El Golpe

Mientras llega la 13ra edición de Revista Ojo, compartimos por estos lares contenido de la 12da: ¡disfruten este Pluma y Papel!

Por Israel Centeno

Luego de tomar café, S corrió a encender la computadora. A pesar de tener días sin dormir por los devaneos obsesivos en los salones de conferencia virtual, guardaba amables expectativas con el chat de filosofía de los existencialistas magrebíes. Las conversaciones en línea  rompían el encuadre mediocre de su vida. Se miraba a sí mismo sumido en una aventura de pequeñas, significativas y revolucionarias proporciones.

Al conectarse a la red, se detuvo un segundo para optar por un tablón de discusión. Libertad, bendita libertad, casi exclama. Sonrió mientras abría los foros, colaboraba en ellos con poemas y consideraciones oportunas, daba la bienvenida a nuevos aficionados, se actualizaba en los chismes de la comunidad; sobre todo, leía en Literatura a J, interesante navegante de connotada sabiduría, obsesiva y malintencionada. J era una bebedora de pisco sauer; retaliativa, típico de las personas que habitan las inaccesibles tierras de Atacama.

Sorpresa fue para S —hombre sensato que al levantarse pensaba en dos o tres cositas: a) el dulce cogollo de una fémina, b) el ácido cogollo de una fémina y c) el salado cogollo de una fémina— percatarse de que su página preferida no estaba online. Vio entonces cambios significativos que lo arrojaron a esa ínfima ansiedad que se transforma en infarto.  Las antiguas notas desaparecieron no solo de los lugares acostumbrados en la web —¡Horror!, diría una criatura que habitaba el antiguo salón de política—, sino también las diversas redes sociales, las direcciones electrónicas de sus camaradas y el sitio de encuentro con M, incierto pero verdadero, único espacio donde expresaba sus encontrados sentimientos: el amor, inasible, materializado en dígitos.

La amargura bajó desde su lengua por el tracto gástrico hasta la boca del estómago, la deglución se volvió un eructo tímido, un “oh, oh” galo. Sin tiempo para otras reacciones, recibió sesenta y nueve avisos de un neurótico que pretendía bloquear su acceso a internet desde puntos de conexiones alternos. Rascó su lomo de rocín, flaco y escueto. No comprendía ni putas el nuevo escenario. Revisó su correspondencia electrónica y encontró unos correos confusos. J, desesperada desde algún lugar remoto e inexistente, se comía los codos de la rabia. Había organizado la resistencia junto a otros amigos en un arcaico servidor.

Un golpe de Estado virtual expresaba su avanzada totalitaria. Read More…