Mercedes Pulido

Mercedes Pulido: “La docencia transforma y abre oportunidades”

Si tan solo se pudiera usar una palabra para describir a Mercedes Pulido de Briceño (Tovar, 1938 – Caracas, 2016) esa sería excepcional. Como madre, como profesional, como docente, como política, como venezolana, en todos los aspectos de su vida fue eso: una excepción. Es imposible no tener la sensación, al revisar su biografía, de estar ante uno de esos improbables personajes del renacimiento que en una vida hicieron lo que otros ni en diez. Y también, de uno de esos personajes originales y singulares, que en un momento dado, y contra todo pronóstico, tienen la valentía –y la genialidad– de ir contracorriente. Por ejemplo: decidir regresarse a Venezuela cuando desde Roma el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) le ofrecía un cargo y desde Londres Amnistía Internacional le ofrecía otro. “Vengo de una generación que estaba dispuesta a construir un país. Soñaba con construir un país con educación y con todo lo que significara formación profesional y técnica. Eso implicó un atractivo muy grande para mí”, le explicó a la revista SIC. Y a eso se dedicó a su vuelta: a construir país. Fue ministra, senadora, asesora de los Obispos, reformadora de infinidad de leyes, impulsora de otra gran cantidad de proyectos y profesora universitaria, actividad a la que se dedicó con vocación hasta sus últimos años. Fue precisamente en las aulas de la UCAB, en el año 2011, cuando la entrevistamos para la sección “Diablo por Viejo” de nuestra edición impresa. Hoy, para conmemorar y honrar la memoria de esta venezolana insigne, republicamos esta entrevista en la que con su aguda visión habla de docencia, política, futuro y juventud

Texto y Foto: Andrea García Márquez

Es psicóloga social, graduada en la Iberoamericana-UNAM, profesora de varias escuelas de la Universidad Católica Andrés Bello, directora de la revista SIC, madre y mujer. Tiene una reconocida trayectoria política en el país: como Ministra de la Mujer (1979), logró la aprobación de la Reforma del Código Civil que facilitó los Derechos de la Mujer y la igualdad de todos los hijos ante la Ley. En 1985 fue designada Subsecretaria General de las Naciones Unidas y, siendo Presidenta de la Junta Ejecutiva en UNICEF, impulsó los Derechos del Niño. Para los que aún no la ubican en sus memorias, les puedo dar otro dato: es la mamá del profesor y comediante José Rafael Briceño.

Nuestra cita fue un viernes en un salón del módulo seis de la UCAB. Me estaba esperando en la puerta, cargada de exámenes. Entramos juntas y repartió las pruebas que tenía programadas aplicar ese día. Me invitó a sentarnos en la parte de atrás del salón, en uno de los pupitres que sobraba. Ella hizo lo mismo.

-¿Cuál es el diagnóstico que le daría a la sociedad venezolana actual?

-Es una sociedad que está en plena evolución y en plena transformación, como todas las sociedades. Una de sus características más evidentes, actualmente, es la transformación demográfica. Ha dejado de ser una sociedad de niños para convertirse en una de jóvenes y adultos. Hay, por consiguiente, un claro surgimiento de la tercera edad. Es, también, una sociedad que está en proceso de reacomodo en cuanto a su articulación social, con expectativas de libertad e igualdad, que son dos elementos que parecieran contradictorios pero que tienen que buscar complementarse.

-Y, ¿cuál es su diagnóstico referente a la política actualmente?

-Si hablamos de política con “p” mayúscula, es una política de confrontación entre dos modelos: un modelo muy jerárquico, con mucha hegemonía, que choca con la realidad venezolana que es una realidad federada y es el fruto de nuestra propia historia regional.

-Tomando en cuenta que hoy en día son muchas las mujeres que ocupan importantes cargos dentro de la política nacional, ¿considera que es un buen momento para la mujer?

-Sí. La mujer tiene una ventaja y es que tiende a ser más negociadora y lleva una estructura de poder mucho más abierta y participativa. Eso hace mucha falta hoy en día.

-¿Diría que esa es la mayor diferencia entre la política ejercida por los hombres y la ejercida por las mujeres?

-La diferencia está, fundamentalmente, en el estilo de gobernar, en el estilo de ejercer las decisiones y la autoridad. También se podría decir que la mujer tiene una visión muy distinta a la del hombre respecto a la visión de satisfacción personal.

-¿Cómo ve usted a esos jóvenes que se están encaminando actualmente para ser la nueva generación de políticos del país?

-Yo creo que esta generación tiene un vacío de liderazgo, o mejor dicho, un vacío en el espacio público. Esto se debe, en gran parte, a que nosotros, como generación anterior, no estimulamos la participación en lo público sino en la realización económica y en el logro personal. Por esa razón descalificábamos toda aspiración a hacer acción colectiva. Ese vacío se demuestra en que, hoy en día, no hay líderes evidentes entre cuarenta y cincuenta y cinco años. Sin embargo, en las nuevas generaciones hay muchísima más reactancia. Hay claridad en que el futuro no lo pueden asumir si no tienen la capacidad de meterse en él y construirlo desde allí. Estas nuevas generaciones tienen tres características fundamentales: la primera es que se mueven con muchísima más libertad; la segunda, que tienen una tendencia pronunciada a la irreverencia con las normas hegemónicas y, como tercer elemento, están dispuestos a pelear su propio espacio. También tienen dos grandes debilidades: presentan una gran prolongación del estado de protección de la familia y no poseen la gran capacidad de complementación que se necesita para formar equipos humanos.

-Después haberla vivido, ¿qué es lo mejor y lo peor de la vida política?

-La vida política tiene el gran atractivo de que tú haces posible un sueño. Tienes que soñar un país, así como sueñas con una familia y, si te pones a ver, ese sueño es un constante conflicto de superación. La vida política, aún siendo colectiva, cumple con la satisfacción de lograr los sueños propios. No es una vida para tener comodidad, ni seguridad o estabilidad. Es una vida para transformar. Lo más importante no es solamente el acceso a las decisiones sino trascender con esas decisiones y esa es la mayor de las satisfacciones. Por eso se dice que la vida política es como un virus.

-¿Siente que al cambiar la política por la docencia cambió su estilo de vida?

-La docencia es una política porque con ella transformas y abres oportunidades. Abres muchos espacios.

-¿Cuál es el mensaje que Mercedes Pulido de da a la generación que está tratando de abrirse camino en la política contemporánea?

-Que no piensen si es bonito o feo, bueno o malo; sino que apliquen el sentido común que, generalmente, es el que le da a uno la inspiración y la intuición para seguir adelante.

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10 museos para visitar desde Google Maps

Visitar un museo, sea de arte, ciencias o histórico es una de las experiencias más enriquecedoras y satisfactorias para el ser humano. Las caminatas que se extienden durante horas por las galerías y pasillos, suelen estimular los sentidos y la creatividad. Hoy, Día Internacional de los Museos, efeméride decretada por el Consejo Mundial de Museos en 1977, compartimos una selección del “Art Project” de Google, una división de la empresa que permite recorrer algunos de los museos más importantes del mundo desde el street view de Google Maps.

Aquí tienen una curaduría digital de 10 museos:

1) Palacio de Versalles – París, Francia

2) Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMa) – Nueva York, Estado Unidos

3) Museo Reina Sofía – Madrid, España

4) Museo Van Gogh – Amsterdam, Países Bajos

5) Museo de Orsay – París, Francia

6) Instituto de Arte de Chicago – Chicago, Estados Unidos

7) Galería Nacional de Retratos Smithsonian – Washington, DC – Estados Unidos

8) Museo de Arte Moderno de São Paulo – São Paulo, Brasil

9) Museo de la Orangerie – París, Francia

10) Museo Nacional de Tokio- Tokio, Japón

Bonus: Aunque no están disponibles en el increíble Art Project de Google Maps, vale la pena entrar en las vistas virtuales de La Casa Azul de Frida Khalo en México, DF y del Museo Botero en Bogotá, Colombia.

 

Los pedacitos de Andrés Caicedo

Por Jesús Torrivilla –@jtvilla

La literatura está llena de figuras marginales, tipos cuya vida se solapa entre las páginas de sus libros y se funden en un solo mito que pocos descubren. Fuera de los reflectores, de los cocteles y de la buena educación, pululan los escritores que encarnan una verdadera pulsión contracultural. Andrés Caicedo, escritor colombiano que se suicidó a los 25 años, es uno de ellos.

¡Que viva la música!, su única novela, es testimonio del vaivén juvenil de los setenta, época de hervidero de drogas, rock y salsa. En Latinoamérica, mientras unos se sorprendían del mundo rural, naif y mágico de los pueblos profundos, Caicedo veía cine y escuchaba a los Rolling Stones. Los fragmentos de su vida, rotos después de la sentencia de los sesenta seconales que acabaron con su desazón, pueden reconstruirse a partir de las preocupaciones que se revelan en su última novela.

Ángel Gustavo Infante, profesor de literatura latinoamericana de la Universidad Católica Andrés Bello, ubica a Caicedo en una tradición paralela a la del boom latinoamericano, del realismo mágico consagrado en las altas esferas con el Nobel de García Márquez en 1982. “Ángel Rama, crítico uruguayo, hace en 1980 una antología del relato breve latinoamericano para el semanario Marcha, en Montevideo. El libro se llamó Novísimos narradores hispanoamericanos, y en él se mostraban una generación de escritores de comienzos de los setenta con tendencias realistas en sus temáticas. En esa clasificación habla de la novela de la onda, en la que podría calzar ¡Que viva la música!, de Caicedo; también de otros autores como Valverdi y Luis Rafael Sánchez. Ellos tenían en común una línea de trabajo que se vale de la letra de las canciones para proyectar ritmo en sus textos. De la música”.

Esta opción parte de la explosión de la música como identificación de la cultura juvenil en los años sesenta. En 1977, Luis Ospina entrevista a Caicedo en un video titulado Entrevista pirata, allí se puede escuchar al colombiano afirmando: “La juventud se me hace que está optando es por la música, porque para oírla no se necesita de una aceptación, sino que se le puede oír en los buses, en las calles, a través de puertas abiertas, en radios prendidos”.

El uso de la palabra aceptación salta a la vista como una herida rutilante. En la grabación, también habla de la literatura de Cabrera Infante como alternativa, y se refiere al texto lúdico del cubano basado en una canción de Rita Montaner. “Yo creo que esa fórmula para la nueva literatura de hoy se puede encontrar en el poema de Cabrera infante, uno de los mejores que he leído en los últimos cinco años, que dice textualmente, es muy fácil de memorizar:

¡Ay, José, así no se puede!

¡Ay, José, así no sé!

¡Ay, José, así no!

¡Ay, José, así!

¡Ay, José!

¡Ay!

Los críticos reconocen claramente el camino que ha trazado Cabrera en Latinoamérica como precursor de la literatura ligada a la música como motor vital del texto. Ángel Gustavo Infante elabora al respecto: “Este fenómeno comienza desde el 62 con la publicación de Tres tristes tigresDelito por bailar el chachachá, de Cabrera. Y se esparce por todo el mundo hispanohablante con ejemplos como Celia Cruz reina rumba, de Umberto Valverde en Colombia; Entre el oro y la carne, de Napoleón Oropeza ySi yo fuera Pedro Infante, de Eduardo Liendo, en Venezuela, por citar ejemplos locales. Estas novelas demuestran un interés por la música del Caribe en el contexto urbano, no solo de la letra como referente, sino del interés por aplicar el ritmo, para contar la historia de la cultura popular”. Sin embargo, explica que Caicedo tiene una particularidad: “Él está entre dos aguas, el rock anglosajón y la salsa caribeña de la Fania en los 70 como elementos que desencadenan las estructuras narrativas”.

Espejo roto del rock

Dicen las primeras líneas de ¡Que viva la música!“Soy rubia. Rubísima. Soy tan rubia que me dicen: ‘Mona, no es sino que aletee ese pelo sobre mi cara y verá que me libra de esta sombra que me acosa’. No era sombra sino muerte lo que le cruzaba la cara y me dio miedo perder mi brillo”.

Esa voz, la de María del Carmen Huerta, es la que desarrolla Caicedo a la largo de la novela como el testimonio en espejo de una chica acomodada de Cali y sus vaivenes en la droga y en la música. Caicedo, solitario y con el corazón roto, llegó a escribir en sus correspondencias personales: “Antes, mucho antes de que me prendara de mujer alguna, mi corazón ya había sido ganado por la violencia”. Es ese el vínculo que une la novela como una gran deflagración que se consume.

Escrita entre 1973 y 1977, en el ímpetu de sus páginas se adivina la turbulenta historia de Colombia, en una época en que el negocio del narcotráfico reventaba los bolsillos de los primeros capos y los altos precios de la libra del café construían una prosperidad ficticia; los acompasados pasos de la salsa llenaban los locales y reproductores de toda Latinoamérica con el auge de la Fania; y el cadencioso y oscuro rock and roll de los Rolling Stones hacía estragos en las radios.

Y es, precisamente, en uno de los episodios trágicos de los Stones en el que podemos encontrar el reflejo de otro de los fragmentos de Caicedo, quizás el que se nublaba de condena y resignación durante la escritura de la novela.

La historia de Brian Jones, miembro fundador de la banda británica, reverbera especialmente en las páginas de ¡Que viva la música! Los paralelismos son reveladores. En 1969 Brian Jones se ahoga en una piscina un mes después de que sus compañeros de banda lo expulsaran del grupo. El conflicto, signado por las adicciones de Jones, tuvo su detonante en “mujer alguna”: Keith Richards se había quedado con su novia Anita Pallenberg. Cuando encontraron su cuerpo, la policía escribió en el parte “muerte por desventura”, y su hígado y corazón estaban anormalmente hinchados por las drogas.

Caicedo se refiere al episodio en su novela, en un párrafo en el que podríamos ser testigos de una proyección reveladora:  “Leopoldo no hacía otra cosa que presentarme amigos fascinantes. Llegaban de USA y les hacíamos grandes rumbas. Oíamos música las 24 horas, porque uno con la cocaína no duerme. Acumulé una cultura impresionante. Que no me vengan a decir a mí que Brian Jones murió de irresponsabilidad o de flojera; ni si quiera de amor en vano. Las cosas no se dan así como así. Murió fue de desencanto”.

La de Caicedo y la de Brian Jones son dos inconformidades que se encuentran en el desencanto. El colombiano, a pesar del riesgo de convertirse en un arquetipo, tiene una vocación erudita que lo hace diferenciarse, y que es el rasgo que destaca el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán en su blog Río fugitivo:

“Caicedo encarna a la perfección el mito del adolescente eterno, alguien a quien vivir más de veinticinco años le parece una ‘insensatez’. Es un producto redondo de los años sesenta, que ensalzan la rebeldía juvenil, que idealizan la inmadurez adolescente. Hay en sus obras algo de sus contemporáneos de la Onda, pero a diferencia de ellos lo suyo no se acaba en el gesto contracultual del joven que usa el sexo, las drogas y el rock como forma de rebelión ante sus padres y la sociedad; junto a ese gesto está, también, la actitud de un crítico serio, que ha leído a Borges, a Pinter, a Ionesco, y que está buscando obsesivamente cierta plenitud que sólo puede darle los libros, las películas: “me hace falta un nuevo fervor por algún escritor, así como lo tuve por Poe, Vargas Llosa, Lowry, Henry james, Hawthorne, Styron”.

En el fondo, lo que se puede extraer de la vida de Andrés Caicedo es una forma obstinada de redención, de la cultura como acercamiento obsesivo, como justificación a un mundo insensato. Y que mediante la escritura se convierten en despedida. En ¡Que viva la música! encontramos uno de esos bramidos finales:  “Yo soy la fragmentación. La música es cada uno de esos pedacitos que antes tuve en mí y los fui desprendiendo al azar. Yo estoy ante una cosa y pienso en miles. La música es la solución a lo que yo no enfrento, mientras pierdo el tiempo mirando la cosa: un libro (en los que ya no puedo avanzar dos páginas), el sesgo de una falda, de una reja. La música es también, recobrado, el tiempo que yo pierdo”.

El adiós no es del todo triste: “Una canción que no envejece es la decisión universal de que mis errores han sido perdonados”.

PS: Siempre me pongo a escribir de Caicedo con cierta periodicidad. A este texto en particular siento que le hizo falta más humor granuja, como decir que el ritmo de la novela Que viva la música es tan descompasado como el trote de Maickel Melamed. Esto por mi teoría de que esa novela es tan imperfecta que es hermosa. No sé. A partir de esta exploración lo próximo que quiero escribir probablemente ahondará en por qué me gustó tanto esa novela y en qué circunstancias la leí; asuntos de otra herida.

Caracas por una magallanera

El Caracas y el Magallanes son los rivales históricos de la liga venezolana de beisbol. Quisimos demostrar que sus trincheras no son irreconciliables y les pedimos a los fanáticos más acérrimos de nuestra redacción que hicieran un perfil del equipo contrario,  un abrazo de tinta para reconocerse en la iglesia de la pelota nacional.

Por Gabriela Benazar Acosta

No tendría más de diez años y lo recuerdo como si hubiese pasado hace menos de un mes. Los Bravos de Atlanta, el equipo más mainstream de los años noventa en las Grandes Ligas, venían a jugar dos partidos de exhibición en el Universitario de Caracas contra las Mantarrayas de Tampa Bay. Todos los ojos del mundo estaban puestos encima de Andrés Galarraga y su primer juego después del cáncer que le habían diagnosticado meses antes.

Sentada en las gradas del universitario con mi papá y mi hermanita comenzó el público a gritar como un rugido cuando presentaron a los Bravos y nombraron a Galarraga. Más de cinco minutos consecutivos estuvo de pie la fanaticada aplaudiendo y silbando en honor a nuestro grandeliga del momento. Él tenía los ojos aguados y yo también, hasta que a los cuatro minutos con cincuenta y nueve segundos un grupo de fanáticos rompió la magia del momento cuando, desde la esquina del left field, lanzaron el cántico más popular del equipo capitalino: “León, león, león, león”.

“Caraquistas tenían que ser”, dijo mi papá mientras dejó de aplaudir y se sentó mal encarado hasta que comenzó el partido.

Esa noche ganaron los Bravos, lanzaron cohetones en el estadio como en el cierre de una presentación de Servando y Florentino y todos nos fuimos felices a casa. Si me preguntan cuánto a cuánto quedó el juego, no sabría responder; mi recuerdo más importante de ese día fue el regreso de Galarraga, cánticos caraquistas incluidos. Ese día comprendí que no importa la ocasión, siempre iba a haber un “leonático” escondido, así fuese debajo de una piedra, al acecho para arruinar mis recuerdos de la pelota.

Una de las características de este equipo, además de ser patrocinador oficial de unas cuantas desgracias y varias glorias de Magallanes, es que desde su origen se proyecta como “el equipo propiedad de”. Hoy día todos sabemos que son parte de los activos de la Organización Cisneros, mismos propietarios de la Cervecería Regional y Venevisión (El Club de los Tigritos siempre me pareció un vehículo de adoctrinamiento caraquista,  con su mascota que sospechosamente se parecía a la del equipo).

Su fundación, en 1942, fue producto una transacción comercial que el mismo equipo narra: “Jesús Corao, conocido  promotor deportivo y ejecutivo de la Cervecería de Maiquetía, le planteó al accionista mayoritario de la Cervecería Caracas, Martín Tovar Lange, que la ocasión era propicia para adquirir el estadio San Agustín y fundar un equipo con la misma fórmula del Royal Criollos, con el cual el propio Corao cosechó innumerables éxitos en las décadas de 1920 y 1930”.

Después de esta aseveración, la historia que reseñan los Leones en su sitio web y en los libros de la Fundación Corao, cuenta cómo se le adquirió a Santiago Alfonzo Rivas un estadio en San Agustín del Paraíso por 800 bolívares de los viejos que llevó el nombre de la cervecería, y cómo el resto ha sido historia.

Reconocerse entre fanáticos

Sí, historia. 21 títulos y dos Series del Caribe, la segunda, una herida que no ha sanado para muchos magallaneros. Pero, a pesar de eso, no se puede dejar de sentir la inyección de capital que vuelve al equipo una fraternidad de consumidores y de gerentes de marketing deportivo, una suerte de Real Madrid, versión criolla.

También está aquel fanático que, cuando tenía trece años y estaba estrenando mi gorra de la suerte, golpeó el capó del carro de mi mamá cuando salíamos del universitario y nos gritó: “Lleve esa carajita pal zoológico de Caricuao”. Solo recordar eso me hace querer empezar a llevar la Lopna al estadio.

Si se busca bien se consigue un caraquista con quien se puede conversar con tranquilidad sobre la trayectoria del equipo capitalino. Alguien que cuando le preguntas por qué va al estadio todos los años llueva, truene o relampaguee te responde diciéndote que se siente en comunión con su roster, que Urbano Lugo es su súper héroe principal y que es más importante llevar a Omar Vizquel y a Andrés Galarraga al Salón de la Fama que resolver el problema de armas químicas en Siria.

Con esos fanáticos comulgo. Una vez que logras quitarte la camiseta y la gorra y reconocer los pros y contras de cada lado, entiendes por qué te gusta tanto el llamado deporte nacional; porque no hay nada más sabroso que conversar con una cerveza de cualquier marca, da igual, sobre números, jugadas, ídolos y memorias indelebles en el colectivo venezolano.

Una concesión al Caracas

También comulgo con varios jugadores de sus filas. La lista es bastante larga, pero para hablar de algo más contemporáneo debo admitir, y no a regañadientes, que el no hitter robado de Armando Galarraga me ofendió más que un insulto a mi mamá; que cuando Bob Abreu jugó en los Yankees pasé meses en secreto queriendo la camiseta azul marina con el 53 estampado en la espalda; que los infinitos Guantes de Oro de Vizquel me generan más sentimiento de pertenencia a la cultura deportiva de mi país que el Deportivo Táchira en cuartos de final de la Libertadores; que el cáncer de Andrés me puso a rezar genuinamente para que volviese al terreno, y que quedé con hambre de su cuadrangular número 400. También confieso que, muy en lo profundo y secretamente, estoy enamorada de Orber Moreno.

Pero mi equipo es el mejor del mundo, y lo es más cada vez que le gana al Caracas. Puede barrer con 20 carreras a los Tigres, a las Águilas, a Cardenales o a quien sea, pero me gusta más cuando le gana, así sea por la mínima y en extra inning, a los Leones. Creo que por mucho que me gusten los juegos de los Tiburones de La Guaira, solo los coliseos romanos le hacen competencia a lo que se siente estar en un Caracas- Magallanes en el universitario. Creo que en el medio de esta eterna discordia entre quién sabe más, quién gana más y quién es el mejor y por qué se encuentra uno de los pilares centrales de mi amor al deporte.

Por qué soy magallanera

En mi familia siempre se vio beisbol. Mi abuelo materno era fanático de los Yankees de Nueva York y de los Tiburones, pero murió poco después de que yo cumplí ocho años. Mi otro abuelo, al igual que casi todos sus hermanos e hijos, era magallanero y en su casa fue donde vi mi primer juego de pelota. Es parte de mi historia.

Mi papá puede que no sea una biblia en deportes, probablemente yo sé a mis veintitrés años más que él de todas las disciplinas; pero cuando era pequeño jugaba para los Leones de Prados del Este y sabe, aunque no tenga los lentes puestos o solo esté escuchando por radio, cuando un umpire se equivoca cantando un strike como bola y viceversa. Él fue quien me llevó a mi primer juego de pelota, a mi segundo, a mi tercero y a mi cuarto. Él fue quien me regaló un bate de goma cuando yo tenía menos de diez años con la esperanza infructuosa de que aprendiese a batear. También fue mi papá quien me dijo la verdad más universal que he escuchado en mi vida: “El Niño Jesús es magallanero”, porque el espíritu de mis navidades no podía ser de otro color.

Mi mamá y sus hermanas, fanáticas de La Guaira, se quejan todas las temporadas de mi mal gusto deportivo al escoger un equipo tan complicado como Magallanes; lo que ellas no ven es que yo no decidí ser magallanera por un proceso racional y analítico, lo soy porque me da todavía un sentimiento de pertenencia, una conexión extemporánea con mi papá, mi abuelo y mis primos y recuerdos que para mí son mucho más importantes que un palmarés de títulos y el liderazgo en una serie particular contra otro equipo que por casualidades de la vida juega en la ciudad en la que nací.