En tarima con Foo Fighters

Por Federico Santelmo -@fedesiete

Gracias a que oportunamente me di cuenta de que no había seguridad franqueando la entrada, me encuentro en un backstage arrechísimo tomándome un whiskey con refresco rodeado de artistas como Skrillex, Foster de People, Morodo y Tinie Tempah. En eso, el gran creador del festival, Perry Farrell, su esposa —me permito incluir un inciso para enfatizar lo atractiva que es— e hijos aparecen. Mantengo un ojo a sus movimientos; la clave para conocer a los Foo podía pasar por él. Mientras, pido otro whiskey.

 

“Están aislados, no hay manera de entrar a su camerino”, me dice uno de los técnicos de sonido al observar mi interés. Y justo en ese momento la familia Perry se dirige hacia la salida del lounge artístico y quién sabe a donde. Él, su esposa, sus hijos, su suegra y yo. Los sigo muy de cerca, no me encontraba a más de un paso de distancia y, al pasar por fanáticos, la gente incluso me saluda.

 

Bajamos por una rampa de estacionamiento, superando numerosos guardianes del orden, hasta llegar a un pasillo. Mis ojos se detienen en un cartel colorido que anuncia: “Foo Fighters Room” y una flecha hacia la derecha. Perry  y compañía cogen hacia la izquierda. Momento de independizarme. Avanzo hasta llegar a una puerta custodiada por un atento vigilante; “¿Quién eres tú?”, pregunta con cara de desconfianza, a lo que mi respuesta natural fue:I’m part of the crew of the Foo Fighters. El hombre no hablaba inglés y llamó a su supervisora. La joven me hace la misma pregunta, vuelvo a decir la misma respuesta, en inglés. Oh! ok, What’s your name?”. Y yo —jamás sabremos qué pasa por la mente en esos momentos— respondí “Mathew Perry”. Sí, usted que alguna vez vio la serie de televisión Friends identificó fácilmente el nombre del actor que interpretaba a Chandler Bing. Ok Matthew, let me just check the credentials. Come with me, y la mujer me hizo pasar la puerta resguardada por el vigilante desconfiado.

 

Wait here”, me dice mientras llegamos a un salón pequeño, y ella va a un cuarto distinto a hacer las averiguaciones. Estoy solo. Veo la puerta por donde entramos. No hay nadie. Vuelvo a ver. Nadie. Ok, adiós. Cruzo la puerta de nuevo y vuelvo al pasillo. Doy un giro, cruzo a la izquierda y descubro otra puerta cerrada y vigilada esta vez por tres guardias bien conocedores del idioma inglés. No hubo manera de convencerlos. Intenté e intenté, pero realmente hicieron bien su trabajo. Me devuelvo un tanto frustrado, pero aún con esperanzas.

 

Todavía me encuentro en la zona de backstage y, viendo la hora, decido acercarme al área detrás de la tarima donde se presentarían. Lógicamente una reja y un guardia obstaculizan mi camino.  El que custodia la reja discute con un grupo de trabajadores que querían pasar. Noto que todos los trabajadores tienen mochila; yo también. Veo que tienen la mochila de lado; yo —ahora— también. Cuidadosamente me pongo cerca de ellos y saco el celular. Sí, el viejo truco. La discusión sigue y ahora me he mezclado con ellos. “Bueno, pasen”, dice el guardia finalmente y abre la reja exclusivamente a los trabajadores de mochila ladeada. Uno, dos, tres, y, por último, yo. ¡Ja! Estoy dentro.

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