CRONICATBTWEB

Pistola, papelón y el resto del mundo

Este Fuera del Aula puedes encontrarlo en nuestra vigésima edición impresa. Pídela por Twitter o descárgala por la web.

Por Gabriella Mesones – (@unamujerdecente)

Somos la generación del desencanto y la incertidumbre. La sensación colectiva es que somos un país fracasado, y podríamos hacerle los honores a Chocrón y venderle la nación a los asiáticos, agarrarnos el dinero y que cada quien busque su camino en la internacionalidad. La destrucción ya es parte de nuestra idiosincrasia. Lo vemos en nuestra vestimenta de arquitectura modernista, en los constantes edificios que vemos caídos y suplantados por cubos de vidrio, en las perennes construcciones que inundan la ciudad, en las noticias de los periódicos, en el discurso de nuestros líderes y en el discurso de los que no lo son.

Por mucho tiempo quise irme, hasta que se me quitaron las ganas. Sí, mis días también están teñidos de hostilidad, malos servicios, tráfico, contaminación, corrupción, discriminación, indignación y pare usted de contar. Pero alguna vez fuimos la ciudad más amable del mundo, y en la actualidad somos el país más feliz de esta corteza terrestre; sea como sea que los entes internacionales lleguen a esas conclusiones a las que siempre me mantendré escéptica.

Amo todo esto que nos rodea. Amo su desorden, su ruido y su caos; su carácter impredecible para lo bueno y para lo malo; y, sobre todo, creo que amo su energía destructora. Quizás por eso tenemos memoria a corto plazo: derribar para montar cosas nuevas nos deja poco espacio para el recuerdo. Por otro lado tenemos a su cielo azul y su sol tan caliente que pareciera que lo vemos de noche. Sus guacamayas y sus guacharacas que te despiertan a las cinco de la mañana. Sus mangos y sus guayabas. Su naturaleza luchadora que hace que crezcan lindas matitas con flores en el concreto y en los cables de electricidad. Su café y su cacao. Sus llanos, sus tepuyes, sus cataratas, sus ríos y sus montañas. El Ávila, a veces verde, a veces roja, a veces amarilla. Su gente zalamera con ansias de hablarte en la calle. Su gente extraña, extrañísima.

Hay una anécdota que siempre me ha parecido la metáfora perfecta: mi madre camina conmigo en mano y detiene una camionetica, me monta y con ella todavía pisando la calle el carrito arranca. Un señor detiene el carrito y regaña al conductor: “¿Cómo es esto posible? ¿Qué le ha pasado a esta ciudad que una señora no puede caminar tranquila con su hija?” Mi madre da las gracias y, apenas se sienta, el señor saca un machete y roba a toda la camionetica, menos a mi madre y a mí, claro. Nos sorprende de la misma forma un acto de maldad como uno de bondad y la mayoría de las veces encontramos estos extremos en una sola persona. Una metáfora de nuestra ciudad o del mundo, me gusta más pensar ese señor es la esencia de lo que se vive únicamente en esta ciudad.

En la calle me he caído a cervezas con obreros y después he conocido a mendigos que hablan del espacio y la velocidad de la luz mientras me ofrecen aguardiente a pico de botella. He comido mango con vendedores de libros que saben todo lo que yo quisiera saber de teatro venezolano. Se han inventado acentos para conquistarme en las calles, como lo hizo  “Habibi” con su acento llanero árabe. Viejitos españoles han bailado conmigo en plazas. Artesanos me han invitado a la playa con drogas duras incluidas. La piedrera que me ofreció unas puñaladas me terminó abrazando cuando se enteró de que era mi cumpleaños. Camioneros me han regalado patilla porque me han visto con sed caminando bajo el sol.

La magia de hablar con desconocidos es que no hay ningún tipo de atadura: he escuchado los sueños y las decepciones más profundas del que se sienta al lado mío en el carrito. He hablado de la maldad y de la esencia del ser humano con barrenderos que se jactan de ser los perfectos espectadores de la calle. He compartido cigarros con seres que se inventan profesiones y absurdas cuando les pregunto qué hacen. He tomado guayoyos con señores mayores que se han mochileado toda Latinoamérica y extrañan no haberlo hecho más. Se me han acercado mujeres hermosas de voz ronca y manzana de Adán para hablarme de cuán esclavos somos de nuestro cuerpo.

La realidad detrás de los esporádicos encuentros suele ser dura. Acostumbran a hablar de la tristeza, de los matrimonios fallidos, de las malas relaciones conlos hijos, de lo vacíos que están nuestros monederos, de los futuros proyectos que uno sabe que no se van a dar, de los vicios de los que no podemos despegarnos. Por alguna razón siempre he percibido que estas pequeñas descargas de calle están bañadas con un aire de humor, plenitud y hasta sabor, coño. Quizás es que estoy obsesionada con Gabriel García Márquez o capaz es que verdaderamente somos felices por el simple hecho de tener pájaros de colores en nuestro cielo azul, frutas que pareciera que tuvieran azúcar encima, palomas tímidas, viento fresco que nos pega en la cara, café increíble en cada esquina y petróleo en abundancia.

Recordando la literatura que leía cuando niña, me doy cuenta de que las historias venezolanas tenían siempre un halo de conformismo encima. Como en El cocuyo y la mora, donde el insecto era un insensible y un ingrato con quien lo cobija tiernamente. Creo también que Caracas nos trata así, porque nosotros no la tratamos muy distinto. La ciudad claro que es hablante y el discurso que generan a veces nos obliga a irnos, cuando en realidad debería convencernos para quedarnos. Tulio Hernández nos lo dice también: Caracas siempre ha sido una tarima desde la cual se habla al país, pero nadie se ocupa de mirarla a ella. Caracas termina siendo nuestra Odisea, un viaje complicado lleno de obstáculos terribles, pero al final la meta siempre es volver a casa, y qué buena suerte que casa sea este valle generoso que nos cobija o nuestros campos de papas, tapiramas y frijol. La casa está donde está el corazón, y qué rico que Caracas nos lo haya robado.

La política perdida en la traducción

Este viernes, Luke Harding de The Guardian publicó un extenso artículo sobre el lado poco visto de la política internacional: sus intérpretes. Desde los momentos definitorios del fin de la Guerra Fría hasta la reforma de la revolución cultural China. Mucho de los discursos más imponentes del último siglo han quedado por la traducción de sus intérpretes y no por el verdadero contexto y sentencia de sus creadores.

En tres perfiles: Elena Kidd, intérprete de Mikhail Gorbachev; Victor Gao, intérprete de Deng Xiaoping; y Banafsheh Keynoush, intérprete de 4 presidentes iraníes, entre ellos, Mahmud Ahmadinejad y Hassan Rouhani.

Detrás de este trabajo no solo está pertenecer a la historia y traducirla, sino captar la personalidad de sus líderes y la emoción de sus discursos. Una vez preguntado a estos tres intérpretes sobre cuál fue su mayor reto, esto fue lo que respondieron: Read More…

Ayuda a los estudiantes de la USB a crear un carro del futuro

Un grupo de estudiantes de la USB está decidido a participar en 5 categorías del SAE (Society of Automotive Engineers) este junio de 2014, para dejar el nombre de su universidad en alto y generar conciencia sobre el consumo ecológico.

Los proyectos de las mentes jóvenes siempre son brillantes, pero muy pocos reciben el respaldo monetario para llevar sus proyectos a la meta. Este año, una agrupación de estudiantes de la USB, conformado desde hace 2 años, quiere crear el primer vehículo supermileage del país. Un vehículo que sea eficiente y que use menos gasolina con mayores beneficios. Pero no solo eso, quieren participar en la competencia anual de la SAE en Marshall, Michigan, EEUU.

En el contexto que se vive en el país, proyectos como este son cada vez más difíciles de lograr por la falta de herramientas, materiales y obstáculos. Sin embargo, estos estudiantes están decididos a lograrlo. A través de la página gofundme.com tienen abierta una donación para su proyecto. La meta es recaudar 10.000 dólares para lograr comprar herramientas, terminar y probar el modelo y trasladarlo en avión hasta el evento.

Aquí puedes acceder a su proyecto en gofundme.

Puedes conocer su proyecto a través de su página, su Twitter y Facebook.

Para más información sobre la SAE puedes acceder aquí.

Frustración, valor y miedo. Tres estampas del 8M

Hoy se cumple una semana del 8 de mayo, cuando fueron desmantelados, en la madrugada, los tres campamentos de estudiantes que había en Caracas. Aquí, tres estampas de ese día.

Por: Ezequiel Abdala – @eaa17

FRUSTRACIÓN

La estampa viva de la frustración la vi en la avenida Andrés Bello de Los Palos Grandes el 8 de mayo. La mañana era gris, el suelo estaba mojado y por las calles corría un viento frío. En el suelo se encontraban, revueltos, los restos de lo que durante meses había sido un nutrido campamento repleto de carpas y jóvenes, y que de repente, en una noche, quedó reducido a escombros. Cristales, basura, manchas, ropa arrugada y rasgada, un zapato roto, restos de comida, desorden y un gran vacío. Eso era lo que quedaba.

En las escaleras de la Torre HP dos mujeres se abrazaban a llorar; al lado de ellas, otra, con los ojos vidriosos y la nariz roja, veía desconsolada el desértico horizonte; y más abajo, en la calle, un par de voluntarios trataba de salvar lo poco que quedaba.

Entonces apareció él. Era un muchacho delgado, menudo, de no más de 20 años, con una camiseta blanca. Llamó la atención de todos cuando salió corriendo tras una moto que intentaba subir por la avenida Andrés Bello para impedirle el paso. No lo logró. Entonces, él solo, comenzó a arreglar los restos de la barricada que durante meses había trancando el principio de la avenida.

No necesitó ayuda para levantar una poceta de cerámica y estrellarla contra el suelo. Tampoco para desenredar una pesada alambrada y ponerla a lo largo de la avenida. Ni mucho menos para mover al centro sacos de escombros. En ese momento era un torbellino, una fuerza de la naturaleza, no había forma de pararlo. Se movía con torpeza y brusquedad, no pensaba lo que hacía, ignoraba a la gente que le hablaba, estaba solo, ahogándose en un mar de rabia.

Al terminar la barricada, se acercó a la esquina, jadeando, y se detuvo a ver lo que quedó del campamento. Lo que fue y que de repente ya no era. Como esperando que alguien le dijera que era un mal sueño, una pesadilla, que pronto despertaría y allí estarían sus compañeros. Y entonces, simplemente, se sentó en la acera, cruzó las manos sobre las piernas, como en posición de descanso, y allí, frustrado, se hundió.

VALOR

Una matrona italiana, gorda, fuerte, de cabello corto, claro, brazos gruesos y acento marcado es la estampa viva del valor. Estaba en la Plaza Bolívar de Chacao, donde había sido desmantelado el otro campamento, del que a eso de las 10 de la mañana quedaba, apenas, una solitaria carpa mojada.

Un pequeño, pequeñísimo grupo de vecinos se encontraba reunido en la esquina inferior de la plaza. Casi todos señoras y señores de la tercera edad, que contaban, impotentes, la crónica sin épica de esa madrugada acontecida en la que en sus narices desaparecieron los campistas rebeldes.

Ella, que bien se podría llamar Ada, Bianca o Doménica, saltó al centro cuando una moto con un parrillero estaba a punto de subir por esa calle, la de la iglesia, que ellos estaban trancando. Y se le paró en frente a la moto. Y el motorizado la retó. Y comenzó entonces una guerra fría, táctica, en la que ella se atravesaba adondequiera que la moto intentaba girar. Y el motorizado hacía como que aceleraba, y ella no se movía. Hacía sonar la moto, acelerando y pisando el freno, y ella no se movía. Por milímetros la atropellaba, y ella no se movía. Le pegaba la rueda al cuerpo, y ella no se movía. La gente alrededor se apartaba, y ella no se movía.

Finalmente, tras minutos de tensión, el motorizado cedió. Entendió que en frente tenía algo con lo que no iba a poder, y cruzó por la derecha. Entonces ella, sudada, caminó tambaleándose y se sentó en un banco de la plaza. “Yo estoy aquí desde las 4 de la mañana, y creías, desgraciado, que ibas a pasar”, gritó.

MIEDO

Un muchacho que encabeza una estampida humana que huye de la PNB por la segunda transversal de Los Palos Grandes es la estampa viva del miedo. Lo vi correr de frente, en un momento confuso de la tarde, en el que la PNB en pleno se lanzaba a la caza de los manifestantes. Corría con la vida yéndosele en la carrera. Las facciones, estiradas por el aire, deformadas por la prisa, eran una mueca, una máscara de terror. Y la velocidad que llevaba, los pasos largos que daba, la aceleración casi inhumana, la forma irracional de correr, todo, hacía pensar en alguien que huía de la muerte.

Como banda sonora, acompañaba a la estampida un fondo de detonaciones secas, entre las cuales, camuflados, se colearon  varios disparos de arma de fuego, mortal uno de ellos, que acabó con la vida de un PNB y dejó a otros dos heridos. Por lo confuso y rápido del momento, era imposible saber si aquel aterrorizado corredor había visto sangre, si sabía lo que pasaba, si tenía noción de que esa muerte de la que huía no era la lenta y tortuosa que le esperaría si caía detenido y un juez lo mandaba a alguna cárcel venezolana por protestar, sino la instantánea de los disparos. En todo caso corría y corría, desbocado, enloquecido, encabritado, y su cara, ese rictus de terror, lo decía todo.

La UCV de mi padre

En nuestra edición 22 dimos un paseo por la Universidad Central de Venezuela, el corazón de Caracas y de todos los estudiantes del país. 

Por Jesús Torrivilla – @jtvilla

La primera impresión de mi padre cuando llegó a la UCV en el año 75 no fue maravillarse. La ciudad universitaria, enorme, inabarcable, no era el encuentro definitivo del arte con el concreto. No era ese arrojo de futuro que deletreaba Venezuela con moderno impulso. No era, ni siquiera, el lugar donde quería estar. Era el caos.

Llegamos al Aula Magna un domingo por la tarde, cuando ya la Biblioteca Central estaba cerrada. En el camino, mi papá, a sus diecisiete años, veía la línea de personas que se multiplicaban. Era febrero, tiempo de inscripciones. En cada una de las entradas al auditorio madre, se debían ubicar los funcionarios para atender a los aspirantes. Pero no ese día. Ese día había huelga administrativa y todo era un desastre. Él se perdió. Era carnaval. Sonaban las puertas de los baños, los pasillos más escondidos se encharcaban. La luz de Villanueva, en vez de cruzar las hendiduras de las paredes como Platón haciendo trizas con su lumbre, era ráfagas de agua.

Mi padre no me imaginaba, tampoco. Tenía diecisiete y la convicción de querer ser médico. Había sido el primero de la familia en llenar la planilla del CNU con las tres opciones. Pero ese año iba a ser imposible. No había cupo. Tocó Farmacia, mientras tanto. Su hermana, si no, lo esperaba en Mérida; ella había sido la primera en hacer el viaje desde Caripe, en Monagas, hacia una universidad pública al otro lado del país. Mi papá, mientras, tenía que esperar en Caracas, la abominable. Ese monstruo de vicios e incertidumbre. De una pobreza diferente a la del campo. De esquinas fértiles para la ruindad. Era chamo y nunca se había tenido que inscribir solo en el liceo.

Esta tarde, mi papá ve con desaprobación los grupos espontáneos de salsa casino. Se acordó de que los puestos más codiciados para estudiar eran subiendo las escaleras hacia la entrada de balcón. Ahí era oscuro y se podía dormir en paz. Dormir los domingos en que no soportaba quedarse en casa de su tía en Artigas, a donde tenía que regresar en la noche a compartir cuarto con sus primos pequeños. El día de las inscripciones mi papá conoció a una chama que lo invitó a ver por primera vez la Facultad de Farmacia y después lo dejó solo.

Bajamos por las escaleras y salimos a ver Tierra de nadie. Vimos la Facultad de Sociología. Pero no la alcanzamos porque empezó a llover. Más allá, el comedor. Mi papá hace entonces una especie de taxonomía de las clases sociales en la UCV de los ochenta: los que hacían la fila del comedor y los que iban a los cafetines. Ciertos sánduches suntuarios. Chichas fuera del presupuesto. Pasaban los días y mi papá comenzaba a ver la universidad. Se daba cuenta, estaba seguro, de que estudiaba en la mejor del país. Estaba limpia, pintada, rebosante. Había otras promesas en las paredes, a pesar de que nunca la comida en los cafetines ha sido la mejor. Con la plata contada para el autobús de ida y de venida, estos eran los límites de su mundo y la vez su fuga, su casa.

En Sociología daba clases un tipo famoso, que llegó a ser rector del Consejo Nacional Electoral. Él lo iba a ayudar a conseguir el cupo en Medicina. Lo presentaron en una oficina con unos pelúos. Liga socialista, revolución, come candelas. En un par de días se puso a pedir plata para la causa en Plaza Venezuela. Todo era muy raro. Él llamó a su casa y su papá le dijo: “Mijo, mejor no”.

El día de las inscripciones, perdido, pasó por los pasillos de Ingeniería. Un gentío.  Ese no era un lugar donde quería estar, y menos pasar años. No había logrado hacer el trámite así que, para peor, tendría que regresar. Sería paciente. Todo tenía que arreglarse para Mérida. Y ser un hijo médico. No había mayor prestigio, solo existían dos carreras: “un hijo médico o un hijo abogado”. Pero la primera le gustaba más, porque era una profesión más necesaria para una familia. De resto, no tenía nada claro.

Los primeros días en Farmacia fueron los peores, inclusive el primer año. Raspazones colectivas, de esas “filtro”. Una profesión en crisis porque poco a poco los laboratorios agarraban fuerza. Si no se tenían contactos, tocaba atender detrás de un mostrador. Un día se detuvo la Facultad y mi papá se regresó a Caripe. Estudió por las noches porque en la mañana trabajaba con mi abuelo en el conuco. Eran tiempos de prosperidad, se habían comprado un camión y la siembra era ruda, pero daba. Cuando reanudaron las clases mi papá fue de los pocos que pasaron el semestre. Pero quería cambiarse.

La Universidad es un espacio en tránsito, que cobra sentido al recorrerla, al habitarla, un rizoma que a cada paso es diferente, con cada puerta se bifurca. Cuando los caminamos se superponen los verdes, y las paredes se repintan. Mi papá se fuga al Hospital Universitario y con las batas de Farmacia entran a una operación de cerebro. Desde arriba, las hendiduras color carne se graban en sus pesadillas. Piensa arquitectura, pero le advierten: “Fíjate en el estacionamiento para que veas qué tipo de personas estudian allí”. Definitivamente, no los hijos de los pobres. Juntos, nos reímos de esos carros. Entiendo que en los intersticios de esos chistes existo yo, que nací en Caracas. El ego también sabe renunciar ante la conciencia de sí mismo. Sabe hacerle reverencia a los chaguaramos. Mi papá pasa por uno de los pizarrones llenos de integrales, de esos que llenan los pasillos. “Tómale una foto, que me gustan”.

Esta tarde del domingo mi papá está feliz, pero resiente el deterioro. El tiempo ha tenido la ayuda de la indolencia, que se ha transformado en una brisa de escaras. Quiere que vayamos a ver el mural de Oswaldo Vigas. Todavía lo cubre una pátina de cenizas. Un cinto amarillo maltrecho. Mi papá se cambió a Computación, porque no quería asistir a los inmensos auditorios de ingeniería. Su primera clase empezó con media hora de retraso. El profesor no había llegado, o al menos eso pensaba él. El tipo se confundía entre los estudiantes. Se dieron cuenta de que postergaba el deber con una conversa. Esa era la bienvenida a la carrera del futuro, de la que nadie tenía mucha idea. Qué difícil debe ser explicarle a un hijo cómo tomar decisiones. Pero yo, ya con su misma barba que comienza a encanecer, entiendo eso que me quiere decir ahora, callado, sopesando el amarillo. El cenizo rojo. Al fondo se reanuda la salsa, porque medio escampa. Pero adivino a mi papá perdido otra vez en aquel carnaval de febrero.

Caracas desde el helicóptero

En la edición 24 recorremos Caracas desde 4 perspectivas. La primera es a través de su aire y contemplando toda su geografía. Más en nuestra vigésimo cuarta edición.

Por Marcy Alejandra Rangel – @MarcyAlejandra

La única manera de amar a Caracas en la hora pico es sobrevolándola. La ciudad se ve entera llena de imprudencias, de esperanza certera que se guiña con la placa del carro de adelante. Se ven motos maniobrando en la línea delgada que cruza la destreza con la locura. Caracas desde El Ávila se ve sonriente y saluda al helicóptero enviándole brisa para el vuelo de la tarde y nubes que se dejan ver al caer el sol. La capital del caos, desde el aire, se ve posible y con soluciones. Se ve facilita de arreglar.

Caracas no es verde, es ladrillo. Son cuadros pequeñitos desde el aire. Tienen divisiones, pero no las que se observan desde el suelo con pisos improvisados unos encima de los otros, sino más bien una división invisible en la que apenas se adivina el verde que alguna vez fue protagonista y que ahora solo está de soporte. Los funiculares del Waraira Repano se ven chiquiticos, las guayas que los sostienen no se divisan a seis mil pies de altura. La mezquita se ve imponente y delgada, como advirtiendo respeto a la diversidad, también arquitectónica. De pronto, también hay que toparse con detalles más pequeños con más atención. Por ejemplo, esa pirámide de espejos que está en medio de la calle que incide con su reflejo de luz en el helicóptero y que hace que el copiloto se detenga a reconocer la zona. De pronto, veo una estación del Metro y me ubico. Es La Hoyada, con sus montones de camioneticas mal paradas en medio del camino, recogiendo pasajeros sin prometerles hora exacta de llegada a sus destinos. Nuestro Louvre mínimo. Read More…

Un vestido para el día más feliz de mi vida

En el especial de moda de la 23, la fantasía del vestido de novia se vuelve realidad; pero la simbología del vestido blanco se evapora. 

Por Gabriela Benazar Acosta – @gabybenazar

De pequeña no podía encontrar una sábana blanca, una tela o un pedazo de velo mal puesto porque empezaba la diversión. Me casé con todas mis amigas, reales e imaginarias, y armé una pataleta cuando me tocó hacer de San José en el acto de navidad porque no tendría ni vestido ni velo. Fui cortejo en el matrimonio de todas mis tías y de todos los amigos de mis padres que se casaron. Pedí, siendo ya una mujer adulta, tener un bouquet en el cortejo de mi primo porque quería entrar en una iglesia sosteniendo un ramo de flores y no estoy ni remotamente cerca de casarme. Tengo lo que todas las revistas de mujeres anglo parlantes llaman wedding brains.

¿Cómo podría ser distinta? En algún lugar de mi cerebro tengo  alojada la idea desde hace muchos años de que el matrimonio es el fin último y la felicidad. Por eso decidí comenzar a preparar desde ya mi gran día: hice una cita en Pronovias para poder pensar y escribir como si estuviera cercana, inminente, al altar.

Mis padres dicen que casarse no tiene ningún mérito. Yo los entiendo. Con una tasa de divorcios que roza el 50% en países como Estados Unidos y después de ver cómo los matrimonios de sus hermanos y amigos colapsaron, después de asistir a innumerables enlaces 40-20 y metidas de pata, comprendo su enfoque meritocrático de la vida. Yo todavía creo en el matrimonio como institución social. No solo creo en él, lo quiero. Por ello, tengo toda mi vida planeando cómo será el día en el que por fin sea yo el centro de atención.

La industria de las bodas nos ha hecho creer que el llamado gran día será el día más feliz de nuestras vidas y por ende todo, absolutamente todo, tiene que salir perfecto.

Pero de todo lo que te puede ofrecer una empresa para tu boda, probablemente lo más importante es el vestido de novia. Esos metros de organza, tul y encaje a los que las revistas de chismes le dedican tanto centimetraje cuando se casa una celebridad, los que tu abuela guarda celosamente en su closet con la infértil fe de que alguna de sus nietas usará el mismo con el que ella le dio el sí al padre de sus hijos. Esos mismos vestidos que se tienen que custodiar a toda hora por la Guardia Real cuando va a ocurrir un enlace en una monarquía europea, como pasó antes del matrimonio de Kate Middleton con el Principe William, para evitar que la prensa se enterara de quién fue el afortunado diseñador en confeccionar un traje que será imitado hasta el infinito.

En Venezuela, lo más cerca que puedes estar en bolívares fuertes a las pasarelas europeas lo consigues en la sede caraqueña de la marca española Pronovias. Previa cita, te atienden todo el tiempo que sea necesario para que, de un catálogo de 120 vestidos, preselecciones 15 y termines escogiendo solo cinco modelos que te probarás en vivo y en directo.

Cuando llegué a la tienda ya tenía una idea general de lo que quería. Mucho encaje, cero pedrería; corte a la cintura, nada a la cadera; falda amplia, prohibidos los disfraces de sirena.

Ponerse un vestido de novia requiere de asistencia y de amplio conocimiento de las leyes de Newton. Cualquier pisada en falso puede condenar toda tu dentadura a un hermoso recuerdo y dejarte una linda cicatriz en la frente o una fractura que tarde meses en sanar.  Después del proceso de entrar, bajar tela, subir tul, acomodar falda y —la más importante— cerrar y ajustar el vestido, verse por primera vez vestida “de punta en blanco”, no con una sábana ni con una tela, sino con un diseño de verdad, es sentir que todas esas versiones tuyas: la niña del cortejo, la que jugaba sola, la que se pegaba a las vitrinas de las tiendas en Europa, la que chillaba por ser San José y no la Virgen María, se revindicaban en un instante.

Con ese primer vestido sentí lo que siempre pensé que sentiría en ese momento. Ninguna de las princesas, reales o ficticias, era más hermosa y perfecta que yo. Todo el vestido, desde el escote hasta la falda, me hacía sentir lista para salir y gritarle al mundo que creo en el amor eterno.

Tseélon, en un estudio que hizo sobre cuánta atención le prestan las mujeres a la ropa que usan, determinó que el grado más alto de autoconciencia del aspecto propio se manifiesta en ocasiones especiales como bodas o situaciones laborales porque son situaciones que están por encima del plano individual y se ven como prácticas sociales y culturales. Es decir, el mundo entero espera que estés en tu mejor versión para el gran día.

Es muy difícil encontrar el vestido ideal la primera vez que te pruebas uno. Yo tuve que probarme cuatro distintos hasta encontrar uno que quedase perfecto. Pero ya para ese momento estaba saturada de blanco, de quitar y poner, de detallar escotes y pedrerías, del encaje, de las faldas. Probándome los primeros sentí que usurpé temporalmente el puesto de alguien más, que usé su fantasía por diez minutos y que estaba tocando algo muy especial que simplemente ni era mío ni me correspondía.

Sin embargo, el quinto, debo reconocer, lo tenía todo: la falda como yo siempre la soñé, el escote perfecto, el encaje simplemente hermoso. El velo que me prestaron para “tener una mejor idea de cómo se vería” hizo que la gente en la tienda se detuviese a decirme lo hermosa y perfecta que me veía, cosa que no ocurrió con ningún modelo anterior.

Me veía en el espejo y sabía que no iba a encontrar en el área metropolitana de Caracas nada que me quedase mejor que aquello. Pero algo se sentía raro, inadecuado. Quizás era el cansancio. Le comenté cómo me sentía a la asistente de ventas que me estaba ayudando en todo el proceso. Le dije que a veces creía que lo mejor era ponerme algo más sencillo, sin tanto armador, y casarme solo con mi familia y mis amigos en algo más íntimo. “Lo vas a usar solamente una vez en tu vida: es tu día”, me respondió.

En ese momento me di cuenta de que ese en realidad no es mi día. O al menos yo no quiero ya que lo sea. Quiero que mi matrimonio sea para celebrar que conseguí a alguien especial con quien decidí unirme frente a la sociedad, la ley, su iglesia, la mía, quien sea, y hacer una promesa de construir una familia basada en nuestros valores y siéndonos fieles. No es mi día, es el de los dos.

Sí, no puedo negar que con el vestido blanco de princesa me sentí muy especial. Pero no dejaba de hacerme esa pregunta en mi cabeza y más aún cuando me cotizaron los dos vestidos que quería. Por mi primera opción, uno del diseñador Elie Saab, tendría que pagar la módica suma, en tres cuotas, de medio millón de bolívares. Por el otro, con velo y chaqueta de encaje incluidos, casi 150 mil: setenta sueldos mínimos.

Entre la duda en mi cabeza y la delicada cartulina con los precios en mi mano, recordé cómo la carroza de la Cenicienta se convertía en calabaza y sentí que mi eterna fantasía del vestido de novia perfecto había, por los momentos, llegado a su fin. El matrimonio ya no es el final feliz de un largo proceso de desembolsos, peleas, pruebas de trajes, confecciones y la búsqueda de ese vestido perfecto que tengo tantos años confeccionando en mi cabeza. Es el principio de una etapa nueva que definitivamente no quiero que comience bajo la premisa de que solo será mi día.