Bonsoir, París

Por Natalia Martín.

Al llegar a París me encontré caminando entre un montón de “¿Vous êtes perdu, madmoiselle?” de árabes y moros, vecinos de mi mala decisión de hostal. “Sí, je suis perdu”, hasta que encontré el St. Christopher’s Inn Backpacker’s Hostel. Llegué al hostal, dejé mis cosas en el locker del sótano y fui a ducharme para salir al encuentro con Alexandre Cherreau, el chico con el que había quedado a través de CouchSurfing, una página internacional de viajeros que te permite encontrarte con residentes de las ciudades para que te la muestren e incluso puedes dormir en sus sofás. Read More…

“El gran mordisco” de Héctor Torres

Por Héctor Torres

“¿Realmente me acuerdo de esto?

¿Fue exactamente así como sucedió”

Roddy Doyle

 Aquí la cosa avisa con tanta antelación que a quien agarran fuera de base es porque le tocaba. Como al Amargo. Había estado donde la Cuarto y, en vez de seguir hasta su casa, decidió pasar por la plaza. Cuando la Muerte se acerca, suelta primero sus perros, que muerden a su paso todo cuanto se mueve, mientras van al encuentro de su presa.

Pero esos perros no se ven, ni se oyen: se huelen. Y se siente. Se siente cuando atraviesan en su carrera los cuerpos de los vecinos. Es un frío que obliga al silencio, a aguzar los oídos, a despertar lo dormido para ver si se logra intuir por dónde viene la cosa. Todo el que vive Aquí lo ha sentido. Cruzando los brazos, como arropándose, suele decir:

—Yo como que me recojo temprano.

El Amargo había comenzado a escuchar esos mudos ladridos. Cuando llegó la cancha se había quedado vacía. El baile de los ojos era lo único que se veía dentro de las ventanas. Hasta los Blindados se habían evaporado, que ya es decir bastante. Cuando es contigo es contigo, se dijo y escupió algo que debía ser el valor, porque sintió un frío que subió de los pies hasta el tórax.

Y un cansancio largo.

Podía correr. Eso es lo que querían hacer sus pies. Podía. Las otras opciones le cayeron como una celada. Gritar no. Eso no es cosa de varones. Optimista como era, se imaginaba que si salía de esa, ¿con qué cara iba a andar por escaleras y callejones después de haber suplicado? ¿Cómo se anda por la calle sin el respeto como compañero?

No: gritar, arrodillarse, rogar, no eran opciones.

Apenas vio que venían por las escaleras, advirtió que se le habían acabado las salidas. Cuando comenzaron a bajar corriendo, todos los ojitos dentro de las ventanas no hacían más que preguntarse, sobre el silencio que cayó de pronto, que hasta cuándo…

Cuando salen a buscar a alguien, el mandado nunca queda sin hacerse. Los perros de la Muerte tienen olfato fino. El que huele a muerto ni que se bañe en colonia… Él sabía que no valían ruegos y que ellos no saben de sobornos. Pa’ morirse lo único que hace falta es estar vivo, decía el viejo Ramón. Y llegar a viejo Aquí no es tontería.

Pero hay gente que cree que está viva aunque ya está mordida.

Como Cabilla. Se arrastró, gritó, intentó abrazar al Marciano (se ganó un bofetón por eso) y el plomazo igualito lo clavó de la acera. O Chani, que cuando vio a los Pitufos rodearlo, cargó por puro instinto al carajito, que lo tenía al lado. Hay que ser muy sucio para disparar hacia donde está un chamo, pensaría. Y la mujer, que lo quería que jode, le gritaba que soltara al chamo, porque un hijo es un hijo. Suelta el chamo, Chani, le dijo Papapitufo, que la culebra es contigo. Coño, pana, quiso parlamentar Chani… Que sueltes el chamo le volvió a decir aquel, virando los ojos como un demonio, mientras montaba la bala que tenía su nombre. Coño, pana, intentó replicar a falta de argumentos que no terminaban de llegar. Cero charla, gritó el coro y [bummmm] le dispararon en una pierna. En lo que se encogió y soltó al carajito, decretó su punto final.

Eso sí, Aquí todavía nadie se atreve a disparar hacia un carajito.

El chamo lloraba, pero era porque lo asustó la detonación, porque lloraba sin fijarse que el papá estaba tirado en el suelo. ¿Qué va a saber de muertos y del vínculo de la sangre un chamo de dos años?

Después de la plomazón los Pitufos se fueron corriendo y se cambiaron la ropa. La que tenían puesta, salpicada de rojo y de otros curiosos colores, se fue a dar un baño sin retorno para la quebrada. Después los veían, como si nada, en las escaleras, hablando y riendo.

Por eso es mejor comportarse.

Estaban dos en las escaleras que dan a la Redoma del Totumo, y otros dos en las escaleras que los llevaban al pasaje donde vivía la Cuarto. De donde había bajado. Lo habían estado siguiendo y no se había dado cuenta. Si así de pendejo me he vuelto, entonces ya no merezco vivir Aquí. Aunque sabe que cuando la vaina avisa con tanta antelación, cuando te agarra no hay de otra.

Bruscamente hizo el ademán de sacar algo de debajo de la franela, y…

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#EstamosViendo: Ilustraciones por Jorge Corona

Zuliano egresado de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la LUZ, y multitasker del diseño gráfico y la ilustración, Jorge Corona es un maestro de la imagen. Se mantiene ocupado diseñando la identidad gráfica de empresas, como director artístico de videos musicales y colaborando con publicaciones impresas. Es también conocido por las tiras cómicas que publica periódicamente en el portal Web www.jorgecor.deviantart.com.

Para las ilustraciones de esta edición nos presenta dos de sus cómics.

 

Bajo las nubes de Calder

Por Angela Rodríguez -@Angelabrp

Cuando te encuentras rodeado de una ciudad caótica y consigues paz en una ciudad más pequeñita, te quieres quedar ahí. Eso es lo que muchas veces nos pasa a los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, nos acostumbramos a ver nuestra casa de estudio como un segundo hogar. La universidad es el lugar donde perdía mis tardes estudiando para el examen del día siguiente, donde comía mientras le gritaban “nuevoo” al que hacía caer la bandeja en el comedor, donde me enamoré y desenamoré, donde conseguí amistades que probablemente vea durante el resto de mi profesión.

Y más aún, ser estudiante de Comunicación Social es un nombre que llevo con orgullo. Aunque muchas personas asocian a la UCV con descuido y disturbios,  es una cuestión de ver más allá, es conocer toda una pequeña ciudad llena de cultura, de historias, de héroes; un sitio donde confluyen todas las clases sociales.

Cuando eres ucevista disfrutas de pasar la tarde en Plaza Cubierta junto a El Pastor de Nubes, tomarte una chicha sabrosa que no encontrarás en ningún otro lugar y esperas las primeras horas de la noche para ver las pocas estrellas que se observan en el cielo caraqueño, acostado en Tierra de Nadie. También odias a los motorizados y patineteros que utilizan los pasillos para transitar por la universidad y rompen la cerámica del piso. Aquí volvemos al principio, a nadie le gusta que destruyan su hogar.

Las vivencias que te dejan la universidad —mucho más cuando se trata de la UCV— son particularmente especiales. Nunca olvidaré la vez que quedé atrapada en el edificio de rectorado a causa de una protesta de trabajadores, o todas las veces que hemos sufrido al inscribir un nuevo semestre, para que todas las materias sean en la mañana.

 A pesar de lo difícil que resulta la burocracia, los profesores que no dan la talla, el descuido de las instalaciones y lo difícil que es conseguir un cajero dentro, no hay razón suficiente como para no encariñarte con ella. La UCV me ha dado muchas oportunidades que espero retribuirle algún día, porque estudiar una carrera por apenas Bs. 0.50 el semestre es algo que verdaderamente se debe agradecer.

La universidad en general es uno de los pocos lugares donde te enriqueces intelectualmente gracias a otras personas, que a su vez se enriquecen intelectualmente de otros, una cadena de conocimiento que se vuelve cada día más grande. Más allá del conocimiento que te da la academia, es conocer nueva música gracias a tus amigos, aprender el arte que desconocías, es la necesidad de saber cada día más sobre lo que te apasiona.

Pero una vez que el tiempo pasa y es hora de explorar nuevos territorios, la meta siempre es concluir la carrera y llegar al Aula Magna vestido de toga y birrete, mientras tu familia te acompaña con orgullo a recibir el título universitario bajo las hermosas Nubes del Calder que adornan el auditorio.

Rebeldes ejemplares

Por Joseph Artiles -@joartilesl

Antes y después de Gutenberg la literatura ha estado estigmatizada por la figura del héroe. El ladrón Prometeo; Homero y los superhombres griegos; el ingenioso hidalgo al que le dio vida Cervantes; el defensor de los pobres, Robin Hood; y, cómo no, el héroe del cualquier enamorado, Romeo Montesco. Pero hay otros personajes. Están quienes elijen otras vidas, y le dan la espalda a los mandatos sociales. Ellos son los que buscan su redención en los caminos menos comunes, más no por ello inválidos. Aquí tres grandes ejemplos de obras que hay que leer. Calma, eso sí, porque las últimas líneas pueden contener spoilers.

La vida es sueño

Orientado por un oráculo, el rey Basilio encadena a su hijo Segismundo de por vida en la torre de su castillo por una supuesta futura traición al correcto actuar. El condenado crece mancillado por el supuesto de que será un tirano, una bestia; escondido por su padre quien se niega a cederle el trono.

Tras una liberación pasajera y engañosa, el príncipe regresa a la cárcel donde divaga sobre el significado de la vida, el valor de lo material, la realidad y el poder. Más tarde, con la ayuda del pueblo, Segismundo se redime al perdonar a su padre tras descubrir el engaño en el que ha vivido, y se libra así de su depravado destino.

Into The Wild

Tras graduarse de la universidad, Christopher McCandless huye de una “vida perfecta”. Dejando atrás a sus padres y su hermana menor, busca romper todos los lazos, tanto materiales como afectivos, con su realidad. Llegando incluso a renegar de su nombre, pues este lo hacía pertenecer a una familia, parte hacia Alaska para vivir aislado en la naturaleza.

En su aventura, Alexander Supertramp —nombre que se da a sí mismo McCandless— explora a profundidad las relaciones humanas, la noción de familia y los conflictos que debe enfrentar el individuo en una sociedad gobernada por automatismos y preceptos. Su victoria en esta travesía llega de la mano con su muerte. En los últimos días de su vida, moribundo por el hambre, Christopher encuentra la redención y la tan ansiada paz, sentenciada en un ruego por su vuelta a casa: “La felicidad solo es real cuando es compartida”.

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Lo efímero

Por: Clementina Francisco

Fotografía: Ninoska Ayala @kit258 y Reinaldo Odreman @HombreOdre

 En su libro El imperio de lo efímero: la moda y su destino en las sociedades modernas, el filósofo francés Gilles Lipovetsky asegura: “En menos de medio siglo la seducción y lo efímero han llegado a convertirse en los principios organizativos de la vida colectiva moderna […]. El reino último de la seducción aniquila la cultura, conduce al embrutecimiento generalizado”.

Principios organizativos porque la seducción nos gobierna, el deseo mueve a la sociedad, somos máquinas deseantes, lo queremos todo y lo queremos ya,  de inmediato, ahora. Productos y servicios, productos perecederos y no perecederos, de consumo, conveniencia y especialidad. Comida rápida, agua de sabores, moda, reality shows, I want my MTV, gimnasios, auto-servicios, Do It Yourself DIY, teléfonos inteligentes, aplicaciones y jueguitos nuevos, películas de acción, románticas, suspenso, drama, comedia, horror, música que va, viene y se recicla, series de TV, spas, masajes de chocolate, libros de autoayuda, humor pop, liftings, porno, silicón, liposucción, cirugía plástica. Todo para sentir más, para llenar el vacío.

Las industrias a su vez reestructuran planes de marketing, hacen lo imposible para innovar “so we can buy shit we don’t need” como se le puede  escuchar a Tyler Durden en la película Fight Club, por generar contenido y así satisfacer al incesante perfil narcisista del individuo actual, cool y obsesionado consigo mismo. Por saldar sus necesidades fisiológicas, de seguridad, sociales, de estima y actualización propia.

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“Sudé, me picaron las garrapatas, me duele todo y estoy profundamente feliz”

Contenido perteneciente a la sección “Por Los Caminos Verdes” de nuestra 14ta edición

Texto y Fotos por Arianna Arteaga Quintero -@arianuchis

Tres días caminando por empinados senderos de enmarañada selva, soportando picaduras de insectos inauditos y lidiando con la humedad del Amazonas tienen su recompensa: vivir el Macizo de Chimantá en primera persona y llenar la vista en una sola mirada con los siete tepuyes orientales de La Gran Sabana.

La ruta al Acopán tepuy comienza volando desde Santa Elena de Uairén hasta la comunidad indígena de Yunek Kukuy donde apenas habitan 80 pemones taurepán. Intimida y emociona ver las paredes inmensas del Acopán con su forma de castillo que se extiende a la derecha protegido por un muro de selva que luce impenetrable. Julio, nuestro guía, me cuenta la leyenda del Tirik Tirik, un águila gigantesco que se llevaba y comía a los primeros habitantes de Yunek. El piache se cubrió de bejucos, se llevó un hacha de piedra y se dejó atrapar. Voló hasta el nido de Tirik Tirik y ahí lo mató. Entonces el Acopán pasa a parecerme un gran nido.

Dormimos esa noche en la escuelita de Yunek y a la mañana siguiente salimos a caminar temprano por la sabana. La cosa comienza suave, en plano y con una vista inmejorable de las paredes del tepuy. Dos horas después nos damos un baño de río rojo para enfrentarnos a la pared de árboles. La belleza de la selva es directamente proporcional a lo difícil que resulta cruzarla. Debes ver al suelo para no tropezar con raíces, piedras, huecos, troncos caídos. Ver al frente para no perder el camino ni el ojo con una rama. Por momentos sientes que das vueltas en círculo; es realmente agotador. Caminamos un par de horas más, cruzamos dos ríos y llegamos a Soropankén, nuestro primer campamento. Amplio, rodeado de árboles enormes, junto al río y con una vista estelar del las paredes de piedra. Pasamos la tarde en el agua. A la mañana siguiente comienza la caminata más dura: 7 horas de selva tupida en subida constante. De a ratos caminas con manos y pies agarrándote de lo que sea. Comenzamos a ver piedras gigantes en el camino. Nos encaramamos en un árbol paralelo a una cascada y llegamos a lo que ya parece el tepuy. Las paredes están al nivel de la vista y celebramos ver el cielo. Esa noche dormimos exhaustos en Incá, una especie de campamento base entre las rocas, junto a un río rojísimo que se cuela por piedras de formas sugerentes. Los mosquitos parecen pterodáctilos, pero son bastante torpes.

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Se quema la casa de Famasloop

Andrea Hernández  -@andrernandez

Esta banda ya no necesita introducción, pero su último álbum sí porque es un proyecto innovador colmado de influencias como Gustavo Cerati y Nine Inch Nails, que se manifiestan de forma criolla y atraen hasta decir basta.

Hay una casa en Colinas de la Trinidad con varias oficinas. Uno de los pisos es el estudio Pararrayos. Casi todo es blanco y la gente sonríe. Después de entrar por rejas y subir por escaleras hay una chihuahua que se llama Juno (como la película) y ladra mucho, como todos los chihuahuas. Pero no es cualquier can, es la mascota oficial de la banda de música Famasloop. Es manchado  como una vaca lechera y duerme en un cojín que parece una patilla.

El estudio es un nido de multitaskers, comerciales, jingles, cortinas de shows y, lo mejor de todo, música de la nueva. “Aquí hay sinceridad multimediática”, dice Alain Gómez, el vocalista de la banda. El espacio donde él hace lo suyo es muy simple: hay afiches, calcomanías, sillas, computadoras, un teclado, instrumentos con botones que parecen complicados y un clóset.  Está trabajando en una cortina para el show Erika tipo 11. Lo más llamativo es el luminoso fondo de pantalla conformado por un collage de portadas de álbumes viejos y nuevos, que cambian y son sustituidos por otros.

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