La suerte de viajar

Amsterdam es más que tulipanes y queso.  La capital de Holanda tiene mucho que explorar y más cuando se viaja a ella con un grupo de ganadores. Acá la crónica de un viaje con buena estrella. 

Por Arianna Arteaga Quintero – @arianuchis

Siempre he preferido recibir experiencias a cosas. Me parecía más divertido que me llevaran con dos amiguitas a la playa en mi cumpleaños a que me regalaran una bicicleta. Mi madre me lo inculcó y fue ella quién me regaló mi primer salto en paracaídas.

Por eso, nada como que me regalen un viaje.

Me estaba bañando y el teléfono no paraba, salgo y devuelvo la llamada. Una cálida voz femenina que adoro escuchar comienza a explicarme que necesitan una periodista para un viaje a Ámsterdam con Master Card y que si yo creo que puedo ir. Con una mano tranqué el teléfono y con la otra busqué la maleta adecuada, revisé el clima de Holanda en esa época y guardé mi pasaporte en su estuche. Ser invitada a cubrir un viaje que premiaba usuarios de la famosa tarjeta que no tiene precio era ya un privilegio mayúsculo. Lo que nunca imaginé fue lo enriquecedor que sería viajar con un grupo de diez personas que creían firmemente en la suerte.

El hijo que se llevó a la madre a conocer Europa, la pareja que se reconcilió al saber el resultado de la promoción, la que participó para celebrar su aniversario lejos, las amigas que llenaron papelitos juntas, el que se llevó a su hermano para que viera un partido de fútbol profesional, la mamá que se llevó a su hijita; los que pensaban que era una broma cuando los llamaron a decirles que habían ganado, los que metieron sólo tres facturas, los que se pasaron la noche metiendo doscientas, los que ya se habían ganado un viaje así y los que jamás habían salido de su país. Todos pensaban que ganar era posible y que vivir la experiencia valía la pena.

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Estás en Amsterdam

“No sé qué te conviene más. Si ir a Gare du Nord o Gare du Midi”, me dice David, tan alto y español, mientras veía fijamente el mapa del metro de Bruselas. Al cabo de dos segundos me dice que vaya a la estación de Gare du Nord, pues de ahí salían más trenes y seguramente saldría el que me llevaría a Ámsterdam. “Desayunamos y nos vamos ¿vale?”. Vale. A David lo conocí a través de una amiga –también periodista de la Complutense de Madrid- que nos presentó en un México-Argentina del Mundial pasado; sólo nos vimos esa vez pero hay gente que no necesitas ver más para saber que ahí quedó una amistad.

Desayunamos café y torta, y nos fuimos los dos con gorros y sin paraguas para protegernos de la constante y melancólica lluvia que parece ser la banda sonora de Bruselas; nos despedimos en el Metro con un abrazo y un ‘hasta pronto’ improbable porque yo me regresaba a Caracas y él se quedaba en Bruselas. “En Madrid no hay trabajo. Además los belgas están muy buenos, cariño”, nos separamos y yo seguí a Gare du Nord, busqué en los horarios el tren que me llevaría a Ámsterdam, “Excuse me, does this train goes to Amsterdam Central?, y un ‘Yes’ seco de una cincuentona harta de turistas me tranquilizó el camino; decidí viajar sola porque sí, no hay razón, sólo sé que es algo que todo ser debería hacer alguna vez en la vida, lo único malo es el miedo constante a siempre agarrar el tren equivocado y terminar en el Este profundo de la Europa de Vladimir y sus cabras.

Fue un tren de tres horas con varias paradas y ninguna palabra. Escuchaba no me acuerdo qué en el iPod mientras veía los paisajes idílicos que ofrecen los Países Bajos, atestados de bicicletas y flores de colores fuertes cuando me di cuenta de que quedé en encontrarme con mi amiga a las 8 –frente al Starbucks de la Central Satition- y que este tren llegaba a la 1.

Ay.


¿Qué carajo iba a hacer siete horas sola? Hasta ahora solo había estado completamente sola en los trenes pero siempre llegaba a encontrarme o conocer a alguien como pasó en París, como pasó en Bruselas; en lo hostales abarrotados por turistas de todo el mundo siempre hay gente que quiere conocerte y quererte, el problema de Ámsterdam es que llegaba a la casa de una amiga de un amigo, es decir, no hostales, no cariño y un ahora cómo hacemos. “Ticket, please”. Toma mi boleto y deme alguna respuesta, Señor Revisor.

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