El país de los afiches

Por Jesús Torrivilla – @jtvilla

Estos catorce años hemos vivido la omnipresencia del afiche: su rutilante violencia. Es un afiche rojo, henchido, avasallante, sonriente, seductor, grosero, golpeado, renovado, anacrónico, ramplón, vengador, leguleyo. Está en las casas, en la puerta de los ministerios, en las recepciones de hoteles, en los postes de luz, en los fondos de pantalla, avatares, imágenes de perfil, documentos oficiales, presentaciones, sentencias legales, en la televisión, en la prensa y en la radio. Es un afiche infinito que da las órdenes, encarcela y redime, paga y se da vuelto.

Después del 07 de Octubre, abrumado de pintas, corazones rojos y discursos, quisiera otro país. No digo que lo sueño. Porque no me gusta recordar mis sueños, que son vívidos y tristes. Lo quiero con un deseo que se encausa. Como una lucha por las pequeñas cosas, desde cerrar una pauta a tiempo, hasta llegar a mi casa a salvo.

Ahora tenemos un país-afiche, que se parece menos al de Lautrec y más al cartel soviético. No es abstracto. Y cada vez que muestra la imagen del pueblo lo hace de fondo. Detrás del gran rostro. De la gran guayabera roja. En mi país afiche, el protagonista del cartel es quien regala los beneficios, a quienes debemos agradecerle el amor, el aire y la vida. Es una concesión de un militar estulto, alucinado. Una figura de tinta demasiado consciente de su jerarquía, egoísta. Es el país del yo. De mi cara más grande, del abrázame en papel, del quiéreme presidente, del los amo, hijos míos.

Tenemos un país sin sentido del humor y con un exagerado sentido de la viveza. Es un afiche pisoteado, aunque esté grabado en oro. Un afiche que no importa esgrimir si me dan una nevera o un quince y último. Un afiche que se aprovecha de la miseria y que se regodea en que lo hacemos tan mal todos.

No es todo la misma mierda, como les gusta decir a algunos de mis amigos. Nuestros afiches le tienen miedo a la inteligencia, al mérito. Nuestro cartel patrio es una fábula. Es el estandarte de un motorizado que se vuelve Hummer.  Es un afiche que Orwell no quiso imaginar. Un papel perverso: que te engaña entre su maldad relativa y su bonachona sonrisa protectora. Este afiche defiende los derechos de los niños como excusa para la censura. Porque es un afiche cobarde y pacato.

Nunca, nadie que va a pie tiene un afiche. Yo quiero una país que vaya a pie. No que cuelgue un rótulo detrás de su camioneta blindada, para protegerse de las alcabalas.

El afiche pasa de mano en mano porque es igualador, lo regalan después de una transacción millonaria y después de comprar en un abasto subsidiado.  Es un afiche que reparte miseria. Un papel espurio, que se hace pasar por una proclama ideológica para esconder las ganas que tiene de robar.

Los afiches no trabajan, eso lo sabe todo el mundo. No tienen las intenciones de partirse el lomo trajinando emails, o transportando ladrillos, arreglando zapatos, construyendo casas. Los afiches solo enuncian. No están pendientes de la pluralidad y a los electorales no les importa la democracia más allá de sus candidatos. Son, por lo general, fanáticos de la ficción más infausta. De plantarse en la tierra para anunciar la nada, o de minar cuanto acto cotidiano se pretenda pasar por una gran obra.

A los afiches les gusta que les rindan pleitesía.

Los afiches no aman.

Los afiches no son probos.

El país que yo quiero no tiene una estampa reproducida en mil panfletos y en mil iglesias. El país que yo quiero es uno civil. No es el de las hojas sueltas. El país que yo quiero es el de los libros. Quiero ciudades con aceras y con árboles y con bancos para leer. Es un tipo de paz que no se tiene cuando se quiere salvar al mundo con las armas. Es la calma paz del trabajo. Quiero una ciudad en la que sea posible el silencio, la contemplación.

Los tanques son el medio de transporte favorito de los estandartes. Los caballos y las proclamas. Yo así no entiendo el siglo XXI. El 07 de octubre voy a votar por un país que no desafía a un imperio sino al futuro, con coraje, inteligencia y justicia. Voy a votar por un país en el que el talento no se calla, aunque tenga rulos, haga poesía mística o toque música barroca. Voy a votar por el país que no se cala un afiche impuesto. Que no entra a su despacho con la cabeza gacha.

Después del 07 de octubre me imagino que los afiches se recogen.

Con las calles limpias y ánimos renovados, me imagino un país que decidió construir puentes, no dejarlos derrumbarse. Que en su eterna lucha contra el atraso, se prepara. Estudia, se gana becas, hace post grados. Es el mejor en su oficio. Y duerme tranquilo porque no se vende. Un país que es capaz de reírse de sí mismo y de sus autoridades, porque está seguro de quién es: una extensión de kilómetros cuadrados donde se desterró la impunidad. Que en vez de construir mausoleos, erige bibliotecas.

En fin, tampoco hay que ser tan ambiciosos. Me bastaría con que los afiches se guardaran. Para un coleccionista algunos, para la basura los demás. Y que los recordemos como se recuerda un pasado desmesurado e improbable. Que hayamos aprendido algo, eso es todo.

The radiant child: Basquiat en sus propias palabras

Por Jesús Torrivilla -@jtvilla

Jean Michel Basquiat fue un prodigio del graffiti que experimentó en vida una fama inusitada. En la Nueva York de finales de los setenta y principios de los ochenta, el artista tomó la pulso de la inconformidad y el underground newyorkino, una ciudad que en esos años era una hervidero de inseguridad y caos creativo. Este documental estrenado en 2010 muestra la entrevista que Tamra Davis, directora, le hizo a Basquiat en 1985, dos años antes de su muerte por sobredosis. Dueño de un estilo que los críticos calificarían de noexpresionista, por sus composiciones agresivas, figuras crudas y sin detalles, de una violencia radiante que provino de un complejo mundo interior, Basquiat vivió una fama que lo llevó de las calles a las galerías. Es nuestra recomendación de la semana: conocer a un artista del graffiti que -a pesar de ser canónico- mucho ignoran como referencia, en un mundo dominado por el estencil y el desafuero que causa el ya cansón ingenio de sus piezas.
En esta lista de reproducción de youtube está el documental completo, dividido en siete partes: http://www.youtube.com/playlist?list=PL0EEB68E3A532685C

Qué pasa cuando tu banda favorita se vuelve popular

Por Jesús Torrivilla -@jtvilla

El tío rockero siempre te echa este cuento: antes, para descubrir nueva música, había que esperar a que uno de tus panas viajara y se comprara los discos que, de regreso, pasaban de mano en mano como objetos de culto, como la evidencia efímera de un ruido emocionante, melódico y redentor. Conocer novedades no era tan fácil. Había que estar pendiente de la radio y de lo que pusiera el disc jokey. No estaba soundcloud para ser fanático de las grabaciones caseras de una banda en Portland que molesta hasta a los padres de los chamos pero que tú amas, tanto, que quisieras mandarles un cuatro de la colonia Tovar, para que completen su formación de banjo, sintetizador y xilófono.

Compartir música siempre ha sido complicidad. Cuando llega el momento de la vida en que uno deja de escuchar “de todo un poquito, de pana que a mí me gusta todo tipo de música, Bob Marley, Ricardo Arjona, Black Eyed Peas [¿todavía existen?]”, empezamos a tomar parte de los rituales. De ordenar con cuidadoso preciosismo la biblioteca del iTunes, de bajarte el EP completo de un artista para conocer verdaderamente su sonido. De reunirte para poner ese disco. Son ceremonias que asientan amistades y consolidan relaciones. Es música entre pecho y espalda, armonioso fanatismo, fruición del rock.

Encontrar una nueva banda no es completamente sencillo. Ahora todo el mundo tiene Internet. Pitchfork pasó de moda, pero la mayoría de tus panas lo revisa en secreto. Cada quien tiene su lista de blogs, sus twitteros patria o muerte. Hay demasiadas banditas. Y festivales. Y listas de discos, recopilaciones. Pero cada tanto ocurre el fogonazo: escuchaste un sencillo, viste el video que hicieron en la sala de su casa con gatos que toman té Darjeeling, o los panas tocan nada más guitarra y batería y suenan a ese punk de adolescente, a esa maldita fuerza vital a la que todos los grupos indie renunciaron por los corbatines, pantalones brinca pozos y pose ecologista. Coño. Esta es la banda.

Le pasas a un pana los links. Qué brutal. Y solo es el LP, cuatro canciones. De vez en cuando lees reviews de los tipos. Todos son laudatorios, sobre todo, de blogs que conservan un aura underground, sin descubrir, que jamás saldrían recomendados en una revista dominical. Si tienes la suerte de que están en tu ciudad, vas a los toques. Aunque lo mejor sería que eso no pasara. Este es otro tema, pero imaginemos que no forman parte de ningún circuito. Que las tres fanáticas locas que tienen son oscuras y están buenas, con pantalones rotos y mirada esquiva. Tripeas en ese concierto. Hacen un pogo triste en el que das coñazos como venganzas.

Después se va armando la catástrofe contradictoria. Porque pensaste: más personas deberían conocerlos, tienen un talento increíble. Pero te arrepientes. Porque las otras personas son un universo innoble. De eso te das cuenta de inmediato, cuando pasa la euforia del editor, la de Max Brod cuando creyó en los borradores inacabados de Kafka.

Las giras atraen cada vez a más gente. Los periodistas se vuelcan con tu mismo furor a escribir sobre ellos. Primero los que tú respetas. Dices: tengo oído para el futuro. En la radio de la BBC los encumbran. Les dan más presupuesto a sus videos, a sus experimentos conceptuales. Pero empiezas a sospechar cuando llega a otras manos menos afines. Se difunde tanto que escuchas al insoportable de la universidad echándoselas porque descubrió una banda arrechísima, guón. Entras en negación. ¿Cómo mi sensibilidad, tan trabajada en horas de escucha, navegación y lectura se va a parecer a la de este tipo? ¿Cómo coincidimos en esto? ¿Será que soy igual a él? Es un espejo distorsionado y deshonroso.

Para muchos, el peor miedo hipster se confirma. Es una puñalada amarga. Soy tan guevón para que me guste esa banda y soy el doble para que me deje de gustar ahora que todo el mundo la conoce. Es descubrir que tengo gustos pedestres, que no soy ningún Max Brod, que soy el tipo con corbata que vio la plata detrás del Código Da Vinci. Qué miedo al mercado. De pronto ocurre lo peor: los adolescentes la encuentran. Gritos incontrolados, conciertos masivos, MTV, Grammys. Salen a tocar con lentes de sol en un bar. El acabose. Y el espiral: soy tres veces imbécil, aquello sublime está manchado porque todo el mundo ahora dispone de lo mismo. Tengo los mismos gustos que ellos, soy una distopía socialista, todo igual, todo paupérrimo.

Dices de su primer disco: qué bueno, pero qué pendejo. Menos mal que el segundo es una mierda. Menos mal que en su otro video se vendieron.  Comienza el proceso de buscar argumentos para romper la relación. Para sepultar en una carpeta esos mp3 infames. Te pones a escuchar Sigur Rós. Los Rolling Stones. Apuestas seguras del pasado. Qué ladilla la moda. A buscar otra vez lo que hicieron los Flaming Lips en los ochenta. Y Youtube de nuevo. Y qué bolas que hasta en El Propio reseñaron el tercer disco de esos panas. Mi primita los oye. Van a dar un concierto en Bolivia. Le vendieron una canción a una propaganda de Graffiti y pegó. El vocalista se empató con Katy Perry. ¿Dónde quedó la arrechera contra el mundo, la indignación contestataria? La respuesta quizás no la encuentres nunca, amigo, solo no dejes que te llamen melómano, al menos hasta que pases los cuarenta.

Déborah castillo, domadora de imágenes

Por Jesús Torrivilla –@jtvilla

 Artista que transita cual zarpazo medios como el video, la imagen y el performance, Déborah Castillo es una creadora inconforme, rebelde, parte de la generación de artistas emergentes que proponen las reflexiones más críticas sobre su entorno

Déborah Castillo y su abuela mastican el mismo hilo. Lo tensan. Es una pugna en silencio. En un primer plano, inmóviles, la coreografía de los labios no es cómoda. Su perfil, a la izquierda, refleja la luz casi con el mismo fulgor que el pedacito de hilo que ahora cede y dibuja un arco. El rostro de su abuela, del otro extremo, hace sombras: entre pliegue y pliegue de la piel los grises se transforman en franco ocre, imperfecto añejo. El hilo, sostenido por los labios de ambas, enfrentadas, se vuelve a tensar.

-Soy una gran rebelde. Trabajar con el cuerpo es un acto político en un país tan tradicionalmente moderno como Venezuela.

En una ciudad de concreto armado, Déborah Castillo es una artista que ha repartido su imagen disfrazada de conejita, diabla, princesa, ángel y peligrosa fetichista. Ella, personalmente, reprodujo esa serie en pequeños calendarios que repartió en talleres mecánicos por la ciudad, pero que también exhibió en galerías de arte.

“12 calendarios eróticos ganaron el XI Premio Eugenio Mendoza”. Así titularía en el diario El Mundo el lunes 6 de octubre de 2003, Castillo había ganado uno de los premios más importantes de arte emergente. “Yo estaba fuera del país y mi mamá me llamó para decirme que me había ganado el Mendoza. Ni siquiera había terminado de estudiar. Yo creo que no me merecía ese premio”.

Graduada de educación, Déborah Castillo después haría un periplo por escuelas de arte que la llevaría a encontrarse, primero, con su propia imagen, subordinada siempre a la idea, al discurso. Estudió diseño, pasó por la Cristóbal Rojas, cultivó las artes del fuego, que en sus manos se le recordaban a las muñecas que hacía de pequeña, a sus tejidos; maleabilidad después decantada en el click de la cámara fotográfica, una de sus herramientas esenciales.

Una de las preocupaciones que ha dirigido su trabajo ha sido el cuerpo, en un principio, el suyo. Castillo impreca a su interlocutor, se abalanza sobre él con toda la potencia de su descontento. Señala con énfasis. “Yo hago performance, tanto míos como colectivos. Si yo te digo a ti qué hacer, eso es un performance mío. La fotografía, el video, son maneras de registrar esas acciones”.

Sentada en un promontorio plateado, la domadora de leones le hace gestos a la cámara. Se puede escuchar el violento azote del látigo en el aire. Ella se ríe. Entre la serie de fotografías, una imagen nítida destaca de la serie en movimiento. La domadora impúdica apenas tapa sus pezones con detalles rojos, brillantes. Déborah Castillo abre las piernas y saca la lengua. El circo de esta caudillo está integrado por fenómenos a los cuales no pareciera amaestrar sino seducir. La serie se llama “Caracas El Nuevo Circo”, un recorrido irónico por un coso lleno de retratos de curadores y artistas: Perán Erminy con nariz de payazo, Lorena González con máscara de cochino, Fran Beaufrand como un conejo que acaba de salir de su propio sombrero.

-Tengo una necesidad de enunciación. Soy una apasionada de la idea, que está por encima de la foto o la brocha. La obra es un dispositivo discursivo.

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Recomendaciones de humor literario y chaborro

Por Jesús Torrivilla -@jtvilla

El humor más ácido tiene una risa particular, la del colmillo victorioso que al final dice “qué jodida es la vida”. Ajá, pero también hay humor sabroso, con una sensibilidad más intensa pero que no precisamente exige que te hayas leído todas las novelas de Borges para entenderlo (sic). Varios autores cultivan este tipo de prosa que hace reír pero que nunca vas a ver en ningún scketch de Venevisión Continental. También hay una carcajada de la que soy fanático: la que no puedes contener y dices “¡qué maldito!”, esa que te da vergüenza por ti y por el respeto y la armonía en la humanidad. Esta última es la más difícil porque hay que saber hacerla, hay que ser muy inteligente para sortear la ofensa con crueldad y lucidez. Acá hay un par de links interesantes al respecto. Más una foto de Nicolas Cage para subir el autoestima de todos.

-Fran Leibowitz sobre el cigarro, defendiendo un vicio dañino de una forma oscura y brillante: “People act right now like smoking it’s a moral failure (…) If you’d told me when I was 14 years old that the behaviour in wich I engaged that would be considered most deviant would have been cigarrete smoking… I’d had a whole different adolescence”

Esto es una escena del documental: Public Speaking, una joya absoluta.

Otro link de interés para los fanáticos es esta entrevista en The Paris Review

-Muchachada Nui sobre Lars Von Trier. Una obra maestra. Pero sí exige que hayas visto una buena parte de la filmografía del cineasta. El diálogo entre la esposa de Spielberg y la de Von Trier es una cumbre del humor de la categoría españoladas cinéfilas.

-El nuevo blog de @Chucho_RZ, un troll que se atreve a hacer bromas sobre el holocausto. Pero alguien tenía que hacerlo

www.prohibidopegarcarteles.com

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3 autores venezolanos hablan sobre sus ebooks

Por Jesús Torrivilla@jtvilla

La web se ha convertido, para muchos, en una cuestión de principios. En una nueva forma de entender la cultura y de acabar con muchos de los lastres del mundo físico, de prácticas que antes nos parecían inamovibles y que ahora, desde los clicks y los taps de las tabletas, definitivamente han cambiado.

El ebook está en el centro de este debate. Durante el pasado mes, entrevistamos a Luis Alejandro Ordóñez y Kira Kariakin, dos autores venezolanos cuya apuesta está en lo digital. Y que han labrado el camino de los bits antes que el de las imprentas y los tirajes. Cerramos la serie con Marianne Díaz, también bloguera de trayectoria, que está adelantando un trabajo serio para cambiar los paradigmas en Venezuela.

Marianne Díaz Hernández

Aviones de papel y Cuentos en el espejo


Para Marianne Díaz la escritura ha sido una vocación ineludible. En su título universitario la tinta imprimió “abogada”, pero su oficio actual lo ha labrado desde el cultivo de la ficción y el amor por los libros. Trabaja en Monteávila Editores Latinoamérica. En su blog: La vida no tiene instrucciones escribe sobre literatura, “opinología” y ese vasto mundo de las afinidades electivas.

Su manifiesto, Piratéenme por favor, es una toma de posición hacia lo digital, hacia el espíritu colaborativo. Allí están disponibles los links para bajar sus dos libros de cuentos “Aviones de papel” y “Cuentos en el espejo”, inicialmente publicados en la editorial Monteávila, pero disponibles ahora gratuitamente para sus lectores alrededor del mundo.

En Venezuela, por las dificultades de la industria editorial para importar, producir y distribuir libros, lo digital se presenta como una alternativa más emparentada con la necesidad que lo volitivo. En palabras de Marianne Díaz: “De pronto había gente que no conseguía mis libros, del interior y del exterior. Decidí subirlos a Internet para que tuvieran acceso a ellos quienes no los podían leer en físico. La experiencia ha sido genial, me han dejado un montón de comentarios en las redes sociales”.

Desde su trabajo en una editorial tradicional, habla de las iniciativas que adelanta: “Monteávila tiene la política de subir sus libros gratuitamente a Internet, así que les comenté que quería hacerlo con los míos y no hubo problema. Estoy trabajando en la Biblioteca Digital de Monteávila y a raíz de esa experiencia elaboré un manual”. Que está, por supuesto, en línea: “Cómo hacer un ebook en cinco fáciles pasos”, en el que la autora detalla el procedimiento para formatear un manuscrito en ePub o MOBI, lo que permitirá visualizarlo en una amplia gama de lectores como el Kindle y el iPad.

A pesar de reconocer el evidente trabajo que amerita la edición independiente, Marianne Díaz ve una oportunidad que todavía está siendo subestimada: “Los autores pueden construir comunidades y utilizar Internet como plataforma de distribución”. La necesidad urgente está a la vista: “Las editoriales deben ponerse al día”. Y Marianne está allí para trabajar por ese cambio.

Buenos aires anfibia

por Jesús Torrivilla –@jtvilla

Buenos Aires es una ciudad marcada por la impronta de su rosada casa de gobierno y obelisco: imágenes ineludibles que para el visitante fácilmente se funden en una concepción de lo anfibio no exenta de dobles sentidos fáciles; de panfletos en universidades, un frente de putos peronistas, color local de izquierda y barroco latinoamericano. Del 6 de junio hasta el 10 esa ciudad fue sede del “Taller Anfibio: adentro, al borde o afuera. Crónicas de la diversidad juvenil en América Latina”, organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y la Universidad de San Martín.

Este redactor con miedo a la primera persona y el reciente descubrimiento de cómo obra una ola de frío polar a sensación térmica de -4º centígrados tuvo el enorme privilegio de estar sentado en una de esas sillas para conversar sobre periodismo, academia y culturas juveniles. Más que conversar, seamos honestos, para presenciar las lecciones de Rossana Reguillo y Francisco Goldman, maestrísimos de la Fundación.

Rossana Reguillo es doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara, apasionada investigadora de las culturas juveniles en latinoamérica, de un discurso chingón, incontenible y telúrico. Francisco Goldman es uno de esos periodistas bravos, un gentleman agudo y narrador nato con la comodidad anfibia de recorrer el mar de la ficción y la tierra del periodismo, frecuente de publicaciones como el New Yorker, Harpers y la revista del New York Times. Ambos elaboraron un discurso novedoso y francamente experimental para este tipo de talleres que rodeaba la pregunta ¿Pueden el periodismo y la academia ser el oxígeno de estudiosos y reporteros, del mismo modo en el sentido contrario?

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Tres autores venezolanos hablan sobre sus ebooks

Por Jesús Torrivilla –@jtvilla

Las páginas de los libros ya no son todas iguales. El papel, por primera vez, está seriamente en duda. Lo miramos con suspicacia. Todos: desde los consumidores, lectores militantes, hasta la industria editorial. Entre bandos opuestos o posiciones ecuménicas, el libro electrónico es el centro del debate mundial. Estos tres autores venezolanos decidieron lanzarse al agua de bits y publicaron sus libros en formato electrónico, gratuitamente, para llegarles a nuevos y viejos lectores que no le teman al brillo de la pantalla.

Durante tres semanas hablaremos con cada uno de ellos. Kira Kariakin, consultora creativa trotamundos, para quien Bangladesh, Uganda, Kenia , Tanzania e Indonesia no son parajes inalcanzables, sino sitios de trabajo es la primera.

Kira Kariakin

Nuevos arbitrios

Este es el primer poemario de esta escritora venezolana que es bloguera militante. El lanzamiento del libro en digital, hermano de sangre de su edición en papel primigenia, editada por El pez soluble en 2011, estuvo acompañado por el manifiesto: “Me declaro autora indie”. El libro está publicado en Smashwords y ya sobrepasó las cien descargas, lo que la califica para una distribución premium, según las políticas del portal. Esto significa que probablemente dentro de poco tiempo Nuevos arbitrios estará disponible en las tiendas de Sony y Apple, entre otras.

Kira sabe de lo que habla. Se ha desempeñado como agente literaria y ahora traza su camino como escritora, con una amplia trayectoria de disciplina bloguera. En Kminos, la bitácora que lleva desde hace ya unos años, cultiva un tipo de crónica de viaje íntima que le ha ganado un buen puñado de seguidores, entre los que se encuentra el que escribe estas líneas. Kira es optimista: “La gente no se va a descargar algo que no le interese, así sea gratis. Mi libro sobrepasa los 200 likes en Facebook y las 100 descargas. Y de la promoción me he encargado yo sola a través de mis redes sociales”.

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Los pedacitos de Andrés Caicedo

Por Jesús Torrivilla –@jtvilla

La literatura está llena de figuras marginales, tipos cuya vida se solapa entre las páginas de sus libros y se funden en un solo mito que pocos descubren. Fuera de los reflectores, de los cocteles y de la buena educación, pululan los escritores que encarnan una verdadera pulsión contracultural. Andrés Caicedo, escritor colombiano que se suicidó a los 25 años, es uno de ellos.

¡Que viva la música!, su única novela, es testimonio del vaivén juvenil de los setenta, época de hervidero de drogas, rock y salsa. En Latinoamérica, mientras unos se sorprendían del mundo rural, naif y mágico de los pueblos profundos, Caicedo veía cine y escuchaba a los Rolling Stones. Los fragmentos de su vida, rotos después de la sentencia de los sesenta seconales que acabaron con su desazón, pueden reconstruirse a partir de las preocupaciones que se revelan en su última novela.

Ángel Gustavo Infante, profesor de literatura latinoamericana de la Universidad Católica Andrés Bello, ubica a Caicedo en una tradición paralela a la del boom latinoamericano, del realismo mágico consagrado en las altas esferas con el Nobel de García Márquez en 1982. “Ángel Rama, crítico uruguayo, hace en 1980 una antología del relato breve latinoamericano para el semanario Marcha, en Montevideo. El libro se llamó Novísimos narradores hispanoamericanos, y en él se mostraban una generación de escritores de comienzos de los setenta con tendencias realistas en sus temáticas. En esa clasificación habla de la novela de la onda, en la que podría calzar ¡Que viva la música!, de Caicedo; también de otros autores como Valverdi y Luis Rafael Sánchez. Ellos tenían en común una línea de trabajo que se vale de la letra de las canciones para proyectar ritmo en sus textos. De la música”.

Esta opción parte de la explosión de la música como identificación de la cultura juvenil en los años sesenta. En 1977, Luis Ospina entrevista a Caicedo en un video titulado Entrevista pirata, allí se puede escuchar al colombiano afirmando: “La juventud se me hace que está optando es por la música, porque para oírla no se necesita de una aceptación, sino que se le puede oír en los buses, en las calles, a través de puertas abiertas, en radios prendidos”.

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¿Qué tipo de inmigrante eres?

Por Jesús Torrivilla –@jtvilla

En estos últimos años muchos venezolanos se han visto en la coyuntura de abandonar o no el país. Más de un millón lo han hecho. Unos se han quedado, otros se han devuelto al poco tiempo. La experiencia de ser extranjero no es toda de alegrías y caminatas por ciudades ordenadas y festivales de música moderna. El tipo de persona y sus experiencias son tan variadas que encasillarla es un ejercicio de reducción. Pero en los paradigmas podemos encontrar algo de verdad, sobre todo si no es con un cuestionario rosa. En este ejercicio identificamos la vida pública de tres escritores latinoamericanos en el extranjero con un estereotipo de inmigrante, además de un bonus.

1)El  Roberto Bolaño

Paria genial de la literatura latinoamericana, Roberto Bolaño nació en Chile, pero vivió entre México, Estados Unidos y España. Vivió entre la pobreza, la transhumancia, y más tarde la fama por su transgresora obra. En esta entrevista asegura sentirse chileno, pero en la última que diera en vida su sentencia es definitiva: “Lamento darte una respuesta más bien cursi. Mi única patria son mis dos hijos, Lautaro y Alexandra. Y tal vez, pero en segundo plano, algunos instantes, algunas calles, algunos rostros o escenas o libros que están dentro de mí y que algún día olvidaré, que es lo mejor que uno puede hacer con la patria”.

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