado por agencias internacionales, comenzaba la nueva etapa, “bajo el paraguas corporativo de Latam Media Holding”. Carlos Acosta López era nombrado presidente y BOD se convertía en el gran aliado. “El presidente de la nueva Junta Directiva anunció que se ha acordado estrechar relaciones con el grupo financiero BOD (…) el cual ha otorgado un financiamiento superior a los BsF 500 millones a los fines de potenciar la línea de negocios de la Cadena Capriles, así como los productos y servicios para sus 1500 empleados”. Es la era de los banqueros.

“Era una etapa rara porque ellos no sabían nada de periodismo, pero vivían metidos en la redacción: a mí se me acercaban porque decían que les encantaba Sucesos. Eran buena gente en verdad, pero tú sí decías, ‘¿por qué están aquí?’”, recapitula Wilmer Poleo, al momento coordinador de la sección de crímenes y policiales.

Desde la apertura hasta el cierre, los banqueros –así les decían– estaban en la redacción. Y si aquello hubiese sido sólo una excentricidad de gente con dinero que quería jugar al periodismo, bien hubiera podido terminar todo; pero de juego tenía poco: más bien se lo tomaban muy en serio. “De su parte había mucha necesidad de control y tenían una idea del uso de los medios muy equivocada”, apostilla Nathalie Alvaray, a quien le costó mucho –y no era la única– pasar de un Capriles López que se estrenó en la presidencia de la Cadena mandando a devolver a los directores que subían a preguntarle –como era tradición con su padre– con qué quería él que abrieran al día siguiente los periódicos, y quien sólo en contadas ocasiones –llámense elecciones o algún acontecimiento especial– revisaba los diarios antes de que entraran a imprenta; pasar de eso a unos señores que hasta pedían que se hicieran notas con llamados en portada sobre un asunto tan personal –e irrelevante– como el divorcio de Víctor Vargas, se entiende, no era fácil. Y quizás si todo se hubiera reducido a ello, a meter notas de farándula bancaria, a hacer sociales financieros, puede que los cambios, todavía, hubieran sido soportables. Pero ese era sólo el comienzo de una etapa que estuvo marcada por una exigencia concreta que se condensaba en una frase que en su simpleza lo decía todo: “bajarle dos”.

“Bajarle dos era censura. En la práctica consistía en no ser tan críticos, no poner titulares fuertes, no meterse tanto con el gobierno, no ser tan impertinentes”, traduce la sentencia Tamoa Calzadilla, a quien el director de Últimas Noticias, medio en broma y medio en serio, le dijo que en su caso, en el de la UCI, no eran dos sino cuatro lo que debían bajar.

Por si quedaban dudas sobre la querencia de la nueva directiva, el fichaje estrella de invierno para la redacción las despejaba todas: Desiré Santos Amaral, diputada del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y directora de la muy comprometida y revolucionaria Radio Nacional (RNV), quien se incorporó a la Cadena como Consejera Editorial. “A ella se le dieron una serie de normas y reglas, que era ver los periódicos y hacer un informe sobre cómo se habían tratado los temas e informaciones. Eso nunca lo hizo”, cuenta Carmen Riera. Lo que sí hizo fue asistir, puntual, a todas las reuniones, especialmente a las de la tarde, en las que se discutían las portadas. “Era incómodo tenerla allí. Siempre intervenía histérica y le susurraba cosas en el oído a Eleazar y él le hacía caso; se ponía tenso, nervioso y empezaba a presionarnos a nosotros”, continúa Riera, a quien de aquellos días –si de tensión se trata– le quedó un fuerte dolor de espalda. “No impuso temas ni nada, pero lo criticaba todo. Quería hacerse sentir siempre, no entendía los procesos y era muy grosera y muy despectiva”, la recuerda, con poco cariño, Liseth Boom.

Eran tiempos de campaña para las elecciones de Gobernadores y Alcaldes cuando el Potro Álvarez visitó la Cadena. El beisbolista, más utility fuera del terreno que dentro de éste, que ya había sido reggaetonero, en ese momento era candidato a la Alcaldía de Sucre y terminaría de Ministro luego de la derrota, iba de visita. Un grito chillón –“¡Potro, mi amor!” –, cruzó la Redacción Única y acto seguido la regordeta figura de la diputada corrió y se fundió, fan enamorada, en un abrazo revolucionario y de camarada con el aspirante a burgomaestre. “Fue como en Ligia Elena. La escena famosa en la que se reencuentran en las escaleras del CCCT, en cámara lenta. Algo indignante”, recuerda Riera, a quien el episodio le quedó tatuado por la frescura y el desenfados con los que la diputada expresaba públicamente sus simpatías ideológicas en la redacción.

“Con esas elecciones hubo muchísima presión. Delcy Rodríguez [Ministra de Comunicación] llamaba todos los días al presidente de la Junta Directiva y a los representantes, y los convocaba a reuniones en el Ministerio. Ellos llegaban luego a la Cadena con observaciones”, recuerda Nathalie Alvaray. Observaciones que a veces cruzaban el límite de lo absurdo, como sucedió unos días después de las elecciones con una infografía de portada en la que reseñaban el resultado de las concejalías, donde la oposición tuvo mayoría y hubo más azul que rojo. “Ese día Delcy llamó a protestar y fue un peo enorme, porque decía que eso era parte de una publicidad subliminal en contra del gobierno, ya que el azul combinaba con el logo del periódico y eso significaba que estábamos alineados con la oposición”, cuenta Alvaray, quien, a pesar de estar curada en salud con respecto a acusaciones de ese tipo –una vez les reclamaron por una foto que tapó el No del logotipo y fue interpretada como un intenso de censura a la opción del gobierno; en otra oportunidad los acusaron de emitir mensajes subliminales por medio de los crucigramas–, nunca dejó de sorprenderse.

Ponerse ingenioso en esa campaña le costó el cargo a Omar Lugo, director de El Mundo Economía y Negocios, tabloide especializado en finanzas. Del tema no le gusta hablar y prefiere pasar de puntillas sobre el carbón ardiente. Son sus compañeros quienes dan la cara por él: que decidió no bajar la guardia, dicen, que se mantuvo en sus trece, y que una portada en la que relacionaba la baja de las reservas con los descuentos de precio promovidos por el gobierno como estrategia electoral –“Las rebajas llegan al BCV” era el titular– fue la gota que rebasó el vaso.

“Cuando despiden a Omar yo dije: esto ahora sí cambió. Pero nosotros en la UCI seguimos normales, con los cronogramas, haciendo planes”, rememora Boom. Y sí, seguían haciendo lo mismo, pero cada vez con mayor resistencia en frente: “La presión comenzó a ser más fuerte. A la hora de proponer temas para investigar todo se volvió muy incómodo, comenzaron a darse unas discusiones fastidiosísimas, había que tomarse dos valerianas para negociar; hasta que Eleazar me sugirió que si tenía un tema difícil no lo llevara a la reunión de los lunes, en la que estaban los diez directores, sino que se lo llevara a él antes, ‘no sea cosa que te tenga que decir que no delante de todo el mundo’”, recuerda Calzadilla.

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El 12 de febrero de 2014 fue un día de disturbios. En la calle tres personas fueron asesinadas, la fachada de la Fiscalía fue destruida y se desató una ola de protestas que durante más de un mes convulsionó las principales ciudades del país; entretanto, en la Redacción Única intentaban descifrar ese mediodía los reportes que vía radio hacían los periodistas y fotógrafos que tenían en el lugar de los hechos. Reportes que venían cruzados con ruidos de detonaciones y gritos que tenían a la redacción en vilo, mientras la diputada Santos Amaral perdía los nervios: “¡Esto es el 11 de abril! ¡Esto es el 11 de abril! ¡Nos están matando a nosotros! ¡Hay un golpe de estado”, gritaba a todo pulmón. “Dicen que son estudiantes porque son de ustedes. A los nuestros no les dicen así porque son pata´en el suelo y pelabolas”, bramaba. “¡Quédate tranquila y deja de pegar gritos: estamos en una redacción y no en la Asamblea Nacional, así que te agradezco que respetes”, intentaba calmarla con carácter Carmen Riera, pero no había manera. “Estaba loca, loca, loca”, la recuerda Liseth Boom. La directiva, a pedido, más bien exigencia, de Riera –“les dije que me quitaran a esa loca, porque de verdad no podíamos trabajar”–, intentaba calmarla y la llevaban fuera, pero siempre volvía gritando. “Hacía un ruido terrible, porque no sabíamos lo que estaba pasando: el twitter estaba enloquecido, de repente sacan del aire NTN24, que era el único canal que estaba transmitiendo en vivo, y en medio de todo aquello esa mujer cruzaba la redacción gritando cosas altisonantes”, narra Tamoa. El clímax llegó a eso de las 8:00 pm: RNV está siendo atacada le dicen –o ella entiende, porque eso nunca pasó– en una llamada. “¡Están quemando mi radio! ¡Yo me voy a defender mi radio!”, gritaba. “¿Qué vas a hacer para defenderla?”, le pregunta alguien medio en broma. “¡Lo que sea! ¡Lo que sea! ¡Yo me voy a defender mi radio!”. Indiferencia total en la redacción y enervamiento de la diputada: “¡Yo me voy de este periódico porque aquí se pasan la ética por el culo!”. Con esas palabras terminó su etapa. Al día siguiente, Alvaray le dio un ultimátum a la directiva: si Desiré volvía, ella renunciaba. Y no volvió.

El domingo siguiente, Últimas Noticias salió a la calle con una bomba informativa made in UCI: un reportaje en el que demostraban que funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), la policía política del gobierno, habían disparado contra los manifestantes y eran los responsables de la muerte de Bassil da Costa. Tres videos y más de 100 fotos les permitieron reconstruir los confusos hechos ocurridos ese día y desmontar la versión oficial, que hablaba de francotiradores de la oposición. “Como siempre –narra Calzadilla–, le expliqué al director lo que habíamos logrado. Horas más tardes, Díaz Rangel me informó que se había comunicado con la Fiscal para pedirle que viera la investigación”.

Con el gobierno advertido, el reportaje salió a la calle; sin embargo esto no impidió que hubiera presiones: el material audiovisual, un video colgado en la página web del periódico, se convirtió en objeto del deseo gubernamental. Que lo bajen, pedía insistentemente la Ministra de Comunicación e Información, Delcy Rodríguez, en múltiples llamadas. Que lo bajen, se unía al coro el director del periódico, Eleazar Díaz Rangel. Que si lo bajan yo renuncio, amenazaba Nathalie Alvaray, quien se plantó firme y logró impedir que el video –de lejos el más visto de ese mes– desapareciera. Esas horas, de tensión y presiones, culminaron cuando el Presidente de la República, en una alocución, reconoció los hechos –tuvo que– y se vio obligado –hubo que– a cambiar la versión oficial.

No sólo ésta cambió. Diez días después la directiva de la Cadena también. El 26 de febrero los banqueros desaparecieron para darle paso a David de Lima, ex gobernador de Anzoátegui, político de verbo audaz y camaleónicas preferencias, que había sido chavista acérrimo, obstinado opositor, chavista nuevamente, feroz crítico de Henrique Capriles y, de la noche a la mañana –“he sido designado por un grupo de accionistas que propuso mi nombre”–, presidente de la Cadena Capriles.

Llegó disparando alto y soltando lindezas contra los anteriores dueños: que Capriles López era un corrupto. Que en los periódicos de la Cadena había palangre. Que allí se había vetado a personas, él la primera víctima. Que los periodistas históricamente habían servido para enriquecer a los dueños. Que le dieran las gracias por decir esas verdades. Que no podía revelar el nombre de los nuevos propietarios. Que él apenas y tenía un poquito de acciones. Que la línea editorial sería defender la constitución. Que dentro de la constitución todo y fuera de ella nada. Que corrupción probada corrupción publicada. Que cero rumores y fuentes anónimas. Que la portada era suya. Que no iban a abrir con la oposición. Que adentro no había problema en que salieran los opositores. Que para eso tenían los periodistas cuarenta y tanto de páginas.

Con las cartas sobre la mesa, Nathalie Alvaray prefirió botar tierrita y no jugar más: “Era un desgaste enorme luchar contra los intentos de censura: que me mandaran a bajar información y yo tener que defenderme constantemente, estar argumentando. Eso era todos los días. Y yo no iba a presionar a la gente ni a permitir que siguieran diciendo que en esa empresa había antes todos esos vicios periodísticos que decían. Yo me formé en la Cadena y me enorgullezco de decir que en esos 15 años se hicieron enormes cambios en una redacción que tenía baja formación. Cuando yo entré todavía se usaban máquinas de escribir. Y logramos construir esa súper redacción, y todo lo que se pudo hacer se hizo; pasamos de hacer unos periódicos en blanco y negro a unos digitales, con narrativas innovadoras; formamos a los periodistas, hacíamos dos y tres cursos al año, durante 7 años hicimos el seminario de diseño con gente de afuera; a los gerentes nos dieron cursos de finanza, de presupuesto y de estadística porque se nos exigía que estuviéramos bien formados. Y fue muy frustrante encontrarme con jefes que no entendían el negocio periodístico, que tenían una visión de la gerencia sumamente atrasada, que venían a hacer un producto que favorecía directamente al gobierno, que no eran transparentes en sus discursos: yo quería saber quién me pagaba el sueldo, de dónde venían los reales. Todo eso me frustró mucho”.

“Ella llegó a convertirse en la Dama de Hierro de la Cadena Capriles, tenía un poder increíble y le daba poder a todos sus amigos”, rememora Wilmer Poleo. Y la UCI, si de amistades se trata, era de las más entrañables de Alvaray –“no sólo fui su jefa, sino que también, durante muchos años, en muchas reuniones y en muchas presentaciones, me paré a defender su existencia y peleé para que se consiguiera el dinero para financiarla”, recuerda–. Por eso, se comprende, su renuncia los afectó tanto: perdían un importante apoyo. “Cuando Nathalie renunció, allí si nos dimos cuenta de que nada sería igual”, dice Boom.

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“No sale publicado”. Esas fueron las últimas palabras que pronunció Eleazar Díaz Rangel para ponerle fin a una acalorada discusión vía telefónica con Tamoa Calzadilla, quien al día siguiente renunció. Se refería al reportaje, más bien crónica, “Lo que está detrás de las guarimbas”, escrito por Laura Weffer, que debía salir el domingo 16 de marzo y nunca fue publicado. En éste se relataba cómo era un día de protestas en Plaza Altamira, y se hacía una narración paralela entre las acciones y vida de los manifestantes y de los Guardias Nacionales que los reprimían, para concluir que al final ambos sufrían los mismos problemas.

“Se trataba de una exaltación a la guarimba, donde se equilibraban las partes sin considerar si una estaba al servicio de la ley y otra en contra”, se justificó en su columna del domingo siguiente Díaz Rangel. “Si hubo un asunto al cual el presidente de la Cadena Capriles, David De Lima, se había referido (…) era el de las guarimbas, que ofreció como ejemplo de lo que no podíamos estimular ni promover en nuestras marcas”, alegó sobre el que llamó “episodio cotidiano en cualquier medio”.

Episodio que para Calzadilla, sin embargo, no fue tan cotidiano sino que marcó un punto de inflexión y su salida de la Cadena. “No me necesitas en este puesto, necesitas una operadora política, alguien experto en propaganda oficial” fueron sus palabras de despedida para quien durante años fuera su director.

¿Qué pasó exactamente? “Cuando tú lees la pauta de lo que le pidieron a Tamoa es diferente al trabajo que entregó: le pedían que estableciera el financiamiento de las guarimbas”, arranca Wilmer Poleo desde su acera. “Yo tuve [con Eleazar] –relata Calzadilla desde la otra– una larga y precisa conversación sobre el tema del financiamiento. Le dije que para poder confirmarlo la Unidad de Investigación debía dar con una prueba contundente (…) porque de otro modo era irresponsable incluir esa acusación en el reportaje”. “Vamos a suponer que llegó y se le hizo difícil: bueno ella tenía que volver y decir ‘es imposible hacer esto’, pero ella se trajo de una otra historia”, argumenta Poleo. “Tres días antes de la publicación le presenté el trabajo final y él hizo varias observaciones. El viernes le reenvié el texto con las correcciones. Sin embargo, el sábado en la tarde aún no le daba el visto bueno. ¿Lo estaba revisando alguien más?”, se defiende Calzadilla. “Cuando Eleazar lo vio, dijo: ‘eso no fue lo que yo pedí’. Ella no estuvo de acuerdo. Se molestaron y discutieron”, continúa Poleo. “[Eleazar] comenzó a gritar en medio de la redacción (…) Se plantó: si no se le hacen las correcciones, entonces no se publica. Esas correcciones giraban en torno a tres puntos: decir que los jóvenes que protestaban eran tarifados (financiamiento), descalificarlos (no son manifestantes) y que la conclusión del trabajo los ‘condenara’. Me negué. No iba a pedirles a mis reporteros que torcieran algo en contra de los manifestantes”. “Entonces no sale publicado”, cerró Díaz Rangel.

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“Quiero dar la pelea un rato más: me quedo hasta donde pueda sin tranzar nada”. Esa fue la determinación de Liseth Boom –y del resto de la UCI– luego de la renuncia de Tamoa. Sin su gran protectora –Nathalie Alvaray– ni tampoco quien fuera su cabeza –Calzadilla–, se encontraban desamparados. Ya nada volvería a ser como antes, ni podrían volver a hacer lo que hicieron. El final estaba cantado: unos se irían antes, otros después, pero todos terminarían fuera; sin embargo, morirían matando: “había cuatro trabajos que quería hacer y dije: voy a aprovechar”.

Como en el boxeo de principiantes, la pelea de Boom contra la censura fue a 4 rounds. El primero –“Brasil vende casi todas las bombas lacrimógenas”, un trabajo de investigación sobre el origen de las bombas lacrimógenas de los cuerpos de seguridad venezolanos– lo ganó fácil: se publicó sin mayores cambios. El segundo –“Los cerros bajan a comprar comida”, una denuncia sobre la situación de escasez y desabastecimiento que había en los barrios pobres de Caracas– lo peleó bastante: resistencia del director del periódico, del presidente de la Cadena –“De Lima dijo que no fuera”– y gran susto cuando el domingo no apareció en portada: “Fue una de las fórmulas que empezaron a usar para censurar: invisibilidad. Te publico, pero no sales en primera”. El tercero –un reportaje sobre la fábrica de helados socialista Copelia, que deja de manifiesto que no ha cumplido las metas trazadas y presenta fallas de distribución, a pesar de recibir constantemente recursos– salió publicado con otro título: “Helados Copelia dependerá menos de insumos importados”. Jab –“¡Titularon con una promesa de la voz oficial, no con el hallazgo de la investigación!”- y gancho al hígado –“Olvídate de ese tipo de trabajos: eso no se va a hacer más. Ya no vamos a trabajar con balances de empresas del estado. Esto ha cambiado”, le dijo el lunes siguiente Díaz Rangel a César Bátiz, cuando fue a reclamar el cambio de título–. El último round –“La canasta alimentaria se compra en más de tres días”, trabajo sobre el costo en tiempo y metálico que requiere la adquisición de la canasta básica– no se libró. Boom lo dejó escrito, renunció y el director lo congeló: “Yo ya me había ido del periódico, pero todavía tenía gente adentro. Yo los llamo: ‘qué pasa, qué dice Eleazar’. ‘No. Que está en revisión’. Él estaba dejando congelar el trabajo para que perdiera vigencia: en un mes cambian los precios y se cae toda la hipótesis de trabajo. Es otra fórmula. Entonces yo decido publicarlo en Runrunes”.

Ya para ese entonces, el equipo que había montado la Unidad Central de Investigación (UCI), sus fundadores, sus protectores, los que la dirigieron, los que por ella apostaron y lucharon, los que la hicieron, de ellos no quedaba rastro: todos, renuncia mediante –ningún despido–, se habían ido.

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“Tratos crueles denuncian chamos detenidos en protestas”, “Daka se comió el manjar de Cadivi”, “El gobierno habla de sabotaje al menos una vez al mes”, “Cargamentos de coca navegan por ríos del Zulia”, “Motorizados rueda libre”, “Niños mueren en la línea de fuego”, “Pinchanalgas al garete: especial sobre biopolímeros”, “En el Sefar estarían depositados 50 mil kilos de medicamentos”.

Esos fueron los títulos de algunos de los trabajos de investigación de la antigua UCI. “Haber hecho una Unidad de Investigación de ese calibre, haber existido de esa manera en esos tiempos, haciendo periodismo digital además, todo eso fue un logro inmenso”, hace balance, satisfecha, Calzadilla.

“Ultraderecha venezolana se conecta desde Miami”, “Redes sociales desinforman sobre Venezuela en el norte”, “La angustia es nociva para la salud”, “Diputados se nutren de la sabiduría popular”, “En toda guerra abierta o solapada está la garra imperial”, “No hay quien le ponga el cascabel a EEUU”, “La comuna Guaicamacuto pronto será autosustentable”, “¿Por qué no hay estados Páez, Urdaneta y Mariño?”.

Esos son los títulos de algunos de los trabajos de investigación de la nueva UCI, que domingo a domingo, mismo logotipo y firma, distinto contenido, ha seguido publicando. “Son unas cosas espantosas sobre cómo no hacer periodismo; unas cosas locas, sin fuentes, muy mal hechas. Como Unidad de Investigación está desmantelada: vas y hay una gente, pero no hay investigadores”, se desquita Calzadilla.

Tan desmantelada que, cuentan, el propio Díaz Rangel, en una medida desesperada, ha tenido que desempolvar los viejos manuales de periodismo que usaba en su época de profesor estrella, para repartirlos entre los integrantes del nuevo equipo de investigación –“la jefa incluida”, agregan con malicia– a ver si se entera de qué va eso del periodismo de investigación.

“Me da una especie de sentimiento de rabia con tristeza con ganas de salir corriendo. Me da una sensación de tierra arrasada”, dice Calzadilla. “Tengo en el fondo una sensación de desazón, de que se acabó la película y ganaron los malos”. Así termina, triste final, la historia de ese feliz paréntesis dentro de los anales del periodismo vernáculo que fue –minuto de silencio– la Unidad Central de Investigación de la Cadena Capriles.

Prensa desnutrida

 En un momento histórico en el que, controladas la radio y la televisión, la prensa estaba llamada a romper la hegemonía y dar la batalla por la información, se quedó sin papel. Anemia por falta de materia prima es el fatal diagnóstico de los esqueléticos periódicos venezolanos, que cada día circulan con menos ejemplares y menos páginas. Un monopolio estatal con el nombre de un guerrillero comunista es quien tiene el remedio: la Corporación Alfredo Maneiro, el único importador de papel prensa del país. Aquí la radiografía de la crisis que dejó a los periódicos fuera de combate

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

[Al momento de escribir este texto, El Carabobeño todavía circulaba en papel. Dejó de hacerlo hace ya 5 meses por las razones que detalladamente se explican en el reportaje. Aquí queda el registro de sus últimos meses y del ambiente que allí se vivía]

Un delgado tabloide de apenas 16 páginas es lo que va quedando de El Carabobeño. A eso ha terminado reducido “el diario del centro”. De aquel gran periódico estándar que durante 81 años ha recorrido la región central del país, que poco se parecía a sus colegas del interior, tan manchados de rojo sangre en sus últimas páginas y tan coloquiales en sus portadas; que bien podía confundirse con los señores periódicos de Caracas, grandes y sobrios; de él apenas se conservan la cabecera, el eslogan y poco más. Atrás quedaron las ediciones de varios cuerpos, los suplementos y las revistas; atrás quedó el abultado tiraje que inundaba los estados centrales y hasta llegaba a Caracas; atrás quedó esa grandeza que deja entrever su sede, un gran y moderno edificio en Valencia, hoy con una pancarta en su fachada que reza: “Sin papel no hay periódico”. Y es que El Carabobeño agoniza: no tiene papel, es un esqueleto que pronto; si no pasa algo –y parece que no va a pasar– terminará convertido en esquela.

En una esquela digna, eso sí; si mueren, si llegan a desaparecer, será en sus trece. “La decisión es dar la pelea hasta el final”, dice Carolina González, jefa de redacción. “A nosotros nos enseñaron que el periodismo debe ser de utilidad y eso tratamos de aplicarlo. Somos el único diario en Carabobo que no ha cambiado la línea editorial; nos hemos mantenido como hemos sido siempre: un periódico de denuncia”, explica. No es nada envidiable su situación: le toca estar a la cabeza de un equipo que trabaja con los días contados. “En la redacción hay mucha tensión y mucha incertidumbre”, dice Dayri Blanco, reportera de economía. “No sabemos lo que va a pasar. Cada día estamos más solos, muchos han decidido renunciar por la incertidumbre que hay acá”, comenta. “La situación es difícil –la refrenda Edny González, que recién acaba de despedirse del suplemento infantil que durante 3 años dirigió y que tuvo que ser sacrificado para alargar la vida del periódico– los días pasan, el inventario se agota cada día, y sientes que te está llegando el agua al cuello”.

Súmesele la incomodidad de tener muchas informaciones y poco espacio para publicarlas, la frustración de no poder profundizar, la dificultad que implica resumir todo, y el dolor de mutilar y sacrificar espacios. “Ha sido de verdad un tema dramático. Antes teníamos trabajos de investigación dos veces a la semana, ya no; hemos eliminado las páginas de tecnología, salud, ecología…”, hace el inventario mortuorio González; inventario al que hay que agregar el suplemento infantil –“el libro de texto más actualizado que tenían los estudiantes en sus manos”, lo describe, orgullosa y nostálgica, Edny– que después de 38 años publicando efemérides y fechas patrias, siendo el mejor aliado de maestros, padres y alumnos, fuente inagotables de respuestas para las tareas, también desapareció. Para los reporteros tampoco es sencilla la labor cotidiana. “De unas 5 o 6 notas diarias, ahora sólo podemos publicar unas 3 o 4, quedan muchas cosas por fuera. Ahora una nota tiene máximo 1500 o 2000 caracteres, antes eran de 3000 o 4000”, explica Blanco, que además escribe de economía, y debe hacer magia con los números. “Hay que concentrar muchos porcentajes y cifras en un solo párrafo, y hay que ser muy cuidadoso porque si no el lector se confunde”.

Todo comenzó con una decisión tomada en agosto de 2012, publicada en la Gaceta Oficial 39.980. De un día para otro, y sin consulta, el papel periódico dejó de ser prioridad para CADIVI. Curioso, porque en 2009 la misma CADIVI decía en un comunicado que la importación del papel se atendía “con especial celeridad… debido a que es prioritario en pro de garantizar los derechos de la ciudadanía a estar debidamente informada”. Tres años después todo cambió y, de la Lista 1, el papel periódico pasó a estar en la Lista 2. Con el cambio de lista aumentó el papeleo –que no la importación de papeles–: sería necesario presentar un Certificado de No Producción Nacional (CNP) expedido por el Ministerio de Comercio, en el que constara que dicho rubro no se producía en el país, para que fuera aprobado el dinero de la importación.

Para entenderlo bien, hay que explicar que desde 2003 Venezuela vive bajo un régimen de control de cambios; es decir, que el gobierno es el propietario de todas las divisas extranjeras que hay en el país, y el único autorizado para venderlas. A partir de ese entonces, para cualquier trámite que implique el uso de alguna moneda extranjera –desde viajes al exterior hasta importaciones– el ciudadano o el empresario debe acudir al gobierno para que se lo venda. Dependiendo de la naturaleza del trámite, el gobierno asigna un monto específico y lo vende a una tasa determinada, fijada por ellos, que usualmente ha estado siempre por debajo del monto del mercado paralelo o negro, que existe pero es ilegal. Esa es, a grandes rasgos, la naturaleza del control de cambios venezolano, que ha pasado por diferentes etapas, montos y nombres, pero que básicamente hace que todo trámite en divisas extranjeras pase necesariamente por el gobierno.

Como en la mayoría de los países del mundo, en Venezuela tampoco se produce papel periódico y hay que importarlo. Los grandes diarios, empresas relativamente sólidas, con capital y garantías suficientes para obtener buenos créditos en el extranjero, se encargaban directamente de su propio abastecimiento; mientras los diarios pequeños, siempre con menos posibilidades, se abastecían por medio de distribuidoras que importaban papel periódico y lo vendían a sus clientes. Papel que, además, estaba exento –siempre lo estuvo– de aranceles e incluso del mismo Impuesto al Valor Agregado (IVA) por tratarse de un insumo –así lo entendían– que garantizaba un bien mayor: la libertad de expresión.

Cuando se instaló el control de cambios este criterio siguió primando y al papel periódico se le ubicó en la Lista 1, junto con medicamentos y alimentos. “Importábamos de manera efectiva y llegamos a vender 10 mil toneladas de papel”, recordaba en una entrevista con el portal Primicias Dagoberto Gómez, presidente de Dipalca, una distribuidora de papel con más de 25 años de trayectoria.

Sin embargo, todo cambió en 2012. A partir de ese momento, la importación de papel periódico entró en un proceso tan o más complicado que el de Kafka. Lo primero que había que hacer era tramitar el CNP ante el Ministerio de Comercio, que se demoraba en responder entre dos y cuatro meses. El CNP tenía una vigencia de 6 meses, pero su renovación sólo se podía gestionar 20 días antes del vencimiento, lo que obligatoriamente dejaba a los importadores sin el Certificado por lo menos entre uno y tres meses al año. Certificado en mano, el importador tenía entonces que ir a CADIVI, introducir los documentos requeridos y solicitar la autorización de divisas, con las que, una vez aprobadas, podía encargar las bobinas, que se demoraban entre 20 y 30 días en llegar al país. Una vez en puerto, debían esperar la nacionalización –2 semanas– y la emisión del certificado CADIVI –un mes–, antes de contar con el papel en su despacho.

El engorroso proceso hizo de la importación del papel una tarea titánica. “Inmediatamente introdujimos la solicitud por 7 mil toneladas de bobinas de papel, y 3 meses después la otorgaron por 3 mil. Pasamos 4 meses sin importar papel”, contaba en 2012 Dagoberto Gómez. “En marzo se venció nuestro CNP, tramitamos la solicitud 30 días antes (en febrero) y 3 meses después (en mayo) la negaron. Introdujimos un recurso de revisión y tres meses después no nos han dado respuesta”, era su testimonio en ese entonces. El resultado fue drástico: “Antes (del cambio de lista) importábamos 10 mil toneladas y para agosto de este año (2012) sólo llevamos dos mil, 20% de nuestras importaciones normales”. Y como la suya, semejante era la situación de las distribuidoras y diarios.

Sólo fue cuestión de tiempo para que los inventarios y reservas se agotaran, hasta que en 2013 cayó la primera víctima: Versión Final. El diario zuliano salió de circulación el 26 de julio por no tener bobinas de papel. Un mes y un día después, el 27 de agosto, El Sol de Maturín anunció en un comunicado “la interrupción momentánea de nuestras ediciones diarias ante la falta de material que impide nuestra impresión y que en la actualidad afecta a los medios impresos de la región y el país”. Más de 40 años de circulación se vieron interrumpidos durante 10 meses, en los cuales el periódico estuvo fuera de los kioscos.

Peor suerte corrió el diario Antorcha de El Tigre. El 30 de agosto de 2013 –tres días después de El Sol de Maturín–, en la edición 3.846, se despidió. “Hoy les decimos hasta luego, rogando que la normalidad se restablezca pronto y que nuestros queridos lectores, anunciantes y articulistas tenga pronto nuevamente en sus manos Antorcha” fueron las palabras del adiós. El diario, que en 59 años de historia había sobrevivido a la dictadura de Pérez Jiménez y a la destrucción total de su redacción y talleres por un incendio en 1970 –se enorgullecían de haber salido a la calle al día siguiente contándolo todo–, que tres veces ganó el Premio Nacional de Periodismo –dos de ellas como mejor diario de provincia– y que en su buena época llegó a ser el periódico más leído de oriente,  ya venía siendo afectado por la crisis económica del país –“devorados por una gigantesca inflación”, en palabras de su editor– y las complicaciones para importar insumos –“notamos la escasez en las películas, planchas y químicos porque todos esos productos se venden a dólar libre” – le dieron la estocada final. Más nunca volvió.

Unos días después fue el turno de El Diario de Sucre, un pequeño periódico de provincia editado en el oriente del país, que tampoco pudo aguantar el embate. El martes 10 de septiembre salió a la calle con un titular elocuente: “Se agotó el papel, volveremos…”. Y volvieron dos días después, con una edición de apenas 8 páginas. El 28 de octubre de 2013, en Barinas, un diario oficialista cayó. “Papel no hay…volvemos cuando consigamos” fue el titular de apertura –y cierre– del diario De Frente. “La falta de papel nos obliga a salir de circulación y, aunque tenemos motivos para ser optimistas y creer que esta pausa será muy breve, el hecho concreto es que a partir de hoy dejamos de circular” explicaron en su editorial. Tres días después volvieron, auxiliados con el papel de otros medios de la región.

El 14 de diciembre, la edición impresa de El Guayanés se despidió de sus lectores. ¿La causa? Nuevamente la falta de papel. El 18 de enero, la edición digital hizo lo propio y todo el personal –36 trabajadores– fue despedido. “Nos vimos en la necesidad de suspender las operaciones porque no tenemos perspectivas de recibir papel, sino hasta marzo o abril y era insostenible mantener una nómina sin producir”, explicó su director, Alexandre Andrade.

El año 2013, fatídico para la prensa, cerró con poco más de 92.000 toneladas de papel importadas, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), cifra que bien sirve para entender el porqué de la crisis: en años anteriores el promedio anual de importaciones había sido de 120.000 toneladas. Esta disminución de casi un cuarto (23,3%) se vio reflejada al final de año no sólo con la salida de circulación de los diarios antes mencionados, sino con la puesta en práctica de medidas de austeridad y ahorro por parte de la mayoría de los periódicos, que redujeron su paginación, en algunos casos su tiraje y en los más extremos sus ediciones de fines de semana. Fue ese el año en el que la prensa venezolana adelgazó irremediablemente.

El 2014 no empezó mejor. “Estamos preocupados, muy angustiados, debido a que no tenemos papel para imprimir nuestros diarios, ni tampoco planchas, ni mantillas, ni repuestos, ni químicos, productos todos de obligatoria importancia para el uso de las rotativas”, escribían el 20 de enero en una carta abierta al presidente Maduro los miembros de la Cámara Venezolana de Periódicos (CVP), recién integrada por 83 diarios de provincia. “Todo radica en los mecanismos de control de divisas (…) hay divisas liquidadas que no han sido otorgadas a los importadores, lo que les restringe el flujo de caja y dificulta las compras programadas para abastecer el mercado”, denunciaban. “O el papel o los insumos llegan a nuestras instalaciones, o tenemos los días contados”, era el grito desesperado que lanzaban.

Pero el papel no llegaba y los diarios cerraban. Al día siguiente, no más, otro periódico se despedía de sus lectores. “Cerramos por falta de papel”, fue el gran titular de apertura con el que salió a la calle el 21 de enero el diario Expreso de Ciudad Guayana. “Volveremos cuando consigamos”, fue la promesa. Dos semanas después, el 11 de febrero, le tocó a Notidiario, de Delta Amacuro. “Luego de batallar, hoy nos vemos obligados, léase bien, obligados, a despedirnos de la edición impresa. La rotativa no rodará por un tiempo: se quedó sin su principal alimento, el papel periódico”. Desde ese momento, la historia del diario ha pasado por reaperturas y cierres, el último, definitivo hasta ahora, sucedió el 15 de abril pasado. “Los eslabones de la crisis nos dieron las estocada” fue el mensaje final.

En marzo cayó otra víctima: el gratuito Primera Hora, que fue sacrificado para que El Nacional –de la misma compañía editora– pudiera subsistir el mayor tiempo posible. Junto con el gratuito –que estaba a un mes de llegar a su noveno aniversario– también tuvieron que despedirse la revista EME –453 ediciones publicadas– y el antiquísimo “Papel Literario” –fundado en 1943–, que ostentaba el honor de ser el suplemento cultural más antiguo de América Latina, y que ya desde el año anterior había quedado reducido a formato digital. Tan grave era la situación que en abril de 2014 llegaron al país 52 toneladas de papel provenientes de Colombia. La Asociación Colombiana de Editores de Diarios y Medios de Información (Andadiarios) se puso de acuerdo para auxiliar a tres periódicos venezolanos que se encontraban en situación crítica: El Impulso –al que la respuesta de CADIVI le llegó tan tarde que ya el barco con papel había zarpado de puerto, y tuvieron que repetir el trámite–, El Nuevo País –que no tenía CNP desde 2013 y había ya reducido su edición a la mitad: apenas 8 páginas– y El Nacional –que había disminuido el 40% de sus páginas y circulaba con 2 cuerpos y 16 páginas (posteriormente un cuerpo de 8 páginas apenas) luego de que el BCV rechazara la solicitud para participar en una subasta del Sicad–.

Y crítica pasó a ser también la situación de El Universal, el otro gran periódico estándar de circulación nacional, que el 5 de mayo se declaró en emergencia por falta de papel y redujo su edición a apenas 2 cuerpos de 8 páginas. “El actual inventario permitiría imprimir el diario hasta un mínimo de dos semanas manteniendo un mínimo de paginación”, denunciaban, y culpaban al “insólito retardo en la Autorización de Adquisición de Divisas por parte del desaparecido CADIVI…[que] no ha permitido nacionalizar un cargamento de papel periódico propiedad de El Universal…[que] se encuentra desde enero en el puerto de La Guaira”. Una semana después, el 14 de mayo, recibieron respuesta de CENCOEX y pudieron nacionalizar las 600 toneladas de papel que tenían en puerto, pero siguieron circulando en edición reducida –“ante la situación se mantendrán las medidas de ahorro” –. A finales de mes el diario fue vendido.

10 medios tuvieron que dejar de circular definitiva o temporalmente; 3 suplementos desaparecieron y 34 periódicos y revistas denunciaron fallas en el suministro de papel. Ese era el desolador balance que daba el IPYS en un informe publicado sobre la situación de la prensa escrita venezolana entre agosto de 2013 y septiembre de 2014. Ya para ese entonces, el Complejo Editorial Alfredo Maneiro (CEAM) tenía 6 meses en escena.

Fue con una decisión tomada en febrero de 2014 cuando adquirió protagonismo, pero los orígenes del CEAM, el gran y único importador de papel periódico en Venezuela, hay que buscarlos en 2013. El 16 de mayo de ese año es creada, vía decreto presidencial, una corporación estatal para la “producción, distribución y comercialización de diversas publicaciones destinadas a la información, divulgación de propaganda y publicidad” (Gaceta Oficial 40.168), a cuya cabeza fue designado Hugo Cabezas, ex gobernador de Trujillo –uno de los estados más chavistas de Venezuela– y ex director del Saime, organismo encargado de Misión y Extranjería.

Durante 9 meses, el CEAM no tuvo casi protagonismo, hasta que en febrero de 2014 pasó a estar adscrito al Ministerio de la Presidencia (anteriormente pertenecía al de Comunicación e Información). Con el cambio de ministerio también cambió su misión, y empezó a importar papel. De la noche a la mañana, el chorro de divisas se cerró y Maneiro se convirtió, de facto, en el único importador de papel de Venezuela, ya que los diarios quedaron –también de facto y sin explicación– fuera de las asignaciones de CENCOEX, lo mismo las papeleras –Dipalca recibió cargamentos por última vez en abril de 2014–. Sin dólares ni la posibilidad de acceder a ellos, con sólo Maneiro aceptando bolívares, todo quedó consumado.

De acuerdo con sus cifras, entre febrero y diciembre de 2014, el CEAM vendió 21.872 toneladas métricas de papel, de las cuales 12.002 fueron para 75 diarios de la CVP, 6.669 para 21 diarios independientes, y 3.201 para empresas de artes gráficas.

En uno de los apartados de su Memoria y Cuenta de 2014, consignado en marzo en la AN, el CEAM promete: “Para el año 2015 se proyecta el incremento de esta actividad a la  la comercialización de 80.000 toneladas métricas de papel prensa (…) además de la importación de equipos, repuestos y sus productos químicos, que permitan atender mayor cantidad de medios impresos”. Ese monto –80.000 toneladas– dejaría las importaciones de papel con 40.000 toneladas menos que el promedio óptimo de años anteriores –120.000– e incluso por debajo de lo importado en ese fatídico 2013 –92.000–.

Es un secreto comentado sotto voce que Maneiro ha presentado problemas este año para importar, y una extraña movida ocurrida en marzo de 2015 pareciera confirmarlo: el CEAM dejó de ser importador de papel para pasar a ser solamente distribuidor. Desde el tercer mes del año, la Corporación Venezolana de Comercio Exterior (CORPOVEX) es la encargada de las importaciones. ¿La causa? Maneiro habría perdido sus líneas de crédito con los productores extranjeros –“tiene una deuda internacional de 8 meses”, publicaba en abril Nelson Bocaranda–. “Estamos esperando la firma por parte del presidente Maduro de un punto de cuenta en divisas, que garantizaría el papel prensa hasta mediados de 2016”, deslizó Cabezas el 16 de junio en una reunión con varios editores realizada en Trujillo. Al día siguiente, no obstante, una información de El Carabobeño, que, afectados e interesados, le ha hecho especial seguimiento al tema de las importaciones, hace dudar de tan esperanzadora promesa: de enero a junio han llegado al puerto de La Guaira 14.002 toneladas de papel, lo que representa una disminución de 33,89% (7.190 toneladas menos) de lo que se había importado a la fecha el año anterior. A menos que en el segundo semestre haya un repunte espectacular en las importaciones, estas no sólo se alejarán de la meta de las 80.000 toneladas –que no era tampoco óptima– sino que incluso serán menores que las del año pasado.

“No obedece la situación de escasez de materias primas para los periódicos a políticas restrictivas, ni a órdenes implantadas o emanadas del Gobierno Nacional para afectar a los diarios en el ejercicio de la Libertad de Expresión e Información: Tenemos claro que la situación obedece a situaciones coyunturales” decía –y exculpaba– en enero de 2014 la Cámara Venezolana de Periódicos, que se ha mantenido en esos trece: en que todo se debe a la situación económica del país y no a un intento de censurar o silenciar a la prensa escrita. “Al principio no había ninguna intención política”, concede Oscar Murillo, Jefe de Redacción de Correo del Caroní, “fue una medida económica: cuando el gobierno sintió una reducción importante en las divisas dijo: recortemos en papel; pero así afectaron la libertad de expresión”. Carlos Carmona, editor de El Impulso, asiente. “De alguna forma entorpecen la libertad de expresión sin hacer mucha bulla”. Y para muestra el botón de su periódico, que ha estado en varias oportunidades al borde del cierre por falta de papel. “Son discretamente discrecionales: para unos diarios sí hay papel y para otros no”, expone. Y El Nacional, al que nunca le han vendido, podría levantar la mano. Maneiro, no obstante, jura que no, que les dan papel a todos los que se lo piden: “No hay limitaciones ni distingo alguno para vender papel periódico a cualquier medio impreso que necesite dicha materia prima”, dijo Hugo Cabezas en 2014. Y qué mejor ejemplo, dirían ellos, que el de El Nuevo País, combativo y furibundo tabloide opositor al que han nutrido:  “Nunca nos han dicho que no nos van a vender papel o algo así, el suministro ha sido regular en el sentido de que siempre hemos tenido acceso al insumo como tal”, dice Francisco Poleo, Vicepresidente del diario, que, no obstante –otra cara de la misma moneda, porque no todo puede ser perfecto–, vive una situación difícil con la revista Zeta porque el papel que usa –print de 34 pulgadas–no lo tiene el CEAM.

No parece faltar papel, allí sí no, para los impresos del Sistema Bolivariano de Comunicación e Información (SIBIC), que se imprimen, todos, en el CEAM. 12,5 millones de ejemplares, a razón de 4 diarios –Ciudad Cojedes (1,4 millones de ejemplares impresos en 2015), Ciudad Valencia (1,6 millones de ejemplares), Ciudad Guárico (3,5 millones de ejemplares) y Ciudad Maracay (2,3 millones de ejemplares)–, 7 semanarios (3,2 millones de ejemplares), 5 quincenarios (205 mil ejemplares), 8 mensuarios (310 mil ejemplares) y un trimestral (10 mil ejemplares) fueron impresos por Maneiro en 2014. A eso hay que sumarle, además, otros 56,7 millones de ejemplares, impresos y subsidiados por el CEAM, a razón de 3 diarios –Ciudad Caracas (41,5 millones de ejemplares), Ciudad Petare (2,5 millones de ejemplares) y Correo del Orinoco (10,9 millones de ejemplares)– y 8 encartes (1,8 millones de ejemplares). En general, son tabloides gratuitos, manifiestamente revolucionarios, que inundan los metros y vías principales de varias ciudades del país, y cuyo tiraje ha aumentado masivamente. Bastan dos casos: Ciudad Caracas, editado por la Alcaldía de Libertador, que pasó de 20.000 ejemplares diarios y 16 páginas en 2009, a 120.000 ejemplares y 30 páginas en 2015; y Ciudad Valencia, que en abril de este año, en su tercer aniversario, anunció que triplicaría su tiraje y pasaría de 5.000 ejemplares diarios a 15.000 a finales de año.

No sucede lo mismo con los medios privados, independientemente de su tendencia. La normalidad, a pesar del CEAM y sus buenos deseos, no ha vuelto a la prensa venezolana. Las dietas de papel siguen siendo el menú de cada día para los periódicos. Ya no lo denuncian en portada y eso sí es una diferencia significativa. Anteriormente había hasta cintillos y llamados en primera que señalaban que las ediciones estaban reducidas por falta de papel. Ahora todo se hace entre susurros y discretamente, casi nada es público, aunque internamente persisten los problemas con el suministro. La principal queja, redacciones adentro, tiene que ver con las irregularidades en los despachos: casi nunca reciben las cantidades que piden y pocas veces llegan en el tiempo previsto. Hasta los diarios que lucen más sólidos, que jamás se han quejado públicamente –como Últimas Noticias–, hacen planes de ahorro y a veces malabares; pero hay, al parecer, un pacto de silencio.

“A los que se quedan tranquilos los tratan un poco mejor”, explica Carlos Carmona, editor de El Impulso, a cuyo oído ha llegado la molestia del CEAM por los cáusticos editoriales que publica denunciando la falta de papel. “Hay a nivel nacional un silencio en el que nadie denuncia nada, no dicen nada, ni siquiera denuncian la situación de los medios que pasamos por estos problemas”, se queja. Y para muestra la marcha realizada por los periodistas de El Carabobeño el 13 de junio exigiendo papel: apenas pocos diarios la reseñaron en portada; ninguno de ellos del estado Carabobo.

¿Y es que dependiendo el suministro de papel de un monopolio alguien osaría meterse o pelearse con él? Allí, al final, radica el problema: en que la vida de los diarios está en manos de un organismo estatal, más bien gubernamental. “Es una presión política y psicológica sobre los más de 30 mil trabajadores de la prensa”, dice Francisco Poleo. Presión que indirectamente aumenta  con casos como el de El Carabobeño, que tuvo relaciones cordiales con Maneiro –recibió tres despachos de ellos, siempre en menores cantidades de las solicitadas, eso sí: en agosto pidieron 150 bobinas, les despacharon 80; luego pidieron 200 y llegaron 44; y por último, en marzo, recibieron 72 bobinas–, que de parte de Maneiro jamás obtuvo una queja, un reclamo por su línea editorial, si quiera una discreta sugerencia –no digamos ya una exigencia– para endulzar un poquito las cosas, y que de repente, de la noche a la mañana, un 19 de marzo, se acabó la relación. “No sabemos qué pasó ese día, pero desde ese entonces no ha habido más papel para nosotros. Empezamos a hacer solicitudes y solicitudes y no hubo respuesta, hasta que nos dijeron ‘no hay papel’. Hacemos pedidos diariamente para ver si se fastidian y nos venden, pero no”.

El Arzobispo de Valencia, los estudiantes, los ciudadanos, las cámaras estatales, todos han pedido papel para El Carabobeño. Sólo uno no ha hablado: el gobernador Francisco Ameliach, del partido de gobierno. Una palabra suya, juran, bastaría para salvarlos. Una palabra suya, sospechan, bastó para condenarlos. “El problema está en Carabobo”, dice González. Allí, donde son el único medio crítico –el otro, Notitarde, fue comprado en enero–, nada de extraño tendría –y esto, aunque no lo parezca, es especulación– que estando la venta de papel periódico controlada por un monopolio rojito, un funcionario del mismo color los llamara y les dijera, más bien pidiera, de camarada y todo, que a ese periódico que tanto lo fastidia, que se la pasa criticándolo, que a ese, por favor, no le vendieran más papel. Y el monopolio, fiel a sus amigos e implacable con sus enemigos, actuara en consonancia. Y no es el único funcionario que tiene ese comodín –diríase guillotina– a la mano.

¿Cómo cambiaron los medios en Venezuela?

En los últimos 17 años los medios en Venezuela han cambiado de manera radical. Al inicio del gobierno de Hugo Chávez solo existía en el país una agencia de noticias del Estado (VENPRESS), 89 diarios privados independientes y ninguna publicación identificaba su línea editorial con el nuevo gobierno, tampoco se registraban diarios comunitarios. Para el 2015 el Estado contaba con 17 diarios, entre ellos el Correo del Orinoco, Ciudad CCS, Ciudad Petare, Ciudad Valencia, la red digital del Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información (MINCI) y la Agencia Venezolana de Noticias (AVN, anteriormente VENPRESS), la cual cuenta con corresponsales en todo el país; mientras que 53 publicaciones privadas se declaran independientes, 46 publicaciones privadas siguen una línea editorial cercana al partido de gobierno (PSUV) y se contabilizan 120 diarios comunitarios.

Fragmentos de una hegemonía: comunicación y poder en la Venezuela revolucionaria

Revolución y medios. Chávez y la prensa. Gobierno y libertad expresión. El poder y el contrapoder. Los antagonistas de un drama librado en la pantalla chica, con micrófonos y plumas, en el que un país, un sistema y un proyecto se encontraban en juego. Una pelea de casi dos décadas entre dos pesos pesados por la sobrevivencia. Una tragedia en tres actos, en la que –por ahora– parece haber un claro ganador, pero que cierra con un final abierto

Por: Guillermo Ramos Flamerich | @ramosflamerich

“¿Tú piensas así o te pagan para que opines así?”

Esa fue la respuesta de Hugo Chávez, el jueves 20 de octubre de 2000, al caricaturista Pedro León Zapata luego de la publicación de un “Zapatazo” en el que una espada decimonónica acompañaba al texto: “A mí la sociedad civil me gusta –> Firme y a discreción”. Y aunque la luna de miel de los medios de comunicación con el Presidente elegido en diciembre de 1998 estaba en su etapa final, todavía en Venezolana de Televisión se podía ver en las tardes dibujos animados como “Las aventuras de Donkey Kong” o “El autobús mágico”, las noches de Jazz y los domingos de Alí Khan y su 5 y 6, con interrupciones cada vez mayores del nuevo animador en escena, con su programa de radio y televisión: Aló Presidente, el cual comenzó sus transmisiones el 23 de mayo de 1999 y prosiguió hasta el 29 de enero de 2012, fecha en que se interrumpe en medio de la enfermedad presidencial.

Las cadenas buscaban competir con el rating de las telenovelas y mezclaban los mensajes a la nación con las ocurrencias del nuevo gobernante. Todo parecía continuar en una relativa normalidad conformada por nuevos personajes, pintorescos mensajes y adjetivos de lo que debía y no debía ser Venezuela. Pero ya a finales de 1999 las presiones del gobierno para que Teodoro Petkoff saliera de la dirección del vespertino El Mundo y los constantes reclamos en contra de periodistas y dueños de medios, configuraban la guerra declarada de la autodenominada Revolución Bolivariana por el control y monopolio del mensaje.

Ya  el 3 de abril del año 2000 Petkoff había regresado a las trincheras de papel con el diario Tal Cual. Su carta de principios, titulada “Hola Hugo”, hacía frente al poder: “Aquí estamos otra vez, creyeron que nos iban a callar”. Era navegar contra la corriente de un gobierno que se ufanaba de su apoyo popular y que tenía sembrada la expectativa de cambio en la población.

“Chávez fue un tipo consentido por algunos medios y algunos periodistas, pero empieza a sentir desde el poder cómo se le hacían críticas y esas críticas le parecían incómodas, entonces comenzó a descalificar. Todo fue progresivo, una escalada”, afirma Carlos Correa, director de la ONG Espacio Público, la cual tiene como finalidad la defensa de la libertad de expresión y del derecho a la información. Entonces, al teniente coronel que había llegado a los hogares venezolanos por un minuto en televisión el 4 de febrero de 1992 y que se había convertido en la opción de muchos dueños de medios, ya no le agradaba que el verbo combativo que utilizó en contra de los partidos tradicionales ahora se usara en su contra. Así llegó el año 2002.

“El pueblo pedía esto: Chávez, ciérralos. Chávez, hazlo. Chávez, me dice una señora: Tengo ochenta años, mi amor, que Dios te bendiga. ¡Hazlo papá!”.

El 11 de abril de 2002. Pasadas las cuatro de la tarde, una cadena de radio y televisión impide que se conozcan los hechos de violencia en el centro de Caracas. Los canales de televisión privados deciden dividir la pantalla, como lo han hecho durante toda la semana del paro obrero-patronal, a lo que Hugo Chávez replica con la orden del cese de transmisión de estos medios. Los sucesos de abril, la caída y resurrección de su gobierno, dejan claro la relevancia de los medios no solo como generadores de opinión, sino como actores protagónicos en la lucha por el poder.

Oscar Lucien es cineasta, investigador y miembro de la ONG Ciudadanía Activa. En 2011 publicó el libro Cerco rojo a la libertad de expresión, en el cual busca comprobar los ataques sistemáticos del gobierno en contra de los medios independientes. En su opinión: “a partir del 2002 comienza otro proceso que tiene un punto de inflexión en diciembre de 2007. Han sido diferentes facetas las del gobierno en la construcción de su hegemonía: la arquitectura jurídica, una protección excesiva a los funcionarios públicos cuando deberían estar al escrutinio de la prensa; el uso de todo el poder económico del Estado como castigo o gratificación según la línea del medio, y los ataques directos a los periodistas”.

Con un gobierno fortalecido después de un paro petrolero de dos meses, la subida del barril de petróleo como consecuencia de la guerra en Irak y el comienzo de las misiones sociales como bandera y punta de lanza de la gestión, el aparato de medios estatales comienza a cohesionarse en un mensaje y líneas únicas. La creación del Ministerio de Comunicación e Información (2002), la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión: RESORTE (2004) y el uso de los medios comunitarios como vanguardia revolucionaria constituyen el marco jurídico y práctico de una anhelada supremacía.

En las Navidades de 2003 una gaita refleja lo que significaría la Ley Resorte, de aprobarse por la Asamblea Nacional. Bajo el título de “La Ley Mordaza”, Gran Coquivacoa nombra uno a uno a los periodistas que podían perder sus empleos. Hasta recomienda que algunos comediantes vayan a vender perros calientes en la Plaza Venezuela. Lo curioso es que, con el pasar de los años, muchos de los nombrados perderían sus trabajos y el grupo gaitero abandonaría poco a poco sus banderas de protesta.

En la cronología “Hitos comunicacionales del proceso revolucionarios (1999-2012)”, de Mariengracia Chirinos, para el libro Saldo en rojo (2013) se ve el crecimiento del número de cadenas de radio y televisión desde 2002, con 159 transmisiones, hasta las 374 de 2004, año del Referéndum revocatorio y del comienzo de la “expansión continental” del mensaje. Proyectos como Telesur (desde 2007 y con presencia en Argentina, Bolivia, Cuba, Ecuador, Puerto Rico y Venezuela)  y la Radio del Sur (nacida en 2010 como proyecto de integración de radios de diferentes continentes), cobran vida como referencias de una revolución que debe ser de exportación. En esos años el nombre de Andrés Izarra sale a la palestra; después de sus desacuerdos con Radio Caracas Televisión, pasa al gobierno y busca convertirse en el autor intelectual y el publicista del Gobierno Bolivariano. Parte de este proyecto se puede resumir en unas declaraciones de Izarra a la periodista Laura Weffer el 8 de enero de 2007: “Hay que elaborar un nuevo plan, y el que nosotros proponemos es que sea hacia la hegemonía comunicacional e informativa del Estado. Construir hegemonía en el sentido gramcsiano”.

Carlos Delgado Flores es el director del Centro de Investigación de la Comunicación y profesor de la Universidad Católica Andrés Bello. El error que consigue en las declaraciones del entonces ministro es la utilización del adjetivo gramcsiano en el cometido del gobierno: “Antonio Gramsci sostenía que la sustituta del concepto revolucionario de la dictadura del proletariado era la noción de hegemonía, que era que la idea de una clase se convirtiera en la idea de toda una sociedad, en su caso era el proletariado. Pero esa hegemonía de la ideología de una clase se debía imponer mediante competencia con las otras. El modelo chavista la intenta imponer mediante la propaganda”.

Mientras todos estos hilos de dominio se enlazan, el año 2006 cierra con 151 violaciones a la libertad de expresión, según el informe “Venezuela. Situación del derecho a la libertad de expresión e información”, publicado por Espacio Público en su sitio web. El impacto de finales de aquel año no fue la reelección de Hugo Chávez, sino su mensaje en el Día de los Inocentes, cuando informa su decisión de renovar la concesión a Radio Caracas Televisión (RCTV).

“Al dos lo quieren cambiar, convertirlo en regimiento, aburrido como un convento, ¿quién quiere un canal así?”.

Así dice la parodia que protagonizó Félix Granados para la Radio Rochela. El 27 de mayo 2007 el canal con mayor tradición en Venezuela va fuera del aire. “A RCTV ofrecieron comprarla en 2006, decidieron no venderla en una cifra alrededor de unos 700 millones de dólares. Como era un canal generalista con una línea editorial muy crítica, la no renovación de concesión fue una disputa por la emoción, por el sentimiento popular. Era inconcebible que la gente votara por Chávez y viera el canal 2. Para Chávez eso era una deslealtad”, son las palabras de Carlos Correa cuando se refiere al tema.

Las consecuencias de esta no renovación son las de un año con un movimiento estudiantil crítico en las calles y la primera derrota electoral para Hugo Chávez. Al no pasar la Reforma Constitucional el 2 de diciembre, la Venezuela socialista y la Reelección indefinida quedan en pico de zamuro. Mientras tanto, la nueva Televisora Venezolana Social (TVES), con la misma frecuencia y alcance de RCTV, solo logra un 2% de audiencia y la construcción de una emisora para el servicio público y la cultura es un fracaso que solo lo justifica el logro primordial del gobierno con la no renovación de concesión, demostrar la efectividad y el control total del poder.

De allí el hostigamiento y las acciones administrativas contra el nuevo blanco: Globovisión. El cierre de 34 emisoras radiales en 2009, la autocensura y el “predominio del periodismo informativo”, como lo recalca el profesor Carlos Delgado Flores, “ha sido más beneficioso para el avance de la hegemonía comunicacional que la autocensura. El periodismo informativo busca siempre una fuente autorizada, se rige por el principio de autoridad. El Estado te remite a un vocero único que es el Presidente de la República. El resto de la prensa, haciendo su trabajo de manera informativa y ‘objetiva’, lo que logra es que la información resulte extremadamente fragmentada. Se manejan informaciones a las que después no se les da seguimiento. No es por falta de capacidad, sino de visión, por no cambiar la retórica informativa por la fragilidad del pregón, por no afectar los intereses de los anunciantes”.

La guerra comunicacional también se configuró con el sectarismo de las fuentes oficiales al solo conceder su información a medios afines o plegados al mensaje del Estado. Informar sobre las carencias diarias del venezolano se convirtió en un reto y la caminata por una vereda de ataques y acciones legales. Para 2011, con la crisis penitenciaria del Rodeo I y II, la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL) abre el séptimo proceso administrativo en contra de Globovisión porque consideraron la transmisión de dicha noticia como un acto de “zozobra”, “alteración del orden público”, “apología al delito” y “desconocimiento del ordenamiento jurídico”.

También son los años de la ofensa y ataque directo contra un sector del país desde el sistema de medios públicos. El argumento de programas como “La hojilla” (2006-2013/2015-presente), “Los papeles de Mandinga” (2008-2013) y “Cayendo y corriendo” (2012-2013/2014-presente), transmitidos por Venezolana de Televisión, se convierte en acusaciones sin derecho a réplica, en ataque directo y personal contra la dirigencia opositora, así como contra periodistas y personajes del ámbito intelectual, académico o en contra de las exigencias de un sector significativo de la población.

Los programas de humor crítico fueron desapareciendo de las pantallas y de la vida diaria del venezolano. Se ataca a la parodia política en sus diferentes formas. En enero de 2006 se inició un procedimiento administrativo en contra del diario Tal Cual, contra su editor Teodoro Petkoff y una de sus firmas habituales, Laureano Márquez, por un editorial del 25 de noviembre de 2005 en el que se le dedicaba una carta a Rosa Inés Chávez, hija del entonces presidente Hugo Chávez: “Una última cosa para que le pidas: que no se ponga tan bravo con los que no pensamos como él y que no nos regañe tanto. A veces nos llama golpistas y fascistas y le provoca a uno responderle como tu sobrinito: ‘¡pirata tú!’”.

“Siempre que estoy frente al televisor lo veo. Vi el noticiero de Televén, vi solo noticias negativas y no dijeron nada de las viviendas que estamos construyendo, por eso siempre con el crucifijo en la mano digo: vade retro, Satanás, vade retro, Satanás”.

A Nicolás Maduro le tocó heredar la hegemonía comunicacional estatal en su máximo apogeo, “El gobierno dejó armado todo un entramado normativo hacia las comunicaciones y un aparato comunicacional en manos del Estado partidizado que mostró su rostro, el de una comunicación autoritaria bien acoplada al control político. Es una fórmula inspirada en el Estado fascista”; esa es la observación del comunicólogo y profesor universitario Marcelino Bisbal, quien se ha dado a la tarea de investigar y compilar las aventuras y desventuras de los medios en Venezuela durante la Revolución Bolivariana.

Cuando el Presidente de la República hace este reclamo el 21 de abril de 2015, el gobierno es dueño de por lo menos 17 medios de comunicación en todo el país, según el Mapa de medios de IPYS Venezuela, del Instituto Prensa y Sociedad. Pero a partir de 2013 una nueva modalidad se ha hecho vigente, la compra de medios por parte de sectores económicos afines al gobierno: Globovisión, Cadena Capriles, El Universal, entre otros, son algunos de los nombres que han pasado a nuevos dueños sin conocerse, ni de manera somera ni a fondo, sus verdaderos compradores, solo secreto a voces.

Alfredo Yánez es periodista, trabajó en El Universal hasta la compra del periódico por sectores oficiosos; de su experiencia comparte: “Lo de El Universal ya es de las últimas etapas. Una toma sutil, sin mayores resistencias, diluida en medio de una sociedad a la que ya no le sorprende nada; el periódico se ha metido de lleno en la cápsula del país de fantasía que desde el oficialismo se quiere proyectar”. El despido de Rayma Suprani de El Universal por una caricatura sobre la situación de la salud en Venezuela, pone de manifiesto que los nuevos dueños no van a permitir la crítica de años anteriores. La pluralidad y la promesa de mantener la independencia quedaron olvidadas.

En el análisis de Carlos Correa, la compra de medios privados por grupos de intereses afines al poder varía la estrategia de hegemonía de la era Chávez: “Él nunca permitió que sectores de sus filas compraran medios de comunicación”; en su consideración, esto dispersa la concentración que tanto buscó, el ejercicio real del poder, “prefería tenerlos en la acera de enfrente”. Con un enemigo identificado era más fácil el ataque y echar culpas. Al concentrar todos bajo una misma línea, pero con diferentes dueños, aumentan las responsabilidades ante la opinión pública y cada medio, a pesar de una orientación compartida, demuestra poco a poco el  interés particular que juega.

La hegemonía comunicacional que tanto anheló el gobierno parece haberla conseguido. Lo único es que su estrategia de control refiere más a lo hecho en el siglo XX que a la dinámica que trajo consigo el Internet, el surgimiento de las redes sociales y una comunicación “más participativa y protagónica”, no por los designios revolucionarios, sino por la facilidad de los ciudadanos para compartir informaciones y opiniones en línea. Esto también se ha buscado regular, con reformas como la de la Ley RESORTE, agregándose el tema de los medios electrónicos a finales de 2010. Son constantes las amenazas y acciones en contra de sitios web, así como el lenguaje bélico a la hora de buscar una mayor presencia oficialista en redes sociales.

“La sociedad debe comprender que los tiempos son otros y que las tecnologías no son fisuras en un muro hegemónico, sino ventanas abiertas, de par en par, para mostrar lo que se trata de esconder con ese muro”, es el argumento de Alfredo Yánez con el surgimiento de nuevos medios web: “La llegada de medios como La Patilla, Contrapunto, Efecto Cocuyo, El Estímulo, KonZapata, El Cooperante, Crónica Uno, Caraota Digital, El Pitazo, no son más que la reanimación de que los periodistas están formados para buscar y difundir la verdad”.

Entonces el reto de los medios libres en Venezuela es el mismo que existe a nivel mundial. Las corporaciones mediáticas tradicionales han perdido parte de su poder, también de su prestigio, aunque mantenga niveles importantísimos de influencia. El doble desafío que existe en el país, por un lado, exige involucrar a los ciudadanos a crear su propia agenda, la investigación rigurosa y la interpretación de la realidad y, por el otro, resistir los ataques frontales del gobierno. Como concluye el profesor Carlos Delgado Flores: “Mal hacemos con seguir mitificando el tema de la libertad de expresión y la hegemonía. Sí, la hegemonía logró el control de los medios tal y como los conocemos. Ahora, ¿qué nos queda? Reiventarnos…”.